Cornelius a Lapide
Índice
Sinopsis del Capítulo V
Se teje la genealogía de Adán a través de Set hasta Noé, y esto por tres razones: Primera, para que a través de ella se establezca la cronología del mundo y su propagación hasta nosotros; de ahí que se trace por medio de Set, pues todos descendemos de Set — ya que todos los demás hijos y descendientes de Adán perecieron en el diluvio. Segunda, para que veamos que Dios en todo tiempo conservó su Iglesia, su culto y la piedad en algunos, como aquí la conservó en Set y sus descendientes. Tercera, para que conste la genealogía de Cristo desde Noé hasta Adán, de la cual escribe San Lucas en el capítulo III, versículo 35.
Texto de la Vulgata: Génesis 5:1-32
1. Este es el libro de las generaciones de Adán. El día en que Dios creó al hombre, a semejanza de Dios lo hizo. 2. Varón y mujer los creó, y los bendijo; y llamó su nombre Adán, el día en que fueron creados. 3. Vivió Adán ciento treinta años, y engendró un hijo a su imagen y semejanza, y llamó su nombre Set. 4. Y fueron los días de Adán, después de engendrar a Set, ochocientos años; y engendró hijos e hijas. 5. Y fue todo el tiempo que vivió Adán novecientos treinta años, y murió. 6. Vivió también Set ciento cinco años, y engendró a Enós. 7. Y vivió Set después de engendrar a Enós ochocientos siete años, y engendró hijos e hijas. 8. Y fueron todos los días de Set novecientos doce años, y murió. 9. Vivió pues Enós noventa años, y engendró a Cainán. 10. Después de cuyo nacimiento vivió ochocientos quince años, y engendró hijos e hijas. 11. Y fueron todos los días de Enós novecientos cinco años, y murió. 12. Vivió también Cainán setenta años, y engendró a Maleleel. 13. Y vivió Cainán después de engendrar a Maleleel ochocientos cuarenta años, y engendró hijos e hijas. 14. Y fueron todos los días de Cainán novecientos diez años, y murió. 15. Vivió pues Maleleel sesenta y cinco años, y engendró a Jared. 16. Y vivió Maleleel después de engendrar a Jared ochocientos treinta años, y engendró hijos e hijas. 17. Y fueron todos los días de Maleleel ochocientos noventa y cinco años, y murió. 18. Y vivió Jared ciento sesenta y dos años, y engendró a Henoc. 19. Y vivió Jared después de engendrar a Henoc ochocientos años, y engendró hijos e hijas. 20. Y fueron todos los días de Jared novecientos sesenta y dos años, y murió. 21. Y Henoc vivió sesenta y cinco años, y engendró a Matusalén. 22. Y caminó con Dios; y vivió después de engendrar a Matusalén trescientos años, y engendró hijos e hijas. 23. Y fueron todos los días de Henoc trescientos sesenta y cinco años. 24. Y caminó con Dios, y no apareció más, porque Dios se lo llevó. 25. Y vivió Matusalén ciento ochenta y siete años, y engendró a Lamec. 26. Y vivió Matusalén después de engendrar a Lamec setecientos ochenta y dos años, y engendró hijos e hijas. 27. Y fueron todos los días de Matusalén novecientos sesenta y nueve años, y murió. 28. Y vivió Lamec ciento ochenta y dos años, y engendró un hijo. 29. Y llamó su nombre Noé, diciendo: «Éste nos consolará de nuestras obras y de los trabajos de nuestras manos, en la tierra que maldijo el Señor.» 30. Y vivió Lamec después de engendrar a Noé quinientos noventa y cinco años, y engendró hijos e hijas. 31. Y fueron todos los días de Lamec setecientos setenta y siete años, y murió. Y Noé, cuando tenía quinientos años, engendró a Sem, Cam y Jafet.
Versículo 1: Libro de la generación de Adán
«Libro» — catálogo, narración, enumeración de las generaciones desde Adán hasta Noé; pues esto es el hebreo sepher, de la raíz saphar, es decir, «contó, enumeró». En el mismo sentido, Mateo capítulo I lo llama libro, es decir, catálogo de la generación, o genealogía, de Cristo.
«A semejanza de Dios» — a su propia imagen. Pues los hebreos frecuentemente ponen el antecedente en lugar del relativo.
Versículo 2: Los llamó con el nombre de Adán
LLAMÓ SU NOMBRE ADÁN — del hebreo Adama, como si dijera: los llamó «hombre» de «tierra», de la cual los creó. Eva, por tanto, también es Adán, es decir, «hombre». Dios dio un solo nombre a ambos, para que los esposos supieran que son, por así decirlo, un solo hombre en dos cuerpos, y que debían estar unidos en alma y voluntad, así como lo están en el nombre. En segundo lugar, con el nombre Adán se les recuerda que son hijos de la tierra — viles, hechos de barro, frágiles, mortales, y destinados a volver a la tierra. Recuerda, Adán, que eres adama, es decir, tierra y polvo, y al polvo volverás.
Versículo 3: Engendró a su imagen
ENGENDRÓ (un hijo) A SU IMAGEN Y SEMEJANZA — esto es, en todo semejante a sí mismo, no en el pecado original, como explica Calvino, sino en la naturaleza, a saber, en el cuerpo humano y en el alma racional, en la cual Set, al igual que Adán, era imagen de Dios. Véase lo dicho en el capítulo I, 27.
Versículo 5: Adán vivió novecientos treinta años
ADÁN, NOVECIENTOS TREINTA AÑOS, Y MURIÓ. Nótese primero: Desde Adán hasta el diluvio, por Set hay diez generaciones, y ésta es la primera edad del mundo.
