Guigo I
(Meditaciones)
Capítulo I. Sobre la verdad y la paz, y cómo la paz se obtiene únicamente por la verdad.
La verdad debe ser puesta en medio, como algo hermoso. No juzgues si alguien la rechaza, sino compadécete. Mas tú, que deseas llegar a la verdad, ¿por qué la rechazas cuando se te reprenden tus vicios? Mira cuánto sufre la verdad. Se le dice al borracho: eres un borracho; y lo mismo al lujurioso, al soberbio y al parlanchín. Y esto es verdad. Sin embargo, inmediatamente enloquecen, y persiguen y matan la verdad en quien la predica. Mira cuánto se honra la mentira. Se les dice a los peores de los hombres, esclavos de todos los vicios: buenos señores. Se aplacan, se alegran y veneran la mentira en quien así habla.
Sin aspecto ni hermosura, y clavada en la cruz, la verdad debe ser adorada.
Cuanto más noble y poderosa es una criatura, con mayor gusto se somete a la verdad; más aún, es poderosa y noble precisamente porque se somete a ella.
Las cosas temporales te punzan: ¿por qué no huyes hacia otras cosas, es decir, hacia la verdad?
La razón por la cual la verdad nos es más amarga que todas las adversidades es que cada adversidad ataca uno o varios placeres; pero la verdad los acusa a todos de una vez.
Si hubieras experimentado todos los colores y todo lo demás que puede percibirse por los ojos, o hubieras probado cuanto los demás sentidos corporales pueden experimentar; si hubieras relatado u oído todos los rumores, ¿de qué serviría? Así tampoco hay provecho alguno en todo cuanto has experimentado u oído.
A nadie puedes odiar sino por tu propia iniquidad. Pues desear el bien incluso a los malvados es propio de los santos. Solo la verdad y la paz que de ella procede deben ser amadas.
El ministro de la verdad debe amar lo que ministra y a aquel a quien lo ministra. Y cuando otro le ministre a él lo mismo, que lo reciba con acción de gracias, como aquello mismo que ama.
Que la caridad sea tu motivo para decir la verdad, como para sanar. Pero si alguien no la recibe, o te compadeces de él, o no le amas, o consideras de poco valor lo que él desdeña, como cuando un enfermo rechaza una medicina saludable.
A la verdad le sigue, sin fin, una paz compartida con los ángeles; a la mentira, trabajo y dolor, compartidos con el diablo. La verdad no necesita ser defendida; antes bien, tú eres quien la necesita.
La verdad es amarga y desagradable en extremo para los de tu especie, no por culpa suya sino de ellos, como la luz brillante para los ojos débiles. Mira, pues, que no la hagas más amarga todavía al no decirla como debes, esto es, con caridad. Pues así como un médico piadoso, que da al enfermo una poción saludable pero amarga, unta el borde del vaso con miel, para que, al tomar de buena gana lo dulce, también lo curativo sea fácilmente tragado por la boca abierta. Además, tu oficio entero consiste en beneficiar a los hombres.
Si dices la verdad no por amor a la verdad, sino por deseo de herir a otro, no recibirás el premio de quien dice la verdad, sino el castigo del injuriador.
Considera cuánto suplicio sufrirás cuando la luz verdadera te muestre perfectamente a ti mismo, si tanto se atormenta aquel a quien revelas uno solo de sus males con una sola palabra. Pues entonces quedarán al descubierto los designios de los corazones.
Pecas igualmente ya sea que vituperes a otro o seas vituperado por otro; pues en ambos casos recibes la verdad como algo malo o la infliges como algo malo. Por tanto, quien quiera azotarte, que tome tu vida, es decir, la verdad; que por ella te golpee y atormente.
La verdad es vida y salvación eterna. Debes, pues, compadecerte de aquel a quien le desagrada. Pues en esa medida está muerto y perdido. Pero tú, perverso, no le dirías la verdad a menos que pensaras que le sería amarga e intolerable. Pues mides a los demás por ti mismo. Pero lo peor es cuando dices la verdad para agradar a los hombres —verdad que ellos admiran y aman— como si dijeras mentiras o adulaciones. Por tanto, la verdad no debe decirse ni porque desagrada ni porque agrada, sino para que aproveche. Debe callarse solo para que no dañe, como la luz daña a los ojos débiles.
El pan, es decir, la verdad, fortalece el corazón del hombre para que no sucumba ante las formas de los cuerpos.
Bienaventurado aquel cuya mente es movida o afectada únicamente por el conocimiento y amor de la verdad, y cuyo cuerpo es movido solo por esa misma mente. Pues así también el cuerpo es movido por la sola verdad. Porque si no hay movimiento alguno en la mente sino el de la verdad, ni ninguno en el cuerpo sino el de la mente, tampoco habría movimiento alguno en el cuerpo sino el de la verdad, es decir, el de Dios.
Por causa de la paz haces todas las cosas, y el camino hacia la paz es únicamente por la verdad, que es tu adversario en esta vida. Por tanto, o somete la verdad a ti, o sométete tú a la verdad. Pues no te queda otra opción.
La adversidad te advierte que desees la paz. Pero tú, cegado, deseas aquello mismo que, mientras lo amas y deseas, te hace absolutamente imposible tener paz.
¿Por qué arrebatas hacia ti aquello mismo que tanto te desagrada en otro, es decir, la ira? Te aíras, pues, porque él se aíra. Más bien, aírate ahora contra ti mismo porque te aíras. Si la ira verdaderamente te desagradara, no la admitirías sino que huirías de ella. Y esto solo se logra manteniendo la paz.
Un estanque no se gloría de su abundancia de agua, pues el agua viene de la fuente. Así sucede con tu paz. Pues siempre hay otra cosa que es la causa de tu paz. Tu paz, por tanto, es tan frágil y engañosa como aquello de lo cual procede. ¡Cuán vil es, pues, cuando nace de la agradabilidad de un rostro humano!
Todo hombre desea estar seguro. Pero es tanto menos seguro cuanto más puede ser perturbado. Y puede ser tanto más perturbado cuanto más dispuestas están a resultar de otro modo las cosas que ama. Que cualquiera te diga, pues: yo te haré daño; yo te quitaré la paz; pensaré o hablaré mal de ti. Mira cuán dispuesto estás a ser mortificado y turbado.
Que las cosas temporales no sean la causa de tu paz, pues será tan vil y frágil como ellas. Tal paz la tendrás en común con las bestias; que la tuya sea en común con los ángeles, es decir, la que procede de la verdad.
Todo cuanto habías tenido y amado por causa de la paz y la felicidad, desprécialo, a menos que quieras perder por completo la paz y la felicidad.
La paz es un bien del alma en que mora. Ha de ser deseada, pues, por sí misma, como un sabor agradable. Sea tan grande en ti que no excluyas ni siquiera a los malvados.
«No se turbe vuestro corazón ni se acobarde» (Jn 14, 27). Este es el verdadero sábado. Lo celebra quien ni es seducido ni coaccionado; este se tiene a sí mismo en su propio poder; este puede hacer de sí mismo una limosna, de modo que, según otro lo juzgue conveniente, esté airado o apaciguado.
El amor de la paz temporal engendra necesariamente inquietud de ánimo. Por tanto, quien tiene esta paz y la ama, necesariamente carece de paz.
Si no envidias a quienes te hacen mal, tendrás paz con ellos.
Así como todas las cosas subsisten por la semejanza y la paz, así por la desemejanza y la discordia todas perecen.
Capítulo II. Sobre el útil desagrado de sí mismo y la humilde confesión del pecado.
El principio del retorno a la verdad es desagradarse a sí mismo en la falsedad. A la enmienda le precede la reprensión de sí mismo. Pues a nadie le place cambiar lo que no le desagrada. Ya que, pues, siempre necesitas ser cambiado, siempre necesitas desagradarte a ti mismo.
En todo el cuidado que pones por tu salvación, no hay oficio ni remedio más útil para ti que reprenderte y despreciarte a ti mismo. Quienquiera, pues, que haga esto es tu ayudante. Pues hace aquello mismo que tú hacías, o debías haber hecho, para salvarte.
Te complaces en ti mismo porque no comprendes que no tienes bien alguno de tu cosecha. De ti mismo no tienes sino mal. Ninguna gratitud te debes, pues, a ti mismo. Todo tu mal proviene de ti. Te debes, por tanto, grandes castigos como retribución.
El camino hacia Dios es fácil, pues se va aligerando la carga. Sería difícil si se fuera cargándose. Alígerate, pues, hasta tal punto que, habiendo dejado todas las cosas, te niegues incluso a ti mismo.
Quien se sabe despreciable recibe las reprensiones con calma y humildad, como sentencias propias. Pero las alabanzas las rechaza, como sentencias que no son suyas.
Cuando alguien habla mal de ti, si no es verdad, le daña a él, no a ti, como si llamara estiércol al oro: ¿qué daño haría al oro? Si lo que se dice de ti es verdad, se te enseña qué debes evitar. Pero quien dice lo bueno no beneficia a aquel a quien alaba, sino a sí mismo. Cuando, sin embargo, se te dice algo bueno acerca de ti, ¿de qué sirve oír relatos de cosas que tú conoces mejor que nadie? Solo repréndete a ti mismo.
Que cada cual huya de sus propios vicios; pues los vicios ajenos no le dañarán. Tu vestimenta y tu corona son una mentira continua, puesto que significan lo que falta.
Cuando alguien se duele de haber cometido un hurto, por la vergüenza que de él le ha sobrevenido, no se arrepiente del hurto; antes bien, se duele de haber incurrido en la deshonra. No teme ni considera malo pecar, sino ser castigado. Pero para los justos, pecar y ser castigado no son dos cosas distintas. En efecto, consideran el pecado mismo como el más atroz castigo, y por eso sostienen que ninguna iniquidad puede quedar impune, puesto que la iniquidad del pecado es una gran pena, y nada peor puede infligírsele a nadie. Y por esta razón juzgan que debe evitarse y huirse por encima de todos los males, aunque ningún otro mal le siguiera.
Si debes odiar a alguien, no odies a nadie tanto como a ti mismo. Pues nadie te ha dañado tanto.
Si nada se mejora a menos que primero sea reprendido, entonces quien no quiere ser reprendido claramente no quiere ser mejorado. Pues está escrito: «El que odia la corrección es necio» (Prov 12, 1); «pero el que acepta la reprensión posee su propio corazón» (Prov 15, 32).
Sobre la confesión.
No habría podido haber camino alguno de salvación para el publicano si no hubiera confesado humildemente lo que el fariseo le echaba en cara con soberbia.
Solo en esto eres justo: si reconoces y declaras que mereces ser condenado por tus pecados. Si te llamas justo, eres mentiroso, y eres condenado por el Señor, que es la verdad, como adversario suyo. Declárate pecador, y, siendo veraz, concordarás con el Señor en la verdad y serás liberado.
A los grandes les corresponde interceder por quienes confiesan, para que sean perdonados; pero a los más grandes aún les corresponde suplicar bondadosamente incluso por quienes todavía no reconocen su culpa, para que la reconozcan; y por quienes, ya sea por vergüenza o porque aman su culpa, no confiesan, para que confiesen.
Toda alma racional, queriendo vengarse, inflige a otro lo que ella misma teme, aborrece y considera malo. Pero nada toma con más presteza para vengarse que la verdad, y ningún mal inflige con intención más vehemente. Por tanto, nada teme más para sí que el que se le diga la verdad. Pues el adversario dice del otro aquello mismo que, si aquel a quien se le dice lo reconoce humildemente, merece la salvación eterna. Porque quien llama adúltero al adúltero le dice como mal aquello que el adúltero mismo debería confesar libremente para su propia salvación. Que lo reciba, pues, de buena gana, y que no atienda a la intención con que se dice, sino a lo que se le dice.
