Cornelius a Lapide
(El viaje de Jacob a Egipto)
Índice
Sinopsis del capítulo
Jacob, con toda su descendencia, que aquí se enumera, parte hacia Egipto. En segundo lugar, en el versículo 29, José sale a su encuentro y lo recibe.
Texto de la Vulgata
1. «Y partió Israel con todo lo que tenía, y llegó al Pozo del Juramento, y habiendo inmolado allí víctimas al Dios de su padre Isaac, 2. lo oyó que lo llamaba mediante una visión nocturna y le decía: Jacob, Jacob; y él respondió: Aquí estoy. 3. Dios le dijo: Yo soy el Dios fortísimo de tu padre; no temas, desciende a Egipto, porque allí te haré una gran nación. 4. Yo descenderé contigo allí, y yo te traeré de regreso; también José pondrá sus manos sobre tus ojos. 5. Y se levantó Jacob del Pozo del Juramento: y sus hijos lo llevaron con sus pequeños y sus esposas en los carros que Faraón había enviado para transportar al anciano, 6. y todo lo que había poseído en la tierra de Canaán: y llegó a Egipto con toda su descendencia, 7. sus hijos y nietos, hijas y toda su progenie junta. 8. Y estos son los nombres de los hijos de Israel que entraron en Egipto, él mismo con sus hijos. El primogénito Rubén. 9. Los hijos de Rubén: Henoc y Falú y Hesrón y Carmí. 10. Los hijos de Simeón: Jamuel y Jamín y Ahod, y Jaquín y Sohar, y Saúl hijo de una mujer cananea. 11. Los hijos de Leví: Gersón y Caat y Merarí. 12. Los hijos de Judá: Er y Onán y Selá y Fares y Zará. Pero Er y Onán murieron en la tierra de Canaán: y nacieron los hijos de Fares, Hesrón y Hamul. 13. Los hijos de Isacar: Tolá y Fúa y Job y Semrón. 14. Los hijos de Zabulón: Sared y Elón y Jahelel. 15. Estos son los hijos de Lía, a los que ella dio a luz en la Mesopotamia de Siria, junto con Dina su hija. Todas las almas de sus hijos e hijas, treinta y tres. 16. Los hijos de Gad: Sefión y Haguí y Suní y Esbón y Herí y Arodí y Arelí. 17. Los hijos de Aser: Jamné y Jesúa y Jesuí y Bería, y Sara su hermana. Los hijos de Bería: Heber y Malquiel. 18. Estos son los hijos de Zilpá, a la que Labán dio a Lía su hija, y estos los dio a luz a Jacob, dieciséis almas. 19. Los hijos de Raquel, esposa de Jacob: José y Benjamín. 20. Y a José le nacieron hijos en la tierra de Egipto, que le dio a luz Asenet, hija de Putifar sacerdote de Heliópolis: Manasés y Efraín. 21. Los hijos de Benjamín: Belá y Béquer y Asbel y Guerá y Naamán y Ehí y Ros y Mufín y Hufín y Ard. 22. Estos son los hijos de Raquel, a los que ella dio a luz a Jacob: todas las almas, catorce. 23. Los hijos de Dan: Husim. 24. Los hijos de Neftalí: Jasiel y Guní y Jéser y Sallem. 25. Estos son los hijos de Bilhá, a la que Labán dio a Raquel su hija, y estos los dio a luz a Jacob: todas las almas, siete. 26. Todas las almas que entraron con Jacob en Egipto, y que salieron de su cuerpo, sin contar las esposas de sus hijos, sesenta y seis. 27. Y los hijos de José, que le nacieron en la tierra de Egipto, dos almas. Todas las almas de la casa de Jacob que entraron en Egipto fueron setenta. 28. Y envió a Judá delante de él ante José, para que le informara y saliera a su encuentro en Gosén. 29. Y cuando hubo llegado allí, José, habiendo uncido su carro, subió al encuentro de su padre al mismo lugar: y al verlo, se echó sobre su cuello y lloró entre sus abrazos. 30. Y el padre dijo a José: Ahora moriré feliz, porque he visto tu rostro y te dejo con vida. 31. Pero él habló a sus hermanos y a toda la casa de su padre: Subiré e informaré a Faraón, y le diré: Mis hermanos y la casa de mi padre, que estaban en la tierra de Canaán, han venido a mí: 32. y son pastores de ovejas, y se dedican a alimentar rebaños: su ganado, y sus manadas, y todo lo que pudieron tener, lo han traído consigo. 33. Y cuando os llame y diga: ¿Cuál es vuestra ocupación? 34. Responderéis: Nosotros, vuestros siervos, somos pastores, desde nuestra juventud hasta ahora, tanto nosotros como nuestros padres. Y esto diréis, para que podáis habitar en la tierra de Gosén: porque los egipcios detestan a todos los pastores de ovejas.»