Nótese segundo: Estos años eran de doce meses, como los nuestros, como resulta claro de Génesis VIII, 5; pues si hubieran sido mensuales, como algunos pretenden — esto es, si un año hubiera sido solamente un mes, de treinta días —, se seguiría que aquellos que aquí se lee que engendraron a los 75 años, engendraron en el 75.º mes, y en consecuencia engendraron en el 7.º año de su edad; además, todos habrían muerto antes de los 82 años, edad que aún hoy no pocos superan. Así San Jerónimo y San Agustín, libro XV de La Ciudad de Dios, capítulo XIII. Concedo que entre los antiguos egipcios el año era mensual. Pues así lo refieren Diodoro Sículo, libro I; Varrón citado por Lactancio, libro II, capítulo XIII; Plutarco en su Vida de Numa; San Agustín, libro XII de La Ciudad de Dios, capítulo XX; y Proclo en su Comentario al Timeo, libro I, página 33: «Los egipcios», dice, «llamaban al mes año». Pero nada semejante encontrarás respecto de los antiguos hebreos.
Tercero, del texto hebreo y de nuestra versión latina resulta claro que desde Adán hasta el diluvio transcurrieron 1.656 años. Así San Jerónimo, Beda y San Agustín citados arriba. Por tanto, en la Septuaginta, que cuenta 2.242 años (según la edición corregida por el Cardenal Caraffa), se deslizó un error; pues este número excede la verdad en 586 años. San Agustín sospecha que algún semidocto cambió el número en la Septuaginta, porque pensaba que aquí debían entenderse años mensuales; pues parecía insólito y paradójico que los hombres entonces viviesen 900 años completos. Pero como aquel mismo a su vez veía que se le podía objetar: si los años eran mensuales, entonces los que se dice que engendraron en el año centésimo realmente engendraron en el octavo año según nuestro cómputo — de ahí que, para escapar de esta dificultad, puso 200 en lugar de 100.
Cuarto, Adán murió en el año 57 de Lamec, padre de Noé, 726 años antes del diluvio, y vio la propagación y corrupción de todo el género humano descendiente de él. San Ireneo añade, libro V, capítulo XXXII, que Adán murió el sexto día de la semana, un viernes; porque en ese mismo día fue creado Adán y pecó. Pues Dios le había dicho: «En cualquier día que comas de él, morirás de muerte»; por tanto, murió el viernes, día en el cual también pecó. Pero aquella amenaza...
Los traductores alejandrinos coinciden en parte y en parte difieren de los manuscritos hebreos en el número de años. Coinciden si se consideran los años totales de vida; difieren en cómo los dividen. Pues suponen que nadie podía engendrar descendencia antes del año ciento cincuenta. De ahí que, mientras los hebreos asignan a Adán 130 años antes de engendrar a Set y 800 después, los griegos ponen 230 antes de Set y sólo 700 después. Los años totales de vida resultan iguales: 930. Igualmente, los hebreos asignan a Set 105 años antes de engendrar a Enós, los griegos 205. Por el contrario, el Samaritano supone que nadie podía llegar a ser padre después del año ciento cincuenta, y divide los años que se dice vivieron los patriarcas según este principio.
La amenaza de Dios tiene otro sentido, como dije arriba. Eva, si creemos a Mariano Escoto, vivió diez años después de su marido, y murió en el año de su vida y del mundo 940.
Quinto, la tradición es que Adán fue sepultado en Hebrón. Jacob de Edesa, que fue maestro de San Efrén, refiere (según lo cita Bar-Cefas, libro I, capítulo XIV) que Noé recibió reverentemente los huesos de Adán en el arca, y después del diluvio los distribuyó entre sus hijos, y dio a Sem, a quien prefería sobre los demás, la calavera de Adán, y con ella Judea. Tan grande era el cuidado y honor de la sepultura entre los patriarcas, a causa de la inmortalidad de las almas, que se proponían con fe y esperanza ciertas. De ahí que sea opinión común de los Padres que la calavera de Adán fue sepultada en el monte Calvario, para que allí fuese regada, lavada y vivificada por la sangre de Cristo crucificado. Escúchese entre otros a Tertuliano, libro II de su Poema contra Marción, capítulo IV:
El Gólgota es el lugar, llamado antaño de una calavera:
Aquí está el centro de la tierra, aquí está el signo de la victoria,
Un gran hueso enseñaron nuestros antepasados que se halló aquí,
Aquí hemos recibido que el primer hombre fue sepultado,
Aquí padece Cristo, la tierra se empapa de su santa sangre,
Para que el polvo del viejo Adán, mezclado con la sangre de Cristo,
Fuese lavado por la virtud del agua que destilaba.
Finalmente, a Adán y Eva les fue perdonado su pecado, como resulta claro de Sabiduría X, versículo 2. Entiéndase esto en cuanto este pecado era personal de ellos, pero no en cuanto era pecado de la naturaleza, o de todo el género humano; pues de este modo este pecado es para nosotros original, y se transmite a toda la posteridad de Adán por el nacimiento, y en este aspecto es irremisible.
Adán y Eva fueron salvados. Añádase que la tradición es que Adán y Eva fueron salvados, la cual es tan cierta que Epifanio, Filastrio, Agustín y otros condenan de error a los encratitas, que lo niegan. Véase Alfonso de Castro bajo la palabra «Adán».
Por lo cual, San Atanasio (Oración sobre la Pasión), San Agustín aquí (Cuestión 161), Orígenes (Tratado 35 sobre Mateo) y otros enseñan que Adán, entre los demás Santos — más aún, antes que otros — resucitó con Cristo, Mateo capítulo XXVII, versículo 53.
