Cornelius a Lapide

Levítico II


Índice


Sinopsis del Capítulo

Se describe la segunda especie de sacrificio, a saber, la minchá, es decir, la oblación de cereales, y ésta es triple: primera, de flor de harina, versículo 1; segunda, de panes —y ésta a su vez es triple: a saber, de panes de horno, de sartén y de parrilla, versículo 4—; tercera, de espigas, versículo 14.


Texto de la Vulgata: Levítico 2:1-16

1. Cuando un alma ofrezca una oblación de sacrificio al Señor, su ofrenda será de flor de harina, y derramará aceite sobre ella, y pondrá incienso, 2. y la llevará a los hijos de Aarón, los sacerdotes: de los cuales uno tomará un puñado lleno de flor de harina y aceite, y todo el incienso, y colocará el memorial sobre el altar como olor suavísimo al Señor; 3. pero lo que sobrare del sacrificio será de Aarón y de sus hijos, cosa santísima de las ofrendas del Señor. 4. Mas cuando ofrecieres un sacrificio cocido en horno, de flor de harina —a saber, panes ázimos amasados con aceite, y tortas ázimas untadas con aceite—. 5. Si tu ofrenda fuere de sartén, de flor de harina amasada con aceite y sin levadura, 6. la partirás en pedazos menudos y derramarás aceite sobre ella. 7. Pero si el sacrificio fuere de parrilla, igualmente la flor de harina será rociada con aceite; 8. y ofreciéndola al Señor, la entregarás en las manos del sacerdote. 9. Cuando la hubiere ofrecido, tomará el memorial del sacrificio y lo quemará sobre el altar como olor de suavidad al Señor; 10. y lo que sobrare será de Aarón y de sus hijos, cosa santísima de las ofrendas del Señor. 11. Toda ofrenda que se ofrezca al Señor se hará sin levadura, ni se quemará cosa alguna de levadura ni de miel en sacrificio al Señor. 12. Solo las primicias de ellas y los dones ofreceréis; mas no se pondrán sobre el altar como olor de suavidad. 13. Todo lo que ofrecieres de sacrificio lo sazonarás con sal, y no quitarás la sal de la alianza de tu Dios de tu sacrificio. En toda ofrenda tuya ofrecerás sal. 14. Mas si ofrecieres un don de las primicias de tus cosechas al Señor, de espigas aún verdes, las tostarás al fuego y las quebrantarás a manera de grano, y así ofrecerás tus primicias al Señor, 15. derramando aceite sobre ellas y poniendo incienso, porque es ofrenda del Señor. 16. De la cual quemará el sacerdote como memorial del don una parte del grano quebrantado y del aceite, y todo el incienso.


Versículo 1: Cuando un alma ofrezca una oblación de sacrificio al Señor, su ofrenda será de flor de harina

«Alma» significa hombre por sinécdoque. Así se toma «alma» en los capítulos 4 y 5, y con frecuencia en otros lugares. Por una figura semejante, «carne», que es la otra parte del hombre, a menudo significa al hombre entero, como en Génesis capítulo 6: «Toda carne» —es decir, todo hombre— «había corrompido su camino». Juan 1:14: «El Verbo se hizo carne» —es decir, hombre—. Isaías 40:5-6: «Toda carne» —es decir, todo hombre— «es hierba». Nótese aquí que la Escritura usa la palabra «alma» cuando se trata de los actos del alma o de la dignidad humana; pero «carne» cuando se refiere a la bajeza del hombre.


Una oblación de sacrificio

En hebreo dice: una oblación de minchá, que Áquila, según testimonia Hesiquio en el capítulo 10, traduce como «don de trigo»; Vatablo lo traduce como «sacrificio alimenticio»; Andrés Masio, en el capítulo 22 de Josué, versículo 23, lo traduce como fertum (torta de ofrenda). Pues minchá entre los hebreos es propiamente el sacrificio que se hace de espelta o flor de harina, ya sea flor de harina pura, o cocida en horno, en sartén o en parrilla. Y puesto que los demás sacrificios tienen sus nombres propios, nuestro Intérprete a lo largo de todo el Levítico llama al sacrificio de flor de harina, o minchá, simplemente «sacrificio» —lo cual ha de notarse con cuidado—.

Se pregunta: ¿por qué instituyó Dios este sacrificio de minchá, es decir, de cereales?

Respondo: primero, en favor de los pobres, pues no todos podían comprar y ofrecer animales. Así Licurgo, legislador de los espartanos, preguntado por qué había instituido sacrificios tan modestos y frugales, respondió: «Para que el culto de los dioses nunca falte entre nosotros»; así lo atestigua Plutarco en su Vida de Licurgo. Segundo, para proveer de pan y sustento a los sacerdotes, pues una gran parte de este sacrificio correspondía a los sacerdotes. Tercero, para que, así como los hebreos rendían culto a Dios con animales y le daban gracias, también le rindieran culto con los frutos de la tierra, y aprendieran en toda necesidad y alimento a mirar hacia Dios. Cuarto, porque el sacrificio era como un banquete en el que Dios comía con los hombres, y las víctimas eran como el alimento de Dios; pero el pan, cuya materia es la espelta o la flor de harina, es alimento necesario para los hombres. De ahí que Dios exigiera igualmente flor de harina o pan en su sacrificio. Que esto sea así es evidente: primero, por el hecho de que la víctima se llama «pan» —es decir, alimento de Dios— en Levítico 21:21 y capítulo 22, versículo 25. Segundo, por el hecho de que el altar se llama «mesa de Dios» en Malaquías 1:7 y 12. Pues Dios, cuyas delicias consisten en estar con los hijos de los hombres, quiso por este medio mostrar su condescendencia hacia los hombres, presentándose tan familiar con ellos que compartiera con ellos la misma mesa y el mismo banquete. De ahí que entre los gentiles romanos, en el banquete de Júpiter —que los siete Epulones celebraban en el Capitolio—, Júpiter era invitado a un lecho, y Juno y Minerva a sillas para la cena. De lo cual Valerio Máximo deduce que en la antigüedad los varones se reclinaban únicamente en lechos, mientras que las mujeres se sentaban en sillas.

