Cornelius a Lapide
Índice
Sinopsis del Capítulo
Se describen el descanso de Dios en el sábado y la santificación del sábado. En segundo lugar, en el versículo 8, la plantación del paraíso y sus cuatro ríos. En tercer lugar, en el versículo 18, la formación de Eva de la costilla de Adán. En cuarto lugar, en el versículo 23, la institución del matrimonio en Adán y Eva.
Texto de la Vulgata: Génesis 2:1-25
1. Fueron, pues, acabados los cielos y la tierra, y todo su ornato. 2. Y completó Dios en el día séptimo la obra que había hecho, y descansó el día séptimo de toda la obra que había realizado. 3. Y bendijo el día séptimo, y lo santificó: porque en él había cesado de toda su obra, que Dios creó para hacer. 4. Estas son las generaciones del cielo y de la tierra, cuando fueron creados, en el día en que el Señor Dios hizo el cielo y la tierra: 5. y toda planta del campo antes que naciese en la tierra, y toda hierba de la región antes que germinase; porque el Señor Dios no había hecho llover sobre la tierra, y no había hombre que labrase la tierra. 6. Mas una fuente brotaba de la tierra, regando toda la superficie de la tierra. 7. Y formó el Señor Dios al hombre del lodo de la tierra, e inspiró en su rostro el soplo de vida, y fue hecho el hombre alma viviente. 8. Y había plantado el Señor Dios un paraíso de deleite desde el principio, en el cual puso al hombre que había formado. 9. Y produjo el Señor Dios de la tierra todo género de árboles, hermosos a la vista y agradables para comer: también el árbol de la vida en medio del paraíso, y el árbol de la ciencia del bien y del mal. 10. Y un río salía del lugar de deleite para regar el paraíso, el cual desde allí se divide en cuatro brazos. 11. El nombre del primero es Fisón: este es el que rodea toda la tierra de Hevilat, donde nace el oro: 12. y el oro de aquella tierra es muy bueno; allí se encuentra el bedelio y la piedra de ónice. 13. Y el nombre del segundo río es Guijón: este es el que rodea toda la tierra de Etiopía. 14. Y el nombre del tercer río es Tigris: este pasa junto a los asirios. Y el cuarto río es el Éufrates. 15. Tomó, pues, el Señor Dios al hombre, y lo puso en el paraíso de deleite, para que lo labrase y lo guardase. 16. Y le mandó, diciendo: De todo árbol del paraíso comerás: 17. mas del árbol de la ciencia del bien y del mal no comerás: porque en cualquier día que comieres de él, morirás de muerte. 18. Y dijo el Señor Dios: No es bueno que el hombre esté solo: hagámosle una ayuda semejante a él. 19. Habiendo, pues, el Señor Dios formado de la tierra todos los animales terrestres y todas las aves del cielo, los trajo ante Adán para ver cómo los llamaría: porque todo lo que Adán llamó a cada alma viviente, ese es su nombre. 20. Y llamó Adán por sus nombres a todos los animales, y a todas las aves del cielo, y a todas las bestias de la tierra; mas para Adán no se hallaba ayuda semejante a él. 21. Envió, pues, el Señor Dios un profundo sueño sobre Adán: y habiéndose dormido, tomó una de sus costillas, y llenó de carne su lugar. 22. Y edificó el Señor Dios la costilla que había tomado de Adán en mujer; y la trajo ante Adán. 23. Y dijo Adán: Esto es ahora hueso de mis huesos, y carne de mi carne: esta se llamará varona, porque del varón fue tomada. 24. Por tanto dejará el hombre a su padre y a su madre, y se unirá a su mujer: y serán los dos en una sola carne. 25. Y estaban ambos desnudos, Adán y su mujer, y no se avergonzaban.
Este capítulo contiene una recapitulación: pues la formación del paraíso tuvo lugar en el tercer día; y la creación de Eva y la institución del matrimonio tuvieron lugar antes del sábado, en el sexto día, es decir, el viernes, en el cual Adán fue creado. Moisés, pues, explica y narra aquí más ampliamente estas cosas y otras materias que había tocado brevemente en el capítulo 1.
Versículo 1: Fue Completado Todo el Ornato del Cielo y de la Tierra
1. TODO EL ORNATO — es decir, las estrellas y también los ángeles, que adornan el cielo, así como las aves adornan el aire, los peces el mar, y las plantas y los animales la tierra. Pues por «ornato» (ornatus), en hebreo es tsabá, es decir, ejército, línea de batalla, milicia, poder, adorno; pues nada hay más ornado que una línea de batalla bien ordenada. De ahí que Dios sea llamado el Señor de los ejércitos (Deus exercituum), es decir, de los ángeles y las estrellas, que como soldados sirven a Dios en un orden establecido, se mueven, salen, se ponen, y no raramente luchan por Dios contra los impíos, como anoté en Jueces 5:20.
Versículo 2: Y Completó Dios en el Día Séptimo Su Obra
2. Y COMPLETÓ DIOS EN EL DÍA SÉPTIMO SU OBRA. — «En el día séptimo», a saber, exclusivamente: pues inclusivamente Dios completó su obra en el sexto día, como lo tienen los Setenta. Pues comenzó el domingo y la completó el sexto día, o viernes, de modo que en el siguiente séptimo día descansó, el cual por este descanso de Dios fue llamado sábado. La razón simbólica y aritmética de por qué el mundo fue perfeccionado en seis días la dan San Agustín, Libro 4 de Sobre el sentido literal del Génesis, cap. 1; Beda y Filón, en el libro Sobre la creación del mundo; a saber, porque el número seis es el primer número perfecto: pues está compuesto de sus partes primeras, a saber, la unidad, el binario y el ternario; pues uno, dos y tres hacen seis.
Simbólicamente, los seis días significan seis mil años, durante los cuales perdurará esta fábrica del mundo (pues mil años ante Dios son como un solo día, Salmo 89:4), de modo que, cumplidos estos, vendrá el Anticristo, el día del juicio y el sábado, es decir, el descanso de los Santos en el cielo. Así lo enseñan San Jerónimo en su Exposición del Salmo 89, dirigida a Cipriano; San Ireneo, Libro 5, capítulo final; San Justino, Cuestión 71 a los Gentiles; San Agustín, Libro 20 de La Ciudad de Dios, cap. 7, y otros. De ahí también que los seis primeros patriarcas — Adán, Set, Enós, Cainán, Malaleel, Jared — murieron, pero el séptimo, Henoc, fue trasladado vivo al cielo, porque después de seis milenios de años de trabajo y muerte, seguirá la vida eterna, dice Isidoro en la Glosa, cap. 5. Véase lo dicho en Apocalipsis 20:6.
«Su obra» — de la creación de nuevas especies; pues la obra de gobernar, conservar y producir nuevos individuos la sigue realizando Dios aún ahora, como es claro por Juan 5:17.
DESCANSÓ — no de la fatiga, sino de la obra; de ahí que en hebreo sea shabat, es decir, cesó. Aristóbulo, citado por Eusebio en el Libro 13 de la Preparación Evangélica, cap. 6, interpreta «descansó» de otro modo: dice que significa que dio a las cosas por Él creadas descanso, es decir, estabilidad, permanencia, perpetuidad y un orden fijo, establecido e inmutable. Por lo cual la palabra «descansó» tácitamente significa la conservación de las cosas creadas, junto con la continua cooperación de Dios con ellas en sus propias acciones y movimientos. Pues, como dice San Agustín en las Sentencias, n.º 277: «La omnipotencia del Creador omnipotente es la causa de la subsistencia de toda criatura; si este poder cesara alguna vez de gobernar las cosas que creó, al punto cesaría la especie y toda naturaleza se derrumbaría. Así pues, lo que el Señor dice: "Mi Padre trabaja hasta ahora", muestra cierta continuación de su obra, por la cual simultáneamente contiene y administra todas las cosas. En cuya obra también persevera su sabiduría, de la cual se dice: "Se extiende de un extremo a otro con fortaleza, y dispone todas las cosas con suavidad." Lo mismo sostiene también el Apóstol cuando, predicando a los atenienses, dice: "En Él vivimos, nos movemos y somos." Porque si retirara su obra de las cosas creadas, no podríamos ni vivir, ni movernos, ni existir. Y por tanto se ha de entender que Dios descansó de todas sus obras en este sentido: que no crearía ninguna criatura nueva, no que cesaría de sostener y gobernar las ya creadas.»
El mismo San Agustín enseña doctamente en las Sentencias, n.º 145, que Dios se halla del mismo modo ya descanse, ya obre. «Por tanto —dice—, ni se ha de concebir en Dios una ociosa vacación ni una laboriosa industria, pues Él sabe obrar descansando y descansar obrando; y lo que en sus obras es ciertamente anterior o posterior, no se refiere al Hacedor sino a las cosas hechas. Pues su voluntad es eterna e inmutable, y no se altera por mudable consejo.» De ahí que Filón, en el libro de las Alegorías, traduce no «descansó» sino «hizo cesar las cosas que había comenzado»; porque, dice, Dios nunca descansa, sino que, así como es propio del fuego arder y de la nieve enfriar, así es propio de Dios obrar. El hebreo, sin embargo, propiamente significa «descansó», como lo traducen el Caldeo, nuestra Vulgata y los Setenta.
Simbólicamente, Junilio, Beda y San Agustín (Libro 4 de Sobre el sentido literal del Génesis, cap. 12) enseñan que este descanso de Dios en el sábado fue figura del descanso de Cristo en el sepulcro el día sábado, después de haber completado la obra de nuestra redención en el sexto día mediante su pasión y muerte.
Anagógicamente, fue tipo del descanso de los Santos en el cielo: pues allí celebrarán un sábado perpetuo, acerca del cual más en Deuteronomio 5:12.
Versículo 3: Y Bendijo el Día Séptimo
3. Y BENDIJO EL DÍA SÉPTIMO — es decir, alabó, elogió y aprobó el día séptimo, dice Filón: así bendecimos a Dios cuando lo alabamos. En segundo lugar y mejor, «bendijo» significa, como sigue, lo santificó — decretó que el día séptimo fuese santo y festivo. Pues así como es una gran bendición para un hombre ser santificado, así también lo es para un día de fiesta.
Y LO SANTIFICÓ. — No en ese mismo día séptimo, que fue el primer sábado del mundo, sino después, en tiempo de Moisés, según Éxodo 20:8. Así dice el Abulense, quien piensa que estas cosas se dicen aquí por anticipación. En segundo lugar y mejor, otros sostienen que Dios santificó el sábado ya en aquel tiempo, no en acto y realidad, sino por su decreto y propósito — como si dijera: Porque Dios descansó el día séptimo, por ello designó ese día como sagrado para sí, de modo que fuese establecido por Moisés como día de fiesta para ser observado por los judíos. Así dicen Pererio, Beda y Jerónimo Prado sobre el capítulo 20 de Ezequiel. En tercer lugar y de modo más claro, Dios desde el mismo inicio del mundo, en este primer día de sábado...
«Lo santificó», es decir, lo instituyó efectivamente como fiesta, y quiso que fuese observado por Adán y su posteridad con sagrado ocio y culto de Dios, especialmente recordando el beneficio de su creación y de todo el mundo, completada en ese día.
De aquí es claro que el sábado fue una fiesta instituida y sancionada originalmente no por Moisés (Éxodo 20:8), sino por Dios mucho antes, a saber, desde el origen del mundo, en este mismo primer sábado del mundo. Lo mismo se deduce de Éxodo 16:23 y Hebreos 4:3, como mostré allí. Así dicen Ribera en el mismo lugar, Filón y Catarino aquí. Este precepto del sábado fue, por tanto, divino, no natural sino positivo; de ahí que por Cristo y los Apóstoles la fiesta fuese trasladada del sábado al domingo.
QUE DIOS CREÓ PARA HACER — es decir, que creó haciendo, y creando hizo y perfeccionó: pues esta repetición del mismo verbo por vía de sinonimia, por la cual dice «creó para hacer», significa esta perfección de la obra.
Versículo 4: Estas Son las Generaciones del Cielo y de la Tierra
4. ESTAS SON LAS GENERACIONES (es decir, las creaciones) DEL CIELO Y DE LA TIERRA. — De donde se sigue: «Cuando fueron creados en el día», es decir, en todo el tiempo de los seis días, acerca de los cuales véase el capítulo 1. Así Beda y otros.
Aquellas palabras se refieren a lo precedente en el capítulo 1, formando como una conclusión de ello, de este modo: Y tales fueron ciertamente los orígenes del cielo y de la tierra cuando fueron creados. La palabra hebrea toledot, del verbo yalad, propiamente designa «generaciones»; pero como la historia hebrea solía entrelazarse con tablas genealógicas, de ahí que toledot en sentido más amplio denote narración, historia, y se use en pasajes donde no hay mención de generación. Cf. Génesis 37:2.
Versículo 5: Y Toda Planta del Campo
5. Y TODO ARBUSTO. — Conéctense estas palabras con el versículo 4, así: «En el día en que el Señor hizo el cielo y la tierra, y todo arbusto» (el hebreo siach significa algo brotado o germinante) «antes de que creciese en la tierra», a saber, por el curso natural y la virtud de la semilla, como ahora crece. Pues Moisés solo quiere decir que la primera producción de arbustos y del paraíso — al cual gradualmente desciende — no se ha de atribuir a la naturaleza, ni a la tierra, ni a la semilla, sino a la virtud y operación de Dios. Y lo prueba por el hecho de que, puesto que todas las hierbas y arbustos provienen por el influjo del cielo y la industria y cultivo del hombre, en aquel tiempo no había aún un hombre para sembrar y cultivar la tierra; ni había tampoco lluvia para regar los sembrados.
En segundo lugar, del hebreo podría traducirse más claramente así: en el día (el primero del mundo) en que Dios hizo el cielo y la tierra, todo arbusto del campo no estaba todavía (pues esto es lo que significa terem, como es claro por Éxodo 9:30: «Supe que todavía no [hebreo terem] temíais al Señor») en la tierra, y toda hierba de la región no germinaba todavía, sino que una fuente ascendía de la tierra.
Saadias traduce en árabe: ni ascendía una fuente de la tierra, repitiendo la partícula negativa de arriba.
Pues Dios antes de todas las cosas primero creó el cielo y la tierra, y esta fuente o abismo de aguas, en cuyo seno y regazo — que contenía el agua de toda la región — inundó en algún momento toda la tierra regándola; luego narra más copiosamente todo arbusto y las demás cosas que había tocado brevemente en el capítulo 1.
Versículo 6: Mas una Fuente Brotaba de la Tierra
6. MAS UNA FUENTE HABÍA BROTADO DE LA TIERRA. — Preguntarás: ¿qué es esta fuente?
Primera opinión. Primero, Áquila, el Caldeo y algunos hebreos, así como Molina, Pererio y Delrío, traducen el hebreo ed como «vapor» — a saber, el vapor que el sol elevaba de la tierra por su fuerza, el cual después, condensado por el frío de la noche y disuelto en rocío y humedad, regaba la tierra y sus brotes al principio del mundo, hasta que poco después Dios dio lluvias a la tierra para regarla.
Este vapor y rocío servían entonces, pues, en lugar de lluvia y humedad, con los cuales las plantas recién creadas eran alimentadas; pues era conveniente que los primeros días del mundo fuesen claros y serenos.
Preguntarás: ¿cómo es llamado este vapor «fuente» por nuestro traductor y por los Setenta? Respondo: porque inundaba la tierra como una fuente. Pues así Aristóteles, en el Libro 1 de la Meteorología, cap. 1, llama a las nubes, que surgen de las aguas y suelen convertirse de nuevo en aguas, un río circular y perenne, u océano, que fluye y flota por el aire.
Refutación. Pero a esta opinión se opone el hecho de que en el versículo precedente Moisés negó que hubiese entonces lluvia alguna o humedad celeste semejante para regar la tierra. Además, «vapor» es un término muy impropio para «fuente»; y el hebreo ed no significa vapor, sino más bien un torrente de aguas (como es claro por Job 36:27), y de ahí una calamidad y desastre que, como un torrente, arrolla y envuelve a los hombres, como es claro por Jeremías 47:16 y otros lugares. De ahí que Oleastro traduce ed como «inundación».
Segunda opinión (improbable). Segundo, San Agustín, Libro 5 de Sobre el sentido literal del Génesis, cap. 9 y 10: Al principio del mundo, dice, había propiamente una sola fuente, que en un tiempo fijo, desbordándose como el Nilo, regaba los brotes de la tierra. Pero que existiese tal fuente que regara toda la tierra inundándola es apenas creíble.
Mucho más increíble es lo que añade la Glosa Interlineal, que toda la tierra era regada por esta fuente desbordante hasta los tiempos de Noé, de modo que antes de Noé nunca hubo lluvia alguna en el mundo.
