Cornelius a Lapide, S.J.

Prooemium et Encomium Sacrae Scripturae

(Proemio y Encomio de la Sagrada Escritura)


Sección Primera

Sobre su origen, dignidad, objeto, necesidad, fruto, amplitud, dificultad, ejemplos, método y disposiciones.

Aquel célebre teólogo de los egipcios, casi contemporáneo de Moisés, Mercurio, llamado Trismegisto en la opinión de los gentiles, largo tiempo meditando consigo mismo de qué manera podría describir con la mayor propiedad el universo, al fin prorrumpió así: «El universo —dijo— es un libro de la divinidad, y este siglo de luz tenue es un espejo de las cosas divinas»; en efecto, de este libro había él aprendido su propia teología mediante una prolongada meditación. «Porque los cielos proclaman la gloria de Dios, y el firmamento anuncia las obras de sus manos»; y: «De la grandeza y hermosura de las criaturas se puede contemplar a su creador, así como su eterna e invisible virtud y divinidad»; de modo que en estas grandes tablas de los cielos, en las páginas de los elementos y en los volúmenes de los tiempos, se puede, con ojo perspicaz, leer abiertamente, por así decirlo, la doctrina de la instrucción divina: así, en efecto, desde los mismos orígenes del mundo y desde la empresa de crearlo de la nada, medimos la omnipotente fuerza y energía de su Autor; de la múltiple, discordante y abigarrada concordia de las cosas creadas, su benéfico abismo; de aquel amplio conjunto de todos los demás espíritus, cuerpos, movimientos y tiempos, la eternidad e inmensidad del Creador, y en cierta medida los percibimos. Así, del peso, número y medida de estas mismas cosas, es lícito admirar y venerar la sapientísima providencia de este gran Arquitecto, y la numerosa y maravillosamente armónica armonía y modelo de cada naturaleza en él, la cual, originariamente, vinculó cada parte de este universo en medidas fijas y del todo inmóviles, tanto consigo misma como con cualquier otra parte comparable de la manera más amistosa, y conserva y protege este vínculo amistoso de manera indisoluble por su continuo influjo, para que con fe constante varíen en concordia sus vicisitudes. La misma eterna Sabiduría, proclamando esto de sí misma con voz pública, dice en Proverbios 8, 22: «Cuando preparaba los cielos, allí estaba yo; cuando con ley fija y círculo cercaba los abismos; cuando afirmaba arriba los cielos y pesaba los manantiales de las aguas; cuando rodeaba al mar con su límite y ponía ley a las aguas para que no traspasaran sus confines; cuando asentaba los fundamentos de la tierra, con él estaba yo ordenándolo todo», como significando que había inscrito en esta composición ciertas señales de sí misma.

2. Pero en verdad, aunque este hermoso microcosmos revela el arquetipo del que fue expresado por su Autor, es decir, el sagrado numen divino y la esfera increada de la altísima divinidad, y lo pone ante nuestros ojos, sin embargo en muchos aspectos este libro es imperfecto, y suministra tan sólo elementos rudimentarios, vestigios, digo, más bien por los cuales, como reconocer al león por la garra, que una descripción clara y completa de su escritor. Se añade que, escrito solamente con los caracteres de la naturaleza, nada nos dice de aquellas cosas que trascienden los límites de la naturaleza, por las cuales podamos avanzar hacia el cielo de la Santísima Trinidad y hacia nuestro bien eterno, que perseguimos con todos nuestros anhelos a través de la vida y la muerte.

3. Plugo, pues, a la divina e infinita bondad —esto es, al escriba sapientísimo, que escribe velozmente y con admirable condescendencia— emplear otro cálamo, ponernos ante los ojos otras tablas, pintar caracteres de sí mismo muy diferentes: que insertaran no alguna muda semejanza, sino voces distintas para los ojos, sonidos para los oídos, sentidos para las mentes e imágenes vivas de las cosas divinas, con las cuales describiese tanto a sí mismo como a las mentes celestiales y a todas las cosas creadas, y cuanto nos conduce de la mano a vivir bien y bienaventuradamente, tan lúcidamente como benévolamente y sabiamente. Esto es lo que admiraba nuestro Moisés, a punto de dictar la ley de Dios a Israel, en Deuteronomio 4, 7: «He aquí —exclama— un pueblo sabio e inteligente, una nación grande; ni hay otra nación tan grande que tenga dioses que se le acerquen: pues, ¿cuál otra nación es tan insigne que posea ceremonias, y juicios justos, y toda la ley que yo propongo hoy ante vuestros ojos?»

Ciertamente, ¡cuán admirable es tener siempre a mano los libros sagrados de la divina Escritura —las mismísimas cartas, digo, escritas por Dios para nosotros y los testigos indubitables de la voluntad divina—, leerlos una y otra vez, darles vueltas y más vueltas! ¡Cuán dulce, cuán piadoso, cuán saludable es que se nos dé un oráculo doméstico al que consultar, donde no se oiga a Apolo desde su trípode, sino a Dios mismo hablando con mucha más claridad y certeza que desde el arca antigua y los querubines!

Esto es lo que pensaba San Carlos Borromeo cuando solía leer la Sagrada Escritura, como si fueran oráculos de Dios, únicamente con la cabeza descubierta y la rodilla doblada, leyendo con reverencia.

Por esta razón había antiguamente en los templos dos sagrarios, colocados a la derecha y a la izquierda del ábside: en uno de los cuales se conservaba la sagrada Eucaristía, y en el otro los códices sagrados de la divina Escritura. De donde San Paulino (como él mismo atestigua en la carta 42 a Severo), en el templo de Nola edificado por él, mandó inscribir estos versos a la derecha:

Éste es el lugar, la venerable despensa donde se guarda, y donde
Se coloca la nutricia pompa del sagrado ministerio;

y a la izquierda estos otros:

Si alguno es movido por el santo deseo de meditar en la ley,
Aquí podrá, sentado, dedicarse a los libros sagrados.

Así también los judíos, aun ahora en sus sinagogas, guardan la ley de Moisés, como un oráculo, magníficamente en un tabernáculo, del mismo modo que nosotros la Sagrada Eucaristía, y la exponen públicamente; cuidan de no tocar la Biblia con las manos sin lavar; la besan cada vez que la abren y cierran; no se sientan en el banco donde está la Biblia; y si cae al suelo, ayunan un día entero, lo cual hace tanto más asombroso que estas cosas sean tratadas con mayor negligencia por algunos cristianos.

San Gregorio, en el libro IV, carta 84, reprende a Teodoro, aunque era médico, por leer negligentemente la Sagrada Escritura: «El Emperador del cielo, el Señor de los ángeles y de los hombres, te ha enviado sus cartas para tu vida, ¡y tú descuidas leerlas con ardor! Pues ¿qué es la Sagrada Escritura sino una especie de carta del Dios omnipotente a su criatura?» Por lo cual disertaré algo más extensamente sobre las Sagradas Letras: primero, sobre su excelencia, necesidad y fruto; segundo, sobre su materia y amplitud; tercero, sobre su dificultad; cuarto, aduciré los juicios y ejemplos de los Padres sobre esta materia; quinto, mostraré con qué disposición de ánimo y con qué esfuerzo debe emprenderse este estudio.


Capítulo I: De la excelencia, necesidad y fruto de la Sagrada Escritura

I. Los filósofos enseñan que es necesario conocer previamente los principios de las demostraciones y de las ciencias antes que las ciencias y demostraciones mismas. Porque hay en las ciencias, como en todas las demás cosas, un orden; y toda verdad o es primera y evidente para todos, o dimana de una verdad primera por ciertos conductos, los cuales si cortas, como si cortaras los canales de una fuente, habrás destruido todos los arroyos de verdad que de ella nacen. Ahora bien, la Sagrada Escritura contiene todos los principios de la Teología. Porque la Teología no es otra cosa que la ciencia de las conclusiones que se deducen de principios ciertos por la fe, y por eso es la más augusta de todas las ciencias, así como la más cierta; pero los principios de la fe y la fe misma los contiene la Sagrada Escritura; de donde se sigue evidentemente que la Sagrada Escritura pone los fundamentos de la Teología, a partir de los cuales el teólogo, por el raciocinio de la mente, como una madre engendra hijos, genera y produce nuevas demostraciones. Por tanto, quien piensa que puede separar la Teología Escolástica de la Sagrada Escritura mediante un estudio serio, imagina una prole sin madre, una casa sin cimientos y, a la manera de una tierra suspendida en el aire,

Esto lo vio aquel divino Dionisio, a quien toda la antigüedad consideró como la cumbre de los teólogos y el «ave del cielo» (πετεινὸν τοῦ οὐρανοῦ), quien en todas partes, al disputar sobre Dios y las cosas celestiales, profesa avanzar apoyado en la Sagrada Escritura como en un principio y una antorcha refulgente. Baste un solo ejemplo de todos, tomado del mismo comienzo de su obra Sobre los nombres divinos, capítulo 1, donde prologa aproximadamente así: «De ninguna manera —dice— ha de presumirse decir ni pensar cosa alguna sobre la deidad supersustancial y secretísima, fuera de lo que nos han transmitido los sagrados oráculos; porque la suprema y divina ciencia de aquella ignorancia (es decir, del divino arcano) debe atribuirse a ella misma, y sólo es lícito aspirar a cosas más elevadas en la medida en que el rayo de los divinos oráculos se digna insinuarse, mientras que las demás cosas han de ser honradas con casto silencio como inefables: así, por ejemplo, que la deidad primordial y fontanal es el Padre, y que el Hijo y el Espíritu Santo son, por así decirlo, brotes plantados divinamente de la fecunda deidad, y como flores y luces supersustanciales, lo hemos recibido de las Sagradas Escrituras. Porque aquella Mente es inaccesible a todas las sustancias, pero de ella, en cuanto le place, con mano extendida, somos elevados por las sagradas Letras hacia aquellos supremos fulgores, y de éstos somos dirigidos a los himnos divinos y formados para las sagradas alabanzas.» Y de nuevo en el libro Sobre la teología mística, enseña que la Teología espiritual y mística, que llega al mismo misterio supersustancial oculto y a la tiniebla de Dios trascendiendo todas las cosas creadas por negación, sin símbolos, es estrecha y se comprime tanto que al fin enmudece; pero la Teología simbólica, que, al descender Dios a nuestras palabras en la Escritura, nos presenta sus figuras sensibles, se extiende a una amplitud conveniente; y por esta razón solía decir San Bartolomé que la Teología es a la vez muy grande y muy pequeña, y el Evangelio amplio y grande, y a su vez conciso: místicamente, es decir, ascendiendo, pequeño y conciso; simbólicamente, y descendiendo, grande y amplio.

Ciertamente, si estuviéramos privados de lo simbólico, si en los códices sagrados Dios no hubiera dado imágenes algunas de sí mismo y de sus atributos, ¡cuán absolutamente infante, cuán muda sería toda nuestra Teología! Si la Escritura hubiera callado sobre la Santísima Trinidad —una y la misma mónada y esencia—, ¿no habría acaso un profundo y perpetuo silencio entre los Escolásticos en materia tan vasta, sobre las relaciones, el origen, la generación, la espiración, las nociones, las personas, el Verbo, la imagen, el amor, el don, la potencia y el acto nocional, y todo lo demás? Si los divinos oráculos no pusieran nuestra bienaventuranza en la visión de Dios, ¿cuál de los teólogos habría podido, no digo esperarla, sino siquiera olfatearla de lejos? Si los sagrados profetas y los escritores del nuevo testamento hubieran ocultado la fe, la esperanza, la religión, el martirio, la virginidad y toda la cadena de virtudes que trascienden la naturaleza y las divinas, ¿quién las habría perseguido con el ingenio, quién con los deseos y la voluntad? Ciertamente, estas cosas permanecieron ocultas a los antiguos sabios, aunque dotados de una fuerza de entendimiento prodigiosa y casi milagrosa; la academia de Platón nada supo de ellas, aquí calla toda la escuela de Pitágoras, aquí son niños Sócrates, Pimandro, Anaxágoras, Tales, Aristóteles. Omito cuán clara y ciertamente, más que cualquier Ética, tratan las divinas Letras de las virtudes congénitas a la naturaleza, de la ley y de los deberes dignos del hombre en cuanto dotado de razón, y de los vicios a ellas opuestos, y de toda la Filosofía moral, de suerte que sólo a ellas les convienen aptísimamente aquellos elogios de Cicerón a la Filosofía o Ética, y con pleno derecho se las llame «luz de la vida, maestra de las costumbres, medicina del alma, norma del bien vivir, nodriza de la justicia, antorcha de la religión».

Esto lo aprendió y lo experimentó para su gran bien San Justino, filósofo y mártir, quien, como él mismo atestigua al comienzo de su diálogo contra Trifón, ávido de Filosofía y de aquella verdadera sabiduría que conduce a Dios, recorrió en vano, en un circuito admirable como una Odisea de errores, las sectas más ilustres de los filósofos, hasta que al fin descansó en la Ética cristiana de las Sagradas Letras como en el único suelo sólido. Primeramente se inscribió como discípulo de cierto estoico, de quien, como no oyera nada sobre Dios, escogió a un maestro peripatético, al cual despreció por traficar con la sabiduría a cambio de dinero; luego cayó en manos de un pitagórico, pero como no era ni astrólogo ni geómetra (artes que aquél exigía como preámbulos para la vida bienaventurada), de éste se deslizó hacia un platónico, engañado por todos ellos con una vana y fugaz esperanza de sabiduría; hasta que inesperadamente se encontró con cierto divino Filósofo, hombre o ángel, quien al punto le persuadió a que renunciara a toda aquella enseñanza circular y leyera los libros de los Profetas, cuya autoridad era mayor que cualquier demostración y cuya sabiduría era saludabilísima, y aguzara en ellos todo su deseo de ciencia; y aquél se marchó y no fue visto más por él, pero tan encendido deseo de este estudio sagrado y de la lectura de los divinos volúmenes le fue infundido que, despidiéndose al instante de toda otra doctrina, persiguió ésta sola con la mayor avidez y la siguió con la mayor constancia, con tan abundante fruto que ella misma nos dio a Justino cristiano, filósofo y mártir. Bien vale la pena que todos nosotros sigamos este mismo consejo de aquel divino Filósofo, si deseamos beber y absorber el verdadero sentido de Dios y de la piedad, las costumbres cristianas y el espíritu de una vida santa.

Porque engañosa es aquella opinión que ofusca la agudeza mental de muchos, a saber, que las Sagradas Letras no deben aprenderse para uno mismo, sino sólo para los demás, a fin de hacer de maestro o de predicador; es decir, para que te prives a ti mismo del bien que buscas para otros, y como un jornalero desentierres o excaves un tesoro tan noble no para ti, sino para otros. No piensan así los mismos divinos oráculos: «Tenemos —dice el bienaventurado Pedro, Primera Epístola, capítulo 1, versículo 19— la palabra profética más firme, a la cual hacéis bien en atender como a una lámpara que luce en lugar tenebroso, hasta que despunte el día y el lucero de la mañana nazca en vuestros corazones.» A esta antorcha, pues, conviene que tú te dirijas primero, que la sigas, para que el lucero que haya nacido en tu corazón resplandezca luego para los demás.

El regio Salmista llama bienaventurado no a quien derrama las palabras de Dios sobre los demás, sino a quien medita en su ley día y noche; a éste lo compara a un árbol plantado junto a corrientes de aguas, que dará su fruto a su tiempo. Con este fin, sobre todo, quiso Dios que los códices sagrados fueran escritos para nosotros, y propuso su palabra para que fuera lámpara a nuestros pies y diera luz a nuestras sendas, de modo que, paseando por estos jardines de luminosísimo deleite —más que los jardines de Alcínoo—, nos alimentáramos con la dulcísima vista de los frutos celestiales y gozáramos de su sabor. Y ciertamente, así como en un paraíso, entre los verdeantes vástagos de árboles y flores, o las resplandecientes caras de los frutos, es forzoso que el que pasa sea al menos reparado por la fragancia y el color; y así como vemos que quien camina bajo el sol, aunque sea por recreo, sin embargo se calienta y toma un color rojizo: así las mentes, los sentidos, los consejos, los deseos y las costumbres de quienes leen, oyen y aprenden las divinas Letras religiosa y asiduamente se tiñen necesariamente, por así decirlo, de cierto color de divinidad, y se encienden con santos afectos.

Pues ¿quién no se revestiría de una casta pureza de alma cuando escucha las palabras del Señor, castas como plata purificada por el fuego, que la ensalzan con tantos elogios y la recomiendan con tan grandes premios? ¿Qué corazón hay tan frío que no se encienda de caridad cuando oye a Pablo ardiendo, lanzando por todas partes ígneas llamas de amor divino? ¿A quién no le saltaría el espíritu con la lectura de los bienes celestiales en las Escrituras, de modo que desprecie y desdeñe estos bienes ínfimos? ¿Quién, con esta esperanza de los moradores del cielo, no ansiaría emular su vida en un cuerpo humano y vivir como hombre-ángel? ¿Quién no fortalecería su varonil pecho por la fe y la piedad contra cualesquiera olas, aun las más encrespadas, de los males, y buscaría una bella muerte entre heridas, cuando bebe y recibe con oídos y ánimos atentos estas sagradas trompetas que suenan tan dulce y vigorosamente la fortaleza y la constancia? Así, ciertamente, los Macabeos, 1 Macabeos 12, 9, teniendo como único consuelo los libros santos, se glorían de persistir con virtud invicta e impenetrables a todos los enemigos. Y el Apóstol, armando a los fieles para toda adversidad y prueba, en Romanos 15, 4: «Cuantas cosas se escribieron —dice—, para nuestra instrucción se escribieron, a fin de que por la paciencia y la consolación de las Escrituras tengamos esperanza.» Ciertamente, no sé qué espíritu vital infunden las palabras divinas a los lectores con un oculto influjo, de modo que si las comparas con los escritos de los hombres más doctos y santos, por muy ardientes que sean, juzgarías que éstos son inanimados y aquéllas vivientes y que respiran vida.

Pudo una sola voz del Evangelio: «Si quieres ser perfecto, ve, vende todo lo que tienes y dalo a los pobres», encender al gran Antonio, entonces joven, ilustre por su nobleza y riqueza, con tal amor a la pobreza evangélica, que al instante se despojó de todos aquellos bienes tras los cuales los ciegos mortales se afanan con tanto empeño, y abrazó una vida celestial en la tierra mediante la profesión monástica. Así lo refiere San Atanasio en su Vida. Pudo la divina Escritura convertir a Victorino, entonces hinchado Retórico de la ciudad, de la superstición y soberbia pagana a la fe y humildad cristiana. Pudo la lectura de Pablo no sólo unir al hereje Agustín con los ortodoxos, sino también, arrancándolo del inmundísimo abismo de la lujuria cotidiana, impulsarlo y elevarlo a la continencia y la castidad, no digo conyugal, sino religiosa, enteramente célibe e intacta. Véase Confesiones VIII, 11; VII, 21. Pudo una sola lectura del Evangelio: «Bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos; ¡bienaventurados los que lloran, porque ellos serán consolados!», convertir al instante a Simeón el Estilita y elevarlo a tal punto que permaneció sobre una columna en un solo pie durante ochenta años continuos, entregado a la oración día y noche, viviendo casi sin alimento ni sueño, de manera que parecía un prodigio del mundo, y no tanto un hombre cuanto un ángel caído en la carne. ¿Por qué, entonces, preguntarás, nosotros que tantas veces leemos la Sagrada Escritura no sentimos estos fervores, estas transformaciones de vida? Porque las leemos de pasada y con bostezos, de modo que con razón podemos aplicar aquella sentencia de San Marciano en Teodoreto, en el Filoteo, quien, rogado por los Obispos que dijera una palabra de salvación, respondió: Dios nos habla cada día por sus criaturas y por la Sagrada Escritura, y sin embargo de ellas sacamos poca utilidad; ¿cómo, pues, yo, hablándoos, podré aprovecharos, yo que pierdo esta utilidad juntamente con los demás?

Vio en otro tiempo el más arcano de todos los profetas, Ezequiel, un gran río que salía de debajo del umbral de la casa del Señor, el cual no pudo cruzar, «porque habían crecido las aguas del profundo torrente —dice— que no se puede vadear; y cuando me volví, he aquí que en la ribera del torrente había, a uno y otro lado, muchísimos árboles»; pero ¿cuáles eran éstos? Ciertamente todos los Santos, tanto antiguos como nuevos, tanto de la ley como del Evangelio, quienes, sentados junto a las corrientes de los Evangelistas, los Apóstoles y los Profetas, como árboles hermosísimos siempre verdean y abundan en una amena y dulce profusión de toda clase de frutos. Porque el mismo río nutre y alimenta ambas riberas; el mismo, digo, Espíritu Santo, autor de la Escritura, tejió una y la misma Escritura que se extiende a través de diversos siglos, e instiló savia vital a todos los piadosos tanto por el nuevo como por el antiguo testamento, con tal de que queramos beberla.


Capítulo II: Del objeto y amplitud de la Sagrada Escritura

II. Ahora bien, para retomar estas cuestiones desde un principio más elevado, veamos cuál y cuán grande es el argumento de la Sagrada Escritura, cuál su materia. ¿Quieres que lo diga en una palabra? La Sagrada Escritura tiene por objeto todo lo cognoscible, abarca en su seno todas las disciplinas y cuanto puede saberse; y por eso es una especie de universidad de ciencias, que contiene todas las ciencias formal o eminentemente. Orígenes, comentando el capítulo 1 de San Juan, dice: La divina Escritura es un mundo inteligible, constituido por sus cuatro partes, como por cuatro elementos, cuya tierra está como en el centro, es decir, la historia; alrededor de la cual, a semejanza de las aguas, se derrama el abismo de la inteligencia moral; alrededor de la historia y la ética, como dos partes de este mundo, gira el aire de la ciencia natural; y fuera de todo y más allá, aquel etéreo e ígneo ardor del cielo empíreo, esto es, la contemplación superior de la naturaleza divina, que llaman Teología, se engloba: así Orígenes. De lo cual, a su vez, así como adaptas el sentido histórico a la tierra y el tropológico al agua, así rectamente puedes adaptar el alegórico al aire y el anagógico al fuego y al éter.

