Cornelius a Lapide

Génesis I


Índice


Introducción

Este libro se titula en hebreo, según la costumbre, por la primera palabra del libro, bereshit, es decir, «en el principio»; en griego y en latín se llama Génesis. Pues narra la generación, esto es, la creación o nacimiento del mundo y del hombre, su caída, propagación y hechos, especialmente de los Patriarcas Noé, Abrahán, Isaac, Jacob y José. El Génesis abarca los hechos de 2.310 años. Pues tantos años transcurrieron desde Adán y desde la creación del mundo hasta la muerte de José, en la cual termina el Génesis, como resulta evidente si se suman los años de los Patriarcas en esta cronología:

Cronología del Génesis

Desde Adán hasta el diluvio transcurrieron 1.656 años. Desde el diluvio hasta Abrahán, 292 años. En el año 100 de Abrahán nació Isaac, Gén. cap. 21, vers. 4. En el año 60 de Isaac nació Jacob, Gén. 25:26. En el año 91 de Jacob nació José, como mostraré en Gén. 30:25. José vivió 110 años, Gén. 50:25. Súmense estos años y se hallarán desde Adán hasta la muerte de José 2.310 años.

El Génesis puede dividirse en cuatro partes, que Pererio dividió y trató en otros tantos volúmenes. La primera abarca los hechos desde Adán hasta el diluvio, Gén. 7. La segunda contiene los hechos desde Noé y el diluvio hasta Abrahán, a saber, lo que se narra desde el capítulo 7 hasta el capítulo 12. La tercera contiene los hechos de Abrahán desde el capítulo 12 hasta la muerte de Abrahán, Gén. 25. La cuarta, desde el capítulo 25 hasta el final del Génesis, abarca los hechos de Isaac, Jacob y José, y termina con la muerte de José.

Escritores sobre el Génesis

Escribieron sobre el Génesis Orígenes, San Jerónimo, Agustín, Teodoreto, Procopio, Crisóstomo, Euquerio, Ruperto y otros. San Ambrosio, siguiendo a San Basilio, escribió su libro Hexamerón, así como libros sobre Noé, Abrahán, Isaac, Jacob, José, etc. El Beato Cirilo escribió cinco libros, a los cuales hay que añadir sus Glaphyra, es decir, «gemas pulidas», como si dijera, unas pocas cosas selectas de entre muchas, en las que no persigue el sentido literal sino principalmente el místico. Estos existen en manuscrito, de los que yo mismo me serví, y después nuestro Padre Andrés Schotto los publicó junto con otras obras. También Albino Flaco escribió Cuestiones sobre el Génesis. Escribió asimismo sobre los primeros capítulos del Génesis Junilio, obispo africano; se encuentra en el tomo VI de la Biblioteca de los Santos Padres. Además, Anastasio del Sinaí, monje y después obispo de Antioquía y mártir, en el año del Señor 600, escribió once libros de Hexamerón sobre el Génesis, en los cuales expone alegóricamente los primeros capítulos del Génesis acerca de Cristo y la Iglesia. Se encuentran en el apéndice de la Biblioteca de los Santos Padres.

Escribió también el Doctor Tomás — no el santo Doctor Angélico, sino el Inglés, a saber, el Doctor de York, hacia el año de Cristo 1400. Que estas obras son del Inglés, no del Doctor Angélico, lo atestiguan San Antonino y Sixto de Siena, en el libro IV de la Bibliotheca Sancta; aunque Antonio de Siena, que las publicó primero, intenta atribuirlas a Santo Tomás de Aquino. Y puesto que estas obras se citan comúnmente bajo el nombre de Santo Tomás, también nosotros hablaremos así, para que nadie piense que citamos a otro. Muchos autores más recientes escribieron también sobre el Génesis después de Lyra, Hugo y Dionisio el Cartujo, entre los cuales sobresale Pererio por la variedad de su doctrina. En tiempos antiguos, Alfonso Tostado, obispo de Ávila, escribió con mayor extensión que todos los demás, con gran examen y juicio de cada punto, y a él se le da justamente este elogio:

«He aquí el asombro del mundo, que examina todo lo cognoscible.»

Pues murió a los cuarenta años de edad. Finalmente, Ascanio Martinengo de Brescia escribió recientemente dos enormes tomos sobre el capítulo 1 del Génesis, que titula la Gran Glosa sobre el Génesis, en la cual teje una cadena de Padres y Doctores, y discute extensamente todas las cuestiones incidentales.

Pero como acerca de la Sagrada Escritura es muy verdadero aquel dicho: «Ars longa, vita brevis» (El arte es largo, la vida breve), por esta razón comprimiré en pocas palabras lo que otros dijeron extensamente, y me esforzaré encarecidamente por la brevedad, así como por la solidez y el método. Por tanto, intercalaré solamente las enseñanzas morales más destacadas, y de vez en cuando remitiré a los lectores a los autores que tratan estas materias con mayor amplitud. Y aquí, de una vez por todas, quisiera aconsejar a los predicadores y a todos los que buscan ávidamente las enseñanzas morales que lean a San Crisóstomo, Ambrosio, Orígenes, Ruperto, Rábano, Jerónimo de Oleastro, Pererio, Hamero, Caponio y Juan Fero — quien sin embargo debe leerse con cautela, pues ensalza mucho la fe, lo cual por causa de Lutero y Calvino es peligroso en estos tiempos. Finalmente, lean a Dionisio el Cartujo, que aplica y explica casi todo moralmente, y a Antonio Honcala, canónigo de Ávila, que comenta el Génesis con igual piedad y doctrina.

Finalmente, cuando cite a los autores que acabo de mencionar, no indicaré el pasaje concreto; pues doy por sobreentendido — lo que a cualquiera le resulta obvio pensar — que ellos dicen esto acerca del pasaje que estoy tratando. De lo contrario, ordinariamente indicaré el pasaje. En la obra sobre el Hexamerón, Gén. 1, no indicaré los pasajes, porque todos saben que los comentaristas tratan este tema en el mismo lugar, y los Escolásticos en el libro II de las Sentencias, distinción 12 y siguientes, o Parte I, cuestión 66 y siguientes. Ahora bien, puesto que algunos Padres y Doctores son prolijos en sus palabras, mientras que yo soy breve, para que la obra no crezca demasiado y el lector se fatigue, por esta razón recorto ocasionalmente sus palabras redundantes y repetidas; y omitiendo alguna materia intermedia, selecciono y conecto aquellas cosas que tienen mayor fuerza y peso. Así extraigo toda su sustancia y la comprimo en pocas de sus propias palabras, para servir al tiempo, al gusto y a la conveniencia de los lectores.


Capítulo Primero


Sinopsis del Capítulo

Se describe la creación del mundo y la obra de los seis días: a saber, en el primer día fueron hechos el cielo, la tierra y la luz. En el segundo día, vers. 6, fue hecho el firmamento. En el tercer día, vers. 9, fueron hechos el mar y la tierra seca con las hierbas y plantas. En el cuarto día, vers. 14, fueron hechos el sol, la luna y las estrellas. En el quinto día, vers. 20, fueron producidos los peces y las aves. En el sexto día, vers. 24, fueron producidos los ganados, los reptiles y las bestias, y Dios los bendice y les asigna alimento, y pone al hombre sobre los demás como su señor.


Texto de la Vulgata: Génesis 1:1-31

1. En el principio creó Dios el cielo y la tierra. 2. Y la tierra estaba desordenada y vacía, y las tinieblas cubrían la faz del abismo; y el Espíritu de Dios se movía sobre las aguas. 3. Y dijo Dios: Hágase la luz, y la luz fue hecha. 4. Y vio Dios que la luz era buena; y separó la luz de las tinieblas. 5. Y llamó a la luz Día, y a las tinieblas Noche: y fue la tarde y la mañana, un día. 6. Dijo también Dios: Hágase un firmamento en medio de las aguas, y separe las aguas de las aguas. 7. E hizo Dios el firmamento, y separó las aguas que estaban debajo del firmamento de las que estaban sobre el firmamento. Y así fue. 8. Y llamó Dios al firmamento Cielo: y fue la tarde y la mañana, el día segundo. 9. Dijo también Dios: Reúnanse las aguas que están debajo del cielo en un solo lugar, y aparezca lo seco. Y así fue. 10. Y llamó Dios a lo seco Tierra; y a la reunión de las aguas llamó Mares. Y vio Dios que era bueno. 11. Y dijo: Produzca la tierra hierba verde y que dé semilla, y árbol frutal que dé fruto según su especie, cuya semilla esté en él mismo sobre la tierra. Y así fue. 12. Y produjo la tierra hierba verde, y que da semilla según su especie, y árbol que da fruto, teniendo cada uno semilla según su especie. Y vio Dios que era bueno. 13. Y fue la tarde y la mañana, el día tercero. 14. Dijo luego Dios: Haya lumbreras en el firmamento del cielo, para separar el día de la noche, y sirvan de señales y para las estaciones, y para los días y los años; 15. para que luzcan en el firmamento del cielo e iluminen la tierra. Y así fue. 16. E hizo Dios dos grandes lumbreras: la lumbrera mayor para que presidiese el día, y la lumbrera menor para que presidiese la noche; y las estrellas. 17. Y las puso en el firmamento del cielo para que alumbrasen sobre la tierra, 18. y presidiesen el día y la noche, y separasen la luz de las tinieblas. Y vio Dios que era bueno. 19. Y fue la tarde y la mañana, el día cuarto. 20. Dijo también Dios: Produzcan las aguas reptil de alma viviente, y ave que vuele sobre la tierra bajo el firmamento del cielo. 21. Y creó Dios los grandes cetáceos, y todo ser viviente y que se mueve, que las aguas produjeron según sus especies, y toda ave según su especie. Y vio Dios que era bueno. 22. Y los bendijo, diciendo: Creced y multiplicaos, y llenad las aguas del mar; y multiplíquense las aves sobre la tierra. 23. Y fue la tarde y la mañana, el día quinto. 24. Dijo también Dios: Produzca la tierra ser viviente según su especie, ganados y reptiles y bestias de la tierra según sus especies. Y así fue. 25. E hizo Dios las bestias de la tierra según sus especies, y los ganados, y todo reptil de la tierra según su especie. Y vio Dios que era bueno. 26. Y dijo: Hagamos al hombre a Nuestra imagen y semejanza; y domine a los peces del mar, y a las aves del cielo, y a las bestias, y a toda la tierra, y a todo reptil que se mueve sobre la tierra. 27. Y creó Dios al hombre a su imagen; a imagen de Dios lo creó; varón y mujer los creó. 28. Y los bendijo Dios, y les dijo: Creced y multiplicaos, y llenad la tierra, y sometedla, y dominad a los peces del mar, y a las aves del cielo, y a todos los seres vivientes que se mueven sobre la tierra. 29. Y dijo Dios: He aquí que os he dado toda hierba que da semilla sobre la tierra, y todos los árboles que tienen en sí mismos semilla de su propia especie, para que os sirvan de alimento; 30. y a todas las bestias de la tierra, y a toda ave del cielo, y a todo lo que se mueve sobre la tierra, y en lo cual hay vida, para que tengan de qué alimentarse. Y así fue. 31. Y vio Dios todas las cosas que había hecho, y eran muy buenas. Y fue la tarde y la mañana, el día sexto.


Versículo 1: En el principio creó Dios el cielo y la tierra

En el Principio: Nueve Interpretaciones

Primera interpretación: «En el principio del tiempo»

1. EN EL PRINCIPIO. — Primero, San Agustín, libro I de Sobre la Interpretación Literal del Génesis, cap. 1; Ambrosio y Basilio, homilía 1 sobre el Hexamerón: «En el principio», dicen, esto es, en el primer origen o comienzo, no de la eternidad, no de la eviternidad, sino del tiempo y del mundo, cuando ciertamente la duración del mundo, a saber, el tiempo, comenzó juntamente con el mundo. Pues aunque al principio del mundo no existía un tiempo tal como el que ahora existe — pues nuestro tiempo actual es la medida del movimiento del primer móvil, del sol y de los cielos —, sin embargo en aquel momento el primer móvil, el sol y los cielos aún no existían, y en consecuencia tampoco su movimiento, que pudiera ser medido por el tiempo. No obstante, existía entonces la duración de una cosa corpórea, a saber, del cielo y de la tierra, la cual era semejante y conmensurada con nuestro tiempo, y por tanto en realidad era tiempo. Pues una cosa corpórea se mide por el tiempo, ya se mueva, ya esté en reposo: porque el tiempo es la medida de los cuerpos, así como la eviternidad es la de los ángeles, y la eternidad la de Dios. Sin embargo, hablando en términos aristotélicos, el tiempo es al menos por naturaleza posterior al movimiento y al cuerpo móvil.

¿Qué clase de tiempo antes del mundo?

De donde San Agustín en sus Sentencias, número 280: «Hecha la criatura, dice, los tiempos comenzaron a correr en sus movimientos. De ahí que antes de la creación se buscan los tiempos en vano, como si pudieran hallarse antes del tiempo mismo. Pues si no hubiera ningún movimiento, ya espiritual, ya corporal, por el cual a través del presente lo futuro sucediera a lo pasado, no habría tiempo alguno en absoluto. Pero una criatura no podría posiblemente moverse si no existiera. Por tanto, más bien el tiempo comenzó a partir de la criatura, que la criatura a partir del tiempo; pero ambos comenzaron a partir de Dios. Porque de Él, y por Él, y en Él son todas las cosas.»

¿Cuándo fueron creados el cielo y la tierra?

Nótese que Dios creó el cielo y la tierra no en el tiempo, sino en el principio del tiempo, esto es, en el primer momento del tiempo, a saber, en el primer instante del mundo. San Basilio y Beda piensan que el cielo y la tierra fueron creados no en el primer día, sino poco antes del primer día, esto es, antes de la luz. Pero que fueron creados no antes, sino en el mismísimo primer día, es decir, al comienzo del primer día, antes de que la luz fuera producida, es claro por Éx. 20:1.

Segunda interpretación: «En el Hijo»

En segundo lugar, y mejor según la letra, los mismos Agustín, Ambrosio y Basilio en el mismo lugar, y el Concilio de Letrán, capítulo Firmiter, sobre la Suma Trinidad y la Fe Católica: «En el principio», dicen, esto es, en el Hijo; pues que todas las cosas fueron creadas por el Hijo como idea y sabiduría del Padre, lo enseña el Apóstol, Col. 1:16. Pero esta interpretación es mística y simbólica.

Tercera interpretación: «Antes de todas las cosas»

En tercer lugar, y del modo más simple: «en el principio», esto es, antes de todas las cosas, de modo que Dios no creó nada antes o con anterioridad al cielo y la tierra. Así en Juan cap. 1, vers. 1, se dice: «En el principio era el Verbo», como si dijera: Antes de todas las cosas, esto es, desde la eternidad existía el Verbo. San Agustín también aduce este sentido más arriba.

Ambos sentidos son genuinos y literales, y del segundo resulta claro contra Platón, Aristóteles y otros que el mundo no es eterno. Del tercero resulta claro que los ángeles no fueron creados antes del mundo corpóreo, sino simultáneamente con él por Dios, como enseña el Concilio de Letrán, que se citará más adelante.

A estos tres, los antiguos añaden otras explicaciones.

Cuarta interpretación: «En soberanía»

En cuarto lugar, pues, «en el principio», esto es, en soberanía, o en potestad regia (pues el griego arché también significa esto, de donde los gobernantes y magistrados se llaman arcontes), Dios hizo el cielo y la tierra, dice Tertuliano, en el libro Contra Hermógenes. Así también Procopio: «Dios, dice, que es el Rey de reyes, y enteramente dueño de sí mismo, no dependiendo de nada más, y administrando todas las cosas según su propia voluntad, suscitó este universo junto con sus especies y formas; más aún, Él mismo produjo la materia, y no la tomó prestada de otra parte.»

Quinta interpretación: «En resumen»

En quinto lugar, Áquila traduce «en el principio» como «en la cabeza», esto es, en resumen, todas las cosas a la vez de modo comprensivo, o en conjunto. Pues Dios, al crear el cielo y la tierra, al mismo tiempo creó como en resumen todo lo demás; pues de ellos formó después las demás cosas. Porque el hebreo reshit, es decir «principio», se deriva de rosh, es decir, «cabeza».

Sexta interpretación: «En un instante»

En sexto lugar, San Ambrosio y San Basilio, homilía 1 sobre el Hexamerón: «En el principio», dicen, esto es, en un instante, sin demora alguna de tiempo, ni siquiera la más mínima, pues el principio es indivisible. Pues así como el principio de un camino no es el camino, así el principio del tiempo no es tiempo, sino un instante.

Séptima interpretación: «Como cosas principales»

En séptimo lugar, «en el principio», esto es, como cosas principales, más excelentes y primordiales. Así San Ambrosio, Procopio y Beda.

Octava interpretación: «Como fundamentos»

En octavo lugar, «en el principio», esto es, como las primeras cosas, como los fundamentos y las bases del universo, dicen San Basilio y Procopio. Así se dice: «El principio de la sabiduría es el temor del Señor»; pues el temor es el fundamento de la sabiduría y el primer peldaño hacia ella.

Novena interpretación: La eternidad y la omnipotencia de Dios

Finalmente, Junilio dice aquí: la expresión «en el principio» denota la eternidad y la omnipotencia de Dios. «Pues aquel de quien se declara que creó el mundo en el principio del tiempo, ciertamente es designado como habiendo existido eternamente antes de todo tiempo; y aquel de quien se narra que creó el cielo y la tierra en el mismo inicio de la creación, es declarado omnipotente por la gran celeridad de su operación.»


Creó

¿De qué?

CREÓ — propiamente, esto es, de la nada, de ninguna materia preexistente. Así aquella santa madre de los Macabeos, 2 Mac. cap. 7, dice a su hijo: «Te ruego, hijo mío, que mires al cielo y a la tierra, y a todo lo que hay en ellos, y entiendas que Dios los hizo de la nada.» En segundo lugar, «creó», a saber, solo, como dice Isaías, cap. 44, vers. 24, por sí mismo y por su propia omnipotencia, no por medio de ángeles — que todavía no existían, y aunque hubieran existido, no pueden ser ministros de la creación. En tercer lugar, «creó» según la idea y el ejemplar que había concebido en su mente desde la eternidad. Pues Dios era entonces

«Llevando el hermoso mundo en su mente, Él mismo hermosísimo», como canta Boecio, libro III de la Consolación de la Filosofía, metro 9.

¿Por qué?

En cuarto lugar, creó el cielo, no porque lo necesitase, sino porque es bueno, y porque Dios quiso por este medio comunicar su bondad al mundo y a los hombres: pues convenía que de un Dios bueno procedieran obras buenas, dice Platón, y después de Platón San Agustín, libro XI de La Ciudad de Dios, cap. 21. Por lo cual bellamente dice el mismo Agustín, Confesiones I: «Nos hiciste, Señor, para ti, e inquieto está nuestro corazón hasta que descanse en ti»; y: «El cielo y la tierra claman, Señor, que te amemos.»

Nótese: «Crear» en Cicerón y entre los paganos significa «engendrar»; entre los griegos, creación y fundación son lo mismo. Pero en la Sagrada Escritura, «crear», cuando se dice de aquellas cosas que antes de ningún modo existían, significa hacer algo de la nada. Así San Cirilo, libro V del Tesoro, cap. 4; San Atanasio, en la epístola inscrita con los decretos del Concilio de Nicea contra los arrianos; San Justino, en el Admonitorio; Ruperto, libro I sobre el Génesis, cap. 3; Beda y Lyra aquí. Pues, como enseña Santo Tomás, Parte I, cuestión 61, art. 5, la emanación universal de todas las cosas no pudo provenir sino de la nada.

Jerónimo de Oleastro traduce el hebreo bara como «dividió». De donde él mismo lo traduce así: «En el principio dividió Dios el cielo y la tierra.» Pues piensa que Dios primeramente creó las aguas con la tierra, y estas vastísimas e inmensas, y luego de ellas produjo los cielos (lo cual la Escritura aquí pasa en silencio y presupone), y finalmente los separó de la tierra y de las aguas, y que solo esto se expresa aquí. Pero esta invención es rechazada por todos los Padres y Doctores, que traducen bara como «creó». Pues este es su significado propio: en ningún lugar significa «dividió», como saben los versados en hebreo.

Tropología sobre la triple contemplación de las criaturas

Tropológicamente, las criaturas deben contemplarse de tres maneras. Primero, considerando lo que son de suyo, a saber, nada, porque fueron hechas de la nada, y de suyo cambian día a día y tienden hacia la nada. Segundo, considerando lo que son por don del Creador, a saber, buenas, hermosas, estables y eternas, y así imitan la estabilidad de su Hacedor. Tercero, que Dios las emplea para el castigo y la recompensa de los hombres. Así oímos a toda criatura proclamándonos estas tres cosas: Recibe, devuelve, huye; recibe el beneficio, devuelve la deuda, huye del castigo. La primera voz es la del que sirve, la segunda la del que amonesta, la tercera la del que amenaza.

Se refutan los errores de los filósofos

De aquí resulta claro, primero, el error de Estratón de Lámpsaco, quien imaginó que el mundo era ingénito y había existido por su propia fuerza desde la eternidad. Segundo, el error de Platón y de los estoicos, que decían que el mundo fue ciertamente creado por Dios, pero de una materia eterna e ingénita; porque esta materia sería increada y coeterna con Dios, y en consecuencia sería Dios mismo, como rectamente objeta Tertuliano contra Hermógenes. Tercero, el error de los peripatéticos, que afirmaban que Dios creó el mundo no por voluntad, ni libremente, sino por necesidad de naturaleza desde la eternidad. Cuarto, el error de Epicuro, que enseñó que el mundo fue producido por una fortuita colisión y combinación de átomos.

Admirablemente dice San Agustín, en el libro XI de La Ciudad de Dios, capítulo III: «El mundo mismo, por su ordenadísima mutabilidad y movilidad, y por la hermosísima apariencia de todas las cosas visibles, proclama en cierto modo silenciosamente tanto que fue hecho como que no pudo ser hecho sino por Dios, que es inefable e invisiblemente grande, inefable e invisiblemente hermoso.» De ahí que todas las escuelas de filósofos que sostuvieron algo más divino afirman por consentimiento unánime que nada prueba tanto que el mundo fue hecho por Dios y que es administrado por su providencia, como la vista misma de todo el mundo y la consideración de su belleza y orden. Así Platón, los estoicos, Cicerón, Plutarco y Aristóteles, cuyo argumento sobre este tema es referido por Cicerón en el libro II de Sobre la Naturaleza de los Dioses.

¿Cómo creó?

Nótese: Dios creó el cielo y la tierra mandando y diciendo: Hágase el cielo y la tierra, como se expresa en IV Esdras, vi, 38, y en el Salmo 32, versículo 6: «Por la Palabra del Señor fueron hechos los cielos»; de lo cual San Basilio infiere: porque Dios hizo este mundo por su poder, arte y libertad, por los mismos puede crear muchos más; y a su vez, por los mismos puede aniquilar el mundo. Pues el mundo en relación con Dios es como una gota de un cubo, y como una gota de rocío, como se dice en Isaías XL, 15, Sabiduría XI, 23: de ahí que se dice también que Dios sostiene la mole de la tierra con tres dedos.

