San Jerónimo / P. H. D. Lacordaire, O.P.
Los prefacios de Jerónimo / Del culto de Jesucristo en las Escrituras
Índice
LOS PREFACIOS DE SAN JERÓNIMO.
I. EL PRÓLOGO GALEADO.
Que hay veintidós letras entre los hebreos lo atestigua también la lengua de los sirios y caldeos, que en gran parte es afín al hebreo; pues también ellos tienen veintidós elementos con el mismo sonido pero con caracteres diferentes. Los samaritanos también escriben el Pentateuco de Moisés con el mismo número de letras, difiriendo únicamente en las formas y los trazos. Y es cierto que Esdras, escriba y doctor de la Ley, después de la toma de Jerusalén y la restauración del templo bajo Zorobabel, descubrió otras letras que ahora usamos, puesto que hasta aquel tiempo los caracteres de los samaritanos y de los hebreos habían sido los mismos. También en el libro de los Números, este mismo cómputo se muestra místicamente en el censo de los levitas y sacerdotes. Y el nombre tetragrámaton del Señor, en ciertos manuscritos griegos, se encuentra expresado en las letras antiguas hasta el día de hoy. Además, los Salmos — el trigésimo sexto, el centésimo décimo, el centésimo undécimo, el centésimo decimoctavo y el centésimo cuadragésimo cuarto—, aunque están escritos en metros diferentes, están sin embargo tejidos con un alfabeto del mismo número. Y las Lamentaciones de Jeremías, y su Oración, y también los Proverbios de Salomón al final, desde el lugar donde dice: «¿Quién hallará una mujer fuerte?», se computan por los mismos alfabetos o divisiones. Además, cinco letras entre los hebreos son dobles: Caph, Mem, Nun, Pe, Sade; pues los comienzos y medios de las palabras se escriben de forma diferente con estas letras que sus finales. De donde también cinco libros son considerados por la mayoría como dobles: Samuel, Melachim, Dibre Hajamim, Esdras, Jeremías con Cinoth, esto es, con sus Lamentaciones. Así pues, del mismo modo que hay veintidós elementos con los cuales escribimos en hebreo todo lo que hablamos, y el habla humana se comprende por sus formas iniciales, así se cuentan veintidós libros, con los cuales, como con letras y principios, la todavía tierna y lactante infancia del hombre justo es instruida en la doctrina de Dios.
El primer libro entre ellos se llama Bereshith, que nosotros llamamos Génesis.
El segundo, Veelle Semoth, que se llama Éxodo.
El tercero, Vaiicra, esto es, Levítico.
El cuarto, Vajedabber, que nosotros llamamos Números.
El quinto, Elle Haddebarim, que se designa Deuteronomio.
Estos son los cinco libros de Moisés, que propiamente llaman Torá, esto es, la Ley.
El segundo orden lo constituyen los Profetas, y comienzan con Josué hijo de Navé, que entre ellos se llama Josué ben Nun.
A continuación añaden Sophetim, esto es, el libro de los Jueces. Y en el mismo incluyen a Rut, porque su historia se narra en los días de los Jueces.
En tercer lugar sigue Samuel, que nosotros llamamos el primero y segundo de los Reyes.
El cuarto, Melachim, esto es, de los Reyes, que se contiene en el tercer y cuarto volumen de los Reyes.
Y es mucho mejor decir Melachim, esto es, de los Reyes, que Mamlachot, esto es, de los Reinos. Pues no describe los reinos de muchas naciones, sino los de un solo pueblo israelita, que comprende doce tribus.
El quinto es Isaías.
El sexto, Jeremías.
El séptimo, Ezequiel.
El octavo, el libro de los Doce Profetas, que entre ellos se llama Theré Asar.
El tercer orden posee los Hagiógrafos.
Y el primer libro comienza con Job.
El segundo con David, que comprenden en cinco divisiones y un solo volumen de Salmos.
El tercero es Salomón, que tiene tres libros: Proverbios, que ellos llaman Mislé, esto es, Parábolas.
El cuarto, Eclesiastés, esto es, Cohélet.
El quinto, el Cantar de los Cantares, que designan con el título Sir Hassirim.
El sexto es Daniel.
El séptimo, Dibre Hajamim, esto es, Palabras de los Días, que podemos llamar más expresivamente la Crónica de toda la historia divina; este libro se inscribe entre nosotros como el primero y segundo de Paralipómenos.
El octavo, Esdras, que igualmente entre los griegos y latinos se divide en dos libros.
El noveno, Ester.
Y así los libros de la antigua ley ascienden igualmente a veintidós: esto es, cinco de Moisés, ocho de los Profetas y nueve de los Hagiógrafos. Aunque algunos escriben Rut y Cinoth entre los Hagiógrafos y piensan que estos libros deben contarse en su propio número, y que por ello hay veinticuatro libros de la antigua ley — los cuales, bajo el número de veinticuatro ancianos, el Apocalipsis de Juan presenta adorando al Cordero y ofreciendo sus coronas con los rostros postrados, de pie ante los cuatro seres vivientes, que tienen ojos por delante y por detrás, esto es, mirando al pasado y al futuro, y clamando con voz incansable: Santo, santo, santo, Señor Dios todopoderoso, que era, que es y que ha de venir.
Este prólogo, como principio galeado de las Escrituras, puede aplicarse a todos los libros que hemos traducido del hebreo al latín, para que sepamos que todo lo que queda fuera de esto debe colocarse entre los apócrifos. Por consiguiente, la Sabiduría que comúnmente se atribuye a Salomón, y el libro de Jesús hijo de Sirac, y Judit, y Tobías, y el Pastor, no están en el canon. El primer libro de los Macabeos lo encontré en hebreo. El segundo es griego, lo cual puede probarse también por su mismo estilo. Siendo así las cosas, te ruego, lector, que no consideres mi trabajo como una censura de los antiguos. En el templo de Dios cada uno ofrece lo que puede: unos ofrecen oro, plata y piedras preciosas; otros ofrecen lino fino, púrpura, escarlata y jacinto; a nosotros nos va bien si ofrecemos pieles y pelo de cabra. Y sin embargo el Apóstol juzga que nuestras partes más despreciables son las más necesarias. De donde también toda aquella hermosura del tabernáculo, y la distinción de la Iglesia presente y futura a través de cada uno de sus elementos, se cubre con pieles y cilicios, y las cosas más viles protegen del ardor del sol y del daño de las lluvias. Lee, pues, primero mi Samuel y mi Melachim — mío, digo, mío. Pues todo lo que hemos aprendido traduciéndolo con mayor frecuencia y retenemos corrigiéndolo con mayor esmero, es nuestro. Y cuando hayas comprendido lo que antes no sabías, considérame traductor, si eres agradecido, o parafrasta, si ingrato — aunque de ningún modo tengo conciencia de haber cambiado nada de la verdad hebraica. Ciertamente, si eres incrédulo, lee los códices griegos y los latinos, y compáralos con estas obrillas que recientemente hemos enmendado; y dondequiera que veas que discrepan entre sí, pregunta a cualquier hebreo a quién debes dar mayor crédito; y si confirma lo nuestro, creo que no lo considerarás un mero conjeturador, como si hubiese adivinado de modo semejante a mí en el mismo pasaje. Pero también os pido a vosotras, siervas de Cristo (que ungís la cabeza del Señor reclinado a la mesa con la preciosísima mirra de la fe, que de ningún modo buscáis al Salvador en el sepulcro, para quienes Cristo ya ha ascendido al Padre), que contra los perros que ladran, que se enfurecen contra mí con boca rabiosa y recorren la ciudad, y se creen doctos en esto si difaman a los demás — opongáis los escudos de vuestras oraciones. Yo, conociendo mi humildad, siempre recordaré aquella sentencia: Dije: Guardaré mis caminos, para no pecar con mi lengua. Puse una guarda a mi boca, cuando el pecador se levantaba contra mí. Enmudecí y me humillé, y callé aun de lo bueno.
