Cornelius a Lapide
Índice
Sinopsis del capítulo
Se describe el altar del incienso. En segundo lugar, en el versículo 12, se ordena que en el censo del pueblo cada uno pague medio siclo. En tercer lugar, en el versículo 18, se ordena fabricar una pila de bronce para la ablución de los sacerdotes. En cuarto lugar, en el versículo 23, se describe la composición del ungüento con el que han de ungirse los sacerdotes y los vasos sagrados. En quinto lugar, en el versículo 34, se describe la composición del incienso que debía quemarse en el altar del incienso.
Texto de la Vulgata: Éxodo 30:1-38
1. Harás también un altar para quemar incienso, de madera de acacia, 2. que tenga un codo de largo y otro de ancho, es decir, cuadrado, y dos codos de alto. De él saldrán unos cuernos. 3. Y lo revestirás de oro purísimo, tanto su rejilla como las paredes en derredor y los cuernos. Y le harás una corona de oro alrededor, 4. y dos anillos de oro debajo de la corona a cada lado, para que se introduzcan por ellos las varas y pueda transportarse el altar. 5. También harás las varas de madera de acacia y las revestirás de oro. 6. Y pondrás el altar delante del velo que cuelga ante el arca del testimonio, delante del propiciatorio que cubre el testimonio, donde yo te hablaré. 7. Y Aarón quemará sobre él incienso de suave olor por la mañana. Cuando prepare las lámparas, lo encenderá; 8. y cuando las coloque al atardecer, quemará incienso perpetuo ante el Señor a lo largo de vuestras generaciones. 9. No ofreceréis sobre él incienso de otra composición, ni oblación, ni víctima, ni derramaréis libaciones. 10. Y Aarón rogará sobre sus cuernos una vez al año, con la sangre ofrecida por el pecado, y hará expiación sobre él a lo largo de vuestras generaciones. Será el Santo de los Santos para el Señor.
11. Y el Señor habló a Moisés, diciendo: 12. Cuando hagas el recuento de los hijos de Israel según su número, cada uno dará un rescate por su alma al Señor, y no habrá plaga entre ellos cuando sean contados. 13. Y esto dará todo el que pase a ser contado: medio siclo según la medida del templo. El siclo tiene veinte óbolos. Medio siclo se ofrecerá al Señor. 14. El que sea contado, de veinte años en adelante, dará el precio. 15. El rico no añadirá al medio siclo, y el pobre no disminuirá. 16. Y el dinero recibido, que fue recaudado de los hijos de Israel, lo entregarás para los usos del tabernáculo del testimonio, para que sea un memorial de ellos ante el Señor, y Él sea propicio a sus almas. 17. Y el Señor habló a Moisés, diciendo: 18. Harás también una pila de bronce con su base para lavar, y la pondrás entre el tabernáculo del testimonio y el altar. Y habiendo echado agua, 19. Aarón y sus hijos se lavarán en ella las manos y los pies, 20. cuando estén a punto de entrar en el tabernáculo del testimonio, y cuando estén a punto de acercarse al altar, para ofrecer incienso sobre él al Señor, 21. para que no mueran: será ley perpetua para él y para su descendencia a lo largo de sus generaciones. 22. Y el Señor habló a Moisés, 23. diciendo: Toma para ti especias, de mirra finísima y escogida quinientos siclos, y de canela la mitad, es decir, doscientos cincuenta siclos, y de caña aromática igualmente doscientos cincuenta, 24. y de casia quinientos siclos según el peso del santuario, y una medida hin de aceite de oliva; 25. y harás un santo óleo de unción, un ungüento compuesto por obra de perfumista, 26. y ungirás con él el tabernáculo del testimonio, y el arca de la alianza, 27. y la mesa con sus utensilios, y el candelabro y sus accesorios, y los altares del incienso, 28. y del holocausto, y todo el mobiliario que pertenece a su servicio. 29. Y santificarás todas las cosas, y serán el Santo de los Santos: quien las toque quedará santificado. 30. Ungirás a Aarón y a sus hijos, y los santificarás, para que me sirvan en el sacerdocio. 31. Y dirás a los hijos de Israel: Este óleo de unción será santo para mí a lo largo de vuestras generaciones. 32. La carne del hombre no será ungida con él, y no haréis otro de la misma composición; porque está santificado, y será santo para vosotros. 33. Cualquier hombre que compusiere algo semejante, y diere de ello a un extraño, será exterminado de su pueblo. 34. Y el Señor dijo a Moisés: Toma para ti especias, estoraque y ónice, gálbano de buen olor y el incienso más puro; todo será de igual peso; 35. y harás un incienso compuesto por obra de perfumista, mezclado diligentemente, y puro, y dignísimo de santificación. 36. Y cuando lo hayas reducido todo a polvo finísimo, pondrás parte de él delante del tabernáculo del testimonio, en el lugar donde yo te apareceré. Será para vosotros el Santo de los Santos, este incienso. 37. Tal composición no la haréis para vuestros usos, porque es santa para el Señor. 38. Cualquier hombre que hiciere algo semejante, para disfrutar de su fragancia, perecerá de entre sus pueblos.
Versículo 1: Harás también un altar para quemar incienso
1. HARÁS TAMBIÉN UN ALTAR PARA QUEMAR INCIENSO. — Aquí se describe el altar del incienso, sobre el cual no se quemaban víctimas, sino únicamente incienso para Dios, no solo por el sumo sacerdote, sino también por los sacerdotes menores, que ordinariamente desempeñaban este oficio, y ello dos veces al día, a saber, por la mañana y por la tarde, a la manera del sacrificio cotidiano. De ahí que este altar se llamara altar del incienso; o, como dice el hebreo, altar de la quema del incienso.
Nótese primero: Este altar estaba hecho de madera de acacia dorada, y tenía un codo de largo, un codo de ancho y dos codos de alto.
Nótese en segundo lugar: Este altar estaba en el Lugar Santo, en medio entre el candelabro y la mesa, y miraba hacia el propiciatorio u oráculo, que estaba en el Santo de los Santos sobre el arca, sostenido por los dos Querubines; de ahí que este altar se llame altar del oráculo: pues estaba de tal modo orientado hacia el oráculo que por la abertura que había arriba en la pared que dividía el Lugar Santo del Santo de los Santos, el humo de las especias quemadas en el altar del incienso ascendía y se difundía en el oráculo mismo, de suerte que mediante esta fumigación fuera honrado Dios, que residía en el oráculo.
En tercer lugar, Dios quiso que estos aromas se quemaran ante Él, no porque se deleite con el olor del incienso —pues no tiene sentido del olfato, ni narices, ni cuerpo—, sino porque entre los hombres se considera un gran honor disponer o sahumar a alguien con fragancias suaves: de ahí que Dios, que trata con los hombres a la manera humana, quisiera que las mismas se quemaran ante Él para su culto. Así, por la costumbre y el rito de todas las naciones, la quema de incienso y aromas fue atribuida a Dios; de ahí que los poetas llamen «los honores del incienso» honores divinos, y los tres Magos ofrecieron estos tres dones a Cristo, a saber: «oro al rey, incienso a Dios y mirra al sepultado.» De donde también nosotros los cristianos ofrecemos incienso a Dios;
En cuarto lugar, este altar tenía cuatro cuernos y una corona de oro alrededor: en el centro tenía una rejilla enrejada, a través de la cual las cenizas y restos de las especias quemadas caían debajo del altar, y de allí se retiraban en sus tiempos señalados.
En quinto lugar, este altar tenía cuatro anillos, por los cuales se insertaban dos varas, con las que era transportado y llevado por los sacerdotes a través del desierto.
Tropológicamente: Este altar, dice Beda, significa la vida de los perfectos, que están situados, por así decirlo, en la vecindad del oráculo: porque, habiendo abandonado los placeres más bajos, dedican toda su solicitud únicamente a entrar en el reino celestial. De donde conviene que en este altar no se quemara carne de animales, sino solo incienso: porque tales personas ya no necesitan inmolar en sí mismas los pecados de la carne y los atractivos de los pensamientos, sino que ofrecen casi únicamente las fragancias de las oraciones espirituales y de los deseos celestiales por el fuego del amor interior en presencia de su Creador.
