Cornelius a Lapide
Índice
Sinopsis del Capítulo
La serpiente tienta a Eva; ella peca junto con Adán: de donde, en el versículo 8, son reprendidos por Dios. En tercer lugar, en el versículo 14, la serpiente es maldecida por Dios, y se promete a Cristo Redentor. En cuarto lugar, Eva y Adán, en el versículo 16, son condenados a trabajos, dolores y muerte. Y finalmente, en el versículo 23, son expulsados del paraíso, y se colocan ante él los querubines guardianes con una espada de fuego.
Texto de la Vulgata: Génesis 3:1-24
1. Pero la serpiente era más astuta que todos los animales de la tierra que el Señor Dios había hecho. La cual dijo a la mujer: «¿Por qué os ha mandado Dios que no comáis de todo árbol del paraíso?» 2. Y la mujer le respondió: «Del fruto de los árboles que hay en el paraíso comemos; 3. mas del fruto del árbol que está en medio del paraíso, nos mandó Dios que no comiésemos, y que no lo tocásemos, no sea que acaso muramos.» 4. Y dijo la serpiente a la mujer: «De ninguna manera moriréis.» 5. «Porque sabe Dios que en cualquier día que comiereis de él, se abrirán vuestros ojos, y seréis como dioses, conocedores del bien y del mal.» 6. Vio, pues, la mujer que el árbol era bueno para comer, y hermoso a los ojos, y agradable a la vista, y tomó de su fruto, y comió; y dio a su marido, el cual comió. 7. Y se abrieron los ojos de ambos; y habiendo conocido que estaban desnudos, cosieron hojas de higuera e hiciéronse unos cinturones. 8. Y habiendo oído la voz del Señor Dios que paseaba por el paraíso al aire de la tarde, Adán y su mujer se escondieron de la faz del Señor Dios en medio de los árboles del paraíso. 9. Y llamó el Señor Dios a Adán, y le dijo: «¿Dónde estás?» 10. Y él dijo: «Oí tu voz en el paraíso; y tuve miedo, porque estaba desnudo, y me escondí.» 11. Y le dijo: «¿Quién te ha indicado que estabas desnudo, sino que comiste del árbol del cual te mandé que no comieses?» 12. Y dijo Adán: «La mujer que me diste por compañera me dio del árbol, y comí.» 13. Y dijo el Señor Dios a la mujer: «¿Por qué hiciste esto?» Ella respondió: «La serpiente me engañó, y comí.» 14. Y dijo el Señor Dios a la serpiente: «Porque hiciste esto, maldita eres entre todos los animales y bestias de la tierra; sobre tu pecho andarás, y tierra comerás todos los días de tu vida. 15. Pondré enemistades entre ti y la mujer, y tu descendencia y la descendencia de ella: ella te aplastará la cabeza, y tú acecharás su calcañar.» 16. A la mujer también le dijo: «Multiplicaré tus dolores y tus concepciones; con dolor parirás los hijos, y estarás bajo la potestad de tu marido, y él te dominará.» 17. Y a Adán le dijo: «Porque escuchaste la voz de tu mujer y comiste del árbol del cual te mandé que no comieses, maldita sea la tierra en tu trabajo; con fatiga y sudor comerás de ella todos los días de tu vida. 18. Espinas y abrojos te producirá, y comerás las hierbas de la tierra. 19. Con el sudor de tu rostro comerás el pan, hasta que vuelvas a la tierra de la cual fuiste tomado; porque polvo eres, y al polvo volverás.» 20. Y Adán puso a su mujer el nombre de Eva, porque fue madre de todos los vivientes. 21. E hizo el Señor Dios para Adán y su mujer túnicas de pieles, y los vistió. 22. Y dijo: «He aquí que Adán se ha hecho como uno de nosotros, conocedor del bien y del mal; ahora, pues, no sea que acaso extienda su mano y tome también del árbol de la vida, y coma, y viva para siempre.» 23. Y el Señor Dios lo echó del paraíso de los deleites, para que labrase la tierra de la cual fue tomado. 24. Y expulsó a Adán, y colocó delante del paraíso de los deleites querubines y una espada de fuego que giraba por todas partes, para guardar el camino del árbol de la vida.
Versículo 1: «La serpiente era más astuta que todos los seres vivientes»
Puede, en segundo lugar, traducirse del hebreo así: la serpiente estaba enrollada y enroscada en muchos pliegues y vueltas; pues la palabra hebrea aram también significa esto: de donde aramim es el nombre que se da a los montones de haces de grano; pues estas espirales son señales de la astucia interna de la serpiente, con la cual enredó y engañó al hombre.
En primer lugar, Cayetano entiende por «la serpiente» al diablo, quien tentó a Eva no con una voz externa, sino solamente con una sugestión interna.
En segundo lugar, Cirilo en el libro III Contra Juliano, y Eugubino en su Cosmopoeia, piensan que el demonio aquí no asumió una serpiente real, sino solamente la apariencia y la forma de una serpiente: así como cuando los ángeles asumen un cuerpo humano, no asumen uno real, sino uno hecho de aire, que tiene la apariencia de un verdadero cuerpo humano.
Pero todas las demás autoridades enseñan que esta fue una serpiente real; pues se dice aquí que era más astuta que todos —no los ángeles, sino los seres vivientes— en la cual el astuto diablo, hallándola naturalmente astuta y sagaz, entró convenientemente, y en su boca, como en un instrumento movido, golpeado y modulado con cierto arte, formó una voz humana lo mejor que pudo. Así dicen San Juan Crisóstomo, Procopio y San Agustín en el libro XIV de La Ciudad de Dios, capítulo 20.
Algunos piensan, dice el Maestro de las Sentencias en el libro II, distinción 6, que este diablo era Lucifer, quien primero tentó a Adán y prevaleció; también tentó al segundo Adán, es decir, a Cristo, pero fue vencido por Él y arrojado al infierno.
Con razón el diablo tentó a Adán bajo la forma no de una oveja, no de un asno, sino de una serpiente. Primero, porque la serpiente es astuta por naturaleza; segundo, porque es naturalmente hostil al hombre y le tiende emboscadas para morderlo en secreto; tercero, porque es propio de la serpiente arrastrarse, esparcir veneno y destruir al hombre —y esto es lo que hace el demonio—; cuarto, porque la serpiente se adhiere a la tierra con todo su cuerpo: así Adán, al creer a la serpiente y al diablo, se volvió enteramente brutal y terrenal, de modo que no anhela sino los bienes de la tierra.
De ahí que San Agustín, en el libro XI de Sobre el Sentido Literal del Génesis, capítulo 28, enseña que el diablo suele usar la forma de las serpientes para engañar a los hombres, porque con ella engañó a Adán y a Eva, y vio que este fraude le resultó muy bien. Por la misma razón, Ferécides de Siros dijo que los demonios fueron arrojados del cielo por Júpiter, y que su jefe se llamaba Ofioneo, es decir, «el serpentino».
Tropológicamente: «El diablo —dice San Agustín— tienta como león, tienta como dragón»; pues, como dice San Gregorio sobre el capítulo 1 de Job, «a su fiel siervo el Señor le revela todas las maquinaciones del astuto enemigo, a saber: que arrebata oprimiendo, enreda acechando, aterroriza amenazando, halaga persuadiendo, quebranta desesperando y engaña prometiendo».
San Bernardo enumera las clases y modos de tentación: «La tentación —dice— es de varias clases: una es importuna, que insiste con descaro; otra es dudosa, que envuelve el ánimo en una niebla de incertidumbre; la tercera es súbita, que se anticipa al juicio de la razón; la cuarta es oculta, que escapa al orden de la deliberación; la quinta es violenta, que sobrepasa nuestras fuerzas; la sexta es fraudulenta, que seduce el ánimo; la séptima es perpleja, que se ve obstaculizada por diversos caminos».
Nótese: Eva no se horrorizó ante la vista de la serpiente, porque como señora de los animales estaba segura de que ninguno podía hacerle daño. Así dice San Juan Crisóstomo, Homilía 16.
Se objetará: ¿cómo al menos no se horrorizó al oírla hablar? Responden en primer lugar: Josefo y San Basilio (opinión que también sostuvo Platón en el Político) dicen que en el paraíso todos los seres vivientes tenían el poder y la facultad de hablar. San Efrén, citado por Bar Salibi en el libro I de Sobre el Paraíso, añade que no solo el poder de hablar sino también el de entender fue concedido aquí por Dios a la serpiente por un tiempo, y lo prueba a partir de los versículos 1 y 13. Pero estas son paradojas.
En segundo lugar, Procopio, Cirilo (citado arriba), Abulense y Pererio responden que Eva aún no sabía que la facultad de hablar pertenecía naturalmente solo al hombre. Pero esto es incompatible con el conocimiento perfecto que tanto Eva como Adán poseían.
Respondo, pues: Eva sabía que la serpiente no podía hablar naturalmente; por eso se admiró al oírla hablar, y sospechó —como en efecto era el caso— que esto se hacía por un poder superior, a saber, divino, angélico o diabólico; el temor estaba ausente, porque aún no había pecado y sabía que estaba al cuidado de Dios. Así dice Santo Tomás, Parte I, Cuestión 94, artículo 4. Así: «Para el sabio nada es inesperado: los niños y los necios se asombran de todo, como si fuera nuevo».
Eugubino piensa que esta serpiente era un basilisco, que es el rey de las serpientes. Delrío piensa que era una víbora; Pererio, un escítalo, porque deslumbrante en tamaño y en la belleza de su dorso mantiene cautivos a los que la contemplan. Pero en esta materia nada es cierto. Además, el escítalo y el basilisco son de naturaleza torpe; pero esta serpiente era más astuta que todos los seres vivientes; pues el demonio entró en ella no para esparcir veneno, sino para engañar. Es probable, como muchos opinan, que fuese la criatura comúnmente llamada serpens (serpiente), porque se arrastra; y coluber (culebra), porque frecuenta las sombras; y anguis, porque busca rincones y escondrijos. Pues esta es llamada simplemente «serpiente» sin calificativo: las demás se nombran con un calificativo, como serpientes basiliscos, serpientes de fuego, etc., o por sus nombres propios —víboras, cerastes, anfisbenas, áspides, etc.—. Esta serpiente es también la más astuta de todas, y se arrastra enteramente tendida sobre su cuerpo, lo cual se dice de esta serpiente en el versículo 14. Por ello es improbable lo que aquí afirman Beda, Dionisio el Cartujo, la Historia Escolástica, San Buenaventura (en el libro II, distinción 21) y Vicente en su Espejo Historial: que esta serpiente era un dragón, que se sostenía sobre patas, con rostro de doncella, el dorso resplandeciente de diversos colores como un arcoíris, para atraer a Eva a la admiración, y que solía andar erguida. Pues habría sido una serpiente monstruosa, que Dios no creó al principio del mundo, y de la cual Eva habría inmediatamente retrocedido y huido.
«¿Por qué os ha mandado Dios?»
Así lo traducen también los Setenta. La serpiente aquí astutamente intenta socavar el propósito del mandamiento, para derribar el mandamiento mismo, como si dijera: No aparece razón justa ni causa por la que Dios hubiera prohibido comer de este árbol; por tanto, Él no lo prohibió verdadera y seriamente; sino que lo que dijo —«No comeréis de él»— lo dijo en broma y jugando. La serpiente prueba el antecedente por la utilidad misma del árbol, diciendo en el versículo 5: «Porque sabe Dios que en cualquier día que comiereis de él, se abrirán vuestros ojos, y seréis como dioses, conocedores del bien y del mal».
Nótese: Por «por qué» el hebreo tiene aph ki, que literalmente significa «¿es acaso así?» o «¿es verdaderamente el caso?»; y, como traduce el Caldeo, «¿es verdad que Dios dijo (ha dicho): No comeréis de todo árbol del huerto?» En este sentido aparece más claramente que la serpiente no acusó a Dios de dureza —pues Eva habría inmediatamente retrocedido ante tal blasfemia— sino que astutamente, como elogiando a Dios, habló así, como si dijera: No creo que Dios, que es tan generoso, verdadera y absolutamente prohibiera este árbol, aunque vosotros así lo penséis. Pues, ¿por qué os envidiaría un fruto tan hermoso y útil? ¿Por qué os restringiría y cargaría así? Porque la bondad se opone a la envidia; de ahí que en Dios, que es sumamente bueno, no puede haber nada de envidia; esto es lo que canta Boecio: «La forma del sumo bien, libre de encono». Platón enseña lo mismo en el Timeo, y Aristóteles en la Metafísica, libro I, capítulo 2, donde ataca a Simónides, quien decía que Dios envidiaba al hombre el honor de la sabiduría. Pues así, dice Aristóteles, Dios sería triste y consiguientemente miserable: porque la envidia es tristeza por el bien ajeno. Ahora bien, nuestro traductor, siguiendo no las palabras sino el sentido, tradujo aph ki, con los Setenta, como «por qué». A esta interpretación responde directamente la respuesta de Eva, estableciendo y afirmando el mandamiento de Dios como serio y absoluto, que la serpiente quería eliminar como dicho en broma; y así esta interpretación coincide con la anterior.
