Cornelius a Lapide

Genesis XLIII

(El segundo viaje a Egipto)


Índice


Sinopsis del capítulo

Los hermanos van por segunda vez con Benjamín a Egipto para comprar grano; José, versículo 27, los recibe benignamente y los agasaja con un espléndido banquete.


Texto de la Vulgata

1. Entretanto, el hambre oprimía con vehemencia toda la tierra. 2. Y consumidos los alimentos que habían traído de Egipto, dijo Jacob a sus hijos: «Volved y compradnos un poco de comida.» 3. Respondió Judá: «Aquel hombre nos declaró bajo juramento, diciendo: "No veréis mi rostro si no traéis con vosotros a vuestro hermano menor." 4. Si, pues, estás dispuesto a enviarlo con nosotros, iremos juntos y te compraremos lo necesario. 5. Pero si no quieres, no iremos: pues aquel hombre, como ya hemos dicho muchas veces, nos declaró diciendo: "No veréis mi rostro sin vuestro hermano menor."» 6. Israel les dijo: «Para mi desgracia habéis hecho esto, dándole a saber que teníais otro hermano.» 7. Pero ellos respondieron: «El hombre nos interrogó ordenadamente acerca de nuestra familia, si nuestro padre vivía, si teníamos un hermano; y le respondimos conforme a lo que había preguntado: ¿acaso podíamos saber que diría: "Traed a vuestro hermano con vosotros"?» 8. Judá dijo también a su padre: «Envía al muchacho conmigo, para que partamos y podamos vivir, y no muramos nosotros y nuestros pequeños. 9. Yo tomo al muchacho bajo mi responsabilidad; de mi mano requiérelo: si no lo trajere de vuelta y te lo restituyere, seré reo de pecado contra ti por todo el tiempo. 10. Si no hubiese habido esta dilación, ya habríamos vuelto por segunda vez.» 11. Por tanto, Israel, padre de ellos, les dijo: «Si así es necesario, haced lo que queráis; tomad de los mejores frutos de la tierra en vuestras vasijas, y llevad al hombre presentes: un poco de bálsamo, y miel, y estoraque, y estacte, y resina de terebinto, y almendras. 12. Llevad también el doble de dinero, y devolved lo que hallasteis en vuestros sacos, no sea que acaso haya sido por error. 13. Y tomad a vuestro hermano, e id a aquel hombre. 14. Y que mi Dios omnipotente os lo haga propicio, y envíe de vuelta con vosotros a vuestro hermano, al que retiene, y a este Benjamín. En cuanto a mí, quedaré como privado de mis hijos.» 15. Tomaron, pues, los hombres los presentes y el doble de dinero y a Benjamín, y bajaron a Egipto, y se presentaron ante José. 16. Cuando él los vio, y a Benjamín con ellos, ordenó al mayordomo de su casa, diciendo: «Introduce a estos hombres en la casa, y mata animales, y prepara un banquete; pues han de comer conmigo al mediodía.» 17. Él hizo lo que se le había mandado, e introdujo a los hombres en la casa. 18. Y allí, aterrados, se dijeron unos a otros: «Por causa del dinero que devolvimos antes en nuestros sacos, hemos sido introducidos aquí, para que nos impute una acusación falsa, y nos someta violentamente a la esclavitud a nosotros y a nuestros asnos.» 19. Por lo cual, en la misma puerta se acercaron al mayordomo de la casa 20. y le hablaron: «Te rogamos, señor, que nos escuches. Ya antes bajamos a comprar alimentos; 21. y habiéndolos comprado, cuando llegamos a la posada, abrimos nuestros sacos y hallamos el dinero en la boca de los sacos, el cual hemos traído de vuelta con el mismo peso. 22. Y hemos traído otra plata para comprar lo que necesitamos: no está en nuestra conciencia quién la puso en nuestras bolsas.» 23. Mas él respondió: «La paz sea con vosotros, no temáis. Vuestro Dios, y el Dios de vuestro padre, os ha dado tesoros en vuestros sacos; pues el dinero que me disteis, yo lo tengo verificado y bueno.» Y les sacó a Simeón. 24. Y habiéndolos introducido en la casa, trajo agua, y se lavaron los pies, y dio pienso a sus asnos. 25. Y ellos preparaban los presentes para cuando José llegase al mediodía, pues habían oído que habían de comer pan allí. 26. Entró, pues, José en su casa, y le ofrecieron los presentes, teniéndolos en sus manos, y se postraron rostro en tierra. 27. Y él, habiéndolos saludado con benevolencia, les preguntó diciendo: «¿Está bien vuestro anciano padre, de quien me hablasteis? ¿Vive aún?» 28. Respondieron: «Tu siervo, nuestro padre, está sano; aún vive.» Y se inclinaron y lo adoraron. 29. Y José, alzando los ojos, vio a Benjamín, su hermano de la misma madre, y dijo: «¿Es este vuestro hermano pequeño, de quien me hablasteis?» Y de nuevo: «Dios tenga misericordia de ti, hijo mío», dijo. 30. Y se apresuró, porque sus entrañas se habían conmovido por su hermano, y brotaban las lágrimas: y entrando en su aposento, lloró. 31. Y de nuevo, lavado el rostro, salió y se contuvo, y dijo: «Poned el pan.» 32. Y puesto que fue servido, José aparte, y los hermanos aparte, y también aparte los egipcios que comían con él (pues es ilícito para los egipcios comer con los hebreos, y consideran profano tal banquete), 33. se sentaron ante él, el primogénito según su primogenitura, y el menor según su edad. Y se asombraron sobremanera. 34. Habiendo recibido las porciones que les correspondían de parte de él, la porción mayor le tocó a Benjamín, de modo que excedía en cinco partes. Y bebieron y se alegraron con él.


