Cornelius a Lapide
Índice
Sinopsis del Capítulo VII
Noé entra en el arca con los animales. En segundo lugar, en el versículo 17, el diluvio cubre la tierra durante 150 días.
Texto de la Vulgata: Génesis 7:1-24
1. Y dijo el Señor a Noé: Entra tú y toda tu casa en el arca, porque a ti te he visto justo delante de Mí en esta generación. 2. De todos los animales puros toma siete y siete, macho y hembra; mas de los animales impuros dos y dos, macho y hembra. 3. Y también de las aves del cielo siete y siete, macho y hembra, para que se conserve la semilla sobre la faz de toda la tierra. 4. Porque dentro de siete días haré llover sobre la tierra durante cuarenta días y cuarenta noches, y destruiré toda sustancia que he hecho de la superficie de la tierra. 5. Hizo, pues, Noé todas las cosas que el Señor le había mandado. 6. Y tenía seiscientos años cuando las aguas del diluvio inundaron la tierra. 7. Y entró Noé, y sus hijos, su mujer y las mujeres de sus hijos con él, en el arca, a causa de las aguas del diluvio. 8. Y de los animales puros e impuros, y de las aves, y de todo lo que se mueve sobre la tierra, 9. de dos en dos entraron a Noé en el arca, macho y hembra, como el Señor había mandado a Noé. 10. Y pasados los siete días, las aguas del diluvio inundaron la tierra. 11. El año seiscientos de la vida de Noé, en el mes segundo, el día diecisiete del mes, se rompieron todas las fuentes del gran abismo y se abrieron las cataratas del cielo; 12. y cayó lluvia sobre la tierra durante cuarenta días y cuarenta noches. 13. En aquel mismo día entró Noé, y Sem, y Cam y Jafet, sus hijos, su mujer y las tres mujeres de sus hijos con ellos, en el arca: 14. Ellos y toda bestia según su especie, y todos los ganados según su especie, y todo lo que se mueve sobre la tierra según su especie, y toda criatura alada según su especie, todas las aves y todas las criaturas voladoras, 15. entraron a Noé en el arca, de dos en dos de toda carne en la que había espíritu de vida. 16. Y los que entraron, macho y hembra de toda carne, entraron como Dios le había mandado; y el Señor lo encerró por fuera. 17. Y el diluvio estuvo sobre la tierra cuarenta días; y las aguas crecieron y levantaron el arca en alto desde la tierra. 18. Porque inundaron con vehemencia y llenaron todo en la superficie de la tierra; y el arca era llevada sobre las aguas. 19. Y las aguas prevalecieron sobremanera sobre la tierra, y fueron cubiertos todos los montes altos bajo todo el cielo. 20. El agua fue quince codos más alta que los montes que había cubierto. 21. Y fue consumida toda carne que se movía sobre la tierra, de aves, de animales, de bestias y de todos los reptiles que reptan sobre la tierra: todos los hombres, 22. y todas las cosas en las que hay aliento de vida sobre la tierra, murieron. 23. Y destruyó toda sustancia que había sobre la tierra, desde el hombre hasta la bestia, tanto el reptil como las aves del cielo; y fueron destruidos de la tierra; y solamente quedó Noé y los que estaban con él en el arca. 24. Y las aguas prevalecieron sobre la tierra ciento cincuenta días.
Versículo 1: Toda tu casa
TODA TU CASA — toda tu descendencia y familia.
EN ESTA GENERACIÓN — Entre los hombres de este tiempo.
Versículo 2: De todos los animales puros
Teodoreto, Abulense y Beda piensan que estos animales son llamados puros por anticipación, porque habían de ser declarados puros por la ley de Moisés en Levítico 11. Pero otros sostienen con mayor acierto que la distinción de animales (y también de aves, como tienen los Setenta) en puros e impuros, de la que habla Levítico 11, existió también bajo la ley natural, y esto por instinto de Dios y por tradición de los mayores; a saber, que Dios en el tiempo de la ley natural apartó aquellos animales como puros para sus sacrificios, que después en el tiempo de la ley de Moisés apartó como puros para que los judíos los comieran. Así San Juan Crisóstomo, Dídimo y Pererio.
SIETE Y SIETE — es decir, catorce, a saber, siete machos y siete hembras: pues Orígenes, Justino, Oleaster y Dionisio sostienen que catorce de los animales puros, pero cuatro de los impuros, se conservaron en el arca. Pero entonces la multitud de animales habría sido tan inmensa que el arca no habría podido contenerlos.
Mejor, pues, Josefo, San Ambrosio, San Juan Crisóstomo, Teodoreto, Euquerio, Lyrano, Abulense, Cayetano y Pererio lo explican así: De los puros tomarás siete y siete, es decir, tomarás siete para el arca de cada especie pura, a saber: un par para la propagación de la especie; un segundo par para el sacrificio; un tercer par para alimento después del diluvio; y finalmente un séptimo macho para el sacrificio que habría de ofrecerse tan pronto cesara el diluvio, tal como de hecho, tan pronto como cesó, Noé ofreció uno de cada animal puro a Dios en acción de gracias, capítulo 8, versículo 20: así Pererio; pero de los impuros solo un par fue conservado en el arca, para la propagación de la especie.
Simbólicamente, San Ambrosio, en su libro Sobre Noé y el arca, capítulo 12, dice que siete fueron tomados «porque el número siete es puro y sagrado. Pues no se mezcla con ningún otro, ni es engendrado por otro, y por eso se le llama virgen, porque nada engendra de sí mismo: y así posee una gracia viril de santificación.»