De ahí que este altar esté hecho de madera de acacia, porque tales personas deben ser hermosas en virtudes e incorruptibles frente a los vicios; es también cuadrado, porque tales personas son firmes e inmóviles, para poder decir: ¿Quién nos separará del amor de Cristo? En segundo lugar, está revestido de oro, porque tales personas deben resplandecer con una caridad insigne. Nueve, según Plinio, libro 33, capítulo 3, son las excelencias y cualidades del oro, a saber: «maravilloso origen, esplendor, peso, facilidad de material (pues el oro es dúctil hasta las más delgadas superficies, líneas y puntos), constancia, pureza, propiedades medicinales, prodigios, precio»; las cuales él desarrolla extensamente, y Alcázar aplica individualmente a la caridad en el Apocalipsis.
En tercer lugar, tienen un codo de longitud y anchura, porque mantienen igual paciencia en cualesquiera adversidades que les sobrevengan de cualquier parte, porque en todas las cosas piensan en una sola, esto es, Dios, de quien saben que les son enviadas, y por cuyo honor y voluntad soportan gustosamente todo; tienen también dos codos de altura, porque son llevados tanto en cuerpo como en alma hacia las cosas celestiales, y dicen con el Salmista, Salmo 83: «Mi corazón y mi carne se regocijaron en el Dios vivo.»
En cuarto lugar, tienen cuatro cuernos, es decir, las cuatro virtudes cardinales que manan del altar, esto es, de lo más profundo y de la disposición del corazón. En quinto lugar, la rejilla es su corazón, en el cual aquellas especias son quemadas para Dios, y en el cual si cae alguna ceniza terrena, se desprende, para que su oración y alabanza a Dios sea pura, y los deseos de su corazón sean puros. En sexto lugar, la corona de oro significa la corona preparada para ellos en el cielo. En séptimo lugar, los cuatro anillos con varas son los dones del Espíritu Santo, por los cuales los justos son fácilmente movidos por Él y estimulados a obras insignes. En octavo lugar, el incienso se ofrecía al mismo tiempo que el sacrificio perpetuo, porque estas dos cosas, a saber, la mortificación, que representa el sacrificio perpetuo o inmolación del cordero, y el ardor de la contemplación, que representa el incienso, deben unirse: pues la una no puede existir sin la otra; de ahí que en el Cantar de los Cantares 5, el Esposo diga: «He recogido mi mirra con mis aromas.» Donde por mirra se entiende la mortificación, y por aromas el amor divino y la contemplación.
A propósito de lo cual nótese que Cristo se compara a sí mismo en su pasión con un segador, tanto para significar la alegría de espíritu con que padecía, como para indicar el copioso fruto de su pasión, que ya entonces, padeciendo, parecía segar y recoger: y así la pasión misma de Cristo fue como una cierta siega y recolección de frutos.
¡Ojalá nuestro corazón fuera un altar de incienso, que exhalara incienso perpetuo, esto es, piadosos y frecuentes votos, deseos y suspiros a Dios! Así San Juan vio a un ángel tomar fuego del altar del incienso y ofrecer a Dios copas llenas de aromas, que son las oraciones de los santos, Apocalipsis 8:3 y 5. De ahí que el Papa Urbano IV, explicando aquel versículo del Salmo 50, Entonces pondrán sobre tu altar becerros: «Este es el altar —dice— de tu santo templo, que soy yo, junto al cual está el ángel destinado a su custodia, teniendo un incensario de oro en su mano, para que con mucho incienso presente ante ti, Señor, las oraciones derramadas con lágrimas. Este es un altar hueco y vacío, vaciado de todos los afectos terrenos, que tú mandaste hacer, para guardar las cenizas de nuestra memoria de la muerte.»
Enseñanza moral sobre el fruto, los milagros y los ejemplos de la oración.
«Muchos —dice San Agustín sobre el Salmo 65— languidecen en el orar, y en la frescura de su conversión oran fervorosamente; después lánguidamente, después fríamente, después negligentemente, como si estuvieran seguros: el enemigo vigila, ¿y tú duermes?» El mismo, a Proba: «Se dice que los hermanos en Egipto hacen oraciones frecuentes, pero brevísimas, lanzadas rápidamente: para que aquella atención vigilantemente elevada, que es sumamente necesaria para quien ora, no se desvanezca ni se embote por demoras más prolongadas.» El mismo de nuevo: «La oración —dice— es la defensa del alma santa, el consuelo del ángel bueno, el tormento del diablo, un servicio grato a Dios y la alabanza total de la penitencia y la religión, gloria perfecta, esperanza segura, salud incorrupta.» El mismo, a Dióscoro: «Este negocio —dice— se lleva más con gemidos que con palabras, más con llanto que con discursos.» Pues, como dice San Juan Crisóstomo, «Dios no es oidor de la voz, sino del corazón.»
Y San Jerónimo en su Epístola: «Que la oración —dice— arme a los que salen de su alojamiento; que salga al encuentro de los que regresan de la calle: que el cuerpo no descanse en su asiento antes de que la oración haya alimentado el alma.»
Y San Isidoro, libro III de Sobre el Sumo Bien, capítulo 8: «Quien desea —dice— estar siempre con Dios, debe orar y leer frecuentemente. Pues cuando oramos, nosotros hablamos con Dios; pero cuando leemos, Dios habla con nosotros.» Y poco después: «Este es el remedio para quien arde con las tentaciones de los vicios: cuantas veces sea tocado por algún vicio, tantas aplique la oración; porque la oración frecuente extingue el asalto de los vicios.» Y de nuevo: «De dos maneras —dice— es impedida la oración de obtener lo que se pide: si el que ora todavía comete el mal, o si no perdona las deudas que le debe quien lo ofende.»
San Basilio pregunta, en el libro I del Hexamerón: «¿Cómo obtendrá alguien que su mente no divague en la oración?» Y responde: «Si piensa que está de pie ante los ojos del Señor.»
«La oración —dice Casiodoro— serena el corazón, lo aparta de las cosas terrenas, lo limpia de vicios, lo eleva a las celestiales, hace al corazón más capaz y más digno de recibir los bienes espirituales.»
El abad Juan solía decir: Así como un hombre al ver fieras huye y trepa a un árbol, así cuando vengan malos pensamientos, huye mediante la oración al Señor, y serás salvado. Pues así como el agua extingue el fuego, así la oración extingue la tentación. En las Vidas de los Padres, libro III, último capítulo, número 208.
Otro solía decir: Hay que orar para que el alma sea purgada de pecados y pasiones; porque así como nada se ve en agua turbia, así un alma perturbada no puede ver a Dios.
¿Quieres ejemplos de quienes oraron y obtuvieron? Son bien conocidas las oraciones de Moisés, Elías, David y otros en la Escritura.
Rufino, en las Vidas de los Padres, libro III, número 194, narra de un religioso que salmodiaba, que mientras cantaba, de su boca con cada versículo salía una antorcha de fuego y ascendía al cielo.
San Antonio y Arsenio oraban a menudo durante noches enteras, y por la mañana eran hallados de pie en el mismo lugar donde habían comenzado a estar por la tarde, mirando hacia el cielo; mediante la oración vencieron todas las tentaciones y asechanzas del diablo.
El abad Besarión oró durante 14 días continuos con las manos extendidas hacia el cielo. Con ello volvió dulce el agua del mar, según refiere Rufino, libro III de las Vidas de los Padres, número 215, y libro V, capítulo 12, número 3.
Santiago de Nísibe defendió con la oración la ciudad de Nísibe contra Sapor, y frustró todos sus planes, según testimonia Teodoreto en su Vida.
Publio con la oración detuvo a un demonio enviado por Juliano el Apóstata, como se lee en las Vidas de los Padres, libro VI, capítulo 2, número 12.
Simeón Estilita con la oración obtuvo agua y realizó muchísimos milagros, según testimonia Teodoreto.
El abad Teonas con la oración dejó inmóviles a unos ladrones. Zaqueo apartó la peste de Cesarea. San Hilarión expulsó demonios.
Con la oración y un ayuno de siete días, Macario el Egipcio expulsó un demonio de gula, según relata su Vida.
La oración es, pues, una conversación con Dios, un preludio de la bienaventuranza futura, obra de los ángeles, victoria sobre todas las dificultades, medicina para el débil en el camino de Dios, corrección de la mente, fecundidad del alma, encendimiento del espíritu, gozo y júbilo.
Versículo 2: Será cuadrado
2. Será cuadrado, es decir, cuadrangular; pues tenía un codo tanto de largo como de ancho. Nuestro traductor, por tanto, llama al cuadrado «cuadrangular», porque tenía cuatro cuernos y ángulos.
