Cornelius a Lapide (Cornelius Cornelissen van den Steen, 1567–1637)

Comentario sobre el Génesis, Capítulo XXXVIII

(Judá y Tamar)


Índice


Sinopsis del Capítulo

Judá engendra a Er y a Onán, a quienes Dios da muerte por su vicio contra naturaleza y su retracción en el acto conyugal. En segundo lugar, versículo 16, Tamar concibe engañosamente de Judá y da a luz a Fares y a Zera.


Texto de la Vulgata (Génesis 38:1–30)

1. En aquel tiempo Judá descendió de entre sus hermanos y se dirigió a un hombre de Adulam llamado Hirá. 2. Y vio allí a la hija de un hombre cananeo llamado Súa, y habiéndola tomado por esposa, se llegó a ella. 3. Ella concibió y dio a luz un hijo, y llamó su nombre Er. 4. Y concibiendo de nuevo, llamó al hijo que nació Onán. 5. Dio a luz también un tercer hijo, al que llamó Selá. Cuando éste nació, ella cesó de dar a luz. 6. Y Judá dio una esposa a su primogénito Er, llamada Tamar. 7. Y Er, primogénito de Judá, fue malvado ante los ojos del Señor, y fue muerto por Él. 8. Dijo entonces Judá a Onán, su hijo: Llégate a la mujer de tu hermano y únete a ella, para que suscites descendencia a tu hermano. 9. Él, sabiendo que los hijos no serían suyos, cuando se llegaba a la mujer de su hermano, derramaba su simiente en tierra, para que no naciesen hijos en nombre de su hermano. 10. Y por esto el Señor lo hirió, porque hacía cosa detestable. 11. Por lo cual Judá dijo a Tamar, su nuera: Quédate viuda en casa de tu padre hasta que crezca mi hijo Selá — pues temía que también él muriese, como sus hermanos. Ella se fue y habitó en casa de su padre. 12. Y pasados muchos días, murió la hija de Súa, esposa de Judá. Después de su duelo, habiendo recibido consuelo, subió a los esquiladores de sus ovejas, él e Hirá, el pastor del rebaño adulamita, a Timná. 13. Y fue anunciado a Tamar que su suegro subía a Timná a esquilar sus ovejas. 14. Ella se quitó los vestidos de viudez, tomó un velo y, cambiando su traje, se sentó en la encrucijada del camino que conduce a Timná, porque Selá había crecido y no le había sido dado como esposo. 15. Cuando Judá la vio, la supuso una ramera, pues había cubierto su rostro para no ser reconocida. 16. Y acercándose a ella, dijo: Permíteme que me una a ti — pues no sabía que era su nuera. Ella respondió: ¿Qué me darás para gozar de mi compañía? 17. Él dijo: Te enviaré un cabrito de los rebaños. Y ella dijo de nuevo: Consentiré en lo que quieras, si me das una prenda hasta que envíes lo que prometes. 18. Judá dijo: ¿Qué quieres que se te dé como prenda? Respondió: Tu anillo, tu brazalete y el báculo que tienes en la mano. De un solo acto de unión la mujer concibió, 19. y levantándose, se fue; quitándose el vestido que había tomado, se puso la ropa de viudez. 20. Y Judá envió el cabrito por medio de su pastor, el adulamita, para recuperar la prenda que había dado a la mujer; pero cuando no pudo encontrarla, 21. preguntó a los hombres del lugar: ¿Dónde está la mujer que estaba sentada en la encrucijada? Respondieron todos: No ha habido ramera en este lugar. 22. Volvió a Judá y dijo: No la encontré; además, los hombres del lugar me dijeron que nunca una ramera había estado sentada allí. 23. Judá dijo: Que se quede con lo que tiene; ciertamente no puede acusarnos de mentira. Envié el cabrito que había prometido, y tú no la encontraste. 24. Y he aquí que, pasados tres meses, fue anunciado a Judá: Tamar, tu nuera, ha fornicado, y su vientre parece hincharse. Judá dijo: Sacadla para que sea quemada. 25. Cuando era llevada al suplicio, envió a decir a su suegro: Del hombre a quien pertenecen estas cosas he concebido. Reconoce de quién son este anillo, este brazalete y este báculo. 26. Él, reconociendo los presentes, dijo: Más justa es ella que yo, porque no la entregué a mi hijo Selá. Sin embargo, no la conoció más. 27. Y al llegar el tiempo del parto, aparecieron gemelos en su seno; y en el acto mismo del alumbramiento, uno sacó la mano, en la cual la partera ató un hilo de escarlata, diciendo: 28. Éste saldrá primero. 29. Pero retirando él la mano, salió el otro, y la mujer dijo: ¿Por qué se rompió la pared por tu causa? Y por esta razón llamó su nombre Fares. 30. Después salió su hermano, en cuya mano estaba el hilo de escarlata; y lo llamó Zera.


