Cornelius a Lapide
Índice
Sinopsis del capítulo
Se describe el altar de los holocaustos con sus utensilios, rejilla y varas. En segundo lugar, a partir del versículo 9, se describe el atrio del tabernáculo con sus columnas y las cortinas con que estaba rodeado por todos lados. En tercer lugar, a partir del versículo 20, se describe el aceite para las lámparas y su encendido.
Texto de la Vulgata: Éxodo 27:1-21
1. Harás también un altar de madera de acacia, que tendrá cinco codos de largo e igual medida de ancho, es decir, cuadrado, y tres codos de alto. 2. Y los cuernos en sus cuatro esquinas serán de una sola pieza con él, y lo cubrirás de bronce. 3. Y harás para su uso calderos para recoger las cenizas, y tenazas, trinchantes y braseros: todos los utensilios los fabricarás de bronce. 4. Y una rejilla en forma de red de bronce: y en sus cuatro esquinas habrá cuatro anillos de bronce, 5. que colocarás debajo del hogar del altar; y la rejilla llegará hasta la mitad del altar. 6. Harás también dos varas para el altar de madera de acacia, que cubrirás con láminas de bronce: 7. y las pasarás por los anillos, y estarán a ambos lados del altar para transportarlo. 8. No lo harás macizo, sino vacío y hueco por dentro, como se te mostró en el monte.
9. Harás también el atrio del tabernáculo, en cuyo lado austral, hacia el mediodía, habrá cortinas de lino fino retorcido: un lado tendrá cien codos de largo. 10. Y veinte columnas con otras tantas basas de bronce, que tendrán capiteles de plata con sus cinceladuras. 11. De igual modo, en el lado norte, a lo largo, habrá cortinas de cien codos, veinte columnas y basas de bronce del mismo número, y sus capiteles con sus cinceladuras serán de plata. 12. Y en la anchura del atrio, que mira al occidente, habrá cortinas de cincuenta codos, y diez columnas, y otras tantas basas. 13. En aquella anchura del atrio también que mira al oriente, habrá cincuenta codos. 14. De los cuales quince codos de cortinas se asignarán a un lado, con tres columnas y otras tantas basas: 15. y en el otro lado habrá cortinas de quince codos, tres columnas y otras tantas basas. 16. Y a la entrada del atrio habrá una cortina de veinte codos de jacinto y púrpura, y escarlata dos veces teñida, y lino fino retorcido, en obra de bordador: tendrá cuatro columnas, con otras tantas basas. 17. Todas las columnas del atrio en derredor estarán revestidas de láminas de plata, con capiteles de plata y basas de bronce. 18. El atrio tendrá cien codos de largo, cincuenta de ancho, cinco codos de alto, y estará hecho de lino fino retorcido, y tendrá basas de bronce. 19. Todos los utensilios del tabernáculo para todo uso y ceremonia, tanto sus estacas como las del atrio, los harás de bronce. 20. Manda a los hijos de Israel que te traigan aceite purísimo de olivos, machacado con mortero: para que la lámpara arda siempre, 21, en el tabernáculo del testimonio, fuera del velo que pende ante el testimonio. Y la dispondrán Aarón y sus hijos, para que alumbre ante el Señor hasta la mañana. Será un culto perpetuo a través de sus sucesiones por los hijos de Israel.
Versículo 1: Harás también un altar de madera de acacia
1. HARÁS TAMBIÉN UN ALTAR DE MADERA DE ACACIA. — Nótese: Había un doble altar: uno de incienso, que estaba en el Lugar Santo, para quemar en él incienso a Dios mañana y tarde; el otro de holocaustos, en el cual se inmolaban y quemaban a Dios holocaustos y toda clase de sacrificios. De ahí que este altar no estaba bajo el tabernáculo, sino ante él, colocado en el atrio al aire libre, por razón del fuego, el humo y el olor de las víctimas.
En segundo lugar, este altar estaba hecho de madera de acacia, que se cubría por dentro y por fuera con láminas de bronce, para que no fuese dañado por el fuego.
En tercer lugar, este altar tenía cinco codos de largo, lo mismo de ancho, y tres codos de alto, para que los sacerdotes pudiesen alcanzarlo fácilmente. Salomón, sin embargo, hizo un altar mayor en el templo; pues, como se dice en II Paralipómenos, capítulo IV: «Hizo un altar de bronce de veinte codos de largo, y veinte codos de ancho, y diez codos de alto.» Además, de las cuatro esquinas de este altar de bronce sobresalían cuatro cuernos de bronce, prominentes a modo de obeliscos.
En cuarto lugar, este altar era hueco por dentro, pero no obstante se llenaba hasta su mitad, ya con tierra, como sostienen Abulense y Ricardo, o más bien con piedra sin labrar ni pulir, como sostiene Ribera; pues así lo había mandado el Señor, Éxodo capítulo xx, versículo 24; y que Moisés y Salomón lo hicieron así consta de I Macabeos, capítulo IV, versículo 56. Por lo tanto, en este altar, que tenía tres codos de alto, la estructura de piedra ascendía hasta la mitad, es decir, hasta codo y medio; luego sobre ella se colocaba el hogar de la rejilla, del que hablaré a continuación; y todo alrededor estaba rodeado de tablas de acacia revestidas de bronce.
En quinto lugar, este altar tenía encima una rejilla de bronce, llena de orificios a modo de red; esta rejilla cubría toda la anchura y longitud de la parte superior del altar: tenía por tanto casi cinco codos de largo e igual de ancho, pues ésa era la longitud y anchura del altar. Sobre esta rejilla se colocaban las víctimas, para que fuesen quemadas por el fuego de abajo en el altar (pues era hueco, como dije), y sus cenizas cayesen por los orificios de la rejilla debajo del altar; de ahí que de esta rejilla pendía un hogar de bronce, o brasero de bronce, dentro del altar a su mitad, es decir, sobre la estructura de piedra que mencioné poco antes. En este hogar, suspendido por cadenas sujetas a los cuatro cuernos del altar, se colocaban leña y fuego para quemar la carne que se ponía en la rejilla de arriba.
En sexto lugar, es verosímil que este altar tuviese una ventana en su lado oriental, por la cual se sacarían las cenizas y se pondría la leña sobre el hogar o brasero, y para este y otros usos tenía tenazas, trinchantes, calderos y braseros. Así lo dice Beda, sobre lo cual diré más en su lugar, en el versículo 4.
En séptimo lugar, este altar tenía cuatro anillos de bronce, por los cuales se insertaban dos varas, de madera de acacia cubiertas de bronce, para transportar el altar. La misma cantidad de anillos y varas, distintos de los anillos y varas del altar, tenía la rejilla del altar; pues la rejilla se sacaba y separaba del altar, de modo que pudiese transportarse por separado.
En octavo lugar, en este altar, mañana y tarde cada día, primero se sacrificaba un cordero, como ofrenda perpetua, luego otras víctimas, ya votivas, ya voluntarias, ya prescritas por la ley con motivo de una fiesta que ocurriese. De ahí que Dios envió fuego del cielo, el cual quiso que fuese continuamente alimentado y mantenido por los sacerdotes con leña puesta sobre este altar, para que nunca se extinguiera, de modo que siempre estuviese preparado para quemar víctimas, Levítico capítulo vi. Finalmente, véase la representación detallada de este altar en Vilalpando, libro IV Sobre el Templo, capítulo LXXV.