Tercero, por el hecho de que los Setenta generalmente llaman al sacrificio karposin o karpoma, es decir, «fruto», con el cual Dios se alimenta y se deleita. De ahí que llamen al holocausto holokarpoma, porque todo se convierte en fruto y alimento de Dios. Cuarto, porque por esta razón Dios mandó que en todo sacrificio de animales se ofreciera flor de harina y vino, como consta de Números 15, versículos 4, 7 y 10; igualmente sal, como consta de este capítulo, versículo 13 —para que, a saber, el banquete de Dios fuera pleno y completo: pues en todo banquete se requiere carne y pan para el alimento, vino para la bebida y sal para el condimento—.

Lo mismo imitaron los gentiles en sus sacrificios, quienes espolvoreaban la cabeza de la víctima con espelta molida (que por ello llamaban mola salsa —harina salada—), tostada y mezclada con sal. De esta mola y de su rito se deriva la palabra immolo (sacrifico); Lucano, Libro I, es testigo de esta mola:

Ya había comenzado a derramar a Baco (vino),
y a esparcir la harina con el cuchillo oblicuo.

Y Virgilio, Égloga 8: «Esparce la harina»; y Horacio, Libro II, Sátiras 3:

Cuando en Áulide pones a la dulce hija en lugar de una ternera
ante los altares, e impíamente espolvoreas su cabeza con harina salada.

Y Plauto, Anfitrión: «Hoy se debió haber orado con harina salada o con incienso». Y esto desde antiguo. Pues Numa Pompilio, que sucedió a Rómulo en el reino de Roma, decretó que «no se debía sacrificar sin harina», y añadió una razón simbólica: para que, dijo, con este símbolo yo signifique que «no pequeña parte de la piedad consiste en domar las costumbres y disponerlas a la mansedumbre». Pues la harina, siendo blanda y maleable, es símbolo de mansedumbre. Así Plutarco en su Vida de Numa. Véase más en Plinio, Libro 12, capítulo 18, y Cicerón, Libro 2 De la Adivinación. De este rito se deriva la palabra mactare (sacrificar/inmolar), que significa «aumentar más»; y victima macta, es decir, «víctima más aumentada». Pues cuantas veces se derramaba harina, vino o incienso sobre la víctima, decían: «El toro está mactus con incienso o con vino» —es decir, la víctima está colmada y hecha mayor con incienso o con vino—. Así Isidoro, Libro 10, y Giraldo, Sintagma 17.

La razón alegórica de este sacrificio de cereales fue significar que la carne y el sacrificio de Cristo también involucraba e involucra la naturaleza del pan y del vino en la Eucaristía. De ahí que la carne de Cristo también se llame pan, Jeremías 11:19; Juan 6, versículos 35, 47, 51, 58. Pues éste es el sacrificio de minchá que Malaquías profetizó que sería ofrecido por las naciones cristianas en todo lugar y en todo el orbe, capítulo 1, versículo 11. Porque así como las víctimas de animales inmolados significaban el sacrificio de Cristo muerto en la cruz, así el sacrificio de minchá significaba el sacrificio de Cristo en la Eucaristía, bajo las especies de pan y vino.

De aquí se sigue que esta oblación de minchá, ya fuera de pan o de flor de harina, era un verdadero y propiamente dicho sacrificio. Aunque Abulense lo niegue, le refuta la palabra minchá, que tanto Malaquías como los Setenta y nuestro Intérprete traducen como «sacrificio». Y es evidente por el rito de la minchá, en el cual el pan o la flor de harina se quemaba o se alteraba de otro modo en honor de Dios; pues esto prueba claramente que la minchá era un verdadero sacrificio, no una simple oblación. Pues en una simple oblación la cosa no se destruye ni se parte, sino que se ofrece íntegra —por ejemplo, cosechas enteras, frutas, nueces, panes con levadura y guisos—, como consta de Números 15:19 y Levítico 19:24.

Se objetará: La minchá no era holocausto, ni sacrificio pacífico, ni sacrificio por el pecado; luego no era sacrificio. Así Abulense.

Respondo negando la consecuencia; pues aquellos tres —a saber, el holocausto, el sacrificio pacífico y el sacrificio por el pecado— son solo la división y las especies de la víctima animal, es decir, del sacrificio animado, no del inanimado. Por tanto, el sacrificio en general debe dividirse en animado e inanimado; el animado se divide luego en holocausto, sacrificio pacífico y sacrificio por el pecado; el inanimado, sin embargo, era de dos clases: uno sólido, a saber, de espelta y panes; otro líquido, a saber, la libación de aceite y vino.

Añado, no obstante, que la flor de harina que siempre debía ofrecerse junto con la víctima animal no era un sacrificio distinto de ella, sino que era como una libación —es decir, un complemento y ornamento del sacrificio—, sobre lo cual véase Números 15.