Versículo 1
«Al Pozo del Juramento,» es decir, a Berseba, como lo expresan los textos hebreos; pues Berseba en hebreo significa «pozo del juramento», como dije en el capítulo 21, versículo 31.
Versículo 3
«No temas.» Jacob podía temer el viaje a Egipto: Primero, por las penalidades de un viaje tan largo, no fuera que él, siendo anciano, muriera en el camino antes de ver a José. Segundo, no fuera que los suyos absorbieran los vicios de los egipcios. Tercero, no fuera que su posteridad se estableciera en Egipto, a quienes Dios había prometido la tierra de Canaán, y así frustraran las promesas de Dios y ofendieran a Dios. Por eso Dios le quita este temor en el versículo 4. Esta fue, pues, la novena tribulación de Jacob, pero una que Dios, según era su costumbre, pronto disipó con su aparición y consolación.
Versículo 4
«Yo descenderé contigo,» seré el compañero de tu viaje, más aún, tu guía; te conduciré a ti y a los tuyos a Egipto; y de allí, a su debido tiempo, te haré regresar: a ti muerto, pero a tu posteridad con vida. Piadosamente San Ambrosio, en el libro 2 de Sobre Jacob, capítulo 9, dice: «¿Qué le faltaba, pues, a aquel a quien Dios asistía? ¿Quién fue tan poderoso en su propia casa como este hombre en una ajena? ¿Quién tan abundante en la prosperidad como este hombre en el hambre? ¿Quién tan fuerte en la juventud como este hombre en la vejez (pues en él, como dice el mismo autor en el capítulo 8, contendían la incansable energía de la juventud y la tranquilidad de la vejez)? ¿Quién tan activo en los negocios como este hombre en el ocio? ¿Quién tan veloz en la carrera como este hombre en su lecho? ¿Quién tan feliz en la flor de la adolescencia como este hombre en el umbral de la muerte? ¿Quién tan rico en un reino como este hombre en tierra extranjera? En fin, bendecía a reyes. ¿Y quién lo llamaría pobre, de cuya compañía el mundo no era digno? Y por eso su modo de vida estaba en el cielo.» Y: «¿Qué cosa más bienaventurada que tener al mismo Dios como compañero de viaje?» dice San Juan Crisóstomo, Homilía 65.
«También José pondrá sus manos sobre tus ojos,» como si dijera: José te cerrará los ojos al morir, y en consecuencia dejarás a José con vida allí. De aquí se hace evidente la antigua costumbre de los hebreos, por la cual los más queridos cerraban los ojos de sus seres más queridos que estaban muriendo. Los griegos y romanos imitaron después la misma práctica. De ahí que la madre de Euríalo se lamenta en Virgilio, Eneida 11: «Ni yo, tu madre, asistí a tu funeral, ni te cerré los ojos, ni lavé tus heridas.»
Penélope también pide a los dioses esta misma cosa, escribiendo a Ulises, que Telémaco, hijo de ambos, cerrara los ojos de cada padre; pues así dice en Ovidio: «Dioses, os ruego, ordenad esto: que según las Parcas procedan en orden, él cierre mis ojos y él los vuestros.»
Versículo 7
«Hijas.» Jacob tenía una sola hija, Dina; por tanto, aquí llama «hijas» tanto a Dina como a sus nueras, es decir, las esposas de sus hijos.
Versículo 8
«Que entraron en Egipto.» Ya con sus propios pies, ya en los cuerpos de sus padres, en quienes aún estaban ocultos. Pues bajo el nombre de esta entrada se comprende todo el tiempo que transcurrió desde la entrada de Jacob hasta la muerte de José, como ahora quedará claro.
«Él mismo (a saber, Jacob) con sus hijos.» Suplir: descendió a Egipto. Así reza el texto hebreo.