Quien verdaderamente ama no parecer veraz sino serlo, y verdaderamente teme no parecer mentiroso sino serlo, tan pronto como advierte que ha mentido, se contradice a sí mismo, y ningún reproche ni pérdida le disuade de ello. Pues el veraz preferiría morir antes que vivir como mentiroso, si es que en verdad vive el mentiroso, ya que está escrito: «La boca que miente mata el alma» (Sab 1, 11).
Aquello que deseas ocultar, es decir, tu pecado, condénalo, y entonces no habrá nada que ocultar. Pues puedes destruirlo; ocultarlo, no puedes. Porque nada hay encubierto que no haya de ser revelado, ni oculto que no haya de ser conocido. ¿Por qué, pues, prefieres encubrir tu enfermedad en lugar de sanarla? ¡Con cuánto gusto muestras a otros las enfermedades de tu cuerpo para que se compadezcan, y si se niegan a creer, te consideras desgraciado, y tu dolor se acrecienta, y hasta te aíras! Haz lo mismo, pues, con las enfermedades de tu alma.
Capítulo III. Sobre los placeres y viles deleites de los cinco sentidos.
Considera las dos experiencias de ingerir y expulsar: ¿cuál te hace más bienaventurado, lo que experimentas por una o por la otra? La primera te carga de cosas inútiles; la segunda te descarga. Considera el provecho de cada una. Esto es todo lo que significa haber devorado la experiencia. No queda más esperanza. Así sucede con todas las cosas sensuales. Mira, pues, qué felicidad te han procurado todas estas cosas, ya sea en esperanza o en realidad, y juzga así del futuro. Considera, digo, las prosperidades pasadas, y así juzga las futuras. Todo lo que esperas perecerá. Y tú, ¿qué será de ti entonces? Ama y espera algo que no pase.
Quieres pintar con colores las maderas que serán consumidas por el fuego, puesto que deseas que sean hermosas las cosas que consumes, ya sean alimentos o vestidos. Necesitas vestidos contra el frío, no tal o cual color; alimento contra el hambre, no tal o cual sabor.
El placer bestial proviene de los sentidos de la carne; el diabólico, de toda soberbia, envidia y engaño; el filosófico, de conocer la criatura; el angélico, de conocer y amar a Dios.
Entre las cosas transitorias, las más deleitosas son las más mortíferas.
Es la misma o peor locura perseguir con afán las cosas que tú mismo has hecho, e inclinar el alma ante las cosas que destruyes, es decir, sabores u otras cosas sensibles.
«Los congregó de las regiones»: es decir, arrancando las almas santas de los sabores, olores y contactos carnales, las recoge en sí mismo.
Así los hombres intentan fabricar el verdadero placer o la verdadera felicidad, como si no existiera o pudiera ser fabricada, cuando ella sola verdaderamente existe y de ningún modo puede ser hecha. Y esto es fabricarse la felicidad y un Dios para sí mismo; y pensar que no hay felicidad ni hay Dios.
Mira si todos los hombres, abandonando todo lo demás a lo que atienden, se dedicaran enteramente a un solo color o sabor, cuán miserables, viles y necios serían. Igual lo son ahora, cuando atienden a tan numerosas y variadas cualidades de las cosas. Pues todas las criaturas juntas no son más nuestro Dios ni nuestra salvación que cualquiera de ellas por separado.
Cuando nos gozamos en las mismas cosas que los animales irracionales —es decir, en la lujuria como los perros, en la gula como los cerdos, y así sucesivamente—, nuestra alma se hace semejante a la de ellos, y no nos horrorizamos. Sin embargo, yo preferiría tener el cuerpo de un perro que su alma. Y si nuestro cuerpo pasara a una semejanza tan grande con el cuerpo de un perro como la que alcanza nuestra alma con el alma de un perro por la lujuria, ¿quién nos soportaría? ¿Quién no se estremecería? Mejor y más tolerable sería que nuestro cuerpo se transformara en bestia mientras el alma conservara su dignidad —es decir, la imagen de Dios—, que no que el cuerpo permaneciera humano mientras el alma se volviera bestial. Y esta transformación es tanto más horrible y detestable cuanto más el alma aventaja al cuerpo en dignidad. De ahí que David diga: «No seáis como el caballo y el mulo, que no tienen entendimiento» (Sal 31, 9). Pues no debe pensarse que esto se refiere a una semejanza corporal, para que no resulte ridículo.
Preparar algo —como comida o bebida— únicamente para que dé más placer es cooperar con el diablo en nuestra destrucción, y afilar la espada para que pueda penetrar más fácil y hondamente en nuestras entrañas. Pues cuanto más nos deleitamos en tales cosas, tanto más grave y profundamente somos heridos.
Capítulo IV. Sobre los vanos temores, dolores y tormentos de los hijos de este siglo, que contraen por el deseo y amor de las cosas perecederas.
Voluntariamente se enreda el hombre en el amor de los cuerpos y la vanidad; pero, quiera o no, es atormentado por el temor y el dolor ante su destrucción, ya sea cuando se le arrebatan los cuerpos mismos, ya sea cuando él es vituperado. Pues el amor de las cosas perecederas es como la fuente de temores inútiles, dolores y toda suerte de ansiedades. Por eso el Señor libera al pobre del poderoso, desatándolo del vínculo del amor mundano. Pues quien nada perecedero ama no tiene punto alguno por donde pueda ser herido por cualquier poderoso, y es del todo invulnerable, porque ama solo las cosas inviolables tal como deben ser amadas.
Si alguien te cortara todos los cabellos de la cabeza, no te haría daño, a menos que tocara los que aún están adheridos al cuero cabelludo. Así tampoco nada te daña, a menos que alguien toque aquello que ha echado raíces en ti por el deseo. Y cuanto más numerosas y más amadas sean tales cosas, tanto más numerosos e intensos serán los dolores que produzcan.
O extingue por completo el deseo, o prepárate a ser perturbado, es decir, a temer y dolerte por cosas que no debes.
El alma humana se atormenta dentro de sí misma mientras puede ser atormentada, es decir, mientras ama algo fuera de Dios. Pues a Dios no puede perderlo contra su voluntad. Puede abandonarlo, pero no perderlo. Nadie es dañado sino por sí mismo.
De cuantos amores de cosas —cosas que iban a perecer contigo, o tú con ellas— te ha liberado el Señor, de otros tantos temores, dolores y penas de tristeza te ha absuelto.
Mientras las apariencias o formas de los cuerpos —a cuya adherencia te manchas— perecen (como sílabas en su tiempo señalado, mientras Dios dirige la melodía), eres atormentado. Pues se raspa la herrumbre que se había incrustado.
Nada te es más laborioso que no trabajar, es decir, despreciar todo aquello de lo cual nacen los trabajos, a saber, todas las cosas mudables.
Mira cuánta muchedumbre de los de tu especie ha trabajado por el mundo, y no solo no lo han conseguido, sino que además se han perdido a sí mismos. Pero si tú te aplicas, adquirirás incomparablemente más que aquello por lo que todos trabajan o han trabajado.
La necia turbación del alma es en sí misma la miseria; esta se produce en ti casi constantemente, cuando Dios destruye las causas de tu muerte —es decir, las cosas a las que te adherías indebidamente—, para que, abandonándolas, vivas.
Amas deshonrosamente a una esclava, es decir, a la criatura; por eso te atormentas tanto cuando su Señor, es decir, tu Dios, hace con ella lo que justamente quiere.
Te has aferrado a una sílaba de un gran canto; por eso te turbas cuando el sapientísimo cantor prosigue su canto. Pues te es arrebatada la sílaba que solo tú amabas, y otras le suceden en su orden. Porque él no canta para ti solo, ni según tu voluntad, sino según la suya. Y las sílabas que siguen te son hostiles solo porque desplazan aquella que amabas indebidamente.
Lo que una sílaba es en un canto, eso es lo que cada cosa ocupa en el curso del mundo en su tiempo y lugar; por eso serás atormentado, porque te adheriste a cosas inferiores, y ellas pasan en su orden como sílabas en un canto.
Todas estas cosas que se llaman adversidades no son adversidades sino para los malvados, es decir, para los que aman a la criatura en lugar del Creador.
Si tal o cual hombre trabajara tanto por Dios como trabaja por el mundo, su natalicio se celebraría como el de un mártir.
Así como del hielo emana el frío, así del amor de las cosas temporales un temor inútil invade el alma, junto con todas las demás miserias. Quita de ti todo lo que te causa temor, como quitarías lo que te causa frío. Quítalos, digo, no de tu entorno, sino de tu corazón. Pues nada debe temerse sino lo que puede y conviene evitar, es decir, el pecado. Y todo cuanto conviene evitar también puede, con la ayuda de Dios, ser evitado, a saber, la iniquidad.
Mira cuánto estás en poder de otros para ser perturbado y atormentado. Con tanta facilidad como pueden reprocharte con palabras o con la opinión de sus pensamientos, con la misma facilidad pueden perturbarte. ¿Qué, pues? Si les desagradas, te turbas. Luego estás en su poder. Ya sea que alguien haga esto o no, tú estás así expuesto por la disposición de tu mente. Si les desagradas en algo bueno, les daña a ellos, no a ti. Trabaja entonces por cambiar sus corazones, no tu bien. Si les desagradas en algo malo, no es el desagradar lo que te daña —antes bien, te beneficia—, sino el mal mismo.
Los mártires dicen a Dios: «Por tu causa somos entregados a la muerte todo el día» (Sal 43, 22); tú dices a cualquier bagatela: por tu causa me turbo todo el día.
Recógete y reúnete por todas partes, no sea que la inestabilidad de las cosas mudables te encuentre entre ellas y seas atormentado.
Cualquier tormento que sufras —ya sea temiendo, ya airándote, ya odiando, ya doliéndote de cualquier modo—, impútalo solo a ti mismo, es decir, a tu propia concupiscencia, ignorancia o pereza. Pero si alguien quiere dañarte, impútalo a su concupiscencia. Tu herida y tu dolor son indicio de tu propio pecado: a saber, que amaste algo vulnerable, habiendo abandonado a Dios.
Se te han dañado tus espectáculos, y te dueles. Impútalo a ti mismo y a tu error, porque te adheriste a cosas que pueden dañarse. Pues el hombre se ha acostumbrado tanto a culpar de todo a otra cosa, que si tropieza con una piedra o se quema con el fuego, osa culpar y maldecir a las criaturas mismas de Dios —criaturas que, si no hicieran esto, serían con razón censuradas como inertes e impotentes, en vez de darle motivo para llorar su propia debilidad.
Aunque la nodriza sabe que el niño pequeño se alegrará al recibir un gorrión, no obstante teme sobremanera que lo reciba, y tanto más cuanto más cree que se alegrará con él. Ciertamente todos los hombres desean que ellos mismos y quienes aman se alegren. ¿Por qué, entonces, la nodriza no solo no desea esto para el niño, sino que incluso lo previene como un gran mal? Sin duda quiere que se alegre. ¿Por qué, pues, le quita aquello de lo que sabe que se alegrará? ¿Por qué, sino porque mira de antemano la tristeza que sabe que esta alegría causará? Pues sabe con certeza que cuanto mayor sea el gozo precedente, tanto más pesada será la tristeza que después asaltará el alma del niño, midiendo la magnitud del dolor futuro por la extensión del deleite presente. Y en este acto, ¿qué otra cosa sugiere esta mujer que debe hacerse, sino que todos aquellos gozos a los que siguen lamentos deben evitarse como peste y veneno? No debemos fijarnos en la dulzura que contienen en el presente mientras duran, sino en la amargura que engendran en nosotros cuando se van. Tales son todos los gozos temporales. ¿Por qué, pues, no he de evitar yo, con la misma providente cautela, una viña por poseer, un prado, una casa espaciosa, un campo; por qué no el oro y la plata; por qué no las opiniones y alabanzas de los demás, y cosas semejantes? ¡Oh, quién dará a este viejo pero todavía necio niño —es decir, a todo el género humano esparcido por el mundo entero— una nodriza grande y sapientísima, que con tal cuidado y solicitud le quite, o lo aparte de, los gozos que son semillas de futuros dolores! Pero, ¿de dónde vienen tan grandes gemidos y llantos por todo el mundo, sino de que esta amantísima y poderosísima nodriza nunca cesa —ya por sí misma, ya por otros medios— de quitar al género humano, o de negarle, las causas de dolor —es decir, las cosas temporales—, como se le quita un gorrión a un niño?