Su ofrenda será de flor de harina

Como si dijera: Ofrecerá flor de harina pura sin salvado, si quiere ofrecer el sacrificio que se llama minchá, como se dijo antes.

Tropológicamente, la flor de harina es la pureza de conciencia, dice Radulfo, pues éste es el sacrificio más grato a Dios.


Y derramará aceite sobre ella

Dios mandó derramar aceite sobre la flor de harina como una especie de condimento para el sabor; pues el pan con aceite es más sabroso, y el alimento más sabroso y selecto ha de ofrecerse a Dios.

La razón alegórica fue que el aceite significara la caridad y misericordia de Cristo, que Él mismo nos mostró en su sacrificio, tanto el de la cruz como el de la Eucaristía. Así San Bernardo sobre aquel versículo del Cantar de los Cantares 1: «Tu nombre es aceite derramado».

Tropológicamente, debemos imitar lo mismo con alegría (pues el aceite alegra el rostro); porque no conviene que nos adhiramos a la vida cristiana como personas tristes y dolientes, sino alegres y gozosas, dice San Cirilo, Libro 11 De la Adoración, folio 233, y Libro 15, folio 315. Pues el olivo y el aceite son símbolo: primero, de reconciliación; segundo, de misericordia; tercero, de paz y alianza; cuarto, de alegría, como dije en Génesis 8:11. Los gentiles imitaron esto, y sus dioses —o más bien, demonios—. Pues, como dice Plutarco al final de sus Paralelos: «Cuando Hegesístrato de Éfeso, habiendo cometido un asesinato civil, huyó a Delfos, preguntó al dios dónde debía establecer su morada. Apolo respondió: allí donde viera a aldeanos danzar coronados con ramas de olivo. Habiendo descubierto esto en cierta región de Asia, fundó allí una ciudad y la llamó Eleúnte (pues elaion en griego significa aceite); del mismo modo que Ulises, fundando una ciudad en Italia según un oráculo en el lugar donde había visto colonos coronados con ramas de encina, la llamó Prinisto (que ahora se llama Preneste); pues prinos en griego significa encina». Así Plutarco.

Leoncio refiere en la Vida de San Juan el Limosnero que se le apareció de noche en sueños la Misericordia, en forma de una doncella bellísima más resplandeciente que el sol, que llevaba una corona de ramas de olivo en la cabeza; y le dijo: «Yo soy la primera de las hijas del Rey. Si me ganas como amiga, yo te conduciré a la presencia del Emperador. Pues nadie tiene poder ante Él como yo. Pues yo en verdad hice que Él se hiciera hombre en la tierra y salvara a la humanidad». Además, refiere que el monje Sabino vio que la misma doncella, tan resplandeciente y coronada de olivo, recibió a Juan a su muerte y lo condujo ante Dios, y por esto supo que Juan había muerto en esa misma hora y había sido llevado al cielo por sus limosnas.


Y pondrá incienso

Dios manda poner incienso sobre la flor de harina que ha de ofrecerse, para que en este cuasi-banquete de Dios no solo haya un sabor agradable, sino también un aroma suave. Segundo, porque el incienso, por sentir común de la humanidad, se suele quemar para Dios y casi para Él solo, y por ello Dios manda aquí que todo él se queme para Él. De ahí Ovidio, Libro 14 de las Metamorfosis:

Te erigiré templos, te pagaré los honores del incienso,

—honores divinos, es decir— como si dijera: te adoraré y honraré como Dios con incienso. De ahí también que algunos deriven thus (incienso) del griego thyein, es decir, de «sacrificar», porque el incienso suele sacrificarse a Dios y emplearse entre sus sacrificios. Así los tres Magos, adorando a Cristo, Mateo 2:11, al ofrecer incienso al Niño Cristo, significaron y profesaron su divinidad, como enseñan San Ambrosio, San Basilio, San Gregorio, San Jerónimo y Juvenco cuando canta:

Incienso, oro y mirra —dones al Rey, al Hombre y a Dios—
ofrecen.

Algunos piensan que en la antigüedad, desde los primeros hombres, se ofrecía a Dios en sacrificio el vapor de árboles aromáticos, que los griegos llaman thymiasis; y de aquí se derivó thysia, es decir, «sacrificio», porque la primera thysia, o el primer sacrificio, fue thymiasis —es decir, la quema de incienso y el encendimiento de aromas—. Pero Arnobio niega que el incienso se usara en los ritos sagrados desde los tiempos más remotos; pues leemos que entre los héroes de los etruscos, Rómulo, Remo y Numa, la incensación era desconocida, pero se practicaba la inspección de las entrañas, y luego las entrañas, asadas o hervidas, se quemaban habitualmente para los dioses —y así lo enseña Giraldo a partir de Apuleyo, Sintagma 17—. Y esto no es de admirar, puesto que estaban tan lejos de Arabia, que es la única productora de incienso. Por tanto, el descubrimiento de ofrecer incienso a Dios debe atribuirse a Moisés —mejor dicho, a Dios que aquí lo ordena—, pues Moisés moraba con los hebreos en Arabia. Así Jerónimo Prado sobre Ezequiel 8, página 119.

Nota: El incienso concuerda con la flor de harina y la minchá en color y brillo; pues el incienso es blanco —de ahí que los hebreos lo llamen leboná y los griegos libanos, que significa «blanco» y «brillante»—. De ahí que la Escritura llame al incienso «puro» y «lucidísimo», Éxodo 30:34. Y por ello, tanto por su vapor como por su brillo, es aptísimo para ser quemado ante Dios, a quien agradan todas las cosas más brillantes.

