Cornelius a Lapide

Éxodo II


Índice


Sinopsis del capítulo

Moisés nace, es expuesto, recogido y adoptado por la hija del Faraón. En segundo lugar, en el versículo 11, mata a un egipcio y huye a Madián, donde se casa con Séfora, y de ella engendra a Guersón y Eliezer.


Texto de la Vulgata: Éxodo 2:1-25

1. Salió después de esto un varón de la casa de Leví, y tomó mujer de su propia estirpe. 2. La cual concibió y dio a luz un hijo; y viéndolo hermoso, lo escondió durante tres meses. 3. Y como no podía ya ocultarlo, tomó una cestilla de juncos, y la untó con betún y pez; puso dentro al niño y lo expuso entre los carrizos de la orilla del río, 4. estando su hermana a lo lejos y observando el desenlace. 5. Y he aquí que la hija del Faraón descendió a bañarse en el río, y sus doncellas caminaban por la ribera de la corriente. Cuando vio la cestilla entre los papiros, envió a una de sus criadas, y una vez traída, 6. la abrió, y viendo dentro a un niño que lloraba, se compadeció de él y dijo: Es uno de los niños de los hebreos. 7. La hermana del niño le dijo: ¿Quieres que vaya y te llame a una mujer hebrea que pueda amamantar al niño? 8. Respondió: Ve. La muchacha fue y llamó a su madre. 9. A la cual dijo la hija del Faraón: Toma a este niño y críamelo; yo te daré tu salario. La mujer lo tomó y crió al niño; y cuando hubo crecido, lo entregó a la hija del Faraón. 10. Y ella lo adoptó como hijo suyo, y llamó su nombre Moisés, diciendo: Porque de las aguas lo saqué. 11. En aquellos días, después de que Moisés hubo crecido, salió a sus hermanos; y vio su aflicción, y a un egipcio que golpeaba a uno de sus hermanos hebreos. 12. Y cuando hubo mirado a uno y otro lado y no vio a nadie presente, mató al egipcio y lo escondió en la arena. 13. Y saliendo al día siguiente, vio a dos hebreos riñendo, y dijo al que cometía la injusticia: ¿Por qué golpeas a tu prójimo? 14. El cual respondió: ¿Quién te ha constituido príncipe y juez sobre nosotros? ¿Acaso quieres matarme como mataste ayer al egipcio? Moisés tuvo miedo y dijo: ¿Cómo se ha hecho público este asunto? 15. Y el Faraón oyó de este asunto y procuró matar a Moisés, el cual, huyendo de su presencia, se detuvo en la tierra de Madián y se sentó junto a un pozo. 16. Tenía el sacerdote de Madián siete hijas, las cuales vinieron a sacar agua; y habiendo llenado los abrevaderos, querían dar de beber a los rebaños de su padre. 17. Llegaron unos pastores y las echaron; y Moisés se levantó, y habiendo defendido a las doncellas, abrevó sus ovejas. 18. Cuando volvieron a Ragüel su padre, él les dijo: ¿Por qué habéis regresado más temprano de lo acostumbrado? 19. Respondieron: Un hombre egipcio nos libró de la mano de los pastores; además sacó agua con nosotras y dio de beber a las ovejas. 20. Y él dijo: ¿Dónde está? ¿Por qué habéis dejado marchar a ese hombre? Llamadlo para que coma pan. 21. Así pues, Moisés juró que habitaría con él. Y tomó a Séfora, hija suya, por esposa, 22. la cual le dio un hijo, al que llamó Guersón, diciendo: He sido forastero en tierra extraña. Y dio a luz otro, al que llamó Eliezer, diciendo: Porque el Dios de mi padre, mi auxiliador, me libró de la mano del Faraón. 23. Después de mucho tiempo murió el rey de Egipto; y los hijos de Israel, gimiendo a causa de sus trabajos, clamaron, y su clamor subió a Dios desde sus labores. 24. Y Él oyó sus gemidos, y se acordó de la alianza que había hecho con Abrahán, Isaac y Jacob. 25. Y el Señor miró a los hijos de Israel, y los reconoció.


Versículo 1: «Salió después de esto un varón de la casa de Leví»

Amrán, varón levita, varón de los descendientes de Leví: este Amrán fue hijo de Coat, nieto de Leví, bisnieto de Jacob y padre de Moisés. Alejandro Polihístor, según lo cita Eusebio, Libro IX de la Preparación Evangélica, capítulo último, refiere que Amrán nació 14 años antes de la muerte de José, es decir, 57 años después de la entrada de Jacob en Egipto, y que consiguientemente engendró a Moisés a la edad de 77 años, y murió 20 años antes de la partida de los hebreos de Egipto; pues él mismo vivió 137 años, como consta del capítulo 6. Eusebio, sin embargo, en el Cronicón dice que Moisés nació en el año 70, no en el 77, de Amrán.

Y tomó mujer de su propia estirpe. -- En hebreo dice «tomó una hija de Leví». Esta fue Jocabed, la madre de Moisés, que igualmente es llamada hija de Leví en Números 26:59. De ahí que Abulense piense que Jocabed fue verdadera y propiamente hija de Leví, y tía de su marido Amrán: de modo que Leví, a la edad de 110 años, engendró a Jocabed en Egipto; y ella, cuando tenía 68 años, dio a luz a Moisés, quien en el año 80 de su vida sacó al pueblo. Pues por la ley natural, el matrimonio entre tía y sobrino no está absolutamente prohibido, sino solamente por ley positiva, que entonces aún no había sido promulgada, pero fue promulgada después, en Levítico 18. Así pues, Moisés por parte de madre fue nieto, y por parte de padre bisnieto, de Leví.

Pero es más cierto que Jocabed no fue hija sino nieta de Leví; ni tía sino prima de Amrán: pues nuestro traductor expresamente enseña esto en el capítulo 6, versículo 20, donde la llama prima de Amrán; y los Setenta allí, que la llaman hija del tío paterno de Amrán; y el Caldeo, que la llama hija de la tía de Amrán. Por tanto, donde aquí y en Números 26 se la llama hija de Leví, entiéndase que era una mujer levita, es decir, descendiente de la estirpe de Leví, como lo traduce nuestro intérprete: pues así se llaman hijas de Judá las que descienden de Judá. Así Vatablo, Pererio y otros. Pues Moisés añade esto tanto para que conste que Moisés y Aarón fueron levitas por descendencia tanto materna como paterna, como para significar que los hebreos ya habían comenzado a casarse con mujeres de su propia tribu, y que así Dios suavemente había comenzado a establecer la distinción de las tribus.

Quede pues descartada la injuria de Calvino, de que Moisés nació de un matrimonio incestuoso.


Versículo 2: «Concibió y dio a luz un hijo»

A Moisés. Añade Josefo que Amrán, padre de Moisés, estaba angustiado por Moisés, ya concebido y pronto a nacer, a causa del decreto de infanticidio del Faraón, y cuando oraba con insistencia a Dios por el niño, Dios se le apareció y dijo: «Sabe que tengo en el corazón tanto el bienestar público de tu pueblo como tu gloria privada: pues este niño, por cuyo nacimiento los egipcios han condenado a muerte a tu descendencia, te nacerá a ti, y él liberará a su nación de la servidumbre egipcia. Pronto el nacimiento confirmó el oráculo, pues la madre dio a luz con tanta facilidad, en contra de la costumbre de las mujeres en el parto, que pasó inadvertida a los vigilantes.» Las palabras de San Esteban en Hechos 7:25 apoyan este oráculo.

Moisés nació en el año del mundo 2374, desde el diluvio no en el año 714, como trae el códice de Pererio, sino 717; desde el nacimiento de Abrahán 425 (erró por tanto Porfirio, que pretende que Moisés vivió en tiempos de Semíramis, que sucedió a Nino, en cuyo año 43 nació Abrahán), en el año 135 después de la entrada de Jacob en Egipto. Esto es claro: pues el diluvio ocurrió en el año del mundo 1656 y duró un año; de ahí, en el año 292 desde el diluvio, nació Abrahán; Abrahán a la edad de 75 años recibió la promesa de Dios, desde la cual hasta la partida de los hebreos de Egipto y la entrega de la ley en el Sinaí, transcurrieron 430 años, que se dividen así: 213 transcurrieron desde la promesa hecha a Abrahán hasta el descenso de Jacob a Egipto; y otros 215 transcurrieron desde el descenso de Jacob a Egipto hasta la partida de los hebreos de Egipto; y Moisés nació 80 años antes de la partida.

En segundo lugar, Moisés nació 516 años antes del reinado de David, y 560 años antes de la construcción del templo de Salomón: pues desde la salida de los hebreos de Egipto hasta la construcción del templo transcurrieron 480 años, como consta de 1 Reyes capítulo 6, versículo 1. Añádanse a estos los 80 años de la vida de Moisés hasta la salida, y se obtendrán 560 años.

En tercer lugar, Moisés nació 985 años antes de la cautividad de Babilonia; 1576 años antes de Cristo; 802 años antes del inicio de las Olimpíadas, es decir, de los juegos olímpicos; 825 años antes de la fundación de Roma. Véase la tabla cronológica que expuse al comienzo del Génesis.

