Cornelius a Lapide (Cornelius Cornelissen van den Steen, 1567–1637)

Comentario sobre el Génesis, Capítulo XLVII

(Jacob en Egipto)



Sinopsis del capítulo

José presenta a su padre y a sus hermanos ante el Faraón, quien les da la tierra de Gosén. En segundo lugar, en el versículo 15, los egipcios durante la hambruna venden sus ganados y campos a José y al Faraón a cambio de grano. En tercer lugar, en el versículo 27, Jacob, moribundo, hace jurar a José que lo sepultará en Canaán.


Texto de la Vulgata

1. «Entró pues José y lo comunicó al Faraón, diciendo: Mi padre y mis hermanos, con sus ovejas y ganados, y todo lo que poseen, han venido de la tierra de Canaán; y he aquí que se han establecido en la tierra de Gosén.» 2. «Presentó también ante el rey a cinco de los más humildes de entre sus hermanos;» 3. «a los cuales preguntó: ¿Cuál es vuestra ocupación? Respondieron: Nosotros, tus siervos, somos pastores de ovejas, tanto nosotros como nuestros padres.» 4. «Hemos venido a habitar como forasteros en tu tierra, porque no hay pasto para los rebaños de tus siervos, pues la hambruna se ha agravado en la tierra de Canaán; y pedimos que mandes a tus siervos que habiten en la tierra de Gosén.» 5. «Dijo pues el rey a José: Tu padre y tus hermanos han venido a ti.» 6. «La tierra de Egipto está ante ti; hazlos habitar en el mejor lugar, y dales la tierra de Gosén. Y si sabes que hay hombres capaces entre ellos, ponlos como mayorales de mi ganado.» 7. «Después de esto, José hizo entrar a su padre ante el rey y lo presentó ante él, y él, bendiciéndole,» 8. «fue preguntado por él: ¿Cuántos son los días de los años de tu vida?» 9. «Respondió: Los días de mi peregrinación son ciento treinta años, pocos y malos, y no han alcanzado los días de mis padres en el tiempo de su peregrinación.» 10. «Y habiendo bendecido al rey, salió.» 11. «Pero José dio a su padre y a sus hermanos una posesión en Egipto, en el mejor lugar de la tierra, Ramesés, como el Faraón había mandado.» 12. «Y los sustentó a ellos y a toda la casa de su padre, proveyendo alimento a cada uno.» 13. «Porque en todo el mundo faltaba el pan, y la hambruna había oprimido la tierra, especialmente la de Egipto y Canaán.» 14. «De estas recogió todo el dinero de la venta del grano y lo llevó al tesoro del rey.» 15. «Y cuando se agotó el dinero de los compradores, todo Egipto acudió a José, diciendo: Danos pan; ¿por qué hemos de morir ante ti, cuando nuestro dinero ha faltado?» 16. «A quienes respondió: Traed vuestros ganados, y os daré alimento a cambio de ellos, si no tenéis dinero.» 17. «Cuando los trajeron, les dio alimento a cambio de sus caballos y ovejas, y bueyes, y asnos; y los sustentó aquel año a cambio de sus ganados.» 18. «Vinieron también el segundo año y le dijeron: No ocultaremos a nuestro señor que habiéndose agotado nuestro dinero, igualmente han faltado nuestros ganados; ni se te oculta que, aparte de nuestros cuerpos y nuestra tierra, nada tenemos.» 19. «¿Por qué pues hemos de morir ante tus ojos? Tanto nosotros como nuestra tierra seremos tuyos; cómpranos para la servidumbre real, y danos semilla, para que la tierra no se convierta en desierto por falta de cultivadores.» 20. «Compró pues José toda la tierra de Egipto, vendiendo cada uno sus posesiones a causa de la gran hambruna. Y la sometió al Faraón,» 21. «y a todos sus pueblos desde los confines más remotos de Egipto hasta sus extremos límites,» 22. «excepto la tierra de los sacerdotes, que les había sido dada por el rey; a quienes también se les proveía una ración fija de alimento de los graneros públicos, y por eso no fueron obligados a vender sus posesiones.» 23. «Dijo pues José a los pueblos: He aquí, como veis, el Faraón posee tanto a vosotros como vuestra tierra; tomad semilla y sembrad los campos,» 24. «para que tengáis cosechas. Daréis la quinta parte al rey; las cuatro partes restantes os las concedo para la siembra y para alimento de vuestras familias e hijos.» 25. «Respondieron: Nuestra salvación está en tu mano; sólo mire nuestro señor por nosotros, y con gusto serviremos al rey.» 26. «Desde entonces hasta el día de hoy, en toda la tierra de Egipto, se paga la quinta parte a los reyes, y vino a ser como una ley, excepto la tierra de los sacerdotes, que estaba libre de esta condición.» 27. «Habitó pues Israel en Egipto, esto es, en la tierra de Gosén, y la poseyó, y creció y se multiplicó grandemente.» 28. «Y vivió en ella diecisiete años, y todos los días de su vida fueron ciento cuarenta y siete años.» 29. «Y cuando percibió que se acercaba el día de su muerte, llamó a su hijo José y le dijo: Si he hallado gracia ante tus ojos, pon tu mano bajo mi muslo, y me mostrarás misericordia y verdad, que no me sepultes en Egipto;» 30. «sino que dormiré con mis padres, y me sacarás de esta tierra y me pondrás en el sepulcro de mis antepasados. A lo cual respondió José: Haré como me has mandado.» 31. «Y dijo: Júramelo entonces. Y cuando hubo jurado, Israel adoró a Dios, volviéndose hacia la cabecera de su lecho.»