Alegóricamente, este altar de madera significaba la cruz de Cristo, en la cual Cristo fue inmolado como en un altar de sacrificio: de ahí que este altar estuviese fuera del tabernáculo en el atrio, porque Cristo padeció fuera del campamento, como dice el Apóstol, Hebreos capítulo XIII, es decir, fuera de Jerusalén.
En segundo lugar, fue hecho de madera de acacia, porque ni la cruz ni la carne de Cristo vieron corrupción. Además, está revestido de bronce, porque el bronce resonante significa la predicación de la cruz de Cristo: el bronce es también símbolo de la fortaleza de la cruz de Cristo, que quebrantó todas las fuerzas del diablo, del mundo y del pecado.
En tercer lugar, tiene cuatro cuernos, porque la cruz de Cristo fue predicada por los Apóstoles y difundida por las cuatro regiones de todo el mundo: «Pues por toda la tierra se difundió su sonido.»
En cuarto lugar, este altar era vacío por dentro, pero colocado sobre tierra o piedra, porque la cruz de Cristo fue clavada y puesta sobre el monte Calvario.
En quinto lugar, la rejilla, sobre la cual la carne de la víctima se quemaba con fuego puesto debajo, significa los acerbísimos dolores de Cristo, con los cuales en la cruz fue abrasado por nosotros tanto por el dolor como por el amor, según aquello del Salmo CI: «Mis huesos se secaron como leña.» Lo cual San Jerónimo traduce, «mis huesos se consumieron como fritos»; San Agustín, «mis huesos fueron fritos como en una sartén»; otros, «mis huesos fueron quemados como un hogar, o como un tizón.»
En sexto lugar, en el lado oriental del altar había una ventana por la cual se introducían leña y combustible para el fuego en el hogar, porque de la parte oriental, donde estaba situado el Paraíso terrenal, provino el pecado de Adán, que suministró la materia y el combustible para los dolores y sufrimientos de Cristo.
En séptimo lugar, lo que significan los anillos y las varas, lo diré en la interpretación tropológica.
En octavo lugar, en este altar se sacrificaba un cordero cada día, porque Cristo fue inmolado en la cruz, Él que es el Cordero inmolado desde el origen del mundo. En este altar arde perpetuamente el fuego divino, porque la caridad de Cristo en la cruz no se extinguió, sino que más bien se encendió con mayor intensidad, e inflamó a todos los Mártires y fieles a emprender la cruz y la muerte con Cristo y por Cristo.
Tropológicamente, el altar de holocausto es el corazón del hombre, que se aflige mediante la penitencia y mortifica sus propios vicios, y ofrece sacrificio a Dios; este altar está en el atrio, porque primero debe practicarse la mortificación y la represión de las pasiones antes de poder acercarse al altar del incienso, que está en el Lugar Santo, es decir, al amor y la unión con Dios. Asimismo, el fuego con que se quemaba el incienso en el altar de oro en el Lugar Santo se traía del altar de holocausto, porque el fervor y el ardor de la oración brotan de la continua mortificación de la carne y de las pasiones. Por lo tanto, quien se dedica a la oración y descuida la mortificación, hace como si alguien quisiese encender aromas sin fuego.
Modelo de penitencia así como de mortificación fue Santa Magdalena, que, como dice San Gregorio, homilía 33 sobre los Evangelios, «encontró en sí misma tantos holocaustos como placeres había tenido: convirtió el número de sus pecados en número de sus virtudes, de modo que todo lo que en ella había despreciado a Dios por la culpa, sirviese enteramente a Dios en la penitencia.»
De ahí que, en segundo lugar, este altar fue hecho de madera de acacia, es decir, del deseo de un corazón puro; revestido de bronce como sustituto de las fragancias con que antaño me deleitaba en los palacios de los reyes, para que en el día del juicio el Señor me libre de aquel inefable hedor del infierno. Oiga a San Bernardo, en un sermón: «¿Qué martirio, dice, es más grave que tener hambre entre banquetes, tiritar entre muchas vestiduras costosas, ser oprimido por la pobreza entre las riquezas que ofrece el mundo, que ostenta el maligno, que desea nuestro apetito? Por eso a los pobres e igualmente a los Mártires se les promete el reino de los cielos, porque con la pobreza ciertamente se compra, pero en el sufrimiento por Cristo se recibe sin demora.»
En sexto lugar, los calderos para cenizas son la memoria de la pasión y muerte de Cristo y de los Mártires, que con su ejemplo nos precedieron en este camino de la cruz y de la mortificación; los trinchantes, tenazas y braseros son los pregoneros y santos Doctores, que continuamente nutren y encienden en nosotros este fuego sagrado de la mortificación.
En séptimo lugar, los anillos y las varas son los dones del Espíritu Santo, con los cuales se endulza todo trabajo y dolor de la penitencia, de modo que por ellos parecemos ser llevados e impulsados hacia cosas arduas y elevadas.
En octavo lugar, las víctimas inmoladas aquí son las diversas concupiscencias, para cuya cremación es necesario nutrir continuamente el fuego de la caridad en el corazón. Así dice Beda, libro II, Sobre el Tabernáculo, capítulo 21.
Oigamos a San Gregorio, homilía 22 sobre Ezequiel: «¿Qué es, dice, el altar? Acaso no es la mente de aquellos que viven bien, que, recordando sus pecados, se lavan con lágrimas, que mortifican la carne por la abstinencia; donde por la tristeza de la compunción arde el fuego, y la carne se consume, según aquello del Apóstol, Romanos 12: Que presentéis vuestros cuerpos como hostia viva, santa, agradable a Dios; hostia viva es un cuerpo afligido por el Señor: hostia, porque ya está muerto para este mundo; viva, porque hace todo el bien que puede; pero una compunción es la que nace del temor, y otra la que nace del amor.»
Luego, aplicando estas cosas a ambos altares, a saber, el de los holocaustos y el del incienso, continúa así: «De ahí que en el tabernáculo se manda hacer dos altares, uno exterior, otro interior; uno en el atrio, otro ante el arca; uno cubierto de bronce, otro de oro; en el de bronce se quema la carne, en el de oro se encienden los aromas. Pues muchos lloran los males que han hecho, y queman sus vicios con el fuego de la compunción, pero todavía sufren las sugestiones de esos vicios en su corazón; ¿qué son sino un altar de bronce?, en el que arde la carne, porque todavía son lloradas por ellos las obras carnales. Pero otros, libres de vicios carnales, arden con la llama del amor en lágrimas de compunción, desean estar presentes con los ciudadanos de arriba, desean ver al Rey en su hermosura, y no cesan de llorar cada día por amor a Él; ¿qué son sino un altar de oro?, en cuyos corazones se encienden los aromas, porque arden las virtudes; pero este altar de oro está ante el velo, porque los corazones de los Santos arden con santo deseo por Aquel a quien todavía no pueden ver con rostro descubierto.»
Así San Francisco, al ser preguntado: «¿Cuáles oraciones son más gratas a Dios?», respondió: «Aquellas a las que acompaña la mortificación de la propia carne.» Hermosamente dice Bilio en sus Emblemas:
Para que tus plegarias no sigan sus frutos con pie vacilante,
Haz que tu carne caiga en la muerte junto con tus vicios.
El doble altar del templo enseñaba esto antaño sin palabras:
Uno tenía incienso, pero el otro tenía ovejas degolladas.
Ofrecía bestias degolladas quien mataba sus miembros:
Quien hacía votos piadosos, ése ofrecía incienso a Dios.