En cuarto lugar, Moisés nació no 900 años, como quiere Lactancio, Libro IV, Capítulo 5, sino 430 años antes de la guerra de Troya, y por tanto precedió en mucho a Homero, quien fue posterior a la guerra de Troya al menos en cien años: de ahí que, consiguientemente, Moisés precedió en mucho a los siete sabios de Grecia; pues estos fueron muy posteriores a Homero y vivieron en tiempos de Ciro; y mucho después de ellos vinieron Sócrates, Platón y Aristóteles, en tiempos de Alejandro Magno.

En quinto lugar, en tiempos de Moisés, alrededor del año 33 de Moisés, dice Tornielo, Cécrope fue el primer rey en el Ática, el cual fundó Atenas, después del cual acontecieron casi todos los sucesos que los griegos narran sobre sus héroes, dioses, guerras y otras cosas memorables. Así Eusebio en el Cronicón, y Cirilo, Libro I Contra Juliano. Finalmente, Moisés nació en la época en que floreció el celebérrimo astrónomo Atlas, de quien por eso se imaginó que sostenía el cielo sobre sus hombros, y que fue hermano de Prometeo el filósofo natural, de quien se fingió que transformaba piedras en hombres; y este Atlas fue abuelo materno de Mercurio el mayor, cuyo nieto fue Mercurio el menor, llamado Trismegisto. Así Eusebio en el Cronicón, y San Agustín, Libro XVIII de La Ciudad de Dios, Capítulo 8. Moisés, por tanto, fue mucho más antiguo que Trismegisto: de ahí que tanto Trismegisto como Platón y los demás sabios de los gentiles extrajeron su sabiduría de Moisés y de los hebreos, como enseñan Eusebio y otros. Véase Génesis, Capítulo 12, versículo 40.

«Viéndolo hermoso, lo escondió durante tres meses.» El niño, dice Josefo, era tan hermoso que cautivaba los ojos de quienes lo miraban y los mantenía fijos. San Esteban, Hechos capítulo 7:20, en lugar de «hermoso» traduce «agradable a Dios». De donde resulta claro que esta belleza fue más que natural y fue infundida en Moisés por Dios, significando que era agradable a Dios, querido e importante para Él; y así, mediante esta belleza de Moisés, no tanto humana cuanto divina, sus padres fueron confirmados en el oráculo que habían recibido acerca de Moisés y en su fe, y fueron animados a ocultarlo; ni dudaron de que por este medio escaparía sano y salvo de las aguas, siendo Dios su protector, y esto es lo que dice el Apóstol, Hebreos 11:23: «Por la fe, Moisés, al nacer, fue ocultado durante tres meses por sus padres, porque vieron que el niño era hermoso, y no temieron el edicto del rey.» Véase lo que se dijo allí. San Efrén, en su Discurso sobre la Transfiguración de Cristo, considera que Moisés fue santificado en el vientre de su madre: pues esta belleza de su cuerpo, que emanaba de la belleza de su alma, parece indicar esto. Pero esta conjetura es demasiado débil para establecer semejante privilegio y una exención de la ley común del pecado original en el que todos nacemos, especialmente puesto que nadie más ha afirmado esto.

Acertadamente Marsilio Ficino, en su comentario al Banquete de Platón, llamó a la belleza la flor de la bondad, y Pacato en su Panegírico de Teodosio: «Toda belleza augustísima,» dice, «se cree que toma mucho del cielo. Tu virtud mereció el imperio, pero la belleza añadió su apoyo a la virtud: aquella hizo que fuera necesario que tú llegaras a ser príncipe, esta que fuera conveniente.» Teofilacto añade, sobre Hebreos 11:23, que los padres habían querido exponer a Moisés al nacer, pero el niño sonrió dulcemente, y fue preservado por ello. Hasta tal punto, dice, era todo divino en él.


Versículo 3: «Y como no podía ya ocultarlo»

Habiéndose recrudecido la búsqueda y el infanticidio. Pues consta por Aarón y sus contemporáneos que muchos infantes habían escapado cuando la tiranía se había relajado.

Tomó una cestilla de juncos -- es decir, un pequeño cofre hecho de juncos, o tejido de juncos como mimbres, y untado por fuera con pez y betún para impedir el paso del agua; en el cual la madre colocó al niño y lo expuso en el juncal o carrizal, donde un desenlace incierto daba una esperanza de vida más segura que en casa, donde los buscadores implacables habrían de infligir la muerte cierta -- medida dura ciertamente, pero necesaria, y tomada con una misericordia que confiaba en la providencia de Dios. Por tanto, Calvino se equivoca al acusar a estos padres de Moisés de cobardía y de crueldad bestial por esta exposición de su hijo: pues no podían preservar de otro modo la vida de Moisés sino exponiéndolo. Pero lo expusieron del modo más seguro que les fue posible, a saber, en una cestilla bien asegurada y en un lugar seguro, y le dieron a su hermana como guardiana, la cual podría ayudarlo en lo que pudiera. De ahí que el Apóstol alabe grandemente la fe y el valor de estos padres. Parece, por tanto, que los padres habían recibido el oráculo que Josefo narra acerca del nacimiento y la salvación de Moisés, y que por ello lo expusieron no por temor, sino por una confianza cierta en Dios.

Alegóricamente, Moisés en su cuna prefiguró a Cristo: pues ambos fueron expuestos, el uno al arbitrio de la fortuna, el otro para la salvación de la humanidad; el uno en una cestilla de juncos, el otro en una cuna de mimbres y un pesebre; el uno en el carrizal de un río, el otro en una cueva junto a un camino público; el uno recibido por una mujer egipcia y criado como hijo suyo, el otro adorado por los gentiles a través de los Magos y declarado Dios y rey de todos mediante dones divinos y regios.

Lo expuso entre los carrizos. -- Pagnino traduce: en el juncal. El carrizal es un lugar donde crecen carrizos; el carrizo es una planta alta, con forma de espada, y puntiaguda en la punta. De ahí resulta claro que Moisés fue expuesto en un lugar pantanoso, con aguas estancadas del Nilo, pero cercado de juncos y carrizos espesos, de modo que la cestilla y el niño expuesto en ella no pudieran ser arrastrados por la fuerza del agua. Yerra por tanto Josefo cuando narra que esta cestilla de Moisés fue arrojada al medio del río y arrastrada por las aguas; y que la hija del rey envió nadadores y ordenó que la cestilla fuera extraída de las aguas y traída a ella.

Además, Dios quiso que Moisés sufriera estas cosas para que conociera la miseria de sus congéneres que padecían lo mismo, y los liberara y sacara de esta miseria. Aprende aquí una lección moral: Dios nos hizo miserables para que de nuestra propia miseria aprendamos a compadecernos del prójimo. Pues, como dice San Bernardo, en su obra Sobre los grados de la humildad: «Un enfermo se compadece de un enfermo, y un hambriento de un hambriento, tanto más íntimamente cuanto más cercanos están en condición; pues así como la verdad pura solo se ve con un corazón puro, así la miseria de un hermano se siente más verdaderamente con un corazón miserable; pero para tener un corazón miserable por la miseria ajena, es preciso que primero reconozcas la tuya, y hallarás el estado de ánimo de tu prójimo en el tuyo propio, de modo que a partir de ti mismo sepas cómo auxiliarlo. Siguiendo el ejemplo de nuestro Salvador, que quiso padecer para saber compadecerse, y aprendió la misericordia de lo que padeció.»

Alegóricamente, Moisés aquí, desterrado de su hogar y expuesto en una cestilla entre los carrizos, fue tipo del Niño Cristo: primero, reclinado por su Madre en un pesebre, porque no había lugar para Él en la posada; segundo, expuesto a la furia de Herodes y huyendo de él a Egipto. De ahí que San Paulino enseñe que Cristo padeció en Moisés y en todos los santos; pues escribiendo a Áper, que despreciando el mundo, era a su vez despreciado por él, dice así, Epístola 1: «Con razón te glorías y dices en exultación que te consideras cristiano porque los que te amaban han comenzado a odiarte, y los que te temían a despreciarte. Desde el principio de los siglos, Cristo ha padecido y triunfado en todos los suyos. En Abel, muerto por un hermano; en Noé, escarnecido por un hijo; en Abrahán, peregrino; en Isaac, ofrecido en sacrificio; en Jacob, siervo; en José, vendido; en Moisés, expuesto; en los Profetas, apedreado y cortado; en los Apóstoles, zarandeado por tierra y por mar; y en las muchas cruces de los bienaventurados Mártires, muerto frecuentemente. Él mismo padece oprobios en ti, y el mundo lo odia en ti.»

Lo mismo enseña San Cipriano, en su libro Sobre la alabanza del martirio: «Aunque de las costillas endurecidas rebote la garra que vuelve a la herida, y aunque al caer los azotes, la correa regrese arrancando parte del cuerpo, él permanece inmóvil, más fuerte sin embargo que sus tormentos, revolviendo dentro de sí esto solo: que en aquella crueldad de los verdugos, más padece Cristo, por quien él sufre, que él mismo,» y, como dice más adelante, «como adornado por participar de la sangre de Cristo.»


