Cornelius a Lapide
Índice
Sinopsis del capítulo
El Faraón con sus fuerzas persigue a los hebreos; ellos temen, y Moisés los fortalece. En segundo lugar, el ángel en la columna de nube se interpone entre los hebreos y los egipcios, versículo 19. En tercer lugar, en el versículo 21, Moisés con su vara divide el mar y los hebreos cruzan. En cuarto lugar, en el versículo 29, los egipcios que los perseguían son abrumados tanto por el ángel como por las aguas que retornan.
Texto de la Vulgata: Éxodo 14:1-31
1. Y habló el Señor a Moisés, diciendo: 2. Habla a los hijos de Israel: que se vuelvan y acampen frente a Pihajirot, que está entre Magdalum y el mar, frente a Beelsefón; delante de él pondréis vuestro campamento, junto al mar. 3. Y el Faraón dirá de los hijos de Israel: Están encerrados en la tierra, el desierto los ha encerrado. 4. Y endureceré su corazón, y os perseguirá; y seré glorificado en el Faraón y en todo su ejército. Y los egipcios sabrán que yo soy el Señor. Y así lo hicieron. 5. Y fue anunciado al rey de Egipto que el pueblo había huido; y se mudó el corazón del Faraón y de sus siervos respecto del pueblo, y dijeron: ¿Qué hemos querido hacer, dejando ir a Israel para que no nos sirva? 6. Aparejó, pues, su carro, y tomó consigo a todo su pueblo. 7. Y tomó seiscientos carros escogidos, y cuantos carros había en Egipto, y capitanes sobre todo su ejército. 8. Y el Señor endureció el corazón del Faraón, rey de Egipto, y persiguió a los hijos de Israel; pero ellos habían salido con mano poderosa. 9. Y persiguiéndolos los egipcios, siguiendo sus huellas, los hallaron acampados junto al mar: toda la caballería y los carros del Faraón, y todo su ejército estaban en Pihajirot, frente a Beelsefón. 10. Y habiéndose acercado el Faraón, los hijos de Israel, alzando los ojos, vieron a los egipcios detrás de ellos; y temieron grandemente, y clamaron al Señor, 11. y dijeron a Moisés: ¿Acaso no había sepulcros en Egipto, que nos has traído para que muramos en el desierto? ¿Qué es esto que nos has hecho, sacándonos de Egipto? 12. ¿No es esta la palabra que te hablábamos en Egipto, diciendo: Déjanos, para que sirvamos a los egipcios? Porque mucho mejor nos era servirles que morir en el desierto. 13. Y Moisés dijo al pueblo: No temáis; estad firmes y ved las maravillas del Señor que hará hoy: porque a los egipcios que ahora veis, no los volveréis a ver nunca jamás. 14. El Señor peleará por vosotros, y vosotros callaréis. 15. Y dijo el Señor a Moisés: ¿Por qué clamas a mí? Habla a los hijos de Israel para que se pongan en marcha. 16. Y tú, alza tu vara y extiende tu mano sobre el mar, y divídelo, para que los hijos de Israel caminen por en medio del mar en seco. 17. Y yo endureceré los corazones de los egipcios para que os persigan; y seré glorificado en el Faraón, y en todo su ejército, y en sus carros, y en sus jinetes. 18. Y sabrán los egipcios que yo soy el Señor, cuando sea glorificado en el Faraón, y en sus carros, y en sus jinetes. 19. Y el ángel de Dios, que iba delante del campamento de Israel, se apartó y fue tras ellos; y juntamente con él la columna de nube, dejando la delantera, se puso detrás 20. entre el campamento de los egipcios y el campamento de Israel: y la nube era tenebrosa, e iluminaba la noche, de modo que no pudieron acercarse unos a otros en toda la noche. 21. Y habiendo Moisés extendido su mano sobre el mar, el Señor lo retiró soplando un viento fuerte y abrasador durante toda la noche, y lo convirtió en tierra seca; y las aguas se dividieron. 22. Y entraron los hijos de Israel por en medio del mar seco: pues el agua era como un muro a su derecha y a su izquierda. 23. Y persiguiéndolos, entraron los egipcios tras ellos, y toda la caballería del Faraón, sus carros y jinetes, por en medio del mar. 24. Y llegada ya la vigilia de la mañana, he aquí que el Señor, mirando sobre el campamento de los egipcios desde la columna de fuego y de nube, destruyó su ejército: 25. y trastornó las ruedas de los carros, y eran arrastrados hacia lo profundo. Dijeron, pues, los egipcios: Huyamos de Israel, porque el Señor pelea por ellos contra nosotros. 26. Y dijo el Señor a Moisés: Extiende tu mano sobre el mar, para que las aguas vuelvan sobre los egipcios, sobre sus carros y jinetes. 27. Y habiendo Moisés extendido su mano sobre el mar, este volvió al amanecer a su lugar primitivo; y huyendo los egipcios, les salieron al encuentro las aguas, y el Señor los envolvió en medio de las olas. 28. Y volvieron las aguas, y cubrieron los carros y jinetes de todo el ejército del Faraón, que habían entrado en el mar persiguiéndolos: ni uno solo de ellos sobrevivió. 29. Mas los hijos de Israel caminaron por en medio del mar seco, y las aguas les servían de muro a derecha e izquierda. 30. Y libró el Señor en aquel día a Israel de la mano de los egipcios. 31. Y vieron a los egipcios muertos en la orilla del mar, y la mano poderosa que el Señor había ejercido contra ellos; y el pueblo temió al Señor, y creyeron en el Señor y en Moisés su siervo.
Versículo 2: Acampen frente a Pihajirot, que está entre Magdalum y el mar, frente a Beelsefón.
Esta fue la cuarta estación, o parada, de los hebreos, en la cual estaban cercados por el mar a su izquierda, por el ejército de los egipcios que los perseguían a su espalda, y por montañas escarpadas delante y a su derecha. De ahí que el Faraón pretendiera atraparlos allí como ratones en una ratonera.
Por «frente a Pihajirot», los Setenta traducen apenantion tes epauleos, lo que Orígenes interpreta como «frente a la subida sinuosa». Otros traducen menos acertadamente como «frente a los suburbios o granjas», como si los Setenta hubieran tomado la letra chet por ayin en Pihajirot, y derivado el nombre de 'ir, es decir, ciudad; pero la palabra Pihajirot en hebreo significa «boca de aberturas»: pues pe significa «boca», chur significa «abertura», de modo que Pihajirot equivale a la entrada de una cueva encerrada por rocas y estrecha; pues «boca» sugiere las angosturas de una entrada. Igualmente, «Magdalum» en hebreo significa «torre»; quizás era una fortaleza puesta sobre una montaña. «Beelsefón» en hebreo significa «casa de la atalaya»: todo lo cual indica que estos lugares eran escarpados e inaccesibles. Véase la corografía de estos lugares en los mapas de Adrichomio.
De los hijos de Israel — esto es, acerca de los hijos de Israel. Así dice Virgilio: «Preguntando muchas cosas sobre Príamo, muchas sobre Héctor.»
Están encerrados. — En hebreo, nebuchim, es decir, están perplejos o confusos; porque evidentemente están colocados en una estrechez; y rodeados por todas partes de rocas, mar y hombres armados, no encontrarán salida; y así los destruiré por el hambre o por la espada, o más bien los reduciré a la rendición y a su antigua servidumbre.
Rabí Salomón y los hebreos fabulan que Beelsefón era un perro de bronce, que con sus ladridos delataba a los hebreos fugitivos, semejante al que Abulense atestigua que existía en Numancia, en España.
Tropológicamente, para quienes se esfuerzan de los vicios a la virtud, de la tierra al cielo, hay que recorrer un camino arduo. Así Orígenes.
«Junto al mar» — es decir, al mar, hacia el mar, cerca del mar.
Versículo 3: Y el Faraón dirá.
Cuando, habiendo sabido por exploradores que los hebreos huían, y arrepintiéndose de haberlos dejado ir, planeará perseguirlos para hacerlos volver.
Versículo 4: Y endureceré su corazón, y os perseguirá.
