Cornelius a Lapide
Índice
Capítulo Cuarto
Sinopsis del Capítulo
Adán engendra a Caín y Abel. Segundo, en el versículo 8, Caín mata a Abel y, por ello, es maldecido por Dios y se convierte en fugitivo. Tercero, en el versículo 17, se enumeran los descendientes de Caín. Cuarto, en el versículo 25, Adán engendra a Set, y Set engendra a Enós.
Texto de la Vulgata: Génesis 4:1-26
1. Conoció Adán a su mujer Eva, la cual concibió y dio a luz a Caín, diciendo: He adquirido un varón por medio de Dios. 2. Y dio a luz otra vez a su hermano Abel. Fue Abel pastor de ovejas, y Caín labrador de la tierra. 3. Aconteció, pasados muchos días, que Caín ofreció de los frutos de la tierra dones al Señor. 4. Abel también ofreció de los primogénitos de su rebaño y de la grasa de ellos; y el Señor miró con agrado a Abel y a sus ofrendas. 5. Pero a Caín y a sus ofrendas no miró con agrado; y Caín se airó en gran manera, y decayó su semblante. 6. Y el Señor le dijo: ¿Por qué estás airado, y por qué ha decaído tu rostro? 7. Si obraras bien, ¿acaso no recibirías? Mas si mal, al instante el pecado estará a la puerta; pero bajo ti estará su apetito, y tú te enseñorearás de él. 8. Y dijo Caín a su hermano Abel: Salgamos al campo. Y estando en el campo, Caín se levantó contra su hermano Abel y lo mató. 9. Y el Señor dijo a Caín: ¿Dónde está tu hermano Abel? El cual respondió: No lo sé. ¿Acaso soy yo el guardián de mi hermano? 10. Y le dijo: ¿Qué has hecho? La voz de la sangre de tu hermano clama a mí desde la tierra. 11. Ahora, pues, maldito serás sobre la tierra, que abrió su boca y recibió la sangre de tu hermano de tu mano. 12. Cuando la labres, no te dará sus frutos; errante y fugitivo serás sobre la tierra. 13. Y dijo Caín al Señor: Mi iniquidad es mayor de lo que puedo merecer perdón. 14. He aquí que me arrojas hoy de la faz de la tierra, y de tu rostro me esconderé, y seré errante y fugitivo sobre la tierra; todo el que me encuentre, pues, me matará. 15. Y le dijo el Señor: De ninguna manera será así, sino que todo el que matare a Caín, siete veces será castigado. Y puso el Señor una señal en Caín, para que no lo matase todo el que lo hallare. 16. Y salió Caín de la presencia del Señor, y habitó como fugitivo en la tierra, al oriente del Edén. 17. Y conoció Caín a su mujer, la cual concibió y dio a luz a Enoc; y edificó una ciudad, y llamó el nombre de ella por el nombre de su hijo, Enoc. 18. Y Enoc engendró a Irad, e Irad engendró a Maviaél, y Maviaél engendró a Matusaél, y Matusaél engendró a Lámec. 19. El cual tomó dos mujeres: el nombre de la una era Adá, y el nombre de la otra, Selá. 20. Y Adá dio a luz a Jabél, el cual fue padre de los que habitan en tiendas y de los pastores. 21. Y el nombre de su hermano fue Jubál: él fue padre de los que tocan la cítara y el órgano. 22. Selá también dio a luz a Tubalcaín, el cual fue martillador y artífice en toda obra de bronce y de hierro. Y la hermana de Tubalcaín fue Noemá. 23. Y Lámec dijo a sus mujeres Adá y Selá: Oíd mi voz, mujeres de Lámec, escuchad mi discurso: porque maté a un varón para herida mía, y a un joven para mi cardenal. 24. Siete veces será vengado Caín; mas Lámec, setenta veces siete. 25. Y conoció Adán otra vez a su mujer, y ella dio a luz un hijo, y llamó su nombre Set, diciendo: Dios me ha dado otra descendencia en lugar de Abel, a quien mató Caín. 26. Y también a Set le nació un hijo, al cual llamó Enós: éste comenzó a invocar el nombre del Señor.
Versículo 1: Conoció Adán a su mujer Eva
CONOCIÓ. Con esta palabra la Escritura significa honestamente la unión carnal; pues como los hebreos llaman a la virgen alma, es decir, oculta y desconocida para el varón, de ahí que corromperla lo llaman «conocerla» o revelar su vergüenza, como consta en Levítico 18.
Algunos rabinos, junto con nuestros herejes, piensan que Adán conoció a Eva en el paraíso. Pero a partir de este pasaje los Padres enseñan comúnmente lo contrario, a saber, que Adán y Eva permanecieron vírgenes en el paraíso. Pues aquí, después de la expulsión del paraíso, se hace la primera mención de su unión: «El matrimonio», dice san Jerónimo, libro I Contra Joviniano, «llena la tierra, la virginidad llena el paraíso.» Parece, pues, que esta fue la primera generación de Adán y Eva fuera del paraíso, y por consiguiente Caín fue su primogénito. Pues las palabras de Eva al darlo a luz lo sugieren: «He adquirido un varón por medio de Dios», como si dijera: Ahora por primera vez he dado a luz un hijo y me he convertido en madre de un hombre.
Dio a luz a Caín, diciendo: He adquirido un varón
Caín en hebreo significa lo mismo que «posesión», de la raíz qanah, esto es, «he adquirido». El árabe traduce: «He ganado un varón por medio de Dios». Bromea, pues, Goropio Becano, quien deriva el nombre de Caín de la lengua flamenca, como si Caín fuera lo mismo que quaet eynde, es decir, «mal fin» o «mal resultado». Así pues, Caín en hebreo significa lo mismo que «posesión»; porque un hijo es, por así decirlo, la posesión y propiedad de sus padres. De ahí que por derecho natural el padre tenga potestad sobre su hijo; de ahí que los padres sean llamados señores, Mt 11,25; Eclo 23,1. De ahí que sucedió que los persas (como atestigua Aristóteles en la Política) usaran a sus hijos como esclavos. De ahí también que los eslavos (como atestigua Accursio) vendían y mataban a sus hijos a su arbitrio. Dice, pues, Eva: «He adquirido un varón», pero «por medio de Dios», como si dijera: Me ha nacido un hijo, como posesión mía; pero él es más bien posesión del Señor y herencia que Dios me ha dado. Así san Juan Crisóstomo: «No la naturaleza (dice Eva) me dio un hijo, sino la gracia divina.» Así dijo Jacob a Esaú: «Son los pequeños que Dios me ha concedido», Gn 33,5. Aprendan aquí los padres que los hijos son dones de Dios.
Tornielo en sus Anales juzga plausiblemente que Caín fue engendrado inmediatamente después de la expulsión de Adán y Eva del paraíso, a saber, en el primer año del mundo y de Adán, tanto porque Adán y Eva fueron creados en estatura madura y apta para la generación, como porque después de su pecado sintieron inmediatamente los agudos aguijones de la concupiscencia y del deseo conyugal, y porque ellos solos estaban en el mundo, y Dios quería que por medio de ellos el género humano se propagara y multiplicara inmediatamente por toda la tierra. De donde se sigue que Caín mató a Abel en el año 129 de su edad, a saber, poco antes del nacimiento de Set. Pues Set nació en aquel año, como consta en el capítulo 5, versículo 3. Por tanto, es improbable lo que algunos piensan: que Adán y Eva, llorando su pecado y caída, se abstuvieron del uso del matrimonio durante cien años, y habiéndose unido en el año centésimo engendraron a Caín, e inmediatamente después a Abel; y así Caín, a los treinta años de edad, mató a Abel, y por ello Adán inmediatamente engendró a Set en lugar de Abel, en el año del mundo 130, como aparece en el capítulo 5, versículo 3.
Esto, digo, es improbable: pues Adán sabía que había sido constituido por Dios para ser el sembrador y propagador del género humano; sabía además que había sido condenado por Dios a la muerte y que moriría pronto; sabía que el día de su muerte era incierto. ¿Quién, pues, creería que se abstuvo de la generación y propagación de su estirpe durante cien años, cuando no sabía si viviría cien años?
Igualmente improbable y fabulosa es la visión falsamente atribuida a san Metodio Mártir por Pedro Coméstor en su Historia Escolástica, Génesis capítulo 25: a saber, que Adán y Eva, en el año decimoquinto de su edad y del mundo, engendraron a Caín y a su hermana Calmaná; y en el año trigésimo engendraron a Abel y a su hermana Delbora; y en el año 130 Caín mató a Abel, a quien sus padres lloraron durante cien años, y después del llanto engendraron a Set en el año de su edad y del mundo 230, como tienen los Setenta. Pues además de lo ya dicho, hay aquí un error manifiesto en los números en los Setenta, y en lugar de 200 debe leerse 130, como tienen los textos hebreo, caldeo y latino.
Tropológicamente: «Caín es llamado 'adquisición', porque reclamaba todo para sí; Abel, que refería todo a Dios (pues Abel, según san Ambrosio, se dice como hab el, esto es, 'que da todas las cosas a Dios', a saber, aquellas que recibió de Él), sin atribuirse nada a sí mismo», dice san Ambrosio, libro I De Caín y Abel, capítulo 1. Caín, pues, significa a los arrogantes, que atribuyen todo a su propia capacidad; Abel, a los humildes, que refieren todas las cosas como recibidas de Dios dador. Y en el capítulo 2: «Por Abel», dice, «se entiende el pueblo cristiano» (así como por Caín los judíos, asesinos de Cristo y de los Profetas) «que se adhiere a Dios, como también David dice: 'Pero para mí bueno es unirme a Dios'.» Y en el capítulo 4, enseña que Caín es tipo de la malicia, Abel de la virtud. Se significa, por tanto, que Caín, es decir, «la malicia precede en el tiempo, pero languidece en la debilidad. La malicia tiene la recompensa de la edad, pero la virtud tiene la prerrogativa de la gloria, que generalmente el injusto cede al justo», así como Caín cedió a Abel en favor y honor ante Dios.