Versículo 4: «Estando su hermana a lo lejos»

María, una muchacha ya crecida, de 10 u 11 años, enviada por su madre, dice Josefo. Su madre la había instruido sobre qué hacer y qué decir, a saber: que si sucedía que algún egipcio al pasar fuera movido a compasión por el niño expuesto, como ella esperaba, y buscara un modo de salvar al niño, ella ofreciera a esa persona a la propia madre del niño como nodriza, como en efecto hizo, según consta de lo que sigue.


Versículo 5: «La hija del Faraón»

Termutis de nombre, dice Josefo, y a partir de él otros generalmente: Filón añade que era la única heredera del Faraón, y sin hijos, aunque había estado casada durante largo tiempo.

A bañarse en el río -- cerca del palacio, en un lugar tanto cercado como privado, o, como dice Filón, entre la espesura densa de juncos y cañas; pues no es creíble que una mujer regia quisiera bañarse en un lugar abierto.

Por la ribera de la corriente -- por la orilla del río; en hebreo dice «a la mano», es decir, al costado del río.

Cuando vio la cestilla entre los papiros -- es decir, en el carrizal lleno de carrizos, juncos y papiros: pues en Egipto crece el papiro, así como en nuestras tierras crecen los juncos, en lugares pantanosos o en las márgenes de los ríos. Ahora bien, el papiro es un pequeño árbol o arbusto que crece junto al Nilo, de raíz oblicua, lados triangulares, diez codos de largo, y que se adelgaza hasta terminar en punta: de las hojas del papiro, separando una fina membrana con una aguja, hacen papel para escribir, que por eso se llama papiro; y de ahí que nuestros papeles, aunque hechos de lino batido, porque sirven al mismo uso de escribir, se llaman papiros: de la madera del papiro también construyen barcas, de donde aquel verso de Lucano, Libro IV: «Cuando el Nilo lo cubre todo, se cose la barca menfita de papiro absorbente.» Y Ovidio, Libro XV de las Metamorfosis: «Y a través de los siete cauces del Nilo portador de papiros.»

Además, Heródoto, Libro II, escribe que los egipcios construyen sus barcas de caña. Véase Plinio, Libro XIII, Capítulo 11.


Versículo 6: «Es uno de los niños de los hebreos»

Lo que le sugirió esto fue el cruel edicto de su padre sobre la destrucción de los niños hebreos; y cuando miró al niño circuncidado, no pudo dudar de que era hebreo: pues en aquel tiempo los egipcios aún no habían adoptado la circuncisión, la cual aceptaron después, como enseña Jeremías capítulo 9, versículo 25, y Teodoreto aquí, y Diodoro Sículo, Libro I de las Antigüedades, Capítulo 2, y Heródoto, Libro II.


Versículo 8: «A su madre»

En hebreo, «a la madre del niño»; pero la misma que era su propia madre era la madre de su hermanito, a saber, Jocabed. Ella nutrió -- en hebreo, amamantó -- a Moisés.


Versículo 10: «Y lo adoptó como hijo suyo»

¿Cómo permitió esto su padre el Faraón, enemigo hostil de los hebreos? Respondo que el corazón del rey está en la mano de Dios, y fue por Él inclinado a amar a un niño tan hermoso, dice Josefo. Filón añade que Termutis, como no tenía hijos, fingió estar embarazada y haber dado a luz a Moisés, como si Moisés no fuera su hijo adoptivo sino natural. El Apóstol parece sugerir lo mismo, Hebreos 11:24, cuando dice que Moisés, ya crecido, rehusó ser llamado hijo de la hija del Faraón; por tanto, anteriormente era tenido por hijo genuino de ella. ¿Por qué entonces, cuando murió el Faraón, no le sucedió Moisés en el reino sino otro (como diré en el versículo 11)? Quizá porque el engaño de la madre y la adopción de Moisés fueron descubiertos.

De ahí que Moisés fue también educado al modo regio en toda la sabiduría de los egipcios, dice San Esteban, Hechos 7:22. Pues, como dice Platón: «La sabiduría es sumamente útil y necesaria para quien detenta el poder, de modo que en la una se sostenga y adorne el cuerpo del príncipe, y en la otra su alma.» Y el mismo Platón: «El cuidado que se pone en plantar y formar arbolillos,» dice, «debe ponerse igualmente en engendrar y educar a los hijos; pero en lo segundo hay trabajo, en lo primero placer. Debemos precavernos, sin embargo, de que no parezcamos adormecidos en esto y más que vigilantes en aquello.» A alguien que le preguntó: «¿Qué herencia debe dejarse a los hijos?» respondió: «Aquella que no teme ni al granizo, ni a la violencia, ni siquiera al mismo Júpiter.» De ahí que él mismo, que nunca dejaba de animar a los jóvenes a vivir felizmente, solía decir con frecuencia: «Preferid el trabajo al ocio, a menos que penséis que el orín es mejor que el esplendor.» Y también: «Considerad la naturaleza contraria de la virtud y del placer; pues a la dulzura momentánea del placer se le une un arrepentimiento perpetuo, dolor y tormento; a la virtud, por el contrario, tras breves dolores, se añaden incluso deleites eternos después de la muerte.» Por ello a cierto discípulo que cuidaba su piel con excesivo lujo, le dijo: «¿Hasta cuándo, oh miserable, seguirás construyéndote una prisión?» En otra ocasión: «Los sabios,» dice, «colocan al alma en primer lugar, al cuerpo en segundo, al dinero en tercero. Así en la República, déese el primer lugar a la virtud, el segundo a la fuerza corporal, el tercero al dinero, que es servidor de la virtud y del cuerpo.» Por esta razón recomendaba las vigilias, como amigas de la sabiduría y de la castidad. Pero detestaba el sueño prolongado, como padre de malas tentaciones y pecados, y muy semejante a la muerte; también prohibía comer dos veces al día y saciarse.

Ahora bien, la sabiduría de los egipcios era doble, dicen Filón y Justino, Cuestión 25 a los Ortodoxos. La primera, abierta y accesible a todos, a saber: Geometría, Aritmética, Astronomía y Música. La segunda, Jeroglífica, que a través de símbolos enseña los más importantes misterios de la Física, la Teología y la Política; Moisés, por tanto, aprendió todas estas cosas, e incluso medicina, dice Clemente. De ahí que el mismo Clemente, Libro VI de los Stromata, dice que Moisés en sus ritos y leyes usa ocasionalmente el método jeroglífico de los egipcios, es decir, los transmite a través de símbolos y enigmas; y esto es más evidente en las vestiduras de los sacerdotes, los Querubines, el arca y la construcción del tabernáculo. Véase lo dicho en el Canon 27. Marco Varrón, según lo cita San Agustín, Libro XVIII de La Ciudad de Dios, Capítulo 4, enseña que los egipcios aprendieron primero sus letras, siendo Isis su maestra, poco más de dos mil años antes de su propia época. No hay duda de que Jacob, José y los hebreos que habitaron en Egipto durante 215 años les enseñaron muchísimas cosas; de ahí que del gobierno de José sobre Egipto se dice en el Salmo 104: «Para que instruyera a sus príncipes y enseñara sabiduría a sus ancianos,» de modo que no es sorprendente que en las doctrinas y leyes de los egipcios se encuentren muchas cosas muy semejantes a la doctrina y ley de los hebreos, según refieren Heródoto y Diodoro Sículo.

Filón añade además que se hicieron venir preceptores desde Grecia para Moisés con grandes gastos, para enseñarle las artes liberales; caldeos, para enseñarle la ciencia de los astros, especialmente la que contiene predicciones del futuro; y asirios, para enseñarle sus letras, en cuanto que estaba destinado por las esperanzas de todos a ser sucesor del trono ancestral, y era llamado el rey más joven: y que Moisés se aplicó con grandísimo celo a su educación, siguiendo no las costumbres de los egipcios, sino las tradiciones ancestrales de sus antepasados. Nótese aquí que Filón usa cierta exageración; pues Moisés fue anterior y más antiguo no solo que todos los sabios de Grecia, sino incluso que todos los que escribieron algo entre los griegos. En efecto, Cadmo, de quien los griegos recibieron sus letras, fue mucho posterior a Moisés, como enseña Eusebio, Libro X de la Preparación Evangélica, Capítulo 3. ¿Cómo dice entonces Filón que se hicieron venir preceptores para Moisés desde Grecia?

Josefo narra aún otra cosa acerca de Moisés, cuya veracidad quede a su cargo, a saber: que el Faraón colocó una diadema en la cabeza del niño Moisés, pero Moisés la arrancó y la arrojó al suelo y la pisoteó con sus pies; y cuando los egipcios tomaron esto como un mal presagio, como si este niño sería destructivo para Egipto, y el adivino que había predicho que tal niño nacería afirmó que Moisés era ese mismo niño y quiso matarlo, Termutis arrebató a Moisés y lo salvó.

