Cornelius a Lapide, S.J.

Preliminares

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COMENTARIOS A LA SAGRADA ESCRITURA Del Reverendo Padre Cornelius a Lapide, de la Compañía de Jesús, en otro tiempo profesor de Sagrada Escritura en Lovaina, después en Roma, cuidadosamente revisados e ilustrados con notas por Augustinus Crampon, sacerdote de la diócesis de Amiens. TOMO PRIMERO Que contiene la exposición literal y moral sobre el Pentateuco de Moisés: Génesis y Éxodo PARÍS Publicado por Ludwig Vivès, librero y editor, 13, calle llamada comúnmente Delambre, 13. 1891


AL REVERENDÍSIMO E ILUSTRÍSIMO SEÑOR
ENRIQUE FRANCISCO VAN DER BURCH,
ARZOBISPO Y DUQUE DE CAMBRAI,
PRÍNCIPE DEL SACRO IMPERIO ROMANO, CONDE DE CAMBRAI.

Sucedió oportunamente, por disposición de la providencia de Dios, Ilustrísimo Señor, que en el mismo momento en que erais inaugurado como Arzobispo y Príncipe del Sacro Imperio Romano en Cambrai, este Moisés mío — destinado a vos desde su primera concepción y deudor vuestro por muchos títulos — era dado a la luz.

Todos saben cuán estrecha ha sido durante muchos años la unión de nuestras almas, un vínculo que una simpatía de naturaleza, afectos compartidos y estudios semejantes primero crearon, que la familiaridad acrecentó, y que la gracia de Dios confirmó y perfeccionó en el patrón casi idéntico de nuestras dos vidas. Por esta razón, llamado por vos desde Malinas a la Iglesia Metropolitana sobre la cual presidíais como Deán — como confesor para las fiestas más solemnes del año — hice libre y generoso uso de vuestra hospitalidad y compañía de mesa durante muchos años, hasta que nuestra Compañía estableció tanto un Noviciado como un Colegio en aquella ciudad.

Pero lo que San Juan Bautista dijo de Cristo — «Es necesario que Él crezca, pero que yo disminuya» — esto presagié yo desde hace tiempo acerca de vuestra Ilustrísima Señoría y de mí mismo, aunque no soy profeta; y todos vemos que se ha cumplido, y nos alegramos.

Pues en verdad, ¿a quién podría pertenecer más propiamente este Moisés mío que a vuestra Ilustrísima Señoría, que presidís sobre el pueblo de Dios como Duque eclesiástico y a la vez secular, como Obispo y a la vez Príncipe — tal como Moisés formó, gobernó y dirigió la Iglesia de los Hebreos no menos que su República, y los condujo fuera de Egipto por desiertos intransitables y ante innumerables enemigos, ilesos y aun victoriosos, hasta la tierra prometida? Pues él instituyó y gobernó la Iglesia con los preceptos ceremoniales del Decálogo recibidos de Dios, la República con los preceptos judiciales, y ambas con los preceptos morales. En Moisés, pues, así como en Melquisedec, Abraham, Isaac, Jacob y los demás antiguos patriarcas, ambas potestades supremas — es decir, la del príncipe y la del sacerdote — estuvieron unidas, de modo que administraba los asuntos civiles como una suerte de príncipe, y los sagrados como una suerte de sacerdote, pontífice y jerarca; hasta que transfirió el uno de los oficios, a saber el sacerdocio, a su hermano Aarón, y lo consagró Sumo Sacerdote. Moisés fue por tanto un pastor — primero de ovejas, después de hombres, a quienes tanto rescató de Faraón con su vara pastoral, instrumento de tantos milagros, como gobernó con las leyes santísimas de ambos fueros; pues un rey y príncipe no menos que un sacerdote y pontífice debe ser pastor.

Homero llama al rey pastor de los pueblos, porque debe alimentarlos, como un pastor alimenta a las ovejas, y no esquilmarlos.

Sed, pues, Ilustrísimo Señor, nuestro Moisés de los Países Bajos; contemplad a este Moisés nuestro, y, como ya lo hacéis, expresadlo más y más en vuestra vida y costumbres — así conduciréis al pueblo de Dios no a la tierra de los cananeos prometida a los judíos, sino a la tierra de los vivientes y de los que triunfan en el cielo; más aún, los llevaréis hasta allí, lo que Moisés mismo no pudo hacer.

San Basilio fue el Moisés de su época, dice su par el Bienaventurado Gregorio Nacianceno en su Discurso en Alabanza de San Basilio, y de Moisés aprendió a obrar como Moisés. El mismo San Basilio lo reconoce en la carta 140 a Libanio el Sofista: «Nosotros en verdad, dice, oh hombre preclaro, conversamos con Moisés y Elías y semejantes varones bienaventurados, quienes nos transmiten su doctrina en lengua extranjera; y lo que de ellos hemos oído, eso hablamos — verdadero en el sentido, aunque rudo en las palabras.» Cuánto frecuentó San Basilio a su Moisés lo muestran solamente las obras del Hexamerón, que él compuso con tanto trabajo como comentario al Génesis de Moisés, que San Ambrosio las tradujo, y dio a los oídos latinos no tanto su propia obra cuanto la de San Basilio, en su tratado Sobre la Obra de los Seis Días.

Atestigua Rufino que, después de que San Basilio y San Gregorio Nacianceno hubieron estudiado elocuencia y filosofía en Atenas, dedicaron trece años a la lectura y meditación de Moisés y las Sagradas Escrituras. Todos saben, Ilustrísimo Señor, cuánto os deleitáis con Moisés y la Sagrada Escritura, con cuánta diligencia, cuando vuestras ocupaciones lo permiten, acostumbráis leerla, recorrerla y escudriñarla. Recordáis cuánta de nuestra conversación en la mesa, cuando yo era huésped de vuestra hospitalidad, solía versar sobre ella; recordáis que en una sola comida leíamos juntos diez o doce capítulos del Génesis, y me proponíais muchas cuestiones difíciles acerca de ellos, que yo resolvía al punto según la memoria lo permitía — pero en esta obra las veréis desarrolladas desde el principio, examinadas extensamente, explicadas con plenitud y tratadas en hilo continuo.

Moisés nació del noble linaje de los Patriarcas, y fue bisnieto de Abraham. Pues Abraham engendró a Isaac, Isaac a Jacob, Jacob a Leví, Leví a Caat, Caat a Amram, y Amram a Moisés.

También San Basilio descendía de padres ilustres tanto por su piedad como por su linaje — Basilio y Emmelia —, y su madre siguió a su hijo incluso cuando se retiró al desierto. Vuestro linaje, Ilustrísimo Señor, conspicuo por la virtud no menos que por la sangre, es tenido en alta estima por vuestros conciudadanos. Vuestro abuelo fue Presidente del Consejo de Flandes, quien desempeñó aquel honor con gran crédito personal y con gratitud de la República. Vuestro padre, hombre de sumo juicio y perspicacia, fue primero Presidente del gran Parlamento de Malinas, y después del Consejo Privado; permaneció firme e inconmovible en la fidelidad a su Príncipe en medio de las admirables y graves convulsiones y tormentas de estos Países Bajos, y por esta razón fue muy querido del Rey Católico Felipe II, de gloriosa memoria. Y aunque desempeñó estos grandísimos honores y oficios durante muchos años, en cuyo transcurso habría podido acumular inmensas riquezas, no aumentó la fortuna familiar, siempre atento al bien público, de modo que parecía descuidar sus propios asuntos privados.

Lo mismo logró aquel ilustre Canciller de Inglaterra y mártir, el Bienaventurado Tomás Moro, quien, habiendo pasado cincuenta años en la vida pública y desempeñando los más altos cargos, no aumentó sin embargo su renta anual a setenta piezas de oro. Es más, vuestro padre disminuyó su propio patrimonio y sufrió graves pérdidas de fortuna precisamente porque permaneció fiel y firme en su lealtad a su Príncipe. Pues en el año 1572, cuando los herejes tomaron Malinas por sorpresa, fue arrojado a una prisión degradante, sometido a muchas penalidades, y sufrió también una grave pérdida de fortuna; y si el Duque de Alba no hubiera llegado repentinamente con su ejército, ya estaba destinado a la muerte. Luego en el año 1580, cuando la misma ciudad fue nuevamente ocupada por los herejes, su casa fue saqueada otra vez, y todos sus bienes robados, y además fue obligado a pagar muchos miles de florines para rescatar a su esposa, que no había podido ponerse a salvo con la huida.

