Cornelius a Lapide

Éxodo XIX


Índice


Sinopsis del capítulo

Los hebreos llegan al Sinaí; Moisés sube al monte; Dios ordena al pueblo santificarse y prepararse para recibir con reverencia la ley de Dios; y por ello, en el versículo 16, Dios llena el monte de fuego, humo, truenos, relámpagos, terremoto y estruendo de trompeta, a fin de infundir en los hebreos temor y reverencia hacia Él.


Texto de la Vulgata: Éxodo 19:1-25

1. En el tercer mes de la salida de Israel de la tierra de Egipto, en este día llegaron al desierto del Sinaí. 2. Pues habiendo partido de Refidim y llegado hasta el desierto del Sinaí, acamparon en el mismo lugar, y allí Israel plantó sus tiendas frente al monte. 3. Moisés subió hacia Dios, y el Señor lo llamó desde el monte y dijo: Esto dirás a la casa de Jacob y anunciarás a los hijos de Israel: 4. Vosotros mismos habéis visto lo que hice a los egipcios, cómo os llevé sobre alas de águilas y os tomé para Mí. 5. Si, pues, oyereis Mi voz y guardareis Mi alianza, seréis Mi posesión especial entre todos los pueblos; porque Mía es toda la tierra. 6. Y seréis para Mí un reino sacerdotal y una nación santa: estas son las palabras que dirás a los hijos de Israel. 7. Vino Moisés, y habiendo convocado a los ancianos del pueblo, les expuso todas las palabras que el Señor había mandado. 8. Y todo el pueblo respondió a una: Todo lo que el Señor ha dicho, lo haremos. Y cuando Moisés hubo comunicado las palabras del pueblo al Señor, 9. le dijo el Señor: Ya ahora vendré a ti en la oscuridad de una nube, para que el pueblo me oiga hablar contigo y te crea para siempre. Así pues, Moisés comunicó las palabras del pueblo al Señor. 10. Y Él le dijo: Ve al pueblo y santifícalos hoy y mañana, y que laven sus vestiduras. 11. Y estén preparados para el tercer día; porque al tercer día descenderá el Señor ante todo el pueblo sobre el monte Sinaí. 12. Y fijarás límites al pueblo en derredor, y les dirás: Guardaos de subir al monte ni de tocar sus confines; todo el que toque el monte morirá irremisiblemente. 13. Ninguna mano lo tocará, sino que será apedreado o traspasado con dardos; ya sea bestia u hombre, no vivirá. Cuando comience a sonar la trompeta, entonces suban al monte. 14. Descendió Moisés del monte al pueblo y los santificó. Y cuando hubieron lavado sus vestiduras, 15. les dijo: Estad preparados para el tercer día, y no os acerquéis a vuestras mujeres. 16. Y ya había llegado el tercer día, y la mañana había amanecido; y he aquí que comenzaron a oírse truenos, a brillar relámpagos y una nube densísima a cubrir el monte, y el estruendo de la trompeta sonaba cada vez con mayor fuerza; y el pueblo que estaba en el campamento se llenó de temor. 17. Y cuando Moisés los sacó al encuentro de Dios desde el lugar del campamento, se detuvieron al pie del monte. 18. Y todo el monte Sinaí humeaba, porque el Señor había descendido sobre él en fuego, y el humo se elevaba de él como de un horno; y todo el monte era terrible. 19. Y el sonido de la trompeta iba creciendo poco a poco y se prolongaba más y más; Moisés hablaba, y Dios le respondía. 20. Y el Señor descendió sobre el monte Sinaí, en la misma cima del monte, y llamó a Moisés a lo alto. Y cuando hubo subido, 21. le dijo: Desciende y advierte al pueblo, no sea que quieran traspasar los límites para ver al Señor y perezca de ellos una gran multitud. 22. También los sacerdotes que se acercan al Señor santifíquense, no sea que los hiera. 23. Y Moisés dijo al Señor: El pueblo común no puede subir al monte Sinaí; pues Tú has dado testimonio y has mandado, diciendo: Pon límites alrededor del monte y santifícalo. 24. Y el Señor le dijo: Ve, desciende, y subirás tú, y Aarón contigo; pero los sacerdotes y el pueblo no traspasen los límites ni suban hacia el Señor, no sea que los mate. 25. Y Moisés descendió al pueblo y les refirió todas las cosas.


Versículo 1: En el tercer mes vinieron al desierto del Sinaí

«En este día», es decir, en el mismo día, o en el día del mismo número que el tercer mes, a saber, el tercer día del tercer mes; pues Francisco Ribera, en el libro V Sobre el Templo, capítulo 7, demuestra con varios ejemplos que la palabra se usa aquí por «el mismo», y que así debe entenderse en este pasaje quedará claro por el versículo 11. Por consiguiente, no son exactos ciertos Padres que pensaron que los hebreos llegaron al Sinaí el primer día del tercer mes, como Belarmino demuestra doctamente en el libro III Sobre la Veneración de los Santos, capítulo 13.

Nótese: Los hebreos llegaron al Sinaí el tercer día del tercer mes, en el primer año de su salida de Egipto; pero partieron del Sinaí en el segundo año, en el segundo mes, el día vigésimo, como se indica en Números 10:11. Permanecieron, pues, en el Sinaí un año completo, menos trece días. Todo lo que, por tanto, se describe desde este capítulo en adelante, a lo largo de todo el Éxodo y de todo el Levítico, y en Números hasta el capítulo 10, versículo 11, tuvo lugar en el Sinaí.

