Cornelius a Lapide (Cornelius Cornelissen van den Steen, 1567–1637)

Comentario sobre el Génesis, Capítulo XLII

(Los hermanos de José van a Egipto)



Sinopsis del Capítulo

José reconoce a sus hermanos que vienen a Egipto en busca de grano, y los trata con dureza, y finalmente en el versículo 25, reteniendo a Simeón, despide a los demás con la condición de que le traigan a Benjamín.


Texto de la Vulgata (Génesis 42:1–38)

1. Al oír Jacob que se vendían alimentos en Egipto, dijo a sus hijos: «¿Por qué estáis ociosos?» 2. «He oído que se vende trigo en Egipto: bajad y comprad lo que necesitamos, para que podamos vivir y no perezcamos de necesidad.» 3. Bajaron, pues, diez hermanos de José a comprar trigo en Egipto, 4. quedándose Benjamín en casa, retenido por Jacob, que había dicho a sus hermanos: «No sea que le suceda algún mal en el camino.» 5. Entraron en la tierra de Egipto con otros que iban a comprar. Había, en efecto, hambre en la tierra de Canaán. 6. Y José era gobernador en la tierra de Egipto, y por su mandato se vendía trigo a los pueblos. Y cuando sus hermanos le adoraron, 7. y él los reconoció, les habló con dureza, como a extraños, preguntándoles: «¿De dónde venís?» Respondieron: «De la tierra de Canaán, a comprar alimentos.» 8. Y aunque él reconocía a sus hermanos, no fue reconocido por ellos. 9. Y recordando los sueños que en otro tiempo había visto, les dijo: «Sois espías: habéis venido a explorar los puntos débiles de la tierra.» 10. Dijeron ellos: «No es así, señor, sino que tus siervos han venido a comprar alimentos.» 11. «Todos somos hijos de un solo hombre: hemos venido en paz, y tus siervos no traman mal alguno.» 12. Él les respondió: «No es así: habéis venido a reconocer los lugares desprotegidos de esta tierra.» 13. Pero ellos dijeron: «Nosotros, tus siervos, somos doce hermanos, hijos de un solo hombre en la tierra de Canaán: el menor está con nuestro padre, el otro ya no vive.» 14. «Esto es,» dijo, «lo que dije: Sois espías.» 15. «Ahora os pondré a prueba: por la vida del Faraón, no saldréis de aquí hasta que venga vuestro hermano menor.» 16. «Enviad a uno de vosotros, y que lo traiga: pero vosotros quedaréis presos hasta que se compruebe si lo que habéis dicho es verdad o mentira: de lo contrario, por la vida del Faraón, sois espías.» 17. Los entregó, pues, a custodia durante tres días. 18. Y al tercer día, sacándolos de la prisión, dijo: «Haced lo que he dicho, y viviréis: porque yo temo a Dios.» 19. «Si sois pacíficos, quede preso en la cárcel uno de vuestros hermanos: vosotros id, y llevad el trigo que habéis comprado a vuestras casas, 20. y traedme a vuestro hermano menor, para que pueda verificar vuestras palabras, y no moriréis.» Hicieron como él dijo, 21. y se decían unos a otros: «Con razón sufrimos estas cosas, porque pecamos contra nuestro hermano, viendo la angustia de su alma cuando nos suplicaba, y no le escuchamos: por eso ha venido sobre nosotros esta tribulación.» 22. Y uno de ellos, Rubén, dijo: «¿No os dije: No pequéis contra el muchacho, y no me escuchasteis? He aquí que su sangre es reclamada.» 23. Pero no sabían que José entendía, porque les hablaba por medio de un intérprete. 24. Y se apartó un momento y lloró: y volviendo, les habló. 25. Y tomando a Simeón, y atándolo en presencia de ellos, mandó a sus siervos que llenasen sus sacos de trigo, y que pusieran el dinero de cada uno en su saco, dándoles además provisiones para el camino: y así lo hicieron. 26. Y ellos, cargando el trigo sobre sus asnos, partieron. 27. Y uno de ellos, al abrir su saco para dar forraje a su bestia en la posada, vio el dinero en la boca del saco, 28. y dijo a sus hermanos: «Me ha sido devuelto mi dinero; he aquí que está en el saco.» Y quedaron estupefactos y turbados, y se dijeron unos a otros: «¿Qué es esto que Dios nos ha hecho?» 29. Y llegaron a Jacob, su padre, en la tierra de Canaán, y le contaron todo lo que les había sucedido, diciendo: 30. «El señor de la tierra nos habló con dureza, y nos tomó por espías de la provincia.» 31. «Le respondimos: Somos pacíficos, y no tramamos traición alguna.» 32. «Somos doce hermanos nacidos de un solo padre: uno ya no vive, el menor está con nuestro padre en la tierra de Canaán.» 33. «Y él nos dijo: Así probaré que sois pacíficos: dejad a uno de vuestros hermanos conmigo, y tomad los alimentos necesarios para vuestras casas, e id, 34. y traedme a vuestro hermano menor, para que sepa que no sois espías: y podréis recuperar al que está preso: y después tendréis licencia para comprar lo que queráis.» 35. Dicho esto, cuando vaciaban el trigo, cada uno encontró su dinero atado en la boca de su saco: y todos quedaron aterrados, 36. y su padre Jacob dijo: «Me habéis dejado sin hijos: José ya no vive, Simeón está preso, y os llevaréis a Benjamín: todos estos males han caído sobre mí.» 37. Rubén le respondió: «Mata a mis dos hijos si no te lo devuelvo; entrégalo en mis manos, y yo te lo restituiré.» 38. Pero él dijo: «Mi hijo no bajará con vosotros: su hermano ha muerto, y él solo queda: si le sucede alguna desgracia en la tierra adonde vais, llevaréis mis canas con dolor al sepulcro.»


