Cornelius a Lapide
Índice
Sinopsis del capítulo
Moisés recibe de Dios tres signos de triple conversión para su misión: primero, la vara en serpiente; segundo, la mano en lepra; tercero, el agua en sangre. En segundo lugar, Moisés se excusa de diversas maneras de esta misión; finalmente, al enojarse Dios, accede y regresa a Egipto con su esposa e hijos. En tercer lugar, en el versículo 24, el Ángel amenaza a Moisés con la muerte: de ahí que su esposa circuncide a su hijo; pronto el Ángel libera a Moisés. Por último, en el versículo 27, Aarón, por advertencia de Dios, sale al encuentro de su hermano Moisés.
Texto de la Vulgata: Éxodo 4:1-31
1. Respondiendo Moisés, dijo: No me creerán, ni oirán mi voz; sino que dirán: No se te apareció el Señor. 2. Entonces le dijo: ¿Qué es eso que tienes en tu mano? Respondió: Una vara. 3. Dijo el Señor: Arrójala en tierra. La arrojó, y se convirtió en una serpiente, de modo que Moisés huyó. 4. Y dijo el Señor: Extiende tu mano y tómala por la cola. La extendió y la tomó, y se convirtió en vara. 5. Para que crean, dijo, que se te apareció el Señor Dios de sus padres, el Dios de Abrahán, el Dios de Isaac y el Dios de Jacob. 6. Y dijo el Señor de nuevo: Mete tu mano en tu seno. Y cuando la hubo metido en su seno, la sacó leprosa como la nieve. 7. Retira, dijo, tu mano a tu seno. La retiró y la sacó de nuevo, y era semejante al resto de su carne. 8. Si no te creyeren, dijo, ni oyeren la palabra del primer signo, creerán la palabra del signo siguiente. 9. Pero si ni aun con estos dos signos creyeren, ni oyeren tu voz: toma agua del río y derrámala sobre la tierra seca, y todo lo que saques del río se convertirá en sangre. 10. Dijo Moisés: Te ruego, Señor, no soy elocuente desde ayer ni desde anteayer; y desde que hablaste a tu siervo, soy de lengua más impedida y más tarda. 11. El Señor le dijo: ¿Quién hizo la boca del hombre? ¿O quién hizo al mudo y al sordo, al que ve y al ciego? ¿No fui yo? 12. Ve, pues, y yo estaré en tu boca y te enseñaré lo que has de hablar. 13. Pero él dijo: Te ruego, Señor, envía a quien has de enviar. 14. El Señor, airado contra Moisés, dijo: Aarón, tu hermano, el levita, sé que es elocuente: he aquí que él sale a tu encuentro, y al verte se alegrará en su corazón. 15. Háblale y pon mis palabras en su boca; y yo estaré en tu boca y en la suya, y os mostraré lo que debéis hacer. 16. Él hablará por ti al pueblo, y será tu boca; pero tú serás para él en las cosas que pertenecen a Dios. 17. Y toma también esta vara en tu mano, con la cual harás los signos. 18. Se fue Moisés y volvió a Jetró, su suegro, y le dijo: Iré y volveré a mis hermanos en Egipto, para ver si aún viven. Y Jetró le dijo: Ve en paz. 19. Dijo, pues, el Señor a Moisés en Madián: Ve y vuelve a Egipto, porque han muerto todos los que buscaban tu vida. 20. Tomó, pues, Moisés a su esposa y a sus hijos, y los puso sobre un asno, y volvió a Egipto, llevando la vara de Dios en su mano. 21. Y le dijo el Señor cuando volvía a Egipto: Mira que hagas todos los prodigios que he puesto en tu mano ante el Faraón: yo endureceré su corazón, y no dejará ir al pueblo. 22. Y le dirás: Así dice el Señor: Israel es mi hijo primogénito. 23. Te dije: Deja ir a mi hijo para que me sirva; y no quisiste dejarlo ir: he aquí que yo mataré a tu hijo primogénito. 24. Y estando en el camino, en la posada, le salió al encuentro el Señor y quería matarlo. 25. Al instante Séfora tomó una piedra muy afilada y circuncidó el prepucio de su hijo, y tocó sus pies, y dijo: Esposo de sangre eres tú para mí. 26. Y lo soltó después que ella dijo: Esposo de sangre, por la circuncisión. 27. Y dijo el Señor a Aarón: Ve al encuentro de Moisés al desierto. Fue
a su encuentro al monte de Dios, y lo besó. 28. Y Moisés refirió a Aarón todas las palabras del Señor con que lo había enviado, y los signos que le había mandado. 29. Y vinieron juntos, y congregaron a todos los ancianos de los hijos de Israel. 30. Y Aarón habló todas las palabras que el Señor había dicho a Moisés, e hizo los signos ante el pueblo, 31. y el pueblo creyó. Y oyeron que el Señor había visitado a los hijos de Israel, y que había mirado su aflicción: y postrándose, adoraron.
Versículo 1: No me creerán
1. NO ME CREERÁN: el pueblo y la plebe de los hebreos, porque entre ellos muchos son de dura cerviz. Pues respecto de los ancianos, Dios había predicho en el capítulo 3, versículo 18, que creerían, lo cual Moisés sin duda creía. Esta es la tercera excusa de Moisés a causa de la incredulidad del pueblo: de ahí que Dios recurra a los signos.
Versículo 2: ¿Qué es lo que tienes en tu mano?
2. ¿QUÉ ES LO QUE TIENES EN TU MANO? Dios pregunta a Moisés no como ignorante, sino para darle la ocasión de responder lo que Él deseaba oír de él.
RESPONDIÓ: UNA VARA, una vara pastoral, con la que apacentaba las ovejas. En hebreo hay un bello juego de palabras: Dios había preguntado mazze, «¿qué es esto?»; Moisés responde: matte, «es una vara».
Se preguntará: ¿qué significa esta vara en sentido literal? Responde el rabino Abrahán: La vara es el Faraón, quien en tiempo de José fue para los hebreos como una vara blanda, flexible al mandato de José; pero, muerto José, se convirtió en serpiente al tramar insidias contra los hebreos y maquinar su destrucción; mas al final se volvió de nuevo como una vara, cuando, domado por las plagas de Moisés, permitió a los hebreos salir de Egipto; es más, los obligó a ello.
Pero yo digo: Por esta vara y su metamorfosis se significaban los cambios y vicisitudes de los hebreos, o sus tres estados en Egipto. Pues los hebreos tenían la vara, es decir, el cetro y la soberanía, mientras José vivía y gobernaba; cuando murió, esta vara fue arrojada al suelo y convertida en serpiente, porque los hebreos, antes queridos, después de la muerte de José fueron aborrecidos por los egipcios, como si fueran serpientes que tramaban insidias y muerte contra los egipcios; de nuevo esta serpiente se convirtió en vara en la mano de Moisés, como dice el texto hebreo, porque Moisés restituyó a su pueblo el cetro, la libertad y el dominio. Así dicen Lirano, Abulense y Pererio.
Simbólicamente, por esta vara se significaba la jefatura y el poder supremo que Dios estaba a punto de dar a Moisés, con el cual golpeó y castigó a los egipcios, pero protegió, guió y gobernó a los hebreos; pues esta vara fue para Moisés como un cetro, que era temible y odioso para los egipcios como una serpiente, pero amado por los hebreos como vara y cayado pastoral. Moisés es enviado, pues, por Dios armado no con una lanza, sino con un báculo —pero taumatúrgico—, y con él conquista a Egipto. Este es un tipo de Cristo que envía a los Apóstoles con un báculo y los arma con el poder de obrar milagros, con los cuales someterían el mundo a sí mismos, Marcos, último capítulo, versículo 17. De ahí que San Bernardo diga: «Resuena la trompeta de la salvación, relampaguean los milagros y el mundo cree: pronto se cree lo que se dice, mientras se muestra lo que se admira.» Que una parte de esta vara mosaica fue hallada en el año de Cristo 1008, y que de Francia, Italia y otras provincias acudieron muchísimos a ella, lo narra Baronio, siguiendo a Glaber, para el año ya mencionado.
