Cornelius a Lapide

Génesis VI


Índice


Sinopsis del Capítulo VI

Todos los hombres, y especialmente los gigantes, se corrompen con lujurias y toda clase de crímenes; de ahí que, en segundo lugar, en el versículo 7, Dios amenaza al mundo con la destrucción mediante un diluvio, y en consecuencia, en el versículo 14, ordena a Noé construir un arca, en la cual tanto él mismo como parejas de animales de cada especie sean preservados como semilla para la posteridad.

Aquí termina la primera edad del mundo y la primera parte del Génesis, y comienza la segunda, que trata de Noé y el diluvio, y concluye con Abrahán en el capítulo 12.


Texto de la Vulgata: Génesis 6:1-22

1. Y cuando los hombres comenzaron a multiplicarse sobre la tierra y habían engendrado hijas; 2. viendo los hijos de Dios a las hijas de los hombres, que eran hermosas, tomaron para sí mujeres de entre todas las que eligieron. 3. Y dijo Dios: Mi espíritu no permanecerá en el hombre para siempre, porque es carne; y sus días serán ciento veinte años. 4. Había gigantes sobre la tierra en aquellos días; pues después que los hijos de Dios se unieron a las hijas de los hombres, y ellas engendraron, estos son los poderosos de la antigüedad, hombres de renombre. 5. Y viendo Dios que la maldad de los hombres era grande sobre la tierra, y que todo pensamiento del corazón estaba inclinado al mal en todo tiempo, 6. le pesó haber hecho al hombre en la tierra. Y tocado interiormente de dolor en su corazón: 7. Destruiré, dijo, al hombre que creé, de la faz de la tierra, desde el hombre hasta los animales, desde el reptil hasta las aves del cielo; porque me arrepiento de haberlos hecho. 8. Pero Noé halló gracia ante el Señor. 9. Estas son las generaciones de Noé: Noé fue varón justo y perfecto en sus generaciones; caminó con Dios. 10. Y engendró tres hijos: Sem, Cam y Jafet. 11. La tierra se corrompió delante de Dios y se llenó de iniquidad. 12. Y como Dios viese que la tierra estaba corrompida (pues toda carne había corrompido su camino sobre la tierra), 13. dijo a Noé: El fin de toda carne ha llegado ante Mí, la tierra está llena de iniquidad por causa de ellos, y Yo los destruiré junto con la tierra. 14. Hazte un arca de maderas labradas: harás aposentos en el arca, y la calafatearás con betún por dentro y por fuera. 15. Y así la harás: la longitud del arca será de trescientos codos, su anchura de cincuenta codos, y su altura de treinta codos. 16. Harás una ventana en el arca, y a un codo terminarás su parte superior; pondrás la puerta del arca a un lado; harás en ella pisos bajos, segundos y terceros. 17. He aquí que Yo traeré las aguas del diluvio sobre la tierra, para destruir toda carne en la que hay espíritu de vida bajo el cielo. Todas las cosas que están en la tierra serán consumidas. 18. Y estableceré Mi alianza contigo: entrarás en el arca tú y tus hijos, tu mujer y las mujeres de tus hijos contigo. 19. Y de todos los seres vivientes de toda carne, introducirás dos de cada especie en el arca, para que vivan contigo: de sexo masculino y femenino. 20. De las aves según su especie, y de las bestias según su especie, y de todo reptil de la tierra según su especie: dos de cada especie entrarán contigo, para que puedan vivir. 21. Tomarás, pues, contigo de todos los alimentos que se pueden comer, y los almacenarás; y servirán de alimento tanto para ti como para ellos. 22. E hizo Noé todo lo que Dios le había mandado.


Versículo 1: Los hombres comenzaron a multiplicarse

1. «Y cuando los hombres comenzaron a multiplicarse.» -- Josefo y Teodoreto piensan que estos acontecimientos ocurrieron hacia la séptima generación desde Adán, es decir, en tiempos de Henoc. Se trata, pues, de una recapitulación: pues aquí Moisés recapitula y retorna de Noé a tiempos anteriores, que dieron ocasión al diluvio.


Versículo 2: Los hijos de Dios

2. «Viendo los hijos de Dios a las hijas de los hombres, que eran hermosas.» -- Se pregunta: ¿quiénes son los hijos de Dios y quiénes las hijas de los hombres?

Primera opinión. Algunos responden que los hijos de Dios son los ángeles: que los ángeles son corpóreos, y que en el cuerpo cometieron aquí por primera vez su pecado de lujuria, por el cual fueron expulsados del cielo. Así Josefo, Filón (libro Sobre los gigantes), San Justino (Apología I), San Clemente (Stromata III), Tertuliano (libro Sobre el atuendo de las mujeres, donde enseña que los demonios aquí enseñaron a las mujeres a preparar antimonio, brazaletes y otros cosméticos), Lactancio (libro II, cap. 15). Y no es de extrañar que pensaran así: pues incluso en esta época, Cayetano juzgó probable que los ángeles tengan sus propios cuerpos.

Segunda opinión. En segundo lugar, otros responden que los hijos de Dios (a saber, en cuanto a su naturaleza) son demonios, que de sí mismos y de su propia naturaleza y cuerpo engendraron descendencia a la manera de los hombres, como sostuvieron los platónicos y Francisco Jorge (tomo I, problema 74); o más bien, como sostienen Burgense y Francisco Valesio (Filosofía Sagrada, cap. 8), que son demonios: primero como súcubos, que recibieron la semilla más potente de los hombres más poderosos, y luego los mismos demonios como íncubos la transfirieron a las mujeres más vigorosas, y así engendraron gigantes. Pues aunque Pererio duda de que un hombre pueda ser engendrado de este modo por demonios íncubos, y San Cirilo lo niega, sin embargo Cardano y Cayetano lo afirman, y Delrío lo prueba bien (libro II de las Disquisiciones mágicas, cuestión 15).