Objeción

Dirás: ¿Por qué entonces Moisés no dice aquí que Dios dijo: Hágase el cielo, como dice que dijo: Hágase la luz? Respondo que Moisés usó la palabra «creó» más bien que «dijo», para que el rudo pueblo judío, por la palabra «hágase», no concibiera alguna materia preexistente a la cual Dios hubiera hablado, o de la cual hubiera producido el cielo y la tierra. Así Ruperto, quien asigna tres razones. Primero, dice, puesto que el principio mismo es el Verbo de Dios, sería superfluo e inepto decir: «En el principio dijo Dios.» Segundo, porque todavía no existía nada a lo que pudiera darse la orden. Tercero, dice «creó», no «hágase», para que se demostrara que Dios es el creador de toda materia.


Dios (Elohim): Trece Definiciones

Los errores de los herejes

Dios. — Yerran por tanto Simón Mago, Arrio y otros, que dicen que Dios creó al Hijo; y el Hijo a su vez creó al Espíritu Santo; y el Espíritu Santo creó a los ángeles; y los ángeles crearon el mundo. Segundo, yerran Pitágoras, los maniqueos y los priscilianistas, que dicen que hay dos principios de las cosas, o dos dioses: uno bueno, creador de los espíritus; el segundo malo, creador de los cuerpos.

Explicación de la palabra Elohim

Pues «Dios» en hebreo es elohim, que se deriva de el, es decir «fuerte», y ala, es decir «juró, obligó, ligó»; porque Dios da y conserva su poder, virtud y todos los bienes a las criaturas; y por medio de esto las liga a sí como por un juramento, al culto, obediencia, temor, fe, esperanza, invocación y gratitud hacia Él.

Elohim, por tanto, es el nombre de Dios en cuanto creador, gobernador, juez, inspector y vengador de todas las cosas; y Moisés usa aquí este nombre Elohim, primero, para que los hombres supieran que uno mismo es el fundador del mundo y su juez, quien, así como creó el mundo, también lo juzgará, en cuanto Elohim, es decir, juez. Segundo, para que supieran que el mundo fue establecido por Dios mediante su voluntad, juicio y sabiduría. Tercero, para que supieran que todas las cosas fueron dispuestas por Él en justa balanza, y que a cada cosa se le dio lo que, por así decirlo, se le debía, a saber, lo que su naturaleza y el bien del universo exigían. Cuarto, para que supieran que, así como el mundo fue creado por Dios, así también es conservado y gobernado por el mismo, como enseñan Job XXXIV, 18 y siguientes, y Sabiduría XI, 23 y siguientes.

Por tanto, Aben Ezra y los rabinos dicen que Dios es aquí llamado Elohim para declarar su majestad y sus tres dotes, a saber, inteligencia, sabiduría y prudencia, con las cuales Él mismo estableció el mundo. Otros piensan que Moisés se refería a la multitud de ideas y perfecciones que hay en Dios. Nótese: Dios reveló a Moisés su nombre Jehová. Antes de Moisés, pues, Dios era llamado Elohim. De ahí que incluso la serpiente llamó así a Dios, diciendo: «¿Por qué os ha mandado Dios?», en hebreo, Elohim. De lo cual resulta claro que desde el principio del mundo Adán y Eva llamaban a Dios Elohim. Así Beda.

¿Qué es Dios? Trece definiciones

¿Qué es, pues, Elohim? ¿Qué es Dios?

Primera. Aristóteles, o quienquiera que sea el autor del libro Sobre el Mundo, dirigido a Alejandro: «Lo que el timonel es en la nave, el auriga en el carro, el director en el coro, la ley en la ciudad, el comandante en el ejército, eso mismo es Dios en el mundo, salvo que en aquellos casos la autoridad es laboriosa, perturbada y ansiosa; mientras que en Dios es fácil, ordenada y tranquila.»

Segunda. San León, Sermón 2 Sobre la Pasión: «Dios es aquel cuya naturaleza es la bondad, cuya voluntad es la potencia, cuya obra es la misericordia.»

Tercera. Aristóteles, o quienquiera que sea el autor del libro Sobre la Sabiduría según los Egipcios, libro XII, capítulo xix: «Dios es aquel de quien proceden la perpetuidad, el lugar y el tiempo, y por cuyo beneficio todas las cosas perduran; y así como el centro de un círculo existe en sí mismo, y las líneas trazadas desde él hasta la circunferencia, y la circunferencia misma con sus puntos, existen en ese mismo centro: así también todas las naturalezas, tanto las que pertenecen al intelecto como las que pertenecen a los sentidos, consisten y se confirman en el primer agente (en Dios).»

Cuarta. Dios es la providencia misma sobre todas las cosas; pues, como dice San Agustín, libro III de Sobre la Trinidad, capítulo iv: «Nada acontece visible y sensiblemente que no sea o mandado o permitido desde la interior, invisible e inteligible corte del sumo gobernante, según la inefable justicia de premios y castigos, gracias y retribuciones, en aquella vastísima e inmensa república de toda la creación.»

Quinta. El mismo San Agustín: Si ves, dice, un ángel bueno, un hombre bueno, un cielo bueno; quita el ángel, el hombre, el cielo; y lo que queda es la esencia de los bienes, es decir, Dios.

Sexta. Un cierto rey gentil dijo que Dios es tinieblas más allá de toda luz, y que es conocido por la ignorancia de la mente.

Séptima. Elohim es aquel que alcanza de un extremo a otro con fortaleza, y dispone todas las cosas con suavidad, como dice el Sabio.

Octava. Elohim es aquel en quien vivimos, nos movemos y existimos, Hechos XVII, 28.

Novena. «Dios, dice San Agustín en sus Meditaciones, es aquel a quien ni la mente alcanza, porque es incomprensible; ni el intelecto, porque es inescrutable; ni los sentidos perciben, porque es invisible; ni la lengua pronuncia, porque es inefable; ni la escritura explica, porque es inexplicable.»

Décima. «Dios, dice San Gregorio Nacianceno en su Tratado Sobre la Fe, es aquello que, cuando se dice, no puede expresarse; cuando se estima, no puede estimarse; cuando se define, crece por la misma definición; porque cubre el cielo con su mano, encierra todo el ámbito del mundo en su puño: a quien todas las cosas desconocen, y sin embargo temiéndole lo conocen: a cuyo nombre y poder sirve este orbe, y la momentánea sucesión de los elementos que se reemplazan mutuamente le da testimonio.»

Undécima. «Dios es aquel que sostiene la mole de la tierra con tres dedos, que ha medido las aguas con el hueco de su mano, y pesado los cielos con la palma. He aquí que las naciones ante Él son como una gota de un cubo, y son reputadas como un grano en una balanza, las islas como polvo menudo. Y el Líbano no basta para el fuego, y sus animales no bastan para el holocausto. El que se sienta sobre el círculo de la tierra, y sus habitantes son como langostas», Isaías cap. XL, vers. 12, 15, 22.

Duodécima. Dios es aquel de quien dice el Sabio, cap. XI, vers. 23: «Como un grano en la balanza, así es ante ti el orbe de las tierras, y como una gota de rocío matutino que cae sobre la tierra.»

Decimotercera. «La materia es más sutil que el aire, el alma más que el aire, la mente más que el alma, Dios mismo más que la mente», dice Hermes Trismegisto.

Elohim como forma plural

Nótese: Elohim es de número plural, pues en singular se dice Eloah. La razón de esto es: Primero, porque los hebreos se dirigen a las cosas grandes y a los magnates en número plural como señal de honor: como también hacen los latinos, diciendo por ejemplo «Nos, Felipe, Rey de España.» Así en Job XL, 10, al elefante se le llama Behemoth, es decir «bestias», porque por la magnitud de su cuerpo y fuerzas, equivale a muchas bestias, como enseñan los hebreos.

Segundo, el plural Elohim significa la grandísima, suma e inmensa fortaleza y potencia de Dios en crear, gobernar y juzgar.

Tercero, el plural Elohim implica en Dios una pluralidad de personas, así como la unidad de esencia en Dios se indica por el verbo singular bara, es decir, «creó», como enseñan Lyra, Burgense, Galatino, Eugubino, Catarino, el Maestro [Pedro Lombardo] y los Escolásticos contra Cayetano y Abulense, en el libro II de las Sentencias, distinción 1.

Las cuatro causas de la creación

Estas son, por tanto, las cuatro causas de la creación y de las criaturas, a saber, del cielo y de la tierra: la causa material es la nada; la causa formal es la forma del cielo y de la tierra; la causa eficiente es Dios; la causa final es el bien, no de Dios, sino nuestro. Por tanto, todas las criaturas durante toda la eternidad estuvieron ocultas en su nada y en sus ideas en la mente divina, pero fueron producidas en el tiempo para el hombre. Pues Dios, que durante toda su eternidad había sido beatísimo en sí mismo, de ningún modo se hizo más feliz o más rico; sino que a través de ellas quiso derramarse en las criaturas y en el hombre, así como el mar desbordante se derrama sobre la ribera.

Dios, por tanto, creó el mundo con este fin: primero, para preparar al hombre una casa regia, es más, un reino; segundo, para ofrecerle un teatro de todas las cosas y un paraíso de toda clase de deleite; tercero, para proporcionarle un libro en el cual pudiera ver y leer a su Creador.


El Cielo y la Tierra: Cuatro Interpretaciones

Primera opinión

Primero, San Agustín, libro I de Sobre el Génesis contra los Maniqueos, capítulo VII: El cielo y la tierra, dice, se llaman aquí materia prima, porque de ella el cielo había de ser producido en el segundo día, y la tierra en el tercero; pero no es probable que fuera creada la materia sola sin forma, ni tal cosa podría llamarse cielo. Escúchese al mismo Agustín: «Aquella materia informe, dice, que Dios hizo de la nada, fue llamada primero cielo y tierra, no porque ya lo fuera, sino porque podía serlo. Pues está escrito que el cielo fue hecho después: como si, considerando la semilla de un árbol, dijéramos que allí están las raíces, el tronco, las ramas, los frutos y las hojas — no porque ya existan, sino porque de ella han de venir.» Más aún, el mismo Agustín, libro I de Sobre el Génesis en Sentido Literal, capítulo XIV, añade que esta materia fue dotada y adornada con su forma en el mismo instante de tiempo. Y así aquí se nombra meramente su creación, porque por naturaleza, no por tiempo, precedió a su forma. Cercana a esta es la exposición de Gregorio de Nisa, quien entiende por cielo y tierra un caos reunido en una sola forma universal, común y tosca, del cual habían de extraerse todos los cuerpos celestes y elementales.

Segunda opinión

Segundo, el mismo Agustín, libro XI de La Ciudad de Dios, capítulo IX, entiende por cielo a los ángeles, y por tierra la materia prima informe. Pero lo primero es místico, y lo segundo es igualmente improbable.

Tercera opinión

Tercero, Pererio, Gregorio de Valencia en su Tratado Sobre la Obra de los Seis Días, y otros probablemente entienden por cielo todos los orbes celestes; y por tierra, la tierra misma con el agua, el fuego y el aire circundante, como si en el primer día del mundo Dios hubiera creado todos los orbes celestes y elementales, y en los cinco días siguientes solamente los hubiera adornado con movimiento, luz, estrellas, influencias e inteligencias motrices.

Cuarta opinión: La opinión del autor

En cuarto lugar, es muy probable que por cielo se entienda aquí el primero y supremo, a saber, el empíreo, que Pablo llama el tercer cielo, David el cielo de los cielos, y que es la sede de los bienaventurados, como comúnmente enseñan todos. Por tanto, en el primer día Dios creó de entre los cielos solamente el cielo empíreo, y lo adornó y perfeccionó con toda su belleza. Pues para habitarlo por la eternidad, fueron creados después los ángeles y los hombres. Y esto es lo que los fieles de todas las edades llaman cielo, de modo que si les preguntas adónde desean ir después de esta vida, inmediatamente dicen: al cielo, a saber, al empíreo, para ser allí felices y bienaventurados. De ahí que San Juan Crisóstomo aquí, homilía 2: «Dios, dice, contra la costumbre humana, al perfeccionar su edificio, primero extendió el cielo, y después puso la tierra debajo de él: primero el techo, y después el fundamento»; pues el techo de la fábrica del mundo es el cielo, no el sidéreo, sino el empíreo. Y San Basilio, homilía 1 sobre el Hexamerón, dice que «el cielo y la tierra fueron puestos y construidos primero como ciertos fundamentos y bases de sustentación del universo.»

Esta opinión se prueba, primero, porque el firmamento, esto es, el octavo cielo y los orbes vecinos, no fueron meramente adornados, sino realmente hechos y creados en el segundo día, como es claro por el versículo 6: por tanto, no en el primer día. El cielo, pues, creado en el primer día no es otro que el empíreo. Esta es la opinión del Beato Clemente, recibida de labios de San Pedro; de Orígenes, Teodoreto, Alcuino, Rábano, Lyra, Filón, San Hilario, Teófilo de Antioquía, Junilio, Beda, Abulense, Catarino y muchos otros; tanto que San Buenaventura afirma que esta opinión es la más común, y Catarino que es la más verdadera.

Y la Tierra

Y LA TIERRA. — Esto es, el globo de la tierra juntamente con el abismo, es decir, la masa de las aguas, derramada sobre la tierra y extendiéndose hasta el cielo empíreo. Estas tres cosas, pues, fueron creadas antes que todas, a saber, el cielo empíreo, la tierra y el abismo, es decir, la masa de aguas que ocupaba todo desde el cielo empíreo hasta la tierra; del cual abismo, o agua, en parte enrarecida y en parte condensada y solidificada, fueron hechos todos los cielos, o el firmamento en el segundo día, y todas las estrellas en el cuarto día: así como el cristal se forma del agua congelada. Esta es la opinión de San Pedro y Clemente, San Basilio, Beda, Molina y muchos otros que citaré en el versículo 6.

Y de aquí se sigue que es más verdadera la opinión de quienes sostienen que la materia de los cielos y de las cosas sublunares es la misma, y que es corruptible. Además, la tierra creada por Dios fue colocada en el centro del universo, y allí permanece firme: tanto porque la voluntad y el poder de Dios constantemente la sostiene y afirma como una bola suspendida en medio del aire, según lo que dice la Sabiduría eterna en Proverbios VIII: «Cuando ponía los cimientos de la tierra, estaba yo con Él disponiendo todas las cosas»; como también por razón física, porque la tierra es la más pesada entre las cosas creadas, y por tanto exige el lugar más bajo.

¿Cuándo fueron creados los ángeles?

Preguntarás: ¿dónde y cuándo fueron creados los ángeles? Algunos pensaron que fueron creados antes del mundo: así lo sostuvieron Orígenes, Basilio, Gregorio Nacianceno, Ambrosio, Jerónimo, Hilario. Otros pensaron que fueron creados después del mundo. Pero yo digo que fueron creados simultáneamente con el mundo al principio del tiempo, y ciertamente en el cielo empíreo: pues son sus ciudadanos y habitantes; así con San Agustín, Gregorio, Ruperto y Beda lo enseñan el Maestro y los Escolásticos.

Más aún, el Concilio de Letrán, bajo Inocencio III: «Se ha de creer firmemente que Dios desde el principio del tiempo creó de la nada ambas criaturas a la vez: la espiritual y la corporal, la angélica y la mundana.» Aunque Santo Tomás y algunos otros piensan que estas palabras pueden tomarse de otro modo, sin embargo parecen demasiado claras y explícitas para ser torcidas a otro sentido. De donde parece que nuestra opinión ya no es solo probable, sino también cierta como materia de fe; pues el Concilio mismo lo afirma y define.

¿Por qué Moisés no menciona la creación de los ángeles?

Nótese: Moisés no menciona la creación de los ángeles, porque escribía para judíos rudos y toscos que eran propensos a la idolatría, y que fácilmente habrían adorado a los ángeles como dioses: sin embargo, tácitamente los insinúa en el capítulo II, 1, cuando dice: «Fueron, pues, acabados los cielos, y todo su ornato»: pues el ornato de los cielos consiste en estrellas y ángeles. Esta es, pues, la vasta y bella máquina del mundo, a saber, del cielo y la tierra, que aquel gran artífice de todas las cosas produjo de la nada en un instante, al comienzo del tiempo.

Admirablemente, el filósofo Segundo, interrogado por el emperador Adriano: «¿Qué es el mundo?» Respondió: «Un circuito incesante, un curso eterno. ¿Qué es Dios? Una mente inmortal, una indagación inconcebible, que contiene todas las cosas. ¿Qué es el Océano? El abrazo del mundo, el albergue de los ríos, la fuente de las lluvias. ¿Qué es la Tierra? La base del cielo, el centro del mundo, la madre de los frutos, la nodriza de los vivientes.» Y Epicteto dice: «La tierra es el granero de Ceres, el almacén de la vida.»


Versículo 2: Y la tierra estaba desordenada y vacía

En hebreo se lee, la tierra era tohu vevohu, es decir, la tierra era una soledad, o vacuidad y vacío: porque la tierra estaba vacía de hombres y de ganados, como traduce Jonatán el Caldeo; además estaba vacía de plantas, animales, semillas, hierba, luz, belleza, ríos, fuentes, montañas, valles, llanuras, colinas, metales y minerales, hacia los cuales tiene una inclinación, por así decirlo, natural. De ahí que en Sabiduría XI se dice que Dios «creó el orbe de materia invisible», en griego amorpho, es decir, informe, sin adorno, sin orden.

De ahí que los Setenta [LXX] traducen aquí, la tierra era invisible y desordenada; Áquila, la tierra era vanidad y nada; Símaco, la tierra era ociosa e informe; Teodocio, la tierra era vacuidad y nada; Onkelos, la tierra era desolada y vacía. Pues la tierra con el abismo de las aguas derramadas sobre ella era como una especie de caos vacío, tosco e informe, acerca del cual Ovidio dice:

Uno era el rostro de la naturaleza en todo el orbe,
al que llamaron caos, masa tosca e informe;
nada sino peso inerte, y amontonadas en lo mismo
las discordes semillas de cosas mal unidas.

Por tanto es improbable lo que sostiene Gabriel, a saber, que este caos era la materia prima sola, o bien informada únicamente por cierta forma tosca, obscura y general de corporeidad. Pues de este pasaje de Moisés es claro que primero fueron creados la tierra y el cielo; por tanto, la materia primeramente creada no estaba desprovista de forma, sino revestida e imbuida de la forma particular del cielo y de la tierra.

¿Por qué no fue adornado al mismo tiempo?

Preguntarás: ¿Por qué Dios, al crear el cielo y la tierra en el primer día, no los adornó al mismo tiempo plena y perfectamente? Respondo: La primera razón es su santa voluntad; la explicación conveniente es que la naturaleza (cuyo autor es Dios) procede de las cosas imperfectas a las perfectas. La segunda es para que aprendamos que todas las cosas dependen de Dios tanto en cuanto a su inicio como en cuanto a su adorno y perfección. La tercera es para que, si todas las cosas se leyeran como perfectas desde el principio, no se pensara que eran increadas.

¿Qué espíritu se entiende aquí?

El Espíritu del Señor — esto es, un ángel, dice Cayetano; mejor, los hebreos, Teodoreto, y Tertuliano Contra Hermógenes, cap. 32, dicen: El Espíritu del Señor es un viento suscitado por Dios. En tercer lugar, con la mayor propiedad y plenitud, el Espíritu del Señor es el Espíritu Santo que procede de Dios Padre y del Hijo, y por su propia virtud, presencia y poder sopla una brisa cálida sobre las aguas. Así dicen San Jerónimo, Basilio, Teodoreto, Atanasio y casi todos los demás Padres, que de este pasaje prueban la divinidad del Espíritu Santo.

«Se movía» explicado desde el hebreo

SE MOVÍA. — Por «se movía», en hebreo es merachephet, que, como atestiguan San Basilio, Diodoro y Jerónimo en las Cuestiones Hebraicas sobre el Génesis, se dice de las aves cuando, cerniéndose sobre sus huevos y polluelos, suavemente se balancean con un ligero batir de alas, revolotean y aletean, y luego los empollan, les insuflan calor, los abrigan y los animan. De modo semejante, el Espíritu Santo se movía sobre, o como lee Tertuliano, era llevado sobre las aguas — no por lugar o movimiento, sino por una potencia que todo lo supera y excede, así como la voluntad y la idea de un artífice se cierne sobre las cosas que ha de fabricar, dice San Agustín, libro I de Sobre el Génesis en Sentido Literal, cap. 7. Por tanto, con esta voluntad y poder suyo, junto con la brisa cálida que difundía de sí mismo, el Espíritu Santo empollaba, por así decirlo, sobre las aguas, y les comunicaba una fuerza generativa, para que de las aguas fueran producidos los reptiles, las aves, los peces y las plantas — y aun todos los cielos.

De ahí que la Iglesia, en la bendición de las fuentes, canta al Espíritu Santo: «Tú que habías de darles calor te movías sobre las aguas»; y Mario Víctor dice:

Y el sagrado Espíritu, cerniéndose sobre las aguas extendidas,
animaba las aguas nutricias, dando las semillas de las cosas.

A este espíritu que da vida a las aguas y a todas las cosas, Platón dijo que era el alma del mundo. De donde Virgilio, en el libro VI de la Eneida:

Un espíritu interior alimenta, y una mente difundida por los miembros
mueve toda la mole, y se mezcla con el gran cuerpo.

Alegóricamente

Alegóricamente, se significa aquí el Espíritu Santo como empollando, por así decirlo, sobre las aguas del bautismo, y por medio de ellas dándonos a luz y regenerándonos, dice San Jerónimo, Epístola 83 a Oceano.


Versículo 3: Y dijo Dios: Hágase la luz

3. Y DIJO DIOS — con una palabra, no de la boca, sino de la mente, y no una palabra racional, sino esencial, común a las tres Personas. «Dijo», por tanto, significa: concibió en su mente, quiso, decretó, mandó eficazmente, y mandando efectivamente hizo y produjo — Dios, es decir, la Santísima Trinidad misma, produjo la luz. Pues el querer de Dios es su obrar, dice san Atanasio, Sermón 3 Contra los arrianos. Sin embargo, la palabra «dijo» se apropia al Hijo. De donde en otros pasajes la Sagrada Escritura dice frecuentemente que por medio del Hijo, es decir, como Verbo e idea, todas las cosas fueron creadas, porque ciertamente el Hijo mismo es el Verbo nocional y propiamente dicho, y en consecuencia a Él se le apropia la sabiduría, el arte y la idea; así como al Padre se le atribuye la potencia, y al Espíritu Santo la bondad.

Finalmente, Dios dijo estas cosas después de la creación del cielo, la tierra y el abismo, pero durando todavía aquel mismo día, que era el primero del mundo.