Versículo 1: En aquel tiempo

Moisés describe aquí la genealogía de Judá antes que la de los demás hermanos, porque de Judá, a través de Tamar, había de nacer Cristo. En segundo lugar, para que los judíos no despreciasen a los gentiles, ya que la tribu de Judá, que era la más noble, descendía de los cananeos por parte de la madre, Tamar. Así lo afirma Genadio.

A saber, en el año decimosexto de José, poco después de su venta, Judá tomó esposa. Judá tenía entonces diecinueve años, pues era tres años mayor que José, habiendo nacido en el año 88 de su padre Jacob, y José en el 91, como dije en el capítulo 30. De aquí se sigue que Hesrón y Hamul, nietos de Judá por Tamar y Fares, no pudieron haber nacido en Canaán antes del descenso de Jacob a Egipto, que ocurrió veintitrés años después de la venta de José, es decir, en el año 39 de José; sino que nacieron después del descenso de Jacob, mientras éste vivía en Egipto. Así lo afirma el Abulense, aunque San Agustín, Cuestión 128, sostiene la opinión contraria, por considerar que Judá se casó no en el mismo año en que fue vendido José, sino dos o tres años antes.

Pero la primera opinión es más verdadera. Pues aun concediendo a San Agustín que Er nació de Judá tres años antes de la venta de José, sin embargo Er no pudo haberse casado con Tamar antes de cumplir dieciséis años, después de lo cual Tamar se casó con Onán; luego esperó algunos años la madurez de Selá; y finalmente, prostituyéndose a Judá, dio a luz a Fares. Y Fares tenía al menos dieciséis años cuando engendró a Hesrón y Hamul. Todo lo cual requiere no veintitrés ni veintiséis, sino al menos treinta y cuatro años, antes de cuyo fin Jacob ya hacía mucho tiempo — a saber, nueve años antes — que había descendido de Canaán a Egipto.

Pues la afirmación de los judíos de que Fares engendró a Hesrón a los nueve años de edad es increíble e imposible.


Versículo 2: Y vio

2. Y VIO — es decir, deseó.

SÚA. No es el nombre de la hija, sino de su padre, suegro de Judá, como se ve claramente por el hebreo.


Versículo 3: Llamó su nombre Er

3. LLAMÓ SU NOMBRE ER. En hebreo el verbo es masculino, vaiicra, es decir, «y él llamó» — a saber, el padre, Judá. Pero para los otros dos hijos el verbo es femenino, vatticra, es decir, «y ella llamó» — a saber, la madre, la esposa de Judá. De aquí se ve claramente que el padre dio el nombre a su primogénito Er, mientras que la madre puso nombre a los otros dos nacidos después. Así Raquel llamó a su hijo menor Benoní, pero el padre cambió el nombre, llamándolo Benjamín.


Versículo 5: Cesó de dar a luz

5. CESÓ DE DAR A LUZ. En hebreo es vehaia biczib, que los Setenta, el Caldeo y Vatablo traducen como «estaba en Kezib cuando lo dio a luz», como si Kezib fuera el nombre propio de una ciudad de Palestina. Pero más correctamente, como atestigua San Jerónimo en sus Cuestiones sobre el Génesis, nuestro Intérprete [la Vulgata] tomó Kesib no como nombre propio sino como nombre común, en cuyo sentido significa falsedad o cesación — como quien dice: Estaba en cesación de dar a luz, le faltó la concepción y el parto, dejó de dar a luz. De ahí que también Aquila traduzca «se detuvo su parto». Las palabras que siguen exigen este significado, pues indican claramente que éste fue su último hijo.


Versículo 7: Er fue también malvado

7. ER FUE TAMBIÉN MALVADO. Tanto judíos como cristianos coinciden en que tanto Er como Onán pecaron con el pecado del vicio contra naturaleza y la retracción, que va contra la naturaleza de la procreación y del matrimonio, pues destruye la prole y la concepción en su simiente. De ahí que los judíos comparen este pecado con el homicidio, y la Escritura, versículo 10, lo llame detestable. Er, por tanto, no pecó por crueldad, como sostiene San Agustín en el libro 22 Contra Fausto, capítulo 48, sino por lujuria — a saber, retrayéndose en el acto conyugal para derramar su simiente fuera del vaso natural de su esposa. Hizo esto por intemperancia de la lujuria, para que los partos y la crianza de los hijos no menoscabasen la belleza de su esposa y, consiguientemente, su placer carnal. Onán, hermano de Er, pecó con el mismo pecado pero por un motivo diferente, y por un motivo más grave y criminal, a saber, por envidia, para que, si consumase el acto matrimonial, no engendrase hijos no para sí sino para su hermano. Bellamente, «Er» en hebreo, por metátesis, se convierte en ra, es decir, malo, perverso: pues quien había sido llamado por su padre Er, es decir, vigilante, fue convertido por el pecado en ra, es decir, perverso. «Onán» en hebreo significa lo mismo que iniquidad y dolor; pues el segundo acompaña y sigue al primero inseparablemente, como un hijo a su madre.