Tercera opinión (probable). Tercero, por tanto, mejor, en el mismo lugar San Agustín, Filón y el Papa Nicolás escribiendo al emperador Miguel: Una fuente, dice, es decir, fuentes, arroyos y ríos ascendían de la tierra: pues todas las aguas, como dije en el capítulo 1, versículo 9, fueron reunidas en un solo lugar, como en una sola fuente o matriz. Pues Moisés aquí solo recapitula y revisa en general la creación de las cosas, que había narrado ordenadamente en el capítulo 1, como si dijera: Solo Dios al principio del mundo hizo todo arbusto en todas partes por toda la tierra; y lo pruebo por el hecho de que en aquel tiempo no había aún un hombre para plantar estos arbustos, ni lluvia para regarlos; sino solo una fuente, es decir, diversos ríos y manantiales que fluían de una gran fuente-matriz (de la cual hablé en el capítulo 1, versículo 9), regaba aquí y allá toda la tierra. Pero estos no podían, sin lluvia, suministrar humedad para la germinación en todas partes a las tierras alejadas de ellos; por tanto, solo Dios en aquel tiempo produjo estos brotes y arbustos.
Cuarta opinión (genuina/correcta). Cuarto, del hebreo puede explicarse más clara y sólidamente así: «fuente», en hebreo ed, es decir, un torrente o inundación — a saber, aquel abismo primigenio de aguas del cual hablé en el capítulo 1, versículo 2 — regaba y cubría toda la tierra, como si toda la tierra fuese una fuente. Pues Moisés meramente resume esto como la primera matriz de todas las cosas en este solo versículo, tal como poco antes en el versículo 4 recapituló la creación del cielo y de la tierra. Pues Dios antes de todas las cosas primero creó el cielo y la tierra, y esta fuente o abismo de aguas. El sentido, por tanto, es como si dijera: Así como Dios solo creó el cielo y la tierra y el abismo de aguas, así Él solo separó el agua de la tierra y descubrió la tierra seca, y produjo de ella las plantas, el paraíso, el hombre y todas las demás cosas, que después conservó y propagó mediante la lluvia y el rocío. De ahí que, como dije en el versículo 5, del hebreo puedes traducir clara y llanamente así: «En el día en que Dios hizo el cielo y la tierra, todo arbusto del campo no estaba todavía en la tierra y toda hierba de la región no germinaba todavía, mas una fuente» — es decir, una inundación, a saber, el abismo de aguas, que parecía emerger y ascender de la tierra — «regaba y cubría toda la tierra.»
Versículo 7: Y Formó el Señor Dios al Hombre del Lodo de la Tierra
7. Y FORMÓ EL SEÑOR DIOS AL HOMBRE DEL LODO DE LA TIERRA, E INSPIRÓ EN SU ROSTRO EL SOPLO DE VIDA, Y FUE HECHO EL HOMBRE ALMA VIVIENTE. — El Caldeo parafrasea: el hombre fue hecho alma parlante; porque el habla, al igual que la razón, es propia del hombre.
Aquí Moisés regresa a la obra del sexto día, para explicar más claramente la formación del hombre.
Las cinco causas del hombre. Nótese primero: Moisés asigna aquí las cinco causas del hombre. La causa eficiente es Dios. La materia es el lodo de la tierra, es decir, tierra mezclada con agua; de donde también el cadáver del hombre se disuelve en tierra y agua, como en sus elementos constitutivos. La forma es el soplo de vida. El ejemplar es Dios: pues el hombre es imagen de Dios. El fin es que sea alma viviente, es decir, un ser viviente o animal, a saber, que siente, se mueve a sí mismo, se conoce a sí mismo y a las demás cosas, y ejerce todas las obras de la vida (es sinécdoque), y que presida sobre los demás animales y todo el mundo.
¿Cómo fue formado Adán? Nótese segundo: Las palabras hebreas literalmente dicen así: Dios formó — moldeó — al hombre como polvo, o barro de la tierra. Pues el hebreo yitsar y el griego eplasen propiamente pertenecen al oficio del alfarero y significan lo mismo que «moldeó». De donde parece que Dios primero formó el cuerpo del hombre a manera de estatua del lodo de la tierra, ya por sí mismo, ya por medio de los ángeles (como sugiere San Agustín, y a partir de él Santo Tomás, Parte I, Cuestión 91, artículo 2, respuesta a 1), así como los escultores moldean figuras de barro. Y esto es lo que dice Job 10:9: «Recuerda que como barro me hiciste.» Y Jeremías 18:2 compara a Dios con un alfarero y al hombre con el barro. De ahí también que en Sabiduría 7:1, Adán es llamado protoplastos kai gegenes — «primer formado» y «nacido de la tierra»; y por el Apóstol en 1 Corintios 15:47 es llamado «de la tierra, terreno».
Después, Dios introdujo gradualmente en este hombre de barro las disposiciones de la carne y del cuerpo humano, y finalmente, simultáneamente con la última disposición, introdujo las formas heterogéneas de cada una de las partes del cuerpo; y juntamente con estas infundió — creando — y creó — infundiendo — el alma racional. Y así fue hecho el hombre perfecto, compuesto de cuerpo humano y alma racional. Así dice San Juan Crisóstomo aquí en la Homilía 12, y Genadio en la Catena; y solo Dios realizó esto por sí mismo. De ahí que San Basilio, San Ambrosio y Cirilo enseñan que el hombre fue creado por la Santísima Trinidad sola, sin ningún otro ayudante: llaman a la opinión contraria un error judío.
San Clemente sobre la estructura del cuerpo humano. Además, San Clemente, en el Libro 8 de las Recogniciones, describe tan gráficamente la admirable y divina estructura del hombre y de cada uno de sus miembros: «Contempla en el cuerpo del hombre la obra del Artífice: cómo insertó los huesos como ciertas columnas por las cuales la carne es sostenida y llevada; luego, que se mantiene una medida igual a cada lado, es decir, derecho e izquierdo; de modo que el pie corresponda al pie, la mano a la mano y los dedos a los dedos, que cada uno concuerde con su par en total igualdad. Y también ojo a ojo, oído a oído, los cuales están formados no solo en armonía y concordancia entre sí, sino también adaptados a los usos necesarios. Las manos, en efecto, están diseñadas para ser útiles al trabajo, los pies para caminar, los ojos para servir a la visión, custodiados por los centinelas de las cejas; los oídos están formados para oír de tal modo que, semejantes a un címbalo, devuelven más alto el sonido reflejado de la palabra recibida y lo transmiten al sentido del corazón.»
Escucha lo siguiente, igualmente artificioso y admirable: «La lengua, sin embargo, golpeando contra los dientes, cumple el oficio de plectro para hablar; y los dientes mismos — unos para cortar y dividir el alimento y pasarlo a los interiores, mientras los dientes interiores lo trituran y muelen como un molino, de modo que lo entregado al estómago pueda ser cocido más convenientemente — de ahí que se llamen molares. Y las fosas nasales están hechas para el paso del aliento, y para expelerlo y recibirlo, de modo que por la renovación del aire, el calor natural que proviene del corazón pueda ser encendido o enfriado según lo requiera la necesidad, mediante el oficio del pulmón; el cual está colocado junto al corazón para que con su suavidad acaricie y alimente el vigor del corazón, en el cual parece consistir la vida — digo la vida, no el alma. Pues ¿qué diré de la sustancia de la sangre, la cual, como un río que procede de una fuente, transportada primero por un solo cauce, después distribuida por innumerables venas como por canales de riego, riega con corrientes vitales todo el territorio del cuerpo humano, administrada por obra del hígado; el cual yace en el lado derecho para la eficaz digestión de los alimentos y su conversión en sangre?»
¿Quién de todas estas cosas no reconocería claramente la obra de la razón y la sabiduría del Creador?
San Ambrosio sobre el cuerpo como microcosmos. La misma creación del hombre es elegantemente descrita por San Ambrosio en el Libro 6 del Hexamerón, cap. 9, donde entre otras cosas enseña que «la fábrica del cuerpo humano es como el mundo. Pues así como el cielo se eleva sobre el aire, y los mares sobre las tierras — que son como ciertos miembros del mundo — así también vemos la cabeza elevarse sobre las demás partes de nuestro cuerpo; y en esta ciudadela habita cierta sabiduría regia. A su vez, lo que el sol y la luna son en el cielo, los ojos lo son en el hombre. El sol y la luna son las dos luminarias del mundo; los ojos brillan desde arriba como ciertos astros en la carne, e iluminan las partes inferiores con clara luz — centinelas que ciertamente velan por nosotros día y noche. ¡Cuán hermosa la cabellera! ¿Qué es el hombre sin cabeza, cuando todo él está en su cabeza? Su frente es abierta, la cual por su apariencia revela la disposición de la mente. Cierta imagen del alma habla en el rostro. Las dobles hileras de las cejas extienden defensas sobre los ojos y les prestan gracia. Médicos doctos dicen que el cerebro del hombre está colocado en la cabeza a causa de los ojos. El cerebro es el origen de los nervios y de todos los sentidos. La mayoría sostiene que el corazón es el origen de las arterias y del calor innato por el cual los órganos vitales son animados y calentados. Los nervios son, por así decir, el instrumento de cada uno de los sentidos; como cuerdas surgen del cerebro y se distribuyen por las partes del cuerpo a sus funciones individuales. Y por tanto el cerebro es más blando, porque recibe todos los sentidos: pues los nervios le reportan todo lo que el ojo ha visto, el oído ha oído, el olfato ha inhalado, la lengua ha articulado o la boca ha gustado. El repliegue de los oídos interiores proporciona cierto ritmo y medida para la modulación. Pues a través de las circunvoluciones de los oídos se produce cierto ritmo, y el sonido de la voz que entra por ciertos canales se articula. ¿Para qué describiré el baluarte de los dientes, por el cual el alimento se tritura y la voz recibe su plena expresión? La lengua es como el plectro del que habla, y una especie de mano del que come, que ofrece y sirve el alimento fluido a los dientes. La voz también es llevada por cierto golpe de remo del aire, ora agitando, ora suavizando los sentimientos del oyente. Y así los pensamientos silenciosos de la mente son marcados por el discurso de la boca. ¿Qué es, pues, la boca del hombre, sino cierto santuario del habla, una fuente del discurso, un aula de palabras, un almacén de la voluntad?»
Procede luego de la cabeza a los demás miembros, y dice: «La mano es el baluarte de todo el cuerpo, la defensora de la cabeza, que resplandece en nobles hechos, por la cual ofrecemos, recibimos y dispensamos los Sacramentos celestiales. ¿Quién puede dignamente explicar la armazón del pecho y la suavidad del vientre? ¿Qué tan saludable es que el pulmón esté unido al corazón por un límite cercano, de modo que cuando el corazón arde de ira e indignación, sea rápidamente templado por la sangre y la humedad del pulmón? Y por eso el pulmón es más blando, porque siempre está húmedo, al mismo tiempo para suavizar la rigidez de la indignación. El bazo también tiene una vecindad fructuosa con el hígado; mientras toma aquello de lo que se alimenta, limpia cualesquiera impurezas que encuentre, de modo que a través de las fibras más finas del hígado, los restos tenues y sutiles de los alimentos puedan pasar para convertirse en sangre y contribuir a la fuerza del cuerpo. Y las envolventes espiras de los intestinos, aunque sin nudo alguno y sin embargo ligados unos a otros — ¿qué otra cosa muestran sino la divina providencia del Creador, para que el alimento no pase rápidamente y baje inmediatamente del estómago? Pues si eso sucediera, se generaría en los hombres un hambre constante y un continuo deseo de comer.»
Y después de algo más: «El pulso de las venas es mensajero ya de la enfermedad, ya de la salud; sin embargo, aunque están extendidas por todo el cuerpo, no están ni desnudas ni descubiertas, y están revestidas con membranas tan ligeras que hay oportunidad de examinarlas y rapidez en percibir, ya que no hay grosor de tejido que pueda ocultar el pulso. Todos los huesos también están cubiertos con fina membrana y ligados con tendones, pero especialmente los de la cabeza están cubiertos con piel ligera, de donde, para que tengan alguna protección contra las sombras y el frío, están revestidos de cabello más espeso. ¿Qué diré del servicio de los pies, que sostienen todo el cuerpo sin daño alguno por la carga? La rodilla flexible, con la cual sobre todo se aplaca la ira del Señor, para que en el nombre de Jesús se doble toda rodilla. Pues hay dos cosas que sobre todo agradan a Dios: la humildad y la fe. El hombre tiene dos pies; pues las bestias y los animales brutos tienen cuatro pies, las aves dos. Y por tanto el hombre es, por así decir, uno de las criaturas aladas, que busca las alturas con su mirada y vuela con cierto aleteo de pensamientos elevados; y por eso se dice de él: "Tu juventud será renovada como la del águila", porque está más cerca de las cosas celestiales y es más sublime que las águilas, quien puede decir: "Nuestra ciudadanía está en los cielos."»
En hebreo Adán = tierra roja. Nótese tercero: Por «lodo de la tierra», en hebreo es aphar min haadamá, es decir, «polvo de la tierra»; los Setenta traducen: «tomando polvo de la tierra». Pero este polvo, dice Tertuliano, Dios lo coaguló en lodo y una especie de arcilla añadiéndole un excelente líquido. Pues el polvo seco es inadecuado para moldear: por tanto, este polvo fue humedecido, y por eso fue lodo.
Adán fue creado de la tierra roja de Hebrón. Además, Adamá (de la cual fue formado y llamado «Adán») significa tierra roja. De ahí que es tradición de muchos que Adán fue creado de la tierra roja que está en el campo de Damasco — no la ciudad de Damasco, sino cierto campo así llamado, que está cerca de Hebrón. Pues los hebreos lo transmiten, y a partir de ellos San Jerónimo en sus Cuestiones hebraicas sobre este pasaje, Lirano, Hugo y el Abulense aquí, y en el capítulo 13, Cuestión 138, Burchardo, Bredembaquio, Saligniaco y Adriconio en su Descripción de la Tierra Santa, bajo Hebrón; donde también señalan el Valle de las Lágrimas cerca de Hebrón, en el cual dicen que Adán lloró durante cien años por la muerte de Abel. Lo confirman por Josué 14:15, donde se dice: «El nombre de Hebrón antes se llamaba Quiriat-Arbá. Adán, el más grande entre los Enaquitas, está allí sepultado.»
Pero el sentido genuino de ese pasaje es muy diferente, como diré allí: pues Adán no fue de estatura gigantesca sino de estatura normal; de otro modo habría sido una monstruosidad de hombre. Yerran, por tanto, Juan Lúcido y otros que piensan que Adán fue un gigante. Pero al punto: yo por mi parte, aparte de los hebreos que a veces son dados a las fábulas, desearía tener otras autoridades antiguas para esta tradición.
Moralmente, Jeremías es justamente enviado por Dios (y nosotros con él), en el capítulo 18, a la casa del alfarero, para contemplar su propia matriz y origen, a saber, el barro, para que se humille, y para que aprenda y enseñe que todos los hombres están en la mano de Dios, así como el barro está en la mano del alfarero. Elegantemente, el filósofo Segundo, interrogado por el emperador Adriano: «¿Qué es el hombre?», respondió: «Una mente encarnada, un fantasma del tiempo, un vigilante de la vida, un viajero de paso, un alma laboriosa.» Epicteto, además, dice: «El hombre es una lámpara puesta al viento, un huésped de su lugar, una imagen de la ley, una fábula de calamidad, un esclavo de la muerte.»
El soplo de vida. Nótese cuarto: «El soplo de vida» no es el Espíritu Santo, como sostuvo Filastrio en su Catálogo de las herejías, capítulo 99, cuyo error refuta San Agustín en el Libro 13 de La Ciudad de Dios, capítulo 24; sino que es el alma racional misma, la cual en el hombre es a la vez vegetativa y sensitiva. Pues de ella surge la inspiración y la espiración, que es tanto signo como efecto de la vida; y de ahí el alma se llama psyche de psychazo, es decir, «recibo frescura», pues respirando nos refrescamos. En hebreo se llama nescamá, y néfesh, de la raíz naphas, es decir, «respiró».
Por «vida», en hebreo es chaiím, es decir, «de vidas», porque el alma racional confiere al hombre una triple vida, a saber, la de las plantas, la de las bestias y la de los ángeles. Otros dicen «de vidas» porque las aberturas de las fosas nasales son dos, por las cuales la vida, es decir, el aire, se aspira respirando. Pero las fosas nasales no son el soplo de vidas, sino su receptáculo, como diré enseguida. Se llama «el soplo de vida» porque la respiración es tan necesaria para la vida que no podemos vivir ni siquiera un momento sin ella, dice Galeno en su libro Sobre la utilidad de la respiración, capítulo 11. De ahí dice: Asclepíades dijo que la respiración es la generación del alma; pero Praxágoras dijo que no es la generación del alma, sino su fortalecimiento.