DE ÉL SALDRÁN UNOS CUERNOS. Estos cuernos, pues, no eran añadidos, sino que surgían de las cuatro vigas angulares, que hacían las veces de pies, hábilmente trabajados a la manera de obeliscos. Eran como cuatro rayos elegantes, levantados hacia arriba sobre los cuatro ángulos del altar, de modo que sobresalían y se elevaban de las cuatro vigas que sostenían el altar. Así dicen Cayetano, Lipomano, Ribera y Vilalpando, en cuya obra puede verse su figura y diseño en la página 336 de La Construcción del Templo. Lirano, sin embargo, y los hebreos piensan que estos cuernos eran ciertas pequeñas esferas colocadas en aquellos cuatro ángulos para la belleza y el ornato del altar; pero tales esferas no son cuernos.
Abulense señala, Cuestión II, que nada se colgaba de estos cuernos; sino que todos los vasos pertenecientes al altar del incienso se guardaban junto al altar de los holocaustos y se colgaban de él.
Versículo 3: Su rejilla
3. SU REJILLA. Así también los Setenta traducen el hebreo gaggo, es decir, su techo o cubierta. Esta rejilla era enrejada, de modo que por sus aberturas la ceniza del incienso, o de las especias quemadas, cayendo, se deslizara al suelo debajo del altar. Esta rejilla, pues, sobre la cual se ponía el fuego con el incienso, era de oro; la parte restante de la superficie del altar, aunque era de madera, estaba sin embargo cubierta con placas de oro bastante gruesas de tal manera que ningún acceso del fuego a las tablas de madera fuera posible — si bien San Jerónimo en su comentario a Ezequiel capítulo 12 dice que estas tablas eran de madera traída del paraíso, que no es dañada por el fuego, sino que se purifica con él, como el amianto. Pero ¿quién trajo esta madera del paraíso? ¿Adán, o después algún otro, habiendo obtenido permiso de los Querubines que custodian el paraíso?
Nótese: El incienso con fuego no se colocaba inmediatamente sobre esta rejilla (pues de otro modo el oro se habría derretido con el fuego y oscurecido con la ceniza), sino en un incensario de bronce, que se ponía sobre la rejilla misma, como consta en Levítico 10:1.
Y LE HARÁS UNA CORONA, un borde o reborde semejante al que tenía la mesa de los panes de la proposición, del cual hablé en el capítulo 25, versículo 23. Esta corona era cuadrada, como el altar mismo: se llama corona, sin embargo, porque rodeaba todo el altar en derredor.
Versículo 6: Pondrás el altar delante del velo
6. Y PONDRÁS EL ALTAR DELANTE DEL VELO (que separa el Lugar Santo del Santo de los Santos), QUE CUELGA ANTE EL ARCA DEL TESTIMONIO (es decir, ante el arca de la alianza), DELANTE DEL PROPICIATORIO QUE CUBRE EL TESTIMONIO — es decir, que cubre el arca del testimonio o alianza; es una metonimia. De aquí consta que el altar del incienso no estaba en el Santo de los Santos, como supuso San Agustín, sino en el Lugar Santo, como mostraré más ampliamente en el capítulo 40, versículos 4 y 5.
Versículo 8: Quemará incienso perpetuo
8. QUEMARÁ INCIENSO PERPETUO. No que el incienso se encienda o arda todo el día, sino que debe quemarse regularmente cada día una vez por la mañana y una vez por la tarde. Por lo demás, este era el modo y el rito de la ofrenda de quemar incienso, como enseña rectamente el Abulense, Cuestión VII. Primero, el sacerdote iba al altar de los holocaustos, de cuyos cuernos colgaban incensarios y receptáculos de fuego, y de allí tomaba un incensario, y en él ponía las brasas de fuego que tomaba del altar de los holocaustos. Después entraba en el Lugar Santo, y allí tomaba incienso de los incensarios que estaban sobre la mesa de los panes de la proposición, y lo ponía en su incensario y sobre el fuego; luego colocaba su incensario con el fuego y el incienso sobre el altar del incienso, y allí se quemaba y se consumía el incienso. Cuando se consumía, el sacerdote tomaba su incensario, y saliendo fuera del campamento lo vaciaba y vertía las cenizas en un lugar limpio, y finalmente devolvía el incensario al altar de los holocaustos y lo colgaba de nuevo de sus cuernos, de donde lo había tomado.
Versículo 9: No ofreceréis incienso de otra composición
9. NO OFRECERÉIS SOBRE ÉL INCIENSO DE OTRA COMPOSICIÓN. «Otra», a saber, distinta de la que os prescribiré en el versículo 34. En el altar del incienso, por tanto, no era lícito ofrecer víctima, ni derramar libación, ni siquiera ofrecer otro incienso, por precioso que fuera, compuesto por industria humana; sino únicamente aquel que el Señor ordena componer en el versículo 34.
Versículo 10: Aarón hará expiación sobre sus cuernos una vez al año
10. Y AARÓN HARÁ EXPIACIÓN SOBRE SUS CUERNOS UNA VEZ AL AÑO. Aquí Moisés pasa, dice Cayetano, del oficio diario de este altar al oficio anual que debía realizarse sobre el mismo altar, el cual no correspondía a los sacerdotes menores sino a Aarón solo, es decir, al sumo sacerdote; oficio que debía realizarse, digo, en el Día de la Expiación, que se celebraba el décimo día del séptimo mes. Pues en ese día el sumo sacerdote, después de la expiación del Santo de los Santos, regresando de allí al Lugar Santo y al altar del incienso, oraba allí por sus pecados y mojaba los cuernos del altar en la sangre que llevaba consigo en un vasito, con la cual ya había rociado el Santo de los Santos, Levítico capítulo 16:18, y esto es lo que aquí se dice: «Hará expiación con la sangre (es decir, mediante la sangre, o mojando los cuernos del altar en su sangre, a saber, del animal, esto es, del becerro y del macho cabrío), que (animal) fue ofrecido por el pecado.» Pues esta purificación del altar se hacía mediante la aspersión de sangre con este fin: que por ella el altar fuera expiado, como contaminado por los pecados de todo el pueblo, en medio del cual se hallaba, cometidos durante todo el año, y por tanto necesitado de ser purificado y reconciliado mediante esta lustración y expiación.
Y APLACARÁ, a saber, Aarón el sumo sacerdote aplacará a Dios.
SERÁ SANTÍSIMO PARA EL SEÑOR, como si dijera: Este rito de expiación será santísimo; también el altar será santísimo, que así es expiado; pues la expresión «santo de los santos» puede referirse tanto al altar como al rito de expiación. Así el Abulense.
Nótese: Los hebreos expresan la intensificación, o el grado superlativo, mediante un nombre abstracto, o mediante un nombre concreto duplicado, como Santo de los santos, es decir, santísimo.
Versículo 12: Cuando hagas el recuento de los hijos de Israel
12. Cuando hagas el recuento (en hebreo «cabeza», es decir, cabezas, es decir, la suma de las cabezas) DE LOS HIJOS DE ISRAEL SEGÚN SU NÚMERO, CADA UNO DARÁ UN RESCATE POR SU ALMA AL SEÑOR: Y NO HABRÁ PLAGA ENTRE ELLOS CUANDO SEAN CONTADOS — como si dijera: Cuantas veces hagas un censo del pueblo, no por vanidad o soberbia (como hizo David, cuya numeración o censo del pueblo fue por ello pecado y fue severamente castigada por Dios), sino ya por mandato mío, ya por necesidad pública, como tributo, guerra u otra causa justa: tantas veces cada persona contada pagará un rescate por su alma, con el cual, es decir, pueda como redimir su alma, esto es, su vida, de Dios, para que Dios los conserve en vida y no envíe sobre ellos peste ni otra aflicción alguna, conforme a esta cuasi-ley y pacto. Pues si no te redimes, oh hebreo, con el precio, una vez contado, el Señor te castigará como transgresor de esta ley y pacto con alguna plaga, como hizo en tiempos de David, cuando él contó al pueblo pero no recaudó el impuesto del censo aquí prescrito. Aunque allí la culpa fue también de otra índole, a saber, de soberbia, como ya dije. Con este precio del censo, pues, conforme a esta ley y cuasi-pacto con Dios, los hebreos redimían su vida, para escapar de la peste y otras plagas mortíferas que sobrevenían a quienes sustraían este precio del censo a Dios y al templo. Así también hoy, los que hurtan los diezmos al templo y a Dios caen no pocas veces en graves plagas y calamidades, con las cuales son empobrecidos o consumidos.
Dios quiso que este precio de rescate le fuera pagado en el censo por cada hebreo, primero, con este fin: que los hebreos supieran y recordaran que aquella multiplicación de su pueblo procedía de Dios y de la promesa hecha a sus padres; y que Dios cuida de su pueblo y, por así decirlo, desea tenerlo en su cuenta. Pues esto es lo que se significa con el tributo pagado al templo.
