Cornelius a Lapide (Cornelius Cornelissen van den Steen, 1567–1637)
(José vendido por sus hermanos)
Índice
Sinopsis del Capítulo
José narra sus sueños; sus hermanos lo envidian y maquinan su muerte, pero Rubén lo libra. Luego, en el versículo 26, por persuasión de Judá, venden a José a los madianitas, y estos lo venden a Putifar en Egipto.
Texto de la Vulgata
1. Habitó Jacob en la tierra de Canaán, en la cual su padre había peregrinado. 2. Y estas son las generaciones de él: José, cuando tenía dieciséis años, apacentaba el rebaño con sus hermanos, siendo aún muchacho; y estaba con los hijos de Bilhá y Zilpá, mujeres de su padre; y acusó a sus hermanos ante su padre de un crimen gravísimo. 3. Israel amaba a José más que a todos sus hijos, porque lo había engendrado en su vejez; y le hizo una túnica de muchos colores. 4. Y viendo sus hermanos que era amado por su padre más que todos los demás hijos, lo odiaban y no podían hablarle pacíficamente. 5. Sucedió también que refirió a sus hermanos un sueño que había tenido, lo cual fue semilla de mayor odio. 6. Y les dijo: Escuchad el sueño que he soñado: 7. Me parecía que atábamos gavillas en el campo, y que mi gavilla se levantaba, por así decirlo, y se mantenía en pie, y que vuestras gavillas, puestas alrededor, adoraban a mi gavilla. 8. Le respondieron sus hermanos: ¿Acaso serás nuestro rey? ¿O nos someteremos a tu dominio? Esta causa de los sueños y las palabras suministró, pues, pábulo a la envidia y al odio. 9. Vio también otro sueño, y narrándolo a sus hermanos dijo: Vi en sueños que el sol, la luna y once estrellas me adoraban. 10. Y cuando lo refirió a su padre y a sus hermanos, su padre lo reprendió y dijo: ¿Qué significa este sueño que has soñado? ¿Acaso yo, tu madre y tus hermanos te adoraremos sobre la tierra? 11. Sus hermanos, pues, lo envidiaban; pero su padre consideraba el asunto en silencio. 12. Y estando sus hermanos en Siquem, apacentando los rebaños de su padre, 13. Israel le dijo: Tus hermanos apacientan las ovejas en Siquem; ven, te enviaré a ellos. Y respondiendo él: 14. Estoy dispuesto, le dijo: Ve, y mira si todo está bien con tus hermanos y con el ganado, y tráeme noticias de lo que acontece. Enviado desde el valle de Hebrón, llegó a Siquem; 15. y un hombre lo encontró errante por el campo y le preguntó qué buscaba. 16. Él respondió: Busco a mis hermanos; indícame dónde apacientan los rebaños. 17. Y le dijo el hombre: Se han ido de este lugar; pues oí que decían: Vayamos a Dotán. Fue, pues, José tras sus hermanos y los encontró en Dotán. 18. Cuando ellos lo vieron de lejos, antes de que se acercase, tramaron matarlo; 19. y se decían unos a otros: He aquí que viene el soñador; 20. venid, matémoslo y echémoslo en una cisterna vieja, y diremos: Una fiera lo ha devorado; y entonces se verá de qué le sirven sus sueños. 21. Oyendo esto Rubén, se esforzaba por librarlo de sus manos, y decía: 22. No le quitéis la vida ni derraméis su sangre, sino arrojadlo en esta cisterna que está en el desierto, y mantened vuestras manos inocentes; mas decía esto queriendo rescatarlo de sus manos y devolverlo a su padre. 23. Así pues, tan pronto como llegó a sus hermanos, lo despojaron de su túnica talar y de muchos colores; 24. y lo arrojaron en una cisterna vieja que no tenía agua. 25. Y sentándose a comer pan, vieron a unos viajeros ismaelitas que venían de Galaad, y sus camellos llevaban aromas, resina y estacte, rumbo a Egipto. 26. Dijo entonces Judá a sus hermanos: ¿Qué nos aprovecha matar a nuestro hermano y ocultar su sangre? 27. Mejor es que sea vendido a los ismaelitas y que nuestras manos no se contaminen; pues es nuestro hermano y nuestra carne. Sus hermanos consintieron en sus palabras. 28. Y al pasar los mercaderes madianitas, lo sacaron de la cisterna y lo vendieron a los ismaelitas por veinte piezas de plata; y ellos lo llevaron a Egipto.
29. Vuelto Rubén a la cisterna, no halló al muchacho; 30. y rasgándose las vestiduras, fue a sus hermanos y dijo: El muchacho no aparece, ¿y adónde iré yo? 31. Tomaron entonces su túnica y la tiñeron en la sangre de un cabrito que habían matado; 32. y enviaron quienes la llevasen al padre y dijesen: Esto hemos encontrado; mira si es la túnica de tu hijo o no. 33. Y reconociéndola el padre, dijo: Es la túnica de mi hijo; una fiera lo ha devorado, una bestia ha devorado a José. 34. Y rasgándose las vestiduras, se vistió de cilicio, llorando a su hijo por largo tiempo. 35. Y reuniéndose todos sus hijos para consolar el dolor de su padre, no quiso recibir consuelo, sino que dijo: Descenderé a mi hijo llorando al sepulcro. Y perseverando él en el llanto, 36. los madianitas vendieron a José en Egipto a Putifar, eunuco del Faraón, jefe de la milicia.
Versículo 2
2. ESTAS SON LAS GENERACIONES DE ÉL, es decir, de Jacob, como si dijera: En adelante narraré los descendientes de Jacob, sus fortunas, sucesos y hechos, especialmente los de José, como hice con Esaú en el capítulo precedente. Pues aquí comienza la historia de José, el más inocente, el más casto y el más paciente. Véase San Ambrosio, libro Sobre José.
José cuando tenía dieciséis años. Los hebreos, caldeos, los Setenta y Josefo tienen diecisiete, a saber: José había cumplido su año 16 y había comenzado el 17. De ahí que Filón diga: Tenía alrededor de 17 años. De ahí que el hebreo diga: «José era hijo de 17 años.» Pues el hebreo ben, es decir, «hijo», significa el comienzo y como la edificación de aquella cosa, de la raíz banah, es decir, «edificó», como es claro por Éxodo II, 5, como si dijera: José aún estaba siendo edificado desde su decimoséptimo año, o estaba en su decimoséptimo año.