Capítulo V. Sobre el deseo, amor y gloria en las cosas terrenales y temporales, y cómo por ellas no se elimina la verdadera miseria sino que se acrecienta.
De dos modos, cuando dos cosas son iguales, una puede hacerse mayor que la otra: o por su propio aumento, o por la disminución de su compañera. Por este último medio, todos los príncipes y potestades de este siglo o se gozan o se esfuerzan por ser mayores que todos los demás —a saber, por el abatimiento y la disminución de los otros, no por elevación o aumento alguno de su propio cuerpo o mente. Pues ni sus cuerpos ni sus mentes mejoran en modo alguno; sino que se parecen a sí mismos haber progresado y crecido porque otros han decaído y menguado. Pero si todo se redujera de tal modo que quedase reducido a la nada, ¿en qué crecería por ello tu cuerpo o tu alma?
Así como quien quiere fabricar ladrillos prepara un patio donde colocarlos mientras tanto —no para que permanezcan allí, sino para ser trasladados a otra parte una vez secos; y así aquel patio no se prepara para ladrillos particulares, sino igualmente para todos los que han de fabricarse—, así Dios hizo este lugar de habitación humana para crear a los hombres y trasladarlos a otra parte una vez cumplido su tiempo. Y así como el alfarero retira unos para que los recién hechos ocupen su lugar, así Dios, por la muerte —como por el traslado de los anteriores—, prepara lugar para los que han de sucederles. Necio e insensato es, pues, quien se aferra al patio con el amor de su corazón, y no medita más bien con ansiedad adónde ha de ser trasladado desde aquí. Ni debe parecer injusto o duro a los ladrillos cuando son trasladados, puesto que fueron colocados allí con esa intención. Ni les parecerá así, salvo a quienes no consideran que necesariamente han de ser trasladados de aquí, que por un deseo insensato reclaman como propio lo que es común, no pertenece a nadie en particular, y está comunalmente destinado a innumerables ocupantes futuros. Mira en este mismo asunto otra locura no menor. Pues aunque estos ladrillos son casi todos del mismo tamaño, apenas ninguno de ellos se contenta con el espacio de un solo ladrillo; antes bien, habiendo expulsado o aplastado tantos ladrillos ajenos como puede, reclama para sí solo el espacio de muchos.
¿Qué piensas de alguien que dedica toda su atención y tiempo a apuntalar una casa —una casa que es imposible apuntalar con los materiales de que se dispone, materiales con los cuales nada en absoluto puede sostenerse; o, si pudiera, esos mismos puntales necesitan tantos otros puntales como la casa que ha de sostenerse con ellos; y aquellos puntales necesitan otros tantos, y así hasta el infinito? Esta vida es la casa; tú eres quien la apuntala; los puntales son las cosas temporales, que nunca permanecen en el mismo estado, y no pueden sostener ni ser sostenidas en absoluto.
Quien pide una vida larga pide una larga tentación. Pues la vida del hombre sobre la tierra es una prueba (Job 7, 1).
Lo que Dios no amó en sus amigos o parientes —esto es, el poder, la nobleza, las riquezas, los honores—, no lo ames tú en los tuyos.
Comes lazos, bebes lazos, vistes lazos, duermes sobre lazos; todo es un lazo.
Eres exiliado en el amor, en el placer, en el afecto —no en el lugar. Eres exiliado en la región de la corrupción, de las pasiones, de las tinieblas, de la ignorancia, de los amores y odios malvados.
Cuanto amas a ti mismo —esto es, esta vida temporal—, tanto necesariamente has de amar las cosas transitorias, sin las cuales no puedes existir. Y cuanto desprecias esta vida, otro tanto sus consuelos.
Te resulta doloroso haber perdido esto o aquello. No busques, pues, perder. Pues busca perder quien ama y adquiere cosas que no pueden retenerse.
Toda miseria consiste en esto. Todos aman algo principalmente, en lo cual tienen siempre fija su atención. Pero tú, ¿qué? He aquí que todos, como si hubiesen encontrado un tesoro, cada uno se apodera de partes individuales del mundo y se entrega a ellas, o bien se desgarran entre varias, como un perro colocado entre dos trozos de carne, sin saber a cuál acudir primero, temiendo perder el otro.
Si las cosas en que confías o te deleitas se hicieran a sí mismas lo que hacen, te burlarías de ellas como necias, o más bien las llorarías como perdidas. Y si todos están tan locos, ¿acaso es bueno para ti estar loco? Si te toleras a ti mismo tan inmundo, ¿por qué no a cualquier otro? A tantas desgracias como están sujetas las cosas que amas, a tantas está sujeta también tu alma.
Quien ama lo que no debe ser amado es miserable y necio, aunque ni él ni aquello perezcan jamás. Pues ¿acaso el idólatra es miserable solo porque perecerá lo que adora? Entonces, ¿no sería miserable si aquello no pereciera? Ciertamente, aun permaneciendo su ídolo, el adorador es miserabilísimo, aunque su cuerpo esté sano y esté lleno de bienes temporales.
Las adversidades no te hacen miserable; muestran y enseñan que ya lo eras. Pero las prosperidades ciegan el alma, cubriendo y acrecentando la miseria, no quitándola.
Mira cómo el alma es cautivada por las cosas corporales, y una vez cautivada es atormentada —como sucede en un niño. Pues es cautivada a la vista de un gorrión, y una vez que lo ha recibido, queda sujeta a tantos infortunios como el gorrión mismo. Pero ¡cuán segura estaba antes de ser cautivada por tales cosas! Pues las cosas que agradan la retienen para que pueda ser castigada por las adversidades.
Dada una nave, éramos llevados por los vientos a gozar o sufrir por la alternancia de las formas que encontrábamos.
¿Cómo podría el hombre no jactarse ni ensoberbecerse de su fuerza o belleza, cuando se jacta incluso de su debilidad y fealdad? Pues se jacta si monta un caballo, o si su fealdad se cubre con la hermosura de las vestiduras —cuando más bien podría parecer digno de jactarse si él mismo llevase al caballo con su propia fuerza, o al menos no lo necesitara, y si él mismo adornase sus vestidos con su propio esplendor, o al menos no necesitara su adorno. Pues estas cosas y otras semejantes proclaman su indigencia y fealdad.
¡Cuán gustosamente ostentaría el hombre su propia belleza si la tuviera, él que tan gustosamente ostenta la ajena —a saber, en vestiduras, ya sean de pieles o de cualquier otra clase!
No se ha de doler menos por quien se goza en la obtención de cosas temporales que por quien se duele de haberlas perdido. Pues ambos están aquejados de una fiebre, esto es, el amor del mundo.
Capítulo VI. Sobre el inútil y vil apetito de alabanzas, gloria y favor.
Si conocieras bien la naturaleza y la fuerza de la opinión humana, o del favor, nunca te afanarías siquiera mínimamente por ellos, ni te gozarías ni entristecerías. Pues nada aprovechan a aquel a quien se dispensan —así como los colores y demás formas desfiguran los cuerpos o las cosas en que residen, y ni los benefician ni los perjudican. Pues ¿de qué aprovechó al sol o a la luna que los paganos los consideraran dioses? ¿O qué daño les hace que tú los reconozcas como criaturas? Y si los creyeras estiércol, ¿qué daño les haría? Examina, pues, la naturaleza y la fuerza de estas cosas, así como examinarías las de tal o cual hierba o madera. Con la ayuda de Dios podrás hacerlo fácilmente, y por cuyas opiniones o favores todas las demás puedan medirse.
En esto reconoces lo que se debe solo a Dios: porque dispensado a cualquier criatura, nada aprovecha —como el conocimiento, el amor que lleva al favor, el temor, la reverencia, la admiración, y demás. Pues por el hecho mismo de que nada aprovechan a aquel a quien se dispensan, muestran que se deben solo a aquel que de nada necesita. Pues si ser alabado, conocido o admirado fuera provechoso, ¿quién no contrataría a diario obreros, como jornaleros, para que se lo dispensaran constantemente, a fin de progresar sin cesar? ¿Qué madre no dispensaría esto a sus hijos sin descanso? ¿Quién no llamaría buenos a sus vestidos, sus predios, sus ganados y a sí mismo, día y noche, para hacerlos mejores alabándolos?
Nada, pues, aprovechan estas cosas a aquel a quien se dispensan. Pero quien las dispensa se hace mejor o peor al dispensarlas. Si ama, admira o teme lo que debe, se hace mejor; si lo que no debe, ciertamente se hace peor. Y así en los demás casos. ¡Cuán misericordioso es, pues, el Señor, que nada exige de nosotros para su propio beneficio, y considera un gran servicio hecho a él si siempre hacemos lo que nos es útil!
Así como examinas las naturalezas de las raíces, hierbas y demás cosas, así pondera las de la opinión, el favor, la alabanza y la censura.
El amor de cada persona individual pertenece a todos. Pues cada uno debe amar a todos. Quien, pues, desea que este amor se le muestre especialmente a él es un ladrón, y por ello se hace reo ante todos.
He aquí que, mezclado con este cuerpo, eras bastante miserable —pues estabas sujeto a todas sus corrupciones, hasta la picadura de una pulga o un forúnculo. No te bastó con esto. Pues te has enredado con otras cosas, como con otros cuerpos —las opiniones ajenas, la admiración, el amor, el honor, el temor y cosas semejantes—, y así como sufres dolor por la lesión del cuerpo, así por la lesión de estas cosas sufres dolor. Tú mismo te aplicaste los leños con los que te quemas. Pues tu honor se hiere cuando eres despreciado; y así con lo demás. Piensa del mismo modo también acerca de las formas de los cuerpos.
Por el mismo vicio con que este o aquel te despreció, por ese mismo vicio tú, como cobarde, te doliste de ser despreciado —a saber, la soberbia. Y por el mismo vicio con que te quitaron, por ese mismo vicio te doliste de lo quitado —a saber, el amor de las cosas perecederas.
A no ser que desprecies cuanto pueden los hombres, ya oponiéndose, ya ayudando, no podrás despreciar sus afectos, esto es, sus odios o amores; y por consiguiente, tampoco sus buenas o malas opiniones.
Mira cómo vendes el amor y los demás afectos de tu alma por monedas pequeñas, como vino en una taberna. Observa, a su vez, cómo compras las opiniones, los amores y demás afectos o movimientos de las almas humanas por monedas pequeñas, como vino en una taberna.
Este hombre dio todas sus posesiones por alabanzas; aquel, por el placer del vientre y la garganta. ¿Cuál de ellos obró peor? Esto no lo sé; pero sé que uno fue movido por un placer porcino, y el otro por un placer diabólico.