DE MADERA DE ACACIA — en cuanto a las tablas circundantes. Pues interiormente, en su parte inferior, este altar, hasta su mitad, estaba lleno de piedra sin labrar; pero en su parte superior estaba enteramente cubierto por una rejilla de bronce: por lo tanto, este altar de acacia era semejante a un cofre cuadrado, que carece de fondo y de tapa, y es hueco por dentro.
Además, estas tablas de acacia estaban cubiertas de densas láminas de bronce, para que no fuesen dañadas por el fuego cercano; en efecto, Lipomano sostiene no sin probabilidad que por milagro tanto las tablas fueron preservadas ilesas del fuego, como los sacrificios de las moscas. De ahí que los idólatras, que eran molestados por las moscas durante sus sacrificios, adoraban al dios Belcebú para ahuyentarlas. San Jerónimo sobre Ezequiel 41, y otros citados por Beda, sostienen que esta madera de acacia fue traída del Paraíso terrenal, y que era semejante a la piedra de amianto, que no es dañada por el fuego, sino que sale más pura, sobre la cual hablé anteriormente.
Versículo 2: Los cuernos en sus cuatro esquinas
2. Y LOS CUERNOS EN LAS CUATRO ESQUINAS SERÁN DE UNA SOLA PIEZA CON ÉL. — «Cuernos», es decir, esquinas salientes en forma de cuernos, para ornamento del altar, serán sacados no de otra parte, sino del mismo bronce del altar en labor continua.
Versículo 3: Tenazas, trinchantes y braseros
3. Y HARÁS, etc. TENAZAS. — En hebreo, יעים iaim; los Setenta lo traducen como cubiertas, otros como escobas; la raíz יעה iaa significa remover: de ahí que iaim son instrumentos con los cuales tomamos o removemos algo, tales como tenazas y palas, es decir, espátulas, del modo como nuestro Traductor lo vierte en Números 4:14. Pagnino piensa que nuestro Traductor, a saber, San Jerónimo, traduce esta palabra iaim en los libros de los Reyes y Paralipómenos unas veces como fuentes, otras como cucharones, otras como garfios, otras como trinchantes.
Pero no percibió suficientemente el criterio y la práctica de San Jerónimo y de la Sagrada Escritura, que ni aquí ni en otro lugar enumera de una sola vez todos los utensilios del tabernáculo o del templo de manera distinta; de ahí que comúnmente omite las tapas de las ollas y calderos, y ahora pone éstos, ahora aquéllos. Viendo esto, San Jerónimo en su traducción no vertió palabra por palabra, ni se ciñó a la enumeración hebrea de utensilios del presente pasaje, especialmente si los había mencionado en otro lugar; sino que indiferentemente expresó algunos utensilios que sabía pertenecían al tabernáculo, englobando los restantes en una cláusula general, diciendo: «Y los demás utensilios.»
Además, en este pasaje omitió las copas, que se expresan en el hebreo, porque las había nombrado en el capítulo 25:29, donde era su lugar propio: pues estas copas no se guardaban en el altar de los holocaustos, sino en la mesa de los panes de la proposición, para que de allí fuesen sacadas cuando se necesitaban, para hacer libaciones en el altar de los holocaustos.
Y TRINCHANTES — con los cuales se saca la carne de la olla. De ahí que los Setenta los traducen como garfios, por asir la carne, ya fuesen de tres puntas o de una sola. De ahí que nuestro Traductor vierte el término hebreo מזלגת mizleget como trinchantes, tridentes y ganchos, es decir, trinchantes tanto de tres puntas como de una.
Y BRASEROS — es decir, recipientes para tomar brasas vivas. De ahí que algunos los traducen como incensarios; los Setenta como hogar: estos recipientes servían entre otras cosas para que en ellos se llevase el fuego sagrado sacado del altar de holocausto al altar del incienso por la tarde y por la mañana, para quemar en ellos el incienso; pues, como diré en el capítulo 30, el incienso no se quemaba directamente sobre el altar mismo, sino en estos incensarios puestos sobre el altar. Así Beda, libro II, capítulo 10.
Versículo 4: Una rejilla en forma de red
4. Y UNA REJILLA EN FORMA DE RED, DE BRONCE. — Los hebreos, Abulense y Lirano piensan que esta rejilla no se colocaba habitualmente dentro del altar, sino que estaba alrededor de su circunferencia, como una especie de cinturón elevado codo y medio, hasta la mitad del altar, y esto únicamente para el adorno y la belleza del altar. Pero esta opinión contradice el texto de la Sagrada Escritura, que coloca esta rejilla no dentro, sino sobre el altar.
Digo por tanto: Esta rejilla cubría la parte superior, o superficie del altar, de tal manera sin embargo que pudiese cómodamente ser puesta y sacada del altar cuando fuese necesario. Sobre esta rejilla se colocaba la carne de las víctimas para ser quemada, y por consiguiente era enteramente de bronce, y hecha en forma de red; de esta rejilla pendía un pequeño hogar, de la misma longitud y anchura que la rejilla. Este pequeño hogar estaba sujeto a la rejilla superior por largos clavos de bronce, o más bien varillas o láminas, de modo que entre la rejilla y el hogar había un espacio de codo y medio: pues esta rejilla estaba en la mitad del altar, como se dice en el capítulo 38, versículo 4; y la altura del altar era de tres codos, de donde también se dice que la rejilla llegaba hasta la mitad del altar aquí en el versículo 5, no por sí misma, sino a través de este hogar sujeto a ella; pues este hogar era como el fondo de la rejilla, en el cual terminaba, por así decirlo, el cuerpo mismo de la rejilla.
Este pequeño hogar era como un fogón, en el que ardía el fuego, y se colocaba leña en él para quemar los sacrificios puestos sobre la rejilla; y por consiguiente era enteramente de bronce, como la rejilla misma. De ahí que también es probable que hubiese una ventana, o puertecilla en el costado del altar, por la cual se pudiese introducir leña, y extraer cenizas y brasas, como refiere Beda a partir de la descripción de Casiodoro, libro II, capítulo 12, y Ricardo de San Víctor, aunque Ribera niega esta puertecilla: Porque, dice, la rejilla podía sacarse por arriba, y entonces colocar leña en su hogar. Pero esto habría sido difícil y engorroso, especialmente cuando ya se habían puesto víctimas sobre la rejilla; pues frecuentemente debía colocarse leña debajo de las mismas víctimas, para que se consumiesen por entero: de ahí que frecuentemente con la misma víctima se habría tenido que sacar la rejilla.
Asimismo, en este hogar había cuatro anillos de bronce, en los cuales se insertaban dos varas, para transportarlo junto con la rejilla separadamente de las tablas del altar. Y estos anillos estaban en las cuatro extremidades inferiores del hogar, y por eso aquí en el versículo 5 se dice que están debajo del hogar.
De aquí se desprende que no es verdadera la opinión de Abulense y de Vilalpando, libro IV, Sobre el Templo, capítulo 81, a saber, que la leña debía colocarse no sobre el hogar o fogón, que ellos niegan pertenezca a la rejilla, sino sobre el altar o la rejilla por encima, y que la carne de la víctima que debía quemarse había de ponerse encima de aquélla. Pues de lo dicho consta que la leña se colocaba sobre el fuego, que estaba debajo del altar en el hogar: no obstante, no niego que también se colocara leña sobre el altar mismo o la rejilla, especialmente si la víctima era grande, y por la multitud de víctimas debía ser quemada y consumida rápidamente; pues el fuego, quebrado y debilitado a través de la red de la rejilla, no tenía fuerza suficiente para quemar inmediatamente las víctimas mayores; pero sí tenía fuerza suficiente para consumir el holocausto perpetuo vespertino: pues éste debía arder toda la noche con fuego lento, como consta de Levítico 6:9.