Por medio de Dios
La preposición «por medio de» no es la de quien jura, sino la de quien se alegra y reconoce al autor de la generación. En hebreo es et Adonai. Isidoro Clario piensa que aquí et es el artículo de acusativo, y por tanto traduce: «He adquirido un varón, Dios», como si Eva dijera esto en espíritu profético previendo que Cristo, que es Dios y hombre, nacería de ella. Pero ¿qué tiene esto que ver con Caín? Pues Cristo no nació de Caín, sino de Set. La palabra et, por tanto, no es aquí un artículo, sino una preposición que significa «con» o «ante». De ahí que el caldeo traduzca «ante el Señor», otros «con el Señor»; lo cual nuestro traductor expresó con sentido más claro traduciendo «por medio del Señor», es decir, «por medio de Dios».
Versículo 2: Y dio a luz de nuevo
Y DIO A LUZ OTRA VEZ. Los rabinos, y entre ellos Calvino, piensan que de la misma concepción Eva dio a luz gemelos, Caín y Abel, porque aquí respecto a Abel no se repite la palabra «concibió», sino solo «dio a luz»; de donde extienden lo mismo a las demás generaciones de aquella época, y piensan que Eva y las demás mujeres al principio del mundo siempre daban a luz gemelos, para que los hombres se multiplicaran más rápidamente. Pero estas cosas se afirman temerariamente y sin fundamento; pues Moisés aquí usa la brevedad, y en la palabra «dio a luz» presupone e implica la palabra «concibió». Pues nadie da a luz sin haber concebido antes. Porque el Espíritu Santo aquí pretende consignar no las concepciones, sino los partos y la descendencia de los primeros hombres.
Abel
Josefo y Eusebio interpretan Abel como «luto», como si Hebel, esto es Abel, fuera lo mismo que Ebel, poniendo he en lugar de aleph; porque Abel, el primero de los mortales, con su muerte trajo gran luto a sus padres, dice Eusebio, libro 11 de la Preparación, capítulo 4. Pero propiamente Abel, o como se dice en hebreo Hebel, significa vanidad. De ahí que el Eclesiastés diga: hebel habalim col hebel: «Vanidad de vanidades, y todo es vanidad.» Parece que la madre Eva previó la rápida muerte de Abel, o al menos, recordando que ella y su posteridad habían sido poco antes condenadas a la muerte, lo llamó Abel, es decir «vanidad», como si dijera: «Todo hombre viviente es enteramente vanidad», y la posesión del hombre es semejante a la vanidad, porque «el hombre pasa como una imagen (como una sombra).» Así Rábano, Lipomano y otros.
Que Abel permaneció y murió virgen lo enseñan comúnmente los Padres contra Calvino; y lo deducen del hecho de que la Escritura no hace mención de su esposa e hijos, como menciona la esposa e hijos de Caín. Así san Jerónimo, Basilio, Ambrosio y otros. De ahí que por Abel, ciertos herejes fueron llamados abelianos o abeloítas, quienes, a imitación de Abel, no tenían relaciones con sus esposas, sino que adoptaban a los hijos de los vecinos y los elegían como sus herederos, a saber, un niño y una niña juntos. Así san Agustín, libro De las Herejías, herejía 87, tomo 6.
Versículo 3: Después de muchos días
PASADOS MUCHOS DÍAS, es decir, pasados muchos años. San Ambrosio, libro 1 De Caín, capítulo 7, atribuye esto a una culpa: «La culpa de Caín es doble», dice: «una, que ofreció después de algunos días; la otra, que no ofreció de las primicias. Pues el sacrificio se recomienda tanto por la prontitud como por la gracia», etc.
Que Caín ofreciese de los frutos de la tierra
A saber, los frutos secundarios e inferiores; pues éstos son llamados en la Escritura «frutos de la tierra». Caín, pues, se reservaba los primeros y mejores frutos para sí; pues se le contrapone a Abel, quien ofreció a Dios los primogénitos y «de las porciones grasas», es decir, los mejores y más gordos de su rebaño, porque perseguía a Dios con inmensa fe, reverencia y amor. Así san Ambrosio, libro 1 De Caín y Abel, capítulos 7 y 10: «Ofreció», dice, «de los frutos de la tierra, no las primicias como primicias a Dios. Esto es reclamar las primicias para sí, y ofrecer a Dios solo lo que viene después. Y así, puesto que verdaderamente el alma debe ser antepuesta al cuerpo, como la señora al esclavo, debemos ofrecer las primicias del alma antes que las del cuerpo.» Añade que Abel, siendo generoso, ofreció animales; Caín, siendo avaro, ofreció solamente los frutos de la tierra. Asimismo, libro 2, capítulo 5, dice que Abel fue preferido por Dios a Caín porque ofrecía las porciones más grasas de su rebaño, como enseña David diciendo: «Como de grosura y de gordura sea saciada mi alma, y, Que tu holocausto sea pingüe; enseñando que es aceptable el sacrificio que es graso, que es limpio, y que está nutrido con cierto alimento de fe y devoción, y el más abundante sustento de la palabra celestial.»
Y en el capítulo 6: «La fe nueva, por tanto, de los renovados, fuerte, floreciente, que adquiere incremento de virtud; no laxa, no cansada, no marchita por cierta vejez y perezosa en vigor, es apta para el sacrificio, que brota con cierto germen verde de sabiduría y se ruboriza con el fervor juvenil del conocimiento divino.»
Este es el lema de Abel: «Ofrenda pingüe daré; flaca no sacrificaré.» Por el contrario, el de Caín: «Sacrificaré la flaca; la ofrenda pingüe no daré.»
Enseña san Atanasio, sobre el texto «Todas las cosas me han sido entregadas», que Caín y Abel aprendieron de su padre Adán la religión y el rito del sacrificio; de donde se sigue que Adán fue el primero de todos en sacrificar.
Moralmente, Filón, en su libro De los Sacrificios de Abel y Caín, dice: «Así como Caín ofreció a Dios un sacrificio de frutos y no de las primicias, así hay muchos que dan el primer puesto a la criatura y honor secundario a Dios», por ejemplo, los que dan lo peor de sus cosechas como diezmos, los que dan sus hijos estúpidos, feos, defectuosos y perezosos a la vida religiosa, y los hermosos e ingeniosos al matrimonio.
Versículo 4: El Señor miró a Abel
MIRÓ EL SEÑOR CON AGRADO A ABEL Y A SUS OFRENDAS. Lo primero fue causa de lo segundo, pues a Dios le agradaron las ofrendas de Abel porque le agradaba Abel mismo; pues los sacrificios antiguos no agradaban a Dios por la obra realizada (ex opere operato), como agrada el sacrificio de la nueva ley, sino solamente por la obra del que lo realiza (ex opere operantis). De ahí que Ruperto, libro 4 De Génesis, capítulo 2, diga así: «El Apóstol dice (Hebreos 11): 'Por la fe Abel ofreció a Dios un sacrificio más excelente que el de Caín, por la cual obtuvo el testimonio de que era justo'», etc. «'Por la fe,' dice, 'más excelente'; pues en el culto, o religión, cada uno ofreció igualmente, y por tanto cada uno ofreció rectamente, pero no dividió rectamente. Porque Caín, al ofrecer a Dios sus bienes, se había reservado a sí mismo, teniendo el corazón fijo en el deseo terreno. Dios no acepta tal porción, sino que dice en Proverbios 23: 'Hijo mío, dame tu corazón.' Pero Abel, ofreciendo primero su corazón, luego sus bienes, ofreció un sacrificio más excelente por la fe.» Esta fe la explica en el capítulo 4, donde enseña que Abel con su sacrificio prefiguró y anticipó el sacrificio de Cristo en la Eucaristía. «Porque verdaderamente», dice, «el sacrificio que en aquella noche nuestro Sumo Sacerdote Jesucristo instituyó, aunque en apariencia exterior es pan y vino, en verdad es el Cordero de Dios, el primogénito de todos los corderos u ovejas que pertenecen a los rediles del cielo, a los pastos del paraíso.» Verdaderamente san Agustín (o quienquiera que sea el autor, pues esta no parece ser obra de san Agustín), libro 1 De las Maravillas de la Sagrada Escritura, capítulo 3, dice: La justicia, dice, fue triple en Abel: primera, la virginidad, en no engendrar; segunda, el sacerdocio, en ofrecer dones agradables a Dios; tercera, el martirio, en derramar su propia sangre; a él se le concede el honor de portar la primera figura del Salvador, que se ve ser virgen, mártir y sacerdote. Y poco antes: «Abel», dice, «príncipe de toda justicia humana, fue arrebatado por el martirio en los mismos inicios del mundo, coronado con el triunfo de su sangre.» E inmediatamente después: «A este Abel el Señor Jesucristo confió el primado de la justicia humana, diciendo así: 'Desde la sangre del justo Abel hasta la sangre de Zacarías'», Mt 23,35.
Nota: Por «miró con agrado» el hebreo dice iissa, que Símaco traduce «se deleitó»; Áquila, «recibió consolación»; el caldeo, «recibió con beneplácito». Propiamente iissa significa «miró», de la raíz sha'a; pero si se lee con puntuación vocálica diferente como iasca, significa «se deleitó», de la raíz sha'a con doble ayin, y así lo leyeron Símaco y Áquila.