Pero yo sostengo aún más: que la Sagrada Escritura, en su sentido no sólo místico, sino aun en el solo sentido literal, que ostenta la primacía y que ante todo se ha de perseguir, abarca toda ciencia y todo lo cognoscible.

Para demostrarlo, establezco un triple orden de cosas, al cual los filósofos y teólogos refieren todas las cosas: el primero es el de la naturaleza, o de las cosas naturales; el segundo, el de las cosas sobrenaturales y de la gracia; el tercero, el de la esencia divina con sus atributos, tanto esenciales como nocionales. El primer orden de la naturaleza lo investiga la Física y las demás disciplinas de la filosofía natural; el segundo y el tercero, en esta vida, la doctrina revelada, que pertenece a la fe y a la Teología; en la otra vida, la visión de la divinidad, que beatifica a los Santos y a los Ángeles. Ahora bien, Santo Tomás enseña que la Sagrada Escritura trata incluso el primer orden de las cosas naturales, justo en el mismo umbral de la Suma Teológica; pues en el artículo 1 de la primera cuestión, donde pregunta si, además de las disciplinas filosóficas, es necesaria otra doctrina, responde con una doble conclusión. La primera es: «Es necesaria para la salvación humana cierta doctrina revelada por Dios, además de las disciplinas filosóficas», es decir, para conocer aquellas cosas que exceden el entendimiento y las fuerzas naturales del hombre; la segunda: «La misma doctrina revelada es necesaria también en aquellas cosas que pueden investigarse con la luz natural a través de la filosofía.» Añade la razón: porque esta verdad se adquiere por la filosofía por pocos, en largo tiempo, y con mezcla de muchos errores; luego es necesaria la doctrina revelada, que dirija, corrija y transmita fácil y ciertamente la filosofía a todos.

Un ejemplo ilustre lo proporcionan los príncipes de los filósofos, Platón y Aristóteles, quienes con notable ingenio alcanzaron ciertamente muchas cosas, pero dejaron también muchas tan ambiguamente, tan oscuramente, que la diligencia de comentaristas griegos, latinos y árabes ha sudado en explicarlas durante muchos siglos. Omito los errores y las fábulas: «pero no como tu ley». Esta sabiduría verdadera y sólida «no se ha oído en Canaán, ni se ha visto en Temán —dice Baruc III, 22—; los hijos de Agar, que buscan la prudencia que es de la tierra, los mercaderes de Merrá y de Temán, y los fabuladores, y los investigadores de la prudencia y la inteligencia, no conocieron el camino de la sabiduría ni se acordaron de sus sendas; pero el que sabe todas las cosas la conoce, el que preparó la tierra por tiempo eterno, el que envía la luz y ésta va, éste es nuestro Dios, él inventó todo camino de disciplina y la entregó a Jacob su siervo y a Israel su amado; después de esto»: esto es, para enseñar a fondo esta ciencia, «fue visto sobre la tierra y convivió con los hombres».

Preguntarás, pues, ¿en qué lugar se enseñan la Física, la Ética y la Metafísica en las Sagradas Letras? Digo que la Física, incluso en su forma primigenia y desde su mismo origen, se transmite en el Génesis, en el Eclesiastés, en Job; la Ética, mediante brevísimas máximas y sentencias, en los Proverbios, la Sabiduría y el Eclesiástico; la Metafísica, sobre todo en Job y en los Salmos, en los cuales por medio de himnos se celebran el poder, la sabiduría y la inmensidad de Dios, junto con sus obras, a saber, los ángeles y todas las demás cosas. La Historia y la Cronología, desde el mismo comienzo del mundo hasta casi los tiempos de Cristo, no podrías buscarla de otra fuente más cierta, más agradable, ni más variada que del Génesis, el Éxodo, los libros de Josué, Jueces, Reyes, Esdras y Macabeos. Que la Sagrada Escritura condena la sofística y emplea una argumentación y lógica sólidas, lo enseña San Agustín en el libro II de Sobre la doctrina cristiana, capítulo 31. Sobre la ciencia matemática derivada de los números, lo mismo enseña en el libro III de Sobre la doctrina cristiana, capítulo 35. La Geometría es patente en la construcción del tabernáculo y del templo, tanto el de Salomón como aquel tan admirablemente dimensionado en Ezequiel. Con razón, pues, dijo San Agustín al final del libro II de Sobre la doctrina cristiana: «Cuanto menor es la cantidad de oro, plata y vestidura que el pueblo hebreo se llevó de Egipto en comparación con las riquezas que después alcanzó en Jerusalén, sobre todo bajo Salomón, otro tanto es toda ciencia, aun la útil, reunida de los libros de los gentiles, si se la compara con la ciencia de las divinas Escrituras; pues todo lo que el hombre ha aprendido fuera de ellas, si es dañino, allí está condenado; y cuando cualquiera haya encontrado allí todo lo que útilmente aprendió en otra parte, hallará con mucha mayor abundancia allí cosas que en ninguna otra parte absolutamente se encuentran, sino que únicamente se aprenden en la admirable altura y admirable humildad de aquellas Escrituras.»

Porque la sirven como ancillas a su señora y reina todas las disciplinas liberales, todas las lenguas, todas las ciencias y artes, que están contenidas cada una dentro de ciertos límites. Pero esta ciencia sagrada abarca todas las cosas, comprende el universo entero, y se arroga por derecho el uso de todas; de modo que, siendo por así decirlo la más perfecta de todas, el fin y objetivo de todas, ha de aprenderse en último lugar.

Así pues, las Sagradas Letras tratan el primer orden de las cosas, es decir, el de la naturaleza, especialmente en cuanto toca a Dios y a los atributos de Dios, a la inmortalidad y libertad del alma, a los castigos, premios y todas las cosas creadas, con más certeza y solidez que las ciencias naturales, y reconducen a éstas al camino recto dondequiera que se desvíen.

Los errores crasos de Platón son, en efecto, ocho: por ejemplo, que Platón enseña que Dios es corpóreo; que Dios es el alma del mundo, que se mezcla con su gran cuerpo; que algunos dioses son más jóvenes y menores; que las almas preexistieron al cuerpo y en el cuerpo, como en una cárcel, expían los crímenes de una vida anterior; que nuestro conocimiento es mera reminiscencia; que en la República las esposas deben ser comunes; que la mentira debe usarse a veces como remedio, a modo de eléboro; que habrá una revolución de hombres, animales, edades y todas las cosas, de suerte que después de diez mil años los mismos estaremos aquí sentados como estudiantes, profesores y oyentes: así habrá un retorno y renacimiento de las almas, a saber:
Cuando hayan dado vueltas a la rueda por mil años,
De nuevo comienzan a querer regresar a los cuerpos.

Más aún, como opinó Pitágoras por la misma fuente, las almas migran de cuerpo en cuerpo, ya de hombre, ya de bestia; de donde él mismo solía decir de sí: Yo mismo, lo recuerdo — ¿quién no lo creería? ¡Él mismo lo dijo! — de los admitidos como espectadores, ¿podríais contener la risa? —
Yo mismo, lo recuerdo, en tiempos de la guerra de Troya,
Era Euforbo, hijo de Pantoo, en cuyo pecho
Se clavó la pesada lanza del hijo menor de Atreo.

¿Acaso no es aquí verosímilísimo aquel conocido adagio hebreo: ascher ric core lemore lo omen lebore, esto es, «quien fácil y temerariamente cree al maestro, descree del Creador»?

Aristóteles, en cambio —en cuyo ingenio la naturaleza mostró el extremo de su potencia, como dice Averroes—, fija al Primer Motor en el Oriente; afirma que se mueve por el hado y por necesidad natural; que este mundo es eterno; que no hay verdad determinada de los futuros contingentes; que Dios no los conoce determinadamente; y en cuanto a la inmortalidad del alma, la providencia de Dios sobre los hombres y las cosas sublunares, y los castigos y premios futuros, o los niega rotundamente, o los oscurece de tal modo que, como la sepia envuelta en sus propios tentáculos, no pueden ser reconocidos ni desenredados, y por ello fue llamado y tenido por muchos como verdugo de los ingenios, a causa de su afectada oscuridad.

Percibiendo estas tinieblas de la luz natural, Demócrito y Empédocles confesaron sencillamente que nada puede ser verdaderamente conocido por nosotros. Sócrates decía que sólo sabía esto: que nada sabía; Arcesilao, que ni siquiera eso podía saberse; Anaxágoras con los suyos sostuvo que todo nuestro conocimiento es mera opinión, que sólo nos parece así; más aún, que no puede saberse con certeza si la nieve es blanca, sino que sólo nos lo parece, pues todos los sentidos pueden ser engañados, así como se engaña la vista, la más cierta de todos, cuando ve el cuello de la paloma, por la refracción de los rayos de luz, abigarrado con colores celestes, cuando en verdad ningunos tales colores existen en la paloma.

En esta noche, pues, de nuestra ofuscada visión, en este piélago y abismo, necesitamos la linterna de la doctrina revelada como un faro. «Lámpara es a mis pies tu palabra —dice el regio Salmista, Salmo 118, 105— y lumbre a mis sendas; me contaron los impíos fábulas, pero no como tu ley.»

8. En cuanto al segundo orden, el de la gracia, y al tercero, el de la divinidad, nadie deja de ver con Santo Tomás que éstos fueron desconocidos para los filósofos (puesto que trascienden la luz de la naturaleza) y que no pueden conocerse sin la revelación de Dios, sin la Palabra de Dios. ¿Ves, pues, cómo la Sagrada Escritura abarca todos los órdenes de las cosas, se insinúa en todos, y como sol de sabiduría difunde de sí los rayos de toda verdad?

Aristóteles, o quienquiera que sea el autor, en su libro Sobre el mundo, preguntando qué es Dios, dice: «Dios es en el mundo lo que el timonel en la nave, lo que el auriga en el carro, el corifeo en el coro, la ley en la ciudad, el general en el ejército»; salvo que en aquellos casos la autoridad es laboriosa, perturbada y ansiosa; en Dios es facilísima, libérrima y ordenadísima.

Lo mismo dirías de la Sagrada Escritura, que es guía, ley, rectora y moderadora de todas las demás ciencias. Empédocles, por su parte, preguntado qué era Dios, respondió: Dios es una esfera incomprensible cuyo centro está en todas partes y cuya circunferencia en ninguna. Así, a quien pregunte qué es la Sagrada Escritura, rectamente dirías: Es una esfera incomprensible de disciplina cuyo centro está en todas partes y cuya circunferencia en ninguna; porque la Sagrada Escritura es la Palabra de Dios. Por tanto, así como la palabra de nuestra mente refleja la mente misma y todos sus conceptos, así la Sagrada Escritura, Palabra de la mente divina, única en sí misma y como adecuada al intelecto y conocimiento divino (por el cual Dios se ve a sí mismo y a todas las cosas, naturales y sobrenaturales, en una sola mirada de su mente), expresa muchas y varias cosas, para ir inculcando gradualmente en las angosturas de nuestra mente —que no puede captar aquella única realidad vastísima— el todo, pero como a pedazos y como a niños, a través de varias sentencias, ejemplos y semejanzas.

Y de este como mar, los Escolásticos sacan los arroyos de las conclusiones teológicas. Quita la Sagrada Escritura de la Escolástica y no tendrás Teología, sino Filosofía; serás filósofo, no teólogo: junta ambas entrelazadas entre sí y obtendrás toda la aprobación tanto de teólogo como de filósofo.

9. Así, las cuestiones que se tratan en la Primera Parte sobre la esencia y atributos de Dios, la predestinación, los ángeles, el hombre y la obra de los seis días (todo lo cual consta claramente que fue tomado del Génesis, capítulo 1), por Santo Tomás y los Escolásticos, han sido sacadas y deducidas de lo que hemos aprendido por la revelación de las Sagradas Letras. Por eso San Dionisio, con el dedo apuntando a las fuentes, inicia así su Jerarquía celeste: «Procedamos con todas nuestras fuerzas a entender las Sagradas Escrituras, tal como las hemos recibido de los Padres para ser contempladas, y especulemos, en cuanto podamos, sobre las distinciones y órdenes de los espíritus celestiales, que ellos nos transmitieron ya por signos, ya por los arcanos de una inteligencia más sagrada.» Porque si las Sagradas Escrituras no nos pintaran a los ángeles, ¿qué Apeles, qué ojo, qué agudeza habría podido delinearlos investigándolos?

La misma es la opinión de San Clemente, compañero y discípulo del bienaventurado Pedro, en la Epístola 5.

Lo que se trata en la Tercera Parte sobre la Encarnación ha sido todo sacado de los cuatro Evangelios, que narran la vida de Cristo; lo que concierne a los Sacramentos antiguos, del Levítico; lo que concierne a los Sacramentos de la ley nueva, del Nuevo Testamento en diversos lugares. Lo que se trata en la Prima Secundae sobre la bienaventuranza, los actos humanos, la libertad, lo voluntario, las pasiones, el pecado original, venial y mortal, la gracia, los méritos y deméritos, ¿de dónde, pregunto, consta sino de la revelación de Dios? Lo que se disputa en la Secunda Secundae sobre la fe, la esperanza y la caridad se apoya tan enteramente en la Sagrada Escritura que todo el entendimiento de ellas se refiere a estas tres, dice San Agustín, libro II de Sobre la doctrina cristiana, capítulo 40. «Porque el fin del precepto —dice el Apóstol— es la caridad de corazón puro, y buena conciencia, y fe no fingida.» «Fe no fingida»: he ahí la fe sincera; «buena conciencia»: he ahí la esperanza, pues la buena conciencia espera y la mala desespera; «caridad de corazón puro»: he ahí la caridad.

Lo que los teólogos enseñan sobre la justicia, la fortaleza, la prudencia, la templanza y las virtudes conexas a éstas, también Moisés lo comprende en el Éxodo y el Deuteronomio con sus preceptos judiciales, por los cuales da a cada uno su derecho; como también Salomón en los Proverbios, el Eclesiastés y la Sabiduría; y el Eclesiástico abarca igualmente estos temas: de donde fue llamado Panáretos, como si dijeras «toda virtud».

Porque la Sagrada Escritura ha sido tan armoniosamente tejida por el Espíritu Santo que se adapta a todos los lugares, tiempos, personas, dificultades, peligros, enfermedades, a expulsar los males, atraer los bienes, destruir los errores, establecer los dogmas, inculcar las virtudes y rechazar los vicios; de suerte que San Basilio con razón la compara a un taller provistísimo que suministra medicinas de toda clase para toda enfermedad. Así, ciertamente, de la Escritura sacó la Iglesia su constancia y fortaleza cuando los tiempos eran de Mártires; las luces de la sabiduría y los ríos de la elocuencia cuando los tiempos eran de Doctores; los baluartes de la fe y la destrucción de los errores cuando los tiempos eran de herejes; en la prosperidad, de ella aprendió la humildad y la modestia; en la adversidad, la magnanimidad; en la tibieza, el fervor y la diligencia; y, finalmente, cuantas veces a lo largo de tantos años transcurridos fue desfigurada por la vejez, las manchas y los defectos, de esta fuente obtuvo la restauración de sus costumbres perdidas y el retorno a su prístina dignidad y estado.

Así San Bernardo, sobre aquellas palabras de Cristo, Si quieres ser perfecto, ve, vende todo lo que tienes y dalo a los pobres, y tendrás un tesoro en el cielo: «Éstas —dice— son las palabras que persuadieron al mundo entero al desprecio del mundo y a la pobreza voluntaria; éstas son las que llenan los claustros para los monjes y los desiertos para los anacoretas.»

Así también el santo Concilio de Trento comienza la reforma de la Iglesia desde la Sagrada Escritura, y en todo su primer decreto Sobre la Reforma prescribe, con tanto cuidado como extensión, que la lectura de la Sagrada Escritura sea establecida o restaurada en todas partes.

10. Cuán útil, más aún, cuán necesaria es esta misma disciplina de las Sagradas Letras para quienes no viven sólo para sí, sino que comparten también una parte de su vida en beneficio de los demás, y sobre todo para quienes ocupan las sagradas cátedras, la misma realidad habla sin que yo lo diga, y la costumbre universal de todos los eclesiásticos lo confirma. Y esto no es cosa reciente: quien examine a los antiguos percibirá un conocimiento mucho más pleno de los sagrados escritos en aquellos tiempos primitivos, y tan abundante que frecuentemente todo su discurso parece no tanto entretejido de Escritura cuanto enlazado por ella como por una especie de elegante cadena; ni se maravillará si lee que los Orígenes, los Antonios y los Vicentes fueron llamados oráculos, templos y arcas del testamento.

Espléndidamente explica San Gregorio, en el libro XVIII de los Morales, capítulo 14, aquel pasaje de Job, La plata tiene los principios de sus venas: «Plata —dice— es el brillo de la elocuencia o de la sabiduría; las venas son la Sagrada Escritura, como si abiertamente dijera: Quien se prepara para las palabras de la verdadera predicación, es necesario que tome los orígenes de sus argumentos de las páginas sagradas; de modo que refiera todo lo que dice al fundamento de la autoridad divina y asiente firmemente sobre él el edificio de su discurso.»

Y San Agustín, escribiendo a Volusiano: «Aquí saludablemente se corrigen los espíritus depravados, se nutren los pequeños y se deleitan los grandes ingenios; enemigo de esta doctrina es aquel ánimo que, o por error no sabe que es saludabilísima, o por estar enfermo, odia la medicina.»

Con razón, pues, es cosa deplorable que incluso en nuestra época se vea lo que San Jerónimo en el Prólogo Galeado reprocha a los hombres de su siglo: que mientras en todas las demás artes los hombres suelen aprender antes de enseñar, en las Sagradas Letras la mayoría quiere enseñar lo que jamás ha aprendido. «Sólo el arte de las Escrituras —dice— es el que todos en todas partes se arrogan, y cuando han halagado los oídos del pueblo con discurso pulido, lo que sea que hayan dicho, lo tienen por ley de Dios; y no se dignan saber qué pensaron los Profetas y los Apóstoles, sino que adaptan testimonios incongruentes a su propio sentido, como si fuera gran cosa, y no el género más vicioso de enseñanza, corromper las sentencias y arrastrar a la Escritura, que se resiste, a su propia voluntad.»

Ciertamente, a muchos los posee el incurable prurito de enseñar y a pocos el amor de aprender, y ese amor es escaso; de donde sucede que la tuercen como cera en toda dirección, la transforman en toda forma con una admirable metamorfosis, y como jugadores de dados con los divinos discursos, juegan con ella según cae la suerte, haciéndole frecuentemente violencia, y torciendo hacia sentidos ajenos —contra los gravísimos decretos de los santos Padres, los Cánones, los Concilios, especialmente el de Trento— lo que en el caso de Virgilio los poetas no habrían tolerado. ¿Pero de dónde viene todo esto? Creo que de una cierta soñolienta y vulgarísima pereza: han aprendido mal sus letras, les duele aprender diligentemente lo que deben enseñar, y la misma pereza derrama tinieblas sobre sus mentes, de modo que juzgan la Sagrada Escritura fácil y accesible a cualquiera por su solo ingenio, y piensan que saben lo que no saben, y no saben que no saben. Ésta es la raíz de todo el mal que debe ser arrancada, contagio que, serpenteando a lo largo y a lo ancho, ha infectado a muchos y se ha extendido amplísimamente.


Capítulo III: De la dificultad de la Sagrada Escritura

21. III. Examinemos, pues, lo que en tercer lugar se propuso: cuán fáciles son los divinos códices. Y para adelantar brevemente lo que pienso y lo que me esfuerzo en demostrar: sostengo que la Sagrada Escritura es mucho más difícil de entender que todos los escritos profanos —griegos, latinos, hebreos y cualesquiera otros—. Si es así, veámoslo.

La Sagrada Escritura supera a todas las demás, por consenso universal, en muchos aspectos, pero particularmente en esto: que mientras las demás dicen una sola sentencia con una sola frase, ésta dice al menos cuatro; porque tiene significación no sólo de las palabras, sino también de las cosas significadas por ellas; de donde resulta que el sentido literal ofrece la inteligencia del hecho histórico o de la cosa inmediatamente expresada por las palabras sagradas; pero esa misma historia o cosa, además, en sentido alegórico, presagia un vaticinio sobre Cristo Señor; en sentido tropológico, recomienda algo idóneo para la formación de las costumbres; y elevándose más alto en una tercera manera, por la anagogía, propone los misterios celestiales a ser contemplados en enigma.

Y de éstos apenas puedes alcanzar a menudo uno solo genuino; ¿cómo, pues, prometerás tan fácil y temerariamente los otros tres?

Pero, dirás, el sentido histórico predomina; yo busco sólo éste, y basta con que lo conjeture y mida a partir de la verdad escolástica; en cuanto al sentido simbólico, que es incierto y que cualquiera puede fácilmente fabricar, no me preocupo ansiosamente. Pero mira no sea que, semejante a aquel Neoptólemo de Ennio, que «decía querer filosofar, pero poco, pues del todo no le agradaba», hagas de teólogo sólo de nombre o por la superficie.

