Cornelius a Lapide

Levítico III


Índice


Sinopsis del Capítulo

Se describe la tercera especie de sacrificio, a saber, el sacrificio de paz; y éste es triple: primero, de buey, versículo 1; segundo, de oveja, versículo 6; tercero, de cabra, versículo 12. Finalmente, en el último versículo, Dios reclama para sí toda la grasa y la sangre.


Texto de la Vulgata: Levítico 3:1-17

1. Si su ofrenda es un sacrificio de paz, y quiere ofrecer del ganado vacuno, sea macho o hembra, lo ofrecerá sin defecto ante el Señor. 2. Y pondrá su mano sobre la cabeza de su víctima, que será inmolada a la entrada del tabernáculo del testimonio, y los hijos de Aarón, los sacerdotes, derramarán la sangre alrededor del altar. 3. Y ofrecerán del sacrificio de paz, como oblación al Señor, la grasa que cubre las entrañas y toda la gordura interior: 4. los dos riñones con la grasa que cubre los ijares, y la redecilla del hígado con los riñones. 5. Y los quemarán sobre el altar en holocausto, con fuego puesto bajo la leña, como ofrenda de suavísimo olor al Señor. 6. Mas si su ofrenda y el sacrificio de paz fuere de ovejas, ya ofrezca macho o hembra, serán sin defecto. 7. Si ofreciere un cordero ante el Señor, 8. pondrá su mano sobre la cabeza de su víctima, que será inmolada en el vestíbulo del tabernáculo del testimonio; y los hijos de Aarón derramarán su sangre alrededor del altar. 9. Y ofrecerán del sacrificio de paz, como sacrificio al Señor, la grasa y la cola entera, 10. con los riñones y la gordura que cubre el vientre y todas las entrañas, y cada riñón con la grasa que está junto a los ijares, y la redecilla del hígado con los riñones; 11. y el sacerdote los quemará sobre el altar como alimento del fuego y de la ofrenda al Señor. 12. Si su ofrenda fuere una cabra y la ofreciere al Señor, 13. pondrá su mano sobre la cabeza de ella; y la degollará a la entrada del tabernáculo del testimonio. Y los hijos de Aarón derramarán su sangre alrededor del altar. 14. Y tomarán de ella para alimento del fuego del Señor la grasa que cubre el vientre y la que cubre todas las entrañas; 15. los dos riñones con la redecilla que está sobre ellos junto a los ijares, y la gordura del hígado con los riñones; 16. y el sacerdote los quemará sobre el altar como alimento del fuego y de suavísimo olor. Toda la grasa será del Señor, 17. por derecho perpetuo en vuestras generaciones y en todas vuestras moradas; no comeréis ni sangre ni grasa.


Versículo 1: Si su ofrenda es un sacrificio de paz

1. SI SU OFRENDA ES UN SACRIFICIO DE PAZ — «Sacrificio de paz», entiéndase «de animales», es decir, de aquellas cosas que se ofrecen por la paz, esto es, por la salud, la seguridad y la prosperidad (pues esto es lo que paz significa para los hebreos), ya sea obtenida ya o por obtener: pues había dos clases de sacrificio de paz, uno que se ofrecía en acción de gracias por la prosperidad ya obtenida; otro que se ofrecía para obtener prosperidad o algún beneficio para alguien, ya fuera para una persona, una familia o el Estado. Los Setenta lo traducen como thusia soteriou, es decir, sacrificio salvífico, esto es, sacrificio de salvación, o sea, un sacrificio ofrecido por el bienestar; el Caldeo lo traduce como «sacrificio de santificaciones». En hebreo este sacrificio se llama זבח שלמים Zebach schelamim, que puede traducirse, en primer lugar, como «sacrificio de paz», es decir, sacrificio pacífico, por la razón ya dicha, y porque este sacrificio, por así decirlo, hacía la paz entre Dios, el sacerdote y los oferentes, ya que en él se asignaba a cada parte una porción de la víctima. En segundo lugar, puede traducirse como «víctima de los tranquilos», es decir, víctima ofrecida por la quietud y la tranquilidad. En tercer lugar, puede traducirse como «víctima de retribuciones», esto es, víctima de acción de gracias, como traduce Josefo. En cuarto lugar, puede traducirse como «víctima de los perfectos», es decir, víctima ofrecida por la integridad y la perfección, ya sea de una persona, o de una casa y familia. Pues el hebreo שלם schalam significa, en primer lugar, hacer la paz; en segundo lugar, estar quieto y tranquilo; en tercer lugar, retribuir; en cuarto lugar, terminar, completar y perfeccionar.