Plinio nota, en segundo lugar, en el Libro 12, capítulo 14, que el incienso crece en Arabia Feliz, y que es, por así decirlo, alumbrado y cocido en verano por el calor estival, y recogido en otoño ya elaborado, blanco y purísimo. Pero lo que se recoge en invierno o primavera, de incisiones en la corteza del árbol del incienso, es rojizo, y no es comparable con el anterior, que emanó del calor del verano.

De ahí, tropológicamente, el incienso y la incensación significan las obras santas, como licuadas y humeantes por el fervor de la caridad, que se queman ante Dios en el fuego de esa misma caridad, y por ello emiten un aroma suavísimo, gratísimo a Dios.

Segundo, el incienso significa la virtud de la religión y de la oración, Salmo 141:2: «Suba mi oración como incienso en tu presencia». De ahí que en los ritos sagrados se emplee la incensación, para que los presentes sean recordados de la devoción interior y de la oración. Así Hesiquio, Radulfo, Beda y otros.

Tercero, el incienso significa la fragancia de una vida buena. «El incienso», dice San Cirilo, Libro 12 De la Adoración, «y la flor de harina empapada en aceite sugieren aquella vida fragante y pura».


Versículo 2: Tomará un puñado de flor de harina y aceite

A saber, un puñado lleno de flor de harina rociada con aceite, o flor de harina aceitada; es una hendíadis.

Y colocará el memorial sobre el altar. — En hebreo dice: quemará, o consumirá por el fuego, su memorial —es decir, el puñado de flor de harina que tomó, junto con todo el incienso, lo quemará, para que esto sea como un memorial y signo de que esta flor de harina fue ofrecida como minchá —es decir, un sacrificio de cereales— no al sacerdote, sino a Dios.

Segundo, para que esta minchá de flor de harina renovara en Dios la memoria del oferente, y obtuviera de Él lo que el oferente pide; pues así explica nuestro Intérprete esta frase en el capítulo 5, versículo 12. Por tanto, este puñado de flor de harina se quemaba para Dios; pero el resto de la flor de harina correspondía al sacerdote. De donde se sigue:


Versículo 3: Lo que sobrare del sacrificio será de Aarón y de sus hijos, cosa santísima de las ofrendas del Señor

En hebreo dice: «santidad de santidades será de las ofrendas ígneas» —es decir, de las ofrendas hechas por fuego al Señor— como si dijera: El resto de la flor de harina ofrecida a Dios será y será considerado santísimo, porque es parte de la cosa —a saber, la flor de harina— que fue sacrificada a Dios mediante el fuego. De ahí que no pudiera ser comida sino por personas sagradas, a saber, por la familia del sacerdote, como consta de Levítico 22:10-11.


Versículo 4: Cuando ofrecieres un sacrificio cocido en horno, de flor de harina

Suplir: lo ofrecerás. Así Vatablo. Hasta aquí Moisés describió la minchá, o sacrificio de flor de harina pura y sin cocer; aquí describe la minchá hecha de flor de harina amasada y cocida, que era la segunda especie de minchá. Nótese aquí: Dios quiso que la harina y el pan se le sacrificaran de tantas maneras como se cocinan. Por tanto, así como el pan se cuece de tres modos —a saber, en horno, en sartén y en parrilla—, así también la minchá de panes era triple: a saber, de horno, de sartén y de parrilla.

Alegóricamente, la minchá es la carne de Cristo: primero, cocida en el horno —es decir, en el seno de la Bienaventurada Virgen en la Encarnación—; segundo, frita en la sartén —es decir, en el sufrimiento de la cruz—; tercero, muerta en la parrilla de esa misma cruz, para que, bien cocida, nos proporcionara pan y alimento en el venerable Sacramento de la Eucaristía. Así Hesiquio. Segundo, la minchá o flor de harina es la Iglesia de Cristo, dice Beda, que es su cuerpo compuesto de muchos miembros, como recogido de muchos granos, molido por la piedra de la Ley y del Evangelio, humedecido por el agua del Bautismo, ungido con el aceite del crisma, y solidificado por el Espíritu Santo. De ahí que el mismo Beda y Orígenes, Homilía 5, por la parrilla, la sartén y el horno entienden los tres sentidos de la Sagrada Escritura —a saber, el literal, el moral y el místico—, con los cuales se cuece este pan de la Iglesia.

Tropológicamente, el horno es la presión de este mundo —a saber, la aflicción y persecución de los tiranos—. De ahí que se diga que Dios liberó a los hebreos del horno de hierro —es decir, de la servidumbre y aflicción de Egipto—. Los que son cocidos en este horno se convierten en panes de Cristo. Tal fue San Ignacio, quien al oír rugir a los leones preparados para devorarlo, dijo: «Soy trigo de Cristo; que sea molido por los dientes de las bestias, para que me convierta en pan puro». Segundo, la sartén es la fritura de las mentes, y el celo de los santos a causa de los pecados de los hombres o las tribulaciones de sus prójimos, que los fríen y atormentan por la compasión. Tercero, la parrilla es la cruz cotidiana de cada uno, sobre la cual el hombre justo, colocado encima, es atormentado por un calor lento pero constante. Pero el aceite —es decir, la caridad hacia Dios y el prójimo— recibe todo esto con fortaleza y ofrece de ahí un sacrificio a Dios, diciendo con San Pablo, Filipenses 2:17: «Pero aunque sea derramado como libación sobre el sacrificio y servicio de vuestra fe, me gozo y me congratulo con todos vosotros»; y 1 Corintios 15:31: «Cada día muero, hermanos, por vuestra gloria». Así Radulfo, Beda y San Gregorio, Homilía 12 sobre Ezequiel: «La flor de harina», dice, «en la sartén es la mente pura del justo en la aflicción del celo espiritual, que se fríe por la solicitud de las almas, y es tenida no solo como sacrificio, sino también como holocausto para el Señor».

