Cornelius a Lapide

Éxodo XXIV


Índice


Sinopsis del capítulo

Moisés refiere las leyes del Señor al pueblo; el pueblo las acepta y se obliga a ellas. De ahí que Moisés ratifique la alianza entre Dios y el pueblo, rociando la sangre de las víctimas sobre el pueblo. A su vez, en el versículo 12, se ordena a Moisés subir al monte para recibir de Dios las tablas de la ley; él sube y permanece en el monte durante cuarenta días.


Texto de la Vulgata: Éxodo 24:1-18

1. A Moisés también le dijo: Sube al Señor, tú y Aarón, Nadab y Abiú, y setenta ancianos de Israel, y adoraréis desde lejos. 2. Y solo Moisés subirá al Señor, y ellos no se acercarán; ni el pueblo subirá con él. 3. Vino, pues, Moisés y refirió al pueblo todas las palabras del Señor y las prescripciones. Y todo el pueblo respondió a una voz: Todas las palabras del Señor, que Él ha dicho, las cumpliremos. 4. Y Moisés escribió todas las palabras del Señor, y levantándose de madrugada, edificó un altar al pie del monte y doce columnas por las doce tribus de Israel. 5. Y envió a jóvenes de los hijos de Israel, y ofrecieron holocaustos e inmolaron víctimas pacíficas al Señor, a saber, becerros. 6. Entonces Moisés tomó la mitad de la sangre y la puso en vasijas; y la otra mitad la derramó sobre el altar. 7. Y tomando el libro de la alianza, lo leyó a oídos del pueblo; y ellos dijeron: Todo lo que el Señor ha dicho, lo cumpliremos y seremos obedientes. 8. Y él tomó la sangre y la roció sobre el pueblo, y dijo: Esta es la sangre de la alianza que el Señor ha hecho con vosotros sobre todas estas palabras. 9. Y subieron Moisés y Aarón, Nadab y Abiú, y setenta de los ancianos de Israel, 10. y vieron al Dios de Israel, y bajo sus pies como una obra de piedra de zafiro, y como el cielo cuando está sereno. 11. Y sobre aquellos que se habían apartado lejos de los hijos de Israel, no extendió su mano; y vieron a Dios, y comieron y bebieron. 12. Y el Señor dijo a Moisés: Sube a mí al monte y permanece allí; y te daré tablas de piedra, y la ley y los mandamientos que he escrito, para que los enseñes. 13. Se levantaron Moisés y Josué, su servidor; y Moisés, subiendo al monte de Dios, 14. dijo a los ancianos: Esperad aquí hasta que volvamos a vosotros. Tenéis con vosotros a Aarón y a Jur: si surgiere alguna cuestión, la remitiréis a ellos. 15. Y cuando Moisés hubo subido, la nube cubrió el monte, 16. y la gloria del Señor habitó sobre el Sinaí, cubriéndolo con una nube durante seis días; y al séptimo día lo llamó desde en medio de la oscuridad. 17. Y la apariencia de la gloria del Señor era como un fuego ardiente sobre la cima del monte, a la vista de los hijos de Israel. 18. Y Moisés entró en medio de la nube y subió al monte; y estuvo allí cuarenta días y cuarenta noches.


Versículo 1: Sube al Señor

SUBE AL SEÑOR. — Moisés ya había subido al Señor en el Sinaí y había oído del ángel que actuaba en lugar de Dios los mandamientos de los capítulos 21, 22 y 23; pero se le ordenó descender para proponer estas leyes al pueblo. Aunque la Escritura calla aquí sobre esto, al modo hebreo, lo da a entender sin embargo en el versículo 3, de donde se le ordena de nuevo aquí que suba, a saber, después de haber recibido la respuesta y el consentimiento del pueblo acerca de la observancia de la ley de Dios, y esto con el fin de recibir en el monte Sinaí las tablas de la ley, como signo de la alianza entre Dios y el pueblo, y como su instrumento y sello, por así decirlo: la Escritura, pues, omite y calla muchas cosas aquí por amor a la brevedad, que el intérprete debe suplir de otras fuentes.

TÚ Y AARÓN, NADAB Y ABIÚ. — Estos dos últimos eran los hijos mayores de Aarón, quienes después, empleando un fuego extraño en los ritos sagrados y sacrificios, fueron abrasados por Dios vengador, Levítico capítulo 10, versículo 1.

Y SETENTA ANCIANOS DE ISRAEL. — Algunos piensan que estos setenta eran aquellos entre quienes Moisés distribuyó su carga y espíritu de gobierno, y a quienes puso al frente del pueblo, quienes en consecuencia también profetizaron; de los cuales Eldad y Medad, aun estando ausentes, recibieron el mismo espíritu. Pero esto es ajeno a la historia sagrada: pues aquellos hombres fueron elegidos en los sepulcros de la concupiscencia mucho después, no en el Sinaí, como puede verse en Números capítulo 11, versículo 16. Tampoco estos setenta eran los decuriones o jefes de mil designados todos por consejo de Jetró, de quienes se trata en Éxodo capítulo 18; sino que de entre estos (si es que ya habían sido designados), o también de otros hombres principales del pueblo, fueron convocados por Moisés, para que acompañándolo en el Sinaí, honrasen con su presencia la recepción de las tablas de la ley.