En segundo lugar, para enseñar que nadie es dueño de su propia vida ni de su propia cabeza, sino que todos tienen un solo dueño, a saber, Dios, dice San Cirilo, libro II sobre Juan, capítulo 92.
En tercer lugar, para que mediante este tributo temporal se significara el tributo espiritual de la nueva ley, que es adorar a Dios en espíritu y en verdad, el cual todo contado por Dios, es decir, todo cristiano, debe pagarle. Así San Cirilo.
El emperador Vespasiano impuso el mismo pago a los judíos vencidos: «Impuso un tributo —dice Josefo, libro VII de la Guerra, capítulo 27— a los judíos dondequiera que vivieran, y les ordenó llevar dos dracmas cada año al Capitolio, tal como antes las pagaban al templo de Jerusalén.»
Anagógicamente, Beda, libro III Sobre el Tabernáculo, capítulo 13: La suma, dice, de los hijos de Israel significa la suma de todos los elegidos, que con el precio de diez óbolos, es decir, con la observancia del Decálogo, redimen sus almas y merecen el denario de la vida eterna, que han de recibir al atardecer, es decir, al final de la vida.
Versículo 13: Medio siclo según la medida del templo
13. Y TODO EL QUE PASE A SER CONTADO DARÁ MEDIO SICLO SEGÚN LA MEDIDA DEL TEMPLO. «Todo el que pase a ser contado», en hebreo todo el que pase a los contados, es decir, todo el que sea censado, o cuyo nombre sea registrado, a saber, desde los veinte años en adelante, como consta del versículo 14; pues desde esa edad los judíos eran inscritos y contados, como aptos para la guerra. De ahí que nuestro traductor, en el capítulo 38:23, donde por primera vez enumera el censo del pueblo, diga que este precio del censo fue ofrecido por seiscientos mil hombres armados, aunque la palabra «armados» no se halla en el hebreo: pues el traductor entendió correctamente que solo eran contados los que eran idóneos para portar armas, y consiguientemente eran hombres armados en este ejército y formación de combate de los hebreos.
Medio siclo. El siclo fue una moneda antaño muy usada entre los hebreos, que también se llamaba estáter; en hebreo se llama shekel, es decir, algo pesado, algo ponderado. Pues la raíz sakal significa pesar y ponderar. Los judíos antiguos, al igual que los romanos, empleaban una masa bruta de bronce, plata u oro de cierto peso en lugar de moneda y divisa. Más tarde también acuñaron y fundieron moneda estampada, pero siempre la pesaban al peso justo. Así atestigua Plinio, libro XXXIII, capítulo 3, que los romanos comenzaron a usar por primera vez plata acuñada después de la derrota de Pirro, que fue en el año de la Ciudad 585, y por tanto antes de la primera guerra púnica; y que la moneda de oro fue acuñada 62 años después.
El bronce se acuñó antes, a saber, entre los antiguos por Saturno, y entre los latinos por Numa Pompilio, segundo rey de Roma, quien lo marcó con imágenes y lo inscribió con el título de su nombre, y de Numa la palabra numus o nummus (moneda) recibió su nombre, dice Isidoro, libro XVI, capítulo 17, Cedreno y Epifanio en su libro Sobre los Pesos, al final.
El peso del siclo era de cuatro dracmas áticas, o media onza, según testimonia Josefo, libro III de las Antigüedades, capítulo 9. El siclo de plata, pues, pesaba y equivalía a cuatro reales españoles, es decir, valía un florín brabantino. Existía también un siclo de bronce y uno de oro, todos de igual peso, pero de desigual valor por razón del material. Pues una dracma de oro vale diez o doce dracmas de plata: puesto que el precio del oro es diez o doce veces el precio de la plata. El siclo de oro, pues, valía diez siclos de plata. Arias Montano describe la acuñación del siclo en su libro Sobre las Medidas: a saber, que el siclo tenía en un lado una urna con maná, con esta inscripción (en las antiguas letras samaritanas) shekel Israel, es decir, siclo de Israel; y en el otro lado tenía la vara florida de Aarón, con esta inscripción: Jerusalem kedoshah, es decir, Jerusalén santa.
Véase aquí cuán exiguo tributo, a saber, medio siclo, y que solo raramente debía pagarse, exige Dios para sí. Que los príncipes imiten esto.
El emperador Constante, según refiere Eutropio, solía decir que «la riqueza pública es mejor poseída por muchos particulares que reservada dentro del único tesoro del príncipe.»
El emperador Trajano llamaba al fisco público un bazo, porque cuando este crece, todos los demás miembros se consumen. Fabricio el Romano, cuando Cineas, embajador de los epirotas, le ofreció una gran cantidad de oro, rehusó aceptarlo diciendo que «prefería gobernar a los que tenían oro que tener oro él mismo.»
SEGÚN LA MEDIDA DEL TEMPLO. Muchos han pensado que el siclo del santuario difería en peso y valor del siclo común. Pues algunos juzgaron que era menor que el común. Así, el Rabí Salomón y Lirano asignan veinticuatro óbolos al siclo común, pero veinte al sagrado. Otros supusieron que el siclo sagrado era mayor que el común. Así, Pagnino asigna cuarenta óbolos al siclo del santuario, pero veinte al común. Vatablo, en cambio, y siguiéndole Lipomano y Covarrubias, en su libro Sobre las Monedas, capítulo 2, número 9, asignan diez óbolos al siclo común, pero veinte al sagrado.
Pero esta distinción entre el siclo sagrado y el común era desconocida para los antiguos, a saber, para Josefo, San Jerónimo y otros; más aún, que estos siclos eran iguales consta de Ezequiel capítulo 45, versículo 12; pues allí se dice que el siclo común tiene veinte óbolos, los mismos que aquí se dice que tiene el sagrado. Que Ezequiel habla del siclo común de los laicos, ricos y pobres, consta del contexto precedente. Así Ribera sobre Amós capítulo 8, número 15 y siguientes; Vilalpando, Parte II de El Equipamiento del Templo, libro II, capítulo 28.
Objetarás: Los Setenta comúnmente aquí, en Levítico capítulo 23, Números 3, y en otros lugares, traducen el siclo como didracma; por tanto, este siclo sagrado era menor que el siclo común, puesto que el común, según Josefo, pesaba cuatro dracmas. De ahí que Epifanio llame al siclo sagrado la mitad de un estáter, es decir, la mitad del siclo común. «El siclo —dice Epifanio—, que también se llama cuadrante, es la cuarta parte de una onza, la mitad de un estáter, y tiene dos dracmas»; y poco antes: «Una libra tiene doce onzas; una onza tiene dos estáteres; un estáter es media onza; pero tiene dos didracmas.»
Respondo: Los Setenta toman el didracma en sentido hebreo, no ático. El didracma hebreo era el tetradracma ático: pues una dracma hebrea equivalía a dos dracmas áticas. Los Setenta, por tanto, llaman didracma a dos monedas de plata hebreas, cada una de las cuales pesaba dos dracmas áticas, según atestigua Budeo, libro V de Sobre el As. Aunque existía también otra moneda de plata mayor, del mismo valor y precio que el siclo y el estáter, a saber, que valía un didracma, como consta al comparar la versión de los Setenta con la nuestra, Génesis capítulo 20, versículo 16; pues allí nuestro traductor vierte mil monedas de plata; los Setenta, en cambio, mil didracmas. Por el contrario, en Mateo capítulo 17, versículo 24, el tributo extranjero que los publicanos pedían a Cristo era un didracma ático, a saber, la mitad de un siclo; pues allí Cristo pagó un siclo o estáter, a saber, la mitad por sí mismo y la mitad por Pedro.
Dirás: Si el siclo sagrado y el siclo común eran el mismo, ¿por qué entonces la Escritura aquí y en otros pasajes especifica el siclo y lo llama siclo del santuario?
Respondo que esto se hace porque en el santuario, como en un lugar sagrado y seguro, se conservaba un siclo del peso más exacto, contra el cual pudieran pesarse y verificarse todos los demás, para que no hubiera lugar para el fraude, es decir, para la cercenadura y la disminución — así como entre los romanos existía una medida pública del pie, como patrón primero y certísimo de todos los demás, y una medida pública del ánfora existía en el Capitolio, sobre la cual dice Prisciano:
«Se hizo un ánfora, y para que nadie violara su patrón, los Quirites la consagraron a Júpiter en el monte Tarpeyo.»