Se preguntará: ¿por qué los hombres eran tan longevos en aquel tiempo? Pererio da varias causas: primera, la bondad primigenia de la constitución y temperamento corporal en los primeros hombres; segunda, su sobriedad, que era tan grande que no usaban ni carne ni vino; tercera, el vigor originario de la tierra, de sus frutos y alimentos, que al principio de su creación eran mucho más vivificantes, jugosos y potentes que ahora, cuando están agotados; cuarta, la ciencia de Adán, que comunicó a los demás, por la cual conocía las propiedades de las hierbas, frutos, metales, etc., mejor que nuestros médicos; quinta, el benigno aspecto, conjunción e influjo de los astros; sexta, la voluntad y arcana cooperación de Dios, y esto con el fin de que los hombres se propagasen más rápidamente, y por larga experiencia aprendiesen a fondo todas las ciencias y artes, y para que los primeros hombres transmitiesen la fe en la creación de las cosas, y el conocimiento y culto de Dios, a la posteridad incluso más remota. De ahí que Lipomano atribuya esta longevidad más a un milagro de Dios que a la naturaleza.
Nótese: Ninguno de estos patriarcas alcanzó el año milésimo, para que veamos que aun la vida más larga en este mundo no es siquiera un punto comparada con la eternidad. Pues mil años ante Dios son como el día de ayer que ya pasó, Salmo LXXXIX, 4.
«Y Murió»
Esto se añade para cada uno, para que se vea cuán eficaz fue la sentencia de muerte pronunciada por Dios sobre Adán cuando pecó, y sobre su posteridad, capítulo III, versículo 19; pues como dice el Sabio en Eclesiástico XIV, 12: «Éste es el testamento de este mundo: morirá de muerte.» Por tanto, reflexione cada uno de nosotros: También de mí se dirá pronto: «Y murió.» Éste es, o será, el emblema mío y de cada cual; éste el epitafio: Cornelio vivió tantos años, y en tal año murió. «Fácilmente desprecia todas las cosas quien siempre piensa que ha de morir», dice San Jerónimo, epístola 103.
El emperador Severo, según Dión de Nicea en su Vida, mandó preparar una urna para sí mismo en la que ser sepultado, y manejándola frecuentemente decía: «Tú contendrás a un hombre a quien el mundo entero no pudo contener»; y esto lo hacía para retener la memoria de la muerte.
Por la misma razón, San Juan Limosnero, Patriarca de Alejandría, mandó edificar un sepulcro para sí, pero dejándolo sin terminar; y en los días solemnes de fiesta, a la vista de muchos, quiso que los obreros le dijeran: «Vuestro sepulcro, Señor, está aún sin terminar; mandad, pues, que se complete al fin; pues es incierto a qué hora vendrá la muerte.» Así Leoncio en su Vida. «Es incierto», dice Séneca, epístola 26, «en qué lugar te aguarda la muerte; por tanto, aguárdala tú en todo lugar. Al ir a dormir, digamos con alegría y gozo: He vivido, y el camino que Tú me diste, Dios benigno, lo he cumplido.» Aprende, pues, a morir: piensa en la eternidad. ¡Oh eternidad! ¡cuán larga eres, eternidad; cuán eterna, cuán constante, eternidad!
Versículo 12: Cainán y Maleleel
«Y vivió Cainán setenta años, y engendró a Maleleel.»
Maleleel, o como dice el hebreo, Mahalalel, significa «el que alaba a Dios»; pues halal significa «alabar» y el significa «Dios». Ya porque el hijo alababa constantemente a Dios y por ello fue llamado Mahalalel; ya porque el padre Cainán le puso este nombre al nacer, para incitarse tanto a sí mismo como a su hijo a la alabanza perpetua de Dios, de modo que cada vez que nombrara y llamara a su hijo Mahalalel, por así decirlo, dijera Aleluya, es decir, «alabad a Dios», o más exactamente hallel el, es decir, «alaba al Dios poderoso».
En las diez generaciones que se enumeran aquí, siempre se asignan años completos, como si los hombres engendraran hijos al cumplir un año entero, al comienzo del siguiente, o murieran en ese punto; aunque apenas puede dudarse de que los tiempos de engendrar y de morir fueron variados, y ocurrieron en diversos meses indistintamente. Por tanto, debe concluirse que no se tuvo cuenta alguna de los meses que faltaban o excedían en un año, de donde resulta claro que no puede recogerse de estos datos una cronología enteramente exacta.
Versículo 22: Henoc caminó con Dios
22. «Henoc caminó con Dios» — como si dijera: Henoc vivió tan santa y piadosamente que siempre tenía a Dios presente ante sus ojos y lo reverenciaba, y por ello en toda obra procedía siempre con sumo cuidado, suma modestia y suma religiosidad, y en todo consentía con Dios y con la voluntad de Dios, del mismo modo que un hombre que camina siempre e inseparablemente con un amigo o con su señor, consiente con él en todo y se conforma a él en todas las cosas. La Septuaginta lo traduce: «Henoc agradó a Dios», a saber, más que los demás hombres, incluso los justos y santos de aquella época.
El Targum de Jerusalén lo traduce: «Henoc sirvió en verdad ante el Señor»; el árabe: «Henoc caminó rectamente ante Dios»; el caldeo: «Y Henoc caminó en el temor de Dios.» Por esta razón el Señor lo tomó y lo arrebató hacia Sí, como a alguien demasiado elevado para la tierra, digno de Dios y de los ángeles — más aún, íntimo de ellos.
De ahí que algunos judíos pensaran que Henoc era un ángel encarnado. Hugo el Cardenal dice: Los humildes penitentes caminan detrás del Señor; con el Señor, los santos prelados y gobernantes; delante del Señor, los piadosos predicadores, como San Juan Bautista; lejos del Señor, los apóstatas y quienes sirven a su propia voluntad y placer; contra el Señor, los soberbios y rebeldes, como los judíos en Levítico XXVI, 2.
