Cornelius a Lapide
(Jacob obtiene la bendición)
Sinopsis del capítulo
Jacob arrebata con engaño la bendición de su padre a su hermano; por ello Esaú le amenaza de muerte; por lo cual su madre aconseja a Jacob que huya a Harán. De aquí aprende que es firme el propósito, la promesa y la elección de Dios, por la cual había dicho en el capítulo 25, versículo 23: El mayor servirá al menor, y que ningún consejo humano puede trastornarla.
Texto de la Vulgata
1. Envejeció Isaac, y se oscurecieron sus ojos, y no podía ver; y llamó a Esaú, su hijo mayor, y le dijo: ¡Hijo mío! El cual respondió: Aquí estoy. 2. Su padre le dijo: Ya ves que he envejecido, y no sé el día de mi muerte. 3. Toma tus armas, la aljaba y el arco, y sal fuera; y cuando hayas cazado algo, 4. prepárame un guiso como sabes que me gusta, y tráelo para que yo coma, y mi alma te bendiga antes de morir. 5. Cuando Rebeca hubo oído esto, y él se había ido al campo para cumplir el mandato de su padre, 6. dijo a su hijo Jacob: Oí a tu padre hablar con tu hermano Esaú, diciéndole: 7. Tráeme de tu caza, y prepárame comida para que yo coma, y te bendiga delante del Señor antes de morir. 8. Ahora pues, hijo mío, escucha mis consejos: 9. ve al rebaño y tráeme dos cabritos escogidos, para que yo prepare con ellos manjares para tu padre, que come con gusto; 10. y cuando se los hayas presentado y haya comido, te bendiga antes de morir. 11. Él le respondió: Sabes que mi hermano Esaú es hombre velludo, y yo lampiño; 12. si mi padre me palpa y lo advierte, temo que piense que quise burlarme de él, y atraeré sobre mí maldición en vez de bendición. 13. Su madre le dijo: Sobre mí sea esa maldición, hijo mío; solamente escucha mi voz, y ve y trae lo que te he dicho. 14. Fue, los trajo y se los dio a su madre. Ella preparó los manjares, como sabía que gustaban a su padre. 15. Y con las vestiduras muy preciosas de Esaú, que tenía consigo en casa, lo vistió; 16. y cubrió sus manos con las pieles de los cabritos, y protegió las partes desnudas del cuello. 17. Y le dio el guiso y los panes que había cocido. 18. Cuando los hubo llevado, dijo: ¡Padre mío! Y él respondió: Te oigo. ¿Quién eres tú, hijo mío? 19. Y Jacob dijo: Yo soy tu primogénito Esaú; he hecho como me mandaste; levántate, siéntate y come de mi caza, para que tu alma me bendiga. 20. Y de nuevo Isaac dijo a su hijo: ¿Cómo pudiste encontrar tan pronto, hijo mío? Él respondió: Fue voluntad de Dios que me saliera al encuentro pronto lo que deseaba. 21. Y dijo Isaac: Acércate, para que te palpe, hijo mío, y compruebe si eres mi hijo Esaú o no. 22. Se acercó al padre, y palpándolo, dijo Isaac: La voz es la voz de Jacob; pero las manos son las manos de Esaú. 23. Y no lo reconoció, porque las manos velludas reproducían la semejanza del mayor. Bendiciéndolo, pues, 24. dijo: ¿Eres tú mi hijo Esaú? Respondió: Yo soy. 25. Y él dijo: Tráeme comida de tu caza, hijo mío, para que mi alma te bendiga. Cuando se la ofreció y hubo comido, le presentó también vino; y habiéndolo bebido, 26. le dijo: Acércate y dame un beso, hijo mío. 27. Se acercó y lo besó. Y en cuanto percibió la fragancia de sus vestiduras, bendiciéndolo, dijo: He aquí que el olor de mi hijo es como el olor de un campo fértil, al cual bendijo el Señor. 28. Dete Dios del rocío del cielo y de la grosura de la tierra, abundancia de trigo y de vino; 29. y sírvante los pueblos, y adórente las tribus; sé señor de tus hermanos, y ante ti se inclinen los hijos de tu madre. Quien te maldijere, sea él maldito, y quien te bendijere, sea colmado de bendiciones. 30. Apenas había Isaac terminado de hablar, y habiendo salido Jacob, llegó Esaú. 31. Y trajo a su padre los manjares cocinados de su caza, diciéndole: Levántate, padre mío, y come de la caza de tu hijo, para que tu alma me bendiga. 32. Y le dijo Isaac: ¿Quién eres tú? Respondió: Yo soy tu hijo primogénito Esaú. 33. Se estremeció Isaac con un violento estupor; y admirándose más allá de lo creíble, dijo: ¿Quién es, pues, aquel que antes me trajo la caza que había capturado, y comí de todo antes de que tú vinieras? Lo bendije, y será bendito. 34. Al oír Esaú las palabras de su padre, rugió con un gran clamor, y consternado dijo: ¡Bendíceme también a mí, padre mío! 35. El cual dijo: Vino tu hermano con engaño y tomó tu bendición. 36. Y él replicó: Con razón se llama Jacob, pues me ha suplantado por segunda vez: primero me quitó la primogenitura, y ahora por segunda vez me ha robado la bendición. Y de nuevo dijo a su padre: ¿Acaso no has reservado también una bendición para mí? 37. Respondió Isaac: Lo he constituido señor tuyo, y he sometido a todos sus hermanos a su servicio; lo he establecido con trigo y vino, y después de esto, hijo mío, ¿qué más puedo hacer por ti? 38. Esaú le dijo: ¿Acaso tienes una sola bendición, padre? Te ruego que me bendigas también a mí. Y como llorase con gran llanto, 39. Isaac, conmovido, le dijo: En la grosura de la tierra y en el rocío del cielo de arriba 40. estará tu bendición. Vivirás de la espada, y servirás a tu hermano; y llegará el tiempo en que sacudas y sueltes su yugo de tu cerviz. 41. Por ello Esaú siempre odió a Jacob por la bendición con que su padre lo había bendecido, y dijo en su corazón: Vendrán los días de luto por mi padre, y mataré a mi hermano Jacob. 42. Esto fue comunicado a Rebeca, quien enviando a llamar a su hijo Jacob, le dijo: He aquí que tu hermano Esaú amenaza con matarte. 43. Ahora pues, hijo mío, escucha mi voz, y levántate y huye a mi hermano Labán en Harán; 44. y habitarás con él unos pocos días, hasta que se calme el furor de tu hermano, 45. y cese su indignación, y olvide lo que le has hecho; después enviaré a buscarte y te traeré de allí; ¿por qué habría de quedar privada de ambos hijos en un solo día? 46. Y Rebeca dijo a Isaac: Estoy hastiada de mi vida a causa de las hijas de Het; si Jacob toma esposa de la estirpe de esta tierra, no quiero vivir.