Versículo 1: Alimentos

En hebreo es sceber, es decir, «lo que ha de ser quebrado», es decir, grano, o pan que se quiebra y distribuye. De donde José, vendiendo y distribuyendo grano, es llamado en todas partes aquí en hebreo masbir, es decir, «el que quiebra» o «el que fragmenta», es decir, el que distribuye y reparte lo que ha de quebrarse, a saber, las provisiones o el grano; de ahí surgió aquella frase de Cristo y de Pablo: «El pan que partimos,» como dije en 1 Corintios 10:16; pues partir el pan entre los hebreos es lo mismo que dividir y distribuir el pan.


Versículo 1: ¿Por qué estáis ociosos?

En hebreo: «¿Por qué os miráis unos a otros?» Es decir, ¿por qué holgazaneáis y os demoráis? Pues los perezosos y negligentes suelen mirarse unos a otros y cada cual esperar a que el otro ponga mano a la obra y se ocupe del asunto. «Pues la indolencia del ánimo nace de una voluntad imperfecta; tan pronto como comencéis a querer el bien, habrá ardor e ímpetu.» Pasados los siete años de fertilidad, corría ya el segundo año de hambre, como consta en el capítulo 45, versículo 6.


Por qué José permaneció desconocido durante 23 años

Cabe preguntar por qué razón José permaneció desconocido en Egipto durante tanto tiempo, a saber, 23 años (pues tantos transcurrieron desde su año 16 hasta el 39, que ahora vivía), de modo que nunca en todo ese tiempo envió noticia alguna de sí a su padre, que tanto se afligía por su causa, especialmente en los últimos nueve años durante los cuales fue gobernador en Egipto.

Santo Tomás y Pererio responden que Dios no quiso que esto fuese comunicado a Jacob antes del tiempo y la ocasión por Él ordenados, a saber, antes de esta hambre, por la cual los hermanos se vieron obligados a acudir a José en Egipto. Además, José comprendió que tal era la voluntad de Dios, tanto por su sueño, del cual véase el capítulo 37, versículo 7, como por el curso de los acontecimientos, y por la inspiración y revelación de Dios, como el propio José indica en el capítulo 45, versículo 8.