Alegóricamente, la vara es la cruz de madera de Cristo, que se convirtió en serpiente para los judíos y los impíos: pues ellos aborrecen la cruz como el suplicio de los malhechores; pero por la cola, es decir, al final del mundo, la asirán y sabrán que no es una serpiente, sino una vara, es decir, la virtud y la sabiduría de Dios. Así dicen San Cirilo, Orígenes, Homilía 4; San Agustín, Sermón 86 Sobre los Tiempos.
A su vez, Cirilo en las Colecciones sobre el Éxodo dice: La vara, dice, es la naturaleza humana, que fue creada recta por Dios y colocada en el paraíso, donde estaba en la mano de Moisés, es decir, al cuidado y protección de Dios; por el pecado esta vara fue arrojada al suelo, cuando se le dijo: «Eres tierra, y a la tierra volverás»; aquí se convirtió en serpiente, porque creyó, consintió y se adhirió a la serpiente tentadora; y, así como la serpiente tiene veneno innato, así nosotros contraemos el pecado original de Adán por propagación natural, por el cual nos arrastramos por el suelo como serpientes y no saboreamos sino las cosas terrenas: Cristo asió esta serpiente no por la cabeza, donde tiene su veneno, sino por la cola, porque asumió la naturaleza humana sin pecado. A su vez, por la cola, es decir, en la última edad del mundo, asumió la naturaleza humana, y así la unió a sí mismo y a Dios, e incluso la hizo más bella y más augusta. Así dice Pererio.
Anagógicamente, el mismo Cirilo, en el libro Sobre la Encarnación, capítulo 14: La vara, dice, es Cristo, que es la potencia del Padre, y que sostiene la vara o cetro del reino y de la justicia. Esta se convirtió en serpiente en la Encarnación; pues la naturaleza humana, por el pecado, se había hecho maligna como una serpiente: y Cristo se revistió de la naturaleza y semejanza del pecador; de ahí que la serpiente levantada en el desierto significara a Cristo levantado en la cruz, como se dice en Juan 3:14. Esta serpiente, por la resurrección, fue de nuevo hecha vara, es decir, señor, rey, juez, triunfador y príncipe del cielo y de la tierra.
De igual modo, Cirilo en el mismo lugar, capítulo 15, interpreta el signo siguiente de la lepra de Moisés como referido a Cristo nacido, sufriente y resucitado.
Tropológicamente, la vara es la disciplina, la corrección y el castigo, que al principio aparece horrible a los niños, a los imperfectos y a los no mortificados, como una serpiente; pero al final, cuando experimentan su fruto, reconocen que es una vara paterna y pastoral: pues, como dice el Apóstol en Hebreos 12:11: «Toda disciplina en el presente ciertamente no parece ser de gozo, sino de tristeza; pero después dará el fruto más pacífico de justicia a los ejercitados por ella.»
Versículo 3: De modo que Moisés huyó
3. DE MODO QUE MOISÉS HUYÓ. Pues esta serpiente, producida de una gran vara, era grande y aterradora: de ahí que Filón la llame dragón, el príncipe de las serpientes.
Versículo 5: Para que crean
5. PARA QUE CREAN. Entiéndase: realizarás este signo de la vara ante ellos, a saber, que la transformes en serpiente y de nuevo en vara: con este fin, para que crean que tú has sido enviado por Mí.
Versículo 6: La sacó leprosa
6. Y CUANDO LA HUBO METIDO EN SU SENO, LA SACÓ LEPROSA. Este es el segundo signo, el de la mano leprosa y sanada.
Simbólicamente, en sentido literal, Moisés metiendo su mano en su seno significaba que tenía cuidado del pueblo y lo llevaba como en su seno, Números 11:12. Pues la mano significaba al pueblo hebreo: de ahí que en el seno de Moisés la mano se hiciera leprosa, porque cuando los egipcios vieron que el pueblo tenía a Moisés como guía y que era favorecido, elevado y defendido por él, comenzaron a tratarlo más duramente y a afligirlo; pero Moisés, metiéndola por segunda vez en su seno, es decir, asumiendo el cuidado pleno y perfecto del pueblo, vindicándolo mediante las plagas enviadas contra el Faraón, restituyó la mano sana e íntegra, porque sacó al pueblo de Egipto sano y salvo.
Simbólica y tropológicamente, por este signo se significaba la causa de la aflicción de los hebreos: pues la mano en el seno representa a los hebreos en el culto y la religión, y consiguientemente en el cuidado y seno, por así decir, de Dios; aquí la mano se hizo leprosa, porque los hebreos habían caído en los ídolos y vicios de los egipcios; pero Dios los lavó y limpió la mano de la lepra, cuando de nuevo colocó a los hebreos por medio de Moisés en su seno, aceptándolos como su pueblo y su Iglesia. Así dicen San Cirilo y Teodoreto.
Añade Teodoreto que Dios quiso por este signo advertir a Moisés de perpetua humildad, cuando primero inficionó con la lepra su mano, que había de ser taumatúrgica y transformaría los mismos elementos.
Alegóricamente, San Agustín, Sermón 86 Sobre los Tiempos, dice: La mano leprosa es la Sinagoga de los judíos, que, infectada de lepra, esto es, de incredulidad en Cristo, fue rechazada por Dios; le sucedió la mano creyente y limpia, es decir, la Iglesia fiel de los gentiles, elegida por Dios.
En segundo lugar, Pererio dice: La mano de Moisés es Cristo, el Hijo de Dios, que es, por así decirlo, la mano del Padre; pues por Él el Padre hizo todas las cosas. Él estaba desde la eternidad en el seno del Padre, pero cuando fue sacado por la Encarnación, apareció leproso, es decir, abrumado por trabajos y dolores. De ahí que Isaías 53 diga: «No hay en Él hermosura ni esplendor, y lo tuvimos por leproso.» Pero retirado de nuevo por la resurrección y la ascensión al seno del Padre, sentado a la diestra de Dios, apareció glorioso.
Versículo 8: Ni hubieren oído la voz del primer signo
8. NI HUBIEREN OÍDO LA VOZ DEL PRIMER SIGNO, es decir, la voz confirmada por el primer signo: pues el signo hablaba con voz muda que el discurso de Moisés era discurso de Dios, y este signo era el sello de este hecho.
Versículo 9: Toma agua del río
9. TOMA AGUA DEL RÍO, el Nilo.
Y SE CONVERTIRÁ EN SANGRE. Este tercer signo, por el cual Moisés convirtió el agua en sangre, fue apropiado: pues con él reprochaba a los egipcios, por así decirlo, el infanticidio de los hebreos, y vindicaba su sangre con esta sangre, y presagiaba el ahogamiento en las aguas y en el Mar Rojo de quienes habían ahogado a los pequeños de los hebreos en las aguas. «Pues era digno que el río, al que habían entregado a los pequeños de los hebreos para ser ahogados con muerte cruel, devolviese una copa de sangre a los autores del crimen, y que gustasen bebiendo la sangre del torrente contaminado, que habían manchado con parricida matanza», dice Orígenes, Homilía 4, y de él San Agustín, Sermón 87 Sobre los Tiempos. Josefo piensa que Moisés probó este tercer signo, al igual que los dos anteriores, y lo realizó aquí ante el Señor. Pero Filón juzga más rectamente que Moisés probó aquí ante el Señor solamente los dos signos anteriores, pero difirió este tercer signo y lo reservó para realizarlo ante el Faraón: pues esto es lo que la Escritura significa aquí.
Tertuliano, en el libro Sobre la Resurrección de la Carne, capítulo 28, por estos tres signos entiende místicamente el triple poder de Dios: pues Él primero sometió a la serpiente, es decir, al diablo; segundo, sacará la carne leprosa, ciertamente la carne corrompida, del seno de la muerte en la resurrección; tercero, perseguirá toda sangre, dice, por juicio, es decir, por justo juicio vindicará de la muerte, y resucitará toda sangre derramada en el martirio o en la muerte, por la resurrección común de todos.