Versículo 1: Isaac había envejecido
ENVEJECIÓ ISAAC. Isaac en este año en que Jacob le arrebató la bendición a su hermano tenía 137 años, mientras que Esaú y Jacob tenían 77. Pues en este año 77, Jacob, inmediatamente después de arrebatar la bendición a su hermano y temiendo su ira, huyó a Mesopotamia por consejo de su madre. Esto consta del hecho de que José nació en el año 91 de la vida de Jacob. Ahora bien, José nació 14 años después de la huida de su padre a Mesopotamia, es decir, después de que Jacob sirvió allí a Labán durante 14 años por Raquel y Lía, como demostraré en el capítulo 30, versículo 25. Por lo tanto, esta huida de Jacob ocurrió en el año 77 de la vida de Jacob; pues desde este año 77 hasta el año 91, en que nació José, transcurren precisamente los 14 años ya mencionados. Así Eusebio, libro 9 de la Preparación, capítulo 4. Véase Abulense aquí, Cuestión 1, y Pererio en el prefacio de este capítulo. Después de esto Isaac vivió todavía 43 años más, pues murió en el año 180 de su edad.
Y SE OSCURECIERON SUS OJOS, tanto por la vejez como por frecuentes enfermedades, dice San Agustín, libro 16 de La Ciudad de Dios, capítulo 30.
Nótese aquí la larga paciencia de Isaac; pues soportó la ceguera durante 44 años, a saber, desde el año 137 de su edad (como dije antes) hasta el año 180, en que murió. Excelentemente dijo Santa Sinclética en las Vidas de los Padres: «Si nos sobreviene la enfermedad, no nos entristezcamos, porque nos aprovecha para destruir los deseos del cuerpo. Si perdemos los ojos, no lo llevemos pesadamente, porque hemos perdido el instrumento de la soberbia. Si nos hemos quedado sordos, no nos dolamos, porque hemos perdido el oído vano.»
De ahí que en el mismo lugar otro santo anacoreta dijo: «La forma más elevada de religión consiste en que en la enfermedad se den gracias a Dios: pues así como la enfermedad del cuerpo se cura con una medicina fuerte y poderosa, así con la enfermedad del cuerpo se embotan los vicios del corazón. Si eres hierro, pierdes la herrumbre por el fuego de la tribulación; si oro, te haces más espléndido y puro; por lo cual los santos Padres siempre desearon estar en la enfermedad.»
En el mismo lugar, Polemón, compañero del Beato Pacomio, cuando estaba gravemente afligido por dolores del bazo y los hermanos le rogaban que permitiera aplicarle algún remedio, respondió: «Si los mártires de Cristo, unos despedazados, otros decapitados, otros quemados con fuego, sin embargo soportaron con fortaleza hasta el fin por la fe, ¿por qué yo, cediendo impaciente a pequeños dolores, habría de arrojar los premios de la paciencia, y temblar vanamente ante aflicciones momentáneas por deseo de la vida presente?»
En el mismo lugar se lee de Dídimo (que fue ciego durante ochenta años y, sin embargo, era versadísimo en la Sagrada Escritura, por lo cual San Jerónimo lo llama su «vidente»), que cuando San Antonio le preguntó si se entristecía por carecer de ojos, y él no lo negó, oyó de Antonio: «Me maravillo de que un hombre prudente se duela por la pérdida de algo que poseen las hormigas y las pulgas, y no se goce más bien en la posesión de aquello que sólo los santos y los apóstoles han merecido: pues es mucho mejor ver con el espíritu que con la carne, y poseer aquellos ojos en los que no puede caer una mota de pecado, que aquellos que con la sola vista, mediante la concupiscencia, pueden enviar a los hombres a la ruina del infierno.»
De ahí que el Beato Pedro, abad de Claraval, cuando por la fuerza de una enfermedad perdió un ojo, dijo con un solo ojo: «He escapado de uno de mis enemigos, y temo más al que queda que al que perdí.» De ahí también que algunos filósofos se arrancaron los ojos, para que la mente no se distrajera, sino que, toda recogida, se dedicara a la contemplación; y entre los fieles, leemos que San Audomaro, Aquilino y otros pidieron y obtuvieron la ceguera de Dios. San Pigmenio, presbítero romano ciego, al encontrarse con Juliano el Apóstata, cuando oyó de éste: «Doy gracias a los dioses, oh Pigmenio, de que te veo», respondió: «Doy gracias a mi Dios de que no te veo.» Con tan fuerte ánimo, pues, soportó la ceguera como despreció al tirano. Después, coronado con el martirio, comenzó a ver lo que el ojo no vio; y a oír lo que el oído no oyó; y a entender lo que no subió al corazón del hombre.
Versículo 2: Isaac medita sobre su muerte
YA VES QUE HE ENVEJECIDO, Y NO SÉ EL DÍA DE MI MUERTE. Véase cuán anticipadamente, durante 43 años, Isaac meditó aquí sobre su muerte, la esperó de día en día como incierta, y se preparó a sí mismo y todas sus cosas para ella. Con su acción, pues, nos enseña que nuestra vida no debe ser otra cosa sino una meditación sobre la muerte, como solía decir Platón. Pues la muerte es cierta y ciertamente ha de venirnos; pero el día y la hora de ella es incierta.