Estas cosas, pues, le sucedieron a José poco después de la muerte de su madre Raquel y del nacimiento de Benjamín, a saber, en el mismo año o en el siguiente, cuando Jacob tenía 107 años, es decir, en el año del mundo 2216. Nótese: José desde este año 16 hasta el 30, durante trece años completos, soportó una dura y miserable servidumbre; pero en su año 30 fue elevado al principado, y en él vivió feliz y glorioso, como príncipe de Egipto, durante 80 años, hasta su muerte; pues murió a la edad de 110 años. Y así José fue un tipo expreso de Cristo paciente y resucitado. Véase San Juan Crisóstomo, Homilía 61 y siguientes, y San Ambrosio, libro Sobre José: «Aprended —dice Ambrosio— en Abrahán la incansable devoción de la fe; en Isaac la pureza de una mente sincera; en Jacob la paciencia en los trabajos; en José el espejo de la castidad»; añádase también, de la paciencia y la constancia en sobrellevar odios, persecuciones, calumnias, servidumbre, cárcel, etc.
AÚN MUCHACHO, tanto por la edad como por las costumbres y la inocencia.
ESTABA CON LOS HIJOS DE BILHÁ Y ZILPÁ. Parece que Jacob había dividido su rebaño en dos, dando uno para que lo apacentasen los seis hijos de Lía, y confiando el otro a los hijos de Bilhá y Zilpá, las siervas, con quienes unió a José; porque estos fácilmente toleraban que José fuese preferido a ellos, lo cual los hijos de Lía no toleraban. Pues así como hubo rivalidad entre Raquel y Lía, así también entre sus hijos; pues los hijos de Lía pensaban, especialmente después de la muerte de Raquel, que a ellos, como hijos mayores nacidos de la madre mayor que aún vivía, les correspondían los derechos de primogenitura.
Y LOS ACUSÓ. Así lo leen los textos hebreo, caldeo, Aquila, Símaco y Teodocio. Pero los Setenta en la edición romana tienen katenengkan, es decir, «acusaron», a saber, los hermanos acusaron al propio José; y así lo leen Teodoreto, San Juan Crisóstomo, Diodoro y Cirilo. Pero debe corregirse a katenengken, es decir, «acusó»; pues así leen los Setenta en la edición regia, y los textos hebreos lo exigen, así como la propia secuencia de la narración.
Nótese: José, siendo inocente y santo, observó el orden de la corrección fraterna que la razón natural misma dicta, a saber, que primero se amoneste en privado al prójimo sobre su pecado antes de llevarlo al superior. José, pues, primero advirtió a sus hermanos; pero al ver que su amonestación era desatendida por ellos, los denunció ante su padre. Así lo dice el Abulense.
SUS HERMANOS, especialmente los hijos de Bilhá y Zilpá, dice San Cirilo, puesto que con ellos convivía y apacentaba las ovejas.
DE UN CRIMEN GRAVÍSIMO, contra la naturaleza, a saber, del pecado ya de sodomía, como sostiene Ruperto; ya de bestialidad con las ovejas que apacentaban, como sostienen Santo Tomás, el Abulense y Hugo de San Víctor, el cual, por ser vergonzoso, horrible e infame, Moisés no quiso nombrarlo aquí; pues este es un pecado mudo, que debe ser silenciado por su enormidad. El hebreo tiene dibba raa, es decir, «infamia mala»; de donde parece que este pecado de los hermanos de José era nefando, infame y público.
Otros, como Pererio, entienden por «crimen gravísimo» las riñas y odios mutuos; otros entienden la murmuración contra su padre, porque prefería a José, el menor, a ellos mismos. Pero estas cosas no son dibba, es decir, infamia, y una cosa infame, torpe e indecible. Algunos judíos piensan que José solo acusó a Rubén por su incesto con Bilhá. Pero esto contradice lo que aquí se dice, que acusó no a un hermano, sino a hermanos, como si hubiese acusado a varios de ellos. Así lo dice el Abulense.
Versículo 3
3. Y PORQUE LO HABÍA ENGENDRADO EN SU VEJEZ. En hebreo se lee: porque era hijo de la vejez, es decir, dotado de anciana modestia, prudencia y costumbres, dice Teodoreto, Josefo y el Burgense; de donde el caldeo traduce: porque era un hijo sabio para él. Pero nuestro Traductor lo vierte mejor y más genuinamente: «porque lo había engendrado en su vejez.» Pues aunque Jacob, dentro del segundo septenio de su servidumbre, engendró a todos sus hijos, incluido José, con la sola excepción de Benjamín; sin embargo, José era el último y el menor de todos, excepto Benjamín, que en este decimosexto año de José era apenas un infante de un año. José, pues, es llamado hijo de la vejez, no en sentido absoluto, sino respecto de los demás hijos de Jacob, que todos fueron engendrados antes que José, de modo que en comparación con ellos José era el hijo de la vejez, esto es, engendrado el último, en el último período de la vida generativa del padre.
Filón observa, en su libro Sobre Abrahán, que los padres suelen amar a los hijos engendrados en la vejez más que a los otros hijos, porque tales son los últimos frutos de los padres, después de los cuales no esperan otros. En segundo lugar, porque tales hijos son signos de una buena y vigorosa vejez en los padres. Escúchese a Filón: «Los padres aman con más vehemencia a los hijos tardíos —dice—, ya porque han sido largo tiempo deseados, ya porque su naturaleza agotada no espera más prole, ya porque se gozan grandemente de ser aún fuertes para engendrar en la vejez.» Añádase también que José era semejante a su padre y a su abuelo; pues así como Jacob nació de la estéril Rebeca, e Isaac de la estéril Sara, así José procedió de la estéril Raquel y del anciano Jacob, dice Ruperto. Cayetano añade que a través de tales hijos, como los que probablemente vivirán más tiempo, puede conservarse el nombre y la memoria de los padres.