Es suficientemente claro por la deliberación precedente, versículos 2 y 3, que el Faraón libre y voluntariamente se endureció y se obstinó para perseguir a los hebreos; sin embargo, también se dice que Dios lo endureció, como expliqué en el capítulo 7, versículo 3, porque sin el permiso de Dios y su cierta providencia, el Faraón nunca se habría endurecido; pues Dios, a quien están sujetos todos los órdenes de todas las cosas, había establecido este orden y curso de los acontecimientos para el Faraón, por el cual preveía que, cuando estas cosas se le presentaran, el Faraón libremente y por su propia voluntad se endurecería. Pues todo cuanto de cualquier modo mana de la providencia de Dios, en el lenguaje hebreo se dice que Dios lo hace; y la Escritura emplea frecuentemente esta expresión para encarecer en Dios la providencia más profunda y extensa sobre todas las cosas (a la cual incluso las voluntades de los impíos están sujetas, y por la cual son gobernadas y dirigidas, a dondequiera que ellos mismos quieran ir).
Pero aquí hubo además otra razón particular del endurecimiento de Dios respecto del Faraón, a saber, que Dios había conducido a los hebreos a estos lugares estrechos, ciertamente con su propio fin de que los hebreos depositaran toda su esperanza en Dios, pero de donde preveía que el Faraón concebiría una nueva ocasión y deseo de perseguirlos, nacido de su antigua malicia, tiranía y obstinación; Dios no pretendió esta mala voluntad suya, sino que solo positivamente quiso permitirla, y esto con el propósito de atraer al Faraón por este medio al Mar Rojo, y allí castigarlo y sumergirlo por sus crímenes pasados y sus rebeliones. Con una estratagema militar semejante, los soldados, para atraer al enemigo y llevarlo a emboscadas ocultas, envían a unos pocos que se muestran al enemigo; el enemigo los persigue en escuadrones; ellos ceden gradualmente y arrastran al enemigo a la emboscada: entonces emerge una línea de batalla ordenada, que rodea y destruye al enemigo; así como aquellos pocos soldados que atrajeron al enemigo se dice que lo engañaron y lo arrastraron a la emboscada, cuando en realidad ni propiamente lo arrastraron a la emboscada ni lo engañaron, sino que solo proporcionaron una ocasión por la cual el enemigo, atraído, los persiguió, y así por su propia culpa fueron engañados, y ellos mismos se engañaron: de modo semejante obró Dios aquí con el Faraón, y por eso se dice que lo endureció para perseguir a los hebreos.
Dios, pues, endureció aquí al Faraón por medio del mandato que dio a Moisés en el versículo 2, a saber, que acamparan junto al Mar Rojo, frente a Pihajirot entre rocas y montañas; de ahí que «y endureceré» equivale a decir: y así endureceré su corazón; pues Dios sabía que el Faraón, cuando oyera que Moisés y los hebreos no se habían ido simplemente a tres jornadas de camino para sacrificar, sino que habían huido abiertamente, y que ahora estaban encerrados por el mar y las rocas, inmediatamente volvería a su naturaleza y a su antiguo propósito de dominar a los hebreos, y por tanto con ánimo endurecido y obstinado los perseguiría, porque se persuadiría firmemente de que los alcanzaría y de que no podrían escapar de sus manos.
En segundo lugar, Dios presentó esta ocasión al Faraón tanto por medio de mensajeros como por sí mismo, poniendo ante su imaginación pensamientos —en sí mismos indiferentes— sobre la situación presente, acerca de la multitud de los hebreos, su huida y la facilidad de hacerlos volver, de los cuales sabía que el Faraón se endurecería para perseguir a los hebreos; y Dios lo permitió porque había determinado por este medio atraerlo al Mar Rojo y allí sumergirlo; pues ya estaba enteramente resuelto ante Dios que el Faraón debía ser castigado y condenado a muerte, y ya había sido pronunciada por Dios la sentencia de muerte contra él; y para ejecutar convenientemente esta sentencia, Dios se sirvió de la susodicha ocasión, por la cual lo atrajo al lugar del castigo; por tanto, en este pasaje, «endurecimiento» en Dios no significa otra cosa que el juicio y la venganza de Dios contra el Faraón, por la cual lo atrajo al suplicio del Mar Rojo.
Ved aquí en el Faraón cuán verdadera es la máxima número 42 de las Sentencias de San Agustín: «Nada es más infeliz que la felicidad de los pecadores, por la cual se alimenta una impunidad penal, y la mala voluntad, como un enemigo interior, se fortalece.»
Y seré glorificado en el Faraón — cuando lo sumerja, atraído al Mar Rojo, junto con todo su ejército; pues entonces mi glorioso poder, justicia y venganza serán manifiestos a todos.
Y los egipcios sabrán — tanto los presentes que estaban a punto de ser ahogados, como queda claro en el versículo 25, como los restantes que permanecieron en Egipto, quienes quedaron tan atónitos y golpeados por la matanza de los suyos y por el temor al Dios de los hebreos, que cada uno invocó a su propio dios a causa de las tareas que lo retuvieron aquel día de seguir al Faraón, y así de ser ahogado con él, como dice el Abad Apolonio en la Historia Lausíaca de Paladio, capítulo 52.
Versículo 5: Se mudó el corazón del Faraón respecto del pueblo.
Es decir, la voluntad y resolución del Faraón se mudó contra el pueblo de los hebreos, especialmente porque el despojo de los egipcios inflamó su ira; pues veían ahora que habían sido despojados de las cosas que solamente habían prestado a los hebreos.
Versículo 7: Y tomó seiscientos carros.
Pues en los tiempos antiguos combatían con carros falcados y desde los carros; pues los carros con sus hoces segaban hombres, animales y cosechas; y los soldados que combatían en los propios carros eran transportados y cargaban contra el enemigo: los carros más antiguos y primeros de los que tenemos noticia son estos del Faraón.
Tropológicamente, los carros del Faraón son los carros de los vicios, acerca de los cuales véase San Bernardo, sermón 39 sobre el Cantar de los Cantares, donde, comparando al Faraón con el diablo y a Egipto con el mundo: «Allí,» dice, «el pueblo fue sacado de Egipto; aquí el hombre es sacado del mundo. Allí el Faraón es derribado; aquí el diablo. Allí los carros del Faraón son volcados; aquí los deseos carnales y mundanos, que militan contra el alma, son derrocados. Aquéllos en las olas, éstos en el llanto. Aquéllos eran del mar, éstos son amargos. Creo que aún ahora los demonios gritan, si acaso encuentran tal alma: "Huyamos de Israel, pues el Señor pelea por él."» Luego describe a los príncipes y carros del Faraón, es decir, del diablo, de este modo: «Pues la malicia tiene su carro de cuatro ruedas: crueldad, impaciencia, audacia, desvergüenza. Porque este carro es muy veloz para derramar sangre; no lo detiene la inocencia, ni lo retarda la paciencia, ni lo frena el temor, ni lo reprime la vergüenza; y es tirado por dos caballos sumamente veloces, dispuestos para toda destrucción: el poder terrenal y la pompa mundana; presiden estos dos caballos dos cocheros: la soberbia y la envidia; y la soberbia ciertamente guía la pompa, mientras que la envidia guía el poder.» De igual modo, dice, las cuatro ruedas de la lujuria son: la ociosidad, la suavidad del vestido, la gula y el deseo; los dos caballos son la prosperidad de la vida y la abundancia de bienes; el cochero es el torpor de la pereza y la engañosa seguridad. Del mismo modo, las cuatro ruedas de la avaricia son: la pusilanimidad, la inhumanidad, el desprecio de Dios, el olvido de la muerte; los dos caballos son la tenacidad y la rapacidad, con su cochero, que es la pasión de poseer; «pues la avaricia sola, ya que no permite contratar a más, se contenta con un solo servidor»: hasta aquí San Bernardo. El mismo, en sus Sentencias, dice: «En la Escritura se encuentran tres carros. El primero es la exaltación del poder temporal, cuyo cochero es la hinchazón de la presunción y la audacia, teniendo como caballo la confianza en sí mismo. Sus ruedas son la precipitada inconstancia de la vanidad y la feliz sucesión de la prosperidad. Este es el carro del Faraón, en el cual muere. El segundo es la altura de la conducta y de la vida. Su cochero es la palabra de la admonición divina, teniendo como caballo el voto de la perseverancia. Sus ruedas son la espantosa terribilidad de los tormentos y la admirable delicia de los premios. Este es el carro en el que el Eunuco viaja con Felipe, Hechos 8. El tercer carro es la sublimidad de la contemplación y la gracia. Su cochero es el amor de la patria celestial, teniendo como caballo el deseo de la bienaventuranza y la vida. Sus ruedas son la reprobación de la gloria mundana y la reverencia a la majestad divina. Este es el carro de fuego en el que Elías es arrebatado al cielo.»