Hágase la luz

HÁGASE LA LUZ. — Nótese que en el Génesis y en la creación del mundo, la luz fue formada antes que todas las demás cosas, porque la luz es la cualidad más noble, más gozosa, más útil, más eficaz y más poderosa, sin la cual todas las cosas creadas y por crear habrían permanecido invisibles. «De sus tesoros», dice Esdras, libro IV, cap. 6, v. 40, «sacó una luz luminosa, para que apareciera su obra.» Véase san Dionisio, De los Nombres Divinos, Parte I, cap. 4, donde enumera treinta y cuatro propiedades de la luz y del fuego, admirablemente aplicables a Dios y a las cosas divinas. Y entre otras cosas, enseña que la luz es imagen viva de Dios, y por eso fue creada primero por Dios, para que en ella, como en una imagen, se pintara a sí mismo y se mostrara visible al mundo. «Pues del Bien mismo», dice san Dionisio, «procede la luz, y es imagen de la bondad.»

Porque Dios es la luz increada, eterna e inmensa, que aunque habita en una luz inaccesible, sin embargo ilumina todas las cosas.

San Basilio ofrece una hermosa comparación en la Homilía 2 sobre el Hexamerón: «Así como quienes vierten aceite en un profundo torbellino de agua dan a aquel lugar claridad y transparencia, así también el Creador del universo, habiendo pronunciado su palabra, inmediatamente introdujo en el mundo un encanto amable y hermosísimo mediante la luz.» San Ambrosio ofrece otra en el libro I del Hexamerón, cap. 9: «¿De qué otra fuente habría de tomar su comienzo el ornato del mundo sino de la luz? Pues en vano existiría si no pudiera verse. El que desea construir una morada digna del padre de familia, antes de poner los cimientos, primero examina por dónde dejar entrar la luz; y esta es la primera gracia, sin la cual toda la casa se eriza de un descuido antiestético. Es la luz la que enaltece los demás ornamentos de la casa.»

¿Qué era esta luz?

Se preguntará: ¿qué era esta luz? Catarino responde primero que era el sol brillantísimo; pero el sol fue producido no en el primer día, como lo fue la luz, sino finalmente en el cuarto día. En segundo lugar, san Basilio, Teodoreto y Nacianceno piensan que aquí fue creada solamente la cualidad de la luz sin sujeto — por cuya razón Nacianceno llama a esta luz «espiritual». Nótese esto contra los herejes que niegan que los accidentes puedan existir sin sujeto en la Eucaristía. En tercer lugar, y mejor, Beda, Hugo, el Maestro, santo Tomás, san Buenaventura, Lyra y Abulense sostienen que esta luz era un cuerpo luminoso — ya una parte brillante del cielo, o más bien del abismo, que, formada en figura de círculo o columna, resplandeció sobre el mundo, y que era como la materia de la cual después, dividida y separada en partes, aumentada y como fabricada en globos ígneos, fueron hechos el sol, la luna y las estrellas. De donde santo Tomás dice que esta luz era el sol mismo, todavía informe e imperfecto. Pererio y otros afirman lo mismo.

Nótese primero que esta luz no fue propiamente hablando creada, porque Dios en el primer día creó toda la materia prima y la puso como sustrato de la forma de las aguas del abismo; y de ella extrajo luego esta luz y otras formas. Dios, por tanto, propiamente hablando, en el primer día solo creó todas las cosas que habían de ser creadas; en los restantes cinco días no creó, sino que formó y adornó lo que había sido creado. Y así parece que Dios, al ir a producir la luz, condensó de las aguas del abismo un cierto cuerpo esférico semejante al cristal, y le comunicó esta luz.

Nótese en segundo lugar que este cuerpo luminoso, durante los tres primeros días del mundo — es decir, antes de que el sol fuera creado en el cuarto día — fue movido por un ángel de oriente a occidente, y del mismo modo y en el mismo tiempo que el sol, a saber, en veinticuatro horas, recorrió ambos hemisferios del cielo y los iluminó, como ahora lo hace el sol.

Tropológicamente

Tropológicamente, el Apóstol dice en 2 Corintios 4, 6: «Dios, que mandó que la luz resplandeciera de las tinieblas, Él mismo ha brillado en nuestros corazones», como diciendo: Así como Dios antiguamente en el Génesis produjo la luz de las tinieblas, así ahora nos ha hecho creyentes de incrédulos, y nos ha iluminado con la luz de la fe. Asimismo, la luz creada en primer lugar significa la recta intención de la mente, que debe preceder y dirigir todas nuestras obras, dice Hugo de San Víctor.

Además, la luz es conocimiento y sabiduría. De donde san Agustín dice: «La luz fue creada primero», es decir, «la sabiduría fue creada antes que todas las cosas» (Eclesiástico 1, 4). «La luz de tu rostro, Señor, está sellada sobre nosotros.» Finalmente, la luz es ley y doctrina, especialmente la evangélica, según Proverbios 6, 23: «El mandamiento es lámpara, y la ley es luz.» De ahí que del Evangelio canta Isaías en el capítulo 9, 2: «El pueblo que andaba en tinieblas vio una gran luz.»

Simbólica y alegóricamente

Simbólicamente, «hágase la luz» significa «hágase un Ángel», dice san Agustín. Pero esto no puede ser el sentido literal, porque los ángeles fueron creados antes que la luz, juntamente con el cielo y la tierra. En segundo lugar, el mismo san Agustín entiende esto de la generación eterna del Verbo de Dios: Dios Padre dijo: «Hágase la luz», es decir, hágase el Verbo, como luz de luz. Pero esto también es simbólico, no literal.

Alegóricamente, Cristo encarnado es la luz del mundo, Juan 8, 12: «Él era la luz verdadera que ilumina a todo hombre que viene a este mundo.» De ahí que el mismo nombre comparten con Cristo los Apóstoles, Doctores y Predicadores, a quienes Él dice en Mateo 5: «Vosotros sois la luz del mundo.» Sobre esto habla hermosamente san Basilio en su Homilía sobre la Penitencia: «Sus propias prerrogativas Jesús las concede a otros. Él es la Luz: "Vosotros sois la luz del mundo", dice. Él es Sacerdote, y hace sacerdotes. Él es Oveja, y dice: "He aquí que os envío como ovejas en medio de lobos." Él es Roca, y hace una roca (san Pedro). Lo que es suyo lo concede a sus siervos. Pues Cristo es como una fuente que fluye perpetuamente.»

Anagógicamente, la luz significa la luz de la gloria y el resplandor de la visión beatífica, según el Salmo 36, 10: «En tu luz veremos la luz.» De ahí que Cristo representó la gloria celestial en su transfiguración mediante la luz: «Pues su rostro resplandeció como el sol», Mateo 17, 2.


Versículo 4: Y vio Dios que la luz era buena

4. Y VIO DIOS QUE LA LUZ ERA BUENA. — «Vio», es decir, nos hizo ver y conocer, dice san Jerónimo, Epístola 15. En segundo lugar, más llana y sencillamente, Dios es introducido aquí por Moisés mediante una suerte de etopeya, al modo de los hombres, como un artífice que, terminada su obra, la contempla y ve que es hermosa y bien hecha — y esto con este fin: que contra los maniqueos sepamos que nada malo, sino todas las cosas buenas, fueron producidas por Dios. Doctamente dice san Agustín en las Sentencias, nº 144: «Tres cosas especialmente sobre la condición de la creación nos convenía saber: quién la hizo, por medio de qué la hizo, y por qué la hizo. "Dijo Dios: Hágase la luz, y fue hecha la luz. Y vio Dios que la luz era buena." Ningún autor es más excelente que Dios; ningún arte más eficaz que el Verbo de Dios; ninguna causa mejor que la de que el bien fuera creado por el Bien.»

BUENA. — El hebreo tob significa todo lo bueno, hermoso, agradable, útil y provechoso: pues la luz es gratísima al mundo, así como utilísima.

¿Cómo separó la luz de las tinieblas?

Y SEPARÓ LA LUZ DE LAS TINIEBLAS. — El hebreo y los Setenta dicen: Separó entre la luz y las tinieblas. Separó, primero, por lugar: pues mientras aquí hay luz y día, en las antípodas hay noche y tinieblas. Segundo, por tiempo: pues en el mismo hemisferio, alternadamente y en tiempos diversos, se suceden la luz y las tinieblas, la noche y el día. Tercero, por causa: pues una cosa es la causa de la luz, a saber, un cuerpo luminoso, y otra la causa de las tinieblas, a saber, un cuerpo opaco. Moisés tiene aquí principalmente en vista lo segundo, como diciendo: Dios hizo que después de la luz que había creado, sobrevinieran las tinieblas y la noche. De donde se sigue: «Y llamó a la luz Día, y a las tinieblas Noche.»

¿Cuándo fue creado el infierno?

Se preguntará: ¿cuándo fue creado el infierno? Luis Molina piensa que fue creado en el tercer día. Pero es más verdadero que el infierno fue creado en este punto, a saber, en el primer día; pues siendo los ángeles velocísimos y teniendo actos instantáneos, es enteramente probable que pecaron en el primer día, no mucho después de su creación, y por tanto fueron inmediatamente arrojados del cielo al infierno, que Dios inmediatamente después de su pecado les preparó en el centro de la tierra, como cárcel y potro de tormento con su fuego y azufre.

En el primer día, por tanto, así como Dios separó la luz de las tinieblas, así separó a los ángeles de los demonios, la gracia del pecado, la gloria de la pena, el cielo del infierno.

Alegóricamente, Hugo y otros notan que en el primer día, cuando fue hecha la luz y separada de las tinieblas, los ángeles buenos fueron confirmados en el bien y en la gracia, mientras los malos fueron confirmados en el mal y segregados de los buenos; y así lo que sucedía en el mundo visible era imagen de lo que sucedía en el mundo inteligible.


Versículo 5: Y llamó a la luz Día

5. Y LLAMÓ A LA LUZ DÍA, Y A LAS TINIEBLAS NOCHE. — En la palabra «llamó» hay una metonimia; pues se pone el signo por la cosa significada, como diciendo: Dios hizo que la luz, durante todo el tiempo que ilumina un hemisferio, produjera el día, y las tinieblas la noche. Así san Agustín, libro I De Génesis contra los maniqueos, caps. 9 y 10.

Y FUE LA TARDE Y LA MAÑANA, UN DÍA. — Tengo por más cierto que el cielo y la tierra no fueron creados antes, sino en el mismo primer día. Ahora digo que es más probable que el mundo fue creado como al amanecer, y que entonces había tinieblas sobre el globo y el abismo — durante cuyo tiempo el Espíritu del Señor era llevado sobre las aguas, como es claro por el versículo 2. Luego, poco después, en el versículo 3, pasadas seis horas, hacia el mediodía, fue creada la luz en medio del cielo, la cual, habiendo completado su movimiento de seis horas durante las cuales declinó desde el medio del cielo hacia el occidente, produjo la tarde como su término; de modo que tanto las tinieblas como la luz juntas no duraron más de doce horas. De ahí se siguió una noche igualmente de doce horas, cuyo término es la mañana. Pues Moisés nombra aquí el día y la noche por su término, Tarde y Mañana, como diciendo: Cuando completado el curso del día por la tarde que le sucedió, y completado igualmente el espacio de la noche por la mañana que le sucedió, el primer día de veinticuatro horas quedó completo.

El primer día del mundo fue un domingo

«Uno» significa primero, como consta por los versículos 8 y 13. Este primer día del mundo fue un domingo; pues el séptimo desde él era el sábado. Véanse las trece prerrogativas del domingo en Pererio al final de su tratamiento del primer día.

No todas las cosas fueron creadas en un solo día

Nótese que san Agustín, libro IV De Génesis a la letra, y libro XI de La Ciudad de Dios, cap. 7, quiere que estos días se entiendan místicamente; pues parece sostener que todas las cosas fueron creadas simultáneamente por Dios en el primer día, y que Moisés, mediante los seis días de la creación, significa los diversos conocimientos de los ángeles. Filón enseña lo mismo. Pero todos los demás Padres enseñan lo contrario, y la narración sencilla e histórica de Moisés lo prueba enteramente. Por lo cual es ya erróneo decir que todas las cosas fueron producidas en un solo día. San Agustín habla con duda y de manera disputativa sobre una cuestión que, como él mismo dice, era entonces dificilísima.

Se objetará: Eclesiástico 18, 1 dice: «El que vive eternamente creó todas las cosas a la vez.» Respondo: la palabra simul (a la vez) debe referirse no a «creó» sino a «todas las cosas», como diciendo: Dios creó todas las cosas igualmente, sin exceptuar ninguna. De donde en lugar de simul, en el griego se lee koine, esto es, «en común».

Moralmente, san Juan Crisóstomo, en su Homilía sobre que el hombre está puesto sobre toda criatura, aplica al hombre agudos incentivos para servir a Dios a partir del día, la luz y las demás criaturas. «Para ti el cielo se viste de día con el esplendor de la luz y se adorna con los rayos del sol; de noche la bóveda misma del cielo se ilumina con el clarísimo espejo de la luna y el variado brillo de las estrellas. Para ti las estaciones se cambian en alternada sucesión, los bosques se cubren de hojas, los campos se embellecen, los prados reverdecen, los seres vivos dan a luz sus crías, las fuentes brotan, los ríos fluyen.» Y: «¿Qué si toda la naturaleza te dijera constantemente: "Yo, por el Señor de todas las cosas, he sido mandada a obedecerte: obedezco, cumplo, sirvo, y aunque él cambia, yo no cambio. Obedezco al rebelde; cumplo con el insolente; sirvo al despreciador." ¿Quién eres tú, que persistes en este desprecio? Tú mandas a la criatura y ¿no sirves al Creador? Teme al Señor paciente, no sea que lo sientas como juez severo. Aunque ocuparas todo el tiempo de tu vida en acción de gracias, no podrías devolver lo que debes. Doble es el crimen del pecador: que no rinde al Señor la debida obediencia del servicio, y que pecando se esfuerza por pagar con injuria sus innumerables beneficios.»


De la Obra del Segundo Día

En el primer día, en la formación del mundo, Dios creó e hizo la tierra como fundamento, y puso sobre ella el cielo empíreo como techo; lo restante entre ambos era un caos, o aquel abismo de aguas, que en este segundo día despliega, ordena y forma.


Versículo 6: Hágase un firmamento

6. HÁGASE UN FIRMAMENTO EN MEDIO DE LAS AGUAS, Y SEPARE LAS AGUAS DE LAS AGUAS. — «Firmamento» se llama en hebreo rakia, cuya raíz, raka, según san Jerónimo y otros doctísimos hebraístas, significa extender, estirar, y estirando hacer firme y solidificar algo que antes era fluido y tenue. Así como el bronce fundido se extiende y condensa al verterse, así aquí el agua condensada en los cielos se llama en griego stereoma, en latín firmamentum: pues el firmamento es como un muro en medio de las aguas, interpuesto entre las dos aguas, las superiores y las inferiores, separándolas y conteniéndolas mutuamente.

Se preguntará: ¿qué es este firmamento, y cuáles son las aguas que están sobre el firmamento?

Primera opinión

Primero, Orígenes entendió por las aguas superiores a los ángeles, y por las inferiores a los demonios; pero esto es un sueño origenista y alegórico.

Segunda opinión

Segundo, Buenaventura, Lyra, Abulense, Cayetano, Catarino y otros toman las aguas superiores como el cielo cristalino. Pero esto se llama agua de manera demasiado equívoca.

Tercera opinión

Tercero, Ruperto, Eugubino, Pererio y Gregorio de Valencia sostienen que el firmamento es la región media del aire, que en este segundo día fue hecho firmamento, es decir, un espacio intermedio que separa las aguas superiores, a saber, las nubes, de las aguas inferiores de los ríos y las fuentes.

Cuarta opinión: la verdadera

Pero digo que el firmamento es el cielo estrellado y todos los orbes celestes vecinos a él, tanto inferiores como superiores hasta el empíreo. Y así, sobre todos los cielos, inmediatamente debajo del cielo empíreo, hay aguas verdaderas y naturales. Calvino se ríe de esto; pero neciamente, porque esta opinión se prueba por la narración sencillísima e histórica de Moisés. Pues el firmamento, y el hebreo rakia, no significa el aire ni las nubes, sino propiamente el cielo sidéreo y los orbes celestes.

Estas aguas fueron colocadas sobre los cielos tanto para ornamento del universo, como quizá también para deleite de los santos que habitan en el cielo empíreo. Y «la autoridad de esta Escritura es mayor, dice san Agustín, que toda la capacidad del ingenio humano.»

¿Por qué Moisés no dijo «Y vio Dios que era bueno» en este día?

Catarino y Molina responden: La razón es que el firmamento estaba aún inacabado. Quizá la mejor respuesta sería que Moisés abarcó las tres obras de la separación divina — primera, de la luz y las tinieblas; segunda, de las aguas superiores y las inferiores; tercera, de las aguas y la tierra — en una sola cláusula final, cuando en el versículo 10 dice: «Y vio que era bueno.»

Los Setenta aquí, como en los demás días, sí tienen «y vio Dios que era bueno»; sin embargo, en el hebreo, caldeo, Teodocio, Áquila, Símaco y la Vulgata, esto falta.

Moralmente, el firmamento es la firmeza y constancia del alma fija en Dios y en los cielos, que sostiene firmemente las aguas superiores, es decir, las prosperidades, y las inferiores, es decir, las adversidades. El hombre es imagen del cielo: primero, tiene la cabeza redonda, como el cielo; segundo, los dos ojos son como el sol y la luna; tercero, porque recibió del cielo un alma semejante a la de Dios y los ángeles; cuarto, porque coelum (cielo) se deriva de celare (ocultar), como muchas cosas están ocultas en el cielo, así en el hombre la mente, el pensamiento y los secretos del corazón están ocultos; quinto, así como Cristo es el cielo de la divinidad y las virtudes, así también lo es el cristiano, en quien la luna es la fe, la estrella vespertina es la esperanza, el sol es la caridad, y las demás estrellas son las demás virtudes, dice san Bernardo, sermón 27 sobre el Cantar.


Versículo 8: Y llamó Dios al firmamento Cielo

8. Y LLAMÓ DIOS AL FIRMAMENTO CIELO. — Coelum (cielo) en latín se deriva de celare, esto es, ocultar, porque oculta y cubre todas las cosas: así san Agustín; o, como dice san Ambrosio, coelum se dice como si fuera caelatum, esto es, grabado con variadas estrellas. Pero Moisés escribió en hebreo, no en latín; y Dios habló en hebreo, y llamó al firmamento shamaim, por la razón antes indicada.

Y FUE LA TARDE Y LA MAÑANA, EL SEGUNDO DÍA. — No pienses que Dios, como un artífice, estuvo ocupado todo el día en esta construcción del firmamento; sino que lo hizo súbitamente, en un instante, y durante todo el resto del día lo conservó.


De la Obra del Tercer Día


Versículo 9: Reúnanse las aguas

9. REÚNANSE LAS AGUAS QUE ESTÁN DEBAJO DEL CIELO EN UN SOLO LUGAR, Y APAREZCA LO SECO.

¿A qué lugar fueron reunidas las aguas?

Se preguntará: ¿cómo se realizó esto? Primero, algunos piensan que el mar fue reunido en el otro hemisferio, de modo que aquella parte de la tierra estaría enteramente cubierta de agua e inhabitable, y en consecuencia no habría antípodas. Así Procopio, y san Agustín no lo niega. Pero lo contrario consta por las navegaciones diarias de los portugueses y españoles a las Indias.

Segundo, Basilio, Burgense, Catarino y santo Tomás piensan que el mar fue aquí separado de la tierra de modo que quedó más alto que ella. De esta opinión es fácil dar la razón de por qué las fuentes y ríos brotan incluso en lugares elevados: a saber, porque nacen por venas subterráneas del mar, que es más alto que la tierra.

La tierra y el agua forman un solo globo

Digo primero: La tierra y el agua forman un solo globo; y en consecuencia el agua no es más alta que la tierra. Esta es la opinión común de los matemáticos, de Molina, Pererio, Cayetano, san Jerónimo, Crisóstomo y Damasceno. Y se prueba primero, por el eclipse de luna, que ocurre cuando la tierra se interpone entre el sol y la luna. Pues este eclipse proyecta la sombra de un solo globo, no de dos: luego la tierra y el mar no son dos globos sino uno. Segundo, porque toda gota de agua y toda parte de la tierra descienden en todas partes al mismo centro. Tercero, porque las costas y las islas sobresalen por encima de las aguas. Cuarto, por la Escritura: «Él mismo la fundó sobre los mares» (Sal 23, 2); «El que asentó la tierra sobre las aguas» (Sal 135, 6).

¿Por qué se dice que las aguas fueron reunidas?

Digo segundo: Las aguas fueron reunidas en este tercer día, primero, porque Dios hizo que el agua dulce se volviera en su mayor parte más densa, acumulando en ella exhalaciones terrestres, por las cuales el mar se hizo salado, tanto para que no se corrompiera, como para que tuviera alimento para los peces, y para que pudiera más fácilmente sostener las naves. Así pues, por obra de Dios, el agua, hecha más densa, se contrajo, y ocupó un área menor de la tierra que antes, y dejó parte de la tierra seca.

En este tercer día fueron hechos los montes

Segundo, no después del diluvio, como algunos sostienen, sino en este tercer día del mundo hizo Dios que la tierra en parte se hundiera y en parte se elevara. De donde se formaron montes y valles, y también diversas grietas y cavidades en la tierra, a las cuales, como a cauces, el mar se retiró.

Las cavidades debajo de la tierra

Tercero, Dios en este tercer día hizo las mayores cavidades debajo de la tierra misma, y las llenó con una grandísima cantidad de agua, que en consecuencia es llamada por muchos el abismo o lo profundo; y está conectada con el mar por diversos conductos, y se piensa que es la matriz y origen de todas las fuentes y ríos. Lo que el hígado es en el hombre, por tanto, eso es este abismo de aguas en las cavernas de la tierra.

Cómo fue reunida el agua en un solo lugar

Digo tercero: Se dice que las aguas fueron reunidas en un solo lugar, es decir, en un lugar separado de la tierra, para que la tierra se volviera seca y habitable. Pues Dios quiso entremezclar las aguas por diversos cauces y senos de la tierra, tanto para que la tierra fuera irrigada y hecha fértil por ellas, como para que fuera ventilada por las brisas marinas en beneficio de la salud y la fertilidad.

Teodoreto señala que el mar embravecido es contenido no tanto por sus costas como por el mandato de Dios, como por un freno: de otro modo lo rompería todo y lo sumergiría frecuentemente. De ahí que se dice que Dios puso al mar su límite que no puede traspasar. San Basilio pregunta: «¿Qué impediría al mar Rojo irrumpir con su desbordante inundación en todo Egipto, que es tanto más bajo que el mar mismo, si no fuera contenido por el mandato del Creador?» Plinio refiere que Sesostris, rey de Egipto, fue el primero en concebir la idea de excavar un canal navegable desde el mar Rojo, pero fue disuadido por el temor a la inundación, al hallarse que el mar Rojo era tres codos más alto que la tierra de Egipto.