Moisés no se lanzó de golpe al poder, sino que ascendió al mando por grados. En los primeros cuarenta años fue educado en la corte de Faraón en toda la sabiduría de los egipcios, y aprendió a tratar con los grandes. En los segundos cuarenta años, apacentando ovejas, se entregó a la contemplación; y después, teniendo ochenta años, asumió el pastorado y la jefatura del pueblo. Lo mismo hizo San Basilio, de quien San Gregorio Nacianceno dice: «Después de que primero hubo leído los libros sagrados y llegó a ser su intérprete, fue ordenado sacerdote por Hermógenes, Obispo de Cesarea,» etc.

Del mismo modo alaba San Cipriano a San Cornelio, Obispo de Roma, en el libro IV, carta 2 a Antoniano: «Este hombre (Cornelio), dice, no llegó al episcopado de repente, sino que, habiendo sido promovido por todos los oficios de la Iglesia, y habiendo merecido con frecuencia bien del Señor en las divinas administraciones, ascendió a la sublime cumbre del sacerdocio por todos los grados de la vida religiosa. Ni siquiera buscó el episcopado mismo, ni lo deseó, ni lo usurpó como hacen otros que están hinchados por la soberbia y la arrogancia; sino tranquilo y modesto, y como suelen ser quienes son elegidos divinamente para este puesto, por el pudor de su conciencia virginal, y por la humildad de la reserva innata y guardada en él, no hizo, como hacen algunos, violencia para llegar a ser obispo, sino que él mismo sufrió violencia para aceptar el episcopado.»

¿Acaso no son estas mismas palabras con las que retrata a Cornelio las que San Cipriano emplea para retrataros también a vos, Ilustrísimo Señor, y vuestras costumbres intachables? Ascendisteis paso a paso a la cumbre del sacerdocio. Primero cumplisteis los cargos de canónigo y sacerdote — no en la ociosidad y la inercia, sino formando religiosamente vuestra familia, dedicándoos a oír confesiones, consagrándoos al estudio, asistiendo sin interrupción a la salmodia, ayudando a los necesitados con consejo no menos que con limosnas, y persistiendo en obras de hospitalidad y misericordia. Esta vida inocente y pura, tan llena de caridad y celo como de virtud, atrajo los votos de todos, de modo que os eligieron Deán de la Iglesia Metropolitana de Malinas — y lo que realizasteis en ese cargo, el coro y el clero de Malinas, que son espejo de virtud y religión para todos los Países Bajos, aún lo proclaman sin palabra mía. Pronto fuisteis nombrado Vicario General por el Ilustrísimo Arzobispo de Malinas; en cuyo cargo examinasteis y administrasteis toda la gobernación práctica de la Iglesia con tal fidelidad, diligencia, gracia y destreza que por doquier restaurasteis, aumentasteis y confirmasteis la disciplina eclesiástica — discípulo digno de tan gran maestro. Y en esto fue especialmente notable que cumplisteis ambos cargos con tal exactitud que ni el coro echaba nunca de menos a su Deán ni la diócesis a su Vicario. Siempre erais el primero en el coro, incluso en lo más crudo del invierno, en el frío más riguroso, aun cuando regresabais a casa fatigado de una visita pastoral fuera, sin conceder descanso alguno a vuestro cuerpo. Por este paso fuisteis llamado al obispado de Gante por nuestro Serenísimo Archiduque, quien en la selección de prelados aplica un juicio agudo y singular, sin conceder nada al favor o a la sangre, sino todo a la virtud — en cuyo cargo os recomendasteis de tal manera a él y a todos los Países Bajos que ahora no sois meramente invitado al arzobispado, sino prácticamente obligado a aceptarlo.

Moisés, llamado por Dios a asumir la jefatura una tercera y cuarta vez, rehusó, excusándose hasta provocar la ira de Dios, rechazando tanto el honor como la carga. En Éxodo iv dice: «Te ruego, Señor, no soy elocuente, ni de ayer ni de anteayer, ni desde que hablaste a tu siervo; sino que soy tardo en el habla y torpe de lengua: te ruego, Señor, envía a quien has de enviar.» San Basilio igualmente huyó del obispado de Neocesarea, como él mismo escribe en la Carta 164. De modo semejante, después de haber asistido fielmente a su amigo Eusebio, Obispo de Cesarea, durante su enfermedad hasta la muerte, una vez muerto Eusebio, Basilio inmediatamente se escondió; descubierto, fingió estar enfermo; y solo a regañadientes, con gran resistencia, fue hecho obispo.

Cuando servíais como Vicario, quisisteis sacudiros la carga, retiraros y vivir para vos mismo y para Dios; y lo habríais logrado de hecho, si nuestro Reverendo Padre Provincial — en otro tiempo vuestro maestro en Filosofía — no os hubiera apartado de este propósito y persuadido a inclinar de nuevo el cuello bajo el piadoso yugo.

Más aún, cuando su Serenísima Alteza el Archiduque estaba considerando trasladaros del obispado de Gante y os había nombrado Arzobispo de Cambrai, ¡buen Dios!, cuánto os afligisteis, cuánto tiempo resististeis, cuántas vías de escape buscasteis — y solo cuando impulsado y obligado por las importunas súplicas de muchos, y por amenazas y casi por la fuerza, para no parecer resistir a Dios que os llamaba por tantas señales, aceptasteis al fin de mala gana el cargo.

Lo mismo hizo en el siglo anterior, para admiración del mundo entero, Juan Fisher, Obispo de Rochester, ilustre mártir de Inglaterra, quien fue elevado al obispado de Rochester por su incomparable doctrina e inocencia de vida. Y cuando este beneficio pareció después demasiado modesto para los méritos de tan gran hombre, y Enrique VIII quiso promoverlo a algo más grande, nunca pudo ser persuadido a abandonar a su propia esposa — modesta ciertamente, pero la primera por vocación de Dios, y cultivada lo mejor que pudo con los trabajos de muchos años — a cambio de cualquier sede más rica. Añadió esto: «que se tendría por muy bienaventurado si al menos pudiera dar cuenta recta en el Día del Señor de este pequeño rebaño que le fue confiado, y de los emolumentos no especialmente cuantiosos recibidos de él; puesto que entonces se exigirá una rendición de cuentas más estricta tanto por las almas bien cuidadas como por el dinero bien gastado, de lo que los mortales generalmente suponen o se preocupan en pensar.»

La Sagrada Escritura otorga a Moisés este elogio: que fue el más manso de todos los mortales. San Basilio, el Moisés cristiano, venció a sus adversarios con su constante benignidad, como escribe de él San Gregorio Nacianceno.

Vuestra cortesía, Ilustrísimo Señor, es admirada por todos — la cortesía con que recibís a todos amablemente, los saludáis honorablemente, y mostráis a todos un rostro sereno, una palabra pronta y un espíritu generoso. De este modo habéis atraído los corazones del pueblo de Gante al amor por vos, suprimido los escándalos, restaurado la disciplina eclesiástica, corregido o removido a los párrocos de vida disoluta, de manera que un nuevo esplendor — más aún, una gloria — resplandece sobre toda Bélgica como un nuevo fulgor desde la Iglesia de Gante. Pues así como Bélgica es la joya del mundo, así Gante es la joya de Flandes y de Bélgica, célebre, para no decir más, como cuna de Carlos V, Emperador Invicto. De ahí aquellas voces susurrantes del pueblo llano cuando pasáis por las calles: «Mirad, pasa un ángel. Mirad, nuestro ángel.» Aquella sapientísima providencia de Dios que gobierna divinamente el mundo entero, como atestigua el Sabio, «se extiende de un extremo a otro con fortaleza, y dispone todas las cosas con suavidad.» Esta providencia imitáis: con suavidad ablandáis y penetráis las dificultades, con fortaleza las vencéis. Y así todo lo que os proponéis, lo lleváis a cabo felizmente y lo conducís a término. Con razón, pues, sea vuestro lema: Suaviter et fortiter.