De esta frase hebrea aph ki parece que la serpiente antepuso a esta pregunta otros discursos, con los que preparó el camino para ella, aunque Moisés los pasa en silencio —por ejemplo, sobre la libertad y dignidad de la naturaleza humana, sobre la obligación y multitud de preceptos naturales y sobrenaturales de fe, esperanza y caridad impuestos al hombre, para que de ahí concluyera que el hombre no debía ser cargado ulteriormente con este nuevo precepto positivo de Dios—. Así dicen Procopio y otros.
Tropológicamente, el Abad Hiperigio en las Vidas de los Padres dice: «La serpiente, susurrando a Eva, la arrojó del paraíso. Quien, pues, habla mal de su prójimo se asemeja a esta serpiente: pues destruye el alma de quien lo escucha, y no salva la suya propia». Asimismo, San Bernardo, en su libro Sobre la Vida Solitaria, enseña a partir de este pasaje que la obediencia perfecta debe ser «indiscreta» —es decir, que no debe discernir qué o por qué se manda—. «Adán —dice— gustó para su propio mal del árbol prohibido, instruido por aquel que sugiriendo dijo: ¿Por qué os mandó?, etc. He aquí el discernimiento de por qué fue mandado. Y añadió: Porque sabía que el día que comiereis de él, se abrirán vuestros ojos, y seréis como dioses. He aquí para qué fue mandado, a saber, para que no les permitiera hacerse dioses. Discernió, comió, se hizo desobediente, y fue arrojado del paraíso. De donde infiere: así también es imposible que el hombre mundano "discreto", el novicio prudente, el principiante sabio permanezca largo tiempo en su celda, persevere en una congregación. Hágase necio para ser sabio; y sea todo su discernimiento: no tener en esto discernimiento alguno». Véase Casiano, Conferencia 12, y libro IV de Las Instituciones de la Renuncia, capítulos 10, 24 y 25, y San Gregorio sobre 2 Reyes capítulo 4, cuyo axioma es: «El verdadero obediente ni examina la intención de los preceptos ni discierne entre preceptos; porque quien ha sometido todo el juicio de su vida a un superior, solo se goza en esto: en cumplir lo que se le manda; porque considera esto solo como bueno: obedecer los preceptos».
«Que no comieseis de todo árbol»
«De ninguno», es decir, «de absolutamente ninguno», dicen San Juan Crisóstomo, Ruperto y San Agustín en el libro XI de Sobre el Sentido Literal del Génesis, capítulo 30 —como si la serpiente dijera que Dios no concedió al hombre el fruto de ningún árbol en absoluto, y así mintiese para acusar a Dios de crueldad—. Pero esta habría sido una mentira demasiado evidente y grosera.
En segundo lugar y mejor: «no de todo», como si dijera: ¿Por qué prohibió alguno, a saber, el árbol de la ciencia del bien y del mal? En tercer lugar y óptimamente: el diablo a través de la serpiente habla ambiguamente según su costumbre, de modo que esta pregunta suya pudiera entenderse o de todos los árboles o solo de alguno en particular prohibido; y esto astutamente, para insinuar que no hay mayor razón para prohibir un árbol que para prohibir todos: y por tanto, o todos debían haber sido prohibidos, o ninguno. Asimismo, que Dios, con la misma facilidad con que prohibió este, prohibiría en adelante también todos los demás. De ahí que la mujer inmediatamente responde a su ambigua pregunta con una distinción, diciendo: «Del fruto de los árboles que hay en el paraíso comemos (podemos comer, nos es lícito comer); mas del fruto del árbol que está en medio del paraíso, nos mandó Dios que no comiésemos».
Versículo 3: «Y que no lo tocásemos»
San Ambrosio, en su libro Sobre el Paraíso, capítulo 12, piensa que Eva añadió esto por su cuenta por hastío y odio al mandamiento, y así exageró con envidia la dureza del mandamiento. Pues Dios no había prohibido ni la vista ni el tacto, sino solo la comida. Pero puesto que Eva aún era recta y santa, parece más bien que dijo esto por religión y reverencia hacia el mandamiento divino, como si dijera: Dios mandó que no tocásemos este árbol para comer de él, y por eso nos infundió un escrúpulo religioso y un temor, de modo que resolvimos dentro de nosotros mismos que bajo ninguna circunstancia, por ningún acaso, lo tocaríamos siquiera levemente, para estar lo más lejos posible de comerlo y violar el mandamiento.
«No sea que acaso muramos»
Dios había afirmado absolutamente «moriréis»; la mujer duda; el diablo niega. Pues cuando vio a Eva vacilante, insiste en empujarla, diciendo: «No moriréis». Así dice Ruperto. Pero Eva aún era recta, y por eso por piedad añadió al mandamiento «que no lo tocásemos»; no parece, pues, que hubiera dudado de la pena de muerte aneja al mandamiento. La palabra pen, es decir, «acaso», en hebreo con frecuencia no es palabra de quien duda, sino de quien afirma y confirma una cosa o mandamiento, e implica solamente incertidumbre sobre un acontecimiento futuro, cuando este depende de la futura acción libre del hombre, como si dijera: No sea que acaso comamos, y por tanto muramos; pues si comemos, ciertamente moriremos. Así se toma «acaso» en Mateo 21:23, y con frecuencia en los Profetas.
Versículo 4: «De ninguna manera moriréis»
La serpiente tienta a Eva quitando el castigo y seduciéndola con promesas. Nótense aquí sus cinco espléndidas mentiras: la primera, «no moriréis»; la segunda, «se abrirán vuestros ojos»; la tercera, «seréis como dioses»; la cuarta, «conoceréis el bien y el mal»; la quinta, «Dios sabe que todas estas cosas son verdaderas y que yo no miento», como si dijera: Puesto que Dios sabe estas cosas y os ama, no es verosímil que haya querido privaros de un árbol tan provechoso. Y así, o bien lo prohibió meramente en broma, o bien bajo este mandamiento suyo se oculta algún misterio que vosotros aún no conocéis; pero lo conoceréis cuando comáis de él. Así dice San Agustín, libro XI de Sobre el Sentido Literal del Génesis, capítulo 30.
Moralmente, el diablo sigue persuadiendo a casi todos los hombres de esto mismo; pero porque el hecho contrario es demasiado claro, y es evidente que absolutamente todos mueren, recurre por eso a una estratagema para persuadir a todos de «de ninguna manera moriréis». A saber: hace lo que suele hacer un médico, que divide una medicina amarga —que el enfermo rechazaría si se le diera entera— en partes, y así se la da en bolos, para que gradualmente la consuma toda. Así también el diablo divide la muerte en partes y años, y persuade a los jóvenes: no morirás en la flor y el vigor de tu edad; eres demasiado robusto; fácilmente vivirás otros cincuenta años. A los estudiantes les persuade: no morirás antes de que termines tus estudios; a otros: antes de que termines los negocios que tienes entre manos. En suma, no hay nadie tan viejo que no piense que vivirá al menos otro año. Así engaña a todos. Pues como la muerte se lleva a algunos cada año, y así gradualmente a todos, sucede que cada uno es arrebatado por ella cuando menos lo piensa, porque piensa que vivirá al menos un año más. De donde se sigue un axioma verdaderísimo: La muerte está más cerca de todos y cada uno de lo que todos y cada uno suponen; porque en aquel mismo año en que cada uno muere, piensa que no morirá, sino que vivirá todavía otro año.
Además, Cristo dice que vendrá como un ladrón en la noche, al que el dueño de la casa cree lejano, o incluso que no vendrá en absoluto (Mateo 24:43). Así como el ladrón acecha el momento en que el dueño duerme para robarle, así la muerte sorprende a los que no la esperan y están, por así decir, durmiendo. Quien sea sabio, pues, abra los ojos y disipe este claro fraude del diablo, y persuádase de que la muerte le es cercana —más aún, de que morirá este mismo año, quizá este mismo mes, esta misma semana, este mismo día—. Sabiamente dice el Poeta: «Cree que cada día que ha amanecido para ti es el último». Así San Jerónimo y San Carlos Borromeo tenían en su mesa una calavera, para recordar siempre la inminencia de la muerte. Era costumbre de ciertos santos, cuando se encontraban unos con otros, que el primero en saludar dijera: «Hemos de morir»; y el otro respondiera: «No sabemos cuándo». Así Santa Marcela —dice San Jerónimo a Principia— «así pasó sus años y vivió, que siempre creyó que iba a morir. Así se vistió, para tener presente el sepulcro, recordando las palabras del Satírico: Vive con la memoria de la muerte; la hora huye; lo que digo ya es pasado; y: Recuerda siempre el día de la muerte, y nunca pecarás; y solía alabar aquella sentencia de Platón, que dijo que la filosofía es la meditación de la muerte».
Nuestro Tomás, enseñado por Dios, escribe magníficamente en el libro I de La Imitación de Cristo, capítulo 23: «Hoy vive un hombre, y mañana ha desaparecido. ¡Oh torpeza y dureza del corazón humano, que solo piensa en lo presente y no prevé mejor lo futuro (aun lo cercano)! Deberías así ordenarte en cada obra y pensamiento, como si hoy o en seguida fueras a morir». Y más adelante: «Bienaventurado el que tiene siempre ante sus ojos la hora de su muerte, y cada día se dispone a morir. Si alguna vez has visto morir a un hombre, considera que tú también pasarás por el mismo camino. Cuando sea de mañana, piensa que quizás no llegarás a la tarde; y llegada la tarde, no oses prometerte la mañana. Sé, pues, siempre estar preparado, y vive de tal manera que la muerte nunca te halle desprevenido. Cuando llegue aquella hora postrera, comenzarás a sentir de muy otro modo acerca de toda tu vida pasada, y te dolerás profundamente de haber sido tan negligente y remiso. ¡Cuán dichoso y prudente es aquel que se esfuerza por ser ahora en vida tal cual desea ser hallado en la muerte! Pues dará gran confianza de morir dichosamente un perfecto desprecio del mundo, un ferviente deseo de adelantar en las virtudes, el amor a la disciplina, el trabajo de la penitencia, la prontitud de la obediencia, la abnegación de sí mismo y el soportar cualquier adversidad por amor de Cristo». Y poco después: «Vendrá el tiempo en que desearás un día o una hora para enmendarte, y no sé si lo alcanzarás. Mientras tienes tiempo, acumula para ti riquezas inmortales; no pienses sino en tu salvación; cuida solo de las cosas de Dios; guárdate como peregrino y extranjero sobre la tierra; mantén tu corazón libre y elevado hacia Dios, porque aquí no tienes ciudad permanente». Finalmente, observa aquella sentencia de San Jerónimo: «Estudia como si fueras a vivir siempre; vive como si fueras a morir en seguida».
Versículo 5: «Se abrirán vuestros ojos»
De aquí algunos, según Abulense en el capítulo 13, cuestión 492, piensan que Adán y Eva no tenían los ojos abiertos, sino que estaban ciegos, hasta que comieron del fruto prohibido; pues entonces «se abrieron los ojos de ambos, y vieron que estaban desnudos» (versículo 7). Pero esto es incompatible con la felicidad del estado de inocencia en que Adán y Eva fueron creados. Digo, pues, que «ojo» aquí se entiende de la mente, no del cuerpo; pues, como dice Aristóteles en la Ética, libro I, «el intelecto es una especie de ojo», especialmente porque el ojo y la vista, más que los demás sentidos, sirven al intelecto para el conocimiento: pues de las cosas vistas surgen los recuerdos, de la memoria la experiencia, de las experiencias el arte o la ciencia. Y así el sentido es, como si dijera: Llegaréis a ser de un ingenio tan claro y de una inteligencia tan penetrante que os parecerá haber estado ciegos antes. Así dice Ruperto; véase su libro III Sobre la Trinidad, capítulos 7 y 8.