El debate sobre el fénix
De este pasaje y de otros argumentos, Pererio y Aldrovando prueban que el fénix no estuvo en el arca, y por tanto que ningún fénix existe ni existió jamás en el mundo: porque la Escritura aquí enseña que de cada especie de animal se introdujeron pares, a saber, macho y hembra, en el arca; pero del fénix se dice que es uno y solo en el mundo. Y ciertamente no hay nadie que afirme haber visto un fénix.
Además, quienes afirman la existencia del fénix discrepan grandemente entre sí sobre él. El fénix, por tanto, parece ser una fábula; quizá nacida del hecho de que los egipcios en Heliópolis representaban al sol como un ave, naciente y poniente, y a esto hicieron y configuraron como el fénix, puesto que era solo un símbolo y jeroglífico del sol, que, como un fénix, está solo en el mundo.
Apoya esta conjetura el hecho de que los antiguos, como atestiguan Lactancio y Claudiano, decían que el fénix era el ave del sol, que a su salida cantaba dulcísimamente y lo adoraba con la cabeza inclinada. Por lo cual Plinio, libro 10, capítulo 2, al describir el fénix, dice que es una fábula, y añade: «Un fénix fue llevado», dice, «a la Ciudad durante la censura del emperador Claudio, en el año 800 de la Ciudad, y exhibido en la asamblea, pero nadie dudó de que era falso.» De ahí resulta sorprendente que los Conimbricenses, libro 2 de Los Cielos, capítulo 3, cuestión 6, artículo 4, afirmen que el fénix existe, y confirmen esto tanto por otras fuentes como por estas mismas palabras de Plinio: pues Plinio considera al fénix una fábula; los otros antiguos que afirman la existencia del fénix lo hacen no por juicio propio sino por los escritos de autores anteriores, ya sean verdaderos, fabulosos o simbólicos. Pero los Conimbricenses añaden que el fénix no es uno sino muchos; ni se resucita a sí mismo, sino que es generado de manera ordinaria; y así postulan un fénix diferente del que los antiguos describieron, como símbolo y tipo de la resurrección: y los abisinios y otros se jactan de poseer tales fénix. Pues los Conimbricenses y otros convienen ahora en que no existe tal fénix como los antiguos describieron, uno que sea único y que renazca al morir. A menos, pues, que la cuestión sea sobre el nombre, debemos decir que el fénix no existe ni existió jamás en el mundo.
Versículo 7: Ocho personas en el arca
Y ENTRÓ NOÉ, Y SUS HIJOS, SU MUJER Y LAS MUJERES DE SUS HIJOS. — Nótese: Solo ocho personas entraron en el arca y fueron salvadas durante el reinado del diluvio: de estas ocho, siete fueron salvadas por causa de Noé. Henoc, entretanto, cuando el paraíso fue anegado por las aguas, fue trasladado a otro lugar.
El Beroso de Annio llama a la mujer de Noé Tirea; y a las mujeres de los hijos de Noé las llama Pandora, Noela y Noegla. Pero los hombres doctos dudan mucho de si el Beroso que Annio publicó es el verdadero y antiguo Beroso de los caldeos; los gnósticos, según Epifanio, herejía 26, llamaron a la mujer de Noé Noria: Epifanio los refuta y afirma que se llamaba Bartenón. Asimismo, una de estas mujeres se declara haber sido la Sibila Babilónica, en el libro 1 de los Oráculos Sibilinos, después del comienzo, donde ella declara que estuvo en el arca con su marido. Pero los hombres doctos consideran esto sospechoso, como si aquellos versos hubieran sido añadidos por algún semidocto, para prestar antigüedad y autoridad a aquel libro de oráculos: pues lo que ella añade en el mismo lugar, que el arca vino a reposar no en los montes de Armenia sino de Frigia, contradice manifiestamente a Moisés en el capítulo siguiente, versículo 4. Sé que algunos eruditos toman estas cosas simbólicamente, y creen que las verdaderas y originales Sibilas no fueron mujeres profetisas, sino que fueron solo la antigua Cábala, o Kibula, de los hebreos (de donde el nombre Sibila), es decir, la doctrina recibida de los padres por tradición: pues kabal en hebreo significa recibir, aceptar, tomar de otro; de ahí Kabula o Sibila es paradosis, es decir, la tradición de los padres, que Noé recibió de la era anterior y transmitió a sus descendientes después del diluvio: así como Lactancio, libro 1 de las Instituciones, capítulo 6, siguiendo a Varrón, considera que Sibila fue llamada como si fuera theobulen, porque proclamaba los designios de Dios. Pues los antiguos llamaban a los dioses aious, no bious, y al consejo no boulen sino bulen. Si, por tanto, Sibila es Cábala, o theobulen, entonces ciertamente ella estuvo con Noé, y en Noé estuvo en el arca. Pero de las Sibilas hay que tratar en otra parte.