Versículo 10: No soy elocuente
10. TE RUEGO, SEÑOR. -- Entiéndase: perdóname, no me envíes. Pues esto se entiende por aposiopesis.
NO SOY ELOCUENTE. -- Símaco lo traduce, no soy elocuente, es decir, articulado; en hebreo, no soy hombre de palabras, esto es, que hable muchas cosas con elocuencia, de modo que el Faraón no estaría dispuesto a escuchar a un orador tan enjuto.
DESDE AYER Y ANTEAYER -- desde un tiempo anterior: es un hebraísmo.
Y DESDE QUE. -- En hebreo, incluso desde que hablaste conmigo, como si dijera: Ni me he vuelto más elocuente por tu trato, como puedes notar por mis palabras; por lo cual es menos acertada la exposición de Filón, que es esta: Cuando comparo mi elocuencia con la tuya, oh Señor, me reconozco mudo y sin lengua: pues el sentido de Moisés es diferente, como pronto demostraré.
SOY DE LENGUA MÁS IMPEDIDA Y MÁS LENTA. -- Nótese: Estas palabras dependen de las precedentes, como si dijera: Incluso desde que hablaste conmigo, Señor, he permanecido de lengua más impedida, ni me he vuelto más elocuente, aunque Tú a menudo haces elocuentes las lenguas de los infantes.
Por tanto, la Biblia Regia divide erróneamente estas palabras con un punto y coma puesto después de «tu siervo», de modo que comienza una nueva oración, a saber «de lengua más impedida y más lenta». De la lectura anterior, que es la genuina, algunos piensan que este defecto de la lengua en Moisés se acrecentó por la visión y conversación con Dios, a causa de la suprema admiración y reverencia de Moisés ante la majestad divina. Pero el texto hebreo sugiere lo contrario; pues así reza: «Señor mío, no soy elocuente, ni desde ayer, ni desde anteayer, ni desde el tiempo en que hablaste a tu siervo; porque soy de boca pesada y de lengua pesada», como si dijera: Nunca fui elocuente, ni siquiera desde el tiempo en que Tú hablaste conmigo, porque por naturaleza tengo lengua impedida y lenta. El Caldeo lo traduce: Porque soy de habla pesada y de lengua profunda, como si dijera: Hablo con dificultad y lentamente, de modo que parezco sacar las palabras de lo profundo e ínfimo de mi pecho. Otro impedimento, el de la voz delgada, lo expresan los Setenta cuando traducen: «Soy de voz delgada y de lengua lenta»; y esta interpretación de la voz delgada fue seguida por Orígenes, Homilía 3; San Jerónimo, sobre Jeremías capítulo 1; Filón, Teodoreto, San Agustín, Cuestiones 10 y 16, donde dice: «Quizá la soberbia regia no permitía a los que se acercaban hablar de cerca», de modo que Moisés temía con razón que, por la delgadez de su voz, no sería escuchado por el Faraón.
Esta es la cuarta excusa de Moisés, con la que rehúsa la misión ante el Faraón, tomada del impedimento de su lengua. Donde nótese que había un quíntuple defecto en Moisés: primero, que, como indican los textos hebreos, era hombre de pocas palabras, es decir, enjuto y pobre en el hablar; segundo, que al hablar no era elocuente, sino rudo, desaliñado e inelegante; tercero, que en el discurso no era pronto, sino lento de lengua; cuarto, que su voz era delgada y débil; quinto, que su lengua estaba impedida, de modo que no podía pronunciar correctamente ciertas letras y sonidos; quizá también que era tartamudo o ceceaba. Por estos defectos Moisés, en el capítulo 6, se llama a sí mismo incircunciso de labios.
Nótese aquí la humildad de Moisés, con la que confiesa sus defectos y rehúsa una comisión tan honorable; de ahí mereció que, por medio de su voz débil, Dios confundiera a los elocuentes y sabios de los egipcios, dice Teodoreto.
Se pregunta si este defecto de la lengua de Moisés era natural, o le sobrevino por accidente. Algunos, citados por Hugo de San Víctor, piensan que el único defecto de la lengua en Moisés era que durante los 40 años que había vivido en Madián, había olvidado la lengua egipcia. Pero la Escritura aquí no pone este defecto del idioma, sino otro defecto de la lengua, mejor dicho, defectos. Segundo, los hebreos relatan que Moisés, cuando tenía tres años, se llevó brasas ardientes a la boca y se quemó la punta de la lengua, y de ahí contrajo este defecto de la lengua; pero esto es una fábula judía. Tercero, Orígenes, Homilía 3; San Gregorio, Homilía 8 sobre Ezequiel, y Ruperto, Libro 1 sobre el Éxodo, capítulo 18, piensan que Moisés era por naturaleza articulado, pero después de que comenzó a conversar con Dios, en comparación con la sabiduría y elocuencia divinas, le pareció ser un infante y mudo; y que «desde ayer y anteayer», es decir, desde estos tres días en que he hablado contigo, Señor: pues de aquí se deduce que estas cosas entre Dios y Moisés se realizaron y dijeron no en un solo día, sino en tres.
Pero esta exposición se refuta por el hecho de que Moisés, después de esta conversación con Dios, permaneció inarticulado y lento en el habla, y, como él mismo dice en el capítulo 6, versículo 12, incircunciso de labios: de ahí que en el mismo lugar Dios le añade a Aarón como compañero e intérprete, para que hablase al pueblo en nombre de Moisés.
Digo, por tanto, que este defecto de la lengua era natural en Moisés, implantado en él por la naturaleza, y no le sobrevino por accidente. Dios, pues, eligió a Moisés, así inarticulado, para esta misión, tanto para mantener a Moisés en la humildad mediante este defecto, como para que la liberación de los hebreos se atribuyera no a la elocuencia de Moisés, sino al poder de Dios; pues Dios eligió las cosas débiles del mundo para confundir a las fuertes. De manera semejante, Dios eligió Apóstoles rudos e inarticulados, por medio de los cuales convirtió al mundo. Así dice Teodoreto.
Nótese: Moisés era exteriormente inarticulado ante los hombres, pero interiormente elocuente ante Dios, porque por la eficacia de su oración y santidad obtuvo de Dios cuanto quiso, como consta en Éxodo 32, versículos 11 y 14.
Versículo 11: ¿Quién hizo la boca del hombre?
11. ¿QUIÉN HIZO LA BOCA DEL HOMBRE? ¿O QUIÉN HIZO AL MUDO Y AL SORDO? ¿NO FUI YO? -- como si dijera: Yo soy el que da y quita los sentidos y el uso de los sentidos, cuando me place, de modo que puedo soltar la lengua de los tartamudos y atar las lenguas de los ágiles cuando me place: puesto que ahora te envío y te designo como mi embajador, también te daré boca y elocuencia.
Aprende aquí que la elocuencia y la gracia del discurso son un don de Dios, ya natural, ya sobrenatural. De ahí que, cuando Platón era todavía un infante que dormía en su cuna, se vio a unas abejas derramar una abundancia de miel en su boca; lo cual fue un presagio de que de la boca de Platón, por don de Dios, fluiría un discurso más dulce que la miel. De ahí también que Jenofonte fuese llamado la Musa Ática por la elegancia de su discurso. Así también en el caso de San Ambrosio, cuando todavía era infante, un enjambre de abejas se posó sobre su boca, lo cual presagiaba la divina elocuencia del varón, dice Paulino en su Vida. La madre de Santo Domingo, estando encinta, le pareció en sueños llevar en su vientre un perrito que portaba una antorcha en su boca, con la cual, al ser dado a luz, incendiaría el mundo: por este sueño se significaba que Santo Domingo, con su predicación elocuente, ferviente y piadosa, inflamaría a todos al amor de Dios. Algo semejante le sucedió a la madre de San Bernardo, quien fue verdaderamente melifluo. Pero es admirable que repetidamente veamos a hombres por lo demás austeros y toscos, dotados de elocuencia por Dios, y que hablan muchas cosas con gracia y elegancia. Así, cuando Jenócrates, áspero y austero por naturaleza, hablaba con gracia e ingenio, y los oyentes se maravillaban, dijo Platón: «¿Por qué os maravilláis? ¿No veis que entre cardos y ortigas suelen crecer lirios y rosas?»