Moisés albergaba un amor materno hacia su pueblo de duro corazón, y tanto los amó que rogó ser borrado del libro de la vida. Por eso, como una nodriza, alimentó a aquel pueblo durante cuarenta años en el desierto con pan celestial — es decir, el maná; y más aún se afanó en inflamar sus almas con el temor y el amor de Dios, como es evidente en todo el Deuteronomio. Rufino relata el celo y los beneficios de San Basilio hacia su propio pueblo, Libro II, capítulo ix: «Basilio, dice, recorriendo las ciudades y los campos del Ponto, comenzó a despertar con sus palabras los ánimos perezosos de aquel pueblo — poco preocupados por su esperanza futura — y a encenderlos con su predicación, y a limar de ellos la dureza de su larga negligencia. Los condujo, dejando de lado sus vanos y mundanos cuidados, a conocerse a sí mismos, a reunirse como uno, a construir monasterios; les enseñó a dedicarse a salmos, himnos y oraciones, a cuidar de los pobres, a fundar casas religiosas para vírgenes, y a hacer una vida casta y pura casi deseable para todos. Así en poco tiempo fue transformado el aspecto de toda la provincia.»

Mientras San Basilio predicaba, San Efrén vio una paloma susurrándole el sermón al oído — una paloma, digo, que es signo y jeroglífico del Espíritu Santo, como atestigua Gregorio de Nisa. Considerad, pues, qué clase de sermón era el suyo, y cuán celoso y ferviente. San Gregorio Nacianceno atestigua que una hambruna pública fue aliviada por los esfuerzos de San Basilio: «Alimentó a todos, dice, pero ¿de qué manera? Escuchad. Abriendo con su discurso y exhortación los graneros de los ricos, hizo lo que dice la Escritura: Parte su pan para los hambrientos, sacia a los pobres con panes, los alimenta en la hambruna, y llena de bienes las almas hambrientas. ¿Pero cómo exactamente? Cuando hubo reunido a los hambrientos en un lugar — algunos apenas con un hilo de vida — hombres, mujeres, niños pequeños, ancianos, toda edad digna de lástima: reuniendo todo género de alimentos que suelen ahuyentar el hambre, poniendo ante ellos ollas llenas de guiso; y después, imitando el servicio de Cristo, que se ciñó un paño de lino y no tuvo reparo alguno en lavar los pies de sus discípulos, empleando también el servicio de sus servidores o compañeros para este propósito, cuidó tanto de los cuerpos como de las almas de los pobres. Tal fue nuestro nuevo administrador y segundo José,» etc. Pero el propio hermano de Basilio, Gregorio de Nisa, añade que en aquel tiempo San Basilio distribuyó también su propio patrimonio personal entre los pobres.

Todos vuestros pastores, clero y laicos por igual, proclaman vuestra caridad, solicitud, celo y servicio a todos. Habéis restaurado muchas iglesias, haciendas y residencias episcopales, y en estas y semejantes obras de caridad habéis gastado no solo las rentas de la Iglesia sino también vuestro propio patrimonio personal. Todos los pobres, los afligidos y los atribulados celebran vuestra caridad; la naturaleza os impulsa a ella y la gracia os empuja adelante; verdaderamente podéis decir aquellas palabras del santo Job: «Desde mi infancia creció conmigo la compasión, y desde el vientre de mi madre salió conmigo.»

Me habéis dicho más de una vez — y he comprobado por experiencia que es verdad — que no hay nada que hagáis más gustosamente, nada más placentero, que visitar hospitales y los hogares de los pobres y miserables, consolarlos, asistirlos con limosnas, y reconfortarlos con todo oficio de misericordia. Los pueblos de Henao y de Mons experimentaron esto mismo este año. Pues cuando estaban afligidos por una gravísima peste, que se llevó a muchos miles de ellos, y no quedaba remedio alguno para detener el mal, les enviasteis las reliquias — el cuerpo de San Macario, en otro tiempo Arzobispo de Antioquía en Armenia — y tan pronto como fue llevado a la ciudad, la pestilencia, como herida desde el cielo, comenzó a retroceder y disminuir, y no cesó de decrecer hasta quedar enteramente extinguida. Todo el pueblo de Mons lo reconoce y lo celebra públicamente, y en acción de gracias erigieron un relicario de plata para San Macario a generosa costa.

Moisés instituyó a los nazareos y les dictó leyes en Números v. San Basilio, el Moisés de los monjes cenobitas, levantó monasterios por todo el Oriente y les prescribió constituciones monásticas. Los herejes lo atacaron por esta causa, como si hubiera resultado ser un inventor de novedades; a quienes él respondió en la Carta 63: «Se nos acusa, dice, también de este modo de vida, porque tenemos hombres que son monjes dedicados a la piedad, que han renunciado al mundo y a todas sus preocupaciones, que el Señor comparó con espinas que impiden la fecundidad de la palabra; tales hombres llevan en sus cuerpos la mortificación de Jesús, y cada uno tomando su propia cruz sigue al Señor. Por mi parte gastaría toda mi vida para que estos delitos se me imputaran, y para tener conmigo hombres que, siendo yo su maestro, han abrazado hasta ahora este estudio de la piedad,» etc. Luego añade que Egipto, Palestina y Mesopotamia están llenas de quienes siguen esta Filosofía Cristiana; y que incluso las mujeres, emulando la misma dedicación, han alcanzado felizmente una regla de vida igual. Puesto que este sublime modo de vivir ya comenzaba a arraigar entre los suyos, expresó el deseo de que se propagara lo más ampliamente posible; y envidiar esta empresa, declara con las palabras que siguen, no es otra cosa que haber superado al diablo mismo en maldad: «Esto os afirmo y confirmo: que lo que el padre de la mentira, Satanás, no se ha atrevido hasta ahora a decir, corazones temerarios lo hablan ahora sin cesar y con total licencia, sin freno alguno de moderación.» De estas palabras considerad qué clase de hombres deben ser tenidos los herejes y los cristianos corrompidos que son enemigos de los Religiosos.

Vos, Ilustrísimo Señor, no sois Religioso por profesión formal ni por pertenecer a una casa religiosa; pero lo que es más arduo, vivís una vida religiosa en el mundo. Vuestra casa, vuestra familia están tan ordenadas, tan religiosas, que parecen ser un monasterio. ¿De dónde viene esto? Claramente porque lo que Gregorio Nacianceno dice de San Basilio — «la vida de Basilio fue para todos una regla de vivir» — se aplica igualmente a vos. Sois amigo de nuestra Compañía y de todos los Religiosos que son verdaderamente Religiosos, y especialmente de aquellos que viven no solo para sí mismos sino también para otros, y dedican sus esfuerzos a dirigir las almas hacia la salvación.

Los monasterios de mujeres por todo el arzobispado de Malinas en otro tiempo, y ahora en la diócesis de Gante, han sido tan frecuentemente visitados, reformados, edificados y dirigidos por vos con santas ordenanzas, que todas os consideran como un padre, os aman y ponen su confianza en vos.

Moisés resistió a Faraón y a sus Magos con admirable constancia; sostuvo, venció y sometió a los enemigos del pueblo de Dios por todas partes. San Basilio venció y abatió a Juliano, el Emperador apóstata: pues así escribe Damasceno citando a Heladio, en su primer Discurso Sobre las Imágenes: «Basilio, dice, el piadoso, estaba de pie ante la imagen de Nuestra Señora, en la cual también estaba pintada la figura de Mercurio, el célebre mártir, y estaba allí orando para que el impío apóstata Juliano fuese removido. Y de aquella imagen ciertamente supo lo que había de suceder. Pues vio al mártir al principio borroso y oscuro, pero no mucho después sosteniendo una lanza ensangrentada.»