Versículo 11: El año seiscientos de Noé
EN EL AÑO SEISCIENTOS DE LA VIDA DE NOÉ — plenamente cumplido, y habiendo comenzado el año 601 desde hacía 40 días, dice Pererio; pero lo contrario es más cierto, a saber, que el diluvio comenzó en el año 600 de la vida de Noé apenas comenzado: pues el diluvio duró un año entero, y en el año 601 de Noé, en el segundo mes, cesó, como es evidente por el capítulo 8, versículo 13. Además, Noé vivió 350 años después del diluvio; y vivió en total 950 años. Pero si el diluvio hubiera ocurrido en el año 601 de Noé, puesto que duró un año completo, se seguiría que Noé vivió 951 años, lo cual es falso. Por otra parte, el diluvio ocurrió en el año seiscientos, dice San Ambrosio, en su libro Sobre Noé, capítulo 14: «Porque en el día sexto fue creado Adán. El mismo número es proporcionado, y se conserva tanto en el autor Adán como en el restaurador (Noé); porque la fuente del sexagésimo y del sexcentésimo es el número seis.»
Nótese aquí la constancia de la fe en Noé; pues perseveró en la fe del diluvio durante cien años, a saber, desde el año 500 hasta el 600, y lo predicó constantemente, aunque era objeto de burla de todos, incluso de sus parientes, como alguien poseído por un temor vano que se afanaba con estúpido trabajo durante tantos años en la construcción del arca; pero estas personas en aquel año trocaron su risa en llanto y su tardío arrepentimiento. Noé fue semejante a Matatías, 1 Macabeos 2, versículo 19.
El segundo mes
En el segundo mes — que en hebreo se llama Iyar, y corresponde aproximadamente a nuestro mayo, al menos en cuanto a su última parte: pues el primer mes de los hebreos y de la Sagrada Escritura es Nisán, que corresponde en parte a marzo y en parte a abril. En mayo, pues, comenzó el diluvio, y esto para que Dios mostrase que la causa del diluvio no era natural, por lluvia y tormentas invernales, sino que fue producido por la especial providencia de Dios, al comienzo del verano, cuando se iniciaban los calores y la sequía. Para que el dolor de los impíos fuera mayor, Dios los destruyó en el tiempo más placentero, cuando no se prometían sino gozo. «Comían y bebían», como dice Cristo en Lucas 17, 27; y San Ambrosio, en su libro Sobre Noé, capítulo 14: «Entonces,» dice, «hizo el diluvio, cuando el dolor de quienes eran castigados en su abundancia sería mayor, entonces la venganza más terrible, como si Dios dijese, etc. Perezcan todas las cosas con el hombre, por cuya causa fueron hechas todas las cosas. Sea consumido el hombre en sus riquezas, muera con su dote.» El mismo juicio recayó sobre el rico del Evangelio, quien, habiendo reunido muchos bienes, se prometía en adelante una vida espléndida; pero aquella misma noche pereció. Lo mismo sucedió al rey Nabucodonosor; lo mismo a Amán; lo mismo a Herodes, Hechos capítulo 12. Esto es lo que dice Cristo: «A la hora que no esperáis, vendrá el Hijo del Hombre»; y Pablo: «Cuando digan: Paz y seguridad, entonces vendrá sobre ellos una destrucción repentina.» Que nadie, pues, confíe en la prosperidad mundana. «Pues la esperanza del impío es como pelusa que el viento arrebata», Sabiduría 5, 15. Josefo, sin embargo, comenzando el año desde septiembre, llama a este segundo mes Marjesván (pues así debe leerse, no Marsesona), que corresponde a nuestro octubre, cuando abundan las lluvias; pero lo que dije antes es más cierto.
Finalmente, Antonio Fonseca en sus Anotaciones a Cayetano, sobre Génesis capítulo 8, y Tornielo piensan que el mes de la entrada y salida de Noé del arca fue enero, el cual dicen que fue posteriormente consagrado por los primeros gentiles al propio Noé, y denominado en su honor: puesto que Noé era llamado Jano por ellos; y por eso lo representaban bifronte, porque Noé había visto tanto la edad y el siglo antiguo como el nuevo. Pero no veo un fundamento sólido para esta opinión; pues enero no era el segundo mes entre los hebreos, ya se tome el año sacro o el común y civil: aunque Tornielo intenta demostrarlo sutilmente, página 107.
El día diecisiete
Cedreno afirma que este día fue un domingo: pues él y algunos otros enseñan que el diluvio tanto comenzó como terminó y llegó a su conclusión en un domingo, por lo que esto valga.
SE ROMPIERON — En hebreo nibkeu, es decir, fueron hendidas, cortadas, destrozadas y reventadas por la fuerza y violencia de las aguas.
Todas las fuentes del gran abismo
TODAS LAS FUENTES — todos los manantiales, todos los arroyos, todas las aberturas, todas las venas, todos los acueductos que brotan del abismo: de modo que el agua del abismo ya no podía ser contenida dentro de sus arroyos, venas, cauces y acueductos, sino que, irrumpiéndolos, lo inundó todo e hizo como un solo mar sobre toda la tierra: de donde, cuando cesó el diluvio, las aguas fueron reconducidas a este abismo suyo y encerradas allí, cuando, como dice la Escritura, «las fuentes del abismo fueron cerradas.»
DEL GRAN ABISMO — es decir, de los muchos abismos. Pues bajo la tierra hay muchos abismos, es decir, simas de agua. De ahí que por «gran» el hebreo tiene rabba, es decir, «muchos». Así Pererio y Delrío.