II. JERÓNIMO A PAULINO.
El hermano Ambrosio, trayéndome tus pequeños obsequios, me entregó al mismo tiempo unas cartas deliciosísimas, que desde el principio de nuestra amistad exhibían la fidelidad de una fe ya probada y de una antigua amistad. Pues verdadera es aquella unión, ligada con el pegamento de Cristo, que ni la ventaja de los bienes familiares, ni la mera presencia de los cuerpos, ni la adulación engañosa y lisonjera, sino el temor de Dios y el estudio de las divinas Escrituras consolidan. Leemos en las historias antiguas que ciertos hombres recorrieron provincias, visitaron pueblos nuevos y cruzaron mares, para ver en persona a aquellos que habían llegado a conocer por los libros. Así Pitágoras visitó a los profetas de Menfis; así Platón recorrió con suma dificultad Egipto y a Arquitas de Tarento, y aquella costa de Italia que en otro tiempo se llamaba Magna Grecia — de modo que quien era maestro en Atenas, y poderoso, y cuya enseñanza resonaba en los gimnasios de la Academia, se hiciese extranjero y discípulo, prefiriendo aprender de otros con modestia antes que imponer sus propias ideas con descaro. Finalmente, persiguiendo las letras como si huyeran por todo el mundo, fue capturado por piratas y vendido, y obedeció incluso a un tirano crudelísimo, cautivo, encadenado y esclavo; pero como era filósofo, fue mayor que quien lo compró. Leemos que ciertos nobles vinieron desde los últimos confines de Hispania y de la Galia a Tito Livio, que manaba con la fuente láctea de la elocuencia; y a quienes Roma no había atraído para contemplarla a ella misma, la fama de un solo hombre los condujo allí. Aquella época tuvo una maravilla inaudita y memorable en todos los siglos: que hombres que entraban en tan gran ciudad buscaran algo fuera de la ciudad. Apolonio, ya fuera mago, como dice el vulgo, o filósofo, como sostienen los pitagóricos, entró en Persia, atravesó el Cáucaso, pasó por los albanos, escitas y masagetas, penetró los reinos más opulentos de la India; y al fin, habiendo cruzado el anchísimo río Fisón, llegó hasta los brahmanes, para oír a Hiarcas sentado en un trono de oro y bebiendo de la fuente de Tántalo, enseñando entre unos pocos discípulos acerca de la naturaleza, de los movimientos de los astros y del curso de los días. Desde allí, por los elamitas, babilonios, caldeos, medos, asirios, partos, sirios, fenicios, árabes y palestinos, habiendo regresado a Alejandría, prosiguió a Etiopía, para ver a los gimnosofistas y la celebérrima Mesa del Sol en la arena. Aquel hombre encontró en todas partes algo que aprender, y siempre progresando, siempre se hacía mejor que sí mismo. Filóstrato escribió sobre esto muy extensamente en ocho volúmenes. ¿Por qué hablar de hombres del mundo, cuando el apóstol Pablo, vaso de elección y maestro de las naciones, que hablaba desde la conciencia de tan grande huésped que llevaba dentro — «¿Buscáis la prueba de aquel que habla en mí, Cristo?» — después de visitar Damasco y Arabia, subió a Jerusalén para ver a Pedro y permaneció con él quince días? Pues por este misterio de la semana y la octava, el futuro predicador de las naciones tenía que ser instruido. Y de nuevo después de catorce años, habiendo tomado a Bernabé y a Tito, expuso el Evangelio a los Apóstoles, no fuera que quizá corriese o hubiese corrido en vano. Pues la voz viva tiene cierta fuerza oculta, y vertida desde la boca del autor a los oídos del discípulo, suena con más vigor. De donde también Esquines, estando en el exilio en Rodas y leyéndose aquella oración de Demóstenes que había pronunciado contra él, mientras todos se admiraban y la elogiaban, suspiró y dijo: «¡Qué sería si hubierais oído a la fiera misma hacer resonar sus propias palabras!» No digo estas cosas porque haya en mí algo semejante que tú pudieras querer oír de mí o desear aprender, sino porque tu ardor y tu celo por aprender deben ser aprobados por sí mismos, aun sin nosotros. Un ingenio dócil es laudable incluso sin maestro. No consideramos lo que encuentras, sino lo que buscas. La cera blanda, fácil de modelar, aunque las manos del artífice y del escultor estén ociosas, es sin embargo por su propia virtud todo lo que puede llegar a ser. El apóstol Pablo se gloría de haber aprendido la ley de Moisés y los Profetas a los pies de Gamaliel, para que, armado con armas espirituales, después dijera con confianza: «Las armas de nuestra milicia no son carnales, sino poderosas ante Dios para la destrucción de fortalezas, destruyendo consejos y toda altivez que se levanta contra el conocimiento de Dios, y llevando cautivo todo entendimiento a la obediencia de Cristo, y prontos a someter toda desobediencia.» Escribe a Timoteo, instruido desde la infancia en las sagradas letras, y lo exhorta al estudio de la lectura, para que no descuide la gracia que le fue dada por la imposición de manos del presbiterio. Manda a Tito que, entre las demás virtudes del obispo, cuyo retrato trazó en un breve discurso, escoja también en él el conocimiento de las Escrituras: «Que retenga, dice, la palabra fiel conforme a la enseñanza, para que pueda exhortar con sana doctrina y refutar a los que contradicen.» Pues en verdad, la santa rusticidad solo a sí misma aprovecha, y tanto como edifica la Iglesia de Cristo por el mérito de su vida, tanto la daña si no resiste a los que la destruirían. El profeta Malaquías, o más bien el Señor por medio de Ageo, dice: «Preguntad a los sacerdotes la ley.» Tan grande es el oficio del sacerdote, de responder cuando se le pregunta sobre la ley. Y en el Deuteronomio leemos: «Pregunta a tu padre y él te contará; a tus ancianos, y ellos te dirán.» En el salmo centésimo decimoctavo también: «Tus estatutos eran mi cántico en el lugar de mi peregrinación.» Y en la descripción del hombre justo, cuando David lo comparó al árbol de la vida que está en el paraíso, entre las demás virtudes trajo esto: «Su deleite está en la ley del Señor, y en su ley meditará de día y de noche.» Daniel, al final de la visión sacratísima, dice que los justos resplandecerán como las estrellas, y los entendidos, esto es, los doctos, como el firmamento. Ves cuánto difieren entre sí la mera rusticidad y la justicia docta. Unos son comparados a las estrellas, otros al cielo. Aunque según la verdad hebraica ambas cosas pueden entenderse de los eruditos. Pues así leemos entre ellos: «Mas los que fueren doctos resplandecerán como el esplendor del firmamento; y los que instruyen a muchos en la justicia, como estrellas por las eternidades perpetuas.» ¿Por qué se llama al apóstol Pablo vaso de elección? Sin duda porque era un arsenal de la ley y las Escrituras santas. Los fariseos se asombran ante la enseñanza del Señor; y se admiran de Pedro y Juan, de cómo conocen la ley sin haber aprendido letras. Pues lo que a otros suele otorgar la práctica y la meditación diaria en la ley, esto les sugería a ellos el Espíritu Santo, y eran, según lo que está escrito, enseñados por Dios. El Salvador había cumplido doce años, e interrogando a los ancianos en el templo sobre cuestiones de la ley, enseña más preguntando sabiamente. A menos que acaso llamemos rústico a Pedro, rústico a Juan, cualquiera de los cuales podía decir: «Aunque imperito en el hablar, no sin embargo en el conocimiento.» ¿Juan, un rústico, un pescador, un iletrado? ¿Y de dónde, pregunto, aquella voz: «En el principio era el Verbo, y el Verbo estaba con Dios, y Dios era el Verbo»? Pues la Palabra (Logos) en griego significa muchas cosas: es a la vez verbo, razón, cómputo y causa de cada cosa por la cual subsisten todas las cosas que existen — todo lo cual rectamente entendemos en Cristo. Esto no lo supo el docto Platón; de esto fue ignorante el elocuente Demóstenes. «Destruiré, dice, la sabiduría de los sabios, y la prudencia de los prudentes rechazaré.» La verdadera sabiduría destruirá la falsa sabiduría; y aunque la necedad de la predicación de la cruz exista, sin embargo Pablo habla sabiduría entre los perfectos — sabiduría, empero, no de este siglo, ni de los príncipes de este siglo, que es destruida; sino que habla la sabiduría de Dios escondida en misterio, que Dios predestinó antes de los siglos. La sabiduría de Dios es Cristo; pues Cristo es la virtud de Dios y la sabiduría de Dios. Esta sabiduría está escondida en misterio, sobre la cual se inscribe el título del salmo noveno: «Por las cosas ocultas del Hijo», en el cual están todos los tesoros de la sabiduría y la ciencia de Dios escondidos. Y el que estaba escondido en misterio fue predestinado antes de los siglos; pero predestinado y prefigurado en la Ley y los Profetas. De donde los Profetas son llamados también videntes, porque veían a aquel a quien los demás no veían. Abraham vio su día y se alegró. Los cielos se abrieron para Ezequiel, que estaban cerrados para el pueblo pecador. «Descubre, dice David, mis ojos, y contemplaré las maravillas de tu ley.» Pues la ley es espiritual, y se necesita revelación para que sea comprendida, y con el rostro descubierto contemplamos la gloria de Dios. Un libro sellado con siete sellos se muestra en el Apocalipsis; el cual si lo das a un hombre que sabe letras para que lo lea, te responderá: No puedo, pues está sellado. ¡Cuántos hoy creen que saben letras, sostienen el libro sellado y no pueden abrirlo, a menos que lo abra aquel que tiene la llave de David, que abre y nadie cierra, que cierra y nadie abre! En los Hechos de los Apóstoles, el santo eunuco — o más bien hombre (pues así lo llama la Escritura) — , cuando estaba leyendo al profeta Isaías, preguntado por Felipe: «¿Piensas que entiendes lo que lees?», respondió: «¿Cómo puedo, si nadie me enseña?» Yo (para hablar de mí por un momento) no soy ni más santo que este eunuco ni más estudioso — quien vino de Etiopía, esto es, de los últimos confines del mundo, al templo, abandonó la corte real, y fue tan gran amante de la ley y del saber divino que leía las sagradas letras incluso en su carruaje. Y sin embargo, aunque tenía el libro, y concebía las palabras del Señor en su pensamiento, las daba vueltas en su lengua y las hacía resonar en sus labios, no conocía a aquel a quien, sin saberlo, adoraba en el libro. Vino Felipe y le mostró a Jesús, que yacía oculto, encerrado en la letra. ¡Oh maravilloso poder del maestro! En la misma hora el eunuco cree, es bautizado, se hace fiel y santo; y el maestro encontró más en el discípulo, más en la fuente del desierto de la Iglesia que en el dorado templo de la sinagoga. Estas cosas han sido tocadas brevemente por mí (pues la estrechez propia de una carta no me permitía extenderme más), para que entiendas que no puedes entrar en las sagradas Escrituras sin un guía que te muestre el camino. No digo nada de los gramáticos, retóricos, filósofos, geómetras, dialécticos, músicos, astrónomos, astrólogos y médicos, cuya ciencia es utilísima a los mortales y se divide en tres partes: teoría, método y práctica. Vengo a las artes menores, que se administran no tanto con la lengua como con la mano. Agricultores, albañiles, herreros, leñadores, así como cardadores de lana, bataneros y los demás que fabrican enseres variados y obras humildes — sin maestro no pueden ser lo que desean ser. Lo que es de los médicos, los médicos lo prometen; los artesanos manejan la obra de los artesanos. El arte de las Escrituras es el único que todos en todas partes reclaman para sí. Escribimos poemas, doctos e indoctos por igual, sin distinción. Esto la vieja charlatana, esto el viejo decrépito, esto el sofista verboso, esto todos lo presumen, lo desgarran y lo enseñan antes de aprenderlo. Otros, con la ceja arqueada, sopesando palabras grandilocuentes, filosofan sobre las sagradas letras entre mujercillas. Otros aprenden (¡qué vergüenza!) de mujeres lo que puedan enseñar a los varones; y como si esto no bastara, con cierta soltura de palabras — o más bien audacia — exponen a otros lo que ellos mismos no entienden. No digo nada de los que son como yo, que si acaso han llegado a las Escrituras santas después de las letras seculares, y han encantado los oídos del pueblo con un discurso pulido, piensan que todo lo que hayan dicho es la ley de Dios; ni se dignan saber qué quisieron decir los Profetas, qué los Apóstoles, sino que acomodan testimonios incongruentes a su propio sentir — como si fuera cosa grande, y no el género más vicioso de enseñanza, corromper las sentencias y arrastrar a la propia voluntad una Escritura que se resiste. Como si no hubiésemos leído Homerocentones y Virgiliocentones, y como si no pudiéramos también así llamar cristiano a Virgilio sin Cristo, porque escribió:
«Ya vuelve la Virgen, vuelven los reinos de Saturno;
ya una nueva prole es enviada desde el alto cielo.»