Versículo 2

«Un poco de comida»: lo suficiente para aliviar nuestra hambre durante este año. Jacob aún no sabía que quedaba un período de cinco años de esterilidad y hambre; pues Jacob dijo e hizo estas cosas en el segundo año de la esterilidad, como consta en el capítulo XLVII, versículo 9.


Versículo 3

Judá, que sobresalía entre los hermanos en ánimo, prudencia, elocuencia y autoridad, dice Filón.

«Bajo juramento.» En hebreo dice: «protestando protestó ante nosotros», es decir, nos declaró con juramento, diciendo: «Por la vida del Faraón.»

«No veréis mi rostro»: no os permitiré tratar conmigo ni comprar nada en todo Egipto; os castigaré como espías. Así lo interpreta Abulense.


Versículo 6

«Para mi desgracia habéis hecho esto»: no con intención, sino dando ocasión con vuestras palabras a esta desgracia mía, por la cual me veo privado de mi Benjamín. Véase el Canon 20.


Versículo 7

«El hombre nos interrogó, etc., si teníamos un hermano.» Judá refiere la verdad, como consta en el capítulo siguiente, versículo 19, aunque estos mismos detalles se pasan en silencio en el capítulo XLII, versículo 13: pues allí el asunto se narra solo de manera sumaria, pero aquí y en el capítulo siguiente los hermanos relatan todo el asunto y el orden de los acontecimientos con mayor exactitud y extensión.


Versículo 8

«El muchacho»: el hermano menor; por lo demás, la edad de Benjamín era ya de 24 años, y había engendrado hijos, como consta en el capítulo XLVI, versículo 21. Pues Benjamín nació en el decimosexto año de José, cuando este fue vendido a Egipto; pero estos sucesos ocurrieron en el segundo año de la esterilidad, cuando José tenía 39 años, como consta por lo dicho y por el capítulo XLVII, versículo 9; ahora cuenta desde el año 16 de José hasta su año 39, y tendrás 24 años para la edad de Benjamín.

Isaac tenía aproximadamente la misma edad, a saber 25 años, cuando Abrahán recibió el mandato de inmolarlo; así también Jacob aquí se ve obligado a la misma edad a entregar a su Benjamín y resignarlo en las manos de Dios.

«Para que no muramos.» Como si dijese: la compasión que mostramos al muchacho será la causa de muerte para todos nosotros; pues pereceremos de hambre si no lo envías con nosotros, dice San Juan Crisóstomo, homilía 64.


Versículo 9

«Seré reo de pecado contra ti por todo el tiempo»: como si dijese: mientras yo viva, repróchame este pecado e inflígeme cualquier castigo que desees.


Versículo 10

«Si no hubiese habido esta dilación»: si no se hubiese impuesto esta demora, con la cual nos retuviste, negándonos la compañía de Benjamín.


Versículo 11

«Tomad de los mejores frutos de la tierra.» En hebreo dice: «tomad del canto de la tierra». En hebreo, «canto» designa una cosa excelente, noble, loable y digna de ser celebrada.