Dios quiso que Moisés, futuro conductor del pueblo, fuera educado en la corte del Faraón, para que aprendiera y absorbiera la urbanidad regia, la elegancia de costumbres, la grandeza de ánimo, la generosidad y las demás virtudes de un rey, como quien había de ser gobernante de un pueblo. En segundo lugar, para que después, cuando fuera embajador de Dios ante el Faraón en favor del pueblo, tuviera mayor autoridad ante él, especialmente acompañado de tantos signos, portentos y plagas.

«Y llamó su nombre Moisés, diciendo: Porque de las aguas lo saqué.» Filón, Josefo, Clemente de Alejandría, Libro I de los Stromata, Procopio y Rábano piensan que Moisés es un nombre egipcio: pues mos en egipcio significa agua, o, como dice Josefo, los egipcios llaman al agua mo; e ises significa salvado: de modo que Moisés significa lo mismo que «salvado del agua». Pero digo que Moisés es un nombre hebreo, que significa «sacado» o «extraído», a saber, de las aguas; pues su raíz es la hebrea masa, que significa sacar o extraer. Por tanto, la madre egipcia que lo adoptó dio al niño hebreo un nombre hebreo: esto es claro por el texto hebreo, que dice: vatticra shemo Mosheh... vattomer: ki min hammaim meshitihu, es decir, «y llamó su nombre Moisés, y dijo: Porque de las aguas lo saqué»: donde es claramente evidente que fue llamado Moisés a partir del hebreo meshitihu, que significa «lo saqué», a saber, de las aguas.

Nótese primero que la forma genuina es «Moses», mientras que «Moyses» es una corrupción: así también otros nombres propios hebreos han sido corrompidos entre los griegos y latinos. El hebreo, es decir Moses, invertido por anástrofe, es lo mismo que hasschem, es decir «el nombre» mismo, a saber, el nombre célebre, grande, poderoso y terrible para el Faraón y los egipcios. Asimismo, «nombre» significa la virtud, eficacia y admirable potencia que fue dada a Moisés. En tercer lugar, Clemente de Alejandría refiere que Moisés, antes de ser expuesto por sus padres, fue llamado Joaquín, y después fue llamado Moisés por la hija del Faraón; que también tenía un tercer nombre después de ser asumido al cielo, siendo llamado Melqui. A su vez, Aben Ezra y R. Abraham dicen que Moisés fue llamado Monion por los egipcios. Pererio igualmente sostiene que la hija del Faraón dio a Moisés un nombre egipcio que significaba lo mismo que el hebreo «Moisés», y que el nombre Moisés le fue impuesto después por los hebreos. Pero todas estas cosas son inciertas: pues ni la Sagrada Escritura, ni Josefo, ni Filón revelan otro nombre que Moisés, del cual también dan la etimología, como si hubiera sido llamado así tanto por los hebreos como por los egipcios; pues en los capítulos siguientes, el Faraón y los egipcios no lo llaman de otro modo que Moisés; y también los historiadores de los gentiles -- Tácito, Trogo, Justino y otros -- siempre lo llaman Moisés. Del feliz acontecimiento, por tanto, de su extracción de las aguas, Moisés recibió su nombre, y esto con un presagio y significado favorables: a saber, que él mismo igualmente extraería y liberaría a los hijos de Israel de las aguas de la aflicción, y los conduciría a través del Mar Rojo a pie enjuto. «Fue una justa retribución divina,» dice San Agustín (Sermón 89, Sobre los tiempos), «que el asesino fuera castigado por sus propios afectos (el Faraón por medio de Moisés), y pereciera por la provisión de su hija, él que había prohibido a las parteras dejar nacer a los niños.»

Alegóricamente, dice Cirilo: La madre que encerró a su hijo (Moisés) en una cestilla es la Sinagoga, que rechazó a Cristo nacido de ella como a un extraño; pero la hija del Faraón, es decir, la Iglesia de los Gentiles, lo recibió, y esto junto a las aguas del Bautismo. Y Próspero dice: «Cuando la hija del Faraón descendió a Moisés, es decir, cuando la sabiduría de este mundo vino a Cristo, lavada por la inundación espiritual, depuso su soberbia, y recibiendo al pequeño como si ella fuera grande, unida a la Iglesia por la gracia humilde, la que había sido hija se convirtió en madre de Cristo.» Teodoreto añade: La madre recibió de nuevo a su hijo para criarlo de manos de la mujer egipcia gentil, porque Israel recibirá la fe de Cristo de la Iglesia de los Gentiles en los últimos tiempos. Moisés, por tanto, nacido durante la persecución del Faraón, significa Cristo nacido durante la persecución de Herodes y del diablo, que oprimía al mundo entero bajo su yugo. Moisés oculto durante tres meses significa Cristo oculto en la Ley Antigua durante un triple período, a saber, el de los Jueces, los Reyes y los Pontífices. Moisés arrojado al río por sus padres significa Cristo sumergido en las aguas de la pasión y la muerte por los judíos, al cual la mujer egipcia, es decir el mundo gentil, recibió y trató magnífica y espléndidamente, viendo su elegancia en la sabiduría celestial, la vida y las costumbres.

Tropológicamente, Hugo de San Víctor en su Alegoría sobre Éxodo I dice: Moisés es cualquiera en el río del siglo presente; la hija del rey es la gracia de Dios, que nos adopta, rescatados del flujo del mundo, como hijos de Dios, y nos entrega a la madre hebrea, es decir, a la Iglesia que pasa al cielo, para ser alimentados.


Versículo 11: «Después de que Moisés hubo crecido»

En aquellos días (cuando Moisés completaba su año 40 de edad, como dice San Esteban, Hechos 7:23), después de que Moisés hubo crecido. -- Josefo y muchísimos de sus seguidores narran que Moisés, nombrado por el Faraón para dirigir la guerra etíope, derrotó a los etíopes; que capturó la ciudad real de Saba, que después fue llamada Meroe por Cambises según el nombre de su hermana, mediante la rendición de Tarbis, hija del rey de los etíopes; y que Moisés entonces se casó con ella según su acuerdo. Tornielo asigna esta guerra de Moisés al año 40 de la vida de Moisés, cuando Amenofis, bajo el cual nació Moisés, ya había muerto y reinaba Orus, si creemos a Eusebio. En verdad, sea lo que fuere de esta guerra -- que Teodoreto y otros llaman fabulosa --, no hay duda de que Moisés pasó por alto muchas cosas sobre sí mismo por deseo de humildad, pues durante aquellos cuarenta años en que vivió en la corte casi como un príncipe, no estuvo ocioso ni inactivo. El autor de la Historia Escolástica y otros añaden que esta Tarbis fue la mujer etíope por cuya causa María y Aarón murmuraron contra Moisés, Números 12. Asimismo, que cuando Moisés, tras obtener la victoria, quiso volver a Egipto y Tarbis no lo dejaba ir, él -- siendo peritísimo en astronomía -- esculpió dos imágenes en gemas, de tal virtud y poder que una traía el recuerdo y la otra el olvido; y habiendo engarzado las imágenes en anillos iguales, se quedó con el del recuerdo y dio el del olvido a Tarbis; y ella, poniéndoselo, al instante olvidó a Moisés, y así él pudo regresar a Egipto. Pero estas son fábulas y cuentos.

Salió a sus hermanos. -- Los hebreos llaman «hermanos» a todos los que pertenecen a la misma familia o nación.

Y vio su aflicción. -- Filón añade que Moisés visitaba frecuentemente a sus israelitas que trabajaban y sufrían, y los consolaba, y amonestaba a los capataces a ser clementes, y que así los cortesanos gradualmente comenzaron a mirarlo con sospecha, y finalmente lo denunciaron al rey como alguien que disentía de él y tramaba una revolución, y llenaron los oídos del rey de calumnias. He aquí el valor de Moisés, que se profesaba israelita y elegía más bien ser afligido con el pueblo de Dios que gozar del placer del pecado temporal (Hebreos 11:25). Moisés, por tanto, despreció el reino de Egipto, confesándose hebreo y negando con ello ser hijo de la hija del Faraón. Por esto, dice Ambrosio (sobre el Salmo 118), fue hecho por Dios «dios para el Faraón», es decir, superior a él y terrible para él. Por esta razón también Filón llama a Moisés un milagro de la naturaleza: pues buscar, no digo la dignidad regia, sino incluso la amistad regia, es una obra ordinaria de la naturaleza; pero despreciar estas cosas, más aún, detestarlas, es claramente extraordinario y por tanto un milagro, y tanto más cuanto que las despreció no por su propia ventaja, sino por el bien público y en favor de su nación. Así Filón. Esta es la verdadera elevación de ánimo: anteponer la piedad al reino. Esta es la dignidad suprema, que lo hizo más digno de la dignidad real que el propio rey. Pues mayor es quien desprecia la dignidad que quien la mira con reverencia y la acepta. Pues aquel es superior al honor, este inferior; aquel es dueño de la pompa, este su esclavo; este anhela la gloria como un mendigo, aquel la desdeña como un señor.