Y ADORARÉIS DESDE LEJOS — a Dios en la oscuridad, en la cima del monte Sinaí, por medio del ángel que se mostraba y hablaba con Moisés.


Versículo 2: Solo Moisés subirá al Señor

Y SOLO MOISÉS SUBIRÁ AL SEÑOR, — a la oscuridad de la cima del Sinaí. Solo, digo, Moisés acompañado de su único servidor Josué: los setenta ancianos, sin embargo, junto con Aarón, recibieron la orden de permanecer abajo con el pueblo para gobernarlo.


Versículo 3: Moisés refirió al pueblo todas las palabras del Señor

VINO, PUES, MOISÉS Y REFIRIÓ AL PUEBLO TODAS LAS PALABRAS DEL SEÑOR. — Ciertamente no podía haber sucedido sin un milagro que la voz de Moisés fuese oída y comprendida por todos entre tantos centenares de miles del pueblo: lo mismo resulta aún más evidente en la promulgación repetida de la ley, Deuteronomio capítulo 1 y Deuteronomio capítulo 29, versículos 10 y 11. Ahora bien, Dios quiso que estos mandamientos fuesen expuestos individualmente al pueblo, es decir, a todos los hebreos, antes de entrar en alianza con ellos y confirmarla con tablas, para mostrar cuán humanamente trataba con ellos, y que no quería imponerles una ley sin su consentimiento; y además para que mantuviesen con mayor firmeza lo que tan libremente habían abrazado, y no tuviesen en adelante excusa alguna para rehusarlo.

LAS PRESCRIPCIONES, — las leyes judiciales de los capítulos 21, 22 y 23.


Versículo 4: Edificó un altar y doce columnas

EDIFICÓ UN ALTAR AL PIE DEL MONTE Y DOCE COLUMNAS POR LAS DOCE TRIBUS DE ISRAEL, — es decir, Moisés erigió doce piedras toscas como columnas y monumentos, para significar que estos sacrificios, por los cuales se ratificaba la alianza entre Dios y el pueblo, se ofrecían por las doce tribus. De donde también algunos piensan con probabilidad que el altar mismo fue construido con estas doce piedras. Así opinan Abulense y Cayetano, aunque Andrés Masio en Josué capítulo 8, número 31, y otros sostienen la opinión contraria.


Versículo 5: Envió a los jóvenes y ofrecieron holocaustos

Y ENVIÓ A JÓVENES DE LOS HIJOS DE ISRAEL, Y OFRECIERON HOLOCAUSTOS. — El Caldeo traduce: envió a los primogénitos de los hijos de Israel: pues estos en la ley de la naturaleza eran los sacerdotes, ya que Aarón aún no había sido ordenado sacerdote. Por lo tanto, los hijos primogénitos de los príncipes de Israel ofrecían estos sacrificios: aunque San Agustín, Cuestión 20 sobre el Levítico, piensa que estos eran los hijos de Aarón, quienes después fueron hechos sacerdotes.

DOCE BECERROS. — Elimínese la palabra «doce» junto con las ediciones romanas, el hebreo, el caldeo y los Setenta: pues siendo muchos los primogénitos, nada impide decir que ofrecieron muchas víctimas. El Apóstol, Hebreos capítulo 9, versículo 19, añade que también se ofrecieron machos cabríos en aquella ocasión.


Versículo 6: Moisés tomó la mitad de la sangre

ENTONCES MOISÉS TOMÓ LA MITAD DE LA SANGRE Y LA PUSO EN VASIJAS; Y LA OTRA MITAD LA DERRAMÓ SOBRE EL ALTAR. — Nótese: Los antiguos solían ratificar las alianzas con víctimas y sangre. De donde Livio, libro 1, hablando del tratado concertado entre los romanos y los albanos: «Establecidas las condiciones del tratado», dice, «el fecial declaró: El pueblo romano no será el primero en faltar a la fe; si faltare primero, por consejo público y con mala intención, entonces en aquel día, Júpiter, hiere al pueblo romano como yo hiero hoy a este cerdo, y hiérelo tanto más cuanto más poderoso eres»; y Virgilio, libro 8 de la Eneida, sobre Rómulo y Tacio: «Armados ante el altar de Júpiter, sosteniendo páteras, / estaban en pie, y sellaban sus pactos sobre una cerda sacrificada».

De donde algunos piensan que la palabra foedus (alianza) deriva de foedus (inmundo), a saber, del animal inmundo, es decir, del cerdo, que se sacrificaba en la alianza, y que de ahí provino la expresión con la cual decimos «herir», «cortar» o «golpear» una alianza. La misma práctica estuvo en uso incluso mucho antes entre los fieles y adoradores del verdadero Dios. De ahí que en Génesis capítulo 15, versículos 9, 10 y 17, el Señor, como signo y confirmación de la alianza establecida con Abrahán, mandó que se sacrificasen un buey, un carnero y una cabra y se dividiesen por la mitad; hecho lo cual, una lámpara que significaba a Dios pasó por en medio de las partes divididas, indicando que quien rompiera la alianza sería dividido de manera semejante. Véase Jeremías capítulo 34, versículo 18; de donde berit, es decir «alianza» en hebreo, la mayoría lo derivan por metátesis de batar, es decir, «dividir». De ahí Cirilo, libro 10 Contra Juliano, cerca del final, enseña a partir de Sófocles que entre los pueblos posteriores se observaba la costumbre de pasar por en medio del fuego y sostener hierro en las manos mientras hacían sus juramentos. Lo mismo se hizo en esta alianza de Dios con Moisés y los judíos: pues la sangre de las víctimas fue dividida, para significar que quien violase el pacto pagaría de igual modo con sangre la fe quebrantada de la alianza; y puesto que el pacto se establecía entre Dios y el pueblo, era necesario que tanto Dios como Israel dividiesen la sangre y fuesen rociados con ella, y como Dios es incorpóreo y no puede ser rociado con sangre, por eso el altar de los sacrificios fue teñido con sangre en su lugar.