Pero puesto que en hebreo no es theomot, es decir «abismos» (plural), sino theom, es decir «abismo» (singular), y rabba, es decir «mucho», por una enálage familiar a los hebreos, significa lo mismo que «grande», como traduce nuestra versión: otros sostienen con mayor acierto que el gran abismo aquí se refiere a una sima, o aquella inmensa y profundísima vorágine subterránea, que está colmada de aguas tanto por las aguas almacenadas en ella por Dios al comienzo del mundo como por el mar; la cual muchos creen que es la madre de todos los ríos, fuentes y aguas dulces, sobre la cual hablé en el capítulo 1, versículo 9. Pues esta en hebreo se llama theom, tanto aquí como en Deuteronomio 33, 13, donde en hebreo se llama theom robetset tachat, es decir, «el abismo que yace debajo»: lo cual nuestra versión traduce «el abismo subyacente»; pues que tal abismo o sima subterránea de aguas existe, lo enseñan los Conimbricenses con múltiple experiencia, con varios argumentos y con la autoridad de Platón, San Jerónimo, San Basilio, el Damasceno, Filón, Plinio, Isidoro, Santo Tomás, Bernardo y otros, así como por los pasajes de la Sagrada Escritura ya citados, en el tratado 9 sobre la Meteorología, capítulo 9, y Valesio en Filosofía Sagrada, capítulo 63. Pues aunque hay muchas simas de agua bajo la tierra, sin embargo, todas ellas se consideran como una sola sima subterránea, o abismo, especialmente porque es probable que todas estén unidas entre sí por venas y conductos, y confluyan en alguna sima primaria y mayor como en una matriz. De este abismo, pues, brotando aguas abundantísimas, como ríos, más aún como mares, cubrieron la tierra: pues todo mar está unido y conectado por venas con el mencionado abismo; de ahí que por abismo aquí también se entienden los mares: pues el abismo es una sima de aguas, tanto de las que están contenidas en la tierra como de las que están contenidas en el mar.
Se dirá: Por tanto, entonces hubo un vacío en el mar y el abismo. Respondo que no lo hubo, en parte porque el aire entró en el abismo en lugar del agua; en parte porque Dios entonces rarefizo las aguas del mar y del abismo, por lo cual sucedió que estas demandaron un espacio mayor, y se extendieron no solo por sus propios cauces sino también sobre la tierra.
Nótese: todas las fuentes se rompieron, como diciendo: Tan grande fue la fuerza y abundancia de agua que brotó del abismo y del mar, que desbordó todos sus manantiales, límites y diques, y se derramó en todas direcciones por los costados, y anegó toda la tierra; así como hacen los torrentes confinados en la tierra, cuando por la fuerza de sus aguas ensanchan, rompen y revientan sus salidas, cauces y diques, por los que estaban confinados como por prisiones, y irrumpen en todas direcciones por los costados e inundan todo.
Las cataratas del cielo
Y SE ABRIERON LAS CATARATAS DEL CIELO. — «Las cataratas,» dicen Eugubino y Oleaster, son aberturas que Dios hizo en el cielo, o firmamento, para que por ellas fluyesen las aguas que están sobre el firmamento: pues sostienen que estas aguas fueron almacenadas allí por Dios para el diluvio, al comienzo del mundo; pero en tal caso, no solo el firmamento sino también todos los cielos planetarios habrían tenido que ser hendidos, lo cual es improbable.
En segundo lugar, Pedro de Ailly, y otros que Pererio cita, página 252, entienden las cataratas como constelaciones, por cuya fuerza natural fue causado el diluvio; pero esto contradice este versículo y el versículo 4.
Digo, pues, que las cataratas del cielo se llaman aquí por catacresis nubes, y la segunda región del aire mismo, dividida en muchas partes y zonas, que contiene y retiene los vapores y las aguas dentro de sí como por ciertos cerrojos y cataratas, es decir: Las nubes, y la segunda región del aire mismo, arrojaron la mayor fuerza de aguas sobre la tierra con tal ímpetu durante el diluvio, que todo el aire parecía desgarrarse en vastas aberturas, por las cuales no vertía tanto gotas y lluvias cuanto los más densos aguaceros, como ríos y torrentes, de modo que el aire ya parecía no ser aire, sino un continuo diluvio, más aún un mar. Así dicen San Juan Crisóstomo, Ruperto y Pererio; pues las cataratas se nombran de kataregnumi, es decir, «me precipito de cabeza hacia abajo». De donde, tras abrirse estas cataratas, Moisés añade: «Y cayó lluvia sobre la tierra durante cuarenta días.»
La causa del diluvio fue doble: una de arriba, a saber, la lluvia que irrumpía de las cataratas del cielo; la otra de abajo, a saber, la erupción e inundación del abismo, de modo que la tierra en el medio fue invadida y anegada por ambos lados por las aguas.
La causa y el volumen del diluvio
Ciertamente es difícil percibir de dónde provino tal abundancia de aguas que cubriera toda la tierra, e incluso superara los montes más altos en quince codos. Pues es sabido que algunos montes se elevan a cuatro millas itálicas, o cuatro mil pasos, y se yerguen sobre la tierra — tal es la altura de los Alpes ascendiendo gradualmente. Y si las aguas fueron igualmente altas en todas partes de la tierra, como parece (y la Escritura lo indica en el capítulo 8, versículo 3, donde dice que el arca de Noé, flotando sobre las aguas del diluvio, al disminuir estas gradualmente, finalmente en el séptimo mes vino a reposar sobre los montes de Armenia, y en el décimo mes aparecieron las cimas de otros montes — luego hasta ese punto habían estado cubiertas por las aguas), ciertamente la circunferencia de las aguas fue inmensa, la cual fácilmente abarcaría dentro de sí cuatro mares y más, como es geométricamente evidente para cualquiera que calcule y mida este espacio: pues cuanto más alto se asciende, más se amplía la capacidad de la circunferencia, y crece paso a paso en progresión geométrica hasta una cantidad inmensa. Pues el mar es mucho menor que la tierra, y no parece mucho mayor que los montes y colinas; pues sucedió en su lugar. Pues Dios elevó montes de la tierra previamente redonda, para que de este modo hiciera hoyos y fosos en ella, a los que condujera las aguas que anteriormente cubrían la tierra, para que la tierra, libre de aguas, pudiera ser habitada.