«Bálsamo»: es decir, triaca, dicen los judíos; pero erróneamente, pues el bálsamo es una savia que fluye de un árbol. Ahora bien, hay diversos árboles que producen bálsamo. En Judea y Siria, el bálsamo lo produce el árbol llamado férula, cuya savia o resina se llama gálbano, dice Dioscórides, libro III, capítulo LXXXI, y tras él Abulense. Véase también Plinio, libro XII, capítulo XXVI, al final; también lo apoya Josefo; pues en su texto, en lugar de «balanon» (bellota) parece que debe leerse «galbanon» (gálbano).

«Estoraque.» El estoraque es la resina gomosa del árbol llamado styrax, sobre el cual véase Dioscórides, libro I, capítulo LXXVIII, y Plinio, libro XII, capítulo XXV; de él se elabora el ungüento estiracino, que impregna los cabellos no solo de un agradable aroma sino también de un color dorado.

«Estacte.» El estacte es la resina de la mirra, a saber, el licor más puro y refinado de la mirra.

«Resina de terebinto.» El terebinto aquí es la resina o savia que destila del árbol del terebinto: comúnmente se llama trementina.


Versículo 14

«Quedaré como privado de mis hijos»: entretanto, mientras estéis todos ausentes, me parecerá estar privado de hijos; y quizá de hecho me veré privado de algunos, o incluso de todos vosotros en este viaje.

Aprendan aquí los padres a no poner sus esperanzas y alegrías en sus hijos. He aquí que Jacob en su vejez, cuando esperaba disfrutar de sus hijos, se ve privado de ellos. Además, a medida que los hijos crecen, frecuentemente con la edad crecen también sus vicios, junto con las preocupaciones de los padres. Aprendan, en segundo lugar, los fieles a no apoyarse en cosa alguna mundana, sino a depender enteramente de Dios. He aquí que a Jacob se le sustrae todo cuanto había amado — a saber, Raquel, José, Benjamín — para que aparte de ellos su amor y lo transfiera a Dios. Aprendan, en tercer lugar, a no dejarse quebrantar por las adversidades, porque entonces la felicidad está más próxima cuando más miserables parecen. Pues así Jacob, afligido aquí, pronto es rescatado de todos sus males.

Cuando, pues, te vieres desamparado y perdido, cobra ánimo; sabe que la buena fortuna está ante la puerta y te aguarda. Pues he aquí que el Señor nos mira desde lo alto, contempla a los que luchan y los fortalece, y dispone y prepara las recompensas, como Él mismo dijo a San Antonio cuando era maravillosamente atormentado por los demonios.


Versículo 19

«Mata animales y prepara un banquete.» Las «víctimas» se llaman aquí y en otros lugares animales — a saber, ovejas, terneros, capones, peces — degollados no para el sacrificio sino para un banquete; pues en hebreo dice «teboach tebach», es decir, «mata una matanza», esto es, mata animales que han de ser sacrificados para un festín. Añádase que estos animales también se llaman víctimas en relación con el sacrificio mismo; pues los antiguos solían sacrificar durante sus banquetes. Esto consta respecto de los judíos por el capítulo XII del Éxodo, donde en su última cena, que celebraron en Egipto, inmolaron y comieron el cordero pascual. Lo mismo hizo Cristo en su última Cena, cuyo sagrado festín fue igualmente banquete y sacrificio: la Eucaristía.

Lo mismo consta respecto de los gentiles por Ateneo, Macrobio, Virgilio y Homero. Pues los sacrificios eran como banquetes sagrados, en los cuales Dios festejaba con los hombres; y por eso se llaman víctimas.


Versículo 23

«La paz sea con vosotros»: no temáis; yo os mando que estéis tranquilos.

«Dios os ha dado»: por medio de mí; pues José así lo mandó por inspiración de Dios.

«Tesoros»: el dinero secretamente escondido por mí en vuestros sacos; pues esto se llama en hebreo «matmon», en caldeo «mammon» y «mammona», de la raíz «taman», es decir, «escondió, guardó».

«El dinero que me disteis»: como precio del grano que me comprasteis.

«Yo lo tengo verificado y bueno.» En hebreo dice: «Vuestro dinero llegó a mí», como si dijese: reconozco que lo recibí, y aunque secretamente os lo devolví, con todo lo estimo y lo cuento como recibido, y lo considero como si lo tuviera.