De ahí que San Jerónimo diga: «En el Sinaí fue la duodécima parada, donde se describen la segunda mitad del Éxodo, y todo el Levítico, y los preceptos de Números, y la distribución del pueblo por tribus individuales, y la ofrenda de los príncipes.»


Versículo 3: Moisés subió hacia Dios

Al monte Sinaí, en el cual sabía que Dios se le había aparecido anteriormente en Éxodo 3, y le había ordenado que, después de la salida de Egipto, le ofreciera sacrificio en el mismo monte. Para consultar a Dios sobre este asunto, Moisés ascendió ahora al mismo monte.


Versículo 4: Os llevé sobre alas de águilas

Pues así como las águilas no llevan a sus crías con las garras y las patas, sino que las colocan sobre sus alas y las transportan tan alto que nadie puede siquiera alcanzarlas con un arma, así también Dios había levantado a los hebreos sobre las alas de Su providencia, cuando los hizo completamente seguros de todos los enemigos y los nutrió con paternal solicitud. «Pues todas las demás aves», dice Rabí Salomón, «colocan a sus crías entre las patas, porque temen a las aves que vuelan por encima de ellas. Mas el águila no teme nada para sí misma sino del hombre, no sea que la alcance con una jabalina. Pues como ningún ave vuela más alto que el águila, por eso coloca a sus crías sobre las alas, pensando: Es mejor que la jabalina me traspase a mí que a mis crías. Así también Yo he hecho, dice Dios, conforme a aquel pasaje del capítulo 14, versículo 10: Y levantándose el ángel, etc., se colocó entre el campamento de los egipcios y el campamento de Israel; y cuando los egipcios lanzaban jabalinas y piedras, la propia nube, en la que estaba oculto el ángel, las recibió.» Hasta aquí aquel autor. El águila, pues, se interpone como escudo por sus crías: y lo mismo hace Dios por los fieles y los justos.

Asimismo, del mismo modo que las águilas elevan a sus crías a través de empinadas alturas y las acostumbran a contemplar el sol, así también Dios había conducido a los hebreos a través de los mayores obstáculos hasta un conocimiento y culto de Dios tan claro e íntimo.

Históricamente, nótese que la providencia y beneficencia de Dios se comparan rectamente con el águila; pues el águila posee un amor singular tanto por sus crías como por el hombre, especialmente si la persona es virgen o bienhechor. Plinio refiere, en el libro X, capítulo 3, que un águila fue criada por una doncella en Sesto, y cuando fue puesta en libertad, le devolvió el favor con doble beneficio: primero trayéndole aves, y luego también piezas de caza. Y lo que es más, cuando vio que la doncella había muerto y que se había erigido la pira para quemarla, se arrojó sobre la pira encendida y se consumió junto con ella; pues prefirió morir de la misma muerte antes que sobrevivir a su nodriza.

Los macedonios cuentan que Ptolomeo Soter, hijo de Arsínoe, fue expuesto como infante y alimentado por un águila. Esta águila, cerniéndose sobre el niño con las alas extendidas, apartaba de él tanto el calor del sol como la lluvia, ahuyentaba a las aves que acudían en bandada, y alimentaba al niño con la sangre de codornices como si fuera leche. Suidas es la fuente de esto en su entrada sobre Lago.

Pausanias, en el libro IV, escribe que Aristómenes fue prodigiosamente liberado por un águila de un pozo profundo, y describe el modo extensamente.

Plutarco, en sus Paralelos, dice: «Cuando una peste asolaba Esparta, los oráculos advirtieron que la fuerza del mal cesaría si sacrificaban cada año a alguna doncella noble. Sucedió que la suerte recayó sobre Helena; y cuando era conducida al sacrificio, un águila descendió en picado, arrebató la espada del sacrificador, la llevó hasta los rebaños y la dejó caer sobre una becerra. Por el portento de este prodigio, el sacrificio de doncellas, que los espartanos habían observado largo tiempo conforme al oráculo, fue abolido.»

De manera exactamente igual, entre los Valerios, una doncella llamada Valeria Luperca, que había sido designada por sorteo para el sacrificio, fue salvada por la benevolencia de un águila.

Ateneo escribe, citando a Filarco, que un polluelo de águila criado por un muchacho llegó a amarlo como a un hermano, y permaneció tristemente a su lado cuando estaba enfermo; cuando el muchacho no comía, el águila igualmente rehusaba el alimento; cuando el muchacho murió, siguió la procesión fúnebre; y cuando lo estaban cremando, el polluelo se arrojó sobre la pira.

Eliano escribe, en el libro XVII, capítulo 37, que un campesino que iba a sacar agua se encontró con un águila luchando con una serpiente; mató a la serpiente con su hoz, haciendo triunfar al águila. Luego sacó agua, pero como esta había sido envenenada por la serpiente, sus compañeros que bebieron de ella murieron poco después. Cuando él mismo estaba a punto de beber, el águila voló hacia él, volcó la copa y derramó el agua, librándolo así del veneno y de la muerte.

El mismo autor, en el libro XII, capítulo 21, relata que Tilgamo, rey de Babilonia, cuando era niño, fue arrojado desde una altura por orden de su abuelo, pero fue rescatado por un águila que voló por debajo de él, recibió al niño sobre su lomo y lo depositó suavemente en un jardín. «Si esto parece fábula a alguien», dice, «confieso que tampoco yo lo aprobaría. Sin embargo, he oído que Aquémenes el persa, del cual descendió la noble estirpe de los persas, fue también criado por un águila.»