Y el Padre hablando al Hijo:
«Hijo mío, mi fuerza, mi gran poder, tú solo.»
Y después de las palabras del Salvador en la cruz:
«Tales cosas iba recordando, y permaneció inmóvil.»
Estas son cosas pueriles, semejantes a los juegos de charlatanes — enseñar lo que no sabes; o más bien, para hablar con indignación, ni siquiera saber que no sabes.
Se supone que el Génesis es perfectamente claro, en el cual se escribe la creación del mundo, el origen del género humano, la división de la tierra, la confusión de lenguas y naciones, hasta la salida de los hebreos.
El Éxodo está patente con sus diez plagas, su Decálogo, sus preceptos místicos y divinos.
El libro del Levítico está a la mano, en el cual los sacrificios individuales, más aún, casi cada sílaba, y las vestiduras de Aarón, y todo el orden levítico respiran misterios celestiales.
¿Acaso los Números no contienen los misterios de toda la aritmética, y de la profecía de Balaam, y de los cuarenta y dos campamentos a través del desierto?
El Deuteronomio también, segunda ley y prefiguración de la ley evangélica, ¿no contiene las cosas que son anteriores de tal modo que sin embargo todas las cosas son nuevas a partir de las viejas? Hasta aquí Moisés, hasta aquí el Pentateuco, con cuyos cinco verbos se gloría el Apóstol de que preferiría hablar en la Iglesia.
Job, el modelo de paciencia — ¿qué misterios no abarca en su discurso? Comienza en prosa, fluye en verso y termina en habla pedestre; y determina todas las leyes de la dialéctica mediante proposición, asunción, confirmación y conclusión. Cada una de sus palabras está llena de sentido. Y (para no decir nada del resto) profetiza la resurrección de los cuerpos de tal modo que nadie ha escrito sobre ella ni más claramente ni con más cautela. «Sé, dice, que mi redentor vive, y en el último día resucitaré de la tierra; y de nuevo seré revestido de mi piel, y en mi carne veré a Dios, a quien yo mismo he de ver, y mis ojos contemplarán, y no otro. Esta esperanza mía está depositada en mi seno.»
Vengo a Josué hijo de Navé, que lleva el tipo del Señor no solo en sus hechos sino incluso en su nombre; cruza el Jordán, derriba los reinos de los enemigos, divide la tierra para el pueblo victorioso, y a través de las ciudades, aldeas, montes, ríos, torrentes y linderos, describe los reinos espirituales de la Iglesia y de la Jerusalén celestial.
En el libro de los Jueces, tantos príncipes del pueblo, tantas figuras hay.
Rut la moabita cumple la profecía de Isaías, que dice: «Envía al cordero, oh Señor, al dominador de la tierra, desde la roca del desierto al monte de la hija de Sión.»
Samuel, en la muerte de Elí y la matanza de Saúl, muestra la ley antigua abolida. Además, en Sadoc y David, atestigua los misterios de un nuevo sacerdocio y un nuevo reino.
Melachim, esto es, el tercer y cuarto libro de los Reyes, desde Salomón hasta Jeconías, y desde Jeroboam hijo de Nabat hasta Oseas, que fue llevado cautivo a los asirios, describe el reino de Judá y el reino de Israel. Si miras la historia, las palabras son sencillas; si examinas el sentido oculto en el texto, se narran la pequeñez de la Iglesia y las guerras de los herejes contra la Iglesia.
Los doce profetas, comprimidos en la estrecha extensión de un solo volumen, prefiguran mucho más de lo que suena en la letra.
Oseas nombra con frecuencia a Efraín, Samaria, José, Jezrael, y a una esposa meretriz, e hijos de fornicación, y a una adúltera encerrada en el aposento de su marido, sentada largo tiempo como viuda, y bajo vestiduras de luto, esperando el regreso de su esposo.
Joel, hijo de Petuel, describe la tierra de las doce tribus consumida por la oruga, la langosta, el pulgón y la plaga devastadora; y que después de la destrucción del pueblo anterior, el Espíritu Santo sería derramado sobre los siervos y siervas de Dios, esto es, sobre los ciento veinte nombres de creyentes, y sería derramado en el cenáculo de Sión. Estos ciento veinte, subiendo gradualmente por incrementos desde uno hasta quince, producen el número de quince gradas, que están contenidas místicamente en el Salterio.
Amós, pastor y rústico, que arranca moras de las zarzas, no puede explicarse en pocas palabras. Pues ¿quién puede expresar dignamente los tres o cuatro crímenes de Damasco, Gaza, Tiro, Edom, los hijos de Amón y Moab, y en el séptimo y octavo grado, los de Judá e Israel? Él habla a las vacas gordas que están en el monte de Samaria, y atestigua que caerá la casa mayor y la menor. Él mismo ve al hacedor de la langosta, y al Señor de pie sobre un muro enlucido o adamantino, y un gancho de fruta que atrae castigos sobre los pecadores, y hambre en la tierra — no hambre de pan, ni sed de agua, sino de oír la palabra de Dios.
Abdías, cuyo nombre significa siervo de Dios, truena contra Edom, el hombre sanguinario y terrenal; e hiere con lanza espiritual al que fue siempre rival de su hermano Jacob.
Jonás, aquella hermosísima paloma, prefigurando la pasión del Señor con su propio naufragio, llama al mundo a la penitencia, y bajo el nombre de Nínive anuncia la salvación a las naciones.
Miqueas de Moreset, coheredero de Cristo, anuncia la devastación de la hija del ladrón, y pone sitio contra ella, porque hirió la mejilla del juez de Israel.
Nahúm, el consolador del mundo, reprende a la ciudad de sangre, y después de su destrucción dice: «He aquí sobre los montes los pies del que trae buenas nuevas y anuncia la paz.»
Habacuc, el luchador fuerte e inquebrantable, está sobre su guardia y planta el pie sobre la fortaleza, para contemplar a Cristo en la cruz y decir: «Su gloria cubrió los cielos, y la tierra estaba llena de su alabanza. Su resplandor será como la luz; cuernos hay en sus manos: allí está escondida su fortaleza.»
Sofonías, el centinela y conocedor de los secretos de Dios, oye el clamor desde la Puerta del Pescado, y el aullido desde el Segundo Barrio, y la destrucción desde las colinas. También proclama un aullido para los habitantes del Mortero, porque ha enmudecido todo el pueblo de Canaán, y han perecido todos los que estaban envueltos en plata.
Ageo, festivo y gozoso, que sembró entre lágrimas para cosechar con gozo, edifica el templo destruido e introduce a Dios Padre diciendo: «Todavía un poco, y conmoveré los cielos y la tierra, el mar y lo seco, y moveré a todas las naciones, y vendrá el Deseado de todas las naciones.»
Zacarías, memorioso de su Señor, múltiple en profecía, ve a Jesús vestido con ropas sucias, y la piedra de siete ojos, y el candelabro de oro con tantas lámparas como ojos, y también dos olivos a la izquierda y a la derecha de la lámpara; para que después de los caballos negros, rojos, blancos y manchados, y los carros dispersados de Efraín y el caballo de Jerusalén, profetice y proclame a un rey pobre, sentado sobre un pollino hijo de asna bajo el yugo.
Malaquías, abiertamente, y al final de todos los Profetas, acerca del rechazo de Israel y la vocación de las naciones: «No me complazco en vosotros, dice el Señor de los ejércitos, y no aceptaré ofrenda de vuestra mano. Porque desde donde sale el sol hasta donde se pone, grande es mi nombre entre las naciones; y en todo lugar se ofrece incienso y se presenta una ofrenda pura a mi nombre.»
Isaías, Jeremías, Ezequiel y Daniel — ¿quién puede comprenderlos o exponerlos? El primero me parece que no teje profecía sino un Evangelio.
El segundo entreteje una vara de almendro, y una olla hirviente desde el rostro del norte, y un leopardo despojado de sus colores, y un cuádruple alfabeto en metros diferentes.
El tercero tiene su principio y su fin envueltos en tan grandes oscuridades que entre los hebreos estas partes, junto con el comienzo del Génesis, no se leen antes de los treinta años.
El cuarto, ciertamente, el último entre los cuatro profetas, conocedor de los tiempos y de la piedra del mundo entero cortada del monte sin manos y que derriba todos los reinos, lo proclama con lenguaje claro.
David, nuestro Simónides, nuestro Píndaro y Alceo, nuestro Horacio también, Catulo y Sereno, hace resonar a Cristo en la lira, y en el salterio de diez cuerdas levanta al resucitado del mundo de los muertos.
Salomón, el pacífico y amado del Señor, corrige las costumbres, enseña la naturaleza, une a la Iglesia y a Cristo, y canta el dulce epitalamio de las santas nupcias.
Ester, en figura de la Iglesia, libra al pueblo del peligro; y muerto Amán — cuyo nombre significa iniquidad — , envía a la posteridad las porciones del banquete y el día célebre.
El libro de Paralipómenos, esto es, el compendio del Antiguo Testamento, es tan grande y de tal naturaleza que quien pretenda arrogarse el conocimiento de las Escrituras sin él se hará el ridículo. Pues a través de cada uno de sus nombres y junturas de palabras, se tocan las historias pasadas por alto en los libros de los Reyes, y se explican innumerables cuestiones del Evangelio.
Esdras y Nehemías — esto es, auxiliador y consolador de parte del Señor — están comprimidos en un solo volumen; restauran el templo, levantan los muros de la ciudad; y toda aquella multitud de pueblo que regresa a la patria, y la enumeración de sacerdotes, levitas, israelitas y prosélitos, y las obras de muros y torres repartidas entre las diversas familias — presentan una cosa en la superficie y retienen otra en la médula. Ves que yo, arrebatado por el amor a las Escrituras, he excedido la justa extensión de una carta, y sin embargo no he logrado lo que deseaba. Solo hemos oído lo que debemos saber, lo que debemos desear, para que también nosotros podamos decir: «Mi alma ha anhelado desear tus estatutos en todo tiempo.» Por lo demás, aquel dicho socrático se cumple en nosotros: «Solo sé esto, que no sé nada.»