Versículo 3: Prepárame un guiso
Y CUANDO HAYAS CAZADO ALGO, PREPÁRAME UN GUISO. En hebreo, hazme matammim, es decir, manjares delicados, esto es, platos de comida más refinada que deleitan el paladar; pues éste era el día fausto, alegre y solemne de la bendición del hijo, y por tanto debía celebrarse con un banquete alegre y placentero. Así Lipomano.
Cabe preguntar: ¿Por qué Isaac pidió a Esaú carne de caza silvestre, en vez de pollos o corderos, teniéndolos a mano en casa, antes de querer bendecirlo? Respondo: primero, porque Isaac estaba acostumbrado a comer caza silvestre, que Esaú le traía de la cacería, como consta en el capítulo 25, versículo 28, y en consecuencia se alimentaba y deleitaba más con ella; segundo, porque quería que Esaú se dispusiera a recibir la bendición mediante esta obediencia y servicio de la caza: así Tomás el Inglés; tercero, porque Isaac, sin saberlo, era movido por Dios a enviar a Esaú a cazar fuera, para que entretanto Jacob pudiera adelantarse a Esaú y arrebatarle la bendición: pues Dios había decretado preferir a Jacob sobre Esaú en la primogenitura.
Tropológicamente, Isaac enseñó aquí que quienes dan bienes espirituales pueden exigir bienes temporales, a saber, que los sacerdotes y pastores que enseñan, oran y bendicen al pueblo, deben ser sustentados por el pueblo.
Versículo 7: Delante del Señor
DELANTE DEL SEÑOR, viéndolo, oyéndolo, invocándolo, asintiendo e inspirando el Señor. Así Oleaster, Pererio y otros. Véase aquí cuán admirable es Dios en el cumplimiento de sus obras y promesas: Jacob nada menos podía esperar que ser bendecido, puesto que su padre había resuelto bendecir a Esaú, y sin embargo la bendición recayó sobre el mismo Jacob. Por el contrario, nunca Esaú estuvo más seguro de recibir la bendición que cuando su padre le habló así; y sin embargo, precisamente entonces la perdió. Aprende, pues, a confiar en Dios, aunque todo se vuelva adverso: aprende a creer contra la esperanza en la esperanza.
Versículo 11: Jacob es lampiño
YO SOY LAMPIÑO, es decir, de piel lisa, no velludo como Esaú.
Versículo 12: La fe y el valor de Rebeca
SOBRE MÍ SEA ESA MALDICIÓN; no porque Rebeca verdaderamente quisiera asumir sobre sí la maldición y el castigo del padre en lugar de su hijo, como pretende San Juan Crisóstomo, sino que habla así porque estaba segura del feliz desenlace: pues sabía que Dios así lo había prometido, capítulo 25, versículo 23, como si dijera: En vano temes la ira de tu padre, no hay peligro alguno de su parte; yo te lo garantizo, es más, si vacilases y dudases, yo tomaré sobre mí toda su ira. Así Teodoreto.
Donde nótese: primero, en Rebeca una fe inquebrantable en la palabra de Dios que dice: «El mayor servirá al menor»; segundo, ella misma instruye a su hijo para pedir la bendición, juzgando que sería feliz si fuese bendecido por su padre, que era un hombre santo: otras madres educan a sus hijos para vanidades y pecados; tercero, aunque sabía que su esposo erraba en querer bendecir al hijo mayor contra la voluntad del Señor, no disputa con él, no resiste por la fuerza, sino que secretamente procura que la bendición recaiga sobre aquel a quien Dios había destinado; cuarto, cuida por todos los medios que el anciano padre no perciba el engaño, y así no se turbe; quinto, es solícita con su esposo anciano, preparándole los manjares que comía con gusto; sexto, prudentemente corrige a Jacob, para aplacar la ira de Esaú.
Tropológicamente, cómo los padres deben amar a sus hijos por igual, y no preferir a uno sobre otro, o si lo prefieren, compensarlo de otro modo, lo enseña San Ambrosio a partir de este afecto de Isaac hacia Esaú y de Rebeca hacia Jacob, en el libro 2 de Sobre Jacob, capítulo 2: «Acepta», dice, «una buena contienda entre los padres. Que la madre muestre afecto, el padre juicio; que la madre se incline con tierna piedad hacia el menor, que el padre guarde el honor de la naturaleza hacia el mayor; que él honre más, que ella ame más; que uno compense lo que el otro disminuye.»
Versículo 14: Jacob trae los cabritos
TRAJO los dos cabritos que su madre había pedido: no porque el padre fuese tan robusto y de tan gran apetito como para consumir dos cabritos, como pretende Procopio, sino porque de los dos cabritos ella se proponía cortar las partes más delicadas y ofrecerlas al padre. Así Diodoro y Abulense.
Moralmente, San Ambrosio, libro 2 de Sobre Jacob, capítulo 2: «Venció», dice, «aquel que era preferido por el oráculo; la diligencia venció a la lentitud, la mansedumbre a la dureza, mientras el uno busca presa silvestre mediante áspera caza, el otro prepara los alimentos de costumbres apacibles.»
Versículo 15: Las vestiduras de Esaú
MUY PRECIOSAS. En hebreo chamudot, es decir, deseables; los Setenta traducen hermosas: de ahí que la madre las guardaba en un arca entre aromas. Pues que eran fragantes consta por el versículo 27.
Alegóricamente, la vestidura de Esaú, es decir, la profecía, el sacerdocio y la escritura del Antiguo Testamento fueron trasladados de los judíos a Jacob, esto es, a los cristianos. Así San Ambrosio.
Versículo 16: Las pieles de los cabritos
Y LAS PIELES DE LOS CABRITOS, para que Jacob pareciera ser Esaú, que era velludo.
CUBRIÓ SUS MANOS, a manera de guantes: pues de otro modo Jacob debía usar sus manos, y con ellas llevar la comida a su padre y servirle.
Alegóricamente, Jacob es Cristo, que se vistió con pieles de cabritos, es decir, tomó sobre sí nuestros pecados, para expiarlos. Así San Agustín, en el libro Contra la mentira, capítulo 10, y Próspero, parte 1 de la Predicación, capítulo 21.
LAS PARTES DESNUDAS DEL CUELLO, es decir, la suavidad y lisura del cuello. Así el hebreo.