Aprendan aquí los gobernantes y príncipes cómo en José los honores no mudaron las costumbres, sino que en la cumbre del poder conservó su antigua afabilidad unida a la madurez. Aprenda cada uno que José en todas partes y en todas las cosas esparcía las semillas de la virtud: pues fue inocente en la casa de su padre, paciente en las adversidades, fiel en el servicio, casto en la tentación, sabio en la revelación de los secretos, prudente en la provisión para el futuro, justo en la corrección de sus hermanos, y ahora piadoso en recibirlos.

Así Willigis, como atestiguan Nauclero, Ziegler y otros, nacido hijo de un carretero, adoptado súbitamente por Otón III como el primero entre los Electores, para no ensoberbecerse, se recordaba frecuentemente a sí mismo: «Mira quién eres; recuerda quién fuiste.» De ahí que mandó pintar ruedas en su estudio, con la inscripción debajo: «Willigis, acordándote de tu antigua fortuna, considera quién eres ahora.» Esta rueda se convirtió después en el emblema del Arzobispado de Maguncia y fue confirmada por el emperador Enrique II.

Benedicto XI, elevado de la pobreza al Pontificado, al ver a su madre que venía a él adornada por las matronas romanas con vestiduras más espléndidas, fingió no reconocerla, y al ser informado de que su madre estaba presente, dijo: «¿He de creer que mi madre viste tan finas ropas? No la reconozco; pues sé que mi madre es pobre y humilde.» Así pues, ella se quitó las vestiduras de seda y se puso sus propios harapos; entonces el Pontífice la abrazó: «Con este hábito», dijo, «dejé a mi madre, y como tal gustosamente la reconozco y la recibo.»

El rey Francisco, capturado por Carlos V, escribió en la pared: «Hoy para mí, mañana para ti.» Carlos escribió debajo: «Soy hombre; nada humano considero ajeno a mí.»

Gelimer, rey de los vándalos, capturado y conducido por Justiniano en triunfo, se rio y dijo: «Río de las vicisitudes de la fortuna, pues yo que hace poco era rey, ahora sirvo.»


Versículo 24

«Se lavaron los pies.» De aquí consta de nuevo que a los huéspedes de antaño se les lavaban los pies antes de la comida, tanto en el almuerzo como en la cena; pues este banquete de José fue un almuerzo, no una cena, como consta en el versículo siguiente. Del mismo modo, los pies del siervo de Abrahán, como huésped en casa de Batuel, fueron lavados, según el capítulo XXIV, versículo 32.


Versículo 29

«Vio a Benjamín.» Lo había visto antes, pero de paso y disimuladamente; ahora lo mira deliberadamente y le dirige la palabra. De ahí que esta mirada le arrancó lágrimas de tierno amor y afecto.


Versículo 30

«Y se apresuró»: como si fuese llamado a algún otro asunto.


Versículo 32

«Pues es ilícito para los egipcios comer con los hebreos.» Primero, porque los egipcios, en parte por soberbia, en parte por superstición, aborrecían a los pastores y ganaderos, como lo eran los hebreos. Segundo, porque las ovejas, los terneros y los bueyes de que se alimentaban los hebreos eran dioses de los egipcios, a los cuales, por tanto, no les era lícito matar ni comer, Éxodo VIII, versículo 26; no porque tales cosas se sirvieran en este banquete, sino porque sabían que los hebreos acostumbraban alimentarse de ellas.


Versículo 33

«Se sentaron.» De aquí consta que la costumbre de sentarse a la mesa es antiquísima; pues la costumbre de reclinarse o recostarse en las comidas comenzó mucho después.

«El primogénito según su primogenitura»: es decir, el primogénito, a saber Rubén, se sentó en el primer lugar. El segundo en nacer, a saber Simeón, se sentó en el segundo lugar; el tercero, en el tercero; el menor, a saber Benjamín, se sentó en el último. Parece que el propio José asignó este orden a cada uno de los hermanos y los hizo llamar y colocar en la mesa en este orden a través de su mayordomo; y por eso se maravillaron de cómo conocía la edad y el orden de cada uno de ellos.

«Y se asombraron sobremanera»: tanto por el orden acertadamente asignado a cada uno en la mesa según su edad, como por la benignidad de José, quien desde su propio plato enviaba a cada uno su porción y su regalo, pero de modo que Benjamín, el menor, recibió más que los demás; como sigue.


Versículo 34

«Habiendo recibido las porciones que les correspondían de parte de él.» Las palabras hebreas significan más claramente que José envió desde su propia mesa una porción de sus propios platos, en señal de honor, a cada uno de los hermanos sentados en la otra mesa.