Por tanto, el mar contribuyó poco a tan gran diluvio. Además, los vapores elevados de la tierra y el aire no parecen haber podido suplir el resto: pues para que del vapor y del aire se haga agua, debe tener lugar una gran condensación del aire. Pues diez onzas de aire, e incluso muchas más, no producirán una onza de agua. Por tanto, aunque la mayor parte del aire hubiera sido convertida en agua, apenas parece haber bastado para proveer una masa tan grande de aguas, aun cuando se afirme que fueron extendidas y expandidas por Dios mediante rarefacción — especialmente porque si las aguas hubieran sido muy rarefechas, ciertamente habrían sido muy sutiles, ligeras y aéreas: de donde una arca tan pesada y cargada no habría podido flotar y mantenerse sobre ellas. Añádase que entonces, en lugar del aire convertido y condensado en agua, otros cuerpos habrían tenido que suceder, o un inmenso vacío habría quedado, el cual la naturaleza aborrece; o ciertamente nueva agua o nuevo aire habría tenido que ser creado por Dios, y aniquilado después del diluvio, lo cual también parece absurdo. Por tanto, algunos hombres doctos dicen que se ven forzados por los argumentos ya aducidos a reconocer con Oleaster y Eugubino que las aguas que causaron el diluvio fueron aquellas que originalmente fueron almacenadas por Dios sobre los cielos en grandísima abundancia para este fin, y que por eso Dios hizo cataratas o conductos en el firmamento por los cuales estas aguas pudieran descender: pues la narración llana de Moisés parece requerir esto. Pues puesto que encontramos aguas verdaderas apropiadas para el diluvio en el cielo, no es necesario buscar tantos y tan grandes cambios del aire. Además, muchos antiguos y modernos consideran que los cielos no son sólidos, sino líquidos y fisibles como el aire o el éter: y si se concede esto, las aguas podrían fácilmente haber descendido a través de ellos. Y para que el lugar de las aguas superiores no quedara vacío, o bien entró aire y éter, que parece haber intercambiado lugar con las aguas superiores en el tiempo del diluvio; o ciertamente las aguas restantes que permanecieron sobre los cielos en el tiempo del diluvio, Dios las rarefizo para que llenaran el lugar de las aguas compañeras que descendían. Además, dicen, Dios aceleró el descenso de las aguas con un impulso singular; pues si hubieran descendido por movimiento natural, habrían empleado más de cien años en el descenso desde un lugar tan alto y remoto, como mostré en el capítulo 1, versículo 14. Favorece esta opinión San Pedro, en su Segunda Epístola, capítulo 3, versículo 5, donde si se pesan cuidadosamente las palabras, parece decir que el mundo pereció por las aguas del diluvio, es decir, cielo y tierra, así como perecerá al final por el fuego de la conflagración. Por tanto, así como no solo los elementos, sino los propios cielos, como él dice en el versículo 12, «se disolverán ardiendo»; así del mismo modo los mismos parecen haber sido hendidos y anegados por las aguas en el diluvio, de modo que puede considerarse que en cierto modo perecieron. Pues la plena antítesis de San Pedro parece requerir esto; de donde en el versículo 5 dice: «Que los cielos existían antes y la tierra,» etc., «por los cuales aquel mundo pereció, inundado por el agua; pero los cielos que ahora son,» etc., «están reservados para el fuego,» como diciendo: El mundo y los cielos anteriores perecieron por el diluvio; pero los cielos que fueron restaurados por Dios después del diluvio, y ahora existen, están del mismo modo reservados para el fuego, para que sean consumidos y perezcan; por lo cual añade en el versículo 13: «Pero esperamos cielos nuevos y tierra nueva según sus promesas.» Añádase a esto que Esdras, libro 4, capítulo 6, versículo 41, llama al firmamento espíritu, es decir, aire o éter: pues él mismo lo llama espíritu, como es evidente por el versículo 39. Así pues, quienes, habiendo establecido este principio de que los cielos son líquidos o fisibles, filosofan no mal, y dan una causa fácil y clara para tan gran cantidad de aguas como fue requerida para el diluvio.