Estos son ejemplos profanos; escúchense ahora los sagrados. Pues Dios ha socorrido a menudo maravillosamente a Sus santos por medio de águilas.

San Medardo, cuando siendo niño estaba expuesto a la lluvia en un campo, fue protegido por un águila que extendió sus alas y su cuerpo sobre él, según refiere su Vida.

El cuerpo de San Benito, asesinado por unos ladrones y arrojado al agua, fue descubierto por un águila.

El cuerpo de San Estanislao, obispo de Cracovia, asesinado por el rey Boleslao, fue defendido por cuatro águilas contra los perros y las fieras durante dos días enteros, hasta que los sacerdotes reunieron los miembros dispersos, los cuales se dice que se unieron repentinamente.

El Venerable Beda refiere de San Cutberto, obispo de Lindisfarne, que un águila capturó milagrosamente un pez del río y se lo llevó a San Cutberto para que no pereciera de hambre.

Tropológicamente, los santos, especialmente los ilustres, habitan en los cielos como águilas, y allí Dios los toma para Sí en los lugares celestiales, como Sus íntimos compañeros y cortesanos. De ahí que San Gregorio, en el libro XXXI de los Morales, capítulo 34, explicando el pasaje de Job 39: «¿Acaso se eleva el águila por mandato tuyo y pone su nido en las alturas?», compare a San Pablo y a los santos con el águila. «Contemplemos», dice, «al águila construyendo su nido en las alturas —aquel que dice: Nuestra ciudadanía está en los cielos. Y de nuevo: Quien nos resucitó juntamente y nos hizo sentar juntos en los lugares celestiales. Tiene su nido en las alturas, porque ciertamente fija su designio en las cosas de arriba; no quiere abatir su mente a las cosas ínfimas; no quiere habitar en lo más bajo mediante el rebajamiento de la conversación humana. En aquel tiempo quizá Pablo estaba preso en la cárcel cuando testificaba que estaba sentado juntamente con Cristo en los lugares celestiales; pero estaba donde ya había fijado su mente ardiente, no donde la carne perezosa aún lo retenía por necesidad.» Luego, en lo que sigue, muestra que esta elevación de una mente puesta en el cielo es signo de la predestinación divina y de la elección para la gloria. Pues esto es lo que dice Isaías, capítulo 58, versículo 14: «Entonces te deleitarás en el Señor, y te levantaré sobre las alturas de la tierra, y te alimentaré con la herencia de Jacob.»

Con razón, pues, San Agustín, en el Sermón 2 Sobre Todos los Santos, estimula así a los fieles: «Luchemos voluntaria y prontamente por esta palma en el cielo; corramos todos en la contienda de la justicia, con Dios y Cristo como espectadores. Y nosotros, que hemos comenzado a ser mayores que el mundo y el siglo, no seamos retardados en nuestra carrera por ningún deseo mundano. Si el último día nos encuentra desembarazados, veloces en esta contienda de labor, y corriendo, jamás faltará el Señor como remunerador para coronar nuestros méritos con el premio.»

Por esta razón, los paganos en el funeral de un emperador soltaban un águila desde la pira, la cual debía llevar el alma del difunto al cielo. Óigase a Esparciano sobre el funeral y la apoteosis del emperador Adriano: «Desde la cúspide, junto con el fuego encendido abajo, se suelta un águila para que ascienda al cielo, de la cual se cree que lleva al cielo el alma misma del príncipe.» Dión testimonia lo mismo respecto de Augusto en su funeral, en el libro LVI. También lo atestiguan las monedas, que llevan en una cara la imagen del emperador divinizado, y en la otra un águila, con las palabras: «Consecratio S.C.» [Consagración, por decreto del Senado]. Es más, se imaginaba y representaba a los príncipes después de muertos sentados sobre un águila y transportados por ella. Óigase a Artemidoro en su Interpretación de los Sueños, libro II, capítulo 20: «Ser transportado por un águila presagia la muerte para los reyes y los hombres ricos. Pues es costumbre antigua representar y pintar a estos difuntos sentados sobre un águila.»

Así, cuatro águilas trajeron señales de muerte al emperador Severo, por las cuales, en una visión nocturna, le pareció ser arrebatado al cielo. En una moneda cuya inscripción dice «El divino Pertinax, Padre Piadoso», un águila reposa sobre un globo, como para significar que fue elevado por encima de los cielos. Finalmente, un epigrama en el sepulcro de Platón representa un águila, como si el alma de Platón hubiese volado al cielo en forma de águila; pues dice así:

¿Por qué, águila, revoloteas ante esta tumba? Di, ¿acaso has discernido desde las estrellas que algún dios habita aquí?
No, soy el alma divina del difunto Platón, que habita el Olimpo; pero el Ática posee su cuerpo nacido de la tierra.


Versículo 5: Seréis Mi posesión especial

Como si dijera: Aunque sois un pequeño rebaño, una pequeña nación, seréis sin embargo todo Mi rebaño, es decir, toda Mi hacienda, toda Mi riqueza. Pues antiguamente toda la hacienda de los antiguos consistía en ganado, y de ahí derivó la palabra «peculium» [posesión especial]. «Peculium», por tanto, significa una herencia peculiar y propia. Pues esto es lo que dice Deuteronomio 32:9: «La porción del Señor es Su pueblo; Jacob es el lote de Su herencia», es decir, Su porción hereditaria; pues en la antigüedad las herencias entre los herederos solían dividirse y medirse con cuerdas.