Porque, en primer lugar, en cuanto al sentido místico, que éste es el sentido principal de la Escritura, lo proclama todo el Antiguo Testamento, el cual directamente narra ciertamente los hechos de aquel tiempo o las cosas por hacer, pero sobre todo significa a Cristo en todas partes simbólicamente. El mismo juicio se aplica a los demás sentidos.

Y así como Jonatán, en 1 Reyes capítulo 20, para considerar este asunto con un ejemplo familiar, estando a punto de dar secretamente a David la señal de huir —lanzando una flecha según lo convenido y mandando al muchacho que iba a recogerla que avanzara más adelante—, significaba dos cosas: la primera, inmediatamente, que el muchacho recogiera la flecha; la segunda, más remotamente, pero que mucho más quería comunicar, a saber, que David, advertido por esta señal, debía emprender la huida: así exactamente sucede en este caso, y el sentido histórico de la Escritura es el anterior, pero el místico es el más importante; y de este último, como del primero, puede el teólogo sacar un argumento fortísimo para establecer su doctrina, con tal que conste que es el sentido genuino, tal como Cristo Señor y los Apóstoles muy frecuentemente sacan de él conclusiones eficacísimas; pero si no consta, sino que es ambiguo si el sentido místico de un pasaje dado es el verdadero, ¿qué tiene de extraño que de una premisa dudosa se infiera una conclusión dudosa? Pues igualmente del sentido histórico que se adhiere a la letra, si éste es incierto y dudoso, jamás producirás nada cierto.

22. Además, sostener que los sentidos espirituales son meras invenciones, y que cualquiera con su propia fantasía puede adaptarlos a cualquier pasaje —como si alguien imitara a Proba Falconia (que fue la Safo latina) al acomodar la Eneida de Virgilio, o a la emperatriz Eudocia al acomodar la Ilíada de Homero, a Cristo, y acomodara la Sagrada Escritura a su propia piadosa invención—, es pernicioso pensarlo y más peligroso aún ponerlo en práctica.

Porque si el sentido místico es un verdadero sentido de la Escritura, si el Espíritu Santo quiso muy particularmente dictarlo, ¿con qué derecho será libre para cualquiera exponerlo a su antojo? ¿Con qué descaro llamará alguien a la invención de su propio cerebro mente del Espíritu Santo, y se venderá a sí mismo y a sus cosas como un fanático del Espíritu Santo?

Vieron esto y se guardaron cuidadosamente aquellos de los Padres que más cultivaron la alegoría; llenos del mismo Espíritu, no la imponían temerariamente dondequiera que pareciera sonreírles, ni para apuntalar sus propias ideas, ni aplicaban torpemente, como suele decirse, una greba a la frente o un casco a la pierna; sino que la vinculaban de tal modo a la realidad que concordaba aptamente en todas sus partes.

Porque así como en el sentido histórico las palabras denotan los hechos acontecidos, así en el alegórico, los hechos significan otras realidades más ocultas; de modo que, si la alegoría no corresponde a la historia, es enteramente falsa y vana. Por esta razón, San Jerónimo, escribiendo sobre Oseas capítulo 10, enseña que es impío aplicar tropológicamente a Cristo lo que se dice comúnmente del rey de Asiria —lo cual él mismo había hecho en otro tiempo imprudentemente—; y en su prólogo a Abdías se reprende a sí mismo por haber explicado en otro tiempo alegóricamente a aquel profeta sin haber alcanzado todavía su inteligencia histórica.

23. Pero en cuanto al sentido histórico, aun cuando sólo él te bastara, ¡cuántos y cuán grandes auxilios se necesitan! ¡Cuán recóndito es a menudo! ¡Cuán escondido en la frase hebrea o griega, y en un género de dicción nuevo y discrepante de todos los demás! ¡Cuán sublimemente se remonta con frecuencia a las mayores alturas!

Y esto no es de admirar. Porque si las palabras de los sabios expresan los pensamientos de una mente sabia, y la voz corresponde a la concepción de la mente, donde ésta es celestial y divina, ¡cuán necesario es que la expresión sea igualmente celestial y divina! Nadie duda que los libros sagrados abarcan en su dicción los pensamientos del Espíritu Santo y la sabiduría del eterno Verbo; de modo que no conviene arrastrarse por el suelo, sino elevarse a lo alto, si se desea volar a través de estos divinos oráculos hacia los pensamientos divinos y la primera Verdad.

Concedo, ciertamente, que los Doctores Escolásticos extraen sutilmente muchas cosas de las Escrituras y las discuten en diversos puntos; pero ellos mismos se fijan sus propios límites en las cuestiones teológicas, que abundantemente les suministran la materia y el trabajo utilísimo e incluso necesario para el teólogo, de modo que no les queda oportunidad de dedicarse profesionalmente a otra cosa; del mismo modo que quien elucida las Sagradas Letras despliega en ocasiones con más esmero las conclusiones teológicas envueltas en las sentencias sagradas, pero, para no exceder su competencia, se retira enseguida a su propio dominio.

Pero una cosa es probar algo superficialmente, y otra muy distinta tejer la misma materia con un orden cierto y continuo; una cosa es examinar alguna sentencia particular, otra es desplegar un volumen entero y todas sus sentencias con un examen diligente y exacto de lo que precede y lo que sigue, con la investigación de las fuentes hebreas y griegas, y con la lectura de los santos Padres, para absorber su frase y moverse en él como en la propia casa. Quien esto descuida, contentándose con ciertos pasajes más difíciles escogidos y explicados aquí y allá, jamás penetrará en el sagrado santuario, es decir, en el sentido arcano de las santas palabras, sino que también se desviará fácilmente de la verdad y de la mente del escritor.

Puede verse esto en algunos autores más antiguos, varones no por lo demás incultos, que en materia teológica abusan a veces tan ligeramente de algún axioma sagrado tomado al descuido, que provocan la risa de nuestros herejes y la bilis de los católicos.

24. Preclaramente advierte San Gregorio al lector, en su proemio a los libros de los Reyes, que él a veces explica la historia de modo diferente a como lo hicieron los Padres: pues si éstos, dice, hubieran expuesto en serie todo lo que tocaron en parte, de ningún modo habrían podido mantener la continuidad de expresión que parecían seguir. Muchas cosas, ciertamente, se insertan, preceden o siguen, que deben compararse con el pasaje que se trata; el modo de la sagrada expresión debe investigarse también en otros lugares, y la frase debe examinarse: si éstas no concuerdan con la exposición, de ninguna manera es ésa la genuina sentencia del pasaje, de ninguna manera es ésa la fuerza, poder y significación del discurso; de modo que a menudo puedes dudar cuál es mayor: la oscuridad de la cosa misma o la de la expresión.

Paso en silencio la variada y, por así decirlo, omnímoda amplitud de la materia: pues, ¿qué hay en todo el Antiguo y Nuevo Testamento que no se trate o se toque?

25. Sirva como ejemplo: para entender los libros de los Reyes, los Macabeos, Esdras, Daniel y los demás Profetas, ¡cuánta variada historia de los gentiles hay que conocer! ¡Cuántas monarquías —de los asirios, medos, persas, griegos y romanos— hay que aprender a fondo! ¡Cuántas costumbres de naciones, ritos de tratados, guerras, sacrificios y matrimonios hay que investigar! ¡Cuántos emplazamientos de ciudades, ríos, montañas y regiones de toda la antiquísima corografía y cosmografía hay que recorrer!


Capítulo IV: Los juicios y ejemplos de los Padres

IV. Mas para que no quede escrúpulo alguno en este punto, ea, tracemos el asunto desde su mismo origen y veamos cómo en todas las épocas, la dificultad no menos que la dignidad de la Sagrada Escritura agudizó la reverencia hacia ella y encendió el celo de los Santos.

Entre los hebreos existe una tradición muy difundida, a la que entre los nuestros prestan su apoyo san Hilario en el Salmo 2 y Orígenes en la Homilía 5 sobre los Números, según la cual Moisés recibió en el monte Sinaí de Dios no solo la ley sino también la explicación de la ley, y se le ordenó que escribiera la ley, pero que revelara sus misterios ocultos y sentidos a Josué, y Josué a los sacerdotes, y éstos a su vez a sus sucesores en el oficio, bajo el estricto sello del secreto.

De ahí que Anatolio, citado por Eusebio en el libro VII de su Historia, capítulo 28, refiera que los Setenta Traductores respondieron a las muchas preguntas de Ptolomeo Filadelfo, rey de Egipto, a partir de las tradiciones de Moisés. Y Esdrás, o quienquiera que sea el autor del 4 de Esdrás (el cual, aunque no canónico, tiene su autoridad confirmada por estar adjunto a los libros canónicos), en el capítulo 14, relata el mandato dado a Moisés: «Estas palabras las publicarás abiertamente, y éstas las mantendrás ocultas.» A él mismo igualmente —es decir, a Esdrás—, después de haber dictado 204 libros por inspiración de Dios, se le dio un mandato semejante: «Los escritos anteriores que escribiste,» dice, «ponlos a la vista, y léanlos tanto los dignos como los indignos; pero los últimos setenta consérvalos, para que los entregues a los sabios de tu pueblo; pues en ellos está la fuente del entendimiento, y el manantial de la sabiduría, y el río de la ciencia —y así lo hice.»

Por esta razón Moisés repetidamente —especialmente en el Deuteronomio— quiso que toda cuestión dudosa y difícil del pueblo tocante a la ley fuera referida a los sacerdotes; pues, como dice Malaquías 2, 7: «Los labios del sacerdote guardarán la ciencia, y la ley (es decir, los puntos dudosos de la ley sobre los cuales hay cuestión, dice san Bernardo) buscarán de su boca.» Por esta causa también, cuando el Señor en el Levítico encomendó el estudio a los sacerdotes, les dirige la palabra en el capítulo 10 con estas palabras: «Para que tengáis la ciencia de discernir entre lo santo y lo profano, entre lo impuro y lo limpio, y enseñéis a los hijos de Israel todos mis estatutos, que el Señor les habló por mano de Moisés.» Y para que recordase al sumo sacerdote este deber por encima de todo, Dios quiso que llevase sobre el pectoral de sus vestiduras pontificales «doctrina y verdad», o como está en hebreo, urim vetummim —«iluminación e integridad»—, las dos glorias de la vida sacerdotal, señaladas con ciertos símbolos, para ser portadas y tenidas siempre ante sus ojos. Pero prosigamos.

26. El Profeta regio, gran parte de los escritores sagrados, aquel divino, digo, órgano del Espíritu Santo, reconociendo en ellos aquellas sublimes y arcanas tinieblas, ora con mucha frecuencia, con unas y otras palabras, en el Salmo 118: «Abre mis ojos, y contemplaré las maravillas de tu ley,» donde en hebreo se lee gal enai veabbita, remueve de mis ojos (el velo de la oscuridad, se entiende), y contemplaré claramente las maravillas de tu ley. «Si tan gran profeta,» dice san Jerónimo a Paulino, «confiesa las tinieblas de la ignorancia, ¿con cuánta noche de ignorancia pensamos que estamos rodeados nosotros, pequeñuelos y casi lactantes? Este velo, por cierto, no está puesto solo sobre el rostro de Moisés, sino también sobre los Evangelistas y los Apóstoles; y si no fueren abiertos por aquel que tiene la llave de David, que abre y nadie cierra, cierra y nadie abre, todos los escritos que están escritos no serán descubiertos por ningún otro.»

Oye Jeremías en el capítulo 1: «Antes que te formase en el vientre, te conocí, y antes que salieses del seno materno, te santifiqué, y te di por profeta a las naciones;» y sin embargo exclama: «¡Ay, ay, ay, Señor Dios, he aquí que no sé hablar, porque soy un niño!»

Isaías, en el capítulo 6, vio a un Serafín volar hacia él, y con un carbón encendido abrir su boca destinada a profetizar.

Ezequiel, en el capítulo 2, habiendo contemplado la figura del animal cuadriforme y la gloria del Señor, cae postrado sobre su rostro, y una vez levantado por el espíritu, guarda silencio hasta que igualmente le es abierta la boca.

Daniel, en el capítulo 7, versículo 8, guarda la palabra de Dios en su corazón, pero se turba en sus pensamientos, y su semblante se demuda, y se asombra ante la visión porque falta intérprete; ¿y nosotros nos prometeremos una comprensión más fácil de aquellas mismas profecías, parábolas, enigmas y símbolos que la que tuvieron sus propios autores, o una facundia más elocuente para exponerlas, como si fuese algo natural e innato en nosotros?

27. De modo muy diferente, el Eclesiástico, al pintar al sabio, requiere de él un estudio infatigable unido a la piadosa oración: «El sabio buscará la sabiduría de todos los antiguos, y en los Profetas (o, como tiene la fuente griega, en las profecías) se ocupará; conservará la narración (en griego diegesis —la enarración, la explicación—) de los varones ilustres, y entrará en las sutilezas y agudezas de las parábolas; buscará los sentidos ocultos de los proverbios, y morará entre los secretos de las parábolas; abrirá su boca en oración, y suplicará por sus pecados. Pues si el gran Señor lo quisiere, lo llenará del espíritu de inteligencia, y él mismo enviará como lluvias las palabras de su sabiduría, manifestará la disciplina de su enseñanza, y se gloriará en la ley de la alianza del Señor.»

Los antiguos rabinos de los judíos estaban enteramente consagrados a las sagradas Letras; de ahí que fueran llamados sopherim, grammateis y Escribas; pero después de Cristo, nadie ignora que los rabinos de los hebreos no manejan otra cosa que la Sagrada Escritura, siendo ajenos a todo lo demás.

Célebre es aquel dicho del rabino que, al ser preguntado por su nieto, ávido de ciencias, si le era lícito o le aconsejaba dedicarse también a los autores griegos, respondió irónicamente que le era lícito, con tal de que no lo hiciera ni de día ni de noche: pues está escrito que en la ley del Señor se ha de meditar día y noche.

28. Pasemos al nuevo instrumento de la nueva alianza: san Pedro, habiendo mencionado las epístolas de san Pablo, añade que en ellas hay ciertas cosas «difíciles de entender, que los ignorantes e inconstantes deforman, como también las demás Escrituras, para su propia perdición» (2 Pedro 3); y anteriormente, en el capítulo 1: «Ninguna profecía de la Escritura se hace por interpretación privada; porque la profecía no fue traída en tiempo alguno por voluntad humana, sino que los santos hombres de Dios hablaron inspirados por el Espíritu Santo.»

Su hermano en el oficio y en la corona del martirio, san Pablo, atribuye la capacidad no a las fuerzas naturales del ingenio sino a las distribuciones de gracias del mismo Espíritu, que «a uno le es dada por el Espíritu palabra de sabiduría, a otro palabra de ciencia, a otro fe, a otro gracia de curaciones, a otro operación de prodigios, a otro profecía, a otro discernimiento de espíritus, a otro géneros de lenguas, a otro, en fin, interpretación de discursos» (1 Corintios 12), y que por eso Dios puso en la Iglesia a algunos como Apóstoles, a otros como Profetas, a otros como Doctores. En otro lugar se gloría de haber sido instruido en la ley a los pies de Gamaliel; en otro amonesta a los Pastores y Obispos a que se presenten como obreros que no tienen de qué avergonzarse, manejando rectamente la palabra de la verdad, para que puedan exhortar en la sana doctrina y refutar a los que contradicen. Pero, ¿por qué nos demoramos?

29. Oigamos a Cristo: «Escudriñad las Escrituras,» dice. Es más, Cristo selló este don, junto con el poder taumatúrgico y la potestad de toda clase de milagros, en su testamento a la Iglesia, cuando, a punto de ascender al cielo y despidiéndose de los Apóstoles, les abrió el entendimiento para que comprendiesen las Escrituras.

Con este propósito, en aquella misma época, san Marcos instituyó en Alejandría este estudio cristiano de las sagradas Letras. Se puede ver en Filón el Judío, testigo ocular, en su libro Sobre la vida contemplativa, y en Eusebio, libro XIV de su Historia de los Esenios, cuán asiduamente los esenios —los primeros, digo, de aquellos cristianos alejandrinos— desde el alba hasta la noche dedicaban el día entero a leer, escuchar e indagar los sentidos alegóricos más sublimes a partir de los comentarios de sus padres en los volúmenes sagrados. Desde entonces se echaron los cimientos de la escuela alejandrina, la cual después creció y maravillosamente fue desarrollándose poco a poco, y en los siglos siguientes produjo legiones de Mártires, un coro ilustre de Doctores y Prelados, y luminarias del mundo; y para que midamos a los demás por un solo ejemplo y veamos cuán ávida e infatigablemente recorrieron la carrera de la elocuencia divina, acerca de Orígenes atestigua Eusebio que desde niño había comenzado esta práctica, y acostumbraba recitar y ofrecer a su padre cada día varias sentencias sagradas de memoria, como lección diaria, y no contento con esto, comenzó también a investigar e indagar los sentidos y significados más profundos de ellas. Y cuando fue mayor y se le dio una cátedra, prosiguiendo su empresa día y noche, por esta sola razón aprendió a fondo la lengua hebrea, y recogió de todo el mundo las versiones de diversos traductores, y fue el primero que, con un ejemplo nuevo, elaboró con inmenso trabajo la Héxapla y la Octapla, y las ilustró con escolios.

Tras ellos, en Oriente igualmente, vino aquel áureo par de Doctores de Grecia, Basilio y Gregorio el Teólogo, quienes, refugiándose en la soledad, la quietud y el ocio de un monasterio, durante trece años enteros, apartados todos los libros de los griegos profanos, se dedicaron únicamente a la divina Escritura, y «los volúmenes divinos,» dice Rufino, libro XI de su Historia, capítulo IX, «los estudiaban mediante comentarios no por presunción propia, sino a partir de los escritos y la autoridad de los mayores, quienes constaba que igualmente habían recibido de la sucesión apostólica la regla de interpretación.» ¿Convenía, pues, a tan grandes varones, dotados de tanta sabiduría, ingenio y elocuencia, emplear tantos años en los rudimentos de la Sagrada Escritura; y para nosotros las sagradas Letras se consideran tan fáciles que nos canse dedicarles tres o cuatro años, o si fueren necesarios más, pensemos que hemos desperdiciado todo nuestro aceite y esfuerzo?

Contemporáneo de san Basilio fue san Efrén el Sirio, y cuán estudioso fue de la Sagrada Escritura lo atestiguan sus escritos.

Acerca de las escuelas de Sagrada Escritura instituidas en Nísibis en tiempos del emperador Justiniano, testigo es Junilio Africano, obispo, en su libro a Primasio. Esas mismas escuelas, bajo el mismo emperador, el pontífice Agapito procuró introducir en Roma, como narra Casiodoro en el prefacio de su libro de las Lecturas divinas: «Me esforcé,» dice, «junto con el beatísimo Agapito de la ciudad de Roma, para que, así como se refiere que la institución existió por mucho tiempo en Alejandría, y ahora se dice que se practica con diligencia en la ciudad de Nísibis entre los hebreos sirios, así, reunidos los recursos en la ciudad de Roma, doctores acreditados fuesen más bien recibidos en una escuela cristiana, de donde el alma recibiese la salvación eterna, y la lengua de los fieles fuese nutrida con una elocuencia casta y purísima.»

Así san Dionisio, discípulo del apóstol Pablo, y Clemente, discípulo de san Pedro, enseñan que las Escrituras les fueron transmitidas, para que ellos también las enseñaran a sus propios discípulos, y las transmitiesen a la posteridad en una sucesión continua recibida de mano en mano.

Entre los latinos, el primero que con justicia debe ser contado es san Jerónimo, fénix de su siglo, quien de tal manera se consagró enteramente a esta tarea, que en estas Letras envejeció hasta la extrema canicie, y legó a la Iglesia una versión latina de la Biblia a partir del hebreo, por lo cual ella lo señala como el Doctor máximo en la exposición de las sagradas Escrituras. Célebre es también aquel dicho de san Jerónimo: «Aprendamos en la tierra aquellas cosas cuyo conocimiento permanecerá con nosotros en el cielo;» y: «Estudia como si fueras a vivir siempre; vive como si fueras a morir siempre.» Por esta causa aprendió a fondo el hebreo, así como Catón aprendió las letras griegas en la vejez; por esta causa fue a Belén y a los lugares santos; por esta causa había leído a todos los comentaristas antiguos griegos y latinos, como atestigua san Agustín, y en los prólogos de casi todos sus comentarios expone a cuáles de ellos se propone seguir; y con gravedad suele censurar a aquellos que, sin la gracia de Dios y la enseñanza de los mayores, se arrogan el conocimiento de las Escrituras.

Además, san Agustín, que poseía aquella agudeza de ingenio con la cual había dominado por sí solo las Categorías de Aristóteles, y acostumbraba alcanzar inmediatamente cuanto leía; sin embargo, poco después de su conversión, por consejo de san Ambrosio, libro IX de las Confesiones, capítulo 5, tomando en sus manos al profeta Isaías, inmediatamente aterrado por la profundidad de sus palabras, y no comprendiendo su primera lectura, retrocedió y lo aplazó para cuando estuviera más ejercitado en la palabra del Señor. Y ciertamente mucho después, escribiendo a Volusiano, Epístola 1: «Tan grande,» dice, «es la profundidad de las letras cristianas, que haría progreso en ellas cada día, si intentase aprenderlas solas desde el comienzo de mi vida (nótense estas palabras) hasta la decrépita vejez, con el mayor ocio, el sumo estudio y un ingenio mejor. Pues más allá de la fe, tantas cosas, envueltas en tan múltiples sombras de misterios, quedan por entender a los que avanzan, y tanta profundidad de sabiduría yace oculta no solo en las palabras sino también en las cosas mismas, que a los más ancianos, los más agudos y los más ardientes en deseo de aprender, les sucede lo que la misma Escritura dice en cierto lugar: Cuando el hombre hubiere acabado, entonces comenzará.»