«De modo que excedía en cinco porciones.» Parece, pues, que José envió cinco platos más a Benjamín que a los demás; aunque Josefo y Abulense piensan que José envió cinco platos a cada hermano, pero de modo que Benjamín recibía una porción doble de cada uno. Otros opinan que se dio a cada uno una sola y misma porción, pero a Benjamín una cinco veces mayor y más abundante.

Sin embargo, la primera interpretación es la más apoyada por el hebreo. José quiso con ello honrar a Benjamín por encima de los demás, por ser su hermano de la misma madre: una razón simbólica de esto la da Alejandro Polihístor, en Eusebio, libro IX, último capítulo: Porque, dice, Lía había dado a luz siete hijos y Raquel solo dos; para que Raquel no pareciera inferior a Lía, José aquí en su hijo Benjamín le añade cinco porciones, para así igualarla con Lía. Pues así como Lía superaba a Raquel en cinco hijos, así Benjamín, y por consiguiente Raquel, superaba a sus hermanos y a la madre de ellos, la propia Lía, en cinco porciones o servicios en esta mesa de José.

Alegóricamente, Benjamín es San Pablo, oriundo de la tribu de Benjamín, quien fue dotado por Dios por encima de los demás Apóstoles en sabiduría, gracia, elocuencia, eficacia y celo. Así San Ambrosio y Próspero. «Benjamín es traído», dice San Ambrosio en su libro Sobre José, capítulo IX, «y viene acompañado de dulces aromas, llevando consigo bálsamo, etc. Pues tal era la predicación de Pablo, que podía abolir el sentimiento corrompido y evacuar el humor corrupto con el aguijón de su disputa, deseando más bien cauterizar las entrañas enfermas de la mente que cortarlas. David nos enseñó que el incienso de la oración, y la casia y las gotas de mirra son emblemas de la sepultura, diciendo: "Mirra, y gotas, y casia de tus vestiduras." Pues Pablo vino a predicar la Cruz del Señor.» Y en el capítulo X: «Por eso en el banquete su porción fue hecha cinco veces mayor, porque merecía ser antepuesto a los demás no solo en la prudencia de la mente, sino también en la milicia del cuerpo y la gracia de la castidad.»

«Y se embriagaron»: se saciaron; se alegraron, se acaloraron con el vino, pero sin exceso ni embriaguez; pues el temperante y santo José no habría permitido esto en su mesa; ni con esto se crean los hombres, sino que, como dice San Agustín, se sumergen en un diluvio. Oigamos a Plinio, libro XIV, capítulo XXII: Del vino, dice, y de la embriaguez surgen la palidez y las mejillas colgantes, las úlceras de los ojos, las manos temblorosas y los pies vacilantes, los sueños furiosos y las noches inquietas, y el premio supremo de la embriaguez: la lujuria monstruosa y la perversidad agradable. Al día siguiente, el hálito fétido de la boca, y el olvido de casi todo, y la muerte de la memoria, de la prudencia y de la mente. Añádanse las pérdidas de tiempo, de dinero y de conciencia, de las cuales hablé en el capítulo XIX, al final.

Alfonso, rey de Aragón, al ser preguntado por qué detestaba tanto la embriaguez, respondió espléndidamente: «Porque sé que el furor y la lujuria son sus hijas. Sé cuánto daño hizo la embriaguez a la gloria de Alejandro Magno.»

Esta «embriaguez», pues, fue una bebida de vino alegre y más generosa, con la cual la mente no era abrumada sino alegrada: así San Jerónimo, San Agustín y Filón. De ahí que la palabra griega «methyein», es decir, «embriagarse», se dice como de «meta to thyein» (después del sacrificio), porque tras los ritos sagrados los antiguos alegremente se entregaban a las copas; o más bien de «apo tes methiseos», es decir, de la relajación y distensión del ánimo, incluso del sabio, que se produce por la suavidad y la alegría del vino bebido un poco más generosamente. Así Eustacio a partir de Ateneo.

Acertadamente dijo Anacarsis que en la vid hay tres racimos y tres copas. La primera copa, dijo, se bebe por la salud; la segunda, por el placer; la tercera, por la embriaguez, la injuria y la locura. Desprecia los placeres; el placer comprado con dolor es dañino; aguarda las delicias eternas; medita en aquello: «Me alegré con las cosas que me fueron dichas: iremos a la casa del Señor.»