Permítaseme tocar brevemente también el Nuevo Testamento.
Mateo, Marcos, Lucas y Juan — la cuadriga del Señor y los verdaderos Querubines, que se interpreta como «multitud de conocimiento» — están cubiertos de ojos por todo el cuerpo; saltan chispas, relampaguean rayos; tienen pies rectos que tienden hacia lo alto, espaldas aladas que vuelan a todas partes; se sostienen mutuamente y están entrelazados entre sí, y como rueda dentro de rueda giran, y van adondequiera que el soplo del Espíritu Santo los lleva.
El apóstol Pablo escribe a siete iglesias, pues la octava, a los Hebreos, es colocada por la mayoría fuera del número. Instruye a Timoteo y a Tito, e intercede ante Filemón en favor de un esclavo fugitivo. Sobre lo cual considero mejor callar que escribir poco.
Los Hechos de los Apóstoles parecen ciertamente hacer sonar una historia desnuda y tejer la infancia de la Iglesia naciente; pero si sabemos que su autor, Lucas, es médico, cuya alabanza está en el Evangelio, observaremos igualmente que todas sus palabras son medicina para el alma enferma.
Santiago, Pedro, Juan y Judas publicaron siete Epístolas, tan místicas como concisas, y a la vez breves y largas — breves en palabras, largas en sentidos — de modo que raro es el que no anda a tientas al leerlas.
El Apocalipsis de Juan tiene tantos misterios como palabras. He dicho demasiado poco: toda alabanza es inferior al mérito del libro. En cada una de sus palabras se esconden significados múltiples. Te ruego, hermano queridísimo, que vivas entre estas cosas, que medites en ellas, que no conozcas otra cosa ni busques otra cosa. ¿No te parece que ya aquí en la tierra se halla una morada del reino celestial? No quiero que te ofendas por la simplicidad, y por así decir la modestia, de las palabras de las Escrituras santas, que fueron producidas o por culpa de los traductores o deliberadamente, para instruir más fácilmente a una congregación iletrada, y para que en una misma y sola sentencia el docto oyese una cosa y el indocto otra. No soy tan petulante ni tan obtuso como para prometer que sé estas cosas y puedo asir los frutos de aquello cuyas raíces están fijas en el cielo; pero confieso que lo deseo. Me antepongo a quien permanece sentado; rehusando ser maestro, me ofrezco como compañero. Al que pide se le da; al que llama se le abre; el que busca encuentra. Aprendamos en la tierra aquel conocimiento que permanecerá para nosotros en el cielo. Te recibiré con los brazos abiertos, y (por decir algo necio, al estilo de la pomposidad de Hermágoras) cualquier cosa que busques, procuraré saberla juntamente contigo. Tienes aquí a tu amadísimo hermano Eusebio, quien duplicó para mí el favor de tu carta relatando la rectitud de tu carácter, tu desprecio del mundo, tu fidelidad en la amistad y tu amor a Cristo. Pues la prudencia y la gracia de tu elocuencia la mostraba la carta misma incluso sin él. Apresúrate, te lo ruego, y más bien corta que desates la cuerda de la barquilla varada en el oleaje. Nadie que vaya a renunciar al mundo puede vender con provecho lo que ha despreciado para poder venderlo. Cualquier cosa que hayas gastado de lo tuyo, cuéntala como ganancia. Es un antiguo dicho: al avaro tanto le falta lo que tiene como lo que no tiene. Para el creyente, el mundo entero es riqueza; pero el incrédulo tiene necesidad hasta de un óbolo. Vivamos como si nada tuviéramos, y sin embargo poseyéndolo todo. Alimento y vestido son las riquezas de los cristianos. Si tienes tus bienes en tu poder, véndelos; si no los tienes, deséchalos. A quien te quita la túnica, también el manto hay que dejarle. Ciertamente, a menos que tú, siempre posponiendo para mañana y arrastrando de día en día, vendas con cautela y paso a paso tus pequeñas posesiones, Cristo no tiene con qué alimentar a sus pobres. Todo lo dio a Dios quien se ofreció a sí mismo. Los apóstoles dejaron atrás solo una barca y unas redes. La viuda echó dos pequeñas monedas en el tesoro, y es preferida a las riquezas de Creso. Fácilmente desprecia todas las cosas quien siempre considera que ha de morir.
DEL CULTO DE JESUCRISTO EN LAS ESCRITURAS.
Esta carta, tomada de la obra titulada Cartas a un joven sobre la vida cristiana, del P. H. D. Lacordaire, París, 1858, publicada por Poussielgue-Rusand, extractada por la amable autorización tanto del Autor como del Editor, para enriquecer — más aún, para adornar — nuestra edición; ningún lector dejará de recibirla con gratitud.
El primer lugar donde encontramos a quienes amamos es su historia. La historia es el pasado de la vida que se sobrevive a sí misma en una memoria escrita. No habría amistad si la memoria no resucitara en el alma y no mantuviera presentes allí a aquellos a quienes hemos entregado nuestro corazón. Es allí donde viven nuestra propia vida, allí donde los vemos junto a nosotros, allí donde sus rasgos y sus acciones permanecen impresos y se conservan en un relieve que forma parte de nuestro ser. Pero la memoria, aun la más fiel, es breve en ciertos aspectos, y si desea transmitirse a otros legándoles la imagen amada, debe transformarse en historia y grabarse sobre un bronce que desafíe al tiempo. La historia es la memoria de una época inmortalizada. A través de ella, las generaciones se aproximan unas a otras, y, por más apremiadas que estén en su curso y su desaparición, extraen del hogar de la memoria la unidad que constituye su alma y su parentesco. Un hombre que no tiene historia yace enteramente en su tumba; un pueblo que no ha dictado la suya no ha nacido todavía.
De esto se sigue que la religión, siendo la primera entre todas las cosas humanas, debe tener una historia que sea también la primera, y que Jesucristo, siendo el centro y el fundamento de la religión, debe ocupar en los anales del mundo un lugar que ningún otro — conquistador, filósofo o legislador — podría alcanzar. Así es, mi querido Emmanuel. Por más que uno excave en la antigüedad o descienda de nuevo a las edades modernas, nada aparece con el carácter de nuestras Escrituras, ni nada con la majestad de Jesucristo. No me detengo a mostrártelo; lo he hecho en otra parte, y se sobrentiende que entre tú y yo no es la cuestión de la apologética lo que nos ocupa, sino la cuestión de la vida — es decir, de conocer y amar a Dios mediante el conocimiento y el amor de Jesucristo.
Ahora bien, ya sea para conocer o para amar, es preciso acercarse al objeto que ha ganado los presentimientos de nuestro corazón, mirarlo, estudiarlo, volver a él sin que fatiga alguna interrumpa jamás este ardor de descubrimiento y posesión; y si la muerte o la ausencia lo han sustraído de nuestros ojos, si los siglos han interpuesto largos intervalos entre él y nosotros, es en su historia donde debemos buscarlo de nuevo. ¿No habéis notado, en el curso de vuestros estudios clásicos, la incomprensible y divina magia de la historia? ¿De dónde viene que Grecia sea para nosotros como una patria que nunca muere? ¿De dónde viene que Roma, con su tribuna y sus guerras, nos persiga aún con su imagen invencible, y domine con sus grandezas extinguidas una posteridad que no es la suya? ¿Por qué estos nombres de Milcíades y Temístocles, por qué estos campos de Maratón y Salamina, en lugar de ser tumbas olvidadas, son cosas de nuestra propia época, coronas tejidas ayer, aclamaciones que resuenan y se adhieren a nuestras propias entrañas para estremecerlas? No puedo, haga lo que haga, escapar a su poder; soy ateniense, romano; habito al pie del Partenón, y escucho en silencio al pie de la Roca Tarpeya a Cicerón que me habla y me conmueve. Es la historia la que hace esto. Una página escrita hace dos mil años ha vencido esos dos mil años; vencerá otros dos mil, y así sucesivamente hasta que la eternidad reemplace al tiempo, y Dios, que es todo el porvenir, se convierta para nosotros también en todo el pasado. Pero comprendéis — aunque este dominio sobre la memoria de los hombres no pertenece a cualquier página escrita por cualquier escriba sobre cualesquiera hechos de sus contemporáneos. No, la historia es un privilegio, un don concedido al genio en favor de los grandes pueblos y las grandes cosas. No hay historia del Bajo Imperio Romano, y jamás la habrá; fue Roma la que produjo a Livio antes de morir, y fue Roma todavía la que inspiró a Tácito, devolviéndole bajo Nerón el alma de sus cónsules.
Pero ¿qué es Roma o Grecia ante el cristianismo? ¿Qué es Alejandro o César ante Jesucristo? La religión no es asunto de un solo pueblo; es el de toda la humanidad; su historia no es la historia de un hombre; es la historia de Dios. Y si Dios dio historiadores a ciertas naciones porque tenían virtudes, y a ciertos hombres porque tenían genio, ¿qué no habrá hecho por su Hijo único, predestinado desde el principio a venir entre nosotros y a llenar todos los tiempos y todos los lugares con su presencia? La historia de Jesucristo es la historia del cielo y de la tierra. En ella deben hallarse los designios de Dios para el mundo, las leyes primordiales y universales, los orígenes de las razas, la sucesión de los acontecimientos que han influido en el curso general de los asuntos humanos, las direcciones de la providencia, las profecías del porvenir, la elección de los pueblos y de las edades, la gloria de los hombres predestinados a designios eternos, la lucha del bien contra el mal en sus manifestaciones más profundas, la promulgación auténtica de la verdad, y finalmente, por encima de todo, de la cumbre a la base, la figura de Cristo iluminándolo todo con su luz y su belleza. Reconocéis en estos rasgos nuestras Santas Escrituras; sabéis que fueron trazadas bajo la inspiración del soplo de Dios, que movió la voluntad de los escritores, suscitó y dirigió sus pensamientos, y que así no son meramente un edificio admirable de antigüedad, de unidad y de santidad, sino un edificio divino, la obra sustancial de la verdad infinita, en la que los profetas contribuyeron únicamente con el ropaje de su estilo y el acento de su alma, para que hubiera algo humano en esto como en todas las cosas, y para que la inmutable divinidad de la sustancia resaltara aún más a través de los accidentes variables del elemento humano. Obra de cuatro mil años, la mano de muchos aparece en ella, pero una sola inteligencia la preside, y es el encuentro de lo uno y lo múltiple a lo largo de tan dilatado espacio lo que constituye el primer milagro de esta sublime composición. Cuando se la abre sin conocer a su verdadero autor, como un simple libro, no se puede resistir la autoridad de su carácter, y se reconoce en ella, como mínimo, el monumento más asombroso de historia, de legislación, de moral y de elocuencia que existe bajo el cielo. Pero para nosotros, que sabemos quién fue el historiador, quién el legislador y el poeta, un sentimiento muy diferente se apodera de nosotros: no es solamente la admiración ni el asombro; es la adoración de la fe y el estremecimiento de una gratitud sobrenatural. Allí, desde la primera línea, el error del hombre en su infancia y el error del hombre degenerado caen a nuestros pies, junto con las ficciones de la idolatría, que ve a Dios en todas partes, y las negaciones del panteísmo, que no lo ve en ninguna. En el principio, Dios creó los cielos y la tierra (1). Desde esta primera palabra hasta la última — Que la gracia de Nuestro Señor sea con todos vosotros (2) — la luz avanza siempre creciendo, como un sol que no tuviera ocaso, y cuya ascensión continuada aumentara en cada instante su brillo y su calor. Ya no es una escritura; es una palabra. Ya no es una letra muerta que esconde bajo sus pliegues verdades descubiertas por el razonamiento y la observación; es una palabra viva, la palabra eterna de Dios.