La Escritura, pues, llama aquí al siclo «según la medida del templo», significando un siclo del peso más exacto; esto consta de Levítico, último capítulo, versículo 25, donde se dice: «Toda estimación se pesará por el siclo del santuario» (no «se computará», como habría tenido que decir si este siclo sagrado hubiera valido más), donde los Setenta traducen: y todo precio será según medidas santas, como si dijera: Todo siclo, y todo peso y precio, será pesado por el siclo y por la medida más exacta que se conserva para este fin en el santuario. A Epifanio respondo que sufrió un lapsus de memoria, o que un error se deslizó en su manuscrito: pues Epifanio contradice abiertamente a los Setenta, que llaman al didracma un estáter o siclo.
EL SICLO TIENE VEINTE ÓBOLOS — judíos, se entiende; pues áticos tenía veinticuatro, ya que cuatro dracmas áticas, que equivalen al siclo, producen esa cantidad de óbolos. El óbolo era, pues, la vigésima parte de un siclo, es decir, de un florín brabantino, que vale veinte estúferos; el óbolo era, por tanto, un estúfero, y el siclo, valiendo veinte óbolos, valía veinte estúferos.
Tropológicamente, Radulfo, libro III sobre el Levítico, capítulo 8: El medio siclo, dice, o denario de óbolos, significa la integridad de la fe. Este debe tener la medida del templo, porque no debe conformarse a la doctrina de los herejes, sino a la de los santos Padres. Es la mitad, porque aunque contiene todo lo necesario para la salvación humana, sin embargo no alcanza la plenitud de la visión de Dios: de esta mitad ni el pobre ni el rico pueden restar nada.
Versículo 15: El rico no añadirá al medio siclo
15. EL RICO NO AÑADIRÁ AL MEDIO SICLO — para que, en primer lugar, el número del pueblo se determine a partir de los siclos; en segundo lugar, para que en el censo no se dé ocasión de soberbia al rico, ni de despreciar a su compatriota pobre; en tercer lugar, porque el alma de todos los seres humanos es una, ya seas Creso o Iro; en cuarto lugar, porque ante los ojos de Dios las riquezas no valen más que la pobreza; en quinto lugar, porque la vida y el alma de cada persona son igualmente preciosas para Dios, puesto que por la redención de cada uno el Hijo de Dios derramó su preciosa sangre en el ara de la cruz; en sexto lugar, porque todos, quienquiera que sean, deben dar iguales gracias a Dios, en cuanto está en ellos, ya hayan recibido de Él riquezas, ya padezcan necesidad. Espejo de esta equidad fue San Job, quien, de riquísimo hecho paupérrimo, rindió gracias a Dios: «El Señor dio» —dice—, mostrándose munífico y generoso; «el Señor quitó» lo que era suyo, cuando juzgó que me sería menos provechoso. Por mi vida, pues, y mi alma, preservada por Él en medio de tantos peligros de muerte, le daré el sagrado didracma, precio de mi alma, a saber, alabanza y acción de gracias, diciendo: «Bendito sea el nombre del Señor.»
Versículo 16: Entregarás el dinero recibido para los usos del Tabernáculo
16. Y entregarás el dinero recibido PARA LOS USOS DEL TABERNÁCULO. Grandes eran los gastos del tabernáculo, y mayores fueron los del templo, en una construcción tan vasta, en alimentar y vestir a tantos miles de sacerdotes y levitas, en víctimas, en transportar leña, agua, etc. De ahí que los hebreos refieran que cada año en la fiesta de la expiación se hacía esta colecta del medio siclo de cada persona. Así Lipomano.
PARA QUE SEA UN MEMORIAL ANTE EL SEÑOR — como si dijera: Daréis este precio de censo, a saber, medio siclo, al templo y a Dios, para que por esto Dios se acuerde de vosotros y os sea propicio.
Versículo 18: Harás una pila de bronce
18. Y HARÁS UNA PILA DE BRONCE CON SU BASE PARA LAVAR. Por «pila» el hebreo dice kiyor, es decir, una concha o vasija; la Septuaginta tiene louter, como si dijera lavatorio, de louein, es decir, de lavar. Pues este recipiente fue hecho para contener agua, con la cual, primero, los sacerdotes se lavaban antes de acercarse a los oficios sagrados; segundo, se lavaban las partes de las víctimas que eran inmoladas. Así Abulense y Lipomano. De ahí que esta pila estuviera colocada entre el tabernáculo, es decir, el Santo, y el altar de los holocaustos, como sigue: pues los sacerdotes debían desempeñar sus oficios sagrados tanto en el Santo como en el altar de los holocaustos, lo cual no podían hacer sin haberse lavado previamente.
Salomón fabricó un recipiente semejante para el mismo fin, pero mucho mayor, que por su inmensa capacidad fue llamado el mar de bronce; pues era como un inmenso hemisferio, cuya circunferencia superior y más ancha era de treinta codos, de modo que este recipiente entero contenía tres mil medidas: una medida (metreta) contiene setenta y dos sextarios, o doce congios.
Además, Moisés fabricó esta concha, o pila, con los espejos de bronce de las mujeres que velaban a la puerta del tabernáculo, Éxodo 38, 8.
Místicamente, algunos entienden por esta pila y este lavatorio el bautismo; pero como esta pila estaba en el atrio, que significaba la Iglesia, y no antes del atrio o en su entrada, a la que se asemeja el bautismo, por eso es mejor, con San Gregorio, Homilía 47 sobre los Evangelios, y Beda, libro III Sobre el Tabernáculo, último capítulo, entender por esta pila la penitencia, o el Sacramento de la Penitencia. Pues, en primer lugar, esta pila se hace con los espejos de las mujeres, es decir, con la contemplación de las postrimerías y con los preceptos de Dios, en los cuales las almas fieles se miran a sí mismas y descubren y corrigen sus manchas.
Escuchad a San Gregorio: «Moisés coloca una pila de bronce en la que los sacerdotes deben ser lavados antes de entrar en el Santo de los Santos, porque la ley de Dios primero nos manda ser lavados mediante la compunción, para que nuestra inmundicia no sea indigna de penetrar la pureza de los secretos de Dios.» Añade luego por qué esta pila fue hecha con los espejos de las mujeres: «Pues los espejos de las mujeres son los preceptos de Dios, en los cuales las almas santas siempre se miran, y si hay en ellas alguna mancha de fealdad, la descubren. Corrigen los vicios de sus pensamientos y componen, por así decir, sus rostros resistentes, como a partir de una imagen reflejada; porque mientras atienden solícitamente a los preceptos del Señor, en ellos reconocen sin duda qué les agrada al Esposo celestial o qué le desagrada.» Añade por qué estas mujeres velan a la puerta del tabernáculo: «Porque las almas santas, aunque todavía están cargadas con la debilidad de la carne, sin embargo con amor constante vigilan la entrada de la morada eterna. Moisés, pues, hizo la pila para los sacerdotes con los espejos de las mujeres, porque la ley de Dios ofrece un lavatorio de compunción para las manchas de nuestros pecados, mientras presenta a nuestra contemplación aquellos preceptos celestiales con los que las almas santas han complacido al Esposo celestial. Si los atendemos diligentemente, vemos las manchas de nuestra imagen interior; y viendo las manchas, somos traspasados por el dolor de la penitencia; y siendo traspasados, somos lavados, por así decir, en la pila hecha con los espejos de las mujeres. Además, es muy necesario que cuando somos movidos a la compunción acerca de nosotros mismos, también nos afanemos por la vida de los que nos han sido encomendados.»
El rey Lisímaco, cuando hubo entregado su ejército al enemigo a causa de la sed, después de recibir agua como cautivo y beberla, dijo: «¡Dios mío! ¡Por un placer tan exiguo, cuán gran bien, cuán gran reino he perdido, y de rey me he convertido en esclavo!» Diga esto el penitente: ¡Dios bueno, por la gula, por el placer de un cuarto de hora, cuán gran bien, cuántas delicias del cielo he perdido, y me he hecho esclavo del diablo, de la muerte y del infierno, y eso para siempre!
En segundo lugar, en esta pila deben lavarse nuestros sacerdotes cuando van a ofrecer la víctima sagrada, y los demás fieles, que también son en cierta medida sacerdotes, y que ofrecen los becerros de sus labios y manos, es decir, alabanzas y obras santas, y se hacen partícipes de la víctima sagrada.
En tercer lugar, esta pila se coloca entre el altar de los holocaustos y el tabernáculo, es decir, el Santo, en el cual estaba el altar del incienso; porque, para entrar al altar interior, a saber, el del incienso, no basta la mortificación exterior, sino que también se requiere la penitencia interior, con la que purguemos los afectos mismos.