Versículo 2

«Presentó también ante el rey a cinco de los más humildes de entre sus hermanos.» En hebreo dice: «del extremo de sus hermanos tomó a cinco hombres», como si dijera: José no eligió cuidadosamente entre sus hermanos, señalando a este o a aquel de entre los hermanos, sino que tomó a los cinco que estaban al final y más a mano. Así Vatablo. En segundo lugar, Lirano, el Abulense y Tomás el Inglés interpretan «los más humildes» como los más excelentes. En tercer lugar, los hebreos, Oleaster, Hamerio y Pererio entienden por «los más humildes» a los menos atractivos y más modestos de aspecto; pues José mostró a estos ante el Faraón, pero no a los más apuestos y elegantes, no fuera que el Faraón los alistara para su corte o su ejército, lo cual José no quería, para que sus hermanos no se impregnaran de la fe y las costumbres de los egipcios. El primer sentido es el más sencillo y el que mejor corresponde a la frase hebrea.


Versículo 4

«No hay pasto para los rebaños.» Si esto era así en Canaán, ¿por qué no también en Egipto? Pues era una sequía y esterilidad común y extendida. El Abulense responde que el caso de Canaán y el de Egipto son diferentes, porque Egipto es irrigado por muchos canales derivados del Nilo, de los que Canaán carece. San Agustín añade, Cuestión 160, que los pantanos de Egipto son suficientemente húmedos de por sí, de modo que cuanto menos crece el Nilo, más abundan en hierba esos pantanos; pero cuanto más crece el Nilo, menos hierba producen.


Versículo 6

«Está ante ti», como si dijera: Te ofrezco todo Egipto; elige la parte que quieras para tu padre. «Ponlos como mayorales de mi ganado.» Filón y Josefo afirman que esto efectivamente se hizo.


Versículo 7

«Bendiciéndole», es decir, saludando y deseando el bien al Faraón, diciendo, por ejemplo: «Que viva el rey para siempre; que Dios te guarde y te bendiga.» Algo similar ocurre en el versículo 10. Véase Martín de Roa, Libro 1 de sus Singularia, capítulo 9, sobre esta expresión.


Versículo 9: Los días de mi peregrinación

«Los días de la peregrinación de mi vida», porque Jacob cambió frecuentemente de morada. Pues de Canaán fue a Mesopotamia, y volviendo de allí peregrinó de nuevo por Canaán, de modo que toda su vida parece haber sido una peregrinación continua. San Agustín y San Jerónimo señalan que los justos en esta vida son peregrinos, porque tienen el cielo como patria; por el contrario, los pecadores son llamados y son habitantes de la tierra. Véanse los comentarios a Hebreos, capítulo 11, versículo 13, y aquí capítulo 12, versículo 1, al final.