Además de esta causa de amor, hubo también otra, y esa la principal, a saber, la inocencia de vida y costumbres en José. Así lo dice San Juan Crisóstomo, Homilía 61. Además, a esto contribuyó físicamente no poco la condición anciana y el amor del padre. Pues los ancianos, por ser de naturaleza fría, maduros, sabios, castos y bien compuestos, engendran, y del mismo modo crían, hijos semejantes. Un claro ejemplo se halla en la ilustre familia de los Anicios (que después fue llamada Frangipani), la cual recibió su origen y nombre de una anciana (anus). Pues Anicio, su progenitor y fundador, fue así llamado porque nació de una madre anciana, es decir, de una mujer vieja. Pues esta familia trajo al mundo a San Paulino, obispo de Nola, a San Benito, a Santa Escolástica, a San Plácido, a Severino Boecio, a Santa Silvia, a San Gregorio Magno, a Santo Tomás de Aquino y a otros muchísimos distinguidos por la castidad, la sabiduría y toda virtud, como enseña Francisco Zazzera a partir de Panvinio en su tratado Sobre la familia Anicia; quien, no obstante, añade que algunos piensan que los Anicios eran griegos de origen y nombre, y se llamaban como si fuera anikios, es decir, «invictos». Un ejemplo mucho más claro está en la Santísima Virgen: pues Dios dispuso convenientemente que ella naciese y fuese criada por padres ancianos y santos, Ana y Joaquín, porque la destinaba a ser la primicia de la humildad, el fulgor de la virginidad, el sol de la sabiduría y la santidad, y a elevarla por encima de los Ángeles, Querubines y Serafines.
Y LE HIZO UNA TÚNICA DE MUCHOS COLORES. En hebreo passim, es decir, abigarrada con piezas e hilos de diversos colores. Así los Setenta. Pues así como trimitos es una vestidura de tres hilos, así polymitos es una vestidura de muchos hilos. Aquila traduce «talar»; Símaco, «con mangas».
Simbólicamente, esta túnica de muchos colores es la variedad de las virtudes, dice Ruperto. «Con razón, pues, le hizo una túnica abigarrada, con la cual significaba que debía ser preferido a sus hermanos por el ropaje de diversas virtudes», dice San Ambrosio; y, como dice Filón en su libro Sobre José, o Sobre el varón civil y político, esta toga de muchos colores es la multiforme prudencia del príncipe. Pues el príncipe, cual llegó a ser José, debe ser de muchos colores, porque debe ser uno en la paz, otro en la guerra, uno con los enemigos, otro con los amigos, etc., y así debe ser polytropos (versátil), cual Homero canta que fue Ulises, que según la naturaleza de las cosas y las personas podía volverse y adaptarse a todas las formas y figuras.
Pero San Gregorio, en Moralia libro I, último capítulo, que con Aquila toma esta túnica como talar, dice: La túnica talar es la perseverancia, que se extiende hasta los tobillos, es decir, hasta el término de la vida.
Nótese aquí: La causa del odio y la envidia de los hermanos contra José fue, en primer lugar, que José era más amado por su padre; en segundo lugar, que los había acusado ante su padre de un crimen; en tercer lugar, los sueños de José; en cuarto lugar, su túnica de muchos colores que hería continuamente los ojos de los hermanos. Pues esta túnica fue un dolor de ojos para los hermanos, y le costó cara a José y a su padre. Pues con ella lo despojaron los hermanos, maquinaron su muerte y finalmente lo vendieron a los ismaelitas.
Aprendan los padres con este ejemplo a amar, vestir y educar a sus hijos por igual, y a distribuir sus dones y bienes equitativamente en cuanto sea posible, para que, si prefieren a uno sobre otro, este no se vuelva pusilánime y aquel no se ensoberbezca, y así no susciten entre ellos perpetua envidia y riñas, y consiguientemente para sí mismos perpetuo dolor y tristeza. Pues los odios entre hermanos y amigos suelen ser los más acerbos, cuya causa da Aristóteles en Política libro VII, capítulo VII: tanto porque todo cambio procede de un contrario al otro, y por tanto el sumo amor se convierte en sumo odio; cuanto porque la injuria infligida por un hermano o amigo parece más amarga, pues de quienes creen que les es debido un beneficio, sienten que no solo se ven privados de él, sino además agraviados, y esto lo tienen los hombres por cosa acerba.
Versículo 4
4. LO ODIABAN. Este es un ilustre pasaje moral sobre la envidia. De donde nótense aquí las características y los remedios de la envidia. Primero, la envidia es semejante a la oftalmía, que se ofende y daña con las cosas muy brillantes y relucientes; pues así la envidia se amarga y consume ante los bienes, la virtud y la gloria de otros. De ahí que Aristóteles, preguntado «¿qué es la envidia?», respondió: «Es la antagonista de los afortunados.» Segundo, cuanto más crece la virtud y la gloria, tanto más crece también la envidia. De ahí que Temístocles, siendo joven, solía decir con pesar que aún no había realizado ninguna hazaña ilustre: Porque, decía, nadie me envidia todavía. Tercero, la envidia a nadie daña sino a sí misma. Pues así como la herrumbre consume el hierro, así la envidia desgasta y consume al envidioso; y así como se dice que la víbora roe y rompe el vientre de su madre para nacer, así la envidia roe y rompe la mente del envidioso. De ahí Horacio: Los tiranos de Sicilia no inventaron tormento mayor que la envidia.
¿Queréis una imagen y forma de la envidia? Ovidio la describe aptamente así en Metamorfosis libro II: La palidez se asienta en su rostro, y la flacura en todo su cuerpo; su mirada nunca es recta; sus dientes están lívidos de herrumbre; su pecho verdea de hiel; su lengua está empapada de veneno. La risa está ausente, excepto la que causan los dolores ajenos; no goza del sueño, excitada por cuidados vigilantes; mas ve los ingratos éxitos de los hombres y se consume viéndolos, y desgarra a otros mientras ella misma es desgarrada; ella es su propio suplicio.