Véase Ribera, libro II Sobre el Templo, capítulo 17, adaptando cada detalle minuciosamente.
Versículo 19: Se lavarán en ella
19. Y habiendo vertido agua, se lavarán en ella. Debe leerse «en ella» (femenino, refiriéndose al agua), no «en él» (masculino, refiriéndose a la pila). Pues los sacerdotes no se lavaban en la pila (porque la habrían contaminado), sino en el agua que fluía de la pila por un tubo, que podía abrirse y cerrarse con un grifo. Por tanto, lo que en hebreo dice «se lavarán de ella,» entiéndase: del agua que fluye de la pila por el tubo. Así Cayetano. Del mismo modo, se dice que bebemos vino de un recipiente, es decir, de una copa que ha sido extraída del recipiente.
Sus manos y sus pies. De aquí que Cayetano, Lipomano y Ribera sostengan plausiblemente que los sacerdotes ministraban descalzos en el tabernáculo (lo cual hacían dos veces al día, a saber, por la mañana y por la tarde, como dije arriba). Pues parece que se lavaban los pies con este fin, para no ensuciar el tabernáculo con los pies sucios. Pues si después se hubieran puesto de nuevo calzado y polainas en los pies, ¿qué necesidad habría habido de lavarlos? Pues este lavamiento se hacía solamente por la limpieza y el decoro tanto de los pies como del tabernáculo. Como símbolo de esto, Moisés recibió la orden en el Sinaí, como en un lugar santo, cuando iba a hablar con Dios, de quitarse las sandalias, Éxodo 3, 5. El Señor quiso con esta ceremonia de los pies descalzos enseñar a los sacerdotes que la dignidad y la reverencia en el culto divino, incluso externamente, deben ser observadas.
En segundo lugar, con esto quiso recordarles la pureza interior, para que los sacerdotes recordaran que en adelante debían caminar no por la tierra, sino por los cielos, dice Filón en su libro Sobre las Víctimas. Los gentiles imitaron esto en sus ritos profanos. De ahí aquel dicho de Hesíodo: «Manejar las cosas sagradas con manos sin lavar es un sacrilegio.»
De ahí que también los sacerdotes de la nueva ley se laven las manos en la Misa, y en efecto todos los cristianos antiguamente, cuando iban a entrar en la iglesia y a recibir la comunión, se lavaban las manos, tanto para ser recordados de la pureza interior, como porque iban a recibir la sagrada Eucaristía en sus manos: y por esa razón, a las puertas de la iglesia se colocaba un recipiente de agua para la purificación; en su lugar quedó después una pequeña pila de agua bendita colocada a la entrada de la iglesia, como mostré en 1 Timoteo 2. En efecto, también Pitágoras tenía la máxima: «Sacrifica con los pies descalzos;» máxima que tanto los lacedemonios como otros adoptaron.
Josefo también escribe que Berenice, hermana del rey Agripa, cuando había ido a Jerusalén a causa de un voto, para realizar un rito sagrado, hizo lo mismo, y así estuvo descalza ante el tribunal del gobernador Floro. De ahí también aquella exclamación de San León en cierto sermón sobre el ayuno, hablando del ayuno de los hebreos: «Que tengan sus procesiones descalzas, y en la tristeza de sus semblantes muestren sus ociosos ayunos.»
Aun ahora los moros y sarracenos no entran en los templos en que van a realizar ritos sagrados sino con los zapatos quitados. Por tanto, pienso que Pitágoras amonestaba a que, mientras sacrificaban, estuvieran limpios y, dejadas las preocupaciones mundanas y purgados de las inmundicias de los pecados, se dedicaran al servicio divino.
Pues lavar los pies místicamente significa purificar la mente. Sobre este tema, también nuestros Teólogos explican el mandato del Señor acerca del lavatorio de los pies, e igualmente la orden de sacudir el polvo de los pies. Eutimio también interpreta «pies» como pensamientos en el Salmo 72: «Por pies,» dice, «entiende los pensamientos, como cosas que, a manera de pies, guían y sostienen la vida religiosa de nuestra alma.»
Nuestros sacerdotes, sin embargo, celebran calzados, no descalzos, tanto por modestia y decoro, como porque son soldados y capitanes de Cristo (a quienes conviene estar calzados, e incluso con botas), siempre dispuestos para la batalla contra los demonios y para predicar el Evangelio en todas partes: de ahí que deban tener «los pies calzados con la preparación del evangelio de la paz,» como dice el Apóstol, Efesios 6, 15. Véase el comentario allí.
Versículo 21: Para que no mueran
21. PARA QUE NO MUERAN — para que Yo no los castigue con la muerte (si descuidan esta ceremonia del lavamiento prescrita por Mí) como desobedientes e irreverentes. Piénsese lo mismo si omitieran cualesquiera otras ceremonias prescritas por Dios, especialmente si esto se hiciera por desprecio.
UN ESTATUTO — es decir, esta ley será eterna para vosotros, para que siempre la observéis.
Versículo 23: Toma para ti especias, de mirra selecta y escogida
23. TOMA PARA TI ESPECIAS, DE MIRRA SELECTA Y ESCOGIDA. Así también el Caldeo y la Septuaginta; pero los hebreos más recientes puntúan sus textos de manera diferente y leen de este modo: Toma para ti las especias principales, es decir, las primeras y más excelentes, a saber, de mirra escogida.
San Jerónimo, sin embargo, el Caldeo y la Septuaginta puntúan y traducen así: Toma para ti especias, la cabeza de mirra libre, es decir, de mirra que fluye o destila libremente. Ahora bien, la cabeza de la mirra libre es el estacte, que es la flor de la mirra (como traducen la Septuaginta y San Jerónimo en su carta a Principia), es decir, la lágrima de la mirra, a saber, el líquido que fluye y destila espontáneamente de la mirra, que es la mirra más pura, más selecta y más excelente. De ahí que en hebreo se llame la cabeza de la mirra, es decir, lo que es primero y más excelente en la mirra.
Aquí se describe la composición del ungüento con el que habían de ser ungidos y consagrados los sacerdotes, así como el tabernáculo y sus vasos. Pues este ungüento se preparaba con cinco especias y aceite, Éxodo 30, 23-25.
Este ungüento se preparaba mezclando cinco ingredientes y aceite de oliva, de manera que fuera como un ungüento hábilmente compuesto por perfumistas. Además, estas cinco especias eran las siguientes: Primera, mirra selecta y libre, es decir, que fluye espontáneamente, del peso de quinientos siclos. Segunda, cinamomo, cuyo peso era la mitad del precedente, a saber, doscientos cincuenta siclos. Tercera, caña aromática, del mismo peso. Cuarta, casia, del peso de quinientos siclos. Quinta, aceite de oliva, de la medida de un hin, es decir, doce sextarios.
De quinientos siclos. El siclo hebreo contiene, como dije, cuatro dracmas áticas, o media onza. Por tanto, quinientos siclos hacen cien onzas, lo cual equivale a ocho libras y un cuarto de libra. Igualmente, doscientos cincuenta siclos hacen cincuenta onzas, es decir, cuatro libras y un octavo.
Véase aquí cuán pesadas eran estas especias; cuán preciosos eran incluso entonces los ingredientes que hoy son baratos y comunes. De ahí que San Jerónimo diga: «El cinamomo,» dice, «fue en un tiempo uno de los regalos enviados por los reyes.» Pues si la primera especia, a saber la mirra, pesaba quinientos siclos, es decir, ocho libras y un cuarto, y la casia igualmente, y el cinamomo la mitad, la caña la mitad: el total de todo era veinte libras y media, o tres cuartos de libra por encima de veinte — lo cual es ciertamente un gran peso y, como hemos dicho, un gran precio en aquellos tiempos.
DE LA CAÑA. — Entiéndase aquí la caña fragante o aromática, como es claro por el hebreo, el caldeo y la Septuaginta, sobre la cual véase Teofrasto, libro IX de la Historia de las Plantas, capítulo 7; Plinio, libro XII, capítulo 22; Galeno, libro VIII de Medicinas Simples; Dioscórides, libro I, capítulo 17.
24. DE CASIA QUINIENTOS SICLOS EN EL PESO DEL SANTUARIO — es decir, tomo el siclo aquí como siendo de aquel peso que tenía el siclo del santuario, o un siclo que pese tanto como pesa el siclo del santuario, no porque sea mayor que el siclo común, sino porque es de la medida más exacta, como dije en el versículo 13.