La dificultad se acrecienta por los idiotismos hebreos y griegos esparcidos por doquier, para cuyo conocimiento es necesario el dominio de ambas lenguas, como enseña san Agustín, libro II del De la doctrina cristiana, capítulo 10. Pues lo que está escrito no se entiende por dos razones: si está encubierto por signos o palabras desconocidas o ambiguas. Ni lo uno ni lo otro es raro en cualquier traducción por la cual algo se trasvasa de un idioma a otro. Además, «contra los signos desconocidos,» dice Agustín, capítulos 11 y 13, «un gran remedio es el conocimiento de las lenguas.» Pues hay ciertas palabras que no pueden pasar al uso de otra lengua mediante la traducción; y por docto que sea el traductor, para que no se desvíe del sentido del autor, cuál sea la sentencia misma no aparece sino examinándola en la lengua de la que se traduce. Entre otros ejemplos aduce éste: «Los renuevos bastardos no echarán raíces profundas» (Sabiduría 4, 3); pues el traductor sigue una construcción griega, y como de moschos (becerro) deriva moschevmata, es decir, de «becerro» la palabra «becerrillos»; pero mischevmata son en realidad brotes o propagaciones, vástagos nuevos cortados de un árbol y plantados en la tierra. Ciertamente cuán abundantes en idiotismos hebreos y griegos están los códices sagrados latinos es más claro que la luz, de modo que no sin razón el mismo Agustín, II Retractaciones 5, 54, recuerda haber recogido en siete opúsculos, que aún subsisten, las formas de las frases de la Sagrada Escritura. Esto fue imitado después por Eucherio de Lyon en su libro Sobre las formas espirituales, y tras él por varios otros en este mismo siglo.

San Juan Crisóstomo concuerda con san Agustín, cuando al escribir sobre el Génesis, homilía 21, no duda en afirmar que no hay sílaba ni un solo ápice en las sagradas Letras en cuyas profundidades no se esconda algún gran tesoro; y que por tanto necesitamos la gracia divina, y que, iluminados por el Espíritu Santo, nos acerquemos a los divinos oráculos.

Más se atreve Gregorio Magno, a la vez Pontífice y Doctor: pues al comentar a Ezequiel, reconoce tan numerosos y tan ocultos misterios en los sagrados volúmenes, que asevera que ciertas cosas no reveladas aún a los mortales están abiertas únicamente a los espíritus celestiales.

¿Nos maravillaremos, pues, de que Gregorio, Agustín, Ambrosio, Eusebio, Orígenes, Jerónimo, Cirilo y el coro entero de los santos Padres se afanaran tan intensamente sobre los libros sagrados noche y día? ¿Nos maravillaremos de que envejecieran como príncipes y adalides en esta disciplina, y de que no pusieran otro fin a estos estudios que el fin de sus vidas? ¿Nos maravillaremos de que Jerónimo estudiara bajo Gregorio Nacianceno y Dídimo, Ambrosio bajo Basilio, Agustín bajo Ambrosio, Crisóstomo bajo Eusebio, y los demás bajo sus propios maestros? ¿Nos maravillaremos de que desde el nacimiento mismo de la Iglesia se erigieran escuelas de sagradas Letras? Pues acerca de la escuela alejandrina, madre de tantos Doctores y Prelados, nadie lo duda; acerca de las demás, bastante lo prueban los escritos de los Padres, que, elaborados durante muchos siglos antes de que la Teología se enseñara con el método escolástico, se ocupan casi enteramente de este argumento, de esta única materia.

En Constantinopla hubo en otro tiempo un célebre monasterio que recibió el nombre de Studion de su fundador y del estudio de las sagradas Letras y de una vida más perfecta. Lo presidió san Platón; después de él, Teodoro Estudita, hacia el año del Señor 800, dejó tantos monumentos de su ingenio y piedad sacados de las sagradas Letras, ocupando a sus discípulos en copiarlas al modo de los antiguos monjes; y tanto ausente como presente, trabando fuerte combate y duelo con los emperadores iconoclastas Constantino Coprónimo y León el Isáurico, dio muerte a la herejía y consagró a la memoria eterna los trofeos triunfales de la santa fe.

De Inglaterra, oigamos al Venerable Beda en su Historia inglesa: «Yo,» dice, «entré a los siete años en el monasterio, y allí dediqué todo mi esfuerzo a meditar las Escrituras por toda mi vida, y entre la observancia de la disciplina regular y el cuidado diario de cantar en la iglesia, siempre me fue dulce o aprender, o enseñar, o escribir.» De ahí que subsistan los comentarios de Beda sobre casi todos los libros de la Sagrada Escritura, y ciertamente ni la enfermedad lo detuvo; antes bien, en su última enfermedad trabajó sobre el Evangelio de san Juan, y casi a punto de exhalar el alma, para terminarlo, llamó a un escriba: «Toma,» dijo, «la pluma, y escribe rápidamente,» y finalmente: «Bien, está consumado,» dijo; y entonando su canto de cisne: «Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo,» entregó placidísimamente su espíritu, para ser bienaventurado con la visión de Dios en recompensa por su trabajo por la fe, en el año 731 del parto de la Virgen.

Contemporáneo del Venerable Beda fue Albino, o Alcuino Flaco, quien fue preceptor o más bien compañero íntimo de Carlomagno. Éste enseñaba públicamente las sagradas Letras en York, en Inglaterra; de donde san Ludgero vino desde Frisia a York para escucharlo, y aprovechó tanto que, al regresar a los suyos, mereció el nombre de apóstol de los frisones. Testigos son los Anales de Frisia y el autor de la Vida de san Ludgero.

Entre los belgas, san Bonifacio junto con los suyos, propagando la ley de Cristo, llevaba continuamente consigo un códice del santo Evangelio, hasta tal punto que ni en el martirio lo soltó; antes bien, cuando en el año del Señor 755 los frisones blandieron la espada contra su cabeza, él opuso este códice como escudo espiritual, y por un milagro insigne, aunque el libro fue cortado por la mitad con la espada afilada, ninguna letra fue borrada por aquel corte.

Entre los francos, el rey y emperador Carlomagno, o más bien tres veces máximo —en erudición, piedad y gloria militar—, instituyó escuelas de sagradas Letras tanto en otros lugares como en París (tan antigua es esta academia, que es madre de la de Colonia y abuela de la de Lovaina). Es más, el propio Carlomagno, según Eginardo en su Vida, corrigió con suma diligencia la disciplina de la lectura y el canto. Tan dedicado fue a las sagradas Letras que murió sobre ellas. Atestigua Tegano en la Vida de Ludovico que Carlomagno, cerca de su muerte, habiendo coronado a su hijo Ludovico en Aquisgrán, se entregó enteramente a las oraciones, las limosnas y las sagradas Letras —es decir, corrigió egregiamente los cuatro Evangelios según los textos griego y siríaco estando casi a punto de morir: con razón, pues, el códice de Carlomagno se conserva religiosamente en Aquisgrán, como yo mismo he visto.

Por lo cual, lo que se decretó en el Concilio de Letrán bajo Inocencio III acerca de la cátedra de sagradas Letras ha de considerarse no como un decreto nuevo, sino como uno que renueva y confirma una costumbre antigua. Del mismo modo, el Concilio de Trento procuró, para que aquella costumbre no flaqueara en parte alguna, que en la sesión V estatuyera y sancionara ampliamente acerca de la lectura de la Sagrada Escritura, y ordenara que en todas las asambleas de Canónigos, también de Monjes y Regulares, y en todas las academias públicas, la misma fuese establecida, dotada y promovida; y que tanto los que enseñan como los que estudian, adornados con beneficios eclesiásticos, gozasen en ausencia de la percepción de los frutos concedidos por el derecho común. Y ciertamente, puesto que toda la industria de nuestros enemigos sectarios se afana en esto, en no proclamar sino las Escrituras, avergüéncese el teólogo cristiano y ortodoxo de concederles siquiera un ápice, avergüéncese de ser vencido y superado por ellos; antes bien, que no solo proclamen las palabras de la Sagrada Escritura, sino que también escudriñen su sentido genuino. Así volverán las armas de los herejes contra ellos mismos, y desde la Escritura refutarán y degollarán todas las herejías. Esto lo hizo sólida y exactamente el ilustrísimo Belarmino, defensor de la fe y destructor de herejías, en sus Controversias —obra, por tanto, impenetrable e incomparable, y que desde los tiempos de Cristo hasta ahora la Iglesia no ha visto otra semejante en este género, de modo que con razón puede llamarse muro y antemural de la verdad católica.


Capítulo V: De las disposiciones requeridas para este estudio

V. Y de todo esto es fácil percibir con cuán encendida y constante diligencia conviene aplicarse, y con qué apoyos es necesario fortalecerse. La primera preparación, pues, para que alguien recoja fruto de este estudio, es la lectura frecuente de la Sagrada Escritura, la escucha frecuente, la voz viva del maestro, y la constancia en estas cosas: porque la adivinación está en los labios del maestro, en la enseñanza su boca no errará. Plutarco, en su libro Sobre la educación de los niños, enseña que la memoria es la despensa de las disciplinas. Platón en el Teeteto asevera que la memoria es madre de las Musas, y que la sabiduría es hija de la memoria y la experiencia. Esto tiene lugar tanto en otros campos como especialmente en la Sagrada Escritura, según atestigua san Agustín, libro II del De la doctrina cristiana, capítulo 9, la cual consta de tan gran variedad de asuntos, tantos libros y sentencias. Por esta razón la Iglesia, para ayudar aquí nuestra memoria, nos ha distribuido las porciones de la Biblia en el oficio cotidiano, tanto del Sacrificio de la Misa como de las Horas canónicas, de modo que cada año lo completemos todo. A lo mismo sirven, entre otras cosas, aquella piadosa costumbre de los eclesiásticos y religiosos de que en la cena y el almuerzo, a la mesa, se lea un capítulo de la Biblia, y que, según la antigua usanza de los Padres, los alimentos se sazonen con las sagradas Letras. Así el Concilio de Trento, al inicio mismo de la sesión II, prescribe que en las mesas de los obispos se mezcle la lectura de las divinas Escrituras. Además, no omitan los teólogos lo que está prescrito por las leyes de los más doctos: que mediante la lectura cotidiana se hagan familiar la Escritura.

Así san Agustín, libro II del De la doctrina cristiana, capítulo 9: «En todos estos libros,» dice, «los que temen a Dios y son mansos en la piedad buscan la voluntad de Dios; la primera observancia de esta obra o labor es, como dijimos, conocer estos libros, y si aún no para entenderlos, al menos leyendo encomendarlos a la memoria, o al menos no tenerlos completamente desconocidos; después, con mayor habilidad y diligencia, investigar los sentidos de cada uno.» Y san Basilio en su prólogo a Isaías: «Se requiere,» dice, «un ejercicio asiduo en la Escritura, para que la majestad y el arcano de las palabras divinas se impriman en el alma mediante la meditación perpetua.»

En segundo lugar, una disposición insigne para lo mismo es la humilde modestia del ánimo, acerca de la cual san Agustín, Epístola 56 a Dióscoro: «No fortifiques,» dice, «otro camino para alcanzar y obtener la verdad y la sagrada sabiduría, que el que ha sido fortificado por Aquel que, como Dios, ve la debilidad de nuestros pasos. Éste es: primero la humildad, segundo la humildad, tercero la humildad; y cuantas veces me preguntes, lo mismo diría. Y así, como Demóstenes dio el primer, segundo y tercer lugar en la elocuencia a la pronunciación, así yo en la sabiduría de Cristo daré el primer, segundo y tercer lugar a la humildad, la cual nuestro Señor, para enseñarla, se humilló a sí mismo» —naciendo, viviendo y muriendo.

El mismo, libro II del De la doctrina cristiana, capítulo 41: «Considere,» dice, «el estudioso de la Escritura aquella sentencia apostólica: La ciencia hincha, mas la caridad edifica, y aquella de Cristo: Aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón, para que, arraigados y fundados en la humilde caridad, podamos comprender con todos los Santos cuál sea la anchura, la longitud, la altura y la profundidad —esto es, la Cruz del Señor—, con cuyo signo de la Cruz se describe toda acción cristiana: obrar bien en Cristo, y perseverar adherido a Él y esperar las cosas celestiales. Purificados por esta acción, podremos conocer también la ciencia eminente de la caridad de Cristo, por la cual es igual al Padre, por quien todas las cosas fueron hechas, para que seamos llenos en toda la plenitud de Dios.» Pues «donde hay humildad, allí hay sabiduría,» dice Salomón, Proverbios 11; y Cristo mismo: «Te alabo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque ocultaste estas cosas a los sabios y prudentes, y las revelaste a los pequeños: sí, Padre, porque así fue de tu agrado.»

Y en verdad, si te conocieras a ti mismo, conocerías un abismo de ignorancia. Y ¿qué es, pregunto, comparada con la sabiduría de Dios, comparada con la sabiduría de un ángel, la ciencia del hombre, que poco ha aprendido de Dios e ignora cosas infinitas? Aristóteles, y siguiéndolo Séneca, solían decir que ningún gran ingenio existió sin una mezcla de demencia, ni puede nadie, dice, hablar cosa grande y superior a los demás si su mente no está conmovida; y para esto alaba la embriaguez, aunque rara. He aquí la mente enloquecida, ya sea de Aristóteles o de cualquier ingenio insigne, para filosofar profundísimamente. Por eso san Bernardo bellamente dice, sermón 37 sobre el Cantar de los Cantares: «Es necesario,» dice, «que el conocimiento de Dios y de sí mismo preceda a nuestra ciencia; sembrad para vosotros en justicia y cosechad la esperanza de la vida, y entonces por fin la luz de la ciencia os iluminará; para esto, pues, no se produce rectamente si la semilla de la justicia no precede al alma, de la cual se forme el grano de la vida, no la paja de la gloria.» Y san Gregorio en el prefacio de sus Morales, capítulo 41: «El discurso divino de la Sagrada Escritura,» dice, «es un río llano y profundo, en el que el cordero puede caminar y el elefante puede nadar.»

De esta humildad se sigue la mansedumbre y la paz del ánimo, las más capaces de toda sabiduría; pues así como las aguas, si no son agitadas por ningún soplo de viento o de aire, sino que permanecen inmóviles, son limpidísimas, y reciben claramente cualquier imagen que se les presenta, y ofrecen al que mira un espejo perfectísimo: así la mente, libre de tormentas y pasiones, en este tranquilo silencio de la paz, con limpidez ve agudamente, y concibe con toda claridad toda verdad, y con agudo juicio percibe las cosas sin perturbación. San Agustín, Del sermón del Señor en el monte, sobre el texto Bienaventurados los pacíficos, porque serán llamados hijos de Dios: «La sabiduría,» dice, «conviene a los pacíficos, en quienes todas las cosas están ya ordenadas, y ningún movimiento se rebela contra la razón, sino que todo obedece al espíritu del hombre, puesto que él mismo obedece a Dios.»

Compañera de la paz es la pureza de la mente, que es la tercera disposición, aptísima para esta disciplina. «¡Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios!» Si a Dios, ¿por qué no también las palabras de Dios? Por el contrario, «en un alma malvada no entrará la sabiduría, ni habitará en un cuerpo sometido a los pecados. Porque el Espíritu Santo de la disciplina huirá del fingido, y se apartará de los pensamientos que están sin entendimiento, y será corregido por la iniquidad sobreviniente» (Sabiduría 1, 4). San Agustín había dicho en los Soliloquios: Dios, que quisiste que solo los limpios de corazón conociesen la verdad; lo retracta en I Retractaciones, capítulo 4. Pues muchos, dice, de corazón impuro conocen muchas cosas verdaderamente; pero sin embargo, si fuesen de corazón puro, las conocerían más plenamente, más claramente, más fácilmente; y solo los limpios de corazón alcanzarán la verdadera sabiduría, que de un conocimiento sabroso fluye al afecto y a la práctica, que es la ciencia de los Santos.

San Antonio, según refiere Atanasio: Si alguno, dice, está poseído del deseo de conocer incluso las cosas futuras, tenga puro el corazón; porque creo que un alma que sirve a Dios, si ha perseverado en aquella integridad en que fue regenerada, puede saber más que los demonios; de donde al propio Antonio todas las cosas que deseaba saber le eran pronto reveladas por Dios.

Lo mismo enseñó con su palabra y su ejemplo aquel gran san Juan Anacoreta, según refiere Paladio en la Historia Lausíaca, capítulo 40.

San Gregorio Nacianceno, según refiere Rufino, mientras se dedicaba a los estudios en Atenas, vio en sueños que, estando sentado leyendo, dos hermosas mujeres se habían sentado a su derecha y a su izquierda; mirándolas con ojo más bien severo por instinto de castidad, les preguntó quiénes eran y qué deseaban; pero ellas, abrazándolo más íntima y ardientemente, dijeron: No lo tomes a mal, joven; te somos bien conocidas y familiares: pues una de nosotras se llama Sabiduría, y la otra Castidad; y hemos sido enviadas por el Señor para habitar contigo, porque nos has preparado en tu corazón una morada grata y limpia. He aquí las hermanas gemelas, la castidad y la sabiduría.

Esta pureza consagró a santo Tomás, el Doctor Angélico; él mismo lo insinuó cuando, a punto de morir, dijo a su Reginaldo: «Muero lleno de consuelo, porque cuanto pedí al Señor lo obtuve: primero, que ninguna afición a lo carnal o temporal infectase la pureza de mi mente ni ablandase su fortaleza; segundo, que desde el estado de humildad no fuese elevado a prelaturas ni a mitras; tercero, que conociese el estado de mi hermano Reginaldo, tan cruelmente abatido: pues lo vi en la gloria, y me dijo: Hermano, tus asuntos están en buen lugar; vendrás a nosotros, pero una gloria mayor se te prepara.»

San Buenaventura refiere que san Francisco, aunque iletrado, pero de mente purísima, al ser consultado de vez en cuando por Cardenales y otros sobre las más arduas dificultades de la Sagrada Escritura y la Teología, respondía tan atinada y sublimemente que superaba con mucho a los doctores teólogos.

Pues lo que se dice en la Vida de san Zenobio es verisísimo: «Sobre todo, florecen los ingenios de los Santos, y la propia pureza del alma, incluso para conjeturar las cosas futuras, recoge los resultados de los indicios más pequeños.» Pues, como rectamente dice Filón aunque judío: «Los legítimos adoradores de Dios sobresalen en la mente; porque el verdadero sacerdote de Dios es al mismo tiempo también profeta; por eso nada ignora; pues tiene dentro de sí el sol inteligible» —a saber, como rectamente dice Boecio, «aquel esplendor por el que el cielo se rige y prospera, evita las oscuras ruinas del alma, y sigue a la mente resplandeciente.»

Así el Cardenal Hosio, presidente del Concilio de Trento, varón integérrimo e insigne azote de Lutero, entre otras cosas, cuando Andrés Dudecio, obispo de Tinnin, actuaba como legado del Clero húngaro en el Concilio de Trento y era objeto de veneración y admiración de los demás por su elocuencia, solo a Hosio le resultó sospechoso; pues Hosio repetía que le amenazaba el peligro de apostasía de la fe y que se haría hereje. Y así sucedió: aquel apóstata huyó al campo de Calvino. Preguntado Hosio de dónde lo había previsto, respondió: Solo por la soberbia del hombre; pues su ánimo, percibiendo que era tenaz de su propio juicio, presagiaba que caería en esa fosa.

En cuarto lugar, aquí se necesita la oración, como canal e instrumento celestial por el cual saquemos de Dios mismo el sentido de la palabra de Dios. San Agustín escribió un libro Sobre el maestro, en el que enseña que es verisísimo aquel dicho de Cristo: «Uno solo es vuestro maestro, Cristo,» y en I Retractaciones, capítulo 4, retracta lo que había dicho en otro lugar, que hay muchos caminos hacia la verdad, siendo que solo hay uno, a saber Cristo, camino, verdad y vida. La ciencia y predicción de los Profetas fue, pues, divina; y porque divina, certísima, sublimísima, amplísima, providentísima.

San Gregorio refiere, II Diálogos, capítulo 35, que el bienaventurado Benito, orando una tarde junto a una ventana, vio una luz tan grande que vencía al día y ahuyentaba todas las tinieblas, y en esta luz, dice, todo el mundo, como recogido bajo un solo rayo de sol, fue puesto ante sus ojos; y entre otras cosas, en el esplendor de esta luz fulgurante, vio el alma de Germano, obispo de Capua, ser llevada al cielo por los ángeles en una esfera de fuego. Entonces Pedro pregunta cómo el mundo entero pudo ser contemplado por sus ojos.

Que el Espíritu Santo se posaba sobre san Gregorio Magno en forma de paloma —cuya primera alabanza está en la tropología— mientras escribía y comentaba, lo atestigua el testigo ocular Pedro el Diácono.

Por lo cual aquel divino catequista de Justino Mártir, al recomendarle la lectura de las sagradas Letras, le dio asimismo este método: «Tú, empero, con oraciones y súplicas ante todo, desea que se te abran las puertas de la luz: pues estas cosas no son percibidas ni entendidas por nadie, a menos que Dios y Cristo le hayan concedido la inteligencia.» No es sin razón, pues, que santo Tomás, príncipe de la Teología escolástica y versatilísimo en las Escrituras, al exponer los libros sagrados, acostumbraba poner tanta esperanza en aplacar a la Divinidad, que para entender un pasaje más difícil de la Escritura, además de la oración, se refiere que solía también recurrir al ayuno. Por tanto, ante todo debemos apoyarnos en las oraciones y en Dios, para que Él mismo nos introduzca en este santuario suyo, y se digne abrir los sagrados oráculos.