¿Deseas ser amado por los hombres? Por supuesto, para que me asistan, esto es, para que asistan a esta vida mía. Luego es porque te sientes débil y dispuesto a sucumbir ante su violencia. Es como si dijeras: Si los hombres quieren, moriré; si quieren, viviré. Lo cual es falso. Pues morirás necesariamente, quieran o no. ¿Pues qué harás para no morir? Deseas, pues, que los hombres piensen cosas grandes o buenas de ti, para que te amen o te teman. Y que te amen o te teman para que te ayuden, o al menos no te dañen. A la inversa, temes o aborreces que los hombres piensen cosas viles o malas de ti, no sea que te odien o desprecien, o te dañen, o al menos no te ayuden. Y esto por la debilidad que has contraído al apartarte de Dios, y al adherirte y apoyarte en cosas inestables y débiles. Pues si no sintieras su vileza y debilidad, no temerías por ellas ni te doldrías. Pero temes y te dueles por ellas, a saber, cuando perecen o te son arrebatadas. Luego reconoces su vileza y debilidad. Por esta razón no puedes presentar excusa alguna por amarlas o apoyarte en ellas. Es en verdad asombroso sentir la debilidad de algo y sin embargo apoyarse en ello —conocer su vileza y sin embargo amarlo o admirarlo. Así pues, cuando te dueles o temes por causa de ellas, demuestras que en ti coexisten dos cosas que no parecen poder coexistir: que conoces y sientes su debilidad y vileza, y sin embargo las amas y te apoyas en ellas. Pues si una de estas dos no estuviera en ti —esto es, si o no las amaras o no conocieras su vileza— de ningún modo te doldrías por ellas al perecer.
Capítulo VII. Sobre la verdadera alabanza de los justos y la reprensión de los malvados, y quién es digno o indigno de alabanza.
Sé tal persona que pueda ser alabada; pues nadie es bien alabado sino el bueno, lo cual no es quien está ávido de alabanza; por lo tanto, no es alabado. Así pues, cuando te muestras agradable a quien te alaba, ya no te muestras agradable a quien te alaba a ti; pues ya no eres tú quien es alabado, siendo tan vano.
Cuando se dice «¡Qué bueno, qué justo!», quien lo es, es alabado, no tú que no lo eres. Es más, no poco eres censurado, siendo tan malvado y tan injusto. Pues la alabanza del justo es la censura del injusto. Por tanto, es tu censura, como injusto. Así pues, cuando aplaudes al que alaba al justo, aplaudes a tu propio censor más veraz, porque eres injusto. Pues no es justo quien se cree justo —ni siquiera un infante de un día.
Quien se goza en las alabanzas pierde las alabanzas. Si amas las alabanzas, no busques ser alabado —esto es, si deseas ser alabado, no desees ser alabado. Pues quien desea ser alabado no puede ser verdaderamente alabado. Es alabado aquel cuyos buenos hechos son proclamados. Pero quien desea ser alabado no solo está vacío de todo bien, sino que además está lleno de un mal grande y diabólico, a saber, una gran arrogancia. Por lo tanto, no es alabado. El justo, por el contrario, es siempre alabado; ninguna censura puede alcanzarle. Pues la censura es la reprobación de los males; y lo que el justo no tiene no puede serle imputado, y por tanto no puede ser censurado. Y universalmente, toda alabanza de los justos es censura de los injustos, y toda censura de los injustos es verdadera alabanza de los justos. Pero cuando alguien es alabado por algo bueno, aprovecha no al alabado, sino al que alaba.
Alguien te alaba por tu santidad —él se eleva hacia arriba. Pues lo que le agrada está por encima de ti, a saber, la santidad. Pero si tú lo amas no como a quien se complace en la santidad, entonces te rebajas hacia abajo.
Quien se duele o se aíra por la pérdida de algo temporal muestra con eso mismo que merecía perderlo. Igualmente, quien se aíra o se duele al recibir un insulto muestra con ello que lo merecía. Pues tanto deseaba ser alabado cuanto no deseaba ser insultado.
Te doliste de ser despreciado o tenido en poco; por esto mismo se demuestra que merecías ser despreciado y tenido en poco, y que por lo tanto se hizo justamente. Pues si no merecieras ser despreciado y tenido en poco, de ningún modo habrías temido ni te habrías dolido de serlo. Pues por esto solo, o principalmente, mereces ser despreciado y tenido en poco: porque lo temes o te dueles de ello. En verdad, nadie teme ser tenido por vil ni ser despreciado, a menos que sea vil y digno de desprecio.
Capítulo VIII. Sobre los que desean ser amados y admirados, y cómo por tal deseo el hombre se asemeja al diablo y se hace ídolo de los demás.
Verdaderamente, solo adora a Dios quien verdaderamente dirige su mente hacia él —con el afecto del temor, o del amor, o del honor, o de la reverencia, o de la admiración. Pues este solo es el culto verdadero y perfecto. Quien, pues, ofrece esto a cualquier cosa que no sea Dios es un verdadero idólatra. Y quien desea que esto se le ofrezca a sí mismo, ¿el lugar de quién ocupa verdaderamente, sino el del diablo, que se esfuerza por todos los medios en arrancar estas cosas de los hombres? Y así todas las quejas de los hombres se reducen a esto: o que sus dioses perecen o les son arrebatados —esto es, las criaturas a las que ofrecían este culto verdadero y divino—, o que tal culto no les es ofrecido a ellos.
Mira, pues, cuánta idolatría reina todavía en ti y en todo el mundo.
Ninguna cosa debe desear ser amada como un bien, a no ser que, por el hecho mismo de ser amada, haga bienaventurado a su amante. Pero nada hace esto sino aquello que no tiene necesidad de amante —esto es, a lo cual no le aprovecha ni ser amado por otro ni amar a otro. Crudelísima es, pues, la cosa que desea que alguien fije en ella su atención, su afecto y su esperanza, cuando ella misma no puede beneficiarlo. Esto es lo que hacen los demonios, que quieren que los hombres se ocupen de su servicio en lugar del de Dios. Clama, pues, a tus amantes: ¡Cesad ya, miserables, de admirarme, reverenciarme u honrarme de modo alguno, pues yo, miserable como soy, no puedo llevar auxilio alguno ni a mí mismo ni a vosotros —más aún, yo necesito del vuestro!
En cuanto estuvo en tu poder, has destruido a todos los hombres; pues te interpusiste entre Dios y ellos, para que, vueltos sus ojos hacia ti y abandonado Dios, te admiraran, contemplaran y alabaran a ti solo —y esto era enteramente inútil para ti y para ellos, por no decir ruinoso.
Nada hay más digno entre las criaturas racionales —especialmente entre las mentes piadosas— y nada más vil que las corrupciones de los cuerpos. Cuando, pues, deseas ser objeto de admiración para los hombres, cegado por esta misma soberbia, mira a qué miserables profundidades has caído. Mira, pues, la justicia de Dios. Pues te erigiste como Dios —esto es, como algo digno de admiración— ante la parte más excelsa de la creación; y él te sometió a la más ínfima. Pues deseaste y procuraste, en cuanto estuvo en ti, ser conocido, visto, alabado, admirado, venerado, amado, temido y honrado por todos —todo lo cual, de la parte más excelente de toda la creación, a saber, las mentes racionales únicamente, se debe solo a Dios. Justamente, pues, se hizo que tú, que te erigiste ante las partes más dignas de la creación como Dios, recibieras como tu Dios lo más vil de ella; y que tú, que por perversa usurpación quisiste arrancar de los seres más excelentes todo lo que se debía solo a Dios, gastaras en lo más vil —esto es, en los cadáveres corruptos de los cuerpos— todo lo que tú mismo debías solo a Dios. Pues todas aquellas cosas que arriba se enumeraron, debidas solo a Dios —el amor, etcétera—, las prodigas a estas con todo tu corazón. Así pues, mientras usurpas todo lo que es de Dios —ser alabado, etcétera—, has perdido todo lo que es del hombre: alabar a Dios, para lo cual fuiste creado. Y puesto que no hay lugar por encima de lo más alto, ni por debajo de lo más bajo, mientras aspiras por encima de lo más alto, te encuentras por debajo de lo más bajo. Pues quien está limitado por algo debe por amor estar sometido a ello. Pero tú gozas de las cosas más ínfimas. Por lo tanto, has sido arrojado por debajo de lo más ínfimo, donde no hay lugar alguno.
La amistad de este mundo, como dice el bienaventurado Santiago, es enemistad con Dios. Pues quien quiere ser amigo de este mundo se hace enemigo de Dios (Sant 4, 4). Pero quien ama siquiera una sola mosca en este mundo ha de amar necesariamente el mundo entero. Pues el mundo entero es necesario para la cosa que ama. Además, mientras perdure el amor de este mundo, perduran las enemistades entre Dios y los hombres. Cuando, pues, deseas ser amado por ellos, deseas que se hagan enemigos de Dios. Sin embargo, predicas que todo lo creado debe ser despreciado para que se reconcilien con Dios. ¿Acaso tú serás la única excepción, y dirás a los hombres: Despreciad todo por Dios excepto a mí —de modo que nada más impida que los hombres se reconcilien con Dios sino tú solo, y por tu sola causa perseveren las enemistades entre Dios y los hombres, y nadie se salve, puesto que amándote a ti se ven forzados a amar el mundo entero como necesario para ellos? Pues una cosa es amar a los hombres en el mundo o por el mundo, y otra amarlos en Dios o por Dios; una cosa es amarlos con deseo, y otra con compasión.
Capítulo IX. Sobre el alma que se aparta de Dios por el goce y amor de las cosas temporales, y es violada por los demonios.
Digan los bienes temporales: Si Dios nos sanara de la enfermedad de la corrupción, ¿qué harías? Considera en su mismo uso de qué modo te haces mejor por nosotros, o qué esperas de ello en el futuro. Nos has probado. ¿Y qué? ¿Deseas ser transformado en nosotros, o nosotros en ti? ¿Qué tienes que ver con nosotros? ¿Por qué te dueles de nuestro paso? Preferimos perecer según la voluntad del Señor, antes que permanecer según tu deseo. No te damos gracias por este amor tuyo; más bien nos burlamos de ti como de un necio. Pues ¿a quién debemos obedecer ante todo: a Dios o a ti? Di, si te atreves: ¿no es acaso esta casi toda tu función: devorarnos, convirtiéndonos en podredumbre?
Esta es tu utilidad, este tu poder: que a través de ti nuestra inmundicia fluya abundantemente; pues no puedes hacer que perdure este empeño tuyo. Esta es tu bienaventuranza: no carecer de nuestra inmundicia, a la cual te sometes voluntariamente —corrompiéndote y violándote el diablo a través de ella, no sin su propio gran placer y deleite en tu engaño y perdición.
Cualquier forma de la que goces es, por así decirlo, el varón de tu mente. Pues la mente cede y sucumbe ante ella, y no es la forma la que se conforma a ti, sino tú a la forma. Y la imagen de esa forma permanece impresa en la mente como un ídolo en su templo, al cual sacrificas no un buey, no un macho cabrío, sino un alma racional y un cuerpo —esto es, tu ser entero— cuando gozas de ella.
Mira cómo, como en una taberna, has prostituido tu amor como si fuera mercancía venal, y lo dispensas a los hombres en la medida de sus dones. Nadie recibe nada en esta taberna que no dé nada, o de quien no se espere que dé. Y sin embargo, no tendrías nada que vender si no te hubiera sido dado gratuitamente desde lo alto, cuando nada habías dado. Has recibido, pues, tu recompensa.
El vaciamiento y el alejamiento de Dios preparan el camino para la concupiscencia.
Quien desea que goces de ti en ti mismo ha merecido de ti las mismas gracias que las moscas y las pulgas que chupan tu sangre.
Si estas cosas (a cuyas impresiones en tu mente sucumbes con admiración y amor —culto debido solo a Dios—), si las veneraras esculpidas o pintadas en algún rincón de tu casa, con admiración, o amor, o postración corporal, y el pueblo llegara a saberlo, ¿qué harían contigo?
La mujer que se abstiene de la fornicación y no abandona a su propio marido solo porque no encuentra un adúltero que permanezca largo tiempo, no evita el adulterio, sino que busca uno duradero. Pero tú, para colmo de maldad, has abierto las piernas de tu mente a todo transeúnte, para que pudieras gozar al menos de adulterios momentáneos, ya que no podías gozar de duraderos o eternos.
Esta es en suma la totalidad de la depravación humana: abandonar lo que es mejor que uno mismo —esto es, Dios— y atender a lo que es menor que uno mismo, adhiriéndose a ello por el goce —esto es, a las cosas temporales.