Pero, porque Aristóteles y los filósofos niegan por completo este principio, y porque aquellas aguas sobre los cielos son sutiles y celestes, y están muy lejos de la tierra: por eso respondo y digo, primero, que el mar solo no pudo haber causado tan gran diluvio: pues el diluvio fue mucho mayor que todo el mar. Pues el mar en comparación con la tierra es pequeño: pues cuando fue separado de la tierra, simplemente tomó el lugar de los fosos y hoyos de los cuales fueron elevados los montes; por tanto, aproximadamente iguala a los montes en su cantidad, como ya se ha dicho. Además, los navegantes que han explorado la profundidad del mar con una sonda afirman que el mar, en su medio, donde es más profundo, comúnmente no es más profundo que media milla itálica, es decir, quinientos pasos: mientras que el semidiámetro de la tierra es de tres mil millas, como enseñan los matemáticos en todas partes. ¿Qué es media milla, incluso en la superficie más alta, y por tanto más amplia, de la tierra, si se compara con tres mil millas, que es la medida de la profundidad de la tierra desde la superficie hasta el centro? Además, el mar apenas cubre la mitad de la superficie de la tierra, ni ningún monte; es más, Esdras, libro 4, capítulo 6, versículo 42, dice que las aguas y el mar ocupan solo la séptima parte de la tierra. Por tanto, hechos estos cálculos, se sigue que el mar es apenas la milésima parte de la tierra: pero el espacio al cual se elevó el diluvio sobre la tierra contenía la ducentésima trigésima octava parte de la tierra, como diré enseguida; cuyo número contiene la milésima más de cuatro veces, de modo que para llenar con agua el espacio al cual se elevó el diluvio, cuatro mares no habrían bastado, a menos que se diga que el mar fue rarefecho por Dios hasta el cuádruplo de su extensión normal.
Digo en segundo lugar: La causa del diluvio fueron los vapores elevados de nuevo del globo de la tierra y del mar y allí resueltos en lluvia. Para lo cual nótese: Si se supone que el diluvio se elevó a cinco millas itálicas sobre la tierra — pues cubrió los montes más altos en 15 codos; y algunos montes se elevan a cuatro millas sobre la tierra. Supongamos, pues, para un cálculo más fácil, que el diluvio se elevó a cinco millas sobre la tierra — digo que este espacio de cinco millas no es otra cosa que la ducentésima trigésima octava parte del globo terrestre, como me mostraron en Roma peritos matemáticos tras hacer sus cálculos. Ahora bien, fue fácil para Dios convertir la parte 238 de la tierra, con la cual el mar está mezclado, en vapores, y convertir estos en lluvias: estas, pues, habrían llenado todo este espacio de cinco millas. Añádase que el agua es diez veces menos densa que la tierra: por tanto, dicho número de la porción 238 de la tierra, suficiente para llenar el espacio de cinco millas recién mencionado, debe ser multiplicado por diez; y si se hace esto, se obtiene 2380: por tanto, la parte 2380 de la tierra, resuelta en vapores y lluvias, bastó para llenar este espacio de cinco millas. ¿Qué es la parte 2380 de la tierra comparada con todo el globo terrestre? Y en el lugar de esta porción de tierra que partía en vapores, sucedieron el aire y el agua, expandidos mediante rarefacción y extendidos más de lo habitual.
Finalmente, Dios pudo haber rarefecho y extendido la lluvia del mismo modo: y dado esto, una porción mucho menor de tierra y lluvias bastó para llenar este espacio. Es también probable que Dios convirtiera parte del aire en lluvia y agua. Tres elementos, pues, a saber, el aire, el agua y la tierra, contribuyeron a causar tan gran diluvio. He explicado el pasaje de San Pedro en mis Comentarios a su epístola.
Versículo 12: Cuarenta días
La causa de esta lluvia tan continua fue la constante multiplicación y conversión de los vapores en aguas; pues Dios estaba entonces resolviendo continuamente vapores, aire y otras cosas en aguas durante 40 días, y misericordiosamente las hizo llover no de una vez, sino gradualmente, para que entretanto los hombres se aterrorizasen y se arrepintieran, dice San Juan Crisóstomo.
Nótese: Oleaster piensa que llovió continuamente no solo durante estos 40 días, sino también durante los 150 siguientes. Pero la Escritura solo afirma que llovió durante 40 días, lo cual implica suficientemente que después de 40 días la lluvia cesó. Así dicen Abulense y Pererio.
Versículo 13: En aquel mismo instante
EN AQUEL MISMO INSTANTE (en el punto de aquel día; en hebreo es beetsem haiom, «en el hueso del día», es decir, en la sustancia — pues los huesos dan firme sustancia al cuerpo — de aquel día, a saber, en aquel día 17 del segundo mes, del año 600 de Noé) ENTRÓ — a saber, última y completamente, Noé con todos en el arca. Pues ha de notarse por los versículos 1, 4 y 7 que Noé había comenzado a entrar en el arca siete días antes del diluvio, y durante esos días gradualmente había introducido alimentos y animales en el arca, de modo que en el mismo día del diluvio, que fue el diecisiete del segundo mes, todas las cosas y todas las personas habían entrado perfectamente. La palabra «entró», por tanto, significa aquí no el acto comenzado, sino completado y perfeccionado. Pues la clemencia de Dios quiso, durante estos siete días, mediante los preparativos que Noé hacía, y mediante la continua introducción de animales y provisiones en el arca, advertir a los hombres del diluvio inminente, y moverlos al arrepentimiento. Así dicen San Ambrosio, Tostado y Pererio.
Versículo 14: Todas las aves y criaturas voladoras
Aves son las que tienen plumas; criaturas voladoras son las que tienen alas, sean estas plumas o membranas, como las que tiene el murciélago.
Versículo 16: El Señor lo encerró
EL SEÑOR LO ENCERRÓ POR FUERA — a saber, untando la puerta del arca por fuera con betún contra las aguas, lo cual Noé, estando ya encerrado en el arca, no podía hacer. De donde el hebreo tiene: «el Señor cerró por él»; o, como traduce Vatablo, «después de él». Véase cuán grande cuidado y providencia tiene Dios para con Noé y su familia.