Pues «peculium» [posesión especial] en hebreo es «segullah», es decir, una porción escogida y amada, como un tesoro, como si dijera: Aunque todo el mundo es Mío, y todos los pueblos, vosotros sin embargo seréis para Mí queridos y preciosos como una joya o un tesoro. De ahí que los Setenta, y tras ellos San Pedro y San Pablo, lo traduzcan: seréis para Mí un laos periousios, es decir, un pueblo peculiar, selecto y eminente. De ahí también que Símmaco traduzca: seréis para Mí un laos exairetos, es decir, un pueblo escogido, egregio, excelso. Lyra lo traduce: seréis amables para Mí, es decir, seréis tan queridos para Mí como amigos, como si fueseis Mi misma amabilidad. Véase lo dicho sobre Tito 2.

PORQUE MÍA ES TODA LA TIERRA. Puesto que toda la tierra es Mía por derecho de creación y conservación, puedo y quiero escogeros de ella como Mi posesión especial, de modo que toda la tierra sea Mi herencia, pero vosotros seáis Mi peculium, Mi segullah.


Versículo 6: Seréis para Mí un reino sacerdotal

En hebreo: un reino de sacerdotes, es decir, sacerdotal; pues los hebreos usan el genitivo de un sustantivo en lugar de un adjetivo, como si dijera: Seréis Mi reino, no laico y profano, sino sagrado y consagrado a Mi culto y a Mis sacrificios. Los Setenta invierten las palabras: Seréis para Mí un sacerdocio real; a quienes sigue San Pedro, en la Epístola I, capítulo 2, versículo 2. Pero el sentido es el mismo: pues ambas dignidades, que son las más altas en el Estado —a saber, la de la realeza y la del sacerdocio—, Dios las confiere aquí a los hebreos por encima de todas las demás naciones. El Caldeo [Targum] traduce: seréis para Mí reyes y sacerdotes, como si dijera: No cada uno de vosotros individualmente, sino que algunos de entre vosotros serán nombrados reyes, por medio de los cuales reinaréis, y algunos serán sacerdotes, por medio de los cuales ofreceréis sacrificios a Dios. Sin embargo, en segundo lugar, esto puede entenderse de los individuos, como si Dios prometiera esto a cada uno en particular, y no solo al Estado en conjunto, como si dijera: Cada uno de vosotros será como un rey, porque dominaréis a los cananeos y a otras naciones, tal como el embajador de Pirro dijo que en Roma había visto tantos reyes cuantos senadores. Y seréis sacerdotes, porque entre todas las naciones solo vosotros estaréis consagrados a Mi culto y a Mis ceremonias. Además, tomo «reino» y «reyes» tanto en sentido activo como pasivo, como si dijera: Seréis reyes, pero de tal modo que Yo reine en vosotros.

Algunos preguntan aquí por qué Moisés promete a los judíos un reino sacerdotal, mientras que San Pedro, en la Epístola I, capítulo 2, versículo 2, promete inversamente a los cristianos un sacerdocio real. Y responden: primero, porque la dignidad real, que era perfecta entre los judíos, fue hecha más imperfecta entre los cristianos; pero el sacerdocio, que era imperfecto entre aquellos, se volvió perfectísimo entre los cristianos, y llegó a predominar sobre los reinos y los reyes. Segundo, porque la ley de Moisés era una ley de justicia, conforme al dicho: «Yo soy un Dios celoso, o vengador, que castiga la iniquidad de los padres en los hijos» (Deuteronomio 5:9). Pero la ley de Cristo es una ley de misericordia. La autoridad real sostiene la justicia: por eso lleva la espada; pero la autoridad sacerdotal sostiene la misericordia. Pues tal Sumo Sacerdote nos convenía, como dice San Pablo en Hebreos 7, uno que pudiera compadecerse de los ignorantes y los extraviados, y tener compasión de nuestras debilidades. Convenientemente, pues, en el tiempo de la justicia —esto es, bajo la ley antigua— predominaba la autoridad real; pero en el tiempo de la misericordia, la dignidad sacerdotal llegó a ser superior, porque de la potestad real se espera justicia, y de la autoridad sacerdotal piedad y misericordia. Así lo expone Ascanio Martinengo en su comentario sobre el Génesis, tomo 1.

Místicamente, todos los cristianos buenos y santos son reyes, dice San Gregorio, en el libro XXVI de los Morales, capítulo 26: «Pues dominando todos los movimientos de la carne, unas veces refrenan el apetito de la lujuria, otras templan el ardor de la avaricia, otras reprimen la gloria de la soberbia, otras aplastan la sugestión de la envidia, otras extinguen el fuego de la ira. Son, pues, reyes porque, al no consentir en los movimientos de sus tentaciones, han aprendido no a sucumbir, sino a dominar y gobernar, y a ejercer señorío.» De ahí que en el cielo recibirán un reino: «Al que venciere», dice, «le concederé sentarse conmigo en Mi trono, como Yo he vencido y me he sentado con Mi Padre en Su trono.» Entonces dirán las palabras de Apocalipsis 5:10: «Nos has hecho para nuestro Dios un reino y sacerdotes, y reinaremos sobre la tierra» —más aún, sobre el cielo y los cielos de los cielos.

UNA NACIÓN SANTA — separada de las demás naciones profanas e idólatras, y dedicada y, por así decirlo, consagrada a Mí solo por Mi llamamiento y elección.