Finalmente, alrededor de este altar había una grandísima multitud de sacerdotes y levitas, especialmente en los días de fiesta, cuando debían sacrificarse muchas víctimas. Pues unos las degollaban, otros las desollaban, otros las cortaban, otros las lavaban, etc., pero todos con admirable silencio y reverencia. Oigamos a Aristeas, en su libro Sobre los Setenta Traductores: «Tal silencio reina que, aunque casi setecientos ministros están continuamente presentes, y la multitud de quienes ofrecen libaciones es inmensa, creerías que ni una sola persona se halla en el lugar: pues todas las cosas se realizan con la máxima veneración y gran devoción a Dios.»
Versículo 8: Hueco por dentro
8. LO HARÁS HUECO POR DENTRO. — Para que, a saber, en esta cavidad del altar, haya un espacio interior para el fuego y la leña, para quemar la carne colocada arriba sobre la rejilla.
Entiéndase que este altar era hueco hasta su mitad: pues de allí hacia abajo hasta el pavimento estaba lleno de tierra, o más bien de piedra sin labrar, como ya he dicho.
Versículo 9: El atrio del tabernáculo
9. HARÁS TAMBIÉN EL ATRIO DEL TABERNÁCULO. — Nótese: Este atrio fue hecho para que rodeara el tabernáculo y el altar de los holocaustos por todos lados, tanto por ornato como por reverencia. El tabernáculo, pues, se hallaba en medio del atrio, como morada de la gloria de Dios que conversaba entre los hombres, oyéndolos y dirigiéndolos, para que los hebreos, invitados por esta presencia y providente gobernación, adorasen al solo Dios verdadero y se abstuviesen de la idolatría.
En segundo lugar, este atrio no estaba cubierto por arriba, sino abierto al cielo, lo que Daniel Bárbaro, sobre Vitruvio, libro 6, capítulo 5, llama cavaedium; de ahí que Vilalpando, libro III, Sobre el Templo, capítulo 25, página 201, piensa que atrium se deriva del griego αἴθριον, como si dijeras, aéreo, al aire, bajo cielo abierto: aunque otros sostienen que atrium se dice así porque se levanta de la tierra, como aterreum o aterium; y otros, porque en Atria de Etruria se construyeron primero los atrios delante de las casas. Sin embargo, este atrio estaba rodeado por sus lados en todo su contorno por cortinas, es decir, por colgaduras o tapices hechos de lino fino retorcido, y estas colgaduras eran como muros o paredes del atrio mismo. Además, estas colgaduras estaban suspendidas de columnas de bronce, que estaban revestidas de láminas de plata y tenían capiteles de plata, pero basas de bronce.
En tercer lugar, el atrio era cuadrado, o más bien rectangular; pues tenía 100 codos de largo, 50 de ancho y 5 de alto, como consta del versículo 18; estaba rodeado de sesenta columnas de bronce, a saber, 20 en el lado meridional, 20 en el septentrional, 10 en el occidental y 10 en el oriental; y una columna distaba de otra 5 codos: además, en las columnas sobresalían estacas, es decir, clavos, de los cuales se suspendían las cortinas, es decir, las colgaduras, como he dicho.
En cuarto lugar, el atrio tenía en su entrada, dice Filón y Abulense, 50 codos de longitud hasta el tabernáculo, y otros tantos de anchura, para contener al pueblo. Pues este atrio era el lugar de oración del pueblo: de ahí que por los Evangelistas y por Josefo sea llamado templo. Pues en este atrio Cristo moró y enseñó, y de él expulsó a los compradores y vendedores: pues Cristo nunca entró en el tabernáculo, o en el Lugar Santo; pues sólo a los sacerdotes aarónicos les era permitido entrar en él. En este atrio, pues, los laicos oraban, ofrecían sus víctimas a los sacerdotes, contemplaban los sacrificios, y de ellos se alimentaban, comiendo las víctimas pacíficas ante el Señor, es decir, ante el tabernáculo, que era como la casa de Dios, como consta de Deuteronomio 12:7, y capítulo 16, versículo 11; pues los laicos nunca podían acercarse al atrio de los sacerdotes, y en consecuencia tampoco al altar de los holocaustos que estaba en él. Finalmente, a la entrada de este atrio las parturientas, los leprosos y otros inmundos eran purificados y limpiados.
En quinto lugar, en este atrio estaba un lavatorio de bronce y el altar de los holocaustos, en el cual se sacrificaban todas las víctimas.
En sexto lugar, el tabernáculo tenía un solo atrio, en el cual, sin embargo, es probable que los sacerdotes y levitas tuviesen sus propios puestos asignados, junto al altar de los holocaustos. De ahí que en el templo de Salomón, donde todas estas cosas fueron ordenadas más hermosamente, había un doble atrio: uno interior junto al tabernáculo, donde estaban el altar de los holocaustos, el lavatorio de bronce y el puesto de los sacerdotes; el segundo, exterior, de los laicos, que Salomón distinguió del primer atrio de los sacerdotes por un muro de tres codos de alto, de modo que los laicos desde su atrio pudiesen ver por encima de este muro hacia el atrio de los sacerdotes, y contemplar los sacrificios que allí se realizaban en el altar de los holocaustos, pero no pudiesen entrar en él.
En séptimo lugar, a ningún gentil ni persona inmunda le era permitido entrar en este atrio bajo pena de muerte; pues el atrio era como el templo del pueblo, de ahí que para los gentiles y los inmundos Herodes construyó y añadió otro atrio extremo, para que desde lejos pudiesen asistir a los ritos sagrados y sacrificios. Vilalpando añade, sobre Ezequiel, tomo II, página 243, que en el templo de Salomón el altar de los holocaustos estaba colocado frente a tres puertas del atrio: porque estaba, dice, en medio del atrio, de modo que al abrirse cualquier puerta, ya la oriental, ya la meridional, ya la septentrional, el altar mismo y los holocaustos pudiesen ser vistos por el pueblo a través de estas tres puertas, y en consecuencia por los gentiles desde su propio atrio, que tenía tres puertas correspondientes por igual a las tres puertas del atrio de los sacerdotes y del pueblo.
Místicamente, el atrio significaba a los fieles que comienzan a servir a Dios, el Lugar Santo a los que progresan, el Santo de los Santos a los perfectos y bienaventurados: de ahí que en el atrio estuviese el lavatorio o pila, es decir, la penitencia; y el altar de holocausto, es decir, la mortificación de los vicios. Así Beda. Véase lo dicho en el capítulo 26, versículo 1.
Este atrio, por lo tanto, es el estadio y el ejercicio de la virtud. «En esta vida, dice San Agustín, carta a Macedonio, la virtud no es otra cosa que amar lo que debe ser amado: amarlo es prudencia; no ser apartado de ello por ninguna dificultad es fortaleza; por ningún halago, templanza; por ninguna soberbia, justicia.» Y San Ambrosio sobre el Salmo 118: «Ninguna virtud, dice, existe sin trabajo, porque el trabajo es el progreso de la virtud.»