Versículo 13: Envía a quien has de enviar
13. TE RUEGO, SEÑOR, ENVÍA A QUIEN HAS DE ENVIAR -- como si dijera: Envía a otro, a quien Tú previste que enviarías.
El hebreo dice: envía, te ruego, por la mano (a saber, de otro), a quien enviarás, como si dijera: Para tan grande embajada, utiliza otro instrumento más apto que yo; pues esto es lo que «mano» significa entre los hebreos.
Cayetano señala que esta es la quinta excusa de Moisés. Pues la primera fue en el capítulo 3, versículo 11, por su propia incapacidad, de que era inepto y desigual para tan gran tarea. La segunda, capítulo 3, versículo 13, por el nombre desconocido de Dios. La tercera, capítulo 3, versículo 1, por la incredulidad de los hebreos. La cuarta, capítulo 3, versículo 10, por su defecto de lengua. Y cuando vio que estas excusas no eran aceptadas por Dios, añade esta quinta apelación y súplica, con la que intentó enteramente sacudirse de encima y transferir a otro esta misión, suplicando: «Envía a quien has de enviar», como si dijera: Envía a quienquiera que desees, con tal de que no me envíes a mí, que soy inepto para tan gran tarea. Así dice Vatablo.
Por tanto, yerra Lirano al pensar que con estas palabras Moisés pidió a Dios que enviase específicamente a su hermano Aarón, por ser más elocuente que él, y quien, como añaden e inventan algunos rabinos, había actuado hasta entonces como profeta en Israel. Tampoco acierta Rabí Salomón al pensar que Moisés pidió que se enviara a Josué, sobre quien le había sido revelado que después de su muerte conduciría a los hebreos a Canaán. Pues las palabras de Moisés son generales e indefinidas. Segundo, muchos Padres, como San Justino, Tertuliano, San Cipriano, Eusebio, escribiendo contra los judíos, y Ruperto, piensan que Moisés aquí pidió la venida del Mesías; pues su nombre era «el Enviado» o «el que ha de ser enviado», como consta en Génesis 49, 10, como si dijera: Puesto que, oh Señor, has determinado enviar al Mesías, y puesto que algún día lo enviarás para librarnos del pecado, envíalo más bien ahora, para que con la misma obra libre a tu pueblo de Egipto. Este sentido es muy probable y acertado, diga lo que diga Abulense, y por más que audazmente Eugubino clame contra tan grandes Padres. Pues así en la antigüedad los demás Patriarcas en circunstancias graves siempre miraban al Cristo prometido, y suspiraban por Él, como consta de Jacob en Génesis 49, versículos 10 y 18.
Se pregunta si Moisés pecó al resistir tantas veces la vocación y misión de Dios. Algunos hebreos piensan que Moisés pecó por incredulidad mortal, desconfianza y desobediencia; y que por ello fue castigado en que no condujo a los hebreos a la tierra prometida. Pero esta es una censura demasiado severa y carente de fundamento: pues no fue por esto, sino por otro acto de desconfianza junto a las aguas de la contradicción, por lo que Moisés fue excluido de la tierra santa, como consta en Números 20. Aún más absurdo es lo que dice Rabí Salomón, que Moisés fue privado del sacerdocio por este pecado, y que fue transferido a Aarón. Segundo, San Basilio, San Gregorio, San Jerónimo, y Pererio que los cita, excusan completamente a Moisés y alaban su excusa como procedente de la humildad, tanto porque Moisés conocía el corazón obstinado e implacable del Faraón, y la dura cerviz de los hebreos, dice San Basilio, que pensaba no poder quebrantar; como porque pertenece al verdaderamente obediente huir y rehusar comisiones honorables (como era esta misión); pero ofrecerse voluntaria y ávidamente para las cosas duras y difíciles, como enseña San Gregorio, Libro 35 de los Moralia, capítulo 13. De manera semejante, Saúl se excusó de la realeza como indigno, 1 Reyes capítulo 9, y Jeremías, capítulo 1, de la profecía y la predicación.
«Moisés», dice San Gregorio, «porque era humilde de espíritu ante sí mismo, inmediatamente se espantó de la gloria de tan gran gobierno que se le ofrecía. Pero Pablo, cuando oyó de Ágabo cuán gran adversidad le aguardaba en Jerusalén, al instante respondió: Estoy preparado no solo para ser atado, sino también para morir en Jerusalén por el nombre de Jesús. Por la virtud inquebrantable de ambos caudillos que nos preceden, se nos enseña que, si verdaderamente nos esforzamos por alcanzar la palma de la obediencia, debemos servir en las cosas prósperas de este mundo solo por mandato, pero en las adversidades incluso por devoción.»
Pero digo con Cayetano y Abulense que Moisés pecó por pusilanimidad y desobediencia veniales; pues cuando consideraba su propia debilidad, se aferró demasiado a ella, juzgándose más débil de lo que podía soportar una carga tan grande impuesta por Dios, sin considerar que Dios, que lo llamaba, también le proporcionaría fuerzas y ánimo. Aunque, por tanto, Moisés no rechazó ni rehusó directamente la voluntad de Dios, deseaba sin embargo que Dios quisiera otra cosa y enviara a otro, y presionó a Dios demasiado en esto, incluso una quinta vez; por lo cual Dios se airó justamente contra él, como uno que tergiversaba demasiado: o, como dice el hebreo, iichar, es decir, se encendió repentinamente, conservando sin embargo su amistad con Moisés: de ahí que pronto temperó esta ira con clemencia, y envió a Moisés, ya aquiescente, al Faraón, añadiéndole a Aarón como compañero.
Dirás: Moisés ya sabía antes que había sido elegido por Dios para esta tarea; y por eso mató a aquel egipcio tan osada como peligrosamente, como mostré a partir de San Esteban en el capítulo 2, versículo 12: ¿cómo, pues, se volvió tan pusilánime aquí, como para rehusar ahora este oficio?
Respondo: Esto sucedió porque un asunto difícil mostrado de lejos, y que ha de tener lugar mucho después, como ausente, no golpea ni sacude el ánimo; sin embargo, el mismo asunto, cuando está presente y debe ser ejecutado, entonces golpea a la persona de modo que tiembla y suda: pues entonces el peso de la empresa, todas las dificultades y peligros, se captan mucho más vivamente que antes. Esto lo experimentamos en nosotros mismos y en nuestros soldados inexpertos en la guerra: cuando están fuera del alcance de los dardos, parecen leones, dispuestos a atreverse a todo; pero cuando deben pelear cuerpo a cuerpo con el enemigo, con las trompetas resonando y los ejércitos gritando por ambos lados, entonces palidecen, tiemblan y sus corazones palpitan, y, como dice el refrán, son leones en la paz, ciervos en la batalla. Así, pues, Moisés, cuando recibió el oráculo sobre su futura dirección, no temió; pero cuando vio que se le imponía, y vio de cerca sus cargas y dificultades, entonces comenzó a temblar y a buscar toda escapatoria, conservando sin embargo su amistad con Dios y su obediencia: de ahí que cuando vio que Dios lo quería absolutamente, y no admitía excusas, sino que se airaba, inmediatamente obedeció y aceptó la carga.
Versículo 14: Aarón tu hermano el levita
14. AARÓN TU HERMANO EL LEVITA. -- La palabra «levita» se añade al nombre Aarón como un sobrenombre derivado de la tribu, según la costumbre judía: pues se apellidaban por su tribu, así como los holandeses se apellidan por un progenitor, y otros en todas partes se apellidan por su familia. Además, «levita» era un sobrenombre honorable, por el sacerdocio vinculado a la tribu de Leví, en la cual Aarón había de ser el primero y principal.
Versículo 15: Yo estaré en tu boca
15. YO ESTARÉ EN TU BOCA. -- Del hebreo puede traducirse: yo estaré con tu boca, como si dijera: Yo seré el director de tu boca, sugeriré, moderaré y dirigiré tu lengua y tus palabras: «Pues al Señor pertenece gobernar la lengua», como dice el Sabio en Proverbios 16, 1, y esto debe ser constantemente implorado de Dios con los Santos, especialmente por quien gobierna a otros; así Ester en el capítulo 14, versículo 13, ora a Dios: «Concede, dice, un discurso bien ordenado en mi boca»; y el Apóstol en Efesios 6, 19 desea que se ore por él, «para que, dice, se me dé la palabra al abrir mi boca.»