Versículo 19: Yo soy tu primogénito Esaú
¿QUIÉN ERES TÚ? Pues la voz de Jacob suscitaba duda y escrúpulo en Isaac, de modo que estaba incierto sobre si quien hablaba era Jacob o Esaú, y por eso pregunta: ¿Quién eres tú?
Aprende aquí que Dios a veces permite que los justos ignoren en cierta medida, sean engañados, caigan, sean burlados, para que se conozcan a sí mismos. Así el santo Isaac pensaba que la bendición de Dios había de cumplirse en Esaú, pero se equivocaba; segundo, que Dios a veces revela a los pequeños lo que oculta a los grandes: así a Rebeca le fue revelado lo que Isaac ignoraba. El propio Cristo confiesa lo mismo, Mateo 11, 25.
YO SOY TU PRIMOGÉNITO ESAÚ. Cabe preguntar si Jacob mintió aquí y si pecó. Primero, Orígenes, Casiano y Crisóstomo, siguiendo a Platón, juzgan que Jacob mintió, pero lícitamente y sin pecado; pues es lícito a veces usar la mentira, como si fuera eléboro, o como usamos sustancias venenosas en las medicinas. Pero éste es un error ya declarado y condenado por la Iglesia, contra el cual escribió San Agustín en el libro Contra la mentira.
Segundo, Gabriel en el libro 3, distinción 38, y Ailly en el libro 1, Cuestión 12, al final, juzgan que ciertamente no es lícito mentir de suyo, pero sí es lícito mentir cuando Dios dispensa. Pero la opinión común de los Doctores con San Agustín es que la mentira es mala por su naturaleza, y consecuentemente no puede ser dispensada por Dios. Pues la mentira es de suyo contraria a la naturaleza y virtud de la verdad. De ahí que la Sagrada Escritura prohíba absolutamente toda mentira, Eclesiástico capítulo 7, versículo 14.
Tercero, mejor es San Agustín, en el libro Contra la mentira, capítulo 10, quien juzga que aquí hay una locución figurada. Pues así como en Mateo 11, 14, Juan el Bautista es llamado Elías, no en cuanto a su persona sino en cuanto a su espíritu; y en Tobías 5, 18, Rafael dice que es Azarías, es decir, «ayudador de Dios», hijo de Ananías, es decir, «gracia de Dios»: así Jacob dice que es Esaú, no en cuanto al nombre y la persona, sino en cuanto al derecho y la primogenitura, conferida a él por Dios en el capítulo 25, versículo 23. De ahí que diga: «He hecho como me mandaste»; pues tu intención primaria era mandar a tu primogénito que trajera comida y recibiera la bendición paterna: y yo soy el primogénito. «Come, pues, de mi caza», que cacé no en el campo sino en el establo.
Pero en verdad digo, parece que Jacob, por impulso de su madre y por sus vestiduras, y hechos, y palabras, mintió no sólo sobre el derecho sino también sobre la persona de Esaú: pues quiere persuadir a su padre, que examina diligentemente la persona de Esaú, por todos los medios de que él mismo es Esaú; de ahí que miente diciendo: «He hecho como me mandaste»; y, «Come de mi caza», como si dijera: Tomé las armas y el arco, cacé, he aquí la pieza que atrapé y cociné: come de ella; así San Juan Crisóstomo, Lirano, Cayetano, Lipomano, Pererio y otros.
Además, aunque estas palabras podrían excusarse y verificarse por anfibología y alguna sutil reserva mental, sin embargo Jacob no parece haber tenido tal reserva, pues no era tan sutil, ni revolvía cosas tan grandes en su mente: sino que era simple, recto y cándido; y en este asunto de arrebatar la bendición a su hermano por astucia y fraude, simplemente obedeció a su madre e hizo cuanto ella le sugirió; de ahí que también sea llamado fraudulento por su padre, en el versículo 35.
Digo en segundo lugar, que esta mentira de Jacob no fue perniciosa ni injuriosa para nadie, sino oficiosa, y consecuentemente sólo pecado venial. Pues los derechos de la primogenitura le eran debidos por don de Dios, y por tanto, al arrebatárselos a Esaú mediante astucia, no le hacía injuria, sino que reclamaba lo que era suyo. Así Tostado, Lipomano, Cayetano. Añádase que quizá por ignorancia invencible, tanto la madre como Jacob pensaban, como pensaron Orígenes, Casiano y San Juan Crisóstomo, a saber, que les era lícito mentir en tal caso y necesidad.
Dirás: Aquí hubo un misterio, luego no fue mentira. El antecedente es claro, porque Jacob al vestir las ropas y asumir la persona de Esaú, significaba a Cristo, que tomó sobre sí nuestros pecados y castigos. Además significaba que los gentiles habían de ser sustituidos por los judíos en la filiación y bendición de Abrahán, es decir, en la gracia, la justicia y la salvación, como explica el Apóstol, Romanos 9 y 10.
Respondo: Este misterio fue de parte de Dios y del Espíritu Santo, que pretendía significar esto alegóricamente; pero la mentira fue de parte de Jacob; pues él en sentido literal pretendía persuadir a su padre de que era Esaú en persona. De ahí que el misterio de Dios recién mencionado no lo excuse, especialmente porque parece haberlo ignorado en aquel momento. Añádase que este misterio y este sentido místico no se funda en la mentira de Jacob: pues la verdad no puede fundarse en la falsedad; sino que se funda en el hecho de Jacob, por el cual se presentó ante su padre, y actuó como si él mismo fuera Esaú: pues los hechos pueden a menudo ser excusados de mentira, donde las palabras no pueden. Pues las palabras significan definida y determinadamente la cosa y la mente del que habla: pero los hechos sólo confusa e indeterminadamente; de ahí que puedan ser dirigidos en un sentido u otro por la intención del que actúa, determinados y orientados a significar esto o aquello. Así los actores en las comedias representan las personas de reyes y príncipes sin mentir, haciendo lo que ellos hicieron, como si ellos mismos fueran reyes y príncipes.
LEVÁNTATE, SIÉNTATE Y COME. Isaac yacía, pues, en el lecho por la vejez y debilidad, y Jacob le pide que se levante para comer.