Versículo 17: Vino el diluvio
Tropológicamente, San Ambrosio, en su libro Sobre Noé, capítulo 13, dice: «La apariencia del diluvio es un tipo de la purificación de nuestra alma. Y así, cuando nuestra mente se haya lavado de los atractivos corporales de este mundo, en los que antes se deleitaba, también borrará con buenos pensamientos la inmundicia del viejo deseo, como absorbiendo con aguas más puras la amargura de corrientes previamente turbias.»
Y volcaran ciudades, arrancaran árboles y asolaran todos los cultivos y brotes; ciertamente entonces, como canta Ovidio: «Todo era mar, y el mar carecía de orillas.»
Nótese aquí nuevamente la constancia de la fe, la esperanza y la paciencia en Noé. Pues estaba en las más graves tentaciones, de modo que sería asombroso que no hubiera desesperado: pues primero, se veía forzado a dejar atrás su hogar, amigos y todas las cosas, e incluso a presenciar su destrucción; segundo, estaba encerrado como en una prisión y en tinieblas, en medio del hedor de los animales; tercero, era sacudido de terror al ver tan grande ira de Dios y las aguas precipitándose desde todo lado, sin ver más que la muerte presente. Pues si los hombres temen en el mar y entre las olas, ¡cuánto temió Noé! Cuarto, podía temer que Dios lo abandonase incluso a él, a causa de alguna falta; quinto, no sabía cuánto duraría la tempestad; sexto, no veía salida alguna: pues el arca estaba cerrada; séptimo, lo atormentaba la destrucción de todos los hombres y animales; octavo, se esforzaba por consolar y fortalecer a su familia en el arca, para que no desesperaran. ¿Quién en tan grandes tentaciones no habría sucumbido y preferido morir? Pero Noé soportó y venció todas estas cosas, apoyándose solo en Dios y en su promesa y providencia, puesto que no había otro auxilio ni consejo. Así ejercita y perfecciona Dios a los suyos, cuando les quita todos los apoyos, para que se entreguen enteramente a Dios. Aprendamos también nosotros en toda dificultad a unirnos a Dios y a esperar en Él sobre todo. Pues es el Señor quien «mata y da la vida: lleva al sepulcro y hace volver.» ¿Qué maravilla, pues, que Pablo alabe tanto a Noé por su fe, Hebreos 11, 7, y el Eclesiástico, capítulo 44, versículo 17?
Versículo 20: Quince codos sobre los montes
Por tanto, el diluvio alcanzó hasta la parte más baja de la región media del aire: pues el Olimpo y otros montes altísimos llegan hasta allí; por tanto, el diluvio también anegó y destruyó el paraíso. Algunos piensan que el fuego se elevará igualmente alto, a saber, quince codos sobre la tierra y los montes, en la conflagración al fin del mundo, y San Agustín lo sugiere, en el libro 3 de Sobre el Génesis literalmente, capítulo 2, y lo prueba por 2 Pedro capítulo 3, versículos 5 y 7. Es, por tanto, falso lo que Cayetano supuso, que los montes que aquí se dice que fueron cubiertos por las aguas son los que están bajo el cielo aéreo, pero no los que superan la región media del aire, tales como él dice que son el Olimpo y el Atlas: pues esto contradice la Sagrada Escritura aquí, que afirma que todos los montes de la tierra fueron superados y anegados por el diluvio, como rectamente observa San Agustín en el libro 15 de La Ciudad de Dios, capítulo 27. El fundamento del argumento de Cayetano, a saber, que algunos montes superan la región media del aire, es decir, el lugar de la lluvia y la nieve, es también falso; pues se ha comprobado que la cumbre del Atlas está cubierta de nieve.
Nótese: El agua excedió todos los montes en quince codos, para que los gigantes más altos, o cualquier otro animal de gran tamaño, no pudieran conservarse en la cima del monte más alto. Por tanto, lo que los judíos relatan — que Og, rey de Basán, era uno de aquellos gigantes mencionados en el capítulo 6, y que permaneciendo en pie sobre el monte más alto escapó del diluvio, y lo prueban por lo que se dice en Deuteronomio 3, 10: «Solo Og quedó de la estirpe de los gigantes» — es una fábula, pues entonces Og habría tenido 800 años: pues tantos años pasaron desde el diluvio hasta la entrada de los hebreos en Canaán, cuando Og fue muerto por ellos, Deuteronomio 3, 3.
La vida de Noé en el arca
Puede preguntarse qué hizo Noé con su familia durante todo el tiempo en el arca. Tornielo responde que se compadeció de todos los demás que perecían, y se felicitó por su salvación en el arca, y dio gracias a Dios; segundo, que se dedicó a las oraciones y la contemplación; tercero, que cuidó de sí mismo y de todos los animales, dándoles comida y bebida, barriendo los desechos a la sentina, y de allí elevándolos con bomba o cubos, y arrojándolos fuera del arca por las pequeñas ventanas que estaban arriba; finalmente, que administró todos los asuntos del arca.
