Cornelius a Lapide
Índice
Argumento: Introducción al Levítico
Este libro se llama en hebreo vaijcra, esto es, «y llamó», por sus palabras iniciales. Por los griegos y latinos se llama Levítico, por la materia que trata; pues trata de los sacrificios y demás deberes de los levitas. Porque los levitas, es decir, los que descendían del padre y tribu de Leví, fueron elegidos por Dios para el oficio sacerdotal y para servirle en el tabernáculo, pero con esta distinción: que los amramitas, esto es, los descendientes de Amram, a saber, Aarón y sus hijos, ejercerían el sacerdocio y solo ellos ofrecerían sacrificios; los demás, a saber, los descendientes de Caat, Merari y Gersón (que todos fueron hijos de Leví) servirían bajo ellos, como los diáconos sirven a nuestros sacerdotes. Véase Números, capítulos III y IV. El resultado fue que los primeros se llamaron sacerdotes, mientras que los segundos se llamaron levitas, apropiándose el nombre común para el rango inferior: pues la especie más imperfecta tiende a apropiarse el nombre del género; así llamamos simplemente «animal» al bruto. Aquí, sin embargo, ocurrió lo contrario: pues el nombre del género se da aquí a los más distinguidos; porque por «levitas» aquí entendemos sacerdotes, cuando llamamos a este libro «Levítico».
«Levítico», por tanto, significa lo mismo que «sacerdotal» o «sacrificial»: pues contiene los preceptos ceremoniales por los que el pueblo israelita era propiamente atraído a Dios y al culto y familia de Dios, en lo tocante a oblaciones y sacrificios, que son los actos más excelentes de culto que exteriormente rendimos a Dios.
Por consiguiente, la primera razón para establecer estos sacrificios fue el culto exterior y la veneración debida a Dios. En segundo lugar, para que Dios por este medio apartase a los judíos de la ruinosa ociosidad y la idolatría, manteniéndolos siempre piadosamente ocupados. Esta razón la dan San Clemente, libro I de las Recogniciones, hacia la mitad; San Juan Crisóstomo, homilía 6 sobre Mateo; San Jerónimo, sobre Isaías 1; y Tertuliano, libro II Contra Marción, capítulo XVIII, donde dice: «Por las cargas de los sacrificios, y la meticulosa escrupulosidad de las ceremonias y oblaciones, quiso Dios atarlos a Su religión, para que no cayesen en pecado fabricando ídolos.» En tercer lugar, para que por medio de diversos tipos prefigurasen la dignidad y la múltiple naturaleza del sacrificio de Cristo realizado en la Cruz. Pues todos estos sacrificios prefiguraban a Cristo y la inmolación de Cristo, como enseñan San Agustín, libro I Contra los adversarios de la Ley y los Profetas, capítulo XVIII, y libro XVII de La Ciudad de Dios, capítulo II; Eusebio, libro I de la Demostración, capítulo II.
El Concilio de Trento, sesión XXII, capítulo I al final, y San León, sermón 8 Sobre la Pasión, donde dice: «Ahora que ha cesado la variedad de los sacrificios carnales, la única oblación del Cuerpo y Sangre del Señor cumple todas las diferentes clases de víctimas; de modo que, así como hay un solo sacrificio por toda víctima, así haya un solo reino de toda nación.» De ahí también que en la Colecta de la Iglesia se diga: «Oh Dios, que has sancionado las variadas distinciones de las víctimas legales con la perfección de un solo sacrificio.» En cuarto lugar, para que significasen las cosas que nos conviene hacer, y así instruyesen nuestras costumbres, como enseñan San Agustín, libro X de La Ciudad de Dios, capítulo V; Clemente de Alejandría, libro V de los Stromata; Teodoreto, en su libro Sobre los sacrificios, antes de la mitad, y otros. De aquí se deduce que estos antiguos sacrificios eran buenos y santos, y agradables a Dios, en cuanto fueron instituidos por Él y ofrecidos en Su honor: pues eran actos de religión y de culto.
Se objetará: San Cirilo, libro IX Contra Juliano, antes del final; San Jerónimo; Ruperto, sobre Isaías capítulo 1; Tertuliano, libro II Contra Marción, capítulos XVIII y XXI; San Juan Crisóstomo, oración 1 Contra los judíos; y otros parecen decir que estos sacrificios no eran agradables a Dios, ni instituidos por Su voluntad deliberada, sino solo para evitar un mal mayor, a saber, que los hebreos, acostumbrados a los sacrificios en Egipto, recayesen en ellos y los ofreciesen a Apis y a otros ídolos.
Respondo que estos Padres solo quieren decir que estos sacrificios no eran agradables a Dios en sí mismos, o en cuanto eran externos sin culto interno: pues los contraponen al sacrificio de Cristo y a los actos de virtud, que son agradables a Dios en sí mismos. Y esto es lo que dicen los teólogos: que los sacrificios y Sacramentos de la nueva ley son agradables a Dios y nos justifican por la obra realizada (ex opere operato); mientras que los antiguos lo hacían por la obra del que los realizaba (ex opere operantis). De ahí que desagradaban a Dios si eran ofrecidos por hombres impíos con corazón impuro. Y esto es lo que dice Dios en Isaías 1:11: «¿Qué me importa la multitud de vuestras víctimas? Estoy harto de holocaustos de carneros y de la grasa de animales cebados, y no deseé la sangre de becerros ni de corderos ni de machos cabríos: el incienso me es abominación», porque, a saber, lo quemáis para Mí vosotros, impíos, con corazón impío: pues ponéis toda santidad en esos sacrificios externos, y así descuidáis la santidad interior, que es la verdadera, y os mancháis con robos, adulterios y otros crímenes.
Podemos dividir el Levítico en tres secciones. La primera trata de los sacrificios mismos, su variedad y distinciones, desde el capítulo I al VIII. La segunda trata de las personas que ofrecen, su preparación y disposición, desde el capítulo VIII al XXIII. La tercera trata de los tiempos señalados para ofrecer, a saber, las fiestas, desde el capítulo XXIII hasta el final, a lo cual se añaden algunas cosas sobre los votos y su redención.
Además, todas estas cosas fueron hechas y dichas en el duodécimo campamento de los hebreos en el desierto, a saber, en el monte Sinaí, como se afirma al final de este libro. Pues en el Sinaí tuvo lugar todo lo narrado desde Éxodo capítulo XIX hasta el final del Éxodo, y todo lo narrado a lo largo del Levítico y Números hasta el capítulo X. Pues en Números X, 11 los hebreos levantaron el campamento del Sinaí. Sin embargo, estos preceptos del Levítico fueron dados a Moisés por Dios no en el mismo monte Sinaí, como el Decálogo, sino en el tabernáculo recién construido, como se ve en el capítulo 1, versículo 1.
De aquí se sigue que el Levítico fue dictado por Dios a Moisés en el segundo año de la salida de los hebreos de Egipto, que fue el año del mundo 2455, desde el diluvio 798 (que fue 1496 años antes del nacimiento de Cristo). En efecto, todo el libro del Levítico fue dictado por Dios en un mes, a saber, el primer mes de este segundo año, lo cual se verá claramente si se compara el principio y el fin del Levítico con el último capítulo del Éxodo, versículo 15, y con Números capítulo I, versículo 1. De aquí se deduce que el libro de los Números, que sigue al Levítico, comienza el primer día del segundo mes. Ciertamente es seguro que el Levítico no pudo haber sido dictado después del vigésimo día del segundo mes; pues más allá de ese día los hebreos ya no estaban en el Sinaí, como se ve en Números capítulo X, versículo 11. Nótese que estos preceptos del Levítico no fueron dados todos de una vez en un solo día, sino sucesivamente a lo largo de los diversos días del primer mes, como se ve en el capítulo IX, versículo 1; capítulo X, versículos 1 y 2; capítulo XVI, versículo 1.
El Levítico ha sido explicado místicamente, en primer lugar, por Orígenes, de quien sobreviven dieciséis homilías sobre el Levítico. Estas mismas homilías se encuentran entre las obras de San Cirilo, y se llaman no homilías sino libros. Sin embargo, que no son de Cirilo sino de Orígenes se deduce tanto del estilo como porque en ciertos lugares presentan huellas de los errores de Orígenes, y también porque desde la antigüedad siempre fueron atribuidas a Orígenes. En segundo lugar, escribió sobre el Levítico Hesiquio, presbítero de Jerusalén y discípulo de San Gregorio Nacianceno. Floreció bajo el emperador Honorio hacia el año del Señor 400. En tercer lugar, San Cirilo escribió sobre el Levítico diecisiete libros De la adoración en espíritu y en verdad, en los cuales interpreta la mayor parte de los misterios del Levítico y los aplica tropológicamente a los cristianos. Antonio Agelio los publicó recientemente en Roma en el año del Señor 1588. En cuarto lugar, Radulfo, monje de Flavigny, o, como otros sostienen, de Fulda, escribió excelentemente sobre el Levítico hacia el año del Señor 910. Fue hombre de sólida erudición, que imitaba el estilo de San Gregorio, y explica aptamente cada punto en sentido místico y tropológico. En este siglo, Pedro Serrano, canónigo de Alcalá, ha escrito sobre el Levítico tanto mística como literalmente.
Sinopsis del capítulo
Dios prescribe a Moisés el rito de tres clases de holocausto: primero, de ganado mayor, versículo 3; segundo, de ovejas y cabras, versículo 10; tercero, de aves, a saber, tórtolas y palomas, versículo 14.
Notas preliminares sobre el sacrificio
Algunas cosas deben exponerse aquí previamente sobre el sacrificio y sus clases.