Algunos añaden que «caminar con Dios» significa estar en el ministerio público de Dios y ejercer el oficio sacerdotal. Pues así dice Dios del sumo sacerdote Helí, I Reyes II, 30: «Hablando hablé, que tu casa y la casa de tu padre ministrase en mi presencia» — en hebreo, «caminase ante Mí». Y en el versículo 35: «Me suscitaré un sacerdote fiel, etc. Y caminará ante mi Ungido todos los días.» Pues es deber de los sacerdotes estar constantemente ocupados con Dios en oraciones, sacrificios y funciones sagradas; pues ellos son los ángeles y mediadores entre Dios y los hombres, y no hay duda de que Henoc, como cabeza de familia, era sacerdote.
Es un gran arte saber caminar con Dios — tenerlo presente en todas partes, unirse a Él, obedecerlo en todo, conversar con Él frecuentemente, implorar su auxilio, depender de Él, ser gobernado por Él, estar enteramente unido a Él. Quien camina con Dios camina bien con los hombres; quien camina sólo con los hombres no camina bien ni con Dios ni con los hombres.
Así caminó con Dios San Pablo, primer ermitaño, morando en el desierto desde el año 15 de su edad hasta el 115, cuya alma al morir vio San Antonio llevada al cielo entre los coros de los Ángeles, entre las asambleas de los Profetas y Apóstoles.
Le siguió el propio San Antonio, a quien el sol naciente frecuentemente encontraba de pie en el mismo sitio y con la mirada fija en el cielo, donde el sol poniente lo había dejado, según atestigua San Atanasio.
Así Macario moraba en los cielos con Dios, y solía decirse a sí mismo: «Tienes Ángeles, Arcángeles, todas las potestades celestiales, Querubines y Serafines, a Dios hacedor de todas estas cosas; mora allí, no desciendas por debajo de los cielos, no caigas en pensamientos mundanos.» Paladio es testigo de ello en la Historia Lausíaca, capítulo XX.
Así Anuf, en el mismo autor, capítulo XV: «Ningún deseo de otra cosa», dice, «subió a mi corazón sino el de Dios. Dios no me ocultó nada de las cosas terrenas; no dormí durante el día, ni descansé de noche, buscando a Dios; recibí toda petición de Dios al instante. Vi frecuentemente miríadas asistiendo ante Dios; vi los coros de los justos. Vi la multitud de los Mártires; vi la regla de vida de los monjes; y la obra de todos alababa a Dios. Vi a los justos gozando por la eternidad.»
Así caminó con Dios Simeón Estilita, Juan, Macedonio, Marciano, Efrén y otros innumerables, de quienes escribe Evagrio en las Vidas de los Padres, y Teodoreto en el Filoteo. ¡Oh cuán dichosos fueron estos ángeles terrenales!
Henoc fue, pues, profeta, y escribió ciertas cosas divinas, que cita San Judas en su epístola; pero el Libro de Henoc se ha perdido. Pues el que vieron San Jerónimo, San Agustín, Orígenes y Tertuliano es espurio y apócrifo.
Versículo 24: Ya no fue visto
24. «Y ya no fue visto, porque el Señor lo arrebató.» — Calvino, siguiendo a Aben Ezra y a los judíos, piensa que Henoc murió suave y apaciblemente, y que poco después de la muerte su alma fue trasladada al cielo, pero que no vio a Dios hasta que Cristo ascendió al cielo; y que así Henoc es ahora inmortal, y ya no volverá a nosotros ni morirá. Pero todas estas cosas son falsas y erróneas. Primero, porque si Henoc hubiera muerto, la Escritura habría dicho de él, como de todos los demás: «Y murió.» Segundo, porque se dice aquí de él que Dios lo «arrebató» —es decir, lo llevó vivo—, de donde los Setenta traducen: «Dios lo trasladó.» De ahí también que el Eclesiástico, capítulo XLIV, versículo 16, afirme que Henoc no murió, sino que fue trasladado al paraíso para dar a las naciones penitencia; por tanto, Henoc aún vive, y volverá a nosotros para oponerse al Anticristo y predicar a las naciones. Tercero, porque San Pablo expresamente dice, Hebreos XI, 5: «Henoc fue trasladado para que no viese la muerte.» Cuarto, los Padres comúnmente así lo enseñan, como los citan Delrío y Pererio.
De lo dicho se sigue primero que Henoc fue trasladado al paraíso terrenal, que antes del diluvio aún subsistía; pues ese es el que se entiende cuando se nombra el paraíso sin más calificación, como lo nombra el Eclesiástico cuando dice que Henoc fue trasladado a él. Por eso, cuando San Ambrosio, en el libro Sobre el Paraíso, capítulo III, dice que Henoc fue arrebatado al cielo, entiéndase que Henoc fue elevado de la tierra al aire, y por el aire fue trasladado al paraíso; ni quiso decir otra cosa Tertuliano cuando, en el libro Sobre la Resurrección de la Carne, capítulo LVIII, dijo que Henoc y Elías fueron trasladados del mundo; pues por «mundo» entiende esta tierra habitada y cultivada por los hombres.
El Sabio indica la causa de su traslación, Sabiduría capítulo IV, versículo 10. Primero, porque era amado de Dios y vivía como hombre bueno entre los malvados; de ahí fue arrebatado, para que la maldad no mudase su entendimiento. Además, fue arrebatado porque caminaba con Dios, y por tanto era digno del paraíso y de la continua contemplación de Dios. Tercero, fue arrebatado para que vuelva y dé a las naciones penitencia, del mismo modo que Elías la dará a sus judíos; pues esto es lo que se dice de él en el Eclesiástico capítulo XLVIII, versículo 10: «Tú, que estás escrito para los juicios de los tiempos, para aplacar la ira del Señor, para reconciliar el corazón del padre con el hijo, y para restaurar las tribus de Jacob.» Cuarto, fue arrebatado para que con su rapto mostrase lo que Adán perdió al pecar; pues de igual modo todos en nuestro tiempo habríamos sido trasladados sin muerte, si hubiéramos permanecido en la inocencia. Quinto, el Señor lo arrebató para confirmar la fe de los patriarcas en la vida futura, como diciendo: Por este mismo hecho reconoced que tengo otra vida, y mejor, en la que recompensaré a los Santos.