«Seréis como dioses»
No en esencia, pues esto es imposible; sino por una cierta semejanza de sabiduría y omnisciencia, como se sigue. Por eso algunos explican erróneamente: seréis como ángeles; pues no fueron incitados a aspirar a una semejanza angélica, sino divina. Pues esto es lo que dice Dios en el versículo 22: «He aquí que Adán se ha hecho como uno de nosotros».
Se preguntará: ¿cuál fue el primer pecado de Eva? Ruperto, Hugo y el Maestro en el libro II, distinción 21, responden que el primer pecado de Eva fue que añadió «acaso» como si dudara al mandamiento de Dios, diciendo: «No sea que acaso muramos». En segundo lugar, San Ambrosio dice que fue que añadió «que no lo tocásemos»; en tercer lugar, San Juan Crisóstomo dice que fue que entabló conversación con la serpiente y el diablo. Pero estas opiniones no parecen muy probables. Pues el primer pecado del hombre no fue en el intelecto, sino en la voluntad. Pues antes del pecado, el hombre no podía errar ni ser engañado; de ahí que Santo Tomás, Cuestión 94, artículo 4, añade que el hombre en aquel estado no podía pecar venialmente, y esto por especial protección de Dios: pues el pecado venial no puede quitar la gracia; ni tampoco puede coexistir con aquel perfectísimo estado de la justicia original.
Digo, pues: El primer pecado de Eva, como también el de Adán después, fue la soberbia. Esto consta por Eclesiástico 10:14; Tobías 4:14; y el texto hebreo y los Setenta lo indican aquí, en el versículo 6: a saber, Eva y Adán, al oír «seréis como dioses, conocedores del bien y del mal», fueron invitados a contemplar, acrecentar y exaltar su propia excelencia. Y así, vueltos hacia sí mismos, se hincharon de soberbia, de modo que su corazón se apartó de Dios, y finalmente codiciaron una especie de omnisciencia e igualdad con la naturaleza divina, como también lo hizo Lucifer. De ahí que Dios se lo reprochó en el versículo 22, diciendo: «He aquí que Adán se ha hecho como uno de nosotros, conocedor del bien y del mal». Así dicen San Ambrosio en el libro IV sobre San Lucas; San Ignacio en su Epístola a los Tralianos; San Juan Crisóstomo sobre 1 Timoteo 2:14; San Agustín en el libro XI de Sobre el Sentido Literal del Génesis, capítulo 5, y en el libro XI de La Ciudad de Dios, capítulo 13, donde enseña que el amor a la excelencia es tan innato e intenso en una naturaleza racional que es íntegra y perfecta, que este amor es, por así decir, el primer impulso en el hombre, que lo incita a perseguir todas las demás cosas con este fin: sobresalir. Y San Bernardo dice: Ambos, a saber, el diablo y el hombre, aspiraron a la elevación; aquel al poder, este a la ciencia.
Digo en segundo lugar: Este soberbio anhelo de omnisciencia divina parece haber consistido en esto: que desearon, como dice la Escritura, conocer el bien y el mal —esto es, por sí mismos y por el poder de su propia naturaleza e ingenio, pudieran dirigirse en todas las cosas discerniendo y eligiendo lo bueno, y evitando lo malo—. Y así pudieran dirigirse por su propia ciencia, por su propia iniciativa, por sus propias fuerzas, a vivir bien y dichosamente y a alcanzar la plena felicidad, como si fueran unos dioses que no necesitaran ser dirigidos ni ayudados por nadie, ni siquiera por Dios —así como también lo hizo Lucifer—. Así dice Santo Tomás, II-II, Cuestión 163, artículo 2. Pues aunque Adán sabía especulativamente que dependía de Dios y debía ser iluminado por Él, y que no podía ser de otro modo, sin embargo en la práctica, por soberbia, se condujo de tal manera, deseó esta semejanza de omnisciencia y divinidad de tal modo, como si verdaderamente pudiera alcanzarla sin Dios, por sí mismo y sus propias fuerzas; pues la soberbia, hinchándose gradualmente, ciega y enloquece la mente.
Digo en tercer lugar: De esta soberbia siguió pronto la impaciencia y la indignación de un ánimo que se irritaba de verse constreñido por este mandamiento y excluido de un fruto tan noble; luego la curiosidad; después la concupiscencia de la gula, como se dice en el versículo 6; finalmente, el error en el intelecto —pues tanto Eva como Adán creyeron las palabras de la serpiente que prometía omnisciencia e inmortalidad si comían del árbol prohibido—. Y de todo esto saltaron finalmente a la perfecta desobediencia y transgresión del mandamiento, es decir, a comer realmente el fruto.
Digo en cuarto lugar: No solo Eva, sino también Adán, cegado por la soberbia, creyó las palabras de la serpiente: «Seréis como dioses, conocedores del bien y del mal»; y por tanto perdió la fe. La primera parte es clara, porque Dios se lo reprocha diciendo: «He aquí que Adán se ha hecho como uno de nosotros, conocedor del bien y del mal». Pues estas palabras, dichas irónicamente, significan lo que Adán esperaba obtener del fruto gustado según las promesas de la serpiente, pero que de hecho no obtuvo. De ahí que Adán fue engañado por la serpiente, a través de Eva que le refería las promesas de la serpiente, y dio crédito a sus palabras; así lo enseñan San Ignacio a los Tralianos, San Ireneo en el libro III, capítulo 37; San Hilario sobre Mateo 12; San Epifanio, Herejía 39; San Ambrosio sobre Lucas capítulo 10; San Cirilo en el libro III Contra Juliano; San Agustín en el libro XI de Sobre el Sentido Literal del Génesis, capítulos 21 y 24, y en el libro IV de La Ciudad de Dios, capítulo 7.
De donde es también evidente la parte posterior de la conclusión: pues por el hecho mismo de que Adán creyó al diablo que prometía omnisciencia divina a partir del fruto prohibido, y que no moriría, se apartó de Dios y le negó la fe a Dios que amenazaba y decía: «En cualquier día que comiereis, moriréis». Fue, por tanto, infiel; por consiguiente, no solo perdió la gracia, sino también la fe en Dios. Así dice San Agustín, libro I Contra Juliano, capítulo 3.
Se objetará: ¿Cómo entonces dice el Apóstol en 1 Timoteo capítulo 2 que Adán no fue engañado, sino Eva? Respondo: porque Eva fue seducida por la serpiente, que tenía la intención de seducirla para que comiera del fruto; pero Adán no fue engañado por la serpiente, sino solamente atraído por su esposa, que no tenía la intención de engañarlo. Sobre esto, véase más en 1 Timoteo 2:14.
«Como dioses, conocedores del bien y del mal»
La primera perfección de Dios, deseable e imitable por el hombre, es la ciencia. «No hay nada por lo que nos asemejemos más a los dioses que por el conocer mismo», dice Cicerón. De ahí que también Horacio, hablando de Dios, dice: «De quien nada mayor se engendra, ni prospera cosa alguna que le sea semejante o segunda; sin embargo, Palas ha ocupado los honores más cercanos a Él».
Y Dámaso dice: «El ojo siempre vigilante de Dios, en una sola mirada, conoce lo pasado, lo presente y lo futuro como presente». Y Boecio dice: «Dios percibe en un solo golpe de su mente todas las cosas que son y que fueron. A quien, porque solo Él contempla todas las cosas, puedes verdaderamente llamar el Sol». De ahí que los ángeles más próximos a Dios sobresalen en intelecto, y por eso se llaman «inteligencias»; más aún, los demonios se llaman en griego daimones, como si fueran «conocedores» o «sabios»; pues sus dotes naturales, aun después de la caída, permanecen íntegras en ellos, como lo atestigua San Dionisio. De ahí que los hombres desean saber por apetito natural, dice Aristóteles. Escúchese a Quintiliano en el libro I de las Instituciones: «Así como las aves —dice— nacen para el vuelo, los caballos para la carrera, las fieras para la ferocidad, así nos es propia la actividad y sagacidad de la mente; de ahí que se cree que el origen del alma es celestial. Pero los torpes e ineducables no son producidos tanto según la naturaleza del hombre, cuanto son cuerpos monstruosos y señalados por la deformidad».
La razón es que la operación natural del hombre es razonar, discurrir, entender; por la cual se distingue de las bestias y las piedras. De ahí que Diógenes, riéndose de cierto rico ignorante que estaba sentado sobre una piedra, dijo: «Con razón, una piedra se sienta sobre una piedra». Solón, cuando le preguntaron qué era un rico inculto, respondió: Es una oveja con vellón de oro. Necios, pues, son quienes desprecian la sabiduría y la doctrina (Proverbios 1:22); porque dicen: «Prefiero una gota de fortuna a un vaso de sabiduría». Pero los sabios dicen con Salomón (Sabiduría 7:8): «La antepuse (a la sabiduría) a los reinos y los tronos, y las riquezas las tuve en nada comparadas con ella: todo el oro en comparación con ella es un poco de arena»; y Proverbios 8:11: «Mejor es la sabiduría que todos los tesoros más preciosos, y nada deseable puede comparársele». Pues así como el sentido se deleita en su objeto sensible, así el intelecto se deleita en lo cognoscible y en la ciencia, del mismo modo que la voluntad se deleita en el bien y en la virtud. Pero en Adán, como también en muchos de sus descendientes, este amor de saber fue excesivo.
Versículo 6: Vio, pues, la mujer
«Conociendo el bien y el mal» — porque por experiencia sabréis cuán gran mal es la desobediencia, y en consecuencia cuán gran bien es la obediencia: así dicen algunos, como si el demonio hubiese dicho aquí la verdad, y con esta artimaña engañase a Eva, que pensaba que se le prometía algo mayor. Pero digo que es un hebraísmo: «sabréis el bien y el mal», es decir, sabréis todas las cosas cualesquiera que sean buenas o malas, verdaderas o falsas, necesarias o contingentes, de modo que podáis discernir qué es útil, qué es inútil; qué se debe hacer, qué se debe evitar en todas las cosas.
6. VIO, PUES, LA MUJER. — La había visto antes, pero sin deseo alguno de comer; ahora, después de la tentación, hinchada de soberbia, la ve como algo deseable y digno de ser comido. «Vio», pues, es decir, la contempló con mayor curiosidad, y con placer seductor la miró y se detuvo en su contemplación.
De esto, pues, queda claro que Eva no pecó antes de las palabras de la serpiente. Por tanto, yerra Ruperto al pensar que ella había pecado de antemano, entregándose espontáneamente a la soberbia y deseando interiormente el fruto prohibido, y que el diablo se acercó después para impulsarla a consumar el pecado con un acto externo.
«Bueno» — dulce, sabroso y agradable al paladar para comer: el color rosado de las manzanas y las cerezas es indicador del sabor, y estimula el apetito.
Y AGRADABLE A LA VISTA. — En hebreo, venechmad lehaskil, es decir, «deseable para entender»; lo cual los hebreos explican como deseable para adquirir ciencia y prudencia. Pues la serpiente había dicho de él: «Seréis como dioses, conocedores del bien y del mal.» Sin embargo, puesto que Eva no podía ver esto con ojos corporales — y que «vio» aquí debe entenderse de la vista corporal es claro por las dos cláusulas precedentes —, por tanto, en segundo lugar, nuestro Intérprete [la Vulgata], el Caldeo y Vatablo lo traducen mejor como «deseable para contemplar», es decir, que por su forma y hermosura (de donde también los Setenta lo traducen horaion, esto es, «hermoso») retenía a Eva, por así decirlo, en una mirada detenida y contemplación de sí mismo.
Véase sobre la curiosidad y la custodia de los ojos a San Gregorio, Moralia XXI, 2. Oígase también a San Bernardo, Sobre los grados de la humildad, en el primer grado, que es la curiosidad: «Guarda, oh Eva, lo que se te ha encomendado; espera lo que se te ha prometido; guárdate de lo prohibido, no sea que pierdas lo concedido. ¿Por qué contemplas tu muerte con tanta atención? ¿Por qué lanzas sobre ella tan frecuentemente tus ojos errantes? ¿Por qué te agrada mirar lo que no te es lícito comer? Extiendo mis ojos, dices, no mi mano; no se prohibió ver, sino comer. Aunque esto no sea culpa, es sin embargo indicio de culpa; pues mientras tu atención se dirige a otra parte, la serpiente entretanto se desliza secretamente en tu corazón, te habla con dulzura; con halagos somete tu razón, con mentiras sofoca tu temor: De ninguna manera moriréis, dice; acrecienta tu inquietud mientras incita la gula; agudiza la curiosidad mientras sugiere el deseo; al fin ofrece lo prohibido y quita lo concedido; extiende el fruto y arrebata el paraíso; ella bebe el veneno, a punto de perecer y de dar a luz a quienes perecerán.»