De modo semejante, Cristo el Señor ratificó la nueva alianza y testamento consigo mismo y con su propia sangre como víctima, y con la sangre de la víctima de la alianza; especialmente porque mediante esta víctima y sangre mereció para nosotros la redención, la gracia, la herencia y todos los bienes que nos prometió en esta alianza suya, Hebreos capítulo 9, versículo 15 y siguientes; y lo expresó en la institución de la Eucaristía, diciendo: «Esta es la sangre del nuevo Testamento». De donde podéis lanzar un argumento poderoso contra los sacramentarios en favor de la verdad del cuerpo de Cristo: pues si la antigua alianza fue ratificada con sangre verdadera, y esto es lo que se entiende cuando se dice aquí en el versículo 8: «Esta es la sangre de la alianza que Dios ha hecho con vosotros», ciertamente también la nueva alianza fue ratificada con sangre verdadera; y esto es lo que se entiende cuando, por tanto, verdaderamente se dice: «Esta es la sangre del nuevo Testamento»; pues esta antigua alianza era el tipo de la nueva y verdadera, y es cierto que Cristo se remitía a ella en las palabras recién citadas.

Objetaréis: Cristo la llama sangre del nuevo Testamento, no de la alianza, como Moisés llama aquí a la suya; luego esta aspersión de sangre es disímil.

Respondo: Cristo la llama testamento, es decir, alianza testamentaria, y así alianza y testamento en la Escritura son frecuentemente lo mismo, como mostré en 1 Corintios capítulo 11, 25. Véase también lo dicho en Hebreos capítulo 9, 19.


Versículo 7: Tomando el libro de la alianza

Y TOMANDO EL LIBRO DE LA ALIANZA, LO LEYÓ A OÍDOS DEL PUEBLO. — Este «libro» era un rollo que Moisés había escrito recientemente en el Sinaí al dictado de Dios, del cual se trata en el versículo 4, y que contenía los antedichos mandamientos de Dios y todas las palabras del Señor desde el capítulo 20 hasta este capítulo 24. Moisés, pues, leyó al pueblo este libro que contenía los mandamientos de Dios (pues estos eran las condiciones de la alianza que se iba a establecer con Dios); el pueblo entonces prometió que los observaría; y finalmente Moisés, actuando como una suerte de heraldo, ratificando y confirmando la alianza entre Dios y el pueblo, roció al pueblo con la sangre de las víctimas.


Versículo 8: Roció la sangre sobre el pueblo

Y ÉL TOMÓ LA SANGRE Y LA ROCIÓ SOBRE EL PUEBLO. — La sangre rociada sobre el pueblo significaba la sangre de Cristo rociada sobre nosotros. El Apóstol, Hebreos capítulo 9, versículo 19, añade varias cosas que Moisés calla aquí; pues escribe así: «Tomando la sangre de los becerros y de los machos cabríos con agua, y lana escarlata e hisopo, roció tanto el libro mismo como a todo el pueblo». Pues Moisés narra estas cosas brevemente, las cuales Pablo, en parte por inspiración del Espíritu Santo, en parte por la costumbre del rito legal que había aprendido de la Sagrada Escritura y de la práctica misma que se empleaba habitualmente en tales purificaciones, suplió y expresó; pues que el agua se mezclaba habitualmente con la sangre en las aspersiones sagradas es claro por Éxodo capítulo 12, versículo 22. Lo mismo es claro respecto a la escarlata, es decir, la lana escarlata, y el hisopo, por Números capítulo 19, versículos 6 y 18. A su vez, que también se ofrecieron machos cabríos junto con los becerros es claro, porque el macho cabrío, como representante apto del pecado por su hedor, se ofrecía habitualmente por el pecado, como es claro por Levítico capítulo 9, versículos 3 y 15. De donde prefiguraba apropiadamente a Cristo, quien tomó sobre sí nuestros pecados para expiarlos.

Nótese: En las antiguas purificaciones de los hebreos, se añadía agua a la sangre para que la sangre no se coagulase, sino que se hiciese más líquida y esparcible, y así fuese apta para ser rociada sobre tan gran multitud. A su vez, alegóricamente, esta agua y sangre de las víctimas eran figura y tipo de la sangre y el agua que manaron del costado de Cristo, y en consecuencia eran tipo del Bautismo y de la Eucaristía; pues el agua representa el Bautismo, y la sangre representa la Eucaristía.