Además, ¡cuán gloriosos fueron los combates de San Basilio contra Valente y los arrianos! Modesto, el Prefecto de Valente, como atestigua Nacianceno, presionaba a Basilio para que siguiera la religión del Emperador. Él rehusó. Entonces el Prefecto dijo: «Nosotros que mandamos estas cosas — ¿qué parecemos al fin ante ti?» — «Nada en absoluto, dijo Basilio, mientras mandáis tales cosas; pues el cristianismo se distingue no por la dignidad de las personas sino por la integridad de la fe.» Entonces el Prefecto, encendido de ira y poniéndose en pie: «¿Qué, dijo, no temes este poder?» — «¿Y por qué habría de temerlo? dijo Basilio; ¿qué sucederá? ¿qué padeceré?» — «¿Qué padecerás?, replicó aquel, una cosa de las muchas que están en mi poder.» — «¿Y cuáles son esas?, añadió Basilio: hacédnoslo saber.» — «Confiscación de bienes, dijo él, destierro, tortura, muerte.» Entonces Basilio: «Si tenéis alguna otra cosa, amenazadme con esa; pues de las que acabáis de nombrar, ninguna nos toca.» — «¿Cómo es eso?», dijo el Prefecto. «Porque, dijo Basilio, a la confiscación de bienes no está sujeto quien nada tiene — a menos que quizá necesitéis estos harapos raídos y gastados míos, y estos pocos libros, en los que consisten todas mis posesiones y recursos. En cuanto al destierro, no lo conozco, pues no estoy atado a ningún lugar particular; ni siquiera llamo mía a esta tierra que ahora habito, y cualquier tierra adonde sea arrojado la tendré por mía; o mejor dicho, para hablar con más propiedad, sé que toda la tierra es de Dios, de la cual soy extranjero y peregrino.» Oíd cosas aún mayores y un espíritu mayor. «En cuanto a las torturas, ¿qué puedo recibir, careciendo de sustancia corporal? — a menos quizá que os refráis al primer golpe: pues de ese solo queda en vuestras manos la decisión y el poder. La muerte, además, será un beneficio para mí: me enviará más pronto a Dios, para quien vivo y en cuyo servicio estoy ocupado, y cuya muerte en gran parte ya he muerto, y hacia quien hace tiempo que me apresuro. El fuego y la espada, las bestias feroces y las garras que desgarran la carne, son para nosotros un placer y un deleite más que un terror. Por tanto, cargadnos de afrentas, amenazad, haced lo que os plazca, gozad de vuestro poder; que oiga también esto el Emperador — ciertamente nunca nos venceréis, ni conseguiréis que consintamos en doctrina impía, aunque amenacéis con cosas peores que estas.»

Quebrado por esta audacia, el Prefecto fue al Emperador y dijo: «Hemos sido vencidos por el Obispo de esta Iglesia; es superior a las amenazas, más firme en el razonamiento, más fuerte que las palabras amables. Hay que probar con algún hombre más tímido.» Con razón, pues, Ciro Teodoro se burló de este Prefecto — quien después, estando enfermo, fue obligado a implorar la ayuda de Basilio — con estos versos:

Prefecto eres sobre todos los demás, Modesto,
pero bajo Basilio el Grande ocupas tu lugar.
Por mucho que ansíes mandar, te sometes;
una hormiga eres, aunque rujas como un león.

Teodoreto, Libro IV, capítulo 17, añade esto: Estaba presente también, dice, cierto hombre llamado Demóstenes, prefecto de la cocina imperial, quien de manera enteramente bárbara reprendió a Basilio, maestro del mundo entero. Pero San Basilio, sonriendo, dijo: «Hemos visto un Demóstenes analfabeto.» Y cuando aquel, ardiendo de mayor ira, comenzó a amenazar, Basilio dijo: «Tu oficio es ocuparte del condimento de los caldos; pues como tienes los oídos taponados de inmundicia, no puedes oír la doctrina sagrada.»

Vuestra constancia en defensa de la fe y la disciplina, Ilustrísimo Obispo, es celebrada por doquier; pues todos pueden ver que no desistís hasta haberla confirmado, y haber traído suavemente a los rebeldes de vuelta bajo el yugo del Señor, de modo que después ellos mismos se asombran de haberse rendido y de estar tan cambiados. Algunos dicen que poseéis algún encanto mágico de atracción y hechizo, en cuanto que podéis persuadir a cualquiera de cualquier cosa, y no cesáis hasta haber atraído a quien sea a vuestra opinión — es decir, de vuelta a la sana razón. Mucho de duro habéis tragado en esta obra; tragaréis cosas más duras aún, pero Dios estará presente y os concederá vencerlas.

Moisés, al partir hacia sus padres, dejó una inmensa nostalgia de sí entre el pueblo — «y los hijos de Israel lo lloraron en los campos de Moab treinta días.»

A la muerte y funeral de San Basilio, escribe San Gregorio Nacianceno que hubo tal concurrencia de dolientes — incluso de judíos y paganos — que varios fueron aplastados y muertos en la multitud.

Toda la ciudad habla de qué dolor sienten vuestros fieles de Gante por vuestra partida, llorándola como la muerte de un padre. Por las encrucijadas se oyen estas voces: «¡Ay! No fuimos dignos de tan gran hombre; nuestros pecados nos arrebatan a este Obispo. Tenemos esto por un gran castigo de Dios. Nuestro ángel se va — ¿quién nos guardará? ¿quién nos guiará?» Por otro lado, tan grande como es el duelo de los de Gante que os pierden, es la alegría de los de Cambrai que os reciben; la región de Mons se alegra, Valenciennes exulta, Cambrai clama de gozo.

Una gran cosecha se levanta ante vos aquí, para ser segada con gran trabajo: cerca de ochocientas parroquias que administrar; ¡cuántos miles de fieles que apacentar! ¡cuántos miles de almas que salvar! Aquí se aguzará vuestra diligencia, se despertará vuestra caridad, se encenderá vuestro celo — especialmente mientras meditáis, y ahora meditáis, aquella sentencia de San Gregorio Nacianceno: «Basilio, por la sola Iglesia de Cesarea, dio luz al mundo entero.»

Encontraréis en los Anales de la Iglesia de Cambrai — que es antiquísima, y de las primeras en Bélgica — que muchísimos de sus obispos han sido inscritos en el catálogo de los santos, cada uno habiendo resplandecido con admirable santidad mediante su propia virtud y práctica distintivas.

San Vindiciano dedicó grandes recursos y esfuerzos a construir lugares sagrados y adaptarlos para la asamblea de los fieles: erigió monasterios e iglesias sobre todo lo demás.

San Lietberto «evitaba las injurias con sumo cuidado, dice el autor de su Vida, las soportaba con suma ecuanimidad, y les ponía fin con suma rapidez; creía que el amor al dinero era el veneno más certero de todas sus esperanzas; usaba a sus amigos para devolver bondad, a sus enemigos para practicar la paciencia, y a los demás para cultivar la benevolencia.» Al partir hacia Jerusalén llevó consigo a tres mil hombres, que lo acompañaron en la peregrinación. Su santidad fue manifestada por un milagro: pues sus canas después de la muerte volvieron al color y belleza del vigor juvenil.

Autberto resplandeció entre los pueblos de Cambrai y Henao con admirable humildad y santidad. Bajo él comenzó a florecer Henao en la fe cristiana, con muchos compañeros llamados a ayudar, tales como San Landelino, San Gisleno, San Vicente Conde de Henao, y Santa Waldetrudis, esposa de Vicente. Por esta razón el rey Dagoberto de los Francos acudía no infrecuentemente a recibir el consejo de San Autberto. Ardió con tal celo por convertir a un solo pecador que casi se consumió en lágrimas y penitencias. También adornó las reliquias de los santos con la mayor decencia.

San Gaugérico, aun de niño, fue poderosamente inclinado hacia las cosas sagradas: liberó milagrosamente a muchísimos prisioneros de calabozos y cadenas, gracia en la cual especialmente sobresalió. Edificó muchas iglesias durante los treinta y nueve años que presidió su sede.

Casi igual a él fue San Teodorico, cuyas virtudes ensalza Hincmaro, Arzobispo de Reims.

Igualmente San Juan, su sucesor, celebrado por el mismo Hincmaro.

San Odón, Obispo de Cambrai, fue de tal fe y constancia hacia Dios y la Iglesia que, expulsado de su sede por el Emperador Enrique IV porque rehusó recibir de nuevo como donación suya el báculo y el anillo que había recibido de la Iglesia en su consagración, pasó el resto de su vida en el exilio en Anchin y murió en aquel destierro.

Estos serán para vos espejos domésticos, estos los acicates para gloriosos trabajos emprendidos por esa misma Iglesia, para gloriosos combates valientemente afrontados por ella. Seguid como habéis comenzado: no faltarán colaboradores sinceros y vigorosos; elegidlos con sagacidad, e invitadlos y cooptadlos como compañeros en esta santa obra. Imitad a Moisés en todo; expresad a Basilio. Ruego a la bondad divina, y no cesaré de rogar, que derrame sobre vos el espíritu de ambos — abundante y doble — para que alimentéis a los miles de almas que os son confiadas en el temor, culto y amor de Dios, y las conduzcáis a la bienaventurada eternidad. Mi amor por vos y mi solicitud por vuestras cosas, que bien conocéis, me impulsan a ello.