Y DIO A SU MARIDO — contándole todo lo que el diablo había prometido, y mandándole que no temiese la muerte, pues podía ver que ella, que había comido, aún estaba viva: así la que tan rápidamente fue engañada, rápidamente engañó a su marido. Pues Adán, al oír estas cosas, se hinchó de soberbia, y deseando la omnisciencia, consintió con su esposa y comió del árbol prohibido. Así, «de una mujer tuvo principio el pecado, y por ella morimos todos» (Eclesiástico 25:33). Añade San Agustín (La Ciudad de Dios XIV, cap. 11) que Adán, por no haber experimentado la severidad de Dios, pensó que este pecado suyo era venial, y que fácilmente obtendría perdón de Dios.
Aprendan aquí los varones que las mujeres son tentaciones peligrosas y dulce veneno, cuando se entregan a sus deseos y concupiscencias, con las cuales se destruyen a sí mismas y a sus maridos: opónganse, pues, los varones virilmente y resístanles. «Recuerda siempre que una mujer expulsó al habitante del paraíso de su posesión», dice San Jerónimo, Epístola a Nepociano.
Así obró Saturo, procurador del rey Hunerico, quien, solicitado para abrazar el arrianismo, rehusó. Pronto su esposa, temiendo la ruina de la familia, trayendo a los hijos a las rodillas de su marido, se arrojó ante él, y por todo lo sagrado le imploró que tuviese piedad de ella, de la hijita que aún mamaba del pecho materno y de los demás seres queridos: Dios perdonaría lo que hiciese contra su voluntad, pues otros habían hecho lo mismo voluntariamente. Entonces él le respondió, como el santo Job: «Hablas como una de las mujeres necias: temería yo estas cosas, esposa, si solo la dulzura de esta vida hubiese de volverse amarga en la pérdida de nuestros bienes; más aún, si verdaderamente amaras a tu marido, jamás intentarías precipitarlo con tus insidiosos halagos a la destrucción de la segunda muerte. Ea, que se lleven a los hijos, que se lleven a la esposa, que saqueen nuestros bienes. Yo, plenamente seguro en las promesas del Señor, mantendré sus palabras fijas en mi mente: Si alguno no ha dejado esposa, hijos, campo o casa, no puede ser mi discípulo.» La esposa se marchó. Saturo, despojado de todo y debilitado por muchos tormentos, fue al fin dejado como mendigo. Testigo es Víctor de Útica en su Persecución de los vándalos. De manera semejante, Tomás Moro resistió a su esposa, y prefirió ofender menos a Dios que ofender al rey y causar la ruina de su familia.
EL CUAL COMIÓ. — Pererio señala ocho pecados de Adán: el primero fue la soberbia; el segundo, un deseo excesivo de complacer a su esposa; el tercero, la curiosidad; el cuarto, la incredulidad — como si Dios hubiese amenazado con la muerte solo figuradamente o a modo de advertencia, pero no absolutamente a quien violase la ley; el quinto, la presunción — como si esta violación de la ley fuese solo un pecado leve y venial; el sexto, la gula; el séptimo, la desobediencia; el octavo, el excusarse, sobre lo cual dice San Agustín (Sermón 19, Sobre los Santos): «Si Adán no se hubiese excusado, no habría sido desterrado del paraíso;» y en consecuencia habría comido del árbol de la vida: por tanto habría recuperado tanto la inmortalidad como la justicia original (pues ambas están conectadas). Pero la opinión contraria, como enseña Pererio, es más verdadera. Pues Adán, tan pronto como pecó, antes de cualquier excusa por su parte, incurrió en la sentencia absoluta de muerte. Pues en el capítulo 2, versículo 17, la sentencia había sido pronunciada de manera absoluta: «En cualquier día que comas de él, morirás de muerte», es decir, morirás con toda certeza.
El hebreo y los Setenta añaden «con ella», a saber, que Eva dio el fruto a su marido para que comiese junto con ella; parece, pues, que Eva comió dos veces, una sola, y una segunda vez con Adán, para incitarlo a comer y mostrarse su compañera en la comida. De ahí que los Setenta tengan «y comieron», y el Caldeo tenga «comió (es decir, Adán) con ella.»
Pregunta: ¿Cuál de los dos pecó más gravemente, Adán o Eva?
Responde Santo Tomás (Suma Teológica II-II, c. 163, art. 4) que si se considera el pecado en sí mismo, Eva pecó más gravemente, tanto porque pecó primero como porque indujo a Adán a pecar, y así se destruyó a sí misma, a él y a todos nosotros. Si, sin embargo, se considera la circunstancia de la persona, Adán pecó más gravemente, tanto porque era más perfecto y más prudente que Eva, como porque Adán había recibido este mandamiento inmediatamente de Dios, mientras que Eva lo había recibido solo mediatamente, es decir, a través de Adán.
Versículo 7: Y se abrieron los ojos de ambos
Como si dijera: Despojados del revestimiento de la gracia y de la justicia original por el pecado, advirtieron su desnudez, confusión y vergüenza, por el hecho de que sentían en sí mismos movimientos de concupiscencia rebeldes a la razón, especialmente de lujuria el uno hacia el otro. Pues estos movimientos vergonzosos afectan de tal modo a la persona con pudor que cubre y oculta aquellos mismos miembros en los cuales reina esta concupiscencia: y de ahí, en tercer lugar, reconocieron cuán gran bien de la justicia original habían perdido, y en cuán gran pecado y mal habían caído; en cuarto lugar, reconocieron que Dios y la sentencia de Dios eran verdaderos, pero que la serpiente y el diablo eran mentirosos en las promesas que les habían hecho. Así dicen San Juan Crisóstomo, Ruperto y San Agustín (La Ciudad de Dios XIV, 17).
De este pasaje se colige que Eva, aunque despojada de la gracia por el pecado, no advirtió su confusión y desnudez hasta que indujo a Adán al mismo pecado, y esto porque transcurrió un breve intervalo entre los pecados de ambos, durante el cual Eva, enteramente ocupada con las delicias del fruto y con ofrecerlas e instarlas a su marido, no reflexionó sobre su propia miseria y desnudez; o ciertamente, como sostiene Francisco de Arezzo, Eva no fue despojada de la justicia original en cuanto esta era una gracia dada gratuitamente, ni sintió los movimientos de la concupiscencia y su desnudez hasta que Adán pecó: pues entonces se consumó todo este pecado primigenio de desobediencia, y entonces ambos fueron despojados de la justicia original por decreto de Dios, y de ahí se ruborizaron de vergüenza. Pues si Eva hubiese sido despojada de ella tan pronto como pecó, se habría ruborizado de su desnudez, ni se habría atrevido a ir desnuda ante su marido, sino que por vergüenza habría buscado escondrijos o vestiduras, como hizo tan pronto como Adán pecó.
Por qué la vergüenza sigue naturalmente a la desnudez, véase en San Cipriano, Sermón sobre la razón de la circuncisión.
De ahí que San Agustín (Sermón 77, Sobre los tiempos) enseñe que la gula es madre de la lujuria, así como la abstinencia es madre de la castidad. «Adán», dice, «no conoció a Eva sino provocado por la intemperancia: pues mientras la frugalidad templada permaneció en ellos, permaneció también la virginidad intacta; y mientras ayunaron de alimentos prohibidos, también ayunaron de pecados vergonzosos. Pues el hambre es amiga de la virginidad, enemiga de la lascivia; pero la saciedad traiciona la castidad y nutre la seducción.» Añade San Agustín en el mismo lugar que por esta razón Cristo ayunó y padeció hambre en el desierto, para que con su ayuno purgase la gula y la lujuria de Adán, y restituyese tanto a Adán como a nosotros a la inmortalidad que perdimos por la gula de Adán.
SE HICIERON CEÑIDORES — esto es, cinturones para el vientre, es decir, taparrabos o prendas interiores para los lomos, a fin de cubrir sus partes vergonzosas: pues en el resto del cuerpo permanecieron desnudos, como el propio Adán dice a Dios en el versículo 10, al igual que hacen hoy los brasileños, los cafres y otros indios. Piensa San Ireneo (libro III, cap. 37) que los hicieron de hojas de higuera, como signo de penitencia, y que se los ajustaron como una especie de cilicio; pues las hojas de higuera pican y punzan. Véase también San Ambrosio, Sobre el paraíso, cap. 13.
Versículo 8: Y cuando oyeron la voz del Señor
A saber, un ruido terrible y estruendo por la agitación de los árboles suscitada por Dios; pues como si ante los pasos de Dios que venía de lejos y caminaba por entre los árboles, los árboles se sacudían: pues esta era la voz de Dios que se paseaba por el paraíso, como dice Moisés. Cayetano, sin embargo, entiende «voz» no como el sonido de los árboles, sino de Dios que habla e irado, y, como sostiene Abulense, que decía: «Adán, ¿dónde estás?»
Además, Adán reconoció que esta era la voz de Dios, primero, porque habiendo hablado previamente con Dios, reconoció la voz familiar de Dios; segundo, porque esta voz era inmensa y terrible, y digna de Dios: pues aunque fue producida por un ángel, sin embargo representaba a Dios (véase el Canon 16); tercero, porque Adán sabía que no había otra persona que pudiese producir este sonido; cuarto, porque la conciencia del pecado, y Dios mismo, le sugerían a su mente que esta era la voz de Dios Vengador.
A LA BRISA DESPUÉS DEL MEDIODÍA — a saber, al declinar el día, cuando suelen soplar brisas suaves, y la brisa es buscada por las personas fatigadas por el calor del día. Así San Jerónimo según Símaco, Áquila y Teodoción, en sus Cuestiones hebraicas. Pues Dios apareció aquí, o más bien un ángel en lugar de Dios, como hombre, caminando en forma humana por el paraíso.
Añádase que «a la brisa» se dice porque la brisa o el viento (pues soplaba desde la dirección por la que Dios se acercaba) hacía que el sonido de Dios se oyese desde lejos, para que Adán fuese herido con mayor temor de Dios y tuviese tiempo de buscar escondrijos. Así Francisco de Arezzo.
Nótese la expresión «después del mediodía»: Pues esto, dice Ireneo (libro V), significa que Cristo habría de venir al atardecer del mundo, para redimir a Adán y a su posteridad.
Para el sentido tropológico — de cuántas maneras nos habla Dios — véase San Gregorio, Moralia XXVIII, cap. 2 y 3.
SE ESCONDIÓ EN MEDIO DEL ÁRBOL — es decir, de los árboles, a saber, entre los árboles más espesos del paraíso. Es una enálage [cambio de número].
Nótese aquí con Pererio los cinco frutos y efectos del pecado: el primero es que se abrieron los ojos; el segundo es la desnudez; el tercero, el pudor y la confusión; el cuarto, el gusano de la conciencia; el quinto, el pavor y el miedo del juicio divino. Con verdad dice San Bernardo: «En el pecado, el placer pasa para no volver jamás, la angustia permanece para no marcharse jamás.» Y también Musonio, citado por Gelio: «Cuando alguien, por placer, ha hecho algo vergonzoso, lo que fue dulce se va, lo que es vergonzoso y triste permanece.» Por el contrario, en el trabajo de las virtudes, lo que es duro y triste se va, lo que es dulce y gozoso permanece.
Versículo 9: ¿Dónde estás?
Como si dijera: Te dejé en un estado, oh Adán, y te encuentro en otro. Te había revestido de gloria; caminabas gloriosamente ante Mí; ahora te veo desnudo y buscando escondrijos. ¿Cómo te ha sucedido esto? ¿Quién te ha llevado a semejante mudanza? ¿Qué ladrón o salteador, despojándote de todas tus dotes, te ha reducido a tal indigencia? ¿Dónde te sobrevino esta conciencia de la desnudez, dónde esta confusión? ¿Por qué huyes? ¿Por qué te ruborizas? ¿Por qué te escondes? ¿Por qué tiemblas? ¿Acaso está alguien para acusarte? ¿Acaso te abruman testigos? ¿De dónde te ha invadido tanto pavor? ¿Dónde están ahora aquellas magníficas promesas de la serpiente? ¿Dónde aquella primera tranquilidad de tu mente? ¿Dónde la seguridad de espíritu? ¿Dónde la paz y la confianza de la conciencia? ¿Dónde aquella entera posesión de tantos bienes, y la exención de todos los males? Así San Ambrosio, Sobre el paraíso, cap. 14: «¿Dónde», dice, «está aquella confianza de tu buena conciencia? Este temor confiesa la culpa, este esconderse confiesa la transgresión: ¿dónde estás, pues? No pregunto en qué lugar, sino en qué estado. ¿Adónde te han conducido tus pecados, que huyes de tu Dios, a quien antes buscabas?»