El escarabajo pelotero, mientras vuela por encima de todo y lo contempla, no elige nada hermoso, sano ni duradero; sino que, dondequiera que yace el estiércol hediondo, se posa inmediatamente sobre él, desdeñando tantas cosas hermosas. Así tu alma, volando con la mirada sobre el cielo y la tierra y las cosas grandes y preciosas que hay en ellos, a nada se adhiere; y, despreciándolo todo, abraza gustosamente muchas cosas viles y sórdidas que se presentan al pensamiento. Avergüénzate de esto.
Capítulo X. Sobre la desvergüenza y el descaro del alma fornicaria, que pide a Dios que la consuele en su maldad.
Cuando ruegas a Dios que no te quite algo a lo que te has aferrado con deseo, es como si una mujer, sorprendida por su marido en el acto mismo del adulterio, en lugar de pedir perdón por su crimen, le pidiera más bien que no interrumpa el placer de su adulterio.
No te basta con fornicar lejos de Dios, sino que además lo inclinas a que aumente, conserve y perfeccione las cosas por cuyo goce eres corrompido: esto es, las formas de los cuerpos, sus sabores y colores.
¿Qué mujer es tan desvergonzada como para decir a su marido: Búscame a tal o cual hombre con quien yacer, porque me agrada más que tú; de lo contrario no descansaré? Sin embargo, tú haces esto a tu esposo —esto es, al Señor— cuando, amando algo distinto de él, se lo pides a él.
Cuando dices a Dios: Dame esto o aquello —es como decir: Dame algo con lo que ofenderte y fornicar lejos de ti. Pues cuando le pides algo distinto de él mismo, con tu misma petición le manifiestas tu culpa y tu fornicación de él, y no te das cuenta.
Es un castigo misericordioso cuando el esposo, sorprendiendo a su esposa en adulterio, simplemente le quita las cosas con las que fornicaba. ¡Cuán desvergonzada y descarada es ella, pues, si lo toma como injuria! Apenas tienes otra causa de dolor que esta: esto es, dolor por las fornicaciones que te son quitadas. Tus propios dolores, pues, te acusan de tus fornicaciones, de modo que no se necesitan otros testigos.
Aun la más desvergonzada y descarada de las mujeres suele ocultar de los ojos de su esposo las lágrimas que derrama por las desgracias de su amante, y las que derrama por los agravios que su amante airado le inflige —y asimismo los agravios mismos, y asimismo sus alegrías.
Mira ahora si tú haces al menos esto ante Dios —si no lloras abiertamente ante él por las desgracias de tu adulterio, esto es, de este mundo, y te regocijas abiertamente de sus prosperidades. «Has tomado para ti la frente de una meretriz» (Jer 3, 3).
Capítulo XI. Sobre la ignorancia de sí mismo, por la cual el hombre, derramado fuera de sí por el amor de las cosas terrenales, no puede considerarse a sí mismo.
La escasez del espectáculo interior —esto es, de Dios (no porque no esté presente dentro, sino porque no es visto por tus ojos interiormente legañosos)— hace que salgas voluntariamente fuera de tu interior, o más bien que no puedas morar dentro de ti como en tinieblas, y te ocupes de las formas exteriores de los cuerpos o de las opiniones de los hombres, admirándolas. No culpes a las formas corporales de que te retengan o asusten, o te muevan de cualquier modo; culpa más bien a tu propia ceguera y a tu vacío del sumo bien.
Mira cuán poco te conoces a ti mismo. Pues no hay región tan remota y desconocida para ti acerca de la cual creerías más fácilmente un informe falso.
A veces el mal desagrada sin la recompensa del bien —como cuando dos personas desean ejercer su propia voluntad soberbiamente en una misma casa: cada una quiere algo malo. Si sus voluntades se desagradan mutuamente, no acontece por odio de la soberbia, sino por amor a ella. Pues este que ama su propia soberbia odia la del otro, porque es impedida por él. Este es un lazo muy oculto.
Te comportas en este mundo como si hubieras venido aquí a contemplar y maravillarte de las formas de los cuerpos.
Si no carecieras de espectáculos interiores, nunca saldrías a los exteriores ni te ocuparías de ellos.
Así como en la fábula la doncella se consumió mirando al sol, así estás tú respecto a las formas de los cuerpos y las opiniones de los hombres, que necesariamente han de perecer.
Este espectáculo —a saber, cuánto tu alma se eleva por encima de los cuerpos y sus formas, o de las opiniones y los favores humanos, o yace debajo de ellos— está patente en esta vida a los ojos de nadie tanto como a los de Dios, y, en la medida de tu capacidad, a los tuyos.
Mira cómo, vuelto de espaldas a Dios, entraste en este mundo con la boca abierta hacia todo excepto hacia él.
Capítulo XII. Sobre la verdadera utilidad del hombre, y cómo la utilidad de todos los hombres es una y la misma.
Bienaventurado quien escoge trabajar con seguridad. Y esta es la elección segura y el trabajo útil: desear beneficiar a todos, de tal modo que desees ser tal para aquellos que no necesiten de tu auxilio. Pues cuanto menos hacen lo que conviene, tanto más parecen atender a su propia utilidad particular. Y esta es la verdadera utilidad particular de cada persona: desear beneficiar a todos. Pero ¿quién entiende esto? Quien, pues, busca perseguir su propia utilidad particular, no solo no encuentra utilidad alguna propia, sino que además incurre en gran daño para su alma. Pues mientras busca la propia —que no puede existir— es rechazado del bien común, esto es, de Dios. Pues así como la naturaleza de todos los hombres es una, así también lo es su utilidad.
Feliz es todo aquel que no quiere nada que le beneficie a sí mismo. ¿Puede entonces un hombre querer lo que ni le beneficia ni le daña? ¡Ojalá siquiera una vez en toda tu vida quisieras lo que conviene como debe ser querido! ¡Oh suerte miserable: no poder rechazar lo que daña!
Si preguntaras a los hombres por qué son miserables —si es porque no quieren lo que les es útil, o porque no tienen lo que quieren— responderían de inmediato que no pueden tener lo que quieren. Mas esto es como decir: Estamos ciertamente iluminados, y sabemos bien qué nos es útil y lo amamos, pero somos demasiado débiles. Lo cual es falso. Pues ¿quién entre todos los mundanos ama algo que pueda hacerlo mejor? Los hombres no desean nada que no sea más vil que ellos mismos. Y ¿cómo puede lo que es mejor, más precioso y más digno ser mejorado por lo que es inferior, más vil y menos digno? ¡Ay, cuántos hay que hacen lo que quieren, y cuán pocos que quieran lo que verdaderamente les beneficiaría una vez obtenido! Y sin embargo, ¿quién podrá jamás persuadir de esto a los hijos de Adán? ¿Cuándo se creerá que no aman su propia utilidad, cuando están dispuestos a jurar que no se desean mal alguno, y que todo lo que soportan en tantos trabajos lo soportan por su propia utilidad? Es como si dijeras a un idólatra que no adora a Dios. Saltaría de inmediato, jurando que adora a Dios, enumerando cuánto gasta en su culto, y señalando incluso con el dedo al mismísimo Dios que adora. Y sin embargo no adora a Dios, sino que, engañado por el error, toma otra cosa por Dios. Así los hombres sin duda no aman ni quieren su verdadera utilidad, sino lo que erróneamente creen que es su utilidad. Y por eso, todo lo que hacen o sufren por tal cosa, piensan que lo hacen o sufren por su utilidad. Pero nadie quiere o ama verdaderamente su propia utilidad sino quien ama a Dios. Pues él solo es la entera y única utilidad de la naturaleza humana. Y está escrito: «Quien permanece en la caridad —esto es, quien ama a Dios— permanece en Dios, y Dios en él» (1 Jn 4, 16). Tal es, pues, la utilidad humana: que nadie puede amarla sino quien la tiene, y una vez que un hombre la ama, no puede ser separada de él. Por lo tanto, el hecho mismo de que los hombres digan que aman su utilidad (pues ¿quién no está dispuesto a jurar esto?) pero que no la tienen —esto mismo, digo, es testimonio de que aman otra cosa, no su verdadera utilidad. Pues nada más necesita hacer un hombre para poseer su utilidad sino amarla. Pero los hombres continuamente intentan crearla, como si no existiera —del mismo modo que los paganos intentaban crear a Dios. Pues si solo Dios es la utilidad de los hombres, de la cual nadie puede carecer sino quien no lo ama en absoluto, entonces no es necesario crearla, puesto que es eterna, sino solo amarla. Esta sola es absolutamente la causa de toda nuestra miseria: que o no conocemos ni amamos nuestra utilidad, o no la conocemos y amamos tanto ni del modo en que debería ser conocida y amada.
Capítulo XIII. Sobre la prudente cautela que debe emplearse en provecho propio en todo género de prosperidad o adversidad.
He aquí que estás triste y turbado, y te quejas de fulano, de que te ha dicho palabras llenas de injuria y odio. Te dueles, pues, o de que tales cosas te fueron dichas, o de que fueron dichas con tal espíritu. Bien está, si te dueles por su causa. Pues esto no le aprovecha. Pero si por la tuya, está mal. Pues nada tan santo y bueno, dicho de manera tan santa y buena, podría haberte sido más útil que estas cosas lo serán, si haces buen uso de ellas. Pues ya sea que alguien te diga o haga cosas buenas o malas, serán para ti según el uso que hagas de ellas. Pero para quien las hizo o dijo, serán según la intención con que las hizo o dijo. Pues así como la iniquidad miente solo a sí misma —no a ti, si no consientes, y especialmente si la reprendes—, así todo mal lo hace y lo dice a sí misma, esto es, para su propia ruina, si tú piadosa y compasivamente no consientes, sino que la reprendes. Debes, pues, dolerte por quien te hizo o dijo el mal, no por ti —a quien incluso los males ajenos se convertirán en bien, si haces buen uso de ellos, y en tanto bien cuanto buen uso hagas de ellos. Por tanto, en tanto mal cuanto mal uso hagas de ellos —ya sean malas o buenas las cosas que te fueron hechas o dichas—, puesto que «para los que aman a Dios, todas las cosas cooperan para el bien» (Rom 8, 28), tan completamente todas que incluso los males ajenos. Pero para los que odian a Dios, por el contrario, todas las cosas cooperan para su propio mal, y tan completamente todas que incluso las buenas. Vuelve, pues, toda tu queja contra ti mismo por hacer mal uso de ellas.
Pues aun si las cosas que te fueron hechas o dichas son verdaderamente malas, de ningún modo pueden ser malas para ti a menos que hagas mal uso de ellas; ni pueden las buenas ser buenas a menos que hagas buen uso de ellas.
Esto debe observarse siempre: qué acontece en tu alma —no qué hacen los demás, ya sea bueno o malo, sino qué haces tú con sus obras: cómo usas sus bienes y sus males, y cuánto aprovechas de ellos, ya sea favoreciendo y ayudando, o compadeciendo y corrigiendo. Pues entonces obras bien respecto de todas las obras de los hombres, cuando no eres seducido por ninguno de sus beneficios al favoritismo, ni disuadido por ninguno de sus maleficios del amor. Pues entonces amas las gracias. Pues no tiene mérito alguno tener paz solo con quienes tienen paz con nosotros.
Lo que sea que te hagan, con tal de que tu alma no incurra en movimiento de ira, odio, tristeza o temor, ni en la causa de estos —en el siglo venidero nada te dañará.