En las horas que robéis a otras ocupaciones podréis leer esta obra con calma: espero que la variedad y amenidad de historias, ejemplos, ritos y ceremonias antiguas os deleitarán, y que de ella, conociendo mejor a Moisés, seréis más incitado a emularlo. Mi método aquí es el mismo que fue en los comentarios paulinos, excepto que aquí soy más breve en palabras y más amplio en materia. Pues aquí la variedad y amplitud del tema es mayor, como también su accesibilidad y amenidad — pues mucho es histórico, otras partes tipológicas, adornadas con bellas figuras y símbolos — y estas dos cosas me obligaron a ser parco en palabras, para que la obra no creciera demasiado; por la misma razón me ahorré también los grabados del Arca, los Querubines, el altar, el tabernáculo y lo demás.

He consignado aquí lo que reuní durante veinte años de comentar el Pentateuco, y de enseñar la misma materia por segunda y tercera vez. He entretejido a lo largo sólidas y agradables alegorías de las antiguas ceremonias, sazonadas con sentencias escogidas, ejemplos y apotegmas de los antiguos. Me movió aquel verso del Poeta:

Todos los votos gana quien mezcla lo útil con lo dulce.

Pero para no exceder la medida de una carta, diré más sobre Moisés y mi método en el proemio.

Recibid, pues, Ilustrísimo Señor, esta prenda y señal del amor y la estima que yo, el Colegio de Lovaina y toda nuestra Compañía os profesamos; y puesto que ahora soy llamado de aquí a otros menesteres, y quizá nunca volveré a ver a vuestra Ilustrísima Reverencia en este mundo, sea esto un memorial perenne de mí en vuestro corazón, para que, ausentes en el cuerpo por un tiempo pero siempre presentes en el espíritu, después de esta breve y mísera vida nos unamos en la gloria celestial en Cristo Nuestro Señor — para cuyo honor todo este trabajo nuestro suda y se afana — y reciba cada uno de nosotros, vos abundantemente, yo solo en la medida de mi pobre capacidad, lo que fue prometido por Daniel: «Los doctos brillarán como el resplandor del firmamento, y los que enseñan la justicia a muchos, como estrellas por toda la eternidad.» Amén.


MUCIO VITELLESCHI.
PREPÓSITO GENERAL DE LA COMPAÑÍA DE JESÚS.
Habiendo examinado tres teólogos de nuestra Compañía, a quienes fue encomendada esta tarea, los Comentarios al Pentateuco del Padre Cornelio Cornelii a Lapide, teólogo de nuestra Compañía, y habiéndolos aprobado como aptos para ser publicados: concedemos la facultad para que sean entregados a la imprenta, si así pareciere bien a quienes corresponda. En fe de lo cual hemos dado estas letras firmadas de nuestra propia mano y selladas con nuestro sello, en Roma, 9 de enero de 1616.
MUCIO VITELLESCHI.

FACULTAD DEL MUY REVERENDO PADRE PROVINCIAL
DE LA PROVINCIA FLANDRO-BÉLGICA.
Yo, Carlos Scribani, Provincial de la Compañía de Jesús en la provincia Flandro-Bélgica, en virtud de la autoridad concedida para este propósito por el Muy Reverendo Padre General Mucio Vitelleschi, concedo a los herederos de Martín Nutio y a Jan Moretus, impresores de Amberes, la facultad de entregar a la imprenta los Comentarios al Pentateuco de Moisés, del autor Padre Cornelio Cornelii a Lapide, teólogo de nuestra Compañía. En fe de lo cual he dado estas letras escritas de mi propia mano y selladas con el sello de mi oficio, en Amberes, 23 de agosto del año 1616.
CARLOS SCRIBANI.

CENSURA.
Este Comentario del Muy Reverendo Padre Cornelio Cornelii a Lapide, teólogo de la Compañía de Jesús, es docto y piadoso, y en todo digno de ser publicado, para que instruya a todos los ávidos de doctrina y los haga progresar en la piedad. Lo atestiguo a 9 de mayo del año 1615.
EGBERTO SPITHOLDIO,
Licenciado en Sagrada Teología, Canónigo y Párroco de Amberes, Censor de Libros.

Anotaciones con las que Aug. Crampon, sacerdote de la diócesis de Amiens, ha ilustrado y enriquecido los Comentarios del Padre Cornelius a Lapide sobre el Pentateuco.
Nada obsta a su impresión.
Dado en Amiens, 2 de mayo del año 1852.
JACOBO ANTONIO
Obispo de Amiens.


LA VIDA DE CORNELIUS A LAPIDE.

Cornelio Cornelii a Lapide, de nacionalidad belga, natural de Bocholt en la región de Eupen, nacido de padres honrados, comenzó a adorar a Dios en fe, esperanza y caridad desde el primer uso de razón. De joven ingresó en la Compañía de Jesús el 8 de julio del año de salvación de 1592; dentro de ella, antes de pasar su juventud, fue ordenado sacerdote y ofreció diariamente la sagrada Hostia como sacrificio perpetuo, hasta el fin mismo de su vida. Enseñó la Lengua Sagrada y la Sagrada Escritura públicamente en Lovaina durante más de veinte años, y fue después llamado a Roma por sus superiores, donde expuso las mismas materias durante muchos años con la mayor celebridad de nombre, hasta que, cediendo al esfuerzo de aquel trabajo, se volvió enteramente a la escritura privada. Qué género de vida estableció en aquel tiempo, no puedo explicarlo con palabras más aptas que las suyas propias; hablando con Dios lo expresó así: «Estos trabajos míos, y sus frutos, todos mis estudios, toda mi doctrina, todo mi comentario, los he consagrado a vuestra gloria, oh sacrosanta Trinidad y trina Unidad, y he deseado que toda mi acción, toda mi pasión, y toda mi vida no fuese otra cosa que vuestra continua alabanza. Vos os revelasteis a mi mente hace tiempo, para que os estimara y os buscara solo a Vos, y tuviera en poco y desdeñara todas las demás cosas como mezquinas, vanas y fugaces. Por lo cual huyo de las cortes y las riberas: busco una soledad y retiro que me es grato y no inútil a otros, en compañía de San Basilio, Gregorio y Jerónimo, cuya santa Belén, tan afanosamente buscada por él en Palestina, yo la he encontrado aquí en Roma. En otro tiempo, en mi juventud, hice de Marta; ahora en la pendiente de la edad hago y amo más el papel de María Magdalena, atento a la brevedad de la vida, atento a Dios, atento a la eternidad que se acerca. De mi celda sola — que me es más fiel y más querida que toda la tierra, y me parece un verdadero cielo en la tierra — y del silencio solo soy habitante; morador de mi celda, frecuentador de mi sagrado estudio, me esfuerzo por ser morador del cielo; persigo el ocio, más bien el negocio, de la santa contemplación, la lectura y la escritura. Me entrego a Dios, uno y trino, para recibir, meditar y celebrar sus oráculos e inspiraciones; me siento a los pies de Cristo, pendiente de sus labios para beber las palabras de vida, que después puedo derramar sobre otros.»