Se preguntará: ¿con qué signo declaró Dios que le agradaban las ofrendas de Abel, pero no las de Caín? Respondo: Los Padres comúnmente sostienen que Dios lo declaró mediante fuego enviado del cielo sobre el sacrificio de Abel, pero no sobre el de Caín; pues este fuego consumió y devoró el sacrificio de Abel, pero dejó intacto el sacrificio de Caín.
Lutero y Calvino se burlan de esto como fábulas judías. Pero lo mismo afirman y transmiten san Jerónimo, Procopio, Cirilo aquí, Crisóstomo, Teofilacto, Ecumenio sobre Hebreos 11,4 y Cipriano, sermón De la Natividad del Señor. De ahí que Teodocio traduzca: «y el Señor envió fuego sobre Abel y su sacrificio, pero no sobre Caín». Pues con este mismo signo de fuego y conflagración de la víctima suele Dios aprobar y aceptar los sacrificios, como los de Gedeón, Jueces 6,11; Manué, Jueces 13,20; Aarón, Levítico 9,24; Elías, 3 Reyes 18,38; David, 1 Paralipómenos 21,26; Salomón, 2 Paralipómenos 7,1; Nehemías, 2 Macabeos 1,32.
Versículo 5: Pero a Caín
PERO A CAÍN Y A SUS OFRENDAS NO MIRÓ CON AGRADO; no envió fuego sobre ellas. Así narra Nacianceno, sermón 1 Contra Juliano, que los dos sobrinos del emperador Constancio, Galo y Juliano, queriendo edificar un templo sobre el sepulcro de Mamante Mártir, dividieron la obra entre sí, pero la parte que fue construida por Galo, verdaderamente piadoso y fiel, avanzó con gran éxito; mientras que la parte que fue construida por Juliano, que habría de ser apóstata y ya estaba corrompido de mente, nunca pudo mantenerse en pie, porque la tierra temblando lo removía todo, como si el Mártir no quisiera ser honrado por aquel de quien preveía que sus compañeros sufrirían ultraje; y porque Dios, que mira los corazones, admitió la obra de Galo como el sacrificio de Abel, pero rechazó la obra de Juliano como el sacrificio de Caín, dice Nacianceno. Dice brillantemente san Cipriano en su tratado De la Oración Dominical: «Dios», dice, «no miró las ofrendas de Caín y Abel, sino sus corazones, de modo que aquel que agradaba en el corazón agradaba en la ofrenda. Abel, pacífico y justo, al sacrificar inocentemente a Dios, enseñó también a los demás que cuando traigan su don al altar, vengan con temor de Dios, con corazón sencillo, con la regla de la justicia, con la paz de la concordia. Con razón, puesto que era tal en el sacrificio de Dios, él mismo después se hizo sacrificio para Dios, de modo que, mostrando primero el martirio, inauguró con la gloria de su sangre la Pasión del Señor, él que había tenido tanto la justicia como la paz del Señor.»
Versículo 6: ¿Por qué ha decaído tu rostro?
¿POR QUÉ HA DECAÍDO TU ROSTRO? ¿POR QUÉ con ira, odio y envidia contra tu hermano te consumes, y lo traicionas con tanta tristeza y abatimiento de semblante? ¿Por qué con ojos pálidos y caídos al suelo comienzas a tramar el fratricidio? Así Ruperto. De ahí que el árabe traduzca: «su semblante se entristeció».
Versículo 7: ¿Acaso si obrares bien?
SI OBRARAS BIEN, ¿ACASO NO RECIBIRÍAS? Tanto la quietud y el gozo de la conciencia, como mi favor, y que con una señal semejante, a saber, fuego enviado del cielo, atestigüe que tú y tus sacrificios me son agradables, tal como lo atestigüé a Abel — lo cual ahora tanto te atormenta; y finalmente recibirás bienes presentes y eternos: pues todos estos son la recompensa de la virtud.
Por «recibirás» el hebreo dice se'eth, que significa llevar, levantar, portar, recibir, y también remitir. De ahí que el caldeo traduzca: «se te perdonará», a saber, tu envidia y tu impiedad. Los Setenta traducen: «Si ofreces rectamente pero no divides rectamente, ¿acaso no has pecado? Sosiégate.» Lo cual san Ambrosio, Crisóstomo y san Agustín explican así: Porque en una recta división, las cosas primeras deben ser antepuestas a las segundas, las celestiales a las terrenas; pero Caín daba las primeras porciones para sí y las segundas a Dios, y por tanto no dividió rectamente con Dios. En tercer lugar, otros traducen así: «Si obras bien, ¿acaso no levantarás?» — supliendo «tu rostro», como si dijera: ¿Acaso no caminarás con el rostro erguido y vivirás en gozo y alegría? De ahí que Vatablo también traduzca: «Si obras bien, habrá exaltación para ti», como si dijera: Pareces afligirte de que tu hermano sea distinguido y elevado sobre ti; pero si te aplicas a obrar bien, serás elevado como él; mas si obras mal, inmediatamente el pecado estará a la puerta.
Pecado
PECADO, es decir, la pena del pecado, que como un perro o Cerbero agazapado al acecho (pues esto es el hebreo robets) asedia las puertas del pecado, como vengador del pecado; éste, tan pronto como obres mal, estará a tu lado, te ladrará, te morderá y te desgarrará. Este perro es el gusano de la conciencia, la turbación e indignación de la mente, la ira de Dios que amenaza la cabeza del pecador, la tribulación, la angustia y todas las aflicciones presentes y eternas con que Dios castiga los pecados. De ahí que el caldeo traduzca: «Tu pecado está reservado para el día del juicio, en el cual será vengado contra ti.»
Nótese la prosopopeya. El pecado se personifica aquí como un tirano que con sus secuaces — tanto lictores como mastines — persigue sin cesar al pecador. Pues, como dice el Poeta: «El castigo sigue a la cabeza del culpable.» Y Horacio, libro 3 de las Odas, oda 3: «Rara vez la pena con pie cojo / Ha abandonado al criminal que la precede.»
Pues, por no hablar de otras cosas, es un gran castigo «llevar noche y día en el pecho un testigo, / con un oculto verdugo agitando el azote dentro del alma.»
La conciencia del crimen, siendo ella misma su propia vengadora, es verdugo y ejecutor, como bellamente enseña san Juan Crisóstomo, sermón 1 De Lázaro. Y san Agustín en sus Sentencias, sentencia 191: «Ningunas penas», dice, «son más graves que las de una mala conciencia, en la cual, cuando no se tiene a Dios, no se halla consolación. Y por eso debe invocarse al libertador, para que aquel a quien la tribulación ha ejercitado para la confesión, la confesión lo conduzca al perdón.» Así Alejandro Magno, cuando ebrio había matado a Clito, el más querido y fiel de los suyos, inmediatamente enfurecido por la conciencia de su crimen quiso darse la muerte, pero fue impedido por los suyos, como atestigua Séneca, epístola 83. Así Nerón César, según Dión, después de asesinar a su madre, decía que era perseguido por la aparición de su madre, azotado por los latigazos de las Furias y por antorchas ardientes, y que no podía hallar seguridad en lugar alguno. Por el contrario, «ningún teatro es mayor para la virtud que la conciencia», dice Cicerón, Disputaciones Tusculanas 2. Y Horacio en sus Odas: «El íntegro de vida y puro de crimen / No necesita las jabalinas ni el arco del moro, / Ni la aljaba cargada de saetas envenenadas, / Fusco.»
En verdad, «una mente segura es como un banquete perpetuo.» Así san Agustín, Contra Secundino, capítulo 1: «Piensa», dice, «lo que quieras de Agustín; solo que mi conciencia no me acuse ante los ojos de Dios.»
Pero bajo ti estará su apetito, y tú te enseñorearás de él
Calvino, para no verse obligado por este pasaje a admitir el libre albedrío dominando el pecado y la concupiscencia, juzga que el pronombre «de él» se refiere a Abel, no al pecado, y que el sentido es, como si dijera: No envidies, oh Caín, a Abel, tu hermano menor; pues él permanecerá en tu potestad, y tú como primogénito te enseñorearás de él. Solo san Juan Crisóstomo, homilía 18, favorece esta exposición.
Pero no se ha hecho aquí mención alguna de Abel, y por consiguiente el pronombre «de él» no puede referirse a Abel, como enseña san Ambrosio, libro 2 De Caín y Abel, capítulo 7; y san Agustín, libro 15 de la Ciudad de Dios, capítulo 7. De ahí que el árabe traduzca claramente: «En tu elección está su apetito, y tú te enseñorearás de él.» Pues la elección es el acto propio del libre albedrío, por el cual uno domina sus propias acciones.
Se objetará: El pronombre «de él» en hebreo es masculino; pero chattat, es decir «pecado», es femenino; por tanto la palabra «de él» no puede referirse al pecado, sino que mira a Abel.
Respondo: El hebreo chattat no es solamente femenino, sino también masculino; esto consta aquí cuando dice chattat robets, «pecado agazapado» — pues si fuera femenino, debería haber dicho robetsa. Lo mismo consta en Levítico 16,24, chattat hu, «es pecado», usando «él», no «ella».
Se objetará en segundo lugar: En hebreo se dice elecha tescukato, es decir, como traducen los Setenta, «hacia ti es su conversión».