De ahí que Anacarsis dijera que la envidia es la sierra del alma; y Sócrates, que es la úlcera del alma. De ahí también Evágoras juzgó que los envidiosos son más infelices que los demás hombres, y doblemente miserables: porque los demás solo son atormentados por sus propios males, pero los envidiosos son además atormentados por los bienes ajenos. Cuarto, la envidia generalmente hace más ilustre y más afortunado a aquel a quien se envidia: así los hermanos de José, vendiéndolo por envidia, fueron la causa de que fuese exaltado en Egipto. Quinto, San Gregorio, en Moralia libro V, sobre aquel pasaje de Santiago capítulo 5, «La envidia mata al pequeño», enseña que el envidioso es de espíritu mezquino, de corazón estrecho y de carácter vil y abyecto; pues envidiando a otros muestra que es menor e inferior a ellos, y revela su propia pequenez y pobreza: pues lo que envidia, él mismo no lo tiene y lo desea vehementemente. Sexto, la envidia también corroe y consume el cuerpo. De ahí dice el Sabio en Proverbios XIV: «La vida de la carne es la salud del corazón; la envidia es la podredumbre de los huesos.»
Oíd a San Ambrosio, libro Sobre José, capítulo II: «Más se gana para un hijo a quien se gana el amor de sus hermanos. Esta es la más espléndida generosidad de los padres, esta la más rica herencia de los hijos. Que la gracia igual una a aquellos hijos a quienes la naturaleza igual ha unido. La piedad no conoce ganancia de dinero donde hay pérdida de piedad. ¿Por qué os admiráis si entre hermanos surgen pleitos por una hacienda o una casa, cuando por una túnica se encendió la envidia entre los hijos del santo Jacob?» Mas excusa a Jacob, «porque amaba más a aquel en quien preveía las mayores señales de virtud, de modo que el padre parece haber preferido no tanto al hijo como el profeta el misterio; y con razón le hizo una túnica abigarrada, con la cual significaba que debía ser preferido a sus hermanos por el ropaje de diversas virtudes.»
Séptimo, San Basilio, en su sermón Sobre la envidia, enseña que el remedio más eficaz contra la envidia es el desprecio de la gloria y de todos los bienes temporales, como fugaces y caducos, y el amor y deseo de los bienes eternos. Sobre lo cual véase San Gregorio, Moralia libro V, al final. Así también Crates de Tebas solía decir que su patria era el desprecio de la gloria y la pobreza, sobre las cuales la fortuna no podía ejercer poder alguno. Decía también que era ciudadano y discípulo de Diógenes el Cínico, quien no estaba expuesto a asechanza alguna de la envidia. Pues las riquezas y los honores suelen atraer la envidia de los hombres. Así lo refiere Laercio en el libro VI. Verdaderamente dice también Gregorio Nacianceno en sus Dísticos yámbicos: «Con la aprobación de Cristo, la malicia nada puede; sin la aprobación de Cristo, el trabajo nada puede.» Octavo, Catón el Viejo solía decir que quienes usaban su fortuna con moderación y sobriedad eran los menos atacados por la envidia. Pues, decía, los hombres no nos envidian a nosotros, sino los bienes que nos rodean; y a su vez, quienes usan sus bienes con insolencia se atraen la envidia. Testigo de ello es Plutarco en sus Apotegmas romanos. San Gregorio Nacianceno, cuando la Iglesia era perturbada por sus rivales y detractores, cedió y dijo: «No permita Dios que por mi causa surja discordia alguna entre los sacerdotes de Dios. Si aquella tempestad es por mi causa, tomadme y arrojadme al mar.» Así Cleóbulo, preguntado por alguien qué cosas debían evitarse sobre todo, respondió: La envidia de los amigos y las insidias de los enemigos.
Véanse también las catorce propiedades de la envidia en Pererio, aquí, número 30 y siguientes. Nuestro Vicente Regio asigna ocho remedios contra la envidia en el libro IV de las Disquisiciones Evangélicas, capítulo XVI.
Versículo 6
6. ESCUCHAD MI SUEÑO. Este sueño, como el resultado declaró, no fue natural sino enviado por Dios, con el cual Dios presagiaba y significaba cosas futuras, tanto a José como a sus hermanos.
Versículo 7
7. ME PARECÍA QUE ATÁBAMOS GAVILLAS, de trigo y grano. Con este símbolo se presagiaba aptamente el viaje de los hermanos a Egipto para comprar trigo en tiempo de hambre. Además, que las gavillas de los hermanos adorasen la gavilla de José significaba claramente que los hermanos adorarían a José en Egipto. Así lo dice Teodoreto, Cuestión XCIII.
Tropológicamente, esta gavilla de José es Cristo, a quien todas las lecturas de la Ley y los Profetas, todos los Santos y Ángeles rodean y adoran, dice Ruperto. Y San Ambrosio, libro Sobre José, capítulo II, dice: «En lo cual ciertamente fue revelada la futura resurrección del Señor Jesús, a quien, cuando lo vieron en Galilea, los once discípulos adoraron; y todos los Santos, cuando hayan resucitado, lo adorarán, trayendo los frutos de las buenas obras, como está escrito: Vendrán con gozo, trayendo sus gavillas.»
Versículo 9
9. EL SOL, LA LUNA Y ONCE ESTRELLAS ME ADORABAN. Aquí la visión anterior es confirmada por Dios con otro símbolo y sueño. El sol significa al padre, la luna a la madre, a saber, Bilhá, que como sierva de Raquel, tras la muerte de esta, era como una madre para José, dicen Lira y el Abulense; las once estrellas significan los once hermanos que adorarían a José en Egipto.
Además, las gavillas fueron vistas adorando a José inclinándose ante él y doblando y postrando sus espigas ante él. Así el sol, la luna y las estrellas, bajando desde lo alto a sus pies, fueron vistas venerándolo; quizás incluso aparecieron revestidas con rostro humano (como las pintan los pintores), y lo inclinaron y postraron ante José en tierra.