Nótese en primer lugar: El sacrificio es una ofrenda de una cosa sensible hecha a Dios por un ministro legítimo, mediante una transformación real, para atestiguar Su supremo dominio y nuestra sujeción. Digo «mediante una transformación real» porque en esto se distingue el sacrificio de una mera ofrenda: en esta última la cosa se ofrecía íntegra a Dios, como es evidente en la ofrenda de los diezmos y las primicias; pero en un sacrificio la cosa ofrecida era matada, si era animada, o si era inanimada, era cortada, molida, quemada o derramada, y así transformada y destruida.
De ahí que «sacrificar» en griego se diga thyein, en hebreo zabach, ambos significan «matar, degollar». Pues zabach coincide en nombre y significado con tabach, esto es, «degollar». Y el latín sacrificare, aunque deriva de que algo se hace sagrado, sin embargo se toma muy frecuentemente como «matar», lo cual es señal de que el sacrificio o consiste en la misma destrucción de la cosa, o está unido a ella.
La razón es que, cuando una cosa es destruida, se sustrae del uso humano, y parece más perfectamente entregarse toda en honor de Dios, y significar Su supremo dominio sobre todas las cosas, y que todas dependen de Él, y especialmente que Él es el Señor de la vida y la muerte de todos: pues significamos y profesamos todas estas cosas por el acto mismo del sacrificio.
Nótese en segundo lugar: Las cosas inanimadas que se sacrificaban eran o líquidas, como la sangre, el vino y el aceite —estas se ofrecían derramándolas—; o eran sólidas, como el pan, la harina fina, la sal, el incienso, un manojo de espigas verdes y el trigo —estas las levantaba el sacerdote en alto y las preparaba y transformaba de diversos modos—. En esta transformación consistía la esencia del sacrificio: pues el pan se cortaba en trozos, la harina fina se cocía en sartén, horno o parrilla, la sal se quemaba, el incienso se encendía, el manojo de espigas se tostaba y el trigo se molía.
Nótese en tercer lugar: De los animales, Dios mandó que solo le fuesen ofrecidos los limpios, y solo ocho en número, a saber: la oveja, la cabra, el cabrito, el buey, el becerro, la paloma, el gorrión y la tórtola; ni era lícito a los judíos sacrificar ningún otro animal a Dios.
Nótese en cuarto lugar: Había tres clases de sacrificios. La primera era el holocausto (holocaustum); la segunda, la víctima pacífica (victima pacifica); la tercera, la hostia por el pecado (hostia pro peccato). A estas añádase una cuarta, a saber, la minjá, o sacrificio de harina fina o pan. Todas estas están contenidas en el sacrificio de Cristo, que era prefigurado por ellas. Moisés las trata en este orden: el holocausto en el capítulo I; la minjá en el capítulo II; la víctima pacífica en el capítulo III; la hostia por el pecado en el capítulo IV o VI.
Texto de la Vulgata: Levítico 1:1-17
1. Y el Señor llamó a Moisés, y le habló desde el tabernáculo del testimonio, diciendo: 2. Habla a los hijos de Israel, y diles: Cuando algún hombre de vosotros ofreciere una víctima al Señor de entre el ganado, esto es, ofreciendo víctimas del ganado mayor y de las ovejas, 3. si su ofrenda fuere holocausto del rebaño mayor, ofrecerá un macho sin defecto, a la puerta del tabernáculo del testimonio, para hacer al Señor propicio hacia sí; 4. y pondrá su mano sobre la cabeza de la víctima, y será aceptable y le aprovechará para su expiación. 5. E inmolará el becerro ante el Señor, y los sacerdotes, hijos de Aarón, ofrecerán su sangre, derramándola alrededor del altar, que está ante la puerta del tabernáculo; 6. y quitada la piel de la víctima, cortarán los miembros en trozos, 7. y pondrán fuego en el altar, habiendo antes dispuesto una pila de leña; 8. y dispondrán en orden sobre ella los trozos que hayan sido cortados, a saber, la cabeza y todo lo que se adhiere al hígado, 9. lavados con agua los intestinos y las patas; y el sacerdote los quemará todos sobre el altar como holocausto y olor suave al Señor. 10. Pero si la ofrenda de entre el ganado es de ovejas o de cabras para holocausto, ofrecerá un macho sin defecto; 11. y lo inmolará al lado del altar que mira al norte, ante el Señor; y los hijos de Aarón derramarán su sangre alrededor del altar; 12. y dividirán los miembros, la cabeza y todo lo que se adhiere al hígado, y los colocarán sobre la leña, bajo la cual se ha de poner el fuego; 13. pero los intestinos y las patas los lavarán con agua. Y el sacerdote quemará todo lo ofrecido sobre el altar como holocausto y olor suavísimo al Señor. 14. Pero si la ofrenda de holocausto al Señor fuere de aves, de tórtolas o pichones de paloma, 15. el sacerdote la ofrecerá en el altar; y retorcida la cabeza hacia el cuello, y roto el lugar de la herida, hará correr la sangre sobre el borde del altar; 16. pero el buche de la garganta y las plumas los arrojará cerca del altar, hacia el lado oriental, en el lugar donde se suelen echar las cenizas; 17. y quebrará sus alas, pero no las cortará, ni la dividirá con hierro, y la quemará sobre el altar, puesto el fuego debajo de la leña. Es holocausto y oblación de suavísimo olor al Señor.
Versículo 1: Y el Señor llamó a Moisés
1. Y EL SEÑOR LLAMÓ A MOISÉS, Y LE HABLÓ. — «Le habló» no con una voz imaginaria sino sensible, que salía del tabernáculo, formada en el aire por un ángel que hablaba en lugar de Dios. Esta locución no era propia, ni viva, ni humana, puesto que el ángel carece de cuerpo y de los órganos corporales —a saber, boca, lengua y dientes— necesarios para hablar, sino que era semejante a una. De ahí que se llame locución analógicamente. «El Señor», esto es, un ángel que representaba la persona del Señor, como expliqué en Éxodo III, 2.
DEL TABERNÁCULO DEL TESTIMONIO, esto es, del tabernáculo en el que estaba el testimonio, es decir, la ley o las tablas de la ley. Véase lo dicho en Éxodo XXVII, 20. Puede traducirse en segundo lugar: «del tabernáculo de la reunión» o «de la asamblea», porque era, por así decirlo, el lugar señalado para la reunión del pueblo y de Moisés con Dios. Así Vatablo; pues ambos significados están contenidos en la palabra hebrea moed.
Versículo 2: Habla a los hijos de Israel
2. HABLA A LOS HIJOS DE ISRAEL, a todos, incluidos los levitas. Nótese: Cuando en la Escritura se nombra a los «hijos de Israel», si la materia es temporal, se excluye a los levitas; si es espiritual, se los incluye, como se ve en Deuteronomio XXVII, 12 y Apocalipsis VII, 7, donde la tribu de Leví se cuenta entre las selladas por Dios. Pues a los levitas y a las personas sagradas les corresponde no ocuparse y atender a las cosas temporales, sino a las espirituales.
CUANDO ALGÚN HOMBRE DE VOSOTROS OFRECIERE UNA VÍCTIMA AL SEÑOR. — Pues el sacrificio debe ofrecerse solo a Dios, y esta fue la práctica recibida entre todas las naciones, a saber, que no sacrificaban a nadie si no era Dios, o era tenido por Dios por ellos, y a quien sabían, creían o imaginaban ser Dios, dice San Agustín, libro X de La Ciudad de Dios, capítulo IV, y esto por la razón que di al principio del capítulo.
CUANDO ALGÚN HOMBRE OFRECIERE — suplir: «voluntariamente»; pues había otras ofrendas que no eran voluntarias sino prescritas, y por tanto obligatorias. Tal era la ofrenda de los primogénitos, de la que habla Éxodo XXII, 29; y la ofrenda por el pecado, de la que tratan aquí los capítulos IV y V. Y las cosas que eran obligatorias no podían ser transferidas por nadie a otro modo de ofrenda, como se ve en el capítulo XXVII, versículo 26: «Los primogénitos», dice, «que pertenecen a Dios, nadie puede santificarlos ni hacer voto de ellos.»
DE ENTRE EL GANADO. — Nuestro traductor no distingue entre pecora y pecudes, como hacen los gramáticos, que llaman pecudes a los animales menores y pecora a los mayores. Pues nuestro traductor llama a todos los animales, tanto menores como mayores, con ambos nombres pecudes y pecora.
OFRECIENDO VÍCTIMAS DEL GANADO MAYOR Y DE LAS OVEJAS. — Bajo «ovejas» entiéndanse también las cabras; pues la palabra hebrea tsón es común a ambas. El Señor aquí selecciona para Sí en sacrificio, de los animales terrestres, el buey, la oveja y la cabra; de las aves, la paloma y la tórtola; pero ningún pez.
La primera razón de esto es la libre voluntad de Dios, que así lo dispuso. La segunda, porque era conveniente: pues aquellos animales son de uso más común entre los hombres, y proporcionan al hombre alimento de su carne y leche, y vestido de su lana y piel; los bueyes además aran y trillan. Además, estos animales son mansos, y por tanto más limpios. Así Teodoreto, Cuestión 1, y Filón, en su libro Sobre las víctimas. En el caso de los peces había también esta peculiaridad: que difícilmente podían ser traídos vivos, y por tanto no habrían podido ser inmolados. Pues en ambos casos vale aquel dicho de San Antonio: «Lo que es el pez fuera del agua, eso es el monje fuera de su celda.»
Añádase que los peces, porque abundan en humedad y semilla, son símbolo de pereza y lujuria. Pierio, sin embargo, en los Jeroglíficos 31, dice que los peces son un jeroglífico de la inocencia, puesto que son enteramente inofensivos y no traspasan los límites de su propio elemento para tender emboscadas a otros. Y por ello Pitágoras decretó que debía abstenerse de los peces, para no perseguir a los inocentes. Lo mismo enseña Lilio Giraldo en los Símbolos de Pitágoras. Por esta razón Pitágoras, según Plutarco, se dice que compró a un pescador una tirada de red, para que cuantos peces fuesen capturados en esa tirada él pudiese soltarlos inmediatamente; y así lo hizo.