Místicamente, San Ambrosio, en el libro Sobre Isaac, capítulo 5: «El lecho de los santos —dice— es Cristo, en el cual los corazones de todos, fatigados por las batallas del mundo, encuentran descanso. En este lecho descansó Isaac y bendijo al hijo menor.»
Versículo 22: La voz de Jacob, las manos de Esaú
LA VOZ CIERTAMENTE ES LA VOZ DE JACOB; PERO LAS MANOS SON LAS MANOS DE ESAÚ. Así, alegóricamente, la voz de Cristo fue la voz del Hijo de Dios, pero las manos y la apariencia exterior, que los hombres vieron y tocaron, fueron las de un hombre común, mortal y miserable. De ahí que San Bernardo, sermón 28 sobre el Cantar de los Cantares: «Lo que se oye en Cristo —dice— es lo suyo propio: lo que se ve es lo nuestro: lo que Él habla es espíritu y vida: lo que aparece es mortal y es muerte: una cosa se percibe, y otra se cree.»
De ahí enseña en el mismo lugar que el conocimiento de la verdad se recibe más por el oído que por la vista. «Se nublan los ojos del patriarca —dice—, el paladar es engañado, la mano es engañada, el oído no es engañado. ¿Qué tiene de extraño que el oído perciba la verdad, puesto que la fe viene del oído, el oído por la palabra de Dios, y la palabra de Dios es la verdad? La voz —dice— es la voz de Jacob; nada más verdadero: pero las manos son las manos de Esaú; nada más falso. Te engañas, la semejanza de la mano te engaña. Tampoco hay verdad en el gusto, aunque haya dulzura: pues ¿cómo tiene verdad quien piensa que come caza, cuando se alimenta de carne doméstica de cabritos? Mucho menos el ojo, que nada ve. No hay verdad en el ojo, ni sabiduría; sólo el oído tiene la verdad, que percibe la palabra.»
Lo mismo es claro en la Eucaristía: pues en ella la mano, el gusto y el tacto son engañados, mientras perciben, gustan y juzgan que es pan; pero sólo la voz no engaña: pues ésta es la voz del Hijo de Dios, que no puede ser engañado ni engañar, al decir: «Éste es mi cuerpo.»
Versículo 23: Isaac se dispone a bendecir
BENDICIÉNDOLO, PUES. Es decir, disponiéndose y preparándose para bendecir: pues la palabra «bendiciéndolo» significa aquí un acto, no completo, sino incoado y destinado, a saber, la misma disposición y preparación para bendecir: pues Isaac no bendice a Jacob aquí, sino en lo que sigue.
Versículo 27: La fragancia de las vestiduras de Jacob
CUANDO PERCIBIÓ. La fragancia del aroma que Jacob esparcía desde sus vestiduras recreó y alegró de tal modo el ánimo del buen anciano Isaac, que, inundado de gozo y ardiendo en amor por su hijo, prorrumpió en su bendición.
De este pasaje resulta evidente que era costumbre antiquísima que las vestiduras de los hombres principales y nobles fuesen sazonadas con ungüentos preciosos o fragancias. Lo mismo consta del Cantar de los Cantares 4, 11: El aroma de tus vestiduras es como el aroma del incienso, y del Salmo 44, 9: Mirra, áloe y casia de tus vestiduras.
HE AQUÍ EL OLOR DE MI HIJO. En lugar de «he aquí», el hebreo dice «ve», como si dijera: Veo, es decir, percibo, siento, huelo la maravillosa fragancia de mi hijo; pues «ver» se emplea por cualquier sentido, como he dicho en otro lugar.
COMO EL OLOR DE UN CAMPO LLENO, floreciente de flores y frutos: pues éstos exhalan un aliento suave y fragante, con el cual los hombres se recrean admirablemente. La palabra «lleno» no está en el hebreo ni en el caldeo, pero sí en el griego.
Tropológicamente, sobre el aroma de las virtudes véase a Ruperto aquí, y a San Agustín, libro 16 de La ciudad de Dios, capítulo 37, y a San Gregorio, homilía 6 sobre Ezequiel, quien dice: «Pues de una manera huele la flor de la uva; porque grande es la virtud y la fama de los predicadores, que embriagan las mentes de sus oyentes. De otra manera la flor del olivo; porque dulce es la obra de la misericordia; porque a modo de aceite suaviza y da luz. De otra manera la flor de la rosa; porque la vida pura de la carne consiste en la incorrupción de la virginidad. De otra manera la flor de la violeta; porque grande es la virtud de los humildes, que ocupando por deseo los últimos lugares, no se elevan por la humildad de la tierra a lo alto, y conservan en su mente la púrpura del reino celestial. De otra manera huele la espiga cuando llega a la madurez; porque la perfección de las buenas obras se prepara para saciedad de los que tienen hambre de justicia.»
A QUIEN EL SEÑOR HA BENDECIDO. Esta bendición del campo por Dios consiste en tres cosas, como Isaac explica aquí: primera, en un olor suave y fragante, del cual dice aquí: Como el olor de un campo lleno; segunda, en el rocío del cielo. Dice más bien rocío que lluvia, porque en Palestina sólo llueve dos veces al año, a saber, en octubre cuando siembran, para que la semilla germine, la cual por eso se llama en la Escritura lluvia temprana; segunda, en abril, para que los frutos maduren, la cual se llama lluvia tardía. De ahí que en el tiempo intermedio los campos necesitan continuamente del rocío, para que las siembras y cosechas no se sequen, sino que se nutran, alimenten y crezcan. Tercera, en la grosura de la tierra, es decir, que la tierra no sea arenosa, ni acuosa, ni agotada, sino fértil, moderadamente seca y como juvenil, para que produzca abundante prole y frutos.
Alegóricamente, estas bendiciones se cumplieron en Cristo, como enseña San Agustín, libro 16 de La ciudad de Dios, capítulo 37. Tropológicamente, en el alma de cada justo, como enseña San Gregorio, homilía 6 sobre Ezequiel. Anagógicamente, en los bienaventurados, como enseña San Ireneo, libro 5, capítulo 33.