Y de esto se seguirá, por último, lo más oportuno para esta disciplina: que nuestra mente, purgada de la escoria terrena, y disipadas las nubes de las pasiones, hecha santa y sublime, sea apta e idónea para beber estas enseñanzas celestiales. Pues, como bellamente dice el Niseno, nadie puede contemplar aquella luz divina y afín, que se discierne con la mente misma, con sentido libre y desocupado, cuando dirige su mirada, por un prejuicio perverso y de ánimo inexperto, hacia las cosas bajas y lodosas. Por tanto, para que pueda penetrar las venas y la médula de las sentencias celestiales, y contemplar con limpidez sus profundos y recónditos misterios, es menester que el ojo del corazón sea elevado y santo.

San Bernardo no duda en afirmar (en su carta a los Hermanos de Mont-Dieu) que nadie entrará en el sentido de Pablo si antes no ha bebido su espíritu, ni entenderá los cánticos de David si antes no se ha revestido de los santos afectos de los Salmos; y que en todo las sagradas Letras deben ser entendidas con el mismo espíritu con que fueron escritas. Y admirablemente en su comentario al Cantar de los Cantares: «Esta verdadera y genuina sabiduría,» dice, «no se enseña con la lectura, sino con la unción; no con la letra, sino con el espíritu; no con la erudición, sino con el ejercicio en los mandamientos del Señor. Os equivocáis, os equivocáis, si pensáis encontrar entre los maestros del mundo lo que solo los discípulos de Cristo, esto es, los despreciadores del mundo, alcanzan por don de Dios.»

Relata Casiano que Teodoro, monje santo, tan iletrado que ni siquiera conocía el alfabeto, pero tan perito en los volúmenes divinos que era consultado por los más doctos, solía decir: Más hay que trabajar en extirpar los vicios que en recorrer los libros; porque, expulsados aquéllos, los ojos del corazón, admitiendo la luz celestial, retirado el velo de las pasiones, comienzan naturalmente a contemplar los misterios de la Escritura. Es más, esta santidad de vida enseñó a los Franciscos, los Antonios y los Pablos —hombres iletrados— los altísimos misterios y arcanos de las palabras de Dios por encima de todos.

De modo semejante, san Bernardo, meditando, alcanzó la inteligencia de las sagradas Letras, y de ahí aquella sabiduría y la facundia de su elocuencia meliflua; y por eso él mismo solía decir repetidamente que en el estudio de la Sagrada Escritura no había tenido otros maestros que las hayas y los robles, entre los cuales, orando y meditando, le parecía ver toda la Sagrada Escritura propuesta y expuesta ante sí, como dice el autor de su Vida, libro III, capítulo 3, y libro I, capítulo 4.

Lo mismo exactamente sucedió a los Profetas. Existe aquel conocido dicho de Jámblico: que la doctrina de Pitágoras, por haber sido transmitida divinamente (como él mismo había persuadido falazmente a sus discípulos), no podía entenderse sino con algún dios que la interpretase; y que por tanto el discípulo debía implorar la ayuda de Dios, de la que tan grandemente necesita.

Los judíos, desterrados de Dios, se arrastran por el suelo y se aferran tan firmemente a la corteza seca de los libros sagrados que nada gustan de la dulzura de la médula —meros charlatanes de bagatelas y fabricantes de fábulas. Los herejes, porque atraviesan tan vasto e incierto mar, fiados en los remos y velas de su propio ingenio, sin fijar la mirada en la Cinosura ni en estrella celeste alguna, nunca llegan al puerto y siempre son zarandeados en medio de las olas; y lo que leen hasta la náusea no lo entienden, sino lo que —como esclavos del vientre— arrebatan y al arrebatar raptan tocante a la libertad del estómago y los placeres subventrales. No se necesita aquí, pues, un nadador delio, sino la guía del Espíritu Santo y de los moradores del cielo, y con los ojos fijos en María, Estrella del Mar que lo ilumina, debemos emprender esta navegación: ella llevará la antorcha delante de nosotros.

Daniel, varón de deseos, alcanzó mediante la oración el sueño del rey caldeo y el número de los 70 años de destierro de Israel anotado por Jeremías, y fue instruido por Gabriel.

Ezequiel, con la boca abierta (dirigida, se entiende, a Dios), fue alimentado por Dios con un libro en el que lamentaciones, un cántico y un ay estaban escritos por dentro y por fuera.

Gregorio, llamado el Taumaturgo, devoto de la Santísima Virgen, por su amonestación y mandato en un sueño, recibió de san Juan la explicación del inicio de su Evangelio, en un símbolo divinamente promulgado que pudiera oponer a los origenistas; la fuente es el Niseno en su Vida, quien también refiere dicho símbolo.

A san Juan Crisóstomo, cuya devoción a san Pablo fue tan grande, mientras dictaba comentarios sobre sus epístolas, alguien con la apariencia de san Pablo fue visto de pie junto a él, susurrándole al oído lo que debía escribir.

Ambrosio, si creemos a san Paulino en la relación de sus hechos, cuando trataba las Escrituras en un sermón, fue visto asistido por un ángel.

Por tanto, si con alma santa, si fiado en las oraciones y confiando en Dios te acercas a esta obra, y si se pone diligente laboriosidad de modo que no pase día en que (como san Jerónimo refiere de Cipriano que leía a Tertuliano a diario) no hagas aquella petición: «¡Dame al Maestro!» —con rápida facilidad superarás cuanta dificultad haya aquí, y lo que reluce en la corteza de la sabiduría te reconfortará, pero lo que está en la médula de la riqueza celestial te nutrirá más suavemente. Ni temerás finalmente ni al más indolente hereje, aunque sepa de memoria toda la obra bíblica: pues éste es prácticamente todo su estudio, con el cual nos atacan. Conviene salirles al encuentro con las mismas armas, y reclamar lo nuestro de estos injustos poseedores; de modo que, trabando audazmente combate cuerpo a cuerpo con ellos de esta manera, los venzamos con sus propias armas. Ni tampoco temerás la cátedra profesoral, por docta y célebre que sea, sino seguro y confiado, abundantemente provisto de sentencias eruditas y sólidamente instruido con las genuinas doctrinas sagradas, harás de Predicador. Es más, la Teología escolástica de ningún modo tendrá esto por daño suyo, sino que de buen grado, como recibiendo a una ayudante para su hermana, le tenderá la diestra, y repartirá los trabajos para bien de ambas.


Método del autor (parágrafo 48)

48. En cuanto a lo que a mí respecta, sé y siento cuán grande es la carga que llevo y cuán impracticable el camino que debo recorrer: pues una cosa es, con mucho, desenrollar largos comentarios, a menudo con fruto incierto; otra muy distinta rendir brevemente el sentido a partir de los Padres, unir lo histórico con lo alegórico, y distinguir lo uno de lo otro. Sé, siguiendo la guía del Nacianceno (Oración 2, Sobre la Pascua), que hay que avanzar por un camino medio entre quienes, con un entendimiento más tosco, se aferran a la letra, y quienes se deleitan en exceso solo con la especulación alegórica: pues lo primero es judaico y abyecto, lo segundo inepto y digno de un intérprete de sueños, y ambos igualmente merecedores de censura. Y como enseña san Agustín (La ciudad de Dios, libro XVII, capítulo 3), me parecen muy audaces los que pretenden que todo en las Escrituras está envuelto en significaciones alegóricas, como Orígenes se excedió en este extremo cuando, huyendo —o más bien destruyendo— la verdad histórica, a menudo sustituye en su lugar algo simbólico: cuando quiere que la formación de Eva de la costilla de Adán se tome espiritualmente; los árboles del paraíso como fortaleza angélica; las túnicas de pieles como cuerpos humanos; e interpreta muchas cosas semejantes místicamente, y «hace de su propio ingenio» —ciertamente demasiado eminente— «los Sacramentos de la Iglesia,» como dice Jerónimo, libro V sobre Isaías. Y por eso incurrió en aquella censura: «Donde Orígenes es bueno, nadie mejor; donde malo, nadie peor.» Así Casiodoro. Pero ¿quién será nuestro Edipo que distinga y defina estas cosas? Lo que san Jerónimo dijo de los sacerdotes —«Muchos sacerdotes, pocos sacerdotes de verdad»—, yo lo diré verdaderamente aquí de los intérpretes: Muchos intérpretes, pocos intérpretes de verdad. Ambrosio y Gregorio ofrecen casi exclusivamente el sentido místico; Agustín, Crisóstomo, Jerónimo y los demás Padres tejen ora el histórico, ora el místico en el mismo curso de su discurso, de modo que más que una piedra de toque lidia hace falta para rastrear en los Padres el sentido histórico, que es el fundamento. ¿Y cuántos intérpretes hay que, imbuidos en las fuentes griegas y hebreas, hayan rendido su genuina fraseología y las hayan conciliado con exactitud con nuestra edición? ¿Qué, pues? Veo que aquí hay que trabajar y esforzarse, para que leyendo mucho e indagando mucho, imitando a las abejillas, produzca de una selección escogida un panal de las flores más aptas para el propósito: de modo que primero rastree el sentido histórico con exacta investigación; donde sea diverso entre diversos autores, lo indique; y en tan grande multitud de opiniones, que a menudo mantiene y perturba a oyentes ansiosos y vacilantes, prefiera y elija la más consonante con el texto. En esto siempre he sostenido que la edición Vulgata ha de ser defendida, por decreto del Concilio de Trento. Pero donde el hebreo parezca discrepar, intentaré mostrar que concuerda con la Vulgata, para que respondamos a los herejes; y si sugieren alguna otra interpretación piadosa o erudita, no contraria a la nuestra, la aduciré —pero de tal modo que rinda el hebreo en palabras latinas, para que los que no saben hebreo lo entiendan, y los que lo saben consulten las fuentes; pero esto con parquedad y solo donde la materia lo requiera.

En cuanto a los rabinos, no tendré trato alguno con ellos, salvo en la medida en que concuerden con los doctores católicos, o sigan a los cristianos —y especialmente a san Jerónimo— tácitamente bajo un nombre oculto, como se ha descubierto en muchos casos. Por lo demás, esta clase de hombres es común, abyecta, torpe y despojada de toda erudición desde que Jerusalén fue destruida, por lo cual toda la nación yace despojada y abandonada de reino, ciudad, gobierno, templo y letras, conforme a la profecía de Oseas: sin rey, sin príncipe, sin sacrificio, sin altar, sin efod, sin terafim. En cuanto al sentido místico, tan lejos estaré de inventarlo yo mismo, que siempre lo atribuiré a sus autores, y donde sea más ilustre lo abrazaré brevemente; de lo contrario, señalaré con el dedo dirigido a las fuentes donde ha de buscarse. Además, haré todo esto con mayor brevedad de la que usé en las Epístolas paulinas, para que en pocos años y volúmenes (si Dios concede fuerzas y gracia) complete el curso bíblico entero. Pero cuán infatigable labor y estudio se requiere aquí, para consultar con agudo juicio los textos griegos, hebreos, latinos, siríacos, caldeos y las variantes de lectura de los códices; para desenrollar a los Padres griegos, los latinos, a los intérpretes más recientes que divergen en las más opuestas direcciones, y tan prolijos; para emitir juicio sobre cada uno; qué es error, qué de fe, qué cierto, qué probable, qué improbable, qué literal, qué es más genuinamente el sentido, qué alegórico, tropológico, anagógico; y destilarlo todo y comprimirlo en tres palabras; a menudo descubrir uno mismo el genuino sentido literal y ser el primero en romper el hielo —no lo crea nadie sino quien lo haya experimentado.


Peroración y conclusión de la Sección Primera

Feliz el oyente y lector que goza de todo este trabajo en el compendio del maestro. El maestro debe desear el martirio, y por la sangre consagrar y derramar a Dios sus más nobles facultades, y con ellas los ojos, el cerebro, la boca, los huesos, los dedos, las manos, la sangre, cada gota de vigor y la vida misma, y con un lento martirio devolverlo a Aquel que primero dio lo suyo, Dios, por nosotros pobres mortales. «Mi fortaleza la guardaré para ti»: no buscaré el lucro, ni el aplauso, ni el humo de la gloria; que reprendan, alaben, aplaudan, silben —no me detendré. No soy tan necio, ni de ánimo tan pusilo, como para vender mis trabajos y mi vida por tan vil vanidad. ¿Quién, si como santo Tomás despidiéndose del mundo, oyera de Cristo en la cruz: «Bien has escrito de mí, Tomás; ¿qué recompensa, pues, recibirás?» no respondería al punto con él: «Ninguna otra sino a Ti, Señor» —mi recompensa sobremanera grande? El mundo está crucificado para mí, y yo para el mundo; mis obras no son mías, sino dones tuyos; te devuelvo lo que es tuyo; tú enseñaste mi infancia, mostraste el camino donde no había camino, robusteciste la debilidad tanto de la mente como del cuerpo, disipaste las tinieblas con tu luz: porque las cosas débiles del mundo escoges, para confundir las fuertes; y las cosas innobles del mundo, y las despreciables, y las que no son, para destruir las que son, a fin de que ninguna carne se gloríe en tu presencia, sino que el que se gloría, en ti solo se gloríe. ¿Qué, pues? Todos los frutos, nuevos y viejos, amado mío, los he guardado para ti: yo soy de mi amado, y mi amado es mío, que apacienta entre lirios; ponme como sello sobre tu corazón, como sello sobre tu brazo, porque fuerte es como la muerte el amor, dura como el infierno la emulación; manojito de mirra es mi amado para mí, entre mis pechos morará; y después de esta mirra, racimo de Chipre es mi amado para mí, en las viñas de Engadí. Para que esto lo conceda abundantemente, rogaré sin cesar a todos los Santos, y especialmente a mis patronos, la Virgen Madre de la eterna Sabiduría, san Jerónimo, y Moisés a quien tengo entre manos, para que así como san Pablo asistió a san Juan Crisóstomo, así él mismo me asista como maestro angélico, y sea para mí al escribir, para otros al leer, para ambos al entender, y al poseer la misma sabiduría, al querer, al realizar, y al enseñar y persuadir a otros en estas cosas, guía y maestro, para la perfección de los santos, para la obra del ministerio, para la edificación del cuerpo de Cristo, hasta que todos lleguemos a la unidad de la fe y del conocimiento del Hijo de Dios, al varón perfecto, a la medida de la estatura de la plenitud de Cristo —que es nuestro amor, nuestro fin, nuestra meta, y el término de toda nuestra carrera, estudio, vida y eternidad.

Amén.


Sección Segunda: Sobre el uso y fruto del Pentateuco y del Antiguo Testamento

Hay quienes sostienen que el Antiguo Testamento es, por así decirlo, propio de los judíos y no igualmente útil o necesario para los cristianos; y que basta al teólogo si conoce los Evangelios, si lee y entiende las Epístolas, se persuaden a sí mismos. Esta persuasión, por ser práctica, es un error práctico; pues si fuera especulativa, sería herejía; ambas son dañinas, ambas deben eliminarse.


Herejías que proscriben el Antiguo Testamento

51. Fue herejía de Simón Mago y de sus seguidores, después de Marcón, y de Cúrbico el Persa (a quien los suyos llamaron Manes y Maniqueo, como si derramara maná, a modo de honor), y de los albigenses, y recientemente de los libertinos, y también de ciertos anabaptistas, quienes proscribieron el Antiguo Testamento juntamente con Moisés — pero por causas diversas. Simón, los maniqueos y los marcionitas enseñaron que el Antiguo Testamento fue producido por un poder siniestro y por ángeles malvados: pues este Testamento, dicen, describe a cierto Dios que habitó en las tinieblas desde la eternidad antes de la luz, que prohibió al hombre comer del árbol de la ciencia del bien y del mal, que se ocultó en un rincón del paraíso, que necesitó de ángeles guardianes para el paraíso, que se vio perturbado por la ira, el celo y aún los celos — iracundo, vengativo, ignorante, y preguntando: «Adán, ¿dónde estás?» Los libertinos establecieron no la letra, sino su propia razón e inclinación, como guía de la fe y las costumbres. Los anabaptistas se glorían de ser movidos y enseñados por el entusiasmo del espíritu. Nuestra época — que ha visto toda clase de monstruosidades — vio a un fanático que sacó a la luz un triunvirato de blasfemia sobre los tres impostores del mundo: Moisés, Cristo y Mahoma (me estremezco de continuar).

Más tolerable es la persuasión de aquellos de los nuestros que alegan ya la falta de tiempo, ya el trabajo, ya la inutilidad, como excusa para descuidar el Antiguo Testamento; pero en realidad yerran, y el error de todos vuelve a lo mismo al final — un error, digo, porque pugna con Moisés, con los Profetas, con los Apóstoles, con el sentir de la Iglesia, con los Padres, con la razón, con Cristo, con Dios Padre y con el Espíritu Santo.


Argumentos en favor del Antiguo Testamento

Con Moisés, Deuteronomio 17, 8: «Si,» dice, «percibieres que ha surgido entre vosotros un juicio difícil y ambiguo, etc., haréis cuanto dijeren los que presiden en el lugar que el Señor hubiere elegido, y lo que os enseñaren conforme a su ley.» ¿Quién no ve aquí que las controversias sobre la fe, las costumbres y los ritos, tanto nuevas como antiguas, deben juzgarse por la ley de Dios, y que los sacerdotes y los teólogos, para dirimirlas, deben servirse de la ley como piedra de toque lidia? Por tanto, deben aplicarse a la ley, tanto antigua como nueva.

Con los Profetas. Pues Isaías, capítulo 8, versículo 20, clama: «A la ley más bien, y al testimonio.» Y Malaquías, capítulo 2, versículo 7: «Los labios del sacerdote guardarán la ciencia, y de su boca buscarán la ley.» Y David, Salmo 118, 2: «Bienaventurados los que escudriñan sus testimonios.» Y versículo 18: «Abre mis ojos, y consideraré las maravillas de tu ley.»

Con los Apóstoles. «Tenemos,» dice San Pedro, Segunda Epístola, capítulo 1, versículo 19, «la palabra profética más firme, a la cual hacéis bien en prestar atención, como a una lámpara que brilla en lugar oscuro.» Y Pablo alaba a Timoteo, Segunda Epístola, capítulo 3, versículo 14, porque desde la infancia había aprendido las Sagradas Letras (las antiguas, por supuesto, que eran las únicas que existían en aquel tiempo), «las cuales,» dice, «te pueden instruir para la salvación, mediante la fe que es en Cristo Jesús. Toda Escritura divinamente inspirada es útil para enseñar, para argüir, para corregir, para instruir en la justicia, a fin de que el hombre de Dios sea perfecto, preparado para toda obra buena.»

Con Cristo. «Escudriñad las Escrituras,» dice, Juan 5, 39. No dijo, comenta Crisóstomo, «Leed las Escrituras,» sino «Escudriñad» — esto es, con trabajo y diligencia desenterrad los tesoros ocultos de las Escrituras, así como quienes diligentemente buscan oro y plata en las vetas metalíferas.

53. Con el sentir de la Iglesia. Pues ella, en los sagrados ritos, en las mesas, en las bibliotecas, en las cátedras, presenta y propone el Antiguo Testamento al igual que el Nuevo, como su fidelísima guardiana. Ella, en el Concilio de Trento, en todo el primer capítulo Sobre la Reforma, manda que la lectura perpetua de la Sagrada Escritura sea restituida y establecida en todas partes. Ella obliga a los obispos, como futuros antístites de la Iglesia, a comprometerse antes de la consagración a que conocen tanto el Antiguo como el Nuevo Testamento — respuesta y compromiso que, aunque Silvestre y otros suavizan con una interpretación más benigna, sin embargo de ello se inyectó un escrúpulo en algunos varones más prudentes, que pesaban religiosamente las palabras mismas, de modo que por esta causa rehusaron el episcopado, para no obligarse con un compromiso falso.

Con el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo. Pues ¿a qué fin la Santísima Trinidad conservó el Antiguo Testamento durante cuatro mil años, tan sano e íntegro, a través de tantas tempestades de guerras y reinos — sino porque quiso que fuese leído por nosotros, como en Josué capítulo 1, versículo 8: «No se aparte,» dice, «de tu boca el libro de esta ley, sino que meditarás en él día y noche»? ¿A qué fin castigó con tan severa venganza a quienes lo profanaron?

Josefo y Aristeas refieren, en el libro Sobre los Setenta Intérpretes, que el ilustre Teopompo, cuando quiso adornar algo de los sagrados volúmenes hebreos con elocuencia griega, fue herido con agitación y perturbación de la mente, y se vio obligado a desistir de su empresa. Y cuando, orando a Dios, buscó saber por qué le había sucedido esto, recibió un oráculo divino: que había contaminado las Letras divinas. Y que Teodectes, escritor de tragedias, cuando quiso trasladar algunas cosas de las Escrituras judías a una pieza teatral, pagó esta temeridad con la ceguera: pues fue inmediatamente herido, y privado y despojado de la vista — hasta que, reconociendo la culpa de su audacia, ambos hicieron penitencia por lo que habían hecho y obtuvieron perdón de Dios, y el uno fue restituido a sus ojos, el otro a su mente.