Se dirá: ¿Por qué quiso Dios que esto sucediera y se mantuviera oculto? Respondo en primer lugar, porque Dios quiso que este cuasi-purgatorio de dolor fuese dado a Jacob, aunque era justo, por ciertos pecados leves suyos, tanto otros como porque había amado a José en exceso y con envidia de los hermanos. Pues Dios suele moderar los afectos excesivos de los Santos hacia alguna cosa o persona mediante la adversidad, como el vino se templa añadiéndole agua, e incluso recortarlos y mortificarlos. Así San Agustín, Sermón 82 Sobre los Tiempos.

Segundo, Dios quiso ocultar a Jacob la vida y condición de José, para probar tanto su virtud como la de José, su resignación, paciencia y amor hacia Dios, del mismo modo que probó la obediencia y virtud de Isaac y Abrahán cuando mandó a Abrahán que inmolase a su Isaac, Génesis 22:2.

Tercero, porque si Jacob hubiera sabido que su hijo José había sido capturado, lo habría rescatado a cualquier precio, y así José nunca habría sido elevado al principado en Egipto, con el cual, sin embargo, Dios había determinado recompensar su humillación, Sabiduría 10:13. Así Teodoreto.

Cuarto, Dios quiso esto para que por este medio se cumpliera el sueño que había enviado a José, Génesis 37:7, a saber, que los hermanos, apremiados por el hambre, se viesen obligados a ir a José y adorarlo.

Quinto, Dios quiso esto para que con esta ocasión Jacob descendiera con toda su familia a Egipto, y allí se multiplicara, y para que le sobrevinieron las cosas grandes y admirables en Egipto que Dios había prometido a su abuelo Abrahán en el capítulo 15, versículo 13, y que narra el Éxodo.


Versículo 6: Le adoraron

He aquí que los hermanos, sin saberlo, cumplen el sueño de José y son obligados a adorarlo. Así Procopio.


Versículo 9: Y recordando los sueños

Viendo cumplirse sus sueños en esta adoración de su persona, no por venganza sino para confirmarlos y confirmar su verdad, haciendo que los hermanos que tan mal le habían tratado se convirtieran en sus suplicantes; por esta razón les habla con mayor dureza, para que ellos mismos reconocieran su impiedad y la verdad de los sueños de José; dice pues:


Versículo 9: Sois espías

Se dirá: José miente aquí, pues sabía que sus hermanos no eran espías. Responde en primer lugar Ruperto: «Espías», es decir, ladrones, «sois», porque me robasteis a mi padre y me vendisteis. Pero una cosa es un espía y otra un ladrón: pues José entiende por espía al que escudriña los lugares menos fortificados de una provincia para entregarlos al enemigo.

Segundo, Pererio responde que José no miente aquí sino que bromea, y habla en broma y simulación.

Tercero y óptimamente, Santo Tomás responde que José no habla de modo asertivo sino tentativo y probatorio, así como los jueces afirman un crimen al interrogar al acusado poniéndolo a prueba, para extraer la verdad. Del mismo modo José pone a prueba aquí a sus hermanos, para obligarlos a decirle la verdad, pues estaba a punto de preguntarles por su padre y por su hermano Benjamín.

Además, José no hizo injusticia alguna a sus hermanos al imputarles esta acusación e infundirles temor, porque ellos habían merecido cosas mucho peores, y José, como gobernador de Egipto, podía haberlos castigado con la muerte por el intento de asesinato y el secuestro cometidos contra él. Incluso Rubén, aunque era inocente de la venta de José, por estar mezclado con los hermanos culpables, también es afligido con ellos. Pues si José lo hubiera exceptuado, habría sido reconocido por los hermanos. Así Abulense. Así Dios, e incluso un gobernante, envuelve y castiga al inocente junto con el culpable en la calamidad común de la guerra.

