Cornelius a Lapide

Éxodo XXVI


Índice


Sinopsis del capítulo

Se prescribe la construcción del tabernáculo: primeramente, sus cuatro coberturas, a saber, la primera de diez cortinas bordadas; la segunda, versículo 7, de once telas de pelo de cabra; la tercera de pieles de carnero teñidas de rojo; la cuarta de pieles de color azul violáceo. En segundo lugar, versículo 15, se describen las tablas del tabernáculo con sus basas; y en el versículo 26, los travesaños que sujetan estas tablas. Finalmente, versículo 31, se describe el velo tendido ante el Santo de los Santos, y en el versículo 36, el velo tendido ante el Lugar Santo.


Texto de la Vulgata: Éxodo 26:1-37

1. El tabernáculo lo harás así: Harás diez cortinas de lino fino retorcido, y violeta, y púrpura, y escarlata dos veces teñida, bordadas con labor de bordador. 2. La longitud de cada cortina será de veintiocho codos; la anchura, de cuatro codos. Todas las cortinas serán de la misma medida. 3. Cinco cortinas se unirán entre sí, y las otras cinco se enlazarán de igual manera. 4. Harás lazadas de violeta en los bordes y extremos de las cortinas, para que puedan unirse mutuamente. 5. Cada cortina tendrá cincuenta lazadas a cada lado, dispuestas de modo que una lazada corresponda frente a la otra, y una pueda ajustarse con la otra. 6. Harás también cincuenta anillos de oro, con los cuales se unirán los velos de las cortinas, para que se forme un solo tabernáculo. 7. Harás también once telas de pelo de cabra, para cubrir el techo del tabernáculo. 8. La longitud de cada tela será de treinta codos, y la anchura de cuatro; la medida de todas las telas será igual. 9. De las cuales unirás cinco por separado, y acoplarás seis entre sí, de modo que dobles la sexta tela en la parte delantera del techo. 10. Harás también cincuenta lazadas en el borde de una tela, para que pueda unirse con la otra; y cincuenta lazadas en el borde de la otra tela, para que se acople con su compañera. 11. Harás también cincuenta hebillas de bronce, con las cuales se unirán las lazadas, para que de todas se forme una sola cubierta. 12. Y lo que sobrare de las telas preparadas para el techo, es decir, una tela que queda de más, con su mitad cubrirás la parte posterior del tabernáculo. 13. Y colgará un codo de un lado y otro del otro, de lo que sobra en la longitud de las telas, protegiendo cada lado del tabernáculo. 14. Harás también otra cubierta para el techo, de pieles de carnero teñidas de rojo; y sobre ella otra cubierta más de pieles de color azul violáceo. 15. Harás también las tablas del tabernáculo de madera de acacia, puestas en pie, 16. cada una de las cuales tendrá diez codos de longitud y codo y medio de anchura. 17. En los lados de las tablas se harán dos espigas, por las cuales una tabla se conecte con otra; y de este modo se prepararán todas las tablas. 18. De las cuales veinte estarán en el lado sur, que mira hacia el mediodía. 19. Para las cuales fundirás cuarenta basas de plata, de modo que dos basas se coloquen debajo de cada tabla por sus dos esquinas. 20. En el segundo lado también del tabernáculo, que mira al norte, habrá veinte tablas, 21. con cuarenta basas de plata. Se colocarán dos basas debajo de cada tabla. 22. Para el lado occidental del tabernáculo harás seis tablas, 23. y otras dos más que se levantarán en las esquinas de la parte posterior del tabernáculo. 24. Y estarán unidas desde abajo hasta arriba, y una sola junta las sujetará a todas. Lo mismo se observará con las dos tablas que se han de colocar en las esquinas. 25. Y habrá en total ocho tablas, sus basas de plata dieciséis, contándose dos basas por cada tabla. 26. Harás también travesaños de madera de acacia, cinco para sostener las tablas de un lado del tabernáculo, 27. y otros cinco para el otro lado, y el mismo número para el lado occidental: 28. los cuales pasarán por el medio de las tablas de un extremo al otro. 29. Las tablas mismas las revestirás de oro, y fundirás anillos de oro para ponerlos en ellas, como lugares para los travesaños que sujeten las tablas; y los travesaños los cubrirás con láminas de oro. 30. Y erigirás el tabernáculo conforme al modelo que se te mostró en el monte. 31. Harás también un velo de violeta, y púrpura, y escarlata dos veces teñida, y lino fino retorcido, labrado con bordado y hermosa variedad: 32. el cual colgarás ante cuatro columnas de madera de acacia, las cuales ciertamente estarán revestidas de oro, y tendrán capiteles de oro, pero basas de plata. 33. Y el velo será colgado con anillos, y dentro de él colocarás el arca del testimonio, y así se dividirán el Santuario y el Santo de los Santos. 34. Y pondrás el propiciatorio sobre el arca del testimonio en el Santo de los Santos, 35. y la mesa fuera del velo; y frente a la mesa el candelabro en el lado sur del tabernáculo: pues la mesa estará en el lado norte. 36. Harás también una cortina en la entrada del tabernáculo de violeta, y púrpura, y escarlata dos veces teñida, y lino fino retorcido, con labor de bordador. 37. Y revestirás de oro cinco columnas de madera de acacia, ante las cuales se colocará la cortina: sus capiteles serán de oro y sus basas de bronce.


Visión general del tabernáculo, el atrio y los utensilios

Recibe aquí una breve sinopsis de todo el tabernáculo, del atrio y de los utensilios de ambos. El tabernáculo tenía 30 codos de largo, 10 de ancho y 10 de alto. Estaba dividido en dos partes, a saber, el Lugar Santo, que tenía 20 codos de longitud, y el Santo de los Santos, que contenía los restantes diez codos de la longitud del tabernáculo: por tanto, el Lugar Santo era rectangular, pues medía 20 de largo y 10 codos de ancho; pero el Santo de los Santos era cuadrado, pues medía 10 codos de ancho e igual de largo. El Lugar Santo estaba separado del Santo de los Santos por un velo, del cual véase el versículo 31.

En segundo lugar, este tabernáculo estaba hecho de 20 tablas de madera de acacia revestidas de oro, que se extendían a lo largo hacia el sur, y otras tantas hacia el norte; en el lado occidental, que era la parte de la anchura del tabernáculo que conectaba ambas partes de la longitud, a saber, la meridional y la septentrional, tenía 8 tablas; en el lado oriental estaba abierto, y tenía solo 5 columnas de madera de acacia revestidas de oro, que estaban cubiertas por una cortina en el versículo 37: pues por este lado estaba la entrada al tabernáculo cuando se levantaba la cortina. Cada tabla tenía dos basas de plata; además, a través de estas tablas por cada uno de sus tres lados se insertaban 5 travesaños para sujetar las tablas.

En tercer lugar, este tabernáculo estaba cubierto tanto por arriba como por los lados. Primero, por diez cortinas hechas de escarlata, púrpura, violeta y lino, cada una de las cuales medía 28 codos de longitud y 4 de anchura. De ahí que estas cortinas se llamen aquí «cortinas», porque estaban tendidas y extendidas a manera de tienda. Segundo, estaba cubierto por 11 telas o cubiertas de pelo de cabra, cada una de las cuales medía 30 codos de largo y 4 codos de ancho. Tercero, estaba cubierto con pieles de carnero teñidas de rojo. Cuarto, con pieles de color azul violáceo contra la lluvia y las tormentas. De ahí que estas pieles se llamen aquí «techo», es decir, la cubierta que cubre el tabernáculo, sobre lo cual véase el versículo 14. De esto se sigue que el tabernáculo estaba cubierto y velado por todos lados, y no tenía ventana alguna, sino que admitía la luz por la parte delantera a través de la entrada, como diré al final del capítulo.