El alma racional creada por Dios solo. Nótese quinto: De este pasaje es claro que el alma racional no es educida de la materia, ni es por traducianismo, es decir, no es generada y propagada del alma del progenitor, como la luz propaga y difunde la luz, como supuso Tertuliano, y como dudó San Agustín en el Libro 7 de Sobre el sentido literal del Génesis, capítulo 1 y siguientes. Pues es cierto, como enseña San Jerónimo, y todos los demás Padres (y este es el sentir de la Iglesia), que el alma no es creada por los ángeles, como sostuvieron los seleucianos, sino que es creada desde fuera por Dios solo e infundida en el ser humano. Pues esto es lo que significa la palabra «inspiró», o, como lee Cipriano, «sopló en el rostro», es decir, en todo el cuerpo. Es sinécdoque: pues del rostro, en el cual florecen todas las operaciones vitales, y especialmente la respiración, como de la parte más noble, se entiende todo el cuerpo.
Cinco razones de «inspiró». Inspiró, por tanto, primero, para mostrar, dice Teodoreto, que es tan fácil para Dios crear un alma como para un hombre soplar. Segundo, para que entendamos que el alma no fue educida de la materia, ni es por traducianismo, como supuso Tertuliano (quien por esa razón creyó que el alma, al igual que Dios, era corpórea, es más, dotada de forma y color, con el argumento de que nada es incorpóreo), y como dudó San Agustín en el Libro 7 de Sobre el sentido literal del Génesis, capítulo 1, sino que fue creada desde fuera por Dios. Tercero, que nuestra alma es algo divino, como un soplo de Dios — no ciertamente para que creas que es una parte arrancada de la divinidad, como parece haber sostenido Epicteto, Disertaciones 1, capítulo 14; Séneca, Epístola 92; Cicerón, Tusculanas I y Sobre la adivinación I — sino que el alma es la más alta participación de la divinidad, respecto de su naturaleza espiritual. Cuarto, que la inspiración y la respiración son tan necesarias para la vida que no podemos vivir ni un solo momento sin ella; de donde Galeno, en su libro Sobre la utilidad de la respiración, capítulo 1, dice: «Asclepíades dijo que la respiración es la generación del alma, Nicarco su fortalecimiento, Hipócrates su nutrición.» Inspirando, por tanto, Dios crea al hombre, como si hubiera querido mostrar que no podía prescindir del hombre para la completitud del universo, así como el hombre no puede prescindir de la respiración. Finalmente, cuando Dios comunicó su propio soplo y alma al hombre, se comunicó a sí mismo, como si hubiera puesto su propio corazón dentro de él.
Por «en el rostro», en hebreo es beappav, que Áquila y Símaco traducen eis mykteras, es decir, «en las fosas nasales»: pues en las fosas nasales se ejerce la respiración, que es signo del alma que habita dentro. Pero nuestro Traductor lo vierte mejor como «en el rostro»: pues el alma está presente y resplandece no solo en las fosas nasales, sino en todo el rostro, y consiguientemente en toda la persona, pero especialmente en el rostro y la cabeza. Por lo cual San Ambrosio, en el Libro 6 del Hexamerón, capítulo 9, dice que la fábrica del cuerpo humano es como el mundo. Pues así como el cielo se eleva sobre el aire, y los mares sobre las tierras, que son como los miembros del mundo: así también vemos la cabeza elevarse sobre las demás partes de nuestro cuerpo, y ser la más excelente de todas, como el cielo entre los elementos, como una ciudadela entre los demás muros de una ciudad. Y en esta ciudadela, dice, habita cierta sabiduría regia. De donde dijo Salomón: «Los ojos del sabio están en su cabeza.» De ahí también Lactancio, en su libro Sobre la obra de Dios, capítulo 5, dice: En la cumbre de la construcción del cuerpo, Dios mismo colocó la cabeza, en la cual estaría la sede del gobierno de todo el ser viviente; y se le dio este nombre, como escribe Varrón a Cicerón, porque de aquí toman su inicio los sentidos y los nervios.
El alma no es una partícula de la sustancia divina. Algunos supusieron que nuestra alma es una parte de la sustancia divina, como si se dijera que Dios aquí insufló, es decir, comunicó una parte de su propio soplo, espíritu y alma al hombre. Pero esta es una antigua herejía, y el error de los Poetas, que dicen que el alma es «una partícula del soplo divino», y apospasma (es decir, una parte arrancada) de la divinidad. Así sostuvo Epicteto, Disertaciones 1, capítulo 14; Séneca, Epístola 92; Cicerón, Tusculanas I y Libro 1 de Sobre la adivinación. «Inspiró», por tanto, significa que Dios creó el soplo, el espíritu y el alma, como efecto de su omnipotencia, de la nada dentro del hombre.
Siete definiciones del alma racional. De ahí que San Juan Crisóstomo, Ambrosio, Agustín, Euquerio y Lirano definen el alma racional así: «El alma es un soplo deiforme de vida.» Segundo, el Autor de Sobre el espíritu y el alma, hallado entre las obras de San Agustín, volumen III: «El alma — dice — es cierta sustancia incorpórea, partícipe de la razón, acomodada para gobernar el cuerpo.» Tercero, Casiodoro: «El alma — dice — es una sustancia espiritual, creada por Dios, vivificadora de su cuerpo.» Cuarto, Séneca: «El alma — dice — es un espíritu intelectual, ordenado a la bienaventuranza tanto en sí como en el cuerpo.» Quinto, Damasceno: «El alma — dice — es un espíritu intelectual, siempre viviente, siempre en movimiento, capaz de buena y mala voluntad.» Sexto, el Autor de Sobre el espíritu y el alma: «El alma — dice — es la semejanza de todas las cosas.» Séptimo, otros: «El alma — dicen — es una sustancia espiritual, simple e indisoluble, capaz de padecer y mudar en el cuerpo.»
Así como los griegos distinguían psyche (el alma) que pertenece a todos los vivientes, de nous (la mente) que es propia del hombre y de los demonios; e igualmente los latinos distinguían anima (alma) de animus o mens (mente): así los hebreos por nishmat chaiím parecen entender el alma vital de cualquier clase que sea, y por nephesh, el alma racional.
Versículo 8: Y el Señor Dios plantó un paraíso de deleite
Y para que anhelasen el paraíso celestial, del cual aquel terrestre era tipo e imagen.
Y EL SEÑOR DIOS HABÍA PLANTADO UN PARAÍSO DE DELEITE DESDE EL PRINCIPIO.
«Había plantado», es decir, lo había provisto y adornado con plantas, árboles y todas las delicias creadas por Él mismo.
Etimología de «Paraíso». PARAÍSO. — Nótese: «Paraíso» no es una palabra griega, de para y deuo, es decir, «yo riego», como pretende Suidas; ni, como dicen otros, de para ten diaitan poieisthai, es decir, de la recolección de hierbas, así llamado; sino que es una palabra persa, dice Pólux, o más bien hebrea: pues pardes en hebreo significa un lugar de deleite, de la raíz para, es decir, «fructificó», y hadas, es decir, «mirto» — como si dijeras, un jardín de mirtos, o uno en el que florecen los mirtos. Pues el mirto supera a los demás árboles en fragancia y sabor y deleites.
El Paraíso estaba en Edén. DE DELEITE. — Los Setenta retienen la palabra hebrea, traduciéndola como «en Edén», que es un nombre propio de lugar, y esto lo indica el hebreo bet, es decir, «en», y es claro que Edén es el nombre del lugar en que estaba situado el paraíso, como resulta evidente del versículo 10 en el hebreo, y será más patente más adelante. Pero nuestro Traductor y Símaco toman Edén no como nombre propio, sino como nombre común, y entonces significa «deleite». De ahí que del hebreo Edén algunos derivan el griego hedonen, es decir, placer. Teodoreto, en la Cuestión 25, piensa que Adán fue formado en Edén, y fue nombrado a partir de Edén. Pues Edén, dice, significa «rojo». Pero yerra: porque Edén no significa «rojo» en hebreo, sino «deleite». Además, Adán fue nombrado a partir de Adama, es decir, la tierra roja de la que fue formado, no de Edén: pues Adán se escribe con álef, pero Edén con áyin.
DESDE EL PRINCIPIO — a saber, en el tercer día del mundo, como dije en el capítulo 1, versículo 11. Por tanto, yerra el autor de IV Esdras, capítulo 2, versículo 6, quien lo interpreta de modo que afirma que el paraíso fue plantado antes que la tierra. Los Setenta traducen «hacia el Oriente»; de donde es claro que respecto a Judea (pues Moisés escribe con respecto a Judea, y así designa las regiones del mundo) el paraíso estaba hacia el Oriente, y que la región oriental fue la primera en comenzar a ser habitada por Adán y la humanidad.
De ahí que San Crisóstomo, Teodoreto y Damasceno en el libro IV de Sobre la fe, capítulo 13, enseñan que los cristianos oran volviéndose hacia el Oriente, para que recuerden el paraíso, del cual fueron expulsados por el pecado.
Ubicación del Paraíso
Puede preguntarse: ¿qué es, de qué naturaleza y dónde está el paraíso?
Primera opinión. Primero, Orígenes piensa que el paraíso es el tercer cielo, al cual fue arrebatado San Pablo; que los árboles son las virtudes angélicas; que los ríos son las aguas que están sobre el firmamento. Lo mismo enseñan Filón y los herejes seleucianos, así como San Ambrosio en su libro Sobre el Paraíso. Pero San Epifanio, Agustín, Jerónimo y otros condenan esta interpretación como herética: pues tuerce la historia llana del Génesis hacia las ficciones de la alegoría. De ahí que San Ambrosio debe ser excusado, en cuanto presupone el texto literal y su sentido literal, y sólo rastrea la alegoría del paraíso.
Segunda opinión. Segundo, otros citados por Hugo de San Víctor piensan que el paraíso era el mundo entero; que el río es el Océano, del cual nacen aquellos cuatro ríos celebérrimos. Pero esto también es un error; pues estos cuatro ríos fluyen fuera del paraíso. Además, Adán después de su pecado fue expulsado del paraíso; pero Adán no fue expulsado del mundo: por tanto, el mundo no es el paraíso.
Tercera opinión. Tercero, otros citados por el Maestro de las Sentencias en el libro II, distinción 17, juzgan que el paraíso es un lugar enteramente oculto y elevado hasta la esfera de la luna: así Rábano, Ruperto, Estrabón; o al menos, como sostienen Abulense y Alejandro de Hales, que el paraíso está elevado por encima de la región media del aire; y por tanto las aguas del diluvio no llegaron hasta él. Pero en tal caso el paraíso no estaría en la tierra, sino en el aire o en el cielo. Además, sería muy visible y bien conocido, así como el sol, la luna, las estrellas y los cometas son vistos por todos.
Cuarta opinión. Cuarto, San Efrén, citado por Moisés Bar-Cefa en su libro Sobre el Paraíso, piensa que toda nuestra tierra está rodeada por el Océano, y que más allá de él, en otra tierra y otro mundo, existe el paraíso. Pero esto también es un error: pues los cuatro ríos del paraíso están en nuestra propia tierra y mundo.
Quinta opinión. Quinto, Cirvelo Darocense en sus Paradojas, Cuestión 15, y Alfonso de Veracruz en su libro Sobre los Cielos, sección 15, piensan que el paraíso estaba en Palestina, cerca del Jordán, en la tierra de Sodoma; arguyen desde Génesis 13:10. Otros sostienen que estaba en la isla de Taprobana, otros en América. Pero estos cuatro ríos no están ni en Palestina, ni en Taprobana, ni en América.
Sexta opinión. Sexto, San Buenaventura y Durando en el libro II, distinción 17, piensan que el paraíso está bajo el ecuador. Pues suponen que allí existe la mayor templanza del clima, donde los días son siempre iguales a las noches. Pero esto es tan vago e incierto como inconcluyente.
La dificultad de esta cuestión depende de dos ríos, a saber el Fisón y el Geón: pues quien los conociera, fácilmente rastrearía desde ellos el paraíso.
Los cuatro ríos
Digo primero: la opinión de muchos Padres y Doctores es que el Geón es el Nilo, y el Fisón es el Ganges. Así piensan San Epifanio, Agustín, Ambrosio, Jerónimo, Teodoreto, Josefo, Damasceno, Isidoro, Euquerio, Rábano, Ruperto y otros, a quienes los Conimbricenses citan y siguen en su comentario a la Meteorología, tratado 9, capítulo 10, y Ribera sobre Amós 6, número 44, y Belarmino, Sobre la gracia del primer hombre, capítulo 12. Y se prueba primero, porque los Setenta en Jeremías 2:18 traducen «Geón» por el Nilo: de donde aún hoy los abisinios llaman al Nilo «Guijón», según el testimonio de Francisco Álvarez, Historia de Etiopía, capítulo 122. Pero podría responderse que Geón es el nombre de varios ríos: pues cerca de Jerusalén había también un arroyo llamado Geón, o Gión (pues estos dos son lo mismo, ya que en ambos casos el hebreo tiene la misma palabra gichón), donde Salomón fue ungido rey, III Reyes 1:33, 38, 45; II Paralipómenos 32:30.
Segundo, porque el Ganges propiamente circunda la tierra de Havilá, es decir, la India (como enseña San Jerónimo en Génesis 10:29, y otros comúnmente), que está dentro del Ganges, donde hay oro finísimo; en efecto, el Ganges mismo, según Plinio, produce oro y gemas. Además, el Ganges se llama Fisón, es decir, «abundancia», de la raíz pus, es decir, «florecer, multiplicarse», porque diez grandes ríos desembocan en el Ganges. Así Josefo, libro I de las Antigüedades, capítulo 2, e Isidoro, libro XIII de las Etimologías, capítulo 21. De igual modo, el Geón, es decir, el Nilo, circunda Etiopía, o Abisinia, donde reina el Preste Juan. La inundación del Nilo es también celebérrima: y el Eclesiástico atribuye esta misma inundación al Geón en el capítulo 24, versículos 35 y 37.
Se dirá: ¿cómo pueden el Ganges y el Nilo, que están muy lejos del Tigris y el Éufrates, nacer de la misma fuente y río del paraíso que aquéllos? Pues el Ganges nace en el Cáucaso, un monte de la India; el Éufrates y el Tigris en las montañas de Armenia; el Nilo en los Montes de la Luna, hacia el Cabo de Buena Esperanza; o más bien de cierto lago en el reino del Congo, como han notado los que exploraron aquellos lugares en este siglo. Pero estas fuentes están muy lejos unas de otras, y en consecuencia del río del paraíso.
Esta es ciertamente una gran dificultad, a la cual responde San Agustín en el libro VIII de Sobre el sentido literal del Génesis, capítulo 7, junto con Teodoreto, Ruperto y otros, que el Ganges y el Nilo sí nacen del paraíso terrenal, pero se ocultan en túneles y canales subterráneos, hasta que irrumpen en los lugares ya mencionados, y esto por designio de Dios para ocultar el paraíso. En efecto, Pausanias en su Descripción de Corinto, y Filóstrato en el libro I de la Vida de Apolonio, capítulo 14, dicen que hay quienes piensan que el Éufrates, habiendo sido ocultado bajo tierra y luego emergiendo por encima de Etiopía, se convierte en el Nilo, lo cual corresponde aptamente a la Sagrada Escritura aquí en el capítulo 2, que sugiere que estos cuatro ríos fluyen de una sola fuente. Ni es sorprendente que el Ganges y el Nilo estén así ocultos y emerjan tan lejos; pues también el Mar Caspio se alimenta del lejanísimo Océano Ártico a través de pasajes subterráneos, como enseñan San Basilio, Estrabón, Plinio y Dionisio en su libro Sobre la posición de la Tierra. En efecto, muchos sostienen que todos los ríos, fuentes y aguas, aun los más remotos, nacen del mar y de aquel abismo subterráneo, a través de venas subterráneas, como dije en el capítulo 1, versículo 9. De este abismo, pues, un gran río surgía primeramente en el paraíso; porque Dios quiso, para la belleza del paraíso, que surgiendo de él, como madre de los demás, se dividiese en estos cuatro ríos; pero después del pecado de Adán, Dios o bien ocultó enteramente bajo tierra este río del paraíso, o quiso que quedara oculto, para que el paraíso estuviera más escondido.
Pero parece increíble que este río del paraíso, o más bien los cuatro ríos, se ocultasen bajo tierra a lo largo de una distancia tan vasta, y luego emergieran en lugares tan separados entre sí. Pues, como enseña Ptolomeo, entre el Éufrates y el Ganges hay un espacio de 70 grados, es decir, más de 4.300 millas. Lo mismo puede decirse del Nilo.
Se prueba que el Nilo no es el Geón, ni el Ganges el Fisón. Segundo, estos cuatro ríos nacen tan modestamente en los lugares ya mencionados y bien conocidos, que es inmediatamente patente que allí nacen por primera vez, y luego crecen gradualmente a medida que afluentes confluyen de aquí y de allá; por tanto, no nacen de aquel único gran río del paraíso.