Noten aquí los prelados qué moderación deben observar en la corrección, y apréndanla de José. Pía y prudentemente San Gregorio, Homilía 21 sobre Ezequiel, dice: «La piedad venció su [de José] mente, cuando el hermano aparecía inocente, pero se mantenía la aspereza en la apariencia exterior, para que los hermanos culpables fuesen purificados. Se esconde una copa en el saco del menor, se levanta contra ellos una acusación de robo: se encuentra en el saco del menor; Benjamín es traído de vuelta; todos los hermanos afligidos lo siguen. ¡Oh tormentos de misericordia! Atormenta, y ama. Así el santo varón perdonó y vengó el crimen de sus hermanos: así mantuvo la clemencia en la severidad, de modo que hacia sus hermanos delincuentes no fue misericordioso sin castigo, ni severo sin ternura. He aquí la maestría de la disciplina: saber perdonar las faltas con discreción, y cortarlas con devoción.» Hasta aquí San Gregorio.


Versículo 14: Esto es lo que dije

Como diciendo: Fingís ser doce hermanos y tener otro hermano en casa: de aquí concluyo que todo lo demás también lo inventáis y que sois espías; por tanto, para demostrar lo contrario, traedme a vuestro hermano menor, para que yo lo vea, y de ello sepa que habéis dicho la verdad.

Además, José dice esto no de modo asertivo sino tentativo; y esto para averiguar qué había sucedido con Benjamín: pues temía que los hermanos hubieran hecho algo semejante con Benjamín (siendo su hermano de madre, e hijo de Raquel, a quien Jacob había amado más que a Lía) a lo que habían hecho con él. Así San Juan Crisóstomo.


Versículo 16: Por la vida del Faraón

Se preguntará en primer lugar si la expresión «por la vida del Faraón» es un juramento, y si es lícito. Calvino niega que sea un juramento, y añade que se trata meramente de una expresión pagana que huele a idolatría egipcia. Pues así los romanos juraban por el genio del César, para adular al César y virtualmente igualarlo a los dioses. Segundo, Hamer responde que esto no es un juramento, porque no se hace expresamente invocando a Dios como testigo.

Digo en primer lugar que «por la vida del Faraón» es un juramento. Esto es claro porque en hebreo es «vive el Faraón», que entre los hebreos es una fórmula de jurar, lo mismo que cuando dicen «Vive el Señor». Nuestro traductor también lo significa al verterlo «por la vida del Faraón»; pues de modo semejante nosotros juramos «por mi alma».

Digo en segundo lugar que este juramento es lícito. La razón es que quien jura por las criaturas se entiende, según el uso común de las naciones y la intención tácita del que jura, que jura por su Creador, como explica Cristo en Mateo 23:21. Por tanto, José no jura en broma, como pretende Hamer, sino seriamente, por la vida del Faraón, como su rey benéfico, digno de veneración y de ser correspondido con amor; y como venerando a Dios en el Faraón, y al mismo tiempo la potestad real dada a este por Dios. Por tanto, «por la vida del Faraón» es lo mismo que si dijera: Por Dios, que es el autor y conservador de la vida y bienestar del Faraón. Así Santo Tomás y otros.

Se objetará: José parece perjurar aquí; pues aunque los hermanos no trajesen a Benjamín, no por ello eran espías.

Respondo: José no jura que sus hermanos sean espías, sino que dice: «De lo contrario sois espías», es decir, seréis tenidos por mí, se presumirá que sois espías, como diciendo: A menos que traigáis a Benjamín, y así demostréis que vuestras palabras son verdaderas, yo os tendré, trataré y castigaré como espías. Así San Agustín.

Se preguntará en segundo lugar, ¿qué clase de juramento es este: «Por la vida» o bienestar del Faraón? Respondo en primer lugar: Puede ser asertorio, si se entiende así: «Por la vida del Faraón», es decir, juro por Dios, que es el autor y guardián de la vida y bienestar del Faraón, mi amadísimo rey.