Versículo 12
«Hesrón y Hamul.» Estos nacieron después en Egipto, como es evidente por lo dicho en el capítulo 38. Sin embargo, se dice que descendieron con Jacob a Egipto, no en su propia persona, sino en los lomos de Fares su padre, en quien aún estaban ocultos. Pues, como acertadamente anotó San Agustín, este descenso y entrada de Jacob en Egipto abarca también los 17 años de su vida en Egipto; e incluso los años restantes de la vida de José, a saber, 71, porque fue por la llamada y disposición de José que Jacob descendió a Egipto.
Nótese: Antes que los hijos de Zará se enumeran aquí los hijos de Fares, porque de Fares y Hesrón descendieron los reyes de Judá y Cristo el Señor.
«Todas las almas de sus hijos.» «Almas», es decir, los nacidos, engendrados, a saber, hijos y nietos: pues Hesrón y Hamul eran nietos, no hijos de Jacob; es una sinécdoque.
Versículo 15
«Treinta y tres,» contando a la propia Lía también; o más bien al propio Jacob con sus hijos y su hija Dina. Pues Lía no parece haber entrado en Egipto, sino haber muerto antes: pues fue sepultada en Hebrón, como es evidente por el capítulo 49, versículo 31. De este número se excluyen Er y Onán, por estar ya muertos.
Versículo 21
«Los hijos de Benjamín.» Aquí se enumeran diez hijos de Benjamín, de los cuales él mismo engendró algunos más tarde en Egipto. Pues en el momento en que descendió a Egipto, Benjamín tenía solo 24 años; por lo que no podía haber engendrado tantos hijos. Además, no todos estos eran hijos, sino que algunos eran nietos de Benjamín: pues los Setenta expresamente dicen: Y Guerá engendró a Ard. Ard, por tanto, no fue hijo, sino nieto de Benjamín, a través de su hijo Guerá.
«Ros.» Teodoreto y Procopio piensan que los romanos descienden de Ros y toman de él su nombre; pero yerran: pues los romanos recibieron su nombre y origen de Rómulo.
«Ard.» De él descienden los aradios, dice Procopio. Pero es más cierto que los aradios descienden de Aradio, hijo de Canaán, como dije en el capítulo 10, versículo 18; pues los aradios eran cananeos, no judíos, al igual que los sidonios, tirios, biblios y otros vecinos de los aradios.
Versículo 26
«Todas las almas,» es decir, todas las personas, toda la descendencia; es una sinécdoque. Así llamamos a los hombres viles «almas viles»: por el contrario, Lucano llama «almas valerosas» a los varones esforzados caídos en la guerra, cuando dice: «Vosotros también, que almas valerosas y muertos en la guerra.»
Nótese esto, para que nadie de este pasaje concluya que las almas de los hombres, al igual que las de los brutos, nacen por propagación, es decir, de la semilla y el alma de los padres, puesto que la fe enseña que el alma del hombre es creada por Dios solo e infundida en el hombre; y por tanto es inmortal, como dije en el capítulo 37, versículo 35.
«Salieron de su cuerpo» [literalmente: muslo], es decir, de los genitales, que están entre los muslos; es una metonimia. En segundo lugar, propiamente «del muslo», porque, como dice Francisco Valesio en Filosofía Sagrada, capítulo 3, hay verdaderamente en el muslo tres venas seminales que, surgiendo de las venas de los lomos, antes de descender a las piernas, retornan en los hombres por los muslos al escroto, y en las mujeres al útero, y suministran la parte más fecunda de la semilla; y de ahí que en Números 5:21, en la maldición contra la adúltera se dice: «Que tu muslo se pudra cuando tu vientre se hinche,» como si dijera: Que seas castigada en el muslo del que abusaste, de modo que el muslo en el que te diste al placer se pudra, y que seas herida con esterilidad y corrupción, tú que buscaste hijos del adulterio.
«Sesenta y seis,» en este número no se incluye a Jacob, por ser el padre de todos, ni a José y sus hijos, por estar ya en Egipto.
Versículo 27
«Setenta.» Aquí se debe contar al propio Jacob y a José con sus dos hijos: pues así se hallarán setenta.
Se dirá: ¿Cómo, entonces, los Setenta y a partir de ellos San Lucas, Hechos 7:14, cuentan 75? Respondo: ellos añaden y cuentan en la línea de José a Maquir, hijo de Manasés, y a su nieto Galaad. Además, los hijos de Efraín, Sutala y Jaam, y el nieto Edem, que era hijo de Sutala; pues añadiendo estos se llega al número de 75. Y estos se añaden porque nacieron estando aún vivo su abuelo José, como es evidente por Génesis capítulo 50, versículo 22. Pues este descenso y entrada de Jacob en Egipto se extiende hasta la muerte de Jacob y José, como dije en el versículo 8. Así San Agustín, libro 16 de La Ciudad de Dios, capítulo 40.