Versículo 10: Tuve miedo, porque estaba desnudo
«Tuve miedo», esto es, me avergoncé, me ruboricé de presentarme ante Tu presencia; pues con estas hojas de higuera apenas cubrí mis partes vergonzosas, y en el resto de mi cuerpo todavía estoy desnudo. «Por lo tanto» (pues la vav hebrea, que significa «y», es a menudo causal) «me escondí.» Así «temor» se toma frecuentemente por «vergüenza», y de este modo el «temor» o «miedo» de reverencia se llama pudor y reverencia misma, como dije en Hebreos 12:28.
Versículo 11. QUIÉN, EN EFECTO. — La palabra «en efecto» (enim) no está en el hebreo, ni es causal, sino enfática, y equivale a «en verdad», «pero ciertamente», «y sin embargo.» Pues Dios aquí apremia e insta a Adán a que reconozca la causa y la culpa de su desnudez.
Versículo 12. LA MUJER QUE ME DISTE POR COMPAÑERA. — «El justo es el primero en acusarse a sí mismo»: pero para nosotros, Adán, ya después del pecado lleno de concupiscencia, soberbia y amor propio, abre el camino de buscar excusas para los pecados; luego traslada la culpa a la esposa que lo sedujo, e incluso al mismo Dios, que le dio tal esposa.
Versículo 14: Y dijo el Señor Dios a la serpiente
La serpiente estaba presente ante Dios, Adán y Eva. Pues aunque después de la tentación el diablo había abandonado a la serpiente, y esta reptaba de aquí para allá, sin embargo por disposición de Dios fue dirigida al lugar donde Adán, llamado fuera de sus escondrijos por Dios, se presentó ante Dios; especialmente porque el lugar de la tentación de la serpiente no estaba lejos del lugar donde Adán se escondía: pues tan pronto como Adán fue tentado y cayó, buscó coberturas y escondrijos cercanos.
PORQUE HICISTE ESTO, MALDITO ERES ENTRE TODOS LOS VIVIENTES. — Dios se vuelve hacia el primer y cierto autor del mal, la serpiente pérfida, y la maldice.
Nótese primero que por la serpiente aquí se entiende literalmente tanto la serpiente real, como sostienen San Efrén, Barcepha, Tostado y Pererio; como el diablo, que fue el motor, el que hablaba y, por así decirlo, el alma de la serpiente.
De donde, en segundo lugar, todos estos castigos de algún modo se aplican literalmente a la serpiente, porque fue el instrumento del diablo y la herramienta de la ruina de la humanidad: sin embargo, algunos se aplican más al diablo. Pues todos los autores antiguos entienden estas cosas del diablo.
Tercero, la serpiente es maldita porque es abominable, horrible, venenosa y dañina más que todos los animales, especialmente para el hombre, con quien después del pecado tiene una antipatía natural.
Cuarto, aunque antes de la tentación de Eva la serpiente no caminaba erguida (como sostiene San Basilio, Homilía sobre el paraíso, y Dídimo en la Cadena de Lipomano), sino que se movía sobre su pecho reptando por cavernas y comiendo tierra — pues ambas cosas le son naturales —, sin embargo, no era entonces abominable ni infame; tenía su propio lugar y dignidad entre las bestias. Pero después de la tentación y el engaño de Eva, la serpiente se hizo odiada, infame y abominable para el hombre: y reptar, huir de la luz y de los hombres, buscar cuevas, comer tierra, que antes le eran naturales, fueron ahora confirmados como castigo y ordenados como infamia. Pues, ¿por qué, pregunto, se quitarían a la serpiente, en la que no había culpa, dones naturales que ni a los demonios les fueron quitados a causa de su pecado? Así la muerte es, por así decirlo, natural al hombre y al cuerpo humano compuesto de elementos contrarios, pero después de su pecado comenzó a ser castigo del pecado. Así el arco iris, previamente natural, después del diluvio comenzó a ser signo del pacto establecido entre Noé, la humanidad y Dios (Génesis 9:46).
Quinto, este castigo de la serpiente fue conveniente y justo: a saber, la culebra había intentado insinuarse en la amistad y familiaridad del hombre; por tanto recibió odio y execración. El diablo había erguido a la culebra para entablar conversación con la mujer; por eso se le ordena reptar por el suelo. Había persuadido a comer el fruto; por eso es condenada a comer tierra. Había mirado la boca de la mujer; por eso ahora mira al talón y lo acecha, dice Delrío.
Sexto, simbólicamente estas cosas se aplican al diablo. Pues, como dice Ruperto (Sobre la Trinidad III, cap. 18), el diablo se arrastra sobre su pecho porque ya no piensa en las cosas celestiales, como antaño cuando era ángel, sino en las terrenas, e incluso en las infernales siempre; y la tierra, es decir, los hombres que tienen la mente puesta en las cosas terrenas, son su alimento y sustento desde el pecado de Adán. Pues él les enseña a arrastrarse por la tierra sobre su vientre, esto es, a entregarse enteramente a la gula y la lujuria. Así San Gregorio, Moralia XXI, cap. 2. A su vez, San Agustín (Sobre el Génesis contra los Maniqueos II, cap. 17), Beda, Ruperto, Hugo y Cayetano dicen: El diablo camina «sobre su pecho y sobre su vientre» porque ataca y seduce a los hombres por dos caminos: primero, por la soberbia, que se figura por el pecho; segundo, por la lujuria, que se representa por el vientre. Pues en el pecho está la potencia irascible, en el vientre la concupiscible, y el diablo agita e inflama estos apetitos, y por ellos impulsa a los hombres a los pecados más graves.
Versículo 15: Ella aplastará tu cabeza (Protoevangelio)
PONDRÉ ENEMISTADES ENTRE TI Y LA MUJER. — Pues como Dios privó al hombre del dominio sobre las bestias a causa del pecado, la serpiente comenzó a ser dañina y mortal para el hombre; y a su vez el hombre comenzó a ser matador de serpientes, cuando antes del pecado no había habido antipatía, ni horror, ni odio, ni deseo de dañar entre el hombre y la serpiente.
Aristóteles refiere que la saliva humana atormenta a la serpiente, y si toca su garganta (con la cual tentó a Eva), la mata.
ELLA APLASTARÁ TU CABEZA. — Hay aquí una triple lectura. La primera es la de los códices hebreos que tienen: «Ello» (es decir, la simiente) «aplastará tu cabeza»; y así lee San León, y de él Lipomano. La segunda es: «Él (es decir, el hombre o Cristo) aplastará tu cabeza»; así los Setenta y el Caldeo. La tercera es: «Ella aplastará tu cabeza.» Así leen la Biblia romana y casi todas las latinas, con San Agustín, Crisóstomo, Ambrosio, Gregorio, Beda, Alcuino, Bernardo, Eucherio, Ruperto y otros. Se añaden también algunos manuscritos hebreos, que leen hi o hu en lugar de hu, con chirich pequeño o grande. Añádase que hu se usa frecuentemente por hi, especialmente cuando hay énfasis y se atribuye algo varonil a una mujer, como aquí el aplastamiento de la cabeza de la serpiente. Los ejemplos están en este versículo 12 y 20, Génesis 17:14, Génesis 24:44, Génesis 38:21 y 25. Ni obsta el verbo masculino iascuph (que significa «aplastará»); pues hay frecuente enálage de género en hebreo, de modo que el masculino se usa por el femenino y viceversa, especialmente si subyace alguna causa y misterio, como aquí, según explicaré ahora. Por tanto hi iascuph se usa por hi tascuph. Así en el capítulo 2:23, se dice iickare issa por tickare issa. De donde también Josefo (libro I, cap. 3) lee como nuestro Intérprete [la Vulgata]; pues dice: «Mandó que la mujer infligiese heridas en su cabeza», como traduce Rufino. De lo cual es claro que Josefo antiguamente leía hu, es decir, «ella misma», pero que impresores heréticos eliminaron la palabra gyne (mujer) de él.
Nótese primero que ninguna de estas tres lecturas debe ser rechazada; más aún, todas son verdaderas: pues como Dios opone aquí como antagonistas, por así decirlo, a la mujer con su simiente contra la serpiente con su simiente, consecuentemente quiere decir que la mujer con su simiente aplastará la cabeza de la serpiente; así como, por el contrario, la serpiente acecha el talón tanto de la mujer como de su simiente. Y por tanto parece que Moisés mezcló aquí en hebreo un verbo masculino con un pronombre femenino, diciendo hi iascuph, «ella aplastará», para significar que tanto la mujer como su simiente, y por tanto la mujer a través de su simiente, es decir, a través de Cristo, aplastaría la cabeza de la serpiente.
Nótese segundo: Estas cosas, como dije, se aplican literalmente tanto a la serpiente como al diablo, que fue por así decirlo el motor y el alma de la serpiente. Pues esta antipatía, odio, horror y guerra comenzó literalmente después del pecado entre las serpientes y los humanos, tanto varones como mujeres, como ahora demuestra la experiencia. Incluso Ruperto (libro III, cap. 20) aduce una experiencia especial y notable, a saber, que la cabeza de una serpiente solo con la mayor dificultad puede ser aplastada con espadas, garrotes y martillos de modo que todo el cuerpo muera; pero si una mujer con el pie desnudo se anticipa al colmillo de la serpiente y le pisa la cabeza, inmediatamente con la cabeza todo el cuerpo muere por completo.
A su vez, estas mismas cosas se aplican con mayor literalidad aún a Cristo y a la Santísima Virgen que luchan contra el diablo. Pues la «mujer» es Eva, que aplastó al diablo cuando hizo penitencia, o más bien la mujer es la bienaventurada María, hija de Eva; su simiente es Jesús y los cristianos; la serpiente es el diablo; su simiente son los infieles y todos los impíos. Por tanto, la bienaventurada María aplastó a la serpiente; porque ella fue siempre llena de gracia y gloriosa vencedora del diablo, y aplastó todas las herejías (que son la cabeza de la serpiente) en todo el mundo, como canta la Iglesia; pero Cristo aplastó de modo perfectísimo a él y su cabeza y maquinaciones, cuando por su propia virtud en la Cruz arrebató al diablo todo su reino y sus despojos; y de Cristo, tanto la Eva penitente como la María inocente, y también todos nosotros, recibimos la virtud de aplastar al diablo y a su simiente (es decir, primero, sus sugestiones; segundo, su simiente, es decir, los hombres malvados, pues el diablo es su padre y príncipe). Pues esto es lo que se dice en el Salmo 90: «Sobre el áspid y el basilisco caminarás, y pisotearás al león y al dragón.» Y en Lucas 10: «He aquí que os he dado potestad de pisar sobre serpientes y escorpiones, y sobre todo el poder del enemigo.» Y en Romanos 16: «Que Dios aplaste a Satanás bajo vuestros pies prontamente.» Así Teodoreto, Ruperto, Beda aquí, Agustín (La Ciudad de Dios XI, cap. 36), Epifanio (libro II Contra los antidicomarianitas), y los demás Padres passim.
Aptamente San Juan Crisóstomo (Homilía sobre la prohibición del árbol, tomo 1) opone a Cristo contra Adán, a la bienaventurada María contra Eva, y a Gabriel contra la serpiente: «La muerte», dice, «por Adán, la vida por Cristo; la serpiente sedujo a Eva, María consintió a Gabriel; pero la seducción de Eva trajo la muerte, el consentimiento de María dio al mundo el Salvador. Por María se restaura lo que había perecido por Eva; por Cristo se redime lo que había sido cautivado por Adán; por Gabriel se promete lo que había sido desesperado por el diablo.»
APLASTARÁ. — En hebreo es iascuph, que Rabí Abraham traduce como «golpeará»; Rabí Salomón, «machacará»; los Setenta traducen tereset, esto es, «aplastará»; Filón, sin embargo (Alegorías II), con algunos otros, lee epitereset, esto es, «observará.» De donde también el Caldeo traduce: «Él te observará por lo que le hiciste desde el principio, y tú le observarás al final.» Propiamente, el hebreo scuph parece significar golpear a alguien súbitamente y como desde una emboscada y escondrijos, abrumar, pisotear, aplastar, como es claro por Job 9:17 y Salmo 139:11; de donde nuestro Intérprete también lo traduce poco después como «acecharás.»