Pon dos bolas en un rayo de sol, una de arcilla y otra de cera. Aunque el rayo es uno y el mismo, no puede producir el mismo efecto en ambas, sino que obra de modo diverso según las disposiciones de cada una —endureciendo a una y derritiendo a la otra; pues no puede derretir la de tierra ni endurecer la de cera. Así también una sola especie de metal —el oro, por ejemplo— cuando es visto por muchos, excita en ellos movimientos diversos según la disposición de sus mentes. Uno se inflama para apoderarse de él, otro para robarlo, y otro para repartirlo entre los pobres. El necio llama bienaventurado a su poseedor; el sabio llora por su amante. No puede excitar una voluntad mala en una mente buena, ni una voluntad buena en una mente mala; antes bien, estas y todas las demás apariencias o cualidades de los cuerpos o las cosas mueven las mentes humanas según sus disposiciones existentes. Y por ello toda la causa de nuestra maldad debe ser imputada a nosotros mismos, no a las cosas en que pecamos. No nos hacen, pues, otra cosa sino probarnos. Pues revelan lo que éramos en lo oculto; no nos hacen ser lo que somos. Cuán firme e inmóvil se adhiere la esposa a su esposo lo prueba la mirada de otros hombres. Pues si es verdaderamente casta, ninguna belleza ajena la conmueve. Así también, si te adhirieras a Dios con firmísimo afecto, no serías seducido por la vista de criatura alguna. Pues todas estas cosas prueban cuán grande es tu fidelidad hacia Dios.
Capítulo XIV. Sobre las adversidades de este siglo, cómo deben soportarse, porque por ellas somos útilmente compelidos a retornar a Dios.
Mira cómo Dios te punza dondequiera que te extiendes más allá de él por la concupiscencia en las criaturas —como una nodriza que pincha el brazo de un niño que se ha extendido fuera de la cuna, para que no perezca de frío.
Que Dios te sea propicio, para que el pie de tu mente no halle dónde reposar —de modo que al menos forzada, oh alma, retornes al arca, como la paloma de Noé.
La indigencia misma, o la aspereza, en lugar de un verdugo temporal, nos compele a desear bienes y cosas diferentes de estas. Pero como solo estamos acostumbrados a las cosas temporales y no conocemos otra cosa, no deseamos cosas muy diferentes de lo que padecemos, y o bien deseamos interrumpir sus rigores con algún alivio momentáneo —como por una especie de reconciliación—, o bien preferimos soportar cosas no muy diferentes de ellas.
Oh hombre que padeces dolor, ¿quieres aliviarlo? Sí. ¿Temporal o eternamente? Eternamente. Entonces desea el bálsamo eterno —es decir, a Dios. Pues él te hirió para que lo desearas a él, no hierbas, no vendajes.
Una sola fiebre arrebata todo aquello contra lo cual luchas —esto es, los deleites de los cinco sentidos. ¿Qué resta, pues, sino dar gracias a Dios por la victoria concedida? Pero tú, por el contrario, buscas algo a lo cual sucumbir, odiando tu libertad.
¿Qué esperanza hay, si voluntariamente te arrojas sobre las trampas y los dardos del enemigo; si no solo no los evitas, sino que los abrazas gustosamente, exponiéndote a ellos, huyendo de unos a otros? Los consideras remedio, consuelo —los deseas y no puedes soportar estar sin ellos.
La prosperidad es un lazo; el cuchillo que corta este lazo es la adversidad. La cárcel del amor de Dios es la prosperidad; el ariete que la derriba es la adversidad.
La adversidad te dice: Te esfuerzas por hacerme partir. Ciertamente no podrías impedirlo; pero si quieres bien, puedes.
Pues no puedo permanecer mientras el Señor dirige su melodía, no siendo yo más que una sílaba.
Si hacia los peores hombres debes ser manso como un cordero, ¿qué deberías ser ante Dios cuando te corrige con algún azote?
Mira cómo estás como en una batalla: la sed te abrasa —le opones la bebida; el hambre te atormenta —le opones el alimento; contra el frío, la vestidura o el fuego; contra la enfermedad, la medicina. Contra todo esto son necesarias la paciencia y el desprecio del mundo, para que no seas vencido por otra guerra que de ellas surge —a saber, las huestes de los vicios.
Puesto que solo el placer te cautiva, solo las cosas delectables deben evitarse. En ningún lugar, por tanto, está segura el alma cristiana sino en la adversidad.
De las cosas que amas, Dios ha hecho azotes para ti. Te atormentas huyendo de la prosperidad y precipitándote en la adversidad. Todo son azotes excepto aquel que destruye el azote —así como es hijo quien quiebra la vara del padre que castiga.
El cuerpo, vencido por fuerzas superiores, es empujado o arrastrado; lo mismo la voluntad. Pero no te ocupes de lo que mueve al cuerpo venciéndolo, sino de lo que mueve la mente y la voluntad.
¡Ay no de quienes han perdido las cosas temporales, sino de quienes han perdido la paciencia! Pues ninguna pasión se vence sino por la paciencia misma. Pues el hambre no se contrae comiendo, sino que se le sirve —como a la sed se le sirve bebiendo. Pues estas cosas tienden a esto: a inclinar el alma al goce de las formas exteriores de los cuerpos. Y cuando esto sucede, no son vencidas sino que reinan, habiendo alcanzado su fin —esto es, la inclinación del alma y su preparación para una inclinación más fácil y mayor.
La única medicina para todos los dolores y tormentos es el desprecio de las cosas que han sido dañadas, y la conversión de la mente a Dios.
Tantos placeres carnales como desprecias, y tan intensos como son, tantas y tan poderosas trampas del diablo evitas. Tantas tribulaciones como rehúyes, especialmente las padecidas por la verdad, tantos remedios medicinales rechazas.
Capítulo XV. Sobre la verdadera paciencia, por la cual los pecadores y los débiles deben ser tolerados y amados, esperando piadosamente su corrección.
Mira cómo puedes amar el grano en esperanza, el trigo cuando aún es un tallo encorvado: así ama a quienes aún no son buenos. Sé hacia todos como la Verdad fue contigo. Como ella te soportó y te amó para hacerte mejor, así soporta y ama a los demás, para hacerlos mejores.
Blasfemas contra el médico al desesperar del enfermo. Pues su curación es tan fácil como lo es el poder y la benevolencia del médico en curar.
Cuida de no despreciar la obra de Dios a causa de la obra del hombre. Pues la obra del hombre es el homicidio, el adulterio y cosas semejantes; pero la obra de Dios es el hombre mismo. Quien ama algo —como una casa o cualquier cosa por el estilo— ama también la materia de la cual puede hacerse: madera o piedras. Todo aquel, pues, que ama a los buenos, necesariamente debe amar a los malos, puesto que los buenos nunca se hacen de otra cosa. ¿Por qué, entonces, no amas aquello de lo cual puede hacerse un ángel, si amas aquello de lo cual puede hacerse una copa? Pues está escrito de los hombres: «Serán iguales a los ángeles de Dios» (Lc 20, 36).
¡Cuán hermoso es el arte de vencer el mal con el bien, pues los contrarios se vencen con sus contrarios!
Has sido puesto como un blanco para rechazar los dardos del enemigo —es decir, para destruir el mal oponiendo el bien. Pero nunca debes devolver mal por mal —a no ser quizá medicinalmente, lo cual ya no es mal por mal, sino bien por mal.
Quienes aman el mundo aprenden laboriosamente el arte con el cual pueden obtener o gozar lo que aman; pero tú deseas obtener a Dios y desprecias el arte con el cual se le obtiene —esto es, retribuir bien por mal.
O márchate de aquí, o haz aquello para lo cual fuiste puesto aquí —esto es, curar y soportar.
Este es necio —es decir, el hombre enemigo. Aquel es astuto —a saber, el diablo, que te ataca a través de este. Hacia el primero, sé manso, para liberarlo; contra el segundo, sé cauto.
Te turbas porque yo me turbé. Turbado, reprendes al turbado. ¡Oh vergüenza! Que el recto se burle del torcido; que el blanco se burle del etíope. Yo ciertamente me corregiré, y no haré más este mal. Pero ¿qué harás tú con este vicio tuyo, por el cual no solo no puedes curarme, sino que ni siquiera puedes llevar la salvación?
¿Por qué quieres despedir a ese hermano? ¿Porque está lleno de ira y de todo vicio? Entonces que Dios haga lo mismo contigo. De tu propia boca has probado que no debes despedirlo. «No son los sanos los que necesitan médico, sino los enfermos» (Mt 9, 12). Si preguntas a una madre por qué ha abandonado a su hijo, y responde que está débil y enfermo —pregúntale si querría que su hijo le hiciera lo mismo a ella. Y cuando diga que no, añade: Entonces odias por una mala razón. Así es con el médico.
Que quien pide perdón no sea exactor de venganza.
Si te toleras a ti mismo tan impuro como eres, ¿por qué no también a cualquier otro?
Que otros vayan a Jerusalén; tú ve hasta la paciencia o la humildad —pues eso es ir fuera del mundo; lo otro es ir dentro de él.
Cualquiera que sea la disposición que deseas que Dios y los hombres tengan hacia ti, por mucho o de cualquier modo que ofendas —muestra esa misma disposición hacia los demás, por mucho o de cualquier modo que transgredan.
Capítulo XVI. Sobre el piadoso cuidado y sanación de los débiles, y cómo se debe vivir entre ellos con mente incorrupta.
Una madre, herida por su hijo, no busca herirlo en venganza, porque cuenta la herida de él como propia. Por tanto, si alguien que quiere vengarla hiere al hijo, no debe pensarse que la ha vengado, sino que ha renovado la injuria. Así debe ser todo cristiano hacia todos los hombres —deseando compadecerse, reconociendo las causas certísimas de su dolor: a saber, las cosas perecederas.
Tan fácil es distinguir entre tu hermano y su vicio como entre el bien y el mal. Pues cuando ves a un hombre, ¿quién se aíra? ¿Quién se indigna? Pero cuando ves su vicio, ¿quién no se ofende —salvo alguien muy sabio y bueno, que sabe que el vicio daña más al que lo tiene que a cualquier otro, y que por tanto se le debe compasión?
Tu hermano está lleno de caridad y sabiduría, y tú no participas de ello. Está lleno de ira, odio y furor, y no puedes evitar participar de ello. El insensato necesita a los cuerdos, ya sea para contenerlo o para curarlo.
Lo único que deseas que Dios te muestre es la benignidad —muéstrala a todos los hombres, ya sea con la vara o con la mansedumbre. ¿Por qué insultas a los ciegos y a los débiles? Tú eres lo mismo; o si eres otra cosa, no es por ti mismo ni de ti mismo.
Considera qué deberías hacer si todos los hombres fueran siempre presa de la locura. ¿Acaso deberías turbarte por eso? ¿Por qué, entonces, cuando una persona se turba en alguna ocasión, te turbas tú? Le debes medicina, no turbación. Pues ¿cómo puede curarse la locura enloqueciendo?
¿Por qué te agradan los tormentos de los de tu propia especie? ¿Acaso porque son justos? Entonces que los tuyos agraden también a Dios, porque son justos. Pero esta sentencia te condena al fuego eterno.
Un médico necio, que no quiere disminuir su reputación, achaca a los propios enfermos todo lo que sale mal, aunque sea culpa suya. Tú haces lo mismo con los que están bajo tu cuidado.
Cualquiera que fuera la disposición que tendrías hacia todos los hombres si estuvieras lejos de ellos, pensando en sus pecados y miserias —ten al menos esa misma disposición ahora, cuando ves con tus propios ojos que perecen, ya por ceguera, ya por debilidad, ya por otra cosa; pues o son engañados por el diablo mediante las cosas temporales, o son vencidos.
Estremécete ante los inescrutables juicios de Dios sobre ti. Pues sea lo que sea aquello en que estás por encima de otros, no sabes por qué ellos no fueron puestos por encima de ti. Sé, por tanto, hacia ellos como ves que ellos habrían debido ser contigo, si hubieran estado por encima de ti.
Tu recompensa no será según el progreso de los que están bajo tu cuidado, sino según tu deseo y esfuerzo —ya progresen o no.