Tercero, Viegas sobre el Apocalipsis, capítulo 11, sección 5, y otros varones doctísimos han notado que ni la India, ni el Ganges, ni otras regiones o ríos que están más allá del Golfo Pérsico son llamados orientales u Oriente en la Escritura, sino sólo aquellos que están de este lado del Golfo Pérsico, como Armenia, Arabia, Mesopotamia. Los habitantes de éstas, a saber los árabes, idumeos, madianitas y armenios, son llamados orientales, o hijos del Oriente, respecto a los judíos: y el paraíso estaba en el Oriente, como dicen los Setenta.
Cuarto, si el Geón es el Nilo, y el Fisón el Ganges, entonces el paraíso comprendía todas las regiones situadas entre el Nilo, el Éufrates, el Tigris y el Ganges, a saber Babilonia, Armenia, Mesopotamia, Siria, Media, Persia y muchas otras. Algunos admiten esto, pero con poca probabilidad, según parece: pues el paraíso es llamado aquí un jardín de deleite; ¿quién vio jamás un jardín tan vasto?
De ahí se sigue que el Fisón no es el Ganges, ni el Geón el Nilo. De donde —
El Paraíso estaba cerca de Mesopotamia y Armenia. Digo segundo: El paraíso parece haber estado cerca de Mesopotamia y Armenia. Se prueba primero, porque estas regiones son llamadas orientales en la Escritura, como ya dije; segundo, porque los hombres expulsados del paraíso comenzaron primero a habitar estas regiones, tanto antes del diluvio, como es evidente de Caín, que habitó en Edén, Génesis capítulo 4, versículo 16, como después del diluvio, por estar situadas cerca del paraíso, y por tanto ser más fértiles que las demás, como es evidente de Génesis 8 y 11, versículo 2. Tercero, porque el paraíso estaba en Edén, como traducen los Setenta. Pero Edén estaba cerca de Harán, como es evidente de Ezequiel 27:23, Isaías 37:12. Y Harán está cerca de Mesopotamia: pues Harán, o Carras, es una ciudad de los partos, donde fue muerto Craso. Cuarto, porque el paraíso está donde están el Éufrates y el Tigris, como es evidente del versículo 14 aquí; y éstos están en Mesopotamia y Armenia: pues el Éufrates es un río de Babilonia, y la región comprendida entre él y el Tigris se llama Mesopotamia (como si dijeras, situada en medio de dos ríos). Quinto, porque estas regiones son amenísimas y fertilísimas. Sexto, porque el paraíso no parece haber estado tan lejos de Judea; así como Mesopotamia no está tan lejos de Judea. Pues los Padres transmiten que Adán, habiendo sido expulsado del paraíso, y habiendo peregrinado por varios lugares, vino a Judea, y allí murió y fue sepultado en el monte que fue llamado por sus descendientes el Monte del Calvario, porque allí estaba contenida la cabeza del primer hombre, monte en el cual Cristo crucificado expió y redimió el pecado de Adán. Así lo transmiten Orígenes, Cipriano, Atanasio, Basilio y otros en general, con la sola excepción y disidencia de San Jerónimo, como dije en Mateo 27:33.
El Fisón y el Geón. Digo tercero: No consta cuáles ríos sean el Fisón y el Geón; sin embargo, que aún existen es bastante claro por Eclesiástico capítulo 24, versículo 35. Tampoco consta si estos cuatro ríos nacen del río del paraíso; o si el río del paraíso meramente desemboca en estos cuatro, o se divide en ellos. Pues Moisés sólo dice que este río se divide en cuatro cabezas: y por cuatro cabezas entiende los cuatro ríos mismos, que dividen este único río del paraíso en cuatro ramas, por así decirlo, o cabezas, ya nazcan y fluyan de él o no. Pues el propio Moisés parece a punto de explicarlo de esta manera. Sin embargo, es probable la opinión de Pererio, Oleastro, Eugubino, Vatablo aquí, y Jansenio en el capítulo 143 de la Concordancia de los Evangelios: que el Fisón y el Geón son ríos que nacen de la confluencia del Éufrates y el Tigris.
El Fisón es el Fasitigris. Para lo cual nótese que el Tigris y el Éufrates por encima del Golfo Pérsico finalmente confluyen en uno, y luego se dividen de nuevo, y cambian de nombre. Pues el que desciende al Golfo Pérsico se llama Fasis o Fasitigris (que parece ser el Fisón), bien conocido por Curcio, Plinio y otros; éste circunda la tierra de Havilá, es decir, Chavilá, a saber los colateos, a quienes Estrabón en el libro XVI sitúa en Arabia, cerca de Mesopotamia. El otro, dirigiéndose hacia Arabia Deserta y las regiones vecinas, parece ser el que aquí se llama Geón: éste circunda Etiopía, no la Etiopía de los abisinios que está debajo de Egipto, sino la que está alrededor de Arabia. Pues en la Escritura los madianitas y otros que habitan cerca del Golfo Pérsico o Arábigo son llamados etíopes.
El Paraíso estaba en la confluencia del Tigris y el Éufrates. El paraíso, por tanto, parece haber estado en el lugar donde confluyen el Éufrates y el Tigris; pues a partir de esa confluencia se dividen y separan en estos cuatro ríos: pues aguas arriba están el Éufrates y el Tigris, y aguas abajo están el Geón y el Fasitigris o Fisón. Pues que estos ríos, después de haberse juntado, se dividen de nuevo, es claramente evidente en los mapas más exactos de Gerardo Mercator, Ortelio y otros. Pues Mercator en su mapa 4 de Asia muestra claramente que el Tigris y el Éufrates se encuentran cerca de Apamea, y se dividen de nuevo cerca de la ciudad llamada Asia, y forman una isla bastante grande llamada Teredón; y finalmente fluyen por ambos lados hacia el Golfo Pérsico, y allí terminan.
Añádase que es verosímil que estos ríos estuvieran más divididos en tiempos de Moisés, porque después cambiaron su cauce y confluyeron más, así como desde los tiempos de Moisés muchos otros ríos y mares han cambiado su lugar y cauce, como ha notado Tornielo. Pues que en tiempos de Moisés estos cuatro ríos del paraíso estaban claramente divididos, es evidente por el hecho de que él los describe como cuatro ríos separados y comúnmente conocidos, y los presenta a los judíos para que reconozcan por ellos dónde estaba ubicado el paraíso.
Digo cuarto: Aunque no conste en qué lugar preciso estaba el paraíso, sin embargo es cierto como materia de fe que el paraíso fue un lugar corpóreo, situado en alguna parte de nuestra tierra hacia el Oriente, como dicen los Setenta. Asimismo, es cierto que este lugar era amenísimo y temperatísimo, y esto en parte por sí mismo y por su posición natural, en parte por la especial providencia de Dios, que había alejado del paraíso el calor, el frío y toda otra inclemencia: un lugar, digo, tanto para los seres humanos como también para los demás seres vivientes.
Si había animales en el paraíso. Damasceno y Santo Tomás, y Abulense en el capítulo 13, Cuestión 87, lo niegan. Pues piensan que en el paraíso no habría habido animales cuadrúpedos, sino sólo seres humanos. Abulense, sin embargo, admite también aves en el paraíso, para la melodía, y peces en los ríos. Pero otros comúnmente enseñan lo contrario, con San Basilio en su libro Sobre el Paraíso, y San Agustín en el libro XIV de La Ciudad de Dios, capítulo 11. Pues la variedad y belleza de los animales proporcionaba gran deleite al hombre en el paraíso. Asimismo, consta que la serpiente estaba en el paraíso.
«En el paraíso, dice Basilio, había toda clase de aves, las cuales con la belleza de sus colores y su música natural, y la dulzura de su armonía, daban increíble deleite al hombre. Había también espectáculos de diversos animales. Pero todos eran mansos, obedientes al hombre, viviendo entre sí en concordia y paz, y se escuchaban unos a otros y hablaban con sentido. Y la serpiente no era entonces horrible, sino mansa y dócil, ni reptaba terriblemente por la superficie de la tierra como nadando, sino que caminaba erguida y elevada, sosteniéndose sobre sus patas.»
Donde nótese que San Basilio parece decir que en el paraíso los animales brutos tenían razón y habla humana; asimismo, que la serpiente no reptaba sino que caminaba erguida: ninguna de las cuales cosas parece probable. Igualmente paradójico es lo que afirma Ruperto en el libro II de Sobre la Trinidad, capítulos 24 y 29, que las aguas son por naturaleza saladas; pero así como el hígado es la fuente de la sangre, así la fuente — ahora la fuente del paraíso — es el origen de todas las aguas dulces que existen en todo el mundo; y en consecuencia esa misma fuente es la madre y autora de todas las plantas, árboles, gemas y especias.
Si el Paraíso aún subsiste
Puede preguntarse en segundo lugar, si el lugar y la amenidad del paraíso aún subsisten. Respondo: es cierto que el lugar subsiste, pero sobre la amenidad es incierto.
San Justino, Tertuliano, Epifanio, Agustín, Damasceno, Santo Tomás, Abulense y otros a quienes Viegas cita arriba, lo afirman; pues sostienen que por especial providencia de Dios, el paraíso fue preservado intacto del diluvio en tiempos de Noé. Pues aunque el agua del diluvio superó los otros montes comunes de los hombres, como se dice en Génesis capítulo 7, no superó el paraíso; o si lo superó también a éste, sin embargo no lo corrompió, porque éste es un lugar de inocencia, en el cual aún ahora Elías y Henoc viven vidas santísimas y pacifiquísimas. Así dicen todos los Padres ya citados.
Ireneo añade, en el libro V, capítulo 5, que en este paraíso terrenal todas las almas de los justos son retenidas después de la muerte hasta el día del juicio, para que entonces entren al cielo y vean a Dios. Pero éste es un error de los armenios condenado en el Concilio de Florencia.
Otros, y quizá con mayor probabilidad, sostienen que el paraíso existió en su belleza prístina hasta el diluvio: pues cuando Dios expulsó de él a Adán, colocó querubines ante él para custodiarlo. Asimismo, se dice que Henoc fue arrebatado al paraíso — no el celestial, sino el terrenal (Eclesiástico 44:16). Pero en el diluvio de Noé, cuando las aguas ocuparon toda la tierra durante un año entero, estos mismos autores sostienen que también el paraíso fue abrumado, violado y destruido por ellas, y Moisés lo indica suficientemente en el capítulo 7, versículo 19. Añádase que el paraíso no puede encontrarse ya en ningún lugar, aunque toda la tierra, especialmente alrededor de Mesopotamia y Armenia, es plenamente conocida y habitada. Así opinan Oleastro, Eugubino, Catarino, Pererio y Jansenio citados arriba, Francisco Suárez (III Parte, cu. 59, art. 6, disp. 55, secc. 1), Viegas ya citado, y otros. Pues las aguas del diluvio, embravecidas con tanta fuerza durante un año entero, y como dice Moisés, yendo y viniendo, arrasaron todos los árboles, casas, ciudades, e incluso las colinas, y desplazaron casi toda la superficie de la tierra: por tanto, también trastornaron la forma y la belleza del paraíso.
Cf. Huet, Sobre la situación del Paraíso terrestre; D. Calmet, Bible de Vence, volumen I; y sobre todo la obra eruditísimamente escrita, Du Berceau de l'espèce humaine selon les Indiens, les Perses et les Hébreux, de D. Obry, 1858.
Interpretación tropológica. Tropológicamente, el paraíso es el alma adornada con toda variedad de árboles, es decir, de virtudes. De ahí aquel dicho de Zoroastro: «busca el paraíso», es decir, el coro entero de las virtudes divinas, dice Pselo. Del mismo proviene esto: «El alma tiene alas; y cuando sus alas caen, se precipita de cabeza en el cuerpo; luego finalmente, al crecer de nuevo, vuela de vuelta a las alturas.» Cuando sus discípulos le preguntaron cómo, con alas bien emplumadas, podrían obtener espíritus alados, dijo: «Regad vuestras alas con las aguas de la vida.» Cuando preguntaron de nuevo dónde podrían encontrar estas aguas, les respondió con una parábola: «El paraíso de Dios es lavado y regado por cuatro ríos: de allí sacaréis aguas salutíferas. El nombre del río que fluye del Norte significa "lo recto"; del Occidente, "expiación"; del Oriente, "luz"; del Mediodía, "piedad".»
Interpretación alegórica. Alegóricamente, San Agustín (libro 13 de La Ciudad de Dios, cap. 21) y Ambrosio (libro Sobre el Paraíso) dicen: El paraíso es la Iglesia; los cuatro ríos son los cuatro Evangelios; los árboles frutales son los Santos; los frutos son las obras de los Santos; el árbol de la vida es Cristo, el Santo de los Santos, o es la sabiduría misma, madre de todos los bienes (Eclesiástico 24:41, Proverbios 3:18); el árbol de la ciencia del bien y del mal es el libre albedrío, o la experiencia de transgredir un mandamiento. Asimismo, el paraíso es la Vida Religiosa, en la que florecen la humildad, la caridad y la santidad. Oíd a San Basilio en su libro, o más bien homilía, Sobre el Paraíso, hacia el final: «Si pensarais en algún lugar apto para los santos, en el cual todos los que resplandecieron con buenas obras en la tierra pudieran gozar de la gracia de Dios y vivir en verdadero y espiritual deleite, no os apartaríais mucho de una semejanza adecuada del paraíso.» Así también San Crisóstomo, en la Homilía 69 sobre Mateo, disertando sobre la felicidad de los monjes, los compara con Adán habitando en el paraíso. Véase San Bernardo, Al Clero, capítulo 21, y Jerónimo Plato, libro 3, Sobre el bien del estado religioso, capítulo 19.
Interpretación anagógica. Anagógicamente, los mismos autores dicen: El paraíso es el cielo y la vida de los bienaventurados; los cuatro ríos son las cuatro virtudes cardinales: a saber, el Ganges es la prudencia, el Nilo es la templanza, el Tigris es la fortaleza, y el Éufrates es la justicia. Véase Pierio, Hieroglyphica, 21.
O más bien, los cuatro ríos son los cuatro dones del cuerpo glorificado (Apocalipsis, último capítulo, versículo 2). Así Santa Dorotea, cuando era conducida al martirio por el prefecto Fabricio, se gozaba porque decía que iba a su Esposo, cuyo paraíso florecía con la belleza de todas las flores y frutos. Cuando Teófilo el escriba le pidió burlonamente que le enviase algunas rosas cuando llegara allí, ella dijo: «Las enviaré.» Después de ser decapitada, un niño apareció a Teófilo con una canasta de rosas frescas — y ciertamente en tiempo de invierno (pues ella padeció el seis de febrero) — y dijo que le eran enviadas por Dorotea desde el paraíso de su Esposo. Cuando las hubo ofrecido, el niño desapareció de su vista. Por tanto Teófilo, convertido a la fe de Cristo, sufrió el martirio.
Versículo 9: Todo árbol hermoso a la vista
TODO ÁRBOL HERMOSO A LA VISTA Y AGRADABLE PARA COMER. — «Y» aquí se usa por «o»: pues Moisés significa que en el paraíso había tanto árboles hermosos y deleitosos, como cedros, cipreses, pinos y otros árboles no frutales, como árboles frutales aptos para comer.
El árbol de la vida
TAMBIÉN EL ÁRBOL DE LA VIDA — es decir, el árbol de la vida. Se pregunta: ¿qué clase de árbol era éste, y de qué naturaleza?
Digo primero: Es materia de fe que éste fue un árbol real; pues es llamado «árbol» por los hebreos, y lo exige la narración simple e histórica de Moisés. Así lo sostienen todos los antiguos, contra Orígenes y Eugubino, quienes piensan que el árbol de la vida era simbólico, y que sólo simbólicamente significaba tanto la vida como la inmortalidad prometida a Adán si obedecía a Dios.
Digo segundo: Se llama el árbol de la vida, no porque fuera un signo de la vida concedida a Adán por Dios, como pretende Artopeo; sino «de la vida» significa vivificante, causa de la vida, conservadora y prolongadora de la vida, porque este árbol extendía la vida de quien comía de él por larguísimo tiempo, y la mantenía libre de enfermedades y vejez, sana, pacífica y gozosa. Véanse Pererio y Valesio, Filosofía Sagrada, capítulo 6.
Cuatro efectos del árbol. Primero, pues, este árbol habría hecho la vida longeva; segundo, vigorosa y robusta; tercero, constante, de modo que nunca se habría incurrido en enfermedad ni vejez; cuarto, alegre y gozosa — pues habría disipado toda tristeza y melancolía.