Tercera opinión. Pero yo digo: los «hijos de Dios» se llaman aquí los hijos de Set. Primero, por su santidad, justicia, templanza y demás virtudes, a través de las cuales la imagen de Dios resplandecía en ellos, como en sus propios hijos. Así San Juan Crisóstomo, San Cirilo, Teodoreto, Ruperto e Hilario (sobre el Salmo 132). Segundo, como observa Oleaster, es un modismo hebreo: pues los hebreos llaman «de Dios» a todas las cosas fuertes, grandes y excelentes, de modo que «montes de Dios» y «cedros de Dios» significan los montes y cedros más altos y más grandes. Así los «hijos de Dios» se llaman hijos de Set porque eran robustos, eminentes en fuerza, forma, belleza y estatura. Por el contrario, los hijos e hijas de Caín se llaman «hijos e hijas de los hombres»: primero, porque eran perversos y apegados a las cosas terrenas; segundo, porque habían debilitado y disminuido su fuerza, forma y estatura corporales. De ahí que, como observa Pererio, se diga que los cainitas engendraron no hijos sino hijas, porque su poder generativo, debilitado por la lujuria desenfrenada, no podía producir hijos sino casi solo hijas. Teodoreto y Suidas añaden una tercera razón: que Set, por su piedad y sabiduría, fue llamado «Dios»; de ahí que sus hijos se llamen hijos de Dios.

Cuarta opinión. En cuarto lugar, los «hijos de Dios» pueden entenderse como «hijos de los poderosos», según traducen Símaco, el Caldeo y Pagnino, de modo que las «hijas de los hombres» se llamarían mujeres del pueblo llano, de las cuales los poderosos abusaron por su poder y tiranía. Pues como Dios, según atestigua el Damasceno, recibe su nombre de «proveer» y «prever», los gobernantes y poderosos, cuya función es proveer para los demás, se llaman «dioses». De ahí aquella palabra de Dios a Moisés: «Te he constituido como dios para el Faraón.» Así Molina. Pero el sentido anterior, como es más llano y más común, así también es más verdadero.


Versículo 3: Mi espíritu no permanecerá

3. «Mi espíritu no permanecerá.» -- En hebreo es lo iadon, que Símaco, Arias y otros derivan de la raíz dun, y traducen como «no juzgará, no contenderá», como si Dios dijera: No permitiré que esta contienda entre Mi misericordia y Mi justicia dure tanto tiempo. Tampoco quiero ya contender más con la obstinación de los hombres. Me hastía, me oprime y me atormenta: tantos conflictos de afectos contrarios. Pondré fin, pues, a la disputa, y a los hombres incorregibles y entregados del todo a la carne los destruiré por completo. Dios habla antropopáticamente. San Jerónimo también lo lee así en las Cuestiones, o Tradiciones sobre el Génesis: «En el hebreo,» dice, «está escrito: Mi espíritu no juzgará a estos hombres para siempre, porque son carne; esto es, porque frágil es la condición del hombre, no los reservaré para castigos eternos, sino que aquí les restituiré lo que merecen. Luego no indica severidad, como se lee en nuestros códices, sino clemencia de Dios, cuando el pecador es aquí visitado por su crimen.»

En segundo lugar, y mejor, Pagnino y Cayetano, junto con San Juan Crisóstomo, leen en lugar de iadon, con puntos vocálicos diferentes, iiddon, de la raíz neden, es decir, «vaina», como si dijera: Mi espíritu ya no permanecerá en el cuerpo del hombre, como en una vaina; lo desenvainaré, es decir, extraeré el alma del cuerpo. De ahí que los sirios llamen al cuerpo nidne, porque es, por así decirlo, la vaina del alma.

En tercer lugar, y con toda claridad, puede decirse con León Castro (libro III de la Apología) que en hebreo, en lugar de iadon debe leerse ialon, de la raíz lun, es decir, «permaneció, se detuvo, se hospedó»; pues tanto los Setenta y el Caldeo como nuestra Vulgata traducen «no permanecerá», a saber, el espíritu en el cuerpo, como en su hospedaje.

«Mi espíritu.» -- El alma y la vida que Yo inspiré al hombre, Gén. 2; de ahí que Dios tiene en su mano nuestro aliento, vida y alma, Dan. 5, 23.

«Para siempre.» -- Por largo tiempo, como el que han tenido los hombres desde Adán hasta ahora, porque, como sigue, después de 120 años los destruiré a todos con el diluvio.

«Porque es carne.» -- Porque es carnal, y se ha arrojado por su propia culpa a los vicios de la carne. Así San Juan Crisóstomo y San Ambrosio.

«Y sus días serán ciento veinte años.» -- Algunos piensan que aquí Dios establece el límite de vida para cada hombre individual, como si cada hombre en adelante fuera a vivir solo 120 años. Así Josefo, Filón, Ruperto y Abulense. Pero se equivocan: pues consta que después de estos tiempos los hombres vivieron no 120, sino 400 años, como se ve en Gén. 11.

Digo, pues, que Dios aquí establece un límite para todo el género humano, como si dijera: Los hombres carnales Me han ofendido gravísimamente. Podría destruirlos en este instante; pero como soy misericordioso, les concedo un tiempo de penitencia, y generoso: a saber, 120 años. Si lo descuidan, después de 120 años los destruiré a todos por completo con el diluvio que traeré sobre el mundo. Así el Caldeo, San Jerónimo, San Juan Crisóstomo y San Agustín (Ciudad de Dios, libro XV, cap. 24). Por tanto, como rectamente observan San Agustín y Salviano, Dios pronunció estas palabras en el año 480 de la vida de Noé, veinte años antes del nacimiento de Sem, que tuvo lugar en el año 500 de Noé, del mismo modo que el diluvio ocurrió en su año 600; aunque San Jerónimo, San Juan Crisóstomo y Hugo sostienen que estas palabras fueron dichas en el año 500 de Noé, cien años antes del diluvio, de modo que de estos 120 años, Dios restó y acortó 20 a causa de los pecados de los hombres. Aquí, pues, Dios asignó al mundo un tiempo de penitencia de 120 años, y lo reveló a Noé, para que el propio Noé lo anunciara al mundo. De donde se sigue que Noé es aquí implícitamente constituido por Dios como predicador de la penitencia y de la amenaza del diluvio. Que desempeñó este oficio con diligencia y fidelidad entre los hombres no hay duda; y es muy verosímil que tuvo como colegas en esta obra a su abuelo Matusalén y a su padre Lamec. De ahí que Beroso el Caldeo (libro I) diga: «Entonces muchos predicaban y profetizaban, y grababan en piedras acerca de la destrucción venidera del mundo; pero aquellos, acostumbrados a sus caminos, se burlaban de todo, mientras la ira y la venganza del cielo los apremiaba por su impiedad y crímenes.»