La versión de los Setenta y los traductores griegos

¿A qué fin, 250 años antes de Cristo, infundió en la mente de Ptolomeo Filadelfo, hijo de Ptolomeo Lago (quien había sucedido a su hermano Alejandro Magno en el reino de Egipto), que eligiese, por medio del pontífice Eleazar, seis de los varones más doctos de cada tribu de los hebreos — esto es, 72 intérpretes — para traducir el Antiguo Testamento del hebreo al griego, y los asistió de tal modo que en el espacio de 70 días, con el acuerdo unánime de todos, completaron la obra, y convinieron no solo en los mismos sentidos sino hasta en las mismas palabras — y esto, si creemos a Justino, Cirilo, Clemente de Alejandría y Agustín, cuando cada uno forjaba su propia versión por separado en una celda diferente? ¿A qué fin dispuso Filadelfo que esta versión de los Setenta fuera depositada, por medio de Demetrio, prefecto de la biblioteca de Alejandría, juntamente con los manuscritos hebreos, en su biblioteca, y cuidadosamente conservada? En efecto, Tertuliano en su Apologético atestigua que fue conservada allí hasta sus propios tiempos. Claramente quiso Dios que estas cosas fuesen confiadas a las naciones griegas, y por medio de ellas a los latinos — a nosotros, digo, y a nuestros teólogos — y distribuidas por todas las partes del mundo, por las academias y las ciudades.

54. ¿A qué fin, después de Cristo, dio o procuró tantos otros intérpretes, testigos y custodios de la misma antigua Escritura? El segundo intérprete de la Sagrada Escritura del hebreo después de los Setenta, según Epifanio, fue Aquila del Ponto, quien en el año 12 del emperador Adriano tradujo la Escritura hebrea al griego; pero porque desertó de los cristianos a los judíos, su fidelidad no es suficientemente fidedigna.

Después de él, con mayor fidelidad, vino Teodoción, judío prosélito aunque antes marcionita, bajo el emperador Cómodo, cuya versión del libro de Daniel la Iglesia recibió y sigue. El cuarto, bajo el emperador Severo, fue Símaco, primero ebionita, después judío. El quinto fue un traductor anónimo, cuya versión fue hallada en ciertas tinajas en la ciudad de Jericó, en el año séptimo de Caracalla, que sucedió a su padre Severo. El sexto fue igualmente un traductor anónimo, hallado de manera similar en tinajas en Nicópolis, bajo el emperador Alejandro, hijo de Mamea. Estos dos son comúnmente designados como la quinta y la sexta edición.

Orígenes recogió todas estas y a partir de ellas compuso sus Tetrapla, Hexapla y Octapla; también corrigió la corrupta versión de los Setenta, y tan bien que su edición fue recibida por todos y considerada y llamada la «común». El séptimo fue San Luciano, presbítero y mártir, bajo Diocleciano, quien emprendió una nueva edición del hebreo al griego.

Finalmente, San Jerónimo, sol de la Iglesia Latina, por mandato del Bienaventurado Dámaso, tradujo la antigua Escritura del hebreo al latín, cuya versión, llamada ahora Vulgata desde hace mil años, la Iglesia sigue y aprueba públicamente, con pocas excepciones. ¿A qué fin, pregunto, proveyó Dios todas estas cosas tan laboriosamente, tan estudiosamente, sino para transmitirnos este sagrado tesoro de los libros antiguos, incontaminado, para ser leído, enseñado y estudiado?


La defensa de los Padres del Antiguo Testamento

55. Esta persuasión pugna con los Padres; pues San Agustín escribió, en defensa de la verdad y utilidad del Pentateuco y del Antiguo Testamento, no menos de 33 libros Contra Fausto, y nuevamente dos libros Contra el Adversario de la Ley y los Profetas. Tertuliano escribió por la misma causa cuatro libros Contra Marcón. Todos sin excepción trabajaron en desenvolver y explicar sus libros. Basilio, y su seguidor o intérprete San Ambrosio, escribieron libros del Hexamerón sobre el Génesis, sobre los Salmos y sobre Isaías. Orígenes escribió 46 libros sobre el Génesis, Crisóstomo 32 homilías.

Sobre el Pentateuco, Cirilo escribió 17 libros Sobre la Adoración en Espíritu y Verdad; del mismo, San Agustín, Teodoreto, Beda, Procopio y Jerónimo publicaron cuestiones y frases. Y con razón: pues, como dice San Ambrosio en la Epístola 44, la divina Escritura es un mar, que tiene dentro de sí sentidos profundos, y la profundidad de los enigmas proféticos, esto es, del Antiguo Testamento.

San Jerónimo, en el Prefacio a la Epístola a los Efesios, Sobre el Estudio de la Sagrada Escritura: «Nunca,» dice, «desde mi juventud cesé de leer, ni de preguntar a hombres doctos sobre lo que yo ignoraba; nunca me hice (como la mayoría) mi propio maestro. Finalmente, muy recientemente, por esta causa sobre todas las demás, fui a Alejandría, para ver a Dídimo y consultarle sobre todas las dudas que tenía en las Escrituras.» San Agustín, en el libro II de La Doctrina Cristiana, capítulo 6, enseña que fue divinamente provisto que el estudio de una Sagrada Escritura tan intrincada y difícil apartase al hombre tanto de la soberbia como del tedio. «Admirable,» dice el mismo, libro XII de las Confesiones, capítulo 14, «es la profundidad de tus palabras, Señor, cuya superficie, he aquí, está ante nosotros, halagando a los pequeños, pero admirable es la profundidad, Dios mío, admirable profundidad; es espantoso contemplarla: un espanto de honor y un temblor de amor.» De donde también en la Epístola 119: «Yo,» dice, «en las Sagradas Escrituras mismas, confieso que desconozco mucho más de lo que sé.»

Y para concluir este argumento, Santo Tomás, príncipe de los Escolásticos, nos dio un ejemplo ilustre de que debemos unir inseparablemente la teología escolástica con la Sagrada Escritura, como si fueran hermanas. Conocéis cuál fue su devoción por la Escritura, cuál su estudio, cuáles sus oraciones, cuál su ayuno, cuáles sus comentarios sobre los Profetas, sobre los Cánticos, sobre Job y sobre otros libros del Antiguo Testamento: entre los cuales los referentes a nuestro Génesis (si en verdad son suyos, de lo cual hablaré después) son insignes y doctos.


Ejemplos de santos en el estudio de la Escritura

Y el primero de su familia, San Antonio de Padua, viviendo aún y observando el propio San Francisco, enseñó estas letras, varón tan versado en la Escritura tanto antigua como nueva, que cuando predicó ante el Sumo Pontífice, fue saludado por este como el Arca del Testamento. Paso por alto a San Bernardo, quien cuanto dice lo dice con palabras de la Escritura; paso por alto al Beato Alfonso Tostado, obispo de Ávila, quien sobre este Decateuco y sobre cada uno de los libros históricos del Antiguo Testamento compuso sendos volúmenes, verdaderamente grandes, con agudo juicio y diligencia, de modo que para mí, que en otro tiempo lo recorrí y ahora lo releo con más atención, no me proporciona menos trabajo que ayuda.

San Edmundo, arzobispo de Canterbury, en el año de la salvación 1247, pasaba sus días y sus noches en las sagradas Letras, velando las noches mismas sin dormir, con tal reverencia que siempre que abría la Santa Biblia, primero la honraba con un beso. De él se cuenta esta memorable narración: estando en una legación, leyendo la Santa Biblia de noche, como solía, fue vencido por el sueño; la vela cayó sobre el libro y la llama lo prendió. Al despertar, suspiró, creyendo el libro quemado, sopló las cenizas adheridas al libro, y he aquí que se maravilló al encontrar el códice completamente intacto e ileso.

San Carlos Borromeo moraba continuamente en la Sagrada Escritura como en un paraíso de delicias, y solía decir que un obispo no tenía necesidad de jardín, sino que su jardín era la Santa Biblia.

56. Ni fue este el sentir solo de la antigua edad de los Padres, sino también de estos siglos, cuando la teología escolástica ya florecía y prosperaba. Santo Domingo, doctor en Sagrada Teología, frecuentemente estudió tanto el Antiguo como el Nuevo Testamento: en Roma y en otros lugares enseñó públicamente muchos de sus libros: de ahí fue creado el primer Maestro del Sacro Palacio; y desde aquel tiempo esta dignidad quedó adherida a la Orden de Predicadores. Oíd al autor de su Vida, libro IV, capítulo IV, en estilo sencillo pero serio: «Porque,» dice, «sin la ciencia de las Escrituras nadie puede ser predicador perfecto, exhortaba a los hermanos a estudiar siempre el Antiguo y el Nuevo Testamento: pues tenía en poco las fábulas de los filósofos; de ahí que los hermanos enviados a predicar llevaban consigo solo la Biblia, y convirtieron a muchos a la penitencia.»

Que San Vicente Ferrer, quien en la memoria de nuestros bisabuelos, peregrinando por Italia, Francia, Alemania, Inglaterra y España, convirtió al menos cien mil personas, llevaba consigo únicamente un Breviario y la Biblia para predicar.

San Jordán, doctor ciertamente, segundo Maestro General de su Orden después de Santo Domingo, cuando fue preguntado por sus predicadores «si sería mejor dedicarse a la oración o al estudio de la Sagrada Escritura,» respondió graciosamente a su manera: «¿Es mejor beber siempre, o comer siempre? Ciertamente, así como se necesitan ambas cosas alternativamente, así conviene orar y estudiar la Sagrada Escritura por turnos;» y, como dice San Basilio: «Que la lectura siga a la oración, y la oración siga a la lectura.»

57. De modo semejante San Francisco, preguntado por los suyos, les concedió el estudio de las sagradas Letras, con la condición, sin embargo, de que no extinguieran el espíritu de oración y devoción.


Los escritores sagrados como cálamos del Espíritu Santo

58. Finalmente, la razón nos persuade de la utilidad y necesidad del Antiguo Testamento. Moisés, David, Isaías, al igual que Pedro, Pablo y Juan, admitidos como en la asamblea de los ángeles, extrajeron la sabiduría de la fuente misma de la verdad; y, como rectamente dicen el Bienaventurado Gregorio y Teodoreto, las lenguas y las manos de estos escritores sagrados no fueron otra cosa que los cálamos del mismo Espíritu Santo, hasta tal punto que no parecen haber sido tanto diferentes escritores cuanto diferentes cálamos de un mismo escritor: por tanto, la misma verdad, autoridad, reverencia, celo y diligencia debe atribuirse a Moisés como a Pablo, o más bien al Espíritu Santo que habla por medio de Moisés y por medio de Pablo; pues cualesquiera cosas que fueron escritas por Él, fueron escritas para nuestra instrucción. Más aún, toda su sabiduría necesaria o útil para el género humano, que quiso comunicarnos desde el abismo de su divinidad, la encerró en ambos Testamentos, tanto el Antiguo como el Nuevo. Este libro es el libro de Dios, el libro del Verbo, el libro del Espíritu Santo, en el cual nada es superfluo, nada redundante, sino que así como en la variedad de los escritores, así también en la variedad de las materias, y en la bellísima armonía de todas sus partes, todas las cosas convienen entre sí, y completan y perfeccionan toda esta obra de Dios; de modo que, si quitareis una parte, mutiláis el todo. Por tanto, así como el filósofo debe recorrer todo Aristóteles, el médico a Galeno, el orador a Cicerón, el jurista todo Justiniano, con mucha más razón debe el teólogo recorrer, examinar y gastar todo este libro de Dios; y, así como quien mutila la Metafísica mutila la Filosofía: así quien mutila la Sagrada Escritura mutila la Teología: pues así como la Metafísica da a la Filosofía sus principios, así la Sagrada Escritura da a la Teología sus principios. Esto ciertamente es lo que Cristo quiso decir cuando dijo: «Todo escriba,» esto es, todo Doctor, todo Teólogo, «instruido en el reino de los cielos, saca de su tesoro cosas nuevas y antiguas.»


Las seis utilidades del Antiguo Testamento

I. El Antiguo Testamento establece la fe

59. Pero, para poner la cosa claramente ante vuestros ojos, y para enumerar algunos de los más ilustres frutos del Antiguo Testamento: ante todo, el Antiguo Testamento, al igual que el Nuevo, establece la fe. ¿De dónde, pregunto, conocemos el principio del mundo, la creación y al Creador, sino porque por la fe entendemos que los siglos fueron dispuestos por la palabra de Dios? ¿Por cuál palabra? Ciertamente por aquella del Génesis capítulo 1: «Hágase la luz, háganse las lumbreras, hagamos al hombre,» etc. ¿De dónde aprendimos sobre el alma inmortal, la caída del hombre, el pecado original, los querubines, el paraíso, sino del mismo Génesis que narra estas cosas? Eusebio en todo su libro XI de la Preparación Evangélica enseña que Platón, a quien San Agustín y todos los Padres antes de él siguieron como divino por encima de Aristóteles y todos los demás — Platón, digo, extrajo sus enseñanzas sobre Dios, sobre el Verbo de Dios, sobre el principio del mundo, la inmortalidad del alma, la futura resurrección y el juicio, los castigos y premios, de Moisés. ¿De dónde reconocimos la providencia de Dios, sino de la sucesión de tantos siglos? ¿De dónde extrajimos la propagación de los pueblos, reyes y reinos, el diluvio universal del mundo, la resurrección y la esperanza de la vida eterna, sino de la historia antigua, y de la paciencia de Job y de los antiguos, de la perpetua peregrinación de los patriarcas? «Por la fe,» dice el Apóstol, «Abraham moró en la tierra prometida como en tierra ajena, habitando en tiendas con Isaac y Jacob, coherederos de la misma promesa: pues esperaba la ciudad que tiene fundamentos, cuyo artífice y constructor es Dios.» Y de aquí se aguza nuestra esperanza, se eleva nuestro ánimo, de modo que, recordando que uno es aquí huésped y peregrino, aspire a la patria celestial, nada codicie en este mundo, nada admire, sino que todo lo pise, y lo tenga por estiércol, y con San Jerónimo se cante siempre a sí mismo aquel dicho socrático: «Camino por el aire y desde lo alto contemplo el sol.» Asciendo a los cielos; desprecio esta tierra, más aún el cielo mismo y el sol. Estoy inscrito como heredero y señor no de la tierra, sino del cielo; hacia allá tiendo con la mente, con la esperanza, con todo pensamiento, y vuelo sobre las estrellas; soy ciudadano de los Santos, doméstico de Dios, habitante del paraíso: todo lo demás, como ínfimo, indigno de mí, abyecto y vil, lo piso bajo mis pies.

¿Quién en toda la Escritura establece más claramente la naturaleza, el oficio, la custodia y la invocación de los ángeles que el libro de Tobías? ¿Quién establece más expresamente el Purgatorio y las oraciones por los difuntos que los libros de los Macabeos? Tanto así que nuestros innovadores, no viendo otra escapatoria, desesperados de la victoria, y ciertos de ser vencidos antes que vencer, impulsados al furor por la necesidad, los expulsaron del canon sagrado.

Pero, a la inversa, ¡cuántas herejías buscan refugio en estos libros! Los judíos, de aquel pasaje del Deuteronomio 23, 19, «No prestarás a interés a tu hermano, sino al extraño,» pertinazmente sostienen que pueden lícitamente ejercer la usura contra los cristianos. Los magos, en defensa de la magia, citan y alaban como testigos a los magos del Faraón, que por el súbito poder de la magia transformaron serpientes en varas y varas en serpientes, tal como lo hizo Moisés. En defensa de la necromancia citan a la pitonisa que resucitó a Samuel de entre los muertos, quien hirió a Saúl con un verdadero oráculo de muerte y desastre inminentes. En defensa de la quiromancia aducen aquel pasaje de Job 37: «Pone un sello en la mano de todo hombre, para que todos conozcan sus obras.»

Calvino, de aquel dicho de David: «El Señor le mandó (a Simeí) que maldijese a David,» 2 Reyes 16, 10, prueba (según piensa) que Dios es el autor, más aún el mandante, de las malas obras; de aquel pasaje del Éxodo: «Yo endureceré el corazón del Faraón, y: Para esto mismo te he levantado, para mostrar en ti mi poder,» construye el destino inevitable de su reprobación; establece la servidumbre de la voluntad por el hecho de que Jeremías nos pone como barro en la mano de Dios, como de un alfarero (Jeremías 18, 6).

Hace pocos años, los luteranos sajones y charlatanes, en la disputa de Ratisbona, colocaron todo el peso de su causa — para proscribir las tradiciones y establecer la sola palabra de Dios como último juez de las controversias de fe — en aquel pasaje del Deuteronomio 4, 2: «No añadiréis a la palabra que yo os hablo, ni quitaréis de ella;» y capítulo 12, 32: «Lo que yo te mando, esto solo harás al Señor; ni añadirás nada, ni disminuirás nada.»

¿Qué harás aquí, si aquí no estás en tu propia casa? ¿Cómo te harás el hazmerreír ante ellos, con escándalo de la Iglesia, si tropiezas aquí, si no lees estas cosas, si no las oyes, si no las aprendes, si no consultas a menudo las fuentes mismas? Pues San Agustín enseña que esto es necesario. En efecto, quien no sabe lo que significa en hebreo tsava, esto es, «Dios mandó a Simeí,» etc., no escapará de las garras de Calvino; pero quien conoce el hebraísmo, a saber, que tsava significa ordenar, proveer, disponer, y que significa toda la providencia de Dios, tanto positiva como negativa y permisiva, soplará esta arma como una telaraña. Hebraísmos similares señalaré frecuentemente en cada capítulo, los cuales nunca entenderéis sino a partir de la lengua hebrea.

II. La riqueza del Antiguo Testamento

60. Esta primera utilidad de la antigua Escritura es doble: la segunda no le cede en nada, a saber, que el Antiguo es mucho más rico que el Nuevo. Podéis ver una ética abundante en los Proverbios, el Eclesiastés y el Eclesiástico: una admirable política en los hechos y en las leyes judiciales y ceremoniales de Moisés, de las cuales mucho ha tomado prestado la Iglesia, y los autores del Derecho Canónico; y también algunas materias del Derecho Civil: oráculos en los Profetas; sermones en el Deuteronomio y los Profetas; y, lo que atañe al presente, una historia desde la fundación del mundo hasta los tiempos de los Jueces, los Reyes y Cristo — certísima, ordenadísima, variadísima y deleitable en sumo grado — podéis ver en el Decateuco.

Hay una cuádruple ley: de la inocencia, de la naturaleza, la mosaica y la evangélica: las tres primeras y sus historias están comprendidas en el Pentateuco. «El Génesis,» dice San Jerónimo en el Prólogo Galeato, «es el libro en el cual leemos la creación del mundo, el origen del género humano, la división de la tierra, la confusión de las lenguas y los pueblos, hasta la salida de los hebreos.»

Los historiadores latinos y griegos de los gentiles fabulan sobre el diluvio de Deucalión, sobre Prometeo, sobre Hércules; y en toda la historia profana, todo lo anterior a las Olimpíadas está lleno de la oscuridad de la ignorancia y de las fábulas. Pero las Olimpíadas comenzaron ya al principio del reinado de Jotam, ya al final del reinado de Ozías, esto es, después del año tres mil desde la creación del mundo y aún más: de modo que durante tres mil años no tenéis ninguna historia cierta del mundo excepto esta única de Moisés y los hebreos. La historia es verdaderamente la maestra, guía y luz de la vida humana, en la cual podéis discernir como en un espejo el auge, la caída y el declive de los reinos, las repúblicas y la vida humana, las virtudes y los vicios, y aprender toda prudencia y el camino a la felicidad por el ejemplo ajeno, ya sea de buena o mala fortuna.

A esto puede añadirse que en ninguna historia, ni siquiera en el Nuevo Testamento, existen tantos, tan variados y tan heroicos ejemplos de toda clase de virtud, como en el Pentateuco y el Antiguo Testamento.

61. Los romanos alaban a aquellos famosos mercaderes de la gloria, cuyas céreas sombras — quiero decir, sus máscaras de retratos — son envueltas por la hiedra trepadora, mientras sus cuerpos y almas son lamidos y consumidos por el fuego eterno. Alaban a los Manlios Torcuatos, que hirieron con la espada a sus hijos que habían combatido al enemigo contra las órdenes del general y del padre, aunque habían obtenido la victoria, para hacer cumplir la disciplina militar. Pero ¿quién amaría los mandatos manlianos? Alaban a Junio Bruto, vindicador de la libertad romana, primer cónsul, que a sus propios hijos y a los hijos de su hermano, porque habían conspirado con los Aquilios y los Vitelios para recibir de vuelta a los Tarquinios en la ciudad, los hizo azotar con varas y luego decapitar con el hacha: padre infeliz e infame con tal prole. ¿Quién no alabaría más bien a Abraham e Isaac, aquellos inocentes, que resolvieron sellar la obediencia debida a Dios con la muerte y el sacrificio del padre, y a la madre macabea, que se ofrecía con sus siete hijos a Dios por las leyes de la patria?

Alaban a los tres hermanos Horacios, que vencieron a los tres Curiacios de Alba en combate singular, más por astucia que por fuerza, y transfirieron el dominio de Alba a Roma. ¿Quién no alabaría más bien la fortaleza y el vigor de David, que en combate singular derribó con la honda aquella torre de carne y hueso, Goliat, y aseguró el dominio de Israel sobre los filisteos?

Alaban la continencia de Alejandro, quien, tras vencer a Darío, rehusó mirar a su esposa cautiva y a sus bellísimas hijas, diciendo una y otra vez que las mujeres persas eran un dolor de ojos. ¿Quién no alabaría más bien a José, ya asido en privado por la señora que lo solicitaba, huyendo y dejando atrás su manto, y arrojándose voluntariamente a todo peligro de cárcel, fama y vida, para conservar su castidad?

62. Alaban a Lucrecia, casta después de la violación, pero tardía vengadora del crimen — y suicida de sí misma: nosotros celebramos a Susana, defensora mucho más valiente tanto de la castidad como de la vida y la fama.