Respondo: El sentido de esta frase es: el pecado, y su apetito y concupiscencia, te solicitará a consentir en él, pero de tal modo que debe volverse hacia ti y buscar y obtener el consentimiento de ti; lo cual nuestro traductor, en cuanto al sentido, traduce claramente: «bajo ti estará su apetito». Pues de igual modo dijo a Eva en el capítulo 3, versículo 16: el ischech tsecukatesch, «hacia tu marido será tu conversión», lo cual nuestro traductor traduce claramente en cuanto al sentido: «estarás bajo la potestad de tu marido». De ahí que allí, igual que aquí, siga: «y él se enseñoreará de ti».
Digo, pues, que la palabra «de él» se refiere al pecado, no a Abel, y el sentido es, como si dijera: Puedes, oh Caín, mediante la libertad de tu albedrío y mi gracia preparada para ti, enseñorearte de tu concupiscencia y apetito de envidia como de un esclavo. ¿Qué podría decirse más claramente en favor de la libertad de la voluntad? De ahí que el Targum de Jerusalén lo traduzca así: «En tu mano he entregado el poder sobre tu concupiscencia, y tú enseñoréate de ella, ya sea para el bien, ya sea para el mal.» Así lo explican san Ambrosio y san Agustín arriba citados, san Jerónimo, Rábano, Ruperto, Hugo, Beda, Alcuino y Euquerio aquí; y aun san Juan Crisóstomo, en la citada homilía 18, enseña abiertamente que Caín podía haberse enseñoreado de su concupiscencia. Véase el Cardenal Belarmino, que trata este pasaje, así como todos los demás, con igual doctrina y solidez.
Y tú dominarás sobre él
Puedes dominarlo, y por lo tanto debes: pues si no pudieras, tampoco estarías obligado. Porque Dios no manda al hombre cosas imposibles.
Nótese aquí cuán grande es el dominio de la voluntad, no solo sobre los movimientos y acciones externas, sino también sobre los apetitos y pasiones internas. Aunque sientas los mayores ímpetus de ira o concupiscencia, resístelos con tu voluntad firme y constante, y di: Me niego a consentir en ellos, me desagradan, los detesto; y dominarás la ira y la concupiscencia, y serás ante Dios y los hombres no iracundo, sino un manso domador de la ira; no impúdico, sino un casto vencedor de la concupiscencia. Tan grande es la fuerza y autoridad de la voluntad. «Grande», dice San Crisóstomo en su sermón Sobre Zaqueo, «es la fuerza de la voluntad, que nos hace capaces de lo que queremos, e incapaces de lo que no queremos.»
Séneca vio esto, quien, para domar la ira, da entre otros remedios este en el libro 2 Sobre la ira, capítulo 12: «Nada», dice, «es tan difícil y arduo que la mente humana no pueda vencerlo, y la meditación constante no pueda volverlo familiar; y no hay pasiones tan feroces e independientes que no puedan ser completamente sometidas por la disciplina. Todo cuanto el espíritu se ha mandado a sí mismo, lo ha conseguido; algunos lograron no reír jamás; algunos se prohibieron el vino, otros el placer carnal, otros toda humedad para sus cuerpos.»
Por lo tanto, un cierto santo doctor sabia y verdaderamente dijo: «Todo cuanto quieres con todo tu corazón, con toda tu intención, con todo tu deseo, eso ciertísimamente eres.» ¿Quieres con todo tu corazón y eficazmente ser humilde? Por ese mismo hecho eres en realidad humilde. ¿Quieres eficazmente ser paciente, obediente, constante? Por ese mismo hecho eres en realidad paciente, obediente, constante. Por lo cual sabiamente aconseja: «Si», dice, «no puedes dar o hacer cosas grandes, al menos ten una gran voluntad, y extiéndela a cosas inmensas.» Por ejemplo: eres pobre — ten la voluntad eficaz de dar las más generosas limosnas, si tuvieras los medios, y serás verdaderamente generosísimo y liberalísimo. Tienes pequeños talentos, pequeñas fuerzas para promover la gloria de Dios y la salvación de las almas: concibe un deseo eficaz, y de todo corazón ofrece a Dios mil almas, mil vidas, mil cuerpos, si los tuvieras; ofrece un inmenso deseo de trabajar y padecer todo cuanto sea arduo por Su amor y la salvación de muchos; y Dios computará tu voluntad como la obra: pues una voluntad seria y resuelta es la fuente y causa de toda virtud y vicio, de todo mérito y demérito.
Así Santa Cristina, virgen y mártir, quebrando los ídolos de plata de su padre Urbano, prefecto de la ciudad de Tiro en Italia, despreció sus halagos con voluntad firme, se burló de sus amenazas; ni por azotes ni por garfios fue desgarrada hasta cambiar su constancia; antes bien, arrojando un pedazo de su carne desgarrada contra su padre, dijo: «Hártate de carne, miserable — de la carne que engendraste; puedes devorar a tu hija, pero ciertamente no puedes hacer que consienta en tu impiedad.» Luego fue atada a ruedas y quemada con fuego colocado debajo, y arrojada a un lago; pronto, tras la muerte de su padre, fue hervida en aceite, resina y pez por su sucesor Dión; luego, conducida a adorar la estatua de Apolo, la derribó con su oración. Cuando Dión murió repentinamente, le sucedió Juliano, quien mandó arrojar a Cristina a un horno ardiente, pero una vez arrojada no sufrió daño alguno; la echó a las serpientes para que la mordieran, pero las serpientes, soltándola, atacaron al hechicero — a quien ella misma resucitó. Juliano mandó amputarle los pechos, cortarle la lengua y atravesarla con flechas. Consumida finalmente por tal martirio, voló al cielo.
He aquí cómo una voluntad resuelta domina sobre las pasiones, los tormentos, los tiranos y la muerte: con esta voluntad Cristina venció a su padre, Abel venció a su hermano — no combatiendo, sino padeciendo. Así lo refiere su Vida, publicada por Surio, tomo 4, 24 de julio.
Versículo 8: Salgamos afuera
SALGAMOS AFUERA. Estas palabras se han perdido del texto hebreo; por eso Áquila, Símaco y Teodoción no las leyeron ni las tradujeron. Sin embargo, que antiguamente estuvieron en el hebreo es claro, porque los Setenta y el Targum de Jerusalén las leen. De ahí que San Jerónimo reconoce que las encontró en el Pentateuco samaritano. Finalmente, a menos que se lean esas palabras, este pasaje será incompleto: pues no expresa qué dijo Caín. Además, que Caín dijo estas palabras y no otras es claro por lo que siguió: pues inmediatamente Abel salió con Caín al campo y fue muerto por él.
Caín se levantó contra su hermano
El Targum de Jerusalén enseña que Caín comenzó en el campo a quejarse de la providencia y justicia de Dios, y disputó contra el juicio final, contra la recompensa de los buenos y el castigo de los malvados. Por el contrario, Abel afirmó estas cosas, defendió a Dios y reprendió a su hermano, y por esta razón fue muerto por él. Cuán monstruoso, pues, fue el fratricidio de Caín, y cuán ilustre fue el martirio de Abel. Por lo cual San Cipriano, Libro IV, Epístola 6, exhortando al pueblo de Tíbaris al martirio, dice: «Imitemos, hermanos amadísimos, al justo Abel, que inauguró el martirio, pues fue el primero en ser muerto a causa de la justicia.»
Los rivales reprochaban a Horacio Cocles su cojera, a quienes él respondió: «A cada paso me acuerdo de mi triunfo»; pues él solo resistió al rey Porsena que intentaba cruzar el puente de madera, y sostuvo solo el ataque del enemigo hasta que el puente fue roto a sus espaldas por sus compañeros, y allí, herido en el muslo, comenzó a cojear, como testifica Livio, Libro II, Década 1. Lo mismo habría podido decir Abel al fratricida Caín, y todavía puede decirlo ahora.
Algunos consideran probable que Abel fue muerto alrededor del año 130 del mundo, por el hecho de que en ese año nació Set, a quien su madre Eva, acostumbrada a dar a luz frecuentemente (anualmente, dice Augusto Torniello), sustituyó prontamente por el difunto Abel; así Pererio, Cayetano y Torniello en sus Anales, los cuales, a la manera de Baronio, dispuso y describió ordenadamente año por año desde Adán hasta Cristo.
Alegóricamente, Abel fue tipo de Cristo, muerto por los suyos, los judíos. Así Ruperto, siguiendo a San Ireneo y a San Agustín.
Versículo 9: No sé
NO SÉ: ¿ACASO SOY YO EL GUARDIÁN DE MI HERMANO (el árabe dice «centinela»)? San Ambrosio, Libro II, Sobre Caín, capítulo 9, señala aquí tres de sus crímenes. «Niega, primero, como ante quien no sabe; rehúsa el deber de custodia fraterna, como exento de la naturaleza; declina al juez, como libre de voluntad. ¿Por qué te admiras de que no reconoció la piedad, quien no reconoció a su Creador?»
Versículo 10: La voz de la sangre
LA VOZ DE LA SANGRE. En hebreo es «la voz de las sangres», lo cual el Caldeo con los rabinos erróneamente refiere a los hijos que Abel habría tenido si no hubiera sido muerto, porque Caín derramó tanta sangre cuanta habría bastado para muchos a través de la propagación de los hijos que Abel habría engendrado: clamaban, pues, con voces innumerables aquellos que habrían sido partícipes de aquella sangre. Pero es claro que estas cosas se refieren no a la posteridad, sino a la sangre de Abel derramada por Caín. En hebreo es «la voz de las sangres» por «de la sangre», porque los hebreos llaman al homicidio, por énfasis (para inspirar horror), «el derramamiento de sangres», es decir, de sangre: porque en verdad mucha sangre de una persona se derrama en el homicidio.