El sacrificio de paz era voluntario

Nótese: Este sacrificio de paz no se ofrecía por precepto, sino por voto o voluntariamente; de ahí que, a discreción del oferente, pudiera ser macho o hembra. Sin embargo, si alguien había prometido en voto el mejor animal de su rebaño, y por lo tanto un macho, estaba obligado a ofrecer ése, según Malaquías 1:14: «Maldito el engañoso que tiene en su rebaño un macho, y habiendo hecho voto, sacrifica al Señor uno débil.»


Las tres partes del sacrificio de paz

Nótese en segundo lugar: El sacrificio de paz se dividía en tres partes: la primera, a saber, la grasa y la sangre, se quemaba para Dios; la segunda, a saber, el pecho y el hombro derecho, correspondía al sacerdote sacrificante; la tercera, a saber, la carne restante, correspondía a los laicos oferentes, sobre lo cual véase el capítulo VII. En el holocausto, sin embargo, la víctima entera correspondía a Dios; en el sacrificio por el pecado, una parte correspondía a Dios, otra al sacerdote, pero nada al oferente, como es evidente por el capítulo VII, versículo 6.


Solo buey, oveja o cabra — no aves

De aquí nótese en tercer lugar: El sacrificio de paz, así como también el sacrificio por el pecado, debía ser de buey, oveja o cabra, y no de aves, como tórtola o paloma, porque éstas son demasiado pequeñas para dividirse convenientemente en tres porciones. Sin embargo, las aves se ofrecían como holocausto, porque éste se quemaba entero para Dios.


Interpretación tropológica

Tropológicamente, Radulfo y Hesiquio dicen: En el holocausto, afirman, se significa la vida de los perfectos; en los sacrificios de paz se designa el modo de vida de aquellos de virtud mediana, quienes, aunque no cumplen el bien supremo, evitan sin embargo los males más graves. Éstos distribuyen algunas cosas al altar, otras a los sacerdotes, y lo restante lo conceden para uso del cuerpo, dice Teodoreto, Cuestión I.

«El que sacrifica un buey», dice Radulfo, «es cualquiera que, dedicado a ocupaciones mundanas en la vida secular, sirve a Dios con sus propios trabajos. Ofrece una oveja el que, no pudiendo trabajar suficientemente, y apartado de las obras de misericordia por la enfermedad, la vejez o la pobreza, agrada a Dios únicamente con su inocencia. Sacrifica una cabra quienquiera que cambia su antigua manera de vivir por la corrección de un mejor propósito. No se hace aquí mención alguna de las aves, porque la virtud de la contemplación suele atribuirse a los más perfectos.»

En segundo lugar, Ruperto, aquí, capítulo XXVII, entiende por el sacrificio por el pecado la fe; por el sacrificio de paz, la esperanza; por el holocausto, la caridad, que es la mayor de todas; pero esto es más acomodaticio que propiamente tropológico.


El sacrificio de paz como continencia y misericordia

El sacrificio de paz, por tanto, es la continencia y la misericordia. «Verdaderamente continente es aquel que es superior a la perturbación y no admite provocación alguna de placer; sino que es sobrio de espíritu y en ningún lugar cede ante el deleite», dice San Basilio, y tras él Máximo, sermón Sobre la continencia.

Anacarsis ordenó que se inscribiera en sus estatuas: «Hay que ser temperante en la lengua, el vientre y las partes pudendas»; pues una lengua desenfrenada es causa de los mayores males, nada es más vergonzoso que la lujuria, y la concupiscencia convierte al hombre en bestia, dice Laercio, libro I, capítulo IX.

Sócrates, cuando le preguntaron cómo podía uno hacerse rico, respondió: «Si es continente y está libre de deseos.»

Arquidamo, cuando alguien le prometió el vino más dulce, dijo: «¿Qué necesidad hay? Pues cuanto mejor sea, más se consumirá; y volverá a los hombres más inútiles para aquellas cosas que convienen a los varones valientes.» Plutarco es el testigo, en los Dichos lacónicos.

Alcámenes, hombre rico, cuando vivía bastante frugalmente y otros se maravillaban de ello, dijo: «Conviene a quien posee mucho vivir según la razón, no según el deseo»; significando que las riquezas son perniciosas si no está presente un espíritu superior a ellas. Plutarco, en el mismo lugar.