Admiran a Virginio el centurión, quien, al no poder rescatar a su hija Claudia Virginia del poder y la lujuria del decenviro Apio Claudio, pidiendo una última palabra con ella, la mató en secreto, prefiriendo una hija muerta a una deshonrada. Admiran a los Decios, padre e hijo, quienes por el ejército romano, mediante los pontífices Valerio y Liberio con solemne plegaria, consagraron a los enemigos latinos y samnitas juntamente consigo mismos a los dioses del inframundo, y sellaron la victoria con su propia muerte. ¿Quién no admiraría más bien a Jefté el caudillo, quien por la victoria de su pueblo, consagró a su única hija virgen y su virginidad al Dios verdadero, e inmoló a la que había prometido? ¿Quién no admiraría a Moisés, que se consagró no a la destrucción temporal sino a la eterna por el pueblo?

63. Alaban la fortaleza militar y el éxito de Julio César, Pompeyo, Publio Cornelio Escipión, Aníbal y Alejandro. Pero cuánto mayores fueron Sansón, Gedeón, David, Saúl, los Macabeos y Josué, quienes, dotados no de fuerza humana sino celestial, y de éxito divino, derrotaron con pocos contra muchos, aún a los más poderosos; a quienes el sol, la luna y las estrellas obedecieron como soldados, y combatieron contra el enemigo. ¿A quién, pregunto, sino acaso a Teodosio, y más bien a Judas Macabeo y a Josué, cantaríais aquel verso?

Oh, demasiado amado de Dios, para quien desde sus cavernas Eolo despliega sus armadas tempestades, para quien el cielo combate, y los vientos conjurados acuden al son de la trompeta.

64. Y estas cosas son para nosotros espuelas perpetuas hacia toda cumbre de virtud, hacia toda santidad e inocencia, para que como émulos suyos, cual ángeles terrestres y hombres celestiales, caminemos en la luz evangélica ante los ojos de la divina Majestad, que continuamente nos observa, y le sirvamos en santidad y justicia. Luego, para que en nuestras calamidades privadas y públicas, en estas tempestades belgas y europeas, teniendo los santos Libros como consuelo juntamente con los Macabeos, por la paciencia y la consolación de las Escrituras tengamos esperanza, y levantemos nuestros ánimos, sabiendo que Dios cuida de nosotros, y fortalecidos por su amor y el amor de las cosas celestiales, nada temamos, despreciemos aún la muerte y los tormentos, y aunque el mundo se quiebre y se derrumbe, que las ruinas nos hieran impávidos.

Así el Apóstol en todo el capítulo 11 de la Epístola a los Hebreos, con el ejemplo de los padres, los enciende con un sermón admirable a la resistencia y al martirio, para que con un poco de sangre compren la bienaventurada eternidad: «Fueron apedreados,» dice — Moisés ciertamente, Jeremías y otros santos del Antiguo Testamento — «fueron aserrados, fueron tentados, murieron a filo de espada; anduvieron de acá para allá cubiertos de pieles de oveja, de pieles de cabra, necesitados, afligidos, atormentados, de los cuales el mundo no era digno, errando por los desiertos, por los montes y las cuevas, y por las cavernas de la tierra;» y esto, «para que hallasen una mejor resurrección; y por tanto nosotros también, teniendo en torno nuestro tan gran nube de testigos, corramos con paciencia la carrera que nos es propuesta.»

III. El Nuevo Testamento no puede entenderse sin el Antiguo

65. La tercera utilidad es que sin el Antiguo Testamento, el Nuevo no puede entenderse: los Apóstoles y Cristo lo citan frecuentemente, y aún más frecuentemente aluden a él, incluso al dar su último adiós a los suyos. «Estas son,» dice, Lucas, último capítulo, versículo 44, «las palabras que os hablé: que es necesario que se cumplan todas las cosas que están escritas en la ley de Moisés, y en los Profetas, y en los Salmos acerca de Mí; entonces les abrió el entendimiento, para que comprendiesen las Escrituras.»

En efecto, la Epístola a los Hebreos es por esta única razón gravísima y oscurísima, porque está enteramente tejida del Antiguo Testamento y de sus alegorías.

IV. El Antiguo Testamento supera al Nuevo en riqueza alegórica

66. La cuarta utilidad es esta: puesto que Cristo es el fin de la ley, todas las cosas dichas en el Antiguo Testamento pertenecen a Cristo y a los cristianos, ya en el sentido literal, ya en el alegórico; y en esto el Antiguo Testamento supera al Nuevo, porque el Antiguo tiene en todas partes, además del sentido literal, un sentido alegórico, y frecuentemente también uno anagógico y uno tropológico: el Nuevo carece casi del alegórico. «Nuestros padres,» dice el Apóstol, 1 Corintios 10, 1, «todos estuvieron bajo la nube, y todos pasaron el mar, y todos fueron bautizados en Moisés, en la nube y en el mar, y todos comieron el mismo alimento espiritual, etc. Y estas cosas sucedieron como figuras nuestras: y fueron escritas por causa de nosotros, sobre quienes han llegado los fines de los siglos.» De donde nuevamente el mismo Apóstol enseña que la inteligencia del Antiguo Testamento fue quitada a los judíos y ha pasado a nosotros. «Hasta el día de hoy,» dice, «el mismo velo permanece sin descubrir en la lectura del Antiguo Testamento, el cual velo se quita en Cristo; pero hasta el día de hoy, cuando se lee a Moisés, el velo está puesto sobre el corazón de ellos,» 2 Corintios 3, 14.

Pues el Espíritu Santo, que es consciente y presciente de todos los siglos, dispuso de tal modo la Sagrada Escritura que no sirviese solo a los judíos, sino a los cristianos de todos los siglos. Más aún, Tertuliano en su libro Sobre el Vestido de las Mujeres, capítulo 22, sostiene que no hay pronunciamiento alguno del Espíritu Santo que pueda dirigirse y recibirse solo para la materia presente, y no para toda ocasión de utilidad.

Verdaderamente San Agustín, Contra Fausto, libro XIII, al final: «Nosotros,» dice, «leemos los libros Proféticos y Apostólicos para la conmemoración de nuestra fe, la consolación de nuestra esperanza, y la exhortación de nuestra caridad, concordando las voces entre sí; y con ese concierto, como con una trompeta celestial, tanto despertándonos del letargo de la vida mortal como extendiéndonos hacia el premio de la vocación celestial.»

Por esta razón la Iglesia en la Sagrada Liturgia selecciona en todas partes lecturas del Antiguo Testamento, y durante el sagrado tiempo de ayuno siempre empareja convenientemente una Epístola del Antiguo Testamento con el Evangelio, como la sombra responde al cuerpo, la imagen al prototipo. Yo mismo vi en otro tiempo a célebres predicadores, en sus sermones, exponiendo en la primera parte una historia o algo semejante del Antiguo Testamento, y en la segunda parte algo del Nuevo, con gran concurrencia del pueblo, aplauso y fruto.

Finalmente, no solo los herejes, sino también varones ortodoxos de gravedad, que se ocupan en concilios, causas y juicios, recorren y gastan las sagradas Letras, tanto antiguas como nuevas, siguiendo la antigua costumbre.

Francisco Petrarca refiere que hace 250 años Roberto, rey de Sicilia, estaba tan deleitado con las letras, especialmente las sagradas, que le dijo bajo juramento: «Te juro, Petrarca, que las letras me son mucho más queridas que mi reino, y si tuviera que privarme de lo uno o de lo otro, con más serenidad me desprendería de la corona que de las letras.»

El Panormitano refiere que Alfonso, rey de Aragón, solía jactarse de que, aún en medio de los negocios de su reino, había leído entera la Biblia con glosas y comentarios catorce veces. No es pues cosa nueva si ahora los príncipes, consejeros y demás próceres, en todas partes en la mesa, en los banquetes y en las conversaciones, plantean cuestiones del Antiguo y del Nuevo Testamento; donde el teólogo, si calla, será tenido por niño: si responde ineptamente, será juzgado ignorante o estúpido.

V. Figuras, ejemplos y sentencias del Antiguo Testamento

67. En quinto lugar, para la abundancia de lecturas, disputas y sermones, Dios proveyó que del Antiguo Testamento se pudiera extraer tan gran variedad de figuras, ejemplos, sentencias y oráculos, no solo para la fe, sino para toda instrucción de una vida honesta. Así Cristo despierta a los perezosos a la vigilancia con el ejemplo de Noé y la mujer de Lot, Lucas 17, 32: «Acordaos,» dice, «de la mujer de Lot;» nuevamente aterroriza y golpea las mentes obstinadas de los judíos recordando Sodoma, los ninivitas y la Reina del Sur. Así llama a la penitencia a los imitadores de aquel rico sepultado en el infierno, con las palabras de Abraham que dice, Lucas 16, 27: «Tienen a Moisés y a los Profetas, óiganlos.» Y Pablo dice, 1 Corintios 10, 6 y 11: «Todas estas cosas les sucedieron como figuras, esto es, como ejemplos para nosotros; para que no codiciemos cosas malas, ni seamos idólatras,» ni fornicarios, ni glotones, ni murmuradores, ni tentadores de Dios, para que no perezcamos como perecieron aquellos bajo la ley antigua por tales crímenes.

VI. El Antiguo Testamento como precursor del Nuevo

68. Y de aquí surge la sexta utilidad: pues el Antiguo Testamento fue un preludio del Nuevo, y dio testimonio de él, así como San Juan Bautista lo dio de Cristo Señor: pues él, al igual que Moisés y los demás profetas, «fue delante del rostro del Señor, a preparar sus caminos, a dar conocimiento de la salvación a su pueblo; a iluminar a los que están sentados en tinieblas y en sombra de muerte, a dirigir nuestros pasos por el camino de la paz.» Como símbolo de esto, en la Transfiguración de Cristo, aparecieron Moisés y Elías, tanto para darle testimonio, como para hablar de la partida que había de cumplir en Jerusalén. Pues ¿quién habría creído en Cristo, quién en el Evangelio, si no hubiera sido confirmado, predicho y prefigurado por tantos testimonios de los Padres, tantos oráculos, tantas figuras? ¿Cómo convenceréis a los judíos, cómo los llevaréis a Cristo, sino por las profecías de Moisés y los Profetas? Entre los políticos, los paganos, los sarracenos y cualesquiera hombres, un gran argumento de la verdad del Evangelio es, dice Eusebio, que a lo largo de todo el Antiguo Testamento, por tantos siglos, fue prometido y prefigurado.

Por esta razón Cristo tantas veces apela a Moisés, Juan 1, 17: «La ley fue dada por medio de Moisés, la gracia y la verdad vinieron por medio de Jesucristo.» Juan 5, 46: «Hay uno que os acusa, Moisés: pues si creyerais a Moisés, quizá también Me creeríais a Mí: porque de Mí escribió él; pero si no creéis a sus escritos, ¿cómo creeréis a Mis palabras?» Lucas 24, 27: «Comenzando desde Moisés y todos los profetas, les interpretaba en todas las Escrituras lo que de Él se decía.» De donde también Felipe a Natanael, Juan 1, 45: «A Aquel de quien escribió Moisés en la ley, y los profetas, lo hemos hallado — a Jesús.» Pues la concordia de ambos Testamentos — esto es, la concordia de Moisés y Cristo, de los Profetas y los Apóstoles, de la Sinagoga y la Iglesia — da un gran testimonio a Cristo y a la verdad, como enseña en todas partes contra Marcón Tertuliano. Y para concluir, aprended del propio Moisés cuán grande y cuán múltiple es la sabiduría que aquí se encuentra.


Sección tercera: ¿Quién y cuán grande fue Moisés?

Los tres períodos de cuarenta años de Moisés

71. Digo la verdad: durante muchos miles de años el sol no ha contemplado a un hombre más grande; él, desde sus más tiernos años, fue criado en la corte real, como hijo de rey y heredero designado, educado en toda la sabiduría de los egipcios, durante 40 años enteros; luego, negando ser hijo de la hija del Faraón, prefiriendo sufrir aflicción con el pueblo de Dios antes que gozar del placer de un reino temporal y del pecado, huyó a Madián; allí, apacentando ovejas, habiendo hablado con Dios en la zarza ardiente, extrajo toda la sabiduría divina mediante la contemplación durante otros 40 años enteros; finalmente, elegido como caudillo del pueblo, lo gobernó durante un tercer período de 40 años como sumo pontífice, supremo comandante, legislador, maestro, profeta, semejantísimo a Cristo y su antitipo. «Un profeta —dice el Señor, Deuteronomio 18, 15— les suscitaré de entre sus hermanos, semejante a ti»; y «Un profeta de tu nación y de entre tus hermanos, como yo, te suscitará el Señor tu Dios: a Él oiréis», es decir, a Cristo.

Aquí el cargo reveló al hombre, cuando condujo a tres millones de personas —esto es, treinta veces cien mil— de tan dura cerviz, a través de áridos desiertos durante 40 años, los alimentó con manjar celestial, los instruyó en el temor y el culto de Dios, los mantuvo en paz y justicia, se constituyó en árbitro y mediador de todas las disputas, y los protegió contra todos los enemigos.


Las virtudes de Moisés

72. Admiraríais las innumerables virtudes de Moisés: fue músico y salmista; San Jerónimo atestigua, tomo III, epístola a Cipriano, que Moisés compuso once salmos, a saber, desde el Salmo 89, cuyo título es «Oración de Moisés, siervo de Dios», hasta el Salmo 100, que lleva por encabezamiento «En la confesión».

Moisés fue juzgado digno de recibir de Dios las tablas de la ley. Moisés tuvo como guía en el camino una columna de nube, más aún, un arcángel que presidía la columna. En la oración, Moisés parecía nutrirse y vivir como un ángel. A punto de recibir las tablas de la ley en el Sinaí, permaneció dos veces durante 40 días y noches en ayuno y conversando con Dios, donde también le fueron fijados cuernos de luz; a la puerta del tabernáculo trataba diariamente con Dios, con toda familiaridad, todos los asuntos del pueblo. «Mi siervo Moisés —dice el Señor, Números 12, 7— es el más fiel en toda mi casa; porque yo le hablo boca a boca, y abiertamente, y no por enigmas ni figuras ve al Señor.» Pues el Señor le mostró todo bien, Éxodo capítulo 33, versículo 17. Podríais llamar a Moisés secretario de los arcanos de Dios, secretario, digo, de la divina sabiduría, ¿y qué tiene de extraño que Amalec fuera derrotado no por las armas de Josué, sino por las oraciones de Moisés? ¿Y qué tiene de extraño «si no se levantó más en Israel profeta semejante a Moisés, a quien el Señor conoció cara a cara»? Deuteronomio 34, 10. ¿Qué tiene de extraño si, con la ayuda y el poder de Dios, como taumaturgo, casi destruyó a Egipto con plagas y prodigios, y al mar Rojo, hizo descender carne y maná del cielo, precipitó vivos al infierno a Coré, Datán y Abirón, y superó con sus proezas a todos y cada uno de los taumaturgos?

73. ¿Quién no advierte la excelente prudencia política y doméstica del mejor príncipe, en tan gran destreza para gobernar a un pueblo tan grande, de frente de bronce, más aún, de diamante? Su insigne caridad y solicitud por el pueblo resplandeció, tanto en el celo con que se consagró como anatema, víctima expiatoria y propiciación por su Israel, cuanto en aquella ferviente arenga de todo el Deuteronomio, con la cual, poniendo por testigos al cielo y a la tierra, a los poderes de arriba y de abajo, impelía al pueblo a observar la ley de Dios; de modo que con razón dijo: «¿Por qué, Señor, has puesto el peso de todo este pueblo sobre mí? ¿Acaso concebí yo a toda esta multitud, o la engendré, para que me digas: Llévalos en tu seno, como la nodriza suele llevar al niño de pecho, y condúcelos a la tierra que juraste a sus padres?» Números capítulo 11, versículo 11. Con verdad dijo San Juan Crisóstomo, homilía 40 sobre la Primera Epístola a Timoteo: «Es menester que el obispo sea un ángel, no sujeto a ninguna perturbación ni vicio humano»; y en otra parte: «Conviene que quien asume el gobierno de otros sobresalga con tanta gloria de virtud que, como el sol, oscurezca a todos los demás, cual chispas de estrellas, con su propio esplendor.» Si, pues, un obispo, un prelado, un príncipe debe ser entre el pueblo como un hombre entre bestias, como un ángel entre hombres, como el sol entre las estrellas, considerad cuál y cuán grande fue Moisés, que entre tantos hombres cumplió este oficio con sobreabundancia; quien por juicio de Dios fue hallado digno, o más bien por la vocación y la gracia de Dios fue hecho digno, para presidir no sobre cristianos, sino sobre judíos obstinados y de dura cerviz, no meramente como obispo, sino como pontífice y príncipe a la vez.


La humildad y la mansedumbre de Moisés

Y para pasar en silencio lo demás, en tan grande y divina cima de autoridad, admiro sobre todo su profunda humildad y mansedumbre: asaltado frecuentemente por los murmullos del pueblo, por calumnias, ultrajes, apostasía y pedradas, permaneció con rostro inmutable y apacible, vengándose no con amenazas, sino con plegarias elevadas a Dios en favor del pueblo. Con razón, pues, Dios lo celebra con este elogio, Números 12, 3: «Porque Moisés era el hombre más manso sobre la faz de la tierra.» ¿De dónde tanta mansedumbre? Porque, habitando magnánimamente en el cielo, despreciaba todos los oprobios e injurias de los hombres como cosas terrenas e insignificantes. «El sabio —dice Séneca en su obra Sobre el sabio— ha sido apartado por una distancia mayor del contacto con los inferiores de la que cualquier fuerza dañina pueda alcanzar con su poder: así como un dardo lanzado al cielo y al sol por algún necio cae antes de alcanzar el sol. ¿Pensáis que Neptuno podría ser alcanzado por cadenas echadas a lo profundo? Así como las cosas celestiales escapan a las manos humanas, y de aquellos que funden templos o imágenes ningún daño se hace a la divinidad: así todo lo que se hace contra el sabio con insolencia, con petulancia o con soberbia, se intenta en vano.»


Moisés y la visión beatífica

74. A causa de esta mansedumbre, muchos sostienen que Moisés fue agraciado en esta vida con la visión de la esencia divina; sobre esta cuestión y otras cosas pertenecientes a Moisés, se hablará más extensamente en los capítulos 2, 32 y siguientes del Éxodo.

Es cierto que Moisés, una vez muerto, fue sepultado por los ángeles en el monte Abarín; de donde «ningún hombre conoció su sepulcro», Deuteronomio 34, 6. Y esta fue la razón por la cual el arcángel Miguel disputó con el diablo sobre el cuerpo de Moisés, como dice San Judas en su epístola.


Elogios de Moisés en la Escritura y los Padres

Finalmente, ¿queréis conocer a Moisés? Escuchad al Sirácida, Eclesiástico capítulo 45: «Amado de Dios y de los hombres fue Moisés, cuya memoria es bendición. Lo hizo semejante a la gloria de los santos; lo engrandeció en el temor de sus enemigos, y con sus palabras aplacó los prodigios; lo glorificó ante los reyes» —a saber, ante el rey Faraón (de quien le dijo el Señor, Éxodo capítulo 7, versículo 1: «He aquí que te he constituido dios para el Faraón»)—, «y le dio mandamientos ante su pueblo, y le mostró su gloria; en su fe y mansedumbre lo santificó, y lo eligió de entre toda carne. Porque oyó su voz, y lo introdujo en la nube, y le dio mandamientos cara a cara, y la ley de vida y de ciencia, para enseñar a Jacob su alianza y a Israel sus juicios.»

75. Escuchad a San Esteban, Hechos capítulo 7, versículos 22 y 30: «Moisés era poderoso en sus palabras y en sus obras; se le apareció en el desierto del monte Sinaí un ángel, en la llama de fuego de una zarza; a este hombre Dios lo envió como príncipe y redentor, con la mano del ángel que se le apareció; este los sacó, obrando prodigios y señales en la tierra de Egipto; este es el que estuvo en la asamblea en el desierto con el ángel que le hablaba en el monte Sinaí, el que recibió las palabras de vida para dárnoslas.»

Escuchad a San Ambrosio, libro 1 de Sobre Caín y Abel, capítulo 11: «En Moisés —dice— hubo la figura del maestro venidero, que predicaría el Evangelio, cumpliría el Antiguo Testamento, establecería el Nuevo, y daría alimento celestial a los pueblos; de ahí que Moisés superó la dignidad de la condición humana hasta tal punto que fue llamado con el nombre de Dios: "Te he constituido —dice— dios para el Faraón." Pues fue vencedor de todas las pasiones, ni fue cautivado por atractivo alguno del mundo, él que había cubierto toda esta morada según la carne con la pureza de una vida celestial, gobernando su mente, sometiendo su carne, y castigándola con una especie de autoridad regia; fue llamado con el nombre de Dios, a cuya semejanza se había formado por la abundancia de perfecta virtud; y por eso no leemos de él, como de otros, que murió desfalleciendo, sino que murió por la palabra de Dios, pues Dios no sufre desfallecimiento ni disminución; de donde también se añade: "Porque nadie conoce su sepultura," él que fue trasladado más bien que abandonado, de modo que su carne recibió descanso y no una pira funeraria.» Ambrosio parece sugerir aquí que Moisés no murió, sino que fue trasladado como Elías y Enoc; sobre esta cuestión hablaré en el último capítulo del Deuteronomio.

Escuchad al Apóstol, Hebreos 11, 24: «Por la fe Moisés, hecho ya grande, rehusó ser llamado hijo de la hija del Faraón, eligiendo antes ser afligido con el pueblo de Dios que gozar del deleite temporal del pecado; teniendo por mayor riqueza el oprobio de Cristo que los tesoros de Egipto, porque tenía puesta la mirada en la recompensa. Por la fe dejó a Egipto, no temiendo la fiereza del rey, pues se mantuvo firme como viendo al Invisible; por la fe celebró la Pascua y la aspersión de sangre, para que el exterminador de los primogénitos no los tocase; por la fe atravesaron el mar Rojo como por tierra seca, y los egipcios que lo intentaron fueron devorados.»