San Ambrosio escribe bellamente, Libro II, Sobre Caín, capítulo 9: «No es su voz (de Abel) la que acusa, no su alma, sino la voz de su sangre acusa, la que tú mismo derramaste: tu propia obra, pues, no tu hermano, te acusa. Sin embargo, también la tierra es testigo, que recibió la sangre. Si tu hermano te perdona, la tierra no te perdona; si tu hermano calla, la tierra te condena. Ella es contra ti a la vez testigo y juez. No hay pues duda de que también los seres superiores (los cielos, el sol, la luna, las estrellas, los Tronos, las Dominaciones, los Principados, las Potestades, los Querubines y los Serafines) lo condenaron a quien las cosas inferiores condenaron. Pues ¿cómo puede ser absuelto por aquel puro y celestial juicio quien ni siquiera la tierra pudo absolver?»
Clama a mí
Como si dijera: La culpa de tu homicidio, más aún de tu fratricidio, tan voluntario, comparece ante Mí y de Mí exige una venganza pronta y terrible. Es una prosopopeya. Así San Jerónimo sobre Ezequiel, capítulo 27. Hay, pues, cuatro pecados atroces que, en el lenguaje de la Escritura, claman al cielo: primero, el fratricidio, como fue el de Caín; segundo, el pecado de Sodoma, Génesis 19:13; tercero, el salario defraudado de los obreros, Santiago 5:4; cuarto, la opresión de viudas, huérfanos y pobres, Éxodo 2:23. Véase aquí cómo Dios revela y castiga el homicidio oculto de Caín. Plutarco, en su libro Sobre la tardanza de la venganza divina, tiene otros ejemplos notables de homicidio oculto descubierto y castigado.
El Papa Inocencio I aplicó oportunamente este hecho y dicho al Emperador Arcadio y a la Emperatriz Eudoxia, porque habían expulsado a San Juan Crisóstomo al exilio, y allí, como Caín hizo con Abel, lo habían consumido con penalidades, y por ello lanza contra ellos el rayo de la excomunión. Oíd la carta digna de tan gran Pontífice, que Baronio cita de Genadio y Glicas, en el año del Señor 407. «La voz de la sangre de mi hermano Juan clama a Dios contra ti, oh Emperador, así como en otro tiempo la sangre del justo Abel clamó contra el fratricida Caín, y será vengada de todos modos. Arrojaste de su trono, sin juicio, al gran doctor de todo el orbe, y junto con él perseguiste a Cristo. Ni me duelo tanto por él: pues ha obtenido su suerte, es decir, su herencia con los santos Apóstoles en el reino de Dios y de nuestro Salvador Jesucristo, etc.; sino porque el mundo entero bajo el sol ha sido reducido a la orfandad, habiendo perdido a un hombre tan divino por persuasión de una mujer que montó esta farsa y espectáculo.» Y poco después: «Pero la nueva Dalila, Eudoxia, que poco a poco te rasuró con la navaja de la seducción, ha atraído sobre sí una maldición de boca de muchos, atando un peso de pecados grave e insoportable, y añadiéndolo a sus pecados anteriores. Por lo tanto yo, el más pequeño y pecador, a quien ha sido confiado el trono del gran Apóstol Pedro, os separo y rechazo a ti y a ella de la recepción de los inmaculados misterios de Cristo.»
De la tierra
Muchos refieren que Abel fue muerto en Damasco, y que Damasco fue así llamada como si fuera dam sac, es decir, «saco de sangre», porque bebió y absorbió la sangre de Abel. Entiéndase no Damasco de Siria, como parece sostener San Jerónimo: pues aquella ciudad tomó su nombre y origen de otra parte, como diré en el capítulo 15, versículo 2; sino el campo damasceno junto a Hebrón, lleno de tierra roja (que en hebreo se llama aquí Adama), donde se cree que Adán fue creado y vivió. Así Burchardo, Adriconio y otros en la Descripción de la Tierra Santa, y el Abulense sobre el capítulo 13, Cuestión 138.
Semejante a Abel fue San Wenceslao, rey de Bohemia y mártir, muerto por su hermano Boleslao como por otro Caín, a instigación de su madre Drahomira. Pues Wenceslao, piadoso e inocente como Abel, gobernó su reino más con ayunos, oraciones, cilicio y otras obras piadosas que con el poder imperial, cantando claramente aquel verso: «Siete veces al día te he dicho alabanza por los juicios de tu justicia.» Conociendo pues divinamente de antemano que la muerte le estaba siendo preparada traidoramente por su hermano que lo había invitado a un banquete, no huyó, sino que fortaleciéndose con los Santos Sacramentos, fue a la casa de su hermano; y después de la comida fraternal y hospitalaria, en la noche siguiente, mientras oraba ante la iglesia, fue asesinado: y convirtiéndose en un sacrificio gratísimo a Dios, la pared de la iglesia fue rociada con su sangre, que sus asesinos intentaron en vano lavar y limpiar: pues cuanto más frecuentemente se limpiaba, más vívida y sangrienta aparecía; y así permaneció allí indeleble, como testimonio de tan gran fratricidio, clamando al cielo como Abel. Por lo cual todos los cómplices de tan gran crimen perecieron miserablemente: la tierra tragó viva a su madre Drahomira en el castillo de Praga. Boleslao, como otro Caín, fue atormentado por prodigios y terrores, y atacado en guerra por el Emperador Otón en venganza del fratricidio, fue finalmente consumido por la enfermedad, privado tanto de su principado como de su vida. Otros, enloquecidos por los demonios, temiendo su propia sombra, se arrojaron de cabeza al río. Otros, habiendo perdido la razón, emprendieron la huida y nunca más fueron vistos. Otros, golpeados por enfermedades varias y graves, odiados por todos, acabaron su vida miserablemente. Así lo refieren su Vida y los Anales de Bohemia, y de ellos Eneas Silvio en su Historia de Bohemia.
Versículo 11: Maldito serás sobre la tierra
MALDITO SERÁS SOBRE LA TIERRA. Tanto porque la tierra será maldita para ti, y de mala gana y escasamente dará sus frutos a ti que la cultivas: de modo que es una hipálage. El hebreo dice «maldito eres tú de la tierra», como si dijera: Contaminaste la tierra con la sangre de tu hermano, por lo tanto a través de la tierra serás castigado con esterilidad.
Versículo 12: No te dará sus frutos
NO TE DARÁ SUS FRUTOS — en hebreo cocha, es decir, «su fuerza». Ahora bien, la fuerza de la tierra son los frutos abundantes y vigorosos de la tierra.
Errante y fugitivo — temeroso por la mala conciencia, y, como traducen los Setenta, «gimiendo y temblando», a saber, tanto en el alma como en el cuerpo, vagarás de aquí para allá. Pues el griego to tremon, es decir, «temblando», lo refieren al temblor corporal en Caín, que era indicio de su pavor y la consternación de su ánimo.
«Cuando la cultives, no te dará sus frutos.» Y porque tú, desdichado e infeliz, serás errante y fugitivo sobre la tierra, como sigue. Por lo tanto, los herejes cainitas estaban tanto dementes como blasfemos, pues adoraban a Caín, afirmando repetidamente que Abel era de una fuerza más débil y por eso fue muerto: pero que Caín era de una fuerza más poderosa y celestial, como Esaú, Coré, Judas y los sodomitas; y se jactaban de que todos estos eran sus parientes: pues decían que Caín fue el padre de Judas. Y veneraban a Judas, porque había traicionado a Cristo, conociendo de antemano que por Su muerte la humanidad sería redimida. Así Epifanio, Herejía 38; San Agustín, Filastrio y otros sobre la herejía de los cainitas.
Versículo 13: Mayor es mi iniquidad
MI INIQUIDAD ES MAYOR DE LO QUE MEREZCO PERDÓN. Pagnino, Vátablo y Oleaster, siguiendo a Aben Ezra, toman avon, es decir, iniquidad o pecado, como la pena del pecado, y así traducen: «Mi castigo es mayor de lo que puedo soportar o soy capaz de llevar.» Así también Atanasio a Antíoco, Cuestión 96. Donde nótese de paso que estas cuestiones más breves no son del gran San Atanasio de Alejandría: pues en ellas se citan San Epifanio y Gregorio de Nisa, que fueron posteriores a San Atanasio; es más, el autor de ellas cita, en la Cuestión 93, al propio San Atanasio, y se aparta de él y sigue otra opinión. Sin embargo, el autor de ellas tampoco es el mismo que Atanasio de Nicea, que escribió ciertas cuestiones extensas sobre la Sagrada Escritura; aunque quizá ambos escribieron sus cuestiones al mismo Antíoco.
Pero comúnmente los Setenta, el Caldeo, nuestra Vulgata y los Padres griegos y latinos toman «pecado» aquí en su sentido propio, y piensan que Caín con estas palabras desesperó. De donde el hebreo dice: gadol avoni minneso, es decir, «mi iniquidad es mayor de lo que puedo llevar o cargar»; en segundo lugar, más clara y mejor, con los Setenta, el Caldeo y nuestra Vulgata, puedes traducir: «Mi iniquidad es mayor de lo que Él pueda llevar y perdonar», es decir, de lo que Dios pueda llevar y perdonar. Pues el hebreo neso significa tanto «llevar» como «perdonar», porque cuando uno perdona a otro, le alivia de una gran carga; pues perdonando su ofensa la lleva y la carga; pues una ofensa y pecado contra Dios es una carga más pesada que el Etna, que pesa sobre el pecador. De donde nuestra Vulgata traduce «de lo que merezca perdón», es decir, de lo que por penitencia alguna pueda obtener perdón, como si dijera: Soy del todo indigno e incapaz de perdón.