Digo tercero: Esta fuerza y virtud de este árbol no era sobrenatural, y por tanto quitada después del pecado de Adán, como sostienen San Buenaventura y Gabriel (en II, dist. 19); sino que le era natural, así como la fuerza de sanar existe en otros frutos y árboles; pues se llama el árbol de la vida por su propia naturaleza y fuerza nativa. Y por tanto después del pecado esta virtud permaneció en este árbol, y por esa razón Adán fue excluido de él y del paraíso después de haber pecado, como es claro del capítulo 3, versículo 22. Así dicen Santo Tomás, Hugo y Pererio.
Por tanto, nada en el paraíso podría haber dañado o corrompido al hombre que permaneciera en la inocencia. Pues contra la acción de los elementos y el consumo de la humedad radical, habría tenido el árbol de la vida, que habría restaurado plenamente dicha humedad. Contra la violencia de los demonios, habría tenido la custodia angélica. Contra el ataque de las fieras, habría tenido perfecto dominio sobre ellas. Contra la fuerza de otros hombres, habría tenido el paraíso: pues si alguien hubiera querido dañar a otro, habría perdido la justicia e inmediatamente habría sido expulsado del paraíso, como aconteció a Adán. Contra la infección del aire, habría tenido el clima templado más adecuado. Contra las plantas venenosas, contra las llamas y otras cosas que pudieran haberle herido o abrumado accidentalmente, habría tenido plena prudencia en todas las cosas, y la previsión de guardarse de todo — la cual si no hubiera ejercido, entonces no habría sido inocente sino imprudente, temerario y culpable, y así habría podido ser dañado. Finalmente, la protección de Dios lo habría rodeado y escudado por todos lados de las cosas nocivas.
¿Cómo habría prolongado la vida humana? Se pregunta en segundo lugar, ¿por qué medio habría prolongado este árbol la vida humana? Muchos piensan que el fruto del árbol de la vida, una vez probado y comido, habría conferido la inmortalidad al que lo comiera. Pues así como, dicen, el árbol de la ciencia del bien y del mal era el árbol de la muerte y el salario de la muerte, de modo que una vez probado acarreaba la necesidad de morir, así inversamente el árbol de la vida era la recompensa de la obediencia, que habría trasladado a los hombres de un estado mortal a la inmortalidad. De ahí que Belarmino (libro Sobre la gracia del primer hombre, cap. 18) sostiene que los hombres habrían comido de este árbol de la vida sólo en el momento en que estuvieran a punto de ser trasladados de esta vida al estado de gloria. Esta opinión es favorecida por San Crisóstomo, Teodoreto, Ireneo y Ruperto, a quienes Abulense cita y sigue en el capítulo 13, donde trata todas estas materias extensamente.
Digo primero: Es más probable que este fruto, una vez probado, habría en efecto prolongado la vida del hombre por largo tiempo, pero no lo habría hecho absolutamente inmortal. La razón es que esta fuerza era natural a este fruto, y era finita; y por tanto por la acción continua del calor natural en el hombre, habría sido finalmente consumida. Además, este fruto, como cualquier otro, era por su naturaleza corruptible; por tanto no podría haber hecho al hombre enteramente incorruptible, sino sólo, comido repetidamente, habría prolongado la vida del hombre más y más. Así opinan Escoto, Durando, Cayetano y Pererio.
Digo segundo: El fruto del árbol de la vida restauraba el pleno vigor al hombre: primero, supliendo la humedad natural originaria, o algo mejor; segundo, aguzando, fortaleciendo y restaurando a su estado original o incluso mejor el calor natural que había sido debilitado por la acción continua y la lucha con otros alimentos (que el hombre habría consumido ordinariamente aun entonces, como enseña San Agustín en el libro 13 de La Ciudad de Dios, cap. 20), y manteniéndolo y conservándolo. De ahí que si el hombre hubiera comido de este árbol a intervalos fijos, aunque infrecuentes, no habría incurrido ni en muerte ni en vejez. Por tanto yerra Aristóteles, quien en el libro 3 de la Metafísica, texto 15, tácitamente reprende a Hesíodo por decir que los dioses que comen ambrosía son inmortales, mientras que los demás que carecen de ambrosía son mortales. Pues todo lo que se alimenta de comida, dice Aristóteles, por su naturaleza envejece, se disuelve y muere. Pero en este árbol de la vida, que Aristóteles no conoció, esto es claramente falso; de ahí que en el capítulo 3, versículo 22, Moisés aquí expresamente enseña que Adán fue expulsado del paraíso para que, probando el árbol de la vida, no viviera para siempre. Por tanto el árbol de la vida podía prolongar la vida para siempre.
Se objetará: El calor natural en el hombre es gradualmente disminuido por la acción continua, y actuando sobre el fruto del árbol de la vida se habría debilitado. Pero esta debilitación parece no poder ser reparada por el alimento, porque sólo puede ser reparada por la conversión del alimento, es decir, de la nutrición en la sustancia del cuerpo nutrido. Pero entonces la nutrición es similar al cuerpo nutrido, y en consecuencia no tiene mayor fuerza que el cuerpo nutrido: por tanto no puede reparar plenamente sus fuerzas debilitadas y disminuidas.
Respondo primero: Es falso que la nutrición, cuando es convertida y hecha semejante al cuerpo nutrido, no tenga mayor fuerza que éste. Pues vemos que cuando personas débiles toman alimento, son rápidamente revividas, fortalecidas y vigoradas.
Respondo segundo: Este fruto del árbol de la vida no era meramente alimento, sino también un medicamento de maravillosa virtud, que antes de ser convertido en la sustancia del hombre, purificaba, restauraba y fortalecía el cuerpo y el calor natural. Además, esa misma sustancia después, convertida en la sustancia del hombre, habría retenido esta misma fuerza y cualidad. Por tanto, por esta fuerza natural propia, habría reparado y restaurado las facultades nutritivas del hombre mucho más de lo que la acción del calor natural y su debilitamiento por el alimento y la nutrición pudieran haberlas disminuido. Así dice Luis de Molina.
¿Qué clase de eternidad de vida? Se pregunta en tercer lugar, ¿de qué clase era esta eternidad que la ingestión del árbol de la vida habría conferido — absoluta, o restringida y relativa? Luis de Molina sostiene que era absoluta, porque, dice, este árbol habría restaurado siempre al hombre a su vigor original. Pero mejor, Escoto, Valesio y Cayetano sostienen que era restringida, no absoluta, porque este árbol habría prolongado la vida y el vigor del hombre por algunos miles de años, hasta que Dios lo trasladara al cielo, lo cual es una especie de eternidad. Pues los hebreos, siguiendo el uso común, llaman olam (es decir, «eterno») a un tiempo larguísimo cuyo fin no es previsto por el hombre; véase el Canon 4. Así en el capítulo 6, versículo 3, dice el Señor: «No permanecerá mi espíritu en el hombre para siempre (es decir, por la larga vida de los primeros padres), y sus días serán ciento veinte años.» Sin embargo, este árbol no podría haber prolongado la vida del hombre absolutamente por toda la eternidad. La razón es que todo cuerpo mixto, puesto que consta de elementos contrarios que luchan entre sí, es por su naturaleza corruptible. Pero este árbol sapidísimo y hermosísimo era un cuerpo mixto: por tanto era en sí corruptible, y poco a poco, aunque muy lentamente, habría fallado y perdido su vigor original, y finalmente habría perecido — así como las encinas, aunque son durísimas, sin embargo perecen gradualmente. Por tanto no podría haber preservado al hombre de la muerte y la corrupción por toda la eternidad. Pues no podía dar al hombre lo que no tenía en sí mismo. Y en este sentido es verdadero lo que dijo Aristóteles: todo lo que se alimenta de comida es mortal. Segundo, porque de otro modo se seguiría que Adán, después de su pecado, si se le hubiera permitido vivir en el paraíso y comer del árbol de la vida, habría vivido absolutamente para siempre. Pero esto parece increíble, tanto porque antes de ser expulsado del paraíso ya había sido pronunciada contra él la sentencia de muerte, como porque por el pecado el cuerpo y la naturaleza humana son tan débiles y miserables, y están sujetos a tantas enfermedades, vicios y aflicciones que desgastan las fuerzas y gradualmente conducen a la muerte, que sería necesario que muriera al fin.
Se objetará: El fruto del árbol de la vida habría restaurado siempre el calor natural y la humedad radical a su vigor original; por tanto podría haber prolongado la vida del hombre siempre y por toda la eternidad, si el hombre hubiera comido de él en los tiempos oportunos.
Respondo: la palabra «siempre» en la premisa debe tomarse en sentido restringido, a saber, siempre mientras durara la plena fuerza y vigor del árbol de la vida. Pues al envejecer y perecer el árbol, el hombre igualmente habría envejecido y perecido. Pues así como ahora ciertos electuarios y alimentos muy suculentos, espirituosos y nutritivos restauran plenamente la humedad radical y el calor natural (especialmente en los jóvenes), y los restituyen a su plena fuerza — pero por un cierto tiempo, a saber hasta que o bien el hombre envejece o bien la fuerza y vigor del alimento se debilita (pues entonces no puede restaurar las fuerzas del hombre sin que éste gradualmente desfallezca y muera) — así habrían sido las cosas igualmente con el árbol de la vida. Con esta sola diferencia: que nuestros alimentos y medicinas restauran vigor al hombre sólo por breve tiempo, mientras que el árbol de la vida lo habría logrado por largo tiempo, por muchos miles de años. Cuando éstos se completaran, tanto el hombre como el árbol de la vida habrían envejecido y muerto. Pero Dios habría prevenido esta vejez y muerte trasladando al hombre al cielo y a la vida eterna. Puesto, pues, que Dios no quiso que el hombre viviera en el paraíso absolutamente para siempre, sino sólo por largo tiempo, parece que igualmente dotó al árbol de la vida con la fuerza de prolongar la vida no absolutamente para siempre, sino sólo por largo tiempo. Así enseña Escoto y sus seguidores.
Néctar y ambrosía del árbol de la vida. Finalmente, de este árbol de la vida los poetas inventaron sus fábulas, y concibieron su néctar, ambrosía, nepentes y moly, como si fueran alimentos de los dioses que los harían inmortales, siempre jóvenes, alegres y bienaventurados.
Nótese que Adán no probó este fruto de la vida, pues poco después de su creación pecó y fue expulsado del paraíso, como es claro del capítulo 3, versículo 22.
Interpretaciones simbólicas del árbol de la vida. Simbólicamente, pues, el árbol de la vida era un jeroglífico de la eternidad, como es claro por lo dicho.
Alegóricamente, el árbol de la vida es Cristo, que dice: «Yo soy la vid; vosotros los sarmientos» (Juan 15). Y: «Yo soy el camino, la verdad y la vida» (Juan 14). Asimismo, el árbol de la vida es la cruz de Cristo, que, erigida en medio del paraíso — es decir, la Iglesia — da vida al mundo. Por lo cual la Esposa, deseando subir a ella, dice en Cantares 7: «Subiré a la palmera y tomaré sus frutos, dulces a mi paladar.» El árbol de la vida, finalmente, es la Eucaristía, que da vida al alma y al cuerpo; pues por su virtud resucitaremos a la vida inmortal, según aquello de Cristo en Juan 6: «El que come este pan vivirá para siempre.» Así dice San Ireneo, libro 4, capítulo 34, y libro 5, capítulo 2.
Tropológicamente, el árbol de la vida es la Bienaventurada Virgen, de quien nació la Vida — Dios hecho hombre, Cristo Jesús. Y la Virgen misma, como dice Germano, Patriarca de Constantinopla, es el espíritu y la vida de los cristianos. Asimismo, el árbol de la vida es el justo, que realiza obras santas que producen la vida de la gracia y la gloria, según aquello: «El fruto del justo es árbol de vida» (Proverbios 11:30). Además, el árbol de la vida es la sabiduría misma, la virtud y la perfección, según aquello sobre la misma: «Es árbol de vida para los que la abrazan» (Proverbios 3:18).
Anagógicamente, el árbol de la vida es la bienaventuranza y la visión de Dios, que confiere una vida bienaventurada al alma, según aquello: «Al vencedor le daré a comer del árbol de la vida, que está en el paraíso de mi Dios» (Apocalipsis 2:7 y capítulo 22:2). Véase el comentario allí.
El árbol de la ciencia del bien y del mal
Y EL ÁRBOL DE LA CIENCIA DEL BIEN Y DEL MAL. — Se pregunta, ¿qué clase de árbol era éste? Los judíos fabulan que Adán y Eva fueron creados sin el uso de la razón, como si fueran infantes, pero que de este árbol recibieron el uso de la razón, por el cual conocerían el bien y el mal.
Segundo, Josefo (libro 1 de Antigüedades, cap. 2) sostiene que este árbol tenía la fuerza de aguzar el ingenio y la prudencia, y de ahí fue llamado el árbol de la ciencia del bien y del mal. Lo mismo sostuvieron los ofitas según Epifanio (Herejía 37); éstos adoraban a la serpiente en lugar de a Cristo, porque la serpiente fue la autora de que el hombre adquiriera la ciencia, cuando le persuadió a comer del árbol prohibido.
Pero digo primero: Es probable la opinión de Ruperto, Tostado y Pererio, de que por anticipación el árbol es aquí llamado el árbol de la ciencia del bien y del mal, el cual fue después así llamado porque la serpiente prometió al hombre, si comiera de él, esta ciencia — aunque falsa y dolosamente — diciendo: «Seréis como dioses, conocedores del bien y del mal», por lo cual después de que Adán comió de él, Dios, burlándose de él, dijo: «He aquí que Adán se ha hecho como uno de nosotros, conocedor del bien y del mal.»
Digo segundo: Es más probable que no fue después, sino ahora, llamado por Dios mismo el árbol de la ciencia del bien y del mal, tanto porque Dios, así como nombró el árbol de la vida, así también nombró a éste con su propio nombre y lo designó a Adán — pues no existe ningún otro nombre de este árbol; como porque de nuevo en el versículo 17 es llamado por Dios el árbol de la ciencia del bien y del mal; y finalmente porque con este nombre la serpiente parece haber engañado a Eva, como si dijera: Este árbol se llama el árbol de la ciencia del bien y del mal; por tanto si comes de él, conocerás el bien y el mal. La serpiente en efecto le prometió toda clase de ciencia, incluso divina, cuando Dios había entendido algo muy distinto por este nombre. De donde —
Digo tercero: El árbol de la ciencia del bien y del mal parece haber sido así llamado por Dios, tanto por el propósito de Dios al designarlo, como por el acontecimiento que siguió, que Dios había previsto. Pues Dios había determinado, para ejercitar la obediencia del hombre, prohibirle el comer de este árbol, y si el hombre, siendo obediente, se abstenía de él, acrecentar y conservar su justicia y felicidad; pero si, siendo desobediente, comía de él, castigarlo con la muerte. A través de este árbol, pues, el hombre aprendió y conoció por experiencia lo que antes había conocido sólo por especulación — a saber, cuál es la diferencia entre la obediencia y la desobediencia, entre el bien y el mal — y por eso este árbol fue llamado el árbol de la ciencia del bien y del mal, como si dijeras: el árbol del cual el hombre aprenderá por experiencia qué es el bien y qué es el mal. Así la paráfrasis caldea, San Agustín (Ciudad de Dios XIV, 17), Teodoreto, Euquerio y Cirilo (Contra Juliano III). Así también aquella parte del desierto de Farán fue llamada «los sepulcros de la concupiscencia», porque allí los que habían codiciado carne fueron muertos y sepultados (Números 11:34).
Digo cuarto: Teodoreto, Procopio, Barcefas e Isidoro de Pelusio, y Genadio en la Cadena de Lipomano sobre el capítulo III, 7, sostienen probablemente que este árbol era una higuera. Pues inmediatamente después de comer de él, Adán, viéndose desnudo, se cosió un vestido de hojas de higuera, como se dice en el capítulo III, 7. Pues del árbol más próximo y cercano, Adán, tan confuso, parece haber tomado estas hojas y coberturas para su desnudez; pero ningún árbol le era más cercano que aquel del cual acababa de comer; por tanto era una higuera.
Otros piensan que era un manzano o frutal, pues en Cantares 8:5 se dice: «Debajo del manzano te desperté.» Pero el nombre «manzana» es común a todos los frutos que tienen corteza más blanda, por lo cual un higo es también una «manzana»; pero en esta materia nada puede afirmarse con certeza.
Mística y tropológicamente, el árbol de la ciencia del bien y del mal fue un jeroglífico del libre albedrío, como ya dije. Pues del mal uso de él Adán aprendió cuán gran mal son la desobediencia y el pecado; así como, inversamente, del buen uso de él los santos han aprendido y siguen aprendiendo cuán gran bien son la obediencia y la observancia de la ley. Por lo cual este árbol fue igualmente un tipo de la obediencia y de la desobediencia, como insinúa San Ambrosio en su libro Sobre el Paraíso, capítulo VI, sobre lo cual nuestro Benedicto Fernández ha recopilado mucho material aquí. Por esta razón el árbol fue colocado en medio del paraíso, es decir, entre la espesura más densa de árboles apiñados, donde no estuviera siempre ante los ojos, para no tentar perpetuamente el apetito con su tan hermoso fruto — como lo habría hecho si hubiera sido colocado solo al borde de los árboles, o en un lugar apartado, donde, visible a todos, habría atraído hacia sí las miradas de todos.