¡Qué palabra, Emmanuel — la palabra de Dios! No hay nada más dulce que la palabra del hombre cuando procede de una mente recta y de un corazón que nos ama; nos penetra, nos conmueve, nos encanta, adormece nuestras penas y exalta nuestras alegrías; es el bálsamo y el incienso de nuestra vida. ¿Qué debe ser entonces la palabra de Dios para quien sabe reconocerla y oírla? ¿Qué debe ser poder decirse a uno mismo: Dios inspiró este pensamiento; es Él quien me habla a través de él, es a mí a quien se dirige, soy yo quien lo escucha? Y cuando se ha llegado, página a página, hasta la mismísima palabra de Jesucristo, hasta aquella palabra que ya no era una mera inspiración interior y profética sino el aliento perceptible de la divinidad, la expresión palpable del Verbo de Dios, oída por las multitudes tanto como por los discípulos — ¿qué queda sino guardar silencio a los pies del maestro, y dejar que el eco de su voz resuene en nuestra alma?
La Escritura es a la vez la historia de Jesucristo y la palabra de Dios. Tiene de un extremo a otro este doble carácter. Desde la primera página, bajo las conmovedoras sombras del paraíso terrenal, nos anuncia la venida del Salvador de los hombres. Esta promesa, transmitida a los patriarcas, adquiere de libro en libro una claridad que llena todos los acontecimientos y los impulsa hacia el futuro como preparación y prefiguración de lo que se espera. El pueblo de Dios se forma en el exilio y en el combate; Jerusalén es fundada, Sión se alza; el linaje del Mesías, desprendiéndose del tronco primitivo de las tribus patriarcales, florece en David, que pasa de los rebaños de Belén al trono de Judá, y desde allí contempla y canta al hijo que nacerá de su posteridad para ser el rey de un reino sin fin (1). Los Profetas retoman sobre la tumba de David el arpa de los días que aún no son; siguen a Judá en sus infortunios, lo acompañan en su cautiverio; Babilonia oye, a orillas de sus ríos, la voz de los santos que no conoce, y Ciro, su conquistador, le habla del Dios que hizo el cielo y la tierra y que le mandó reconstruir el templo de Jerusalén. Aquel templo renace. Oye las lamentaciones y el fervor de los últimos profetas, y, tras un intervalo, tras haber sido profanado por las naciones y purificado por los Macabeos, ve al Hijo de Dios venir en los brazos de una Virgen, y, desde sus pórticos hasta el santuario, del santuario hasta el Santo de los Santos, se repite a sí mismo la palabra suprema del anciano Simeón: Ahora, Señor, dejarás ir a tu siervo en paz, conforme a tu promesa, porque mis ojos han visto tu salvación, la salvación que has preparado ante la faz de todos los pueblos, para ser luz de revelación a ellos y gloria de tu pueblo Israel (2). Jesucristo ha venido. El Evangelio sucede a la ley y a las profecías, y la verdad, cumpliendo la figura, resplandece sobre el pasado, al que explica después de haber recibido su testimonio. Todos los tiempos se encuentran en Cristo, y la historia toma bajo sus pasos su unidad eterna. Es Él quien es todo en adelante; es a Él a quien todo se refiere, de Él de quien todo procede; Él creó todas las cosas, y Él juzgará todas las cosas. El Jordán lo recibe en sus aguas bajo la mano del precursor que lo bautiza; las montañas lo ven escalar sus laderas seguido de todo un pueblo, y oyen de su boca aquella palabra que ningún otro había pronunciado aún: Bienaventurados los pobres, bienaventurados los que lloran. Los lagos prestan sus orillas a sus discursos y sus olas a sus milagros. Humildes pescadores pliegan sus redes al verlo y lo siguen para convertirse bajo su mando en pescadores de hombres. Los sabios lo consultan en la sombra de la noche; las mujeres lo acompañan y lo sirven a la luz del día. Toda desgracia acude a buscarlo, toda herida espera en Él, y la muerte le devuelve niños ya llorados, para restituirlos a sus madres. Ama a San Juan, el joven, y a Lázaro, el hombre de edad madura. Habla a la samaritana y bendice a la extranjera. Una mujer pecadora unge su cabeza y besa sus pies; una adúltera halla gracia ante Él. Confunde la vana sabiduría de los doctores y expulsa del templo a quienes hacían un lugar de comercio del lugar de oración. Se retira de la multitud que quiere proclamarlo rey, y cuando entra en Jerusalén precedido de los hosannas que lo aclaman como hijo de David y redentor del mundo, entra sobre un asno cubierto con las vestiduras de sus discípulos. La Sinagoga lo juzga, la Realeza lo desprecia, Roma lo condena; muere en una cruz bendiciendo al mundo, y el centurión que lo ve morir en medio de los insultos de la muchedumbre y las blasfemias de los grandes, reconoce, golpeándose el pecho, que es el Hijo de Dios. Un sepulcro lo recibe de manos de la muerte; pero al tercer día, ese sepulcro, custodiado por el odio, se abre por sí solo y deja pasar triunfante al señor de la vida. Sus discípulos lo ven de nuevo; sus manos lo tocan y lo adoran, sus bocas lo confiesan; reciben de Él sus últimas instrucciones, y, consumado todo lo que debía ser visible para el hombre, el Hijo de Dios e hijo del hombre toma sobre una nube el camino del cielo, dejando a sus apóstoles el mundo por conquistar. Pronto Pedro, el pescador, todo iluminado por las mociones del Espíritu Santo, desciende a las puertas del cenáculo y se dirige a la multitud, asombrada de oírlo a pesar de la diversidad de sus orígenes y de sus lenguas. Pablo, el perseguidor, no tarda en aparecer a su lado; lleva el nombre de Jesús a las naciones, de las cuales es apóstol; Antioquía se apodera de él, Atenas lo escucha, Corinto lo recibe, Éfeso lo expulsa y lo bendice, Roma por fin toca sus cadenas y bebe de su sangre sobre su polvo glorioso. Juan, el más íntimo de los discípulos de Cristo, el huésped sagrado de su pecho, se alza sobre las orillas de Patmos, y, el último de los profetas, anuncia a la Iglesia sus transfiguraciones en el sufrimiento y la gloria hasta el fin de los siglos.
La historia de Jesucristo se divide así en tres períodos distribuidos a lo largo de cuatro mil años: los tiempos proféticos, los tiempos evangélicos y los tiempos apostólicos. En los primeros, Jesucristo es esperado y preparado; en los segundos, se manifiesta, vive y muere en medio de nosotros; en los terceros, funda su Iglesia a través de los apóstoles, que vivieron con Él, recibieron sus enseñanzas y heredaron sus poderes. Este tejido no se interrumpe jamás y lleva en sí, por sí mismo, la demostración de su verdad. Pero una cosa es sentir la verdad de una prueba, y otra alimentarse de la verdad que se ha sentido. Así como hay dos momentos en la amistad — aquel en que uno se asegura de que es amado, y aquel en que goza de la dicha de serlo --, así también en la vida sobrenatural del cristianismo hay dos momentos distintos: aquel en que se reconoce a Jesucristo en la divinidad de su historia, y aquel en que uno se abandona a la inefable dulzura de esa historia verificada. En este segundo momento, las dudas han huido, la certeza es señora; ya no se busca, ya no se examina, ya no se escandaliza: la historia se convierte en palabra, la palabra misma de Dios, y esa palabra fluye al alma como un río de luz y de unción. Penetra hasta las últimas fibras de nuestras facultades más remotas, como la sangre que anima nuestras venas se abre camino hasta las extremidades de nuestros órganos más misteriosos; nos infunde un hastío de todo otro alimento espiritual, o más bien todo lo que leemos y todo lo que pensamos se transfigura al contacto de este torrente de gracia y de verdad que nos llega de la Escritura, y a través de la Escritura, del espíritu mismo de Dios.