Se preguntará por qué los nietos de José, y no los de otros hermanos, se numeran en este catálogo. San Agustín responde: primero, porque José fue la causa del descenso de Jacob y de sus hermanos a Egipto. Segundo, así como Moisés cuenta los nietos de Judá, así los Setenta cuentan los nietos de José, porque estos dos sucedieron en la primogenitura de Rubén; por lo que su posteridad obtuvo el reino de Judá y el reino de Israel. Pues de José, a saber, de Efraín, surgieron los reyes de Israel, y de Judá los reyes de Judá. Tercero, porque José era el príncipe de sus hermanos, más aún, el príncipe de Egipto. Cuarto, porque Jacob adoptó a los hijos de José como hijos propios, como veremos en el capítulo 48.
Además, aquí enumera la estirpe de Jacob para mostrar cómo creció en Egipto y cómo se cumplió la promesa de Dios: «Allí te haré una gran nación,» versículo 3. Pues entraron en Egipto solo 70 con Jacob, pero salieron con Moisés cerca de seiscientos mil hombres de a pie, sin contar los niños y las mujeres, Éxodo 12:37. Así dice San Juan Crisóstomo.
Versículo 34
«Somos pastores.» Nótese la modestia, la prudencia y la sencillez de José. Su modestia, porque en la corte de Faraón desea que se sepa que él es hermano de pastores. Su prudencia, porque no se empeña en tener a sus hermanos en la corte, para que no se corrompan con las costumbres cortesanas. Su sencillez, porque no eleva a sus hermanos a altos cargos, sino que los mantiene en el arte pastoril que bien conocían. Muy diferentemente obran las gentes de hoy, quienes, siendo de origen humildísimo, sin embargo quieren parecer nobles, y quienes, habiendo sido elevados a cargos, igualmente elevan a los suyos, aunque ineptos, con daño, deshonra y peligro para sí mismos, su familia y la república.
José, por tanto, quiso que sus hermanos habitaran solo en Gosén: tanto para que estuvieran separados del comercio y los vicios de los egipcios; como para que desde allí pudieran más fácilmente partir de Egipto y regresar a Canaán bajo la guía de Moisés.
Semejante a José en esto fue Foción, quien, rechazando los dones de una gran suma de dinero del rey Filipo, y cuando los embajadores le instaban a aceptarlos, al menos para proveer a sus hijos, para quienes sería difícil mantener la gloria paterna en extrema pobreza, respondió: «Si se parecen a mí, este mismo pequeño campo los alimentará, el cual me condujo a esta dignidad; pero si van a ser distintos de mí, no quiero que su lujo se nutra y acreciente a mis expensas,» como narra Probo en su Vida. El mismo, cuando Menilo, prefecto de Antípatro, le ofreció un regalo, respondió: «He rechazado los dones del Grande; Antípatro no es mayor que Alejandro.» Al insistir Menilo en que al menos los aceptara para su hijo Foco, respondió: «Si Foco cambia de vida y vuelve a la virtud, le bastará su herencia; pues, tal como ahora se conduce, nada le es suficiente.» Más semejante y más ilustre fue el emperador Teodosio, quien, al ir a la escuela y ver a Arcadio y Honorio, sus hijos, sentados magníficamente mientras Arsenio, su preceptor, permanecía de pie, los despojó de sus insignias principescas, y añadió que si se comportaban de modo que conformaran sus costumbres a la disciplina y las leyes de Dios, estaría dispuesto a entregarles el imperio para bien de la república; pero si no, dijo que era más provechoso para ellos vivir como ciudadanos privados que gobernar sin instrucción y con peligro; como atestigua Nicéforo, libro XI de su Historia, capítulo 23.
«Los egipcios detestaban a todos los pastores de ovejas,» porque los pastores acostumbraban matar y comer la carne de sus ovejas y ganado, a los cuales los egipcios adoraban como dioses, como es evidente por Éxodo 8:26. Los egipcios, sin embargo, criaban ovejas y bueyes, como es evidente en el capítulo siguiente, versículo 17, no para comerlos, sino primero, por la lana y la leche; segundo, para su propio recreo; tercero, para la fertilización de los campos; cuarto, para venderlos a otras naciones.