Aprended aquí que los padres y gobernantes (como lo era Jacob) deben ser en su familia y república lo que el sol es en el universo. Semejante fue lo que leemos de Esopo, aquel gran fabulista, en su Vida, a saber, que fue recibido magníficamente como un embajador real por Nectanebo, rey de Egipto. Pues el rey, vestido con un manto militar real, llevando en la cabeza una tiara enjoyada, rodeado de un círculo de nobles, se sentaba en un trono elevado. El rey entonces le preguntó: ¿A qué me comparas a mí y a los que me rodean? Respondió el fabulista: Te comparo al sol de primavera, y a estos a preciosas espigas de trigo. Con este dicho el rey se deleitó tanto que honró al hombre con admiración y regalos. Véase lo que diré sobre Isaías capítulo XLV, versículo 1. Excelente espejo de una familia, pues, es aquella en la cual el padre es como el sol, la madre como la luna y los hijos como estrellas por el esplendor de sus costumbres. Por lo cual San Ambrosio, libro Sobre José, capítulo II, prueba que el niño Jesús fue adorado por José y María, a partir del Salmo CXLVIII, 3: «Alabadlo, sol y luna.» José, dice, es semejante al sol; María ocupa el lugar de la luna. Pues así como el sol calienta la tierra, así el padre calienta y sustenta a la familia. Así como la luna toma su luz del sol, así la esposa recibe su dignidad y autoridad del marido. A su vez, así como la luna está ahora llena, ahora vacía, así el vientre de la madre está ahora lleno, ahora vacío; tercero, la luna gobierna las cosas húmedas y a los niños, así también la madre se ocupa enteramente de la educación y gobierno de los hijos; cuarto, la luna rige la noche, el sol el día: así el marido administra los asuntos fuera de casa, la esposa dentro. A estas luminarias mayores en la familia siguen las menores de las estrellas centelleantes en la multitud de los hijos, de quienes Dios dijo a Abrahán: «Mira al cielo y cuenta las estrellas si puedes; así será tu descendencia.» Así lo dice Fernández, al final de la Visión 3. Alegóricamente, José aquí lleva el tipo de Cristo. Oíd a San Ambrosio, en el pasaje ya citado: «¿Quién —dice— es aquel a quien sus padres y hermanos adoraron sobre la tierra, sino Cristo Jesús, cuando María y José con los discípulos lo adoraron, confesando que el verdadero Dios estaba en aquel cuerpo, de quien solo se dijo: Alabadlo, sol y luna; alabadlo, todas las estrellas y la luz.»
Versículo 10
10. SU PADRE LO REPRENDIÓ, no porque se ofendiese ni porque despreciase este sueño (pues él mismo, sospechando que este sueño era de Dios y presagiaba cosas futuras, consideraba el asunto en silencio), sino para que con esta reprensión librase a José de la envidia de sus hermanos y lo mantuviese en la modestia.
Versículo 11
11. PERO SU PADRE CONSIDERABA EL ASUNTO EN SILENCIO. Jacob era dado a la consideración, al igual que su padre Isaac, que solía salir a meditar en el campo, Génesis XXIV; y por eso en todas sus obras era circunspecto, bien ordenado y santo.
Oíd a San Bernardo, libro I Sobre la consideración, capítulo VII: «La consideración —dice— purifica la mente; luego gobierna los afectos, dirige las acciones, corrige los excesos, compone las costumbres, hace la vida honesta y ordenada; finalmente confiere el conocimiento de las cosas tanto divinas como humanas. Es ella la que distingue lo confuso, cierra lo que está abierto, recoge lo disperso, escudriña lo secreto, rastrea la verdad, examina lo verosímil y descubre lo fingido y falso. Es ella la que ordena de antemano lo que ha de hacerse y reconsidera lo ya hecho, de modo que nada quede en la mente ni sin corregir ni necesitado de corrección. Es ella, finalmente, la que en la prosperidad prevé la adversidad, y en la adversidad apenas la siente: de lo cual lo primero pertenece a la fortaleza, lo segundo a la prudencia.»
Alegóricamente, San Ambrosio, libro Sobre José, capítulo II, dice: José, enviado por su padre a sus hermanos que apacentaban ovejas, es Cristo enviado por el Padre en la carne, para salvarnos a nosotros y especialmente a los judíos, como hermanos suyos. De ahí que Él mismo diga: «No fui enviado sino a las ovejas perdidas de la casa de Israel.»
Versículo 13
13. VEN, TE ENVIARÉ. De aquí se ve que Jacob había retirado a José de junto a sus hermanos y de los rebaños, para que con su ausencia se aplacase la envidia de los hermanos. Pasado algún tiempo, creyendo que se había calmado, reenvía a José junto a ellos, para que fuese mensajero entre ellos y él mismo, y así recuperase la benevolencia de los hermanos. Además, el padre no quería que permaneciera ocioso en casa. Pues la virtud se nutre con la actividad; languidece con la pereza.
Versículo 14
14. ENVIADO DESDE EL VALLE DE HEBRÓN. De aquí se ve que Jacob, al igual que Isaac y Abrahán, había habitado en Hebrón, y desde allí envió a José a sus hermanos.
Versículo 19 — «El soñador»
EL SOÑADOR. En hebreo baal hachalomot, es decir, «señor de los sueños», esto es, el que tiene y posee sueños; segundo, el que es experto en fabricar sueños; tercero, señor y príncipe, pero en sueños, como si dijera: José será nuestro señor y príncipe, no en la realidad, sino en sueños; sueña que será nuestro príncipe; sea pues príncipe, pero a través de sus sueños; llamémoslo y hagámoslo príncipe y rey de los sueños.
Alegóricamente, San Ambrosio, libro Sobre José, capítulo III, dice: «Esto fue escrito de José pero cumplido en Cristo, cuando los judíos en su Pasión decían: Si es el Rey de Israel, que descienda ahora de la cruz.»
Versículo 22
22. NO LE QUITÉIS LA VIDA, es decir, la vida, cuya causa es el alma. Es una metonimia. Erroneamente, pues, los saduceos argüían de esta expresión que el alma es mortal y que puede ser muerta y morir. Otros entienden por «alma» la carne o el cuerpo, y aducen un pasaje semejante de Levítico 21, versículos 1 y 11. Pero allí no es la carne viva, sino el cadáver, lo que es llamado «alma», por antífrasis.
ARROJADLO EN LA CISTERNA. Rubén dijo esto para librar a José de la muerte; pues pensaba extraerlo secretamente de la cisterna y devolverlo a su padre, para que con este acto de piedad hacia un hermano tan querido de su padre, recuperase la gracia que había perdido por su incesto con la concubina de su padre.