Esto hacía siendo anciano, cargado con los méritos de una larga santidad; pues desde el momento mismo de su entrada en la Compañía de Jesús, por la contemplación incesante de la bienaventurada eternidad, fue de tal modo movido al desprecio de las cosas humanas y al deseo de las celestiales, que desde entonces no aspiró a otra cosa que a la voluntad, alabanza y gloria perdurable de Cristo, en la vida y en la muerte, en el tiempo y en la eternidad; se esforzó y trabajó por celebrar y promover solo eso, con todos sus votos y estudios, con todas las fuerzas del cuerpo y del alma; no esperaba nada de ningún mortal en este mundo, nada deseaba; no se detenía en los juicios y aplausos de los hombres; deseando agradar solo a Dios, y temiendo desagradarle, tenía este único fin a la vista, esta única petición, a este único fin toda su lectura y escritura, todo su trabajo sudaba: que su santo nombre fuese santificado, y su santa voluntad fuese hecha así en la tierra como en el cielo. El ardentísimo deseo de sufrir el martirio, divinamente implantado desde su primer noviciado, lo retuvo siempre tan persistentemente que no cesaba de implorar para sí aquella corona con todos sus votos. Casi ya la había estrechado entre sus manos en el año 1604, cuando, residiendo cerca del santuario de Nuestra Señora de Aspromont, célebre por sus milagros, no lejos de Lovaina, y asistiendo a las multitudes de gente que acudían con propósitos religiosos mediante confesiones, sermones y otros oficios sagrados, una unidad de caballería holandesa cayó sobre el lugar inesperadamente en la fiesta misma de la Natividad de Nuestra Señora, arrasándolo todo a hierro y fuego; fue rodeado, y casi capturado y muerto. Pero por auxilio de la Santísima Eucaristía, que llevaba fuera de la iglesia para que no fuera profanada por los herejes, y por el socorro de Nuestra Señora, a quien imploró con un voto urgente, el peligro se disipó, no sin apariencia de milagro; él mismo fue preservado ileso por una admirable providencia. Además, cuánto el deseo de martirio nunca lo abandonó queda suficientemente demostrado por aquellas palabras con las que, habiendo completado su Comentario a los cuatro Profetas, se dirige así a los santos cuatro Profetas: «Oh Profetas del Señor, me habéis hecho partícipe de vuestra profecía y de vuestro laurel doctoral; hacedme, os pido, partícipe también del martirio, para que yo también selle con mi sangre la verdad que de vosotros he sacado, que he enseñado a otros y que he puesto por escrito. Pues mi doctorado no será perfecto ni consumado si no se cierra igualmente con este sello. Durante casi treinta años he soportado gustosa y libremente con vosotros y por vosotros el martirio continuo de la vida religiosa, el martirio de las enfermedades, el martirio de los estudios y la escritura: obtened para mí, os suplico, como don coronador, el cuarto martirio, el de sangre. He agotado por vosotros mis espíritus vitales y animales; agotaré también mi sangre. Por todo el trabajo que he prodigado durante todos estos años exponiendo, por la gracia de Dios, vuestros escritos, iluminándolos, y haciéndoos hablar y profetizar en nueva lengua, de modo que en cierto modo profeticé junto con vosotros — obtened para mí, como salario de vuestro profeta, el martirio, digo, del Padre de las luces, así como obtenéis misericordia.» Volviéndose luego a la bienaventurada Madre de Dios, a quien debía todo lo que era y tenía, por quien había sido llamado, indigno como era, a la santa Compañía de su Hijo, en la cual ella lo había dirigido, ayudado e instruido de modo admirable, le suplica que le haga alcanzar el martirio; después implora ardientemente al Señor Jesús, su amor, por los méritos de su Madre y de los Profetas, que no viva una vida ociosa ni muera una muerte ociosa en cama, sino una causada por madera o hierro. Consonantes con estos deseos eran los ornamentos de sus demás virtudes, que sería demasiado largo perseguir aquí. Nada podía parecer más dulce que él, nada más modesto, nada más temperante. Tan humilde era la opinión que tenía de sí mismo en medio de tan vasta doctrina y tal amplitud de toda sabiduría humana y divina, que afirmaba: «Verdaderamente y en mi conciencia, soy el más necio de los hombres, y la sabiduría de los hombres no está conmigo; soy un niño pequeño que no conoce su salir ni su entrar.» En otro lugar igualmente declara: «Desde hace casi cuarenta años me dedico a este sagrado estudio, desde hace treinta no hago otra cosa, ni ceso de enseñar la Sagrada Escritura, y sin embargo siento cuán poco he progresado en ella.» Se aferró tan firmemente a la severidad de la vida religiosa que, para que no sufriera ningún daño por su causa, rehusó que se le pusiera nada excepcional en las comidas, aunque su salud fue siempre frágil, agravada por la edad, y gastada en estudios que beneficiarían a la Iglesia de Dios, y no podía con los alimentos que se ponían a los demás. La obediencia fue siempre para él más querida que la vida, y el amor a la verdad. La verdad la puso en primer lugar en todos sus escritos, y la obediencia fue lo que lo condujo a sacar sus escritos a la luz pública — escritos que de otro modo habría condenado al silencio eterno. Absorto en estos afanes de santidad, después de haber pasado los setenta años de edad, pagó al fin la deuda a la naturaleza en la Ciudad Santa, donde siempre había deseado mezclar sus huesos con los de los santos, el 12 de marzo del año 1637. Su cuerpo, por autoridad de sus superiores, fue encerrado en su propio ataúd para que un día pudiera ser identificado, y sepultado. El catálogo de sus obras es el siguiente: Comentarios al Pentateuco de Moisés, Amberes 1616, de nuevo en 1623 en folio; a los libros de Josué, Jueces, Rut, Reyes y Crónicas, Amberes 1642, en folio; a los libros de Esdras, Nehemías, Tobías, Judit, Ester y Macabeos, Amberes 1644; a los Proverbios de Salomón, Amberes y París, en casa de Cramoisy, 1635; al Eclesiastés, Amberes 1638, París 1639; a la Sabiduría; al Cantar de los Cantares; al Eclesiástico; a los cuatro Profetas Mayores; a los doce Profetas Menores; a los cuatro Evangelios de Jesucristo; a los Hechos de los Apóstoles; a todas las Epístolas del Apóstol San Pablo; a las Epístolas Católicas; al Apocalipsis del Apóstol San Juan.

Dejó incompletos sus comentarios a los libros de Job y los Salmos.


DECRETOS DEL CONCILIO DE TRENTO
(SESIÓN IV).

DE LAS ESCRITURAS CANÓNICAS.

El sacrosanto, ecuménico y general Concilio de Trento, legítimamente congregado en el Espíritu Santo, presidiendo en él los tres legados de la Sede Apostólica, teniendo perpetuamente ante sus ojos esto: que, eliminados los errores, sea conservada en la Iglesia la pureza misma del Evangelio; el cual Evangelio, prometido antes por los profetas en las santas Escrituras, nuestro Señor Jesucristo, Hijo de Dios, primero promulgó con su propia boca, y después mandó que fuese predicado a toda criatura por sus Apóstoles como fuente de toda verdad salvífica y de toda disciplina de costumbres: percibiendo que esta verdad y disciplina se contienen en libros escritos y en tradiciones no escritas, las cuales, recibidas por los Apóstoles de la boca del mismo Cristo, o por los mismos Apóstoles bajo el dictado del Espíritu Santo, han llegado hasta nosotros transmitidas como de mano en mano: siguiendo los ejemplos de los Padres ortodoxos, recibe y venera con igual afecto de piedad y reverencia todos los libros tanto del Antiguo como del Nuevo Testamento — siendo un solo Dios el autor de ambos — así como también las dichas tradiciones, tanto las pertenecientes a la fe como las pertenecientes a las costumbres, como dictadas ya por la palabra oral de Cristo o por el Espíritu Santo, y conservadas en la Iglesia Católica por sucesión continua.

Ha creído conveniente inscribir en este decreto la lista de los sagrados libros, para que no surja duda en nadie acerca de cuáles son los libros que son recibidos por este Sínodo. Son los siguientes:

Del Antiguo Testamento: los cinco libros de Moisés, a saber, Génesis, Éxodo, Levítico, Números, Deuteronomio; Josué, Jueces, Rut; cuatro libros de los Reyes; dos de las Crónicas; el primero y segundo de Esdras, de los cuales el segundo se llama Nehemías; Tobías, Judit, Ester, Job, el Salterio Davídico de ciento cincuenta salmos; los Proverbios, el Eclesiastés, el Cantar de los Cantares, la Sabiduría, el Eclesiástico, Isaías, Jeremías con Baruc, Ezequiel, Daniel; los doce Profetas menores, a saber, Oseas, Joel, Amós, Abdías, Jonás, Miqueas, Nahúm, Habacuc, Sofonías, Ageo, Zacarías, Malaquías; dos libros de los Macabeos, el primero y el segundo.

Del Nuevo Testamento: los cuatro Evangelios, según Mateo, Marcos, Lucas y Juan; los Hechos de los Apóstoles escritos por Lucas Evangelista; catorce Epístolas de Pablo Apóstol: a los Romanos, dos a los Corintios, a los Gálatas, a los Efesios, a los Filipenses, a los Colosenses, dos a los Tesalonicenses, dos a Timoteo, a Tito, a Filemón, a los Hebreos; dos de Pedro Apóstol; tres de Juan Apóstol; una de Santiago Apóstol; una de Judas Apóstol; y el Apocalipsis de Juan Apóstol.

Pero si alguno no recibiere como sagrados y canónicos los dichos libros íntegros con todas sus partes, tal como se han acostumbrado leer en la Iglesia Católica y como se contienen en la antigua edición latina Vulgata, y a sabiendas y deliberadamente despreciare las tradiciones antedichas, sea anatema.