APAREZCA LO SECO — que antes estaba cenagoso y cubierto de agua; de donde para «lo seco», el hebreo dice iabesa, esto es, desecado para que pudiera ser habitado, sembrado y dar fruto; «seco», por tanto, no es lo mismo que «arenoso», sino que significa «sin agua estancada». Pues cierta humedad dulce permaneció en la tierra para hacerla fructífera.


Versículo 10: Y llamó Dios a lo seco Tierra

10. Y LLAMÓ DIOS A LO SECO TIERRA, Y A LAS REUNIONES DE LAS AGUAS LAS LLAMÓ MARES.

Esto es una prolepsis (anticipación). Pues no en este tercer día, sino en el sexto día, cuando formó a Adán y le dotó de la lengua hebrea, entonces Dios llamó a lo seco erets, esto es, tierra; y a las reuniones de las aguas las llamó iammim, esto es, mares.

Etimologías de erets (tierra)

Nótese: «Tierra» en hebreo se dice erets, o de la raíz ratsats, esto es, pisar, porque es pisada y habitada por hombres y bestias (así como terra se deriva de terere, pisar); o de la raíz ratsa, esto es, querer, desear, porque siempre desea dar fruto; o de la raíz ruts, esto es, correr, porque en ella habitan y corren hombres y animales, y todas las cosas pesadas descienden y corren hacia ella, mientras todos los elementos y todas las esferas celestes giran a su alrededor. Del hebreo erets algunos derivan el alemán Erde.

Por otra parte, «mares» en hebreo se dice iammim por la abundancia y multitud de aguas: pues iammim, por anástrofe de la letra yod, es lo mismo que maim, es decir, aguas. Asimismo, iammim alude a la raíz hama, esto es, sonar, rugir, como ruge el mar.


Versículo 11: Produzca la tierra hierba

11. PRODUZCA LA TIERRA HIERBA. — «Produzca», no produciendo activamente, como sostienen Cayetano y Burgense, sino solamente suministrando la materia: pues en la primera creación de las cosas, Dios por sí solo activa y eficazmente, y además súbitamente, produjo todas las plantas y vegetación; y estas de tamaño propio y perfecto, como enseña santo Tomás, I parte, Cuestión LXX, artículo 1. En efecto, dice el Salmista, Salmo 103, 14: «Produciendo heno para los ganados, y hierba para el servicio de los hombres.» Pero ahora la tierra también contribuye eficazmente a la producción de las plantas, especialmente si está impregnada de semilla.

Además, san Basilio se maravilla, y con razón, de la providencia de Dios en la germinación, que hace brotar tallos iguales en número a las raíces. «El brote, mientras es continuamente calentado, absorbe por sus raicillas aquella humedad que la fuerza del calor extrae de la tierra. Mira cómo los tallos del trigo están ceñidos de nudos, para que, fortalecidos por ellos como por ciertos vínculos, puedan fácilmente soportar y sostener el peso de las espigas. En la vaina, además, ha escondido el grano, para que no quede expuesto como presa de las aves granileguas; además, con la muralla de las aristas rechaza el daño de las pequeñas criaturas.» Luego, aplicando esto simbólicamente al hombre, dice que Dios «elevó nuestros sentidos a lo alto, y no permitió que fuéramos abatidos hacia el suelo. También quiere que nosotros, como con ciertos zarcillos, nos apoyemos y nos adhiramos a nuestros prójimos con abrazos de caridad, para que con afecto constante seamos llevados hacia lo alto.»

«Y que produzca semilla» — como diciendo: Produzca la tierra hierba que pueda producir semilla para la propagación de su especie.

«Y ÁRBOLES FRUTALES» — es decir, árboles que dan fruto, como tienen los textos hebreos.

«Cuya semilla esté en sí mismo» — que tenga el poder de engendrar lo semejante a sí, por medio de la semilla que tiene en sí mismo. Pues muchas plantas no tienen semilla propiamente dicha, como es evidente en el sauce, la hierba, la menta, el azafrán, el ajo, la caña, los olmos, los álamos, etc.; pero estas tienen algo en lugar de semilla, a saber, en sus raíces cierto poder propagativo. Y esto con el fin de que, aunque las plantas individuales perezcan, sin embargo permanezcan en la semilla y el fruto que de sí propagan; y así alcancen cierta cuasi-inmortalidad y eternidad.


Versículo 12: Y produjo la tierra

12. PRODUJO LA TIERRA. — De aquí es evidente que en este tercer día la tierra no solamente recibió la capacidad de producir plantas, como parece sostener san Agustín; sino que en aquel mismo instante en que Dios mandó, la tierra efectivamente produjo todas las especies de plantas, y estas ya crecidas, muchas incluso con fruto maduro: pues las obras de Dios son perfectas. Así san Basilio y san Ambrosio.

Lo mismo digo de los animales y del hombre, creados en el sexto día, a saber, que todos fueron creados en tamaño, vigor y fuerza perfectos, como enseñan comúnmente los Doctores. De lo dicho se sigue que en este tercer día también fue plantado el paraíso, y adornado con una maravillosa variedad y belleza de árboles, sobre lo cual véase el capítulo II.

Hierbas venenosas y espinas

Nótese que en este tercer día la tierra también produjo hierbas venenosas, asimismo la rosa con sus espinas: pues estas son como connaturales a la rosa e innatas a ella. Algunos lo niegan, pensando que antes de la caída del hombre la tierra no produjo nada nocivo. Pero lo contrario enseñan san Basilio y san Ambrosio, y esto es lo más verdadero: tanto para que su belleza no faltara al universo, como porque lo que es venenoso para el hombre es provechoso para otras cosas y útil para otros animales. «Los estorninos», dice Basilio, «se alimentan de cicuta, y sin embargo no son afectados por el veneno. El eléboro además es alimento para las codornices, y de él no sufren daño alguno.» También porque las mismas cosas son útiles al hombre: «Pues por medio de la mandrágora los médicos inducen el sueño; y con el jugo de la amapola calman los graves dolores del cuerpo.» También porque Dios antes del pecado de Adán, durante los seis días de la creación, produjo absolutamente todas las especies de cosas, e hizo el universo perfecto; ni después de estos seis días creó ninguna especie nueva. Por lo cual digo lo mismo de los lobos, escorpiones y demás animales nocivos, a saber, que fueron producidos juntamente con los no nocivos en el quinto día. Sin embargo, ninguna de estas cosas habría podido dañar al hombre si hubiera permanecido en la inocencia; la cual inocencia exigía prudencia, a saber, que manejara las rosas cuidadosamente para no clavarse con las espinas.

Minerales y vientos

Nótese en segundo lugar: puesto que este tercer día es aquel en que Dios formó y adornó perfectamente la tierra, por esta razón es enteramente probable que en este mismo día fueron también producidos los mármoles, metales, minerales y todos los fósiles, así como los vientos. Pues sin vientos ni las plantas ni los hombres podrían vivir ni prosperar.

Finalmente, Molina piensa que el infierno fue producido en este día en el centro de la tierra. Pero ya he dicho antes que es más verdadero que fue producido en el primer día, inmediatamente después de la caída de Lucifer.

No en otoño, sino en primavera fue creado el mundo

Se preguntará: ¿en qué época del año fue creado el mundo por Dios? Muchos sostienen que fue en el equinoccio de otoño, puesto que entonces los frutos están maduros. Pero respondo: Es más verdadero que el mundo fue creado en el equinoccio de primavera. Primero, porque así lo enseñan generalmente todos los Padres. E incluso los poetas, como Virgilio en el libro II de las Geórgicas, hablando del primer origen del mundo naciente:

«Primavera, dice, era aquella: gran primavera celebraba
el orbe, y los vientos del este templaban sus ráfagas invernales.»

Segundo, porque la primavera es la estación más hermosa del año; y tal estación convenía a la felicidad del estado de inocencia, y en primavera el mundo fue redimido y recreado por Cristo. Tercero, porque esto mismo definió el Concilio de Palestina, celebrado bajo el papa Víctor en el año de Cristo 198. Este Concilio prueba su opinión con la palabra «germine»: pues en primavera la tierra comienza a germinar. También enseña que el mundo fue creado en el equinoccio de primavera, probándolo por el hecho de que Dios entonces dividió la luz de las tinieblas en partes iguales, lo cual ocurre en el equinoccio. Añade que el primer día del mundo fue el 25 de marzo, en el cual también la Santísima Virgen recibió la Anunciación, y Cristo se encarnó en ella, y en el cual después de 34 años o padeció o resucitó de entre los muertos. Es cierto que este día fue un domingo.

Al argumento de los hebreos respondo que al comienzo del mundo no todos ni en todas partes fueron producidos frutos maduros en este tercer día; sino que Dios produjo en las plantas y los árboles, en algunos ciertamente hojas, en otros flores hermosísimas, en algunos frutos en maduración, en otros frutos maduros, según la naturaleza, cualidad y condición tanto de la planta y el árbol como de cada región.


De la Obra del Cuarto Día

Versículo 14: Haya Luminares en el Firmamento

14. HAYA LUMINARES EN EL FIRMAMENTO. — Preguntarás: ¿cómo se hizo esto? Nota primero que «firmamento» aquí no significa solamente el octavo cielo estrellado, sino que se toma por la extensión de todos los orbes celestes. Pues la palabra hebrea רקיע rakia significa todos ellos; y Moisés habla a los rudos hebreos, que no sabían distinguir estos orbes.

Los astros no están animados. Nota segundo que, aunque Platón lo afirma, y San Agustín, Enchiridion cap. 58, duda si el sol, la luna y las estrellas están animados y dotados de razón, y consiguientemente si algún día serán bienaventurados junto con los hombres y los ángeles, sin embargo es ya cierto que ni los cielos son racionales ni las estrellas; pues ni los cielos ni las estrellas poseen un cuerpo orgánico. Además, su movimiento circular, perpetuo y natural indica que el principio de dicho movimiento, a saber, su naturaleza, no es libre ni racional, sino inanimado y enteramente determinado: así San Jerónimo sobre Isaías 25, y los Padres y Filósofos en general. Yerra, pues, Filón, platonizando según su costumbre, en su libro Sobre la Creación en Seis Días, al enseñar que las estrellas son animales inteligentes. Asimismo yerra Filastrio cuando dice: Es herejía afirmar que las estrellas están fijas en el cielo, puesto que es cierto que se mueven en el cielo, así como las aves se mueven en el aire y los peces nadan en el agua. Pues lo contrario enseñan todos los astrónomos, a saber, que las estrellas están fijadas a su orbe y se mueven y rotan con él, esto es, con el octavo cielo o cielo sideral.

Las estrellas se distinguen en especie de los orbes y los planetas. Supongo en tercer lugar que es más verdadero que todas las estrellas y planetas se distinguen en especie de sus orbes o cielos; asimismo que las estrellas se distinguen de los planetas, y finalmente que los planetas se distinguen entre sí en especie. Se prueba esto primeramente porque las estrellas y los planetas brillan con una luz admirable de la que carecen los orbes. Además, las estrellas son luminosas por sí mismas y por su propia naturaleza. Niegan esto Alberto, Avicena, Beda y Plinio lib. II, cap. 6, pero lo afirman otros comúnmente, y consta por experiencia; pues nunca se observa en ellas, ni siquiera con el telescopio, aumento o disminución de luz, ya se acerquen al sol, ya se alejen de él. En segundo lugar y principalmente, porque distan del sol muchísimo, a saber, 76 millones de millas: hasta allí no puede extenderse la fuerza y la luz del sol. Digo las estrellas: pues es claro que la luna no luce por sí misma, sino que toma prestada su luz del sol. Lo mismo es verosímil de los demás planetas. Pues que Venus, al igual que la Luna, se encorniza, crece y decrece por turnos regulares de los tiempos, yo mismo lo observé claramente con el telescopio. En tercer lugar, lo mismo consta por el hecho de que las estrellas ejercen influjos admirables y una fuerza admirable sobre estas cosas inferiores, que no poseen los orbes mismos: así Molina y otros.

Dije que las estrellas difieren de los planetas en especie: pues es verosímil que muchas estrellas sean de la misma especie, a saber, aquellas que tienen el mismo modo de influir en estas cosas inferiores; pero las que tienen uno diverso son de diversa especie. Este diverso modo se colige de la diversidad de efecto de sequedad, humedad, calor y frío que producen en la tierra.

¿De qué fueron hechos los astros? Digo: Dios en este cuarto día enrareció una parte de los cielos para condensar otra, a saber, aquella lúcida que fue creada el primer día y se llamó luz, vers. 3; y en ella así condensada, expulsada la forma de los cielos, introdujo la nueva forma del sol, la luna y las estrellas: de modo semejante, de las aguas hizo el firmamento el segundo día. Yerran, pues, los antiguos que pensaron que las estrellas fueron producidas del fuego y que son ígneas. De donde el Poeta:

A vosotros, fuegos eternos, y poder divino inviolable,
os pongo por testigos.

Yerran también aquellos que juzgan que los astros fueron producidos según su sustancia el primer día, pero que en este cuarto día solamente fueron dotados de accidentes, a saber, de luz, movimiento propio y virtud de influir en estas cosas inferiores.

¿Hará Dios un sol nuevo en la resurrección? De igual modo, Molina y otros opinan probablemente que en la resurrección Dios producirá otro sol que tendrá otra forma, no solo accidental sino sustancial, como que naturalmente habrá de tener siete veces más luz que este nuestro, como dice Isaías cap. 30, 26.

Asimismo, en este cuarto día Dios dividió los orbes de los planetas en sus partes, o sea, círculos excéntricos, concéntricos y epiciclos, si los hay de esta índole; pues Aristóteles niega todo esto, al enseñar que los planetas solo se mueven con el movimiento de su orbe. Los astrólogos, empero, y Escoto con los suyos, lo establecen, porque enseñan que los planetas se mueven por sí mismos en su orbe según excéntricos y epiciclos.

¿En qué parte del cielo fue producido el sol? Nota. De lo dicho en la obra del tercer día se sigue que el sol fue producido al principio de Aries. Así Beda: pues entonces comienza la primavera. Y la luna fue producida en el punto opuesto al sol, a saber, al principio de Libra. Había pues entonces plenilunio, como define el Concilio Palestino arriba citado; de modo que el sol iluminaba un hemisferio y la luna el otro. Así Molina y otros.

Luminares. — En hebreo מאורות meorot, de la raíz or, es decir, luz. El sol, pues, es or. De ahí los egipcios llamaron al sol y al año, que se describe por el curso del sol, Horum. De ahí el año fue llamado por los griegos ὥρα, de ahí ὥρα se llama cualquier parte primaria del año, a saber, primavera, otoño, verano e invierno. De ahí por sinécdoque llamaron al día, y finalmente a la parte conocida del día que vulgarmente llamamos hora, ὥραν. Véase cómo la etimología de hora fluyó de los hebreos a los egipcios, de estos a los griegos y latinos. Así lo expone, a partir del P. Clavio, nuestro Voellus, lib. I De Horolog. cap. 1. Pues de los hebreos a los egipcios y griegos fluyó toda ciencia, especialmente la matemática, la razón de las horas y la fabricación de relojes. De donde el primer reloj que encontramos en las historias tanto sagradas como profanas fue el de Acaz, padre de Ezequías, rey de Judá, Isaías 38, 8. Así el P. Clavio, lib. I Gnomon., pág. 7.

DIVIDAN EL DÍA Y LA NOCHE, es decir, que distingan el día y la noche, y así indiquen a los hombres y a los animales que pronto serían producidos los turnos del trabajo y del descanso. Asimismo, dividan el día y la noche en cuanto al lugar y al hemisferio, de modo que mientras en uno está el sol y el día, en el otro esté la noche y la luna que preside la noche. Pues de este pasaje parece que la luna fue creada en la posición opuesta al sol, como dije.

Simbólicamente, el Pontífice Inocencio III, escribiendo al Emperador de Constantinopla, lib. I Decretal. tít. 33, cap. Solitae: «En el firmamento del cielo, es decir, de la Iglesia universal, hizo Dios dos grandes luminares, es decir, instituyó dos dignidades, que son la autoridad Pontificia y la potestad real. Mas aquella que preside los días, es decir, las cosas espirituales, es mayor; la que preside las carnales, es menor: para que la diferencia entre Pontífices y reyes se conozca como tan grande cuanta es la que hay entre el sol y la luna.»

¿De qué cosa son signos los astros? Y SEAN EN SEÑALES, Y TIEMPOS, Y DÍAS, Y AÑOS. — «En señales,» no pronósticos de la astrología judiciaria, pues esta la condena la Escritura, Isaías 47, 25; Jeremías 10, 2. Aunque en efecto los astros, por su influjo, alteren la disposición y complexión de los cuerpos, e inclinen al alma en la misma dirección, sin embargo no la necesitan. Pues aunque el alma frecuentemente imite la complexión del cuerpo —de donde experimentamos que los coléricos son iracundos, los sanguíneos benignos, los melancólicos suspicaces, tímidos, pusilánimes y envidiosos, y los flemáticos perezosos—, sin embargo, la voluntad, especialmente ayudada por la gracia, domina al cuerpo y a estas pasiones; de donde vemos a muchos coléricos mansos y a melancólicos benignos y magnánimos. El sabio, pues, dominará a los astros.

Así pues, el sol y la luna «sean en señales,» a saber, pronósticos de lluvia, serenidad, helada, vientos, etc. Por ejemplo: «Si al tercer día desde el novilunio es delgada y brilla con un resplandor puro, anuncia serenidad constante; pero si se la ve con cuernos gruesos y algo rojiza, amenaza o con lluvia impetuosa y excesiva de las nubes, o con una hórrida agitación del viento Austro,» dice San Basilio hom. 6 Hexam.; y más adelante: La luna humedece, como consta tanto en aquellos que duermen al raso y bajo la luna, cuyas cabezas se llenan excesivamente de humor, como en los cerebros de los animales y las médulas de los árboles, que con la luna crecen y aumentan. Asimismo, la luna causa y señala las mareas y flujos del mar. En segundo lugar, sean en señales de sembrar, plantar, segar, navegar, vendimiar, etc. En tercer lugar, y propiamente, sean en señales de días, meses y años, como si fuera una hendíadis, o en señales y tiempos, es decir, en señales temporales, o en señales de los tiempos; en señales y días, es decir, en señales de los días; en señales y años, es decir, en señales de los años; pues el año se describe por un curso del sol y una revolución por el Zodíaco, y por doce lunaciones.

Nótese que por «tiempos» aquí se entienden la primavera, el verano, el invierno y el otoño. También los tiempos secos, cálidos, húmedos, tempestuosos, saludables y enfermizos: pues de todos estos son señal y causa el sol y la luna.

Simbólica y anagógicamente, San Agustín lib. XIII De Gen. ad litt. cap. 13, en la Obra Inconclusa: «Sean en señales y tiempos,» es decir, que distingan los tiempos, los cuales, por la distinción de sus intervalos, signifiquen que la eternidad inmutable permanece por encima de ellos. Pues signo y como vestigio de la eternidad parece ser este nuestro tiempo, para que de aquí aprendamos a ascender del signo a lo significado, esto es, del tiempo a la eternidad, y a decir con San Ignacio: «¡Cuán vil me parece la tierra cuando contemplo el cielo!» Con verdad dice San Agustín en las Sentencias, Sent. 270: «Entre las cosas temporales y las eternas hay esta diferencia: que las temporales son más amadas antes de que se posean, pero se abaratan cuando llegan; pues nada sacia al alma sino la verdadera y cierta eternidad del gozo incorruptible; en cambio, lo eterno es amado más ardientemente una vez alcanzado que cuando era deseado, porque allí la caridad ha de alcanzar más de lo que la fe creyó o la esperanza deseó.» Véase el coloquio de San Agustín sobre este tema con su madre Mónica, lib. IX Confess. cap. 10.

Y DÍAS Y AÑOS, es decir, que el sol, la luna y las estrellas sean índices de todos los días naturales, artificiales, festivos, críticos, forenses y de mercado, y también de los años lunares, solares, grandes, críticos, etc., de los cuales tratan Censorino y Macrobio. Así Basilio y Teodoreto.


Versículo 16: E Hizo Dios los Dos Grandes Luminares

16. E HIZO DOS GRANDES LUMINARES, — el sol y la luna. Pues aunque la luna es menor que todos los astros excepto Mercurio, sin embargo, como es la más próxima y cercana a la tierra, parece ser mayor que todos los demás, al igual que el sol. Asimismo, la luna posee mayor eficacia y virtud de obrar sobre estas cosas inferiores que las demás estrellas. Así San Juan Crisóstomo aquí hom. 6, Pererio, y el P. Clavio en la Esfera cap. 1, donde enseña que la tierra contiene en sí la magnitud de la luna treinta y nueve veces. Agudamente el filósofo Segundo, interrogado por el emperador Adriano: «¿Qué es el sol?», respondió: «El ojo del cielo, esplendor sin ocaso, ornamento del día, distribuidor de las horas. ¿Qué es la luna? La púrpura del cielo, émula del sol, enemiga de los maleficios, consuelo de los caminantes, presagio de tempestades.» Epicteto a su vez dijo al mismo Adriano: «La luna es auxiliar del día, ojo de la noche; las estrellas son los hados de los hombres.» Pero esto último es error de los genetlíacos. Más excelentemente Eclesiástico 43, 2 y ss.: «El sol, dice, es un instrumento,» es decir, órgano, instrumento, «admirable del Altísimo, que abrasa los montes, exhalando rayos de fuego. La luna, indicadora del tiempo y señal de la era. De la luna viene la señal del día festivo. Instrumento de los ejércitos en las alturas, resplandeciendo gloriosamente en el firmamento del cielo,» es decir, las estrellas que resplandecen en el firmamento son como vasos, es decir, armas bélicas de Dios. «La hermosura del cielo es la gloria de las estrellas, alumbrando el mundo en las alturas el Señor. A las palabras del Santo estarán prestas para el juicio,» es decir, las estrellas por mandato de Dios están prestas para el juicio, esto es, para ejecutar su sentencia e imperio, «y no faltarán en sus vigilias.» Pues las estrellas, como soldados y centinelas de Dios, perpetuamente vigilan atentas a toda señal suya.

Simbólicamente, San Basilio, hom. 6 Hexam.: La luna, dice, que perpetuamente o crece o decrece, es símbolo de la inconstancia, y señala que todas las cosas humanas están en perpetua mutación; pero el sol, siempre semejante a sí mismo, es símbolo de la mente constante. De ahí el Sabio: «El hombre santo permanece en la sabiduría como el sol; pues el necio se muda como la luna,» Eclo. 27, 12.