Véase aquí cuán desquiciados estaban tanto los herejes como los idólatras llamados Ofitas, esto es, «adoradores de la serpiente», de ophis, que significa serpiente, a la cual adoraban porque, al sugerir el fruto prohibido, había sido para Adán y sus descendientes el principio del conocimiento del bien y del mal; y por ello le ofrecían pan. Epifanio describe el rito de su ofrenda (Herejía 37).
Y TÚ ACECHARÁS SU TALÓN. — En hebreo es el mismo verbo ya mencionado, iascuph, que los Setenta poco antes tradujeron como tereset, es decir, «aplastará»: pero aquí lo traducen tereseis, es decir, «observarás» (a saber, acechándole). Pues así leen aquí de los Setenta Josefo, Filón, San Jerónimo, Ambrosio, Ireneo, Agustín y otros. Pues propiamente las serpientes, al acecho en los prados y bosques, se vengan no con fuerza abierta sino con astucia, y muerden por detrás a los desprevenidos y golpean el talón, y de ahí matan con el veneno que se extiende por todo el cuerpo. Así Ruperto.
Simbólicamente, Filón dice: El talón es aquella parte del alma que se adhiere a la naturaleza terrena, y que es propensa y fácilmente arrastrada hacia el sentido corporal y los placeres terrenos. El diablo acecha esta parte, y a través de ella a la mente y la voluntad. Y por esta razón Cristo lavó los pies de sus discípulos en la Última Cena, para que esto fuese signo de que la maldición del talón ya había sido lavada — la maldición por la cual, desde el mismo principio de las cosas, estaba abierta la entrada a las mordeduras de la serpiente.
De igual modo el diablo acecha el talón, es decir, intenta golpear como por detrás, mediante emboscada (pues lo que aquí se significa, al modo hebreo, no es un acto completo de golpear, sino uno comenzado, o meramente intentado), a Cristo, a la Santísima Virgen y a los cristianos; pero no prevalece contra ellos mientras permanecen como simiente de Cristo, es decir, hijos de Dios. Añádase que el diablo de hecho golpea y aplasta a algunos de esta simiente, a saber, a aquellos fieles que en la Iglesia son, por así decirlo, el talón — esto es, los más bajos, los despreciables y los apegados a las cosas terrenas.
A su vez, la «cabeza» de Cristo es su divinidad, su «talón» es su humanidad. Mientras el diablo atacó y dio muerte a esta humanidad, él mismo fue muerto: pues entonces Cristo aplastó la cabeza del diablo, es decir, abatió su soberbia y postró toda su fuerza.
Alegóricamente, esta enemistad entre la mujer y la serpiente significa el odio y la guerra continua entre la Iglesia y el diablo, como enseña San Juan (Apocalipsis 12:13) y los Padres passim. Incluso algunos, como el P. Gordón (Controversia I, cap. 17), entienden literalmente por «la mujer» a la Iglesia, y por «la serpiente» al diablo. Pero la mujer más bien significa literalmente una mujer, y místicamente la Iglesia; de ahí que el Apóstol (Efesios 5:32) llame a esto un sacramento, o, como dice el griego, un misterio de Cristo y la Iglesia.
Tropológicamente, San Gregorio (Moralia I, cap. 38): «Aplastamos la cabeza de la serpiente», dice, «cuando arrancamos del corazón los principios de la tentación; y entonces ella acecha nuestro talón, porque ataca el final de una buena acción con mayor astucia y poder.» Y San Agustín sobre los Salmos 48 y 103: «Si el diablo observa tu talón, tú observa su cabeza. Su cabeza es el principio de la mala sugestión; cuando comienza a sugerirte el mal, entonces recházalo, antes de que surja la delectación y siga el consentimiento. Y así evitarás su cabeza, y en consecuencia él no atrapará tu talón», a saber:
«Resiste a los principios: el remedio se prepara demasiado tarde, cuando los males han cobrado fuerza por largas demoras.»
Y San Bernardo, A su hermana sobre el modo de vivir bien, cap. 29: «Se aplasta la cabeza de la serpiente», dice, «cuando la culpa se corrige allí donde nace.» A esto añade Alcuino, o Albino: El diablo, dice, acecha nuestro talón porque ataca el final de nuestra vida con mayor fiereza. Por esta razón los santos temieron su fin, y entonces sirvieron a Dios con mayor fervor. Así San Hilarión, temiendo en la muerte, se dijo a sí mismo: «Has servido al Señor durante casi setenta años, ¿y temes morir?» El abad Pambo, al morir, dijo: «Parto ahora hacia mi Dios; pero como quien apenas ha comenzado a adorar a Dios verdadera y rectamente.» Arsenio dijo: «Concede, oh Señor, que al menos ahora comience a vivir piadosamente.» San Francisco, cerca de la muerte, dijo: «Hermanos, hasta ahora hemos adelantado poco; comencemos ahora a servir a Dios; volvamos a los principios de la humildad y del noviciado.» Lo dijo y lo hizo, como atestigua San Buenaventura en su Vida. Igualmente Antonio dijo: «Hoy, considerad que habéis tomado la vida religiosa.» Y Barlaam a Josafat: «Piensa» cada día «que hoy has comenzado a servir a Dios, que hoy terminarás.» Agatón había vivido santamente, y sin embargo solía decir: «Temo la muerte, porque los juicios de Dios son distintos de los de los hombres.»
Versículo 16: Multiplicaré tus dolores
MULTIPLICARÉ. — En hebreo harba arbe, «multiplicando multiplicaré», es decir, multiplicaré de modo máximo y certísimo. Pues esta duplicación significa tanto multitud como certeza.
Un triple castigo se inflige aquí a la mujer por su triple pecado. Pues primero, porque creyó a la serpiente que decía «Seréis como dioses», oye: «Multiplicaré tus dolores y tus concepciones»; segundo, porque comió con gula el fruto prohibido, oye: «Con dolor parirás»; tercero, porque sedujo a su marido, oye: «Estarás bajo la potestad de tu marido.» Así Ruperto.
«DOLORES Y CONCEPCIONES.» — Esto es, los dolores de las concepciones. Pues es una hendíadis frecuente entre los hebreos, como aquella del Poeta [Virgilio]: «Mordió el oro y el freno», es decir, mordió el freno de oro.
Estos dolores, antes de la concepción, son las impurezas y el flujo menstrual; en la concepción misma, la desfloración, el pudor y el dolor; después de la concepción, la inmundicia, el hedor, la retención de las menstruaciones, los antojos incontrolables, el peso del hijo durante nueve meses, las náuseas, los espasmos y muchísimos peligros, sobre los cuales véase Aristóteles, Historia de los animales VII, cap. 4.
CON DOLOR PARIRÁS. — A este dolor se une frecuentemente el peligro de vida, tanto de la madre como del hijo, y esto tanto del alma como del cuerpo; y este dolor es tan grande que una mujer que lo experimentó dijo: «Preferiría combatir por su vida bajo las armas diez veces que dar a luz una sola vez.» Este dolor en las mujeres es mayor que en cualquier animal, a causa de la más difícil separación de las partes continuas, como enseña Aristóteles (arriba, cap. 9). En el estado de inocencia, la mujer habría escapado de este dolor por el beneficio y la providencia de Dios. ¡Ved cuán pequeño placer del pecado — una gota, digo, de miel — trajo cuánta hiel, cuántos dolores sobre Eva y toda su posteridad!
ESTARÁS BAJO LA POTESTAD DE TU MARIDO. — No como antes, voluntariamente, con gusto, con maravillosa dulzura y armonía, sino frecuentemente contra su voluntad, con la mayor molestia y repugnancia. Pues aquí el marido recibió la potestad de corregir y castigar a su esposa.
Así Molina. En hebreo es: «Hacia su marido será su deseo» (teshukathek), es decir, su concupiscencia, anhelo o recurso; o, como tienen los Setenta y el Caldeo, «tu conversión será», como si dijera: Todo lo que desees, necesariamente tendrás que recurrir a tu marido, para que lo obtengas y lo realices. Por tanto, si eres sabia, que tus ojos observen siempre el rostro, los ojos, la señal y la inclinación de tu marido, para que le agrades, te acomodes a sus deseos y lo ganes para ti. Si eres sabia, no desees otra cosa que lo que sepas agradará a tu marido; si amas la paz y la tranquilidad, piensa y concuerda con tu marido; cuídate de no dar coces contra el aguijón. Añade Ruperto: «Estarás bajo la potestad de tu marido.» Tan verdadero es esto, dice, que según las leyes romanas, incluso entre los gentiles, no le estaba permitido a la esposa hacer testamento sin la autoridad de su marido; y porque estaba bajo la mano de su marido, se decía que había sufrido una disminución de capacidad jurídica.
«Y él te dominará.» — Este dominio del marido, si es justo y moderado, es de ley natural; si es imperioso y tiránico, es contra la naturaleza; pero ambos son gravosos para la mujer y son castigo del pecado. Por tanto, es contra la naturaleza, y como una monstruosidad, si una mujer quiere dominar a su marido.
Versículo 17: Maldita sea la tierra en tu trabajo
17. «Porque escuchaste» — porque obedeciste a tu mujer antes que a Mí. «Maldita sea la tierra en tu trabajo.» — Nótese con Adán y Procopio, el Abulense y Pererio que la tierra es aquí maldecida por Dios no absolutamente, sino «en tu trabajo», porque, a saber, a ti, oh Adán, que la labras y sudas sobre ella, te dará pocos frutos, y ciertamente a menudo espinas y abrojos, como sigue.
Segundo, aunque antes del pecado la tierra naturalmente también habría producido espinas y abrojos (lo cual, aunque Beda, Ruperto y otros lo niegan, he demostrado ser más verdadero en el capítulo 1, versículo 12), sin embargo, eso mismo se ha convertido ahora en castigo del hombre pecador; porque si Adán no hubiera pecado, habría vivido sin trabajo alguno de los frutos del paraíso (en cuyo lugar de delicias todas las cosas habrían ayudado y recreado al hombre, y no habría habido nada que le dañara, y en consecuencia no habría habido espinas en él); pero ahora, trabajando para procurarse el sustento, a menudo cosecha espinas y abrojos, con los cuales no se alimenta sino que se hiere.
Añádase en tercer lugar que, por este pecado de Adán, la bondad y fertilidad primigenias de la tierra parecen haber sido impedidas y disminuidas, y por ello ahora produce espinas y abrojos más frecuentemente y en más lugares que antes del pecado; pues esto fue lo que le sucedió a Caín cuando pecó, Génesis IV, 12. Así también a los israelitas, por causa de sus pecados, Dios frecuentemente les amenaza por medio de los Profetas con un cielo de bronce y una tierra de hierro. Así también hoy Dios frecuentemente castiga ciudades y reinos con esterilidad por causa de los pecados. De ahí que el Caldeo y Áquila traduzcan: «maldita sea la tierra por tu causa»; y Teodocio: «maldita sea la tierra en tu transgresión»: pues la raíz abar significa transgredir.
Donde nótese en cuarto lugar: el texto hebreo tiene ahora ba'avureka, esto es, «por tu causa», como traducen el Caldeo y Áquila. Pero nuestra Vulgata, con los Setenta (de lo cual se desprende que esta lectura es antigua y por tanto más auténtica), lee ba'avodeka, esto es, «en tu trabajo». Pues las letras resh y daleth son muy semejantes, de modo que el desliz de una a otra es fácil.
Tropológicamente, San Basilio en su homilía Sobre el Paraíso dice: «La rosa aquí está unida a las espinas, como si nos declarase a viva voz y dijera: Las cosas que os son agradables, oh hombres, están mezcladas con tristezas. Pues verdaderamente en los asuntos humanos está así dispuesto, que nada en ellos es puro, sino que inmediatamente la tristeza se pega a la alegría y al gozo, la viudez al matrimonio, el cuidado y la ansiedad a la crianza de los hijos, el aborto a la fecundidad, la ignominia al esplendor de la vida, las pérdidas a los éxitos prósperos, la saciedad a los deleites, la enfermedad a la salud. La rosa ciertamente es hermosa, pero me inflige tristeza. Cada vez que veo esta flor, me acuerdo de mi pecado, por el cual la tierra fue condenada a producir espinas y abrojos.»