Por lo demás, las víctimas literales de la sartén fueron los siete hermanos Macabeos, fritos en una sartén por Antíoco por la fe y la ley de Dios, 2 Macabeos 7. Las víctimas del horno fueron los tres jóvenes, arrojados al horno de Babilonia por Nabucodonosor por adorar al Dios único, Daniel 3. Igualmente San Eustaquio, metido en un toro de bronce ardiente, que era el instrumento de tortura del tirano Fálaris. También Antipas, obispo de Pérgamo, a quien San Juan menciona, Apocalipsis 2:13, quien bajo el emperador Domiciano fue arrojado de manera similar a un toro de bronce y sufrió un glorioso martirio, cuya memoria recuerda la Iglesia el once de abril. También los trescientos mártires que saltaron a un horno de cal por la fe de Cristo en Cartago bajo Valeriano, y por ello fueron llamados la Massa Candida (Masa Blanca), en el Martirologio del 24 de agosto. La víctima de la parrilla fue San Lorenzo, quien, casto y puro como la flor de harina, encendido con el aceite de la misericordia y del amor divino, fue una víctima viva y ardiente para Dios, de modo que el Salmista, mirándole, con razón dijo: «Me has probado con fuego, y no se ha hallado en mí iniquidad», Salmo 16:3. Dura prueba en verdad, y amarga, pero leve y suave para el alma ardiente de Lorenzo. Pues, como dice San León en su Sermón sobre Lorenzo: «La llama de la caridad no pudo ser vencida; el fuego que ardía por fuera era más lento que el que ardía por dentro». Es más —lo que parece un prodigio— el fuego externo encendió el fuego interno en la mente de Lorenzo, y el fuego interno extinguió el externo. Pues Lorenzo anhelaba este fuego más que un ciervo jadeante anhela el agua —más aún que Valeriano anhelaba su sangre y su quema—. ¡Oh cuán poderosa es la llama de Cristo! «Mi alma se adhirió a Ti, porque mi carne fue quemada por fuego por Ti, Dios mío».

Amasados con aceite — amasados con aceite en lugar de agua; pues esto es lo que significa el hebreo belulot.

Y tortas ázimas untadas con aceite — «Lagana» son tortas no gruesas sino delgadas y extendidas, como nuestras tortas de mijo: pues esto es lo que significa el hebreo rekike. En otros lugares se llaman challot, como las primicias o inicios de la masa amasada, como las madres, cuando están amasando, suelen primero, antes de hacer y cocer los panes, hacer tortitas para los niños, que cuecen sobre las brasas. Así Oleaster y Ribera.

Nota: Dice «untadas con aceite», no «mezcladas con aceite», sino untadas por encima con aceite. Pues la Escritura distingue estas cosas, de modo que a unas las llama «amasadas» —es decir, mezcladas con aceite a manera de agua— y a otras las llama «ungidas» o «untadas» con aceite, que no están amasadas sino embadurnadas por encima con aceite. Así Abulense y Ribera, y consta del hebreo, del caldeo y de los Setenta.


Versículo 5: Si tu ofrenda fuere de sartén, la partirás en pedazos menudos y derramarás aceite sobre ella

«En pedazos menudos», para que las partes así divididas absorbieran mejor el aceite que se derramaría sobre ellas; segundo, para que algunas de ellas fueran sacrificadas a Dios.


Versículo 9: Cuando la hubiere ofrecido

En hebreo: la hará acercar, o la traerá al altar —a saber, el propio oferente, como consta del hebreo y especialmente de los Setenta.

Tomará el memorial del sacrificio. — Tomará —a saber, aquel cuyo deber es tomar, es decir, el sacerdote. Y tomará de todos los sacrificios ya mencionados —a saber, del horno, de la sartén y de la parrilla—. Además, «memorial» es aquí el nombre general para aquella parte del sacrificio de cereales que se quemaba y sacrificaba a Dios, por la cual testificaban que toda la minchá había sido ofrecida a Dios; pues el todo se consideraba sacrificado a Dios mediante esta parte suya. Véase lo dicho en el versículo 2.


Versículo 11: Toda ofrenda que se ofrezca al Señor se hará sin levadura

Aunque el pan sazonado con levadura, por la acidez que tiene, es más sabroso y más fácil de digerir, Dios no quiso sin embargo que los hebreos lo usaran en el sacrificio, sino pan ázimo. Primero, por la pureza del sacrificio; pues el pan ázimo es más puro. Segundo, para que los hebreos tuvieran un recuerdo perpetuo de su liberación de Egipto, cuando por la prisa usaron pan ázimo, Éxodo 12:34. Por lo cual el pan ázimo, Deuteronomio 16:3, se llama pan de aflicción.

Tropológicamente, la levadura significa la vetustez, la maldad y todo vicio y corrupción, que deben estar lejos de las cosas sagradas de Dios, 1 Corintios 5:3. De ahí que también en Plauto, una mujer que yace en levadura se llama mujer hinchada e iracunda.