Capitanes. — En hebreo, schalischim, es decir, triunviros (grupos de tres). De ahí que también los Setenta traducen «tristatas»; de lo cual resulta que en aquel tiempo antiguo se acostumbraba a nombrar a tres, que eran comandantes en el ejército y en las cortes de los príncipes. De ahí que San Jerónimo, sobre Ezequiel capítulo 23: «Tristatas,» dice, «que también se llaman "tres que están juntos", es el nombre del segundo rango después de la dignidad real; de los cuales está escrito en 2 Reyes 23:19: "No llegó a los tres primeros" (pues David tenía tres soldados y comandantes muy valientes), que eran jefes de caballería e infantería por igual, y también de tributos, a los que nosotros llamamos magistrados de ambas ramas militares y prefectos del abastecimiento de grano.» Gregorio de Nisa, en el Cántico de Moisés, y el Escoliasta griego, dicen otra cosa: Los antiguos, dice, hacían carros grandes para contener a tres hombres, de los cuales uno era el cochero, y los otros dos eran soldados combatientes; estos se llaman tristatas, o llaman tristatas a los hombres fuertes, capaces de resistir a tres. Heavehio, sin embargo, dice: Tristata es un guardaespaldas real, porque lanzaba tres jabalinas. Otros dicen: Tristata es lo mismo que triario.
Tropológicamente, los tristatas, o grupos de tres que están juntos, son los demonios que están en todos los caminos de esta vida, para impulsar a los hombres al pecado ya sea en obras, o en palabras, o en pensamientos. Así Orígenes.
Versículo 10: Y temieron grandemente.
Porque no estaban acostumbrados a la batalla y las espadas, sino a las cargas y al yugo: aunque eran seiscientos mil hombres armados; pues así cien mil campesinos son fácilmente despachados por diez mil soldados adiestrados.
Y clamaron al Señor — prorrumpieron en gritos desesperados; de donde los incrédulos recriminaron tan duramente a Moisés: pues no esperaban sino la muerte o la esclavitud, como sigue. Por tanto, no parece verdad lo que dice Josefo, que los hebreos se prepararon para la batalla, para combatir con los egipcios. Pues él añade repetidamente a la historia tales cosas que redundan en honor de su nación.
Versículo 13: No temáis.
Moisés responde mansamente al pueblo obstinado e incrédulo, acordándose de la vocación de Dios y de la salvación del pueblo más que de las injurias.
Josefo dice que Moisés calmó y animó al pueblo tumultuoso con este discurso: Dios quiso que fueseis encerrados en este lugar estrecho, para que aquí mostrase su cuidado y su poder hacia vosotros: este lugar, por tanto, debe más bien excitaros a la esperanza; pues Dios está más presente en las dificultades, cuando queda el mínimo de esperanza. Él os llamó de Egipto, Él os dará el camino y la salida; Él mismo puede convertir estos montes en llanura, y este mar en tierra seca.
Maravillas. — En hebreo, yeshuah, es decir, salvación.
Versículo 14: El Señor peleará por vosotros, y vosotros callaréis.
Descansaréis, contemplando ociosa y plácidamente esta batalla y combate de Dios en vuestro favor.
Moralmente, ved aquí con cuánta firmeza debemos esperar en Dios en las estrecheces e invocarle, y con cuánta intrepidez debemos seguirle cuando Él nos llama, por caminos sin senderos ni veredas, y creer contra la esperanza en la esperanza con Abrahán, que Él mismo nos protegerá y nos conducirá a un feliz desenlace. Así el Salmista, Salmo 26:3: «Aunque un ejército acampe contra mí,» dice, «no temerá mi corazón; aunque se levante guerra contra mí, en esto confiaré.» Y Job, capítulo 13, versículo 15: «Aunque me matare, en Él esperaré.» Con razón dice San Agustín en los Soliloquios, capítulo 15: «En las dificultades y estrecheces, cree firmemente en Dios y encomiéndate a Él enteramente, cuanto puedas; así también Él mismo no cesará de elevarte hacia sí, y no permitirá que te suceda nada que no te aproveche, aunque tú no lo sepas.» Así el Salmista, Salmo 4:10: «En paz,» dice, «en la misma me acostaré y descansaré: porque Tú, Señor, me has establecido singularmente en la esperanza.» Porque la esperanza no confunde; pues Dios, que manda que se esperen de Él cosas grandes, es fiel, y mayor y más generoso que toda nuestra esperanza. De ahí que el Eclesiástico, capítulo 2, versículo 11, declara: «Sabed que nadie esperó en el Señor y fue confundido.» E Isaías, capítulo 40, versículo 31: «Los que esperan en el Señor renovarán sus fuerzas, tomarán alas como águilas, correrán y no se fatigarán, caminarán y no desfallecerán.» Y Habacuc, capítulo 3, versículo 18: «Mas yo me alegraré en el Señor y exultaré en Dios, mi Jesús.» Pues Dios, porque es magnífico, no quiere ser superado por nuestra esperanza, sino más bien excederla: de ahí que sobrepasa los méritos de los que suplican, y
Ahora bien, la piedra de afilar y el fundamento de esta esperanza es la buena conciencia: «Porque si nuestro corazón no nos reprende, tenemos confianza ante Dios, y cuanto pidamos recibiremos de Él,» dice San Juan, 1.ª Epístola, capítulo 3, versículo 21.
A su vez, observad cuidadosamente aquí y aprended que el remedio singular contra todas las tentaciones y tribulaciones es este: si uno en estas cosas no se hace pusilánime ni murmura, sino que generosamente se resigna a Dios y le da gracias. Oíd al Santo Abad en las Vidas de los Padres, tratado Sobre la Fortaleza: «Un cierto hermano,» dice, «estaba en su celda, y la tentación vino sobre él, y si alguien lo veía, ni lo saludaba ni lo recibía en su celda; y si necesitaba pan, nadie se lo prestaba; y si venía de la siega, nadie, como era la costumbre, lo invitaba a comer. Pero una vez vino de la siega en el calor, y no tenía pan en su celda; y en todas estas cosas daba gracias a Dios. Y Dios, viendo su paciencia, apartó de él la guerra de la tentación. Y he aquí que alguien llamó inmediatamente a la puerta, trayendo un camello cargado de pan; y cuando aquel hermano lo hubo visto, comenzó a llorar, diciendo: Señor, no soy digno ni de ser afligido un poco. Y cuando su tribulación hubo pasado, los hermanos lo acogían en sus celdas y le daban descanso.» Vosotros, pues, que sois despreciados, que sufrís odios, que sois burlados, que estáis angustiados, que sois atribulados: seguid y probad esta práctica, dad gracias a Dios: Dios cambiará los corazones, y hará que todas las personas os sean benévolas, y apartará la tentación. Conozco a quienes han experimentado esto mismo en la realidad, y no una sola vez. Con razón, pues, San Juan Crisóstomo, tomo 5, escribió una homilía con este tema: «Que la mayor ganancia en las tribulaciones es la acción de gracias.»
Finalmente, ved aquí en los hebreos cuán verdadero es aquel dicho de Isaías 30:15: «En la esperanza y el silencio estará vuestra fortaleza.» ¿Qué es el silencio? ¿Cuánto vale la taciturnidad? Oíd a Juan Clímaco, grado 11: «La taciturnidad es madre de la oración, revocación del cautiverio, custodia del fuego del amor divino, diligente inspección de los pensamientos, atalaya contra los enemigos, amiga de las lágrimas; productora de la memoria de la muerte, indicadora del juicio, esposa del sosiego, acrecentamiento de la ciencia, secreto progreso hacia Dios, oculto ascenso.» Diré más sobre el silencio en Isaías 30.
Versículo 15: Y dijo el Señor a Moisés: ¿Por qué clamas a mí?