En segundo lugar, en las purificaciones se empleaban lana escarlata e hisopo, para que con ellos se hiciese un hisopo aspersorio; pues son muy adecuados para esto tanto por su densidad como por la capacidad retentiva que poseen: pues absorben la humedad igual que una esponja. A su vez, alegóricamente, la lana significaba la blancura e inocencia de Cristo, es decir, la carne de Cristo, que es blanca en sí misma, pero hecha escarlata a causa de nuestros pecados, es decir, enrojecida con la sangre de la Pasión.

El hisopo, sin embargo, era tipo, primero, de la caridad y la gracia de Cristo, pues el hisopo es caliente por naturaleza: de donde sirve al misterio, y con su calor y fervor denota los ardores más ardientes del Espíritu Santo, con los cuales se inflaman las mentes de los piadosos. Segundo, el hisopo era tipo de la humildad y humanidad de Cristo, por la cual Dios sanó nuestra soberbia y demás pecados: pues el hisopo es una hierba humilde, y, como enseña Dioscórides en el libro 3, capítulo 28, cura la hinchazón de los pulmones, que es símbolo de la soberbia, como anotó Ruperto.


Versículo 10: Vieron al Dios de Israel

Y VIERON AL DIOS DE ISRAEL, — no por su esencia, sino por una sombra, es decir, en alguna forma sensible que la voluntad de Dios eligió y que la fragilidad humana podía soportar. De donde el Caldeo traduce: y vieron la gloria del Dios de Israel. Los Setenta se apartan más, supliendo otro sustantivo más remoto, a saber, «lugar»: «Y vieron el lugar», dicen, «donde estuvo el Dios de Israel». Y esto para velar esta visión de Dios, para que no se creyese que estos ancianos habían visto a Dios en su esencia y forma divina.

Preguntaréis: ¿en qué forma Dios —es decir, el Ángel que actuaba en lugar de Dios— se presentó aquí a los ancianos para ser visto? Responde Abulense que Dios apareció aquí en forma de una nube luminosa, dentro de la cual la majestad de Dios parecía estar oculta, de modo que los judíos rudos pensaban que los pies de Dios descansaban en la parte inferior de esta nube, y en la parte superior hacia el cielo el resto de su cuerpo, y a este respecto se dice aquí que bajo los pies de Dios, es decir, bajo la parte más baja de la nube, en la cual se creía que estaban los pies de Dios, había como una obra de piedra de zafiro; pues que Dios no apareció aquí en forma de hombre, ni de animal, ni de ninguna otra cosa, es claro por Deuteronomio capítulo 4, versículo 15, donde se dice: «No visteis semejanza alguna el día en que el Señor os habló en Horeb desde en medio del fuego; no sea que, engañados, os hagáis una imagen esculpida», etc.

Otros, sin embargo, como Lira, Cayetano y Prado en Ezequiel capítulo 1, juzgan con más acierto que Dios se mostró aquí en forma humana, a saber, con la apariencia de un magnífico príncipe y regio legislador; de donde en el hebreo, en lugar de «Dios», no se usa el nombre tetragrammático de Dios, sino Elohim, que significa Dios en cuanto príncipe y juez; de ahí que Dios también fue visto aquí como teniendo pies, y teniendo un escabel de zafiro bajo sus pies: pues Dios quiso con esta apariencia demostrar e imprimir en los ancianos, y por medio de ellos en el pueblo, tanto la majestad del legislador como un sentimiento de temor reverencial. Jerónimo Prado en Ezequiel capítulo 1, y algunos otros, añaden que Dios apareció aquí tanto a los ancianos como a Moisés en forma humana, sentado sobre un carro de Querubines, al cual cuatro seres vivientes, a saber, cuatro Querubines con apariencia de buey, águila, león y hombre, servían de escolta: en cuya forma Dios fue visto por Ezequiel, capítulo 1, y por San Juan, Apocalipsis capítulo 4: de modo que según el modelo y forma de esta visión, Moisés fabricó el arca y los Querubines como una suerte de carro de la gloria de Dios; pues no hay duda de que Dios mostró a Moisés el modelo de estas cosas en el Sinaí, para que fuesen fabricadas conforme a él; pues esto es lo que se dice en el capítulo 25, último versículo: «Hazlo conforme al modelo que se te mostró en el monte». Pero hablaré de esto más extensamente en el capítulo 25, versículo 18.

Alegóricamente, esta apariencia humana de Dios como antiguo legislador significaba la encarnación del Verbo como nuevo legislador. Así Lira y otros.

Al argumento de Abulense se responde que en Deuteronomio capítulo 4, la discusión no versa sobre esta visión secreta y privada que se hizo a Moisés y a los ancianos, sino sobre la pública, que se hizo a todo el pueblo cuando Dios les promulgó el Decálogo desde el Sinaí, capítulo 19, 18, y capítulo 20, 18: pues el pueblo era propenso a la idolatría; de donde Dios no quiso mostrárseles en apariencia alguna de hombre o animal, no fuesen a fabricar un ídolo de ella; pero este peligro no existía con Moisés y los ancianos, puesto que eran varones sabios y elegidos. De donde consta por el capítulo 25, último versículo, que Dios de hecho mostró a Moisés el modelo del arca, de los Querubines y de todo el tabernáculo.