Pues no es necesario sostener, con Arias Montano, que hay aquí un siclo de peso diferente, distinto del siclo de moneda, como si este siclo fuera una clase de peso que no fuera igual en balanza al siclo de moneda, sino que tuviera un peso diferente: pues la Escritura no da indicación alguna de esta diferencia de siclo. Por lo cual es más probable que los hebreos transfirieron el peso del siclo de moneda también a otras cosas: como también nosotros hacemos a veces en el habla familiar, cuando decimos que cosas raras y preciosas pesan dos, tres o cuatro reales; especialmente porque los antiguos usaban la moneda — por ejemplo, el siclo — no como moneda acuñada, sino pesada en balanza, y de ese modo apreciaban sus mercancías y bienes, como dije en el versículo 43. El siclo, por tanto, por su origen, como también por su etimología, era tanto una medida de peso como de moneda.
Versículo 25: El santo óleo de la unción
La Escritura llama entonces a esta unción «el santo óleo de la unción,» porque con él eran consagrados los sacerdotes, el tabernáculo y sus vasos.
25. Y harás el santo óleo de la unción, un ungüento compuesto por obra de perfumista. En hebreo, obra de perfumista o boticario. La Septuaginta, obra de perfumista. Todas estas expresiones significan una y la misma cosa.
Versículo 26: Ungirás con él el Tabernáculo del Testimonio
26. Y UNGIRÁS CON ÉL EL TABERNÁCULO DEL TESTIMONIO. — En hebreo moed, es decir, de la asamblea o del testimonio, del cual hablé en el capítulo precedente, versículo 43.
Nótese, dice Abulense, que esta unción de los altares, el tabernáculo, etc., no se hacía diaria ni periódicamente, sino una sola vez en la consagración original — así como también nuestras iglesias, altares y cálices son consagrados una sola vez.
Los sacerdotes, sin embargo, eran ungidos con aceite diariamente cuando ministraban en el santuario.
Versículo 29: Serán santísimos
29. SERÁN SANTÍSIMOS — serán santísimos por esta consagración.
QUIEN LOS TOCARE SERÁ SANTIFICADO — es decir, por el contacto con los vasos sagrados, el que los toque será santificado, dice el Rabino Salomón: pero mostré que esto es falso en el capítulo 29, versículo 37. «Será santificado» significa, pues, que debe ser santificado, de modo que si está inmundo, se purifique con el agua de lustración, de la cual tratan Levítico 14 y Números 19, antes de tocar el altar u otros vasos sagrados, dice Abulense.
Versículo 30: Ungirás a Aarón y a sus hijos
30. Ungirás a Aarón y a sus hijos, y los santificarás, para que ejerzan el sacerdocio para Mí. Esta unción de los sacerdotes era doble. La primera era común a todos los sacerdotes, por la cual se derramaba aceite en las manos del sacerdote, y de allí él mismo ungía su frente. La segunda era propia del Sumo Sacerdote, por la cual se derramaba aceite sobre su cabeza, Salmo 132: «Como el ungüento sobre la cabeza, que desciende sobre la barba, la barba de Aarón.»
Versículo 32: La carne de hombre no será ungida con él
32. LA CARNE DE HOMBRE NO SERÁ UNGIDA CON ÉL — es decir, ningún laico, ninguna persona profana será ungida con este ungüento, sino solamente los sacerdotes y las cosas sagradas.
Ni haréis otro según su composición. Estaba prohibido, pues, que otros mezclaran estos ingredientes para uso profano y común. Porque este aceite sagrado debía ser singular y propio solamente de las cosas sagradas.
Versículo 33: Cualquier hombre que compusiere otro semejante
33. Cualquier hombre que hubiere compuesto otro semejante, y hubiere dado de él a un extraño, será exterminado de su pueblo — es decir, será castigado con la muerte. Nótese: los hebreos entienden por «exterminación» la muerte, ya sea natural o violenta.
Nótense también los sentidos místicos, alegóricos, anagógicos y tropológicos de este ungüento y de cada uno de sus ingredientes, tal como los transmitieron los Padres, los cuales por brevedad omito. Véase Beda, libro III Sobre el Tabernáculo; Orígenes, Homilía 9 sobre el Levítico, y otros. La mirra significa la mortificación de la carne; el cinamomo, el fervor del espíritu y de la caridad; la caña aromática, la buena fama; la casia, la integridad y la perseverancia; el aceite, la misericordia y la gracia. Estas cinco, como cinco dedos de una mano, componen la santa unción del crisma.
«A un extraño,» es decir, a cualquiera que no sea sacerdote o de linaje sacerdotal: pues así como antes prohibió que alguien compusiera tal ungüento sacerdotal para su propio uso, así aquí prohíbe que se haga para usos de extraños. Así San Agustín, Cuestión 135.
Versículo 34: Toma para ti especias, estacte y ónice
34. TOMA PARA TI ESPECIAS, ESTACTE Y ÓNICE, GÁLBANO DE BUEN OLOR, Y EL INCIENSO MÁS PURO. Cuatro especies de incienso se enumeran aquí; añádase, pues, una cuarta, como tiene el hebreo, y serán cinco. Pues el hebreo dice así: Toma para ti especias, estacte y ónice y gálbano, especias e incienso puro. La repetición de «especias» indica otra, es decir, una quinta especie, diferente de las cuatro ya enumeradas.
Aquí se describe la composición del incienso con el que debía quemarse el altar del incienso. Este incienso constaba de cuatro o cinco especias, a saber: el estacte, que es la flor o lágrima de la mirra; el ónice, que es la tapa de un molusco marino fragante; el gálbano, que es la resina de cierta planta; el incienso más puro; y quizá una quinta especia, que los hebreos llaman «especias,» es decir, ingredientes fragantes no nombrados en otra parte.
Todas serán de igual peso — es decir, cada una se tomará en igual peso, de modo que el peso de cada una sea igual. Harás incienso compuesto por obra de perfumista, diligentemente mezclado y puro.
Reconocemos que, así como con el santo óleo, también la composición del incienso está prohibida a los demás, para que no sea usada con fines profanos. Así todas las cosas sagradas deben mantenerse separadas de las profanas.
Este incienso debe ser preparado y mezclado de estacte, ónice, gálbano e incienso. Pues así como Dios, de manera antropopática, quiso ser alimentado con sacrificios, así también quiso ser recreado con fragancias, y de ese modo ser aplacado, porque una señal de ira e indignación está en las narices. De ahí que en Job capítulo 41, versículo 11, se diga: «De sus narices sale humo;» pero las narices se suavizan con un fragancia dulce. De ahí que este sea un símbolo apropiado de apaciguamiento. Así Arias Montano y Alcázar sobre Apocalipsis capítulo 5, versículo 8, nota 3.
Nótese primero: El estacte es una lágrima de mirra, como dije en el versículo 23.
Segundo, «El gálbano es un jugo,» dice Dioscórides, libro III, capítulo 81, «de una planta de férula que crece en Siria, que algunos llaman metopio: el más estimado es el cartilaginoso y graso (de donde quizá en hebreo se llama chelbana; pues cheleb significa grasura); el gálbano atrae las menstruaciones y el parto ya por aplicación, ya por fumigación; contrarresta los venenos, mata serpientes, se ingiere para la tos crónica, la dificultad para respirar y otras dolencias que deben ser aliviadas.» También Plinio escribe sobre el gálbano, libro XII, capítulo 25, y libro XXIV, capítulo 5, y Galeno, en su libro sobre Medicinas Simples. La Escritura añade y requiere que el gálbano sea de buen olor, en hebreo sammim, es decir, aromático, para significar que debe ser selecto y fragante. Pues Dioscórides afirma que el gálbano tiene un olor pesado; y Plinio dice que el gálbano hiede y huele a castóreo: lo cual quizá entiende de las partes más terrosas del gálbano, pero no de las más refinadas, como diré enseguida acerca del ónice, y por eso nuestro Traductor añade «de buen olor.»
Tercero, el ónice, dice la Glosa, es un pequeño molusco fragante que se asemeja a una uña humana; en verdad pienso que el ónice es aquello que Dioscórides llama la uña aromática, libro II, capítulo 8; y dice que es la cubierta de un molusco en los pantanos nardíferos de la India, y por eso exhala un dulce aroma, porque los moluscos allí se alimentan de nardo como su sustento: el ónice se usa como incienso por su fragancia, pero huele algo a castóreo; entiéndase con Matiolo, si después de que sus partes finas y fragantes se han evaporado, se quema la concha restante: pues de otro modo, Propercio canta así del ónice:
«Y que el ónice perfumado de mirra unja las narices con azafrán.»