La tercera razón es que los peces son animales muy imperfectos e innobles. Óigase a Filón, libro I Sobre la constitución del mundo: «Los peces fueron creados primero entre todos los demás animales, porque su alma es la más innoble, así como la del hombre es la más aguda. "De las almas —dice—, una clase es la más lenta y menos desarrollada, que pertenece al género de los peces; otra es la más aguda, que pertenece al hombre. La que es intermedia entre estas dos ha sido dada a los animales terrestres y a las aves. Pues esta es más sensible que en los peces, pero más embotada que en los seres humanos. Por lo cual Dios, entre las criaturas vivientes, creó primero a los peces, como partícipes más de sustancia corporal que de alma, y en cierto modo animales y no animales, y cosas movibles sin vida. Y con el solo fin de conservar el cuerpo, Dios puso en ellos un espíritu animal, como (por así decirlo) se espolvorea sal sobre la carne para que no se pudra fácilmente."» Por esta razón los egipcios, según Heródoto, se abstenían de los peces como impuros e inmundos. Es más, cuando estos mismos querían significar lo ilícito y contaminante, pintaban un pez, porque los peces se alimentan de la carne de otros peces y son alimento unos de otros, como escribe Horo Egipcio. En efecto, además de los egipcios, leemos que también los sirios se abstenían de los peces. De ahí que entre ellos se celebre a la diosa Atergatis, cuyo nombre significa «sin pez»: pues en la lengua siria, ater es una partícula privativa, y gatis significa «pez».
Sin embargo, Ateneo, en el libro VII, refiere que otras naciones sí realizaban ritos sagrados con el atún y la anguila. Además, Marco Varrón, en el libro III de las Cosas del campo, escribe que entre los lidios se realizaban ritos sagrados con ciertos peces.
Abulense da una cuarta razón: «Quiso Dios —dice— que se le inmolase un buey, para que los hebreos no pensasen que Apis, el buey egipcio, era Dios; un carnero, para que no considerasen a Amón el egipcio, que tenía cuernos de carnero, como Dios; un macho cabrío, porque los demonios adorados por los egipcios frecuentemente se mostraban a la vista en forma de macho cabrío», como aún lo hacen hoy.
De aquí se sigue que todos los animales que eran limpios para el sacrificio eran también limpios para el alimento y podían ser comidos; pero no a la inversa. Pues el ciervo, el antílope y los demás eran limpios para el alimento y la comida, como se verá en el capítulo XI, pero no para el sacrificio, pues no era lícito inmolarlos. Así el Abulense.
La razón alegórica era que estos animales significaban muy aptamente a Cristo, que es la única víctima de la nueva ley, para cuya significación fueron principalmente instituidos (Hebreos X, 1). Pues el buey significaba la fortaleza y los trabajos de Cristo; la oveja, Su inocencia; el cabrito, la forma del pecador; la tórtola, Su íntima unión con Dios; los pichones o crías de palomas, Su mansedumbre. Así San Cirilo, libro XV De la adoración en espíritu y en verdad, página 304; Procopio sobre Levítico capítulo IV; y Beda aquí.
Estos mismos animales significan las mismas cosas tropológicamente; pues, como dice Orígenes en la homilía 2: «Ofrece un becerro a Dios el que vence la soberbia de la carne con el trabajo; ofrece una oveja el que corrige los movimientos irracionales de la ira y la necedad (pues si de corazón has perdonado el pecado de tu hermano, y, depuesto el hinchazón de la ira, has recogido dentro de ti un espíritu manso y sencillo, considérate que has inmolado un carnero o un cordero); ofrece un cabrito el que vence la lujuria; un par de tórtolas, el que une su mente al Verbo de Dios como a un esposo; pichones, el que imita los ojos de paloma de la esposa.» Así también Hesiquio y Radulfo.
De ahí que Filón, en su libro Sobre las víctimas, diga que estos animales destinados a ser inmolados debían ser enteros, ilesos en todas sus partes, libres de defectos y manchas; y por ello los sacerdotes solían examinarlos cuidadosamente antes de la inmolación, de la cabeza a los pies, para que la víctima nunca tuviese defecto. Esto era para que por medio de ello los oferentes fuesen amonestados a presentar ante Dios un alma limpia e inmaculada, y a ofrecerla junto con su víctima a Dios.
Versículo 3: Si su ofrenda fuere holocausto
3. SI SU OFRENDA FUERE HOLOCAUSTO. — Holocaustum («holocausto») es una voz griega, como si dijera holon kauston, esto es, «totalmente quemado», porque en él la víctima entera era quemada para Dios. De ahí que en hebreo se llame calil, esto es, «todo» o «consumado», porque todo era consumido por el fuego en honor de Dios; se llama también olá, esto es, «ascensión», porque en él la víctima entera ascendía por medio del fuego y el humo hacia Dios. De ahí también que en griego se llame holokarpooma, porque todo revertía como fruto a Dios. El holocausto, por tanto, era un sacrificio ofrecido a Dios puramente para la alabanza de Dios, y el honor de Su suprema majestad, y el amor de Su suprema bondad, aunque no esperásemos de ella ninguna gracia, dice Filón.
Por esta razón, en el holocausto la víctima entera, excepto la piel, era quemada, para que por medio de esto se significase el supremo dominio de Dios sobre todas las cosas, y que todas las cosas deben ser referidas a Él y a Su gloria. En segundo lugar, los oferentes profesaban con ello que eran enteramente de Dios, y se consagraban totalmente a Dios juntamente con el holocausto, de modo que, como despreciando el cuerpo, elevasen su espíritu con el humo de su víctima al cielo, y lo transfiriesen a Dios. Aquí los gentiles griegos, si sacrificaban a los dioses celestiales, colocaban la cabeza de la víctima de modo que mirara al cielo; pero si a los dioses infernales, de modo que mirara hacia la tierra, dice Giraldo, Syntagma 17.
Nótese en primer lugar: La víctima del holocausto debía ser macho y sin defecto. Los ricos ofrecían un buey o un becerro; otros que no podían costear un becerro ofrecían un cordero o un cabrito; finalmente los pobres, que no tenían ni cordero ni cabrito, ofrecían una tórtola o un pichón de paloma. En segundo lugar, debía ser llevada a la entrada del tabernáculo. En tercer lugar, el oferente ponía sus manos sobre la cabeza de la víctima. En cuarto lugar, el sacerdote la degollaba y mataba, recogía la sangre en un recipiente, la derramaba alrededor del altar, luego quitaba la piel, después cortaba la víctima en trozos, los colocaba sobre el altar, y los quemaba con fuego y leña puestos debajo. En estas acciones, sin embargo, el sacerdote que sacrificaba era auxiliado por el trabajo de otros sacerdotes y levitas; pues un solo sacerdote no habría podido realizar todas estas tareas, especialmente cuando muchas víctimas debían ofrecerse al mismo tiempo.
Tropológicamente: El holocausto, dice Radulfo, lo realiza quien está perpetuamente dedicado en corazón y cuerpo al servicio divino; y es triple: primero, de un buey, esto es, de aquellos robustos de cuerpo que ponen sus trabajos al servicio de sus hermanos; segundo, de ovejas, esto es, de aquellos que, aunque débiles de cuerpo, alimentan a otros con la inocencia de sus obras y la sencillez de su carácter; tercero, de aves, esto es, de aquellos que se dedican al conocimiento y la contemplación, para conocer a Dios; así aproximadamente Hesiquio, y Ruperto, quien compara a los primeros con Job, a los segundos con Noé —pues Noé brilló con inocencia entre los pecadores—, y a los terceros con Daniel, el más sabio de los mortales. En segundo lugar, aptamente Ribera, libro IV Sobre el templo, capítulo III, por el holocausto del becerro entiende a Cristo, «quien, como dice San Pablo, se entregó a Sí mismo por nosotros como ofrenda y hostia a Dios, en olor de suavidad.» En segundo lugar, por el holocausto del cordero o cabrito, entiende la ofrenda y muerte de los mártires, que en dignidad fue la más cercana al sacrificio de Cristo. En tercer lugar, por el holocausto de la tórtola y la paloma entiende a los que, mediante la continua mortificación de la carne y la negación de la voluntad, se ofrecen a sí mismos como hostias vivas a Dios, Romanos 12:1.
Ahora bien, en primer lugar, todos estos son machos por la fortaleza, sin defecto por la santidad. En segundo lugar, Cristo fue sacrificado a la entrada del tabernáculo, esto es, cerca y fuera de la ciudad. En tercer lugar, Cristo, que es a la vez el oferente y la víctima (pues se ofreció a Sí mismo), Cristo, digo, el oferente, puso Sus manos sobre la cabeza de la víctima, porque colocó los pecados del género humano sobre Su propia cabeza, dice Orígenes. En cuarto lugar, al ofrecerse al Padre, Cristo derramó Su sangre alrededor del altar, esto es, de la cruz, para que supiésemos que todas las naciones de la tierra participarían de la cruz y la sangre de Cristo; la piel fue quitada de la víctima: Cristo fue despojado de todas Sus vestiduras; los miembros fueron cortados en trozos, así como el cuerpo de Cristo fue cortado por los azotes y los clavos, y extendido en la cruz de modo que los huesos fueron dislocados de sus lugares, según aquel pasaje del Salmo 21: «Traspasaron Mis manos y Mis pies, y contaron todos Mis huesos.» El fuego con que Cristo fue sacrificado, y místicamente quemado, fue el fuego de Su caridad; la leña, nuestras miserias, que encendieron Su amor. Sobre lo demás, a saber, la oveja y las aves, hablaré más abajo en sus lugares propios.