Obsérvese aquí la lección moral: así como la impiedad y la maldad destruyen las familias, aun las más antiguas y nobles, como se ve en el caso de Caín y los gigantes, así la piedad y la rectitud las perpetúan, como se ve en el caso de Set y Noé. Esto es lo que dice el Salmo 36: «Los justos heredarán la tierra; pero los injustos perecerán, y los restos de los impíos se desvanecerán juntos.»

Simbólicamente, los cabalistas, y entre ellos Pedro Bongo (tratado Sobre los misterios de los números, en el seis milésimo), toman estos 120 años como grandes años mosaicos, es decir, de jubileo, de modo que cada año aquí comprende cincuenta años ordinarios; y en consecuencia estos 120 producen seis mil años ordinarios (pues multiplicando 120 por cincuenta se obtienen seis mil), durante los cuales perdurará este mundo, y la vida y edad de los hombres, sobre lo cual traté en el capítulo 2, versículo 2.


Versículo 4: Los gigantes sobre la tierra

4. «Había gigantes sobre la tierra.» -- De la palabra «había» parece que ya antes habían existido gigantes; sin embargo, de tal modo que en este tiempo se multiplicaron por la unión de los hijos de Dios con las hijas de los hombres. De ahí que el hebreo, en lugar de «después que», tiene «y también después que»; y los Setenta traducen claramente así: «Había gigantes sobre la tierra en aquellos días, y después de eso, después que los hijos de Dios se unieron a las hijas de los hombres.» Así San Agustín, Vatablo y otros.

Nótese: los gigantes se llaman en hebreo nephilim, es decir, «los que caen sobre» (de la raíz naphal, que significa «cayó»), en sentido activo, como diciendo: los que se abalanzan, oprimen y lo derriban todo como una tempestad, y lo empujan a la ruina y destrucción. De ahí que Áquila traduzca «los que se abalanzan violentamente»; de ahí aquel pasaje de Job 16, 15: «Se abalanzó sobre mí como un gigante.» Pues los gigantes eran los hombres más enormes, más altos, más fuertes y más violentos. Los mismos, por sus antepasados Rafá y Anac, se llaman Refaím y Anaquim. En griego se llaman gigantes, como si fuera gegenes, es decir, «nacidos de la tierra», como hijos del vientre y de la tierra, dice San Ambrosio y Filón.

Burgense piensa que los gigantes eran demonios revestidos de forma humana. Valesio piensa que los gigantes eran hijos de demonios íncubos. Filón piensa que los hombres más perversos son llamados gigantes. Pero es cierto que los gigantes eran hombres notables por su estatura monstruosa, su fuerza, sus latrocinios y su tiranía.

De ahí que los gigantes, por sus crímenes, fueron la causa más grande y principal del diluvio, como se ve en Sab. 14, 6 y Job 26, 5. El propio Moisés lo insinúa aquí: pues por esta razón, al disponerse a describir el diluvio, menciona primero a los gigantes como causa del diluvio. Así enseñan los intérpretes en todas partes.

De este pasaje, y más aún de la construcción de la Torre de Babel (tratada en el capítulo 11), los gentiles derivaron la fábula de los gigantes y los Titanes, como enseña Pererio, siguiendo a San Ambrosio y a Eusebio (Preparación evangélica, libro V, cap. 4). Pues la antigüedad creyó que los gigantes eran hombres de altísima estatura, con pies de serpiente, nacidos de la tierra airada para destrucción de los dioses, a fin de que hiciesen la guerra a los dioses y arrojasen a Júpiter de la posesión del cielo; pero temeraria y vanamente, pues fueron aplastados por Júpiter. Ovidio resume esto brevemente en unos pocos versos: «Dicen que los gigantes intentaron conquistar el reino celeste / y amontonaron montes hacia las altas estrellas. / Entonces el Padre omnipotente destrozó el Olimpo con un rayo / y derribó el Pelión de debajo del Osa.»

«Después que» -- es decir, especialmente después que. Nótese: los gigantes fueron engendrados principalmente de los hijos de Set (pues estos se llaman los hijos de Dios), quienes poseían las fuerzas corporales más perfectas, y degenerando ya de su integridad originaria, entregados del todo a la tierra y al vientre con el mayor amor y ardor de lujuria, se unieron a las hijas de Caín (pues estas se llaman las hijas de los hombres), que eran hermosísimas. Pues la lujuria hizo que la naturaleza desplegara en ellos toda su fuerza y el extremo de su poder, y así fueron engendrados los hombres más enormes y más fuertes. Tomás Fazelo (De las cosas de Sicilia, libro I, década 1, cap. 6) aporta muchos ejemplos de gigantes de casi nuestro propio siglo, de los cuales algunos tenían 18, otros 20 y otros más codos de altura.

Véase aquí cómo la fuerza, al igual que la virtud o el vicio, se transmite de los padres a los hijos. El Poeta dice con razón: «Los valientes nacen de los valientes; / en los novillos y en los caballos está la virtud de sus padres; / ni las águilas feroces / engendran a la tímida paloma.»


Versículo 5: Todo pensamiento inclinado al mal

5. «Todo pensamiento.» -- En hebreo: kol yetser machshebot, «todo figuramiento de pensamientos»; pues yetser significa figuramiento, o el molde del alfarero. De ahí que Ilirico delira cuando, a partir de este pasaje —o más bien de su propia monstruosa alfarería—, forma y fabrica la idea de que el pecado original no es un accidente, sino la sustancia y forma sustancial del hombre. Pues tal sustancia, dice, es el molde del alfarero. Pero no advierte que este «figuramiento» no es de Dios, sino «de los pensamientos»; y el pensamiento del hombre no se pinta ni se fabrica una sustancia, sino una imagen de una sustancia deseada; y esta imagen es un accidente, no una sustancia. De ahí que Calvino traduzca «toda imaginación». Pues así como el alfarero fabrica sus ídolos, así la imaginación y la concupiscencia del hombre fabrica para sí sus propias imágenes, como ídolos (sobre lo cual véase San Cipriano en el prólogo del libro Sobre las obras cardinales), y se alimenta y se deleita con ellas no por coacción, sino libremente; y por eso con razón es castigada, como estos hombres fueron castigados con el diluvio.

«Estaba inclinado al mal.» -- Calvino infiere: por tanto, todas nuestras obras, aun las santas, están contaminadas por algún pecado oculto de concupiscencia; es más, son enteramente inmundas. Pues el hebreo añade raq, es decir, «solo» inclinado al mal.