Esto alude a la historia de Génesis 47:22, donde se da la razón por la cual únicamente los sacerdotes en Egipto no habían sido obligados durante la hambruna general a vender sus posesiones: a saber, porque la tierra sacerdotal había sido concedida por el rey a los sacerdotes, a quienes también se suministraban provisiones fijas de los graneros públicos. Y así, era grande el honor y el favor que el rey de Egipto mostraba a los sacerdotes, como también los privilegios, inmunidades y exenciones de que gozaban los sacerdotes de Egipto. Además, el hambre, las fatigas y las penurias que afligían a todos los demás no tocaban a los sacerdotes en lo más mínimo, gracias a la singular benevolencia y beneficencia del rey para con ellos. Pues estas cosas eran muy bien conocidas por el pueblo de Israel al salir de Egipto, como si dijera: Os haré Mi posesión especial, así como visteis que en Egipto los sacerdotes eran la posesión especial del rey. Así también en España, las órdenes militares como la de Santiago y otras son posesión especial del rey. Además, los sacerdotes de Egipto son llamados reyes, es decir, amigos del rey; y porque eran jueces del pueblo, y el sumo sacerdote era el juez supremo, según refiere Eliano, libro XIV, capítulo 34. Así lo expone Alcázar sobre Apocalipsis 1:5.


Versículo 8: Moisés comunicó las palabras del pueblo

Como si dijera: Cuando Moisés hubo regresado al Señor el mismo día y estaba disponiéndose y comenzando a comunicar al Señor la obediencia y las palabras del pueblo, el Señor se le anticipó y dijo: «Ya ahora vendré a ti en la oscuridad.» Pues las palabras que siguen muestran que, después de estas palabras del Señor, Moisés anunció y comunicó al Señor la pronta obediencia del pueblo, y que el Señor respondió a ella. Esto es más claro en el hebreo, donde, después de las palabras del pueblo, se dice que Moisés las comunicó al Señor, pero en un tiempo indefinido. Nótese: Los hebreos llaman «hecho» a lo que se está haciendo y comienza; véase el Canon 22. Además, Moisés lo comunicó no porque Dios ignorara estas cosas, sino para ofrecer al Señor la voluntad obediente del pueblo —así como los ángeles presentan a Dios las oraciones de los hombres, uniendo a ellas las suyas propias.


Versículo 9: Vendré a ti en la oscuridad de una nube

Para constituirte como legislador de los hebreos, a fin de que les des una ley no humana, sino divina. Y para que el pueblo lo sepa y lo crea, por esta razón hablaré contigo desde el cielo y produciré truenos, relámpagos, etc., ante el pueblo. Pues así también los legisladores paganos, para granjearse autoridad, fingieron que habían conversado con Dios y habían recibido de Él sus leyes. Así Licurgo, legislador de los lacedemonios, fue a Delfos y consultó al oráculo. La Pitia respondió que era querido de los dioses y más dios que hombre; y cuando preguntó sobre la recta institución de las leyes, dijo que los dioses le concedían y prometían aquella forma de gobierno que sería con mucho la más excelente de todas. Por eso Licurgo llamó a sus leyes rhetra, como quien dice, oráculos. Igualmente Numa Pompilio, legislador y segundo rey de Roma, fingió conversar con la diosa Egeria. Igualmente Pitágoras solía detener y guiar con sus palabras a un águila amaestrada, como si a través de ella recibiera del cielo sus doctrinas. Plutarco es la fuente de esto en sus vidas de Numa y Licurgo. Mercurio, que fue el primero en dar leyes a los egipcios, fue considerado un teólogo divino, y por ello fue llamado Trismegisto, es decir, «tres veces grandísimo».


Versículo 10: Santifícalos hoy y mañana

Como si dijera: Proclama y ordena que hoy y mañana los hebreos se separen de toda inmundicia, y que procuren la limpieza corporal de sí mismos y del campamento mediante lavado y purificación. De ahí que Filón, en su libro Sobre el Decálogo, afirme que fueron purificados con lavatorios durante tres días, y esto para que por este medio aquel pueblo rudo fuera movido a la reverencia para recibir la ley divina al tercer día. De ahí que el Caldeo [Targum] traduzca: prepáralos. Por esta razón Moisés también ordenó que cada uno lavase sus vestiduras, para que este lavado exterior les recordase el lavado y la purificación interior, a fin de que se presentasen ante Dios con mente pura. Esta santificación y preparación consistía, pues, primera y principalmente en la continencia, a saber, que se abstuvieran de sus mujeres —pues así lo explica Moisés en el versículo 15—; en segundo lugar, en el lavado de los cuerpos y las vestiduras; en tercer lugar, en la limpieza del campamento; en cuarto lugar, en la reverente expectación de Dios que iba a promulgar Su ley.


Versículo 11: Al tercer día descenderá el Señor

Este tercer día fue el quincuagésimo desde la Pascua y desde la salida de Egipto, y fue Pentecostés, en el cual recibieron la ley de Dios en el Sinaí. Pues en memoria de la ley dada en este quincuagésimo día desde la Pascua, los hebreos celebraban Pentecostés cada año, como enseña San Jerónimo en su carta a Fabiola, y San Agustín en la Cuestión 70, y muchos otros pasim.