Alejandro Magno, invitado a visitar a las bellísimas hijas cautivas de Darío, rehusó ir, diciendo: «No permitiré que yo, que he vencido a hombres, sea vencido por mujeres.»

El mismo Alejandro, contemplando una bellísima imagen de mujer en el altar de Júpiter, cuando Hefestión le dijo que era justo que tomase a la mujer amada, respondió: «¿No sería sumamente vergonzoso que nosotros, que queremos castigar la incontinencia de otros, fuésemos hallados sirviendo a la incontinencia y sorprendidos en ella por extranjeros?» Máximo refiere esto, sermón 3.

Menedemo, cuando un cierto joven dijo que era gran cosa obtener cuanto uno desea, respondió: «Cosa mucho mayor es no desear nada de aquello que no conviene.»

Escuchad a los cristianos. San Efrén, en la Vida de San Abraham, dice: «La continencia es el fundamento de la vida espiritual.»

El abad Isaac, en las Vidas de los Padres, se había entregado de tal modo a la continencia que decía que habían pasado cuarenta años sin que sintiese movimiento alguno en su mente al cual hubiese consentido jamás, ya fuera de concupiscencia o de ira.

En el mismo lugar, un prior, a quien San Antonio mandó saludar a su hermana, lo hizo pero con los ojos cerrados: tan continente era con sus ojos. Y Marcos saludó a su madre con los ojos cerrados. Simeón Estilita rehusó ver a su madre. Eusebio, según atestigua Teodoreto, no quiso ver ni siquiera los campos vecinos ni el cielo, sino que, agobiado por cadenas de hierro, encorvado y mirando al suelo, caminaba.

Bien conocida es la continencia de Arsenio, por la cual no soportaba ni satisfacer su hambre ni ver mujer alguna. Doroteo, según Paladio en la Historia Lausíaca, capítulo II, se mortificaba con trabajo y calor: cuando le preguntaron por qué, dijo: «Hay que matar (mortificar) al cuerpo, para que él no nos mate a nosotros.»

El abad Pambo preguntó al abad Antonio: «¿Qué debo hacer para salvarme?» Respondió: «Sé continente en el vientre y en la lengua.» Los continentes, por tanto, son sacrificios de paz para sí mismos y para Dios.


Sin defecto

SIN DEFECTO — En hebreo תם tamim, es decir, íntegro, perfecto. Véase lo dicho en el capítulo I, versículo 3.

LO OFRECERÁ ANTE EL SEÑOR — ante el altar, donde Dios es adorado y representado.


Versículo 2: Y pondrá su mano sobre la cabeza de la víctima

2. Y PONDRÁ SU MANO SOBRE LA CABEZA DE LA VÍCTIMA — La razón de este rito la di en el capítulo I, versículo 4.

QUE SERÁ INMOLADA A LA ENTRADA DEL TABERNÁCULO DEL TESTIMONIO — En hebreo, que será inmolada junto a la puerta del tabernáculo del testimonio, a saber, junto al altar de los holocaustos (que estaba junto al tabernáculo en el cual se hallaba el testimonio, es decir, la ley o las tablas de la ley en el arca), esto es, al lado del altar que mira al norte, como es evidente por el capítulo I, versículo 11.


Derramarán la sangre alrededor del altar

Y DERRAMARÁN LA SANGRE ALREDEDOR DEL ALTAR — Tropológicamente, derraman sangre alrededor del altar quienes arrojan lejos de sí sus afectos corruptos y su concupiscencia en torno a la cruz de Cristo (es decir, mientras revuelven en su mente las virtudes de Cristo): pues nuestro altar es Cristo, sobre quien ponemos todo cuanto ha de ser agradable al Padre, y por medio de quien lo ofrecemos.


Versículo 3: La grasa que cubre las entrañas

3. Y OFRECERÁN DEL SACRIFICIO DE PAZ COMO OBLACIÓN AL SEÑOR, LA GRASA QUE CUBRE LAS ENTRAÑAS — «Entrañas» [vitalia], en hebreo significa las partes interiores, a saber, el corazón y la región que lo rodea, que son las más esenciales para sostener la vida, y cuando éstas son dañadas, perdemos la vida.


Versículo 4: La redecilla del hígado

4. Y LA REDECILLA DEL HÍGADO — Esta redecilla es la grasa que, a modo de red, envuelve el hígado. De ahí que en el versículo 15 se llame «gordura del hígado».