Versículo 29: La cuádruple bendición de Jacob
SÍRVANTE LOS PUEBLOS, como si dijera: A tus descendientes, David, Salomón y los Macabeos, se someterán los idumeos, filisteos, árabes, amonitas y otros pueblos.
Nótense las cuatro partes de esta bendición. La primera es una cuádruple bendición de Jacob: la primera pertenece a la riqueza, cuando dice: Déte Dios del rocío del cielo, etc.; la segunda pertenece al dominio, cuando dice: Sírvante los pueblos; la tercera, a la preeminencia entre los hermanos, cuando dice: Sé señor de tus hermanos; con cuyas palabras Jacob recibió el derecho y señorío sobre Esaú; pero la ejecución de este derecho y señorío no la recibió en sí mismo, sino en sus descendientes, cuando los descendientes de Esaú, a saber, los idumeos, sirvieron bajo David; la cuarta, cuando dice: Quien te maldiga, sea él maldito; y quien te bendiga, sea colmado de bendiciones. Esto pertenece al favor de Dios, como si dijera: Dios abrazará tu causa y la de tus descendientes; a quienes sean tus amigos o enemigos, los considerará como suyos: maldiciendo a éstos, es decir, haciéndoles mal, y bendiciendo a aquéllos, es decir, haciéndoles bien.
Nota: Estas bendiciones son en parte bendiciones, en parte profecías. Pues Isaac, con espíritu profético, con estas palabras invoca y al mismo tiempo anuncia lo que había de sobrevenir a Jacob y a los israelitas de parte de Dios y del favor de Dios.
Versículo 33: Isaac se estremece de estupor
ISAAC SE ESTREMECIÓ CON VEHEMENTE ESTUPOR. Los Setenta: Isaac fue arrebatado en un grandísimo éxtasis. En este terror y admiración, pues, Isaac, arrebatado en éxtasis, dice San Agustín, Cuestión 80, vio y dijo las cosas que siguen, de modo que cambió de parecer, y no se airó contra Jacob, que por fraude había arrebatado la bendición a su hermano, sino que la confirmó: ciertamente en este arrebato Dios mostró a Isaac que este hecho de Jacob, en cuanto a la sustancia del acto, es decir, el arrebato, la anticipación y la sustitución de sí mismo en la primogenitura (aunque no en cuanto al modo, es decir, la mentira), se había realizado por su voluntad e instinto: pues Jacob había sido designado por Él como primogénito y heredero de sus promesas hechas a Abrahán y a Isaac, no Esaú; quería, pues, que Isaac ratificara estas cosas; de ahí que Isaac, inmediatamente obediente a Dios y mudando su parecer de Esaú a Jacob, dijo: Y será bendito. Así San Jerónimo, Alcuino y San Agustín, libro 16 de La ciudad de Dios, capítulo 37.
Versículo 34: El clamor de Esaú por una bendición
RUGIÓ, como un león, mostrando no sólo su tristeza, sino su ferocidad y furor, con un fuerte clamor a manera de rugido.
Filón y Eusebio juzgan que Esaú rugió así, no tanto por el dolor de la bendición perdida (aunque esto también le punzó), cuanto por envidia del engrandecimiento de su hermano, especialmente porque su padre lo había preferido a él y lo había sometido a su hermano.
BENDÍCEME TAMBIÉN A MÍ. El hebreo tiene mayor patetismo: Bendíceme también a mí; yo, padre mío, entiéndase, soy tu hijo, y el verdaderamente primogénito, y más querido para ti hasta ahora, y a quien prometiste esta bendición hace poco, que ahora he sido prevenido por la astucia de mi hermano, y he sufrido esta pérdida porque obedecí tu mandato partiendo a cazar para preparar lo que deseabas; justo es, pues, que me bendigas también a mí.
ANTES. Esta palabra no está en el hebreo, ni en el caldeo, ni en el griego. «Antes» aquí equivale a «anteriormente»; pues comúnmente decimos de un hombre vigilante, diligente y agudo: Ya hace tiempo, ya antes él te anticipó, como Jacob aquí había anticipado a Esaú; pues apenas había salido Jacob de la presencia de su padre, cuando llegó Esaú, como consta del versículo 30. Donde San Juan Crisóstomo, homilía 53, se admira de la providencia de Dios para con los suyos y los que le obedecen: pues dispuso que Esaú no regresara sino después de que Jacob, habiendo recibido la bendición, hubiera partido. «De aquí aprendamos —dice— que cuando alguien quiere disponer sus asuntos conforme a la voluntad del Señor, es auxiliado por tan grande socorro celestial, que lo experimenta claramente en la realidad.»
Podría, en segundo lugar, el término «antes» referirse no a la partida de Jacob, sino a la caza capturada y los alimentos traídos por él a su padre: pues el padre empleó un poco más de tiempo en comer y conversar con Jacob.
Y SERÁ BENDITO. Dirás: El error de persona invalida los contratos humanos, especialmente los matrimonios; luego también esta bendición de Isaac: pues él, equivocándose, al bendecir a Jacob, pensaba e intentaba bendecir no a él sino a Esaú. Además, Jacob se introdujo con astucia y fraude; pero el dolo no debe favorecer a nadie, como establece la regla del derecho.
Responde Pererio, negando la consecuencia; porque Isaac no erraba en la persona en cuanto a su intención primaria, que era bendecir a quien era el primogénito, o a quien Dios quería que fuese primogénito: y ése era Jacob, no Esaú; erraba, sin embargo, en cuanto a su intención secundaria, por la cual pretendía bendecir a Esaú, creyéndolo primogénito; de ahí que, reconociendo este error por instinto de Dios y corrigiendo su intención, dijo: Y será bendito, a saber, Jacob, a quien antes bendije. Además, la astucia de Jacob no fue mala, sino buena: pues con ella reclamó su derecho y lo que era suyo, es decir, la primogenitura, que de otro modo no habría podido obtener del injusto y violento poseedor Esaú.
Añádase que ésta no fue tanto una bendición como una profecía, y que la lengua de Isaac fue movida no tanto por Isaac como por Dios para bendecir a Jacob.