La Escritura, al modo hebreo, pasa en silencio el acontecimiento precedente, a saber, que Moisés había orado ante Dios con una ferviente elevación de la mente hacia Él, y había dicho aquellas cosas que poco antes, en los versículos 13 y 14, había expresado a los hebreos; y por ello Dios, oyéndole, dice: «¿Por qué clamas a mí?», no reprendiendo su oración, sino consolándole con dulzura, enseñándole y estimulándole a esperar e intentar el milagro siguiente, a saber, el paso del mar Rojo. Pues entre los hebreos la forma interrogativa tiene con frecuencia esta fuerza, como aquella de Cristo a su madre: «¿Qué tengo yo contigo, mujer?», que no es reprensión, sino prueba de la esperanza que la agudiza. Así en Génesis 47, 49, los egipcios dicen a José: «¿Por qué hemos de morir ante tus ojos?» Y el Señor a Moisés, Éxodo capítulo 4, versículo 2: «¿Qué es lo que tienes en tu mano?»
Además, «un clamor», dice San Bernardo, sermón 16 sobre el Salmo 90, «en los oídos de Dios es un deseo vehemente»; por el contrario, una intención floja es una voz apagada. Así San Agustín, Cuestión 52, y San Jerónimo sobre el Salmo 5, y San Juan Crisóstomo, en su homilía Sobre la mujer cananea, donde bellamente enseña cómo en todo lugar, aun mientras tratamos con otros, debemos clamar a Dios con la mente. Verdaderamente dijo aquel: «Ante Dios, no vale un gran clamor, sino un gran amor.» Y Casiodoro sobre el Salmo 16: «Suya es la oración perfecta, cuya causa clama, y su lengua, y su acción, y su palabra, y su vida, y su pensamiento.» Y San Agustín en un sermón: «Cuando oras», dice, «clama no con la voz, sino con la mente. Pues Dios oye también a los que callan, y no se requiere un lugar, tanto como un sentimiento. Jeremías es fortalecido en la cárcel, Daniel exulta entre los leones, los tres jóvenes danzan en el horno, Job desnudo sobre el estercolero triunfa, el ladrón halla el paraíso desde la cruz: no hay lugar donde Dios no esté.»
Versículo 16: Para que los hijos de Israel caminen por medio del mar.
A través del mar mismo, profundo y vasto; «medio» aquí, por tanto, no significa precisamente la mitad; como dice aquel poeta: «En medio de las olas tendremos sed.»
Versículo 17: Y yo endureceré los corazones de los egipcios, para que os persigan.
Pues pondré ante sus ojos y mentes vuestras huellas (y a vosotros cruzando el mar a pie enjuto), las cuales ellos seguirán confiada y audazmente, sin saber que allí se les prepara una trampa. Además, Dios quitó aquí a los egipcios la aprensión y el temor de caminar por el lecho del mar Rojo; de ahí que entraron por él tan audazmente como por tierra firme, para perseguir a los hebreos. Así pues, Dios los cegó y endureció para atraerlos a esta celada, atraparlos y aplastarlos.
Versículo 19: Y el ángel de Dios, que iba delante del campamento de Israel, se retiró y fue detrás de ellos, y con él igualmente la columna de nube.
«El ángel», a saber, oculto en la columna de nube y mostrándose en ella: pues los hebreos no veían al ángel en su propia esencia, ni revestido de forma humana u otra alguna, sino solo moviéndose bajo la apariencia de una nube. Así Ruperto. De ahí que el hebreo dice: El ángel partió, y con él partió la columna de nube.
De aquí puedes concluir con Cayetano que estas cosas sucedieron de día: pues la columna de nube aparecía solo de día, así como la columna de fuego aparecía solo de noche.
Además, con este espectáculo —a saber, que el ángel con la columna, que había ido delante del campamento, se trasladó a la retaguardia del campamento y lo siguió, y así se interpuso entre el campamento de los hebreos y el de los egipcios— Dios significaba que tenía un cuidado solícito y una protección sobre su pueblo, y de tal modo cerraba las filas de los hebreos que los protegía a todos de los egipcios, del modo que sigue.
Nota: Aunque la columna seguía aquí al campamento desde la retaguardia, sin embargo, al mismo tiempo enviaba desde sí ciertos rayos a lo lejos, delante de la primera línea de marcha, para mostrar el camino por el que debían avanzar hacia el mar Rojo: pues los hebreos avanzaban continuamente, como Dios había mandado en el versículo 15.
De modo similar, un ángel condujo a los ejércitos de los cristianos que andaban extraviados en Tierra Santa. Pues en el año del Señor 1144, cuando el ejército de los cristianos, rodeado por emboscadas y llevado a los más extremos apuros, se retiraba del asedio de Bosra, metrópoli de Arabia, guiados por un mensajero celestial, todos regresaron sanos y salvos a sus tierras. Así pues, cuando habían caído en peligros inevitables, y todos erraban fuera de camino y no por él, y estaban encerrados por la estrechez del terreno, a punto de ser acuchillados por los enemigos que los atacaban, y no tenían un guía que fuese delante de las columnas y que tuviese conocimiento de los lugares por los que debían pasar: he aquí que, de repente, cierto soldado desconocido, montado en un caballo blanco, portando un estandarte de color rojo, vestido con una cota de malla de mangas cortas hasta los codos, iba delante del ejército. Este, como si fuese el ángel del Señor de los ejércitos, siguiendo los atajos de los caminos, les enseñaba a acampar junto a fuentes de agua antes desconocidas, en estaciones apropiadas y convenientes: y habiéndolos conducido hasta Jerusalén, cumplido este admirable ministerio, pronto desapareció de los ojos de todos. Así lo refieren Guillermo de Tiro, libro 16 de la Guerra Santa, capítulo 12, y a partir de él Baronio, en el año de Cristo 1144.
Versículo 20: Y la nube era tenebrosa; e iluminaba la noche, de modo que no pudieron acercarse unos a otros durante toda la noche.
Es decir, esta columna de nube, por el lado que miraba a los egipcios, se espesaba de tal manera y se extendía como una nube densa, que los egipcios no podían ni ver ni acercarse a los hebreos; sin embargo, seguían la columna de nube que iba delante de ellos: la misma columna, empero, por el lado que miraba a los hebreos, tenía la apariencia de fuego, iluminando su campamento, para que pudiesen ponerse en marcha y cruzar el mar Rojo; pues los hebreos avanzaban continuamente durante esta noche, como ya he dicho.
De ahí que el caldeo traduce: había una nube, y oscuridad para los egipcios. Pero para Israel había luz toda la noche. He aquí cómo con la misma columna Dios protege a los suyos y castiga a sus enemigos. Así tropológicamente, dice Ruperto, la misma virtud que ilumina a los piadosos, ciega a los impíos; así la cruz de Cristo es poder para los creyentes, pero escándalo para los judíos.
Versículo 21: Y habiendo Moisés extendido su mano sobre el mar, el Señor lo retiró con un viento fuerte y abrasador que sopló toda la noche, y lo convirtió en tierra seca.
Habiendo primero invocado a Dios, dice Josefo. Algunos piensan, como San Basilio en la Catena, que esta división del mar fue realizada por el viento abrasador, ya sea impulsando y empujando las aguas, ya sea secándolas y consumiéndolas; pero esto es poco creíble, pues el mismo viento no habría podido a la vez impulsar o secar las aguas y al mismo tiempo retenerlas para que no fluyesen al cauce vacío. En segundo lugar, aun concediendo que esto hubiese podido suceder, sin embargo, tan pronto como cesase el viento, las aguas elevadas del mar habrían refluido a su cauce anterior, y tan profundo; y el viento cesó mientras los hebreos cruzaban, pues de lo contrario les habría hecho el tránsito muy difícil.
Por tanto, cuando Moisés extendió su vara sobre el mar, inmediatamente no fue el viento sino el ángel quien dividió el mar, de modo que a ambos lados el agua se elevó como un muro y se mantuvo firme, dejando en medio un camino por el que los hebreos pudiesen cruzar; el viento, sin embargo, fue enviado por Dios solamente para esto: para secar completamente y solidificar el cauce ya dividido y vaciado de agua, eliminando cuanto quedase en él de humedad y lodo.
La división del mar, por tanto, a lo largo de tan gran anchura, fue hecha de repente por el ángel; pero el secado del fondo del mar por el viento fue hecho gradualmente, dice Cayetano. Así también Abulense y Pereyra.
Nota: Esta división del mar fue inmensa, tanto en anchura (pues el mar Rojo tiene una extensión de seis leguas de ancho, como enseña Adricómio) como en longitud; pues todo el campamento de los hebreos, que además de carros y bestias de carga, fácilmente contaba tres millones de personas, debía cruzar por ella en el espacio de una noche, e incluso de solo media noche: por tanto, la longitud de esta hendidura en el mar debía ser enorme, para que muchas filas de personas y animales pudiesen entrar y cruzar por ella simultáneamente: pues si hubiesen cruzado uno tras otro, habrían gastado en el tránsito muchos días, e incluso semanas.