Cuando leí las Escrituras por primera vez, no tenía fe: y así no fue la impresión de un creyente la que experimenté, sino la de un hombre de buena voluntad. Me parecía que sostenía en mis manos un libro muy diverso, escrito a largos intervalos por hombres muy diferentes, pero que todos estos fragmentos reunidos formaban un solo cuerpo de gran belleza. Sin embargo, me resulta difícil expresar lo que sentí, porque el recuerdo de aquella primera lectura ha sido como absorbido por el sentimiento que de ella he recibido desde entonces. Es hoy, después de treinta años de fe, cuando las Escrituras me son verdaderamente conocidas, al menos en el grado al que puede llegar el común de las almas. El Génesis, el Éxodo, el Levítico, los Números y el Deuteronomio son, junto con los libros históricos que los siguen, una vasta narración de los orígenes del mundo, de la humanidad, del pueblo de Dios, de su culto y su legislación, de sus guerras y sus vicisitudes: nada comparable se encuentra en ninguna literatura profana, y el carácter sobrenatural de la narración se manifiesta por doquier tanto ante los ojos de la razón como ante los de la fe. La emoción ocupa en ella solo un pequeño lugar; no es un drama en el que el corazón se sacude como por la música, y en el que las lágrimas brotan libremente ante el relato: es la historia de una humanidad todavía en su infancia, grave, sencilla, monumental, iluminada por la mano de Dios en las grandes líneas de sus acontecimientos, cubierta por el velo de los tiempos y las costumbres antiguas, y en la que el hombre de nuestros días permanece extraño a través de todo lo que en él es efímero y personal. Se oye, en aquella atmósfera lejana, la voz de Dios que crea, la caída del hombre que cae, el estruendo de un mundo que se corrompe y es castigado con la muerte, el lamento de la justicia divina contra las ciudades culpables, y la promesa de un liberador que se fortalece y se precisa a medida que se avanza en aquel horizonte amplio e insondable. Todo en ella es calmo, solemne y sin prisa; ningún arrebato de pasión perturba la serenidad de las cosas y del lenguaje; el historiador sagrado no piensa más que en Dios, en el pueblo de Dios y en la salvación del mundo. Desde la altura de este pensamiento, contempla pasar los siglos y las generaciones sin conmoverse por otra cosa que la gloria divina y la misericordia divina. Uno se creería en un desierto con el sol por compañero, hasta tal punto la sustancia de estos libros es a la vez inmóvil, luminosa y árida. Nunca encuentra allí su alimento el lado débil y ardiente de nuestro ser. Apenas si aquí y allá, en algún fragmento de una historia más cercana a nosotros, se siente la brisa de la humanidad que se agita levemente. José reencontrando a sus hermanos que antaño lo vendieron, Tobías abrazando a su anciano padre tras una larga ausencia y ansiedades más largas aún, los Macabeos librando a su patria del yugo del extranjero: estas escenas y algunas otras nos devuelven al hogar de nuestra naturaleza, pero raramente y con una suerte de parsimonia divina. Cuando leí aquel célebre Cantar de los Cantares, que Voltaire llamó con tan buen gusto una canción de cuartel, me asombré de permanecer tan frío ante tan grande y tan oriental desnudez de expresión; me pregunté por qué, creyendo haber hallado el único pasaje de la Biblia que era campo para emociones apasionadas, no sentía sino calma y pureza. Es que la Escritura, enteramente inspirada por Dios como es, no comunica sino lo que es de Dios. Aun cuando emplea el lenguaje de la pasión, es Dios quien habla en ella, y el corazón humano que allí se refleja no deja percibir sino la parte divina — aquella que es su fundamento eterno y su belleza incorruptible. Por eso la primera lectura de la Escritura no nos conmueve; hay que volver a ella pacientemente y durante largo tiempo; hay que ejercitarse en ella y nutrirse de ella para captar su sabor; hay que vencer el espíritu de la carne, como dice el apóstol San Pablo, antes de conocer y sentir el espíritu de Dios, y la vida no es bastante larga para esta iniciación. El labrador espera que la tierra le entregue el fruto de su siembra; el minero no se detiene en la superficie del suelo — excava, desciende, escruta la tierra con sus manos sangrantes, y es solo en el fondo del pozo donde las riquezas se le revelan. La Escritura es un pozo excavado por la mano de Dios: descended hasta el fondo, y el tesoro será vuestro.
Sería, pues, en vano que yo pidiera al lector sentarse por primera vez ante la Biblia con un sentimiento de holgura y de placer personal. La miel no fluye por sus páginas; nada de lo que pertenece al hombre es halagado en ella. Todos los intereses de la curiosidad vulgar que nos atan a las composiciones humanas están ausentes de este primer encuentro con el libro sagrado, y si el lector no se apodera de él con una lucha audaz, si no es cristiano o filósofo — quiero decir inundado de fe o de respeto --, se verá tentado a cerrar el libro o a abrirlo solo por un descuidado amor al saber. Sin embargo, lo animo a hacerlo, y he aquí por qué.
Hay en los libros de Moisés y en los libros históricos del Antiguo Testamento, tomados por sí mismos, un mérito superior de originalidad, de grandeza y de narración, que los sitúa en el primer rango entre los escritos del mismo género. No basta con decir que las civilizaciones de la antigüedad no tienen anales tan venerables por su fecha y su carácter, puesto que los libros más antiguos que nos quedan, después de los libros de Moisés, son los poemas de Homero, posteriores al Pentateuco en al menos cinco siglos: no basta con decirlo, pues los libros de Moisés los superan no solo por la antigüedad de su composición, sino por la sencillez de la narración, la ausencia de toda ficción fabulosa, por un cierto acento indefinible de paternidad que participa a la vez del padre, del rey y del profeta. El hombre podrá envejecer cuanto quiera; nunca pierde la memoria de una mano puesta con autoridad y ternura sobre sus primeros años, y ama sentirla en su memoria, aun cuando no haya dejado allí huellas de virtud. ¡Cuánto más, entonces, cuando un padre ha sido justo, inteligente, heroico e inspirado por Dios, cuando ha fundado en el desierto, combatiendo y muriendo, una nación que habría de durar cuatro mil años — el hijo de ese hombre, por muy alejado que esté de él por el tiempo, reconoce siempre en él un poder de sangre y de genio que no tiene igual en ningún pueblo y en ninguna época! Si los hebreos hubieran sido un pueblo como cualquier otro, habrían perdido hace mucho hasta la memoria de su nombre, absorbidos por la conquista universal de la civilización cristiana. Es la sangre de Moisés la que los ha conservado, así como es la sangre de Cristo la que los conservará.
Leed, pues, los libros de Moisés y los libros históricos del Antiguo Testamento; leedlos con calma, sin prisa alguna, recordando que estáis leyendo el más antiguo de los monumentos del espíritu humano. Deteneos cuando la narración os fatigue; volved cuando el recogimiento y el descanso hayan refrescado vuestra alma. Bebed poco, pero con frecuencia. Considerad que el mundo ha salido de estas páginas y que vuestra civilización más avanzada no será jamás otra cosa que un comentario al Decálogo y a las profecías.
Sin embargo, cuando lleguéis a los Salmos de David y a los Profetas, un mundo nuevo se abrirá ante vosotros. La prosa cederá el lugar a la poesía, la narración al entusiasmo, y el hombre de Dios, lleno del soplo que inspira y eleva, no tocará la tierra sino a intervalos. Ahí está la gran poesía bíblica, el cantar de los cantares, la lira que todos conocen aun sin haberla oído. En este punto de la Escritura, el corazón que apenas latía es arrebatado por ella, y, si es capaz de abrirse, se entrega a una admiración apasionada que no ha conocido sino leyendo a Homero o a Virgilio. Pero al leer a Homero y a Virgilio, se sentía que el hombre de genio era una extremidad de nuestra naturaleza, una especie de música extraída de nuestras propias profundidades para encantarnos a nosotros mismos. Aquí se trata de algo que va mucho más allá: ya no es el hombre cantando sus propios dolores y sus propias alegrías; es un ser transportado fuera de sí mismo por la visión de Dios. Ve a Dios, y lo que expresa con los restos de una voz humana quebrantada por esa presencia, ninguna otra voz podría decirlo. Es el cielo que habla a la tierra, no con la calma de la omnipotencia, sino con una ternura infinita que la corrupción de la tierra ha convertido en dolor. Es un Dios que llama a un pueblo infiel y amado; es un padre que suplica, que amenaza, que llora, que gime; es un profeta que contempla los siglos pasar ante él y que asiste al espectáculo de la creación renovada en la justicia; es un rey pecador y arrepentido que confiesa sus faltas e implora misericordia; es un justo abandonado que no tiene más amigo que Dios; es un pastor que vela y que espera; es un corazón desbordante de amor, de lamentos y de bendiciones. Toda la Escritura es bella, pero los Salmos y los Profetas son su cumbre de gloria, y es allí donde David e Isaías, sentados en la luz que los arrebata, esperan al viajero cristiano para darle el último bautismo de fe y de amor.
¿De dónde viene, me diréis, este poder de los salmos y las profecías? ¿Se puede dar cuenta de ello? Sí, mi querido Emmanuel, se puede dar cuenta de ello, y la fuente de esta elocuencia reside en la relación que guarda con Jesucristo. Considerado en los libros de Moisés y la historia del pueblo hebreo, Jesucristo se oculta bajo los acontecimientos; es su alma y su finalidad, pero de un modo oculto que solo se manifiesta a través de la revelación de los tiempos y de los hechos. Hay que penetrar la envoltura para alcanzarlo, y cuando se lo ha alcanzado bajo ese espeso tejido de actos, de ritos y de leyes que lo cubren, el rayo de su rostro es todavía solo un destello prestado de reflejos lejanos y misteriosos. Pero en los salmos y las profecías, el velo cae, el misterio se aclara, la persona de Jesucristo toma forma; se lo percibe naciendo de una virgen, se siguen sus pasos y sus dolores, se asiste a su muerte, se lo ve triunfar al tercer día, y, sentado a la diestra de su padre, gobernar desde allí la Iglesia y el mundo hasta el fin de los siglos. Pero no es solo esta claridad la que da a los salmos y las profecías la emoción que nos comunican; es el amor que traspasa la luz. No basta con ver las cosas; hay que amarlas. Verlas ilumina; amarlas transporta. Y nada nos lleva más allá de nosotros mismos como el espectáculo de un hombre abrasado por Dios cuando se inclina sobre la cuna y la cruz de Jesucristo. Hay en este amor una fuerza que no tiene análogo, ni siquiera en el amor de la madre y de la esposa, porque su objeto es infinito, y la naturaleza no puede hacer nada comparable a lo que hace la gracia. Todo lo que el genio ha hecho en su grandeza al servicio de la naturaleza — los cantos de Homero sobre la cólera de Aquiles, los de Virgilio sobre las desventuras de Eneas, los lamentos de la Fedra de Racine, Romeo y Julieta de Shakespeare, El Lago de Lamartine con sus aguas, sus orillas y su amada — todo eso no es nada junto al Miserere de David, las Lamentaciones de Jeremías y el capítulo cincuenta y tres de Isaías. ¿Dónde está, pues, la razón de esta diferencia, sino en el objeto del amor que inspiró estos dos órdenes de poesía? Cuando Aquiles lloraba a su amigo muerto en batalla, cuando Eneas perdía las costas de su patria, cuando Fedra se confesaba a sí misma el horror de su pasión, cuando Romeo y Julieta se dormían en el sueño de su amor, y cuando la amada de Lamartine volvía sus ojos por última vez hacia las aguas que habían mecido sus confidencias — la musa del hombre se agota. Ha consumido todo lo que hay de fecundo y tierno en ella; cae marchita al borde de aquellas tumbas que encantó por un instante, y le queda, en una viudez eterna, solo la memoria de su propia voz. Pero cuando David lloró su pecado, cuando Jeremías lloró sobre Jerusalén, cuando Isaías vio de lejos la pasión de su Salvador, su alma no se disminuyó por todo lo que había dado; la fuente de la que bebían crecía en ellos con los torrentes de su discurso, y, mucho más bienaventurados que los poetas del hombre, no confiaron la custodia de su memoria a las tumbas sino a los altares. En estos altares, levantados en todo el mundo cristiano, se sienta un hombre y un pueblo está de pie: el hombre es el sacerdote; el pueblo somos todos nosotros. Ni este hombre ni este pueblo son arqueólogos ocupados con ruinas; son creyentes, adoradores, suplicantes, que cada día repiten los salmos de David en los mismos lugares y con la misma fe que los levitas de Jerusalén, a un intervalo de tres mil años, y que rezan a Dios, Padre de Jesucristo, con los mismos acentos con que los profetas rezaban al Padre del Mesías, Salvador de ellos y nuestro.