Este tercer día fue el sexto del tercer mes, que se llama Siván y corresponde a mayo. Pues el tercer día de Siván los hebreos llegaron al Sinaí, como consta por el versículo 1; a partir de su llegada, al tercer día, que era el sexto del mes de Siván, recibieron la ley. De ahí que los hebreos en sus calendarios, según Genebrardo, marquen Pentecostés el sexto de Siván; y es claro porque el sexto de Siván es el quincuagésimo día desde la salida y la Pascua, exclusivamente. Pues estos cincuenta días desde la Pascua hasta Pentecostés se cuentan de modo que la Pascua misma, o el primer día de los Ázimos, se excluye, y el primero de estos cincuenta días es el segundo día de los Ázimos, que fue el día siguiente a la Pascua y a la salida, como quedará claro por Levítico 23:11. Cuéntese, pues, desde el segundo día de los Ázimos, a saber, desde el decimosexto día del primer mes: los 14 días restantes del mismo mes y los 30 días del segundo mes (pues los meses de los hebreos, al ser lunares, alternaban entre 29 y 30 días) suman 44 días. Añádanse a estos seis días del tercer mes, y se completarán 50, o sea Pentecostés. Yerra, por tanto, Abulense aquí en la Cuestión 10, cuando afirma que la ley fue dada el día 48 desde la salida, no el 50, y esto porque piensa que los hebreos llegaron al Sinaí el primer día del tercer mes y recibieron la ley al tercer día después de ese. Pues el primer día del mes, dice él, se llama «este día» en el versículo 1. Pero he demostrado allí que «este día» significa no el primero, sino el tercero.

DESCENDERÁ EL SEÑOR — descenderé Yo. Hay un cambio de persona, frecuente entre los hebreos. Descenderé, digo, no por movimiento local, sino por la revelación de Mi gloria, como indica el Caldeo [Targum]. Véase el versículo 18.


Versículo 12: Fijarás límites al pueblo en derredor

Como indagadores curiosos de la presencia y majestad divinas; antes bien, conteneos con reverencia en el campamento, junto con vuestro ganado.

Tropológicamente, San Gregorio, en el libro VI de los Morales, capítulo 25, dice: «La bestia toca el monte cuando una mente sometida a deseos irracionales se eleva a las alturas de la contemplación; pero es herida con piedras, porque, al no poder sostener las alturas, es muerta por los golpes mismos del peso celestial.»

TODO EL QUE TOQUE EL MONTE MORIRÁ IRREMISIBLEMENTE; NINGUNA MANO LO TOCARÁ, SINO QUE SERÁ APEDREADO. Porque a este que audaz e irreverentemente toca el monte, hecho ya sagrado por la presencia de Dios, contra Mi mandato, se le ha de considerar sacrílego, y tan contaminado e inmundo que debe ser evitado como algo anatema, y no tocado, no sea que transmita alguna mancha a quienes lo manipulen. Por eso ordeno que no sea golpeado de cerca, sino apedreado desde lejos. Así lo enseña Ruperto.

CUANDO COMIENCE A SONAR LA TROMPETA, ENTONCES SUBAN AL MONTE. En hebreo dice: cuando prolongue, o extienda el sonido de la trompeta, es decir, como traduce nuestro intérprete en Josué 6:5: «Cuando resonare el sonido más largo y entrecortado de la trompeta.» Pero como los hebreos no tienen verbos compuestos, sino que los expresan mediante formas simples, los Setenta y el Caldeo [Targum] lo traducen con el sentido opuesto: retirar o sustraer, es decir: Cuando se haya retirado y cesado el sonido de la trompeta, entonces subid al monte. Pero nuestro intérprete siguió el significado más común del verbo, ya que apenas se encuentra en la otra acepción que dan los Setenta. De ahí que también los intérpretes modernos lo traduzcan generalmente así. Y que fue al sonido de la trompeta, y no al cesar la trompeta, cuando los hebreos subieron al monte, consta por los versículos 16 y 17, por la traducción común y el consenso de todos los intérpretes.

Esta trompeta, dicen los judíos, fue el cuerno del carnero sacrificado en lugar de Isaac; pero estas son bagatelas. Esta trompeta, por tanto, no era de cuerno, sino de bronce: pues un ángel golpeó el aire para producir un sonido semejante al de una trompeta soplada, como si a través de una trompeta el ángel aquí tocase, según se dice. El ángel, pues, sonando desde el monte Sinaí, como indican el Caldeo [Targum], los Setenta y el pasaje siguiente, mediante este toque de trompeta convocaba al pueblo fuera del campamento, que estaba alejado del monte, para que viniese al pie del monte y allí oyese la ley del Decálogo, con el ángel proclamándola como heraldo de Dios.

Místicamente, el sonido de la trompeta significaba la gravedad de los preceptos de Dios, para cuyo cumplimiento se declara guerra al hombre contra sí mismo, dice Santo Tomás en su lección 4 sobre Hebreos, capítulo 12.

SUBAN AL MONTE — suban hacia el monte, hasta los límites fijados por Moisés por mandato de Dios, al pie mismo del monte. Véase el versículo 17; pues en el versículo 12 se les había ordenado bajo pena de muerte no tocar el monte mismo. Aquí, pues, se les ordena solamente salir del campamento y acercarse más al pie del monte Sinaí. Así lo enseñan Ruperto, Hugo y otros. Añádase que todo el monte humeaba con fuego, como consta por Deuteronomio 5:4; por tanto, los hebreos no podían acercarse más a él.


Versículo 14: Los santificó

Del modo ya descrito y que sigue a continuación, a saber, mandándoles lavar sus vestiduras, abstenerse de sus esposas, y prepararse mediante la limpieza y la reverente expectación de Dios y de su ley, para el tercer día en que habría de tener lugar la promulgación del Decálogo.