Un estímulo es lo que ofrece Séneca: «La virtud, dice, es la única cosa que puede otorgarnos la inmortalidad y hacernos iguales a los dioses.» El premio de la virtud es, pues, la vida bienaventurada: y los estoicos enseñaron que nadie puede ser hecho bienaventurado sin la virtud. De ahí Horacio, libro III, oda 2:
La virtud, que no conoce la baja derrota,
brilla con honores inmaculados.
La virtud, abriendo el cielo a quienes no merecen morir,
intenta el camino por senda a otros negada.
Y Ovidio, libro IV, Tristes, elegía 3:
Llena con tus virtudes esta triste materia,
la gloria sigue su camino por senda escarpada y empinada.
¿Quién habría conocido a Héctor, si Troya hubiese sido feliz?
El camino de la virtud se abre a través de calamidades públicas.
El camino hacia la virtud es el ejercicio. De ahí Hesíodo:
Ante la virtud los dioses pusieron el sudor:
largo y empinado es el camino hacia ella, y áspero al principio;
pero cuando hayas llegado a la cumbre, será fácil después.
Y Aristóteles, Ética II, 1: «Las virtudes no están en nosotros por naturaleza, dice, ni contra la naturaleza; sino que hemos nacido y sido hechos para ellas, tanto para recibirlas por naturaleza como para perfeccionarlas por la costumbre;» y capítulo 3: «Toda virtud moral versa sobre los placeres y los dolores», éstos para ser soportados, aquéllos para ser moderados. Y libro I, capítulo 10: «En ningún asunto humano, dice, hay tanta firmeza como en aquellas cosas que se llevan a cabo con virtud: pues son mucho más firmes y estables que las ciencias mismas; y cuanto más excelente es cada virtud, tanto más estable es.»
La sentencia de Pitágoras es: «La mejor vida debe ser elegida por nosotros, la cual la costumbre misma pronto hará agradable. Las riquezas son un ancla débil, la gloria aún más débil, el cuerpo igualmente, las magistraturas, los honores: todas estas cosas son frágiles y carentes de fuerza. ¿Cuáles son entonces las anclas firmes? La prudencia, la magnanimidad, la fortaleza; ninguna tempestad las sacude. Ésta es la ley de Dios: que sola la virtud es lo que es poderoso y sólido; todo lo demás son bagatelas y necedades.» Tácito, libro IV de los Anales: «La virtud, dice, es el bien propio del hombre.» Curcio, libro VII: «La naturaleza, dice, no ha puesto nada tan alto que la virtud no pueda alcanzarlo.» El dogma de los estoicos es: «nada debe buscarse fuera de la virtud, nada debe huirse fuera del vicio.»
Teódota la cortesana, provocando a Sócrates: «Yo, dijo, te supero con mucho. Pues mientras tú no puedes apartar a ninguno de los míos de mí, yo, cuando me place, llamo a todos los tuyos hacia mí.» A lo cual Sócrates respondió: «Esto no es de admirar: pues tú en efecto arrastras a todos por un camino cuesta abajo, pero yo los impelo hacia la virtud, cuya subida es empinada y desconocida para la mayoría.»
Tomás Moro dio la misma respuesta a Lutero cuando éste se jactaba de la multitud de sus seguidores.
Antístenes solía decir que la virtud es cosa de obras, no de palabras.
La virtud se llama así de vir (varón), dice Cicerón; por lo tanto, un ánimo varonil conviene a los varones y a la virtud.
Agapeto el Diácono, escribiendo a Justiniano: Así como, dice, quienes han comenzado a subir escaleras no dejan de ascender hasta haber llegado al último peldaño, así el amante de la virtud siempre se esforzará por subir más alto.
Filón, en su libro Sobre la Plantación de Noé: Así como, dice, el sol naciente ilumina todo el cielo con sus rayos, así también las virtudes con sus rayos en el hombre, cuando han penetrado toda la mente, la hacen luminosísima. El mismo, libro I de las Alegorías: Así como, dice, en el animal la primera parte es la cabeza; la segunda, el pecho; la tercera, las ingles; y en el alma, la primera parte es la racional; la segunda, la irascible; la tercera, la concupiscible: así, la primera de las virtudes es la prudencia, que dirige la cabeza y la razón; la segunda, la fortaleza, que compone la ira y estabiliza el pecho; la tercera, la templanza, que se ocupa de las ingles y de la parte concupiscible.
Esto dijeron los gentiles y los judíos sobre la virtud moral y natural; ¿qué dirá ahora el cristiano sobre la virtud divina y sobrenatural, que es obra de la gracia de Dios? Pues sin ésta nadie puede encaminarse hacia el Santo de los Santos en el cielo.
Vengamos ahora al texto, y expliquemos las dificultades que se presentan en el sentido literal.
CORTINAS. — Así se llaman comúnmente aquí las colgaduras o tapices con que se cubría este atrio por todos lados. De ahí que los Setenta las traduzcan como cortinas.
Versículo 10: Veinte columnas con basas de bronce
10. Y VEINTE COLUMNAS CON OTRAS TANTAS BASAS DE BRONCE. — En hebreo, y veinte columnas, y veinte basas de bronce, es decir, harás. Pues las columnas del atrio no eran de madera, sino de bronce, como también las basas. De ahí que no se menciona aquí otra materia que el bronce para ellas; pero en las columnas del tabernáculo se especifica otra materia, a saber, madera de acacia, como consta del capítulo 26, versículos 32 y 37. Además, que las columnas del atrio eran de bronce, no de madera, lo enseña expresamente nuestro Traductor en la construcción del tabernáculo, capítulo 38, versículos 10 y 12. Se equivoca por tanto Filón, quien dice que estas columnas fueron hechas de cedro, y asimismo afirma que las tablas del tabernáculo fueron hechas de cedro: pues él piensa que la acacia es cedro.
Así como, pues, entre el Lugar Santo y el Santo de los Santos había cuatro columnas de madera de acacia doradas, que sostenían el velo que cubría el Santo de los Santos; asimismo, así como a la entrada del Lugar Santo o tabernáculo había cinco columnas semejantes, que sostenían la cortina del tabernáculo: así alrededor del tabernáculo y del atrio se ordena aquí hacer 60 columnas de bronce, a saber, 20 en el lado meridional, y 20 en el septentrional, 10 en el occidental y 10 en el oriental, de las cuales se suspenderían las colgaduras, que rodeasen y cercasen el atrio a modo de muros.
QUE TENDRÁN CAPITELES DE PLATA CON CINCELADURAS. — En hebreo y caldeo: de plata serán los capiteles de las columnas con fajas, o anillos, que a saber se han de trazar alrededor de las columnas con hilos de plata: pues la letra hebrea ו vav significa un clavo con cabeza, o la cabeza de un clavo; de donde se dio a la letra el nombre vav. Ni discrepan los Setenta, que traducen: y sus columnas, y los broches de las columnas serán revestidos de plata, lo cual es sorprendente que la Biblia Complutense traduzca como, y sus broches, y sus tenazas serán plateados de plata: pues ψαλίς es un anillo, al que nuestro Traductor llama cinceladura; pero ψαλίδες en Vitruvio son piedras salientes o frontales, o aquello que sobresale en un arco o edificio, del mismo modo que por forma semejante los Setenta llaman capiteles salientes de las columnas. Así traduzco yo a los Setenta: y los anillos de las columnas, y sus capiteles prominentes serán plateados de plata, que es lo mismo que lo que tienen el hebreo, el caldeo y nuestro Traductor. Estas cinceladuras, por tanto, no eran incisiones o grabados, sino láminas delgadas, o hilos que rodeaban y ceñían tanto los capiteles de las columnas como su cuerpo y sus basas; pues esto es lo que significan el griego περικεχρυσωμέναι y el hebreo חשוקים chaschukim, como consta del capítulo 38, versículos 10 y 12. Así Abulense.