Filón piensa que la tartamudez natural de Moisés fue aquí curada y eliminada por Dios, como si Dios le dijera: «Por mi voluntad articularás todo claramente, tu elocuencia cambiada para mejor, expresando tus pensamientos no de otro modo que como fluyen las fuentes más cristalinas.» Pero esto no parece verdadero; pues por la falta de elocuencia de Moisés y la elocuencia de Aarón, Dios añade a Aarón como compañero de Moisés, como sigue. Además, en el capítulo 6, versículo 12, Moisés dice expresamente que aún es incircunciso de labios.
Versículo 16: Él será tu boca
16. ÉL SERÁ TU BOCA. -- Aarón será tu intérprete.
PERO TÚ SERÁS PARA ÉL EN LAS COSAS QUE PERTENECEN A DIOS -- como si dijera: Tú mandarás y dispondrás lo que debe hacerse, como un intelecto que concibe; pero Aarón hablará esas mismas cosas, como una boca que ejecuta y expresa.
Moisés era como el intelecto que concibe, Aarón como la boca elocuente.
Tú serás para él lelohim, como Dios, en lugar de Dios, en las veces de Dios, de modo que de ti entienda la voluntad de Dios, es decir, mi voluntad, y de ti, como si me consultase, me escuche; pues, como dice Cristo a los Apóstoles: «Quien a vosotros escucha, a mí me escucha»; y el Salmista dice a los príncipes y jueces: «Yo dije: dioses sois.» El Caldeo lo traduce: tú serás para él como un príncipe, pero esto es débil e impropio. Pues Elohim propiamente significa Dios.
Moralmente, aprende aquí cuán gran bien es un compañero y la compañía: pues como todo hombre tiene defectos, uno suple los defectos del otro; porque el hombre fue creado para la ayuda mutua: de ahí que los sabios de Grecia celebren tanto la historia del ciego con pies sanos, que llevaba sobre su cuello a un hombre sin pies pero de vista aguda; con lo cual cada uno gozaba de la ayuda del otro, uno recibiendo el beneficio de los pies, el otro el de los ojos de su compañero, del cual él carecía. De ahí aquel epigrama de Ausonio, número 123: «Lo que a uno le falta, lo toma del otro.»
Así Moisés recibía elocuencia de Aarón, y Aarón sabiduría de Moisés. Sabiamente, pues, dice el Sabio: «El hermano ayudado por un hermano es como una ciudad fuerte», Proverbios 18, 19; Eclesiastés 4, 10: «Mejor es que estén dos juntos que uno solo; pues tienen la ventaja de su compañía. Si uno cae, será sostenido por el otro: ¡ay del solitario!, porque no tiene quien lo levante. Y si alguno prevalece contra uno solo, dos le resistirán. La cuerda de tres hilos difícilmente se rompe.» Por esta razón los religiosos van de dos en dos, y Cristo envió a sus discípulos de dos en dos a evangelizar, tanto para que tuvieran un compañero en los trabajos, como un testigo de su vida. De ahí que Santo Tomás de Aquino solía decir: «Un monje solo es un demonio solitario.» Pues, como dice Séneca, Epístola 25: «La soledad nos persuade a todos los males.» Y Epístola 11: «Gran parte de los pecados se elimina si un testigo asiste a los que están por pecar.» El emperador Justiniano, en la Nueva Constitución 133, considera un crimen que los monjes vivan sin testigos; quiere, pues, que «sean mutuos testigos de la honestidad» y castidad del otro; pues, como dice Teodoro Estudita en su testamento, sección 15: «Contra una sola persona, la calumnia es fácil.» Así José sufrió la calumnia de adulterio por parte de su ama, porque estaba solo; así también Susana sufrió la calumnia de los ancianos, porque estaba sola. Con razón, pues, San Agustín, en la Regla, capítulo 12, decreta así: «Cuando estéis juntos en la iglesia, y dondequiera que haya mujeres, guardad mutuamente vuestra castidad. Pues Dios, que habita en vosotros, también de este modo os guardará por medio de vosotros mismos.» Oigan los religiosos que están solos la sentencia de Tomás de Cantimpré, Libro 2, capítulo 11, sección 1, y oigan y tiemblen: «Cuán verdadero, dice, es este dicho: ¡Ay del solitario! Yo lo sé, que durante treinta años ejercí el oficio de Obispo en diversas provincias, y en esta materia -- que los religiosos vayan solos por los caminos, o permanezcan solos en las cortes -- frecuentemente oí de males horribles, escándalos horribles y peligros horribles, que nunca habrían sufrido ni cometido si se les hubiera unido un compañero.»
Versículo 18: Iré y volveré a mis hermanos
18. IRÉ Y VOLVERÉ A MIS HERMANOS EN EGIPTO, PARA VER SI AÚN VIVEN. -- Moisés oculta la visión de Dios a su suegro, por modestia, y le presenta otra razón verdadera y justa para partir, a fin de obtener cortésmente de él permiso para marcharse.
Versículo 20: Los puso sobre un asno
20. LOS PUSO SOBRE UN ASNO. -- Rabí Salomón dice que este es el mismo asno que llevó la leña para que Abrahán sacrificara a Isaac, Génesis 22, 3. En el mismo asno habría de cabalgar también el Mesías, según la profecía de Zacarías capítulo 9, versículo 9: Porque en hebreo, dice, este asno tiene el demostrativo he, como si fuese ilustre y famoso; y porque, a menos que fuera milagroso y extraordinario, no habría podido llevar a la madre con sus hijos ya crecidos. ¿Quién no ve y ríe esta fábula? Y sin embargo los judíos creen a este Rabí Salomón en todo, como si fuera su Pitágoras, y tienen estas fábulas por tradiciones ciertas. Véase aquí el justo juicio de Dios sobre los judíos. «Porque no recibieron el amor de la verdad, por eso Dios les enviará la operación del error, para que crean la mentira», dice San Pablo, II Tesalonicenses 2, 10. Pues tales son las bagatelas y fábulas de las que rebosa Rabí Salomón, que es sorprendente que Lirano le atribuya tanto a él y a ellas repetidamente. A su argumento anterior, he respondido que estos hijos nacieron por este tiempo, y por tanto eran niños pequeños, no mayores.
LLEVANDO LA VARA DE DIOS EN SU MANO. -- Esta vara era el bastón pastoral de Moisés, con el que apacentaba y conducía los rebaños de Jetró, que había sido convertida, y de nuevo había de ser convertida en serpiente ante el Faraón; con la cual Moisés realizó todos los prodigios y plagas de Egipto: de ahí que se llame «la vara de Dios». Los hebreos añaden, o más bien fabrican, que esta vara era cuadrilátera, y que en ella estaba inscrito el nombre tetragramático de Dios, es decir, el nombre de cuatro letras, de modo que en cada uno de los cuatro lados de la vara estaba grabada una letra del nombre.
Artápano, citado por Eusebio, libro IX de la Preparación, último capítulo, dice que esta vara de Moisés fue después tenida en veneración por los egipcios, y que en su memoria se colocó y se adoró un bastón en el templo de Isis. Pues consideran que Isis es la tierra, la cual, golpeada por el bastón de Moisés, produjo tantos prodigios.
Versículo 21: Mira que realices todos los prodigios
21. MIRA QUE REALICES TODOS LOS PRODIGIOS QUE HE PUESTO EN TU MANO (es decir, en tu potestad; a saber, aquellas tres señales que te he asignado en este capítulo, y otras que en adelante te asignaré -- mira y cuida de que las realices todas) ANTE EL FARAÓN.
YO ENDURECERÉ -- cómo endurece Dios, lo discutiré en el capítulo 7, versículo 3.
Versículo 22: Mi hijo primogénito Israel
22. MI HIJO PRIMOGÉNITO ISRAEL -- hijo por adopción, no por generación natural, como si dijera: Yo, Dios, he adoptado a los israelitas como descendientes de Abrahán, Isaac y Jacob por hijos míos; los he elegido como mi pueblo, para que me sirvan y me adoren, y yo a mi vez sea su Padre, Protector y Proveedor.