Escuchad a San Justino en su Exhortación, o Paranesis a los griegos, en la cual enseña a lo largo de toda ella que los griegos extrajeron su sabiduría y su conocimiento de Dios de los egipcios, y estos de Moisés. Especialmente: «Cuando cierto hombre —dice—, como vosotros mismos confesáis, consultó el oráculo de los dioses, preguntando qué hombres consagrados a la religión había habido jamás, decís que esta fue la respuesta dada: "Solo a los caldeos cedió la sabiduría; los hebreos adoran con sus mentes al Rey Ingénito y a Dios."»

Añade: «Moisés escribió su historia en hebreo, cuando las letras de los griegos aún no habían sido inventadas. Pues Cadmo fue el primero en traerlas después desde Fenicia y transmitirlas a los griegos. De ahí que también Platón escribió en el Timeo que Solón, el más sabio de los sabios, habiendo regresado de Egipto, dijo a Critias que había oído a un sacerdote egipcio que le decía: "Oh Solón, vosotros los griegos sois siempre niños; no hay ningún anciano entre los griegos." Y de nuevo: "Todos sois jóvenes en vuestras mentes, pues no tenéis en ellas ninguna opinión antigua transmitida por tradición antigua, ni disciplina alguna encanecida por el tiempo."» Y poco más adelante, citando a Diodoro, enseña que Orfeo, Homero, Solón, Pitágoras, Platón, la Sibila y otros, habiendo estado en Egipto, cambiaron su opinión sobre los muchos dioses, porque ciertamente a través de los egipcios aprendieron de Moisés que hay un solo Dios, que en el principio creó el cielo y la tierra. De ahí que Orfeo cantó:

Júpiter es uno, Plutón, Sol, Baco son uno,
Un solo Dios hay en todas las cosas: ¿por qué os lo digo dos veces?

El mismo de nuevo: Te pongo por testigo, oh cielo, origen del gran Sabio,
y a Ti, Verbo del Padre, lo primero que pronunció de su boca,
cuando creó la fábrica del mundo con su propio designio.

Finalmente añade que Platón aprendió acerca de Dios a partir de Moisés, de donde igualmente lo llamó «to on», esto es, «lo que es», así como Moisés lo llama «ehyeh», esto es, «el que es», o «Yo soy el que soy». De nuevo, de la misma fuente aprendió sobre la creación de las cosas, el Verbo divino, la resurrección de los cuerpos, el juicio, los castigos de los impíos y los premios de los justos, y el Espíritu Santo, a quien Platón supuso ser el alma del mundo; pues no entendió suficientemente a Moisés, sino que lo torció para acomodarlo a sus propias fantasías, por lo cual cayó en errores.

Y de manera semejante, San Cirilo, en el libro 1 Contra Juliano, muestra que Moisés fue más antiguo que los más remotos héroes de los gentiles, a quienes ellos mismos consideraban los más antiguos.

Escuchad su docta cronología de Moisés y los gentiles: «Descendiendo, pues, desde los tiempos de Abrahán hasta Moisés, comencemos de nuevo con nuevos puntos de partida de los años, poniendo el nacimiento de Moisés primero en el cómputo. En el año séptimo de Moisés dicen que nacieron Prometeo y Epimeteo, y Atlas, hermano de Prometeo, y además Argos el que todo lo ve. En el año trigésimo quinto de Moisés reinó por primera vez en Atenas Cécrope, que fue llamado Dífies: dicen que fue el primero entre los hombres en sacrificar un buey, y que nombró a Júpiter dios supremo entre los griegos. En el año sexagésimo séptimo de Moisés dicen que tuvo lugar el diluvio de Deucalión en Tesalia; y además, en Etiopía, el hijo del Sol, según dicen, Faetón, fue consumido por el fuego. En el año septuagésimo cuarto de Moisés, un cierto hombre llamado Helén, hijo de Deucalión y Pirra, dio a los griegos la denominación de su propio nombre, siendo que antes se llamaban griegos. En el año centésimo vigésimo de Moisés, Dárdano fundó la ciudad de Dardania, reinando entre los asirios Amintas, entre los argivos Esténelo, y entre los egipcios Ramsés; él mismo era también llamado Egipto, hermano de Dánao. En el año centésimo sexagésimo después de Moisés, Cadmo reinó en Tebas, cuya hija fue Sémele, de la cual nació Baco, según dicen, de Júpiter. Había también en aquel tiempo Lino de Tebas y Anfión, músicos. En aquel tiempo también Finees, hijo de Eleazar, hijo de Aarón, asumió el sacerdocio entre los hebreos, habiendo muerto Aarón. En el año 195 después de Moisés dicen que la virgen Prosérpina fue raptada por Edóneo, esto es, Orco, rey de los molosos; se dice que este crió un perro enorme llamado Cerbero, que apresó a Pirítoo y a Teseo cuando vinieron a raptar a su esposa; pero habiendo perecido Pirítoo, llegó Hércules y libró a Teseo del peligro de muerte en el infierno, según fabulan. En el año 290, Perseo mató a Dionisio, es decir, Líber, cuyo sepulcro dicen que está en Delfos, junto al Apolo de oro. En el año 410 después de Moisés, Ilión fue conquistada, siendo juez entre los hebreos Esbón, entre los argivos Agamenón, entre los egipcios Vafres, y entre los asirios Téutamo.»

«Se cuentan, pues, desde el nacimiento de Moisés hasta la destrucción de Troya, 410 años.»

76. Escuchad a San Agustín, libro 22 Contra Fausto, capítulo 69: «Moisés —dice—, siervo fidelísimo de Dios, humilde al rehusar tan grande ministerio, obediente al asumirlo, fiel al conservarlo, vigoroso al ejecutarlo, vigilante al gobernar al pueblo, severo al corregir, ardiente al amar, paciente al soportar; quien en favor de aquellos sobre los cuales fue puesto, se interpuso ante Dios cuando consultaba, y se le opuso cuando se airaba: lejos sea de nosotros juzgar a tal y tan grande varón por la boca calumniosa de Fausto, sino más bien por la boca verdaderamente veraz de Dios.»

Escuchad a San Gregorio, parte 2 de la Regla pastoral, capítulo 5: «De ahí que Moisés entra y sale frecuentemente del tabernáculo, y él que dentro es arrebatado en contemplación, fuera es apremiado por los asuntos de los débiles; dentro considera los arcanos de Dios, fuera lleva las cargas de los hombres carnales, ofreciendo ejemplo a los gobernantes de que, cuando fuera están inciertos sobre qué disponer, consulten al Señor mediante la oración.»

El mismo autor, en el libro 6 sobre 1 Reyes capítulo 3, dice que Moisés estaba tan lleno del espíritu, que el Señor tomó de su espíritu y lo comunicó a los setenta ancianos del pueblo. El mismo, en la homilía 16 sobre Ezequiel, sitúa a Moisés por encima de Abrahán en el conocimiento de Dios. Y esto no es de extrañar. Pues a Moisés dice Dios: «Me aparecí a Abrahán, a Isaac y a Jacob, y mi nombre Adonai (Jehová) no se lo di a conocer», el cual a ti, oh Moisés, doy a conocer y revelo.


Moisés y Cristo: diecinueve paralelos

Además, Moisés fue signo expreso y tipo de Cristo; y por tanto, así como el sol ilumina el día y la luna la noche, así Cristo iluminó a los cristianos en la nueva ley, y Moisés a los judíos en la antigua. Por lo cual Ascanio compara bellamente a Cristo con el sol y a Moisés con la luna (Martinengo, sobre el Génesis, tomo 1, página 5). Pues, primero, Moisés fue el legislador del Pentateuco, Cristo del Evangelio; segundo, Moisés tuvo dos encuentros singulares con Dios: el primero cuando recibió de Dios las primeras tablas de la ley en el Sinaí, el segundo cuando recibió las segundas tablas, y entonces regresó con el rostro radiante y como cornudo. Estos testimonios le dio Dios. Dos semejantes dio a Cristo: el primero en su bautismo, cuando el Espíritu Santo descendió sobre Él en forma de paloma, y se oyó una voz del cielo; el segundo, cuando fue transfigurado en el Tabor, y Moisés y Elías dieron testimonio de Él, esto es, la ley y los profetas. Tercero, Moisés realizó asombrosas plagas y milagros en Egipto: Cristo realizó otros mayores. Cuarto, Moisés habló con Dios, pero en la oscuridad, y lo vio por detrás; pero Cristo cara a cara. Quinto, Moisés oyó de Dios: «Has hallado gracia ante mí, y te he conocido por tu nombre»; Cristo oyó del Padre: «Este es mi Hijo amado, en quien me he complacido; a Él oíd.»

78. Escuchad a Eusebio, libro 3 de la Demostración evangélica, quien a partir de los hechos de Moisés y Cristo construye una admirable antítesis, cuyas prolijas palabras condensaré en pocas:

1. Moisés fue legislador de la nación judía, Cristo del universo entero. 2. Moisés apartó los ídolos de los hebreos, Cristo los expulsó de casi todas las regiones del mundo. 3. Moisés estableció la ley con portentosos prodigios, Cristo fundó el Evangelio con otros aún mayores. 4. Moisés liberó a su pueblo en libertad, Cristo sacudió el yugo del género humano. 5. Moisés abrió una tierra que manaba leche y miel, Cristo descerrajó la excelentísima tierra de los vivientes. 6. Siendo un niño pequeño, Moisés, apenas nacido, sufrió peligro mortal por la crueldad del Faraón, que había condenado a muerte a los varones del pueblo judío; Cristo, siendo niño, adorado por los Magos, se vio obligado a retirarse a Egipto por la ferocidad de Herodes que degollaba a los niños. 7. Moisés, de joven, fue célebre por su erudición en todas las disciplinas; Cristo, a los doce años, dejó atónitos a los más doctos doctores de la ley. 8. Moisés, ayunando durante cuarenta días, fue nutrido por la palabra divina; durante cuarenta días igualmente Cristo, sin comer ni beber, se entregó a la contemplación divina. 9. Moisés proveyó de maná y codornices a los hambrientos en el desierto; Cristo en el desierto sació a cinco mil hombres con cinco panes. 10. Moisés pasó ileso a través de las aguas del golfo Arábigo; Cristo caminó sobre las olas del mar. 11. Moisés con la vara extendida dividió el mar; Cristo increpó al viento y al mar, y sobrevino una gran calma. 12. Moisés apareció resplandeciente en el monte con rostro refulgente; Cristo fue transfigurado en el monte con aspecto brillantísimo, y su rostro resplandeció como el sol.

13. Los hijos de Israel no podían fijar la mirada de sus ojos en Moisés; ante Cristo, los discípulos cayeron aterrados sobre sus rostros. 14. Moisés restituyó a María, la leprosa, a su anterior salud; Cristo lavó con gracia celestial a María Magdalena, abrumada por las manchas de los pecados. 15. Los egipcios llamaron a Moisés dedo de Dios; Cristo dijo de sí mismo: «Pero si yo expulso a los demonios por el dedo de Dios», etc.

16. Moisés eligió a 12 exploradores; Cristo también eligió a 12 Apóstoles. 17. Moisés designó a 70 Ancianos; Cristo a 70 Discípulos. 18. Moisés designó a Josué, hijo de Nun, como su sucesor; Cristo elevó a Pedro al sumo pontificado después de sí. 19. De Moisés está escrito: «Ningún hombre conoció su sepulcro hasta el día de hoy»; de Cristo atestiguaron los ángeles: «¿Buscáis a Jesús el crucificado? Ha resucitado, no está aquí.»

Escuchad a San Basilio, homilía 1 sobre el Hexamerón: «Moisés, aun colgado del pecho de su madre, fue amado y grato a Dios; él mismo eligió experimentar calamidades y penalidades con el pueblo de Dios, antes que gozar del placer temporal con el pecado. Fue amantísimo observador de la justicia y la equidad, acérrimo enemigo de la maldad y la injusticia; en Etiopía (en Madián) dedicó cuarenta años a la contemplación; a los ochenta años de edad vio a Dios, en la medida en que un hombre puede verlo; de ahí que Dios dice de él: "Boca a boca le hablaré en visión, y no por enigmas."»

Escuchad a San Gregorio Nacianceno, oración 22, en la cual compara a San Basilio y a su hermano Gregorio de Nisa con Moisés y Aarón: «¿Quién fue el más ilustre de los legisladores? Moisés. ¿Quién el más santo de los sacerdotes? Aarón. Hermanos no menos en piedad que en el cuerpo; o más bien, aquel fue el Dios del Faraón, y el gobernante y legislador de los israelitas, y el que entró en la nube, y el inspector y juez de los misterios divinos, y el constructor de aquel verdadero tabernáculo que fue edificado por Dios, no por el hombre; fue el príncipe de los príncipes y el sacerdote de los sacerdotes, usando a Aarón como su lengua, etc. Ambos afligiendo a Egipto, dividiendo el mar, gobernando a Israel, sumergiendo enemigos, trayendo pan de lo alto, hollando las aguas, señalando el camino a la tierra prometida. Fue, pues, Moisés el príncipe de los príncipes y el sacerdote de los sacerdotes», etc.

Escuchad a San Jerónimo, quien al comienzo de su Comentario a la Epístola a los Gálatas enseña que Moisés fue no solo profeta, sino también apóstol, y esto según la opinión común de los hebreos.

Escuchad a Filón, el más docto de los hebreos: «Esta es la vida, esta es la muerte de Moisés, rey, legislador, pontífice, profeta», libro 3 de La vida de Moisés, al final.

Escuchad a los gentiles. Numenio, citado por Eusebio en el libro 9 de la Preparación evangélica, capítulo 3, afirma que Platón y Pitágoras siguieron las enseñanzas de Moisés, y así, ¿qué es Platón —dice— sino Moisés hablando en ático?


Moisés, el más antiguo teólogo, filósofo, poeta e historiador

A estos añádanse Eupolemo y Artápano, quienes (según cita Eusebio en el mismo lugar, capítulo 4) dicen que Moisés transmitió las letras a los egipcios, y estableció muchas otras cosas para el bien común, y que a causa de su interpretación de las Sagradas Escrituras fue llamado Mercurio, y de ahí resultó que fue adorado por ellos como un dios.

Ptolomeo Filadelfo (como atestigua Aristeas en su obra sobre los 72 Traductores), habiendo oído la ley de Moisés, dijo a Demetrio: «¿Por qué ningún historiador ni poeta ha hecho mención de tan gran obra?» A lo cual Demetrio respondió: «Porque esta ley es de cosas sagradas, dada divinamente; y porque algunos que lo intentaron, aterrados por una plaga divina, desistieron de su empresa.» E inmediatamente añade los ejemplos del historiador Teopompo y del poeta trágico Teodectes, que mencioné más arriba.

Diodoro, el más estimado de todos los historiadores, dice San Justino en su Exhortación a los griegos, enumera seis legisladores antiguos, y primero de todos a Moisés, de quien dice que fue un hombre de gran espíritu y celebrado por su vida rectísima, del cual añade además: «Entre los judíos ciertamente Moisés, a quien llaman Dios, ya sea por el admirable y divino conocimiento que juzga que será provechoso para la multitud de hombres, ya por la excelencia y el poder con que el vulgo obedece más gustosamente la ley recibida. Recuerdan que el segundo entre los legisladores fue un egipcio llamado Sauquis, hombre de notable prudencia. El tercero dicen que fue el rey Sesonquisis, quien no solo sobresalió entre los egipcios en asuntos militares, sino que también refrenó a un pueblo belicoso estableciendo leyes. Al cuarto designan a Bácoris, también rey, del cual refieren que dio preceptos a los egipcios sobre el modo de gobernar y la administración doméstica. El quinto fue el rey Amasis. Se dice que el sexto fue Darío, padre de Jerjes, quien añadió a las leyes egipcias.»

Finalmente, Josefo, Eusebio y otros refieren que Moisés fue el primero de todos aquellos cuyos escritos se conservan aún, o cuyo nombre ha sido consignado en los escritos de los gentiles, en ser teólogo, filósofo, poeta e historiador. Por ello la veneración de Moisés fue notable no solo entre los judíos, sino también entre los gentiles. Josefo refiere, en el libro 12, capítulo 4, que cierto soldado romano desgarró los libros de Moisés, e inmediatamente los judíos acudieron al gobernador romano Cumano, exigiendo que vengara no su propia injuria, sino la injuria infligida a la Divinidad ofendida. Por lo cual Cumano golpeó con el hacha al soldado que había violado la ley.

Además, Moisés fue más antiguo, y precedió por un gran intervalo de tiempo a todos los sabios de Grecia y de los gentiles, a saber, Homero, Hesíodo, Tales, Pitágoras, Sócrates, y a otros más antiguos que ellos: Orfeo, Lino, Museo, Hércules, Esculapio, Apolo, e incluso al propio Hermes Trismegisto, que fue el más antiguo de todos. Pues este Hermes Trismegisto, dice San Agustín, en el libro 18 de La ciudad de Dios, capítulo 39, fue nieto del Mercurio mayor, cuyo abuelo materno fue Atlas el astrólogo, contemporáneo de Prometeo, y floreció en el tiempo en que vivió Moisés. Nótese aquí que Moisés escribió el Pentateuco de manera sencilla, a modo de diario o anales; Josué, sin embargo, o alguno semejante, ordenó estos mismos anales de Moisés, los organizó, y añadió y entretejió ciertas sentencias. Pues así al final del Deuteronomio la muerte de Moisés, estando él ciertamente ya muerto, fue añadida y descrita por Josué o por alguna otra persona. Igualmente, no por Moisés sino por algún otro, según parece, fue entretejido el elogio de la mansedumbre de Moisés en Números 12, 3. Igualmente, en Génesis 14, 15, la ciudad de Lais es llamada Dan, aunque fue llamada Dan mucho después de los tiempos de Moisés, y por tanto el nombre de Dan fue sustituido allí por Lais, no por Josué, sino por otro que vivió posteriormente. Igualmente en Números 21, los versículos 14, 15 y 27 fueron añadidos de modo semejante por otro. Del mismo modo la muerte de Josué fue añadida por otro, en el último capítulo de Josué, versículo 29. Del mismo modo la profecía de Jeremías fue dispuesta y ordenada por Baruc, como mostraré en el prefacio a Jeremías. Igualmente, los proverbios de Salomón no fueron recopilados y ordenados por él mismo, sino por otros a partir de sus escritos, como consta en Proverbios 25, 1.

Además, Moisés aprendió y recibió estas cosas en parte por tradición, en parte por revelación divina, en parte por observación ocular: pues las cosas que narra en el Éxodo, el Levítico, los Números y el Deuteronomio, él mismo estuvo presente y las vio y las ejecutó.

Además, esta veneración fue ilustrada tanto por martirios como por milagros. Cuando Maximiano y Diocleciano ordenaron por edicto que los libros de Moisés y los demás libros de la Sagrada Escritura les fueran entregados para quemarlos, los fieles resistieron, prefiriendo morir antes que entregarlos. Por ello, muchos libraron un glorioso combate por los libros sagrados y obtuvieron la triunfante corona del martirio.

Pero cuando Fundano, antiguo obispo de Alutina, por miedo a la muerte entregó los libros sagrados, y el magistrado sacrílego los estaba destinando al fuego, de repente una lluvia se derramó de un cielo sereno, el fuego que había sido acercado a los libros sagrados se extinguió, siguió el granizo, y toda la región misma fue devastada por los elementos enfurecidos en defensa de los libros sagrados, como refieren las actas de San Saturnino, que se encuentran en Surio bajo el 11 de febrero.


Oración a Moisés

Míranos, te rogamos, santo Moisés, tú que desde lejos en el Sinaí fuiste en otro tiempo espectador de la gloria de Dios, y de cerca en el Tabor de la gloria de Cristo, y ahora gozas de ambas cara a cara. Extiende tu mano desde lo alto, derrama sobre nosotros los ríos de tu sabiduría, y con tu auxilio, tus plegarias y tus méritos, concédenos siquiera una chispa de aquella luz eterna. Alcánzanos del Padre de las luces que nos conduzca a nosotros, sus gusanillos, a estos sagrados recintos del Pentateuco; concédenos que en sus Escrituras lo reconozcamos; concédenos que lo amemos tanto como lo conocemos: pues no deseamos conocerlo sino para amarlo, y que, encendidos con el amor de Él, como antorchas, inflamemos a otros y al mundo entero. Pues esta es la ciencia de los santos; pues Él mismo es nuestro amor y nuestro temor, a Él solo miran todas nuestras preocupaciones, a Él nos consagramos nosotros y todo lo nuestro. Finalmente, condúcenos a Cristo, que es el fin de tu ley; para que Él mismo dirija, secunde y lleve a su cumplimiento todos nuestros estudios y esfuerzos, para la gloria de Aquel a quien toda criatura da alabanza — gloria que ha de ser proclamada en el reino de su Iglesia ahora militante, y un día cantada conjuntamente con sumo gozo y suma dicha en el coro triunfante de los bienaventurados en el cielo, por todos nosotros que te somos devotos, contigo, por toda la eternidad, como espero. Allí nos mantendremos sobre el mar de cristal, todos los que hemos vencido a la bestia, «cantando el cántico de Moisés y el cántico del Cordero, diciendo: Grandes y admirables son tus obras, Señor, Dios todopoderoso; justos y verdaderos son tus caminos, Rey de los siglos; ¿quién no te temerá, Señor, y engrandecerá tu nombre? Porque solo tú eres santo», Apocalipsis 15, 3; porque nos elegiste, porque nos hiciste reyes y sacerdotes, y reinaremos por los siglos de los siglos.

Amén.