San Hilario, imitando esta confianza de Moisés, realizó un milagro semejante en el mar. Pues cuando estaba rodeado por piratas, mientras todos temblaban, él sonrió y dijo: «¡Oh hombres de poca fe! ¿Por qué tembláis? ¿Acaso son más numerosos que el ejército de Faraón? Y sin embargo todos fueron sumergidos por voluntad de Dios.» Y extendiendo su mano contra los que se acercaban: «Basta con que hayáis llegado hasta aquí» — e inmediatamente los piratas, por mucho que remasen, fueron rechazados hacia la costa, dice San Jerónimo en su Vida.
Con un viento fuerte y abrasador. — En hebreo es: con un viento oriental fuerte. Ahora bien, el viento oriental es cálido y abrasador. Los Setenta y Filón piensan que fue el viento del sur, y en consecuencia que el mar fue devuelto por el viento contrario, a saber, el del norte, cuando sepultó a los egipcios; pues así como el mediodía se cuenta con el oriente, así también el austro se cuenta con el viento del este-sureste. Véase lo dicho en el capítulo 10, versículo 13.
Nota: Los hebreos se acercaron al mar al comienzo de la noche y de la primera vigilia: inmediatamente Moisés golpeó el mar, y el ángel al instante lo dividió, e inmediatamente trajo un viento fuerte y abrasador, que soplando continuamente desde el comienzo de la noche hasta la medianoche y más allá, secó el cauce: una vez seco el cauce y cesado el viento, los hebreos después de medianoche, en la tercera vigilia, entraron en el lecho del mar, y hacia la mitad de la cuarta vigilia, todos salieron a la otra orilla: los egipcios, sin embargo, hacia el final de la tercera vigilia, persiguiendo a los hebreos, entraron en el mar; pero al acercarse la mañana en la cuarta vigilia, cuando los hebreos ya habían cruzado el mar, y todos los egipcios estaban en medio del mar, es decir, en el cauce del mar, inmediatamente al golpear Moisés las aguas con su vara, estas volvieron a su lugar anterior, retornando al cauce, y cubrieron y aplastaron a Faraón y a todos los egipcios.
Josefo refiere que Moisés oró así: «Este mar es tuyo, oh Señor, este monte que nos encierra es tuyo: si quieres, puede abrirse por tu mandato, y el mar convertirse en tierra; podemos incluso escapar por los aires en lo alto, si te place salvarnos de ese modo.»
Toda la noche. — No porque este viento soplase toda la noche, sino porque sopló durante la mayor parte de ella, a saber, hasta la entrada de los hebreos en el mar, que tuvo lugar después de medianoche; pues antes del amanecer no solo habían entrado sino también cruzado el lecho del mar, habiendo ya cesado el viento. Pues después de que los hebreos cruzaron el mar, los egipcios que los perseguían fueron sumergidos en la vigilia matutina.
Y el agua fue dividida. — Los hebreos refieren, seguidos por Orígenes aquí en la homilía 5, y Genebrardo sobre el Salmo CXXXV, que el mar Rojo fue dividido en secciones o partes, de modo que las 12 tribus caminaban por él con paso igual: pues cada tribu caminaba en su propia sección. Y lo prueban a partir del Salmo CXXXV, versículo 13, donde se dice: «El que dividió el mar Rojo en divisiones»; por tanto eran más, a saber 12, pues ese era el número de las tribus.
Pero esta tradición es incierta, pues no hay mención de ella en la Escritura, que no habría callado una cosa tan memorable; más aún, Filón, Teodoreto, Abulense, Lirano y Eutimio sobre el Salmo CXXXV, y otros, enseñan que hubo solo una única división del mar. Y la Escritura lo indica suficientemente cuando dice que el agua fue dividida, donde el hebreo tiene iibbakeu hammaim, y los Setenta dieschisthe to hydor, «el agua fue hendida», así como hendimos la leña cuando la cortamos en dos partes. Luego en el versículo 22, dice que el agua era un muro a la derecha de los hebreos y a su izquierda, y que caminaron por el medio del cauce: por tanto hubo una división, no doce. También apoya esta opinión lo que se dice en el Salmo CV, versículo 9: «Los condujo por los abismos como por un desierto», es decir, por un camino muy ancho, como los que se encuentran en el desierto, por ejemplo en los brezales de Campania; por tanto hubo una sola división del mar, y esa muy ancha.
Al pasaje del Salmo CXXXV respondo: Una división se llama «divisiones», en parte porque una equivalía a muchas, dice Lirano; en parte porque «divisiones» se usa para las cosas o partes que son divididas; y estas eran ciertamente más de una, es decir, dos: pues los hebreos tienen el mismo número plural y dual, de donde llaman «muchas» a dos cosas. «Divisiones» aquí, por tanto, significa los dos lados del mar dividido, que se alzaban como dos muros a cada lado, proporcionando un paso por el medio a los hebreos. Moisés explica estas divisiones aquí cuando dice que Dios dividió el mar de tal modo que las aguas eran como un muro para los hebreos a la derecha y a la izquierda.
Versículo 22: Y los hijos de Israel entraron por medio del mar seco.
Yendo Moisés delante de ellos, dice Josefo. La tradición de los hebreos es que la tribu de Judá y su jefe Aminadab, mientras los demás vacilaban, fueron los primeros en entrar en el mar, y que por ello la tribu de Judá fue después la primera y guía de las otras, y mereció la realeza; y que a esto se alude en Cantares capítulo VI, versículo 11: «Mi alma se turbó a causa de los carros de Aminadab.» Y Oseas capítulo XI, último versículo: «Pero Judá descendió como testigo con Dios, y es fiel con los santos»; aunque San Jerónimo allí llama a esta tradición una fábula.
Nótese la palabra «seco»: pues el fondo del mar no estaba seco como está seca la arena, sino seco como está seco un campo por el que los viajeros caminan agradablemente con los pies enjutos. Pues esto es lo que dice el Sabio en el capítulo XIX, versículo 7: «En el mar Rojo un camino sin impedimento, y un campo que brotaba de lo más profundo»; aunque Jansenio lo explica allí figuradamente, como si dijera: Los hebreos cruzaron por el lecho del mar tan agradablemente como si hubiesen cruzado por un campo floreciente de follaje y flores; sin embargo, nuestro Juan Lorino allí, y Pineda sobre Job capítulo XXVI, versículo 5, más correctamente lo entienden en sentido literal. Pues Plinio refiere, libro XIII, capítulo XXV, que el lecho del mar Rojo es herboso, fértil en olivos y laureles. Nuestro Gaspar Sánchez añade, sobre Isaías capítulo LXIII, versículo 53, que Dios, así como secó y allanó milagrosamente el lecho del mar Rojo para los hebreos, así también por milagro hizo que ese mismo lecho brotase y floreciese de repente como un campo amenísimo, para consuelo y deleite de los hebreos. Pues el Sabio allí celebra no las obras de la naturaleza, sino las obras milagrosas de Dios.
Véase aquí la bondad y el poder de Dios para con los suyos: «Si obedeces su voluntad, si sigues su ley, Él obligará incluso a los elementos, aun contra su propia naturaleza, a servirte», dice Orígenes. Así hizo que el fuego sirviese a los tres jóvenes en el horno de Babilonia, de modo que les enviase una brisa suave y, por así decirlo, un viento refrigerante de rocío, mientras quemaba a los impíos caldeos. Así hizo que las aguas del diluvio sirviesen a Noé, llevándolo y conservándolo en el arca, mientras sumergía a los impíos. Así hizo que los leones sirviesen a Daniel en el foso; el sol a Josué para proseguir la victoria, Josué X, 13; el Jordán a los hebreos para cruzar a Canaán, Josué III, 46; los truenos a Samuel, 1 Reyes XII, 18; los cuervos a Elías, para traerle pan; los osos a Eliseo, para despedazar a los muchachos que se burlaban de él. Así a Cristo y a los Apóstoles les sirvió el fuego en Pentecostés; el aire y los vientos, cuando por su mandato enmudecieron; el mar, cuando caminó sobre él, y cuando por su mandato dio a Pedro pescador abundancia de peces; la tierra y las rocas, cuando se partieron en la Pasión; los Ángeles, cuando dieron la estrella indicadora del nacimiento de Cristo a los Magos, y cuando cantaron: Gloria a Dios en las alturas. Así los peces y las aves sirvieron a San Francisco, cuando aplaudieron y cantaron durante su predicación, y por su mandato de nuevo enmudecieron. Así los Sátiros y Faunos mostraron a San Antonio el camino hacia San Pablo, y los leones cavaron con sus garras la tumba en que sepultar a San Pablo. Así un monte sirvió a Gregorio Taumaturgo, moviéndose de su lugar para que pudiese edificar una iglesia; igualmente el río Lico, contrayéndose para no inundar los campos. Así los vientos sirvieron al piadoso emperador Teodosio, volviendo las armas de los enemigos contra ellos mismos, en la batalla contra el tirano Eugenio. Así las arañas sirvieron a San Félix de Nola, tejiendo sus telas sobre él de repente, para que no fuese hallado por sus perseguidores. Su fiesta se celebra el 14 de enero.