Admirable amplitud de los cielos, y pequeñez de la tierra. Y las estrellas, — para que a saber, junto con la luna, presidan la noche y la iluminen, Sal. 135, 7. Enseñan los astrónomos que es admirable la altura, y consiguientemente la magnitud, de los orbes celestes y de las estrellas, de modo que la tierra, que es el centro del mundo, en comparación con ellos es como un punto: así como todas las riquezas, bienes y gozos terrenos son casi un punto en comparación con los celestiales, y se comportan como una gota respecto de todo el mar.

El sol dista de la tierra cuatro millones de millas. Pues primeramente, enseñan que el sol contiene en sí toda la cantidad de la tierra ciento sesenta veces, y que dista de la tierra cuatro millones de millas, o leguas, y aún más: de donde se sigue que tan grande es la periferia y vastedad del orbe solar, que el sol, completando su circuito en 24 horas, recorre en una hora 1.140.000 millas: lo cual equivale a como si recorriese el ámbito de la tierra cincuenta veces. Pues la circunferencia del convexo del cielo del sol contiene 27 millones y trescientas sesenta mil millas. Conjetura de aquí cuán grande es Dios. «Pues el sol y la luna comparados con el Creador guardan la proporción de un mosquito y una hormiga,» dice San Basilio, hom. 6 Hexam.

El firmamento dista de la tierra ochenta millones de millas. En segundo lugar, enseñan que la tierra dista de la concavidad del firmamento, o sea del octavo cielo estrellado, ochenta millones y medio de millas; y que el espesor del firmamento es el mismo, a saber, de ochenta millones. ¡Cuán grande, pues, debe ser la distancia, el espesor y la amplitud del noveno cielo, del décimo, y máxime del cielo empíreo!

Una estrella recorre 42 millones de millas cada hora. De donde en tercer lugar enseñan que cualquier punto del ecuador, y cualquier estrella, recorre cada hora 42 millones de millas, y además la tercera parte de un millón: lo cual equivale a lo que un jinete, recorriendo 40 millas al día, podría recorrer en 2.904 años; y asimismo a lo mismo que si alguien en una hora recorriese dos mil veces el ámbito de la tierra. Mucho más espacio recorre el noveno cielo, y más aún el décimo, que consideran ser el primer móvil; piensa, pues, cuán veloz es el tiempo.

¡Cuán grande es la velocidad del tiempo! Pues el tiempo es tan veloz como lo es el movimiento mismo del primer móvil, del cual es medida; el tiempo, por tanto, se mueve con mucha mayor velocidad que una flecha, o que una bala disparada de un cañón de bronce: pues esta bala necesitaría 40 días para recorrer todo el ámbito de la tierra, que una estrella recorre en una hora dos mil veces. Como el rayo, pues, vuela el tiempo irrevocable; como el rayo, con el tiempo somos llevados y arrebatados hacia la eternidad. «Tú duermes,» dice San Ambrosio en el Salmo 1, «y tu tiempo» no duerme, sino que «camina;» más aún, vuela.

Una piedra de molino tardaría 90 años desde el firmamento a la tierra. De ahí en cuarto lugar deducen que, si una piedra de molino comenzase a caer desde la convexidad del firmamento hacia la tierra, necesitaría noventa años para descender y tocar la tierra, aun cuando cayese a razón de doscientas millas cada hora. Divide, en efecto, 460 millones entre días y años, dando a cada hora 200 millas, y hallarás que así es.

Seis diferencias de magnitud de las estrellas. En quinto lugar, enseñan que no hay estrella alguna en el firmamento que no sea dieciocho veces mayor que todo el globo terrestre; es más, según la opinión de Ptolomeo y Alfragano, dividen todas las estrellas en seis diferencias de magnitud. Las estrellas de primera y máxima magnitud son 17 en número, cada una de las cuales es mayor que toda la tierra ciento siete veces; las de segunda magnitud son 45, cada una de las cuales es mayor que la tierra noventa veces; las de tercera magnitud son 208, cada una mayor que la tierra setenta y dos veces; las de cuarta magnitud son 264, cada una mayor que la tierra cincuenta y cuatro veces; las de quinta magnitud son 217, cada una mayor que la tierra treinta y cinco veces. Las de sexta e ínfima magnitud son 249, cada una mayor que la tierra dieciocho veces.

Vasta amplitud del cielo empíreo. En sexto lugar, enseñan que mucho menor es la proporción de todo el mundo contenido dentro de la concavidad del firmamento respecto del conjunto del cielo empíreo, que la del globo terrestre respecto del firmamento mismo.

En ocho mil años nadie ascendería hasta el cielo empíreo. En séptimo lugar, de lo dicho deducen que, si vivieses dos mil años y cada día ascendieses directamente hacia lo alto cien millas, y ello continuamente, después de dos mil años aún no llegarías a la concavidad del firmamento; asimismo, después de otros dos mil años, ascendiendo la misma distancia cada día, no llegarías de la concavidad a la convexidad del firmamento; finalmente, después de cuatro mil y más años, ascendiendo la misma distancia cada día, no llegarías de la convexidad del firmamento al cielo empíreo. Esto y más enseña el P. Cristóbal Clavio en la Esfera, cap. 1.

Si, pues, estuviésemos en alguna estrella, y mucho más si estuviésemos en el cielo empíreo, y mirásemos hacia abajo este globito de tierra, ¿acaso no exclamaríamos: Este es el punto por el que se desviven los hijos de Adán, como hormigas; este es el punto que entre los mortales se divide con el hierro y el fuego? ¡Oh, cuán estrechos son los confines de los mortales, oh, cuán estrechos son los ánimos de los mortales! «¡Oh Israel, cuán grande es la casa de Dios, y cuán inmenso el lugar de su posesión!» Desprecia, pues, este punto, y contempla el ámbito del cielo: todo lo que aquí ves es exiguo y breve; piensa en lo inmenso y eterno. ¿Quién, pensando estas cosas, sería tan insensato y necio como para arrebatar inicuamente un punto de este punto, a saber, un campo, una casa u otra cosa al prójimo por violencia o fraude, y así defraudarse y excluirse de los inmensos espacios de los orbes superiores? ¿Quién preferiría un punto de tierra a la inmensidad de los cielos? ¿Quién por una partícula de tierra roja o blanca (pues no otra cosa es el oro y la plata) vendería los vastísimos y refulgentísimos palacios de las estrellas? ¿Eres pobre, pues? Piensa en el cielo. ¿Estás enfermo? Resiste: así se va a las estrellas. ¿Eres despreciado, objeto de burla, sufres persecución? Soporta: así se va a las estrellas. Gime, estudia, trabaja, suda un poco: así se va al empíreo.

Así San Sinforiano, joven, cuando bajo el emperador Aureliano era arrastrado al martirio, su madre lo animó con estas palabras: «Hijo mío, hijo mío, acuérdate de la vida eterna, mira al cielo, y contempla al que allí reina: pues la vida no te es arrebatada, sino cambiada a mejor.» Con cuyas palabras él, encendido, ofreciendo valientemente su cuello al verdugo, voló mártir al cielo.

Así, en este siglo nuestro, aquella noble matrona, condenada a muerte horrible en Inglaterra por causa de la fe —a saber, que yaciendo sobre una piedra afilada, fuese aplastada por un gran peso colocado encima, hasta que se le arrancasen la vida y el alma—, mientras otros se horrorizaban, ella, gozosa, cantaba como un cisne: «Tan breve, dijo, es el camino que conduce al cielo: después de seis horas seré elevada sobre el sol y la luna, pisaré las estrellas con mis pies, entraré en el empíreo.»

Así San Vicente, elevando su mente al cielo, venció, más aún, se rio de todos los tormentos de Daciano; y cuando, levantado en el potro, se le preguntó por burla dónde estaba: «En lo alto,» dijo, «desde donde te miro desde arriba, a ti que estás hinchado de poder terreno;» y al amenazarle con cosas peores: «No me parece que me amenazas,» respondió, «sino que me ofreces lo que yo deseaba con todos mis votos.» Así pues, al recibir con constancia garfios, antorchas y brasas por todo su cuerpo lacerado, dijo: «En vano te fatigas, Daciano: no puedes inventar tormentos tan horribles como los que yo estoy preparado para soportar. La cárcel, los garfios, las láminas candentes y la muerte misma son juego y diversión para los cristianos, no tormento:» pues piensan en el cielo.

Así San Menas, mártir egipcio, sometido a atroces suplicios, decía: «Nada hay que pueda compararse con el reino de los cielos; pues ni el mundo entero, pesado en justa balanza, puede compararse a una sola alma.»

Así San Aproniano, cuando junto al mártir Sisinio oyó una voz enviada del cielo: «Venid, benditos de mi Padre, recibid el reino preparado para vosotros desde la constitución del mundo;» pidió el bautismo, y en el mismo día en que se hizo cristiano se hizo mártir.

Los santos como estrellas. Simbólica y tropológicamente, el firmamento es la Santa Iglesia, que es columna y fundamento de la verdad, como dice el Apóstol, 1 Tim. 3, 15, en la cual el sol es Cristo, la luna la Bienaventurada Virgen, las estrellas fijas los demás santos, que participan de Cristo como de un sol su propia luz. De ahí que no son como los planetas, que de cuando en cuando nos ocultan el sol; sino como las estrellas, que siempre reverencian, muestran y predican al sol, es decir, a Cristo, y testifican y se glorían de que toda su luz la reciben de Él, y con Pablo, olvidando lo que queda atrás, siempre tienden hacia lo que está delante en carrera directa.

Así pues, primero, así como las estrellas están en el cielo, así los santos viven con la mente y la vida en los cielos, oran frecuentemente y conversan con Dios y los ángeles. De ahí que aman el retiro y huyen de las vanas conversaciones de los hombres. Segundo, las estrellas, aunque son mayores que toda la tierra, parecen sin embargo pequeñas por la distancia y la altura: así los santos son humildes, y cuanto más santos, más humildes. De ahí que las estrellas nos enseñan la paciencia, dice San Agustín en el Sal. 94. Pues citando aquello del Apóstol Filip. 2: «En medio de una nación perversa y depravada, entre los cuales lucís como luminares en el mundo:» «¡Cuántas cosas,» dice, «fabulan los hombres acerca de los luminares mismos y de la luna! Y ellos lo soportan con paciencia. Se lanzan injurias contra las estrellas: ¿qué hacen ellas? ¿Acaso se perturban, o no siguen ejercitando sus cursos? ¡Cuántas cosas dicen algunos acerca de los luminares mismos! Y lo soportan, y lo toleran, y no se perturban. ¿Por qué? Porque están en el cielo. Así también el hombre que en una nación perversa y tortuosa tiene la palabra de Dios, es como un luminar que brilla en el cielo.» Así como, pues, las estrellas no abandonan por los ultrajes de los hombres el curso que Dios les ordenó, tampoco los justos deben abandonar el camino de la virtud por los insultos de los hombres. Por lo cual el varón piadoso no hará más caso de las burlas de los burladores que la luna de las muecas de los niños o los ladridos de los perros que le ladran.

Tercero, las estrellas enseñan la elevación de la mente y su inmutabilidad en tantas adversidades, para que, como estrellas, desprecien todo lo que sucede en el mundo. Pues, como dice Agustín en el mismo lugar: «Se cometen tantos males, y sin embargo las estrellas no se desvían desde lo alto, fijas en el cielo, moviéndose por los caminos celestes que su Creador les señaló y estableció: así deben ser los santos, pero solo si sus corazones están fijos en el cielo, si imitan a aquel que dice: Nuestra ciudadanía está en los cielos. Los que pues están en las alturas, y piensan en las cosas de lo alto, de esos mismos pensamientos de lo celestial se hacen pacientes. Y todo lo que en la tierra se comete así no les importa, hasta que completen sus caminos; y así como soportan lo que se hace a otros, así soportan también lo que se les hace a ellos mismos, como los luminares. Pues quien ha perdido la paciencia ha caído del cielo.»

Cuarto, las estrellas lucen e iluminan todo el orbe de noche, y siempre con igual luz: así también los santos resplandecen en la noche de este siglo, y muestran a todos el camino de la virtud y la senda al cielo con la palabra y el ejemplo, y siempre con igual serenidad de ánimo y constancia. Además, la luz de las estrellas no es como la luz de la vela, la lámpara o la antorcha, que se alimenta de sebo, aceite o cera, los consume y, consumidos, se apaga. Pues semejantes a esta son quienes practican la virtud por respetos carnales y humanos. En cuanto cesan estos, cesa también su virtud y devoción. Los santos brillan siempre como estrellas, porque lucen de Dios y para Dios mismo: pues se afanan únicamente por agradar a Dios y propagar su honra.

Quinto, la luz de las estrellas es purísima, al igual que las estrellas mismas: así los santos buscan la castidad y pureza angélica. De ahí que, así como en las estrellas no hay nada nublado, tenebroso ni oscuro, así en los santos no hay melancolía, ni ira, ni turbación, ni sospecha; porque todo lo miran con ojos luminosos y benignos a semejanza de las estrellas. No saben qué sea la simulación, el fraude ni la malicia: pues la caridad no piensa el mal. Por lo cual parecen ser como impecables.

Sexto, la luz del sol y de las estrellas es velocísima; pues en un instante se esparce y propaga por todo el orbe: así los santos son veloces para las obras de Dios, especialmente los varones apostólicos, que recorren las provincias evangelizando, a quienes con razón compete aquello de Isaías 18, 2: «Id, mensajeros veloces, a una nación arrancada y despedazada, a un pueblo terrible, después del cual no hay otro.»

Séptimo, la luz de las estrellas es espiritual: así es espiritual el discurso de los santos, al igual que su pensamiento y su trato. Octavo, la luz del sol y de las estrellas, aunque ilumine cloacas, estercoleros, cadáveres y basureros, sin embargo no se mancha ni contamina en lo más mínimo por ellos: así los santos, al tratar con los pecadores, no se contaminan con sus pecados, sino que más bien los iluminan y los hacen semejantes a sí, esto es, luminosos y santos. Noveno, la luz del sol y de las estrellas luce de tal modo que también calienta: así los santos inflaman a otros con la caridad, de modo que lucen para arder; pero no arden para lucir, como de San Juan Bautista dice Cristo: «Él era lámpara que ardía y lucía,» no «que lucía y ardía», como rectamente observa San Bernardo, sermón Sobre San Juan Bautista: «Pues solo lucir es vano, solo arder es poco, arder y lucir es perfecto.»

Finalmente, en la gloria celestial resplandecerán como estrellas, como enseña el Apóstol 1 Cor. 15, 41, y Daniel cap. 12, 3: «Los que fueren doctos brillarán como el esplendor del firmamento, y los que enseñan la justicia a muchos, como estrellas por perpetuas eternidades.» Se añade que las estrellas ocultan su sustancia y su vastísima cantidad, y solo muestran una luz exigua como de centella. Así los santos ocultan a los hombres sus virtudes, gracia y gloria, y desean permanecer escondidos. Por lo cual sus obras ciertamente lucen, para que de ellas los hombres glorifiquen a Dios; pero de tal modo que muestran la luz de las obras, pero ocultan su propia persona: pues quieren no ser vistos, para que los hombres, viendo la obra y no viendo al autor, la refieran a Dios, que es Padre de todas las luces, y lo celebren.


De la Obra del Quinto Día

Versículo 20: Produzcan las Aguas Reptiles y Aves

20. PRODUZCAN LAS AGUAS REPTILES Y AVES.

PRODUZCAN. — En hebreo ישרצו iisretsu, es decir, que hiervan y broten en gran cantidad. Es este verbo propio de los peces y las ranas, y significa su admirable fecundidad, propagación y prolificación. De ahí que, por la exuberancia de humor, los peces son indóciles y estúpidos, y no pueden ser domados ni domesticados por el hombre, dice San Basilio hom. 7 Hexam. Asimismo, dice, ningún género de peces está armado de dientes solo en la mitad, como el buey o la oveja: pues ningún pez rumia, salvo el escaro solo; sino que todos están provistos de una agudísima hilera de dientes frecuentes, para que, si se produjera demora en moler, no se disolviera el alimento por el humor. Algunos se alimentan de limo, otros de algas: uno devora al otro, y el menor es comida del mayor, y frecuentemente ambos se convierten en presa de un tercero.

Así entre los hombres el más poderoso despoja al más débil, y este a su vez se convierte en presa del más poderoso. El cangrejo, para devorar las carnes de la ostra, cuando esta abre su concha al sol, arroja dentro una piedrecilla para que no pueda cerrarse, y así la invade y devora. Los cangrejos son ladrones y raptores astutos. El pulpo se adhiere a cualquier roca y adopta su color; y así los peces que nadan hacia él como hacia una roca, los captura y devora. Los pulpos son hipócritas, que con los castos fingen ser castos, con los impuros impuros, con los glotones glotones, etc., y por eso Cristo los llama lobos rapaces.

Los peces dicen: «Vayamos al mar del Norte. Pues su agua es más dulce que la de los demás mares, porque el sol, deteniéndose poco allí, no agota con sus rayos todo lo que es potable. Pues las criaturas marinas se deleitan con las aguas dulces: de donde sucede que frecuentemente nadan hacia los ríos, y se alejan mucho del mar. Por esta causa prefieren el Ponto a las demás ensenadas marinas, como más idóneo para producir y nutrir a sus crías.» Aprende, oh hombre, de los peces la providencia, para que proveas lo que conduce a tu salvación.

«El erizo marino, cuando presiente una perturbación de los vientos, se pone debajo de una piedra no pequeña, estabilizándose bajo ella como bajo un ancla. Cuando los marineros observan esto, presagian una tempestad futura. La víbora busca las nupcias de la murena marina, y con su silbido señala su presencia; y aquella acude y se une con el venenoso. ¿Qué anuncia esta moraleja mía? Sea áspero, sea áspero o ebrio el marido, sopórtelo la esposa. Pero oiga también el marido: la víbora vomita su veneno por reverencia a las nupcias; ¿tú no depones la dureza de ánimo, la fiereza, la crueldad por reverencia a la unión? ¿Acaso nos aprovecha el ejemplo de la víbora de otro modo? El abrazo de la víbora y la murena es cierto adulterio de la naturaleza; aprendan, pues, los que acechan nupcias ajenas, a qué reptil son semejantes.»

¿De qué materia fueron hechas las aves? Preguntarás si las aves fueron hechas del agua. Cayetano y Catarino lo niegan, y piensan que las aves fueron hechas de la tierra: pues esto parece afirmarse en cap. 2, 19, y en este versículo los textos hebreos insinúan que solo los peces fueron producidos del agua; pues dicen literalmente: «Produzcan las aguas reptiles (es decir, peces), y vuelen las aves sobre la tierra.» Pero la opinión común de San Jerónimo, Agustín, Cirilo, Damasceno y otros Padres (excepto Ruperto), citados por Pererio, es que tanto las aves como los peces fueron producidos del agua como materia; pues esto enseña claramente tanto nuestra versión como los Setenta y el Caldeo, que todos entienden en el hebreo el relativo אשר ascer, es decir, «que» (pues esto es habitual entre los hebreos), como si se dijera: «Produzcan las aguas reptiles y aves, que vuelen sobre la tierra.» Al pasaje de Gén. 2, 19, responderé allí. De ahí que Filón llama a las aves parientas de los peces.

¿En qué convienen las aves y los peces? Dirás que las aves y los peces son completamente dispares y desemejantes: luego no parece que las aves fueron hechas del agua, sino solo los peces. Respondo negando el antecedente: pues grande es el parentesco entre las aves y los peces, como rectamente enseña San Ambrosio, lib. V Hexam. cap. 14.

Primero, porque el agua, que es el lugar de los peces, y el aire, que es el lugar de las aves, son elementos vecinos y afines: pues ambos son diáfanos, húmedos, blandos, sutiles y agitables. De ahí que el aire fácilmente se convierte en agua, y viceversa el agua se convierte en vapor y nube: pues las aves son de temperamento más aéreo que acuoso.

Segundo, porque tanto a las aves como a los peces les es propia la ligereza y la agilidad. Pues lo que para las aves son las alas, para los peces son las aletas y escamas. De ahí que tanto las aves como los peces carecen de vejiga, leche y mamas, para no impedir el vuelo o la natación.

Tercero, semejante es el movimiento de unos y otros: pues lo que es la natación para los peces, es el vuelo para las aves, de modo que los peces parecen ser aves acuáticas, y viceversa las aves parecen ser peces aéreos. Asimismo, tanto las aves como los peces dirigen su camino y curso con la cola, de modo que de ellos, y especialmente del milano, parece que los hombres aprendieron el arte de navegar, dice Plinio lib. 10, cap. 10.

Cuarto, muchas aves son acuáticas, como los cisnes, gansos, patos, fochas, mergos y alciones.

Finalmente, responde San Agustín, lib. III De Gen. ad litt. cap. 3, y Santo Tomás I parte, Cuestión 71, art. 1, que los peces fueron hechos del agua más densa, y las aves del agua más sutil, que se aproxima al aire.

Se admira luego San Basilio de cómo el agua del mar se cuaja en sal; de cómo el coral es hierba en el mar, pero al sacarse al aire se convierte en piedra; de cómo la naturaleza imprimió perlas preciosas en las vilísimas ostras; de cómo de la sangre del vilísimo pececillo de la púrpura se hace el color purpúreo con que se tiñen los vestidos de los reyes; de cómo la rémora, pececillo que se adhiere a las quillas, detiene e inmoviliza las naves, aun impulsadas por viento fuerte. Todo esto lo refiere San Basilio hom. 7. Lo mismo sobre la rémora transmiten Plinio, Plutarco y Aldrovando, quienes atribuyen la causa a una cualidad arcana infundida por la naturaleza a la rémora, como la que hay en el imán para atraer el hierro e indicar el polo.

Ahora bien, con todas estas cosas San Basilio enseña, primero, a admirar la potencia, sabiduría y munificencia de Dios en este teatro del mar, y a darle continuamente gracias por tantos beneficios cuantos son los peces, e incluso las gotas del mar. Segundo, muestra cómo debemos extraer de los peces y de cada uno de los demás animales y criaturas enseñanzas congruentes para la vida, y acomodar todas sus cualidades y acciones a la formación de las costumbres: pues como espejo y como auxilio fueron dadas por Dios al hombre.

Así el Sabio, Prov. 6, 6, envía al hombre perezoso a las hormigas: «Ve, dice, a la hormiga, oh perezoso, y considera sus caminos, y aprende sabiduría, la cual, aunque no tiene guía, ni maestro, ni príncipe, prepara en verano su alimento, y recoge en la siega lo que ha de comer.»

REPTILES DE ALMA VIVIENTE, — es decir, reptiles que tienen alma de ser viviente, o sea de animal que siente. Llama reptiles a los peces porque los peces no tienen pies, sino que se apoyan sobre las aguas con el vientre, como reptando y remando.

Los anfibios deben referirse a los peces. A los peces refiere los anfibios, como son los castores, las nutrias y los hipopótamos; los cuales, aunque tienen pies, no caminan con ellos mientras están en las aguas, sino que los usan para nadar a modo de remos.