Versículo 22: Todo en lo que había aliento de vida
Y TODO EN LO QUE HABÍA ALIENTO DE VIDA SOBRE LA TIERRA, MURIÓ. — El hebreo lo tiene literalmente así: «y toda cosa cuyo soplo de espíritu (es decir, el soplo de la respiración, o el respirar) de vida estaba en sus narices, de todo lo que estaba en la tierra seca, murió», es decir, absolutamente todo lo que respiraba en la tierra murió. De donde la Biblia de Zúrich traduce: «y todo lo que había en cuyas narices el aliento de vida soplaba, de todo lo que vivía en tierra seca, murió»; Vatablo: «ya habían perecido.» Añade «en la tierra seca» a causa de los peces, que viven en lo húmedo, a saber, en el agua: pues estos permanecieron vivos y sobrevivientes. Pagnino: «Todo en cuyo rostro había respiración de vida, de todo lo que estaba en la tierra seca, murió.» Los Setenta lo traducen así: «Y todo cuanto tenía espíritu de vida, y todo el que estaba sobre la tierra seca, murió.» El caldeo: «Todo en lo que está el aliento del espíritu de vida en sus narices, de todo lo que está en la tierra seca, murió.»
Versículo 24: Ciento cincuenta días
Nótese que estos 150 días no han de contarse por separado después de los 40 días de lluvia mencionados en el versículo 12 (como sostienen Josefo, San Juan Crisóstomo, Tostado y Cayetano), sino incluyéndolos; pues desde el día 17 del segundo mes, cuando comenzó la lluvia y el diluvio, hasta el día 27 del séptimo mes, cuando habiendo disminuido las aguas, el arca vino a reposar sobre los montes de Armenia, como se dice en el capítulo 8, versículo 4, solo transcurren 160 días; por tanto, durante los primeros 40 días cayó la lluvia, por la cual la tierra y todos los montes fueron cubiertos hasta quince codos: luego, durante los siguientes ciento diez días, el agua permaneció en este nivel y altura, tras lo cual comenzó a decrecer, de modo que al décimo día después el arca vino a reposar sobre los montes de Armenia: pues tantos días se cuentan en total, desde el día 17 del segundo mes, cuando comenzó el diluvio, hasta el día 27 del séptimo mes, cuando el arca reposó, a saber, 160 días, que deben ser divididos y distribuidos del modo que acabo de describir. Así dicen Lyrano, Hugo y Pererio.
El horror del diluvio
Este espectáculo del diluvio fue espantoso: gradualmente, ¿qué será el diluvio de fuego en el infierno? Considera cuán terrible es Dios en sus designios sobre los hijos de los hombres, cuán terrible es su justicia y su venganza. «Los torrentes levantaron sus olas, a las voces de muchas aguas. Admirables son las marejadas del mar, admirable es el Señor en las alturas.» ¿Qué será, pues, en el día del juicio, que de modo semejante abrumará a todos de improviso? Escuchad a Cristo, la Verdad misma, Mateo capítulo 24, versículo 37: «Como en los días de Noé, así será también la venida del Hijo del Hombre. Pues como en los días antes del diluvio comían y bebían, se casaban y daban en casamiento, hasta el día en que Noé entró en el arca, y no lo supieron, hasta que vino el diluvio y se los llevó a todos: así será también la venida del Hijo del Hombre.»
El horror del diluvio. Entonces, como dice Hugo el Cardenal citando a San Bernardo, los caminos serán estrechos por todas partes para los réprobos. Arriba estará el Juez airado; abajo, un abismo espantoso; a la derecha, los pecados acusando; a la izquierda, innumerables demonios arrastrándolos al suplicio; dentro, la conciencia ardiente; fuera, un mundo en llamas. Miserable pecador sorprendido en el acto, ¿a dónde huirás? Ocultarse será imposible, comparecer será intolerable. Si preguntas quién te acusará, digo que el mundo entero: porque, ofendido el Creador, toda criatura odia al ofensor, es decir, al pecador.
Conforme crecían las aguas, madres temblorosas con sus pequeños corrían de un lado a otro por sus casas, sin saber a dónde ir; otros se levantaban aterrados de la mesa y buscaban escapar; del lecho nupcial saltaban marido y mujer, él huyendo por un lado, ella por otro, para escapar de la ola creciente; se habría visto a algunos subir de repente a los pisos superiores de sus casas, y a otros incluso a los tejados; otros también escalando las ramas de árboles altos, y otros corriendo con prisa a las crestas de colinas y montes, pero en vano: pues nadie podía escapar de esta fuerza y violencia de las aguas; por todas partes el pavor, por todas partes el temblor. ¡Oh, cuánto se dolieron entonces de no haber escuchado a Noé que les advertía de estas cosas, sino de haberlo burlado! ¡Oh Noé, cuán sabio fuiste!, decían, ¡oh, cuán dementes fuimos, cuán insensatos, cuán necios! ¡Oh, si pudiéramos ahora entrar en el arca, con cuánto gusto elegiríamos estar encerrados en ella toda la vida! Pudimos una vez, pero no quisimos; ahora queremos, pero no podemos. Los frigios aprenden la sabiduría demasiado tarde. De estas y similares consideraciones se ve cuán horrible fue el diluvio; y para que lo veáis y comprendáis más plenamente, imaginaos de pie en la cumbre de un monte, viendo las aguas inundar toda la tierra, destruyéndolo todo, engullendo hombres y animales, derribando fortalezas y ciudades, creciendo todavía y superando todos los montes, y así finalmente llegando a vos de pie en la cumbre, y del mismo modo sumergiéndoos y ahogándoos. De esto aprended qué es el pecado, que trajo esta calamidad sobre el mundo entero; y si tal fue el diluvio de agua sobre la tierra, ¿qué será el diluvio de fuego en el infierno?