DEL REBAÑO MAYOR, esto es, del ganado vacuno. Así lo tienen los hebreos: o de becerros jóvenes; pues solo estos, de entre los animales mayores, eran sacrificados.
UN MACHO, porque el holocausto era el sacrificio más noble, que se ofrecía directamente a Dios solo por Su honor y alabanza; de ahí que convenía usar en él la víctima más noble; y tal es el macho. Diferente era en el sacrificio pacífico, que se ofrecía por el bienestar de alguien: pues en esa ofrenda, al ser menos noble, podía ofrecerse una hembra. Así el Abulense.
LO OFRECERÁ SIN DEFECTO — un buey o un becerro. Llama víctima sin defecto a la que no tiene defectos — no de color (pues un buey manchado, esto es, de piel negra o multicolor, se consideraba sin defecto y podía ser sacrificado), sino de deformidad y defecto: pues esta clase de defecto se explica en Levítico 22:22, que dice: «Lo ofrecerá sin defecto, para que sea aceptable; no habrá defecto alguno en él: si fuere ciego, o quebrado, o si tuviere cicatriz, o pústulas, o sarna, o tiña.» Y tal defecto se entiende en Cantar de los Cantares 4, cuando se dice de la esposa: «Toda hermosa eres, y no hay defecto en ti.» De ahí que para «sin defecto», el hebreo es tamim, esto es, perfecto, como traduce Áquila; e íntegro, como vierte Símaco. Los sacerdotes solían examinar estos defectos, como dije arriba citando a Filón. Los gentiles, sin embargo, solían dorar los cuernos de sus víctimas: De ahí Ovidio: «Y la víctima, con los cuernos revestidos de oro, cumple los votos», y Virgilio: «Y pondré ante los altares un becerro joven con la frente dorada»; donde Servio dice: «Si debía sacrificarse una víctima menor, se coronaba con follaje a aquel para quien se hacían los ritos sagrados, y la víctima, envuelta en una ínfula de lana y una venda blanca, se colocaba ante los altares, sin atadura de cadena alguna.»
LO OFRECERÁ A LA ENTRADA DEL TABERNÁCULO DEL TESTIMONIO. — Tres partes del tabernáculo. Dije en Éxodo 26 que había tres partes del tabernáculo y del templo: la primera, más interior, a saber, el Santo de los Santos; la segunda, contigua a ella, a saber, el Santo: estas dos eran propiamente la estructura del tabernáculo mismo; la tercera, más exterior, a saber, un cierto atrio que rodeaba el tabernáculo por todos los lados; y estos eran como tres tabernáculos: el primero del sumo sacerdote, el segundo de los sacerdotes, el tercero de los laicos: pues en este atrio, como en su propio templo, se reunían los laicos, y en él comían las víctimas pacíficas.
Además, el atrio estaba dividido en dos: pues la parte delantera era el atrio de los sacerdotes, en el que se hallaba el altar de los holocaustos; la parte trasera, separada de la delantera por una barrera, era el atrio de los laicos. Por tanto, los laicos, al ofrecer una víctima para holocausto, la llevaban a la entrada del tabernáculo, esto es, a la entrada del atrio de los sacerdotes; pues allí los sacerdotes la recibían, y la conducían al altar de los holocaustos, donde la sacrificaban: pues los laicos no podían entrar en esta zona del altar ni en el atrio de los sacerdotes.
PARA HACER AL SEÑOR PROPICIO HACIA SÍ. — El fin propio del holocausto era adorar y honrar a Dios, no apaciguarlo; esto, sin embargo, se seguía de aquello, aunque el oferente no pensase nada acerca de la propiciación. En hebreo es lirtsono, que los más recientes traducen según su voluntad, como si dijera: Ofrecerá lo que le plazca; pero es mejor traducir lirtsono como para su favor ante el Señor, como si dijera: Ofrecerá para ganarse el favor del Señor. Pues los nombres y sufijos de los hebreos frecuentemente se toman en sentido pasivo, según el Canon 25; así aquí se llama «su favor», a saber, no el que favorece, sino el que ha de ser favorecido, lo que nuestra Vulgata traduce como para hacer al Señor propicio hacia sí; y los Setenta, será aceptable para él para expiar por él.
Y SERÁ ACEPTABLE. — En hebreo es nirtsa lo, esto es, agradará, o será aceptada por Él, a saber, por Dios. En segundo lugar, puede traducirse, será aceptada en su favor, a saber, del que ofrece. Que Dios mostraba esto con un signo externo, lo enseña Josefo en el libro III de las Antigüedades, capítulo 9: «Pues de las dos piedras de ónice», dice, «que estaban colocadas en los hombros del sumo sacerdote, la derecha centelleaba cada vez que el sacrificio era exitoso, con tal brillo que podía verse incluso desde lejos.» Igualmente afirma que las piedras del pectoral centelleaban del mismo modo.
Versículo 4: Y pondrá su mano sobre la cabeza de la víctima
De aquí se sigue: 4. Y PONDRÁ SU MANO SOBRE LA CABEZA DE LA VÍCTIMA. — En primer lugar, para que por este rito el oferente signifique que transfiere la víctima de su propia mano y potestad al derecho de Dios. Con una ceremonia semejante, los antiguos romanos renunciaban a sus esclavos y los manumitían; pues sujetando la cabeza, decían: «Quiero que este hombre sea libre», y lo soltaban de su mano. De ahí que la misma ceremonia se empleara también en la ofrenda y consagración de los levitas, Números 8:19. En segundo lugar, para que por esta ceremonia el oferente signifique que invoca sus pecados sobre la víctima que ha de ser sacrificada y, por así decirlo, los coloca sobre ella, y la ofrece por sí mismo; pues por las manos se significan las acciones y los pecados que se cometen con las manos, dice Teodoreto y Eusebio, libro I de la Demostración Evangélica, capítulo 10. «La imposición de manos», dice Eusebio, «era símbolo de la ofrenda y testimonio de que la culpa se transfería a la víctima.» Pues aunque el holocausto se ofrecía primariamente para honra de Dios, se ofrecía no obstante secundariamente por los pecados, para aplacar a Dios, como ya dije. Así los gentiles egipcios imprecaban sobre la cabeza de la víctima que, si acontecía haber algo que pudiera dañar a los sacrificadores o a Egipto, todo ello se volviera contra aquella cabeza: y luego cortaban la cabeza de la víctima y la arrojaban al río, según refiere Giraldo, Sintagma 17. En tercer lugar, para que por este rito el oferente signifique que se ofrece a sí mismo enteramente junto con la víctima como holocausto a Dios, y desea consagrarse por completo al servicio de Dios. Por estas razones, también nuestros sacerdotes, en el sacrificio de la Misa, imponen sus manos sobre la hostia, como señaló Durando en el Racional de los oficios divinos, Suárez y otros.
Por esta misma razón, Numa decretó entre los romanos que «quien está orando debe girar sobre sí mismo en círculo», para significar con este gesto que nada en los asuntos humanos es estable, y por tanto conviene que, de cualquier modo que Dios tuerza y revuelva nuestra vida, lo tomemos a bien, dice Plutarco en su Vida de Numa.
EN ORDEN A LA EXPIACIÓN. — De este pasaje y del capítulo 4, Calvino infiere que mediante estos antiguos sacrificios los israelitas eran reconciliados de modo sacramental y liberados de culpa y responsabilidad ante el juicio de Dios, del mismo modo que hoy somos purificados y liberados por el bautismo. Esta opinión se sigue de otro principio de Calvino, por el cual enseña que los Sacramentos de la nueva ley no confieren la gracia ex opere operato, sino que la fe que los Sacramentos suscitan confiere la gracia, y los Sacramentos son meramente sellos de la gracia conferida por la fe; porque, por tanto, tanto los Sacramentos y sacrificios antiguos como los nuevos no justifican sino por la fe, que suscitan en igual medida: de ahí que, según Calvino, el modo de justificación sea el mismo para ambos.
Pero esto es un error manifiesto, y contradice claramente la Sagrada Escritura, Salmo 50:18: «Si hubieras deseado sacrificio, ciertamente te lo habría dado; no te deleitarás con holocaustos;» Salmo 39:7: «Sacrificio y ofrenda no quisiste;» Gálatas 4:9: «¿Cómo os volvéis de nuevo a los elementos débiles y pobres?» como expresamente refuta Pablo, Hebreos 10:4 y siguientes. En segundo lugar, este error es contrario al Concilio de Florencia, tratado Sobre los Sacramentos, y está condenado por el Concilio de Trento, sesión 7, canon 2; y con razón, pues esta herejía disminuye de tal manera la gracia y los Sacramentos de la nueva ley que equipara a los judíos con los cristianos y la ley antigua con la nueva, y según ella, sería igualmente deseable ser judío que ser cristiano, de modo que justamente Hunnio y otros escribieron un libro contra Calvino con este título: Calvino el judaizante. De ahí que, en tercer lugar, lo refuten San Clemente, libro VI de las Constituciones, capítulo 22; San Ireneo, libro IV, capítulo 32; San Jerónimo, sobre Mateo capítulo 5, y sobre Isaías capítulos 1 y 60; San Juan Crisóstomo, homilía 9 sobre Mateo, y otros.