Versículo 21: Y Creó Dios los Grandes Cetáceos

21. Y CREÓ DIOS LOS GRANDES CETÁCEOS. «Cetáceos» en hebreo se llaman תנינים tanninim, lo cual significa dragones y todos los animales enormes, tanto terrestres como acuáticos, como son las ballenas, que son como dragones acuáticos. Así el nombre «cetáceos» es común a todos los peces grandes y de la familia de los cetáceos, como enseña Gesnero.

Los judíos entienden por tanninim las ballenas grandísimas, de las cuales dicen que solo dos fueron creadas (para que, si hubiera más, devorasen todos los peces y absorbiesen todas las naves), a saber, la hembra, que Dios mató y reserva para los justos a fin de que banqueteen en tiempo del Mesías; y el macho, que reserva para jugar con él a ciertas horas cada día, según aquello del Sal. 104: Este dragón que formaste para jugar con él, en hebreo, para que juegues con él. Esta fabulilla la tomaron del lib. IV de Esdras cap. 6, como refieren Lirano y Abulense. Estos son delirios de tales sabios.

Nótese lo de «grandes cetáceos»: pues cuando sacan el lomo sobre las aguas, presentan la apariencia de una enorme isla, dicen San Basilio y Teodoreto.

Y TODO SER VIVIENTE Y QUE SE MUEVE. — «Y» aquí significa «es decir», como si dijera: Creó Dios todo animal viviente en las aguas, que a saber tiene en sí principio de movimiento, esto es, un alma por la cual puede moverse por su propio impulso, y por eso se llama movible.


Versículo 22: Y los Bendijo Diciendo: Creced y Multiplicaos

22. Y LOS BENDIJO DICIENDO: CRECED Y MULTIPLICAOS. El bendecir de Dios es hacer bien; y Dios hizo bien a los peces y a las aves por el hecho mismo de que les otorgó el apetito, la fuerza y la potencia de engendrar un ser semejante a sí, para que, como no pueden los individuos mismos permanecer siempre en sí, sino que mueren, permanezcan al menos en su prole, y así tengan una cierta cuasi-eternidad: pues toda cosa apetece su conservación y eternidad. De donde, explicando, añade: «Creced,» no en magnitud (pues esta la recibieron justa en su primera creación), sino, como en hebreo está, פרו, es decir, fructificad, o prolificad, para que os multipliquéis en número; y vosotros, oh peces, llenad las aguas.

¿Por qué es mayor la fecundidad de los peces que la de las aves? Mayor es, en efecto, la fecundidad de los peces que la de las aves; y la de las aves es mayor que la de los animales terrestres; porque, como dice Aristóteles, lib. III de Generatione animal. cap. 11, el humor del que abundan los peces tiene una naturaleza más apta para dar forma y configurar que la tierra.

Añádase que los peces y las aves engendran por huevos, que se multiplican más fácilmente en la matriz que los fetos que gestan en el útero los animales terrestres. De donde se lee que Dios bendijo a las aves y los peces, pero no a los terrestres: aunque, como rectamente advierte San Agustín, lib. III De Gen. ad litt. cap. 13, lo que se expresó en unos debe sobreentenderse igualmente en los otros semejantes.

En cuanto al hombre, se lee que Dios lo bendijo, tanto porque el hombre es señor de todos los animales, cuanto porque el hombre debía ser diseminado por todas las provincias de la tierra, mientras que los demás animales, unos no soportan naturalmente unas tierras y otros otras.

¿Es el fénix un ave única? Dirás: El fénix es un ave única en el mundo; luego en ella no es verdadero lo de «creced y multiplicaos». Respondo al antecedente: Que el fénix existe, muchos de los antiguos lo afirmaron, no tanto por ciencia cierta cuanto por rumor común. Pero los filósofos y físicos posteriores, que escribieron con exactitud sobre las aves, entre los cuales el último y más exacto es Ulises Aldrovando, tienen al fénix por fábula, y demuestran con muchos argumentos que no existe ni existió jamás. El fénix es, pues, un ave no real sino simbólica, como mostraré en el cap. 7, vers. 2.

San Basilio, hom. 8 Hexam., y a partir de él San Ambrosio, lib. V Hexam., describe y admira, primero, la industria de las abejas en construir panales, recoger miel, disponerla, protegerla, etc. Segundo, las guardias de las grullas, que realizan por turnos de noche, para que custodien a las demás que duermen. Pues cumplido el tiempo definido, la que hacía guardia, emitiendo un graznido, se dispone a dormir; otra la sucede y devuelve a las demás, haciendo guardia, la seguridad que recibió. Vuelan en orden determinado, como en formación de batalla: una va delante como guía, la cual, cumplido su turno, se retira a la retaguardia de toda la formación, y cede el cargo de guiar a la que le sigue más de cerca.

Tercero, las costumbres de las cigüeñas, que llegan y parten en tiempo determinado; las acompañan los cuervos y las protegen contra otras aves. Señal de la protección prestada es que los cuervos regresan con heridas. Asimismo, las cigüeñas abrigan a sus padres envejecidos envolviéndolos con sus propias plumas, les suministran alimento generosamente, y los sostienen a ambos lados con sus alas. «Este es el carruaje de la piedad filial,» dice San Ambrosio.

Cuarto, que nadie deplore su pobreza si considera a la golondrina, que recoge con el pico pajillas para componer su nidito y las lleva: pero como no puede transportar barro con las patas (puesto que las tiene tan cortas y pequeñas que parece no tener ninguna; y por eso apenas puede posarse, sino que casi siempre se la ve volando), moja las puntas de las plumas en agua, luego se revuelca en el polvo, y de este modo se forma el barro con que arma su nido, y allí, puestos los huevos, saca los polluelos; y si alguno se lastima los ojos, sabe curarlos de nuevo aplicándoles la hierba celidonia.

Quinto, el alcíon, junto a la orilla del mar, casi a mediados del invierno, cuando arrecian los vientos y las tempestades, pone sus huevos, y entonces inmediatamente callan y se aplacan los vientos y las tempestades, y los mares se serenan durante siete días enteros, en los cuales el alcíon incuba los huevos y saca los polluelos, y luego siguen otros siete días serenos en los que cría a los polluelos. De ahí que los marineros navegan entonces con seguridad. Por eso también los poetas llaman alcíonicos a los días tranquilos y serenos. El alcíon nos enseña a esperar en Dios: pues si Él concede tanta serenidad a una avecilla, ¿qué no concederá al hombre que lo invoca?

Quinto, la tórtola, que muerto su compañero no se une a ningún otro, enseña a las viudas a permanecer castas y a no aspirar al matrimonio de otro varón.

Sexto, el águila, dura con sus polluelos, pronto los abandona, e incluso a veces los expulsa del nido: de ahí que es símbolo de los padres crueles con sus hijos. Por el contrario, semejantes a las codornices, que acompañan a sus polluelos ya voladores y les suministran alimento por algún tiempo, son los que son benignos con sus hijos.

Séptimo, los buitres, longevos (pues por lo general viven cien años), paren sin coito. Opón estos a los paganos que dicen: ¿Cómo pudo la Bienaventurada Virgen, permaneciendo virgen, parir a Cristo? Lo mismo dice San Ambrosio, lib. V Hexam. cap. 20. Más aún, Eliano, lib. II de Animal. cap. 40; Horo, lib. I, Hierogl.; Isidoro, lib. XII; Orígenes, cap. 7, y otros que cita Aldrovando en su tratado sobre el buitre, transmiten que todos los buitres son hembras y que conciben y engendran sin macho, del viento. Pero que todo esto es fabuloso lo enseña Alberto Magno, y a partir de él Aldrovando lib. III Ornithol., pág. 244. Pues los buitres son animales perfectos, que todos gozan de ambos sexos por ley común de la naturaleza, y con ellos engendran y se propagan, como las demás aves. Además, los buitres tienen un olfato poderoso, y huelen cadáveres a centenares de millas, incluso situados al otro lado del mar, y vuelan hacia ellos: más aún, parecen presagiar las matanzas; de donde siguen en grandes bandadas a los ejércitos y campamentos.

Octavo, el murciélago es cuadrúpedo, y sin embargo alado, casi como un ave: de donde pare animal, como cuadrúpedo; y tiene alas no divididas en plumas, sino continuas a modo de membrana de cuero. Semejantes a estos y a los búhos son quienes piensan en cosas vanas, no verdaderas y sólidas; pues a semejanza de los búhos, su vista se embota cuando brilla el sol; pero se agudiza en la sombra y la oscuridad.

Noveno, el gallo centinela te despierta de mañana para que te levantes a realizar tus tareas, clamando con voz aguda, y con su canto prediciendo al sol que aún viene de lejos, despertando de mañana con los viajeros, y sacando de sus casas a los agricultores hacia sus labores y su cosecha.

Décimo, siempre vigilante es el ganso, y agudísimo para percibir lo que a los demás se les oculta. De donde antiguamente en Roma los gansos protegieron el Capitolio contra los galos enemigos que se infiltraban, despertando con sus graznidos a los guardianes dormidos. Por lo cual San Ambrosio, lib. V Hexam. cap. 13: «Con razón, dice, a ellos (los gansos), oh Roma, debes tu soberanía. Tus dioses dormían, y los gansos velaban. Por eso en aquellos días sacrificas al ganso, no a Júpiter. Cedan, pues, vuestros dioses ante los gansos, de quienes saben que fueron defendidos, no sea que ellos mismos fueran capturados por el enemigo.»

Undécimo, el ejército de langostas, bajo una sola consigna, elevado todo junto a lo alto, con los campamentos desplegados por todo el campo, no devora los frutos antes de que esto le sea concedido por Dios, y como mandado. Dios sugiere el remedio: este es el ave seléucida, que acudiendo en bandadas devora a las langostas.

Además, ¿cuál es el modo de cantar de la cigarra? Al mediodía se dedica más al canto, produciendo el sonido por la aspiración de aire que se realiza cuando se expande el pecho.

Duodécimo, los insectos (como las abejas, las avispas), así llamados porque por todas partes muestran ciertas cisuras o incisiones, carecen de pulmones, y por eso no respiran, sino que se nutren del aire por todas las partes de su cuerpo. Por lo cual, si son mojados con aceite de oliva, mueren al obstruírseles los conductos; pero si se los rocía inmediatamente con vinagre, reviven al abrirse los orificios.

Decimotercero, los patos, los gansos y otras aves que nadan tienen patas no hendidas sino continuas, y expandidas a modo de membrana, para poder flotar y nadar más cómodamente. El cisne, sumergiendo su largo cuello en el agua profunda, ejercita la pesca y caza peces.

Los gusanos de seda, tipo de la resurrección. Decimocuarto, argumento y tipo de la resurrección son los gusanos de seda. Pues en ellos, primero, de la semilla nace un gusanito; de este se hace una oruga; de la oruga el gusano de seda, que se llena de hojas de moral, y lleno hila los hilos de seda que extrae de sus entrañas; y hecho el capullo se encierra en él y muere, y desarrollado este revive, y habiendo adquirido alas se convierte en mariposa, y dejando la semilla en el capullo echa a volar. Esto dice Basilio.

Añádanse las aves admirablemente canoras: el loro, el mirlo, el reyezuelo, y especialmente el ruiseñor, que, pequeñísimo, no parece ser otra cosa que voz, más aún, música, del cual San Ambrosio, lib. V Hexam. cap. 20: «¿De dónde, dice, la voz del loro y la dulzura de los mirlos? ¡Ojalá al menos cante el ruiseñor, que despierta al dormido de su sueño! Pues aquella ave suele señalar la salida del día naciente, y traer más abundante alegría al amanecer;» y el mismo, cap. 5: «¿Cómo es, dice, que vosotras, fochas, que os deleitáis en las profundidades del mar, huyendo de la agitación del mar que habéis presentido, jugáis en lo somero? La garza misma, que acostumbra aferrarse a los pantanos, abandona sus moradas conocidas, y temiendo las lluvias, vuela sobre las nubes, para no poder sentir las tempestades de las nubes.»


De la Obra del Sexto Día

El sexto día dio habitantes a la tierra, así como el quinto dio habitantes al agua y al aire. Mas al fuego no le fueron dados habitantes: pues ni la salamandra ni ningún otro animal puede vivir o perdurar en el fuego, como enseña Galeno, libro III De los Temperamentos, y Dioscórides, libro II, capítulo 56, donde Mattioli dice que él mismo lo experimentó, habiendo arrojado muchas salamandras al fuego, las cuales fueron rápidamente consumidas. Asimismo las piráustas o luciérnagas, que son algo mayores que las moscas, viven en el fuego sólo por breve tiempo; pues nacen en las fundiciones de cobre de Chipre, y en ellas saltan y caminan por el fuego, pero pronto mueren al alejarse volando de la llama, como atestigua Aristóteles, libro V, Historia de los Animales, capítulo 19.

Versículo 24: Produzca la Tierra Seres Vivientes

24. PRODUZCA LA TIERRA SERES VIVIENTES, — esto es, animales vivientes; es una sinécdoque. Además, «produzca la tierra», no como si la tierra fuese la causa eficiente: pues ésa fue Dios solo, sino como causa material, como si dijera: Que surjan, broten, nazcan y salgan los animales de la tierra.

¿Fueron creadas todas las especies de todos los animales en el sexto día? Se puede preguntar si absolutamente todas las especies de animales terrestres fueron creadas por Dios en este sexto día. Respondo primero, que absolutamente todas las especies de animales terrestres que son perfectas y homogéneas, esto es, que pueden nacer por la unión de macho y hembra de una sola especie, fueron creadas en este día: así lo enseñan comúnmente los Intérpretes y los Escolásticos. Y se prueba porque lo exigía la perfección del universo. Pues Dios en estos seis días estableció y adornó perfectamente este universo; de donde se sigue que en estos seis días creó todas las cosas, esto es, todas las especies de cosas. Y por esto se dice que en el séptimo día cesó, a saber, de la producción de nuevas especies.

También fueron creadas las bestias venenosas. Digo segundo, que consiguientemente en este sexto día todas las bestias venenosas, como las serpientes, y las que son enemigas entre sí y carnívoras, como el lobo y la oveja, fueron creadas, y ciertamente creadas con esta enemistad y antipatía natural: pues esta antipatía les es natural.

Y así, antes del pecado de Adán, la naturaleza del lobo era enemiga de la oveja, y le habría causado la muerte: sin embargo, la providencia de Dios habría cuidado de que esto no sucediese antes de que la especie estuviera suficientemente propagada, para que no pereciera. Así Santo Tomás, I parte, Cuestión 69, artículo 1, respuesta 2, y San Agustín, libro III Del Génesis a la letra, capítulo 16, aunque el mismo Agustín parece retractarse en el libro I de las Retractaciones, capítulo 10, y afirmar que pertenece a la institución natural que todas las bestias se alimenten de plantas, según lo que se dice en Génesis 1, 30; pero que de la desobediencia del hombre resultó que unas sirvieran de alimento a otras. Lo mismo sostiene Pererio, y Abulense, en el capítulo 13, donde trata extensamente estas materias. Lo mismo parece sentir Gregorio de Nisa, Oración 2 Sobre la Creación del Hombre. También Junilio lo enseña expresamente: «Del hecho, dice, de que Dios dijo: He aquí que os he dado toda hierba, es claro que la tierra no produjo nada dañino, ni hierba venenosa alguna, ni árbol estéril alguno. Segundo, que ni siquiera las aves vivían de la captura de aves más débiles, ni el lobo merodeaba alrededor de los rediles buscando víctimas, ni el polvo era el pan de la serpiente; sino que todas las criaturas en armonía se alimentaban de hierbas y de los frutos de los árboles.»

Pero la primera opinión, que expuse, es la más verdadera. Las razones por las que Dios creó criaturas venenosas son: primera, para que el universo estuviera completo con toda clase de cosas; segunda, para que por ellas resplandeciese la bondad de las demás: pues el bien brilla más claramente cuando se opone al mal; tercera, porque son útiles para medicinas y otros usos. Pues así de la víbora se obtiene la teriaca (antídoto). Así el Damasceno, libro II De la Fe, capítulo 25. Véase San Agustín, libro I Del Génesis contra los Maniqueos, 16.

Por qué algunos animales nacen de la putrefacción. Digo tercero, que los animales diminutos que nacen del sudor, la exhalación o la putrefacción, como las pulgas, los ratones y otros gusanillos, no fueron creados en este sexto día formalmente, sino potencialmente, y como en razón seminal; porque, a saber, aquellos animales fueron creados en este día de cuya cierta disposición éstos habrían de surgir naturalmente: así San Agustín, libro III Del Génesis a la letra, capítulo 14, aunque San Basilio aquí en la Homilía 7 parece enseñar lo contrario.

Ciertamente, que las pulgas y gusanos semejantes, que ahora infestan a los seres humanos, hubieran sido creados entonces, habría sido contrario al felicísimo estado de la inocencia.

Nótese que en los animales pequeños resplandece igualmente la magnificencia de Dios, y a veces incluso más, que en los grandes.

Oígase a Tertuliano, libro I Contra Marción, capítulo 14: «Pero cuando te burlas también de los animales más pequeños, que el sumo Artífice ha engrandecido deliberadamente en ingenio o en fuerza, enseñando así a apreciar la grandeza en la pequeñez, así como la virtud en la debilidad, según el Apóstol; imita, si puedes, las edificaciones de la abeja, los establos de la hormiga, las redes de la araña, los hilos del gusano de seda; soporta, si puedes, a aquellas mismas criaturas de tu lecho y de tu estera, los venenos de la cantárida, los aguijones de la mosca, la trompeta y la lanza del mosquito: ¿cómo serán las mayores, cuando tan pequeñas te ayudan o te dañan, para que ni siquiera en lo pequeño desprecies al Creador?»

Así Crisipo, como atestigua Plutarco en el libro V De la Naturaleza, dijo que las chinches y los ratones son muy útiles al hombre; pues por las chinches somos despertados del sueño, y por los ratones somos advertidos de cuidar en guardar nuestras posesiones.

San Agustín, en la Exposición sobre el Salmo 148: «Atienda vuestra caridad, dice: ¿quién dispuso los miembros de la pulga y del mosquito, de modo que tengan su propio orden, su propia vida, su propio movimiento? Considera cualquier criaturita diminuta que quieras, por pequeña que sea: si consideras el orden de sus miembros, y la animación de la vida por la que se mueve, ella por su parte huye de la muerte, ama la vida; busca los placeres, evita las molestias, ejercita diversos sentidos, es vigorosa en el movimiento adecuado a ella. ¿Quién dio al mosquito su aguijón, con el que chupa la sangre? ¡Cuán delgada es la cánula por la que bebe! ¿Quién dispuso estas cosas? ¿Quién hizo estas cosas? Te espantas ante lo mínimo: alaba al Grande.»

Ni los animales híbridos. Digo cuarto, que los animales híbridos, esto es, los animales engendrados por la unión de especies diferentes, como la mula del yegua y el asno, el lince del lobo y la cierva, el títiro del macho cabrío y la oveja, el leopardo de la leona y la pantera — éstos, digo, no es necesario afirmar que fueron creados en este sexto día: y de hecho es cierto que no todos fueron creados entonces. Así Ruperto, Molina y otros, aunque Pererio aquí sostiene la opinión contraria.

Esta afirmación se prueba primero, porque en África surgen diariamente nuevas especies de monstruosidades, y más surgirán en adelante, y pueden surgir de una nueva mezcla de diversas especies o animales. Segundo, porque tal mezcla es contraria a la naturaleza y adulterina, de donde fue prohibida a los judíos en Levítico 19, 19. Tercero, porque estos animales se consideran suficientemente creados cuando fueron creadas las otras especies de cuya mezcla habrían de nacer después. Cuarto, porque acerca de las mulas, los hebreos enseñan por Génesis 36, 24 que fueron descubiertas mucho después de este sexto día del mundo, por Aná en el desierto, de la unión de yeguas con asnos.

SEGÚN SU GÉNERO — esto es, según su propio género, a saber, según su propia especie, como sigue, como si dijera: Produzca la tierra animales vivientes según cada una de sus especies individuales: o, produzca la tierra cada especie individual de animales terrestres.

San Basilio enumera y contempla estas especies, Homilía 9 sobre el Hexamerón, y siguiéndole San Ambrosio, libro VI del Hexamerón, capítulo 4, donde entre otras cosas dice: «La osa, aunque astuta, como dice la Escritura (pues es una fiera llena de astucia), sin embargo se dice que da a luz crías informes del vientre, pero que las moldea con su lengua, y las forma a la imagen y semejanza de sí misma: ¿no puedes tú educar a tus hijos para que sean semejantes a ti?»

La misma osa, cuando es herida gravemente y llagada, sabe curarse a sí misma, aplicando a sus heridas la hierba llamada flomos, para que sean curadas con su solo contacto. La serpiente también, comiendo hinojo, expulsa la ceguera que ha contraído. La tortuga, habiéndose alimentado de la carne de una serpiente, cuando advierte que el veneno se le extiende, emplea el orégano como medicina para su curación.

También puedes ver a la zorra curándose con la savia del pino. Clama el Señor en Jeremías 8: «La tórtola y la golondrina, los gorriones del campo, han guardado los tiempos de su venida; pero mi pueblo no ha conocido los juicios del Señor.»

La hormiga también sabe observar los tiempos de buen clima: pues anticipándolo, saca fuera sus provisiones humedecidas, para que se sequen con el sol constante. Los bueyes, cuando se avecina la lluvia, saben mantenerse en sus establos; en otros momentos miran hacia fuera, y estiran el cuello más allá de los establos, para mostrar que quieren salir, porque viene una brisa más serena.

«La oveja, al acercarse el invierno, insaciable de alimento, arrebata la hierba con avidez, porque presiente la aspereza y esterilidad del invierno venidero. El erizo, si ha presentido alguna amenaza, se encierra con sus púas y se recoge en sus propias armas, de modo que quienquiera que intente tocarlo será herido. El mismo, previendo el futuro, se prepara dos conductos de respiración, para que cuando sepa que va a soplar el viento del Norte, obstruya el septentrional: cuando sepa que el viento del sur va a limpiar las nubes del cielo, se dirige al conducto septentrional, para evitar los vientos que soplan de frente y son dañinos desde esa dirección. ¡Cuán magnificas son Tus obras, Señor! Todas las hiciste con sabiduría.»

Añade acerca del tigre, que persigue al que le ha arrebatado sus cachorros: cuando éste ve que está a punto de ser alcanzado, arroja una esfera de vidrio. Y ella es engañada por la imagen de sí misma (que ve reflejada en el vidrio y cree que es su cachorro), y se sienta como si fuera a amamantar a la cría: así engañada por su devoción maternal, pierde tanto su venganza como su prole. El tigre, por tanto, enseña, aunque es fiera, cuánto deben los padres amar a sus hijos, y no provocarlos a ira.