El falso Moisés de Creta fingió querer imitar este milagro de Moisés, en tiempo del emperador Teodosio, hacia el año del Señor 433. Oigamos a Sócrates, libro VII de su Historia, capítulo XXXVII: «Cierto impostor judío», dice, «fingió ser Moisés, y dijo que había sido enviado del cielo para conducir a los judíos que habitaban la isla de Creta a través del mar hasta tierra firme, a la tierra prometida: pues él era el mismo, decía, que en otro tiempo había preservado a Israel conduciéndolos a través del mar Rojo. Cuando llegó el día señalado por él, fue delante y todos lo siguieron. Los condujo, pues, a un promontorio que dominaba el mar: desde allí les mandó arrojarse al mar. Los primeros así lo hicieron; y algunos murieron por la caída, otros perecieron ahogados en el agua; y muchos más habrían perecido si pescadores y mercaderes cristianos no los hubiesen sacado, e impedido a otros que querían arrojarse. Cuando se buscó al falso Moisés, no pudo ser hallado: de donde surgió la opinión de que era un demonio. Después muchos judíos se convirtieron a Cristo.»
Orosio refiere, libro I, capítulo X, que los vestigios de esta entrada y travesía de los hebreos, y las huellas de los carros y las rodadas de las ruedas, permanecen y son siempre renovados divinamente, tanto en la orilla como en el mismo mar Rojo (donde añade que por este tiempo ocurrió también el incendio de Faetón). Diodoro en la Catena, que fue maestro de San Juan Crisóstomo, indica lo mismo, y añade que los gentiles atribuyeron este paso de los hebreos a pie enjuto por el mar no a un milagro, sino al flujo y reflujo del mar. Los habitantes de Menfis dijeron lo mismo, según Eusebio, libro IX de la Preparación, último capítulo; más aún, el propio Josefo duda si esta división del mar fue milagrosa o natural. «Pues bajo el mando de Alejandro Magno», dice, «también el mar de Panfilia cedió y abrió camino, puesto que Dios había decidido servirse de sus esfuerzos para la destrucción del imperio persa.»
Pero es clarísimo que esta división del mar fue un gran milagro: pues ningún flujo y reflujo del mar hiende el mar de modo que en medio de él haya un camino muy ancho para cruzar, como sucedió aquí; pues el reflujo del mar solo descubre de agua las orillas, o los lugares cercanos a las orillas. Además, ningún reflujo del mar hace que las aguas a ambos lados se eleven como un muro y permanezcan inmóviles hasta que el pueblo haya pasado, y luego se vuelquen sobre los enemigos que los persiguen.
Lo que Josefo dice del mar de Panfilia, que cedió ante Alejandro, es una fábula; pues, como enseña Estrabón, libro XIV, Alejandro no lo cruzó penetrándolo y atravesándolo, sino solo bordeando su orilla, y cruzó con sus hombres solo hasta el ombligo; con todo, tuvo buena fortuna en esta audacia suya, en que, cruzándolo en invierno, no fue arrollado por las olas que regresaban.
Nota: Similar a esta división del mar fue la división del Jordán, realizada bajo Josué, por la cual los hebreos penetraron en Canaán; sin embargo, difirió de la primera en varios aspectos. Primero, la división del mar fue hecha por medio de Moisés, extendiendo su vara sobre él, mientras que la división del Jordán fue hecha por la presencia del Arca del Señor. Segundo, en el mar dividido las aguas se alzaron como muros a ambos lados; pero en el Jordán la parte inferior fluyó hacia el mar Muerto, mientras que la parte superior se detuvo y se hinchó continuamente con las aguas que afluían; y cuando los hebreos hubieron cruzado, no bajó súbita sino gradualmente, y se fue escurriendo, para no inundar las riberas y los campos, y en este aspecto la división del Jordán fue más admirable que la del mar Rojo. Tercero, en el mar fueron sumergidos los egipcios; pero nadie fue ahogado en el Jordán. Cuarto, en el mar Dios envió un viento para secar el fondo lodoso; pero no hizo esto en el Jordán, porque su cauce es pequeño y arenoso.
De aquí resulta claro que la división del mar fue con mucho mayor y más admirable que la del Jordán. De ahí que los cananeos y otros gentiles, al oír hablar de ella, quedaron atónitos y desfallecieron, como es evidente en Josué II, 11, y Judit capítulo V, versículo 12.
Alegóricamente, el Apóstol dice en 1 Corintios X: «Nuestros padres fueron bautizados en Moisés en la nube y en el mar.» Fueron bautizados, a saber, en tipo y en figura, como dice allí el propio Apóstol; pues el paso de los hebreos por el mar Rojo significaba que los cristianos, mediante el bautismo y la sangre de Cristo contenida en el bautismo, pasan a una nueva vida de gracia; la nube significaba la santificación del Espíritu Santo, Moisés significaba a Cristo, la vara la cruz, Faraón al diablo y el pecado, el maná la Eucaristía. Así dicen Teodoreto, Orígenes y San Ambrosio, libro II Sobre los Sacramentos, capítulo VI; San Agustín, sermón 90; Próspero, parte I de las Predicciones, capítulo XXXVIII; Tertuliano, libro Sobre el Bautismo, capítulo IX; San Cipriano, epístola 76 a Magno, y otros.
Tropológicamente, Gregorio de Nisa enseña bellamente en la Vida de Moisés cómo debemos sumergir los vicios con sus armas. «Pues los jinetes de los egipcios», dice, «los soldados de a pie y los carros, son las pasiones del alma, por las cuales el hombre queda sometido a servidumbre. Pues ¿en qué se diferencia del ejército de los egipcios la ira desenfrenada, el placer sin freno, el dolor inmoderado, la fealdad de la avaricia? ¿No es la fuerza de la ira como una lanza temblorosa? ¿No atormentan al alma los placeres excesivos como caballos desbocados que tiran de un carro de aquí para allá? Había también oficiales en los carros, a saber, tres guerreros en cada uno, por los cuales creemos que se entiende la triple potencia del alma, a saber, la racional, la concupiscible y la irascible — estas tres potencias corrompidas.» Luego enseña que todo esto queda sumergido en el bautismo, y que cuando salimos de él, no debemos arrastrar nada de ello, sino dejar todo sumergido en el agua.
Versículo 24: Y ya había llegado la vigilia de la mañana, y he aquí que el Señor miró al campamento de los egipcios a través de la columna de fuego.
La palabra «miró» significa que la columna de nube, por así decirlo, se abrió, para que el Ángel oculto en ella se mostrase mediante una luz resplandeciente, y mirase al campamento de los egipcios, e inmediatamente lanzase sobre ellos truenos, rayos, piedras o proyectiles ígneos, con los cuales desencajó las ruedas y derribó a los jinetes de los carros, como aquí se dice. De ahí que los egipcios dijeron también: «¡Huyamos de Israel, pues el Señor pelea por ellos contra nosotros!» Así dicen Lirano y otros. Óigase también a Josefo: «Vinieron también», dice, «lluvias del cielo, y truenos ásperos con relámpagos brillando a la vez; también fueron lanzados rayos; y nada en absoluto faltó de aquellas cosas que un Dios airado suele enviar contra los hombres para su destrucción. Pues una noche excesivamente oscura y tenebrosa los envolvió, y así todo aquel ejército fue destruido, de modo que ni siquiera un mensajero del desastre regresó a su patria.» De ahí que aquí también, en el versículo 28, se dice: «Ni siquiera uno de ellos sobrevivió.» Véase aquí cuán verdadero es aquel dicho: «La fortuna es de vidrio; mientras brilla, se quiebra.»