Alegóricamente, Orígenes y Beda dicen: La grasa que cubre las entrañas es el alma de Cristo, que cubre su divinidad; los riñones son la carne de Cristo: pues Cristo es todo sacrificio nuestro, tanto sacrificio de paz como holocausto y sacrificio por el pecado.

Tropológicamente, Radulfo dice: «La grasa», dice, «que cubre las entrañas, significa el apego que tenemos a esta vida; la gordura que está en el interior indica el amor de aquellas cosas que se poseen en esta vida, como la casa, el campo, el dinero, el padre, la madre y los parientes, todas las cuales, si abundan en esta vida, parecen hacer feliz a uno: pero Dios manda que sean ofrecidas a Él y quemadas»; aunque esto se hace con dificultad y con dolor, a saber, para que uno prefiera perder esas cosas y apartarse de ellas antes que apartarse de Dios y de la piedad. «Pues el que ama a su padre o a su madre más que a Mí, no es digno de Mí», dice el Señor.


Los riñones

Con los riñones ya nombrados en este mismo versículo. Es un pleonasmo, o una repetición hebrea de la misma cosa; pues por «renunculi» [riñoncillos] aquí siempre se entienden los dos riñones que están en los lomos, y por tanto que Dios quiso que los riñones fuesen quemados para Él es evidente por el hebreo, los Setenta, Josefo y Filón, quienes consistentemente aquí y en otros lugares traducen nephrous, es decir, riñones. Así también lee San Basilio, en su libro Sobre la virginidad, Orígenes aquí, homilía 3, Teodoreto aquí y en la Cuestión LXI sobre el Éxodo, Hesiquio, Radulfo, Beda, Vatablo y otros; e incluso nuestro Intérprete, que en este versículo los llamó riñones y riñoncillos, en los versículos 10 y 15 los llama solamente riñoncillos. Por tanto, riñones y riñoncillos son la misma cosa.


Significado tropológico de los riñones y el hígado

Tropológicamente, los mismos autores, a saber, San Basilio, Teodoreto, Hesiquio y Radulfo, por los riñones entienden el apetito concupiscible, especialmente de la lujuria; pues los riñones son los vasos de la generación, dice Filón. De ahí que la Iglesia ore: «Abrasa con el fuego del Espíritu Santo nuestros riñones y nuestro corazón, oh Señor, para que te sirvamos con cuerpo casto y te agrademos con corazón puro.»

Los mismos autores, por la redecilla del hígado, entienden la potencia y el apetito irascible; pues el hígado es la fuente de la sangre, es decir, de la crueldad: estas cosas, dice Radulfo, los que ofrecen el sacrificio de paz, esto es, las personas de virtud mediana y los casados, no deben desecharlas del todo, sino en parte ofrecerlas a Dios y dedicarlas a las cosas divinas, y en parte mortificarlas y refrenarlas, como enseñan San Basilio y Teodoreto.


Versículo 8: En el vestíbulo del Tabernáculo

8. EN EL VESTÍBULO DEL TABERNÁCULO — a la entrada del tabernáculo, como dije en el versículo 2, a saber, delante del Lugar Santo, junto al altar de los holocaustos.


Versículos 9-10: La cola entera con los riñones

9 y 10. Y la cola entera con los riñones. — Nuestro Intérprete traduce correctamente el hebreo, digan lo que digan los estudiosos más recientes siguiendo al Caldeo: pues el hebreo dice así literalmente: quitarán la cola entera hasta frente a la columna vertebral, es decir, quitarán la cola y de tal modo que quiten al mismo tiempo los riñones situados frente a la columna vertebral; pues la columna vertebral, en la parte donde se une a la cola, sostiene los riñones. Así Cayetano. Y esto parece ser lo que pretendieron los Setenta aquí y en el capítulo VIII, versículo 25, quienes en lugar de «cola» tienen «lomo»; pues traducen así: kai ten osphyn amomos hos epi ton moschon, que el Intérprete de las Biblias Reales no traduce bien como «y el lomo sin defecto con los ijares»; pues debería traducirse como «y el lomo sin defecto con los músculos» (pues éstos se llaman ilea) internos, o con la carne interna, a la cual están adheridos los riñones; lo cual es lo mismo que si dijera: Quiten el lomo con los riñones y ofrézcanlos a Dios. Por tanto, en el sacrificio de paz de una oveja, a saber, de un cordero y un carnero, como es evidente por Levítico IX, 19, era peculiar que la cola se quemase para el Señor; pues esto no se hacía si el sacrificio de paz era de buey o de cabra. La razón tropológica de esto la da Radulfo. La cola, dice, porque es el final del cuerpo, es símbolo de la consumación y la perseverancia en las obras santas y buenas; Dios manda que ésta se ofrezca solo en la oveja, porque verdaderamente para las ovejas, es decir, las personas simples, irreflexivas y perezosas, hay que temer la inconstancia; pero no para las víctimas de cabras, es decir, los pecadores arrepentidos; ni para las víctimas de bueyes, es decir, los laboriosos, quienes, viendo el fruto de sus trabajos, se alimentan con gran placer, y así se agudiza y fortalece su ánimo para los trabajos. De ahí que San Gregorio, en la homilía 25 sobre los Evangelios, diga: «Por precepto de la ley se manda ofrecer la cola de la víctima en el sacrificio: pues en la cola está el final del cuerpo, y bien sacrifica quien lleva el sacrificio de la buena obra hasta el final de la acción debida.»