Cuando hayas probado suficientemente que alguien es malvado, encontrarás necesario llorar su pecado, porque también el Señor lloró el tuyo. ¿Por qué sondeas la dolencia del enfermo, si, una vez conocida la enfermedad, no solo no te afliges por él ni intentas curarlo, sino que incluso te burlas?
Cuando veas u oigas los males ajenos, mira dentro de tu propia alma, para probar cuánto amor verdadero por los hombres hay en ella.
No debes alegrarte si acaso eres mejor que otros, sino más bien dolerte de que ellos tienen menos de bondad —y contar esto como algo que te falta a ti.
Primero revístete de la persona que quieres juzgar o corregir, de modo que, como sentirías que te convendría si estuvieras en su lugar, así hagas con él. «Pues con la medida con que midiereis, se os medirá; y con el juicio con que juzgareis, seréis juzgados» (Mt 7, 2). Pues también Cristo primero se revistió de la naturaleza humana antes de juzgarla.
No debes esforzarte por hacer que tus señores —a cuyo servicio has sido asignado por su Padre, es decir, el Señor tu Dios— hagan lo que tú quieres, sino lo que les beneficia. Pues debes inclinarte tú hacia su provecho, no inclinarlos a ellos hacia tu voluntad, porque te fueron encomendados no para que domines sobre ellos, sino para que les seas útil —así como un enfermo es encomendado a un médico, no para que el médico lo domine, sino para que lo cure. Y el médico no está contra el enfermo, sino a favor del enfermo —es decir, contra su enfermedad. Y la completa y suficiente vindicación del médico por todo lo que padece del enfermo es la salud de este. No imputa nada al enfermo, sino todo a la enfermedad, y por eso su plena venganza es la extinción de la enfermedad misma.
A dos médicos les fueron asignadas dos personas a cada uno: una persona sana y una enferma. Y se les prometió una recompensa por su cuidado —ya fuera por preservar o por restaurar la salud. Uno de ellos hizo todo lo que debía hacerse para preservar o restaurar la salud, y sin embargo ambos pacientes murieron. El otro no hizo nada de lo que debía hacerse, y sin embargo el sano permaneció sano y el enfermo se recuperó. ¿Cuál de ellos merece la recompensa —aquel cuyos dos pacientes murieron, o aquel cuyos pacientes viven y prosperan? El primero, sin duda: quien hizo lo que debía hacerse por buena voluntad no es menos digno de alabanza y recompensa que si hubieran vivido y prosperado. El otro, que rehusó hacer lo que debía, no es menos digno de castigo que si hubieran muerto.
Dos cosas, por tanto, hacen al médico: la buena voluntad y el conocimiento perfecto. Pues no está en su poder sanar a todos los que atiende. Pues nadie puede saber quién está enfermo sin esperanza y quién puede ser sanado. Y por eso el cuidado debe darse a todos, y con toda benignidad, y el arte completo debe ejercerse en cada caso. Pues así, ante el Padre de todos, no mereceremos menor gracia y recompensa por los que murieron que por los que fueron curados.
Prepárate para vivir entre los malvados con mente incorrupta —lo cual es angélico. ¿Qué gloria hay en hacer esto entre santos?
La virtud de los ángeles es vivir entre los viciosos sin ser corrompidos por sus vicios. La marca de los más grandes médicos es habitar entre los enfermos y los dementes, y no solo permanecer completamente incorruptos, sino restaurarles la salud.
Capítulo XVII. Sobre la virtud y el efecto del amor de Dios y del prójimo, y cómo la caridad debe ser deseada y ejercida.
Quien goza de alguna forma corpórea atribuye lo que le parece bueno en ella no a sí mismo sino a la forma misma, y por esto la alaba y la ama en su mente. Pero no se considera bueno a sí mismo, sino a ella; y a sí mismo bueno solo gracias a ella. Ni permanece en sí mismo, sino que se extiende y pasa hacia ella —con tanto esfuerzo mental y movimiento de la voluntad cuanto la admira y ama al gozarla. Y por eso, si alguien daña o quita esa forma, considera que la injuria no fue hecha a ella sino a sí mismo. Y porque su paraíso y bienaventuranza era adherirse a ella, separarse de ella es su infierno y miseria. Así sé tú hacia Dios.
Cuando se desea un bien que necesita de otro bien, la miseria no se excluye, sino que la indigencia se acumula y acrecienta. Desea, por tanto, un bien que no necesite de otro bien. Pero todas las cosas son buenas por la bondad. Luego todas las cosas necesitan de la bondad para ser buenas. Pero la bondad misma no necesita de nada; pues es buena por sí misma. Ámala, pues, y serás bienaventurado.
Mira qué clase de bien es aquel cuyos últimos vestigios de vestigios —es decir, las cosas temporales— son buscados con tantos y tan grandes peligros de fatiga y error por tantos seres racionales e irracionales.
De nada debes alegrarte en ti ni en otro, sino en Dios.
Todos los vicios y pecados, puesto que se cometen por causa de la criatura —esto es, del bien ínfimo— se oponen a la bondad del Creador, esto es, al bien sumo.
Si tanto se apetece el viento de nuestro linaje —es decir, la opinión o la alabanza—, ¡cuánto más se debe apetecer la salvación de nuestro linaje —es decir, el Creador! Si tan dulce es ser llamado bueno, que incluso quienes rehúsan serlo —los malvados— se gozan de ello, ¡cuánto más dulce es serlo! Y si tan amargo y vergonzoso es ser llamado malvado, que incluso quienes «se alegran cuando han obrado el mal y se regocijan en las peores cosas» (Prov 2, 14) no pueden soportarlo, ¡cuánto peor es serlo en verdad!
Un hombre desea algo creado, o se adhiere a ello por el sentido corporal, y se olvida de sí mismo —¿cuándo harás tú lo mismo hacia el Creador?
El Señor te manda ser bienaventurado —es decir, amarlo a él perfectamente; de donde proviene no temer ni turbarse —esto es, paz y seguridad.
Solo la verdad sabe apartarse del mal, y solo su amor puede hacerlo. Por tanto, no se aparta uno del mal cambiando de lugar.
Ama aquello que amando no puedas perder —es decir, a Dios.
Si adherirse a Dios es tu entero y único bien, entonces separarse de él es tu entero y único mal, y nada más. Esta es tu gehena; este es tu infierno.
Destétate en adelante de estas formas corporales; avergüénzate de no poder estar sin ellas. Y puesto que algún día las perderás, quieras o no, haz ahora voluntariamente, con gran recompensa o gracia, lo que alguna vez habrás de hacer no sin gran tormento. Pues aunque nadie te las quite —¿acaso no despreciarás algún día esta vida y todo lo que a ella pertenece? He aquí, posee todo —¿acaso no estarás algún día sin todas estas cosas? Haz ahora, pues, lo que harás cuando lo hayas perdido todo —esto es, aprende a estar sin estas cosas; aprende a vivir y a gozarte en el Señor.
Sobre el amor gratuito del prójimo.
Quien ama a todos se salvará sin duda; pero quien es amado por otros no se salvará por eso. Así como tu odio hacia todos es impedimento para la vida de todos, así el odio de todos es impedimento para ti. Te conviene, por tanto, amar a todos; y a ellos también les conviene amarte.
El amor debe desearse gratuitamente —es decir, por su propia dulzura, como el más suave néctar. Aunque todo el mundo enloqueciera, no debe venderse a ningún precio. Pues nos beneficia y nos hace bienaventurados, hagan lo que hagan los demás.
Si amas porque eres amado, o para ser amado, no tanto amas como devuelves amor —pagando amor con amor. Eres un cambista; ya has recibido tu recompensa.
Hacia quien te ha injuriado, muéstrate más afable y familiar; hacia aquel a quien tú has injuriado, muéstrate humilde suplicante, sonrojado de vergüenza.
Así como todo bien que los hombres te hacen lo consideras dones de Dios, y crees que toda gratitud se le debe a él, así todo bien que tú haces a los demás, cuéntalo como beneficios suyos, no tuyos.
Cuando amas a alguien como amigo y le deseas riquezas como un bien, amas las riquezas más que a él. Pues a él lo amas como indigente, pero a las riquezas como suficiencia —más dispuesto, ciertamente, a perderlo a él que a ellas.
Quien en su propia iniquidad mata al malvado, con el pretexto de que odia la iniquidad y quiere destruirla, se engaña. Pues una vez que el malvado muere en su iniquidad, su iniquidad es eterna. Quien, por tanto, odia la iniquidad, debe esforzarse por que el malvado se corrija —y así perecerá su iniquidad.
«Dios es caridad» (1 Jn 4, 8). Quien, por tanto, muestra caridad a alguien por cualquier razón que no sea la caridad misma, vende a Dios y vende su propia bienaventuranza. Pues no tiene bien alguno sino en amar.
Si la caridad y sus signos —es decir, la alegría y demás— te agradan tanto en otro, ¿por qué no es mucho más dulce en tu propia alma?
Quien da algo a alguien porque aquel le dio, o le dará, algo a cambio, no recibe gracia de Dios. Lo mismo con tu paz y tu amor.
Si amas tanto, si el amor mismo te compele, reprende y castiga. Si obras de otro modo, te condenas a ti mismo. Haz todas las cosas con el mismo espíritu con el cual deseas que te las haga Dios.
«La caridad de Dios ha sido derramada en nuestros corazones por el Espíritu Santo que nos ha sido dado» (Rom 5, 5). Pero tú no amas ni a Dios ni al prójimo sino por beneficios temporales. Por tanto, se derrama en ti por las cosas temporales, no por el Espíritu Santo. Lo que así se derrama no es caridad, sino codicia.
He aquí que tu oficio no es ahora diferente de lo que era antes de que fueras prior. Pues con votos y oraciones y afectos hacías lo que ahora has comenzado a hacer con obras —esto es, beneficiar a los hombres. Pero las obras no deben disminuir aquellos afectos; antes bien, deben acrecentarlos con su estímulo.
En cualquier asunto en que puedas guardar tu castidad hacia Dios, en ese mismo asunto podrás también guardar tu justicia hacia el prójimo —lo cual significa no codiciar.
Difícilmente creen los hombres que lo que les es penoso se hace por caridad.
Capítulo XVIII. Sobre la perfecta justicia de los ángeles, y cuál es la diferencia entre su justicia y la nuestra.
Cuando alguien goza perfectamente de algo, olvidándose de sí mismo, se deja de lado como con desprecio y se extiende hacia aquello, atendiendo no a lo que sucede en sí mismo sino a lo que sucede en aquello —no a cómo es él, sino a cómo es aquello. Los ángeles, por tanto, se desprecian a sí mismos más que nosotros. Pues extendiéndose hacia Dios con todas sus fuerzas, se dejan a sí mismos atrás, junto con todas las demás criaturas, con toda su atención. Ni siquiera se dignan mirarse a sí mismos —tan poco se estiman. Despreciándose enteramente con toda su mente y olvidándose de sí mismos, van por entero hacia él, atendiendo no a qué o cómo son ellos mismos, sino a lo que él es. Y cuanto más se desprecian a sí mismos, y se apartan de sí mismos, y se olvidan de sí mismos, tanto más semejantes a él, y por tanto mejores, se hacen.
Cristo conduce a los ángeles al abrazo de su esposo; a nosotros nos arranca del adúltero —es decir, del mundo. A ellos los hace fuertes y firmes en el gozo del esposo; a nosotros, en la privación del adúltero —es decir, del mundo. A ellos los sostiene en la visión o realidad; a nosotros, en la fe y la esperanza. A ellos les da el gozo perfecto en la verdadera bienaventuranza; a nosotros, la paciencia en la tribulación. A ellos, la vida bienaventurada; a nosotros, a lo sumo, una muerte preciosa. A ellos, vivir para sí mismos —esto es, para Dios; a nosotros, morir al mundo. A ellos, gozarse en sus bienes; a nosotros, dolernos de nuestros males. A ellos, corazones alegres; a nosotros, contritos. A ellos, la justicia; a nosotros, la penitencia. A ellos, el fin; a nosotros, el principio del bien. Juro con confianza que los ángeles no han recibido de Dios don mayor ni más digno, más precioso ni más útil, y por tanto más deseable, ni más hermoso, que la caridad. ¿Quién puede entender o creer esto? Pues Dios es caridad. Y por tanto, quien tiene algo mayor o mejor que la caridad, tiene algo mayor o mejor que Dios.