En cuarto lugar, delante del tabernáculo había un atrio de 100 codos de largo y 50 de ancho, que igualmente estaba rodeado por los lados con sus propias tablas y cortinas; pero por arriba estaba abierto y se hallaba al aire libre.

En quinto lugar, este atrio era como el templo de los laicos; pues los laicos nunca podían acercarse al tabernáculo ni entrar en él. Además, este atrio estaba dividido en el atrio exterior de los laicos, del cual ya he hablado, y el atrio interior de los sacerdotes, en el cual estaba tanto la pila de bronce como el altar de los holocaustos: pues este debía estar en el atrio al aire libre por causa del fuego, el humo y la evaporación, y el hedor de las víctimas que se quemaban en este altar.

Además, este atrio de los sacerdotes estaba separado del atrio de los laicos por un pequeño muro o tabique de tres codos de altura, de modo que los laicos desde su atrio podían mirar por encima del muro al atrio de los sacerdotes, y allí ver los holocaustos y víctimas que se ofrecían en el altar de los holocaustos.

En sexto lugar, en la parte delantera del tabernáculo, a saber, en el Lugar Santo, estaba el altar del incienso, frente al Santo de los Santos y al propiciatorio: de modo que a través de un hueco dejado en la pared o en el velo divisorio, el humo del incienso, que se quemaba a Dios en este altar, pudiera ascender; a la derecha de este altar estaba el candelabro, a la izquierda la mesa de los panes de la proposición. En el Santo de los Santos estaba el arca, que contenía dentro las tablas de la ley, encima el propiciatorio, al que velaban dos Querubines. Además, en el Santo de los Santos había un ánfora con maná y la vara de Aarón que había florecido. En el atrio, sin embargo, como dije, estaba el altar de los holocaustos y la pila de bronce, de la cual se lavaban tanto los sacerdotes como las víctimas.

En séptimo lugar, el Santo de los Santos, es decir, la parte más santa del tabernáculo, era como un santuario, al que solo el sumo sacerdote podía entrar, y eso una sola vez al año, a saber, en la fiesta de la expiación, Levítico capítulo 16. En el Lugar Santo, sin embargo, entraban los sacerdotes diariamente por la mañana y por la tarde, para quemar incienso, y para encender las lámparas al atardecer y apagarlas por la mañana. El atrio, sin embargo, era el lugar del pueblo. De modo semejante, Salomón dividió después su templo en tres partes: pues la primera parte, correspondiente a este atrio, estaba al aire libre y se llamaba el ulam, es decir, el pórtico de Salomón, y era el lugar y templo del pueblo; la segunda parte se llamaba propiamente templo, en hebreo hechal, correspondiente al Lugar Santo, en el cual estaba el altar del incienso, con la mesa y el candelabro; la tercera parte, la más interior de todas, era el debir, es decir, el oráculo o Santo de los Santos. Véase la descripción de todo el tabernáculo en Josefo, libro III, capítulo 5, y Abulense aquí en el capítulo 27, y Ribera, libro I Sobre el Templo, último capítulo.


Interpretación tropológica del tabernáculo

Recibe ahora la apropiada y conectada interpretación tropológica de todo el tabernáculo y de cada una de sus partes y utensilios. Este tabernáculo con su atrio significaba la Iglesia y los fieles de Cristo, 1 Timoteo capítulo 3, versículo 15, que a través del velo de la fe contemplan a Dios en la tierra: en él Aarón, es decir, Cristo el Señor, es el sumo Pontífice; y así, primero, el atrio significaba los rudimentos de los principiantes y la vida común de los cristianos: de ahí que en él estuviera el altar de los holocaustos, que significaba la muerte y mortificación de los vicios en el servicio de Dios; asimismo la pila o lavatorio de bronce, es decir, el Sacramento de la penitencia, del cual los cristianos comunes tienen mayor necesidad.

Segundo, el Lugar Santo significaba a los cristianos más perfectos; de ahí que en él estuviera el altar del incienso, que significaba la oración continua, la alabanza y la contemplación de Dios; y el candelabro, que significaba a los doctores que brillan en la Iglesia por su vida santa y su doctrina; y la mesa de los panes de la proposición, que significaba a los que se dedican a las obras de misericordia. Y por esta razón el candelabro estaba a la derecha y la mesa a la izquierda, porque la doctrina supera a la limosna, y los doctores a los limosneros. La sabiduría, por tanto, siendo espiritual, pertenece a la derecha; pero el alimento temporal de la mesa, a la izquierda, conforme a aquella sentencia de Proverbios 3: «En su mano izquierda hay riquezas y gloria.» El altar estaba en el medio, tanto porque la contemplación dirige la doctrina y la limosna, como porque el sacerdote, a quien pertenece el altar, es mediador entre Dios y el pueblo; y porque la potestad sacerdotal está a medio camino entre la sabiduría temporal y la espiritual, ya que por ella se dispensan tanto la sabiduría espiritual como las cosas temporales, dice Santo Tomás, I-II, Cuestión 102, artículo 4, respuesta 6. Donde también añade una razón física, o más bien matemática, a saber, que el candelabro, con sus siete brazos, representaba los siete planetas por los cuales se ilumina todo el mundo, y por ello se colocaba en el lado sur, porque desde esa dirección está para nosotros el curso de los planetas; pues la parte meridional es el lado derecho del mundo, la septentrional el izquierdo, como se dice en el libro II Sobre el Cielo, texto 13.

Además, otros por el Lugar Santo entienden el estado de perfección y la vida religiosa, y los tres votos de la Religión, a saber, por el altar la obediencia, por la mesa la pobreza, por el candelabro la castidad. Tercero, el Santo de los Santos significa el cielo o la Iglesia Triunfante: de ahí que en él estuviera el arca de la alianza, es decir, la asamblea de los Bienaventurados; y el propiciatorio de oro, es decir, la humanidad gloriosa de Cristo; y finalmente los Querubines, es decir, los santos ángeles sobre los cuales Dios glorioso sobresale, se sienta y preside, y se exhibe a todos los Bienaventurados, tanto ángeles como seres humanos, para ser visto claramente en el cielo, y así los hace bienaventurados. Además, en el Santo de los Santos está el ánfora con maná, porque en el cielo hay abundancia de dulzura divina, satisfacción y consuelo. Finalmente está la vara de Aarón, que aunque seca volvió a la vida y produjo hojas, flores y frutos, porque en la resurrección y la gloria celestial el cuerpo resucitará, y la gloria será otorgada junto con el alma, y producirá cuatro dotes, a saber, agilidad, sutileza, claridad e impasibilidad. Así dice Beda aquí sobre el capítulo 25 y otros.

Todas estas cosas pueden aplicarse proporcionalmente a cualquier alma cristiana y santa, que mediante la penitencia, la caridad y otras virtudes se convierte en tabernáculo y templo de Dios, y lo es. 1 Corintios 3:16: «¿No sabéis que sois templo de Dios y que el Espíritu de Dios habita en vosotros?» Semejante es Efesios 3:17; Romanos 8:9, sobre lo cual véase Orígenes, homilía 9.

Viene a propósito aquí aquel pasaje de Filón en su libro Sobre los Querubines: «Aunque toda la tierra, dice, se convirtiera de repente en oro, o en algo más precioso que el oro, y pronto se gastara en pórticos, vestíbulos, salones, atrios y edificios sagrados por obra de artesanos, ni siquiera podría hacer un escabel para los pies de Dios: sin embargo, una morada digna de Él es el alma, con tal de que sea idónea.»

Por eso San Bernardo alaba al conde Teobaldo, porque edificaba monasterios e iglesias para sus religiosos, en los cuales los templos vivos e inmortales de Dios, esto es, los hombres religiosos, pudieran habitar y servir a Dios: testigo es el autor de su Vida, libro II, capítulo 8.