Respondo: la palabra raq no la tradujeron ni los Setenta, ni el Caldeo, ni nuestra Vulgata, porque vieron que se añadía en hebreo como pleonasmo y amplificación, y quedaba suficientemente incluida en la expresión «todo pensamiento y en todo tiempo inclinado al mal». Respondo en segundo lugar: la Escritura aquí no habla de los justos, sino de los pecadores, a causa de los cuales se trajo el diluvio. Pues inmediatamente después exceptúa al justo Noé en el versículo 8, cuyo pensamiento todo estaba inclinado no al mal, sino al bien. Respondo en tercer lugar: hay aquí una hipérbole; pues los pecadores, aun los más grandes, hacen sin embargo algunas cosas buenas cuando obedecen a sus padres, ayudan al prójimo, guardan fidelidad a los demás, etc. Por tanto, «todo» significa la mayor parte y lo más frecuente del «pensamiento». Así decimos comúnmente: Este hombre no sueña con otra cosa (es decir, a menudo no piensa en otra cosa) que con su vientre. Una hipérbole semejante se encuentra en el Salmo 13, 3 y Romanos 3, 12.

Añádase en cuarto lugar que Moisés habla propiamente de los pecadores —no de todos, sino solo de los que vivían en tiempos de Noé, y que eran los peores y más perversos. Aun si concediéramos que no hicieron nada bueno sino solo el mal, y esto por su libre malicia, de ahí no se seguiría que no pudieran haber obrado de otro modo, ni tampoco que otros pecadores que viven en otros tiempos no hagan nada bueno, sino solo el mal.

De este pasaje, Pererio concluye probablemente que en aquel tiempo solo Noé con su descendencia era justo, y todos los demás eran impíos, y por tanto, así como fueron sumergidos en las aguas del diluvio, así también fueron arrojados al infierno, exceptuando sin embargo a los niños que, al ser sumergidos, renacían por el sacramento de aquel tiempo. Pero lo contrario es más probable: a saber, que también algunos adultos, al verse envueltos y paulatinamente cubiertos por las aguas, se arrepintieron, fueron justificados y salvados. San Jerónimo y Ruperto lo enseñan, y el propio San Pedro lo insinúa suficientemente (1 Pe. 3, 19); pues así en los peligros del naufragio, incluso los más perversos, con gran afecto de piedad, acuden a Dios, prometen enmienda, piden y obtienen perdón, de modo que, pereciendo el cuerpo, se salve el alma.


Versículo 6: Se arrepintió

6. «Se arrepintió.» -- Los Setenta traducen: «reconsideró». Pues quien se arrepiente de una acción, a menudo la revuelve y reconsidera: ¿por qué hice esto? ¡Ojalá no lo hubiera hecho! El hombre se arrepiente cuando recuerda con dolor y retracta sus dichos o hechos, a causa de un resultado funesto procedente de ellos que no había previsto. Dios todo lo prevé y no puede dolerse; por tanto, propiamente hablando, de nada se arrepiente. Sin embargo, se dice antropopáticamente que se arrepiente y se duele, cuando a causa de los pecados de los hombres resuelve y determina revocar sus dones y gracias; cuando mata y castiga a los pecadores que Él creó y colmó de beneficios, a causa de sus pecados. De ahí que Símaco traduzca «se apartó». Se arrepintió Dios, pues —es decir, Dios, airado e indignado por los pecados de los hombres, decretó retractar y destruir al hombre que había creado.


Versículo 7: Destruiré al hombre

7. «Destruiré al hombre, etc., hasta los animales.» -- Nótese: el pecado disuelve la armonía de todo el universo, porque no solo mancha y distorsiona al hombre, sino también los elementos y todas las criaturas. Lo demostraré a través de las obras individuales de la creación en cada día. El primer día fue creada la luz: el pecado la pone en fuga y la oscurece. De ahí dice Jeremías (cap. 4): «Miré los cielos, y no había luz.» El segundo día fueron creados el firmamento y las esferas celestes: ahora, a causa de los pecados, «los cielos se enrollarán como un libro», dice Isaías (cap. 34, v. 4), para que no cubran ni oculten los pecados y a los pecadores. El tercer día fueron producidas las plantas: sobre ellas, oíd a Jeremías (cap. 4): «Miré la tierra, y estaba vacía y nada.» El cuarto día fue hecho el sol: el pecado lo eclipsa, como enseña Isaías (cap. 13, v. 10). El quinto día fueron producidos los peces y las aves: sobre ellos dice Jeremías (cap. 4, v. 25) que a causa del pecado toda ave se retiró. El sexto día fueron creados los cuadrúpedos y el hombre: el pecado los aparta de los montes y las selvas, como se ve en Oseas (cap. 4, v. 3). Todas las cosas, pues, son castigadas juntamente con el hombre pecador, porque le sirvieron para pecar; o más bien, el hombre mismo es castigado en todas las cosas, cuando es privado de todo aquello de lo que abusó.


Versículo 9: Noé, varón justo

9. «Noé, varón justo.» -- «Noé,» dice San Ambrosio (libro Sobre el arca y Noé, cap. 4), «no es elogiado por su linaje, sino por su justicia: pues el linaje de un hombre probado es su ascendencia de virtud; porque así como el linaje de los hombres consiste en hombres, así el linaje de las almas consiste en virtudes.» De ahí que, al perecer el mundo, solo Noé fue preservado, como estirpe incorrupta, para ser origen de un mundo nuevo y semillero de una nueva humanidad, como dice San Ambrosio.

La verdadera nobleza, alabanza y gloria consisten, pues, en la justicia, la religión y la virtud. Así lo juzgaron los antiguos cristianos, los nobles y los mártires. Así el mártir Romano —cuando el emperador Galerio y Asclepíades, prefecto de Antioquía, atacaban a los cristianos—, azotado con látigos y bolas de plomo, rehusó que se le perdonara por razón de su noble nacimiento: «Lejos esté de mí,» dijo, «que la sangre de mis padres o la ley de la curia me hagan noble: el generoso seguimiento de Cristo ennoblece a los hombres.» Asclepíades ordenó entonces que le cortaran los costados con espadas; y él dijo: «Te agradezco, oh prefecto, que me hayas abierto más bocas por las cuales pueda predicar a Cristo: he aquí que tantas bocas lo alaban cuantas heridas hay.» Prudencio es testigo en los himnos del Peristéfanon. Asimismo Santa Águeda, cuando el prefecto Quintiano le reprochó: «¿No te avergüenzas, habiendo nacido de familia noble, de llevar la vida humilde y servil de los cristianos?», respondió: «La humildad y la servidumbre cristiana es mucho más excelente que la riqueza y la soberbia de los reyes.»