Y BAJO SUS PIES. — Pues Dios aparecía aquí como un hombre y un príncipe magnífico. Nótese: En la Escritura se atribuyen a Dios miembros humanos, no porque Dios tenga verdaderamente un cuerpo, como sostuvieron los Antropomorfitas, sino para acomodarse a la imaginación y los sentidos de los hombres, y para significar algo místico y espiritual que corresponde convenientemente a ellos. De donde San Agustín, epístola 111, que trata sobre la visión de Dios, dice así: «Cuando oímos hablar de alas en Dios, entendemos protección; cuando de manos, operación; cuando de pies, presencia; cuando de ojos, visión; cuando de rostro, el conocimiento por el cual se da a conocer». Y en el mismo lugar cita a San Jerónimo sobre el Salmo 93 que dice: «Dios es enteramente ojo, porque ve todas las cosas; enteramente mano, porque obra todas las cosas; enteramente pie, porque está en todas partes. Mirad, pues, lo que dice: "El que plantó el oído, ¿no oirá? O el que formó los ojos, ¿no considerará?" Y no dijo: "El que plantó el oído; luego Él mismo no tiene oído. El que formó los ojos; luego Él mismo no tiene ojos." Sino ¿qué dijo? "El que plantó el oído, ¿no oirá? El que formó los ojos, ¿no considerará?" Quitó los miembros, pero concedió las eficacias». Trata estas materias extensamente en el libro Sobre la Esencia de la Divinidad, y Santo Tomás, Parte I, Cuestión 3, artículo 1.

Y BAJO SUS PIES COMO UNA OBRA DE PIEDRA DE ZAFIRO, Y COMO EL CIELO CUANDO ESTÁ SERENO, — es decir: Bajo los pies de Dios aparecía como un pavimento hecho de zafiro. Con este símbolo se significaba la más espléndida y excelente majestad de Dios, que supera con mucho todo el brillo y esplendor del cielo y de las gemas, y lo pisa bajo sus pies. Pues «el zafiro es la gema de las gemas», dice Abulense; «de donde entre los dioses de los gentiles, el zafiro era tenido en gran reverencia, porque sin él no se daban oráculos». Y Pierio, Jeroglíficos 41: «El zafiro», dice, «siempre fue tenido en gran veneración entre los antiguos, puesto que es claro que por él se significaban la soberanía y el sumo sacerdocio». De donde Eliano, libro 14, capítulo 34, enseña que entre los egipcios el sumo sacerdote (que era también el juez supremo) solía llevar colgada del cuello una imagen hecha de zafiro, que se llamaba Verdad.

Aun ahora el Sumo Pontífice envía un zafiro a cada Cardenal recién creado. Y Rueo, quien afirma: «Que el zafiro tuvo en otro tiempo la más alta autoridad entre los hombres y favor entre los dioses, lo atestigua la propia antigüedad». Pues el zafiro es hermosísimo, porque resplandece con puntos dorados como estrellas. De donde en hebreo se llama sappir, de «número», a saber, de estrellas; o, como dice San Jerónimo, de scaphir, es decir, «hermoso». Además, el zafiro es eficaz «contra la melancolía, la fiebre cuartana y los humores melancólicos», según Avicena, Alberto Magno y Matioli, libro 5, capítulo 66. Finalmente, el zafiro, dice Galeno y Dioscórides, «bebido, ayuda a los picados por escorpión, y se bebe contra las ulceraciones intestinales, y consolida las membranas rotas, e inhibe las excrecencias y pústulas de los ojos». El zafiro, pues, es símbolo del vigor y la alegría divinos.

Anagógicamente, estas cosas prefiguraban la solidez, pureza y alteza del reino celestial, en el cual se nos promete a Dios. Así Ruperto y San Agustín, Cuestión 102. Pues el color del zafiro es azul celeste, salpicado de pequeñas estrellas doradas, de modo que refleja la apariencia del cielo mismo. Ahora bien, el color azul que contemplamos en el cielo no es otra cosa que la profundidad de la luz altísima: esto, pues, significa aptamente la inmensidad de la divinidad, como un océano de luz incomprensible, ante cuya contemplación la agudeza de la mente humana parece desvanecerse por completo. Además, significa la serenidad y eternidad de la bienaventuranza divina.

Alegóricamente, este escabel de zafiro de Dios significaba la claridad purísima de la Santísima Virgen, en quien, como en un escabel, el Hijo de Dios se dignó sentarse cuando fue concebido y nació en ella. Así el rabino Moisés y el rabino Hacados, citados por Galatino, libro 7, último capítulo.

En el hebreo y los Setenta, en lugar de «piedra» hay «ladrillo»; pues dicen: y bajo sus pies como una obra de ladrillo de zafiro. Pero «ladrillo» aquí se toma como «piedra»; de donde Vatablo, el Caldeo, R. David y otros traducen aquí: como una obra de piedra de zafiro. Este ladrillo, pues, era una piedra, es decir, una gema, en cuanto a su naturaleza y esplendor; pero era también un ladrillo en cuanto a su forma cuadrada, o más bien rectangular; pues era aquí una imagen del futuro propiciatorio.