Pero Isidoro el monje dice: «Es más excelente, dice, restaurar con cuidado conveniente los cuerpos de los fieles enfermos, que más verdaderamente podemos considerar templos de Dios, y por los cuales se busca dinero, que edificar templos de piedra.» Así Sozomeno, libro VIII, capítulo 12.

Movido por razón semejante, Acacio, obispo de Amida, vendió los vasos de oro y plata de la Iglesia, para rescatar y alimentar a pobres cautivos necesitados. Así Sócrates, libro VII, capítulo 21.

Igualmente San Agustín, siguiendo a San Ambrosio, «ordenó que los vasos del Señor fueran quebrados y fundidos por causa de los cautivos y de muchísimos necesitados, y distribuidos a los pobres,» dice Posidio en la Vida de San Agustín, capítulo 24.

Por tanto, este tabernáculo del alma tiene a su entrada el lavatorio de la penitencia y el altar de la mortificación. En el Lugar Santo tiene tres vasos preciosos: el candelabro, la mesa, el altar del incienso. Pues hay tres males en nuestro apetito que necesitan de estos vasos: las tinieblas de la ignorancia, el hambre y la carencia de alimento saludable, los vapores pestilentes del pensamiento y deseo sórdidos. El candelabro, es decir, la sabiduría, disipa estas tinieblas; la mesa de los panes, es decir, la mesa de la Eucaristía, de la gracia y del influjo de Dios, sacia esta hambre; el altar del incienso, es decir, el pensamiento piadoso y la oración, consume estos vapores pestilentes: y así del Lugar Santo, es decir, de la Iglesia, pasamos al Santo de los Santos, es decir, al cielo.

Y por esta razón, a saber, por la interpretación tropológica dada poco antes, las iglesias de los cristianos se construían antiguamente de modo que tuvieran la mayor semejanza con el tabernáculo de Moisés y el templo de Salomón: pues contenían un pórtico, un atrio, el Lugar Santo y finalmente el Santo de los Santos; en el pórtico estaban los expulsados de la iglesia y los infieles; en el atrio estaban los penitentes; en el Lugar Santo el pueblo; en el Santo de los Santos los sacerdotes, y allí ofrecían sacrificios a Dios.

Además, tal como en el templo de Salomón, así también en las iglesias antiguas el lugar de las mujeres estaba separado del lugar de los hombres, y una diaconisa presidía el primero. Finalmente, así como había una pila en el tabernáculo y en el templo, así también en las iglesias había un lavatorio ante las puertas, en el cual todo el pueblo que iba a entrar al templo se lavaba las manos. Así Baronio, tomo I, año de Cristo 57, pp. 533 y 540.

Puede, en segundo lugar, significar alegóricamente el cuerpo de Cristo. Pues Cristo y la Iglesia son como uno solo, porque Cristo es como la cabeza y el alma de la Iglesia. Así Niseno y Hugo, y se deduce de Juan capítulo 2, versículos 19 y 21, lo cual San Cirilo prosigue bellamente, libro IV sobre Juan, capítulo 28, donde aplica a Cristo tanto el tabernáculo como todas las cosas que estaban en el tabernáculo. Pues aunque Cristo es uno, sin embargo obra y es concebido de muchas maneras. Cristo, dice Cirilo, es el tabernáculo por la cobertura de la carne: Cristo es el arca que tiene la ley de Dios oculta dentro, en cuanto es el Verbo del Padre: Cristo es la mesa, porque es alimento y vida para nosotros en la Eucaristía: Cristo es el candelabro, porque es la luz espiritual del alma: Cristo es el altar del incienso, porque es olor de suavidad en la santificación: Cristo es el altar del holocausto, porque es la víctima inmolada en la cruz por la vida del mundo entero: y además es el altar, porque sobre Cristo y los méritos de Cristo ofrecemos a Dios nuestras oraciones, votos y sacrificios. El tabernáculo, pues, representaba el cuerpo de Cristo, tanto el natural, a saber, la humanidad de Cristo, como el místico, que es la Iglesia. Recorramos ahora y expliquemos el texto.


Versículo 1: El tabernáculo lo harás así

EL TABERNÁCULO LO HARÁS ASÍ. — El tabernáculo fue hecho para este propósito, dice Josefo, que fuera como un templo móvil y portátil, que viajara con los hebreos por el desierto, y era como una tienda militar, que podía desmontarse en piezas y empacarse cuando había que mover el campamento. El tabernáculo, por tanto, era como una casa de Dios, en la cual los hebreos adoraban a Dios, y Dios a su vez significaba que era su cobijo y protector, Salmo 26, versículo 5.

DIEZ CORTINAS DE LINO RETORCIDO. — «Retorcido», es decir, doblado mediante torsión: cuyos hilos se tuercen de dos en dos, y así se duplican; y esto para que fuera más fuerte: pues este lino era la urdimbre de toda la tela, en la cual la escarlata, la púrpura y la violeta debían tejerse como trama.

LAS HARÁS BORDADAS CON LABOR DE BORDADOR. — En hebreo, las harás con querubines, obra de artífice experto; «querubines», es decir, figuradas y variadas con múltiples hilos e imágenes.

De ahí que los rabinos piensen, y entre ellos Pagnino, Ribera y otros, que querubines en hebreo es lo mismo que pintado, figurado, así como los Querubines sobre el arca estaban pintados y esculpidos en efigie. De donde San Jerónimo, o quienquiera que sea el autor, en el libro Sobre los Nombres Hebreos, dice que querubines a veces no significa otra cosa que pintura vermiculada. Pero en el capítulo precedente, versículo 18, Cuestión 5, enseñé por consenso común de los Doctores que querubines significa multitud de ciencia, arte e industria: por tanto, la obra de querubines es una obra de gran arte, ingenio e industria, como son las obras de los bordadores, pintores, escultores, etc.

Nótese: «Obra de artífice experto» en hebreo es lo que en griego se llama polymitos, es decir, ingenioso, de mucho pensamiento, industria y cuidado: como lo que los hebreos llaman obra de querubines, los griegos polymitos, es decir, multilix (de muchos hilos), de muchos y variados hilos y colores, que también se llama frigio por sus inventores, y es lo mismo ya sea pintado con aguja o tejido mediante inserción variada, como se hace en nuestros tapices: pues los frigios entre los gentiles inventaron este modo de tejer y variegar, y fueron los primeros en pintar con aguja y tejer vestiduras con oro. Pues así en estas cortinas del tabernáculo, sobre el lino como urdimbre tejían varios hilos, a saber, violeta, púrpura y escarlata. La misma obra se llama plumarium (obra de pluma), como si estuviera pintada con pluma, o porque era variada y multicolor, como son las plumas de las aves: aunque San Agustín piensa que plumarium se dice de pluma, es decir, la aguja, dice, con la que se insertan hilos de oro en la tela. Estos seis términos, pues, son la misma cosa, a saber, la obra de machosheb, es decir, de artífice experto, polymitos, querubines, polymitos, frigio o estilo frigio, plumarium, que en hebreo se llama rekem, de donde también los italianos lo llaman recamato. Y así la obra plumarium no es obra topiaria, como algunos pensaron; sino que es obra variamente pintada o tejida con aguja, que imita pinturas hechas con las plumas multicolores de las aves. Pues así los mexicanos tejen muy elegantemente vestiduras, gorros, escudos, imágenes, etc., con las pequeñas plumas de loros y flamencos y otras aves multicolores.

Sin embargo, nuestro Traductor a veces distingue el polymitarius del plumarius o bordador, y llama polymitarius al que trabaja tejiendo; plumarius o bordador al que pinta y forma cosas variadas con aguja, como resulta claro del capítulo 38, versículo 23, y del capítulo 35, versículo 35.