«Con trabajos comerás de ella.» — La palabra hebrea itsabón significa un trabajo mezclado con grandes fatigas, penalidades y dolores, cual es el trabajo de la agricultura, y es variado, múltiple y continuo, con el cual, sin embargo, por mucho que se esfuerce, el hombre apenas procura el sustento para sí y para los suyos.
Isidoro Clario nota que las penas de cada uno son aquí infligidas convenientemente por Dios: a saber, la serpiente se había erguido arrogantemente; por eso se le manda arrastrarse por la tierra. La mujer había gustado las delicias del fruto; por eso se le manda parir con dolores. Adán había cedido débilmente a su mujer; por eso se le manda procurarse el sustento con trabajos. Esto es, pues, «el pesado yugo sobre los hijos de Adán, desde el día de su salida del vientre de su madre, hasta el día de la sepultura en la madre de todos», Eclesiástico 40, 1. Bajo este yugo gemimos todos.
«De ella.» — En hebreo: «la comerás», es decir, sus brotes y frutos.
18. «Y comerás la hierba del campo» — como si dijera: No las delicias y frutos del paraíso, no perdices, liebres, carnes asadas y cocidas, sino las simples y humildes hierbas de la tierra comerás, tanto por temperancia como por penitencia. Pues los hebreos llaman hierbas de la tierra o del campo a las hierbas comunes y humildes de las que se alimentan tanto los animales brutos como el hombre. Pues por el pecado el hombre se había hecho como un caballo y un mulo: por tanto debe alimentarse con el mismo alimento que ellos.
Para el sentido tropológico, véase Casiano, Conferencias, Libro XXIII, capítulo 11.
Versículo 19: Porque polvo eres, y al polvo volverás
19. «Porque polvo eres, y al polvo volverás.» — Los Setenta tienen: «porque tierra eres, y a la tierra volverás». El hombre, pues, después del pecado, padece como una tisis incurable, a saber, el conflicto y la corrupción de cualidades contrarias, que gradualmente lo consume y lo mata. El hebreo afar propiamente significa polvo; pero, como dije antes, este polvo del que fue hecho Adán estaba mezclado con agua, y por tanto era barro y limo de la tierra, de donde también el cadáver del hombre después de la muerte se disuelve en barro. ¿Por qué, pues, te ensoberbeces, tú que eres tierra y ceniza? De aquí se deduce claramente que la muerte para el hombre no es una condición de la naturaleza, sino el castigo del pecado. De donde agudamente dice San Agustín en la Sentencia 260: «El hombre había sido hecho inmortal: quiso ser Dios; no perdió lo que era como hombre, pero perdió lo que era como inmortal, y de la soberbia de la desobediencia se contrajo el castigo de la naturaleza.» Lo mismo se deduce de Romanos 5, 12 y Sabiduría 2, 23. San Juan Crisóstomo piensa que esta sentencia de muerte mitiga la anterior: «Con trabajo comerás de ella.» Pues cuán útil nos es este castigo, doctamente lo muestra Ruperto en el Libro III, capítulos 24 y 25, donde entre otras cosas dice, primero, «para que el hombre no desconociese la mala muerte de su alma, y durmiera seguro en sus placeres hasta el alba del juicio final, Dios lo hiere con la muerte de la carne, para que al menos por el temor de su llegada despierte; de ahí también, segundo, quiso que el día y la hora de la muerte fueran desconocidos, la cual, manteniendo al hombre siempre inquieto y siempre en suspenso, no le permite ensoberbecerse.» Tercero, de Plotino enseña que fue misericordia de Dios el haber hecho mortal al hombre, para que no fuera atormentado por las perpetuas miserias de esta vida. Cuarto, Dios quiso que el hombre viviera en trabajos.
«Aguzando los corazones mortales con preocupaciones, y no permitiendo que su reino se adormeciera en pesado letargo.»
Así Ruperto.
Moralmente, ¿qué es, pues, el hombre? Escuchad a los gentiles. Primero, el hombre es juguete de la fortuna, imagen de la inconstancia, espejo de la corrupción, despojo del tiempo, dice Aristóteles; segundo, el hombre es esclavo de la muerte, un viajero de paso; tercero, es una pelota con la que juega Dios, dice Plauto; cuarto, es un cuerpo débil y frágil, desnudo, inerme, necesitado de ayuda ajena, arrojado a todo insulto de la fortuna, dice Séneca; quinto, es un vínculo de corrupción, una muerte viva, un cadáver sensible, un sepulcro giratorio, un velo opaco, dice Trismegisto; sexto, es un fantasma y una tenue sombra, dice Sófocles; séptimo, es el sueño de una sombra, dice Píndaro; octavo, es un exiliado y peregrino en un mundo miserable: pues ¿qué es el mundo ahora sino un cofre de dolores, una escuela de vanidad, un mercado de impostores?, como dijo cierto Filósofo.
¿Qué es el hombre? Escuchad a los fieles, sabios y profetas. Primero, el hombre es semilla fétida, un saco de estiércol, alimento de gusanos, dice San Bernardo; segundo, el hombre es ludibrio de Dios, dice el Emperador Zenón huyendo después de oír la matanza de los suyos; tercero, el hombre es una gota de un cubo, una langosta, el fiel de una balanza, una gota de rocío matutino, hierba, una flor, nada y vacío, como dice Isaías en el capítulo 40, versículos 6, 15, 17, 22; cuarto, es total vanidad, como dice el Salmista, Salmo 38, 6; quinto, es un mensajero que corre, una nave que pasa, un ave que vuela, una flecha lanzada, humo, pelusa, espuma tenue, un huésped de un solo día, Sabiduría capítulo 5, versículo 9; sexto, es polvo y ceniza, como dice Abrahán en Génesis capítulo 18, versículo 27; séptimo, «el hombre nacido de mujer, viviendo breve tiempo, está lleno de muchas miserias; que como una flor brota y es aplastado, y huye como una sombra, y nunca permanece en el mismo estado», Job 14, 1. Aprende, pues, oh hombre, a despreciarte tanto a ti mismo como al mundo. Escucha a San Agustín en sus Sentencias, la última Sentencia: «Te glorías en las riquezas y te jactas de la nobleza de tus antepasados, y exultas por tu patria y la hermosura de tu cuerpo, y por los honores que los hombres te otorgan: mírate a ti mismo, porque eres mortal, y eres tierra, y a la tierra irás; mira a tu alrededor a los que antes que tú brillaron con esplendores semejantes: ¿dónde están aquellos a quienes cortejaba el poder de los ciudadanos? ¿dónde los emperadores invencibles? ¿dónde los que organizaban asambleas y fiestas? ¿dónde los espléndidos jinetes de caballos? ¿dónde los generales de los ejércitos? ¿dónde los gobernadores tiránicos? Ahora todo es polvo, ahora todo es ceniza, ahora en unos pocos versos está su memoria. Mira los sepulcros, y ve quién es siervo, quién señor, quién pobre, quién rico; distingue, si puedes, al prisionero del rey, al fuerte del débil, al hermoso del deforme. Siendo pues consciente de tu naturaleza, nunca te ensalces; y serás consciente si te miras a ti mismo.»
Así Zósimas, volviendo en Pascua al lugar convenido con Santa María Egipcíaca, la encontró yacente y muerta, y cerca escrito en la tierra: «Entierra, Abba Zósimas, el pobre cuerpo de María: devuelve tierra a la tierra y polvo al polvo.» Y como no tenía azadón, apareció un león, que cavó la tierra con sus garras e hizo una fosa en la que Zósimas sepultó el cuerpo de la Santa.
Versículo 20: Y Adán puso a su mujer el nombre de Eva
«La llamó» después de haber sido expulsado del paraíso: pues inmediatamente después del pecado y de la sentencia de Dios, fue expulsado del paraíso. Esto es, por tanto, una prolepsis o anticipación.
Eva. — En hebreo es chavvá, esto es, viviente, o más bien vivificante, de la raíz jayá, esto es, vivió, «porque había de ser la madre de todos los vivientes». De ahí que los Setenta traduzcan Eva como zoé, esto es, vida. Del hebreo jayá, o javá, esto es, vivió, procede el imperativo javé, o havé, esto es, vive — que es la palabra del que saluda y desea bien, equivalente al griego chaíre, hygiáine. En lugar de havé los latinos dicen ave; y los cartagineses, havo. De donde aquel verso de Plauto en el Poenulus: «Havo (esto es, salve, saludos), ¿de qué país sois? ¿o de qué ciudad?» Así nuestro Serario sobre Josué capítulo 2, cuestión 25.
Nótese que los Rabinos añadieron erróneamente los puntos vocálicos en chavvá: pues debe puntuarse y leerse como Jevá, o Hevá; pues así lo leyeron los Setenta, nuestra Vulgata y otros. Así los Rabinos ignorantemente leen Cores por Ciro, y Dariavés por Darío.
Con este nombre Eva, Adán se consuela a sí mismo y a su mujer, condenados a muerte por Dios, porque por medio de Eva engendrará descendientes vivos, en quienes también ellos, aunque destinados a morir, sin embargo vivirán perpetuamente, por así decir, como padres en sus hijos.
De ahí que Eva fue tipo de la Bienaventurada María, que es la madre de los vivientes, no con vida temporal, sino con vida espiritual y eterna en el cielo. Así San Epifanio, Herejía 78. Mejor madre es, por tanto, María que Eva. Pues Eva es y puede llamarse la madre de todos, tanto de los que mueren como de los que viven. De donde Lirano y el Abulense dicen: Eva significa la madre de todos, no simplemente, sino de los que viven penosa y miserablemente en esta vida mortal. De ahí que algunos piadosamente contemplan que Eva es aptamente así llamada, como si este nombre aludiera al llanto de los pequeños engendrados de Eva: pues un niño varón recién nacido llora diciendo «a», mientras que la niña dice «e», como si dijera: Digan «e» o «a» todos los que nazcan de Eva. Además, Eva por anástrofe y apócope en latín es ve («¡ay!»); por sola anástrofe es ave («salve»), que el Arcángel Gabriel llevó a la Bienaventurada Virgen en su saludo.
Versículo 21: Dios hizo para Adán y su mujer túnicas de pieles
Nótese aquí el diferente carácter del diablo y de Dios; el diablo hace tropezar al hombre con algún pequeño placer, luego inmediatamente lo abandona yacente en lo profundo de la miseria y la confusión, de modo que se convierte en un espectáculo lamentable para todos los que lo ven: pero Dios acude en auxilio incluso de Su miserable enemigo, lo viste y lo cubre. Orígenes entiende aquí no verdaderas túnicas de pieles, sino cuerpos carnales y mortales, con los cuales Adán y Eva fueron revestidos después del pecado; pues es ridículo, dice, afirmar que Dios fue el curtidor y zapatero de pieles de Adán. Pero esto es un error: pues estas palabras deben tomarse histórica y literalmente, tal como suenan, como enseña San Agustín en el Libro XI del Sobre el Génesis literalmente, capítulo 39, y ciertamente el mismo Orígenes en la Homilía 6 sobre el Levítico: «Con tales vestiduras, dice, convenía que fuera revestido el pecador (a saber, túnicas de pieles), que fueran signo de la mortalidad que había recibido del primer pecado, y de la fragilidad que procedía de la corrupción de la carne.» Teodoro de Heraclea y Genadio piensan que la corteza de los árboles es aquí llamada pieles, y que las vestiduras de Adán fueron hechas de ellas. Pero Teodoreto con razón refuta esto en la Cuestión 39. Dios no creó estas pieles de la nada, como sostiene Procopio, sino que o bien las hizo quitar de animales sacrificados por ministerio de ángeles (pues Dios no creó solo un par de cada especie, como sostiene Teodoreto, sino varios al principio); o las transformó y formó instantáneamente de alguna otra fuente.
Además, entiéndanse aquí las pieles como naturales, a saber, con vellón y pelo: pues esto es lo que implica el hebreo or y el latín pelliceas; y esto, primero, para que estas vestiduras sirvieran a Adán y Eva tanto en invierno como en verano con solo invertirlas. Segundo, porque fueron dadas no para ornato, sino por necesidad, a saber, para cubrir su desnudez y rechazar las injurias del clima. Tercero, porque estas vestiduras eran símbolo no solo de pudor, sino también de frugalidad, continencia y penitencia. No con púrpura, no con paño, sino con pieles como con un cilicio vistió Dios a los hombres después del pecado, para enseñar que nuestro vestido debe ser igualmente sencillo. De ahí que los santos cuarenta soldados y Mártires, según relata San Basilio, desnudados por el prefecto y arrojados a un lago helado para ser muertos por su frío, se animaban con esta voz: «No nos quitamos una vestidura, dicen, sino al hombre viejo corrompido por el engaño de la concupiscencia; te damos gracias, Señor, porque junto con esta vestidura podamos también despojarnos del pecado: pues por causa de la serpiente lo vestimos, pero por causa de Cristo lo despojamos.» Así, casi muertos por el frío, fueron entregados a las llamas, mientras los ángeles desde el cielo mostraban sus coronas triunfales. Cuarto, estas vestiduras hechas de pieles de animales muertos le recordaban a Adán que había sido reo de muerte. Así San Agustín, Libro II del Sobre el Génesis contra los Maniqueos, capítulo 21, Alcuino y otros.