Nótese: primogénito, es decir, amado por encima de las demás naciones y elegido, y tenido como primogénito; además, el primero entre los pueblos de Dios unido en la fe y el culto, y engendrado y nutrido en esa fe: pues tal fue el pueblo de Israel.
Versículo 23: He aquí que mataré a tu hijo primogénito
23. He aquí que mataré a tu hijo. -- Solo pone la última amenaza y plaga: porque hasta ese punto el corazón del Faraón permaneció endurecido; pero por medio de ella fue ablandado, de modo que dejase ir a los hebreos.
Versículo 24: Le salió al encuentro el Señor
24. Le salió al encuentro el Señor -- es decir, un ángel que representaba la persona de Dios en forma humana. De donde los Setenta traducen, le salió al encuentro un ángel; véase lo dicho en el capítulo 3, versículo 2.
Y QUISO MATARLO -- ya por sofocación, como sostiene Tertuliano; o más bien, como dicen Teodoreto y Diodoro, amenazando la muerte con una espada desenvainada -- no al niño, es decir, al hijo incircunciso de Moisés (como sostiene Tertuliano, en el libro Contra los Judíos, capítulo 3, y San Agustín): pues este infante no había pecado, ni había merecido la muerte, puesto que la culpa de la circuncisión omitida residía no en él sino en los padres. Por tanto, el ángel amenaza con esta muerte a Moisés; pues el pronombre «lo» designa a Moisés, de quien se ha hablado continuamente hasta este punto.
Rabí Salomón afirma absurdamente que este ángel apareció en forma de dragón, y tragó a Moisés por sus fauces abiertas hasta el miembro que debía ser circuncidado: viendo esto, Séfora comprendió que esto le había sucedido a Moisés porque no había circuncidado a su hijo; por lo cual ella inmediatamente lo circuncidó, y al instante el dragón vomitó a Moisés.
Cabe preguntar por qué el ángel quiso matar a Moisés. San Agustín responde primero, en el sermón 86 Sobre el Tiempo, y ambos Eusebios -- a saber, el Emiseno y el Cesariense -- que fue porque traía consigo a su esposa, quien habría sido un impedimento para Moisés y su misión; y quien, dice Eusebio, habría hecho sospechosa su misión ante los hebreos; pues habrían dicho a Moisés: Si vienes a sacarnos de Egipto para llevarnos a Canaán, ¿por qué no dejaste a tu esposa e hijos, siendo tantos estorbos, en Madián? Pues por Madián (es decir, por el Monte Sinaí, que es adyacente a Madián) debemos viajar a Canaán. Pero Teodoreto excusa aquí con razón a Moisés, diciendo que no podía haber dejado a su esposa en Madián sin grave ofensa a su suegro, y sin la sospecha de que quería repudiarla. Pero la Escritura sugiere otra causa de la muerte amenazada contra Moisés.
Segundo, Teodoreto y Diodoro piensan que el ángel amenazó a Moisés con la muerte para que, mediante este temor, expulsara de su ánimo el temor al Faraón, como sacando un clavo con otro clavo, como si dijera: Tú, oh Moisés, temes demasiado al Faraón; pues más bien deberías temerme a mí, puesto que, como ves, puedo matarte súbitamente y sin dificultad alguna.
Pero digo que el ángel quiso matar a Moisés porque no había circuncidado a su hijo, como Dios había mandado, Génesis 17, 12. Pues él había de ser el legislador del pueblo; por tanto, él mismo debía ser el primero en observar la ley. Pues al comprender esta causa, la esposa de Moisés inmediatamente circuncidó al hijo, y al instante el ángel, como si ya estuviera satisfecho, soltó a Moisés. Así dicen Isidoro de Pelusio, Ruperto, Lirano, Abulense y Cayetano.
Cabe preguntar, en segundo lugar, ¿por qué Moisés, varón santo, no circuncidó a su segundo hijo según la ley? Ruperto y el Caldeo responden que fue porque Jetró su suegro y Séfora su esposa, siendo gentiles y madianitas, no permitían que se afligiera al niño con tal dolor y herida. Pero contra esto está el hecho de que ya habían circuncidado al hijo mayor: pues Séfora circuncidó solo a uno, a saber, al menor, porque evidentemente el mayor ya estaba circuncidado; de lo contrario, el ángel habría obligado a circuncidar también a este. Además, contra esto está el hecho de que Séfora, al circuncidar inmediatamente al infante por su propia iniciativa y por sí misma, mostró suficientemente que estaba experimentada en este rito, y lo había realizado al circuncidar al hijo mayor.
De ahí que los hebreos, Lirano, Abulense y Pererio juzgan más acertadamente que este hijo menor, a saber Eliezer, había nacido recientemente, y por tanto o Moisés o más bien la madre temían un grave daño del viaje si lo circuncidaban: Moisés, pues, difirió el asunto hasta llegar a Egipto; pues por esta misma razón los hebreos que peregrinaban en el desierto no fueron circuncidados durante 40 años, como consta en Josué capítulo 5. Pero el ángel, amenazando con la muerte a Moisés, sacudió de él este temor excesivo, para que Moisés, que había de ser el futuro legislador, no pareciera haber sido demasiado laxo en la observancia de la ley. Pues Moisés, como su caudillo, debía ir delante de los demás con un ejemplo perfecto de cumplimiento de la ley. Vio pues Séfora al ángel amenazando con la muerte a Moisés su marido, a causa del niño incircunciso, y quizá señalándolo con el dedo.
Séfora, pues, comprendió que Moisés estaba en peligro de muerte a causa de la circuncisión descuidada de su hijo: en parte porque el ángel, gobernando su imaginación, le presentó esta apariencia y causa y se la sugirió; en parte porque el ángel señaló al niño incircunciso ya con su rostro, ya con su dedo; en parte porque Moisés le había enseñado el precepto de la circuncisión dado por Dios bajo amenaza de muerte. Cayetano añade, en cuarto lugar, que hubo un discurso del ángel sobre el hijo incircunciso, aunque la Escritura no lo expresa aquí.
Versículo 25: Séfora tomó una piedra muy afilada
25. SÉFORA INMEDIATAMENTE TOMÓ UNA PIEDRA MUY AFILADA. -- No porque la circuncisión debiera hacerse necesariamente con un cuchillo de piedra, como pensó San Agustín, sino porque tal cuchillo fue el primero que se presentó a la madre alarmada y apresurada; especialmente porque estos acontecimientos tuvieron lugar cerca de la Arabia Pétrea, donde están el Sinaí y Madián, en la cual hay mayor abundancia y uso de piedras que de hierro. De ahí que allí afilan piedras como hierro, y de ellas hacen cuchillos muy afilados. Pues por lo demás, en Génesis 17, donde se da la ley de la circuncisión, no se hace mención alguna de piedra. Sobre esta materia diré más en Josué 5. Entretanto, véase Santo Tomás, III Parte, Cuestión 70, artículo 3, respuesta al 2.
Y CIRCUNCIDÓ EL PREPUCIO DE SU HIJO -- es decir, de sus hijos, dice Cayetano; pues piensa que ambos hijos de Moisés fueron aquí circuncidados por Séfora. Segundo, Hugo de San Víctor piensa que solo un hijo fue circuncidado aquí: porque la madre, dice, siendo gentil, había retenido un hijo para sí, como propio e incircunciso, dejando al otro para que Moisés lo circuncidara; o Moisés traía consigo solo un hijo, habiendo dejado al otro con su suegro, como prenda de su amor y buena voluntad. Pero contra estas opiniones está la Sagrada Escritura, que dice expresamente en el versículo 20 que Moisés al volver trajo consigo a sus hijos; sin embargo aquí en el versículo 25, dice que solo un hijo, a saber, el otro de los dos, fue circuncidado.
De aquí, pues, se ve que solo Eliezer, por haber nacido recientemente, fue circuncidado; pero el hijo mayor Guersón ya había sido circuncidado antes, como he dicho.