«Ciento treinta años.» En este año 130 de Jacob, José tenía 39 años, Rubén 46, Simeón 45, Leví 44, Judá 43, como es evidente por lo dicho en los capítulos 29 y 30. De aquí se hace nuevamente evidente que este descenso de Jacob a Egipto ocurrió 215 años después de la vocación de Abrahán desde Caldea a Canaán: pues cuando Abrahán fue llamado allí, tenía 75 años; en el año centésimo de Abrahán nació Isaac; Isaac en su sexagésimo año engendró a Jacob; Jacob al descender a Egipto tenía 130 años. Si entonces a estos 130 años de Jacob añadís aquellos 25 de Abrahán hasta el nacimiento de Isaac, y aquellos 60 de Isaac hasta el nacimiento de Jacob, tendréis los 215 años mencionados.

«Pocos.» En hebreo, «son pocos», a saber, si se comparan con los mucho más numerosos años de Isaac, Abrahán, Téraj y mis otros antepasados.

Moralmente, aprended aquí cuán breve es toda la longevidad de esta vida. Pues todos nacemos a la vida bajo esta ley, que habiéndonos detenido en ella sólo un poco, debemos partir inmediatamente, y aquella sentencia de David a Itai puede aplicarse aquí: «Ayer viniste, y hoy te ves obligado a salir con nosotros.» San Agustín pregunta: ¿qué otra cosa es la vida sino una carrera hacia la muerte? Y San Gregorio Nacianceno: «Esta misma vida que vivo es como el río más veloz, que brotando hacia arriba siempre fluye hacia las profundidades.» Nuevamente dice: «De un sepulcro me apresuro a otro sepulcro», es decir, del seno de mi madre me dirijo hacia la tumba; incluso Séneca, en la Epístola 59, dice que cada día se nos arrebata una parte de la vida, y aun cuando estamos creciendo, la vida va disminuyendo; este día que estamos viviendo, lo compartimos con la muerte; tan pronto como entramos en la vida, inmediatamente comenzamos a salir por otra puerta. ¡Id ahora, mortales, acumulad riquezas, honores, posesiones — mañana moriréis!

«Malos», es decir, miserables, penosos, llenos de sufrimiento. Así dice Cristo: «Basta a cada día su propia maldad», es decir, su propia miseria. Pues dejando aparte otras cosas, Jacob primero, a causa de la ira de su hermano Esaú que tramaba su muerte, fue obligado a huir de su patria solo y como pobre hacia Harán. Segundo, en Harán durante 20 años sirvió a Labán con gran dureza, Génesis 31. Tercero, fue herido de gran temor y trabajó mucho para aplacar a Esaú que venía a su encuentro con 400 hombres, Génesis 32. Cuarto, fue afligido por la violación de Dina y la matanza de Siquén infligida por sus hijos, y temió ser aplastado por los cananeos que lo atacaban, Génesis 34. Quinto, la muerte de Raquel lo golpeó. Sexto, el incesto de Rubén con Bilhá, su concubina, lo entristeció, Génesis 35. Séptimo, José, vendido y perdido durante 23 años, lo afligió maravillosamente. Octavo, Simeón detenido en prisión y Benjamín llevado a Egipto hirieron su espíritu. Noveno, a causa de la necesidad de la hambruna, ya anciano, tuvo que partir de Canaán, que le había sido prometida a él y a sus descendientes, hacia Egipto, que era aborrecible para él y sus padres, y se entristeció.


Versículo 10

«Habiendo bendecido al rey», es decir, habiendo saludado al rey y despedídose de él; pues «bendecir» aquí significa saludar y despedirse, como dije en el versículo 7. Así Joab bendijo, es decir, se despidió de David, 2 Reyes 14:21. Así en 4 Reyes 4:29, Eliseo manda a Guejazí que no salude a nadie en el camino, donde el hebreo dice «que no bendiga a nadie»; pues cuando al partir decimos «adiós», por este mismo acto, deseando buena salud, como que bendecimos a la otra persona; pues «bendecir» significa desear el bien, o desear cosas buenas y felices.


Versículo 11

«Ramesés.» En aquella región de Gosén, en la cual los israelitas después edificaron una ciudad, a la que llamaron Ramesés. Así San Jerónimo.


Versículo 13

«Todo el mundo.» Una gran parte del mundo, a saber, todo el Oriente, que es como el mundo de Canaán y Egipto, rodeándolos y circundándolos. Es una hipérbole. En hebreo dice «de toda la tierra», lo cual Vatablo restringe incorrectamente a la sola tierra de Egipto.


Versículo 14

«Lo llevó al tesoro», no reservando nada para sí mismo, dice Filón. Ved cuán ajeno era José a la malversación de nuestra época, y cómo estaba dedicado no a sus propios intereses sino al bienestar público.