Alegóricamente, José es arrojado a la cisterna, es decir, Cristo descendió a los infiernos; sacado de allí es vendido a los ismaelitas, porque Cristo, resucitando, es obtenido por todos los gentiles mediante el comercio de la fe, dice Eucherio, libro III, capítulo 37.
Versículo 24
Y LO ARROJARON. Josefo añade que José fue descendido con una soga por Rubén. ¿Qué hacía aquí José? Era como una oveja entre lobos: lloraba, gemía, suplicaba. Oíd a los propios hermanos en el capítulo 42: «Con razón —dicen— padecemos estas cosas, porque pecamos contra nuestro hermano, viendo la angustia de su alma cuando nos suplicaba, y no le escuchamos.» San Efrén describe conmovedoramente esta súplica de José a sus hermanos en su tratado Sobre las alabanzas de José.
Versículo 25
RESINA. Resina es el nombre que se da al humor tenaz que fluye de un árbol y se adhiere a él; la más apreciada es la que fluye del terebinto y se llama terebintina.
ESTACTE. El estacte es una lágrima de mirra que fluye y destila de la mirra; de ahí se llama estacte, es decir, «que destila», del griego stazein, que significa «destilar».
Versículo 26
DIJO PUES JUDÁ. Temiendo Judá que José acabase siendo muerto por sus hermanos en la cisterna, por esta razón les persuade de venderlo. Severiano observa que fue oportuno que el autor de la venta de José fuera Judá, porque por Judas habría de ser vendido Cristo, de quien José era tipo; pero este Judá vendió a José con buena intención y fin, mientras que aquel Judas vendió a Cristo con intención mala y sacrílega.
A LOS ISMAELITAS. Poco antes, Moisés llamó a estos mercaderes madianitas, ya porque habitaban en Madián siendo descendientes de Ismael, ya más bien porque en parte eran ismaelitas y en parte madianitas. Pues así los mercaderes flamencos y franceses suelen viajar juntos a las ferias. Así lo dicen Cayetano y Pererio.
POR VEINTE PIEZAS DE PLATA. Entiéndase siclos. Así el caldeo, es decir, 20 florines de Brabante. Así lo dicen Pererio, Maldonado y otros; aunque algunos, como Ribera y Suárez, piensan que la pieza de plata era medio siclo, de modo que José fue vendido por 10 florines de Brabante. Orígenes, San Agustín y Beda leen «treinta piezas de plata», porque por la misma cantidad fue vendido Cristo. Pero los textos hebreo, caldeo, griego y Josefo leen constantemente «veinte piezas de plata». A saber, como dice San Jerónimo, no convenía que el siervo fuese vendido por tanto como el señor, es decir, José por tanto como Cristo. O más bien, Cristo, por ser hombre, fue vendido por menos que José, que era muchacho; pues un hombre se compra más barato por 30 florines que un muchacho por 20. Además, Cristo fue comprado para la cruz, pero José solo para la servidumbre; por tanto, la venta de Cristo fue más vil e ignominiosa que la de José.
Versículo 28
28. LO VENDIERON. San Basilio observa, en su sermón Sobre la envidia, que los envidiosos, con los mismos medios con que intentan oscurecer la gloria de otros, la hacen brillar aún más. «Por eso —dice San Gregorio, Moralia libro VI, capítulo 12— José fue vendido por sus hermanos para que no fuese adorado por ellos; pero fue adorado precisamente porque fue vendido. Así el consejo divino, mientras se evita, se cumple; así la sabiduría humana, mientras se resiste, es superada.» ¿No habló con verdad aquel Santo? «Los perseguidores son orfebres que nos fabrican las coronas tanto del reino presente como del eterno.»
Ante sus hermanos y ante el mundo, pues, José parecía ser miserable e infeliz; pero en realidad no lo era. Pues con este mismo hecho Dios comienza a levantar su gavilla y a derribar las gavillas de sus hermanos. Pues Dios comienza a exaltar cuando humilla; y cuanto más pretende exaltar a alguien, tanto más profundamente lo humilla. Así lo hizo con José, y especialmente con Cristo. El tálamo de la virtud y la gloria es, pues, la adversidad y el abatimiento.
Versículo 30
EL MUCHACHO NO APARECE, ¿Y ADÓNDE IRÉ YO? Como si dijera: Habiendo perecido o sido muerto José, el más querido de nuestro padre, ya sea por vosotros, ya por fieras, ¿qué haré? ¿adónde me volveré? ¿adónde iré? Pues no me atrevo a comparecer ante nuestro padre. Pues el padre me demandará a su José, como al hijo mayor, y no pudiendo presentárselo, le causaré inmensa tristeza y me atraeré gran ofensa. Habiendo pues ofendido gravemente a nuestro padre con mi incesto, y sabiendo que esta pérdida de José lo ofenderá contra mí aún más, no me atrevo a aparecer ante su vista: ¿adónde pues iré?
Versículo 31
TOMARON SU TÚNICA Y LA TIÑERON EN LA SANGRE DE UN CABRITO QUE HABÍAN MATADO. Alegóricamente, San Ambrosio, libro Sobre José, capítulo 3, dice: «Esto también, que rociaron su túnica con la sangre de un cabrito, parece significar que, asaltándolo con falsos testimonios, atrajeron al odio del pecado a Aquel que perdona los pecados de todos. Para nosotros Él es el cordero, para ellos el cabrito. Para nosotros fue inmolado el Cordero de Dios, que quitó el pecado del mundo; para ellos el cabrito, cuyos errores agravó y cuyas transgresiones acumuló.»
Versículo 34
Y RASGÓ SUS VESTIDURAS. Esta fue una costumbre antigua: rasgar las vestiduras en el duelo; y era un símbolo del llanto, pues el rasgamiento de las vestiduras significaba un corazón desgarrado por el dolor. Esta fue la séptima tribulación de Jacob.