Añádase esto: esta piedra aparecía ser un ladrillo en cuanto a su blancura; pues de ahí «ladrillo» en hebreo se llama lebenah, es decir «blanco», porque se vuelve blanco al cocerse en el horno. Finalmente, por el ladrillo, dice R. Salomón, Dios significaba que era consciente de la aflicción de los hebreos en el ladrillo y el barro de Egipto, y que ahora la había transformado en zafiro. Finalmente, de este pasaje los hebreos transmiten o conjeturan que las tablas de piedra en las que Dios inscribió la ley estaban hechas de zafiro, como discutiré en el capítulo 31, último versículo.


Versículo 11: No extendió su mano sobre ellos

Y SOBRE AQUELLOS QUE SE HABÍAN APARTADO LEJOS DE LOS HIJOS DE ISRAEL, NO EXTENDIÓ SU MANO; Y VIERON A DIOS, Y COMIERON Y BEBIERON. — Así leen las ediciones romanas y todas las demás, excepto la Complutense, que lee erróneamente: «y también sobre aquellos», etc., en sentido contrario. El sentido es: Sobre los ancianos que se habían apartado del pueblo común y habían subido al monte con Moisés, Dios no extendió su mano, es decir, Dios no hirió, no dañó a los príncipes de Israel que lo habían visto; pues comieron y bebieron después, como alegres y exultantes ante esta augusta y deleitosa visión de Dios, lo cual era prueba de que no habían sido matados ni dañados por Dios, aunque esté escrito: «No me verá hombre y vivirá». De donde antiguamente existía la creencia y el temor comunes de que quien viese a Dios sería herido de muerte por Dios; un ejemplo de esto se halla en Manué, Jueces capítulo 13, 22, y en el pueblo después de oír la ley, Deuteronomio capítulo 5, versículo 24. Con razón, pues, dice aquí Moisés que estos ancianos vieron a Dios y sin embargo no fueron muertos ni dañados. De donde el Caldeo traduce: Pero sobre los príncipes de los hijos de Israel no hubo daño alguno; pues la palabra hebrea atsile, que significa «los que están separados y apartados», significa también magnates y príncipes, que están separados del pueblo común por honor y rango. Ahora bien, «extender la mano» sobre alguien significa herir o dañar a alguien. Vatablo y los comentaristas más recientes generalmente siguen al Caldeo, como si Moisés dijera: No fue permitido al pueblo común y a los que estaban con el pueblo ver a Dios en imagen sensible alguna, no fuesen a fabricar un ídolo de ella; pero a los ancianos que estaban separados del pueblo, y, como traducen los Setenta, los elegidos de los hijos de Israel, les fue permitido ver a Dios de esta manera: pues eran varones prudentes, fieles, constantes y temerosos de Dios. Abulense explica esto de otro modo, a saber, así: Los ancianos del pueblo vieron al Dios de Israel, y sin embargo Dios mismo no extendió su mano sobre los que estaban lejos, es decir, no se ocultó del pueblo que estaba lejos, sino que más bien se manifestó a ellos, como también a los ancianos; pues «poner la mano» entre los hebreos a veces significa ocultar, como es claro por Éxodo capítulo 33, versículo 22. Pero este sentido es más remoto y oscuro; el primero, pues, es el genuino.


Versículo 13: Moisés subiendo al monte de Dios

MOISÉS SUBIENDO AL MONTE DE DIOS, — es decir, a las partes más altas del monte Sinaí: de donde después fue llamado a la cima misma para recibir las tablas de la ley al séptimo día. Así Hugo.

Y JOSUÉ, SU SERVIDOR. — Ved aquí cómo Moisés se contentaba con un solo servidor. Así pues, Moisés, príncipe, caudillo, legislador y sumo sacerdote del pueblo, llevó una vida de pobreza en su gobierno, sirviéndose únicamente de Josué como servidor; no quiso turbas de siervos, caballos ni carruajes. Vivía también diariamente con la misma comida, e incluso la misma porción de comida que los demás hebreos, a saber, un ómer de maná, para dar a la posteridad y a los príncipes un ejemplo de modestia, frugalidad y templanza, por la cual debieran igualarse al pueblo en cuanto fuera posible, y no gravarlo con tributos para su propio lujo; ni debieran exaltarse ambiciosamente entre ellos ni afanarse por dominarlos con soberbia.


Versículo 14: Esperad aquí hasta que volvamos

DIJO A LOS ANCIANOS: ESPERAD AQUÍ. — Es decir, aquí con el pueblo; pues «aquí» se toma en sentido amplio, y quizá Moisés señalaba con el dedo los propios campamentos del pueblo, como si dijera: Es suficiente, ancianos, que me hayáis acompañado hasta aquí y hayáis adorado al Señor; quedaos aquí, no subáis conmigo, sino volved a los campamentos, para que presidáis al pueblo y lo mantengáis en orden; pues en los campamentos, no mucho después, Aarón fabricó el becerro de oro para el pueblo, y por eso fue hallado y reprendido por Moisés, que descendía del monte con Josué solo.

SI SURGIERE ALGUNA CUESTIÓN, LA REMITIRÉIS A ELLOS. — En el hebreo: un varón de palabras, es decir, de causas o litigios, quien a saber tiene alguna causa o litigio, «vendrá ante ellos», es decir, ante Jur y Aarón para que ellos decidan la causa: el pueblo, pues, desde los campamentos a los ancianos, y estos a Jur y Aarón, son aquí mandados a remitir las cuestiones que surgieran en ausencia de Moisés.