II.
DE LA EDICIÓN Y USO DE LOS SAGRADOS LIBROS.

Además, el mismo sacrosanto Sínodo, considerando que no poca utilidad puede resultar a la Iglesia de Dios si de entre todas las ediciones latinas de los sagrados libros que circulan se da a conocer cuál debe tenerse por auténtica, establece y declara que esta misma antigua edición Vulgata, que ha sido aprobada por el largo uso de tantos siglos en la Iglesia misma, sea tenida por auténtica en las lecturas públicas, disputas, predicaciones y exposiciones; y que nadie ose ni presuma rechazarla bajo pretexto alguno.

Además, para refrenar los ingenios petulantes, decreta que nadie, apoyándose en su propia prudencia, en materias de fe y costumbres pertenecientes a la edificación de la doctrina cristiana, torciendo la sagrada Escritura según sus propios sentidos, ose interpretar la sagrada Escritura en contra de aquel sentido que ha mantenido y mantiene la santa madre Iglesia — a quien corresponde juzgar del verdadero sentido e interpretación de las santas Escrituras — ni tampoco contra el unánime consenso de los Padres; aunque tales interpretaciones nunca hubieran de ser publicadas. Los que contravinieren sean declarados por los ordinarios y castigados con las penas establecidas por el derecho.

Queriendo además imponer la debida moderación a los impresores en esta materia (quienes ahora sin moderación alguna — es decir, pensando que les está permitido cuanto les place — imprimen los libros mismos de la sagrada Escritura y las anotaciones y exposiciones de cualesquiera autores sobre ellos, frecuentemente callando la imprenta, frecuentemente incluso con pie de imprenta falso, y, lo que es más grave, sin nombre de autor; y también venden temerariamente tales libros impresos en otras partes), decreta y establece que en adelante la sagrada Escritura, y muy especialmente esta antigua edición Vulgata, sea impresa lo más correctamente posible; y que a nadie sea lícito imprimir o hacer imprimir libro alguno sobre materias sagradas sin nombre de autor; ni venderlos en adelante ni siquiera tenerlos consigo a menos que antes hayan sido examinados y aprobados por el ordinario, bajo pena de anatema y de la multa impuesta en el canon del más reciente Concilio de Letrán. Y si fueren regulares, además de tal examen y aprobación, estarán obligados a obtener también la licencia de sus superiores, después de que los libros hayan sido revisados por ellos según la forma de sus ordenanzas. Quienes los comuniquen por escrito o los publiquen sin haberlos hecho examinar y aprobar, estarán sujetos a las mismas penas que los impresores. Y quienes los tengan o lean, si no denunciaren a los autores, serán tenidos como los autores mismos. La aprobación de tales libros se dará por escrito, y por tanto constará auténticamente al frente del libro, ya sea escrito o impreso; y todo esto, es decir, tanto la aprobación como el examen, se hará gratuitamente, de modo que lo digno de aprobación sea aprobado y lo indigno sea rechazado.

Después de esto, queriendo reprimir aquella temeridad por la cual las palabras y sentencias de la sagrada Escritura son torcidas y vueltas a cosas profanas — a saber, a cosas burlescas, fabulosas, vanas, adulatorias, detractoras, y a encantamientos, adivinaciones y suertes impías y diabólicas, e incluso a libelos difamatorios — manda y prescribe, para suprimir tal irreverencia y desprecio, que en adelante nadie ose emplear de modo alguno las palabras de la sagrada Escritura para estos y semejantes propósitos, de suerte que todos los hombres de esta clase, temerarios violadores y profanadores de la palabra de Dios, sean refrenados por los obispos con las penas de derecho y a su arbitrio.


PREFACIO AL LECTOR (1)

Entre los muchos y grandes beneficios que Dios ha otorgado a su Iglesia por medio del sagrado Sínodo Tridentino, este parece especialmente digno de ser contado en primer lugar: que entre tantas ediciones latinas de las divinas Escrituras declaró, por decreto solemnísimo, como auténtica la sola antigua edición Vulgata — que había sido aprobada por el largo uso de tantos siglos en la Iglesia.

Pues (dejando de lado el hecho de que no pocas de las ediciones recientes parecían haber sido torcidas licenciosamente para confirmar las herejías de esta época), ciertamente aquella gran variedad y diversidad de versiones podría haber producido gran confusión en la Iglesia de Dios. Pues ya está bien establecido que en nuestra propia época ha sucedido casi lo mismo que San Jerónimo atestiguó que ocurrió en su tiempo: a saber, que había tantos ejemplares como manuscritos, puesto que cada uno añadía o quitaba según su propio capricho.

Sin embargo, la autoridad de esta antigua edición Vulgata fue siempre tan grande, y su excelencia tan sobresaliente, que los jueces imparciales no podían dudar de que debía ser preferida con mucho a todas las demás ediciones latinas. Pues los libros contenidos en ella (como nos han sido transmitidos casi de mano en mano por nuestros antepasados) fueron recibidos en parte de la traducción o enmienda de San Jerónimo, y en parte retenidos de cierta antiquísima edición latina que San Jerónimo llama Común y Vulgata, San Agustín Ítala, y San Gregorio la Antigua traducción.

Y en efecto, acerca de la pureza y excelencia de esta antigua edición (o Ítala), existe el espléndido testimonio de San Agustín en el segundo libro de Sobre la Doctrina Cristiana, donde juzgó que, entre todas las ediciones latinas que entonces circulaban en gran número, la Ítala debía ser preferida porque era — como él mismo dice — «más tenaz en las palabras conservando la claridad del sentido.»

Pero acerca de San Jerónimo, existen muchos testimonios eminentes de los antiguos Padres: San Agustín lo llama hombre doctísimo y peritísimo en tres lenguas, y confirma con el testimonio incluso de los mismos Hebreos que su traducción es veraz. El mismo San Gregorio lo alaba tan altamente que dice que su traducción (que llama la nueva) ha vertido todo más verdaderamente del habla hebrea, y por tanto es dignísima de que se le preste plena fe en todas las cosas. San Isidoro, además, en más de un lugar antepone la versión jeronimiana a todas las demás y afirma que es comúnmente recibida y aprobada por las iglesias cristianas porque es más clara en las palabras y más veraz en el sentido. También Sofronio, hombre eruditísimo, observando que la traducción de San Jerónimo era altamente aprobada no solo por los latinos sino también por los griegos, la estimó tanto que tradujo el Salterio y los Profetas de la versión de Jerónimo a un elegante griego.

Además, los hombres más doctos que vinieron después — Remigio, Beda, Rábano, Haymon, Anselmo, Pedro Damián, Ricardo, Hugo, Bernardo, Ruperto, Pedro Lombardo, Alejandro, Alberto, Tomás, Buenaventura, y todos los demás que han florecido en la Iglesia en estos novecientos años — usaron la versión de San Jerónimo de tal manera que las demás versiones (que eran casi innumerables) prácticamente se les cayeron de las manos a los teólogos y quedaron completamente obsoletas.

Por tanto, no sin merecimiento la Iglesia Católica celebra a San Jerónimo como el máximo Doctor y como alguien divinamente suscitado para la interpretación de las Sagradas Escrituras, de modo que ya no es difícil condenar el juicio de todos aquellos que o no aceptan los trabajos de tan eminente Doctor o incluso confían en que pueden producir algo mejor — o al menos igual.

Sin embargo, para que tan fiel traducción, y tan útil en todo respecto para la Iglesia, no fuese corrompida en parte alguna ni por la injuria del tiempo, ni por la negligencia de los impresores, ni por la temeraria audacia de quienes enmiendan irreflexivamente, el mismo sacrosanto Sínodo Tridentino sabiamente añadió en su decreto que esta misma antigua edición Vulgata fuese impresa lo más correctamente posible, y que a nadie se le permitiera imprimirla sin el permiso y aprobación de los Superiores. Con este Decreto al mismo tiempo puso límite a la temeridad y licencia de los impresores, y despertó la vigilancia e industria de los Pastores de la Iglesia en retener y conservar tan gran bien con la mayor diligencia.