SE VISTIÓ DE CILICIO. El primero de quien se lee que vistió saco o cilicio en el duelo fue Jacob en este pasaje; de donde después sus descendientes, es decir, los israelitas, imitaron la misma práctica en el luto. De ahí que incluso la vestidura de los cristianos penitentes fue, desde tiempos antiguos, el cilicio, como atestigua Tertuliano en su libro Sobre la penitencia. Gloríense pues los que visten cilicio en el patriarca Jacob como su abanderado, y opónganlo a los blandos innovadores que aborrecen todo lo áspero, y nunca se han vestido de cilicio, y quizás nunca lo han visto.
Así San Hilarión, como atestigua San Jerónimo, domó su cuerpo con un áspero cilicio hecho de palmas. Así San Simeón Estilita, que permaneció continuamente en una columna durante 80 años, vestía cilicio, como atestigua Teodoreto. Así los eremitas, monjes, ascetas y penitentes se armaban con cilicios, como atestiguan Paladio, Teodoreto, Clímaco y otros.
Pero oíd sobre las mujeres, incluso sobre duquesas y reinas. Santa Margarita, hija del rey de Hungría, mortificó su cuerpo con cilicio. Lo mismo hizo Santa Eduviges, duquesa de Polonia. Santa Clara, noble virgen, llevó durante 28 años un áspero cilicio hecho de cuero de cerdo, con cerdas y pelos puntiagudos vueltos hacia la carne y punzándola. Santa Radegunda, reina de los francos, cambió la púrpura por el cilicio. Y para omitir a otras que refiere nuestro Gretser en el libro I Sobre la disciplina, último capítulo, oíd un memorable ejemplo que un antiguo autor relata sobre Santa Cunegunda en su Vida.
Cunegunda era esposa del emperador Enrique y permaneció virgen en el matrimonio. Para probar su virginidad a su marido, caminó ilesa con los pies desnudos sobre hierro candente. Muerto su marido el emperador, de emperatriz se hizo religiosa, vistió cilicio y quiso siempre dormir con él, e incluso morir con él. Cuando en su agonía vio que le preparaban exequias reales y que extendían coberturas doradas sobre el féretro, volvió su rostro pálido —que antes habríais visto gozoso como para un esposo que llega— hacia aquellas cosas, y con la mano las rechazó. «Este vestido —dijo— no es mío; llevadlo de aquí. Es de otro. Con estos fui unida a un esposo terreno; con aquellos, a uno celestial. Desnuda salí del vientre de mi madre, y desnuda regresaré allá. Envolved en estos la vil materia de mi mísera carne, y depositad mi pobre cuerpo en su propio pequeño lugar junto al sepulcro de mi hermano y del señor emperador Enrique, a quien veo que ahora me llama.» Y dichas estas cosas, entregó su espíritu virginal a Cristo, su Esposo.
Así leemos de Cecilia: «Con cilicio Cecilia domaba sus miembros e imploraba a Dios con gemidos», diciendo aquel versículo de David: «Sea mi corazón inmaculado en tus justificaciones, para que no sea confundido.» Y así mereció la vista y custodia de un ángel, la conversión de su marido, la ilustre corona del martirio y la integridad e incorrupción de su cuerpo hasta el día de hoy.
Finalmente, San Martín murió recostado sobre ceniza y cilicio, y decía: «No conviene que un cristiano muera sino sobre ceniza», como atestigua Sulpicio. Lo cual imitó San Carlos Borromeo, que decretó que sus clérigos se cubrieran con cilicio y ceniza en la muerte, y les precedió con su propio ejemplo; pues al morir se recostó sobre el cilicio que frecuentemente usaba estando sano y sobre ceniza previamente bendecida, como narra su Vida, libro VII, capítulo 12.
Versículo 35 — El luto y la inmortalidad del alma
LLORANDO A SU HIJO POR LARGO TIEMPO, a saber, durante 23 años, desde el año 16 de José, en que fue vendido, hasta el año 39 del mismo, en que los hermanos fueron a él en Egipto durante el hambre y junto con su padre lo adoraron. Pero gradualmente el sentimiento de este luto fue disminuyendo en Jacob. Pues «una herida del alma, por grande que sea, se mitiga con el tiempo.» El tiempo enseña, pues, el arte del olvido (que Temístocles deseaba aprender más que el arte de la memoria).
DESCENDERÉ A MI HIJO LLORANDO AL INFIERNO. Por «infierno» algunos traducen «sepulcro». Así Calvino, Eugubino, Vatablo, Pagnino e incluso Lipomano. Pero el hebreo sheol propiamente significa el infierno, no el sepulcro, y así lo tradujeron los Setenta y nuestro Intérprete; y la razón misma convence de que así debe traducirse. Pues Jacob pensaba que José había sido devorado por las fieras y por tanto estaba insepulto. Luego no pensaba ni deseaba descender a él en el sepulcro, sino en el infierno, es decir, en el limbo de los padres.
Añádase que el alma no es retenida en el sepulcro, sino en el limbo. Y Jacob deseaba ver el alma del difunto José sobreviviente. El sentido, pues, es como si dijera: «Yo, oh hijos míos, no aceptaré consuelo alguno hasta que vea a José, a quien, puesto que ya está muerto, no veré hasta que después de la muerte mi alma se una a la suya en el limbo. Pues confío plenamente en que el alma del inocente José ha ido a las almas de nuestros antepasados en el seno de Abrahán, que espero me esté reservado también a mí.» De aquí es evidente que Jacob, por la instrucción y tradición de sus mayores, creía en la inmortalidad del alma; también, que las almas de los justos que murieron antes de Cristo descendieron al limbo de los padres, donde estaba el seno de Abrahán.
Lo mismo percibieron y vieron como a través de una sombra los filósofos paganos. Eliano, en el libro XIII, relata que Cércidas de Megalópolis, estando enfermo, al ser preguntado si partiría de la vida con gusto, respondió: «¿Por qué no? Me deleita la separación del alma del cuerpo, pues ascenderé a aquellas regiones donde veré entre los filósofos a Pitágoras, entre los poetas a Homero, entre los músicos a Olimpo y a otros varones eminentísimos en todo ramo del saber.»