Cabe preguntar: ¿por qué Esaú pidió tan ávidamente e insistentemente la bendición de su padre? Respondo primero, porque por larga experiencia los hombres habían aprendido en aquel tiempo que la bendición de un padre —o la maldición— tiene grandísimo poder, y es frecuentemente eficaz sobre los hijos, como todavía sucede no raramente. La bendición del padre, dice el Sabio en Eclesiástico 3, versículo 11, afianza las casas de los hijos, pero la maldición de la madre arranca sus cimientos. Así Sem y Jafet, bendecidos por Noé: Bendito sea el Señor Dios de Sem, sea Canaán su siervo, dilate Dios a Jafet, etc., Génesis 9, 26 — obtuvieron lo mismo de Dios. Así la bendición de Jacob dada a Efraín y Manasés en Génesis 48, 20, y otra dada a los doce hijos en Génesis 49; igualmente la bendición de Moisés dada a las doce tribus, Deuteronomio 33, fue eficaz y realmente se cumplió. Igualmente la bendición de Tobías dada a su hijo en el capítulo 5, versículo 21: Que viajéis bien, y que Dios esté con vosotros en vuestro camino, y su ángel os acompañe; también la bendición de Ragüel, suegro, dada a Tobías y a su esposa Sara, capítulo 10, versículo 1, fue eficaz. De ahí que San Ambrosio, libro 1 de Las bendiciones de los Patriarcas, capítulo 1: «¡Cuánta reverencia —dice— debemos a los padres, cuando leemos (Génesis 27) que quien era bendecido por su padre, era verdaderamente bendito! Por eso Dios concede esta gracia a los padres, para que la piedad de los hijos sea estimulada: el privilegio de los padres, pues, es la disciplina de los hijos.» Así, por la bendición de su padre Matatías, los Macabeos se hicieron valientes e invencibles en las guerras, 1 Macabeos capítulo 2, versículo 69 y siguientes.
Por el contrario, Cam, maldecido por su padre Noé, resultó tal en toda su posteridad cananea. Igualmente Rubén, maldecido por Jacob por incesto, resultó de la misma manera: lo mismo le sucedió a Leví y Simeón, Génesis capítulo 49, versículos 4 y 5. De ahí infiere San Ambrosio arriba: «Honre el piadoso a su padre por la gracia, el ingrato por el temor.»
San Agustín tiene un ejemplo memorable en el libro 22 de La ciudad de Dios, capítulo 8, acerca de diez hijos maldecidos por su madre, que fueron inmediatamente heridos con un horrible temblor de sus miembros, y por ello vagaban por casi todo el mundo romano: dos de los cuales fueron curados ante las reliquias de San Esteban.
Segundo, porque por esta bendición del padre moribundo, se declaraban los primogénitos y herederos de la promesa hecha a Abrahán, así como Jacob fue aquí declarado. Así Ruperto.
Versículo 36: El nombre Jacob y la suplantación
CON RAZÓN (correctamente, verdaderamente, aptamente — así el hebreo) FUE LLAMADO SU NOMBRE JACOB: PUES ME HA SUPLANTADO ESTA SEGUNDA VEZ. Jacob significa lo mismo que «el que agarra el talón» y «suplantador». Fue llamado así porque al nacer asió el talón de su hermano. Esto significaba que suplantaría a su hermano, como de hecho lo hizo: primero, comprando astutamente la primogenitura de Esaú en el capítulo 25, versículo 21; segundo, aquí arrebatándole la bendición paterna. El árabe traduce enfáticamente: «me jacobeó esta segunda vez». «Jacobear» es un verbo frecuente entre los árabes que significa suplantar y agotar algo hasta las heces y el extremo, tomado del hebreo aqab y yaaqob, es decir, suplantar y suplantador.
TU BENDICIÓN — debida a ti por derecho de naturaleza, y destinada para ti por mí, pero Dios la transfirió a tu hermano.
Versículo 37: ¿Qué haré por ti?
TODOS SUS HERMANOS. Todos sus parientes y consanguíneos, ya sean los que han de nacer de ti, oh Esaú, ya de Ismael y de mis otros hermanos, hijos de Queturá: pues así como yo soy la cabeza y príncipe de éstos, así también lo será Jacob.
¿QUÉ HARÉ? Esaú pedía una bendición semejante a la de Jacob, y debida al primogénito: Isaac no podía darla; de ahí que el Apóstol en Hebreos 12 afirme que Esaú la buscó con lágrimas, pero en vano, pues no la obtuvo; así pues Isaac le dio otra tal como pudo.
Versículos 39–40: La bendición de Esaú
EN LA GROSURA DE LA TIERRA Y EN EL ROCÍO DEL CIELO DESDE LO ALTO ESTARÁ TU BENDICIÓN. En hebreo es: será tu morada o habitación, como si dijera: Habitarás en tierra pingüe y fértil, que Dios hará fecunda enviando rocío y lluvia.
Se ve aquí que la bendición de Isaac es una profecía, que se cumplió en el capítulo 33, versículo 9. Además, ésta es la menor de las bendiciones dadas a Jacob, a saber, la abundancia de vino y trigo; pues ciertamente tal bendición, y no otra, era debida a un hombre terreno y carnal.
VIVIRÁS POR LA ESPADA. Ocuparás una tierra fértil; sin embargo vivirás no tanto de la agricultura cuanto del pillaje y la rapiña — no tanto tú mismo cuanto tu posteridad. Cuán rapaces y belicosos fueron los idumeos, lo enseña Josefo en el libro 4 de La guerra de los judíos.
Y SERVIRÁS A TU HERMANO (bajo David), Y VENDRÁ EL TIEMPO EN QUE SACUDIRÁS Y SOLTARÁS EL YUGO. A saber, en el tiempo de Joram, hijo de Josafat, los idumeos se rebelaron contra los judíos, 2 Reyes 8, y permanecieron libres del yugo judío durante 800 años, hasta Hircano, que los subyugó de nuevo; y a su vez Herodes, hijo de Antípatro el idumeo, obtuvo el reino de Judea, y lo mantuvo en sí mismo y en sus descendientes hasta la destrucción de Jerusalén, durante 150 años. De ahí resultó que en tiempo de Tito y Vespasiano, los idumeos junto con los romanos asaltaron y devastaron Jerusalén. Véase Josefo, libro 14 de las Antigüedades, al principio, y libro 1 de La guerra de los judíos.