Se sigue segundo que es próximo a un artículo de fe que Henoc, al igual que Elías, aún no han muerto. De ahí que Tertuliano, en el libro Sobre la Resurrección de la Carne, capítulo LVIII, los llame candidatos de la eternidad: «Candidatos de la eternidad», dice, «aprenden la inmunidad de la carne de todo vicio, de todo daño, de toda injuria e insulto.» E Ireneo, libro V, capítulo V, los llama «copartícipes de los primeros indicios de la inmortalidad», es decir, que reciben su augurio y, por así decirlo, su prefiguración.
Se sigue tercero que Henoc y Elías no tienen cuerpos glorificados sino mortales, y que por tanto morirán. De ahí Tertuliano en el pasaje citado arriba: «Henoc», dice, «y Elías aún no han sido dados de baja por la resurrección, porque no han pasado por la muerte.» Yerran, pues, Procopio y Eugubino, que piensan que Henoc y Elías gozan de la visión de Dios y tienen cuerpos glorificados en el cielo.
Quinto, acerca de Elías, que fue arrebatado vivo al cielo, se usa el mismo verbo que aquí, en II Reyes II, 3 y ss. Ni parece que Onkelos haya entendido de otro modo las palabras hebreas: «Ya no existió más; pues el Señor no lo mató.» Más claramente, Jonatán: «Y he aquí que ya no estaba entre los habitantes de la tierra; pues fue sustraído, y ascendió al cielo por el Verbo que está ante el Señor.» Este pasaje es prueba de que los hombres en aquellos tiempos tenían fe en una vida futura.
¿Dónde están ahora Henoc y Elías?
Se preguntará dónde están ahora Henoc y Elías, y qué clase de vida llevan. Respondo: Los Padres comúnmente enseñan que moran en el paraíso. Pero yo digo que Henoc, antes del diluvio, fue trasladado al paraíso terrenal; después del diluvio, sin embargo, por el cual el paraíso parece haber sido inundado y destruido, mora en algún lugar ameno que Dios le preparó, ya en el aire, ya en la tierra, al cual también Elías fue arrebatado después del diluvio. Allí, pues, juntos llevan una vida cuasi-beatífica, libre de concupiscencia y de nuestras miserias, en la más excelsa contemplación de Dios.
Segundo, Epifanio (Herejía 64) y Jerónimo (a Pamaquio) sostienen que viven sin alimento. San Agustín, sin embargo, duda sobre esta cuestión, libro I De los Méritos y la Remisión de los Pecados, capítulo III; y dice que o viven sin alimento, o ciertamente viven como Adán vivió en el paraíso, a saber, del árbol de la vida, y por tanto no desfallecen ni por enfermedad ni por vejez. Pero es más cierto que son conservados por Dios vivos y vigorosos por milagro, sin alimento; pues, como he dicho, el paraíso y consiguientemente el árbol de la vida perecieron.
Si Henoc y Elías ven a Dios
Se preguntará segundo, si Henoc y Elías ven a Dios y son bienaventurados. Lo afirma Catarino, en su tratado Sobre la Gloria Consumada de Cristo; también el P. Salmerón, y Barradio se inclina hacia ello, sobre Juan capítulo XXI, versículo 23: «Así quiero que él permanezca hasta que yo venga.» Pues piensan que Henoc y Elías, así como San Juan Evangelista, aún no han muerto, y que por tanto todavía tienen cuerpos mortales, y vendrán contra el Anticristo y serán sometidos al martirio por él; entre tanto, sin embargo, ven a Dios y gozan de Él, al menos desde la muerte y resurrección de Cristo.
Lo prueban con muchos y plausibles argumentos. Primero, porque parece afirmarse en Apocalipsis capítulo X, versículo 11, que San Juan vendrá con Henoc: «Es necesario que profetices de nuevo a las naciones»; y Juan capítulo XXI, versículo 23: «Así quiero que él permanezca hasta que yo venga.» Pues la corona del martirio se debe y fue prometida a Juan, como a los demás Apóstoles, en Mateo capítulo XX, versículo 23, con estas palabras: «Beberéis mi cáliz.» Ahora bien, que San Juan ve a Dios no parece dudoso, pues la Iglesia públicamente lo venera e invoca en las letanías, al igual que a los demás Bienaventurados.
Segundo, porque la Iglesia celebra fiesta tanto de San Juan como de Elías el 20 de julio, como consta del Martirologio Romano; por tanto gozan de Dios.
Tercero, porque los griegos erigieron templos en honor tanto de Elías como de San Juan, como enseña Baronio en el Martirologio, 20 de julio. Por tanto son bienaventurados; pues los templos se erigen solo a los bienaventurados.
Cuarto, porque Henoc y Elías vivieron santísimamente, y por tanto son dignísimos de gozar de Dios, especialmente cuando otros Profetas y Patriarcas, incluso menos santos que ellos, con quienes vivieron, ahora ven a Dios.
Quinto, porque de este modo escapamos óptimamente a la dificultad acerca de la suspensión de los méritos de Henoc y Elías. Pues ¿por qué suspendió Dios sus méritos contra la costumbre, sino porque ya ven a Dios y no están en camino sino en la meta —es decir, son bienaventurados? Si dices que Dios no suspendió sus méritos, inferiré: Entonces ellos en méritos y premios superarán casi inconmensurablemente a todos los demás Bienaventurados; pues durante tantos miles de años están continuamente mereciendo y diariamente aumentando sus méritos, y esto hasta el día del juicio —pero esto parece increíble.