El beato Gregorio Nacianceno (Discurso 11): «La verdadera nobleza,» dice, «es la conservación de la imagen divina y la imitación del arquetipo, que la razón y la virtud producen.»

«Perfecto.» -- Con la perfección no de la patria, sino de la vida, que excluye todo pecado —no el venial, sino el mortal—, y que consiste en el estudio constante y el progreso en las virtudes. Véase San Agustín (libro Sobre la perfección de la justicia). De ahí que la Sibila cante sobre Noé (libro 1): «Solo entre todos era el más justo y veraz, / Noé fidelísimo y consagrado a las buenas obras»; y el Eclesiástico 44, 17: «Noé fue hallado perfecto y justo, y en tiempo de ira fue hecho reconciliación.» Y San Pablo (Heb. 11, 7): «Por la fe Noé preparó el arca, por la cual condenó al mundo, y fue instituido heredero de la justicia que es por la fe.»

«En sus generaciones.» -- Entre los hombres de su propia edad y tiempo, y por consiguiente por encima de los hombres de su edad. Se usa el abstracto por lo concreto, a saber, «sus generaciones» por los hombres engendrados en su siglo. Así dice el Sabio (Ecl. 1, 4): «Una generación pasa, y otra generación viene», es decir, una edad y descendencia de hombres pasa, y pronto otra de hijos y nietos le sucede. Pues así la Bienaventurada Virgen se llama bendita entre las mujeres, es decir, por encima de todas las mujeres. De ahí concluyen algunos que Noé fue también más perfecto que el propio Henoc y que todos sus antepasados que vivieron en aquella primera edad. Pero no es necesario decir esto; pues no es necesario extender la época de Noé hasta Henoc, que ya había sido arrebatado al paraíso seiscientos años antes. Y aun si extendiéramos tanto la época de Noé, basta para la verdad de estas palabras decir que Noé fue más perfecto no que el propio Henoc, ni que absolutamente todos los hombres, sino que la mayoría.

En segundo lugar, Delrío entiende por «generaciones» sus acciones; pues estas son como hijos que engendra el alma. El linaje y la nobleza es la virtud.

Un hombre durante todo el espacio de su vida, es decir, durante todo el curso de su vida, Noé fue perfecto en sus acciones. Este sentido es más estrecho y más sutil. El sentido anterior, pues, es más llano, simple y genuino.

«Caminó con Dios» -- como Henoc, de quien hablé en el capítulo 5, versículo 22. Bellamente escribe Hugo de San Víctor en el libro I de De Claustro animae [Sobre el claustro del alma]: «Así como,» dice, «no hay momento en que el hombre no use o goce de la bondad y misericordia de Dios, así no debe haber momento en que no lo tenga presente en la memoria. Pues todo el tiempo en que no piensas en Dios, considéralo perdido.» San Basilio, interrogado: ¿quién se encoleriza frecuentemente? ¿Quién es perezoso para las buenas obras? ¿Quién no promueve la gloria de Dios?, a cada una de estas preguntas daba esta única respuesta: «El que no piensa siempre que Dios es el inspector de sus acciones. Pues esta sola memoria, si fuera constante, proporcionaría remedio contra todos los vicios.»


Versículo 10: Sem, Cam y Jafet

10. «Sem, Cam y Jafet.» -- «Sem» en hebreo, dice San Cirilo aquí, Homilía 3, significa perfección o plantación; «Cam», astucia; «Jafet», amplificación. Más verdaderamente, «Sem» en hebreo significa nombre o fama; «Cam», calor y negrura; «Jafet», amplitud, como se verá en el capítulo 9, versículo 26. Aquí los términos abstractos se ponen por los concretos: nombre y fama, es decir, nombrado y famoso; calor y negrura, es decir, caliente y negro; amplitud, es decir, amplio.


Versículo 11: La tierra estaba corrompida

11. «La tierra se corrompió.» -- Los habitantes de la tierra estaban tan corrompidos que parecen haber contaminado y corrompido la tierra misma con sus crímenes: es metonimia con hipérbole.

12. «Toda carne» -- todo hombre: es sinécdoque, pues «carne» equivale a «hombre»; e hipérbole, pues «toda» significa la mayoría: pues se exceptúa al justo Noé con los suyos.

«Había corrompido su camino» -- su modo de vivir. Así los «caminos» del hombre se llaman sus obras, conducta y costumbres; los «caminos de Dios» se llaman las obras de Dios, Prov. 8, 22. San Ambrosio señala, en De Noe et arca [Sobre Noé y el arca], capítulo 5, que el diluvio de la carne engendró el diluvio de las aguas. «La carne,» dice, «fue causa de la corrupción incluso del alma, que es, por así decirlo, el origen y la sede del placer, de la cual, como de una fuente, brotan ríos de concupiscencia y de malas pasiones, y se desbordan extensamente; por los cuales queda anegado, por así decirlo, el timón del alma cuando el timonel es arrojado, mientras la mente misma, vencida como por ciertas tormentas y tempestades, cede su puesto.» Y en el capítulo 9: «La corrupción es la causa del diluvio: una vez que se ha insinuado, se abren las aguas, hierven todas las fuentes de las concupiscencias, de modo que todo el cuerpo queda sumergido en tan grande y tan profundo diluvio de vicios.» Así como Noé, pues, encerrándose con los animales en el arca, escapó del diluvio, así también tú: refrena tus sentidos y pasiones bajo el gobierno de la mente, y podrás librarte a ti mismo y a tus bienes de todo peligro de diluvio.


Versículo 13: El fin de toda carne

13. «El fin de toda carne ha llegado ante Mí» -- el día decretado por Mí para la destrucción de los hombres y los animales es inminente; he determinado acabar y destruir el mundo con un diluvio: esto se aclara en lo que sigue.

«De delante de ellos» -- por ellos, a causa de ellos. Así los Setenta. El Targum caldeo traduce: a causa de sus malas obras.