Un hombre egipcio que golpeaba a uno de los hebreos. -- Filón dice que este egipcio era uno de los capataces que solían golpear tan injustamente a los hebreos abrumados bajo sus pesadas cargas. San Esteban (Hechos 7), en lugar de «golpear», dice que lo trataba con violencia. Los hebreos refieren que este egipcio había cometido adulterio con la esposa de este hebreo, y que por ello, habiendo surgido una riña, lo golpeó; pero esta es una invención suya habitual. Es cierto que este golpe fue grave y ultrajante, ya sea en sí mismo, o por las circunstancias, o por lo que había precedido, como dice Filón, de modo que el agresor merecía ser castigado con la muerte: pues de otro modo Moisés no habría tenido ni la autoridad y el derecho, ni la voluntad, de matarlo.


Versículo 12: «Escondió al egipcio muerto en la arena»

«Muerto», es decir, matado; pues lo sepultó y escondió en la arena.

Se puede preguntar si Moisés cometió esta muerte justa y rectamente. Pues parece que Moisés, puesto que vivía como particular, no había recibido autoridad para ello ni de Dios ni de hombre alguno.

En primer lugar, los hebreos, incluso los antiguos, según atestigua Clemente de Alejandría (Stromata, Libro 1), excusan a Moisés alegando que mató al egipcio no con una espada, sino pronunciando sobre él el nombre tetragramático de Jehová, del mismo modo que San Pedro mató a Ananías y Safira con sola una palabra. Pero esto es una invención: pues «golpear» significa herir no con una palabra sino con una espada u otras armas. Además, el nombre de Jehová no le había sido aún revelado a Moisés en aquel tiempo. Pues Dios se lo asignó a Sí mismo por primera vez, y se lo reveló a Moisés en Éxodo 6:3.

En segundo lugar, San Agustín (Contra Fausto, Libro 22, cap. 70) censura este hecho de Moisés como realizado fuera del orden de la autoridad y la justicia; y lo atribuye al celo de Moisés, pero excesivo y sin pulir, el cual, dice, producía señales ciertamente defectuosas pero de gran fecundidad. Pues este celo excesivo significaba que Moisés, una vez refinado y habiendo aprendido a guiar y templar este celo con la razón, sería un distinguido y valeroso conductor del pueblo. De ahí también que Ecumenio (sobre la Epístola de Judas) refiera que el diablo, en su disputa con Miguel sobre el cuerpo de Moisés, dijo que Moisés no era digno de sepultura porque había matado injustamente al egipcio y lo había enterrado no en un sepulcro sino en la arena.

En tercer lugar, San Ambrosio (Sobre los deberes de los clérigos, Libro 1, cap. 36), Santo Tomás y el Burgense atribuyen este hecho de Moisés a la justa defensa, por la cual estaba obligado por la caridad a defender al hebreo que era atacado injustamente. «Pues quien no defiende a su compañero de la injuria pudiendo hacerlo, es tan culpable como el que la comete,» dice San Ambrosio. Pues, como dice Toledo (sobre Lucas 12, anotación 27), en aquel tiempo no había juez que pudiera evitar la injuria, y la injuria era presente y no admitía demora alguna: por tanto, era deber de Moisés en ese momento intervenir.

Cayetano añade que estos capataces eran enemigos públicos y opresores de los hebreos, y que por tanto era lícito a los hebreos matarlos si podían, del mismo modo que en una guerra justa es lícito matar al enemigo e invasor en cualquier lugar.

En cuarto lugar -- y esta es la explicación más clara y sólida --, Moisés hizo esto habiendo obtenido autoridad por inspiración divina. Pues Dios movía a Moisés a esta muerte, para que comenzara a actuar como vengador de Su pueblo y matara a un enemigo público. Pues esto es lo que dice San Esteban (Hechos 7:25): «Él vengó al oprimido hiriendo al egipcio; y pensaba que sus hermanos entenderían que Dios les daba la liberación por su mano.» Moisés, por tanto, sabía, e incluso pensaba que otros en general sabían, que él ya había sido designado por Dios como conductor y vengador de los hebreos, y que Dios quería que se preparara para este liderazgo mediante esta justa muerte y vindicación. Y así San Esteban aquí parece confirmar el relato de Josefo, quien narra que un oráculo fue dado a su padre Amrán acerca de su hijo Moisés como futuro vengador y libertador de los hebreos. Así San Agustín aquí, Ruperto, Santo Tomás y otros.

Simbólicamente, San Ambrosio observa (Sobre Caín y Abel) que Moisés fue apto para matar al egipcio porque primero había matado en sí mismo la ambición de honor y de reino. «Pone las manos sobre sí mismo, por así decir,» dice, «quien mata los placeres de su propio cuerpo. Moisés, por tanto, mató al hombre egipcio; pero no lo habría matado si primero no hubiera destruido en sí mismo al egipcio de la maldad espiritual, el honor de los placeres regios.»

Alegóricamente, Moisés, al golpear al egipcio, liberó al hebreo; es decir, Cristo, al quebrantar el poder del diablo, liberó al género humano. El egipcio es escondido en la arena, porque el diablo y sus tentaciones se esconden en los bienes temporales, que como la arena son viles, débiles e inestables. Así Pererio.


Versículo 13: «¿Cómo se ha hecho público este asunto?»

Dijo -- dentro de sí, es decir, pensó; pues así como hay una palabra de la lengua, así también hay una palabra de la mente.

¿Cómo se ha hecho público este asunto? -- En hebreo, «verdaderamente se ha hecho conocido el asunto». Nuestro traductor comprendió más profundamente la emoción de Moisés y la expresó con un signo de admiración, como si dijera: «¿Será posible? ¿Se ha hecho verdaderamente público este asunto?» Pero el sentido viene a ser el mismo. Nótese: Los hebreos usan «palabra» metonímicamente por un hecho o cosa de la cual la palabra es indicador y signo; así se dice: «Ninguna palabra será imposible para Dios» (Lucas 1:37), es decir, ninguna cosa; y los pastores dicen en Lucas capítulo 2: «Vamos a ver esta palabra que ha acontecido» -- refiriéndose a Cristo recién nacido.

Véase aquí cuán inconstantes son los honores de la corte, cuán inestable y mudable es la felicidad del mundo. He aquí que Moisés, adoptado como hijo del rey, es arrojado al exilio. Verdaderamente dijo Filón (en el libro Que Dios es inmutable): «Así como al flujo del mar le sigue poco después el reflujo, así a la abundancia de las cosas caducas le sigue pronto su mengua.» Oíd también a Séneca: «Es celebérrimo,» dice, «el dicho de aquel que había envejecido al servicio de reyes. Cuando alguien le preguntó cómo había conseguido la cosa más rara en la corte -- la vejez -- respondió: "Recibiendo injurias, y dando gracias a menudo".»


Versículo 15: «El cual, huyendo»

En el momento oportuno, cuando Dios lo dispusiera, habría de regresar y velar por su pueblo. De ahí que el Apóstol diga de Moisés (Hebreos 11:27): «Por la fe dejó Egipto, sin temer la cólera del rey,» como si dijera: Aunque Moisés huyó, no perdió el ánimo ni abandonó la esperanza de liberar a Israel; sino que se persuadió firmemente de que regresaría en su tiempo señalado y liberaría a Israel -- aunque hay también otro sentido más genuino de aquel pasaje, como dije en mi comentario a Hebreos 11.

Así San Atanasio, cuando era expulsado al exilio desde Alejandría por orden de Juliano el Apóstata, y vio a los cristianos que lloraban a su alrededor, dijo: «Tened buen ánimo; pues es una nube que pronto pasará.» Así Sozomeno (Libro 5, cap. 14). Y así sucedió; pues poco después, un monje llamado Juliano, previendo en el Espíritu la muerte de Juliano el Apóstata, dijo a sus compañeros: «El jabalí salvaje, enemigo de la viña del Señor, ha pagado las debidas penas por sus crímenes contra Cristo, y yace muerto, para que ya no tienda emboscadas a los cristianos.» Pronto se descubrió que esto había sucedido verdaderamente en el mismo momento en que el monje hablaba, según atestigua Teodoreto (Libro 3, cap. 9).

Nótese aquí: Una persona fiel y santa nunca puede ser verdaderamente expulsada al exilio; pues en todas partes es acogida por Dios, que es su padre, su patria y todo su bien. Así San Cipriano (Epístola 66 a los Tibaritanos): «No está solo,» dice, «aquel cuyo compañero de huida es Cristo; no está solo quien, conservando el templo de Dios, dondequiera que esté, no está sin Dios.»

Así San Agustín (Sermón sobre San Cipriano): «¿Piensas, oh tirano, que puedes desterrar a un hombre de Dios de su patria a una tierra extraña? Te equivocas; en Cristo no es exiliado en ningún lugar, en la carne es peregrino en todas partes.» Así San Gregorio Nacianceno dice: «Para mí (Discurso 28), toda tierra es mi patria, y ninguna tierra es mi patria» -- porque, a saber, mi patria es el cielo, y porque considero toda la tierra como mi patria y soy cosmopolita, es decir, ciudadano del mundo.