Versículo 11: En el lado norte
11. DE IGUAL MODO TAMBIÉN EN EL LADO NORTE (que es el lado de la longitud del atrio, al igual que el lado meridional opuesto a él) A LO LARGO HABRÁ CORTINAS (colgaduras de lino fino) DE CIEN CODOS. — Pues la longitud del atrio era de cien codos; de ahí que sus colgaduras se extendían cien codos en longitud, tanto en la parte austral como en la septentrional. Pues desde ese lado se contemplaba su longitud, así como su anchura se contemplaba desde los lados oriental y occidental; por tanto, el atrio era rectangular: pues su longitud era el doble de su anchura. Era, en efecto, de cien codos de largo, pero de cincuenta de ancho.
Josefo afirma que el tabernáculo fue colocado en el medio del atrio, lo cual algunos entienden precisamente del medio geométrico, y en consecuencia sostienen que el tabernáculo tenía delante de sí, por el lado de su longitud, es decir, hacia el Oriente, 35 codos de atrio; detrás de sí, hacia el Occidente, tenía otros tantos codos de atrio: pues dos veces 35 hacen 70, que añadidos a los 30 codos de la longitud del propio tabernáculo hacen 100 codos, que era la longitud de todo el atrio.
Pero como 35 codos detrás del tabernáculo habrían sido en gran parte inútiles, y habrían reducido mucho el espacio frontal del atrio, donde el pueblo principalmente se congregaba para los ritos sagrados y los sacrificios que se realizaban ante el tabernáculo en esta parte delantera u oriental del atrio — pues un espacio de 35 codos no podía contener a tanta gente —, de ahí que sea más probable, como dicen Filón, el Abulense y otros, que el tabernáculo distaba por igual de tres lados del atrio, a saber, de los dos lados laterales y de la parte posterior. Esa distancia era de 20 codos; por tanto, en el lado frontal el tabernáculo tenía delante de sí no 35, sino 50 codos de atrio, que contenían una inmensa multitud de gente. Pues si a estos 50 codos de atrio añades los 30 codos de la longitud del propio tabernáculo, y finalmente los 20 codos de atrio detrás del tabernáculo, completarás 100 codos, que era la longitud de todo el atrio.
A su vez, en su lado septentrional el tabernáculo distaba de las columnas y el perímetro del atrio veinte codos, y lo mismo en el lado meridional; pues si a estos 40 codos de atrio, que resultan de veinte a cada lado, añades los 10 codos de la anchura del propio tabernáculo, completarás 50 codos, que era la anchura de todo el atrio.
Nota: Cada columna del atrio con su colgadura tenía cinco codos de altura, como consta del versículo 18; pero el tabernáculo tenía el doble de altura: pues era de diez codos de alto, y esto para que fuese visible y pudiera ser visto desde lejos fuera del atrio.
Tropológicamente, Ruperto dice: Las sesenta columnas del atrio, a saber, 20 del lado sur, 20 del norte, 10 del este y 10 del oeste, significan el trabajo asiduo y constante en la observancia de los preceptos de Dios, por los cuales tendemos hacia el cielo. Pues el seis significa el tiempo de la vida presente, el 10 el Decálogo (y seis veces diez hacen 60, que es el número de columnas del atrio), por cuya perfecta observancia a lo largo de toda nuestra vida llegaremos a la futura perfección de la gloria en el cielo.
Por tanto, quien aspira allí y a la cumbre de la virtud, que trabaje y sea constante como una columna, conforme a aquel dicho de Horacio, libro III de las Odas:
Al varón justo y firme en su propósito,
ni el ardor de los ciudadanos que mandan el mal,
ni el rostro del tirano amenazante,
conmueve de su sólida resolución,
ni la poderosa mano del tonante Júpiter.
Pues la constancia es necesaria para vencer, primero, la blandura del alma y la inclinación a los placeres que nos es innata; segundo, para superar las empinadas dificultades y tentaciones que se presentan en las obras de virtud, especialmente las heroicas; tercero, se requiere constancia para la perseverancia. Pues muchos comienzan bien, pero poco a poco desfallecen.
Diógenes, según testimonia Laercio en el libro VI, dijo a alguien que le aconsejaba descansar de sus trabajos ahora que era viejo: «¿Qué —dijo—, si yo estuviera corriendo en el estadio, debería uno aflojar el paso cuando está cerca de la meta, o más bien apretar con más fuerza?» — como si dijera: No debo enfriarme cuando me aproximo al fin de la vida y de la contienda, sino más bien inflamarme más.
Un espejo de constancia fue Catón de Útica, a quien, estando sus asuntos desesperados, sus amigos instaron a refugiarse en la clemencia de César; él respondió: «Suplicar es propio de los vencidos y de los que han obrado mal; Catón ni ha sido vencido ni capturado, quien se mostró invicto durante toda su vida y superó con mucho a César en honor y justicia.»
Y Sócrates, quien condenado a muerte, volviéndose a los jueces dijo: «Se ha de obedecer —dijo— al Dios inmortal antes que a vosotros. Y así, mientras respire, no cesaré de filosofar y de amonestaros.» Esta era su máxima: «Así como una estatua o una columna descansa sobre su base, así un hombre bueno, apoyado en un principio honesto, de ningún modo debe ser conmovido.» De ahí que Jantipa, la esposa de Sócrates, solía decir de él que siempre lo había visto regresar a casa con la misma expresión con la que había salido.
Teodoro, a Lisímaco que le amenazaba con una muerte crudelísima, le dijo: «Amenaza con estas cosas —dijo— a tus cortesanos de púrpura; a Teodoro nada le importa si se pudre en la tierra o en una cruz.»
Séneca: «Bueno —dice— es el hombre que ha llevado su alma a tal estado por su disposición, que no solo no quiere pecar, sino que ni siquiera puede.»
Anaxarco, cuando era machacado en una roca cóncava por Nicreonte, tirano de Chipre, dijo con espíritu inquebrantable: «Machaca, machaca el vaso de Anaxarco; pero la constancia de Anaxarco no la quebrantarás.»
Zenón solía decir que «es más fácil sumergir un odre inflado que obligar a cualquier hombre recto a hacer algo contra su voluntad. Pues un alma invicta, confirmada en los decretos de la recta razón, no cede ante nadie.»
Cuando Roma fue tomada por Alarico, un godo invitó a una mujer muy hermosa a su servicio y amor. Pero cuando vio que ella resistía a su lujuria por devoción a la castidad, le apuntó con una espada desenvainada a la garganta, y finalmente incluso la hirió. Cuando la doncella, empapada en sangre, ni aun así cedió de su resolución, entonces, admirando su constancia, la condujo a la basílica de San Pedro, y dándole seis monedas de oro para su sustento, la encomendó a los guardianes del templo. Así lo refiere Sigonio, libro X, Sobre el Imperio de Occidente.
Bien conocida es la constancia de los Santos Vicente, Lorenzo, Ambrosio, Atanasio, Antonio, Hilarión, Lucía, Inés, Matatías, los Macabeos, etc.
Lo mismo que las columnas significan también los 50 codos de la anchura del atrio: pues el número cincuenta significa los comienzos de los creyentes, que se celebran en la remisión de los pecados y la esperanza de la bienaventuranza futura.