Versículo 16: La gloria del Señor habitó sobre el Sinaí

Y LA GLORIA DEL SEÑOR HABITÓ SOBRE EL SINAÍ. — «Gloria», es decir, la majestad del Señor manifestándose a través de apariciones admirables, a saber, la oscuridad y el fuego.

CUBRIÉNDOLO CON UNA NUBE DURANTE SEIS DÍAS. — Dios quiso que durante estos seis días Moisés fuese abstraído y purificado de todo pensamiento y cuidado terrenal, y fuese elevado por la esperanza y la oración a la contemplación de las cosas celestiales, y así fuese preparado para la conversación con Dios, o más bien con el ángel.


Versículo 17: Como un fuego ardiente sobre la cima del monte

Y LA APARIENCIA DE LA GLORIA DEL SEÑOR ERA COMO UN FUEGO ARDIENTE. — La partícula «como» aquí no significa semejanza, sino la verdad de la cosa, al igual que en Juan capítulo 1, versículo 14: «Lo vimos como Unigénito». Y 1 Corintios capítulo 3, versículo 15: «Se salvará, pero así como por el fuego». Y 1 Pedro capítulo 2, versículo 13: «Ya al rey como a quien sobresale»; aquí, pues, era una verdadera apariencia de fuego, y un fuego verdadero.

Esta visión fue diferente de la de los ancianos en el versículo 10. Pues aquí todo el pueblo vio solo la apariencia de fuego, como también en el capítulo 20, versículo 18. La nube, pues, cubría todo el monte, pero en su cima sobresalía la apariencia de fuego, que era señal de Dios, y esta visión permaneció durante los cuarenta días completos en que Moisés estuvo en el monte, para que los israelitas no desesperaran de su regreso.


Versículo 18: Moisés entró en medio de la nube

Y MOISÉS ENTRÓ EN MEDIO DE LA NUBE Y SUBIÓ AL MONTE. — Dejando a Josué en el monte, Moisés ascendió más arriba hasta la cima del monte, para conversar con el ángel que actuaba en lugar de Dios y para recibir las tablas de la ley.

Tropológicamente, quien busca a Dios y desea conversar con Él debe retirarse a la nube, es decir, al secreto del corazón, debe despreciar todas las cosas que se ven, debe buscar las alturas y transferir su mente a las cosas invisibles. Así Gregorio de Nisa y Ruperto.

Así en las Vidas de los Padres, libro 6, cerca del final, dicen los ancianos: «Cuando Moisés entraba en la nube, hablaba con Dios; pero cuando salía de la nube, estaba con el pueblo. Del mismo modo el monje, cuando está en su celda, habla con Dios; pero saliendo de su celda, está con los demonios». A su vez, en el libro 5, capítulo 7, número 38, dice el anciano: «La celda del monje es aquel horno de Babilonia donde los tres jóvenes encontraron al Hijo de Dios; pero es también la columna de nube desde la cual Dios habló a Moisés». Y es de oro aquella sentencia del bienaventurado Nilo, que fue discípulo de San Juan Crisóstomo: «Quien ama la quietud permanece impenetrable a las flechas del enemigo; pero quien se mezcla con la multitud recibirá heridas frecuentes».

Y ESTUVO ALLÍ CUARENTA DÍAS. — Se añade en Deuteronomio 9, 9, que durante aquellos cuarenta días Moisés no comió nada ni bebió nada; pues Moisés vivía entonces de la palabra y la conversación de Dios, y era sustentado por el poder divino junto con Josué. Durante el mismo número de días, Josué permaneció esperando el regreso de Moisés en aquel lugar suyo (del cual Moisés se había apartado cuando fue llamado a la cima), dedicado a la contemplación, como es razonable creer, siguiendo el ejemplo de Moisés; pero si Josué, al igual que Moisés, vivió sin comida ni bebida durante cuarenta días, es incierto. Abulense juzga que Josué fue alimentado por el maná que caía allí, y por el torrente que, según Deuteronomio 9, 21, se dice que descendía del monte.

Algunos piensan que Moisés, además de los seis días mencionados en el versículo 16, pasó otros cuarenta días adicionales en el monte con Dios, de modo que en total estuvo allí cuarenta y seis días. Pero es más verdadero que estuvo en el monte solamente cuarenta días en total, y esto se colige de Deuteronomio 9, 9, 11 y 18. Los seis días, pues, mencionados en el versículo 16, están comprendidos dentro de estos cuarenta.