Prado y Alcázar añaden, Apocalipsis capítulo 4, página 318, al principio (donde no admiten otro significado de la palabra querubines que este), que esta obra se llama querubines porque verdaderamente imágenes de Querubines pintadas en varios colores estaban tejidas en estas cortinas, así como las mismas fueron pintadas en el velo y las paredes del templo, como consta de 2 Crónicas capítulo 3, versículos 7 y 13, y esto con el fin de significar los trofeos de victoria que Dios Esposo había ganado de la guerra egipcia cuando el Faraón fue ahogado, en favor de liberar a su esposa, a saber, la Sinagoga; para que la esposa los llevara tanto en la vestidura multicolor de los sacerdotes como en el tabernáculo, como insignias de su reino y sacerdocio, de modo que mirando su vestidura y su tabernáculo con estos emblemas, se inflamara en admiración y amor hacia tan valiente caudillo y tan amante esposo, a saber, Dios altísimo y grandísimo. Josefo, sin embargo, dice que en estas cortinas las imágenes tejidas no eran de hombres o animales, sino de hierbas, árboles y otras cosas.


Versículo 2: Cortinas

CORTINAS, — es decir, cortinas tendidas a manera de tienda.


Versículo 3: Cinco cortinas se unirán entre sí

CINCO CORTINAS SE UNIRÁN ENTRE SÍ, — como si dijera: De las diez cortinas unirás cinco y cinco ya sea cosiéndolas o por otro método, de modo que sean como dos cortinas grandes, las cuales a su vez se acoplarán en una cortina grandísima mediante 50 lazadas; con el resultado de que, mientras la longitud de todas las cortinas permanece la misma, a saber, 28 codos, la anchura a lo largo de la cual se conectan será de 40 codos: pues cuatro por diez hacen 40: pues cada una de las diez cortinas tenía 4 codos de ancho y 28 de largo.

De aquí es fácil ver cómo estas 10 cortinas eran proporcionadas al tabernáculo, y lo cubrían por entero, excepto el lado oriental donde la entrada estaba abierta, tanto por arriba como por los tres lados restantes. Para ver esto claramente, nótese primero que el tabernáculo (es decir, las tablas del tabernáculo) tenía 30 codos de largo de este a oeste, y 10 codos de ancho de sur a norte; segundo, que las tablas del tabernáculo tenían 10 codos de alto por cada lado; tercero, que estas cortinas conectadas tenían 28 codos de longitud y 40 de anchura, como dije.

Digo primero: Este velo de 10 cortinas estaba dispuesto transversalmente según su longitud, es decir, se extendía del lado norte al lado sur, de modo que cubría y techaba ambos lados, y al mismo tiempo la parte superior o abertura, por la cual estas tablas estaban separadas entre sí en anchura por arriba, como un techo. Que así era resulta claro: pues estos dos lados, a saber, el norte y el sur, tenían cada uno diez codos de altura, que juntos hacían 20 codos, y la anchura superior, como la inferior, era de 10 codos. Por tanto, todo el espacio de estos tres lados, a saber, la altura de las tablas a ambos lados y la anchura superior, era de 30 codos, que las cortinas, de 28 codos de largo, cubrían de tal modo que a cada lado les faltaba un codo para llegar al suelo, al cual habrían llegado si hubieran sido no de 28 sino de 30 codos, como era el espacio real del tabernáculo.

Digo segundo: Este velo de diez cortinas se extendía según su anchura de este a oeste. Esto resulta claro: pues la longitud del tabernáculo, que se medía de este a oeste, era de treinta codos; pero la altura del lado occidental, como la de los demás, era de 10 codos, que sumados a los 30 codos de longitud ya mencionados hacen 40 codos, que es el número de la anchura de este velo: pues este velo de 10 cortinas unidas tenía 40 codos de ancho, como dije. Así pues, todos los lados del tabernáculo estaban cubiertos por este velo, excepto el lado oriental, donde la entrada estaba abierta. Así Abulense, Cuestión 4.

La tela de pelo de cabra estaba dispuesta de modo semejante, sobre lo cual véase el versículo 7; pero dado que constaba no de 10 sino de 11 cortinas, cada una de las cuales tenía no 28 como las anteriores, sino 30 codos de longitud, resultaba que esta tela, por razón de estos 30 codos, llegaba al suelo por ambos lados; y por razón de la undécima cortina, la anchura de una cortina por delante, y la anchura de otra cortina por detrás, debía plegarse por la mitad.

Tropológicamente, en el tabernáculo, es decir, la Iglesia, las diez cortinas son los 10 preceptos de la caridad, o del Decálogo: son cinco y cinco, porque cada uno concuerda tanto con el Nuevo como con el Antiguo Testamento; tienen 4 codos de anchura, pues la caridad se extiende a las 4 virtudes cardinales; tienen 28 codos de longitud, número que resulta de multiplicar cuatro por siete (que es el número del sábado), y es un número compuesto perfecto: pues él solo se compone e integra con todos sus factores primos, pues si sumas 1, 2, 3, 4, 5, 6, 7, producirás 28, porque la caridad de la ley divina engendra para nosotros la más larga y perfecta eternidad; de ahí también que las 50 lazadas salientes de color violeta, es decir, de color celeste, signifiquen la esperanza de las cosas celestiales y el jubileo celestial, en el cual tendremos la más plena libertad y gozo; los anillos de oro significan la claridad perpetua y la caridad clara de los Santos, o el amor mutuo. Véase Beda, libro II Sobre el Tabernáculo, capítulo 2.

San Gregorio dice de otro modo, homilía 19 sobre Ezequiel: «Las cortinas, dice, del tabernáculo son todos los Santos, que progresan en el ornato de la santa Iglesia por los diversos colores de las virtudes. Ellas tanto velan lo interior como adornan lo exterior en todo sentido; porque su vida, en cuanto se ve, es ornamento, y su entendimiento, oculto dentro, mientras no pueden expresar las cosas celestiales que guardan en su mente, está de algún modo velado en ellas. Rectamente son diez cortinas, porque por el celo del Decálogo los mismos corazones de los Santos progresaron. Las lazadas violeta de las cortinas fueron mandadas hacer en número de cincuenta. La violeta tiene el aspecto del cielo. Las lazadas de las cortinas, pues, son los preceptos celestiales, con los cuales las almas son atadas, para que elevadas de las cosas inferiores cuelguen en lo alto. Estas lazadas tienen también anillos de oro, a saber, el entendimiento que brilla con verdadera sabiduría. El cual entendimiento, porque debe ser circunspecto en todas las cosas y fortificado con la vigilancia de tan gran solicitud, rectamente se designa por los anillos. Y debe notarse que las lazadas o anillos se mandan hacer en los lados y en la parte superior de las cortinas, porque los preceptos celestiales y el entendimiento espiritual no solo deben suspendernos hacia arriba en el amor de Dios, sino también unirnos al prójimo en la caridad. Pues en cuanto amamos a nuestro Creador, colgamos en el aire como por las lazadas superiores; pero en cuanto amamos a nuestros prójimos como a nosotros mismos, tenemos lazadas y anillos en el lado, de modo que las cortinas del tabernáculo, es decir, las almas de los fieles, estén unidas por la caridad y no divididas por la discordia.»


Versículo 6: Harás también cincuenta anillos

HARÁS TAMBIÉN CINCUENTA ANILLOS, — a saber, broches circulares, para que estos dos paneles de cinco cortinas cada uno puedan unirse a través de ellos, y a su vez soltarse y separarse cuando sea tiempo de partir; de ahí que nuestro Traductor llame a estos anillos «hebillas» en el versículo 11, y el hebreo karse significa un anillo y un broche circular, por su curvatura.