Pues así cuando los hebreos dicen: «Vive el Señor», el sentido es: Pongo por testigo al Dios vivo: lo que digo es tan verdadero como es verdad que vive Dios, a quien llamo como testigo y por quien juro.

Segundo, y con mayor probabilidad, esta frase por el uso común del habla significa una execración, por la cual uno se consagra a sí mismo o a los suyos al castigo; por tanto este juramento parece ser más bien execratorio, de modo que el sentido sea: «por la vida del Faraón», es decir, juro, atestiguo y ruego a Dios que quite el bienestar y la vida al Faraón, mi queridísimo rey, a menos que os trate y castigue como espías, si no me traéis a Benjamín. Pues de modo y sentido semejantes juramos «por mi alma». Así Santo Tomás, Suma Teológica II-II, Cuestión 80, artículo 6. Pues así como podemos comprometer nuestra propia persona, también podemos obligar ante Dios a otra persona unida a nosotros, para que nos castigue en ella si engañamos, diciendo y jurando: «Por la vida de mi padre; por la vida de mi esposa.»

Se objetará: Esto es desear el mal al padre, a la esposa y al rey: pero esto va contra la caridad. Respondo: Va contra la caridad si juramos en falso; pero si lo que decimos es verdadero, no va contra sino más bien según la caridad: pues mostramos cuánto estimamos a nuestro rey o padre, y así lo honramos, y no solo deseamos el mal si engañamos, sino también el bien si no engañamos. Y así, «por la vida del Faraón» es lo mismo que si dijeras: Que Dios así salve, o no salve, al Faraón. Que lo salve, si digo la verdad, o si cumplo lo que digo; que no lo salve, si engaño: pues ambas cosas están incluidas, como aguda y doctamente observa nuestro Lesio, tratado Sobre los Juramentos, duda 2.


Versículo 17: Custodia durante tres días

Para que así expiaran su triple crimen: primero, la muerte amenazada; segundo, el arrojamiento a la cisterna; tercero, la venta de José; y para que así como él mismo había estado en la cárcel durante tres años, así ellos estuvieran allí tres días, dice Delrío y otros.


Versículo 18: Porque temo a Dios

Como diciendo: No temáis, porque no haré nada injusto, nada infiel, nada inhumano con vosotros, sino que cumpliré fielmente lo que he dicho: pues aunque soy gobernador, sin embargo temo y reverencio a Dios, Gobernador de gobernadores, sabiendo que he de ser juzgado por Él, y que debo rendirle cuenta de todos mis actos.


Versículo 21: Con razón sufrimos estas cosas

Del hebreo puede traducirse: verdaderamente estamos desolados, es decir, solos y desamparados de toda ayuda, por causa de nuestro hermano, al que hicimos desolado y vendimos solo a extranjeros. Nótese aquí con San Juan Crisóstomo cuán grande es la fuerza de la conciencia, ante cuyos ojos todos los pecados inmediatamente se presentan y confluyen, cuando vemos y sentimos la mano vengadora de Dios: pues no se hizo aquí mención alguna de José, y sin embargo su recuerdo y la injuria que se le hizo veintitrés años antes se presenta inmediatamente en las mentes de todos los hermanos, cuando presienten que están siendo castigados por ello.

«Así como un ebrio,» dice, «cuando traga mucho vino, no siente daño alguno del vino, pero después siente cuán grande es el daño: así el pecado, mientras se comete, oscurece la mente, y como una densa nube corrompe la mente; luego la conciencia se levanta, y roe la mente más severamente que cualquier acusador, mostrando lo absurdo del acto.» A saber, «los ojos que la culpa cierra, la pena los abre,» dice San Gregorio; a saber, «la conciencia vale por mil testigos»; y como dice San Gregorio Nacianceno, en su discurso sobre la plaga del granizo: «La conciencia es un tribunal doméstico y verdadero.» Pues como dice Sabiduría 17:10: «La conciencia perturbada siempre presume cosas terribles.» Por el contrario, Eclesiástico 13:10: «Buena es la riqueza,» dice, «en la cual no hay pecado de conciencia»; y capítulo 30, versículo 17: «No hay deleite superior al gozo del corazón»; y el Apóstol, 2 Corintios 1:12: «Esta es nuestra gloria, el testimonio de nuestra conciencia, de que en sencillez de corazón y en la sinceridad de Dios hemos vivido en este mundo»; y San Jerónimo: «La buena conciencia no huye de los ojos de nadie,» intrépida.