Pero esta opinión parece nueva y paradójica, y carente de fundamento sólido. Primero, porque apenas ninguno de los antiguos Padres o Doctores la afirmó; pues Nacianceno, a quien cita Barradio, no la afirma sino que expresa duda.
Segundo, si Henoc y Elías ven a Dios, entonces son bienaventurados, y por tanto son comprehensores, no viadores. Pero son viadores, porque aún han de morir y ser coronados con el martirio.
Tercero, ni a Moisés, ni a Pablo, ni a ningún otro mortal le fue concedido ver a Dios antes de la muerte; antes bien, el Señor declaró a Moisés: «Ningún hombre me verá y vivirá», Éxodo capítulo 33, versículo 20. Por tanto tampoco debe concederse esto a Henoc y Elías: pues ellos mismos son aún mortales, y de hecho morirán.
Cuarto, parece mucho más paradójico que Henoc y Elías vuelvan de la gloria celestial y la visión de Dios a los sufrimientos, méritos y muerte, que el que sus méritos sean suspendidos: pues ¿qué bienaventurado volvió jamás del cielo a los trabajos, méritos y muerte? ¿Quién fue jamás transformado de comprehensor en viador?
Quinto, solo Cristo fue simultáneamente viador y comprehensor; pues todos los teólogos conceden este privilegio a Cristo solo. Pero según esta nueva opinión, esto es falso: pues Henoc y Elías, al menos cuando vuelvan a luchar contra el Anticristo, serán simultáneamente viadores y comprehensores. Pues entonces no perderán la visión de Dios que ya poseen y por la cual son bienaventurados.
Sexto, si la visión de Dios no impedirá entonces sus méritos y trabajos contra el Anticristo, ¿por qué impide ahora sus méritos? Pues del mismo modo Cristo, viendo a Dios antes de su muerte y resurrección, nunca fue impedido por esta visión en su propio mérito.
Séptimo, que San Juan no ha muerto, y que vendrá contra el Anticristo, parece claramente improbable, y contradice tanto a los muchísimos historiadores que afirman que murió (Baronio los cita), como a la Iglesia, que celebra la fiesta de San Juan como de alguien que ha muerto y ahora reina en el cielo con Cristo, y lo invoca. Distinto es el caso de Henoc y Elías; pues nadie celebra su fiesta ni los invoca.
Al primero respondo que Juan, después de aquellas palabras de Apocalipsis capítulo 10, profetizó de nuevo a las naciones en los capítulos 12, 13, 14 y siguientes, hasta el fin del Apocalipsis, pero que no les profetizará al fin del mundo. Aquel pasaje de Juan capítulo 21, «Así quiero que él permanezca», significa lo mismo que si dijera: «Si quiero que él permanezca», como leen otros manuscritos; pues Cristo habla no asertivamente sino condicionalmente, y esto para embotar la curiosa pregunta de Pedro: «Señor, ¿y este qué?» Además, San Juan bebió el cáliz del sufrimiento, tanto en otras ocasiones como cuando fue arrojado en una tina de aceite hirviente. De ahí que es llamado por los Padres, celebrado por la Iglesia, y verdaderamente es mártir.
Al segundo respondo. Los griegos celebran la fiesta de Elías, no como bienaventurado, sino como arrebatado: pues en ese día simplemente conmemoran su rapto, porque este rapto fue admirable.
Al tercero respondo. Del mismo modo y con el mismo propósito erigieron los griegos templos a Elías como instituyeron una fiesta para él, a saber, para que con ellos testificasen y recordasen la memoria de tan prodigioso rapto de Elías (pues los templos propiamente no se erigen a los Santos, sino a solo Dios en honor de los Santos), quien llevó aquí una vida celestial, y dejó tras de sí discípulos celestiales, por así decirlo, y fue el padre y patriarca, por así decirlo, de los monjes, y quien, aunque aún no bienaventurado, está sin embargo ya como confirmado en gracia, y ciertamente ha de ser bienaventurado, y así por revelación y oráculo de Dios ha sido, por así decirlo, ya canonizado.
Al cuarto respondo. El orden establecido por Dios requiere que Henoc y Elías no vean a Dios, puesto que aún no han muerto: pero otros profetas han muerto, y por tanto ven a Dios. Por esta razón conviene que Henoc y Elías lleven una vida intermedia entre los hombres terrenales y los bienaventurados en el cielo, pacífica y placentera, pero aún no bienaventurada. Su santidad y méritos son recompensados no con la visión de Dios, sino con otra cosa grande, a saber, que ellos solos entre los profetas vendrán como los más valientes campeones de Cristo contra el Anticristo, y lo refutarán, y por tanto serán coronados con el martirio por él.
Al quinto, hablaré enseguida sobre la suspensión de los méritos, y esa suspensión no elimina aquí la dificultad. Pues al menos los méritos de Henoc fueron suspendidos, desde su rapto hasta la pasión de Cristo, durante casi tres mil años (pues transcurrieron exactamente 2.997 años), durante los cuales sin embargo Henoc no vio a Dios; pues si sus méritos no fueron entonces suspendidos, entonces Henoc, mereciendo continuamente durante tantos años, superará con mucho a todos los Santos en gracia y gloria, y así recaeremos en el inconveniente que se alega por este mismo argumento.