De ahí que con Caín gravemente yerran los novacianos y otros que sostienen que ciertos pecados son tan graves que, aunque uno se arrepienta, Dios sin embargo no puede o no quiere perdonarlos. Así San Ambrosio, Libro I, Sobre la penitencia, capítulo 9.
Cuatro cosas hay, dice Hugo Cardenal, que agravan el pecado, a saber, la cualidad del pecado, su frecuencia, su duración y la impenitencia; pero mayor que todas estas sin medida es la misericordia de Dios, y el mérito y la gracia de Cristo. Escuchadlo en Jeremías 3:1: «Has fornicado con muchos amantes; sin embargo, vuelve a Mí, dice el Señor.» Escuchad a Ezequiel, capítulo 18, versículo 21: «Si el impío hiciere penitencia, etc., vivirá y no morirá: no recordaré más ninguna de las iniquidades que cometió.»
Versículo 14: He aquí que me arrojas
HE AQUÍ QUE ME ARROJAS HOY DE LA FAZ DE LA TIERRA — de mi patria amenísima y fertilísima, dice Oleaster y Pererio, y en efecto de toda la tierra, pues no me permites establecerme en ninguna parte, sino que continuamente me expulsas de una región a otra, haciéndome exiliado y fugitivo, tanto de la tierra como consiguientemente de los hombres, como si dijera: Me haces objeto del odio de todos los hombres, de modo que ni yo me atrevo a mirarlos, ni ellos se dignan mirarme.
Seré ocultado de tu rostro
Como reo huiré de la presencia de Dios juez, buscaré escondrijos. Así San Ambrosio y Oleaster; en segundo lugar, seré privado de Tu cuidado, favor y protección. Así San Crisóstomo y Cayetano. De donde no es necesario recurrir aquí con Delrío a una hipálage, como si dijera: «Tú ocultarás tu rostro de mí, para no mirarme con ojos favorables.» Dice pues Caín, como bellamente lo expone Lipomano: He aquí, Señor, me has quitado los frutos de la tierra, me has quitado Tu gracia y Tu protección, me dejas a mí mismo, no me atrevo a acudir a Ti para pedir perdón; me ocultaré de Ti, huiré como pueda de Tu juicio, seré errante e inestable por todas partes, y si Tú no me persigues, cualquier otro que me encuentre me matará, y no podré defenderme.
Todo el que me encuentre, pues, me matará
Nótense aquí en Caín los efectos y castigos del pecado. Son seis. El primero es el temblor del cuerpo; el segundo es el exilio y la huida; el tercero es el temor y la consternación de la mente. «Todo el que», dice, «me encuentre me matará.» ¿Qué temes, oh Caín? Aparte de ti y de tus padres, no hay todavía ningún otro hombre en el mundo. Había caído de la gracia de Dios por el pecado; de ahí el castigo y el temblor: y no sin causa. Pues primero, el propio Abel, aunque muerto, comenzó a perseguir al homicida: «La voz de la sangre de tu hermano», dice la Escritura, «clama a Mí.» Pues «Dios», dice San Ambrosio, «oye a sus justos, aun muertos, porque viven para Dios.»
Porque por el temblor de mi cuerpo y la agitación de mi mente enloquecida, todos comprenderán que yo soy alguien que merece ser matado, dice San Jerónimo, Epístola 125, a Damasceno, Cuestión 1, como si dijera: Soy un proscrito, soy un anatema, soy el odio de Dios y de los hombres, no podré escapar de ser muerto por alguien. He aquí el presagio, he aquí el pavor de la mala conciencia. Así San Ambrosio. Por el contrario, el justo confía como un león, y dice: «Aunque camine en medio de la sombra de la muerte, no temeré mal alguno, porque Tú estás conmigo», Salmo 22, versículo 4.
Nótese: Caín en su impenitencia temía la muerte — no del alma sino del cuerpo. Así San Ambrosio.
Cuarto, la tierra misma perseguía a Caín: «La voz de la sangre clama a Mí desde la tierra», como si dijera: Si tu hermano te perdona, la tierra no te perdona, dice San Ambrosio: esta tierra, maldita para Caín, le niega sus frutos y lo expulsa como fugitivo.
Quinto, los seres celestiales, e igualmente las potestades situadas bajo el cielo, infundían horror a Caín; pues como dice Procopio, además de relámpagos y fulgores aterradores, Caín veía ángeles amenazándole de muerte con espadas de fuego: si bajaba los ojos al suelo, le parecía ver serpientes con su veneno, leones con sus garras y otras fieras abalanzándose sobre él con sus armas.
Sexto, Caín fue fugitivo en la tierra, y finalmente, escondiéndose en los bosques (si creemos a los hebreos), fue muerto por Lamec; de lo cual hablaré en el versículo 23. ¿No es verdad, pues, como dice San Crisóstomo, que «el pecado es una locura voluntaria y un demonio elegido por uno mismo»?
Versículo 15: De ningún modo será así
NO SERÁ ASÍ: SINO QUE TODO EL QUE MATE A CAÍN SERÁ CASTIGADO SIETE VECES. Por «siete veces» el hebreo dice scibataim, que Áquila traduce «séptuplemente»; los Setenta y Teodoción, «siete venganzas», como si dijera: Será castigado de múltiples maneras y severísimamente aquel que mate a Caín; porque será un segundo homicida, que siguió el mal ejemplo de Caín como el primero, y no fue disuadido de matar por su castigo, tan severo; y porque mata al primer homicida Caín, a quien Dios dio prenda de vida, y a quien quiere que sobreviva como castigo y ejemplo para todos, puesto que la vida misma es su suplicio y la muerte sería su consuelo: de modo que para él vivir largo tiempo no es otra cosa que ser torturado largo tiempo.
De ahí que Burgense juzga oportunamente que más castigo se amenaza aquí contra el que mate a Caín que contra el propio Caín, por las razones ya dichas. Lirano, el Abulense, el Cartujano y Pererio lo niegan; y así niegan que aquí se comparen entre sí; de donde puntúan y distinguen el pasaje así: «Todo el que mate a Caín» — entiéndase: será castigado severísimamente — punto. Luego añaden, «será castigado siete veces», a saber, Caín; o, como traduce Símaco, «el séptimo será castigado», a saber, Caín, porque en la séptima generación, a saber, por Lamec, se cree que Caín fue muerto, habiendo sido dejado con vida hasta entonces para castigo y como ejemplo. Pero esta puntuación es forzada, nueva y discontinua: por tanto el primer sentido que di es el genuino. Añádase que el hebreo scibataim no significa «el séptimo», como traduce Símaco, sino «siete veces».
Y el Señor puso una señal sobre Caín
Se preguntará: ¿de qué tipo? Ciertos rabinos fabulan que fue un perro, que siempre precedía a Caín y lo guiaba por caminos seguros. Otros dicen que fue una letra impresa en la frente de Caín; otros, un rostro fiero y salvaje. Pero la opinión más común es que esta señal fue un temblor del cuerpo y una consternación de la mente y del rostro, de modo que su cuerpo y su rostro proclamaban su pecado. Pues que este temblor existió en Caín es claro por los Setenta; y convenía a Caín: «pues en ningún lugar habita peor un espíritu enfermo que en un cuerpo sano.»
Josefo añade, por lo que valga, que Caín se hizo peor y finalmente se convirtió en jefe de ladrones y maldad, en la ciudad de Enoc que fundó.
Versículo 16: Habitó prófugo en la tierra
HABITÓ COMO FUGITIVO EN LA TIERRA. En hebreo es «habitó en la tierra de Nod». Así los Setenta y Josefo, que toman «Nod» como nombre propio; nuestra Vulgata sin embargo lo tomó como apelativo; ambos con razón: pues Nod significa «errante», «inestable», «fluctuante», «fugitivo». Esta tierra, pues, a la que Caín huyó primeramente, fue llamada Nod, no como si cualquier tierra que Caín pisara con sus pies temblara y se estremeciera, como algunos rabinos imaginaron; sino que fue llamada la tierra de Nod, como si dijeras «la tierra de la huida», a la cual huyó Caín el fugitivo.
Versículo 17: Su mujer
SU MUJER — una hija de Adán, y consiguientemente su propia hermana. Pues al principio del mundo fue necesario que las hermanas se casaran con los hermanos, dicen San Crisóstomo, Teodoreto y Procopio, lo cual por otra parte está prohibido por la ley natural, de modo que ni siquiera el Pontífice puede dispensar en esta materia.
Edificó — no entonces, sino muchos (digamos 400 o 500) años después, dice Josefo, cuando Caín ya había engendrado muchos hijos e hijas, nietos y nietas, que podían llenar Enoc. Así San Agustín, Libro XV de La Ciudad de Dios, capítulo 8. Simbólicamente, el mismo autor en el mismo libro, capítulo 1: «El primogénito», dice, «fue Caín, de aquellos dos padres del género humano, perteneciente a la ciudad de los hombres; el segundo fue Abel, a la ciudad de Dios. Así en todo el género humano, cuando aquellas dos ciudades primero comenzaron a recorrer su curso mediante nacimientos y muertes, el primogénito fue ciudadano de este siglo; pero el segundo fue peregrino en el siglo, perteneciente a la ciudad de Dios, predestinado por la gracia, elegido por la gracia, peregrino aquí abajo por la gracia, ciudadano arriba por la gracia.» Y poco después: «Está escrito, pues, de Caín que edificó una ciudad: pero Abel, como peregrino, no edificó ninguna. Pues la ciudad de los santos es la de arriba, aunque engendra ciudadanos aquí, entre los cuales peregrina hasta que llegue el tiempo de su reino, cuando reinará con su príncipe, el Rey de los siglos, sin fin alguno de tiempo.»