«Y fue muerto por Él.» — Tanto Er como Onán fueron muertos por Dios a causa del pecado de onanismo, por medio de un ángel malo, según parece, a saber, Asmodeo. Pues éste mató a los esposos lujuriosos de Sara, Tobías 3:7. Además, Dios, dice el Abulense, los mató enviándoles una plaga terrible, de modo que quedó claro que no habían muerto naturalmente, sino que habían sido arrebatados por Dios como castigo por sus iniquidades.

Tomen nota de esta divina venganza los confesores contra los disolutos y contra los esposos que se retraen del acto conyugal, e imprímanla en sus penitentes. Pues si en aquella época tan ruda, inculta y abandonada, Dios castigó así a Er y a Onán, ¿cómo castigará en esta luz y ley del Evangelio a los cristianos que se contaminan? Santa Cristina la Admirable vio en espíritu que el mundo estaba lleno y abrumado por este pecado de polución, y que por ello Dios amenazaba a todo el mundo con las más graves plagas; para desviarlas, ella se atormentaba a sí misma de modos admirables y espantosos y con castigos terribles. Juan Benedicto, en la Suma de Casos, sobre el sexto precepto del Decálogo, transmite de Conrado Clingio algo notable sobre este pecado (recaiga sobre ellos la credibilidad), recibido ya por revelación, ya por experiencia: a saber, que quienes perseveran en este pecado de polución durante tantos años como vivió Cristo, es decir, treinta y tres, son incurables, y de salvación casi desesperada, a menos que la admirable, rara y extraordinaria gracia de Dios acuda en su auxilio y los convierta. Vea pues quien ha caído en este pecado que se levante inmediatamente de él por medio de la penitencia, para que no contraiga un hábito al cual la naturaleza es de suyo propensísima, del cual después no pueda despojarse, y así teja y anude para sí las cuerdas inextricables de la lujuria, que lo arrastren al abismo y lo aten inseparablemente al fuego del infierno.


Versículo 9: Que no le naciesen hijos

9. «Que no le naciesen hijos.» — Nótese que, antes de la ley del Deuteronomio 25:5, era costumbre entre los patriarcas que un hermano se casara con la esposa de su hermano fallecido sin hijos y le suscitase descendencia, es decir, prole, para que no pereciese su nombre y familia; de modo que el primogénito que engendrase de la esposa de su hermano fuese contado bajo el nombre no del suyo propio sino del hermano, mientras que los demás nacidos después fuesen contados como suyos y llamados con su propio nombre. Por tanto, el primogénito que debía ser engendrado por Onán había de ser llamado hijo de Er; los demás habían de ser llamados hijos de Onán. Pero el envidioso e impío Onán, para que su hermano no brillase, apagó su propia lámpara al derramar su simiente en la tierra y desperdiciarla.

Nótese en segundo lugar la enálage: «hijos», es decir, un hijo, a saber, el primogénito, como he dicho, y si éste muriese, el segundogénito, que sucedería en el lugar del primogénito.

Nótese en tercer lugar que ciertas costumbres legales estaban en uso antes de Moisés: tal es, en efecto, esta adopción y arrogación de hijos; tales fueron también la observancia del sábado, la distinción entre animales puros e impuros, la circuncisión y otras cosas que los patriarcas guardaron antes de Moisés y de la Ley, por inspiración o mandato de Dios.


Versículo 11: Quédate viuda

11. «Quédate viuda.» — De aquí y del versículo 8 se deduce que en aquella época la mujer que se había casado en una familia quedaba de allí en adelante como vinculada a ella, de modo que, si moría su marido, se casaría con otro de la misma familia que suscitase descendencia para el hermano difunto; pero si tal hombre no existía, o no se presentaba, entonces podía tomar marido de otra familia. De esta costumbre, pues, Tamar se adhirió a la familia de Judá y no pasó de ella a otra.