Si Henoc y Elías están en estado de merecer
Se pregunta tercero, si están en estado de merecer. Lo afirma Viegas en su comentario al Apocalipsis capítulo 11. La razón es que son aún viadores, y puesto que están privados de la visión de Dios, ¿por qué habrían de ser privados, fuera del orden común, también de la facultad de merecer, que tienen los demás viadores? Concedido que por esta razón superarán en méritos y gloria a todos los Santos, excepto la Bienaventurada Virgen. Pero Pererio y Suárez niegan precisamente esto. Y esto parece más probable; la razón es que de lo contrario, durante tantos miles de años acumularían innumerables méritos, ni habría comparación o proporción alguna entre ellos y los demás santos en gracia y gloria: segundo, porque por su rapto fueron trasladados a otro estado y vida. De ahí que el rapto parece haber sido para ellos como la muerte, y consiguientemente haber suspendido sus méritos, hasta que vuelvan a nosotros en el tiempo del Anticristo; pues entonces merecerán de nuevo.
Por tanto se encuentran ahora, por así decirlo, en un estado intermedio entre los viadores y los Bienaventurados, a saber, en un estado de reposo y contemplación: de ahí que así como no trabajan ni padecen, tampoco merecen: pero merecerán grandísimamente cuando vuelvan y luchen contra el Anticristo.
En la Vida de San Pacomio se refiere que cierto filósofo propuso estos tres enigmas a Teodoro, discípulo de San Pacomio, a los cuales este respondió ingeniosamente. El primero: ¿Quién murió sin haber nacido? Respondió Teodoro: Adán. El segundo, ¿quién nació y sin embargo no murió? Respondió: Henoc, que fue trasladado. El tercero, ¿quién murió y sin embargo no se corrompió? Respondió: La mujer de Lot, que fue convertida en estatua de sal.
Henoc y Elías volverán contra el Anticristo
Nótese: Al fin del mundo, Henoc y Elías volverán a la vida común, para oponerse al Anticristo mediante la predicación, las disputas y los milagros: y por tanto serán sometidos al martirio por el Anticristo en Jerusalén, quien arrojará sus cuerpos insepultos a la calle; pero después de tres días y medio, vivos y gloriosos, ante la mirada de toda la ciudad, resucitarán y ascenderán al cielo, como consta de Apocalipsis capítulo 11, versículo 7 y siguientes. Así lo enseñan generalmente los Padres aquí, y sobre Apocalipsis capítulo 11, y esta es la creencia y tradición común de los fieles. De ahí que San Agustín, en el libro 20 de La Ciudad de Dios, capítulo 29, diga que esto es celebérrimo en las palabras y corazones de los fieles.
Finalmente, Henoc fue el tatarabuelo de Noé, y consiguientemente fue el padre de todos nosotros; pues todos los hombres, y consiguientemente también el Anticristo, descienden de Henoc así como de Noé. De donde se sigue que, cuando Henoc vuelva a nosotros, permanecerá célibe, pues ninguna mujer (puesto que todas descienden de él y son sus hijas) podrá contraer matrimonio con él, porque en las líneas rectas de ascendientes y descendientes, aunque estuvieran separados por infinitos grados, el matrimonio es nulo por derecho natural, si los ascendientes quieren unirse a los descendientes, como sostiene la opinión más común de los Doctores, a quienes revisa Sánchez en el tomo 2 Del Matrimonio, libro 7, disputa 51, aunque él mismo con otros enseña lo contrario. Predicará, pues, Henoc al volver a todos sus hijos, es decir, a todos los hombres, y será muerto por uno de sus hijos, a saber, el Anticristo, que es un Henoc espurio. Además, Henoc fue arrebatado en el año del mundo 987. Por tanto, puesto que en este año de Cristo 1615 estamos en el año del mundo 5.563, se sigue que Henoc lleva este año en el 4.578.º año de su rapto, y en el 4.943.º año de su vida.
Versículo 27: Matusalén
27. Los días de Matusalén fueron novecientos sesenta y nueve años. — Fue el más longevo de todos los mortales; sin embargo, puede decirse que Adán fue más longevo que él por esta razón: que Adán fue creado en edad y estatura perfectas, que son ya de treinta años, y habría tenido entonces 60 años como mínimo; pero Matusalén nació infante, y creció durante 60 años, y maduró hasta el estado y estatura en que Adán fue creado: por tanto, si se restan 60 años a Matusalén, o se añaden los mismos a Adán, Adán superará a Matusalén en 21 años. Así dice Pererio. Matusalén nació en el año del mundo 687; y como vivió 969 años, se sigue que murió en el año del mundo 1656, es decir, en el mismo año en que ocurrió el diluvio, unos pocos días (siete, si creemos a los hebreos) antes de que este inundase la tierra. Así dice San Jerónimo. Por tanto San Agustín, en el libro 1 de sus Cuestiones sobre el Génesis, no acierta cuando piensa que Matusalén murió 6 años antes del diluvio; pues no fue Matusalén quien murió en el sexto año antes del diluvio, sino Lamec su hijo, que fue el padre de Noé, como consta de Génesis capítulo 5, versículos 30 y 31. Pero óigase a San Agustín, al inicio de las Cuestiones sobre el Génesis: «A menudo se pregunta», dice, «cómo Matusalén, según el cómputo de los años, pudo haber vivido después del diluvio, cuando todos, excepto los que entraron en el arca, se dice que perecieron. Pero la corrupción de muchos manuscritos ha engendrado esta cuestión. Pues no solo se encuentra de modo diferente en el hebreo, sino también en la traducción de los Setenta. En códices más escasos pero más veraces, se halla que Matusalén murió seis años antes del diluvio.» También lo explica en el libro 15 de La Ciudad de Dios, capítulo 13.