Asimismo, estos hermanos en su aflicción vuelven en sí y reconocen su crimen. Así Manasés, el rey más impío, reconoció su culpa en la cárcel, 2 Crónicas 33. Así Nabucodonosor, el más soberbio, después de ser transformado en bestia, reconoció su propia debilidad y el poder de Dios, «que puede humillar a los que caminan en soberbia,» Daniel capítulo 4. Así Antíoco, el rey más malvado, herido de enfermedad mortal: «Ahora,» dice, «me acuerdo de los males que hice en Jerusalén. Sé que por estas cosas me han encontrado estos males, y he aquí que perezco de gran dolor en tierra extraña,» 1 Macabeos 6:13. Así el hambre enseñó al hijo pródigo a decir: «Padre, he pecado contra el cielo y delante de ti.» Por tanto, con razón lanza imprecaciones contra los malvados el Salmista diciendo en el Salmo 83: «Llena sus rostros de ignominia, y buscarán tu nombre, Señor.»

Tercero, obsérvese aquí la admirable y justa providencia y venganza de Dios, por la cual castiga a los hermanos de José, inocentes del cargo, con la misma pena, a saber, la cárcel y el cautiverio, con que ellos antes habían afligido al inocente José. Pues es justo, dice Radamanto, que lo que uno ha hecho injustamente, esto mismo lo sufra justamente.