Moralmente, San Ambrosio, libro 2 de Sobre Jacob, capítulo 3, dice: «Un buen padre —dice—, teniendo dos hijos, uno intemperante y el otro sobrio, para mirar por ambos, puso al sobrio sobre el intemperante, y decretó que el necio obedeciera al prudente, para que por la autoridad del gobernante mejorara su disposición.»
Versículo 41: El odio de Esaú hacia Jacob
ESAÚ, PUES, SIEMPRE ODIÓ A JACOB. Nótese aquí: Tras recibir la bendición de su padre, Jacob es inmediatamente probado, sufre persecución y finalmente es expulsado de la casa paterna, de modo que cualquiera podría pensar que la bendición no le había aprovechado nada, o incluso le había perjudicado: pero el resultado mostró que le había aprovechado.
Nótese en segundo lugar la impiedad y necedad de Esaú: pues primero, se aíra, más aún, odia a su hermano; segundo, busca un modo de venganza; tercero, no considera que esto sucedió por providencia de Dios, ni que él mismo lo había merecido, sino que sólo considera lo que su hermano hizo; cuarto, como no podía reclamar la bendición por derecho, recurre a la fuerza; quinto, determina no sólo perseguir a su hermano sino también matarlo; sexto, desea la muerte de su padre: Vendrán los días de luto de mi padre —dice—, y mataré a mi hermano. Donde con razón dice San Juan Crisóstomo, homilía 53: «¿Acaso el que se encoleriza contra los que están furiosos no está él mismo no menos loco?» Séptimo, oculta todo esto hasta que se presente la oportunidad de llevarlo a cabo. ¡Cuán necio fue, quien intentó recuperar la bendición por medios malvados, más aún, añadiendo pecados a pecados, cuando por tales cosas se incurre más bien en maldición! Pues la bendición de Dios ha de obtenerse mediante buenas obras.
Versículo 42: Esaú amenaza a Jacob
AMENAZA. En hebreo mitnachem, es decir, se consuela — de que te matará.
Versículo 45: Rebeca teme perder a ambos hijos
¿POR QUÉ HABRÍA DE QUEDAR PRIVADA DE AMBOS HIJOS EN UN SOLO DÍA? Pues si permaneces aquí, tendrás que luchar con tu hermano, y o caeréis por heridas mutuas, o muerto uno, el otro será fugitivo, y así quedaré privada de la presencia y consuelo de ambos.
Versículo 46: El prudente consejo de Rebeca
SI JACOB TOMA ESPOSA DEL LINAJE DE ESTA TIERRA (cananea o hitita, como las que tomó Esaú, que por su maldad y obstinación nos son molestas y odiosas a mí y a ti), NO QUIERO VIVIR. En hebreo: ¿para qué me sirve la vida? Como si dijera: La vida me será tan amarga y penosa que preferiría morir a vivir.
Nótese la prudencia de Rebeca: pues para impedir el fratricidio, envía lejos a uno de los hermanos; y para no revelar al padre el crimen y la maquinación del otro, y así causar tristeza al padre e indignación paterna contra el hijo, pretexta otra razón para enviar lejos a su hijo — y verdadera —, a saber, que no quiere que Jacob tome por esposa a alguna hitita desobediente y malvada, sino que desea que despose a alguna parienta de Harán, donde la casa de su padre estaba bien gobernada. Esta razón movió a Isaac y le persuadió para que, en el capítulo siguiente, enviara a Jacob a Harán.
De ahí que San Ambrosio, libro 2 de Sobre Jacob, capítulo 3: «Aprendamos de Rebeca —dice— cuánto hay que cuidar para que la envidia no encienda la ira, y la ira no se precipite en parricidio. Que venga Rebeca, esto es, la paciencia, buena guardiana de la inocencia; que nos persuada a ceder ante la ira. Retirémonos a cierta distancia, hasta que con el tiempo se ablande la indignación y se deslice el olvido de la ofensa.»
Este prudente y santo consejo de Rebeca y Jacob fue seguido por San Gregorio Nacianceno; pues cuando en el Concilio de Constantinopla surgieron rivalidades y disensiones de ciertos obispos, porque el Nacianceno había sido consagrado obispo por otros sin consultarlos, Gregorio renunció voluntariamente a su sede y rango, y les dirigió estas palabras: «Os suplico humildemente por la Trinidad misma, que dispongáis todas las cosas recta y pacíficamente entre vosotros: y si yo soy la causa de disensión entre vosotros, de ningún modo debo parecer más venerable que el profeta Jonás; arrojadme al mar, y esta tempestad de turbaciones entre vosotros se calmará. Con gusto sufriré cuanto queráis, aunque soy inocente, por causa de vuestra concordia; expulsadme del trono, desterradme del mundo, con tal que améis la verdad y la paz. Adiós, sagrados pastores, y recordad siempre mis trabajos.» Dicho esto, se dirigió al emperador Teodosio pidiendo su dimisión: «Humildemente pido —dijo— que se me libre de estos trabajos; que haya un fin para la envidia, que los obispos cultiven la paz, y que esto sea por tu obra: éste es el don que te pido, éste último favor concédeme.» Teodosio, admirando la virtud del varón, a duras penas accedió finalmente, y permitió que Nectario fuese sustituido en su lugar. Así Gregorio el Presbítero en la Vida del Nacianceno.
Alegóricamente, Rebeca enviando a Jacob a Mesopotamia, donde engendró a los doce Patriarcas, significa a Dios Padre enviando a su Hijo al mundo, donde engendró a los doce Apóstoles. Y así como Jacob fue enviado solo con un báculo, así Cristo vino solo, pobre y humilde, y quiso que los Apóstoles fueran lo mismo, y así evangelizaran por todo el mundo, para que fueran como ángeles que de nada carecen, como si fueran dioses terrestres de algún modo. Así San Ireneo, libro 4, capítulo 38, y San Agustín, sermón 79 Sobre los tiempos.