Versículo 29: Noé
29. Su nombre fue Noé, diciendo: Este nos consolará. — De estas palabras resulta claro que Lamec fue profeta. Nótese que Noé en hebreo significa dos cosas: primero, reposo, de la raíz noach, es decir, «descansó»; pues de ahí Noé se llama en hebreo Nóaj, es decir, reposo, o el que reposa y hace reposar: de ahí que los Setenta traduzcan, «este nos hará descansar de nuestras obras y de las tristezas de nuestras manos»: así también el árabe; segundo, significa consolación o consolador, de la raíz nacham, es decir, «fue consolado», de modo que Noé se derive de nacham, por apócope de la letra mem; y así lo deriva la Escritura aquí diciendo, ze ienachamenu, «este nos consolará», como tienen el hebreo, el caldeo y nuestra Vulgata; pero ambas cosas vienen a ser lo mismo: pues la consolación del trabajo y la fatiga no es otra cosa que el reposo del trabajo y la fatiga.
Por tanto Noé hizo descansar a los hombres y los consoló, primero, porque, como dice San Jerónimo, todas las obras pasadas, a saber, los pecados, fueron aquietadas por Noé, que los sepultó en el diluvio; segundo, como dicen Rabí Salomón, los hebreos, Cayetano y Lipomano, porque Noé inventó el arado y otros instrumentos de agricultura, y un arte más fácil de cultivar los campos; tercero, como dicen otros, porque por la santidad y el sacrificio de Noé después del diluvio, Dios bendijo la tierra en el capítulo 8, versículo 21, y capítulo 9, versículo 1 y siguientes: lo cual se hizo para que la tierra, así bendecida, produjese mayores frutos con menos trabajo y cultivo; cuarto, porque Noé plantó vides e inventó el vino, que es el consuelo del corazón humano. Además, porque el uso de la carne, con la que se fortalece la vida de los hombres, fue concedido por Dios a Noé. Otros añaden que porque Noé mediante el diluvio trajo la muerte a los hombres, que es el fin y reposo de todos nuestros trabajos. Pero la muerte y el ahogamiento de los impíos no es reposo, sino principio del dolor y trabajo eternos. Quinto y principalmente, con estas palabras Lamec profetiza acerca de su hijo Noé, que él será el restaurador del género humano, casi consumido por el diluvio (pues esta fue la gran consolación y reposo de Lamec y de los padres), dice Hugo, y que él reconciliará al mundo con Dios y con la beneficencia de Dios; y que de él nacerá el Mesías, dice Ruperto, que es nuestro reposo y consolación; de quien es aquella sentencia: «Venid a Mí, todos los que trabajáis y estáis cargados, y Yo os aliviaré.» Por tanto Noé fue tipo de Cristo.
Antes del diluvio los dolores y trabajos de los padres eran grandes y prolongados, primero, porque vivían 900 años en trabajos continuos; segundo, porque cultivaban una tierra maldecida por Dios, y por tanto estéril; tercero, porque no tenían aquellas artes e instrumentos para arar y cultivar la tierra; cuarto, todos estos trabajos suyos iban a perecer en el diluvio: lo cual había de ser gran castigo y aflicción para ellos. De todo esto, pues, Noé les da reposo y los consuela, primero, porque mediante el arca restauró sus trabajos, es decir, las obras hechas con su esfuerzo; segundo, porque por sus méritos y las artes inventadas por él y su posteridad, la agricultura y todo trabajo humano es ahora más fácil, como dije poco antes.
Nótese: Noé nació 600 años antes del diluvio, que ocurrió en el año del mundo 1656; de donde se sigue que Noé nació en el año del mundo 1056, es decir, 126 años después de la muerte de Adán; pues Adán murió en el año 930 tanto de su propia vida como del mundo.
Tropológicamente, Noé es símbolo de la justicia, que a todos consuela, «y les da reposo de las obras de iniquidad; esta revoca de la tristeza: porque cuando hacemos lo que es justo, nada tememos en la seguridad de una conciencia pura, no nos dolemos con grave dolor; pues nada hay que cause mayor dolor que la culpa del pecado», dice San Ambrosio, en su libro Sobre Noé, 1.
Versículo 31: Noé y la Cronología
31. Y Noé, cuando tenía quinientos años. — Nótese que no parece (aunque así lo piense San Crisóstomo) que Noé se abstuviese del matrimonio hasta los 500 años: por tanto engendró otros hijos antes de Sem, Cam y Jafet, que murieron antes del diluvio; de donde se sigue que no todos los que aquí se nombran como primeramente engendrados fueron en realidad primogénitos. Así dice San Agustín, libro 15 de La Ciudad de Dios, capítulo 20.
En este año 500 Noé comenzó la construcción del arca, y la continuó durante 100 años: pues fue terminada en el año 600. Así dicen Orígenes, Agustín, Gregorio y Ruperto.
Además, después del año 500 Noé engendró, es decir, comenzó a engendrar, a Sem, Cam y Jafet, de modo que los engendró en años sucesivos, ahora a Sem, ahora a Cam, ahora a Jafet: pues estos tres no fueron engendrados en el mismo año.
De este pasaje se recoge la cronología del mundo, a saber, que desde la creación del mundo y de Adán hasta el diluvio transcurrieron 1.656 años; pues Adán engendró a Set cuando tenía 130 años, Set engendró a Enós a los 105, Enós a Cainán a los 90, Cainán a Maleleel a los 70, Maleleel a Jared a los 65, Jared engendró a Henoc cuando tenía 162 años, Henoc a Matusalén a los 65, Matusalén a Lamec a los 187, Lamec a Noé a los 182, Noé a Sem, Cam y Jafet a los 500.
En el centésimo año después de la generación de Sem, que fue el 600.º año de la vida de Noé, ocurrió el diluvio, Génesis capítulo 7, versículo 11. El diluvio duró un año entero, como resulta claro a quien compare Génesis 7:11 con Génesis 8:13 y 14. Por tanto desde la creación del mundo hasta el fin del diluvio transcurrieron 1.657 años.