Lo mismo significan los 100 codos de la longitud del atrio: pues el número cien, que surge de diez multiplicado por sí mismo (pues diez veces diez hacen cien), que es el doble de 50, lleva la figura de la vida celestial: de ahí que Noé en su año centésimo completó el arca; a Abrahán a los cien años le nace el hijo de la promesa Isaac; Abrahán a los cien años peregrina en la tierra de la promesa; Isaac recibió el céntuplo de la semilla sembrada en Guerar, esto es, en su peregrinación: así Cristo prometió el céntuplo a los que dejan las cosas temporales, es decir, un gozo amplio de la fraternidad y de la esperanza de la vida celestial ahora, y después, a saber, en el cielo, un gozo inmenso de la posesión del reino celestial.
El atrio, pues, tiene cien codos, porque quienes son hijos de la Iglesia deben asumir el trabajo de la paciencia temporal y la continencia por causa de la vida eterna en el cielo. Así dice Beda.
San Juan Crisóstomo, Homilía 77 sobre Mateo: «Mantenerse siempre en pie —dice— y no haber caído nunca, es cosa divina y admirable.»
San Gregorio Nacianceno, oración Sobre sí mismo: «Yo —dice— soy la misma persona, y no cambio, como los pólipos de las rocas a las que se adhieren.»
San Cipriano, libro IV, carta 3: «Conviene que los hombres serios, una vez fundados con sólida estabilidad sobre una roca firme, no sean conmovidos, no digo por una brisa ligera, sino ni siquiera por un viento, ni por una tempestad.»
San Anselmo en las Similitudes, capítulo 173: «Una piedra cuadrada —dice— tiene seis lados iguales; sobre cualquiera de ellos que caiga, se mantendrá firme. Así el hombre justo debe procurar persistir en su resolución. Y los seis lados de esta piedra son estos: prosperidad, adversidad, libertad personal, sujeción, estar en privado y estar en público; en cada uno de estos, si es empujado por el diablo, que se mantenga firme y no se mueva de su resolución.»
Volvamos ahora a las columnas del atrio.
Así San Francisco, cuando le preguntaron cómo podía soportar el frío y la escarcha del invierno con una vestidura tan delgada, respondió: «Si estuviéramos cubiertos por la llama de la patria celestial mediante el deseo, fácilmente nos protegeríamos de este frío.»
Y Santa Dorotea, torturada por el prefecto Fabricio, cuando era conducida al suplicio capital, dijo: «Me alegro —dijo— de ir hacia mi Esposo, cuyo paraíso, fértil en toda clase de flores, florece con más hermosura de la que puede decirse.» Y desde este paraíso, después de su muerte, envió rosas en febrero a Teófilo, que las había pedido, y así lo convirtió a Cristo. ¿Deseas ser perfecto? ¿Deseas ser celestial? Piensa en las cosas celestiales, pon tu mente en las cosas de arriba, cumple la voluntad de Dios. Además, «la voluntad de Dios, que Cristo tanto practicó como enseñó, es la humildad en la conducta, la estabilidad en la fe, la modestia en las palabras, la justicia en los hechos, la misericordia en las obras, la disciplina en las costumbres; no saber hacer injuria, y poder tolerarla cuando se hace, mantener la paz con los hermanos, amar a Dios con todo el corazón; amar en Él lo que es Padre, temer lo que es Señor,» no anteponer absolutamente nada a Cristo, porque Él nada antepuso a nosotros, dice San Cipriano, tratado Sobre la oración del Señor.
Versículo 13: La anchura oriental del atrio
Versículo 13. EN AQUELLA ANCHURA DEL ATRIO TAMBIÉN QUE MIRA HACIA EL ORIENTE, HABRÁ CINCUENTA CODOS. — El sentido de este versículo y de los siguientes hasta el versículo 17 es este: Así como la longitud del atrio será de cien codos, así la anchura será de 50 codos, y esto por todo lado, tanto hacia el Occidente, como dije en el versículo precedente, como hacia el Oriente, como digo aquí. Estos 50 codos de anchura en el atrio delante del tabernáculo, a saber, en la parte oriental del atrio, a través de sus columnas y velos que lo rodean y encierran, se han de distribuir de modo que por los 20 codos del medio quede abierto un pasaje y entrada al atrio y al tabernáculo; los treinta restantes se han de dividir a cada lado, de modo que 15 codos queden al sur, y otros tantos al norte, con tres columnas y basas a cada lado. De esto se sigue que entre cada columna había 5 codos, o que un velo de 5 codos estaba interpuesto. Pues había diez columnas en la anchura del atrio: y cinco veces diez hacen cincuenta, que era la anchura del atrio.
Versículo 16: La entrada del atrio
Versículo 16. PERO EN LA ENTRADA DEL ATRIO HABRÁ UNA CORTINA DE VEINTE CODOS, DE JACINTO, Y PÚRPURA, Y ESCARLATA DOS VECES TEÑIDA, Y LINO FINO RETORCIDO; TENDRÁ CUATRO COLUMNAS. — Aquí se describe la entrada y, por así decirlo, la puerta del atrio, que por consiguiente era más espléndida. Pues tenía un velo bordado de lino fino, púrpura, escarlata y jacinto, mientras que los demás velos del atrio eran de lino fino sin adorno. Esta entrada tenía cuatro columnas, de las cuales pendía este velo, y por consiguiente tenía 20 codos de ancho: pues cada columna distaba de otra 5 codos, como dije; entre estas cuatro columnas quedaban, como es evidente, tres pasajes interceptados, por los cuales, al retirar o levantar el velo, quedaba abierta la entrada al atrio.
Versículo 17: Columnas revestidas con láminas de plata
Versículo 17. TODAS LAS COLUMNAS DEL ATRIO EN SU CONTORNO ESTARÁN REVESTIDAS CON LÁMINAS DE PLATA. — No como si las columnas enteras estuviesen cubiertas con estas láminas, como el arca, la mesa y las tablas del tabernáculo estaban enteramente cubiertas con láminas de oro; sino que estas columnas estaban rodeadas en su contorno con delgadas láminas de plata, a modo de hilos, con el espacio intermedio entre las bandas dejado vacío, lo cual es como una obra calada, y se llama cincelado, como nuestro Intérprete comúnmente lo denomina aquí: pues esto es lo que significa la palabra hebrea חשׁוק chashuc, nombre que Moisés no usó para las láminas del arca, la mesa y las tablas: pues allí usó la palabra צפה tsippa, que significa cubrir o revestir. Así dice el Abulense.
Versículo 18: Basas de bronce
Versículo 18. Y TENDRÁ BASAS DE BRONCE. — Josefo, libro III, capítulo 5, dice que estas basas de bronce eran puntiagudas, semejantes a la parte inferior de una lanza, y así se fijaban en la tierra por su filo agudo.
Versículo 19: Las ceremonias y las estacas
Versículo 19. Y LAS CEREMONIAS. — En hebreo, para todo culto, o ministerio ceremonial para adorar a Dios. Así nuestro Intérprete entiende la palabra «ceremonia», capítulo XXXVIII, versículo 21; de otro modo, esta palabra «ceremonia» generalmente significa los preceptos ceremoniales, que prescriben el rito de adorar a Dios según el beneplácito de Dios mismo.