Los salmos y las profecías son la gran lectura del cristiano. Ninguna literatura supera a esa; ninguna podría alimentar de tal modo el alma y darle el pan del cielo en el pan de la tierra. Pero el momento capital de la Escritura no está allí; está en el Evangelio, es decir, en el relato vivo y personal de la vida de Cristo. Hasta ahora Jesucristo no nos había aparecido sino en la profecía; no había hablado sino por boca de sus enviados; no se había revelado sino a los elegidos, y dentro de esos elegidos solo a una parte de su alma. Pero ahora el velo ha caído para siempre, y lo que estaba oculto en el designio de Dios, vagamente entrevisto por la razón, claramente captado por los profetas, se manifiesta al mundo en su forma verdadera y perceptible. Un hombre ha aparecido — Dios mismo — y estamos a punto de oírlo.
En cuanto al Evangelio, no necesita tales precauciones. Se puede ser joven, apasionado, lleno del mundo y de uno mismo, y el Evangelio sabrá muy bien decirnos su palabra: no porque nuestro primer impulso sea comprenderlo y amarlo; pero, por lejos que se esté de Cristo por la fe o por las costumbres, es imposible no sentir ante aquella figura luminosa y misericordiosa uno de los golpes más grandes jamás asestados a la puerta de un alma humana. No conozco sino una cosa que se le pueda comparar: la primera vista de los Alpes en uno de esos momentos en que la nieve, el cielo, el sol, la vegetación y las sombras se han dado una armonía perfecta. Uno se detiene, y un grito escapa. Lo mismo sucede con el Evangelio; os detiene y os hace proferir un grito.
Ahora bien, ¿qué es el Evangelio? Es la historia de un hombre como la tierra no había visto nunca y no verá jamás. No diré nada más. Es un hombre que nació pobre, que vivió pobre y que murió pobre; que, de su misma pobreza, no hizo un pedestal para grandeza alguna; que nunca escribió una sola línea, pronunció un solo discurso ante una gran asamblea, comandó una sola batalla, gobernó un solo pueblo, practicó ninguno de los artes que producen la fama, y que sin embargo llenó el mundo con su nombre y su presencia, con una amplitud y una duración que no dejan detrás de sí lugar para cosa humana alguna. Todos los grandes hombres hacen un momento de luz, luego recaen en la oscuridad de su tumba. Solo Él ha sido una estrella fija y creciente; y si el universo continúa subsistiendo después de dos mil años de cristianismo, es solo para acabar de iluminarse con la antorcha de una vida cuyo brillo y calor nada ha igualado jamás.
Pero abramos el Evangelio; él hablará mejor que yo.
Escuchad las primeras palabras que allí se encuentran: es Jesucristo quien dice a su precursor San Juan Bautista, que quería disuadirlo de recibir el bautismo de penitencia: Déjalo por ahora, porque conviene que cumplamos así toda justicia (1).
He ahí una palabra. No os la explico, no la adorno con nada; la comprenderéis si podéis. Más adelante, después de un ayuno de cuarenta días en el desierto, tentado por el diablo que le dice: Si eres el Hijo de Dios, manda que estas piedras se conviertan en panes, responde: No solo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios (2).
Más adelante aún, desde la cima de una montaña de Galilea, dirigiéndose a la muchedumbre que lo sigue, dice con una voz que nadie había oído todavía: Bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos. Bienaventurados los mansos, porque ellos poseerán la tierra. Bienaventurados los que lloran, porque ellos serán consolados. Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia, porque ellos serán saciados. Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia. Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios. Bienaventurados los pacificadores, porque ellos serán llamados hijos de Dios. Bienaventurados los que padecen persecución por causa de la justicia, porque de ellos es el reino de los cielos (3).
¿Citaré el Evangelio entero? Si quisiera extraer de él todo lo digno de ser exhibido fuera del marco en que está situado, lo citaría íntegramente. Pero no puedo decirlo todo, ni puedo hacer una elección: eso sería admitir que Jesucristo dijo algo mejor que otra cosa, lo cual sería pensar tan mal como juzgar mal. Me contentaré con algunas palabras sembradas al azar, tomadas de pasajes que se refieren a diferentes ocasiones.
Todo lo que queráis que los hombres os hagan, hacédselo vosotros a ellos (4).
Sed perfectos, como vuestro Padre celestial es perfecto (5).
Amad a vuestros enemigos (6).
Si alguien te golpea en la mejilla derecha, preséntale también la otra (7).
El que de vosotros esté sin pecado, que arroje la primera piedra (8).
¿Quién de vosotros me convencerá de pecado (9)?
Venid a mí todos los que estáis fatigados y agobiados, y yo os daré descanso (10).
El que quiera ser el primero entre vosotros, será vuestro servidor, así como el Hijo del Hombre no vino a ser servido, sino a servir y a dar su vida en rescate por muchos (11).
(1) Mt. 3:15. — (2) Mt. 4:4. — (3) Mt. 5. — (4) Mt. 7:12. — (5) Mt. 5:48. — (6) Mt. 5:44. — (7) Mt. 5:39. — (8) Jn. 8:7. — (9) Jn. 8:46. — (10) Mt. 11:28. — (11) Mt. 20:27.
El que se humilla será ensalzado (1).
Apacienta mis ovejas (2).
No se turbe vuestro corazón. Creéis en Dios, creed también en mí. En la casa de mi Padre hay muchas moradas. Voy a prepararos un lugar, y después de haber ido y preparado un lugar para vosotros, vendré de nuevo y os tomaré conmigo, para que donde yo estoy, estéis también vosotros (3).
Padre, la hora ha llegado; glorifica a tu Hijo, para que tu Hijo te glorifique (4).
Padre, si es posible, que pase de mí este cáliz; pero hágase tu voluntad, y no la mía (5).
Padre mío, perdónalos, porque no saben lo que hacen (6).
No añado nada.
¿Queréis que os muestre una página de otro género, y quizá más bella todavía? Escuchad la parábola del Hijo Pródigo:
Un hombre tenía dos hijos, el menor de los cuales dijo a su padre: Padre, dame la parte de la hacienda que me corresponde. Y el padre repartió entre ellos su hacienda. No muchos días después, el menor de estos dos hijos, habiendo juntado todo lo que tenía, se marchó a un país lejano, donde malgastó toda su hacienda en excesos y libertinaje. Después de haberlo gastado todo, sobrevino una gran hambre en aquel país, y comenzó a padecer necesidad. Fue entonces y se puso al servicio de uno de los ciudadanos de aquel país, que lo envió a su granja a apacentar los cerdos. Y allí hubiera deseado llenar su vientre con las algarrobas que comían los cerdos; pero nadie se las daba. Al fin, volviendo en sí, dijo: ¡Cuántos jornaleros en la casa de mi padre tienen pan en abundancia, y yo aquí me muero de hambre! Me levantaré e iré a mi padre, y le diré: Padre, he pecado contra el cielo y ante ti; ya no soy digno de ser llamado hijo tuyo; trátame como a uno de tus jornaleros. Se levantó, pues, y fue a su padre. Cuando aún estaba lejos, su padre lo vio y se conmovió de compasión, y corriendo hacia él, se echó a su cuello y lo besó. Y su hijo le dijo: Padre, he pecado contra el cielo y ante ti; ya no soy digno de ser llamado hijo tuyo. Entonces el padre dijo a sus criados: Traed pronto la mejor túnica y vestidlo; poned un anillo en su mano y sandalias en sus pies. Traed también el becerro cebado y matadlo; comamos y hagamos fiesta, porque este hijo mío estaba muerto y ha vuelto a la vida; estaba perdido y ha sido hallado. Y comenzaron a hacer fiesta.
Pero el hijo mayor estaba en los campos, y cuando vino y se acercó a la casa, oyó música y danzas. Y llamó a uno de los criados y le preguntó qué significaba aquello. El criado le dijo: Tu hermano ha vuelto, y tu padre ha matado el becerro cebado porque lo ha recibido sano y salvo. Pero él se enojó y no quería entrar. Su padre entonces salió y le rogó que entrara. Pero él respondió a su padre: Mira, tantos años hace que te sirvo, y nunca he desobedecido ninguno de tus mandatos, y sin embargo nunca me has dado un cabrito para festejarlo con mis amigos. Pero en cuanto vino este hijo tuyo, que ha devorado tu hacienda con meretrices, has matado para él el becerro cebado. Pero el padre le dijo: Hijo, tú siempre estás conmigo, y todo lo mío es tuyo. Pero era justo hacer fiesta y alegrarnos, porque este hermano tuyo estaba muerto y ha vuelto a la vida; estaba perdido y ha sido hallado (7).
(1) Mt. 23:12. — (2) Jn. 21:17. — (3) Jn. 14:1-3. — (4) Jn. 17:1. — (5) Mt. 26:39. — (6) Lc. 23:34. — (7) Lc. 15:11.