Destruyó al ejército — una parte del ejército; es una sinécdoque: pues otra parte, aterrorizada por esta matanza celestial de los suyos, mientras se preparaba para huir, fue tragada por las aguas que retornaban.
Nótese aquí que este desastre del cielo, infligido por el Ángel, ocurrió antes de que el mar fuese devuelto por Moisés; pues después de la destrucción del Ángel, los egipcios aterrados huyeron, y mientras huían las aguas del mar que retornaban a su cauce les salieron al encuentro, ya revocadas por Moisés, y por estas aguas la parte restante del ejército, que había sobrevivido a la destrucción anterior, fue tragada y ahogada, como es evidente en el versículo 26 y siguientes.
Josefo escribe que en este desastre perecieron en total doscientos mil soldados de infantería con escudo egipcios, y cincuenta mil de caballería. El propio Faraón pereció también, pero el último de todos, si creemos a los hebreos y a Abulense, para que primero contemplase la matanza de todos los suyos antes de perecer él mismo con la misma suerte, y así fuese atormentado más larga y gravemente. Eusebio en su Crónica llama a este Faraón Cencres.
Versículo 25: Y trastornó las ruedas de los carros.
Los Setenta traducen, «impidió» o «ató las ruedas de los carros.» De donde parece que leyeron, en lugar de vaiasar, es decir, «quitó, arrojó, trastornó», la palabra vaiatser, es decir, «constriñó», de modo que no pudiesen avanzar. De ahí que también Vatablo traduce, «constriñó las ruedas de los carros, y los condujo con dificultad», como si dijera: Los egipcios conducían sus carros con gran dificultad, como suelen ser conducidos con gran dificultad los carros cuando las ruedas están constreñidas o arrancadas. Pero el hebreo tiene vaiasar, y así leen el caldeo, nuestra Vulgata y otros.
Y fueron llevados a lo profundo. — Pues los carros, previamente elevados por sus ruedas, ahora con las ruedas arrancadas, eran hundidos junto con las ruedas en lo profundo, es decir, en el cauce mismo del mar ya vaciado de agua y pronto a llenarse de nuevo. En hebreo dice, los condujo, a saber las ruedas, «hacia la pesadez», es decir, hacia lo profundo; es una metalepsis, porque las cosas pesadas tienden hacia lo bajo y lo profundo: de ahí que «pesadez» se llama la profundidad misma.
Moralmente, aprende aquí primero cuán verdadero es aquel dicho de la Sabiduría: «La vida de todo poder es breve», y sobre todo, «la vida de toda tiranía es breve.» He aquí a Faraón, advertido por Moisés, y despreciando aquellas advertencias: cuando más ferozmente oprime a los hebreos en ladrillo y argamasa, al cabo de un mes es despojado de vida y de reino. Julio César, usurpador del imperio, después de tres años fue acuchillado a muerte por los senadores en la curia. Ciro reinó solo tres años desde su monarquía, es decir, desde la toma de Babilonia, y fue muerto por Tomiris, reina de los escitas; su cabeza fue cortada y arrojada en un odre lleno de sangre, y ella, burlándose de él, dijo: «Sáciate, Ciro, de la sangre que tanto ansiaste.» Alejandro Magno reinó como monarca único solo seis años después de la muerte de Darío. Por eso Apeles lo pintó como un rayo, porque así como aparece de repente, así también desaparece rápidamente.
Segundo, cuán verdadero es aquel dicho del Poeta:
Al yerno de Ceres (a Plutón, al Orco), sin matanza y sin sangre pocos
descienden como reyes, y los tiranos mueren de muerte seca.
Pues la justa venganza de Dios vela sobre los tiranos, para que quienes despojaron a otros de vida y bienes sean ellos mismos violentamente despojados de lo mismo por otros. Así Faraón, así César, así Ciro, así Alejandro fueron arrebatados por muerte violenta. Así los tiranos Diocleciano y Maximiano juraron que destruirían por completo a los cristianos o depondrían el poder: por lo cual, como no podían destruir a los cristianos, el mismo día depusieron indignados el poder; y poco después Maximiano, queriendo reasumir el poder, fue empujado a la horca en Marsella por el emperador Constantino; Diocleciano fue consumido por la consunción y la podredumbre enviadas por Dios. Así el emperador Aureliano, perseguidor de los cristianos, al cabo de un año fue capturado por el rey de Persia y se convirtió en irrisión del mundo: pues el rey lo usaba como escabel al montar a caballo; lo mismo hizo Tamerlán, rey de los tártaros, con Bayaceto, tirano de los turcos. Así Juliano el Apóstata, después de dos años de reinado, fue abatido por un arma celestial. Así Valente el arriano, perseguidor de los ortodoxos, fue quemado en los pantanos por los godos en una cabaña a la que había huido vencido. Así Anastasio, emperador herético e impío, fue fulminado por Dios con un rayo y precipitado al infierno. Así Nerón, no pudiendo darse muerte a sí mismo por debilidad, fue muerto por su propio eunuco. Así Decio, Majencio, Domiciano, Otón, Galba, Vitelio y otros muchísimos tiranos perecieron de muerte rápida y violenta.
Tercero, aprende aquí la vanidad de los reinos y la pompa del mundo. ¿Qué es la vida humana? Es una comedia, en la que uno hace el papel de rey, otro de soldado, otro de campesino, otro de consejero, otro de ciudadano. En la muerte se acaba esta comedia; entonces cada uno depone su papel, que representó, sus vestiduras, sus títulos. Marco Antonio, según refiere Séneca, libro VI De los Beneficios, capítulo III, cuando vio que su fortuna pasaba a otro, a César, y que no le quedaba sino el derecho a morir, dijo: «Tengo cuanto he dado.» El propio Augusto César, que reinó 52 años con tanta felicidad y gloria, al morir convocó a sus amigos y les preguntó: «¿He representado bastante bien mi papel?» — refiriéndose a su gobierno, como en una comedia; y cuando ellos asintieron: «Adiós, pues», dijo, «y aplaudid»; y corriendo las cortinas, el infeliz exhaló el alma, rumbo al infierno.
¿Dónde están ahora los carros, los jinetes y las águilas de Augusto? ¿Dónde sus pompas? ¿Dónde sus triunfos? ¿Dónde sus placeres? ¿Dónde sus concupiscencias? ¡Oh, cuánto preferiría ahora Augusto no haber sido nunca Augusto: cuánto preferiría haber sido un pobre campesino cristiano! «Quedan en el mundo», dice San Ambrosio sobre Lucas XII, «todas las cosas que son del mundo: solo la virtud es compañera de los difuntos.» Pregunta al impío en la muerte: Los reinos y las riquezas que adquiriste, ¿de quién serán? Responderá: ¡Ay!, ya no serán míos, sino de otros. Pregunta al justo: Lo que adquiriste, ¿de quién será? Responderá: Será mío para siempre. «Pues sus obras los siguen»; transferí los bienes perecederos mediante la virtud, mediante los pobres, al cielo; hice de lo temporal algo eterno. Oye finalmente el epitafio de Faraón.
¿Dónde están ahora, Faraón, tus cetros, tus carros, tus campamentos? ¿Dónde tu soberbia, gran dragón, tú que habitabas en medio de tus ríos y devorabas otras naciones? ¿Dónde tu voz: «No conozco al Señor; el río es mío, y yo me hice a mí mismo»? ¡Cómo has caído del cielo, oh Lucifer, tú que te alzabas por la mañana! Despojaste a los hebreos, ahora ellos te despojan a ti: ahogaste a sus niños, ahora tú mismo eres ahogado en el mar Rojo, ahogado en tu propia sangre: los devoraste, ahora los peces te devoran a ti, y te has convertido en alimento de cuervos y de los pueblos de Etiopía. Pero estas cosas son temporales e insignificantes: oye las eternas, dignas de llorarse para siempre: «Tu soberbia ha sido arrastrada al infierno: debajo de ti se tiende la polilla, y los gusanos son tu cobertura»; descendiste a las profundidades del abismo con los condenados, donde su gusano no muere, y el fuego no se extingue. Los gigantes, los reyes y los tiranos te salieron al encuentro, diciendo y congratulándose: «Tú también has sido herido como nosotros, te has hecho semejante a nosotros. ¿Es este el hombre que conturbaba la tierra,» que sacudía las naciones? He aquí que ahora está solo, desnudo y miserable, como nosotros. Los demonios te gritaron: Ven, Faraón, habita con nosotros en fuego devorador, en llamas sempiternas, donde el humo de los tormentos asciende por los siglos de los siglos.