Alegóricamente, Adán vestido fue tipo de Cristo, quien, aunque era puro y santo, sin embargo quiso ser revestido de pieles, esto es, ser revestido de nuestros pecados, cuando hallándose en condición de hombre, fue hecho a semejanza de carne de pecado. ¿Por qué, pues, oh hombre, te glorías en una vestidura de seda? Pues la vestidura es marca y estigma del pecado; así como los grillos, como las cadenas, ya sean de hierro o de bronce, son los símbolos y ataduras de ladrones y malhechores. Tal fue la vestidura de los primeros Senadores romanos, de la cual Propercio escribe:
«La Curia, que ahora brilla elevada con el senado de toga pretexta, tuvo padres vestidos de pieles con corazones rústicos.»
Versículo 22: He aquí que Adán ha venido a ser como uno de Nosotros
«Esto, dice San Agustín en el Libro II del Sobre el Génesis contra los Maniqueos, capítulo 22, puede entenderse de dos maneras: o uno de nosotros, como si él mismo fuera Dios, lo cual pertenece a la burla, como quien dice: Uno de los senadores, es decir, un senador; o ciertamente, porque él mismo habría sido Dios, aunque por beneficio de su Creador, no por naturaleza, si hubiera querido permanecer bajo Su poder: así se dice, de nosotros, como se dice: De los cónsules o procónsules, quien ya no lo es.» Luego añade San Agustín: «¿Pero para qué ha venido a ser como uno de nosotros? Para el conocimiento, a saber, de discernir el bien y el mal, de modo que este hombre aprendiera por experiencia mientras siente el mal, lo que Dios conoce por sabiduría: y aprendiera por su castigo que el poder del Omnipotente, que no quiso soportar siendo bienaventurado y consintiendo, es ineludible.» El primer sentido es más genuino: pues la frase «ha venido a ser» lo requiere. Es, por tanto, ironía y sarcasmo, como si dijera: Adán quiso hacerse semejante a Nosotros comiendo el fruto — ved cuán desemejante se ha hecho; quiso conocer el bien y el mal — ved en qué abismo de ignorancia ha caído. Así Genadio, Teodoreto y Ruperto, quien dice: «Adán ha venido a ser como uno de nosotros, de modo que ya no somos una Trinidad sino una Cuaternidad: aunque aspiró a ser Dios no con Dios, sino contra Dios.» Estas son palabras de Dios Padre no a los ángeles, como sostiene Oleaster y el Abulense, sino al Hijo y al Espíritu Santo, como es evidente, y así lo entiende el mismo Abulense en el capítulo 13, Cuestión 486.
«Ahora, pues» — suplir: debemos cuidar, o debe ser expulsado del paraíso. Esto es una aposiopesis (una interrupción deliberada del discurso).
«Y viva para siempre» — sino más bien que muera, según la sentencia pronunciada contra él en el capítulo 2, versículo 17; esta muerte es castigo para el hombre, y también abreviación del castigo; pues es costumbre de Dios, dice San Juan Crisóstomo aquí, que al castigar no menos que al otorgar beneficios, declare Su providencia hacia nosotros, como dice Ruperto: «Puesto que el hombre es miserable, sea también temporal, y así sea desemejante tanto a Dios como al diablo: pues Dios es eterno y feliz, y suya es la felicidad eterna, la eternidad feliz: de estas dos cosas, el diablo ha perdido una, esto es, la felicidad; pero no ha perdido la eternidad, y suya es la infelicidad eterna, la eternidad infeliz. Perdonemos al hombre, dice Dios; y puesto que ha perdido la felicidad, arrebatemos también al miserable la eternidad; de modo que en ningún aspecto sea como uno de Nosotros. Nuestra es la felicidad eterna, la eternidad feliz; sea suya la miseria temporal, o la temporalidad miserable, y entonces más convenientemente le será restituida la eternidad cuando se haya recuperado la felicidad.»
Versículo 23: Y lo echó del paraíso
En hebreo es yeshallachéhu en la forma piel, esto es, lo arrojó, lo expulsó. Los Setenta añaden: «y lo colocó enfrente», o a la vista (pues esto es lo que significa apenanti) del paraíso, a saber, para que con su contemplación llorara continuamente el bien que había perdido y se arrepintiera más amargamente.
Nótese: Dios envió a Adán fuera por medio de un ángel, que o lo sacó de la mano, como Rafael sacó a Tobías; o lo arrebató, como Habacuc fue arrebatado de Judea a Babilonia para llevar una comida a Daniel. Así San Agustín y el Abulense, quien añade que el ángel trasladó a Adán desde el paraíso a Hebrón, donde había sido creado, vivió y posteriormente fue sepultado.
Se puede preguntar en qué día ocurrió esto. El Abulense piensa que Adán pecó y fue expulsado del paraíso al segundo día desde su creación, esto es, en el sábado. Pererio dice que al octavo día, y esto con el propósito de que en el intervalo de algunos días experimentase aquel estado bienaventurado en el paraíso. Otros dicen que al cuadragésimo día: de donde Cristo ayunó el mismo número de días, esto es, cuarenta días, por esta gula de Adán. Otros dicen que en el año trigésimo cuarto, así como Cristo vivió treinta y cuatro años y expió este pecado.
Pero comúnmente los Padres — San Ireneo, Cirilo, Epifanio, el Sarugense, Efrén, Filoxeno, Barcepha y Diodoro, según los cita Pererio — transmiten que Adán pecó y fue expulsado del paraíso el mismo día en que fue creado, a saber, el sexto día, viernes; y ciertamente a la misma hora en que Cristo murió en la cruz fuera de Jerusalén y restituyó al ladrón y a todos nosotros al paraíso. Esta opinión la favorece la secuencia de la Escritura: pues del versículo 8 se deduce que estas cosas sucedieron después del mediodía, cuando el calor disminuía y soplaba una brisa suave. También la favorece la envidia del diablo, que no permitió a Adán permanecer en pie por mucho tiempo. Y la favorece la perfección de la naturaleza en que Adán fue creado, por la cual él, como el ángel, inmediatamente se determinó y eligió uno u otro lado. Finalmente, si hubiera estado en el paraíso por largo tiempo, ciertamente habría comido del árbol de la vida. Así como Cristo eligió ser crucificado en el mismo lugar, a saber, en el Monte Calvario, donde Adán fue sepultado: así Él mismo señaló el día de nuestro pecado y exilio, para pagar y saldar las pérdidas de aquel día.
San Efrén (según lo cita Barcepha, al final del Libro I del Sobre el Paraíso), Filoxeno y Santiago de Sarug añaden que Adán fue creado a la hora nona de la mañana y fue expulsado del paraíso a la hora tercera de la tarde, y así permaneció en el paraíso solo seis horas.
Versículo 24: Los Querubines y la espada flamígera
«Y colocó delante del paraíso de las delicias a los Querubines y una espada flamígera, que se revolvía por todas partes.» — Se puede preguntar: ¿Quiénes son los Querubines, y qué es esta espada?
Primero, Tertuliano en su Apologético, y Santo Tomás, II-II, Cuestión 165, último artículo, piensan que es la zona tórrida, que es intransitable por su calor, la cual, dicen, Dios colocó entre nuestras regiones y el paraíso.
Segundo, Lirano y el Tostado sostienen que esto es un fuego que rodea el paraíso por todas partes. Muchos Padres que serán citados al final de este capítulo piensan lo mismo.
Tercero, Teodoreto y Procopio piensan que son mormolikias — ciertos fantasmas aterradores, como los espantapájaros que se colocan contra las aves en los huertos.
Pero digo que todas estas cosas deben tomarse propiamente, tal como suenan, a saber, que ángeles del orden de los Querubines fueron colocados delante del paraíso, para prohibir la entrada a él tanto a Adán y a los hombres, como también a los demonios, para que los demonios mismos, habiendo entrado en el paraíso, no arrancaran el fruto del árbol de la vida y lo ofrecieran a los hombres, prometiéndoles la inmortalidad, de modo que por este medio los atrajeran a su amor y culto. Así San Juan Crisóstomo, Agustín, Ruperto y otros.
Nótese primero: La custodia del paraíso fue encomendada a los Querubines antes que a los Tronos, Virtudes o Principados, porque los Querubines son los más vigilantes y perspicaces; de donde son llamados Querubines por la ciencia, y por tanto son los más aptos vengadores de la omnisciencia de Dios, que Adán había codiciado. De aquí se deduce que también los ángeles superiores son enviados a la tierra, como mostré en Hebreos 1, último versículo.
Nótese segundo: Estos Querubines parecen haber estado revestidos de forma humana; pues sostienen y blanden una espada flamígera, que se revuelve en todas direcciones, para herir con ella a los que intentaran entrar en el paraíso.
Nótese tercero: En lugar de «espada flamígera» el hebreo tiene láhat hajérev, esto es, «la llama de la espada». De ahí que sea incierto si esta espada era una llama que tenía la forma y apariencia de espada, o si verdaderamente era una espada, pero incandescente de fuego, fulgurante y como vomitando llamas.
Nótese cuarto: Esta espada fue retirada y cesó, así como los Querubines, cuando el paraíso llegó a su fin, a saber, en el Diluvio.
Alegóricamente, como dice San Ambrosio sobre aquel versículo del Salmo 118, «Recompensa a tu siervo, y viviré», y Ruperto en el Libro III, capítulo 32, esta espada flamígera es el fuego del Purgatorio, que Dios colocó delante del paraíso celestial para los que mueren sin haber sido plenamente purgados en esta vida; y desde allí los Querubines, esto es, los ángeles, conducen a las almas plenamente purgadas al paraíso, esto es, al cielo. Ciertamente, San Ambrosio, Orígenes, Lactancio, Basilio y Ruperto, a partir de este pasaje, piensan que fue colocado un fuego delante del cielo por el cual todas las almas, incluso las de San Pedro y San Pablo, deben pasar después de la muerte, para que sean examinadas por él, y si se hallan impuras, sean purgadas por medio de él, acerca de lo cual hablé en 1 Corintios 3, 15.
Moralmente nótese: Seis castigos fueron impuestos a Adán (junto con Eva) y a su posteridad, los cuales corresponden convenientemente a sus seis pecados: su primer pecado fue la desobediencia — por ella sintió la rebelión de la carne y de los sentidos; el segundo fue la gula — por ella fue castigado con trabajo y fatiga. «Con el sudor de tu rostro comerás tu pan»; el tercero fue el hurto del fruto — por él fue castigado con dolor corporal, a saber, hambre, sed, frío, calor, enfermedades, etc. «Multiplicaré tus penalidades»; el cuarto fue la infidelidad, por la que descreyó de Dios y creyó al demonio — por ella fue castigado con la muerte, por la cual el alma parte y se separa del cuerpo; el quinto fue la ingratitud — por ella mereció ser privado de su sustancia, que había recibido de Dios, y ser reducido a cenizas. «Polvo eres, y al polvo volverás»; el sexto fue la soberbia — por ella mereció ser privado del paraíso, del cielo y de los moradores celestiales, y ser precipitado en el infierno.
De lo dicho se deduce que el pecado de Adán, si se considera la especie primaria y propia del pecado, no fue el más grave de todos: pues fue desobediencia de una ley positiva de Dios, y más grave que esta es la blasfemia, el odio a Dios, la impenitencia obstinada, etc. Por tanto, Arrio, Lutero, Judas y otros pecaron más gravemente que Adán. Si, sin embargo, se consideran los daños que se siguieron de este pecado, el pecado de Adán fue el más grave de todos: pues por él se arruinó a sí mismo y a toda su posteridad, y así quienquiera que se condena, se condena inmediata o mediatamente por causa de este pecado; y por esta razón este pecado puede llamarse irremisible, porque su culpa y castigo pasan a toda su posteridad, y esto no puede ser perdonado ni impedido de modo alguno.