La llamó con el nombre de su hijo Enoc — es decir, Enoquia. Esta fue la primera ciudad en el mundo, en la cual Caín indudablemente vivió, y por lo tanto dejó de ser fugitivo y errante hacia el final de su vida: sin embargo, el temblor del cuerpo siempre permaneció adherido a él.
Tropológicamente, San Gregorio, Libro XVI de los Morales, capítulo 6: Los malvados eligen su ciudad en la tierra, los buenos en el cielo: pero véase cuán breve es la edad y el gozo de los impíos: Caín tuvo solo una séptima generación, que termina en Lamec, en quien todo su linaje pereció en el diluvio.
Versículo 19: Dos mujeres
DOS ESPOSAS. Lamec, el primer polígamo, violó la ley de la monogamia establecida en Génesis 2:24. De donde el Papa Nicolás, escribiendo al rey Lotario, igualmente polígamo, llama adúltero a Lamec, como se encuentra en el decreto An non, XXIV, Cuestión 3.
Después del diluvio, cuando la vida humana era más breve y solo Noé sobrevivió con su familia, para que el género humano no se propagase demasiado lentamente, Dios dispensó que fuera lícito tener varias esposas. Esto es evidente porque Abrahán y Jacob, varones santísimos, tuvieron varias. Pero una vez que el género humano estuvo suficientemente propagado, los más cultos entre los hebreos, griegos y romanos comenzaron gradualmente a rechazar la poligamia, y finalmente Cristo la abolió por completo, Mateo 19:4.
Versículo 21: Padre (Jubal)
PADRE — es decir, inventor, autor; Jubal, pues, hijo de Lamec, fue el inventor del órgano y de la cítara; de donde a partir de este Jubal, que era jubiloso, alegre y jovial, algunos piensan que los latinos tomaron sus palabras jubilare («regocijarse») y jubilum («júbilo»).
Versículo 22: Martillador y artífice
QUE FUE FORJADOR Y ARTÍFICE EN TODAS LAS OBRAS DE BRONCE Y HIERRO — que fue el inventor del arte de la herrería. El hebreo literalmente dice: «Que fue afilador», es decir, «pulidor de todas las obras de bronce y hierro».
Versículo 23: Porque maté a un hombre
PORQUE MATÉ A UN HOMBRE Y A UN JOVEN. Se preguntará: ¿quién fue este hombre y quién el joven? Los hebreos, y a partir de ellos San Jerónimo, Rábano, Lirano, Tostado, Cayetano, Lipomano, Pererio y Delrío, refieren que Lamec mató a Caín, su propio tatarabuelo, de este modo. Lamec fue a cazar al bosque al que Caín se había retirado, ya fuera para pasear o para disfrutar del frescor. Su compañero o escudero, advirtiendo el crujido y movimiento de las hojas que Caín producía, indicó a Lamec que allí se ocultaba una fiera. Lamec arrojó su jabalina y mató no a una fiera, sino a Caín. Descubierto el hecho, Lamec, ardiendo de ira contra su escudero que le había dado la mala información, lo golpeó con un arco o un bastón; y el escudero murió poco después. Así Lamec mató a un hombre, a saber, Caín, y a un joven, a saber, su escudero. Ni obsta el versículo 15; pues allí Dios solo prohíbe que Caín sea muerto abierta y conscientemente: pero Lamec mató a Caín por accidente y en ignorancia.
Sin embargo, esta tradición parece fabulosa a Teodoreto, Burgense, Catarino y Oleastro: y con razón lo parecerá si se le añaden las circunstancias que algunos agregan, tales como que Caín moraba y se ocultaba no en su ciudad de Henoc, sino en los bosques; que Lamec era ciego o corto de vista, y así fue a cazar, y engañado por su ceguera a causa de su compañero o escudero, atravesó a Caín; que este compañero o escudero era Tubalcaín, hijo de Lamec, a quien sin duda Moisés habría nombrado aquí, así como Lamec el padre.
Es, por tanto, cierto que Lamec mató a algún hombre, quienquiera que haya sido. A su vez, aunque Teodoreto y Ruperto piensan que Lamec mató solo a uno, que en el canto y ritmo hebreo es llamado «hombre» respecto al sexo, y «joven» respecto a la edad (pues los hebreos en el ritmo poético repiten y explican el primer hemistiquio en el segundo hemistiquio), sin embargo otros comúnmente enseñan que Lamec mató a dos: pues uno es llamado aquí «hombre», el otro «joven», y como dice el hebreo, ieled, es decir, «muchacho»; pero un muchacho no puede ser llamado hombre.
Además, cierto hombre docto en Emmanuel Sa traduce erróneamente estas palabras como interrogación, y así las explica: Puesto que Lamec oía hablar mal de sí porque había tomado dos esposas, y ellas temían que algún mal le sobreviniera por esa causa, dijo: ¿Acaso he matado a algún hombre, para que debáis temer por mi vida? Si el matador de Caín ha de ser gravemente castigado, ¡cuánto más quien me mate a mí! Pues tanto el hebreo como nuestra Vulgata, los Setenta, el Caldeo y otros leen estas palabras de modo asertivo, no interrogativo. Erróneamente también Vatablo traduce de modo condicional así: si de cualquier hombre, por muy fuerte que fuera, o de un joven poderoso en fuerzas, recibiera una herida, lo mataría; pues soy fuerte en vigor; no hay, por tanto, razón, esposas, para que temáis por mí o por vuestros hijos a causa de la poligamia.
En Mi Herida, y a un Joven en Mi Cardenal
Es decir, por mi herida, por mi cardenal, o por la herida y el cardenal asestados e infligidos por mí, como es claro por el hebreo. Segundo, otros lo explican así, como si dijera: Con la herida con que traspasé al hombre, me ensangrenté a mí mismo; y con el golpe con que amoraté al joven, atraje un oscuro cardenal sobre mi propia alma — a saber, la marca y culpa del homicidio, por la cual estoy expuesto a ser destruido con igual herida y cardenal. De donde los Setenta traducen: «Maté a un hombre para mi herida, y a un joven para mi cardenal.» Pues esto es lo que el Señor amenaza a David el homicida: «Heriste a Urías con la espada, por lo cual la espada no se apartará de tu casa para siempre», II Reyes, capítulo XII.
Y de aquí resulta que los homicidas, aterrorizada su conciencia, siempre están temerosos, sobresaltados por las sombras, espantados por los espectros de los muertos que persiguen a sus asesinos y los empujan a la muerte. Sofronio ofrece un ejemplo notable en el Prado Espiritual, capítulo CLXVI, de un bandido que, habiéndose convertido y hecho monje, veía constantemente a un muchacho que se le acercaba y le decía: «¿Por qué me mataste?» De donde, habiendo pedido perdón y saliendo del monasterio, al entrar en la ciudad fue capturado y decapitado. Esta interpretación es más profunda, pero la anterior es más sencilla.
Versículo 24: Venganza séptuple
SIETE VECES SERÁ VENGADO CAÍN, PERO LAMEC SETENTA VECES SIETE.
Primero, Ruperto entiende por «siete veces» el castigo temporal, y por «setenta veces siete» el castigo eterno. Segundo, porque Lamec, como atestigua Josefo, tuvo 77 descendientes, que todos perecieron en el diluvio. Tercero, San Jerónimo, y a partir de él el Papa Nicolás a Lotario, y Procopio, dicen: El pecado de Caín fue vengado siete veces, y el de Lamec setenta veces siete, porque el pecado de Caín fue borrado en la séptima generación por el diluvio; pero el pecado de Lamec, y de todo el género humano, cuyo tipo fue Lamec (que en hebreo significa lo mismo que «humillado», dice Alcuino), fue borrado en la septuagésima séptima generación, a saber, por Cristo: pues hay tantas generaciones desde Adán hasta Cristo, Lucas III, versículo 23.
Afín a esto es la versión caldea, que reza así: si en siete generaciones se dará venganza por Caín, ¿acaso no por Lamec en setenta y siete? Pero Lamec no tuvo tantas generaciones: pues él mismo con toda su posteridad pereció en el diluvio.
Cuarto, Lipomano, Delrío y otros lo explican así: las esposas de Lamec parecen haberle reprochado sus matanzas, amenazando que también él sería igualmente muerto por otros. A estas responde Lamec: «Porque maté» — es decir, ciertamente maté, lo confieso, a un hombre y a un joven, y merecí la muerte; pero sin embargo, si el matador de Caín (que fue homicida voluntario) ha de ser castigado siete veces, ciertamente el matador mío (que soy solo un homicida accidental e involuntario, y que estoy arrepentido del hecho) será castigado setenta veces siete, es decir, mucho más gravemente: pues yo maté a Caín sin saberlo; y a mi escudero solo quise castigarlo, no matarlo.
Pero digo que, en lugar de «venganza se dará» por Caín y Lamec, en hebreo se lee iuckam Cain vel Lamech, es decir, el propio Caín y Lamec serán vengados y castigados: pues así nuestra Vulgata, los Setenta y otros traducen esta frase en el versículo 15. Por tanto, aquí no se amenaza venganza contra el matador de Caín y Lamec, sino contra el propio Caín y Lamec. Lamec, pues, por la vehemencia de su dolor y arrepentimiento por su doble homicidio cometido, dice: Si Caín, que mató a uno, fue castigado siete veces, es decir, de múltiples maneras, gravemente y plenamente; entonces yo, que maté a dos, y que vi el castigo de Caín y sin embargo no me abstuve de su pecado, he de ser castigado setenta veces siete, es decir, mucho más grave y múltiplemente. Así San Juan Crisóstomo y Teodoreto.