Versículo 15

«Pan», es decir, grano, del cual se hace el pan.


Versículo 18

«El segundo año», desde la entrega y venta del ganado, que fue el cuarto o quinto año desde el comienzo de la hambruna.


Versículo 19

«Cómpranos para la servidumbre.» Pues a causa de la hambruna estaba permitido no sólo venderse a sí mismo sino también a los propios hijos como siervos.


Versículo 22: La exención sacerdotal

«Danos semilla.» Por tanto, aún se podía sembrar algo en aquel tiempo, a saber, en los campos adyacentes al Nilo.

«Excepto la tierra de los sacerdotes.» Nótese: Esta exención de tributos fue concedida a sus sacerdotes idólatras por el Faraón, como expresan el hebreo, el caldeo y la Septuaginta, no por José, adorador del único Dios verdadero, como pretende Teodoreto; a menos que se diga que José se la concedió no en cuanto eran sacerdotes de ídolos, sino en cuanto eran filósofos y maestros de sabiduría y astrología; y por ello se abstenían de carne, vino, huevos, leche, matrimonio y todos los asuntos mundanos durante toda su vida, como dice San Jerónimo, Libro 1 Contra Joviniano. Quizá también José les enseñó el verdadero culto del único Dios, como sugiere el Salmista, Salmo 104:22. Nótese este pasaje respecto a la inmunidad tributaria de los verdaderos sacerdotes de Cristo: pues si el Faraón concedió esto a sus sacerdotes paganos, ¿cómo no lo concederá un rey y príncipe cristiano a los sacerdotes de Cristo? Pues su honor o desprecio atañe a Dios mismo, y lo que se les otorga se otorga a Dios, quien ricamente recompensará a su vez y premiará a los príncipes, dice San Juan Crisóstomo, Homilía 65.

Tropológicamente, Orígenes dice: Los sacerdotes de Dios aman recibir su porción en el cielo y rechazan las cosas terrenas; pero los sacerdotes del Faraón tienen su porción en la tierra.


Versículo 23

«Dijo pues José», en el séptimo y último año de esterilidad, para que sembraran para el año siguiente cuando volvería la fertilidad; así Filón, quien también añade que José puso inspectores para vigilar que aquella porción se empleara en la siembra, no fuera que alguien la consumiera como alimento.


Versículo 25

«Nuestra salvación está en tu mano.» En hebreo dice: «nos has dado la vida» (nos has conservado la vida con tu alimento), «hallemos gracia ante los ojos de nuestro señor» (ante tus ojos, oh José), «para que seamos siervos del Faraón». Como si dijeran: Tú eres el autor y conservador de nuestra vida; nos has devuelto a la vida; en retorno, pues, por este alimento y salvación, nos ofrecemos como siervos a ti y al Faraón; más aún, consideraremos un gran beneficio si nos recibís en servidumbre, y consiguientemente bajo vuestro cuidado y providencia, tanto tú como el Faraón, quien por medio de ti tan providentemente y con tanta bondad ha provisto por nosotros en esta hambruna, que es mejor servirle, ser gobernados por él y depender de él, que gozar de nuestra propia libertad, gobernarnos a nosotros mismos y cuidar de nosotros y de nuestras cosas; no vayamos a caer de nuevo en una hambruna o desgracia semejante.


Versículo 26

«Vino a ser como una ley.» Este tributo real establecido por José adquirió fuerza de ley perpetua. Así el hebreo, el caldeo y el griego, como si dijera: José introdujo una costumbre que aún hoy perdura como ley, que la quinta parte de las cosechas se paga a los reyes de Egipto. Ved cuán justa y suavemente trata José a sus súbditos; hoy no faltan tiranos que sin título exigen y extorsionan más de la mitad. Además, Dios dispuso esto para recompensar la benevolencia del Faraón, que había otorgado al justo anciano Jacob y a sus hijos.