Dirás: ¿Cómo entonces se dice aquí que el antiguo sacrificio aprovecha para la expiación? Respondo en primer lugar, porque aprovechaba para la expiación del castigo temporal y para apartar el castigo de esta vida, que Dios de otro modo les habría infligido. En segundo lugar, porque eliminaba en sí misma la impureza legal o carnal, por la cual eran considerados inmundos entre los suyos y excluidos de los ritos sagrados: la cual impureza era figura del pecado; y así este sacrificio confería cierta justicia legal y externa, que era figura de la verdadera justicia y renovación interior. En tercer lugar, porque quitaba la culpa y la pena eterna, no por virtud del sacrificio ni ex opere operato (pues esto no fue concedido ni siquiera al sacrificio de la nueva ley, sino solamente a sus Sacramentos), sino ex opere operantis, es decir, por la contrición y la caridad del oferente: pues ninguna otra promesa espiritual estaba vinculada a los antiguos sacrificios y Sacramentos.
Versículo 5: Y sacrificará el novillo delante del Señor
5. Y SACRIFICARÁ EL NOVILLO DELANTE DEL SEÑOR. — «Sacrificará», esto es, el oferente, por medio de aquel cuyo oficio es sacrificar, a saber, por medio del sacerdote, ya sea el sumo sacerdote o uno inferior; pues todos y solo estos sacerdotes podían sacrificar, así como también quemar incienso, como es claro por el capítulo 10, versículo 1.
Vilalpando nota, libro III Sobre el Templo, capítulo 37, página 232, que tanto los judíos como los gentiles degollaban sus víctimas extendidas, es decir, con las patas separadas y todo su cuerpo tendido; y esto primeramente, porque tal extensión de la víctima sobre las piedras, con el cuello inclinado y el cuerpo erguido, era conveniente para un más fácil y copioso derramamiento de sangre. En segundo lugar, para que por esta disposición exterior de la víctima se significara el espíritu interior del oferente como derramándose, por así decirlo, enteramente ante Dios. En tercer lugar, para que se significara a Cristo, quien, como víctima extendida, fue inmolado en la cruz para la redención del género humano; en cada víctima así extendida, Cristo crucificado estaba representado como en una imagen viva, tendido en la cruz del mismo modo.
UN NOVILLO — En hebreo, hijo de buey; al buey que mandó ofrecer en el versículo 3, aquí lo llama novillo. Por tanto, Dios eligió y prefirió el buey sobre los demás animales, no uno viejo, sino uno joven, porque es más tierno y delicado; pues lo mejor debe ofrecerse a Dios. Por esta razón quiso también que fuera macho y sin defecto. Aunque había también otra razón mística para esto, y una causa más importante, que da San Cirilo, libro XV de La adoración en espíritu y verdad, página 300, a saber: primero, que el Hijo del hombre, nuestro Emmanuel, prefigurado por estas víctimas, fue a la vez varón, sin mancha y joven; pues Cristo fue sacrificado en la flor de su juventud. Segundo, que Dios exige de nosotros un espíritu varonil, robusto y libre de vicios; pues la molicie y un espíritu afeminado, y la debilidad interior de la mente y el entendimiento, son absolutamente rechazados por Dios, dice Cirilo. Así también entre los egipcios no estaba permitido sacrificar hembras, como atestigua Heródoto, libro II. Por el contrario, otras naciones preferían las hembras a los machos en el sacrificio, dice Servio sobre la Eneida, libro VIII. Nótese: Solo en el holocausto exige Dios una víctima macho, porque este se ofrecía precisamente para la alabanza y honra de Dios, quien, siendo perfecto, exige una víctima perfecta, y por tanto macho, con la cual profesemos y representemos su perfección, dice el Abulense. Por eso en el sacrificio pacífico la víctima podía ser hembra, como es claro por el capítulo 3:1. Lo mismo parece aplicarse al sacrificio por el pecado. Pues en el capítulo 4, la ley no exige para él una víctima macho. Así Radulfo y el Abulense.
DELANTE DEL SEÑOR — esto es, ante el altar y el tabernáculo donde Dios está singularmente presente, y oye las oraciones y recibe los sacrificios de los oferentes. De este pasaje, y más claramente del versículo 11, donde dice: «Lo sacrificará al lado del altar», se colige que los animales no eran degollados sobre el altar, sino junto a él o a su lado; pues el altar estaba lleno de fuego, y el sacerdote no habría podido levantar un buey sobre un altar tan alto. De ahí que el altar fuera también rociado con la sangre de la víctima, después de que esta hubiera sido degollada en otro lugar; pero el sacerdote colocaba los miembros cortados de la víctima degollada sobre el altar, para ser quemados en él. Así el Abulense.
Y LOS HIJOS DE AARÓN, LOS SACERDOTES, OFRECERÁN SU SANGRE, DERRAMÁNDOLA ALREDEDOR DEL ALTAR. — «Hijos de Aarón» aquí significa cualesquier sacerdotes que asisten al sacerdote que sacrifica, aunque por lo demás sean iguales a él en dignidad: pues en aquel tiempo no había otros sacerdotes que asistieran a Aarón, el sumo sacerdote, mientras sacrificaba, aparte de sus hijos. Pues solo la familia de Aarón fue elegida y elevada por Dios al sacerdocio.
DERRAMANDO SU SANGRE. — Pues, como dice el Apóstol, Hebreos 9:22, «sin derramamiento de sangre no hay remisión.» El holocausto, además, estaba secundariamente ordenado a la remisión de los pecados. Y así, porque los pecados hacían a los hombres merecedores de muerte y derramamiento de sangre — pues el alma, es decir, la vida, reside en la sangre, Levítico 17:14 — de ahí que en lugar de su propia sangre derramaban la sangre de las víctimas, sobre las cuales, por la imposición de manos, habían transferido, por así decirlo, sus pecados mediante su profesión; y derramaban la sangre alrededor del altar, porque Dios estaba representado por el altar. De ahí que por esta señal testificaban que la sangre de la bestia era ofrecida a Él en lugar de la suya propia, pidiendo que Dios la aceptara en lugar de su propia sangre, y que por el castigo de la víctima del pecador y de su enemigo, su justa venganza quedara satisfecha. Véase capítulo 17, versículo 11, y el Abulense sobre el capítulo 3, Cuestión 3.
El Abulense considera que por un milagro continuo toda la sangre de las víctimas se evaporaba inmediatamente, y esto por la decencia y reverencia de los sacrificios; pues de otro modo habría producido un hedor intolerable, especialmente dado que muchas víctimas eran degolladas al mismo tiempo. Salomón remedió este inconveniente en su templo: pues hizo estanques, canales y conductos subterráneos por los cuales la sangre pudiera ser drenada, y limpiada con agua vertida sobre ellos, como atestigua Aristeas, tratado Sobre los Setenta y Dos Intérpretes.
Versículo 6: Y quitada la piel de la víctima
6. Y QUITADA LA PIEL DE LA VÍCTIMA. — La piel se quitaba, tanto por la limpieza del sacrificio, como porque el sacrificio era, por así decirlo, alimento de Dios. Pero la piel no suele comerse. Exceptúanse la novilla roja y los sacrificios por el pecado, en los cuales se quemaban la piel, el estiércol y los cuernos de la víctima fuera del campamento; y esto para indicar y producir la detestación del pecado, sobre lo cual véase el capítulo 4. Además, era tarea de los sacerdotes quitar la piel; de ahí que la piel también correspondiera al sacerdote, como es claro por el capítulo 7:7. Entiéndase esto a menos que urgiera la necesidad: pues entonces incluso los levitas servían en este desollamiento, como es claro por 2 Crónicas 29:34. Así Cayetano, Oleaster y otros.
CORTARÁN LOS MIEMBROS EN PEDAZOS. — En hebreo, y cortará (a saber, el sacerdote) según sus cortes, o sus partes; y los Setenta, los cortarán miembro por miembro. Josefo añade que estos pedazos eran rociados con sal, y así colocados sobre el altar.
Simbólicamente, por este despedazamiento de los miembros se significaba, dice Filón, que se debe alabar a Dios y darle gracias por el cielo, el sol, la luna, la tierra, el mar, el aire y todas las partes del universo. Pues estas son, por así decirlo, los pedazos y miembros del mundo, que es, por así decirlo, una víctima completa de Dios.
Tropológicamente, cada uno de los miembros de aquel que está consagrado a Dios es examinado cuidadosamente por la palabra de Dios, que penetra hasta la división del alma y el espíritu, de las coyunturas y la médula, ante quien todas las cosas están desnudas y patentes, dice Procopio, Radulfo y San Gregorio, libro I de los Morales, último capítulo.
«Quitamos la piel de la víctima», dice Gregorio, «cuando apartamos de los ojos de nuestra mente la superficie de la virtud; cortamos sus miembros en pedazos, cuando, distinguiendo sutilmente, meditamos sus partes más íntimas miembro por miembro», etc.
Versículo 7: Pondrán fuego en el altar
7. PONDRÁN FUEGO EN EL ALTAR — harán que se coloque fuego debajo; por tanto, en el primer sacrificio pondrán fuego, que después mantendrán continuamente bajo el altar, como se dirá en el capítulo 6, versículo 13. Nótese: en el altar, es decir, bajo el altar. Pues el altar era hueco por dentro para recibir fuego y leña, como dije en Éxodo 27:8; pero estaba cubierto con una rejilla enrejada en forma de red, sobre la cual se colocaban las víctimas que habían de ser quemadas, como es claro por el mismo pasaje, versículo 4. En hebreo es: pondrán sobre, o junto al altar, fuego. De ahí que el Abulense infiere que el fuego y la leña no estaban debajo sino sobre el altar. Pero respondo: «Pondrán fuego junto al altar» significa en el lugar establecido bajo el altar, o sobre el altar, como traducen los Setenta, es decir, sobre la parte interior del altar, a saber, sobre piedras elevadas del suelo que llegaban hasta la mitad del interior del altar, sobre las cuales se colocaba un hogar con fuego y leña.