Así San Basilio: «No conozco el exilio,» dice, «pues no estoy confinado a lugar alguno; y no considero como mía esta tierra que ahora habito, y cualquier tierra a la que sea arrojado, la considero mía. O mejor dicho, para hablar más correctamente, sé que toda la tierra pertenece a Dios, de la cual soy peregrino y forastero.» Testigo de ello es Gregorio Nacianceno (Discurso 20, que es en alabanza de San Basilio).

Hugo de San Víctor (Didascalicón, Libro 3, capítulo último): «Todavía es delicado,» dice, «aquel para quien su patria es dulce; ya es fuerte aquel para quien toda tierra es su patria; es perfecto aquel para quien el mundo entero es exilio. El primero fijó su amor en el mundo, el segundo lo esparció, el tercero lo extinguió.»

Madián. -- Madián fue una ciudad fundada por Madián, hijo de Abrahán por Queturá, y de él se llamó Madián toda la región. ¡Cuán verdadero es aquel dicho de Eclesiástico 2: «Hijo mío, cuando te acerques a servir a Dios, prepara tu alma para la tentación!» He aquí cuántas tentaciones asaltan a Moisés de golpe cuando sigue la vocación de Dios y abandona la corte: pobreza, ignominia, desprecio -- no solo de parte de los egipcios, sino también de los israelitas ingratos, por cuya causa soportaba todo esto --, las asechanzas del rey, peligros de muerte, huida, exilio. Pero la resuelta piedad de Moisés no es vencida por ninguno de estos males, ni siquiera por la ingratitud de aquellos a quienes servía, pues mirando no a los hombres sino a Dios, «perseveró como quien ve al Invisible» (Hebreos 11:27). Véase aquí cuán verdadero es aquel dicho de San Marcos el Anacoreta: «Dios, conocedor de nuestra debilidad, no suele conferir nada grande a nadie sin una calamidad previa.»

Alegóricamente, Ruperto observa que San Esteban afirma en Hechos 7 que los padres de los judíos rechazaron a Moisés, a Samuel y a David, como tipo y figura de los judíos que rechazarían a Cristo: quien por tanto, huyendo, se casó con una esposa extranjera, a saber, la Iglesia de los Gentiles.

Nótese: Mientras Moisés vivía en Madián (en el año 67 de Moisés, dice Tornielo, que fue el año 31 de Cécrope, primer rey de los atenienses), ocurrió aquel célebre diluvio de Deucalión entre los gentiles en Tesalia. Se llama «de Deucalión» porque Deucalión reinaba allí en aquel tiempo, y él mismo con unos pocos escapó de este diluvio alcanzando el monte Parnaso en una pequeña embarcación; de ahí que se diga que restauró el género humano. Así San Agustín (La Ciudad de Dios, Libro 18, cap. 10).

En ese mismo tiempo también ocurrió la conflagración de Faetón, como si el fuego y el agua hubieran conspirado juntos para la destrucción de los hombres: pues el calor del sol fue tan grande que pareció haber abrasado el mundo entero. De ahí surgió la fábula de Faetón: a saber, que Faetón, hijo del Sol, guiando mal el carro del sol, incendió la tierra. Así Eusebio, Cirilo, Orosio (Libro 1, cap. 10), y a partir de estos, Tornielo.


Versículo 16: «El sacerdote de Madián»

El Caldeo traduce: «al príncipe de Madián». Más aún, Artapano (citado por Eusebio, Preparación Evangélica, Libro 9, capítulo último) llama a este Ragüel rey de Arabia, de la cual Madián es una parte. El hebreo cohen propiamente significa «sacerdote»; pero porque el sacerdocio, como la función más noble y divina, en aquel tiempo generalmente correspondía a los príncipes o cabezas de familias, como Melquisedec, Noé y Abrahán; y porque un príncipe y magistrado debe ante todo promover el culto de Dios y cuanto atañe a Su gloria -- por eso cohen también significa «príncipe», como consta de 2 Samuel 8:18, donde se dice que los hijos de David habían sido «sacerdotes», es decir, como traducen los Setenta, aularcas, esto es, príncipes de la corte.

Ragüel pudo por tanto haber sido tanto sacerdote como príncipe: sacerdote, digo, en aquel entonces ciertamente de ídolos, porque los madianitas eran idólatras; pero después, viendo las maravillas que Dios obraba por medio de Moisés, reconoció y adoró al verdadero Dios, como consta de Éxodo 18 -- aunque San Cirilo (Sobre la adoración en espíritu, Libro 3, fol. 54) y Abulense piensan que ya desde antes adoraba al Dios Altísimo, pero junto con muchos otros dioses de su nación.

Demetrio el historiador, dice Eusebio (citado arriba), refiere que Abrahán de Queturá engendró a Jecsán, del cual nació Dedán, como consta de Génesis 25:3, del cual descendió Ragüel padre de Jetró, cuya hija tomó Moisés por esposa. Añade que Moisés era de alta estatura y rubio, de cabellos y barba bastante largos, y en conjunto de grandísima dignidad en estatura y semblante.

Querían dar de beber a los rebaños. -- El arte pastoril era entonces noble, cualquier cosa que Calvino objete, e incluso las doncellas nobles lo ejercían con la admirable castidad de aquellos tiempos, como vimos que hacían Raquel y Lía en el Génesis.


Versículo 17: «Habiendo defendido a las doncellas»

Las echaron -- llevando su ganado al agua que las doncellas habían sacado, para disfrutar, como hombres perezosos, de los trabajos ajenos, dice Filón.

Habiendo defendido a las doncellas. -- Hugo de San Víctor piensa que Moisés llevó compañeros consigo, con cuya ayuda resistió a los pastores. En todas partes Moisés sembraba semillas de caridad, como defensor de los inocentes, de los oprimidos y de la justicia; así se ganó el favor de Ragüel y a Séfora como esposa. Este es el sello de un hombre prudente, de un cristiano: ganarse a todos mediante la beneficencia. Así «Cristo pasó haciendo el bien y sanando a todos los oprimidos por el diablo» (Hechos 10:38). Incluso el pagano Escipión vislumbró esto, pues observaba el precepto de Polibio de no abandonar nunca el foro sin hacer a alguien más amigo o benévolo hacia él, dice Plutarco.


Versículo 18: «A Ragüel»

Los hebreos, Lirano y Abulense refieren que Ragüel tenía cuatro nombres: pues primero se le llama aquí Ragüel; segundo, en el capítulo siguiente, se le llama Jetró, que significa «añadiendo», porque él añadió un capítulo a la ley, sobre la organización del pueblo mediante tribunos, centuriones, jefes de cincuenta y jefes de diez (Éxodo 18); tercero, se le llama el Quenita (Jueces 4:11); cuarto, se le llama Hobab, que significa «amante», porque amó la ley de Dios y se convirtió al judaísmo, como será evidente en Éxodo 18. Pero otros más probablemente piensan que Hobab no era Ragüel, sino el hijo de Ragüel, del cual habla Números 10:29.


Versículo 19: «Un hombre egipcio»

Tal parecía Moisés por su vestimenta y apariencia; quizá también les había dicho a las doncellas, cuando le preguntaron, que venía de Egipto.


Versículo 20: «Que coma pan»

Es decir, que tome alimento, que cene con nosotros. Pues «pan» entre los hebreos, por sinécdoque, significa cualquier tipo de alimento.


Versículo 21: «Moisés juró que habitaría con él»

La Escritura aquí, buscando la brevedad, deja mucho por sobreentender: a saber, que las hijas regresaron a la fuente, y que Moisés, persuadido por las palabras del padre, las condujo a casa; que fue calurosamente recibido por él; que su carácter fue inmediatamente puesto a prueba; que después de muchas conversaciones, finalmente llegaron al acuerdo de que habitaría con él, y lo confirmaron con un juramento; y finalmente que se casó con su hija Séfora.

Nótese: Por «juró», el hebreo dice joel, que, aunque propiamente significa «quiso, consintió, aquiesció» -- y así los Setenta, el Caldeo, Vatablo y otros lo traducen aquí --, sin embargo por metátesis e intercambio de letras, es lo mismo que «juró», como consta de 1 Samuel 14:25: «Y Saúl conjuró al pueblo»; el hebreo allí es joel.


Versículo 22: «Al cual llamó Guersón»

En hebreo: «porque dijo» -- pues da la razón por la cual lo llamó «Guersón»: a saber, que el propio Moisés había sido forastero y peregrino en Madián. Pues ger significa «forastero», y sham significa «allí».

Nótese: Estos hijos de Moisés no nacieron tan pronto como llegó a Madián, en su año 40, sino mucho después, a saber, poco antes de su regreso de Madián a Egipto, que ocurrió en su año 80. Esto consta del hecho de que en este regreso colocó a su esposa con estos hijos sobre un asno, como se dice en el capítulo 4, versículo 20. Eran, por tanto, todavía niños pequeños en ese momento.