Moralmente, aprendan los consejeros y funcionarios de los príncipes del ejemplo de José que deben estar dedicados no a sus propios intereses sino a los de la república y sus príncipes. Pues José, aunque era el príncipe de Egipto, rehusó enriquecerse o elevar a su padre y hermanos a altos cargos, aunque habría podido hacerlo fácilmente y sin resentimiento, e incluso el Faraón lo deseaba; y esto era para mostrar cuán fielmente administraba la república, y cuán ajeno era a la avaricia y al amor privado de sí mismo y de su familia. Quiso, por tanto, que permanecieran en la misma ocupación y rango a los que estaban acostumbrados, y que fueran pastores de ovejas, y que procuraran su sustento con su propio trabajo y cuidado. Contemplen este ejemplo los prelados de nuestra época, aquellos que, cuando son elevados de una condición humilde a una alta, desean elevar a sus sobrinos y parientes consigo, de modo que parecen estar administrando asuntos privados más que públicos, y administrar las riquezas de la Iglesia no como propiedad de la Iglesia sino como suyas propias, y convertirlas en uso e incluso en lujo de ellos mismos y de su familia. ¡Qué cuenta darán estos a Cristo Señor de su administración en el último y gran día del mundo!

Tal fue entre los romanos Marco Atilio Régulo, quien, aunque había presidido los más altos asuntos del Estado, sin embargo permaneció tan pobre que se sostenía a sí mismo, a su esposa e hijos con una pequeña finca cultivada por un solo siervo; al oír de cuya muerte Régulo escribió al senado pidiendo un sucesor, ya que con la muerte del siervo sus asuntos habían quedado desamparados y su propia presencia era necesaria. Cuentan que Publio Escipión el Africano Menor, en los 54 años que vivió, no compró nada, no vendió nada, no edificó nada; y dejó sólo 33 libras de plata en un gran patrimonio, y dos de oro, aunque Cartago había sido conquistada bajo su mando, y los soldados habían sido enriquecidos por él solo de entre todos los generales. Así Eliano, Libro 11. Arístides hijo de Lisímaco, quien realizó muchas hazañas insignes en la paz y en la guerra, e impuso tributo a los griegos, no dejó al morir lo suficiente para cubrir el coste de su funeral. Así Eliano en el mismo lugar. Tal fue también el Beato Tomás Moro, como es evidente por su Vida escrita por Stapleton. A Epaminondas, Artajerjes envió un gran peso de oro para ganarlo a su causa; pero él dijo a los enviados: «No hay necesidad de dinero; pues si el rey quiere lo que es útil a mis tebanos, estoy dispuesto a hacerlo gratuitamente; pero si lo contrario, no tiene bastante oro, pues rehúso aceptar las riquezas de todo el mundo a cambio del amor de mi patria. A vosotros, que me habéis probado sin conocerme y me habéis creído semejantes a vosotros, no me maravillo, y os perdono. Pero partid pronto, no sea que corrompáis a otros, ya que no pudisteis corromperme a mí; de lo contrario os entregaré al magistrado.» Probo es testigo en su Vida. El mismo Epaminondas, cuando unos enviados trajeron regalos para corromperlo, los invitó a cenar; se puso una mesa frugal y vino agrio; entonces Epaminondas dijo: «Id, y contad a vuestro amo acerca de mis comidas, con las cuales, puesto que me contento con ellas, no me atraerá fácilmente con sus regalos a la traición.»


Versículo 27

«Israel», es decir, Jacob.


Versículo 28: La cronología de la vida de Jacob

«Ciento cuarenta y siete.» Nótese: Esta es la cronología de la vida de Jacob. Primero, Jacob nació en el año del mundo 2109, 432 años después del diluvio. Segundo, Jacob permaneció en la casa de su padre hasta su año 77, en el cual arrebató la primogenitura a Esaú; y por eso, temiendo sus asechanzas, huyó a Harán. Tercero, en Harán, después de los siete años que sirvió a Labán, recibió a sus esposas Lea y Raquel. De Lea engendró a Rubén en su año 84, a Simeón en su 85, a Leví en el 86, a Judá en el 87, a José en el 91. Cuarto, después de engendrar a José, y a todos sus hijos excepto Benjamín, Jacob sirvió a Labán otros seis años por los rebaños, de modo que en total estuvo en Harán y sirvió 20 años; cumplidos estos en su año 97, regresó a Canaán. Quinto, Jacob en su año 107 engendró a Benjamín, en cuyo nacimiento murió Raquel. Sexto, alrededor del año 88 de Jacob ocurrió el famoso diluvio de Ógiges, por el cual la tierra del Ática fue tan devastada que durante 199 años hasta Cécrope estuvo sin rey y casi desierta, sobre lo cual véase Eusebio, Libro 10 de la Preparación, último capítulo, y San Agustín, Libro 18 de La Ciudad de Dios, capítulo 18, donde San Agustín añade también otro prodigio del mismo tiempo, a saber, que se vio a la estrella Venus cambiar de color, tamaño, forma y curso. Séptimo, José fue vendido en su año 16, el 107 de Jacob. Pues el padre lo lloró como muerto durante 23 años, a saber, hasta su año 130, cuando, llamado por José junto con sus hijos, descendió de Canaán a Egipto. Octavo, Isaac murió cuando Jacob estaba en su año 120. Noveno, Jacob murió en su año 146, cuando José tenía 56 años, a saber, en el año del mundo 2256. Décimo, la muerte de Jacob precedió al éxodo de los hebreos de Egipto en 197 años, y al nacimiento de Moisés en 118 años. Finalmente, mientras Jacob vivía en Egipto, nació el santo Job, espejo de paciencia.