Y ella tocó (Séfora, como consta del hebreo, como suplicando por la vida de su marido Moisés) SUS PIES. -- Los Setenta traducen, se postró a sus pies, a saber, del ángel que atacaba a Moisés, dice Cayetano, para aplacarlo con una oración suplicante. Segundo, el Caldeo traduce, arrojó el prepucio del hijo a los pies del ángel, como si dijera: Si estás airado con Moisés a causa del niño incircunciso, he aquí el prepucio circuncidado del niño; por tanto, aplacado, cesa de perseguir a mi marido. Tercero, otros dicen «sus pies» significan los pies del niño, como si dijera: La madre tocó o manchó los pies del niño, ya con la sangre derramada, ya con el prepucio cortado.
Pero digo: Séfora «tocó sus pies», a saber, de Moisés; pues a él le dijo lo que sigue: «Esposo de sangre eres tú para mí.» Tocó pues los pies de su marido y los roció con la sangre y el prepucio del hijo ante el ángel, para que con esto, como con un precio, lo salvara y redimiera de la muerte, diciendo: «Esposo de sangre eres tú para mí a causa de la circuncisión», como si dijera: Yo, oh marido, te compro de nuevo como mi esposo -- a ti que habías sido destinado por el ángel a muerte cierta -- con la sangre de mi hijo, que derramé al circuncidarlo.
Por tanto, mal explica Ruperto así: tocó sus pies, es decir, suplicó importunamente a Moisés que le permitiera regresar a casa de su padre; pues estaba aterrorizada por la visión del ángel. De donde sigue: «Y lo soltó.» Pero si fuera así, debería haberse dicho: Y la soltó, a saber, Moisés soltando a Séfora.
Nótese: Tocar los pies entre los judíos era una señal tanto de amor como de reverencia y adoración, especialmente de las mujeres hacia los varones. Así la sunamita, rogando a Eliseo por su hijo ya muerto, tocó sus pies, IV Reyes 4, 27. Así María Magdalena y otras piadosas mujeres después de la resurrección sostuvieron los pies de Cristo, Mateo, último capítulo, versículo 9. Así (como consta de los antiguos Concilios) era costumbre en la Iglesia primitiva que quienes saludaban a los Obispos tocasen sus rodillas con la mano. Esta era también una costumbre entre los gentiles; de donde aquel pasaje de Homero, Ilíada 1, versículo 499: «Y se sentó ante él y asió sus rodillas.»
«Primero se postró a las rodillas del Tonante.» Así, según Plinio, libro 9, epístola 21, se dice «postrado a las rodillas». Pero quienes pedían perdón por una ofensa se arrojaban como suplicantes a los pies. De donde Pedro Crisólogo, sermón 93: «Tienda hacia los pies», dice, «quien busca un perdón rápido.» Salviano de Marsella, en su epístola a Hipatio y Quieta: «Me arrojo a vuestras rodillas, oh padres queridísimos: soy aquella Paladia vuestra.» Y los hijos como suplicantes, postrándose a los pies de sus padres, besaban sus pies, dice el mismo Salviano. Plinio da la causa natural de esta costumbre, libro 11, capítulo 45: «En las rodillas del hombre», dice, «reside cierta sacralidad, por la observancia de las naciones: los suplicantes las tocan, hacia ellas extienden sus manos, a ellas las adoran como altares; quizá porque en ellas reside la fuerza vital. Entre los antiguos griegos, era costumbre en la súplica tocar la barbilla.»
La segunda causa es que las rodillas están consagradas a la misericordia. Servio sobre aquel pasaje de la Eneida 3: «Había hablado y, abrazando sus rodillas y rodando a sus rodillas, se aferraba»: «Los filósofos naturales», dice, «afirman que cada parte del cuerpo está consagrada a divinidades: el oído a la Memoria, la frente al Genio, la mano derecha a la Fe, las rodillas a la Misericordia.» Y Pierio, Hieroglyphica 35: «Que la rodilla es la sede de la misericordia», dice, «toda la tradición antigua lo reconoce, así como se considera que el oído es la sede de la memoria, y la nariz del desprecio.» Por tanto, los que hacían votos sostenían las rodillas, para significar que se comprometían a recibir lo que pedían, de la misericordia de la cual las rodillas son la sede. Respecto a los dioses de los gentiles, dice Arnobio, libro 6: «¿No os reís, pues, de estas estatuas, cuyas plantas y rodillas tocáis y palpáis al orar?» De ahí inmediatamente la costumbre de sellar votos y encerar las rodillas de los dioses. Pues cada uno fijaba su propio voto, inscrito en tablillas enceradas, a las rodillas de los dioses. Juvenal, sátira 10: «Por lo cual es lícito encerar las rodillas de los dioses.»
La tercera causa es que en las rodillas reside la potencia del movimiento y de caminar hacia adelante, y que son un símbolo de fuerza y vigor completos. Pues así como doblar las rodillas es una profesión de debilidad y necesidad, así no doblarlas es una señal de dignidad y poder. De ahí que el elefante era para los egipcios un símbolo del poder regio porque no dobla sus rodillas -- es decir, no necesita la ayuda de otro, ni debe suplicar a otro. Por tanto, tocar las rodillas no es otra cosa que reconocer la fuerza y el poder de otro, con el cual puede prestar auxilio si quiere, y sostener al vacilante.
Goropio da una cuarta causa, libro 5 de los Orígenes de Amberes: Antiguamente, dice, los suplicantes se arrojaban a las rodillas para besar el muslo, como si significaran que buscaban su vida del lugar de donde la habían recibido: pues la semilla, y consiguientemente la prole y la posteridad, tienen su origen en los lomos y el muslo. Así pues Séfora, al tocar los pies de su marido, mostró amor y reverencia -- los Setenta traducen: y el ángel se apartó de él. Así dice San Agustín.
Para obtener la vida de su marido; pues en lugar de los pies del ángel (que no se atrevía a tocar) abrazó los pies de su marido.
Esposo de sangre eres tú para mí
ESPOSO DE SANGRE ERES TÚ PARA MÍ. -- Es sorprendente que los Setenta tradujeran esto como «la sangre de mi hijo se detuvo». El Caldeo traduce claramente: Séfora ofreció el prepucio ante él, el ángel, y dijo: «A causa de la sangre de esta circuncisión (a saber, la sangre descuidada que no había sido derramada), mi esposo fue condenado a muerte.»
Rabí Abrahán refiere estas palabras al niño circuncidado, como si la madre, aplaudiendo incluso al hijo circuncidado, hubiera dicho: Esposo de sangre eres tú para mí; pues los hebreos relatan que era costumbre entre las madres hebreas llamar esposos a sus hijos cuando eran circuncidados.
Segundo, Rábano piensa que Séfora dijo estas palabras por ira, como si dijera: Tú, oh marido, eres la causa por la que tuve que derramar la sangre de mi hijo; de ahí que con razón me indigno y te llamo esposo de sangre.
Tercero, otros lo explican así, como si ella dijera: Veo que serás para mí un esposo laborioso y sangriento, y que cosas mucho mayores debo soportar contigo en Egipto. Déjame, pues, que vuelva a casa con mis padres. De ahí piensan que Séfora en este punto regresó a casa con sus hijos.
Cuarto y mejor, como si ella dijera: Si yo no hubiera derramado la sangre de mi hijo en la circuncisión, tú habrías perecido a manos del ángel ejecutor. Por tanto, te he adquirido y comprado de nuevo como mi esposo, no con una dote pecuniaria, sino con el derramamiento de la sangre de mi hijo, como explicaré más plenamente en el versículo siguiente.
Nótese: Los matrimonios tanto entre los hebreos como entre los romanos se hacían por coemción: pues el marido, dando dinero tanto a la esposa como a sus padres, la compraba de ellos como su esposa; a la inversa, la esposa a su vez compraba a veces a su marido pagando un precio. Así David compró a la hija de Saúl, Micol, como esposa con cien prepucios de los filisteos, II Reyes 3, 14. Así Oseas compró a una prostituta como esposa por quince piezas de plata, Oseas 3, 2. Así antiguamente los sajones y los burgundios compraban a sus esposas de sus padres por trescientos sólidos. De ahí también aquel dicho del poeta: «Y que Tetis te compre como yerno con todas sus olas. El rey te niega el matrimonio, y una dote buscada con sangre.» Véase Ribera sobre Oseas 3, versículo 2.