«La perseverancia», dice San Bernardo, epístola 129, «es la nodriza del mérito, la mediadora para el premio, la hermana de la paciencia, la hija de la constancia, la amiga de la paz, el nudo de las amistades, el vínculo de la unanimidad, el baluarte de la santidad. Quita la perseverancia, y ni el servicio tiene su recompensa, ni la bondad su gratitud, ni la fortaleza su alabanza. Solo a ella se le da la eternidad, o más bien ella es quien devuelve al hombre a la eternidad, como dice el Señor: El que persevere hasta el fin, éste se salvará.»


Versículos 16-17: Toda la grasa será del Señor

16 y 17. TODA LA GRASA SERÁ DEL SEÑOR POR DERECHO PERPETUO EN VUESTRAS GENERACIONES Y EN TODAS VUESTRAS MORADAS — Es decir, de modo que ninguna generación y ningún hogar pueda eximirse de esta ley.


No comeréis ni sangre ni grasa — Sobre la sangre

17. NO COMERÉIS NI SANGRE NI GRASA — Nótese: A los judíos les fue prohibida toda sangre, no solo la sangre sacrificial, a saber, la sangre de una víctima, que es propiamente el tema aquí, como pronto será evidente por la discusión sobre la grasa; sino también cualquier otra sangre, por ejemplo la de una oveja, cabra o ciervo que degollaban en casa para comer. Pues estaban obligados a no comer su sangre, sino a derramarla en el suelo, como es evidente por Deuteronomio XII, 16, y aquí capítulo XVII, versículo 13, donde también en el versículo 11 se indica la razón de esta ley, a saber, que la vida de la carne está en la sangre, es decir, porque la sangre es el vehículo, alimento y guardián de la vida y de los espíritus vitales; pero la vida pertenece solo a Dios: por tanto, es conveniente que también la sangre corresponda solo a Dios, aunque no sea sangre de víctima; pues si es sangre de víctima, es claro que es sumamente justo que toda ella se ofrezca en sacrificio a Dios, autor de la vida. Así Teodoreto. La segunda razón es que Dios quiso enseñar a los judíos la mansedumbre y apartarlos lo más posible de la crueldad ejercida contra los hombres. Y así prohibió comer la sangre de los animales, en la cual consiste la vida del animal; pero permitió comer la carne sin sangre y sin vida. Así Hesiquio y Abulense. Véase lo dicho en Génesis IX, 4 y siguientes. De ahí que los Apóstoles también prohibieran a los primeros cristianos, en Hechos XV, 29, comer sangre, para que así los judíos se acostumbraran más fácilmente a los gentiles y se unieran en una sola Iglesia. Pues los judíos aborrecían a los gentiles como bárbaros porque comían sangre.


No comeréis grasa en absoluto

NO COMERÉIS GRASA EN ABSOLUTO — Aquí prohíbe comer toda grasa, y Dios la reclama para sí. Entiéndase por «grasa» no la que se adhiere a la carne y está mezclada con ella, sino la que se acumula y compacta separadamente en los intestinos. Además, entiéndase la grasa de una víctima que fue sacrificada o que podía serlo. Por tanto, los hebreos no podían comer grasa alguna de oveja, cabra o buey, aunque fuese degollado en casa para el consumo, porque estos animales eran limpios para el sacrificio y podían ofrecerse a Dios; pero la grasa de otros animales limpios que no se ofrecían a Dios, los hebreos podían comerla. Y así podían comer la grasa del ciervo, el búfalo, el antílope, el pigargo, el órice y la jirafa; pues éstos eran limpios para el consumo pero no para el sacrificio, como será evidente por el capítulo VII. Así San Agustín aquí, Cuestión II. Los judíos, sin embargo, para observar esta ley con mayor rigor, se abstenían de absolutamente toda grasa, incluso la de ciervo, búfalo, etc., y la desechaban, como se dice que hacen aún hoy. Pero la ley no manda esto.