Y dio a luz otro. -- Nuestro traductor, siguiendo a los Setenta, inserta aquí el nombre del segundo hijo de Moisés, para enumerar juntos a los hijos de Moisés, aunque no aparece en el hebreo en este lugar, sino en Éxodo 18:4: de donde los Setenta y nuestro traductor lo copiaron; o más bien, se cayó del hebreo en este lugar. Pues el texto hebreo es ocasionalmente defectuoso, como muestra Belarmino (Sobre la palabra de Dios, Libro 2, cap. 11). El nombre que Moisés dio a su segundo hijo fue Eliezer, que significa «Mi Dios es mi auxiliador», y esto para enseñar a los fieles: primero, a soportar con valentía el exilio y todas las adversidades, apoyados en Dios; segundo, a considerar a sus hijos no como incentivos para la avaricia, sino como monumentos de la generosidad divina, por los cuales son movidos a la acción de gracias y a la obediencia a Dios; tercero, a estar siempre atentos a Dios y a dar a sus hijos el nombre de un santo o un nombre santo; cuarto, mediante su propio nombre quiso Moisés amonestar a sus hijos a que consideraran dónde y cómo nacieron, qué deben a Dios, y finalmente a quiénes deben imitar.


Versículo 23: «Después de mucho tiempo murió el rey de Egipto»

Es decir, aquel bajo el cual Moisés nació, fue adoptado y buscado para darle muerte: pues esto parece exigir la secuencia de la historia. Este razonamiento obligó a Gerardo Mercátor, siguiendo no a Eusebio sino a Manetón, a sostener que todos estos acontecimientos que Moisés ha narrado hasta este punto ocurrieron bajo Armesesmiano, o el rey Ramsés, de quien refiere que reinó durante larguísimo tiempo, a saber, 66 años.

Pero puesto que no tenemos aquí cronógrafo más fiable que Eusebio, a quien los católicos generalmente siguen, diremos más sólidamente con ellos que en este tiempo no solo murió aquel Faraón bajo el cual nació Moisés, sino también otros dos que le sucedieron en el reino y eran del mismo temperamento y odio hacia los judíos. Pues estos acontecimientos parecen haber ocurrido poco antes -- y, si creemos a Tornielo, un año antes -- del liderazgo de Moisés y la liberación de los hebreos de Egipto, cuando Moisés completaba su año 79, un período durante el cual ni Ramsés ni ningún otro rey de Egipto reinó. Moisés dice aquí, por tanto, estando ya próxima la liberación de los hebreos, que el rey que los afligía murió con sus seguidores, para indicar que, muertos estos tiranos, los hebreos gimieron y clamaron a Dios para que les diera un Faraón más misericordioso, o más bien les enviara un libertador que los rescatara de la servidumbre egipcia. El sentido, por tanto, es este: Muerto el rey y los demás tiranos, los hebreos invocaron seriamente a Dios por su liberación; y Dios los escuchó, y al año siguiente -- que fue el 80 de Moisés -- envió a Moisés para que los liberara.

Clamaron. -- Los hebreos aquí, sacudidos por el azote de la servidumbre y volviendo en sí, claman más fervorosamente a Dios después de la muerte de los tiranos, como si se presentara una mayor oportunidad de esperar la libertad -- puesto que solo Dios podía liberarlos. Así la tribulación nos enseña a invocar a Dios. Se dice comúnmente: «Quien no sabe orar, que vaya al mar»; pues allí las olas y los peligros le enseñarán a orar y a clamar a Dios y a los santos.

Y su clamor subió a Dios desde sus labores. -- El Caldeo traduce: «a causa de sus labores». De ahí que los teólogos enseñen que la opresión de los pobres es un pecado que clama al cielo, el cual por su enormidad provoca a Dios a una pronta venganza contra los opresores y a la liberación de los oprimidos.


Versículo 24: «Y se acordó de Su alianza»

Por antropopatismo, aquí y en otras partes, se atribuyen a Dios la memoria y el recuerdo: porque si Dios fuera un hombre que hasta entonces hubiera permitido que los hebreos fueran afligidos, con razón se diría que los había olvidado; pero ahora, proponiéndose liberarlos, se diría que recuerda la alianza hecha con los Patriarcas, por la cual prometió ser su Dios y el Dios de su descendencia, con una providencia especial y extraordinaria hacia ellos.


Versículo 25: «Y el Señor miró a los hijos de Israel»

Así leen los textos romano y hebreo. «Y miró y conoció» (como añade el hebreo) «a Su pueblo», proponiéndose liberarlos prontamente y mostrarse misericordioso con ellos.

Nótense las palabras: «Oyó, se acordó, miró, conoció». Pues todas estas repiten y subrayan el maravilloso cuidado, amor y providencia de Dios hacia Su pueblo, y que Su gran y pronta ayuda y misericordia estaban ya cerca. Los Setenta traducen: «y fue conocido por ellos», es decir, al liberarlos, como si dijera: El cuidado y la providencia de Dios hacia ellos les fueron dados a conocer cuando por medio de Moisés comenzó y emprendió liberarlos. De ahí que nuestro traductor traduzca: «y los liberó», pues el «liberó» de los Setenta aquí significa una acción comenzada, no consumada.


Tertuliano sobre la paciencia: Remedios para toda adversidad

En este capítulo y en el precedente hay un notable pasaje moral sobre los frutos de la adversidad y la paciencia, y su ejemplo en Moisés y los hebreos, quienes crecieron a través de la adversidad y se convirtieron en un pueblo, una Iglesia y un reino de Dios. Tertuliano (a quien siguieron San Cipriano y otros) escribió un distinguido libro Sobre la paciencia, en el cual (cap. 5) muestra que los pecados del diablo y de todos los hombres deben atribuirse a la impaciencia. En los capítulos siguientes demuestra cuán excelente antídoto para la vida es la paciencia, y esto contra todas las adversidades.

Primero, contra la pérdida de riquezas y posesiones, en el capítulo 8 da estos remedios de la paciencia:

Primero: «En casi todos los lugares,» dice, «se nos exhorta por las Escrituras del Señor a despreciar el mundo. De ahí que el Señor mismo no se encuentra en riqueza alguna.»

Segundo: «El Señor siempre justifica a los pobres y condena de antemano a los ricos; pues la raíz de todos los males es la codicia.»

Tercero: «Nada es nuestro, puesto que todas las cosas son de Dios, a quien nosotros mismos también pertenecemos.»

Cuarto: «Quien se irrita con impaciencia ante la pérdida, anteponiendo las cosas terrenas a las celestiales, peca contra Dios a través de su prójimo. Perdamos, pues, voluntariamente las cosas terrenas y guardemos las celestiales: perezca todo el mundo, con tal de que yo gane la paciencia.»

Quinto: «La paciencia en las pérdidas es un entrenamiento en la generosidad; pues nos hace prontos a compartir y a dar limosna: quien no teme perder no es reacio a dar.»

Sexto: «Es costumbre de los paganos aplicar la paciencia a todas las pérdidas, porque quizá valoran el dinero por encima del alma; pero a nosotros nos conviene deponer no el alma por el dinero, sino el dinero por el alma, ya sea voluntariamente al dar, o pacientemente al perder.»

Séptimo: «Nuestra propia alma y cuerpo, expuestos en este mundo a la injuria de todos, los llevamos con nosotros, y soportamos la paciencia de esa injuria. Lejos esté de un siervo de Cristo que la paciencia, preparada para las tentaciones mayores, falle en las triviales.»

Segundo, contra las palabras duras y los golpes, en el mismo capítulo da estos remedios de la paciencia:

Primero: «El Señor amonesta: Al que te hiere en la mejilla, preséntale también la otra. Que la maldad ajena se agote con tu paciencia.»

Segundo: «Más castigas a aquel malvado soportando sus golpes; pues será golpeado por Aquel por cuya causa tú soportas.»

Tercero: «Considera el dicho del Señor: Cuando os maldigan, alegraos.»

Cuarto: «El Señor mismo fue maldecido en la ley, y sin embargo Él solo es bendito; sigamos pues al Señor como siervos suyos, y seamos maldecidos pacientemente, para que podamos ser benditos.»

Quinto: «De lo contrario seré atormentado, al menos por una muda impaciencia.»

Sexto: «Quien te injuria lo hace para que te aflijas, porque el fruto de quien injuria reside en la aflicción del injuriado; por tanto, cuando destruyes su fruto al no afligirte, él mismo ha de afligirse por la pérdida de su fruto. Entonces tú no solo saldrás ileso, sino que además serás deleitado por la frustración de tu adversario y defendido por su dolor.»

Tercero, contra la aflicción por la muerte de los seres queridos, en el capítulo 9 da estos consuelos de la paciencia:

Primero: «Lee al Apóstol, 1 Tesalonicenses 4: "No os entristezcáis por los que duermen", etc.»

Segundo: «Creemos en la resurrección de los muertos; vano es, por tanto, el dolor por la muerte, y vana la impaciencia ante el dolor.»