Algunos lo explican así: Tú, oh marido, o esposo, eras reo de sangre y de muerte, y debías ser matado por la circuncisión omitida de tu hijo. Pero digo que el sentido es: a causa de la circuncisión, es decir, a causa de la sangre de mi hijo, que derramé en su circuncisión; tú, oh Moisés, eres esposo de sangre para mí: porque con esta sangre te redimí de la muerte cuando estabas condenado a morir. Como si dijera: Antes de que el hijo fuera circuncidado, tú eras para mí un esposo de sangre, de matanza y muerte, dice Rabí David Kimji, porque debías ser matado y tu sangre debía ser derramada por el ángel. Pero ahora, circuncidado el hijo, eres para mí un esposo de la sangre de la circuncisión, porque con la sangre de la circuncisión de mi hijo, he comprado tu vida y a ti como mi esposo.
Simbólicamente, Moisés unido a una mujer extranjera representa a un Doctor cristiano entregado a la filosofía humana. Esta unión engendra prole, es decir, doctrinas verdaderas, pero mezcladas con vanas y falsas; las cuales, si no son circuncidadas, traen la muerte al cristiano -- por ejemplo, las doctrinas de los filósofos son que Dios es el primer motor, pero no omnipotente; que no puede hacer algo de la nada, sino solo de materia coeterna con Él; que no actúa libremente, sino por el destino y por la necesidad de la naturaleza. Todas estas deben ser circuncidadas por el cuchillo de piedra, es decir, por la fe en Cristo.
Además, aprende aquí que no basta al padre de familia ser él mismo religioso y santo, sino que debe cuidar de que sus hijos y toda su familia lo sean igualmente. Oye cuán recta y piadosamente San Elzeario, conde de Ariano, ordenó su hogar, según su Vida, capítulo 18: «Primero, estableció que todos los de su casa oyeran la Misa íntegramente cada día. Segundo, que vivieran casta y puramente: a quienes hacían lo contrario, los expulsaba de su casa. Pues no quería que nadie comiera su pan de quien supiera que estaba envuelto en pecado mortal, para que no infectara a otros, y para que no pareciera fomentar el pecado de esa persona. Tercero, que los nobles y soldados, y asimismo las doncellas y matronas, se confesaran una vez por semana y comulgaran una vez al mes. Cuarto, que las mismas doncellas y matronas se dedicaran a oraciones y ejercicios piadosos desde la mañana hasta la comida del mediodía, y después de la comida se ocuparan en trabajos manuales. Quinto, que nadie osara blasfemar a Dios, a la Santísima Virgen, ni a ninguno de los Santos, ni jurar temerariamente, ni pronunciar cosas indecentes; pues las malas conversaciones corrompen las buenas costumbres. A quien hubiera obrado de otro modo, lo obligaba a ayunar a pan y agua. Sexto, que nadie jugara a los dados ni a ningún otro juego torpe y deshonroso. Séptimo, que todos cultivaran la paz, la amistad y la concordia: si alguien había ofendido a otro, debía reconciliarse inmediatamente con el ofendido. Octavo, que cada día después de la comida del mediodía o por la tarde, en su presencia, hubiera una conferencia y conversación entre ellos sobre asuntos piadosos y saludables.» Léase también a Tobías, capítulo 4, donde él instruye a su hijo en toda virtud. También en esta misma época, el Beato Tomás Moro, Canciller de Inglaterra y mártir, formó de tal modo a sus hijos y su hogar tanto en las letras como en la virtud y piedad cristianas, que Erasmo escribe de ello: «La casa de Moro es una escuela y un gimnasio de la religión cristiana.» Testigo es Stapleton en su Vida de Moro.
Alegóricamente, diga esto a Cristo el verdadero cristiano, especialmente el Religioso: «Esposo de sangre eres Tú para mí, oh Cristo» -- tanto porque con tu sangre compraste y desposaste mi alma contigo. De donde Santa Inés dijo al tirano: «La sangre de Cristo mi esposo ha teñido mis mejillas»; como porque Tú a tu vez exiges de mí, para que sea una esposa digna de Ti, mi sangre, más aún, mi carne y mi vida, mientras enseñas que los que desean seguirte y agradarte deben circuncidar y mortificar los deseos de la carne y la sangre, mientras dices: Nadie puede ser mi discípulo si no se niega a sí mismo y toma su cruz, si no aborrece y pierde su alma en este mundo, si no crucifica su carne con sus vicios y concupiscencias, si no resiste al diablo, a la carne y al mundo hasta el derramamiento de sangre, hasta la muerte y el martirio. Y esta es «la circuncisión del corazón en el espíritu, no en la letra» -- no judía, sino cristiana; no exterior, sino interior -- «cuya alabanza no procede de los hombres, sino de Dios», Romanos 2, 29. Para el mártir, pues, Cristo es el esposo de sangre. De donde San Cipriano en Sobre la Alabanza del Martirio: «A nuestra sangre», dice, «el cielo está abierto; entra el soldado gozoso por sus heridas.» El mismo, libro 2, epístola 4: «Vosotros», dice, «sois los racimos gruesos de la viña del Señor, y uvas ya maduras en fruto, pisadas por el embate de la opresión mundana; sentís nuestro lagar. En lugar de vino derramáis sangre; fuertes para la resistencia del sufrimiento, bebéis con gusto el cáliz del martirio.»
Finalmente, no bastó a Moisés circuncidar a un solo hijo, el mayor, sin circuncidar también al segundo: así al Prelado, y a cualquier cristiano, no le basta circuncidar el intelecto del error, si no circuncida también el afecto de la concupiscencia. Así dice Pererio.
Versículo 26: Y lo soltó
26. Y lo soltó. -- Es decir, Séfora dejó a Moisés y regresó a su patria, dice Lirano. Pero contra esto está la palabra hebrea iireph, que no significa enviar a otro lugar, sino descansar, cesar, soltar en paz, no molestar a otro.
Tercero, otros dicen «lo soltó» significa que la enfermedad, con la que el ángel había golpeado a Moisés, lo soltó.
Cuarto y genuinamente, «lo soltó» significa que el ángel soltó a Moisés, y ya no lo amenazó con la muerte, cuando vio que su hijo ya había sido circuncidado. De donde ella se lo mostró, y consiguientemente al ángel, al que deseaba por este medio aplacar y reconciliar con su marido, e imploró su misericordia y su poder.
Así Sidonio Apolinar, libro 1, epístola 5: «Postrado en el umbral de los Apóstoles», dice.
Versículo 27: Al monte de Dios
27. AL MONTE DE DIOS -- al Monte Sinaí. Parece que Moisés, cuando ya acompañado por su hermano Aarón se disponía plenamente a emprender su misión, tan ardua, envió a su esposa e hijos de vuelta a Madián, para estar más libre y desembarazado. Pues que Séfora se había apartado de Moisés hacia los suyos es evidente por el hecho de que ella regresó después a Moisés en el Sinaí cuando él había salido de Egipto con los hebreos, como se dice en el capítulo 18, 2.
Versículo 30: Y habló Aarón
30. Y HABLÓ AARÓN. -- He aquí que Aarón es aquí la boca e intérprete de Moisés, como Dios había predicho en el versículo 16.
E HIZO LAS SEÑALES ANTE EL PUEBLO. -- «Hizo» no se refiere a Aarón, sino a Moisés, quien inmediatamente precede: pues así habían sido repartidos por Dios los oficios de Moisés y Aarón, que Moisés por su autoridad mandara y realizara las señales, mientras Aarón proclamara los mandatos de Moisés y de Dios, como guía de la palabra.
Señales -- aquellas tres, de las que se hizo mención al comienzo del capítulo.
Versículo 31: Había visitado
31. HABÍA VISITADO -- había mirado hacia ellos para liberarlos y sacarlos de Egipto; pues esta última palabra es la explicación de la anterior.