Un ejemplo memorable semejante, e incluso muchos ejemplos muy ilustres, refiere San Efrén, que le sucedieron a cierto joven disoluto y licencioso, por los cuales se convirtió a mejor vida, e incluso a la vida monástica. Escúchese en parte su confesión, en parte la narración de su conversión. Yo, dice, solía dudar de la providencia de Dios, y de si todas las cosas no sucedían más bien por azar y accidente. Esta duda me la quitó Dios, no con palabras sino con hechos. Pues un día, habiendo sido enviado por mis padres a los suburbios, perseguí y hostigué con piedras a una vaquilla preñada, y fui la causa de que fuera destrozada por una fiera; encontrando después al pobre hombre dueño de la vaquilla, que me preguntaba por ella, incluso lo colmé de insultos. Un mes después, enviado de nuevo a los suburbios de Mesopotamia, me aparté de noche hacia unos pastores, y aquella noche fieras irrumpiendo en el redil dispersaron el rebaño. Entonces fui apresado por los dueños del rebaño, como si yo hubiera dejado entrar a los depredadores, y fui entregado al magistrado y a la cárcel; donde, después de haber estado cuarenta días, se me apareció durmiendo un joven de aspecto terrible y dijo: «¿Qué haces en esta prisión?» Habiéndole relatado mis infortunios de hombre inocente, dijo: «Sé que estás libre de este cargo; pero piensa en lo pasado, pues sabes que al perseguir la bestia del pobre causaste su muerte. Por tanto, para que aprendas la providencia y justicia de Dios, interroga a esos dos hombres, de los cuales uno es falsamente acusado de homicidio, el otro de adulterio, y que han sido arrojados a esta misma cárcel, y entenderás que no están en cadenas sin causa; pero tampoco los verdaderos autores de esos crímenes escaparán impunes.» Dicho esto, desapareció. Y por la mañana, volviéndome hacia aquellos hombres, dije: «¿Por qué estáis aquí?» Y uno de ellos dijo: «Del crimen del que se me acusa, soy inocente; pero recientemente, cuando un hombre fue arrojado de un puente por su enemigo en una pelea a las olas y a la muerte, no lo rescaté, pudiendo hacerlo.» El otro dijo: «Soy inocente del cargo; pero recientemente acepté cincuenta monedas de dos soldados para jurar que su hermana había cometido adulterio, y así transferir la herencia de la joven a sus hermanos. Y así cometí perjurio y arruiné a la pobre muchacha con una acusación de adulterio fabricada, despojándola de todos sus bienes. Ahora, a tu vez, joven, cuéntanos de ti.» Accedí a la petición y declaré la muerte de la vaquilla y la causa de mi encarcelamiento. Entonces comencé a sentir remordimiento y a recapacitar, y comprendí que justamente pagábamos la pena, aunque los tres éramos ignorantes e inocentes del crimen por el que habíamos sido apresados. Al día siguiente somos llevados ante el juez. Ellos son torturados, y al ser hallados inocentes, son liberados. Yo soy devuelto a la cárcel: donde, tras pasar otros cuarenta días solo, fueron traídos encadenados tres hombres más, con quienes pasé otros treinta días. Entonces el mismo que se había aparecido antes se me presentó en sueños, diciendo: «¿Qué sucede, Efrén? ¿Ves el justo juicio de Dios? Y para que sepas quiénes son esos tres que hoy se te han unido, sabe que dos de ellos acusaron falsamente a su hermana de fornicación y la despojaron de su herencia; el otro es el que arrojó a un hombre al río», y dicho esto se marchó. Entonces por la mañana les pregunté que me dijeran la causa por la que habían sido arrojados a la cárcel: y los hermanos ciertamente confesaron que su hermana había sido perversamente engañada por ellos, mientras que el otro admitió que un hombre había sido precipitado al agua. Al oír esto, yo a mi vez narré lo que me había sucedido, y expuse los casos de los dos hombres, de los cuales uno había cometido perjurio, el otro había negado su mano a un moribundo (pues estos hombres habían consentido o cooperado en aquellos mismos crímenes cometidos por aquellos autores). Entonces el temor del juicio divino arrancó abundantes lágrimas de todos nosotros. Al día siguiente somos llevados a juicio, y los dos hermanos, además de los crímenes ya mencionados, también confesaron ser los autores del adulterio y del homicidio (que habían sido falsamente imputados a los dos hombres antes mencionados), y fueron castigados con la muerte: y pronto el otro fue sometido a la misma pena por los dos asesinatos que había cometido. Entonces el juez ordenó que también yo fuera presentado, llorando amargamente e invocando a Dios con estas palabras: «Sálvame, Señor, de esta angustia, para que pueda dignamente hacerme monje y servirte.» Pero el magistrado mandó a los verdugos que me golpearan, tendido, con nervios de buey. Mas el asesor del magistrado dijo: «Que este sea reservado para otro juicio, pues ahora es hora de almorzar.» Y así, atado con hierros, soy llevado de vuelta a la cárcel, donde solo pasé otros 25 días. Entonces el joven apareció por tercera vez y dijo: «¿Estás ahora seguro de que Dios gobierna el mundo con justo juicio?» «Ciertamente, Señor,» dije; «pero te ruego y suplico, sácame de esta prisión, para que merezca hacerme monje y servir al Señor Cristo.» Y él, sonriendo, dijo: «Una vez más serás sometido a examen, y entonces por fin serás liberado por otro juez; pero sabe que hay un solo Ojo que todo lo vigila.» Después de esto pasé ocho días angustiosos, hasta que un nuevo juez, habiéndome llevado a juicio, me reconoció y me despidió como falsamente acusado. Y yo sin demora subí al monte y me arrojé a los pies de un venerable anciano.