Capítulo XIX. Sobre la verdadera e interior belleza del alma, y en qué consiste la verdadera perfección de toda persona.
No ves nada que no tenga, en su propio género, cierta belleza y perfección natural. Cuando esta falta, disminuida de algún modo, con razón te desagrada —como, por ejemplo, si te ocurre ver a un hombre con la nariz cortada, de inmediato lo desapruebas. Pues sientes lo que falta para la perfección natural de la naturaleza humana. Así ocurre con todas las cosas, hasta la hoja de un árbol o cualquier hierba. ¿Quién, entonces, negaría que la mente humana tiene su propia belleza y perfección natural? Esta, en cuanto está presente, con razón se aprueba; en cuanto está ausente, justamente se censura. Considera, pues, con la ayuda de Dios, cuánto de esta belleza y perfección le falta a tu mente, y nunca ceses de reprobar esta carencia. ¿Cuál es, entonces, la belleza natural del alma? Ser devota hacia Dios. ¿Y en qué grado? «Con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con todas tus fuerzas» (Lc 10, 27). Pertenece aún a esta misma belleza la benignidad hacia el prójimo. ¿En qué grado? Hasta la muerte. Si no eres esto, ¿de quién será la pérdida? De Dios —ciertamente ninguna. Del prójimo —quizá alguna. Pero tuya —sin duda la mayor. Pues estar privado de la propia belleza y perfección natural no puede no ser dañoso para cualquier cosa. Pues si la rosa dejara de ser roja, o el lirio de oler suavemente, la pérdida sería alguna para mí, que amo tales placeres —pero para ellos, para la rosa y el lirio, sería mucho mayor y mucho más dolorosa, despojados como estarían de su belleza natural y propia.
La verdadera perfección de la criatura racional es estimar cada cosa tanto como merece ser estimada. Pues estimarla más o menos de lo que merece es error. Ahora bien, toda cosa es por naturaleza o superior a uno, o igual a uno, o inferior a uno. Superior: Dios. Igual: el prójimo. Inferior: todo lo demás. Se debe, por tanto, estimar a Dios tanto como merece ser estimado. Pero merece ser estimado tanto como es grande. Pero nadie puede estimarlo tanto como es grande si no conoce cuán grande es. Pero cuán grande es no puede ser conocido perfectamente sino por él mismo. Pues su esencia supera nuestro conocimiento de ella tanto como su conocimiento de sí mismo supera el nuestro. De ahí que, así como nuestra esencia es nada comparada con la suya, así nuestro conocimiento, comparado con su conocimiento de sí mismo, es ceguera e ignorancia. Solo suyo es, por tanto, el perfecto y a sí mismo igual conocimiento de sí mismo. De ahí que el Señor dice: «Nadie conoce al Padre sino el Hijo» (Mt 11, 27). Así como solo su conocimiento de sí mismo es perfecto, así solo su amor de sí mismo desde la totalidad es igual y adecuado. Pues solo él, puesto que se conoce perfectamente tan grande como es, se ama perfectamente tan grande como es.
Retorna ahora a la definición que propuse al principio. Pues, examinada más sutilmente, se encuentra que no se aplica a la criatura racional sino solo a Dios. Pues, para pasar por alto lo demás, solo Dios mismo se conoce y se ama desde la totalidad, tan grande como es, como se ha mostrado. ¿Cuál es, entonces, la perfección de la criatura racional? Esta: estimar todas las cosas —tanto lo que está por encima de ella, a saber, Dios, como lo que es igual a ella, a saber, el prójimo, como lo que está por debajo de ella, a saber, los espíritus brutos, y demás— tanto como merecen ser estimadas por ella, es decir, por una criatura racional. Cuánto merecen ser estimadas, recógelo así: A Dios nada se antepone; nada se iguala; nada se compara siquiera como una mitad, un tercio, o cualquier fracción por más que se extienda hasta el infinito. Nada, por tanto, debe estimarse más; nada tanto; nada siquiera como una mitad o cualquier fracción en comparación infinita. Nada debe amarse más; nada tanto; nada por parte alguna en comparación con él. De ahí que el Señor mismo dice: «Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con todas tus fuerzas, y con toda tu mente» (Lc 10, 27) —esto es, no ames ninguna otra cosa para gozo ni para apoyo. Esto es lo que concierne a lo superior.
Los que son naturalmente iguales —es decir, en cuanto a la naturaleza se refiere— son todos los seres humanos. Se debe, por tanto, estimar a todos tanto como a uno mismo. Así pues, del mismo modo que respecto a lo superior —es decir, a Dios— nada se debe anteponer, ni igualar, ni comparar siquiera en la más mínima parte en el amor, así tampoco respecto a la salvación de cualquier ser humano; y lo que se debe hacer o padecer por la propia salvación eterna, se debe hacer o padecer igualmente por la salvación eterna de cualquier ser humano. De ahí que el Señor dice: «Amarás a tu prójimo como a ti mismo.» Esto es lo que concierne a lo igual.
Inferiores son todas las cosas que vienen después del espíritu racional —es decir, la vida sensual compartida con las bestias, la vida vegetativa compartida con las hierbas y los árboles, y la sustancia corporal con sus formas y cualidades, compartida con los metales y las piedras. Así pues, del mismo modo que nada debe amarse más que lo superior, ni tanto en comparación con ello, así nada debe estimarse menos que lo inferior, ni tenerse por tan vil, ni considerarse por fracción alguna, por más que se extienda hasta el infinito, en comparación con ello. Y esto es lo que está escrito: «No améis al mundo, ni las cosas que están en el mundo» (1 Jn 2, 15). Esto es lo que concierne a lo inferior.
Tal persona tendrá lo superior como gozo, lo igual como compañía, y lo inferior como servicio. Será devota hacia Dios, benigna hacia el prójimo y sobria hacia el mundo —sierva de Dios, compañera del hombre, señora del mundo. Puesta bajo Dios, no enaltecida sobre el prójimo, no sometida al mundo. Dirigiendo lo inferior hacia el provecho de lo igual, y lo igual hacia el honor de lo superior. Ni impía, ni blasfema, ni sacrílega hacia lo superior; ni soberbia, ni envidiosa, ni iracunda hacia los iguales; ni desenfrenada ni licenciosa hacia lo inferior. No recibiendo nada de lo inferior, nada de los iguales, sino todo de lo superior. Impresa por lo superior, imprimiendo lo inferior. Movida por lo superior, moviendo lo inferior. Afectada por lo superior, afectando lo inferior. Siguiendo lo superior, atrayendo lo inferior. Poseída por aquello, poseyendo esto. Reducida por aquello a su semejanza, reduciendo esto a la suya propia.
Hacia esta perfección tendemos en esta vida, aunque no la alcanzaremos perfectamente sino en la futura. La alcanzaremos entonces tanto más plenamente cuanto ahora la persigamos más fervorosamente. No habrá entonces movimiento alguno en la mente sino el que proceda de Dios; ninguno en el cuerpo sino el que proceda del alma; y así ni en el alma ni en el cuerpo habrá movimiento alguno sino el que proceda de Dios. No habrá pecado —esto es, perversidad de la voluntad— ni la pena del pecado: a saber, corrupción, dolor y destrucción de la carne. La mente desnuda se adherirá a la verdad desnuda, sin necesitar palabras, ni sacramentos, ni semejanzas, ni ejemplos para alcanzarla. Pues allí «no enseñará hombre alguno a su hermano diciendo: Conoce al Señor. Pues todos me conocerán, desde el más pequeño hasta el más grande, dice el Señor» (Jer 31, 34); pues todos serán «enseñados por Dios» (Jn 6, 45).
Capítulo XX. Sobre la Encarnación del Verbo, y cómo nos demostró en sí mismo de la manera más plena la antedicha perfección.
Estas virtudes o líneas de justicia, aun ahora en esta vida mortal, serían vistas por el alma en la verdad y sabiduría misma de Dios por sí misma, si fuera perfectamente pura. Vería también no solo que ella —es decir, el alma humana— es inmortal y eterna, sino también que su carne será tal en la resurrección. Pues contemplaría claramente la resurrección misma allí —es decir, en el Verbo y la Sabiduría de Dios. Pero como no podía hacer esto a causa de su impureza, se unió al Verbo una mente humana, que, recibiendo el Verbo de Dios plenísimamente y siendo enteramente conforme y semejante a él, e impresa entera y totalmente solo por él —como está escrito: «Ponme como sello sobre tu corazón» (Cant 8, 6)—, reducida enteramente a su semejanza, así como la cera se conforma a la semejanza del sello, lo mostrase a nosotros en sí misma, para que lo viéramos y conociéramos.
Pero éramos tan ciegos que no podíamos ver ni el Verbo de Dios ni el alma humana. Por tanto, se añadió también un cuerpo humano. Considera estas tres cosas: el Verbo de Dios, la mente humana y el cuerpo humano. Si pudiéramos ver bien el primero, no necesitaríamos el segundo. Y si pudiéramos ver al menos el segundo, no necesitaríamos el tercero. Pero puesto que no podíamos ver ni el primero ni el segundo —es decir, ni el Verbo de Dios ni la mente humana— se añadió el tercero: el cuerpo humano. Y así «el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros» (Jn 1, 14) en nuestro mundo exterior, para que incluso así nos condujera al fin a su interior. Un alma racional, pues, que tenía carne, fue unida al Verbo, para que a través de esa carne enseñara, hiciera y padeciera todo lo que era necesario para nuestra instrucción y corrección. Solo en esa alma se hallaron en el grado más perfecto las cosas que hemos tratado más arriba —a saber, la devoción a Dios, la benignidad hacia el prójimo, la sobriedad hacia el mundo. Pues nada antepuso a Dios, nada igualó, nada comparó por parte alguna. De ahí que dice: «Siempre hago su voluntad —es decir, la del Padre» (Jn 8, 29). Amó a su prójimo perfectísimamente como a sí mismo. Pues no escatimó nada de lo que estaba por debajo de él —es decir, por debajo de la mente racional— sino que todo lo convirtió en provecho del prójimo: su vida (pero la vida sensual), y lo que nutre la carne, y la carne misma. Pues soportó por nosotros los más acerbos dolores, y la muerte contra la vida vegetativa, y las heridas contra la carne misma.
Hacia el mundo tuvo tal sobriedad y tal desprecio que el Hijo del Hombre no tenía siquiera dónde reclinar su cabeza. No recibió nada de lo inferior, nada de lo igual, sino todo de lo superior —es decir, del Verbo de Dios, al cual su alma estaba unida en la unidad de una persona. No fue enseñado por sacramentos, ni por palabras, ni por ejemplos, sino por la sola presencia del Verbo y la Sabiduría de Dios, para entender y para amar. A través de esa alma, el Verbo y la Sabiduría de Dios nos mostró de tres modos —por sacramentos, por palabras y por ejemplos— lo que debe hacerse, lo que debe soportarse y por medio de qué. Pues el hombre no debía seguir sino a Dios, y sin embargo no podía seguir sino a un hombre. Por tanto, fue asumido un hombre, para que al seguir a aquel a quien puede, el hombre siguiera también a aquel a quien debe. Igualmente, no podía conformarse sino a Dios, a cuya imagen fue hecho, y sin embargo no podía conformarse sino a un hombre. Y así Dios se hizo hombre, para que al conformarse al hombre a quien puede, el hombre se conforme también al Dios a quien le aprovecha conformarse.