Versículo 18: Todo el monte Sinaí humeaba, porque el Señor había descendido sobre él en fuego

En Deuteronomio 4, 11 se dice que el monte Sinaí ardió hasta el cielo. Así como en un horno se ve en parte llama y fuego, y en parte humo aún no encendido pero que se arremolina junto con el fuego, así también el ángel, actuando en nombre de Dios, produjo fuego mezclado con humo en el Sinaí, ya sea del aire o de alguna materia humeante que fácilmente se prende, como incienso, resina, azufre, etc.

Nótese: El fuego es el emblema de la majestad divina y real. De ahí que Dios apareció en el fuego en la zarza de Moisés, en la columna, en el monte Sinaí, en el templo, y en otros lugares, cuando se expresa su potestad real o judicial. Pues el fuego va delante de Él como verdadero Rey y supremo Juez. Salmo 49: «Dios vendrá manifiestamente, etc.; un fuego arderá en su presencia», es decir, resplandecerá delante del verdadero Rey. El Salmo 96, hablando del juicio de Cristo: «El fuego», dice, «irá delante de Él». Así se llevaba fuego antiguamente delante de los emperadores, como atestigua Herodiano, porque el fuego es símbolo tanto de la soberanía —como aquel elemento que es primero y principal entre los elementos en poder y esplendor— como de la vida, la doctrina, la felicidad, el poder y la gloria, que son los atributos en los que Dios y los santos sobresalen, y después de ellos los príncipes, reyes y jueces. De ahí que Varrón dice: El fuego (ignis) se llama así de engendrar (gignendo) y nacer (nascendo), porque todas las cosas nacen del fuego, y el fuego confiere una fuerza admirable a los seres vivientes.

Simbólicamente, Cipriano, en el libro III de sus Testimonios a Quirino, piensa que por este fuego, así como por el fuego de la zarza en Éxodo capítulo 3 y por las lenguas de fuego en Pentecostés en Hechos capítulo 2, fue significado el Espíritu Santo. Además, este fuego humeante y el propio humo eran una amenaza de conflagración si violasen la ley de Dios, tal como de hecho, a causa de la violación de la ley, la ciudad y el templo fueron primero incendiados por los caldeos, y después por Tito y los romanos, y reducidos a humo y cenizas.

Y TODO EL MONTE ERA TERRIBLE. Nuestro traductor lo vierte bien, si con distintos puntos vocálicos en hebreo se lee en la forma hifil vaiachared, es decir, «y este monte aterró» o «aterrorizó completamente» a los hebreos. Ahora bien, con otros puntos vocálicos en qal leen vaiecherad, es decir, como lo tiene el caldeo [Targum], «y todo el monte tembló», y por lo tanto era igualmente terrible.

Que el monte Sinaí fue sacudido por un terremoto consta también del Salmo 67, 9: «La tierra se conmovió; ciertamente los cielos destilaron lluvia ante la presencia del Dios del Sinaí, ante la presencia del Dios de Israel». De lo cual resulta claro que, junto con el terremoto, entre los fuegos y relámpagos mencionados en el versículo 16, hubo también lluvia aquí, lo cual atestigua también Josefo.

Fueron, por tanto, siete las cosas terribles en el Sinaí cuando allí fue dada la ley. Primero, todo el monte temblaba. Segundo, todo el monte ardía con fuego y humo. Tercero, había truenos y relámpagos espantosos. Cuarto, había una oscuridad densísima. Quinto, había lluvia y tempestad, como dice el Apóstol en Hebreos 12, 18. Sexto, resonaba el sonido de la trompeta. Séptimo, el ángel desde el Sinaí proclamaba el Decálogo con una voz como de trompeta y terrible. Todas estas cosas se dirigían a infundir en los hebreos un cierto sagrado horror, temor y reverencia tanto hacia la majestad divina como hacia la observancia de la ley que estaban a punto de recibir. La lluvia también significaba apropiadamente la ley como doctrina que desciende del cielo. De ahí aquella sentencia de Moisés en Deuteronomio 32, 2: «Que se acumule como la lluvia mi doctrina; que fluya como el rocío mi palabra, como aguacero sobre la hierba».

Alegóricamente, el trueno significaba el terror de la predicación del Evangelio —de ahí que Pablo es llamado por San Jerónimo el «trueno de los gentiles»—; los relámpagos significaban el esplendor de los milagros; el sonido de la trompeta significaba la fuerte predicación de los Apóstoles. El Señor descendió en fuego y humo porque ilumina a los fieles con la manifestación de su resplandor y del Evangelio, y oscurece los ojos de los incrédulos con el humo y la tiniebla del error, dice Isidoro.


Versículo 19: Dios le respondía

En hebreo se añade: «con una voz», como diciendo: No por fantasmas ni visiones, sino exteriormente, con voz clara, Dios respondía a Moisés, para que los hebreos oyeran a Dios hablando con Moisés, su legislador.

Nótese: Quien aquí habla en todas partes con Moisés, y quien en el capítulo siguiente proclamó el Decálogo desde el Sinaí, fue un ángel, como consta en Hechos 7, 38 y Gálatas 3, 19, donde expresamente se dice que la ley fue dada por medio de ángeles. Sin embargo, este ángel es llamado aquí Dios, porque representaba la persona de Dios y entregaba su ley, como heraldo y embajador de Dios.


Versículo 20: Y descendió el Señor sobre el monte Sinaí, a la misma cima del monte, y llamó a Moisés

Dios ya había descendido por medio del ángel en el versículo 18 sobre el monte en fuego, pero como elevado todavía por encima del monte y permaneciendo en el aire; pues esto es lo que implica el «sobre». Pero aquí descendió más aún hasta la misma cima del monte, y llamó a Moisés para que subiera a ella.