Oíd esto, reyes; oídlo, príncipes:
Aprended justicia, advertidos, y no despreciéis a los dioses.
Versículo 27: Volvió al primer amanecer a su lugar anterior.
En hebreo es, «volvió a su fortaleza», o «a su vigor», es decir, como traduce el caldeo, «volvió a su vigor natural», es decir, a su estado y lugar natural, en el cual el mar, por así decirlo, vive y prospera.
Nota: Dios, es decir, el Ángel actuando en lugar de Dios, o más bien varios Ángeles (pues uno solo no podría haberse extendido a lo largo de seis millas, la anchura del mar Rojo, y suspender allí todas las aguas), que hasta entonces habían suspendido y retenido las aguas del mar hasta que los hebreos cruzaran, ahora que estos habían cruzado y los egipcios habían entrado, las soltaron de nuevo, para que se precipitasen con fuerza violenta de vuelta a su cauce anterior — pero en una secuencia ordenada: pues primero fueron soltadas por ellos las aguas que estaban más cerca de la orilla, y esas confluyeron primero, luego las siguientes gradualmente más lejos; de ahí que a los egipcios que huían y corrían de vuelta a su orilla, les salieron al encuentro desde lejos las aguas que se cerraban en este orden: para que su castigo y ahogamiento fuese tanto más terrible, cuanto más espantoso se hacía por el más largo pavor y expectación, pues podían ver desde lejos, con mirada prolongada, las aguas vengadoras que gradualmente se cerraban y se acercaban, en las cuales habían de ser ahogados; pues a menudo «el temor de la guerra es peor que la guerra misma.»
Versículo 29: Pero los hijos de Israel caminaron por medio del mar seco.
Esta es una recapitulación; pues los hebreos ya habían cruzado este mar antes de que los egipcios fuesen ahogados. Pues Moisés, de pie en la otra orilla y extendiendo sus manos sobre y contra el mar, como si con esta señal revocase las aguas, ya las había hecho volver, mientras los hebreos estaban ya en la orilla segura y los egipcios eran ahogados en el mar. Moisés, por tanto, recapitula aquí lo dicho antes, para inculcar en los hebreos la memoria de tan gran liberación y de tan feliz y milagroso paso a través del mar, para que lo recordasen perpetuamente y diesen gracias a Dios.
Preguntarás si los hebreos cruzaron el mar transversalmente, de modo que alcanzaron el lado opuesto, es decir, la orilla opuesta.
Los rabinos, Abulense y Burgense lo niegan, y piensan que los hebreos en esta travesía hicieron un semicírculo, a saber, que rodearon el monte o los acantilados del desierto de Etam, que impedían el camino directo a Canaán por tierra y se adentraban en el mar Rojo; de modo que por el mar circunvalaron estos acantilados y regresaron por una ruta curva a la misma orilla que miraba a Egipto, por la que habían entrado al mar — aunque no al mismo punto de la orilla. Lo prueban primero porque un mar tan vasto (que Adricómio afirma tener, donde es más ancho, una extensión de seis leguas de anchura), los hebreos no podían haberlo cruzado en tan poco tiempo, a saber tres o cuatro horas, penetrando de una orilla a la opuesta, especialmente pues entre ellos había niños, ancianos, ovejas y otros muchos impedimentos. Segundo, porque los hebreos después de la travesía vieron los cadáveres de los egipcios flotando: pero los egipcios no habían entrado tan adentro en el mar como para ser arrojados a la orilla opuesta. Tercero, en Números XXXIII, 7, los hebreos después de cruzar el mar se dice que llegaron al desierto de Etam: pero Etam no estaba al otro lado, sino a este lado del mar; pues allí fue la tercera estación de los hebreos, como ya hemos visto en el capítulo XIII, versículo 20.
Pero la opinión contraria es la común, a saber, que los hebreos cruzaron toda la anchura del mar, pasando de una orilla a la opuesta; pues Josefo, Filón y Gregorio de Nisa lo refieren expresamente. La Escritura también indica lo mismo cuando narra que las aguas del mar fueron hendidas y los hebreos cruzaron por medio del mar; pues según la opinión de los rabinos, esto no habría sido tanto una travesía como un rodeo o giro del mar. Además, esto resulta claro de la geografía: pues para llegar a Sinaí desde Egipto y el mar Rojo, el mar Rojo debe ser cruzado; pues está situado entre Sinaí y Egipto. Aunque hay un camino directo por tierra desde Ramsés a Sinaí, y más aún a Canaán, que deja el mar Rojo a un lado, sin embargo este camino está tan obstruido por acantilados por todas partes a lo largo de una gran distancia, y es tan escarpado, que el campamento hebreo no habría podido pasar por él, sino que bajo la guía de Dios desviaron su ruta a través del mar Rojo, que necesariamente debía ser cruzado, como puede verse en los mapas de Adricómio, página 116. Yerran, pues, quienes opinan de otro modo.
A la primera objeción respondo que los hebreos pudieron emplear cinco horas en esta travesía; pues inmediatamente después de medianoche comenzaron a entrar en el mar, y al amanecer alcanzaron la orilla opuesta. Además, pudieron cruzar el mar por aquella parte y lugar donde es más estrecho y menos ancho. Añádase que el Ángel los fortaleció y los urgió a apresurarse. De ahí que se dice, Salmo CIV, 37: «No había entre sus tribus un solo enfermo.» Y en verdad, para decir la verdad, tan rápida travesía de tantos millones de personas y animales en tan breve tiempo no pudo haber ocurrido naturalmente, sin un milagro. Pues donde vemos tantos otros milagros tan manifiestos e ilustres, no debemos asombrarnos si también en la rapidez de la travesía hubo un milagro.
A la segunda respondo que los cadáveres de los egipcios fueron empujados y arrojados a la orilla opuesta porque el mar desde el otro lado les salió al encuentro mientras huían y retrocedían, y así los impulsó hacia el lado opuesto. Filón y Josefo añaden que esto fue logrado por la fuerza de los vientos. No cabe duda de que el Ángel, ya por sí mismo, ya por el viento, ya por el mar, empujó a los egipcios hacia la orilla opuesta donde estaban los hebreos, y esto para mayor exultación y consuelo de los hebreos, y para que pudiesen despojar los botines de sus enemigos y enriquecerse.
A la tercera objeción Cayetano responde que el desierto de Etam era vastísimo. Pues en el mismo capítulo XXXIII de Números se dice que los hebreos viajaron por él durante tres días; Etam, por tanto, se extendía tanto a este lado como al otro lado del mar.
Lirano responde de otro modo, a saber, que este desierto era diferente del de Números XXXIII, pero ambos se llamaban Etam. Pues muchas ciudades y aldeas tienen los mismos nombres.
Finalmente, los hebreos refieren que en esta salida de los hebreos de Egipto y travesía del mar Rojo, los montes vecinos, en parte como admirando tan gran prodigio, en parte congratulando al pueblo de Dios, saltaron y, por así decirlo, danzaron; y que esto es lo que quiere decir el Salmista, Salmo CXIII, 4, cuando canta: «El mar vio y huyó: el Jordán retrocedió. Los montes saltaron como carneros, y los collados como corderos. ¿Qué te pasa, oh mar, que huiste? ¡Oh montes, saltasteis como carneros!» Pues así como la huida del mar, así también el salto de los montes, es decir, el brinco y el salto, parece deberse entender en sentido literal, no metafórico. Así los hebreos, seguidos por Cayetano y Genebrardo sobre el Salmo CXIII, 5 y 6, y nuestro Sánchez sobre Isaías capítulo LXIV, versículo 1.
Otros, sin embargo, con Jansenio, explican aquel pasaje del Salmo CXIII como referente al terremoto que ocurrió en Sinaí cuando allí fue dada la ley, Éxodo XIX, 18. Pues el Salmista acostumbra unir diversos milagros realizados en diversos lugares y tiempos, como tocándolos brevemente. La fe en este milagro, por tanto, quede en manos de los hebreos.