Tercero: «¿Por qué te afliges, si no crees que ha perecido? ¿Por qué soportas con impaciencia la pérdida de aquel que crees que ha de volver?»

Cuarto: «Lo que consideras muerte es una partida, y una partida a la vida bienaventurada.»

Quinto: «A quien se adelanta no hay que llorarlo sino más bien añorarlo; ¿por qué te afliges inmoderada­mente de que se haya ido aquel a quien tú pronto seguirás?»

Sexto: «La impaciencia en tales circunstancias augura mal para nuestra esperanza y traiciona nuestra fe.»

Séptimo: «Ofendemos a Cristo cuando no aceptamos con ecuanimidad a aquellos que Él ha llamado, como si fueran dignos de compasión.»

Octavo: «Resistimos al Apóstol que dice: "Deseo partir y estar con Cristo"; por tanto, ese es el mejor deseo de los cristianos, y también el nuestro.»

Cuarto, contra el deseo de venganza, en los capítulos 9 y 10, da estos apaciguamientos de la paciencia:

Primero: «Este afán de venganza sirve a la gloria o a la malicia; pero la gloria es vana en todas partes, y la malicia es odiosa al Señor, especialmente en este caso, porque duplica el mal que fue hecho una sola vez. Pues ¿qué diferencia hay entre el provocador y el provocado, excepto que el primero es sorprendido primero en el mal, el otro después?»

Segundo: «Ambos son culpables ante el Señor ofendido, que prohíbe y condena toda maldad, y que manda que el mal no se pague con mal.»

Tercero: «¿Qué honor ofreceremos al Señor, si nos hemos arrogado el juicio de la defensa (es decir, de la venganza)?»

Cuarto: «¿Qué creemos que es aquel Juez, sino también un vengador? Esto nos promete diciendo: "Mía es la venganza, y yo la ejecutaré"; es decir, "mía es la paciencia, y yo recompensaré la paciencia".»

Quinto: «Quien se venga ha arrebatado el honor del único Juez, esto es, de Dios.»

Sexto: «Después de la venganza sigue el arrepentimiento, la huida y la culpa, de modo que somos castigados de igual manera.»

Séptimo: «Nada emprendido con impaciencia puede llevarse a cabo sin pasión; cuanto se hace con pasión, o ofende, o se derrumba, o se precipita.»

Octavo: «Si te defiendes demasiado blandamente, enloquecerás; si demasiado vigorosamente, quedarás agobiado.»

Noveno: «¿Qué tengo yo que ver con la venganza, cuya medida no puedo controlar, por la impaciencia de mi dolor?»

Décimo: «Si me entrego a la paciencia, no me afligiré; si no me aflijo, no desearé tomar venganza.»

Quinto, contra los ataques de Satanás, en el capítulo 11, da estos fortalecedores de la paciencia:

Primero: «Desprecia los pequeños dardos de Satanás por su insignificancia; cede ante los mayores por su fuerza abrumadora.»

Segundo: «Donde la injuria es menor, no hay necesidad de impaciencia; pero donde la injuria es mayor, allí tanto más necesario es el remedio de la injuria: la paciencia.»

Tercero: «Esforcémonos, pues, en soportar lo que el maligno nos inflige, para que la emulación de nuestra ecuanimidad frustre los esfuerzos del enemigo.»

Cuarto: «Pero si nos acarreamos ciertas cosas nosotros mismos, ya sea por imprudencia o incluso deliberadamente, soportemos con igual paciencia lo que debemos achacarnos a nosotros mismos.»

Sexto, para las cruces enviadas por Dios, da estos soportes para la paciencia:

Primero: «Si creemos que ciertas cosas son infligidas por el Señor, ¿a quién mostraremos más paciencia que al Señor?»

Segundo: «Nos conviene gozarnos y alegrarnos por el honor de la corrección divina: "A los que amo", dice, "los castigo".»

Tercero: «El Señor declara bienaventurados a los pacientes, diciendo: Bienaventurados los pobres de espíritu, bienaventurados los que lloran, bienaventurados los mansos, bienaventurados los pacíficos; alegraos cuando os maldigan y os persigan, pues vuestra recompensa es muy grande en el cielo.»

Séptimo, en el capítulo 12, asigna estos frutos de la paciencia. El primero es la paz y reconciliación con el prójimo:

Primero: «El paciente cumple la ley de Cristo, que manda perdonar al hermano no siete veces, sino setenta veces siete; igualmente, que perdonemos la ofensa del hermano, si deseamos el perdón y la remisión de parte de Dios.»

Segundo: «Y del Apóstol que dice: "No se ponga el sol sobre vuestra ira"; por tanto, no nos es lícito permanecer ni un solo día sin paciencia.»

Tercero: «La paciencia reconcilia a los cónyuges en discordia: impide que uno se vuelva adúltero y corrige al otro.»

Cuarto: «La paciencia del padre recibió al hijo pródigo,» lo acoge, lo viste, lo alimenta y lo excusa ante la impaciencia del hermano airado.

El segundo fruto de la paciencia es el amor, o caridad.

«El amor, sacramento supremo de la fe, tesoro del nombre cristiano, que el Apóstol encomienda con todas las fuerzas del Espíritu Santo, ¿con qué es formado sino con las disciplinas de la paciencia?»

Primero, «El amor, dice, es magnánimo: así abraza la paciencia.» Segundo, «es benéfico: la paciencia no hace mal alguno.» Tercero, «no tiene envidia: esto en verdad es propio de la paciencia.» Cuarto, «no tiene sabor de soberbia: extrajo su modestia de la paciencia.» Quinto, «no se infla, no es insolente: y esto pertenece a la paciencia.» Sexto, «no se irrita, todo lo soporta, todo lo tolera: ciertamente, porque es paciente.» Séptimo, «con razón, pues, nunca se extinguirá; las lenguas se agotan, las ciencias, las profecías, pero la fe, la esperanza y el amor permanecen: la fe, que la paciencia de Cristo introdujo; la esperanza, que la paciencia humana aguarda; el amor, al que la paciencia acompaña con Dios como su maestro.»

El tercero es que la paciencia sugiere ejercicios de piedad, capítulo 13.

«¿Cuál es el oficio de la paciencia en el cuerpo?» Primero, «la aflicción de la carne, sacrificio agradable al Señor.» Segundo, «ayunos con ceniza y cilicio.» Tercero, «oraciones y súplicas.» Cuarto, «continencia de la carne.» Quinto, «constancia bajo la cruz.»

Se dan ejemplos. «Isaías es aserrado, armado con los poderes de la paciencia, y no calla sobre el Señor; Esteban es apedreado, y pide perdón para sus enemigos: Job vence toda forma de paciencia contra toda fuerza del diablo -- a quien ni los rebaños arrebatados, ni los hijos arrebatados por un solo golpe de ruina, ni los tormentos de su cuerpo excluyeron de la paciencia. ¡Qué trofeo erigió Dios sobre el diablo en aquel hombre! ¡Qué estandarte de gloria, cuando aquel hombre, ante cada amarga noticia, no profirió de su boca sino "¡Gracias a Dios"! ¿Qué sucedió? Dios reía; ¿qué sucedió? Satanás era despedazado. De ahí que recuperó todo el doble.»

El cuarto es que la paciencia, por así decir, engendra las demás virtudes, capítulo 14.

Primero, «instruye la humildad.» Segundo, «aguarda la penitencia.» Tercero, «dispone la confesión.» Cuarto, «gobierna la carne.» Quinto, «preserva el espíritu.» Sexto, «refrena la lengua.» Séptimo, «contiene la mano.» Octavo, «pisotea las tentaciones.» Noveno, «ahuyenta los escándalos.» Décimo, «consuma el martirio.» Undécimo, «consuela al pobre, modera al rico.» Duodécimo, «encomienda al siervo a su señor, al señor a Dios.» Decimotercero, «adorna a la mujer, aprueba al varón; es amada en el niño, alabada en el joven, acogida en el anciano; en todo sexo, en toda edad, es hermosa.»

Octavo, retrata la imagen de la paciencia al vivo, capítulo 15:

Primero: «Su semblante es tranquilo y sereno.» Segundo, «su frente es clara, no contraída por arruga alguna de pesar o ira.» Tercero, «sus cejas relajadas de modo alegre.» Cuarto, «sus ojos bajos por humildad, no por infelicidad.» Quinto, «su boca sellada con el rubor del silencio.» Sexto, «su color, tal como corresponde a los seguros e inocentes.» Séptimo, «un frecuente cabeceo contra el diablo, y una risa amenazante.» Octavo, «su vestidura blanca alrededor del pecho y ceñida al cuerpo, como de quien no se infla ni se inquieta.» Noveno, «se sienta en el trono de su espíritu mansísimo, que no se arremolina con el torbellino, no se oscurece con nubes, sino que es de tierna serenidad, abierto y sencillo, que Elías vio la tercera vez; pues donde está Dios, allí está también su criatura, a saber, la paciencia: cuando por tanto desciende el Espíritu de Dios, la paciencia inseparable lo acompaña.»