Sócrates, antes de beber el veneno, dijo: «¿En cuánto estimáis conversar en la otra vida con Orfeo, Museo, Homero y Hesíodo? ¡Qué gran placer experimentaré cuando encuentre a Palamedes, a Áyax y a otros condenados por juicios inicuos! Ciertamente, muchas veces querría partir de la vida, si fuera posible, para hallar las cosas de que hablo.»
Catón, leyendo el libro de Platón Sobre la inmortalidad del alma, se dio muerte para alcanzar esta vida inmortal.
Ciro, muriendo según el relato de Jenofonte, dijo a sus hijos: «No penséis, hijos míos, que cuando haya partido de esta vida no estaré en ninguna parte ni seré nada. Pues ni siquiera cuando vivía con vosotros veíais mi alma, sino que entendíais que este cuerpo era su morada. Creed que es la misma, aunque ahora se separe del cuerpo.»
Cicerón, en el libro VI de la República, presenta a Escipión Africano, que ya había partido de la vida, hablando así: «Tened por cierto que para todos los que han conservado, ayudado y engrandecido su patria, hay un lugar cierto y determinado en el cielo donde gozarán de una vida sempiterna.» Y preguntado si él mismo y los demás que se creían muertos vivían: «Por cierto —dijo— estos son los que viven, los que han escapado de las ataduras del cuerpo como de una cárcel. Pero la que vosotros llamáis vida es la muerte.»
Sus argumentos eran los siguientes. Primero: El espíritu del hombre concibe, contempla y desea cosas celestiales e inmortales; luego es celestial e inmortal. Segundo: El espíritu en esta vida no tiene saciedad ni un centro en el cual repose; luego lo tendrá en la otra vida; de lo contrario, sería más infeliz que las demás criaturas. Tercero: Todo lo que es corruptible es o cuerpo o accidente. Pues estos, porque tienen contrarios, pueden corromperse. Pero el alma humana no es corpórea ni accidente; luego es incorruptible. Distinto es el caso de las almas de los animales brutos, pues estas dependen enteramente del cuerpo y por tanto deben ser juzgadas corpóreas y corruptibles.
Diga ahora el cristiano con Tobías: «Somos hijos de santos, y esperamos aquella vida que Dios dará a los que nunca mudan su fe en Él.»
Versículo 36
36. AL EUNUCO, es decir, al guardián de la cámara real. Nótese: A los eunucos, por ser incapaces del acto venéreo, se les confiaba antiguamente la custodia de la reina y sus doncellas, así como de la cámara real. De ahí que los eunucos eran los más íntimos y cercanos al rey y a la reina. Por esta razón, los eunucos fueron llamados príncipes de la corte, aunque no fueran propiamente eunucos, es decir, castrados. De ahí que el caldeo traduzca aquí «eunuco» como rabba, es decir, príncipe, sátrapa. Pues Putifar no era aquí propiamente eunuco, ya que tenía esposa. Así lo dicen Procopio, Genadio, el Abulense y Lira. Del mismo modo, en el capítulo 40, versículo 1, el copero y el panadero del Faraón son llamados eunucos, es decir, ministros del rey. Pues antiguamente las cortes de los reyes estaban llenas de eunucos, y los reyes los empleaban para todo tipo de servicio, como es clarísimo en la corte del emperador Constancio, que los eunucos llenaban y gobernaban.
AL JEFE DE LA MILICIA, el prefecto de la guardia real. En hebreo es sar hattabbachim, es decir, «príncipe de los que matan» o «de los que degüellan», a saber, de los soldados. Los Setenta traducen archimageiro, que aunque San Ambrosio traduce como «jefe de los cocineros», se traduce aquí más aptamente como «jefe de los que matan» o «de los matarifes». Pues mageiron, como atestigua San Jerónimo, significa «matar». De ahí que los cocineros fueran llamados mageiroi, porque matan primero las reses y aves que han de cocinar, de la voz machis, que según Favorino es lo mismo que machaera [una espada]. Tal sar hattabbachim y archimagiro fue Nabuzardán, pues él fue el jefe del ejército a quien Nabucodonosor puso al frente de la guerra y la destrucción de Jerusalén (2 Reyes, último capítulo, versículo 11).
Conclusión moral
Moralmente, aprended de este capítulo cuántas persecuciones y adversidades ejerce Dios sobre José y los varones probos, para perfeccionarlos en la paciencia, la mansedumbre y, de ahí, en la pureza del alma. Pues José, mediante esta paciencia, alcanzó aquella admirable castidad. Muy verdadero es aquel dicho de Casiano, Colaciones libro XII, capítulo 7: «Cuanto uno avanza en la mansedumbre y la paciencia del corazón, tanto avanzará en la pureza del cuerpo. Pues está escrito: Bienaventurados los mansos, porque ellos poseerán la tierra (de su propio cuerpo); pues las pasiones del cuerpo no cederán si antes no se han reprimido los movimientos del alma.» De ahí que cierto Santo diga: «El hombre benigno goza de perpetua salud de cuerpo, alma y mente: se regocija en la afrenta, alaba a Dios en la calamidad, apacigua a los airados, triunfa bajo el yugo de la humildad y domina todas las pasiones», especialmente la ira y la lujuria.
Finalmente, San Juan Crisóstomo, Homilía 61: «Grande —dice— es la fuerza de la virtud, y grande la debilidad de la malicia.» Lo ilustra al final con la paciencia que José continuamente mostró: «Para que así, como un atleta que lucha valientemente, sea coronado con la corona del reino, y se cumpla el desenlace de los sueños, y aprendan los que lo vendieron que ningún provecho sacaron de su malicia. Pues la virtud tiene tanta fuerza que se hace más gloriosa cuando es atacada. Nada hay más fuerte que ella, nada más poderoso; pero quien la posee tiene la gracia divina y obtiene de ella una defensa: es más fuerte que todos, invencible e inapresable, no solo por las insidias de los hombres, sino también por las maquinaciones de los demonios. Sabiendo esto, no huyamos de ser maltratados, sino de obrar mal; pues esto es verdaderamente ser maltratado. Pues quien intenta afligir al prójimo, a aquel no le causa daño alguno, sino que atesora para sí tormentos eternos.» Pues los hermanos también, persiguiendo a José, le confirieron gloria y a sí mismos ignominia, como enseña el mismo autor en las Homilías 63 y siguientes.