Y aunque los teólogos de insignes Academias trabajaron con gran elogio en restituir la edición Vulgata a su prístino esplendor, sin embargo, porque en materia tan grave ninguna diligencia puede ser excesiva, y porque varios códices manuscritos más antiguos habían sido buscados por mandato del Sumo Pontífice y traídos a la Ciudad, y finalmente, porque la ejecución de los decretos de los concilios generales, y la integridad y pureza mismas de las Escrituras, se sabe que pertenecen especialmente al cuidado de la Sede Apostólica: por ello Pío IV, Sumo Pontífice, con su increíble vigilancia sobre todas las partes de la Iglesia, encomendó aquel encargo a ciertos selectísimos Cardenales de la Santa Iglesia Romana, y a otros hombres peritísimos tanto en las sagradas letras como en varias lenguas, para que corrigieran con la mayor exactitud la edición latina Vulgata, sirviéndose de los más antiguos códices manuscritos, inspeccionando también las fuentes hebreas y griegas de la Biblia, y consultando finalmente los comentarios de los antiguos Padres.

Pío V prosiguió asimismo la misma empresa. Pero aquella asamblea, largo tiempo interrumpida por diversas y gravísimas ocupaciones de la Sede Apostólica, Sixto V, llamado por la divina Providencia al sumo Pontificado, la reanudó con ardentísimo celo, y ordenó al fin que la obra terminada fuese entregada a la imprenta. Cuando ya había sido impresa, y el mismo Pontífice se empeñaba en que fuese dada a la luz, observando que no pocas cosas habían entrado en la sagrada Biblia por defecto de la imprenta que parecían requerir una nueva diligencia, juzgó y decretó que toda la obra fuese devuelta bajo el yunque. Pero como la muerte le impidió realizar esto, Gregorio XIV, que después del pontificado de doce días de Urbano VII había sucedido a Sixto, ejecutando la intención de su ánimo, emprendió completarla, con ciertos eminentísimos Cardenales y otros doctísimos varones nuevamente designados para este propósito.

Pero como también él, y quien le sucedió, Inocencio IX, fueron arrebatados de esta luz en brevísimo tiempo, finalmente al comienzo del pontificado de Clemente VIII, que ahora tiene el timón de la Iglesia universal, la obra que Sixto V se había propuesto fue, con la ayuda de Dios, perfeccionada.

Recibe, pues, lector cristiano, con la aprobación del mismo Clemente, Sumo Pontífice, de la Imprenta Vaticana, la antigua edición Vulgata de la Sagrada Escritura, corregida con toda la diligencia que se pudo aplicar: la cual, ciertamente, así como es difícil afirmar que es perfecta en todo respecto, dada la debilidad humana, así de ningún modo se ha de dudar de que es más enmendada y más pura que todas las demás que han aparecido hasta el día de hoy.

Y aunque en esta revisión de la Biblia se aplicó no poco celo en cotejar códices manuscritos, fuentes hebreas y griegas, y los mismos comentarios de los antiguos Padres: sin embargo, en esta edición ampliamente difundida, así como algunas cosas fueron cambiadas deliberadamente, así también otras que parecían necesitar cambio fueron deliberadamente dejadas sin cambiar: tanto porque San Jerónimo advirtió más de una vez que así debía hacerse, para no ofender al pueblo; como porque se ha de creer que nuestros antepasados, que hicieron versiones latinas del hebreo y del griego, disponían de libros mejores y más corregidos que los que han llegado hasta nosotros después de su época (los cuales quizá, por haber sido copiados repetidamente durante un período tan largo, se han vuelto menos puros e íntegros); y finalmente, porque no fue la intención de la sagrada congregación de eminentísimos Cardenales y otros doctísimos varones elegidos por la Sede Apostólica para esta obra producir alguna nueva edición, o corregir o enmendar en parte alguna al antiguo traductor; sino más bien restituir la misma antigua edición Vulgata latina — purgada de los errores de los antiguos copistas y de los yerros de enmiendas corruptas — a su prístina integridad y pureza en cuanto fuera posible, y una vez restituida, esforzarse con todas sus fuerzas para que fuese impresa lo más correctamente posible según el decreto del Concilio Ecuménico.

Además, en esta edición pareció conveniente no añadir nada que no sea canónico, nada espurio, nada extraño. Y esta es la razón por la cual los libros inscritos como III y IV Esdras (que el sagrado Sínodo Tridentino no contó entre los libros canónicos), y también la Oración del Rey Manasés (que no existe ni en hebreo ni en griego, no se encuentra en los manuscritos más antiguos, y no forma parte de ningún libro canónico) han sido colocados fuera de la serie de la Escritura canónica. Y no se ven en los márgenes concordancias (que no se prohíbe añadir después), ni notas, ni lecturas variantes, ni prefacios de ningún tipo, ni argumentos al comienzo de los libros.

Pero así como la Sede Apostólica no condena la industria de quienes disponen concordancias de pasajes, lecturas variantes, prefacios de San Jerónimo y otras cosas de ese género en otras ediciones: así tampoco prohíbe que, en otro estilo de impresión en esta misma edición Vaticana, tales ayudas puedan ser añadidas en el futuro para comodidad y utilidad de los estudiosos, con la condición sin embargo de que las lecturas variantes no sean anotadas al margen del Texto mismo.


PAPA CLEMENTE VIII.
PARA PERPETUA MEMORIA DEL ASUNTO.

Puesto que el texto de la edición Vulgata de los sagrados Libros, restituido con los mayores trabajos y vigilias y purificado de errores con la mayor exactitud, por la bendición del Señor, sale a la luz desde nuestra Imprenta Vaticana: Nos, deseando proveer oportunamente a que el mismo texto sea conservado en adelante incorrupto, como conviene, por autoridad Apostólica, por el tenor de las presentes, prohibimos estrictamente que durante diez años contados desde la fecha de las presentes, ni de este lado ni del otro de los montes, sea impreso por nadie en lugar alguno que no sea nuestra Imprenta Vaticana. Transcurrido el decenio antedicho, mandamos que se observe esta cautela: que nadie presuma entregar a la imprenta esta edición de las Santas Escrituras sin haber obtenido antes un ejemplar impreso en la Imprenta Vaticana, y que la forma de este ejemplar sea observada inviolablemente sin cambiar, añadir ni quitar siquiera la más mínima partícula del texto, a menos que ocurra algo que manifiestamente haya de atribuirse a un error tipográfico.

Si algún impresor en cualesquiera reinos, ciudades, provincias y lugares, tanto sujetos a la jurisdicción temporal de nuestra Santa Iglesia Romana como no sujetos, presumiere imprimir, vender, ofrecer a la venta, o de cualquier modo publicar o hacer circular esta misma edición de las Santas Escrituras dentro del decenio antedicho, o después de transcurrido el decenio, de cualquier modo que no sea conforme a tal ejemplar como arriba se menciona; o si algún librero presumiere, después de la fecha de las presentes, vender, ofrecer a la venta o hacer circular libros impresos de esta edición, o libros por imprimir, que discrepen en algo del antedicho Texto restituido y corregido, o impresos por otro que no sea el impresor vaticano dentro de los diez años, incurrirá, además de la pérdida de todos los libros y otras penas temporales a infligir a nuestro arbitrio, también en sentencia de excomunión mayor ipso facto; de la cual no puede ser absuelto sino por el Romano Pontífice, excepto cuando esté constituido en peligro de muerte.

Mandamos, por tanto, a todos y cada uno de los Patriarcas, Arzobispos, Obispos y demás Prelados de iglesias y lugares, incluso regulares, que cuiden y procuren que estas presentes letras sean observadas inviolable y perpetuamente por todos en sus respectivas iglesias y jurisdicciones. Repriman a los contradictores con censuras eclesiásticas y otros remedios oportunos de derecho y de hecho, pospuesta toda apelación, invocando también, si fuere necesario, el auxilio del brazo secular, no obstante las constituciones y ordenanzas Apostólicas, y los estatutos y costumbres de concilios generales, provinciales o sinodales, sean generales o especiales, y de cualesquiera iglesias, órdenes, congregaciones, colegios y universidades, incluso de estudios generales, confirmados por juramento, confirmación Apostólica o cualquier otra firmeza, y privilegios, indultos y letras Apostólicas expedidas o por expedir en contrario de cualquier modo: todo lo cual derogamos amplísimamente para este efecto y decretamos quede derogado.

Queremos también que a los trasuntos de las presentes, incluso cuando sean impresos en los volúmenes mismos, se les dé en todas partes la misma fe en juicio y fuera de él que se daría a las presentes mismas si fueren exhibidas o mostradas.

Dado en Roma, en San Pedro, bajo el Anillo del Pescador, el día 9 de noviembre de 1592, en el año primero de Nuestro Pontificado.

M. VESTRIO BARBIANO.