Versículo 7: Harás también once telas de pelo de cabra

HARÁS TAMBIÉN ONCE TELAS DE PELO DE CABRA. — En hebreo, harás también cortinas de pelo de cabra, once: pues las vestiduras tejidas de pelo de cabra se llamaban cilicinas (de cilicio), sobre lo cual véase el capítulo 25, versículo 4. Estas telas o cortinas se unían del mismo modo y se extendían sobre el tabernáculo como las 10 cortinas, según dije en el versículo 3.

Tropológicamente, San Agustín, sermón 45 sobre Mateo: Once, dice, es símbolo del pecado, porque transgrede el número diez del Decálogo, lo cual aquí se lamenta con cilicio, o tela de pelo de cabra: esta tela, pues, era símbolo de la penitencia. «La penitencia, dice Isidoro, libro III Sobre el Sumo Bien, es la medicina de la herida, la esperanza de la salvación, por la cual uno es movido a misericordia, que no se mide por el tiempo, sino por la profundidad del llanto y las lágrimas, con las cuales toda carne es torturada y mortificada.» Y Hugo de San Víctor, libro III Sobre los Misterios de la Iglesia: «La penitencia, dice, se llama como si fuera “castigar” (o más bien “mantener el castigo”), porque la persona misma al arrepentirse castiga en sí misma lo que cometió mal. Pues las tres cosas que hay en el golpeo del pecho, a saber, el pecho, el sonido y la mano, significan que la penitencia es por aquellas cosas en las que hemos pecado de pensamiento, palabra y obra.»

PARA CUBRIR EL TECHO DEL TABERNÁCULO, — llama «techo» a la cubierta, a saber, el velo de diez cortinas ya mencionado, que cubría el tabernáculo como un techo.

Místicamente, estas telas significan a los santos predicadores; de ahí que tengan tres veces diez, es decir, 30 codos, número que es perfecto: sin embargo, son humildes, y puesto que, como el número once, confiesan que a veces transgreden el Decálogo, y por ello abrazan el cilicio y el estado penitencial de luto, e incluso el hábito de vez en cuando, a la manera de San Juan Bautista, para así mover al pueblo a la penitencia. Así Beda.


Versículo 12: Con la mitad cubrirás la parte posterior

CON LA MITAD CUBRIRÁS LA PARTE POSTERIOR DEL TABERNÁCULO, — como si dijera: «Cubrirás», es decir, doblarás una cortina a una altura de dos codos, de modo que así se forme una cubierta doble, que cubra la parte posterior del tabernáculo hasta una altura de dos codos. Así Abulense.


Versículo 14: Otra cubierta de pieles de carnero y pieles azul violáceo

HARÁS TAMBIÉN OTRA CUBIERTA PARA EL TECHO DE PIELES DE CARNERO TEÑIDAS DE ROJO; Y SOBRE ESTA OTRA CUBIERTA MÁS DE PIELES DE COLOR AZUL VIOLÁCEO. — El «techo» aquí se refiere nuevamente a la primera cubierta del tabernáculo, a saber, el velo de diez cortinas, que en hebreo se llama ohel, es decir, tabernáculo, porque era la cubierta más cercana de todo el tabernáculo.

Nótese: Había cuatro cubiertas o techumbres del tabernáculo. La primera era el velo de diez cortinas de lino, púrpura, escarlata y violeta, sobre lo cual véase el versículo 1. La segunda era la cubierta de once telas de pelo de cabra, sobre lo cual véase el versículo 7. La tercera de pieles de carnero teñidas de rojo. La cuarta de pieles de color azul violáceo. Si estas dos últimas cubrían solo el techo del tabernáculo, como sostienen Beda, Cayetano y Lipomano, o también los lados del tabernáculo, es incierto; pues el hecho de que el versículo 14 diga que cubrían el techo no prueba nada a favor de Beda: pues allí «techo» equivale a «tabernáculo»: pues este estaba cubierto por todos lados, y la misma razón que valía para cubrir el techo propiamente dicho con estas dos cubiertas vale igualmente para todo el tabernáculo, a saber, para que no fuera dañado por las lluvias, para que las cortinas más delicadas y las tablas doradas no se mancharan o arruinaran.

De ahí que Josefo también diga que el tabernáculo era tan hermoso exteriormente en color, aspecto y belleza, que los que lo contemplaban se maravillaban y pensaban que era el cielo, lo cual parece referirse especialmente a la cuarta cubierta de color azul violáceo que rodeaba y cubría los lados; pues el techo del tabernáculo, al ser plano y alto, no podía verse. Del mismo modo, las diez cortinas bordadas, siendo las más internas y cubiertas por todos lados por la tela de pelo de cabra, no podían verse en parte alguna. Así Abulense, Cuestión 10.

Tropológicamente, la cubierta de pieles de carnero teñidas de rojo significa a los varones apostólicos, que cubrieron la Iglesia con su sangre y establecieron su fe contra todas las tormentas asaltantes de los infieles. Ellos, pues, están enrojecidos, porque con su sangre compraron la vida bienaventurada, tanto la suya como la de la Iglesia. Las historias romanas cuentan de Cayo Mario, que acampó contra los cimbrios y teutones en un lugar seco, y a sus soldados sedientos que pedían agua, señalando un río cerca de la empalizada enemiga, dijo: «De allí podéis obtener bebida, comprable con sangre»; pronto los soldados le suplicaron que los condujera allí. Lo mismo dijo Cristo a los Mártires y a la Iglesia. La cubierta de color azul violáceo significa a las vírgenes, que con color celestial, muertos a la carne y al mundo, llevan consigo solo piel mortal, con sus mentes fijas en el cielo: estos sobresalen en la Iglesia y la protegen con sus méritos y oraciones.

De ahí que las vírgenes sean llamadas como si fueran distinguidas por la virtud, y los célibes como si fueran habitantes del cielo, y bienaventurados por el cielo, es decir, que imitan en la tierra la vida de los ciudadanos del cielo, dice Beda, libro II Sobre el Tabernáculo, capítulos III y IV. «¡Cuán grande,» dice San Ambrosio, libro I Sobre los Deberes, «es la gracia de la virginidad, que mereció ser elegida por Cristo, para ser el templo corporal de Dios, en el cual la plenitud de la divinidad habitó corporalmente! Una Virgen engendró la salvación del mundo, una Virgen dio a luz la vida de todos.»

Y San Gregorio: «La virginidad es una flor, el martirio una flor, una buena obra una flor. La virginidad en el jardín, el martirio en el campo, las buenas obras en el tálamo nupcial.»

Y San Cipriano, libro Sobre la Virginidad: «La virginidad es hermana de los ángeles, la victoria sobre las concupiscencias, la reina de las virtudes, la posesión de todos los bienes; es la flor del semillero de la Iglesia, la gloria y ornamento de la gracia espiritual, la porción más ilustre del rebaño de Cristo.» Y San Jerónimo: «Ser ángel pertenece a la felicidad; pero ser virgen pertenece a la virtud: pues la virgen se esfuerza por obtener por gracia lo que el ángel tiene por naturaleza.»


Versículo 15: Harás también las tablas del tabernáculo

HARÁS TAMBIÉN LAS TABLAS DEL TABERNÁCULO PUESTAS EN PIE. — Estas tablas eran como las paredes del tabernáculo, erigidas por tres de sus lados. Segundo, estas tablas en el lado sur sumaban 20, y lo mismo en el lado norte, cuyos dos lados eran los lados de la longitud del tabernáculo; de donde se sigue que el tabernáculo tenía 30 codos de largo: pues cada tabla tenía un codo y medio de ancho; por tanto, 20 tablas hacían 30 codos; las tablas del norte estaban separadas de las del sur por diez codos, que era la anchura del tabernáculo; tenían 10 codos de alto. Tercero, en el lado occidental había seis tablas enteras y dos medias tablas, de modo que las ocho juntas sumaban 10 codos (que era nuevamente la anchura del tabernáculo); pues estas tablas unían el lado sur y el lado norte del tabernáculo. Cuarto, cada una de estas tablas tenía dos basas, como dos espigas, que se recibían en dos cavidades de las dos basas de plata, y esto para que las tablas descansaran sobre estas basas de plata y se mantuvieran más firmes.