Prosigue luego con los perros, que rastrean a la liebre por sus huellas con admirable sagacidad, y la persiguen. Ofrece ejemplos de perros que descubrieron y vengaron a los asesinos de sus amos, y añade: «¿Qué digna retribución damos nosotros a nuestro Creador, cuyo alimento comemos, y sin embargo disimulamos sus injurias, y a menudo ofrecemos a los enemigos de Dios los banquetes que hemos recibido de Dios?»

El corderillo con frecuentes balidos llama a su madre ausente, para provocar la voz de la que responderá; aunque se mueve entre muchos miles de ovejas, reconoce la voz de su madre y corre hacia ella; ella también, entre muchos miles de corderos, reconoce a su único hijo por un silencioso testimonio de afecto. El pastor yerra al distinguir las ovejas; el corderillo no sabe errar al reconocer a su madre. El cachorro aún no tiene dientes, y sin embargo, como si los tuviera, busca vengarse con su propia boca. El ciervo aún no tiene cuernos, y sin embargo con su frente no acepta transgresiones junto con los demás, sino que preludia, y desdeña lo que aún no ha probado; que ni se acerca al alimento de ayer, ni jamás vuelve a los restos de su caza. La pantera es fiera, impetuosa y veloz, y por ello flexible y ágil. La osa es muy perezosa, solitaria y astuta.

GANADO — esto es, animales domésticos y mansos: pues en hebreo éstos se llaman behemot, y se contraponen a las bestias, esto es, a los animales salvajes de la tierra, que los griegos aquí traducen como theria.

Qué significa tropológicamente la obra de los seis días. Tropológicamente, la obra de la creación en seis días significa la obra de la justificación del hombre. En el primer día, pues, se crea la luz, esto es, se infunde en el pecador la iluminación, por la cual pueda ver la fealdad del pecado y el peligro de su estado y de la eternidad. En el segundo día se hace el firmamento, esto es, se infunde en el pecador el temor de Dios y del juicio, que divide las aguas superiores, esto es el apetito racional, de las inferiores, esto es del apetito sensitivo, para que aunque por el sentido desee las cosas terrenas, sin embargo en espíritu se eleve hacia las celestiales. En el tercer día la tierra, esto es, el hombre cubierto por el agua, esto es por la concupiscencia, es descubierto, para que aunque la tenga, no sea abrumado por ella, y la sienta pero no consienta: de ahí brota las semillas de las virtudes. En el cuarto día se hace el sol, esto es, se infunde en el hombre la caridad; y la luna, esto es, la fe ilustre; y el Héspero, esto es, la esperanza; y Saturno, esto es, la templanza; y Júpiter, esto es, la justicia; y Marte, esto es, la fortaleza; y Mercurio, esto es, la prudencia — junto con otros astros, esto es, virtudes. En el quinto y sexto día se hacen las criaturas vivientes: primero, los peces, esto es, hombres buenos pero muy imperfectos, porque están sumergidos en las preocupaciones del mundo; segundo, el ganado, esto es, hombres más perfectos que viven espiritualmente en la tierra; tercero, las aves, esto es, los hombres más perfectos, que despreciando todas las cosas, vuelan al cielo con todo su afecto como las aves: así, a partir de Eucherio, Orígenes y Hugo, dice Pererio. Véase San Bernardo, Sermón 3 De Pentecostés.

Simbólicamente, Junilio aplica estos seis días a las seis edades del mundo. Sigue la creación del hombre, a saber:

«Una criatura más santa que éstas, más capaz de elevada mente,
Aún faltaba, una que pudiera dominar sobre todas las demás:
Nació el hombre.»

Dice, pues, Dios:


Versículo 26: Hagamos al Hombre a Nuestra Imagen y Semejanza

HAGAMOS AL HOMBRE A NUESTRA IMAGEN Y SEMEJANZA.

Aquí se entiende el misterio de la Santísima Trinidad. Nótese aquí el misterio de la Santísima Trinidad: pues con estas palabras Dios Padre no se dirige a los ángeles, como si les mandase fabricar el cuerpo humano y el alma sensitiva, reservándose a Sí solo la creación del alma racional, como quiso Platón en el Timeo, y Filón en su libro De la Creación de los Seis Días, y los judíos. Pues San Basilio, Crisóstomo, Teodoreto, Cirilo en el libro I Contra Juliano, y Agustín en el libro XVI de La Ciudad de Dios, capítulo 6, denuncian esto como impío; pues Dios creó tanto el cuerpo como el alma del hombre no por medio de ángeles sino por Sí mismo, como es claro del capítulo II, versículos 7 y 21. De ahí que no diga aquí «haced» [facite], sino «hagamos» [faciamus], a «Nuestra» imagen — no la vuestra, oh ángeles, sino la Nuestra. Por tanto, Dios Padre se dirige aquí a su Hijo, y al Espíritu Santo, como colegas suyos, de la misma naturaleza, poder y operación con Él. Así San Basilio, Ruperto y otros citados arriba; es más, el Concilio de Sirmio, citado por Hilario en su libro De los Sínodos, pronuncia anatema contra los que explican este pasaje de otro modo.

Las doce excelencias del hombre. Nótese en segundo lugar la excelencia del hombre: pues Dios delibera y consulta sobre la creación del hombre como de cosa grande, diciendo: «Hagamos al hombre»; así Ruperto. Pues el hombre es la primera imagen del mundo increado, esto es, de la Santísima Trinidad, y el testimonio de Su infinito arte y sabiduría, y Su obra más perfecta. Del mundo creado, empero, el hombre es el fin, el compendio, el vínculo y el nexo: pues el hombre tiene y enlaza en sí todos los grados de las cosas espirituales y corporales, y por ello es y se llama Microcosmos, y por Platón es llamado el Horizonte del universo, porque marca el límite entre y une en sí el hemisferio superior, a saber, el cielo y los ángeles, y el inferior, a saber, la tierra y los brutos; pues el hombre es en parte semejante a los ángeles, en parte a los brutos. Asimismo, esta vida y este tiempo nuestro es el horizonte de la eternidad: porque marca el límite entre la eternidad bienaventurada, que está en el cielo, y la eternidad desdichada, que está en el infierno, y participa de algo de cada una. Bellamente, San Clemente, libro VII de las Constituciones Apostólicas, capítulo 35: «La culminación de Tu obra, un ser viviente partícipe de razón, ciudadano del mundo, Tú hiciste por el gobierno de Tu sabiduría, cuando dijiste: 'Hagamos al hombre a Nuestra imagen y semejanza'; lo hiciste, digo, para que fuese el ornamento del ornamento, cuyo cuerpo formaste de los cuatro elementos, los cuerpos primarios, mas el alma de la nada, y le diste cinco sentidos para la contienda de la virtud; y la mente misma del alma, la pusiste sobre los sentidos como auriga.»

Segundo, porque por Cristo en cuanto hombre, todas las criaturas igualmente, que están contenidas en el hombre como en un microcosmos, como acabo de decir, habían de ser deificadas: véase, pues, cuán grande es la dignidad del hombre. Tercero, porque así como el mundo fue creado por el hombre y con el hombre, así también en la resurrección será renovado. Cuarto, el supremo misterio de la fe, a saber, el de la Santísima Trinidad y la unidad indivisa, fue revelado primeramente en la creación del hombre, el cual había de ser declarado y profesado abiertamente después en la regeneración del mismo hombre, esto es, en el bautismo; pues aquellas palabras «hagamos» y «Nuestra» significan la Trinidad; mientras que aquellas palabras «Dijo Dios», «Hizo Dios», etc. indican la unidad. Quinto, de los animales y las plantas se dice que fueron generados de la tierra y del agua; pero sólo Dios modeló y dio forma al cuerpo del hombre, y puso en él un alma racional creada por Él mismo de la nada. Sexto, el hombre fue hecho por Dios gobernante y príncipe de todos los animales, aun los mayores, y como rey de todo el mundo. Séptimo, Dios asignó al hombre para su morada y deleite el paraíso, abundantísimamente provisto de delicias y de toda abundancia de cosas. Octavo, Dios creó al hombre dotado de tal integridad de alma e inocencia que la mente estaba sujeta a Dios, los sentidos a la razón, y el cuerpo al alma, y todas las criaturas vivientes estaban sujetas al dominio del hombre: de ahí resultó que no se avergonzaba de su desnudez. Noveno, Adán impuso nombres apropiados a cada uno de los animales; de donde resplandece su suprema ciencia y sabiduría, de modo que los animales mismos, por así decirlo, reconocían y confesaban al hombre como su rey y señor. Décimo, tenía un cuerpo inmortal, de modo que si obedecía a Dios, tras pasar una vida larguísima en la tierra, sería trasladado de la vida terrena a una celestial y sempiterna, libre de la muerte y de todos los males. Undécimo, Dios distinguió al hombre con el don de profecía, cuando dijo: «Esto es ahora hueso de mis huesos.» Duodécimo, Dios aparecía frecuentemente al hombre bajo forma humana, y hablaba con él familiarmente.

Nótese en tercer lugar, Dios preparó este palacio del mundo, como un cierto banquete, dice el Niseno, o más bien como un espléndido triclinio, con todas las cosas que eran convenientes para el uso, el deleite y el conocimiento; y luego finalmente introdujo en él, así adornado, y creó al hombre, como quien habría de ser la corona, el fin y el señor de todo. Véase San Ambrosio, Carta 38 a Horontiano, y Nacianceno, Oración 43, y el Niseno, libro De la Creación del Hombre. Rectamente, pues, San Bernardo, Sermón 1 De la Anunciación: «¿Qué, dice, le faltaba al primer hombre, a quien la misericordia guardaba, la verdad enseñaba, la justicia gobernaba y la paz nutría?»

Además, Diógenes, como atestigua Plutarco en su libro De la Tranquilidad del Alma, y Filón en el libro I De la Monarquía, enseñan que el mundo es como un templo sagrado y hermoso de Dios, en el cual fue introducido el hombre para ser su sumo sacerdote, y ejercer el sacerdocio en nombre de todas las criaturas, y dar gracias por los beneficios conferidos a todas y cada una de ellas, y hacer propicio a Dios hacia ellas, para que añadiese bienes y apartase males. De ahí que «en la vestidura talar que llevaba» Aarón, el sumo sacerdote del Antiguo Testamento, «portaba el mundo entero», Sabiduría 18, 24. Óigase a Lactancio, libro De la Ira de Dios, capítulo 14: «Se sigue que debo mostrar por qué Dios hizo al hombre. Así como dispuso el mundo para el hombre, así hizo al hombre mismo para Sí, como sumo sacerdote del templo divino, espectador de las obras y cosas celestiales. Pues él solo es quien, teniendo sentido y siendo capaz de razón, puede entender a Dios, admirar Sus obras, percibir Su virtud y poder, etc. Por ello sólo él recibió la palabra, y la lengua como intérprete del pensamiento, para que pudiese proclamar la majestad de su Señor.»

Además, San Ambrosio, en la carta 38 ya citada, enseña que el hombre fue creado en último lugar, para que tuviese sujetas a él todas las riquezas del mundo — todas las aves, los animales terrestres, incluso los peces, etc. — y fuese como rey de los elementos, y por medio de éstos ascendiese como por gradas al palacio real del cielo. Y luego concluye elegantemente: «Con razón, pues, fue el último, como la suma de toda la obra, como la causa del mundo, para quien todas las cosas fueron hechas, como el habitante de todos los elementos: vive entre las fieras, nada con los peces, vuela sobre las aves, conversa con los ángeles; habita en la tierra y sirve en el cielo; surca el mar, se alimenta del aire; cultivador del suelo, viajero de lo profundo, pescador en las olas, cazador de aves en el aire, heredero en el cielo, coheredero de Cristo.»

«Hombre.» — «Hombre» aquí no es la idea de un hombre abstracto y universal, que sería la causa y ejemplar de todos los hombres individuales, como quiso Filón siguiendo a Platón. Tampoco «hombre» aquí es el alma del hombre, como si dijera: «Adornemos el alma del hombre con Nuestra imagen, a saber, con la gracia», como explican San Basilio y Ambrosio. Sino que «hombre» es el mismo Adán, el primer hombre y padre de todos los demás, como es claro por lo dicho: pues en Adán, y por Adán, Dios hizo y creó a todos los demás hombres.

«Ad imaginem et similitudinem» — Imagen de Dios en el hombre. A NUESTRA IMAGEN Y SEMEJANZA. — Se preguntará: ¿en qué consiste esta imagen de Dios, expresada en el hombre? Los Antropomorfitas, cuyo autor fue Audeo (de ahí que sean llamados Audeanos), pensaron que el hombre es imagen de Dios según el cuerpo, y por tanto que Dios es corpóreo; pero esto es herejía.

Segundo, Oleaster y Eugubino en la Cosmopoeia piensan que Dios aquí asumió una forma humana para crear al hombre a su semejanza; pero esto es igualmente débil y novedoso.

Nótese primero, que «imagen» aquí se toma como «ejemplar», como si dijera: Hagamos al hombre conforme a Nuestro modelo, para que como imagen nos refleje y represente a Nosotros, como su ejemplar. Esta imagen no es el Verbo divino, o el Hijo, que es la imagen del Padre, como algunos explican; sino que es la misma esencia divina, Dios mismo uno y trino: pues el hombre fue hecho a imagen de ésta. Por tanto, lo que Ruperto entiende por «imagen» como el Hijo, y por «semejanza» como el Espíritu Santo, es místico. Sin embargo, en segundo lugar, «imagen» puede propiamente tomarse aquí como un hebraísmo, como si dijera: Hagamos al hombre a Nuestra imagen, esto es, para que sea imagen de Nosotros, como de su ejemplar.

¿Se distinguen aquí imagen y semejanza? Nótese en segundo lugar, muchos distinguen aquí «imagen» de «semejanza», a saber, de modo que «imagen» pertenezca a la naturaleza, y «semejanza» a las virtudes. Así San Basilio, Homilía 10 sobre el Hexamerón: «Por la imagen impresa en mi alma, obtuve el uso de la razón; mas habiéndome hecho cristiano, soy hecho verdaderamente semejante a Dios.» San Jerónimo, sobre Ezequiel capítulo 28, «Tú eres el sello de la semejanza», dice: «Y debe notarse que la imagen fue hecha solamente en la creación, mientras que la semejanza se completa en el bautismo.» Y San Crisóstomo, Homilía 9 sobre el Génesis: «Dijo 'imagen' por razón del dominio; 'semejanza', para que por las fuerzas humanas nos hagamos semejantes a Dios en mansedumbre, dulzura, etc., lo cual también dice Cristo: 'Sed semejantes a vuestro Padre que está en los cielos.'» Lo mismo enseña San Agustín, libro Contra Adimanto, capítulo 5; Eucherio, libro I sobre el Génesis; Damasceno, libro II De la Fe, capítulo 12; San Bernardo, Sermón 1 De la Anunciación, donde también añade: «La imagen ciertamente puede ser quemada en el infierno, pero no consumida; puede arder, pero no ser destruida. No así la semejanza; sino que o permanece en el bien, o si el alma peca, es miserablemente cambiada, hecha semejante a las bestias insensatas.» Así pues, por el pecado, la semejanza de Dios en el hombre perece, pero no la imagen.

Pero digo que no se distinguen, y que es una hendíadis, como si dijera: «A la imagen y semejanza», esto es, «a la imagen de semejanza», como se encuentra en Sabiduría capítulo 2, versículo 24, esto es, «a una imagen semejante» o «una imagen muy semejante». De ahí que la Escritura usa estos términos indistintamente — ora uno, ora otro, ora ambos.

El hombre es sombra de Dios. Nótese en tercer lugar, por «imagen» el hebreo es tselem, que significa una sombra, o un esbozo sombrío de una cosa. Pues la raíz tsalal significa proyectar sombra, de donde tsel significa sombra, y tselem, una imagen sombreada. Pues así como la sombra es del cuerpo, así la imagen es una especie de esbozo sombrío de su prototipo. Sugiere, pues, tselem que el hombre en relación con Dios es meramente una sombra, o una imagen sombreada. Pues Dios tiene una esencia sólida y constante; pero el hombre una sombreada y fugaz: y esto es lo que se dice en el Salmo 38: «Toda vanidad es todo hombre viviente; ciertamente el hombre pasa como una imagen» (hebreo: betselem, en una sombra, esto es, como una sombra).

Nótese en cuarto lugar, el hombre no es imagen de Dios en cuanto Dios es, esto es, en cuanto a los atributos propios de Dios (pues el hombre no es omnipotente, inmenso, eterno u omnisciente, como Dios lo es), sino solamente en cuanto a los atributos comunes, que Él comunica a las criaturas intelectuales.

Nótese en quinto lugar, esta imagen de Dios no está sólo en el varón, como sostiene Teodoreto, sino también en el ángel y en la mujer, como enseña extensamente San Agustín en el libro XII de La Trinidad, capítulo 7, y Basilio aquí en la Homilía 10, explicando aquellas palabras de Génesis 1: «Varón y mujer los creó.»

La imagen de Dios está situada en la mente del hombre. Digo primero: esta imagen de Dios está situada en la mente del hombre, esto es, en el hecho de que el hombre ocupa el grado más alto de las cosas, en el cual están Dios y el ángel, a saber, que el hombre es de naturaleza intelectual y es un animal racional. Pues por la razón, la mente y el intelecto, el hombre refleja máximamente a Dios y es el más semejante a Él por encima de todas las demás criaturas. De esta naturaleza racional se siguen seis dotes y propiedades eminentes del hombre, en una u otra de las cuales los Padres colocan diversamente esta imagen de Dios, esto es, parcial e incompletamente.

Las seis dotes eminentes del hombre en las cuales el hombre es imagen de Dios. La primera es que el alma del hombre es incorpórea e indivisa, como lo es Dios mismo: en ésta coloca San Agustín la imagen de Dios. La segunda es que es eterna e inmortal: en ésta la coloca Orígenes. La tercera es que está dotada de intelecto, voluntad y memoria: en ésta la coloca el Damasceno. La cuarta, que posee libre albedrío: en ésta la coloca San Ambrosio. La quinta, que es capaz de sabiduría, virtud, gracia, bienaventuranza, visión de Dios y de todo bien: de ahí que el Niseno coloca la imagen de Dios en esta capacidad. La sexta, que preside y gobierna a todos los animales con su poder: en ésta la coloca San Basilio.

Añádase en séptimo lugar, así como en Dios todas las cosas son y están contenidas eminentemente, así también todas las cosas están en el hombre eminentemente, como dije al principio de este versículo. Además, el hombre al entender se hace, por así decirlo, todas las cosas, como dice Aristóteles, porque se forma en su imaginación y mente las imágenes y semejanzas de todas las cosas.

Cuatro otras propiedades y excelencias del hombre. Octavo, de aquí el hombre es, por así decirlo, omnipotente como Dios; porque puede formar y comprender muchas cosas por el arte, y todas las cosas por su mente. Además, el hombre es el fin de todas las cosas creadas, así como Dios es el fin de las mismas. Noveno, así como el alma gobierna el cuerpo y está toda en el todo y toda en cada parte de él, así también Dios está todo en el mundo entero y todo en cada parte del mundo. Décimo y de modo más perfecto, así como Dios Padre, conociéndose a Sí mismo por el intelecto, produce el Verbo, esto es, al Hijo, y amándolo produce al Espíritu Santo: así el hombre, entendiéndose a sí mismo, produce en su mente un verbo inteligible, expresivo de sí mismo y semejante a sí mismo, y de éste procede el amor en su voluntad: pues así el hombre representa claramente a la Santísima Trinidad. Así San Agustín, libro X de La Trinidad, capítulo 10, y libro XIV, capítulo 11.

La imagen natural de Dios no pudo perderse por el pecado. Esta imagen de Dios en el hombre es, por tanto, natural, y no pudo perderse por el pecado; pues está impresa íntima e indeleblemente en la naturaleza misma, de modo que no puede perderse a menos que se pierda también la naturaleza. Así, contra Orígenes, enseña San Agustín en el libro II de las Retractaciones, capítulo 24. Impía, pues, y necia es la opinión de Matías Flacio Ilírico el luterano, que dice que la imagen de Dios en el hombre fue tan corrompida por el pecado que el hombre fue sustancialmente transformado en una imagen viva y sustancial del diablo — pues esto, dice él, es el mismo pecado original.

De la imagen sobrenatural de Dios en el hombre. Digo segundo: hay también otra imagen de Dios en el hombre, a saber, una sobrenatural, que está situada en la gracia y la justificación del hombre, por la cual éste se hace partícipe de la naturaleza divina, y que será confirmada y perfeccionada en la gloria y la vida eterna. «Pues la gracia es el alma del alma», dice San Agustín. Esta imagen depende de la voluntad del hombre, y cuando éste peca se pierde, pero es reparada y reformada por la gracia y la justificación. De ahí el Apóstol en Efesios capítulo 4, versículo 23: «Renovaos, dice, en el espíritu de vuestra mente, y vestíos del hombre nuevo que fue creado según Dios en justicia y santidad de verdad.»

La justicia original de Adán. Nótese aquí que a Adán, en el primer instante de su creación, junto con la gracia, le fueron simultáneamente infundidas todas las virtudes teologales y morales; asimismo le fue dada la justicia original, la cual, además de los hábitos de las virtudes ya mencionadas, era la asistencia constante y el auxilio sostenedor de Dios, por el cual todos los movimientos desordenados del apetito, esto es, de la concupiscencia, que preceden a la razón, eran impedidos; y el apetito estaba sujeto a la razón, y la razón a Dios en todas las cosas; y así el hombre gozaba en todas las cosas de paz interior, rectitud y santidad. Y Adán, si no hubiera pecado, habría transmitido esta justicia e integridad a sus descendientes. Sobre la justicia original, véase Molina, Pererio, Aretino y otros.

Digo tercero, en el cuerpo del hombre no está propiamente la imagen de Dios, pero sin embargo en él reluce de cierto modo y resplandece, porque el cuerpo del hombre es la imagen de la mente: pues la estatura erguida y el rostro elevado hacia el cielo indican un alma que rige el cuerpo, nacida de origen celeste, semejante a Dios, capaz de eternidad y divinidad, que debe mirar y buscar las cosas de arriba. «Pues si el vidrio tiene tal valor, ¿cuánto más la perla?» Si tal es el cuerpo, ¿cómo debe ser el alma? Así San Agustín, libro VI Del Génesis a la letra, capítulo 12, y Bernardo, Sermón 24 sobre el Cantar de los Cantares. Por la estatura erguida, pues, es amonestado el hombre de que no debe buscar las cosas terrenas, como hacen las bestias, cuyo todo placer viene de la tierra: de ahí que todas las bestias están inclinadas y postradas hacia el vientre; de ahí el Poeta:

«Y mientras los demás animales miran inclinados hacia la tierra,
Dio al hombre un rostro elevado, y le mandó contemplar
El cielo, y alzar sus ojos erguidos hacia las estrellas.»