Versículo 10: Y un río salía del lugar de deleite
En hebreo, «de Edén». El paraíso estaba en Edén; así los Setenta. Nuestro traductor [la Vulgata] toma «Edén» no como nombre propio sino como nombre común, y entonces significa «deleite»; así los Setenta, los caldeos y otros lo traducen en el versículo 23, y de esto el lugar fue llamado Edén, porque era deleitoso y amenísimo.
Dice disparates un autor por lo demás ingenioso que intenta probar, tanto por otros argumentos como por la semejanza de nombres, que Edén y en consecuencia el paraíso estaban en Edin, o Hesdin, que es una ciudad de Artois.
PARA REGAR EL PARAÍSO — ya serpenteando por diversos meandros y curvas, como el Meandro; ya humedeciendo el paraíso a través de canales ocultos.
Versículos 11-14: Los cuatro ríos
Versículo 11: Hevilá
Muchos sostienen que es la India; pero, como dije en el versículo 8, Hevilá es más bien una región cercana a Susiana, Bactriana y Persia, situada entre Asiria y Palestina, frente a Sur. Pues así se entiende Hevilá en 1 Reyes 15:7 y Génesis 25:18; fue llamada así por Hevilá, hijo de Joctán, de quien véase Génesis 10:28.
LA RODEA — no circundándola o dando vueltas alrededor, sino fluyendo a través y recorriéndola. Así «rodear» se usa por «recorrer» en Hebreos 11:7 y Mateo 23:45.
El Fisón parece ser el mismo río que los griegos y los antiguos geógrafos llaman Fasis, hoy el Aras o Araxes. Nace en la parte septentrional de las montañas de Armenia, se une al río Kur y, después de tomar su nombre, desemboca en el mar Caspio. El Hevilá que aquí se nombra debe sin duda distinguirse tanto del de Génesis 10:7 como del del mismo capítulo, versículo 29. Pues ambos se situaban en Arabia. Por eso preferimos seguir la opinión que Michaelis expuso en su Suplemento al Léxico Hebreo, Parte III, n.º 688. A saber, en las cercanías del Araxes, que, como dijimos, mezclado con el Ciro desemboca en el mar Caspio, se encuentra cierto pueblo y región algo consonante con el nombre Hevilá. El mismo mar Caspio se llama Chwalinskoje More, por un pueblo antiguo y no bien conocido, los Chwaliskianos, que antiguamente habitaron en torno a este mar, dice Muller, cuyo nombre se deriva además de Chwala, del mismo significado que Slawa. — Sobre el Fisón y el Guijón, véase Obry, op. cit.; Haneberg, Historia de la Revelación Bíblica, Libro I, cap. II, p. 16 y ss.
Versículo 12: Bedelio
Es una especie de goma, o resina translúcida, que gotea de un árbol negro del tamaño de un olivo, con hojas como las del roble y fruto y naturaleza semejantes a los del cabrahígo. Así Plinio, Libro XII, cap. 9, y Dioscórides, Libro I, cap. 69. El bedelio más estimado es el de Bactriana. En lugar de «bedelio», el hebreo dice bedolach, que Vatablo y Eugubino traducen como «perla»; los Setenta lo vierten como anthrax, es decir, «carbunclo». Los mismos traductores en Números 11:7 lo vierten como «cristal». Pero que bedolach es bedelio resulta claro de las mismas letras de ambas palabras.
El bedelio difícilmente parece ser un don de la naturaleza tan extraordinario como para que una región sea elogiada por producirlo. Por ello algunos han sospechado un error textual. Apenas puede determinarse nada cierto acerca de este nombre.
Versículo 13: Guijón
Parece derivarse del hebreo goach, es decir, «vientre» o «pecho», porque es, por así decirlo, un vientre lleno de suciedad y barro. De ahí que muchos piensen que el Guijón es el Nilo, que por sí solo, como con su pecho, empolla sobre Egipto y lo fecunda. Pero qué sea el Guijón lo traté en el versículo 8.
Entre todas las opiniones sobre el río Guijón, la que Michaelis propuso (ibid., Parte I, p. 277) es la más probable. Según ella, el gran río de Corasmia [Jorezm], que desemboca en el mar de Aral — llamado Oxus por los antiguos, Abi-Amú por nuestros geógrafos, y Guijón por los árabes e incluso por los habitantes hasta hoy — parece ser el Guijón de Moisés. Pero el mismo Michaelis no se atreve a determinar nada cierto, pues aquellas regiones nos son todavía demasiado poco conocidas. Cf. Obry, op. cit., p. 125.
Versículo 14: Tigris
Este río se llama así por el tigre, el más veloz de los animales, según sostienen Ruperto e Isidoro; o más bien, como dicen Curcio y Estrabón, por la velocidad de la flecha, que imita en su curso — pues los medos llaman a la flecha «Tigris». En hebreo se llama chiddekel (de donde, por corrupción, ahora se dice Tigel), es decir, «agudo y veloz», a saber, por la extrema rapidez de su corriente.
Éufrates
Del hebreo huperat, dice Genebrardo, se formó la palabra Éufrates; por lo cual aún se llama Frat, de la raíz para, es decir, «fructificó», porque al modo del Nilo, desbordándose, riega y fecunda la tierra. Por tanto, yerran quienes, siguiendo a Ambrosio, derivan Éufrates del griego euphainesthai, es decir, de «alegrar».
La lectura anagógica de Anastasio del Sinaí
Anastasio del Sinaí, patriarca de Antioquía bajo el emperador Justiniano, escribió once libros u homilías de Contemplaciones Anagógicas sobre la obra de los seis días, que se conservan en el tomo I de la Biblioteca de los Santos Padres; pero deben leerse con discreción y con cautela. Pues en ellas afirma que los ángeles fueron creados antes que el mundo corpóreo — lo cual, aunque muchos antiguamente lo sostuvieron, es ahora ciertamente lo contrario, a saber, que fueron creados juntamente con el mundo corpóreo.
Además, da a entender que los ángeles no fueron creados a imagen de Dios, sino solamente el hombre — lo cual es absolutamente falso; místicamente, sin embargo, es verdadero, porque solo el hombre consta de alma y cuerpo, y consecuentemente solo el hombre tiene la imagen del Dios corpóreo, a saber, de Cristo encarnado, como él mismo explica. Además, repetidamente da a entender que el paraíso no fue un lugar corpóreo, sino que debe entenderse espiritualmente. Esto en el sentido literal es falso y erróneo; anagógicamente, sin embargo, es verdadero. Por lo cual el lector debe recordar el mismo título, a saber, que estas son sus contemplaciones anagógicas y alegóricas, no exposiciones literales. Así, al final de la Homilía 8, afirma que los cuatro ríos del paraíso — es decir, de la Iglesia — son los cuatro Evangelistas: a saber, que el Éufrates, que significa «fértil», es San Juan; el Tigris, que significa «ancho», es San Lucas; el Fisón, que significa «cambio de boca», es San Mateo, que escribió en hebreo; el Guijón, que significa «útil», es San Marcos.
Versículo 15: Tomó, pues, el Señor Dios al hombre y lo puso en el paraíso
De aquí y del capítulo III, versículo 23, resulta claro que Adán fue creado no en el paraíso, sino fuera de él (muchos sostienen que fue creado en Hebrón), y de allí fue trasladado por Dios el mismo día por medio de un ángel al paraíso, para que supiera que no era hijo del paraíso, sino un colono, gratuitamente establecido por Dios, y que debía atribuir el lugar del paraíso no a su propia naturaleza, como si le fuera debido, sino a la gracia de Dios — por lo cual también fue expulsado de él a causa de su pecado. Francisco Arelino ofrece muchas otras razones de esto en sus Cuestiones sobre el Génesis, pp. 300-301. Esta es la opinión de San Ambrosio, Ruperto y Abulense. Eva, sin embargo, parece haber sido creada en el paraíso, versículo 21.
PARA QUE LO TRABAJASE — no para procurarse el sustento, sino para ejercicio honesto, placer y experiencia; de modo que ni se fatigase ni decayese por la ociosidad. Así San Juan Crisóstomo.
Sobre la antigüedad de la agricultura
Nótese aquí respecto a la agricultura: primero, su antigüedad — pues comenzó con el hombre y con el mundo; segundo, su dignidad — tanto porque fue instituida por Dios y mandada a Adán, como porque Adán, de quien desciende toda nobleza, junto con Abel, Set, Noé, Abrahán, Isaac, Jacob y todos los más célebres varones de la antigüedad, fueron agricultores.
Pablo Jovio refiere en su Vida de Jacobo Mucio, capítulo 84, acerca de Sforza de Cotignola, que, cuando Sergiano, el gran senescal, le echó en cara la fábula de la azada para reprocharle la novedad de su linaje, respondió: «En este origen de nuestra estirpe, según veo, convenimos, pues Adán, el primero de los mortales, cavó la tierra; pero yo ciertamente — lo cual no puedes negar con razón — me hice mucho más noble con mi azada que tú con tu pluma y tu pene.» Con esta burla indicaba que aquel hombre había adquirido tan gran dignidad por medio de la lujuria, y que su padre había sido un escribano humilde en el tribunal del pretor, condenado por falsificación tras adulterar un testamento.
Tercero, nótese la inocencia de la agricultura, que por encima de las demás artes fue encomendada al hombre inocente en el paraíso, como no perjudicial a nadie, sino provechosa para todos. Oigamos a Virgilio (Geórgicas II):
«¡Oh agricultores, demasiado afortunados si conocieran sus bienes!
Para quienes, lejos de las armas discordes,
la tierra justísima derrama de su suelo un fácil sustento.»
Y de nuevo:
«Esta vida cultivaron en otro tiempo los antiguos sabinos,
esta, Remo y su hermano. Así creció la fuerte Etruria:
y Roma fue hecha la cosa más hermosa del mundo.
Saturno llevaba esta vida de oro sobre la tierra.»
Oigamos a Cicerón: «De todas las cosas de las que se busca algún provecho, nada hay mejor que la agricultura, nada más fructífero, nada más dulce, nada más digno de un hombre libre.»
Con razón, pues, dice San Agustín: «La agricultura es la más inocente de todas las artes; sin embargo, el impío Fausto el maniqueo se atrevió a condenarla,» porque decía que los agricultores violan el mandamiento de Dios: «No matarás» — pues por él, sostenía, se nos prohíbe privar de vida a cualquier ser viviente; y que los agricultores, al segar las mieses, arrancar peras, manzanas y otras plantas, las privan de su vida. Diré más sobre la agricultura en el capítulo 9, versículo 20.
Moralmente, sobre el cultivo del alma
Moralmente, Dios nos enseña aquí que todo el plan de nuestra vida se funda en una especie de agricultura. Pues así como entre las criaturas solo los árboles frutales y las semillas necesitan el trabajo y la industria del hombre, así el hombre necesita el cuidado y el cultivo de sí mismo. Esto indicó Dios al hombre cuando «lo puso en el paraíso para que lo trabajase y lo guardase,» e hizo los luminares «para que sirviesen de señales y de tiempos» — a saber, para recordarnos el tiempo oportuno para sembrar, cosechar, etc. El campo que debemos cultivar continuamente por mandato de Dios es el alma; las plantas frutales son la sobriedad, la castidad, la caridad y las demás virtudes; la cizaña y las malas hierbas que cada uno debe arrancar son la gula, la lujuria, la ira y los demás vicios. El agricultor es el hombre; la lluvia es la gracia de Dios, que sugiere e infunde en la mente buenas semillas, es decir, santas inspiraciones, iluminaciones e impulsos, para que de ellas, como de semillas, el alma, hecha fecunda, germine y produzca obras de virtud. Los vientos son las tentaciones, con las cuales los árboles — es decir, las virtudes — se purifican y fortalecen. La cosecha será el premio de la vida eterna; el calor del sol es el ardor que sugiere el Espíritu Santo. Así como el agricultor trabaja al sembrar pero se goza al cosechar, así también los justos, «que siembran con lágrimas» las obras de penitencia, paciencia y trabajos, «cosecharán con júbilo.» Asimismo, así como el sembrador espera pacientemente la cosecha, así también los justos. Por lo cual Eclesiástico 6:19 dice: «Como el que ara y siembra, acércate a ella (la sabiduría), y espera sus buenos (abundantes) frutos; pues en su obra (cultivo) trabajarás un poco, y pronto comerás de sus frutos (productos).» Y Pablo en Gálatas 6:9: «No nos cansemos de hacer el bien, pues a su tiempo cosecharemos.»
Y LO GUARDASE — tanto de las fieras, que estaban fuera del paraíso, dicen San Basilio y Agustín; como de los mismos animales que estaban en el paraíso, para que no dañasen ni ensuciasen su belleza y amenidad.
Versículo 17: Del árbol de la ciencia no comerás
Los Setenta tienen: «no comeréis» [en plural], a saber, vosotros, oh Adán y Eva — pues es probable que ella fue creada antes de este mandamiento, como enseña San Gregorio (Morales XXXV, cap. 10), aunque su creación se narre después; pues este primer mandamiento del mundo fue dado tanto a Eva como a Adán.
San Juan Crisóstomo (o quienquiera que sea el autor) dice excelentemente en su Homilía Sobre la Prohibición del Árbol, tomo I: «Dios da un mandamiento para probar la obediencia; impone una ley para explorar la voluntad del hombre. Estaba, pues, el árbol en medio, probando la voluntad del hombre. Pues probaba si el hombre escucharía al que amenazaba o al diablo que persuadía. Y el hombre estaba entre el Señor y el enemigo, entre la vida y la muerte, entre la perdición y la salvación. Ahora Dios amenaza para salvar; ahora la serpiente persuade para atormentar; ahora por medio de Dios la severidad amenaza con la vida, ahora por medio del diablo la lisonja amenaza con la muerte. Y ciertamente (¡oh vergüenza!) Dios amenaza, y es despreciado; el diablo persuade, y es escuchado. En Dios hay severidad, pero benigna; en el diablo, lisonja, pero nociva.» Y poco después: «Pues habría sido conveniente que obedeciera a Dios, quien había mandado que todas las cosas le obedecieran a él; que sirviera al Señor, quien lo había hecho señor del mundo; que luchara contra el enemigo, para vencer a su adversario; y finalmente, que recibiera las recompensas con Dios remunerándolo. Pues la virtud languidece donde falta la oposición. Tanto se fortalecen las fuerzas con el ejercicio frecuente.» Y luego: «Adán no se mantuvo vigilante para precaverse de la malicia de la serpiente. Fue sencillo; no fue astuto contra el diablo. Pues consintió con el diablo que persuadía más que con el Señor que amenazaba, y perdió la vida que tenía, y recibió la muerte que no conocía.»
CIERTAMENTE MORIRÁS — es decir, incurrirás en la sentencia y la necesidad de una muerte cierta. De ahí que Símaco traduzca: «serás mortal.» Así San Jerónimo, Agustín y Teodoreto.
La muerte del cuerpo y del alma es el castigo del pecado de Adán
Nótese: Dios aquí amenaza al desobediente Adán con la muerte — no solo la muerte corporal y temporal, sino también la muerte espiritual y eterna del alma en el infierno, y esa cierta e infalible. Pues esto es lo que significa la duplicación — «muriendo morirás,» es decir, ciertísimamente morirás. Adán, pues, al pecar, incurrió inmediatamente en cuanto al cuerpo la necesidad de la muerte, y en cuanto al alma incurrió actual y realmente en la muerte. De aquí resulta claro que la muerte para el hombre en el estado en que fue creado por Dios no es natural, como sostuvieron Cicerón y los filósofos (añádanse también los pelagianos), sino que es castigo del pecado, como define el Concilio de Milevi en el capítulo 1, y enseña San Agustín en su libro Sobre los Méritos de los Pecadores, Libro I, capítulo 2.
Por el contrario, los impíos que se entregan a su concupiscencia «obran la iniquidad y siembran dolores,» tanto presentes como eternos, como bellamente explica nuestro Pineda sobre Job 4:8, n.º 4.
Pues aunque, considerando la naturaleza y los elementos contrarios de que el hombre está compuesto, habría debido morir y habría sido mortal, sin embargo, considerando el decreto de Dios, su auxilio y su perpetua conservación, si no hubiera pecado, no habría podido morir y habría sido inmortal. De ahí que el Maestro de las Sentencias (Distinciones II, dist. 19) enseñe que en el paraíso el hombre tenía la «posibilidad de no morir», porque podía abstenerse de pecar y así de morir; en el cielo tendría la «imposibilidad de morir», porque allí, por la gloria y el don de la impasibilidad, habrá una imposibilidad de morir; en esta vida después de la caída, tiene la «posibilidad de morir y la imposibilidad de no morir», porque ahora está en él la necesidad de morir. Nacemos, pues, condenados a muerte.