«Pues temía.» — En hebreo es «pues dijo» (entiéndase: no daré a mi tercer hijo Selá a Tamar por marido), no sea que él también muera, tal como murieron sus dos hermanos mayores, que habían sido maridos de Tamar, en su matrimonio con ella. De aquí se ve claro que Judá, bajo este pretexto y con engaño, quiso alejar de sí y de su familia a Tamar, quien ya había sido incorporada a ella mediante un doble matrimonio, diciendo que su hijo Selá era aún demasiado joven, y así, tejiendo dilaciones, eludía a Tamar; pues temía que Tamar, ya por sus pecados, ya por su mala fortuna, fuera la causa, o al menos la ocasión, de la muerte de sus maridos: pues esta misma cosa fue reprochada a Sara, esposa de Tobías, por una sospecha semejante, Tobías 3:9.

Tamar advirtió este engaño de Judá, pues no buscaba prole de otra fuente que de la estirpe de Judá y de Abrahán, bendecida por Dios; y al ver que Selá, el marido que le había sido prometido, ya crecido y maduro, le era negado, con una admirable estratagema burló el engaño de Judá y lo volvió contra la propia cabeza de Judá.


Versículo 14: Tomó el velo

14. «Tomó el velo»: se envolvió en un manto, para no ser reconocida. El theristrum era un velo de verano, dice Suidas, llamado así del griego que designa el verano y el calor que ahuyentaba. Las mujeres hebreas antiguamente (como hacen hoy las italianas) cubrían su cabeza y todo su cuerpo con un manto o velo de seda, como expliqué en Ezequiel 16, 40; y esto en parte por modestia, en parte por adorno (pues el theristrum aquí se contrapone a las vestiduras de viudez y duelo), y en parte para protegerse del calor.

«Se sentó en la encrucijada.» En hebreo dice: se sentó bepetach enaim, que los Setenta traducen: «se sentó a las puertas de Enán». Pero nótese: los hebreos llaman a la encrucijada petach enaim, es decir, una abertura, y como traduce el Caldeo, una división de dos ojos, porque en la encrucijada solemos dirigir la mirada en dos direcciones, es decir, hacia dos caminos. Así en las encrucijadas se sientan las prostitutas, para cazar y atrapar a los transeúntes de ambas direcciones: por eso Tamar se sentó en la encrucijada para atrapar a Judá.


Versículo 16: Y se llegó a ella

16. «Y se llegó a ella.» Judá pecó aquí por simple fornicación, pues no reconocía a su propia nuera; y la esposa de Judá ya había muerto, como consta en el versículo 12, y por tanto Judá era entonces viudo y libre; pero Tamar pecó tanto por fornicación como por una especie de adulterio (pues estaba desposada con Selá, hijo de Judá, como consta en el versículo 11), y por incesto, porque tuvo relaciones con Judá, su suegro. Por tanto yerra Francisco Jorge, en la sección IV, problema 265, donde afirma que Tamar no pecó, porque hizo esto por un misterio. Yerra más gravemente en el problema 267, como también el rabino Moisés, libro III de la Guía, capítulo 50, cuando excusan la fornicación de Judá con Tamar alegando que antes de la ley de Moisés la prostitución no estaba prohibida, y por tanto era lícita. Pues es cierto que la simple fornicación es pecado contra la ley natural, y por tanto en todo tiempo, incluso antes de la ley de Moisés, estuvo prohibida y fue ilícita, como enseñan San Jerónimo, San Agustín (libro 22 Contra Fausto), Santo Tomás, Lyra, Abulense y otros en general.

Se dirá: San Juan Crisóstomo y Teodoreto excusan aquí a Tamar y a Judá. Respondo: No excusan el acto, sino la intención del acto en Tamar, porque Tamar no buscaba la lascivia, como Judá, sino la descendencia. En segundo lugar, excusan en cierta medida este acto en cuanto lo refieren a la disposición de Dios, es decir, a su permisión y ordenación. Pues Dios permitió este pecado, y esta fornicación de Judá, para que de ella naciese Fares, y de Fares naciese Cristo: lo ordenó, pues, hacia Cristo.

Así San Ambrosio eleva la venta de José como realizada en figura de la venta de Cristo, aunque es cierto que en sí misma fue un pecado grave: pues Dios sabe ordenar y dirigir todos los pecados y males de los hombres hacia un buen fin; de donde siempre extrae algún bien de los males.

Por tanto es frívolo lo que dice el rabino Simeón Jojai, que Tamar fornicó por inspiración de Dios, para concebir del Mesías de Judá: al igual que Oseas, por inspiración y mandato de Dios, tomó por esposa a una mujer de mala vida y engendró de ella hijos, que por eso son llamados hijos de fornicación. Pero la Escritura afirma esto explícitamente acerca de Oseas, mientras que nada semejante afirma de Tamar. Además, esta mujer de mala vida, por mandato de Dios, se convirtió en esposa de Oseas; pero consta que Tamar no se convirtió en esposa de Judá, sino que, por el contrario, Judá se abstuvo de ella en adelante, como consta en el versículo 26.