De ahí que el altar se llame así como si fuera alta ara (altar elevado), dice San Isidoro, libro XV de las Etimologías, capítulo 14; y ara se deriva de arder (ardendo), porque en ella se quemaban las víctimas. Ara, dice Varrón, se llama así porque los espacios abiertos de la ciudad están limpios (purae), o por el ardor (ardore) de las víctimas. Otros piensan que aras viene de las oraciones, que los griegos llaman ara.
Versículo 8: La cabeza, a saber, y todo lo que se adhiere al hígado
8. LA CABEZA, A SABER, Y TODO LO QUE SE ADHIERE AL HÍGADO. — Nombra las partes sobre las cuales podría haber duda; pues respecto al resto de la carne, es evidente que toda ella debía ser quemada en el holocausto, como es claro por los Setenta, el hebreo y el caldeo.
Místicamente, debemos ofrecer a Dios especialmente las partes vitales, la cabeza y el hígado, es decir, el entendimiento y los afectos; pues el hígado es la sede del amor. De ahí que los gentiles, pensando que dioses individuales presidían las partes y miembros individuales del cuerpo humano, atribuyeron a Júpiter la cabeza, a Minerva los ojos, a Juno los brazos, a Neptuno el pecho, a Marte los lomos y el cinturón, a Venus los riñones y la ingle, y a Mercurio los pies, como enseña Giraldo a partir de Demócrito y Plácides, Sintagma 1.
Versículo 9: Como holocausto y olor suave al Señor
9. COMO HOLOCAUSTO Y OLOR SUAVE AL SEÑOR. — Antropopatía; esto se dice de Dios. El sentido es, como traduce el caldeo, es una ofrenda de holocausto, que es recibida con agrado ante el Señor. De ahí que por olor suave, o de suavidad, el hebreo tiene olor de reposo, en el cual Dios, por así decirlo, descansa dulcemente y se deleita, como en un sacrificio que le es acepto. El Abulense considera que el hedor tanto de la sangre como de la carne quemada era divinamente removido, y que un olor suave les era impartido; pues de otro modo, en los sacrificios continuos, habría habido un olor gravísimo y un hedor intolerable.
Radulfo ofrece la interpretación tropológica de todo lo dicho: El altar, dice, es nuestro corazón; la leña son los santos pensamientos; la víctima se ofrece a la entrada del tabernáculo, es decir, junto a la entrada del cielo; la imposición de manos es la devoción del oferente; el derramamiento de la sangre es la expulsión de los pequeños deseos; el desollamiento es el examen de la voluntad interior; el despedazamiento de los miembros es la distribución discreta de las obras de caridad; el fuego es la caridad; la cabeza es la intención de la obra; las entrañas, esto es, el interior del alma, y los pies, es decir, las acciones externas, deben ser lavados y purificados, para que seamos una víctima digna de Dios. Esta interpretación tropológica sirve también para el holocausto de ovejas, de aves y para otros sacrificios, y por eso no la repetiré en adelante en los demás.
Versículo 10: Mas si la ofrenda es del rebaño
10. MAS SI LA OFRENDA ES DEL REBAÑO. — Por «rebaño» entiende las ovejas o los rebaños de ovejas y cabras; pues esto es lo que significa el hebreo tson. Pues aquí Moisés pasa de la primera especie de holocausto, a saber, del ganado mayor, a la segunda, es decir, a las ovejas y cabras.
OFRECERÁ UN CORDERO MACHO SIN DEFECTO. — En lugar de «macho», la Biblia Plantiniana tiene «de un año». Pero que «macho» es la lectura correcta es claro por el hebreo, el caldeo, los Setenta y las ediciones romanas. Y aunque Josefo diga: «El cordero y el cabrito deben ser de un año, pero el buey puede ser sacrificado incluso a una edad mayor»; sin embargo, la Escritura y la ley divina no dicen tal cosa: quizá los judíos interpretaron que el cordero para el holocausto debía ser como el cordero pascual, que debía ser de un año, Éxodo 12:5.
Versículo 11: Y lo sacrificará al lado del altar que mira hacia el norte
11. Y LO SACRIFICARÁ AL LADO DEL ALTAR QUE MIRA HACIA EL NORTE. — Dios mandó esto para que la inmolación y el sacrificio se realizaran ante la entrada del tabernáculo, o del Lugar Santo, que era, por así decirlo, el templo y casa de Dios. Pues el altar de los holocaustos estaba al sur de esta entrada; por tanto, para que el sacrificio se realizara ante la entrada, debía hacerse en el lado norte del altar. Así Hesiquio. San Cirilo da una razón alegórica, libro XVI de La adoración, a saber, que significaba que la Pasión de Cristo aprovecharía a los gentiles; pues estando Judea al sur, los gentiles, siendo opuestos a los judíos, son significados por el norte.
PERO DERRAMARÁN SU SANGRE SOBRE EL ALTAR — sobre los lados del altar, o sobre las paredes del altar por todo alrededor, como dijo en el versículo 5; pues si la sangre se hubiera derramado sobre la rejilla enrejada, habría apagado el fuego colocado debajo de ella.
Versículo 12: Y los pondrán sobre la leña
12. Y LOS PONDRÁN SOBRE LA LEÑA — ya directamente, ya mediante la rejilla, como dije en Éxodo 27:4.
Tropológicamente, Ribera aplica todas estas cosas pertenecientes al holocausto de ovejas, una por una, a los Mártires. Véase su libro IV Sobre el Templo, capítulo 3.
Tal oveja, más aún, carnero del rebaño y de los Mártires de Cristo, fue San Policarpo, quien, al entrar en el estadio del martirio, se oyó una voz del cielo: «Sé fuerte, Policarpo, y sé varón.» Por lo cual, luchando firmemente por la fe de Cristo ante el Gobernador, fue condenado por este y conducido a la hoguera, «y con las manos atadas a la espalda, como un insigne carnero, ofreció un holocausto acepto a Dios omnipotente, diciendo: Padre de tu amado y bendito Hijo Jesucristo, por quien hemos recibido el conocimiento de Ti, Dios de los ángeles y de las potestades, y de toda la creación, y de toda la estirpe de los justos que viven en tu presencia, te doy gracias porque me has juzgado digno en este día y a esta hora de tomar mi parte en el número de los Mártires, en el cáliz de Cristo, para la resurrección de la vida eterna, de alma y cuerpo juntamente, en la incorrupción del Espíritu Santo: entre los cuales sea yo recibido en tu presencia hoy como un sacrificio rico y acepto, según has preparado, ya previamente revelado y cumplido, Tú que no puedes mentir, Dios de verdad. Por lo cual, por todas las cosas te alabo, te bendigo, te glorifico por el eterno Sumo Sacerdote Jesucristo tu amado Hijo, por quien a Ti juntamente con Él y el Espíritu Santo, sea la gloria ahora y en los siglos de los siglos venideros. Amén.» Así narran los testigos oculares de Esmirna, en Eusebio, libro IV de la Historia, capítulo 15.
¿Quieres no un ejemplo, sino muchos? Bajo el emperador Diocleciano, los cristianos de Nicomedia se habían reunido en una iglesia el día de Navidad; el tirano envió hombres para cerrar la iglesia y encender fuego por todo alrededor. Luego ordenó a un pregonero proclamar que quien quisiera vivir debía salir de la iglesia y ofrecer incienso en el cercano altar de Júpiter; de lo contrario, si no lo hacía, sería quemado con la iglesia. Entonces un hombre de la iglesia respondió libremente por todos: «Todos nosotros somos cristianos, creemos que solo Cristo es el único y verdadero Dios y Rey; y estamos preparados para sacrificar a Él, y a su Padre, y al Espíritu Santo, y para ofrecernos todos juntos.» Apenas había pronunciado estas palabras cuando se encendió el fuego, el cual, apoderándose de toda la iglesia en un instante, los quemó a todos (pues eran veinte mil personas) como holocaustos, y los redujo a cenizas, según refiere Nicéforo, libro VII de su Historia, capítulo 6.
Oíd también a los tres jóvenes mártires en el horno de fuego: «Como en holocausto de carneros y toros, y como en millares de corderos cebados; así sea hecho nuestro sacrificio en tu presencia hoy, para que te sea agradable», oh Señor, Daniel 3:40. Oíd también a una heroína entre las mujeres.
Hubo una ilustre matrona y Mártir bajo el tirano Dunaan de los homeritas, quien, habiéndole reprochado su blasfemia y perjurio, oyó de él: Te despedazaré, mujer audacísima, y te entregaré a los perros para que te devoren; veré si tu Nazareno puede ayudarte. No pudiendo soportar estas palabras, la mayor de las hijas de la Mártir, de doce años entonces, escupió a los ojos del tirano: inmediatamente los circunstantes, por orden del tirano, la apuñalaron a ella y a su hermana con una espada; y ofrecieron su sangre a la madre. Ella, gustándola y alzando los ojos al cielo, dijo: «A Ti, oh Cristo mi Señor, ofrezco este mi sacrificio, y a Ti presento como Mártires estas vírgenes castas, que han salido de mi vientre, entre las cuales también a mí cuéntame e introdúceme en tu cámara nupcial, y, como dice el divino David, muestra a una madre que se regocija por sus hijas.» Por lo cual el rey la condenó a muerte. Así narra Baronio a partir de Procopio, en el año de Cristo 522, página 91.
Finalmente, San Ambrosio, al serle ordenado por Justina y su hijo el emperador Valentiniano entregar una iglesia a los arrianos, rehusó diciendo: «Las cosas que son de Dios no están sujetas al poder imperial. Si deseáis bienes, tomadlos; si queréis mi cuerpo, venid y tomadle; ¿deseáis arrastrarme a la cárcel? ¿deseáis darme muerte? Es bagatela: no me rodearé de una multitud de gente, ni me aferraré a los altares suplicando por mi vida, sino que más bien me ofreceré como víctima por los altares.» Véase su carta a su hermana Marcelina.