Recuerda, oh hombre, que ciertamente morirás, y pronto.
La sentencia de Jerjes sobre la muerte
Refieren los historiadores que Jerjes, cuando cubría la tierra con su ejército y el mar con sus flotas, contemplando desde un lugar elevado toda aquella multitud, gimió y lloró, diciendo repetidamente: «De todos estos, ninguno estará vivo después de cien años.»
Saladino
Saladino, rey de Egipto y Siria, que arrebató la Tierra Santa a los cristianos hacia el año 1180, estando a punto de morir, mandó llevar un estandarte con un paño fúnebre por todos sus campamentos, y que un heraldo proclamase: «Esto es todo lo que Saladino, señor de Siria y Egipto, de todo su imperio, se llevará consigo ahora.»
La muerte es un unicornio
Por lo cual, elegante y apropiadamente, Barlaam, en la historia de Josafat, compara la muerte con un unicornio que persigue perpetuamente a un hombre. El hombre huye, y huyendo cae en un foso, y por casualidad se agarra a un árbol que dos ratones estaban royendo. En el fondo del foso había un dragón de fuego, con las fauces abiertas para devorar al hombre. El hombre veía todo esto, pero neciamente, inclinándose sobre un poco de miel que goteaba del árbol, se olvida de todo peligro. El unicornio lo alcanza; el árbol es roído por los ratones; se derrumba, y el hombre es atrapado y devorado por el dragón. El foso es el mundo; el árbol es la vida; los dos ratones son el día y la noche; el dragón de fuego es el vientre del infierno; la gota de miel es el placer del mundo. Así Juan Damasceno, capítulo 12 de su Historia.
Versículo 18: No es bueno que el hombre esté solo
Había dicho — a saber, ya antes, en el sexto día. Pues aunque Orígenes, Crisóstomo, Euquerio y Santo Tomás (Suma I, q. 73, art. 1, ad 3) piensan que Moisés aquí conserva el orden de la narración y que por tanto Eva fue producida después del sexto día del mundo, sin embargo es mucho más verdadero que Moisés aquí, como en todo el capítulo, emplea la recapitulación, y consecuentemente que Eva, al igual que Adán, fue creada en el sexto día. Primero, porque en el versículo 2 se dice que Dios completó su obra en seis días y en el séptimo cesó de toda obra. Segundo, porque en los demás animales, aves y peces, Dios en el quinto y sexto día creó tanto hembras como machos. Tercero, porque en el capítulo 1, versículo 27, en el sexto día cuando fue creado Adán, Moisés dice expresamente: «Varón y hembra los creó,» a saber, a Adán y a Eva. Quiso, pues, en este capítulo narrar más extensamente, a modo de recapitulación, la formación tanto del varón como de la mujer, que en el capítulo 1 había tocado en tres palabras. Así Cayetano, Lipomano, Pererio aquí, y San Buenaventura (Sentencias II, dist. 18, q. 2).
NO ES BUENO QUE EL HOMBRE ESTÉ SOLO — Porque si Adán hubiera estado solo, la especie humana habría perecido en él; y porque el hombre es un animal social. Y así la mujer es necesaria para la propagación de la prole. Después de que esta se ha cumplido, y después de que el mundo se ha llenado de gente, comenzó a ser bueno que el hombre no tocase mujer, como dice San Pablo (1 Corintios 7), y comenzaron a ser alabados los eunucos espirituales (Mateo 19:12), y se prometió una gloriosa recompensa por la continencia, tanto por Isaías como por Cristo y los Apóstoles. Así San Jerónimo Contra Joviniano, y Cipriano en su libro Sobre el Vestido de las Vírgenes. «El primer decreto de Dios,» dice Cipriano, «mandó crecer y multiplicarse; el segundo aconsejó la continencia. Mientras el mundo es aún joven y vacío, se genera una multitud de fecundidad — nos propagamos y crecemos para el aumento del género humano. Pero cuando el mundo está lleno y la tierra repleta, los que pueden practicar la continencia, viviendo a la manera de eunucos, son castrados para el reino.»
Nótese la palabra «solo»; pues de aquí resulta claro que yerran quienes, de lo que se dijo en el capítulo 1 — «Varón y hembra los creó» — dijeron que Dios creó al hombre y a la mujer simultáneamente, pero unidos por los costados, y después meramente los separó el uno del otro. Pues la Escritura dice que Adán estaba entonces solo, y que Eva no fue separada de Adán, sino que fue totalmente producida de la costilla de Adán, cuando Dios la tomó de él, es decir, la separó.
HAGÁMOSLE UNA AYUDA SEMEJANTE A ÉL — «A él», es decir, «él». Pues en lugar de «semejante a él», el hebreo dice kenegdo, que primeramente significa «como delante de él», a saber, que la mujer estuviera presente ante el hombre y fuera compañera como remedio y consuelo de su soledad. Además, que la mujer estuviera a la mano del hombre, para ayudarlo y sostenerlo en todas las cosas. De ahí que el Caldeo parafrasea: «Hagámosle un apoyo que esté junto a él.»
En segundo lugar, kenegdo puede traducirse «enfrente» o «de cara a él», es decir, colocada enfrente y correspondiente a él. De ahí que nuestro traductor [la Vulgata] lo vierte claramente como «semejante a él», a saber, en naturaleza, en estatura, en el habla, etc.; pues en todos estos aspectos la mujer es semejante al hombre.
En cuatro cosas, ayuda para el varón
Además, la mujer es ayuda para el varón: primero, para la propagación y educación de la prole; segundo, para el gobierno del hogar; tercero, para el alivio de las preocupaciones, los dolores y los trabajos; cuarto, para aliviar las demás necesidades de la vida. El pecado ha convertido esta ayuda en molestia, pleitos y contiendas para muchos.
Versículo 19: Dios trajo los animales a Adán
19. HABIENDO SIDO, PUES, FORMADOS DE LA TIERRA TODOS LOS ANIMALES DE LA TIERRA Y TODAS LAS AVES DEL CIELO. — La palabra «aves» debe referirse a «formados», pero no a «de la tierra»; pues las aves no fueron formadas de la tierra, sino del agua, como dije en el capítulo 1, versículo 20. Pues Moisés resume muchas cosas brevemente por recapitulación; por tanto, sus palabras deben interpretarse en relación con su contexto: pues de lo antes narrado resulta claro a qué se refiere cada palabra.
LOS TRAJO A ADÁN — «Los trajo» no por medio de una visión intelectual, como sostiene Cayetano, sino real y físicamente, y esto por medio de los ángeles, o por medio de la inclinación e impulso que imprimió en la imaginación y el afecto de cada animal. Así San Agustín, Libro IX de Sobre el Génesis en Sentido Literal, capítulo xiv, y otros en todas partes.
Ese es su nombre — el nombre que conviene a su misma naturaleza, es decir, Adán dio a cada uno nombres apropiados que expresaran la naturaleza de cada cual. Así Eusebio, Libro de la Preparación, capítulo IV.
Además, estos nombres eran hebreos: pues esta lengua le había sido dada a Adán, como resulta claro del versículo 23 y del capítulo iv, versículo 1.
Véase aquí la sabiduría de Adán, con la cual notó las naturalezas de cada animal y les dio nombres apropiados; véase también el ejercicio de su dominio sobre los animales: pues les impone un nombre como a súbditos y propiedad suya. Dios no trajo los peces a Adán, porque los peces naturalmente no pueden vivir fuera del agua: de ahí que Adán no les impuso aquí nombres, sino que les fueron dados nombres después.
Versículo 20: Mas para Adán no se halló ayuda semejante a él
Es decir, Adán estaba solo con los animales; aún no existía Eva, ni ningún otro ser humano con quien pudiera compartir la comunión de vida. De aquí resulta que Adán impuso nombres a los animales antes de la creación de Eva.
Versículo 21: El Señor Dios hizo caer un profundo sueño sobre Adán
En lugar de «profundo sueño», el hebreo dice tardema, es decir, un sueño pesado y profundo, que Símaco traduce como karon (estupor), y los Setenta traducen mejor como ekstasin (éxtasis). De aquí resulta claro que el sueño no fue enviado a Adán meramente para que no sintiese que se le extraía la costilla y así se estremeciese y sufriera; sino también que junto con el sueño fue arrebatado en un éxtasis de la mente, por el cual su mente no solo fue liberada de manera natural de las funciones del cuerpo y los sentidos, sino que fue también divinamente elevada para que viese lo que se hacía, y por espíritu profético conociese el misterio significado por estos sucesos: vio, digo, con los ojos de la mente, que su costilla le era extraída y que Eva era formada de ella; y a través de esto vio significado tanto su propio matrimonio natural con Eva como el matrimonio místico de Cristo con la Iglesia: pues esto es lo que significan las palabras de Adán, versículo 23, y de San Pablo, Efesios v, 32. Así San Agustín, Libro IX de Sobre el Génesis en Sentido Literal, capítulo xix, y extensamente en el Tratado 9 sobre Juan, y San Bernardo, Sermón sobre la Septuagésima.
Adán no vio la esencia de Dios
Ciertamente hay quienes piensan que Adán en este éxtasis había visto la esencia de Dios; Ricardo se inclina hacia esto en el Libro II, dist. 23, art. 2, Cuestión I, y Santo Tomás no lo rechaza, Parte I, Cuestión XCIV, art. 1. Pero lo contrario es mucho más verdadero, a saber, que ni Adán, ni Moisés, ni Pablo, y por tanto nadie en esta vida ha visto la esencia de Dios, como dije sobre II Corintios XII, 4.
Cuán grande fue la ciencia infundida a Adán
Adán fue, pues, profeta y extático. Nótese cuán grande fue la ciencia que Adán recibió de Dios: recibió ciencia infusa de todas las cosas naturales, y a partir de ella dio nombres a cada una, como dije en el versículo 19; sin embargo, no recibió conocimiento de los futuros contingentes, ni de los secretos del corazón, ni del número de los individuos, de modo que supiese, por ejemplo, cuántas ovejas o cuántos leones había en el mundo, o cuántos granos de arena en el mar. De igual modo, Adán recibió la fe infusa y el conocimiento de las cosas sobrenaturales: a saber, la Santísima Trinidad, la Encarnación de Cristo (no, sin embargo, su propia caída futura), y también la ruina de los ángeles. Asimismo, recibió la prudencia infusa respecto de todas las cosas que se deben hacer y evitar. Finalmente, alcanzó el grado sumo de contemplación de Dios y de los ángeles. Así Pererio, a partir de San Agustín y Gregorio.
Alegóricamente, San Agustín en las Sentencias, Sentencia 328: «Duerme Adán,» dice, «para que sea hecha Eva; muere Cristo para que sea hecha la Iglesia. Mientras Adán duerme, Eva es hecha de su costado; muerto Cristo, su costado es traspasado con una lanza, para que broten los Sacramentos con los cuales es formada la Iglesia.»
TOMÓ UNA DE SUS COSTILLAS — Nótese primero, contra Cayetano, que estas palabras no se dicen parabólicamente, sino propiamente tal como suenan. Así lo enseñan los Padres e intérpretes en todas partes.
Se objetará: Luego Adán era monstruoso antes de que se le quitase esta costilla, o al menos después de quitada quedó deficiente y mutilado de su costilla.
Catarino responde que Dios restituyó a Adán otra costilla con carne en lugar de esta. Pero como Moisés dice expresamente: «Tomó una de sus costillas y llenó» no una costilla, sino «carne en su lugar.»
De ahí, en segundo lugar, Santo Tomás y otros responden mejor que esta costilla de Adán era como una semilla, que es superflua para el individuo pero necesaria para la generación de la prole. Pues del mismo modo, esta costilla de Adán era superflua para él como persona privada, pero le era necesaria en cuanto era cabeza de la naturaleza y semillero de todos los hombres, del cual tanto Eva como todos los demás hombres debían ser producidos. Pues Eva no podía ser producida como la prole lo es ahora por medio de la semilla; Dios, pues, ordenó que fuera producida de la costilla de Adán, por la razón que se dirá a continuación.
Digo en segundo lugar: Dios junto con la costilla parece haber tomado también la carne adherida a la costilla de Adán: pues el mismo Adán dice, versículo 23: «Esto es ahora hueso de mis huesos y carne de mi carne»; luego Eva fue formada no solo del hueso y la costilla de Adán, sino también de la carne adherida a la costilla.
Versículo 22: Edificó la costilla en una mujer
Digo en tercer lugar: De esta costilla carnosa, como de un fundamento, Dios, añadiéndole otra materia —ya por creación, como sostiene Santo Tomás, ya más bien de la tierra y el aire circundantes (pues después de la primera y verdadera creación de los seis días, Dios no produjo ninguna nueva porción de materia)— formó a la mujer con admirable artificio, del mismo modo que formó a Adán del barro. De ahí que la versión árabe traduzca: Hizo crecer la costilla tomada de Adán mujer, es decir, en mujer; no se trata de un barbarismo, sino de un arabismo. Pues los árabes carecen de la preposición «en» que significa cambio o movimiento hacia un lugar. De ahí que digan: Fue ciudad, es decir, «a la ciudad». Convirtió agua vino, es decir, «en vino». Hizo crecer la costilla mujer, es decir, «en mujer».
Digo en cuarto lugar: De este capítulo II, versículo 22, parece deducirse que Dios llevó esta costilla a otro lugar, ligeramente separado del Adán dormido, y allí edificó de ella a Eva, y la llenó de ciencia y de gracia, tal como había llenado a Adán, y allí habló con Eva; después, despertado Adán, condujo a Eva hacia él, como hacia un esposo, para unirlos en matrimonio indisoluble, esto es, para unir a un solo hombre con una sola mujer, y abolir toda poligamia así como el divorcio. De ahí que Adán, maravillándose como si en éxtasis hubiera visto que le quitaban la costilla y de ella era formada Eva, exclamó diciendo: «Esto es ahora hueso de mis huesos», es decir, Esta Eva ha sido hecha de uno de mis huesos, para que sea mi esposa queridísima y estrechísimamente unida a mí. Pues la razón por la cual Eva fue hecha del costado y de la costilla de Adán fue para que Dios nos enseñase cuán grande debe ser el amor de los cónyuges, y cuán santo, estrecho e indisoluble debe ser el matrimonio; a saber, que los esposos, así como son, por así decirlo, un solo hueso y un solo cuerpo, así deben tener, por así decirlo, una sola alma y una sola voluntad, de modo que haya, por así decirlo, una sola alma para ambos, no en dos cuerpos, sino en un mismo hueso y cuerpo dividido en dos partes.
Las cinco razones de Santo Tomás por las cuales la mujer fue formada del varón
Oíd a Santo Tomás, Parte I, Cuestión XCII, art. 2: «Fue conveniente», dice, «que la mujer fuese formada del varón, más que en los demás animales.
«Primero, para que se conservase cierta dignidad al primer hombre: de modo que, según la semejanza de Dios, él también fuese el principio de toda su especie, así como Dios es el principio de todo el universo; de ahí que también San Pablo diga, en Hechos XVII, que Dios hizo el género humano de un solo hombre.
«Segundo, para que el varón amase más a la mujer y se uniese a ella inseparablemente, al saber que había sido producida de él mismo; por lo cual se dice en Génesis II: Del varón fue tomada: por tanto, dejará el hombre a su padre y a su madre, y se unirá a su mujer. Y esto era especialmente necesario en la especie humana, en la cual el macho y la hembra permanecen juntos durante toda la vida; lo cual no acontece en los demás animales.
«Tercero, porque, como dice el Filósofo en el libro VIII de la Ética: El macho y la hembra se unen entre los hombres no sólo por la necesidad de la generación, como en los demás animales, sino también por la vida doméstica, en la cual hay ciertas obras del marido y de la mujer, y en la cual el varón es la cabeza de la mujer: de ahí que convenientemente la mujer fue formada del varón, como de su principio.
«La cuarta razón es sacramental. Pues por esto se prefigura que la Iglesia toma su principio de Cristo; de ahí que el Apóstol diga en Efesios v: Este es un gran sacramento, pero yo hablo de Cristo y de la Iglesia.»
Y en el art. 3: «Fue conveniente», dice, «que la mujer fuese formada de la costilla del varón. Primero, para significar que entre el varón y la mujer debe haber una unión social. Pues la mujer no debe dominar sobre el varón, y por eso no fue formada de la cabeza; ni debe ser despreciada por el varón como si estuviera servilmente sometida, y por eso no fue formada de los pies. Segundo, por razón del Sacramento: porque del costado de Cristo dormido en la cruz fluyeron los Sacramentos, es decir, la sangre y el agua, por los cuales fue instituida la Iglesia.»