Pues esta es una frase y proverbio familiar entre los hebreos, de modo que dicen «ser castigado siete veces» por ser castigado grave, plena y de muchas maneras; y «ser castigado setenta veces siete» por ser castigado mucho más grave y copiosamente, y como de modo inconmensurable. Pues el número siete es el número de la multitud y la universalidad; pero setenta veces siete es el número, por así decir, de la inmensidad. A esto se refirió Cristo en Mateo XVIII, 22: «No te digo hasta siete veces, sino hasta setenta veces siete.»
Segundo, más precisamente, San Cirilo dice: Caín es castigado siete veces porque cometió siete pecados. El primero, de irreligiosidad, porque ofreció cosas inferiores. El segundo, de impenitencia. El tercero, de envidia. El cuarto, que engañosamente condujo a su hermano al campo. El quinto, que lo mató. El sexto, que mintió a Dios, diciendo que no sabía dónde estaba su hermano. El séptimo, que pensó poder huir y esconderse de Dios, y que sin el conocimiento y contra la voluntad de Dios pensó que podía ser muerto y morir, y así escapar al castigo de esta vida. Pero esta interpretación es más sutil y minuciosa que sólida.
Alcázar piensa, en Apocalipsis XI, 2, nota 1, que setenta veces siete es lo mismo que 490: pues este número es célebre en la Escritura y considerado pleno y perfecto; pues si multiplicas 70 por 7, obtienes 490. Así cuando decimos «tres veces cuatro», significamos doce; de otro modo diríamos «tres y cuatro». Pero esta interpretación parece más sutil, y este número parece mayor de lo conveniente. Así como, pues, decimos «veinte veces tres» por 23 veces, así también «setenta veces siete» por 77 veces. Una frase semejante se encuentra en Amós, capítulo I, versículos 6, 9, 11: «Por tres transgresiones de Gaza, y por cuatro, no lo revocaré.» Pues tres y cuatro significan los innumerables crímenes de Gaza.
La Escritura anota estas cosas sobre Lamec, en odio de la poligamia y el homicidio; y para que sepamos que el primer polígamo Lamec fue también el segundo homicida: pues la caída de la lujuria a las riñas y los asesinatos es fácil.
En opinión de Hesio, Lamec se jacta a causa de sus hijos, que fueron inventores de artes tan útiles: que Caín, su antepasado, no había sido castigado por el asesinato, y mucho menos podría él mismo ser castigado si hubiera cometido un crimen semejante. Pues las palabras no significan que él realmente hubiera cometido un asesinato, sino que son palabras de un hombre sumamente insolente y profano. Además, parece que estas palabras fueron insertadas por Moisés de cierto antiguo poema: pues todo el discurso respira cierta sublimidad poética. El sentido, por tanto, de estos dos versículos será: Si a causa de la muerte de un hombre o un joven, heridas y golpes se me amenazan, puesto que una pena séptupla fue decretada para Caín, en Lamec se hará setenta veces siete. Herder, en su libro Sobre el carácter de la poesía hebrea, Parte I, p. 344, considera que este canto de Lamec celebra las alabanzas de la espada inventada por su hijo, cuyo uso y excelencia contra los asaltos hostiles de otros proclama con estas palabras: «Mujeres de Lamec, oíd mi discurso, atended a mis palabras: Mato al hombre que me hiere, al joven que me golpea. Si Caín ha de ser vengado siete veces, en Lamec será setenta veces siete.»
Versículo 25: Set
«Y llamó» — no Adán, sino Eva, como es claro por el hebreo micra, que es femenino. «Su nombre Set.» Set significa lo mismo que «tesis», es decir, posición o fundamento; pues la raíz suth significa poner, colocar. Eva, pues, después de que Abel fue muerto, parece haber engendrado pronto a Set, y haberlo llamado así como fundamento de su prole y posteridad, y consecuentemente de la república y asimismo de la Iglesia y Ciudad de Dios; pues Set había de ser esto en lugar de Abel, así como Caín fue la cabeza y fundamento de la ciudad del diablo, sobre lo cual San Agustín escribió en su libro La Ciudad de Dios. Suidas añade que Set, por su piedad, sabiduría y astrología, fue sobrenombrado Dios, porque fue el inventor de las letras y la astrología.
Por lo demás, necios fueron los herejes setianos, que se gloriaban de descender de Set, hijo de Adán. Estos, dice Epifanio, Herejías 39, glorificaban a Set, y a él referían todo lo que pertenece a la virtud y la justicia, e incluso afirmaban que él era Jesucristo. Pues pretendían que Set había sido producido por una madre celestial, que hizo penitencia porque había producido a Caín; pero después, cuando Abel fue muerto y Caín expulsado, ella se unió al padre celestial y engendró semilla pura, a saber, el propio Set, del cual descendió todo el género humano. Tales eran los habituales delirios de los herejes.
Versículo 26: Este comenzó a invocar
Enós en hebreo significa lo mismo que débil, afligido, miserable, de salud desesperada, condenado a muerte cierta. Parece, pues, que Set llamó así a su hijo para recordarle a él y a sus descendientes su miserable suerte y mortalidad, a la que todos estamos condenados por el pecado. Así como, pues, Adán es nombrado a partir de adama, como si dijéramos «hombre» de «humus», así Enós es nombrado a partir de la miseria y la mortalidad. Por el contrario, el hombre en griego se llama anthropos, como si fuera anathron, es decir, que mira hacia arriba; o, como dice San Atanasio en su tratado Sobre las Definiciones, por el hecho de que contempla lo alto con su rostro.
Segundo, el hombre puede ser llamado Enós a partir de la raíz nasa, es decir, «olvidó», de modo que Enós significa lo mismo que olvidadizo, y a su vez, destinado pronto al olvido. A esta etimología alude el Salmista en el Salmo VIII: «¿Qué es el hombre para que te acuerdes de él?»
A esto pertenece lo que escribe Josefo: que Adán predijo la destrucción del mundo y de la humanidad, y esta doble: una por diluvio, la otra por fuego y conflagración; y que por ello los piadosos y sabios descendientes de Set erigieron dos columnas, una de ladrillo, la otra de piedra, y en ellas inscribieron o encerraron sus descubrimientos, artes y ciencias, para instrucción de la posteridad y para conservar su memoria para las generaciones futuras; y esto con el plan de que si la de ladrillo pereciera en el diluvio, la de piedra sobreviviera. Esta, dice Josefo, todavía existe en Siria.
Comenzó a Invocar el Nombre del Señor
Como si dijera: Enós fue el autor de que en todas partes los hombres adorasen a Dios debidamente. De donde el hebreo dice: entonces se comenzó, a saber, pública y en asambleas, bajo la dirección de Enós, a invocar el nombre del Señor. En el tiempo de Enós, por tanto, parecen haberse establecido asambleas de hombres y haber comenzado a congregarse en la Iglesia, para oraciones públicas, predicaciones y catequesis públicas, para el culto público de Dios mediante sacrificios, y otros ritos y ceremonias.
Tomás de Walden añade, y a partir de él Belarmino, libro II Sobre los Monjes, capítulo V, que Enós estableció cierto culto especial, más sublime que la religión del pueblo común: pues antes de Enós, Abel, Set y Adán ya habían invocado a Dios. De donde sostienen que Enós estableció algo así como un preludio y comienzo de la vida Religiosa y Monástica. Los Setenta, por su parte, traducen: «este esperó invocar el nombre del Señor». Pues el hebreo huchal significa no solo «comenzar» sino también «esperar», de la raíz iachel; y la esperanza es causa de la invocación.
Erróneamente los Rabinos traducen: «entonces fue profanada la invocación del nombre del Señor», como si la idolatría hubiera comenzado en el tiempo de Enós. Pues aunque huchal de la raíz chol puede significar «profanar», aquí sin embargo no desciende de chol, sino de chalal, que en el hifil tiene hechel, y significa «comenzó, empezó»; en el hofal tiene huchal, es decir, «se comenzó», como traduce nuestra Vulgata, junto con el Caldeo, Vatablo, Forster, Pagnino y otros generalmente. Tampoco correctamente Cirilo, Teodoreto y Suidas traducen: «este comenzó a ser llamado con el nombre del Señor», como si al propio Enós, por su insigne piedad hacia Dios, y a sus hijos, se les hubiera dado el nombre de hijos de Dios.
Del Señor
En hebreo es el nombre tetragrámaton Jehová. De donde Ruperto, Cayetano y otros piensan que este nombre fue revelado a Adán y Enós, y que ellos invocaron a Dios con él. Pero es más verdadero que este nombre tetragrámaton fue revelado primeramente a Moisés, como diré en Éxodo VI, 3. Moisés, pues, que escribió estas cosas, después de recibir este nombre de Dios en Éxodo VI, lo usa a lo largo de los pasajes anteriores, incluso en el Génesis, para dirigirse a Dios, aunque Adán, Enós y los demás Patriarcas en aquel tiempo se dirigían a Dios no como Jehová, sino como Elohim o Adonai.
Santo Tomás piensa, II-II, Cuestión XCIV, artículo 4, respuesta 2, que no hubo idolatría en la primera edad del mundo, por la memoria reciente de la creación del mundo. Pero esta razón no concluye enteramente: pues la memoria reciente del diluvio, y de tan gran venganza de Dios, no impidió que la idolatría se introdujera de nuevo prontamente. De donde Torniello y otros piensan que también entonces hubo idolatría en otras familias de Adán; y que por ello Enós le opuso el culto público del único Dios, y así estableció la forma visible de la Santa Iglesia.