Versículo 14: Mas si la ofrenda de holocausto al Señor es de aves
14. MAS SI LA OFRENDA DE HOLOCAUSTO AL SEÑOR ES DE AVES, DE TÓRTOLAS O PICHONES DE PALOMA. — Esta es la tercera especie de holocausto, a saber, de aves, específicamente de tórtolas o pichones de paloma. Pues Dios eligió las tórtolas mayores, porque son las mejores; pero de las palomas eligió las crías, porque entre las palomas las crías son mejores y más gordas. Así Filón. Añádase que las palomas adultas son más lujuriosas que las demás aves; pues crían cada mes. Así Teodoreto.
Nótese: Del hebreo tor, duplicado, viene turtur (tórtola). Así del hebreo rab, en caldeo rab rabbim significa príncipes. Así del siríaco bar, que significa fuera, duplicado, viene barbar o barbarus (bárbaro).
Este era el holocausto de los pobres, como es claro por Levítico capítulo 12, versículo 8. De ahí que en Números capítulo 7, donde se enumeran las víctimas de los príncipes, no se mencionan aves.
Tropológicamente, Ribera dice que el tercer holocausto de aves significa a los Confesores y las Vírgenes, quienes por la mortificación de la carne y el desprecio del mundo, por la ciencia y la contemplación, y por la oración, vuelan al cielo. «¿Quién me dará alas como de paloma, y volaré y descansaré?», dice el Salmista, Salmo 54: pues la paloma tiene un vuelo veloz y prolongado; además, es fecunda, mansa y carece de hiel. La tórtola ama la castidad y la soledad, y gime. De ahí que el Poeta diga: «Ni la tórtola dejará de gemir desde el olmo elevado.»
Así los justos vuelan velozmente y no se fatigan con el trabajo, y tienen la fecundidad de las buenas obras; son mansos, carecen de hiel, no saben devolver las injurias; son devotos de la castidad, buscan la soledad para la oración y para dedicarse a Dios: en lugar de canto emiten gemidos, porque mientras otros se gozan en sus placeres, ellos lloran sus propios pecados y los ajenos con los gemidos de la penitencia; de los cuales se dice: «Bienaventurados los que lloran, porque ellos serán consolados.»
Esto es lo que dice San Jerónimo sobre el Salmo 95: «Una virgen es — la virginidad es un sacrificio de Cristo.» Y San Ignacio, en su carta a los Tarsenses, llama a las vírgenes sacerdotisas de Cristo: «A aquellas», dice, «que viven en virginidad, tenedlas en honor, como sacerdotisas de Cristo.»
Versículo 15: Habiendo retorcido la cabeza junto al cuello
15. HABIENDO RETORCIDO LA CABEZA JUNTO AL CUELLO, Y ABIERTO EL LUGAR DE LA HERIDA. — De aquí aparece primero, que en el holocausto no se cortaba el cuello de la tórtola, sino que se retorcía; segundo, que la herida misma se abría no con hierro o cuchillo, sino con la uña. Así el Abulense, Ribera y Vatablo.
Alegóricamente, San Gregorio, homilía 1 sobre Ezequiel, dice: «La cabeza de la tórtola, una vez cortada, permaneció unida al cuerpo: porque aunque Cristo ciertamente padeció por nosotros, no se separó de nosotros por su Pasión, sino que más bien nos unió a sí mismo.»
Tropológicamente, la mente elevada debe ser cortada del placer de la carne, y sin embargo no del todo separada; pues debemos alimentar la carne para que viva, no para que desborde en lujo. Así el mismo Gregorio.
HARÁ QUE LA SANGRE CORRA SOBRE LA BASE DEL ALTAR — es decir, sobre la parte superior de las paredes, para que desde allí fluya hasta el suelo. De ahí que en hebreo sea: sobre la pared del altar.
Versículo 16: Pero la bolsa de la garganta y las plumas
16. PERO LA BOLSA DE LA GARGANTA Y LAS PLUMAS LAS ARROJARÁ JUNTO AL ALTAR, HACIA EL LADO ORIENTAL, EN EL LUGAR DONDE SUELEN VERTERSE LAS CENIZAS. — Por «bolsa» el hebreo es mura, que Vatablo traduce como estómago.
Pero tanto los Setenta como el caldeo y nuestra Vulgata lo traducen como la bolsa de la garganta; así también Teodocio, que lo traduce como kokka, es decir, un pequeño saco; y Áquila, que lo traduce como la parte alimentaria, que recibe el alimento y lo suministra a las demás partes del cuerpo. De ahí que los Setenta traduzcan prolobon; esta bolsa de la garganta se llama prolobos, de lobos, es decir, de la bolsa o saco, que es la primera en recibir el alimento tragado desde la garganta.
Teodoreto lee prolobon. Prolobos, dice, se llama esta bolsa, como si dijera «aquella que primero toma el alimento». La misma en hebreo se llama mura, como si fuera conspicua, de la raíz raa, es decir, él vio: pues esta bolsa de la garganta, al estar extendida, es visible para todos.
Preguntarás: ¿por qué en el holocausto de aves no se quemaban la bolsa de la garganta y las plumas sobre el altar junto con el ave misma? Responde el Rabí Salomón: Porque las aves, dice, vuelan con sus plumas a las cosechas ajenas, y las saquean y devastan; porque, por tanto, las plumas son instrumento de rapiña, Dios no quiso que se quemaran para Él: pues las ofrendas hechas de rapiña no agradan a Dios. Pero por esta razón, tampoco el pico, ni los pies, ni el estómago de las aves deberían haberse quemado.
Digo por tanto: Dios no quiso que se quemara para Él la bolsa de la garganta, porque es inmunda; ni las plumas, porque estas no se comen, y por tanto son inútiles para el sacrificio, que es, por así decirlo, alimento de Dios; quiso, por tanto, que estas fueran arrojadas en el lugar junto al altar donde se guardaban las cenizas: pues estas se consideraban sagradas, porque procedían de la carne sagrada. En el mismo lugar se quemaban esta bolsa y las plumas de la tórtola; y sus cenizas eran llevadas por el sacerdote fuera del campamento, como es claro por Levítico 6:11. Así el Abulense, Ribera y otros.
Tropológicamente, en las aves, es decir, en la ciencia y contemplación de los sabios y santos, debe desecharse la bolsa, esto es, la hinchazón y la soberbia. Igualmente las plumas, es decir, la ligereza y la curiosa indagación de cosas superfluas; y la mente debe fijarse en el polvo y la ceniza de donde venimos y adonde hemos de volver. Así Hesiquio y Radulfo.
Más acertadamente, San Cirilo, libro XVI de La adoración, folio 324, y Ribera, por la bolsa de la garganta entienden la glotonería del vientre; pues el placer de la comida no se siente sino en la boca y en esta bolsa de la garganta; cuando el alimento la ha atravesado, pasa también el placer. De ahí que Filoxeno deseara tener el cuello de una grulla, para saborear sus alimentos más tiempo; para que el placer nos engañara más tiempo, dice Giraldo.
Filoxeno se lavaba el cuello y la garganta de una grulla, para sentir el placer más extensamente y por más tiempo. Esta grulla, pues, siendo inmunda y conservando la inmundicia de los pecados, debe ser desechada por los devotos de la sabiduría. Las plumas suaves significan vestidos preciosos y delicados, que quien desea convertirse en holocausto de Dios debe desechar. Así hizo San Juan Bautista, Mateo 3:4.
HACIA EL LADO ORIENTAL, es decir, hacia el atrio, pero no hacia el tabernáculo o el Lugar Santo. Pues habría sido claramente indecoroso que estas inmundicias se arrojaran hacia el Lugar Santo. Que esto es así es evidente por el hecho de que el altar estaba al oriente del tabernáculo o del Lugar Santo: pues estaba delante del tabernáculo, o entre el tabernáculo y la entrada al atrio. Además, la entrada del atrio estaba al oriente, como dijo Moisés en Éxodo capítulo 27, versículo 43. Por tanto, para que estas inmundicias fueran arrojadas hacia la entrada del atrio, y no hacia el Lugar Santo, debían ser arrojadas hacia el oriente.
Versículo 17: Es un holocausto y una ofrenda
Y QUEBRARÁ SUS ALAS. — En hebreo, y cortará, o hendirá la víctima por sus alas, y no la separará, como si dijera: Hendirá o quebrará sus alas de tal modo que, sin embargo, no las corte ni las arranque. Así Oleaster, Cayetano y Vatablo.
La razón literal de esto es la disposición apropiada de la víctima; pues así se quiebran y doblan las alas de nuestras aves cebadas cuando se asan o se cuecen.
La razón tropológica es que la virtud de la ciencia y contemplación elevada y sublime no debe ser del todo cortada, pero sí hendida — es decir, replegada y reprimida — para que no se presuma de cosas más altas, siempre recordando la propia debilidad. Así Radulfo: «Quebrar las alas», dice, «es no atribuirse la agudeza del ingenio, sino considerar humildemente la propia debilidad bajo el don divino.»
ES UN HOLOCAUSTO Y UNA OFRENDA. — En hebreo, es un holocausto y una ofrenda de fuego, es decir, una ofrenda hecha por fuego, por la cual el todo se consume puramente por el fuego en honor de Dios, y por tanto es de un olor suavísimo y sumamente agradable a Dios.