Alegóricamente, estas tablas significan la difusión del Evangelio por los Apóstoles y sus sucesores por todo el mundo; las basas eran los oráculos de los Profetas, sobre los cuales se apoyaba la predicación del Evangelio. Así Beda e Isidoro. Pero Gregorio de Nisa entiende por las tablas y las basas la multitud de ángeles que custodian a los Santos y a los elegidos.


Versículo 17: Se harán dos espigas

EN LOS LADOS DE LAS TABLAS SE HARÁN DOS ESPIGAS, POR LAS CUALES UNA TABLA SE CONECTE CON OTRA, — es decir, cada tabla será excavada en dos de sus partes, de modo que la tabla vecina pueda entrar en ellas por su parte saliente, como si fuera por una mano, según dicen los Textos Hebreos, y así conectarse con ella. Estas espigas o juntas de las tablas significan la humilde caridad por la cual los Apóstoles y los Santos que los siguieron estaban mutuamente unidos y enlazados. Así Beda.


Versículos 22 y 23: Seis tablas para el lado occidental

EN EL LADO OCCIDENTAL DEL TABERNÁCULO HARÁS SEIS TABLAS, Y OTRAS DOS MÁS, QUE SE LEVANTARÁN EN LAS ESQUINAS DETRÁS DEL TABERNÁCULO, — es decir, el tabernáculo en el lado occidental tendrá ocho tablas, como se dice en el versículo 25, pero de tal modo que seis sean de tamaño completo, a saber, de un codo y medio cada una, mientras las dos restantes sean solo de medio codo: pues dado que la anchura del tabernáculo debía ser de 10 codos, y seis tablas solo darían 9 codos, por ello a esas seis se añadieron otras dos tablas más pequeñas, a saber, una a cada lado de medio codo, para que el décimo codo de la anchura del tabernáculo se completara con ellas; las cuales por eso se dice que fueron erigidas en las esquinas, porque una tocaba el lado sur y la otra el lado norte: y finalmente estas, junto con las otras seis, se dice que estaban detrás del tabernáculo, es decir, en el lado occidental del tabernáculo, que cubría el Santo de los Santos: pues la parte delantera y oriental del tabernáculo no tenía tablas, sino que estaba abierta, porque allí estaba la entrada al tabernáculo.

Anagógicamente, estas ocho tablas detrás del Santo de los Santos significan las ocho bienaventuranzas, que después de esta vida sucederán y sobrevendrán a quienes las merecen y las procuran aquí. Así Ruperto.

Verdaderamente San Agustín, en su Sermón sobre los Apóstoles Pedro y Pablo dice: «Pedro,» dice, «pobre en el mundo, fue hecho rico en Cristo, a quien reyes y naciones rinden homenaje en este siglo. Pablo, en verdad, mientras perseguía a los santos con espadas, tomó el yugo de la fe, y fue hecho maestro de los gentiles, modelo de los Mártires, terror de los demonios, perdonador de pecados y fuente de virtudes.» Y San Juan Crisóstomo, homilía 4 Sobre la Alabanza de San Pablo: «Pablo, recorriendo igualmente tierra y mar, Grecia y tierras bárbaras, y absolutamente toda región bajo el sol, como si tuviera alas, yendo por todas partes ofreciendo sacrificio; no viajando en sus caminos con simple trabajo como si fuera en vano, sino al mismo tiempo arrancando las espinas de los pecados, sembrando por doquier la palabra de la piedad, poniendo en fuga los errores, trayendo de vuelta la verdad, haciendo ángeles de los hombres, y ciertamente elevando a los hombres de ser, por así decirlo, demonios a ser ángeles.» Y de nuevo: «Pablo, ciudadano del cielo, columna de las Iglesias, ángel terrestre, hombre celestial. Pues así como el hierro echado al fuego se convierte enteramente en fuego, así Pablo, encendido de caridad, se convirtió enteramente en caridad.» El mismo autor de nuevo: «Cristo envió a los Apóstoles como el sol sus rayos, como la rosa la dulzura de su fragancia, como el fuego sus chispas: pues así como el sol aparece en sus rayos, como la rosa se percibe en sus fragancias, como el fuego se ve en sus chispas, así en las virtudes de ellos se reconocía el poder de Cristo.»


Versículo 24: Estarán unidas

Y ESTARÁN UNIDAS, — a saber, las seis tablas iguales, y como hermanas gemelas: pues de las otras dos más pequeñas habla poco después.

Y UNA SOLA JUNTA LAS SUJETARÁ A TODAS. — En hebreo, serán todas perfectas, es decir, enteramente unidas por igual en la parte superior, es decir, hacia arriba a un anillo, esto es, como si estuvieran sujetas por un anillo; pues no estaban verdaderamente atadas por un anillo, sino por espigas, como dije en el versículo 17, como si por anillos estuvieran sujetas, lo que nuestro Traductor claramente traduce, «una sola junta las sujetará a todas».

y se inflaman hacia la esperanza de la recompensa futura. Así Beda, libro II, capítulo VII.


Versículo 26: Harás también travesaños

HARÁS TAMBIÉN TRAVESAÑOS DE MADERA DE ACACIA, CINCO PARA SOSTENER LAS TABLAS. — Aquí trata de los travesaños, que por cada lado, es decir, por cada uno de los tres lados, eran cinco en número, para atar y sostener las tablas; de donde se sigue que estos travesaños eran en total 15: pues tres veces cinco hacen 15: quince, digo, travesaños completos medidos según la longitud o la anchura de las tablas; pero cada travesaño completo estaba formado por varios parciales, especialmente en cada uno de los dos lados de la longitud del tabernáculo: pues dado que la longitud era de 30 codos, un travesaño de una sola pieza de madera habría tenido que ser igualmente de treinta codos de largo, y travesaños o maderas de tal longitud difícilmente se encuentran. Por tanto, un travesaño completo aquí estaba formado por muchas secciones parciales, a saber, los que estaban en cada lado de la longitud, que era de 30 codos; cada uno de estos se completaba con seis secciones parciales: pues cada sección parcial tenía 5 codos, dice Josefo. Estas secciones parciales, pues, se unían entre sí y se insertaban, la cabeza de una en el hueco de otra, así como los huesos en el cuerpo humano se entrelazan unos con otros a manera de caja, dice Josefo.


Versículo 28: Por el medio de las tablas

LOS CUALES PASARÁN POR EL MEDIO DE LAS TABLAS (no por el grosor mismo de las tablas, sino por sus dorsos transversalmente; pues en sus dorsos había anillos, por los cuales se insertaban estos travesaños) DE UN EXTREMO AL OTRO, — es decir, de un extremo al otro. Así los Textos Hebreos, que dicen así: Y cada travesaño medio pasará por el medio de las tablas, pasando de un extremo al otro; lo que nuestro Traductor claramente traduce, «los cuales pasarán por el medio de las tablas de un extremo al otro». Los Setenta, el Caldeo, Vatablo y otros entienden esto de otro travesaño medio que pasa por el grosor mismo de las tablas: y así lo entendió nuestro Traductor, capítulo 36, versículo 33, donde en hebreo aparecen casi las mismas palabras que aquí, sobre lo cual hablaré allí.