La razón de la ley sobre la grasa

La razón de esta ley era que la grasa es lo más apto para el fuego, y es la mejor porción de la víctima: por tanto, era justo que ésta correspondiera a Dios, si era la grasa de una víctima sacrificada; pero si era la grasa de una víctima no sacrificada pero que podía haberlo sido, convenía que por reverencia a Dios se abstuvieran de esta grasa aunque no hubiera sido ofrecida, porque esta grasa provenía de animales que podían ofrecerse a Dios. Y Dios quiso esto para que así los hebreos tuvieran siempre el ejercicio de la religión y del culto de Dios, y para que lo honraran y adoraran continuamente también en casa de este modo. De esta grasa consagrada a Dios surgió aquella frase de la Escritura que llama a un sacrificio agradable y digno de Dios «sacrificio de cosas grasas», y ruega que nuestro holocausto sea engrasado. Pues las víctimas carnosas y bien cebadas abundan en gordura y sebo.


Significado tropológico — La grasa del alma

Tropológicamente, como dicen Hesiquio y Radulfo, la grasa del alma es el deseo del alma, su afecto, devoción e intención, que en toda obra con la cual deseamos agradar a Dios y merecer su gracia debe dirigirse a Dios; quien por tanto en la buena obra que hace busca no la gloria de Dios sino la suya propia, o un lucro temporal, roba y come la grasa que pertenece al Señor. Los de virtud mediana y los casados, por tanto (que están significados por el sacrificio de paz), en sus asuntos y negocios deben ofrecer a Dios al menos esta grasa, a saber, esta sincera intención; pues por ella las acciones indiferentes como edificar, arar, cavar, etc., se vuelven santas y meritorias, y actos de religión, de caridad, etc. Pocos soldados, labradores u artesanos saben o advierten esto: de ahí que por el lucro toleran mucho, trabajan grandemente, pero en vano, porque ante Dios carecerán de recompensa, puesto que no han dirigido sus trabajos a Él. Enséñenles esto, pues, los Pastores y Catequistas, para que con una y la misma obra, en razón de esta piadosa intención con la cual ofrecen su trabajo a Dios y lo emprenden por el honor y el amor de Dios, adquieran ganancias tanto eternas como temporales. «Así como un edificio», dice San Gregorio, «descansa sobre columnas, y las columnas sobre sus bases: así nuestra vida descansa sobre las virtudes, y las virtudes subsisten en la intención más íntima.» Y de nuevo: «Si una vez», dice, «el corazón se corrompe en su intención, tanto el medio como el fin de la acción subsiguiente son poseídos con seguridad por el astuto enemigo: pues ve que todo el árbol lleva fruto para él, cuya raíz hirió con el diente del veneno. Con el mayor cuidado debemos vigilar, para que ni siquiera la mente que sirve a las buenas obras sea contaminada por una intención réproba.» Y San Bernardo, en su tratado Sobre el precepto y la dispensa, dice: «Para que el ojo interior sea verdaderamente simple, pienso que dos cosas le son necesarias: la caridad en la intención y la verdad en la elección; pues ¿cómo será simple el ojo que, por ignorancia de la verdad, hace el mal sin saberlo? Pues su ojo es bueno, porque piadoso; pero no simple, porque ciego. Y hay quien hace el bien tanto con voluntad como con entendimiento prudente: a su ojo yo lo llamaría simple, puesto que no le falta ninguno de los dos bienes, ni el buen celo ni la ciencia; pero aquel ojo es malvado que, perverso y ciego a la vez, hace el bien y cree que es el mal.»

Aplicad las tropologías de estos tres primeros capítulos también a los capítulos que siguen.


Nota final: La libación en el sacrificio de paz

Finalmente nótese: Así como en el holocausto, también en el sacrificio de paz se empleaba una libación de incienso, sal, aceite, vino y harina, y esto en cierta medida, y con el rito que describí en el capítulo precedente, versículo 13, sobre lo cual véase más en Números XV, 4.