Segundo, San Cirilo, en el Libro XV De la Adoración, folio 302, por la levadura entiende la astucia, que es indiferente al bien y al mal. Y por ello la levadura podía ofrecerse, pero no quemarse ni encenderse y sacrificarse: porque la astucia de un alma virtuosa, dice San Cirilo, aunque no sea rechazada por Dios, si se aplica oportunamente por causa de la piedad, no se cuenta sin embargo como sacrificio espiritual y olor de suavidad.

Ni se quemará cosa alguna de levadura ni de miel en el sacrificio. — Aquí la miel, al igual que la levadura, se prohíbe en el sacrificio; ¿pero por qué? Rabí Salomón por miel entiende los frutos dulces, como higos y dátiles; pero esto es rebuscado y forzado. Filón, en el libro De las Víctimas, piensa que la miel fue prohibida en los ritos sagrados por Dios porque la abeja que recoge la miel es un animal impuro, nacido de los cadáveres putrefactos de los bueyes; pero esto no es absolutamente verdadero. Pues consta que las abejas son engendradas por abejas en las colmenas, y ello pura y castamente sin cópula.

Digo, por tanto: la razón de la prohibición de la miel es la misma que la de la levadura; pues la miel es para el pan como la levadura: pues la miel cocida contrae acidez, y fermenta el pan con el que se mezcla. Segundo, la miel es enemiga del estómago, tanto porque es flatulenta como porque aumenta la bilis; pues, como dice Horacio: «Las cosas dulces se convierten en bilis». Por el contrario, el ajenjo beneficia al estómago; pues purga toda la inmundicia de los intestinos.

Tercero, la miel se prohíbe a los judíos porque los gentiles ofrecían miel y cosas dulces a Baco: óigase a Ovidio, Libro III de los Fastos:

«Se hacen tortas para el dios, porque él se deleita en jugos dulces,
y dicen que la miel fue descubierta por Baco».

Añádase, de Plutarco, Libro V de las Cuestiones Conviviales, Cuestión V, que la mezcla de miel corrompe el vino, porque la miel tiene una naturaleza sumamente contraria al vino; de donde también, después de gustar miel, el vino pierde su sabor. Pero el vino debía usarse en los sacrificios, y con él debían hacerse libaciones: pues el vino era, por así decirlo, la bebida de Dios; por tanto, era conveniente que la miel se mantuviera alejada de ellos.

La razón alegórica y principal fue significar que en el sacrificio de la cruz de Cristo, toda miel, es decir, toda suavidad y gozo, estaría ausente.

La razón tropológica fue significar que de las cosas sagradas debe estar ausente la miel, es decir, el placer vano y carnal, como cosa desagradable a Dios, y que quienes se disuelven en los halagos de las delicias o en la dulzura de los placeres no pueden ser partícipes de los misterios de Dios. De ahí que el cordero pascual debía comerse con lechugas silvestres, o, como dice el hebreo, amargas, porque «la severidad de la verdad es siempre austera», dice Euquerio; pues, como dice el Salmista, Salmo 51:19, «el sacrificio a Dios es un espíritu contrito». Pues la miel es símbolo, primero, del hombre voluptuoso; segundo, del adulador, que tiene miel en sus labios, pero en lo oculto lleva en su cola un aguijón que hiere y lastima. De ahí que el Sabio compare los labios de la ramera con un panal de miel, Proverbios 5:3. Así Procopio, Euquerio, Radulfo, Ruperto, Beda y San Cirilo, Libro XV De la Adoración.


Versículo 12: Solo las primicias de ellas ofreceréis como dones

En hebreo dice «don», es decir, ofreceréis una ofrenda de primicias, a saber, de levadura y miel, y ello como alimento para los sacerdotes, como se dirá en Números 15. La razón mística de esto es que corresponde a los sacerdotes comer, cocer y digerir los pecados del pueblo mediante la confesión, para que intercedan por ellos, los aconsejen y los absuelvan mediante el sacramento de la penitencia: así Serrano, que por las primicias de levadura y miel entiende la confesión de los pecados, la restitución de los bienes mal habidos, la penitencia, etc. Pues los pecados mismos son miel y levadura, porque producen en el hombre un placer dulce como la miel, que pronto se convierte en hiel y fermento. A esto alude también Radulfo.


Versículo 13: Todo lo que ofrecieres de sacrificio lo sazonarás con sal

Pues la sal es el condimento de todo alimento. Y así, para que el sacrificio, que es como un banquete de Dios, estuviera debidamente dispuesto, Dios manda que los panes y la flor de harina se ofrezcan no insípidos, sino sazonados con sal. Así también los gentiles no hacían ningún rito sagrado sin harina salada, como dije en el versículo 1. Pues sin sal la vida humana no puede subsistir. Porque la sal preserva la carne de la putrefacción; el vino, de perder su vigor o degenerar en vinagre; protege de tal modo de la corrupción los cuerpos muertos y putrefactos que perduran por siglos; hace el alimento sabroso y agradable. De ahí el axioma de los antiguos: «Nada es más útil para los cuerpos que la sal y el sol».

Además, la sal es la vida artificial de las carnes exangües; pues corroyéndolas y secándolas, las preserva de la corrupción; y místicamente significa aptamente la vida del espíritu, que en comparación con la vida animal es adventicia. De ahí también Ovidio en los Fastos:

«Antes de que los hombres tuvieran algo que pudiera conciliar a los dioses,
había espelta y un grano brillante de sal pura».