Para el cielo, pues, nacimos; para el cielo fuimos creados: éste es nuestro fin, ésta nuestra meta. Si nos desviamos de ésta, en vano somos hombres, en vano hemos mirado al cielo y al sol; mejor habría sido ser bestias o piedras. Pero si lo alcanzamos — ¡tres y cuatro veces bienaventurados! Sea esto, pues, para nosotros, como para San Bernardo, un perpetuo estímulo a la vida pura y santa: Bernardo, dime ¿por qué estás aquí? ¿Por qué miras al cielo? ¿Por qué has recibido un alma racional e inmortal?

En las demás criaturas hay un cierto vestigio de Dios. Digo cuarto, en las demás criaturas no hay imagen, sino una especie de vestigio, por así decirlo, de Dios, que representa a Dios como el efecto representa a su causa. Pues a quien considera su naturaleza, acción, disposición, determinación, y la admirable asociación y orden de todas las cosas entre sí, le es claro que fueron creadas y son conservadas por la razón y sabiduría divinas.

Moral: se da la razón por la cual el hombre lleva la imagen de Dios. Moralmente, Dios quiso que todas las cosas fueran del hombre, pero el hombre fuese de Dios, como su posesión especial, y por ello lo selló con el sello de Su imagen — y ése uno tenacísimo e indeleble — para que el hombre, mirándose a sí mismo, reconozca a Dios su Creador como en una imagen. Pues el hombre lleva la imagen de Dios: primero, como hijo de su padre, a quien debe amor y piedad; segundo, como siervo de su señor, a quien debe temer y reverenciar; tercero, como soldado de su capitán y general, a quien debe rendir fidelidad y obediencia; cuarto y finalmente, como administrador y dispensador de los bienes de su amo y señor, a quien debe rendir un recto uso de las criaturas encomendadas a su administración, para la eterna alabanza y gloria del Señor su Dios. En fin, si es crimen de lesa majestad violar la imagen de un rey, ¿de qué clase será el crimen de mancillar y contaminar con el pecado la imagen de Dios plantada en uno mismo?

«Et praesit» — El dominio del hombre. Y DOMINE. — En hebreo veiirdu, esto es, «y dominen» o «tengan dominio», a saber, tanto Adán como Eva y sus descendientes. El hombre es, pues, un animal nacido para mandar.

Óigase a San Basilio en la Homilía 10 sobre el Hexamerón: «Eres, pues, oh hombre, un animal nacido para el dominio. ¿Por qué te sometes a esta miserable esclavitud de las pasiones? ¿Por qué te entregas al pecado como un vil esclavo? ¿Por qué por tu propia voluntad te haces siervo y cautivo del diablo? Dios te mandó ocupar el primer lugar entre las criaturas; y he aquí que sacudes y rechazas la dignidad de tan gran soberanía.»

Qué clase de dominio tenía el hombre en el estado de inocencia sobre las criaturas. Nótese primero: En el estado de inocencia, el hombre tenía perfecto dominio sobre todos los animales, y esto en parte por la ciencia y prudencia natural, por la cual sabía cómo debía ser domado, domesticado y tratado cada uno; en parte por la especial providencia de Dios. Pues era conveniente que, mientras la carne del hombre estuviese sujeta al espíritu y el espíritu a Dios, los animales también obedeciesen al hombre como a su señor. Además, este dominio es señal de la gran dignidad del hombre. Óigase a San Ambrosio al comienzo del libro VI del Hexamerón: «Parecía que la naturaleza no tenía nada más alto o más fuerte que los elefantes, nada más terrible que el león, nada más feroz que el tigre: sin embargo éstos sirven al hombre, y por la instrucción humana deponen su naturaleza; olvidan lo que nacieron siendo; asumen lo que se les manda. En suma, son enseñados como niños, sirven como criados, son ayudados como débiles, golpeados como tímidos, corregidos como súbditos: pasan a nuestras costumbres, puesto que han perdido sus propios instintos.»

Adviértase: En el estado de inocencia, la obediencia de los animales habría sido, por así decirlo, política: pues habrían necesitado percibir el mandato del hombre por algún sentido, para obedecerle. Finalmente, el hombre habría tenido entonces también dominio sobre el hombre, pero no por dominio servil, sino por dominio civil, como el que existe entre los ángeles. Así San Agustín, libro XIX de La Ciudad de Dios, capítulo 14.

¿Cómo existe ahora el dominio de la naturaleza? Nótese en segundo lugar: Este dominio permaneció en el hombre después del pecado, como es claro por Génesis 9, 1; de ahí que por ley natural a todo hombre le es lícita la caza de animales salvajes, así como la pesca. Pero por el pecado este dominio fue grandemente disminuido, especialmente respecto de los animales más remotos, a saber, los mayores, como los leones, y los más pequeños y más viles, como los mosquitos, las pulgas, etc. Sin embargo, algunos hombres santísimos recuperaron aquel dominio, los que se acercaron lo más posible a la inocencia original; como Noé sobre todos los animales del arca, Eliseo sobre los osos, Daniel sobre los leones, Pablo sobre la víbora, y San Francisco sobre los peces y las aves a los que predicaba — obtuvo dominio sobre ellos.

Tropológicamente, el hombre domina sobre los peces cuando domina la gula y la lujuria; sobre las aves, cuando domina la ambición; sobre los reptiles, cuando domina la avaricia; sobre las fieras, cuando domina la ira. Así dicen Orígenes, Crisóstomo y Eucherio.


Versículo 27: Varón y Mujer los Creó

A IMAGEN DE DIOS LO CREÓ. — «De Dios», esto es, de Cristo, que es Dios: pues el hombre fue creado especialmente a imagen de Cristo. Pues esto es lo que se dice en Romanos 8: «A los que de antemano conoció, los predestinó también a ser conformes a la imagen del Hijo.» Pero la imagen de Cristo pertenece a la gracia y gloria sobrenatural; aquí, sin embargo, se trata primariamente de la imagen natural. Es, por tanto, una enálage de persona, frecuente entre los hebreos. Pues Dios habla de Sí mismo como de otro, en tercera persona.

27. VARÓN Y MUJER LOS CREÓ. — De aquí, un cierto innovador en Francia afirmó recientemente de modo inepto que Adán fue creado hermafrodita y era tanto mujer como varón. Así también Platón en el Banquete sostuvo que los primeros humanos eran andróginos. Pero esto se dice neciamente: pues la Escritura no dice «lo creó» sino «los», a saber, a Adán y a Eva — esto es, creó a Adán como varón y a Eva como mujer. De donde es claro que esto se dice por anticipación. Pues Moisés aún no había descrito la creación de Eva, aunque ella fue hecha en este mismo sexto día; pues la reserva para el capítulo 2, versículo 22. Igualmente necio es lo que algunos hebreos y Francisco Georgio (vol. I, prob. 29) relatan, a saber, que Adán y Eva fueron creados por Dios de tal manera que se adherían el uno al otro por los costados y eran como uno solo, pero que Dios después los separó el uno del otro; pues esto contradice el capítulo 2, versículo 18, como mostraré allí.


Versículo 28: Creced y Multiplicaos

28. CRECED Y MULTIPLICAOS. — De estas palabras es claro que Adán y Eva fueron creados en edad y estatura madura, y aptos para la generación, a saber, en la juventud o la edad viril. Los herejes pretenden que aquí Dios manda a cada persona individual procrear y usar el matrimonio. Pero si así fuera, entonces tendrían que convencer a Cristo el Señor (para no hablar de otros hombres santísimos) como el primer violador de esta ley. Y en verdad, si hay algún precepto aquí, se da no a las personas individuales, sino a toda la especie, esto es, a todos los hombres en común, para que no permitan que la especie humana se extinga. Así dice Santo Tomás. Pero digo que aquí no hay precepto alguno. Pues Dios dijo lo mismo a los peces en el versículo 22, a los cuales ciertamente no impuso ley alguna. Aquí, pues, Dios simplemente bendice al hombre, como es claro por sus mismas palabras; esto es, aprueba el uso del matrimonio entre los humanos, y les otorga el poder y la fecundidad para que por la unión del varón y la mujer, como los demás animales, engendren a su semejante, y así se conserven y propaguen a sí mismos y a su especie. Así dicen San Crisóstomo, Ruperto y Agustín (libro 21, De la Ciudad de Dios, cap. 22), Pererio, Oleaster, Vatablo y otros.

El nombre Adán contiene las cuatro regiones del mundo. Y LLENAD LA TIERRA. — Como símbolo de esto, dice San Agustín (Tratado 9 sobre Juan), las cuatro regiones del mundo están contenidas en el nombre Adán en griego por sus letras iniciales. Pues Adán, si se expanden las iniciales, es lo mismo que anatolé, dysis, arktos, mesembría, esto es, Oriente, Occidente, Norte, Sur; para significar que de Adán habrían de nacer hombres que habitarían y llenarían las cuatro partes del mundo.

Sometedla — habiendo expulsado o domado a todas las fieras, habitadla y cultivadla, y alimentaos y gozad de su belleza y frutos.

«Dominad.» — El hebreo redu es ambiguo. Pues si se deriva de rada, significa «dominad»; pero si de yarad, significa «descended», como si dijera: Si obedecéis mi precepto, dominaréis sobre todos los animales; si no, caeréis de vuestro dominio, como lamenta el Salmista en el Salmo 48, 15. Así dice Delrío. Pero este sentido es más sutil que sólido; pues es claro que aquí sólo se trata de la bendición y el dominio del hombre. Por tanto, redu aquí es lo mismo que «dominad».


Versículo 29: He Aquí que Os He Dado Toda Hierba para Alimento

29. HE AQUÍ QUE OS HE DADO TODA HIERBA PARA ALIMENTO. — «Os he dado», esto es, «os doy»: pues los hebreos usan el pretérito por el presente, del que carecen. De ahí la opinión más común de los Padres y Doctores es que los hombres hasta el diluvio fueron tan frugales en su alimento que comían hierbas y frutos, pero se abstenían de la carne e igualmente del vino; y esto no por algún precepto de Dios, sino por un cierto escrúpulo religioso nacido del hecho de que Dios aún no había concedido expresa y explícitamente el uso de la carne y del vino, como es claro por Génesis 9, versículos 3 y 21. He aquí que esta sencilla frugalidad de los padres no disminuyó su vida sino que la aumentó, pues vivieron entonces hasta 900 años. Bellamente habla Boecio de esta antigua frugalidad (libro 2, De la Consolación de la Filosofía, metro 5):

Demasiado feliz era la edad primera,
Contenta con los fieles campos,
Ni perdida en ociosa molicie,
Que solía romper sus tardíos ayunos
Con bellotas fácilmente recogidas.

Y Ovidio, en el libro 1 de las Metamorfosis, canta así de los antiguos padres:

«Recogían fresas,
Y cornos, y moras adheridas a las espinosas zarzas,
Y bellotas caídas del ancho árbol de Júpiter.»

Diré más sobre esta materia en el capítulo 9, versículos 3 y 2.


Versículo 31: Y Vio Dios Todas las Cosas que Había Hecho, y Eran Muy Buenas

Por qué no se dice del hombre: «Y vio Dios que era bueno.» Se puede preguntar: ¿Por qué, cuando después de cada obra individual de la creación se dice: «Y vio Dios que era bueno», esto se omite después de la creación del hombre? Respondo: La primera razón es que en el hombre se completa la creación de las cosas; una vez terminada y perfeccionada aquella creación, Moisés, en una declaración comprehensiva que abarca todas las cosas, dice: «Y vio Dios todas las cosas que había hecho, y eran muy buenas.» Esta declaración comprehensiva se aplica especialmente al hombre, tanto porque Moisés había descrito su creación más extensamente que las demás inmediatamente antes, como porque el hombre es el fin, la síntesis, el nudo y el centro de todas las criaturas: pues todas las cosas fueron creadas por el hombre, y el hombre es el señor, partícipe, nexo y vínculo de toda criatura. Por tanto, para que Moisés no repitiese inmediatamente lo mismo dos veces, omitió lo primero y lo entendió en lo segundo, para significar que todas las cosas en el hombre y por el hombre, así como fueron creadas, son también buenas del buen Creador del hombre. Así dice Pererio.

Añade también que por esta razón se añade aquí la palabra «muy», que se omite en las demás obras, porque el bien del hombre supera los bienes de los demás, especialmente porque por el hombre, a saber, Jesucristo, todas las criaturas habían de ser deificadas: pues una vez deificada la humanidad de Cristo, también todas las criaturas, que están contenidas en Él, fueron maravillosamente deificadas.

San Agustín da otras dos razones en el libro 3 Del Génesis a la letra, capítulo 24. La segunda: Porque, dice, el hombre aún no era perfecto, pues aún no había sido colocado en el paraíso; o porque, después de que fue colocado allí, la misma expresión fue igualmente omitida. Añade la tercera: porque Dios preveía que el hombre pecaría y no permanecería en la perfección de Su imagen — como si dijera: No quiso llamar bueno por naturaleza a aquel que preveía que sería malo por su propia culpa.

San Ambrosio da la cuarta razón en su libro Del Paraíso, capítulo 10: Dios, dice, no quiso decir de Adán solo, antes de la formación de Eva, «que era bueno», para no parecer contradecirse a Sí mismo; pues en el capítulo 2, versículo 18, dice: «No es bueno que el hombre esté solo; hagámosle una ayuda semejante a él.» Por tanto, como el bien del género humano, a saber, la fecundidad y la propagación, dependía de Eva, Dios no quiso antes de su formación decir de Adán solo «que era bueno». «Pues prefirió,» dice, «que hubiera muchos a quienes pudiera salvar y a quienes pudiera perdonar el pecado, antes que un solo Adán que estuviera libre de culpa.»

La quinta razón es moral, a saber, para significar que el hombre posee libre albedrío, del cual carecen las demás criaturas; de ahí que éstas tengan sólo la bondad de ser, o bondad natural. Pero el hombre, porque es libre, tiene la mayor bondad de la virtud, o bondad moral. Por tanto, para indicar que la bondad moral del hombre, que es la principal, depende del uso de su libre albedrío, Dios no quiso decir de él de antemano que era bueno. Esta razón la asignan San Agustín, San Ambrosio y otros.

31. Y VIO DIOS TODAS LAS COSAS QUE HABÍA HECHO, Y ERAN MUY BUENAS. — San Agustín, libro 1, Del Génesis contra los Maniqueos, capítulo 21: «Cuando trataba de las cosas individuales, dice, sólo decía: 'Vio Dios que era bueno'; pero cuando se dijo de todas las cosas juntas, no bastó decir 'Buenas' si no se añadía también 'muy'. Pues si las obras individuales de Dios, cuando son consideradas por los sabios, se hallan que tienen laudables medidas, números y órdenes, cada una constituida en su propio género, ¿cuánto más lo es de todas las cosas juntas, esto es, del universo mismo, que se completa con todas estas cosas individuales reunidas en una? Pues toda belleza que consta de partes es mucho más laudable en el todo que en la parte.» Y poco después: «Tal es la fuerza y el poder de la integridad y la unidad, que las cosas que son buenas agradan especialmente cuando convergen y concurren en algún todo universal. Y la palabra 'universo' (universum) toma su nombre de 'unidad' (unitas).»

Nueve razones de la belleza del mundo.

Nótese: Admirable es la belleza del mundo y de las cosas creadas.

Primera, por la variedad de las cosas. Por la variedad de las cosas; pues unas son incorpóreas, como los ángeles, que están distribuidos en varias especies, jerarquías y coros, y son muy muchos y casi innumerables; otras son corpóreas. A su vez, de estas últimas, unas son incorruptibles, como los cielos y las estrellas; otras corruptibles, y éstas son dobles, a saber, inanimadas y animadas. Entre las animadas, unas son plantas, otras animales, y otras más son en parte corpóreas y en parte incorpóreas, como los humanos. Y cuán grande es la variedad entre los humanos en forma y semblante, en marcha, voz, ingenio, lengua, ocupaciones, artes, costumbres, leyes, instituciones y religiones.

Segunda, por el orden de las cosas. Por el orden de todas las cosas y su disposición más apta: pues las cosas más nobles ocupan el lugar más alto en el mundo, las menos nobles el más bajo, las intermedias el medio, y las últimas son movidas, conservadas y gobernadas por las superiores.

Tercera, por la universalidad de las cosas. Por la plenitud y universalidad de las cosas: pues en el mundo todas las cosas existen de triple manera. Primero, según los grados generales de las cosas, que son cuatro: ser, vivir, sentir y entender. Segundo, según todos los géneros de cada uno de estos grados y sus especies subordinadas. Tercero, que nada existe en ningún lugar, y nada ha sido hecho por Dios, que no esté contenido en el mundo y pertenezca a él.

Cuarta, por la conexión de las cosas. Por la estrecha y admirable conexión de todas las partes entre sí, no sólo en cantidad, de modo que nada en ningún lugar esté vacío o hueco, sino también en la serie y textura de las especies naturales, a saber, que no haya interrupción, y que cada parte esté vinculada y enlazada por todos sus lados de modo aptísimo y amistosísimo con sus partes vecinas.

Quinta, por la antipatía y simpatía de las cosas. Por la discordante concordia de las cosas entre sí, y por sus simpatías y antipatías. Tal antipatía existe entre la vid y la col, entre la oveja y el lobo, el gato y el ratón, e innumerables otras cosas. Simpatía existe entre el imán y el hierro, entre las plantas macho y hembra, entre varios metales, entre líquidos, y entre animales.

Sexta, por la proporción de las cosas. Por la admirable proporción de todas las cosas tanto entre sí como con el mundo entero: pues esta proporción es semejante a la proporción y belleza del cuerpo humano, que surge de la armoniosa composición de todos sus miembros; de modo que así como el hombre es un mundo pequeño, así el mundo es un cierto hombre grande.

Séptima, por la excelente administración del mundo. Por la divina y excelentísima administración del mundo. Primero, porque Dios sapientísima y generosísimamente proveyó a cada cosa, aun la más vil, de todo lo que era necesario u oportuno para mantener su vida y alcanzar su fin. Segundo, porque dirige cada cosa, aun las carentes de razón y sentido, hacia su fin, y bajo Su guía llegan a su fin tal como si conociesen e intencionasen sus acciones y fines, como es claramente evidente en las aves cuando construyen nidos, en el movimiento del sol, los cielos, los vientos, etc. Tercero, porque tempera tan igualmente todas las cosas individuales que, al quebrantar mutuamente sus fuerzas y corromperse unas a otras, no son destrucción del mundo y de sí mismas, sino salvación y ornamento. Cuarto, porque las cosas individuales prefieren el bien público al privado, como cuando un cuerpo pesado asciende hacia arriba para impedir el vacío. Por lo cual San Agustín, Epístola 28, citando aquel pasaje de Isaías 40 según los Setenta — «El que saca por número» o numerosamente «el mundo» — enseña que el mundo es una música suavísima de Dios Compositor, que, compuesta de cosas variadas y contrarias como sonidos y tonos opuestos, produce una admirable armonía y concordia. El mismo Agustín, libro 11 de La Ciudad de Dios, capítulo 18, dice que en este mundo Dios hizo cosas tan diversas «para,» dice, «adornar el orden de los siglos como un hermosísimo poema, con ciertas antítesis, por así decirlo.»

Octava, porque todas las cosas sirven al hombre. Porque todas las cosas en el mundo están ordenadas para la utilidad del hombre: pues unas pertenecen a las necesidades y conveniencias de la vida humana; otras a los diversos deleites de los hombres; otras son remedios de enfermedades y salvaguardas de la salud; muchas son puestas como ejemplos para la imitación; todas contribuyen al conocimiento de las cosas, y especialmente a concebir el conocimiento, amor y religión hacia Dios.

Novena, porque los males se ordenan al bien. Porque Dios ordena todos los males en el mundo hacia el bien: pues ordena los males de pena para castigar los males de culpa. Los males de culpa son absolutamente malos y pecaminosos; sin embargo, es tan grande la bondad, sabiduría y poder de Dios que los ordena hacia el bien, ya de Su clemencia y misericordia, perdonándolos, ya de Su justicia y venganza, castigándolos con penas presentes y eternas. Así dice Pererio.

Aptamente, pues, San Bernardo, Sermón 3 De Pentecostés: «Tres cosas, dice, debemos considerar en la gran obra de este mundo, a saber, qué es, cómo es, y para qué fue establecido. Y en el mismo ser de las cosas, se encomienda un poder inestimable, en que tantas, tan grandes, tan múltiples, tan magníficas cosas han sido creadas. Ciertamente en el mismo modo, resplandece una sabiduría singular, en que unas cosas están colocadas arriba, otras abajo, otras en el medio, de modo ordenadísimo. Pero si meditas para qué fue hecho, aparece una benignidad tan útil, una utilidad tan benigna, que podría abrumar aun a los más ingratos con la multitud y magnitud de sus beneficios. Poderosísimamente de la nada, sapientísimamente bellas, benignísimamente útiles fueron creadas todas las cosas.» Y San Agustín en las Sentencias, n.º 141: «Tres cosas especialmente nos fue necesario que se nos dijesen sobre la condición de la creación: quién la hizo, por medio de qué la hizo, por qué la hizo. Dijo Dios: 'Hágase la luz', y la luz fue hecha, y vio Dios la luz que era buena. Ningún autor es más excelente que Dios, ningún arte más eficaz que la palabra de Dios, ninguna causa mejor que la de que lo bueno sea creado por el Bueno.» Y Sentencia 440: «Dios no crearía ángel ni hombre alguno del que preconociese que habría de ser malo, si igualmente no conociese a qué usos de bien los encomendaría, y en el orden de los siglos, como en un hermosísimo poema, lo adornaría con ciertas bellísimas antítesis.» Éste es el poema, éste el libro del mundo.

Por lo cual, cuando alguien preguntó a San Antonio cómo podía vivir en el desierto sin libros, respondió: «Mi libro, oh Filósofo, es la naturaleza de las cosas creadas por Dios, la cual, siempre que me place, me proporciona los libros del mismo Dios para leer.» Así lo refiere Sócrates, libro 4 de la Historia, capítulo 18.

Finalmente, Filón, en su libro De la Plantación de Noé, cerca del final, enseña que nada falta a las obras de Dios sino un justo evaluador y panegirista. «Hay, dice, una historia transmitida por hombres sabios a la posteridad: es la siguiente. Una vez, cuando el Creador estaba completando el mundo entero, preguntó a un cierto profeta si deseaba algo aún no creado, ya en la tierra, en el agua, en el aire o en el cielo. Respondió él que ciertamente todas las cosas eran perfectas y plenamente completas, pero que requería una sola cosa: un alabador de estas obras, que en todas las cosas, aun lo que parece más pequeño y más oscuro, no tanto alabase cuanto narrase. Pues la misma narración de las obras de Dios es la alabanza más suficiente, que no necesita adición alguna.»

Finalmente, San Basilio, Homilía 4 sobre el Hexamerón: «Toda esta mole del mundo, dice, es como un libro escrito con letras, que abiertamente testifica y proclama la gloria de Dios, y abundantemente declara a ti, criatura intelectual, Su augustísima majestad, por lo demás oculta e invisible. Pues los cielos declaran la gloria de Dios, y el firmamento anuncia las obras de Sus manos» (Salmo 18, versículo 1).