Versículo 14: Hazte un arca

14. «Hazte un arca.» -- La palabra hebrea תבה teba indica que la forma del arca no era a la manera de un navío, cuya quilla se curva y cuya parte superior queda abierta o abovedada, sino a la manera de un cofre, cerrado por todas partes y cuadrangular, plano por debajo e igual en todas direcciones, y por arriba plano, pero de tal modo que se eleva ligeramente hasta una pequeña cumbrera y pendiente. Así San Agustín, libro XV de La Ciudad de Dios, capítulo 27; y esto se deduce suficientemente de sus dimensiones, que Moisés da en el versículo siguiente.

«De maderas labradas.» -- En hebreo, «de madera gopher», que los Setenta traducen como «cuadradas»; nuestro traductor de la Vulgata, como «labradas», es decir, desbastadas y pulidas, tanto para un ensamblaje más apretado y estrecho, como para la elegancia, y para que pudieran embetunarse más cómodamente. Oleaster traduce como «madera de pino»; el Targum caldeo, así como Aben Ezra y los rabinos, traducen como «madera de cedro». Pues el cedro abunda en Siria, y es incorruptible, y proporciona tablas muy largas, ligeras y flotantes. Que el arca fue hecha de cedro también lo enseña San Ambrosio, De Arca, capítulo 7, y San Agustín, Tratado 6 sobre San Juan. San Jerónimo traduce como «de madera embetunada» (de modo que gopher sería lo mismo que copher), es decir, resinosa; pues «betún» se toma ampliamente por «resina». Ahora bien, el pino y el cedro son resiníferos, y así todas estas traducciones convergerían en una.

«Harás aposentos en el arca.» -- El hebreo y los Setenta tienen: «harás nidos en el arca», es decir, dividirás y distribuirás el arca en pequeños establos, no solo para que las aves, sino también para que los demás animales tengan sus moradas separadas. De ahí que nuestro traductor de la Vulgata expuso claramente estos nidos como «aposentos».

Simbólicamente, San Ambrosio, De Noe [Sobre Noé], capítulo 6, escribe: «Todo nuestro cuerpo,» dice, «está entretejido como un nido, de modo que el espíritu vital penetre todas las partes de las vísceras. Ciertos nidos son nuestros ojos, en los cuales se inserta la vista. Nidos son las cavidades de nuestras orejas, a través de las cuales se infunde el oído. Un nido es la nariz, que atrae hacia sí el olor. El cuarto nido, mayor que los demás, es la abertura de la boca, en la cual se nutre el gusto hasta que madura, y de la cual sale volando la voz, en la cual se esconde la lengua. El aliento que aspiramos y con el cual nos alimentamos: su nido es el pulmón; y el nido de la sangre y del espíritu es el corazón. Los huesos más sólidos también tienen nidos, pues están huecos por dentro, y en ciertas cavidades hay médula. En las vísceras más blandas hay nidos de deseo o de dolor.» Y poco después: «Hay ya en este cuerpo un nido de castidad, en el cual antes había un nido de concupiscencia irracional.»

«Con betún.» -- Pez —más adecuadamente, betún— se empleó para encolar y consolidar las tablas, y para disipar el hedor proveniente del estiércol de tantos animales.


Versículo 15: Dimensiones del arca

15. «La longitud del arca será de trescientos codos, su anchura de cincuenta codos, y su altura de treinta codos.» -- Un codo contiene un pie y medio, o seis palmos. En la antigüedad, así como los pies y los palmos de los hombres eran mayores, también los codos eran más grandes de lo que son ahora. Orígenes entiende aquí el codo no como el común (del cual ya he hablado), sino como uno que contiene seis codos comunes y ordinarios. Isidoro Clario y Delrío siguen a Orígenes. Pues de este modo todos los animales podrían habitar en el arca no apretados y hacinados, sino con holgura y salubridad. Pero en ese caso la vastedad del arca habría sido monstruosa: apenas habría podido ensamblarse en una sola estructura, y apenas habría podido ser sostenida y movida por las aguas. Añádase que en otros lugares la Escritura toma los codos como comunes, no geométricos, como cuando dice que Goliat tenía una estatura de seis codos y un palmo; pues ¿quién creería que Goliat medía 36 codos comunes? Por tanto, también aquí deben entenderse codos comunes. Así Tornielo.

Nótese: la longitud del arca era el décuplo de su altura y profundidad; pues tal es la proporción de 300 a 30, ya que diez veces treinta son trescientos. A su vez, la longitud del arca era el séxtuplo de su anchura; pues tal es la proporción de 300 a 50, ya que seis veces 50 son 300. La misma es la proporción de las dimensiones en un cuerpo humano bien formado: a saber, su longitud, tomada desde la coronilla hasta los pies, es el séxtuplo de su anchura, tomada del lado derecho al izquierdo a través del medio del pecho. A su vez, la longitud del cuerpo humano es el décuplo de su profundidad, tomada desde el pecho y penetrando a través del pecho hasta la espalda. Así San Agustín, libro XV de La Ciudad de Dios, capítulo 26, y San Ambrosio, De Arca, capítulo 6.

De aquí se sigue que la capacidad interior del arca era de 450.000 codos. Pues si se multiplican geométricamente los 300 codos de longitud del arca por los 50 de su anchura, se obtienen 15.000 codos cuadrados; y si estos se multiplican a su vez por los 30 codos de altura del arca, se obtienen los mencionados 450 mil codos cúbicos. Esta fue, pues, la dimensión y capacidad del interior del arca, que ciertamente era inmensa y suficiente para todos los animales y cosas contenidos en el arca, de modo que no es necesario tomar aquí los codos, con Orígenes, como geométricos en vez de comunes: pues en ese caso el arca habría sido seis veces mayor y más capaz.


Versículo 16: La ventana y los pisos

16. «Una ventana.» -- Una principal, grande y transparente, hecha de vidrio, cristal o piedra especular (pues esto es lo que significa el hebreo צהר tsohar, y el griego diaphanes [«transparente»], como traduce Símaco). Nada impide, pues, que se hubieran hecho otras ventanas más pequeñas alrededor del circuito del tercer piso, para recibir la luz por todas partes. Esta ventana podía abrirse: de ahí que por ella Noé enviara la paloma y el cuervo.