Versículo 18: Y el báculo

18. «Y el báculo»: un bastón de camino, como el que Jacob usó en el camino, capítulo 32, versículo 10.


Versículo 23: Que se los quede

23. «Que se los quede ella, ciertamente no puede acusarnos de falsedad.» En hebreo dice: «que se quede ella (con mi anillo, brazalete y báculo), no sea que seamos puestos en vergüenza: pues si la buscamos y le reclamamos estas cosas nuestras, ella, tomándolo a mal, publicará mi fornicación, y así me cubrirá de gran confusión y oprobio; especialmente si exhibe mi anillo. Pues los hombres se reirán de mi ligereza, libertinaje y conducta vergonzosa, por haber dado mi anillo de sello a una prostituta, y por haberme engañado ella de tal modo, poseyendo y conservando este anillo, que puede falsificar cuantas cartas quiera en mi nombre y sellarlas con mi sello. Además, si le reclamo el anillo, ella, para conservarlo, se jactará de que no le pagué el precio convenido. Y así me acusará públicamente de fraude y falsedad, y me confundirá, aunque falsamente: pues yo le envié el cabrito que le había prometido.» Pues todo esto se sobreentiende y debe suplirse en este conciso discurso de Judá, según la manera hebrea. De ahí que nuestro traductor, atendiendo más al sentido e intención de Judá que a sus palabras, traduce claramente: «Ciertamente no puede acusarnos de falsedad: yo envié el cabrito que había prometido.»


Versículo 24: Sacadla para que sea quemada

24. «Sacadla para que sea quemada.» Dice esto Judá, según Santo Tomás, como si fuera a acusar a Tamar en un juicio público y a instar para que el juez la condene al fuego. En segundo lugar, y más probablemente, Judá pronuncia aquí la sentencia de muerte en la hoguera contra Tamar, actuando como juez: de donde fue ejecutada inmediatamente, pues sigue: «Y cuando era conducida al suplicio.» Pues Judá era un paterfamilias, que según la costumbre de aquella antigua época era el juez de su familia; o más bien, Judá, como el más animoso de los hermanos, había sido constituido por Jacob, su padre, como una especie de magistrado sobre toda la familia, que era numerosa, a saber, todos los hebreos: pues desde los tiempos de Abrahán tenían su propia república distinta de la república de los cananeos, en la cual el patriarca y jefe era Jacob. Pues eran peregrinos elegidos por Dios y separados de los demás pueblos, y eran como una república ambulante, hasta que bajo Josué establecieron sus asentamientos en Canaán. Por tanto Judá, como magistrado, exigió que su nuera Tamar fuese llevada a la hoguera, por el crimen cierto y público de adulterio: pues estaba desposada con Selá, hijo de Judá, y había violado estos esponsales por el trato con Judá; y por tanto era adúltera.

De aquí se desprende que el castigo del adulterio en aquella antigua época era la muerte, y ciertamente la muerte por fuego: así como poco después Dios, por medio de Moisés, mandó que los adúlteros fuesen ejecutados por lapidación, Levítico 20, 10. Igualmente, para las mujeres adúlteras decretó las aguas de maldición, que causarían la ruptura de su vientre, Números 5, 27. Los egipcios azotaban a los adúlteros con varas hasta mil golpes; a las adúlteras les cortaban la nariz, para perpetuo oprobio. Testigo es Diodoro, libro 1, capítulo 6.

Entre los árabes, partos y otras naciones, la pena para los adúlteros fue siempre capital: lo cual han transmitido la mayoría de los filósofos, que juzgaron el adulterio un crimen más grave que el perjurio. Testigo es Alejandro ab Alexandro, libro 4, capítulo 1.

Los habitantes de Cumas exponían a la adúltera en el foro para escarnio de todos; luego la paseaban por toda la ciudad montada en un asno, para que fuese infame durante toda su vida, y de ahí era llamada asellaris (jinete de asno), porque había cabalgado un asno; testigo es Plutarco en los Problemata. El rey Tenes de Ténedos promulgó una ley contra los adúlteros, según la cual el cuerpo de cada uno debía ser cortado con un hacha, y él mismo dio ejemplo de esta ley en su propio hijo. Platón, libro 9 de las Leyes, condena al fornicario a la pena de muerte; afirma que el adúltero puede ser matado impunemente por el marido. Solón permitía al que sorprendiera a un adúltero matarlo, como atestigua Plutarco en su Vida de Solón.