Versículo 29

«Pon tu mano bajo mi muslo.» Traté de este rito de juramento en el capítulo 24, versículo 2.

«Me mostrarás misericordia y verdad.» «Misericordia» significa gracia y un favor gratuito; «verdad» significa fidelidad y el otorgamiento y ejecución fiel del favor, como si dijera: Me concederás esta gracia, que me sepultes no aquí sino en Canaán, y lo cumplirás fiel y verdaderamente.


Versículos 29–30: La sepultura en Canaán

«Que no me sepultes en Egipto, sino que duerma con mis padres.» José deseó lo mismo para sí y lo mandó hacer después de su muerte, capítulo 50, versículo 21. La razón de este deseo fue, primero, porque Jacob deseaba ser sepultado en la tierra santa, en la cual únicamente habría de existir el culto de Dios, entre sus santos antepasados, a saber, con Isaac y Abrahán, para ser sepultado en Hebrón. Ved cuán grande cuidado tenían los antiguos por su sepultura, y cuán deseable es ser sepultado entre los santos. Segundo, Jacob quiso ser sepultado en Canaán para desprender los corazones de sus descendientes de las riquezas y vicios de Egipto, y darles una firme esperanza de retorno y liberación de Egipto, y de obtener la tierra prometida, a saber, Canaán. Así Teodoreto, San Juan Crisóstomo, Ruperto. Tercero, quiso esto para que entre sus descendientes que habitarían en Canaán, estos sepulcros suyos y de los padres fueran monumentos vivientes e igualmente incentivos de su fe, piedad y virtud. Cuarto, Jacob sabía que Cristo nacería, moriría y resucitaría en Canaán; de ahí que quiso ser sepultado allí, para resucitar con Cristo. Así Lirano, el Abulense y otros. Por tanto, como dice el Abulense, todos los católicos creen que entre los demás que resucitaron con Cristo el Domingo de Pascua, también Jacob resucitó.

San Agustín añade tropológicamente que Jacob deseaba la remisión de los pecados, tanto los suyos como los de todo el género humano, mediante la muerte de Cristo que habría de padecer en Canaán; de ahí que quiso ser sepultado allí. Por una razón similar, San Jerónimo, Santa Paula y muchos otros santos quisieron vivir y morir en Canaán, a saber, en Belén. Finalmente, los Patriarcas quisieron ser sepultados en Canaán para participar de las oraciones y sacrificios que se ofrecían allí; pues creían en la existencia del Purgatorio.

Anagógicamente, Ruperto dice: Jacob, muerto, dio un ejemplo a los vivos, para que en la esperanza de la patria celestial amaran la prenda de la herencia eterna, como si dijera: Jacob quiso ser sepultado en Canaán para que sus descendientes anhelaran el cielo, del cual Canaán era tipo.