Versículo 21: No sea que quieran traspasar los límites

En hebreo dice: «no sea que destruyan, no sea que derriben», se sobreentiende, el límite establecido por Mí. De donde parece deducirse que este límite y término había sido cubierto con alguna cerca o estacas, que tendría que ser derribada por cualquiera que se acercase al monte.


Versículo 22: También los sacerdotes que se acercan al Señor santifíquense, no sea que los hiera

Aarón y sus hijos aún no habían sido constituidos sacerdotes: por tanto, por «sacerdotes» entiende aquí a aquellos que antes de Aarón eran sacerdotes entre el pueblo por la ley natural, a quienes muchos consideran que eran los primogénitos de las familias. Así dicen Cayetano, Lipomano y otros. Tales parecen haber sido ciertamente aquellos jóvenes a quienes Moisés, en el capítulo 24, versículo 5, envió a ofrecer holocaustos.

Nótese «que se acercan al Señor», es decir: cuyo oficio es acercarse al Señor, para que orando y sacrificando sean mediadores entre Dios y el pueblo. Manda, pues, Dios a los sacerdotes que con los demás, e incluso por encima de los demás, se santifiquen, esto es, que se purifiquen de toda mancha y mácula, laven sus vestiduras, se abstengan de sus esposas, y reverentemente aguarden a Dios, el promulgador del Decálogo.


Versículo 23: Y Moisés dijo: El pueblo no podrá subir al monte

Es decir: el pueblo no osará hacer lo que sabe que Tú has prohibido bajo pena de muerte. Moisés, más deseoso de la conversación y comunión divina, ruega y se excusa para que no se le ordene regresar al pueblo.

HAS TESTIFICADO — has declarado solemnemente.

SANTIFÍCALO, es decir: separa el monte Sinaí mediante un límite o alguna cerca del acceso del pueblo, para que este monte parezca dedicado a Mí solo.


Versículo 24: Ve, desciende

Para que anuncies también a los sacerdotes que no traspasen los límites del monte que Yo he establecido para el pueblo: pues respecto a los sacerdotes, en el precepto anterior del versículo 21, nada mencioné. Luego «desciende», para que con una prohibición y pena más severa confirmes y establezcas lo mismo, a saber, que no por el pueblo, sino por Mí, vuestro Dios, quien haga lo contrario y traspase los límites del monte debe ser ejecutado. Tercero, «desciende», para que traigas contigo al monte a Aarón, ya designado como sacerdote, y con este fin: que por este medio su sacerdocio sea encomendado por Mí al pueblo, y llegue a ser venerable y reverenciado ante ellos, cuando vean que Yo confiero a Aarón este honor de dignarlo con mi llamada y mi presencia. Cuarto y principalmente, «desciende», para que tú, oh Moisés, situado junto al pueblo debajo de la cima del monte, como uno de ellos, oigas mi ley, a saber, el Decálogo (que proclamaré desde el Sinaí en el capítulo siguiente), al cual tú también estás sujeto; pero Dios aquí calla esta razón.

Alegóricamente, la promulgación de la ley antigua significaba la promulgación de la ley nueva: pues ambas acontecieron el día quincuagésimo después de la Pascua, a saber, en Pentecostés; allí el monte tembló con un terremoto, aquí la casa de los discípulos; allí entre las llamas de fuego y los relámpagos centelleantes resonaba el fragor de los truenos, aquí con la aparición de lenguas de fuego vino igualmente del cielo un sonido como de un viento impetuoso; allí el clamor de la trompeta proclamaba las palabras de la ley, aquí la trompeta evangélica sonó desde la boca de los Apóstoles. Así dice Beda en su homilía para la vigilia de Pentecostés, y San Jerónimo a Fabiola; más aún, también el Apóstol, en Hebreos 12, 18: «Pues no os habéis acercado», dice, «a un monte tangible, ni a un fuego abrasador, ni al torbellino, ni a la oscuridad, ni a la tempestad, ni al sonido de la trompeta; sino que os habéis acercado al monte Sión, y a la ciudad del Dios vivo, la Jerusalén celestial, y a la compañía de muchos millares de ángeles, etc.: mirad que no rechacéis al que habla».

Dios, pues, descendió hasta la misma cima, y llamó a Moisés a ella: pues Moisés estaba de pie por debajo de la cima, y allí conversaba con Dios, mientras el pueblo cercano, de pie al pie del monte, escuchaba. De ahí que aquí se le ordena por Dios ascender a la cumbre del monte, a la cual igualmente Dios descendió en una nube más densa y con mayor gloria. Por tanto, Calvino critica erróneamente aquí a nuestro Traductor, cuando insiste en que debe traducirse no «descendió» sino «había descendido», a saber, ya antes del versículo 21.


Versículo 25: Y Moisés descendió al pueblo

Para promulgar al pueblo el precepto de no traspasar el límite del monte: hecho lo cual, inmediatamente subió de nuevo un trecho con su hermano Aarón, como Dios le había mandado en el versículo 24, de modo que estaba separado del pueblo que permanecía al pie del monte, como consta en el capítulo 20, versículo 19; y allí Moisés, de pie, oyó el Decálogo proclamado por el ángel, y por eso después, siendo llamado, ascendió a la cima, capítulo 20, versículo 21, para recibir allí de Dios otras leyes ceremoniales y judiciales, y entonces envió a Aarón y al pueblo de vuelta al campamento, como consta en Deuteronomio capítulo 5, versículo 30.