Los farmacéuticos llaman al ónice el Blattum Byzantium, según atestiguan Amato y Matiolo en su comentario a Dioscórides.
Tropológicamente, San Gregorio, libro I de los Moralia, capítulo 39: «Hacemos incienso compuesto de aromas,» dice, «cuando en el altar de la buena obra exhalamos fragancia por la multiplicidad de virtudes.» Y convenientemente puedes entender por el incienso la religión y la oración, por el estacte la mortificación, por el gálbano (por ser caliente y graso) la caridad y la misericordia, y por el ónice (por ser semejante en color a una uña y en fragancia al nardo) la castidad.
De ahí simbólicamente, San Basilio sobre el capítulo 1 de Isaías, antes de la mitad: Este incienso, dice, es la santidad del cuerpo por la temperancia, y el freno de la razón sobre el cuerpo, que consta de cuatro elementos: el estacte se refiere al agua, el incienso al aire, el ónice a la tierra por su sequedad, el gálbano al fuego por su intenso calor. Por tanto, la santidad templa y modera estos entre sí, como un incienso santo. Pero sobre todo, el incienso es la oración.
Aludiendo a este incienso, San Juan, Apocalipsis 5, 8, dice que a aquellos cuatro santos seres vivientes les fueron dadas copas llenas de perfumes, que son «las oraciones de los Santos;» y en el capítulo 8, versículo 3: «Le fueron dados,» dice, «muchos inciensos.»
Nótese aquí: Las oraciones de los Santos se comparan aquí a la fumigación, no de cualquier cosa, sino de perfumes. Primero, porque la oración, como el incienso, asciende hacia arriba — Salmo 140: «Suba mi oración como incienso en tu presencia.» Segundo, porque así como el incienso es fragante, así las oraciones de los Santos deleitan a Dios. Tercero, así como el incienso ahuyenta el hedor, así la oración ahuyenta el pecado y mitiga la ira de Dios. Cuarto, el incienso se hacía de aromas triturados: así la oración debe proceder de un alma mortificada y humilde. Quinto, el incienso se quemaba en el fuego: así la oración arde en el fuego de las tribulaciones. De ahí que en el Cantar de los Cantares 4, la Esposa diga: «Iré al monte de la mirra y al collado del incienso.»
Versículo 35: Harás incienso, mezclado diligentemente
35. Y harás incienso, etc., diligentemente mezclado, y puro, y dignísimo de santificación. — En hebreo, «para santificación,» como si dijera: Harás incienso tan bien, pura y diligentemente mezclado y compuesto, que sea digno de ser santificado para Dios, es decir, de ser quemado, ofrecido y encendido.
Versículo 36: Cuando lo hayas molido todo hasta el polvo más fino
36. Y cuando lo hayas molido todo hasta el polvo más fino — para que la mezcla sea más perfecta, y por ello el incienso más fragante.
Tropológicamente, San Gregorio, al final del libro I de los Moralia: «Molemos todos los aromas hasta el polvo más fino,» dice, «cuando machacamos nuestras buenas obras, como en el mortero del corazón, mediante un examen oculto, y si son verdaderamente buenas, las reconsideramos cuidadosamente.» De ahí que entre los antiguos, un corazón colocado en un incensario significara jeroglíficamente las oraciones y peticiones derramadas ante Dios desde un corazón puro, humilde, contrito y ardiente, dice Pierio, Jeroglífico 34.
Pondrás de él (del incienso) ante el tabernáculo del testimonio — a saber, sobre el altar del incienso, que está delante del tabernáculo del testimonio, es decir, delante del Santo de los Santos. Pues había, por así decir, un doble tabernáculo, a causa de sus dos partes: una se llamaba el Santo, la otra el Santo de los Santos; la Escritura habla aquí de la segunda.
En cuyo lugar (a saber, en el tabernáculo mencionado, es decir, en el Santo de los Santos) me apareceré a ti. SANTÍSIMO (es decir, sacratísimo) SERÁ ESTE INCIENSO.
Versículo 38: Quien hiciere cosa semejante
38. Quien hiciere cosa semejante, para disfrutar de su fragancia, perecerá de entre sus pueblos. — En hebreo dice «será cortado de sus pueblos,» porque, a saber, Dios lo matará, como desobediente y sacrílego, con alguna plaga de esta vida, o al menos lo castigará eternamente en el infierno. Pues así, inversamente, «ser congregado con su pueblo» significa ser unido a la compañía de los Santos y de los Bienaventurados.
El Señor prohibió bajo pena tan grave que nadie usara la composición del incienso para fines profanos, a fin de que las cosas sagradas y las cosas del templo no fueran profanadas, ni el ministerio Eclesiástico se volviera vil y despreciable.
Además, quiso desenseñarles la molicie de la unción; pues este rito sagrado se empleaba no para la molicie, sino para un símbolo y significación sagrada, y para la reverencia del sacerdocio.
Los paganos enseñaron lo mismo. Sócrates decía que los ungüentos debían dejarse a las mujeres; que en los jóvenes ningún perfume huele mejor que el aceite que usaban mientras hacían ejercicio. Pues con perfume de mejorana o de foliato, un esclavo y un hombre libre huelen inmediatamente igual. Preguntado a qué deben oler los ancianos, respondió: A probidad. Preguntado dónde se vendía este perfume, recitó el verso de Teognis:
«De los buenos aprenderás cosas buenas.»
Quien es bueno, aprende de él cosas buenas.
Jenofonte recoge algunas cosas de este tipo en su Banquete; Erasmo, libro III de los Apotegmas.
Cuando el mismo Sócrates criticaba a los ungidos con perfumes, y se le preguntó a Fedón quién estaba tan ungido con perfumes, respondió Aristipo: «Yo soy,» dijo, «el desgraciado: pero mucho más desgraciado que yo es el rey de los persas. Pero mira,» dijo, «que así como en esto no es superior a ninguno de los demás animales, tampoco lo sea a ninguno de los hombres.» Con esta observación quiso decir que los ungüentos y las fragancias no hacen mejor a un hombre, puesto que incluso un caballo untado con bálsamo olería igual que un rey; y un mendigo ungido con un perfume semejante no olería menos bien que el sumo sacerdote. Laercio, libro II.
Diógenes, habiendo obtenido algo de perfume, se ungió los pies con él contra la costumbre pública. Cuando la gente se maravilló de esto, dijo: Porque el perfume derramado en la cabeza se evapora en el aire; pero desde los pies asciende a las narices. De manera semejante, otro criticó la costumbre pública de colocar guirnaldas en la cabeza, puesto que sería más conveniente colocarlas debajo de las narices, porque el vapor de la fragancia no desciende tanto como asciende. Laercio, libro VI.
El mismo Diógenes, a uno que tenía el cabello ungido con perfume: «Cuidado,» dijo, «no sea que la suave fragancia de la cabeza traiga un mal olor de vida;» pues hemos intentado de algún modo reproducir la agradable afinidad de las palabras griegas, euodian y dysodian. Pues el perfume en un hombre delata molicie de vida; además, la fama es como el olor de un hombre. Marcial dijo algo semejante:
«Póstumo, no huele bien quien siempre huele bien.»
Así Laercio, libro VI.
El mismo decía que los dioses son fáciles en conceder la vida a los hombres: pero que esta vida es desconocida para quienes buscan perfumes. Laercio, ibíd.
Licurgo expulsó los perfumes del estado como corrupción y ruina del aceite. Pues el aceite, decía, corrompido con fragancias no tiene uso alguno, ni para comer ni para ungir los miembros; y mientras corrompen una cosa necesaria por el gusto de los lujos, la provisión se hace menor. Plutarco en los Apotegmas Lacónicos.
Cuando cierto joven agradecía a Flavio Vespasiano por una prefectura obtenida, como olía a perfume, fue despreciado con un gesto y severamente reprendido: «Hubiera preferido,» dijo Vespasiano, «que olieras a ajo.» Y poco después revocó las cartas de nombramiento que había concedido. Suetonio en su Vida.
Anacarsis decía que el aceite era un veneno que engendra locura, porque veía a los atletas, una vez ungidos, enfurecerse unos contra otros. Y los escitas no conocían el uso del aceite, según creo, puesto que ni crecía entre ellos ni se importaba de otra parte. Los atletas no luchan sin estar ungidos: pues piensan que el cuerpo se hace más robusto; y el escita fingía creer que el aceite era la causa de su locura. Laercio, libro I, capítulo 9.