Versículo 22: Su sangre es reclamada

Pues los hermanos creían que José, en tan dura servidumbre, hacía tiempo que había muerto de aflicción y dolor; pues en veintitrés años no habían oído nada de él. «Sangre», pues, se usa aquí metonímicamente por derramamiento de sangre, es decir, por muerte violenta: pues toda matanza y muerte violenta, aunque se produzca por sofocación, ahogamiento, aplastamiento o cualquier otro medio, es llamada entre los hebreos «derramamiento de sangre», por sinécdoque y catacresis, porque la muerte violenta se inflige con la mayor frecuencia mediante el derramamiento de sangre.


Versículo 25: Simeón

José ató a Simeón solo con preferencia a todos los demás, porque en Simeón residía principalmente la culpa de haber vendido a José, como dicen Filón, Teodoreto y Genadio. Pues si Simeón, el segundo en nacer, se hubiera unido con Rubén, el primogénito, y con Judá, que sobresalía entre los hermanos en gracia y dignidad, estos tres fácilmente habrían contenido a los demás hermanos con su autoridad y liberado a José; quizás también Simeón había sido el más insolente e injusto entre los hermanos hacia José: pues su carácter audaz e insolente se manifestó bastante en la matanza de los siquemitas, Génesis 34:25.


Versículo 29: Le contaron todas las cosas

Voluntariamente y por propia iniciativa, para que su padre no quedase en suspenso sobre dónde había permanecido Simeón; pues, como prudentemente dice Filón, en las desgracias inesperadas, el conocimiento es más ligero que la duda: pues una vez conocido el asunto, puede encontrarse un camino hacia la salvación; la vacilación no resuelve nada. Con verdad dice el Poeta: «Peor que la guerra es el temor mismo de la guerra.»

Bellas reflexiones morales sobre la utilidad de la tribulación, y cómo ella nos enseña a conocer, primero, a Dios; segundo, a nosotros mismos y nuestra propia fragilidad; tercero, la vanidad del mundo y de todas sus obras y bienes: las tiene Pererio en el número 22 y siguientes.


Versículo 35: Y todos aterrados

Los hijos habían abierto los sacos en el camino y sabían que el dinero estaba en ellos; pero el padre no lo sabía, y los hijos fingieron ante su padre que tampoco ellos lo sabían, para no ser reprendidos por su padre. Los hijos, pues, se aterraron aquí con un temor ya concebido de antemano, o al menos simulado y fingido: pero Jacob fue herido por un temor nuevo y genuino, temiendo que algún mal fuese infligido a Simeón a causa de este dinero si no regresaban; o si regresaban, sobre ellos mismos por parte de José.


Versículo 36: Me habéis dejado sin hijos

Esta es la voz de uno que se aflige, dice Abulense, porque los que se afligen hacen proposiciones universales sobre asuntos pequeños, de modo que si tienen pocos males, dicen que tienen todos los males; y si pocos bienes les faltan, dicen que todas las cosas les faltan: así Jacob, sintiendo que solo tres hijos estarían ausentes, por la vehemencia de su dolor dice que todos se perderían para él, aunque todavía le quedaban otros nueve. Este dolor nacía del inmenso amor con que amaba a José, perdido, por encima de todos los demás, y a Benjamín, que iba a ser llevado.


Versículo 37: Mata a mis dos hijos

Esta oferta de Rubén es irracional, turbada y llena de pasión: pues no es lícito que un abuelo mate a sus nietos, y aunque lo fuera, esto no habría mitigado su dolor sino que lo habría aumentado. Pero Rubén quiso significar con esta propuesta desordenada e irracional que con toda certeza traería de vuelta a Benjamín.


Provisiones para el camino

«Habiéndoles dado provisiones para el camino»: les dio, además del trigo, alimentos para el viaje, a saber, panes y otros alimentos tanto para los hombres como para los asnos, para que llevasen el trigo íntegro e intacto a casa, a su padre en Canaán.


Versículo 38: Mis canas con dolor al sepulcro

Es decir, haréis que yo, anciano, muera de pena y tristeza; más aún, aceleraréis la muerte de mi vejez. Así Abulense y Vatablo. Esta fue la octava cruz de Jacob.