«En el sepulcro de mis antepasados», en la cueva doble de Hebrón, sobre la cual véase el capítulo 23, versículo 17. De ahí que desde la antigüedad los fieles han acostumbrado ser sepultados entre los fieles y los santos, en lugares sagrados. Oíd a San Dionisio, Jerarquía Eclesiástica, capítulo 7: «Cuando se han cumplido estas cosas», dice, «el Obispo deposita el cuerpo en un lugar dignísimo, junto con otros cuerpos sagrados de su orden.» Y Clemente de Roma, Libro 6 de las Constituciones Apostólicas, capítulo 30: «Reuníos», dice, «en los cementerios, leyendo en ellos los libros sagrados, y cantando salmos por los que han dormido.» Que estos eran habitualmente consagrados por los sacerdotes lo enseña Gregorio de Tours, Sobre la Gloria de los Confesores, capítulo 106. Se llaman koimeterion, es decir, dormitorios, porque en la Escritura se dice que los fieles tras la muerte duermen en ellos, para ser resucitados en el último día del juicio, como atestigua San Agustín, Epístola 122. San Cipriano, Libro 1, Epístola 4, reprocha a cierto Marcial porque había depositado a sus hijos, a la manera de las naciones extranjeras, «en tumbas profanas». Por este mismo hecho indica que ya en aquel tiempo existían lugares sagrados de sepultura para los cristianos. Que los fieles eran frecuentemente sepultados en las iglesias lo atestiguan San Ambrosio, Libro 1 Sobre Abrahán, capítulo 3; San Jerónimo, en la Vida de Paula y Fabiola; San Agustín, en el libro Sobre el Cuidado de los Muertos, capítulo 1.


Versículo 31

«Júramelo entonces.» Jacob no desconfía de la palabra de José, sino que exige un juramento para que José pudiera usarlo como pretexto ante el Faraón, si este quisiera retener el cuerpo de Jacob en Egipto. Así Ruperto. El Abulense añade: Jacob sabía, dice, que José, si no lo hubiera obligado tan estrictamente, tenía la intención de hacerle un precioso y memorable sepulcro en Egipto. Por eso le exige un juramento, para que sintiéndose ligado por él, abandonara completamente aquel plan y lo sepultara modestamente en el sepulcro ancestral de los padres en Canaán. Ved aquí e imitad la modestia de Jacob y su amor por la sencillez.

«Volviéndose hacia la cabecera de su lecho.» Así también traducen Áquila y Símaco. Ahora bien, Jacob se volvió hacia la cabecera del lecho en dirección a José, porque estaba hacia el Oriente, hacia donde acostumbran volverse los que adoran, y por cuya razón los altares se construyen mirando al Oriente; o, como sostiene Lirano, porque esta cabecera del lecho miraba hacia la tierra prometida, hacia la cual los adoradores se volvían cuando estaban fuera de ella, como es evidente en Daniel 6:10 y 3 Reyes 8:44. Así también Ribera sobre el capítulo 11 de Hebreos, el Abulense y otros aquí.

Diréis: ¿Cómo entonces traducen la Septuaginta y por ella San Pablo: «Jacob adoró la punta de su bastón», es decir, el cetro de José? Respondo: Esto surgió del hecho de que la palabra hebrea mittah, si se lee como mitta, significa lecho; pero si con diferentes puntos vocálicos se lee matte, entonces significa bastón. Puede leerse de ambas maneras aquí, y tanto esta lectura como la traducción son canónicas. Jacob, por tanto, hizo ambas cosas: a saber, habiendo obtenido su deseo y gozoso por la promesa dada por José de que lo sepultaría en Canaán con sus padres, le dio las gracias y «adoró», es decir, inclinándose mostró reverencia y veneró el cetro, esto es, el poder real de José, dado a él por el Faraón, o más bien por Dios.

Segundo y más genuinamente, Jacob, dando gracias a Dios, lo adoró y alabó, porque había dado este poder y también esta intención de sepultarlo en Canaán a José; de ahí que se volvió hacia la cabecera del lecho, ya porque esta cabecera miraba al Oriente, ya porque miraba a la tierra de Canaán, como dije. He tratado esta materia más extensamente en Hebreos 11:21.

Ved aquí cumplido el sueño de José, capítulo 37, versículo 9, de que su padre y su madre lo adorarían. Diréis: Raquel, su madre, había muerto hacía mucho, a saber, antes de que José fuera vendido por sus hermanos, como es claro del capítulo 35, versículo 19. Por tanto, no podía adorarlo. San Juan Crisóstomo responde que la esposa se cuenta como una sola persona con su marido en términos civiles, según aquel pasaje de Génesis 2: «Los dos serán una sola carne.» Por tanto, cuando el marido adora, también se considera que la esposa adora al hijo. «Pues si el padre hizo esto», dice, «mucho más lo habría hecho ella, si no hubiera sido arrebatada de esta vida.» Añádase que Raquel había sustituido a Bilhá en su lugar, quien adoró a José, como dije en el capítulo 37, versículo 9.