A esta página se podrían añadir mil otras no menos bellas, y estas son precisamente las que no cito, porque no tienen el mismo tipo de belleza. Pero esta sola basta. ¿Qué más se necesita? El genio solo no dicta tales cosas, y el cielo, que las dictó, jamás se manifestará en un acento que supere al lenguaje. De la tierra, nada sube a Dios sino gemidos y lamentaciones; del cielo, nada desciende a nosotros sino ternura y perdón: la parábola del Hijo Pródigo es la expresión de ese perdón en un relato que nunca será igualado, porque nunca será superado en su principio.
Se podrían citar muchos otros pasajes del Evangelio, y ese es un primer placer que dejamos al lector.
Pero después del relato de la vida pública de Cristo viene el de su pasión y muerte. El Evangelio, tan grande hasta ese punto, se eleva allí al más alto acento de la historia y de la poesía — es decir, de lo que el hombre posee a la vez más verdadero y más bello. Vacilo en tocarlo con palabras, y hablaré de ello lo menos que pueda. Cuando Jesucristo hubo completado la instrucción de sus apóstoles mediante el discurso recogido en los capítulos 13, 14, 15, 16 y 17 del Evangelio de San Juan (el lector, por amor de Dios, no deje de leerlo); cuando se hubo dirigido a un huerto situado más allá del torrente Cedrón, sus enemigos vinieron a él, acompañados de soldados de la guardia del templo, y Judas, uno de sus discípulos, lo traicionó con un beso. Conocéis el resto, y casi todos lo conocen. Es arrestado, juzgado, condenado, atado, azotado, coronado de espinas, cargado con su cruz, y muere entre dos criminales. Este relato, contado con tanta sencillez por los Evangelistas, ha atravesado el mundo: el mundo se divide entre quienes lo creen y quienes no, y tanto los incrédulos como los fieles nunca han oído esta historia sin conmoverse con ella. ¿Cómo es esto posible? ¿Cómo llegó a suceder tal cosa? ¿Cómo este hombre, muriendo en una cruz entre el cielo y la tierra, tomó posesión de la admiración universal, y cómo el relato de su fin, más que el de cualquier otro, encontró el camino de todo corazón? No veo más que una razón para ello. Es que el hombre que murió en la cruz era un justo, y no un justo cualquiera, sino un justo que no deja nada que pensar en su contra. Todo allí es puro; la mirada no encuentra sombra alguna. Una vida sin mancha, un saber sin error, una caridad sin límites, un valor sin flaqueza, el sacrificio completo de sí mismo: he ahí lo que allí se ve, y eso basta para explicar la divina simpatía que la muerte de Cristo obtuvo de sus contemporáneos y de la posteridad. El justo siempre nos conmueve, cualquiera que sea la suerte que Dios le asigne, así como el malvado, aun en la cumbre de su fortuna, deja tras de sí algo indefiniblemente triste. Pero un justo inocente que muere por el castigo supremo sin haberlo merecido alcanza la cúspide de lo patético, y si vivió y habló como Cristo lo hizo, el mundo entero no será más que un débil eco de su historia.
Es su propia boca la que os dirá su pensamiento, sus ojos los que os dirán su amor, su mano la que estrechará la vuestra para animaros al bendeciros. Lo veréis nacer en el silencio de una noche, sobre la paja de un establo, y le llevaréis, junto con humildes pastores, las primicias de la adoración del género humano. El Oriente, tierra antigua de recuerdos, enviará visitantes a su cuna, y de este mismo despertar de una gloria destinada a llenar el mundo, brotará sangre inocente para sofocarla. Una tierra impura recibirá en el exilio al niño que purificará todas las cosas y hará del universo una sola patria. Volveréis con él al techo de sus antepasados — ya no el palacio de David, del cual es el último hijo, sino la oscura casa de un artesano que vive de sus manos — y allí os maravillaréis de treinta años de silencio y de paz. Nada perturbará esta larga preparación, hasta el día en que una voz resuene en el desierto: Preparad el camino del Señor y enderezad sus sendas (1). Jesucristo obedecerá este grito de un profeta; dejará Nazaret y descenderá a las orillas del Jordán, donde la muchedumbre, atraída por el hombre de las soledades, se agolpaba en torno a él pidiendo el bautismo de penitencia. Se sumergirá en él como ellos, y cuando se alce por encima de las aguas, el cielo se abrirá sobre su cabeza y se oirá esta voz: Este es mi Hijo amado, en quien me complazco (2). Reconoceréis al Hijo de Dios; seguiréis las huellas de sus apóstoles; os uniréis a la inmensa muchedumbre que lo acompañó por los campos de Galilea, y oiréis la palabra de salvación caer de sus labios sagrados. Estaréis entre los convidados de las bodas de Caná y entre los cinco mil hombres que fueron alimentados con cinco panes de cebada en el desierto. Veréis las lágrimas de su amistad brotar sobre Lázaro, y vosotros mismos lloraréis de dolor y de gozo en el relato de la última semana de su vida. Comienza en Jerusalén, palma en mano, en medio de los Hosannas del triunfo; terminará en un patíbulo, en medio de las aclamaciones del odio. Misterios desconocidos para el hombre se cumplirán en la última escena de su última cena; Pedro llorará por él, Judas lo traicionará, todos huirán, y será en las manos de Juan, de María y de Magdalena donde encontrará el último adiós de la tierra. Ascenderá al cielo después de haber dado sus instrucciones supremas; el Espíritu Santo descenderá para completar el edificio de la Iglesia, y los hechos de aquella fundación milagrosa os serán contados por la pluma de uno de los compañeros de San Pablo.
(1) Mt. 3:3. — (2) Mt. 3:17.
Después del Evangelio, parece que la Escritura no puede darnos nada más. Sin embargo, no es enteramente así, y en las Epístolas de San Pablo el alma del cristiano encuentra todavía un alimento y un gozo. San Pablo no se parece a nada; no tiene análogo en ninguna literatura profana, ni en ninguna literatura sagrada. Está solo, y a una altura que desconcerta, desde las primeras páginas, a toda criatura en posesión de sí misma. Otros vieron a Jesucristo nacer en un establo, hablar en Judea, morir en una cruz y ascender al cielo: Pablo lo vio solamente en un rayo descendido de lo alto, que lo traspasó como la hoja de una espada; no le habló sino en éxtasis, no oyó su voz sino desde el seno de una nube, y cuando fue arrebatado hasta el tercer cielo, no sabía él mismo si fue en su cuerpo o fuera de su cuerpo que gozó de la visión de su Dios. Y así, cuando intenta transmitirnos lo que vio, oyó, gustó, tocó del Verbo de la vida, aporta a la expresión de su apostolado algo que es el acento primero y último de la fe cristiana. David predijo, Isaías profetizó, Jeremías lloró, Daniel calculó la hora de la promesa; los Evangelistas narraron, los apóstoles dieron testimonio: Pablo, por su parte, creyó, y os dice la sacudida de su creencia con una fuerza en la que no hay nada de arte, nada de la ciencia del discurso, pero en la que la plenitud del hombre se desborda por todos los cauces de la palabra. No se sabe si admirar su dialéctica o su emoción; es a la vez más riguroso que Aristóteles y más apasionado que Platón; hace entimemas que arrancan las entrañas, deducciones que hacen llorar, y cuando de pronto prorrumpe con una palabra que ya no ha enlazado con otra, se diría que el cielo se ha abierto por accidente, y que el relámpago que de él escapó no pertenecía ni a la tierra ni al cielo mismo, sino a la impaciencia del genio de Dios que buscaba abrirse paso en un hombre.
Pablo tiene un lenguaje propio, una suerte de griego todo impregnado de hebraísmo, giros abruptos, audaces, breves, algo que parecería desprecio por la claridad del estilo, porque una claridad superior inunda su pensamiento y le parece suficiente para hacerse ver. Indiferente a la elocuencia como a la luminosidad, rechaza al principio al alma que viene a sentarse a sus pies; pero cuando se tiene la clave de su lenguaje, y una vez que, a fuerza de releerlo, se ha ascendido poco a poco hasta comprenderlo, se cae en la embriaguez de la admiración. Cada golpe de su trueno sacude y arrebata; ya no hay nada por encima de él, ni siquiera David, el poeta de Jehová, ni siquiera San Juan, el águila de Dios; si no tiene ni la lira del primero ni el aleteo del segundo, tiene bajo él todo el océano de la verdad y esa calma de las olas que enmudecen. David vio a Jesucristo desde las alturas del monte Sión, San Juan reposó sobre su pecho en un banquete; para San Pablo, fue a caballo, el cuerpo empapado en sudor, el ojo en llamas, el corazón lleno de los odios de la persecución, como vio al Salvador del mundo, y como, derribado en tierra bajo el acicate de su gracia, le dijo esta palabra de paz: ¡Señor, qué quieres que haga!
Una vez que San Pablo ha sido estudiado y saboreado, mi querido Emmanuel, las Escrituras son vuestras. Las abriréis por la primera página, y las leeréis con calma en el orden en que la tradición de la Iglesia ha dispuesto los libros. Llegaréis así al Apocalipsis de San Juan, que es la profecía del Nuevo Testamento y de todo el porvenir de la Iglesia sobre la tierra. No os digo nada de él. San Juan, en aquella célebre visión, vio caer a la Roma idólatra, formarse las monarquías cristianas de los escombros del Imperio Romano, establecerse en el mundo un poder opuesto al reinado de Cristo, sucederse caídas y errores, y finalmente, al fin de los tiempos, abrirse la última y más formidable de las persecuciones, de la cual la Iglesia triunfará por la segunda venida de Cristo. Tomada en su conjunto, esta profecía es de extrema claridad; pero en sus detalles, escapa a los esfuerzos que quisieran seguirla paso a paso y aplicar sus escenas a los acontecimientos cumplidos. Este trabajo más o menos ingrato no tendrá éxito sino en los últimos días, cuando, acercándose a su fin el destino de la Iglesia, la mirada de nuestros descendientes recorra de época en época el curso de todos nuestros dolores y de todas nuestras virtudes. Hasta entonces, la sombra impedirá a la luz, y esto no debe ser motivo de pesar para quienes vivimos como nosotros entre el pasado y el futuro de la fe, bajo el esplendor de los dos Testamentos.