En verdad, los antiguos solían ungir a los borrachos y delirantes con aceite y sal, lo cual insinúa Aristófanes en las Nubes.

Tropológicamente, la sal es símbolo de sabiduría, prudencia y discreción, que debe emplearse en todo sacrificio y en toda obra, incluso de penitencia y mortificación, que se hace para el servicio de Dios. De ahí que el Apóstol, Romanos 12:1, advierta que nuestro servicio sea razonable; y Cristo, Marcos 9:48: «Toda (víctima espiritual grata a Dios)», dice, «será salada con fuego, y toda víctima será salada con sal», a saber, con el fuego de la tribulación y la sal de la sabiduría. Así Teodoreto, Procopio, Radulfo, Beda, Ruperto, Euquerio y San Cirilo, Libro XV De la Adoración; pues, como dice San Bernardo, Sermón 49 sobre el Cantar: «La discreción es la moderadora y auriga de las virtudes, los afectos y las costumbres; establece orden para toda virtud; el orden otorga medida, belleza y perpetuidad: quítala, y la virtud será vicio».

De ahí, en segundo lugar, la sal fue símbolo y tipo de la doctrina evangélica y de la predicación apostólica: pues ésta es la sabiduría suprema con la cual debemos sazonar todas nuestras acciones y ofrendas. Porque toda acción nuestra debe corresponder a esta sabiduría como a una norma, y conformarse a ella en todo. De ahí que Cristo dijo a sus Apóstoles: «Vosotros sois la sal de la tierra».

Tercero, por la sal se significa la durabilidad eterna: la sal, por tanto, es símbolo tanto de la eternidad de Dios, que profesaban mediante la sal los que ofrecían víctimas sagradas; como de la integridad e incorrupción del alma y del cuerpo, que Dios exige en quien ofrece. Pues, como dice primero Filón, en el libro De las Víctimas, el primer conservador de los cuerpos es el alma; el segundo es la sal: pues la sal conserva los cuerpos por larguísimo tiempo, y los hace en cierto modo inmortales: por ello, dice Filón, el altar se llama thysiastêrion, de conservar las víctimas; pero la carne de las víctimas se consume por el fuego: de donde se colige que esta víctima sazonada y conservada con sal debe tomarse místicamente, a saber, como la mente del oferente, confirmada y fortalecida por las virtudes: pues ésta preserva y mantiene la pureza e incorrupción del alma. Así Filón.

De ahí, alegórica y anagógicamente, la sal celestial es Cristo, quien con su gracia y gloria sazona y conserva tanto los cuerpos como las almas para la eternidad, para que resuciten a la vida inmortal.

Y no quitarás la sal de la alianza de tu Dios de tu sacrificio. — En cuanto a por qué se llama «sal de la alianza», Rabí Salomón da una razón insípida y necia, a saber ésta: Las aguas terrestres, dice, al principio de la creación de todas las cosas, se apenaron de ser separadas de las aguas celestes por el firmamento interpuesto: por tanto, para aplacarlas, Dios prometió que haría que el uso sagrado de las aguas estuviera en el tabernáculo de la alianza; y luego que la sal, que se hace de las aguas, se empleara perpetuamente en los sacrificios. Así dice este bufón, que aquí no tiene ni una pizca de sal, y careciendo de cerebro, necesita eléboro.

Digo, por tanto: se llama «sal de la alianza», es decir, la sal de esta ley por la cual ordeno que se use sal en la minchá. Pues la ley era la razón, condición y conciliación de la alianza y pacto entre Dios y los hebreos. De ahí que las tablas de la ley se llamaran tablas de la alianza, y a menudo en otros lugares la ley misma se llama alianza. Y se dice peculiarmente de esta ley de la sal que es la sal de la alianza, porque por la sal se significaba la firmeza de la ley y de la alianza; y por ello la sal solía emplearse en las alianzas, pues las víctimas se inmolaban con harina salada para ratificar una alianza. Y es verosímil que así se hizo en la alianza de los hebreos con Dios, Éxodo 24:5; de donde en 2 Paralipómenos 15:5 y Números 18:19, se llama pacto de sal; un pacto firme y estable. Pues así como la sal preserva la carne de la putrefacción, así el pacto de sal metafóricamente significa un pacto libre de corrupción y violación, un pacto firme y perpetuo. La sal de la alianza, por tanto, es lo mismo que la sal que confirma la alianza, o el símbolo de una alianza firme y estable.

Por la misma razón, en la antigüedad se solía poner sal ante los huéspedes, antes de los demás alimentos, para que mediante la sal se significara la firmeza y perseverancia de la amistad: por lo cual muchos gentiles consideraban de mal agüero si la sal se derramaba sobre la mesa, como si con ello se presagiara la ruina o disolución de la amistad. Así Pierio en los Jeroglíficos de la sal.

Nota: En todo sacrificio cruento, en el que se inmolaba, por ejemplo, un buey, oveja o cabra, se empleaba una ofrenda de cereales; pero no a la inversa: pues la minchá, es decir, la espelta y la flor de harina, podía ofrecerse sola sin carne. En todo sacrificio cruento, por tanto, debía usarse aceite, incienso, flor de harina y sal; pero no podía usarse levadura ni miel en ningún sacrificio, ya fuera cruento o de cereales.