«Y a un codo terminarás su parte superior.» -- Es decir, harás la altura de ella —a saber, de la ventana— de un codo. Así Vatablo, Oleaster y Delrío. En segundo lugar, Tornielo lo explica así: «Ten siempre a mano la medida del codo y aplícala, para que según ella edifiques cada parte del arca conforme a la medida que Yo he prescrito». En tercer lugar, y genuinamente (como se ve en el hebreo), «su» —a saber, del arca— cima o altura la harás de un codo; es decir: harás el techo del arca no del todo, pero casi plano, de tal modo que se eleve solo gradual y lentamente hasta una altura de un codo, de suerte que este codo sea la altura media de la cumbrera del arca a lo largo de toda su longitud. Así Juan Buteo y Pererio, siguiendo la opinión común de los Doctores; pues Moisés describe aquí el techo del arca y su forma arqueada en la cumbrera.

Los cuatro pisos del arca

«Harás en ella pisos bajos y altos.» -- Léanse y únanse estas palabras así, y no se refiera el «abajo» a la puerta que precedía. Ahora bien, el sentido es: «que un piso, o nivel, se coloque debajo de otro», dice Delrío. En segundo lugar, más propiamente según el hebreo: «abajo», es decir, los pisos más bajos; «habitaciones», es decir, los pisos medios (pues en estos suelen construirse los comedores); y «pisos superiores» (tristega), es decir, los pisos terceros o más altos: harás en el arca. Pues el hebreo tiene: «inferiores, segundos y terceros harás»; y el Targum caldeo: «habitaciones inferiores, segundas y terceras harás en ella». De aquí resulta claro que el arca tenía tres niveles o pisos —pues estos son lo que los griegos llaman tristega— en los cuales estaban almacenados y distribuidos en parte animales, en parte alimento y otros enseres. A estos añádase un cuarto, el más bajo, para la sentina.

Ahora bien, Juan Buteo, en su libro De Arca, describe y distribuye cada uno de estos con gran precisión. En esta parte más baja estaba el lugar para el lastre, o arena, que es necesaria para una embarcación a fin de que no sea zarandeada por las aguas, ni se incline a un lado u otro, sino que se mantenga erguida en las aguas por su peso y justo equilibrio. En esta parte más baja había también una sentina que recibía las inmundicias de los pisos superiores por canales y las expulsaba al exterior por cloacas u orificios hacia el agua. Estos orificios, sin embargo, no estaban en esta parte más baja (pues esta estaba toda bajo la línea de flotación), sino en la siguiente, es decir, en el segundo nivel, al cual el agua y las inmundicias eran elevadas desde la parte más baja mediante una bomba. A no ser que se prefiera decir con Tornielo que las inmundicias eran izadas por cuerdas hasta el primer y más alto piso, hasta la ventana del arca, para que por ella (siendo grande) fueran arrojadas al exterior.

En el segundo nivel, o piso, estaba el lugar de todos los animales, tanto reptiles como los que caminan, dividido en muchísimas celdas o aposentos (Delrío cuenta 300), mayores o menores según el tamaño de los animales, dispuestos a ambos lados. En las celdas había pesebres y otros recipientes con comida y bebida. En el suelo de las celdas había pequeñas aberturas por las cuales las inmundicias de los animales se enviaban abajo a la sentina. En medio de las celdas, a ambos lados, había un pasillo o corredor, por el cual los hombres podían recorrer con linternas cada celda, para inspeccionarlas y proveer a cada animal de lo necesario. En este piso estaba la puerta del arca, mencionada en el versículo 16, que era grande y espaciosa, pues por ella se introdujeron en el arca los elefantes, los camellos y todos los animales.

En el tercer piso había almacenes separados que contenían las provisiones tanto para los animales como para los humanos: a saber, heno, paja, frutas, trigo, semillas y legumbres, así como toneles de agua dulce para beber y lavar. Desde este tercer piso, a través de orificios y tubos, se enviaba comida y bebida a cada pesebre del segundo piso. Aquí estaba también guardado todo el equipo, tanto urbano como rural, que sería necesario después del diluvio.

En el cuarto y más alto piso estaba el lugar de los humanos y las aves. Primero, pues, estaban los aposentos de Noé y sus hijos, separados del gineceo o habitación de las mujeres (pues durante el diluvio los hombres se abstuvieron de sus esposas, como enseñan San Ambrosio, Rábano, Anselmo de Laón, San Jerónimo en Zacarías 12, Delrío y otros). La ventana del arca iluminaba esta área. En segundo lugar, había una cocina con chimenea y hogar; en tercer lugar, un horno, una panadería y molinos de mano; en cuarto lugar, una leñera con leños y carbón; en quinto lugar, una despensa de provisiones de comida y bebida. En el otro lado estaban las jaulas y nidos para cada especie de ave, con su alimento. En estos aposentos superiores había escaleras por las cuales ascendían y descendían de un nivel a otro.

Además, como enseña Buteo, en este cuarto nivel había respiraderos para recibir y renovar el aire fresco. Estos respiraderos eran como chimeneas que se extendían hasta la cima del arca, de modo que a través de ciertas pequeñas aberturas, hábilmente construidas a ambos lados bajo el alero saliente del techo (para que estuvieran protegidas de la lluvia y más alejadas de las olas), el hedor pudiera exhalarse y el aire encerrado pudiera circular, a fin de que el aire, infectado por la fetidez de las inmundicias, no infectara y matara también a los propios animales.

Sobre todo esto estaba colocado un techo, plano pero algo inclinado y que se elevaba hasta una altura de un codo (como se mostró antes), para que derramara la lluvia caída sobre él a ambos lados del arca, hacia las aguas.

Ahora bien, Buteo reparte los treinta codos de altura del arca entre los cuatro pisos ya mencionados de la siguiente manera: la sentina tenía cuatro codos de altura; el segundo nivel, en el que estaban los animales, tenía nueve codos de altura; el tercero, de las provisiones, tenía ocho; el cuarto, de los humanos y las aves, tenía nueve codos de altura.

Además, Noé, con la dirección de Dios, en el arca distinguió sapientísimamente los aposentos y lugares de los animales, para que los animales no pudieran dañarse mutuamente de ningún modo; y también con admirable juicio colocó y dispuso todas las cargas dentro del arca de tal manera que el arca misma, como equilibrada con justos pesos, pudiera mantenerse y ser llevada sobre las aguas en posición erguida.

De esta arca y del diluvio hicieron mención todos los escritores paganos, como atestigua Josefo, libro I de las Antigüedades, capítulo 4, donde añade que incluso en su propio tiempo se solían mostrar entre los armenios los restos del arca.