Por ello, tanto los sacerdotes como el pueblo asistían a estos sacrificios con admirable devoción y silencio, como atestigua Aristeas en su libro Sobre los Setenta y Dos Intérpretes. Así entre los romanos, Numa decretó que un pregonero que iba delante con voz potente clamara en los sacrificios: «¡Atiende a esto!» — ordenando, por supuesto, que las mentes se dirigieran al sacrificio. Y, como escribe Cicerón en el libro I de La adivinación, y Séneca en su libro Sobre la vida feliz, clamando «Favete linguis» (guardad silencio), se imponía el silencio para que el sacrificio se realizara debidamente sin que ninguna voz maligna hiciera ruido. ¿Qué hacen ahora nuestros sacerdotes y cristianos? — cuando incluso el poeta Virgilio indica fiel silencio en los ritos sagrados, y la palabra «misterios» se deriva de cerrar la boca.
Oigan los charlatanes en la iglesia, oigan los inmodestos a San Ambrosio, libro III Sobre las Vírgenes: «¿Hay acaso algo», dice, «más indigno que los oráculos divinos sean ahogados por el ruido, de modo que no sean oídos, no creídos, no revelados? ¿Que los Sacramentos sean rodeados de voces confusas, de modo que la oración ofrecida por la salvación de todos sea impedida — cuando incluso los gentiles muestran reverencia a sus ídolos guardando silencio? De ahí se relata aquel ejemplo: cuando Alejandro, rey de los macedonios, estaba sacrificando, un muchacho bárbaro que le encendía las lámparas se le prendió fuego en el brazo, y aunque su cuerpo se quemó, permaneció inmóvil, ni delató su dolor con un gemido, ni indicó su sufrimiento con una lágrima secreta. Tan grande fue la disciplina de reverencia en un muchacho bárbaro que venció a la naturaleza. Y no temía a los dioses, que no existían, sino al rey.» Luego trae otro ejemplo de los fieles: «Es relato común», dice, «que cuando el croar de muchas ranas asaltaba los oídos del pueblo devoto, un sacerdote de Dios les mandó callar y mostrar reverencia a la sagrada oración; entonces súbitamente cesó el estrépito circundante. Si callan las ciénagas, ¿no callarán los hombres?»
Si el cielo es un templo, como dice San Juan Crisóstomo, ved lo que hacen los ángeles en el cielo. En el templo mismo oís esto, si escucháis los ritos sagrados: «Los Ángeles alaban tu majestad, las Dominaciones adoran, las Potestades tiemblan; los cielos y las Virtudes de los cielos, y los bienaventurados Serafines, celebran juntos con exultación unida.» Haced lo mismo en el templo: alabad, orad a Dios, según el Salmo 28: «En su templo todos hablarán de gloria;» y Salmo 64: «A Ti te conviene el himno, oh Dios, en Sión», es decir, en el templo — en hebreo es: el silencio es alabanza a Ti, oh Dios, en Sión. Pues el silencio es una especie de alabanza, tanto la interior del alma que venera a Dios, como la exterior, porque impulsa a otros a alabar a Dios cuando ven tanta modestia y devoción en los ritos sagrados.
San Cipriano, en su libro Sobre la oración del Señor: «El sacerdote», dice, «prepara las mentes de los hermanos diciendo: Levantad los corazones. Y cuando el pueblo responde: Los tenemos levantados hacia el Señor, sean amonestados de que no deben pensar en otra cosa que en Dios.»
El beato Casio, obispo de Narni, que diariamente celebraba la Misa con lágrimas, oyó de Dios mediante la visión de cierto presbítero: «Haz lo que haces, trabaja en lo que trabajas.» Diga, pues, el sacerdote para sí: «Atiende a por qué has venido»; diga lo mismo el pueblo que asiste.
A causa de esta reverencia y devoción hacia los sacrificios, los sacerdotes que iban a sacrificar debían prepararse: Primero, purificándose y lavándose con el agua de cenizas de la novilla roja, sobre la cual véase Números 19, si estaban impuros. Los gentiles hacían lo mismo. De ahí que Eneas rehusó sacrificar: «Hasta que me lave en una corriente viva», dijo, Eneida II. Segundo, absteniéndose del vino y de toda bebida que pueda embriagar, según la ley de Levítico 10:8. Así entre los gentiles, los que iban a ser iniciados en los ritos sagrados de Isis se abstenían de carne y vino durante diez días. Tercero, absteniéndose del uso del matrimonio y de toda lascivia: «El ladrido de los perros, el mugido de los bueyes, el gruñido de los cerdos agrada a Dios más que el canto de clérigos disolutos», dice San Agustín. Así Numa Pompilio, cuando sacrificaba por la cosecha, se abstenía de comer carne y de las relaciones conyugales. Es conocido que los sacerdotes de la Madre de los dioses se castraban con un tiesto de Samos, y que quienes celebraban los más grandes ritos sagrados, para permanecer en casta devoción y vivir lejos del contagio de las mujeres, se emasculaban con ciertas hierbas, a fin de consagrarse enteramente al dios y a los asuntos divinos. De ahí aquel decreto: «Acérquense a los dioses castamente, traigan piedad, dejen de lado las riquezas; quien hiciere lo contrario, Dios será el vengador.» De ahí que el rey Agesilao solía decir que «los dioses se deleitan no menos con obras devotas que con sacrificios castos». Los hierofantes de los atenienses, después de su sacerdocio, para realizar los ritos sagrados casta y santamente, se castraban bebiendo cicuta. Los sacerdotes egipcios, dejando de lado los negocios, nunca se entregaban a las mujeres, y se abstenían de carne y vino. Los gimnosofistas eran tan continentes que se alimentaban solo de frutas, arroz y harina. Es más, encontramos que desde tiempos antiguos se observaba que aquel que iba a realizar un rito divino acostumbraba primero declararse culpable para aligerar sus faltas, y arrepentirse de sus ofensas, y confesar sus delitos, y bajar el rostro, y disponerse a toda modestia. Cuarto, se acercaban a los sacrificios descalzos y con los pies y manos lavados, como dije sobre Éxodo 30:49. Además, se revestían de una vestidura pura y sagrada. Los gentiles imitaron lo mismo. Oíd a Platón: «En los sacrificios, el sacerdote realiza el rito divino adornado con un hermoso vestido y coronas de oro.» Y era en un vestido puro y blanco, generalmente de tela tejida, a veces de púrpura y oro. Los hombres triunfales y los que habían ejercido magistraturas, en atuendo triunfal o en la pretexta, con las manos lavadas y coronados de follaje, santos y venerables, adoraban y sacrificaban descalzos, como atestigua Plutarco. Virgilio añade: «Llevaban la fuente y el fuego, velados en lino, y las sienes ceñidas con verbena.»
Así también los sacerdotes egipcios eran llamados y eran portadores de lino. Entre los griegos, el sacerdote que iba a sacrificar preguntaba: «¿Quién está aquí?» Los presentes en los ritos sagrados respondían: «Muchos y buenos.» De ahí que Virgilio diga: «Lejos de aquí, lejos, oh profanos.»
Además, durante el sacrificio, los levitas cantaban y tocaban órganos, címbalos, salterios, etc. Igualmente entre los gentiles, flautistas y citaristas tocaban antes de los sacrificios; luego el sacerdote romano, velado con una ínfula de lana y coronado de follaje y vestido con vestidura pura, sosteniendo el altar con sus manos, por la mañana, vuelto hacia el Oriente, con un cántico preparado y palabras antiguas, oraba a las divinidades y derramaba sus votos — oración que repetía tres veces. Luego se volvía y giraba hacia la derecha, llevaba la mano a la boca, y se sentaba, como si los dioses hubieran aceptado sus oraciones. Entonces, arrancando pelos de entre los cuernos de la víctima, los arrojaba al fuego; y finalmente trazaba un cuchillo angular de hierro desde la frente hasta la cola de la víctima, y se volvía hacia el Oriente. Mientras tanto, otros colocaban recipientes bajo la víctima que caía para recoger la sangre; otros desollaban la víctima. Luego el arúspice, flamen o sacerdote escudriñaba las entrañas y órganos con un cuchillo de hierro y realizaba el extispicio — es decir, consultaba a los dioses a través de las entrañas y examinaba cuidadosamente si el sacrificio había sido debidamente ofrecido. Y se decía que las entrañas eran «devueltas» cuando, una vez aprobadas, eran colocadas bajo el altar.
Pues la primera parte del sacrificio era hacer la libación, la segunda inmolar, la tercera devolver, la cuarta obtener resultado favorable. Pues «obtener resultado» (litare) era sacrificar debidamente y obtener lo pedido. Llamaban «entrañas» (exta) a las partes interiores que sobresalen en las víctimas, tales como el corazón, el pulmón, el bazo y el hígado. Inspeccionadas las entrañas, de cada órgano y miembro tomaban las primicias y cortaban secciones, las envolvían en harina de espelta, y las ofrecían en cestos al que sacrificaba; y entonces se decía que la víctima estaba «completada». El sacerdote, colocándolas sobre los altares encendidos, las quemaba con fuego, añadiendo incienso, costo y otros aromáticos. De las restantes partes de la víctima preparaban un banquete, en el cual comían los que habían estado presentes en los ritos sagrados. Estaba permitido llevar una pequeña porción a los miembros del hogar, pero era sacrilegio incluir a extraños. Comían de pie, con panes redondos preparados en honor de los dioses. Durante la comida cantaban alabanzas e himnos a los dioses a quienes se había sacrificado — lo cual vemos cuidadosamente observado en el relato de Virgilio sobre Hércules. Cuando el rito sagrado se completaba, el sacerdote proclamaba: Ilicet — es decir, «podéis retiraros».
Entre los griegos y los egipcios, como atestigua Apuleyo, se cantaba: «Despedida para el pueblo.» Así los cristianos, cuando el sacrificio se ha completado, oyen: «Id, la Misa ha terminado» (Ite, Missa est).
Todas estas cosas son tratadas extensamente por Giraldo, Sintagma 17.