Nótese: El número cuarenta es frecuente y sagrado en la Escritura por el ayuno de Moisés, Elías y Cristo. A su vez, por las 42 mansiones o estaciones de los hebreos en el desierto; además por los 40 años de su peregrinación en el mismo, durante los cuales, careciendo continuamente de alimento terreno, fueron alimentados con maná celestial, hasta que llegaron a la tierra prometida: así como los cristianos durante los 40 días de ayuno tienden hacia la resurrección; y estos días de ayuno, a causa de aquella antigua figura de la peregrinación y las estaciones de los hebreos en el desierto, son llamados también «estaciones» por los Padres, como por Casiano, Conferencias 21, capítulos 28 y 29, donde también llama a la Cuaresma el diezmo anual, porque ella misma es la décima parte del año, y así por ella pagamos, por así decirlo, los diezmos del año a Dios. Así también son llamadas por Hermas, que también se llama el Pastor, libro 3, capítulo 5: «¿Qué es el ayuno?», dice, «Es una estación», porque es, por así decirlo, un día establecido para ayunar; y por Ambrosio, sermón 25: «Los ayunos se llaman estaciones», dice, «porque permaneciendo y perseverando en ellos, rechazamos a los enemigos que acechan»; y por Tertuliano, en el libro Sobre la Oración, al final, donde dice: «La estación debe disolverse recibiendo el cuerpo del Señor (pues antiguamente los cristianos solían reunirse casi diariamente por la tarde para la oración, como para una estación, y en ella, ayunando, celebraban la cena de Cristo y comulgaban; pues ayunaban hasta la tarde, es decir, hasta la cena eucarística). Pero si el término "estación" toma su nombre del uso militar (pues también nosotros somos milicia de Dios), ciertamente ninguna tristeza ni alegría que sobrevenga al campamento anula las estaciones de los soldados; pues la alegría administrará la disciplina con mayor gusto, y la tristeza con mayor solicitud». Así Tertuliano; el mismo, en el libro Sobre el Ayuno: «Las estaciones del cuarto y sexto día de la semana», dice, es decir, ayunos. Véase la nota de Pamelio sobre el libro de Tertuliano Sobre la Oración, al final.

Así Simeón Estilita — que permaneció en una columna día y noche durante ochenta años, y pasó veintiocho Cuaresmas completas sin alimento ni bebida alguna, de modo que con razón fue considerado un prodigio del mundo, y parecía ser no tanto un hombre como un ángel. Pero oíd a más, y a simples hombres: Luciano en el Filopatris atestigua que los cristianos solían observar el ayuno cuaresmal con tal rigor que pasaban diez días sin alimento. Gregorio de Nacianzo escribe a Helenio que había muchos monjes en el Ponto que se abstenían de alimento durante veinte días y noches completos, imitando la mitad del ayuno de Cristo y de Moisés, y atestigua que uno de estos estaba bajo su autoridad. San Agustín, epístola 86 a Casulano, refiere que conoció a algunos que mantenían un ayuno perpetuo más allá de una semana; y añade: «Que alguien llegó al número mismo de cuarenta nos fue asegurado por hermanos dignos de fe». San Jerónimo, epístola 7 a Leta, sobre la educación de su hija, prohibiendo las cargas de la abstinencia en la tierna edad: «En la Cuaresma, sin embargo», dice, «deben desplegarse las velas de la continencia, y el auriga debe soltar todas las riendas a los caballos que se apresuran». El mismo, escribiendo a Marcela sobre Asela: «Cuando», dice, «se alimentaba durante todo el año con ayuno continuo, permaneciendo así de dos en dos y de tres en tres días; entonces, verdaderamente, en Cuaresma desplegaba las velas de su nave, uniendo casi semanas enteras con rostro alegre, y así llegó a su quincuagésimo año, sin que le doliera el estómago ni fuera atormentada por lesión de sus vísceras». El emperador Justiniano llevaba una vida dura durante la Cuaresma: «Se abstenía de alimentos durante dos días; deseando alimento, quería que estuvieran ausentes el vino, el pan y alimentos semejantes; comía solo col y hierbas silvestres maceradas con sal y vinagre; su única bebida era agua, y ni siquiera usaba estos alimentos hasta la saciedad; sino que, habiendo degustado brevemente el alimento que había pedido, pronto lo apartaba, no habiendo consumido lo suficiente para la naturaleza», dice Procopio, libro 1 Sobre las Edificaciones del emperador Justiniano; y así, armado con el ayuno, venció a los persas, los godos, los vándalos y otros bárbaros.

Los primeros monjes se retiraban al desierto durante la Cuaresma, entregados enteramente al ayuno y la contemplación, como narra Zósimas en la Vida de Santa María Egipcíaca. San Francisco, además de la Cuaresma pascual, ayunaba otras dos Cuaresmas: una antes de la fiesta de la Asunción, en honor de la Santísima Virgen; otra después de dicha fiesta, en honor de los Santos Ángeles: de donde al final de este ayuno, como recompensa, recibió los sagrados estigmas de Cristo impresos en él. Así lo dice San Buenaventura en su Vida. Los monjes de Tabennesi pasaban la Cuaresma con alimentos no cocidos por el fuego; el abad Pablo de Galacia con una medida de lentejas y un pequeño recipiente de agua; Adolio comiendo solo cada cinco días; Macario de Alejandría sin comer nada excepto unas pocas hojas crudas de col el domingo, sin doblar nunca la rodilla, sin reclinarse nunca, siempre de pie. Así se refiere en las Vidas de los Padres.

Simbólicamente, Beda dice: Moisés estuvo con el Señor cuarenta días, para que con este número aprendiese que solo aquellos pueden cumplir el Decálogo a quienes la verdad de la gracia evangélica, que había de describirse en cuatro libros (los Evangelios), asistiese; pues cuatro por diez hacen cuarenta. A su vez, con este número cuarenta se significaban los diez mandamientos, que durante estos cuarenta días Moisés recibió de Dios, para ser divulgados por las cuatro regiones del mundo, es decir, a todas las naciones, en el tiempo del Evangelio.