Interpretación alegórica

Alegóricamente, el arca es la Iglesia; Noé es Cristo, Salvador y Consolador del mundo; los animales puros e impuros que están en ella son los justos y los malvados. El que está fuera de esta arca de Cristo —a saber, el hereje y el infiel— perecerá cuando reine el diluvio, dice San Jerónimo. Así también San Agustín, libro XV de La Ciudad de Dios, capítulo 26, y San Gregorio, Homilía 16 sobre Ezequiel, donde entre otras cosas dice: «El arca se termina en un codo, porque hay un solo Autor y Redentor de la Santa Iglesia sin pecado, hacia el cual progresan todos los que se reconocen pecadores.» Véase Fero aquí, al final del capítulo.

Interpretación tropológica

Tropológicamente, el arca es el alma santa, labrada mediante la eliminación de los vicios a través de las cruces y los trabajos, cuadrada y equilibrada por todas partes. Asimismo, el arca es el secreto de la conciencia; Noé es la mente; la longitud del arca es la fe; su anchura, la caridad; su altura, la esperanza, así como la oración y la contemplación. La inundación de las aguas es el embate de las tentaciones. Los montes de Armenia en los que el arca reposa son el descanso del alma en la contemplación de las cosas divinas. Las aves del arca son los pensamientos celestiales; los animales son las obras y cuidados relativos a las cosas terrenas. El cuervo enviado y que no regresó significa a los falsos cristianos, que se regocijan fuera en la agitación de las cosas temporales y no regresan a la quietud de la mente. La paloma que regresó significa a los buenos cristianos, quienes, enviados a obras de caridad, pronto regresan a la quietud de la mente, pero con un ramo de olivo, porque han realizado obras de misericordia. Todo esto se encuentra en Hugo de San Víctor, Alegorías sobre el Génesis, capítulo 18, y en Orígenes aquí.


Versículo 18: Entrarás en el arca

18. «Entrarás en el arca tú y tus hijos, tu mujer y las mujeres de tus hijos.» -- Aquí los varones son separados de las mujeres, para indicar que en el arca debía haber abstinencia del uso del matrimonio, por ser tiempo de diluvio, es decir, de duelo y penitencia, para propiciar a Dios. De ahí que nadie conste haber nacido en el arca, y Moisés lo insinúa cuando dice en el capítulo 10, versículo 1: «Y les nacieron hijos después del diluvio.» Y en el capítulo 11, versículo 10: «Sem engendró a Arfaxad dos años después del diluvio.» La razón la da el Damasceno, libro IV de De Fide, capítulo 25: «Los separó de sus esposas, para que con castidad escaparan del mar y de aquel naufragio universal.» Por ello los hebreos y San Jerónimo en el capítulo 12 de Zacarías, sobre las palabras «La familia de la casa de David aparte, y sus mujeres aparte»; y Abulense aquí sobre el capítulo 7; y Remigio, sobre Joel capítulo 2, en las palabras «Salga el esposo de su aposento»: todos sostienen que durante todo el tiempo que duró el diluvio y la destrucción universal del mundo, ni Noé ni sus hijos se dedicaron a la procreación, porque era tiempo de llorar, orar y aplacar a Dios.


Versículo 19: Parejas de animales

19. «Y de todos los seres vivientes introducirás parejas.» -- Entiéndase de los animales terrestres; por tanto, también las fieras, como leones, lobos y tigres, fueron introducidas en parejas en el arca. En aquel tiempo eran mansos, como corderos dóciles, obedeciendo a Noé, aquel hombre inocentísimo, del mismo modo que habían obedecido a Adán en el paraíso. Véase San Juan Crisóstomo, Homilía 25. Ningún pez, sin embargo, entró en el arca, ni los anfibios, porque estos viven continuamente tanto en el agua como en la tierra. Por tanto, vanamente y sin fundamento, algunos autores mencionados por Hugo de San Víctor en el libro I de De Arca morali, capítulo 3, asignan a estos anfibios cavidades o nidos que supuestamente Noé habría hecho para ellos en el exterior del muro más extremo del arca que daba al agua. Pues si hay anfibios que no pueden estar sin tierra durante tanto tiempo —ya sea por su alimento, ya porque se refugian en tierra de noche— estos fueron recibidos y preservados dentro del arca con los demás.

Asimismo, no fueron introducidos en el arca los animales que nacen de la putrefacción, como los ratones, gusanos, abejas y escorpiones; ni los que nacen del cruce de diferentes especies, como la mula del cruce de yegua y asno. De los animales terrestres que entraron en el arca, pues, Arias Montano, en su libro De Arca, cuenta 450 especies, excluyendo las serpientes. Pererio cuenta 23 especies de serpientes y reptiles. De modo que en total habría habido unas 175 especies de animales terrestres en el arca, de las cuales solo seis son mayores que un caballo, pocas iguales, y muchas menores incluso que las ovejas. Pererio estima todos estos animales terrestres como equivalentes a 250 bueyes, y sostiene que no ocupaban más espacio en el arca del que ocuparían 250 bueyes.

Apenas se encontrarán 150 especies de aves en Gesnero y Aldrovandiun, de las cuales pocas son mayores que los cisnes y la mayoría menores. El arca podía, pues, contener fácilmente todo esto, ya que su capacidad era de 450.000 codos, como dije en el versículo 15.


Versículo 20: Vendrán a ti

20. «Vendrán a ti.» -- En hebreo, «vendrán a ti», es decir, por su propia voluntad, aun si son salvajes, y esto, o por instinto de Dios, o por impulso de los ángeles, del mismo modo que anteriormente habían sido llevados ante Adán (capítulo 2, versículo 19). Así San Agustín, libro XV de La Ciudad de Dios, capítulo 27. Noé, pues, no buscó estos animales ni los llevó al arca, como supone Filón; ni los animales mismos, al arreciar el diluvio, huyeron nadando hacia el arca, como dice Hugo de San Víctor, citado por Buteo.


Versículo 21: De todos los alimentos

21. «De todos los alimentos que se pueden comer.» -- En hebreo, «de todo alimento que suele comerse», a saber, tanto por el hombre como por las bestias. De ahí que es más verdadero lo que afirma Juan Buteo (aunque Pererio sostiene lo contrario), a saber, que los animales carnívoros en el arca no comieron plantas sino carne, depositada en el arca por Noé con este fin (pues el león, por ejemplo, se alimenta solo de carne).