Alegóricamente, estos cinco travesaños, hechos no para transportar sino para sostener y atar las tablas, significaban el Pentateuco o cinco libros de Moisés, por los cuales tanto los judíos antiguamente como los cristianos ahora en la vida presente a la fe y a la virtud,


Versículo 31: Harás también un velo

HARÁS TAMBIÉN UN VELO. — Se describe aquí el velo que divide el Santuario y el Santuario de los santuarios, es decir, que divide el Lugar Santo del Santo de los Santos; este velo estaba colgado ante el Santo de los Santos, hecho de lino fino, escarlata, púrpura y violeta, y estaba suspendido de cuatro columnas hechas de madera de acacia revestidas de oro, las cuales columnas tenían capiteles de oro y basas de plata. Segundo, la Escritura calla aquí en qué punto se colocaba este velo; pero si podemos conjeturar por el velo del templo, que fue construido según el modelo del tabernáculo, el Santo de los Santos ocupaba una tercera parte del tabernáculo, de modo que este velo separaba esta tercera parte del resto; por tanto, el Santo de los Santos era cuadrado por todos lados: pues tenía diez codos tanto en longitud como en anchura. Aludiendo a esto, San Juan, Apocalipsis 21, 16, hablando del cielo empíreo significado por el Santo de los Santos, dice: «Aquella ciudad está puesta en cuadro.»

Místicamente, este velo significaba que nosotros, que estamos aquí en el atrio y en el Lugar Santo, es decir, en la Iglesia Militante, contemplamos a Dios y los bienes futuros, que están en el Santo de los Santos, es decir, en el cielo, mediante la fe y el conocimiento enigmático. De ahí que en la pasión de Cristo este velo se rasgó: porque Cristo por su muerte nos abrió el acceso al cielo y a la visión clara de Dios.

San Agustín, sermón 18 sobre Juan: «Camina,» dice, «por la fe, para que llegues a la esperanza; la esperanza no edificará en la patria a aquel a quien la fe no consuela en el camino.» El mismo de nuevo: «¿Qué es la fe sino creer lo que no ves? ¿De dónde y cómo se capta la Trinidad? Con razón, oh hombre, preguntas; por eso rectamente se cree, porque no se capta rápidamente: pues si se captara rápidamente, no sería necesario creerlo, porque se vería.» Esto es lo que dice el Apóstol, Hebreos 11, 1: «La fe es la sustancia de las cosas que se esperan, la prueba de las que no se ven.» De ahí nuevamente San Agustín, en el libro Sobre la Trinidad: «Quita,» dice, «los argumentos, donde se busca la fe; en sus propios gimnasios calle ya la Dialéctica: creen a los pescadores, no a los dialécticos.» Y San Bernardo en el Cantar: «¿Qué,» dice, «no descubrirá la fe? Alcanza lo inaccesible, descubre lo desconocido, comprende lo inmenso, aprehende lo último, y finalmente de cierto modo encierra la eternidad misma en su propio vastísimo seno.»

De ahí nuevamente el Apóstol en Hebreos 10, 20, entiende por el velo la carne de Cristo, que ocultaba su divinidad, y que, rasgada como el velo en su pasión, abrió el camino al cielo. Este velo fue hecho de violeta, púrpura, lino fino y escarlata dos veces teñida, con labor de bordado, porque la carne de Cristo fue compuesta de la sangre purpúrea de la Virgen Madre de Dios, por obra del Espíritu Santo, con la más hermosa variedad de miembros.

De ahí que en el Salmo 138, 15, donde nosotros tenemos: «Mi sustancia en las partes inferiores de la tierra,» en hebreo se lee, «Fui bordado con aguja,» es decir, como Pagnino explica, «Fui formado con miembros variados,» a saber, como una vestidura de bordado frigio; «en las partes inferiores de la tierra», es decir, en el vientre de una madre, como en un lugar oculto y subterráneo. Campense lo explica así: «Fui tejido como un tapiz de nervios y venas en el vientre de mi madre.» El Salmista habla de la formación de todo ser humano, o del embrión en el vientre de la madre. Si el cuerpo de cualquier hombre es bordado con aguja como una vestidura frigia, ¿qué diremos del cuerpo de Cristo, cuyo bordador fue el Espíritu Santo? ¿Y qué de su alma? ¿Qué de toda su humanidad? ¡Cuán bellamente resplandece, tejida con la variedad de dones celestiales, como una vestidura de seda pura u oro! Pues el supremo Artífice pintó en ella, primero, todas las ciencias y verdades: pues el alma de Cristo tenía un triple conocimiento, a saber, beatífico, infuso y adquirido; segundo, toda prudencia y sabiduría; tercero, todas las virtudes, naturales, sobrenaturales y teológicas; cuarto, todas las gracias gratis dadas; quinto, toda variedad de gloria y todas las dotes de la bienaventuranza gloriosa.


Versículo 33: El velo separará el Santuario y el Santo de los Santos

Y EL VELO SERÁ COLGADO, etc., POR EL CUAL SE DIVIDIRÁN TANTO EL SANTUARIO COMO EL SANTUARIO DE LOS SANTUARIOS, — es decir, este velo dividirá el Lugar Santo del Santo de los Santos, cuyos utensilios procede a describir. El Santo de los Santos era un símbolo expreso del cielo empíreo y de la vida eterna, que bellamente describe Vigilancio en la Vida del presbítero Epicteto y del monje Astión, Mártires, a la madre de Astión que aún era gentil. Pues cuando la madre dijo: «¿Cuál es el nombre de aquella región a la que ha ido mi amadísimo y único hijo Astión?» Vigilancio respondió: «La región de los fuertes, o de los varones valerosos.» Y la madre: «¿Hay personas que habiten allí?» Vigilancio respondió: «Hay muchas y muy nobles, cuya posesión se llama paraíso, cuyos tabernáculos están construidos de luz, cuya vida es Dios, y cuya manera de vivir es inmortal; cuyas vestiduras están rociadas de sangre, y en cuyas cabezas hay coronas fabricadas del oro más puro con diversas gemas. Y hay también un Rey poderosísimo y temible en aquella misma región, cuyo nombre se llama Dios de dioses y Señor de señores; cuyos mensajeros se llaman Ángeles de justicia, cuya vestidura es una y la misma para todos, y cuyo tacto se asemeja al fuego ardiente. Y el senado de este Emperador también se considera muy ilustre; y la mitad se llama Profetas, mientras los otros son proclamados Apóstoles.» Después describe la ciudad misma así: «Y la ciudad de este Rey también es muy magnífica, y su nombre es proclamado por los seguidores de Cristo, cuyo muro está construido del oro más puro, con doce puertas, y en cada una de ellas cuelgan perlas individuales, y senadores individuales se sientan en cada puerta sin cesar. Y la primera puerta se llama de Pedro, la segunda de Pablo, la tercera de Andrés, la cuarta de Juan, la quinta de Santiago, la sexta de Felipe, la séptima de Bartolomé, la octava de Tomás, la novena de Mateo, la décima de Tadeo, la undécima de Simón, la duodécima de Matías.» Finalmente describe su templo y Santo de los Santos así: «Y hay también un templo maravilloso en ella, que tiene un Santo de los Santos y un altar de oro, ante el cual está un hombre maravilloso que sostiene un salterio de diez cuerdas, y continuamente exhorta a los que habitan allí a alabar a aquel Rey, diciendo: Alabad al Señor desde los cielos, alabadlo todos sus ángeles; alabadlo todas sus potestades. Y el nombre de este hombre es proclamado como David, hijo de Jesé. Y las calles de esta ciudad están pavimentadas del oro más puro; su río derrama vida eterna, sus árboles frutales dan sus frutos cada mes, y sus hojas sirven para la sanación de las almas; su luz es indescriptible, y sus puertas nunca se cierran, porque nunca habrá noche allí, ni sombra alguna se encuentra; sino que el gozo siempre, y la alegría perpetua, continuamente moran en ella.»