Contra los adúlteros promulgaron severas penas Julio César, Augusto, Tiberio, Domiciano, Severo y Aureliano; Aureliano ideó este castigo para el adúltero: se doblaban las copas de dos árboles y se ataban a sus pies, y luego se soltaban, de modo que quedaba colgado desgarrado a uno y otro lado. Testigo es Celio, libro 10, capítulo 6.

Opilio Macrino quemaba a los adúlteros en el fuego, como atestigua Alejandro ab Alexandro arriba.

Los sajones, cuando aún eran paganos, obligaban a la adúltera a ahorcarse, y sobre la pira de su incineración y cremación colgaban al adúltero; testigo es San Bonifacio, citado en Guillermo de Malmesbury, libro 1, capítulo 64, Sobre los ingleses.

Además, Mahoma decretó que el adúltero fuese azotado públicamente con cien golpes.

Los brasileños o matan a las adúlteras o las venden como esclavas: testigo es Osorio, libro 2 de los Hechos de Manuel.

Nótese: Judá precipita aquí la sentencia llevado por la ira, pues condena a Tamar sin oírla; además condena no solo a Tamar, sino también a su hijo inocente. Pues ordenó que Tamar, embarazada, con un feto de tres meses ya dotado de alma, fuese quemada; y así que el feto fuese muerto tanto en el cuerpo como en el alma, lo cual es contra toda ley natural y de las naciones. Así dice Cayetano. Pues lo que algunos explican así: «Sacadla», queriendo decir, según dicen, no inmediatamente a la hoguera, sino a la prisión, para ser custodiada allí hasta que diera a luz, y después ser quemada, no concuerda suficientemente con el texto, que dice: «Sacadla», no para ser encarcelada, sino «para que sea quemada.» De donde Tamar fue inmediatamente arrastrada al fuego. Pues Moisés añade en seguida, diciendo: «Y cuando era conducida al suplicio.» Pues después de esto, Tamar solo da a luz en el versículo 27.


Versículo 26: Más justa es ella que yo

26. «Más justa es ella que yo.» No dice «más santa que yo» ni «más casta», sino «más justa»; porque Tamar pecó más gravemente que Judá: pues él pecó solo por fornicación, mientras que ella pecó por fornicación, adulterio e incesto. Sin embargo, fue más justa, es decir, con mayor equidad y justicia obró Tamar con Judá que Judá con Tamar: pues Judá no cumplió sus promesas y pactos con ella, negándole el matrimonio prometido con Selá; y así la provocó y empujó a idear esta estratagema contra Judá, por la cual la descendencia que esperaba de Selá, puesto que Judá injustamente la impedía, la reclamaría del propio Judá. Pues como Tamar, ya ligada a la familia de Judá y de Abrahán, deseaba ardientemente descendencia de ella, y le era negado su propio Selá, no tenía otro modo de alcanzar su legítimo deseo que buscar descendencia astutamente, aunque mediante un crimen, del propio Judá: Tamar, pues, fue más pecadora ante Dios, pero más justa ante Judá.

«Porque no la di a Selá.» Entiéndase: por eso hizo esto, para asertarme este golpe.

«Sin embargo, no la conoció más.» Por tanto Tamar permaneció célibe desde entonces, contenta con la descendencia recibida de Judá, dice Teodoreto; pues Selá no pudo ni quiso tenerla por esposa, contaminada como estaba por este incesto con su padre, sino que tomó otra, como consta en Números 26, 19; de la cual engendró varios hijos, y entre ellos uno que hizo detenerse al sol, como se dice en 1 Crónicas 4, 22, sobre lo cual véase allí.


Versículo 27: Aparecieron

27. «Aparecieron.» La partera, poniendo la mano en el vientre, percibió que dos se movían dentro, y como que luchaban sobre cuál saldría primero.


Versículo 28: Éste saldrá primero

28. «Éste saldrá primero.» En hebreo dice: «éste salió primero», como si dijera: Éste es el primogénito, porque sacó la mano primero; por tanto lo ataré y marcaré con un hilo o cordón escarlata, para que si surge alguna duda o incertidumbre, se sepa por el hilo que éste sacó la mano primero y es el primogénito.


Versículo 29: Retirando la mano

29. «Retirando la mano.» San Juan Crisóstomo enseña que todas estas cosas sucedieron por dirección y disposición de Dios; a saber, Dios quiso que no Zará sino Fares naciese primero y fuese el primogénito, porque de Fares quiso que naciese Cristo el Señor.