El rito de los sacrificios cruentos era, pues, el siguiente: El sacerdote colocaba la carne de la víctima que debía quemarse sobre el altar; luego, de la flor de harina sazonada y mezclada con aceite y sal, tomaba un puñado y lo colocaba sobre la víctima que debía quemarse, y al mismo tiempo derramaba vino sobre la víctima; finalmente colocaba incienso sobre la flor de harina, luego aplicaba el fuego, y quemaba y consumía la víctima con estas sus libaciones para Dios, como será evidente en Números 15:4 y siguientes.


Versículo 14: Si ofrecieres un don de las primicias de tus cosechas al Señor, de espigas aún verdes, las tostarás al fuego y las quebrantarás a manera de grano

Ésta es la tercera especie de minchá u ofrenda de cereales: pues la primera especie era la ofrenda de flor de harina; la segunda era la ofrenda de panes; esta tercera era la ofrenda de espigas verdes.

Dios habla aquí de las primicias de la cosecha, es decir, de la cosecha de cebada, un manojo de la cual se ofrecía en la Pascua el segundo día de los ázimos: pues los hebreos no podían segar nada de cebada ni de las mieses, a menos que primero hubieran ofrecido este manojo de espigas como primicias a Dios.

Nota: Los hebreos debían a Dios una triple ofrenda de primicias. Primera, esta ofrenda de espigas en la Pascua; segunda, las primicias de panes de la cosecha de trigo en Pentecostés, como consta del capítulo 23, versículos 15 y 17. Tercera, las primicias de todos los frutos en la Fiesta de los Tabernáculos, como consta de Éxodo 23:16 y 19.

Nótese en segundo lugar que estas espigas eran verdes, no enteramente, sino al mismo tiempo blanqueando y madurando; de otro modo no habrían podido ser quebrantadas en grano triturado, puesto que aún no se habían formado granos de espelta. Los Setenta traducen «verdes», aquí y en otros lugares, como «nuevas», es decir, nuevas.

Quebrantándolas a manera de grano — En hebreo dice geres carmel, que Vatablo traduce como «lo que ha producido el campo más fértil»; pues esto se llama carmel en hebreo. Pero mejor nuestro Intérprete, los Setenta y el Caldeo lo traducen como la trituración o quebrantamiento de la espiga, o del grano, es decir, grano triturado; o espelta, suplir «ofrecerás», como sigue: pues no podía ser harina, puesto que las espigas eran aún verdes.

Nota: Todo esto lo hacía no el sacerdote, sino el laico que ofrecía. Pues él mismo trituraba las primicias de sus espigas a manera de grano, luego derramaba aceite sobre ellas, y finalmente les ponía incienso, y así las ofrecía al sacerdote, para que éste quemara una parte de ellas para Dios y guardara el resto para sí; de donde se sigue:


Versículo 16: De lo cual quemará el sacerdote como memorial del don una parte

Es decir, para que esta parte quemada para Dios sea memorial y signo de que todo este don, es decir, sacrificio, fue ofrecido a Dios. Véase lo dicho en el versículo 2.

Alegóricamente, las primicias de la cosecha en la Pascua son Cristo resucitando en la Pascua, como primogénito de entre los muertos. Así San Cirilo, Libro XVII De la Adoración, capítulo 23.

Tropológicamente, la ofrenda de espigas verdes significa a los neófitos en el servicio de Dios y en el camino de la perfección; éstos tuestan las espigas con fuego cuando mortifican el cuerpo y lo someten al espíritu; las quebrantan en grano cuando niegan su propia voluntad; ponen aceite, es decir, alegría del corazón; e incienso, es decir, oraciones; finalmente llevan siempre en su alma el memorial de Dios, es decir, el temor de Dios, y por ello refieren todas las cosas a Él. Así Radulfo.

Casiano, Libro IV de las Instituciones sobre la Renuncia, capítulo 8: «Al novicio que va a renunciar al mundo, en el monasterio», dice, «se le enseña primero a vencer su propia voluntad, y procuran ordenarle con más frecuencia aquellas cosas que perciben ser contrarias a su disposición. Pues declaran que un monje de ningún modo puede prevalecer sobre la ira, o la tristeza, o el espíritu de fornicación, a menos que haya aprendido primero a mortificar su propia voluntad mediante la obediencia; y que no puede mantener una verdadera humildad de corazón, ni una firme concordia con los hermanos, ni permanecer largo tiempo en el monasterio, aquel que no ha aprendido a vencer su propia voluntad».

Asimismo, es deber del novicio, dice Rufino, esforzarse por la pureza del corazón, y por aquello que dice el Salmista, Salmo 46: «Estad quietos y ved que yo soy Dios»; y finalmente esforzarse por volver a la infancia y a la inocencia original.

Pacomio, según la regla que le fue entregada por un ángel, ordenó a los novicios trabajar con sus manos, y realizar sus tareas con sencillez, y ser apartados de los estudios más sagrados.

El abad Pinufio, en Casiano, Libro IV de las Instituciones, capítulo 32, enseña al novicio que debe imitar y revestirse de Jesús crucificado, de modo que el temor de Dios sea para él una cruz perpetua, con la cual crucifique sus apetitos, especialmente los de la ambición y la soberbia, mediante una verdadera y constante humildad y humillación.

Casiano, Libro IV, capítulo 41, enseña al novicio que en el monasterio, según el dicho del Salmista, «sea como sordo que no oye, y como mudo que no abre su boca, sin discernir nada, sin juzgar nada de lo que le es mandado. Por tanto», dice, «no debes fundar tu paciencia en la virtud de los demás, es decir, para que solo la poseas cuando no hayas sido provocado por nadie».