Por tanto, San Antonio rectamente exhortaba a sus seguidores, diciendo: «Pero sea este el primer mandamiento común a todos, que nadie desfallezca en el vigor del propósito emprendido, sino que, como quien apenas comienza, aumente siempre lo que ha empezado, sobre todo porque la duración de la vida humana, comparada con la eternidad, es brevísima y pequeña.» Habiendo así comenzado, calló un poco, y maravillándose de la generosidad sobreabundante de Dios, añadió de nuevo, diciendo: «En esta vida presente, los intercambios son iguales en el comercio de bienes, y el vendedor no recibe del comprador más de lo debido; pero la promesa de la vida eterna se compra a precio bajo. Pues está escrito: Los días de nuestra vida son setenta años; y si somos fuertes, ochenta: y lo que está más allá es trabajo y dolor. Cuando, pues, hayamos vivido trabajando en la obra de Dios ochenta, o a lo sumo cien años, no reinaremos por un período igual en el futuro; sino que a cambio de aquellos años mencionados, se nos darán los reinos de todos los siglos. No heredaremos la tierra, sino el cielo: y dejando atrás nuestro cuerpo corruptible, lo recibiremos de vuelta con incorrupción. Por tanto, hijitos, ni el tedio os agote, ni la búsqueda de la vanagloria os deleite. Pues los sufrimientos de este tiempo presente no son dignos de ser comparados con la gloria venidera, que se revelará en nosotros.»

Santa María de Oignies, como atestigua el cardenal Vitriaco en su Vida, habiendo vivido una vida angélica, recibió una revelación de su salvación y gloria en estas palabras: «Irás al Santo de los Santos.» Y como ella entendía el significado pero no las palabras, por ser latinas, no dejaba de decir gozosamente a su criada: «Iremos al Santo de los Santos, queridísima Clemencia (este era el nombre de la criada). ¿Y qué es el Santo de los Santos?» Ni podía decir otra cosa, ebria de gozo, noche y día, sin comer ni beber.

De ahí que los monasterios antiguamente, en los cuales vivían los monjes, apartados de las cosas terrenas, viviendo una vida celestial y anhelando el cielo, fueran llamados Santuarios, como consta de la Vida de Santa Eufraxia. Así San Arsenio llevaba un paño en su seno para enjugar las lágrimas continuas que fluían de sus ojos por su deseo de la vida eterna.

De ahí que San Jerónimo, habiendo relatado las maravillosas y celestiales virtudes de Santa Paula, la fundadora de cinco monasterios en Palestina, y ciertamente monja y guía de monjas, la sigue hasta el cielo mismo: «Además, ella terminó su carrera y guardó la fe, y ahora goza de la corona de justicia, y sigue al Cordero dondequiera que va. Está saciada, porque tuvo hambre, y gozosamente canta: Como hemos oído, así hemos visto, en la ciudad del Señor de los ejércitos, en la ciudad de nuestro Dios. ¡Oh bienaventurado trueque de cosas! Lloró, para reír siempre. Despreció las cisternas rotas, para encontrar al Señor que es la fuente. Se vistió de saco, para ahora llevar vestiduras blancas y decir: Rasgaste mi saco y me vestiste de alegría. Comía ceniza como pan, y mezclaba su bebida con llanto, diciendo: Mis lágrimas han sido mi pan día y noche, para alimentarse siempre del pan de los ángeles y cantar: Gustad y ved que el Señor es bueno,» y: «Mi corazón ha proferido una buena palabra; yo dedico mis obras al Rey.»

Así Santa Eufraxia, en tiempo del emperador Teodosio, nacida de sangre imperial, habiendo despreciado el mundo y abrazado la vida monástica, y habiendo vivido en ella con admirable humildad, obediencia y santidad, a los treinta años fue llamada a este Santo de los Santos. Pues la abadesa vio a dos varones que le decían: «Tomando contigo a Eufraxia, condúcela ante el Señor»; e inmediatamente, dice ella, tomándola, me apresuré con ellos. «Y cuando llegamos a cierta puerta, cuya gloria no puedo describir, se nos abrió por sí misma. Y entramos, y vimos allí un palacio celestial indescriptible, en el cual hay un trono nupcial no hecho por manos humanas. Yo ciertamente no pude acercarme más adentro; pero tomando a Eufraxia la presentaron al Señor, y postrándose besó sus pies inmaculados. Vi allí diez millares de ángeles, y una multitud innumerable de Santos, y todos estaban mirando: y vi, y he aquí que la Madre del Señor, tomando a Eufraxia, la condujo al tálamo nupcial, en el cual preparaba una corona de belleza; y oí una voz que decía a Eufraxia: He aquí tu recompensa. Ahora pues procede, viniendo después de diez días, y goza de estas cosas por siglos infinitos; y como hoy es el noveno día desde que vi la visión, mañana morirá Eufraxia.» Al día siguiente, pues, Eufraxia, junto con la abadesa, partió de esta vida y fue al Santo de los Santos. Así lo registra su Vida.

A este lugar fue Cristo antes que nosotros y nos precedió por la cruz, Él que «por su propia sangre entró una vez en el Santuario, habiendo obtenido redención eterna,» como dice San Pablo en Hebreos 9, 12.


Versículo 36: Una cortina para la entrada del tabernáculo

HARÁS TAMBIÉN UNA CORTINA PARA LA ENTRADA DEL TABERNÁCULO. — Se describe aquí el segundo velo, que estaba colgado ante el Lugar Santo, así como el primero, en el versículo 31, estaba colgado ante el Santo de los Santos. Este velo se llama cortina, porque estaba extendido como un tapiz y tienda militar para el cuarto lado, a saber, el oriental, del tabernáculo, o para su entrada, y era como una puerta del tabernáculo dividida por cinco columnas, de modo que por cuatro pasos interceptados entre las cinco columnas había entrada. Pues así como las ocho tablas, en el versículo 22, cerraban el lado occidental opuesto del tabernáculo, así estas cinco columnas con su velo cerraban el lado oriental, donde había entrada.

Nótese primero: Este velo estaba hecho igual que el anterior, en el versículo 31, de lino fino, escarlata, púrpura y violeta, y estaba suspendido de cinco columnas hechas de madera de acacia revestidas de oro.

Segundo, este velo que estaba en la entrada del tabernáculo, como también el velo que estaba en la entrada del atrio, sobre lo cual véase el capítulo 27, versículo 16, era movible, mientras las demás cortinas del atrio mismo eran inmóviles, y estaban hechas solo de lino fino, mientras que estos velos de la entrada del tabernáculo y del atrio eran de labor bordada, como acabo de decir.

Tercero, Josefo afirma que este velo en la entrada del tabernáculo colgaba desde arriba no hasta el suelo, sino solo hasta la mitad de las columnas, y allí era sostenido y sujeto por anillos, y esto para dar acceso y entrada a los sacerdotes, que entraban al tabernáculo pasando por debajo de él, y para que la luz del sol fuera admitida en el tabernáculo por esta parte vacía y abierta; pues en el tabernáculo no había ventanas: pues estaba enteramente cubierto por todos lados, tanto por las diez cortinas como por la cubierta de pelo de cabra.

Cuarto, el mismo Josefo añade que cerca de este velo había otro velo, igual en tamaño, pero tejido de lino, colgado por anillos de una cuerda tendida transversalmente, que a veces se corría hacia delante, y a veces, especialmente en días de fiesta, se retiraba, para que el pueblo pudiera mirar dentro del tabernáculo; pues cuando el velo se retiraba, las tablas doradas del tabernáculo quedaban a la vista, dice Lipomano sobre el capítulo 36. Pero en los demás días, y especialmente cuando llovía, nevaba o granizaba, este velo exterior de lino con su interposición protegía al otro velo interior y decorado de las tormentas y las inclemencias del tiempo.


Versículo 37: Cinco columnas revestidas de oro

Y REVESTIRÁS DE ORO LAS CINCO COLUMNAS. — Es decir, las adornarás con anillos de oro, no con láminas, como consta del capítulo 36, último versículo, en el texto hebreo.