«Y dijo la mujer»: la partera, molesta por haber sido engañada; temiendo también que esta lucha violenta y esta irrupción pudieran dañar a la madre o a los gemelos, dijo:

«¿Por qué se ha roto el muro por tu causa?» En hebreo dice: «¿por qué has abierto una brecha sobre ti?», o «un muro», es decir, ¿por qué rompiste la membrana que te cubría, para salir antes que tu hermano?; esto es, ¿por qué, habiendo roto las membranas, saliste primero y te adelantaste a tu hermano?

Pues los gemelos tienen las mismas membranas secundinas. Oigamos a Fernelio, libro 7 de la Fisiología, capítulo 12: «Los gemelos que son del mismo sexo están envueltos en las mismas secundinas, separados únicamente por una simple membrana (que llaman amnios, es decir, la piel de cordero); cada uno, sin embargo, tiene su propio cordón umbilical y sus propias venas y arterias; pero los que son de diferente sexo recibieron también membranas secundinas diferentes, y éstas completamente separadas.» Lo mismo enseña Rodrigo a Castro, libro 3 Sobre la naturaleza de las mujeres, capítulo 13, y nuestros médicos profesan haber comprobado lo mismo por experiencia.

Nótese: Éstas son las palabras de la partera afligida, como dije, porque Zará había sido despojado por Fares de la salida del vientre y de la primogenitura. Nótese: Por «muro» (maceria), en hebreo dice Fares, es decir, una brecha, también un muro o seto (como traducen los Setenta) que se rompe; este muro es la membrana por la cual, como por un muro, el niño en el vientre materno está encerrado y envuelto, y rompiéndola sale. Esta membrana se llama secundinas (secundinae), porque sigue al niño que nace y es expulsada del vientre. De ahí que el niño fue llamado Fares, es decir, división o divisor, o rompedor, porque fue el primero en romper y dividir las membranas secundinas, como un muro que se interponía en su camino, para nacer primero. «De Fares», dice San Jerónimo, «del hecho de que dividió la pequeña membrana de las secundinas, recibió el nombre de división: de donde también los fariseos, que se habían separado del pueblo como si fuesen justos, fueron llamados fariseos, es decir, los separados.» De ahí también aquella inscripción a Baltasar, Daniel 5, 28: «Mane, Tekel, Fares», es decir, «tu reino ha sido contado, pesado y dividido», y entregado a los persas y medos. Así dice San Jerónimo.

Nótese en segundo lugar: Fares fue considerado el primogénito de Judá y tuvo los derechos de primogenitura; de donde el linaje de Judá se traza a través de Fares: y David y todos los reyes, y Cristo mismo, prometido a Judá en Génesis 49, 10, descendieron de él a través de Fares.

Se dirá: Selá, hijo legítimo de Judá, era mayor que Fares, pues nació inmediatamente después de Er y Onán; por tanto, muertos éstos, el derecho de primogenitura recayó sobre él, especialmente porque Selá dejó hijos, que se nombran en 1 Crónicas 4, 21. Respondo: Er fue el primogénito de Judá; y muerto éste, Onán y luego Selá debían haber tomado a su viuda Tamar y suscitar descendencia a Er, su hermano, y contabilizar al primogénito bajo su nombre, es decir, llamándolo hijo de Er, como dije en el versículo 9. Pero como Selá no hizo esto, sino que lo hizo Judá engendrando a Fares de Tamar, de ahí que Fares sea contado como primogénito, siendo hijo de Tamar, la esposa de Er el primogénito, y en consecuencia sucediendo en el lugar de Er el primogénito, por la costumbre y ley de aquella época. Por esta razón se narra aquí extensamente la generación y nacimiento de Fares antes que Zará, porque si Zará hubiese nacido antes que Fares, habría sido el primogénito de Judá: de ahí que en el vientre luchó con Fares por nacer primero.