HARÁS TANTO SUS ESTACAS COMO LAS DEL ATRIO DE BRONCE. — Las estacas, es decir, los clavos, que fueron hechos con este fin tanto en el atrio como en el tabernáculo, para que, fijados en la parte superior de las columnas, sobresalieran hacia afuera, y mediante las cuerdas de los velos o cortinas colocadas sobre ellos, así los levantaran del suelo y los suspendieran. Josefo añade que también se hicieron anillos, en los cuales se ensartaban cuerdas, que, fijadas al suelo con clavos de oro de un codo de largo, aseguraban las columnas y fortificaban el tabernáculo contra la fuerza de los vientos.
Versículo 20: Aceite de olivos
Versículo 20. QUE TE TRAIGAN ACEITE DE OLIVOS, MUY PURO, Y MACHACADO CON MORTERO. — Nota: los Setenta traducen «machacado», como si dijera: No molido, que está lleno de heces y sedimentos, sino o que fluye espontáneamente, o ciertamente exprimido mediante el machacado con mortero de la sola carne, o pulpa, de la aceituna.
Versículos 20 y 21: El tabernáculo del testimonio
Versículos 20 y 21. PARA QUE LA LÁMPARA ARDA SIEMPRE EN EL TABERNÁCULO DEL TESTIMONIO. — En lugar de «testimonio», en hebreo está מועד moed, que primeramente significa «testimonio», así como עיד heid, de donde se deriva, significa «testificar». En segundo lugar, propia y genuinamente moed significa asamblea, congregación, reunión, iglesia, de la raíz יעד iaad, es decir, «reunirse». Por tanto, el tabernáculo se llama moed, es decir, «de la asamblea», porque allí Dios se reunía con Moisés y hablaba con Él, como consta del capítulo XXV, versículo 22, y del capítulo XXIX, versículo 42. Nuestro Intérprete, sin embargo, traduce moed como «testimonio», y lo llama «tabernáculo del testimonio», porque el tabernáculo contenía la ley, que era el testimonio de la voluntad y la alianza divinas.
Versículo 21: Fuera del velo
Versículo 21. FUERA DEL VELO QUE ESTÁ EXTENDIDO ANTE EL TESTIMONIO. — «El testimonio», es decir, el arca que contiene el testimonio, esto es, la ley, o las tablas de la ley. De ahí que Ecumenio, sobre el capítulo IX de la Carta a los Hebreos, y Elías de Creta, en la oración 3 Sobre la Teología de Gregorio Nacianceno después del comienzo, cuentan tres tabernáculos: el primero, el más exterior, a saber, el atrio, que estaba cerrado por cortinas en los lados pero abierto por arriba, del cual trató Moisés en este capítulo, que ellos piensan es llamado por el Apóstol, Hebreos IX, 1, el «santuario mundano», o como está en griego, κόσμικον, es decir, «mundano», porque era común a todos, dice Crisóstomo: en este se hallaba el altar de bronce de los holocaustos bajo el cielo abierto. El segundo tabernáculo era el Santo, que era como el templo de los Sacerdotes, al que el Apóstol llama el «primer tabernáculo»: este estaba cerrado por todos lados y unido al Santo de los Santos: en él estaban el candelabro, el altar del incienso y la mesa de los panes de la proposición. El tercer tabernáculo era el Santo de los Santos, abierto solo al sumo sacerdote: en él estaba el arca con el propiciatorio y los Querubines, asimismo la urna con el maná y la vara de Aarón. Pero sobre esta materia he tratado en Hebreos IX, 1.
QUE LUZCA HASTA LA MAÑANA ANTE EL SEÑOR. — De aquí consta que las lámparas no ardían durante el día en el candelabro, aunque así lo piensen Cayetano y Lipomano, sino solo de noche; por tanto, lo que dijo poco antes: «Para que la lámpara arda siempre», aquí lo explica de modo que «siempre» signifique lo mismo que «cada noche»; por la tarde, pues, los sacerdotes encendían las lámparas, para que ardiesen toda la noche; pero por la mañana las apagaban, las limpiaban, las disponían y les vertían aceite. Que esto es así consta tanto de este pasaje como de Levítico capítulo XXIV, 3, y II Paralipómenos capítulo XIII, 11, y I Reyes III, 3. Así dicen el Abulense, Oleaster y otros.
Josefo, sin embargo, libro III de las Antigüedades, capítulo IX, afirma que el sacerdote por la mañana apagaba cuatro lámparas y permitía que las tres restantes siguieran ardiendo; pero por la tarde volvía a encender las cuatro que había apagado por la mañana, de modo que las siete lucieran durante la noche. Esta opinión parece apoyarse en el hecho de que el tabernáculo estaba cubierto por todos lados tanto de día como de noche, y no tenía ventana por la cual pudiera admitir luz; por tanto, parece haber necesitado alguna lámpara encendida incluso durante el día.
Pero esto no es tan seguro: pues Josefo no vio este tabernáculo, sino el templo; y la Escritura, en los tres o cuatro pasajes ya citados, no hace mención alguna de lámpara alguna que luciera durante el día, sino que simple y constantemente afirma que la lámpara se encendía por la tarde y lucía hasta la mañana; con lo cual suficientemente da a entender que se apagaba por la mañana, y por «lámpara» entiende no una, sino las siete, según parece, que estaban en el candelabro. Pues ya dije antes que el tabernáculo admitía luz a través del velo delantero cuando este se retiraba y se levantaba algo: pues este velo hacía las veces de puerta en el tabernáculo.
Dirás: Josefo, libro VIII de las Antigüedades, capítulo II, dice que Salomón hizo un candelabro que ardiera durante el día.
Respondo: en griego, en lugar de «durante el día», el texto tiene καθ' ἡμέραν, que literalmente significa «por día», es decir, «diariamente», lo cual es verdadero, porque la lámpara debía arder diariamente durante la noche: de otro modo Josefo sería enteramente contrario a la Escritura, pues dice que esto debía hacerse según la prescripción de la ley: pues la Escritura en ninguna parte manda que se encienda una lámpara durante el día; antes bien, aquí y en otros pasajes solo manda encenderla durante la noche.
En el Santo, pues, las lámparas ardían solo de noche, y todas ellas por un misterio, a saber, para significar que las lámparas vivas, es decir, los doctores y sacerdotes, iluminan a los más ignorantes solo en la noche de este mundo, esto es, en esta Iglesia (de ahí dijo Platón: «Los hombres buenos no necesitan una vida larga, sino una gloriosa e ilustre»); pues en el día de la eternidad, cuando estemos en el Santo de los Santos, no habrá lámpara, ni sol, ni luna; sino que su lámpara es el Cordero, Apocalipsis capítulo XXI, versículo 23. Por esta razón también en el Santo de los Santos no se colocó candelabro; sino que todo allí era oscuro, para ocultar a Dios que allí hablaba, y para significar que contemplamos la futura gloria del cielo aquí solo a través de tinieblas y enigmas. Así dicen Beda, libro III Sobre el Tabernáculo, capítulo 1, y Radulfo, libro XVII sobre el Levítico, capítulo IV.
Culto perpetuo
EL CULTO SERÁ PERPETUO. — Este rito de encender las lámparas por la tarde será perpetuo, entiéndase: en vuestra ley y religión, porque durará durante todo el tiempo de la ley y del judaísmo; de ahí se añade, «por sus sucesiones», a saber, de los sacerdotes aarónicos, que continuamente recibirán aceite de los hijos de Israel para encender las lámparas diariamente.
Místicamente, el pueblo ofrece aceite, es decir, una conciencia pura, fecunda y devota, para que los sacerdotes la enciendan con el fuego de la caridad y la luz celestial. Así dice Beda.