Añádase: Dios quiso en la producción de Adán y Eva imitar su propia generación y espiración eternas; pues así como desde la eternidad engendró al Hijo, y del Hijo espiró al Espíritu Santo, así en el tiempo produjo a Adán a su imagen, y así lo engendró como hijo, por así decirlo; y de él produjo a Eva, que sería el amor de Adán, así como el Espíritu Santo es el amor de Dios.
Finalmente, que Eva fue creada en el paraíso lo enseñan San Basilio, San Ambrosio, Santo Tomás, Pererio y otros; y lo apoya la narración y la secuencia de la Escritura.
Adán, pues, parece haber sido trasladado al paraíso inmediatamente después de su creación; y poco después Eva fue formada de su costilla. De ahí que Moisés, inmediatamente después de esta traslación de Adán, añada la formación de Eva a partir de Adán.
Por tanto, yerra Catarino, quien afirma que Eva fue producida no en el sexto sino en el séptimo día. También yerra Cayetano, quien sostiene que Adán y Eva fueron producidos simultáneamente en el mismo instante de tiempo.
Versículo 23: Esto es ahora hueso de mis huesos
ESTO ES AHORA HUESO — es decir, ¡Fuera de mí los animales antes presentados! No me agradan, no me convienen, porque son desemejantes a mí en especie y con sus rostros inclinados hacia la tierra; carecen tanto de habla como de razón. Esta Eva es semejantísima a mí, partícipe de razón, de consejo, de conversación y de habla, y finalmente porción de mi carne y de mi hueso. Así Delrío.
Los talmudistas fabulan, según Abulense, que Adán antes de Eva tuvo otra mujer, producida del barro de la tierra, llamada Lilith, con la cual vivió durante 130 años, durante los cuales estuvo excomulgado por haber comido del fruto prohibido; y durante todo ese tiempo, dicen, engendró de ella no hombres sino demonios; después recibió a Eva, producida de su costilla, y de ella procreó seres humanos. Estos son sus desvaríos, por los cuales se ven obligados a confesar que son hermanos de los demonios, puesto que su padre Adán engendró demonios.
La palabra «ahora», por tanto, no se refiere a una esposa anterior, sino en parte a los animales, como dije, y en parte a Eva, es decir, Esta mujer ahora, esto es, esta primera vez, fue así formada, a saber, del varón: pues las mujeres que en adelante serán mujeres, ninguna de ellas será generada de este modo, sino que cada una será procreada por generación natural a partir de varón y mujer. Así San Juan Crisóstomo, homilía 15 sobre este pasaje.
Simbólicamente, San Basilio, en su discurso sobre Julitta, con las palabras y el sentir de la matrona Julitta, condenada al fuego por la fe, dice: «La mujer fue creada por el Creador igualmente capaz de virtud que el varón. Pues no sólo se tomó carne para edificar a la mujer, sino también hueso de sus huesos; de donde se sigue que nosotras las mujeres debemos devolver al Señor no menos que los varones la firmeza de la fe y la constancia, así como la paciencia en la adversidad.» Dicho esto, consolando a las matronas que lloraban, saltó a la pila de leños encendida, la cual, resplandeciente como un tálamo nupcial en esplendor, envolvió el cuerpo de Santa Julitta y envió su alma al cielo, mientras conservó su cuerpo, venerable por su honor eminente, ileso y sin daño en parte alguna para sus parientes y allegados; y en verdad, la tierra, ante la llegada de esta Bienaventurada, hizo brotar agua tan abundantemente que la Mártir presenta la imagen de una madre amantísima, alimentando dulcemente a los habitantes de la ciudad como una nodriza, como con leche que mana copiosamente para el uso común.
DE AHÍ QUE SERÁ LLAMADA VARONA, PORQUE FUE TOMADA DEL VARÓN — El traductor no alcanza a expresar toda la fuerza de la palabra hebrea: y así de este pasaje queda claro que Adán habló en hebreo. Pues «varona» no significa naturaleza o sexo, sino virtud y ánimo varonil en una mujer. Pero la palabra hebrea isscha significa la naturaleza y el sexo de la mujer, porque se deriva de isch, es decir, de «varón», con la adición de la he femenina, queriendo decir: Será llamada «vira» (como solían decir los antiguos latinos, según Sexto Pompeyo), porque fue tomada del varón. Así Símaco en griego, de andros [varón], formó andris, según San Jerónimo; Teodocio traduce, será llamada «asunción», porque fue tomada del varón; pues él deriva isscha de la raíz nasa, es decir, asumió, tomó, llevó; pero la primera traducción de los otros es la genuina.
El juego de palabras de R. Abraham ben Ezra sobre isch e isscha
Simbólica y elegantemente, R. Abraham ben Ezra nota que en la palabra isscha se contiene el nombre contraído de Dios, Yah, que es el autor del matrimonio; y mientras este nombre permanece en el matrimonio (y permanece mientras los esposos temen a Dios y se aman mutuamente), durante todo ese tiempo Dios asiste a la unión y la bendice. Pero si se odian mutuamente y se olvidan de Dios, entonces los esposos desechan ese nombre; y así, quitadas la yod y la he, que forman Yah, todo lo que queda de isch e isscha, es decir, de varón y mujer, es esh esh, es decir, fuego y fuego — a saber, el fuego de las riñas y la tribulación en esta vida, y en la otra vida, el fuego eterno.
Versículo 24: Por tanto, dejará el hombre a su padre y a su madre
Estas no son palabras de Moisés, como sostiene Calvino, sino de Adán, o más bien de Dios, quien confirma las palabras de Adán y de ellas extrae la ley del matrimonio, y la ratifica con su propio decreto. Pues Cristo atribuye estas palabras a Dios, en Mateo XIX, 5. Esta es, por tanto, la ley y la sociedad del matrimonio: que si las circunstancias lo exigen, el cónyuge está obligado a dejar padre y madre por causa del otro cónyuge. Esto debe entenderse en cuanto a la cohabitación y la comunión de vida; pues en un caso igual de hambre u otra necesidad semejante, se debe socorrer más bien al padre y a la madre, como autores de la vida, que al cónyuge, como enseña Santo Tomás, II-II, Cuestión XXVI, art. 11, ad 1.
Y SE UNIRÁ A SU MUJER — Los Setenta traducen proskollethesetai, que Tertuliano traduce aptamente como «se encolará». Pues el hebreo dabaq significa la unión más estrecha posible. Así Sara estuvo unida a Abrahán, Rebeca a Isaac, Sara a Tobías, Susana a Joaquín.
Ejemplos del amor de los cónyuges
Oíd también a los paganos. Teógena, esposa de Agatocles, rey de Sicilia, de ningún modo permitió que la arrancasen de su marido enfermo, diciendo que al casarse había entrado en una sociedad no sólo de prosperidad sino de toda fortuna, y que de buen grado compraría al precio del peligro de su propia vida la posibilidad de recibir el último aliento de su marido.
Hipsicratea, esposa de Mitrídates, rey del Ponto, siguió a su marido vencido y fugitivo a través de todas las adversidades.
Memorable es el ejemplo de las mujeres espartanas, que liberaron a sus maridos cautivos intercambiando las ropas con ellos, y ellas mismas se sometieron a ocupar el lugar de los cautivos.
Así Penélope se unió a Ulises; oíd al poeta:
Penélope, desposada, deseaba seguir a Ulises,
a menos que su padre Icario prefiriera retenerla consigo.
Uno le ofrece Ítaca, el otro Esparta, la doncella aguarda ansiosa:
por un lado el padre, por el otro el amor mutuo del esposo la apremia.
Así pues, sentándose, cubre su rostro, vela sus ojos;
estas eran las señales del casto pudor.
Por las cuales Icario comprendió que Ulises era preferido a él mismo,
y en aquel lugar erigió un altar al pudor.
Ilustre fue el ejemplo del romano Graco, en cuya casa se hallaron dos serpientes; cuando los augures respondieron que uno de los esposos sobreviviría si se mataba a la serpiente del sexo del otro: Antes bien, dijo Graco, matad la mía; pues mi Cornelia es joven y todavía puede engendrar hijos. Esto era respetar a la esposa y servir a la república, desempeñando siempre el papel de buen marido, a quien los antiguos consideraban un gran hombre en la vida pública.
Dido, hermana de Pigmalión, habiendo reunido mucho oro y plata, navegó a África y allí fundó Cartago; y cuando era pedida en matrimonio por Yarbas, rey de Libia, erigió una pira funeraria en memoria de su difunto marido Siqueo y se arrojó en ella, prefiriendo arder antes que casarse con otro. Una mujer casta fundó Cartago; de nuevo la misma ciudad terminó en alabanza de la castidad.
Pues la esposa de Asdrúbal, tomada e incendiada Cartago, al ver que estaba a punto de ser capturada por los romanos, tomando a sus dos hijitos, uno en cada mano, se arrojó al fuego que ardía bajo su propia casa.
La esposa de Nicérato, no pudiendo soportar la injuria hecha a su marido, se dio la muerte a sí misma, para no tener que soportar la lujuria de los treinta tiranos que Lisandro había impuesto a los atenienses vencidos.
Y LOS DOS SERÁN UNA SOLA CARNE — Es decir, dos, a saber, marido y mujer, serán en una sola carne, es decir, en un solo cuerpo, es decir, se copularán y se mezclarán en la cohabitación, en la vida común, en la prole, en la unión conyugal.
Así marido y mujer serán una sola carne. Primero, por la unión carnal; así lo explica el Apóstol en 1 Cor. 6:16. Segundo, serán una sola carne sinecdóquicamente, es decir, serán una sola persona, una persona civil. Pues marido y mujer civilmente son tenidos por uno, y son uno. Tercero, porque el cónyuge es dueño del cuerpo de su compañero, y así la carne de uno es la carne del otro, 1 Cor. 7:3. Cuarto, efectivamente: porque engendran una sola carne, a saber, la prole.
Nótese: Entre los vínculos humanos, el más estrecho e inviolable es el vínculo del matrimonio. De ahí que Dios hizo a Eva de la costilla de Adán, para significar primeramente que el marido y la mujer no son tanto dos cuanto uno. Segundo, que son indivisibles e inseparables; pues así como una sola carne no puede dividirse y seguir siendo una, así el cónyuge no puede ser separado del cónyuge, porque es una sola carne con el cónyuge. Pues a la unidad se oponen la división, esto es, el divorcio y la poligamia. Tercero, que deben ser uno en el amor y en la voluntad. Véase a Ruperto aquí. De ahí que Pitágoras dijera que en la amistad del matrimonio hay una sola alma en dos cuerpos.
De aquí resulta claro que no es verdadero lo que afirma el Niseno (si en verdad él es el autor del libro), en su obra Sobre la creación del hombre, cap. 17, y el Damasceno, lib. 2 Sobre la fe, cap. 30, y Eutimio sobre el Salmo 50, y San Agustín, lib. 9 Sobre el Génesis contra los maniqueos, cap. 19, y en Sobre la verdadera religión, cap. 46 — a saber, que en el estado de inocencia no habría habido unión sexual, sino que los hombres habrían sido procreados de algún modo angélico. Pues aquí se dice expresamente que «los dos serán en una sola carne», lo cual el Apóstol explica como referido a la unión sexual, como he dicho. De ahí que San Agustín retracte su opinión en el lib. 1 de las Retractaciones, cap. 10, y los Doctores ahora comúnmente siguen esto. Por tanto, yerra Faber Stapulense en su Comentario al libro de Ricardo de San Víctor Sobre la Santísima Trinidad, quien sueña y dice que, si Adán no hubiera pecado, habría engendrado de sí mismo sin mujer un varón semejante a sí; y Almarico, quien opinó que en aquel estado no habría habido diferencia de sexos.
Asimismo, Santo Tomás, Parte I, Cuestión 98, art. 2, piensa que en el estado de inocencia, conservada la integridad corporal (que se llama virginidad), habría habido no obstante concepción y parto. Pero, como rectamente observa Pererio, esto también pugna con este pasaje y con la naturaleza de la generación humana. Por tanto, la generación habría sido entonces semejante a la que ahora es, pero sin concupiscencia. De ahí que la virginidad entonces no habría existido, porque no habría sido una virtud en aquel estado. Pues la virginidad es ahora una virtud porque refrena la concupiscencia de la lujuria; pero entonces no habría habido concupiscencia ni lujuria que refrenar; por tanto, no habría habido entonces continencia ni virginidad. De ahí que Pererio juzgue probablemente que en aquel estado habrían nacido tantas mujeres como varones. Pues todos habrían contraído matrimonio, y un matrimonio singular, a saber, un solo hombre con una sola mujer, según lo que Dios aquí instituyó.
Versículo 25: Estaban ambos desnudos y no se avergonzaban
Y ESTABAN AMBOS DESNUDOS, Y NO SE AVERGONZABAN — porque en el estado de inocencia no había lujuria, no había concupiscencia: pues de ésta nace la vergüenza y el rubor, cuando los miembros en los que reina la lujuria quedan expuestos y descubiertos ante otros. Así San Agustín, en Sobre el Génesis según la letra, cerca del comienzo.
Por tanto, son necios, desvergonzados e impuros los adamitas, que, como Adán, ya no se avergüenzan de estar desnudos — cuando Adán inmediatamente después de su pecado se avergonzó y se cubrió con vestiduras, como rectamente dice San Epifanio al refutar a personas semejantes, lib. 2, herejía 52.
De aquí parece haber tomado Platón su noción de la desnudez en el Político, que atribuyó a todos los hombres de la edad de oro.
También erradamente piensa Isidoro Clario que Adán y Eva tenían como vestidura cierto esplendor y gloria divinos, como aquel con que Dios revistió a Santa Inés y a otras vírgenes cuando fueron llevadas al lupanar y desnudadas, y como aquel con que revestirá los cuerpos de los Santos en la resurrección. Pues esto se imagina sin fundamento y en vano; pues donde no hay vergüenza, ni concupiscencia, ni frío, allí ninguna vestidura ni luz es necesaria.
Siete excelencias del estado de inocencia
Finalmente, Pererio enumera hermosamente en el prefacio al libro 5 siete excelencias del estado de inocencia. La primera era la plena sabiduría; la segunda, la gracia y la amistad de Dios; la tercera, la justicia original; la cuarta, la inmortalidad e impasibilidad del alma y del cuerpo — no intrínseca, como la que existe en los cuerpos gloriosos de los bienaventurados, sino extrínseca, proveniente en parte de la protección de Dios, en parte de la prudencia y previsión del hombre, con la cual se habría guardado de las cosas nocivas y dañinas. Y estas residían en el hombre mismo; pero las tres restantes estaban fuera del hombre, a saber: la quinta, la habitación en el paraíso y el comer del árbol de la vida; la sexta, el cuidado especial de Dios para con el hombre. De donde se seguía la séptima, a saber, que el hombre no habría podido experimentar concupiscencia, ni pecar venialmente, dice Santo Tomás, ni errar, ni ser engañado — sino que sobre las cosas inciertas habría o suspendido el juicio o formado uno dudoso. Pues estas cosas no parecen poder producirse por un hábito o cualidad creada implantada en el hombre, sino sólo por la asistencia y protección de Dios.
Entiéndase esto del estado de plena y perfecta inocencia, en el cual fue creado Adán, a saber, que estaba libre de todo mal, tanto de culpa como de pena y miseria. Pues de otro modo, si Dios le hubiera permitido caer en un estado de inocencia semiplena, habría podido pecar venialmente, y también errar y ser engañado, como rectamente enseña Escoto. Sobre este asunto véase a Francisco de Arezzo sobre el Génesis, pág. 450.
Siete virtudes de Cristo que no habrían existido en el estado de inocencia
Por el contrario, por medio de Cristo nos ha sido restituida una gracia mayor que la dada a Adán, y así ahora tenemos siete virtudes que no habrían existido en el estado de inocencia: la primera es la virginidad; la segunda, la paciencia; la tercera, la penitencia; la cuarta, el martirio; la quinta, el ayuno, la abstinencia y toda mortificación de la carne; la sexta, la pobreza y la obediencia religiosas; la séptima, la misericordia y la limosna — pues entonces no habría habido pobres ni miserables, de los cuales ahora abundamos, para que ejercitemos la misericordia hacia ellos.
Finalmente, una gracia mayor y más eficaz es dada ahora al hombre caído que la que fue dada a Adán, como es evidente en los Mártires y otros Santos ilustres. De ahí que también sea ahora mayor la facultad de merecer, tanto por razón de la mayor gracia como por razón de la dificultad de la obra — aunque en el estado de inocencia la facultad de merecer habría sido mayor por razón de la prontitud de la voluntad. Pues la voluntad habría sido entonces enteramente recta, sin pasiones contrarias a la virtud, y habría sido llevada a las virtudes por el impulso pronto de la naturaleza y de la gracia, y así habría elicitado muchos actos intensos, grandes y heroicos de todas las virtudes.