Aquí vemos de nuevo la razón por la cual Tamar buscó tan ardientemente descendencia de Selá, y al serle negado, de Judá: porque deseaba que de ella naciese el heredero primogénito y príncipe de la nobilísima familia de Judá. Pues aunque la ley sobre suscitar descendencia al hermano difunto solo nombraba y obligaba a los hermanos, no a los padres, porque la unión de la nuera con el padre, es decir, con el suegro, estaba prohibida, sin embargo, si un padre negaba a su hijo a una nuera que estaba sin hijos y viuda, un hijo que le era debido por ley, y ella por tanto reclamaba su derecho, aunque mediante un crimen, del padre, es decir, del suegro, como hizo aquí Tamar, entonces la primera descendencia nacida de ella era considerada primogénita, porque por ficción e interpretación jurídica se estimaba que el padre lo había hecho y había rendido el derecho debido a la nuera y a su primogénito difunto por sí mismo, lo que debía haber hecho y rendido por medio de su hijo superviviente. Pues como la regla de derecho sostiene: «Lo que alguien hace por medio de otro, se considera que lo hace por sí mismo»; mucho más, lo que está obligado a hacer por medio de otro, si lo hace por sí mismo, debe considerarse que realmente lo ha hecho. Algunos añaden que el linaje de Selá parece haberse extinguido en su posteridad, pues no se hace mención de él en otro lugar; pero el linaje de Fares perduró hasta Cristo. Extinguido, pues, el linaje de Selá, la primogenitura recayó por todo derecho en el linaje de Fares, como el más cercano. Pero esto es incierto y no satisface. Pues desde el principio mismo, estando aún en pie el linaje de Selá, Aminadab, que fue el segundo desde Fares (pues Fares engendró a Hesrón, éste engendró a Ram, éste a Aminadab, y su hijo Naasón), fueron príncipes en la tribu de Judá, como sus primogénitos, como consta en Números 1, 7.


Versículo 30: Zará

30. «Zará.» «Zará» en hebreo significa lo mismo que naciente, porque este hijo, habiendo extendido su mano primero, debía también naturalmente haber sido el primero en nacer y salir. Fue llamado, dice San Jerónimo, «Zará», es decir, naciente, ya sea porque apareció primero, o porque muchísimos justos nacieron de él, como consta en 1 Crónicas, capítulo 2 y siguientes.

Alegóricamente, Zará, que primero extendió su mano, representa al judío, que primero recibió la Ley, pero retiró su mano atada con el hilo escarlata, porque apartó su conciencia, manchada con la sangre de Cristo, de Dios y de la salvación: de donde le fue preferido Fares, es decir, el pueblo gentil, que primero llegó a la luz de la fe y nació para Dios, y derribó el muro de enemistad entre Dios y los hombres, por la sangre de Cristo. Así dicen Ruperto y Cirilo. Pero por el contrario, San Juan Crisóstomo, Ireneo y Teodoreto toman a Zará como representante de los cristianos gentiles, y a Fares como representante de los judíos.


Reflexión moral: Sobre el origen de la nobleza

Moralmente, véase aquí cuál es el origen de las familias más nobles y qué es realmente la nobleza. Pues he aquí que de este incesto de Judá con Tamar descendieron David, Salomón y todos los reyes de Judá, y Cristo el Señor mismo: pues Él descendió de Judá a través de Fares y Tamar. Pues todos los hijos legítimos de Judá, o no tuvieron posteridad alguna, como Er y Onán, o tuvieron pocos y plebeyos descendientes, como Selá, como consta en 1 Crónicas 4, 21. Del mismo modo, no hay rey ni príncipe que, si rastreara a sus antepasados dos mil años atrás, no encontrase entre ellos muchos bastardos, muchos rústicos o zapateros, u hombres aún más viles; es más, muchísimos fueron elevados a la realeza desde la estirpe más vil. Así Saúl pasó de los asnos, David de las ovejas, al trono. Jefté de bandido se hizo príncipe, Arsaces de bandido se hizo rey de los partos, Giges de pastor se hizo rey de los lidios. Darío Histaspes fue portador de la aljaba de Ciro. Valentiniano I, emperador, tuvo un padre que hacía cuerdas. Tamerlán de boyero se hizo rey de los tártaros. Agatocles, tirano de Siracusa, tuvo un alfarero por padre. Tulo Hostilio de pastor se hizo rey de los romanos. Aureliano y Diocleciano nacieron de humilde origen. Maximino fue pastor. Máximo Pupieno tuvo un padre que era herrero. Justino I, emperador, fue primero porquero; segundo, boyero; tercero, carpintero; cuarto, soldado, y de ahí emperador. Mahoma, el autor del islam y del Corán, fue camellero. Otmán, el primer príncipe de los turcos, nació de padres agricultores, cuyos descendientes son todavía emperadores de los turcos. Los sultanes de Egipto, por la institución de la nación y el reino, primero debían ser esclavos antes de poder ascender a ese honor. En suma, toda nobleza tuvo un inicio innoble: y los que se glorían en la nobleza de sus antepasados se glorían no en su propia virtud, sino en la ajena. Y esto, por tanto, es vanidad.

E Ificrates dijo con razón a alguien que le reprochaba su nacimiento innoble: «Mi linaje comienza conmigo, el tuyo termina contigo.» Así dice Plutarco en los Apotegmas. La misma respuesta dio Cicerón a sus rivales: «Yo», dijo, «he iluminado a mis antepasados con mi virtud.»