Cornelius a Lapide
Índice
Sinopsis del Capítulo
Dios todavía amenaza al pueblo, y ellos se lamentan; Moisés, orando, finalmente reconcilia plenamente a Dios con el pueblo y obtiene que no un ángel, sino Dios mismo sea el guía del camino. En segundo lugar, en el versículo 18, Moisés pide ver la gloria de Dios, y escucha: Verás mis espaldas, pero mi rostro no podrás ver.
Texto de la Vulgata: Éxodo 33:1-23
1. Y el Señor habló a Moisés, diciendo: Ve, sube de este lugar, tú y tu pueblo que sacaste de la tierra de Egipto, a la tierra que juré a Abrahán, Isaac y Jacob, diciendo: A tu descendencia se la daré. 2. Y enviaré un ángel como precursor tuyo, para que arroje al cananeo, al amorreo, al hitita, al fereceo, al heveo y al jebuseo, 3. y para que entres en la tierra que mana leche y miel. Porque Yo no subiré contigo, pues eres un pueblo de dura cerviz, no sea que te destruya en el camino. 4. Y cuando el pueblo oyó esta pésima noticia, se lamentó; y nadie se vistió con su atavío acostumbrado. 5. Y el Señor dijo a Moisés: Di a los hijos de Israel: Sois un pueblo de dura cerviz; si yo subiera una sola vez en medio de vosotros, os destruiría. Ahora, pues, deponed vuestros ornamentos, para que yo sepa qué hacer con vosotros. 6. Así pues, los hijos de Israel depusieron sus ornamentos desde el monte Horeb. 7. Y Moisés, tomando el tabernáculo, lo plantó fuera del campamento a cierta distancia, y lo llamó Tabernáculo de la Alianza. Y todo el pueblo que tenía alguna cuestión salía al Tabernáculo de la Alianza, fuera del campamento. 8. Y cuando Moisés salía hacia el tabernáculo, todo el pueblo se levantaba y cada uno se colocaba a la entrada de su tienda, y contemplaban la espalda de Moisés hasta que entraba en la tienda. 9. Y cuando él había entrado en el Tabernáculo de la Alianza, descendía la columna de nube y se detenía a la entrada, y hablaba con Moisés, 10. mientras todos observaban que la columna de nube se detenía a la entrada del tabernáculo. Y se levantaban y adoraban a las puertas de sus propias tiendas. 11. Y el Señor hablaba a Moisés cara a cara, como suele hablar un hombre a su amigo. Y cuando él regresaba al campamento, su servidor Josué, hijo de Nun, un joven, no se apartaba del tabernáculo. 12. Y Moisés dijo al Señor: Tú me mandas que saque a este pueblo, y no me indicas a quién enviarás conmigo, especialmente cuando has dicho: Te conozco por tu nombre, y has hallado gracia ante Mí. 13. Si, pues, he hallado gracia en tu presencia, muéstrame tu rostro, para que te conozca y halle gracia ante tus ojos; mira a este pueblo, tu nación. 14. Y el Señor dijo: Mi rostro irá delante de ti, y te daré descanso. 15. Y Moisés dijo: Si Tú mismo no vas delante de nosotros, no nos saques de este lugar. 16. Pues ¿cómo podremos saber, yo y tu pueblo, que hemos hallado gracia en tu presencia, si no caminas con nosotros, para que seamos glorificados por todos los pueblos que habitan sobre la tierra? 17. Y el Señor dijo a Moisés: También esta palabra que has dicho, la haré; pues has hallado gracia ante Mí, y te he conocido a ti mismo por tu nombre. 18. Y él dijo: Muéstrame tu gloria. 19. Respondió: Yo te mostraré todo bien, y proclamaré el nombre del Señor ante ti; y tendré misericordia de quien quiera, y seré clemente con quien me plazca. 20. Y dijo de nuevo: No puedes ver mi rostro; pues ningún hombre me verá y vivirá. 21. Y de nuevo: He aquí, dijo, hay un lugar junto a Mí, y te pondrás sobre la roca. 22. Y cuando pase mi gloria, te pondré en la hendidura de la roca, y te protegeré con mi diestra hasta que pase. 23. Y retiraré mi mano, y verás mis espaldas; pero mi rostro no podrás ver.
Versículo 1: Y el Señor habló a Moisés
A saber, cuando Moisés ya había subido al monte Sinaí por segunda vez, como se dijo en el capítulo 32, versículo 31, en el cual permaneció continuamente el mismo número de días que había permanecido antes, es decir, cuarenta, pidiendo perdón por el pecado del pueblo; y al final de estos segundos cuarenta días recibió las segundas tablas de la ley (pues las primeras ya las había roto en el capítulo 32, versículo 19), como es claro por el capítulo 34, versículo 28, y Deuteronomio 9:18 y 10:1.
Ve, etc., a la tierra que juré a Abrahán, Isaac y Jacob. Dios juró expresamente sólo a Abrahán que le daría Canaán; pero a Isaac y a Jacob solamente lo prometió, aunque en una forma similar a la de Abrahán, es decir, remitiéndose a lo que se había hecho con Abrahán. Por lo tanto, al prometerles lo mismo que había prometido a Abrahán, y al ratificarlo y confirmarlo, implícitamente les juró lo mismo que había jurado a Abrahán.
Versículo 2: Enviaré un ángel como precursor tuyo
Esta es una apóstrofe de Dios al pueblo; pues poco antes, Dios había estado hablando a Moisés, pero aquí se vuelve al pueblo y habla a Moisés como intermediario del pueblo, llevando su persona. Un ángel precursor, que irá delante de vosotros en la columna de nube y de fuego, y yendo delante aterrorizará a los cananeos y os abrirá el camino para la victoria contra ellos, de tal modo que este ángel no representaría la persona de Dios, como lo había hecho hasta entonces, sino su propia persona, y sería llamado ángel, no Dios; y en consecuencia os acompañaría solamente a la manera angélica y con simple custodia, como vuestro guardián; pero no realizaría aquellos ilustres milagros que hasta entonces había realizado por el poder y la autoridad de Dios, como portador y representante del nombre y persona de Dios.
Versículo 3: Porque Yo no subiré contigo
No te acompañaré, no estaré presente para ti como lo he estado hasta ahora, a saber, mediante aquel singular patrocinio y mediante la realización de tantos signos y milagros. Pues los seres espirituales se sienten más presentes mediante su propia y proporcionada actividad. Así Abulense, y esto puede colegirse de la versión caldea del versículo 16.
Eres un pueblo de dura cerviz, es decir: Sois un pueblo terco, desobediente, refractario; por tanto, para que no me provoquéis a ira, no quiero acompañaros, sino que enviaré un ángel que os guíe. Este cambio de personas y mudanza de discurso se encuentra comúnmente entre los hebreos.
No sea que te destruya, no sea que vengue vuestra gravísima ingratitud e irreverencia hacia Mí y mi majestad, como dice el Caldeo, a saber, si Yo, mostrándome presente a vosotros mediante tantos milagros, y tan clemente, amándoos y cuidando de vosotros, fuese sin embargo desatendido por vosotros, despreciado y pospuesto a los ídolos, como ya fui pospuesto al becerro.
Versículo 4: Cuando el pueblo oyó esta pésima noticia
Se lamentó; y nadie se vistió con su atavío acostumbrado. Lo que aquí se dice acerca del pueblo ha sido insertado fuera de su orden propio. Pues interrumpe la conversación continua de Dios con Moisés, que tuvo lugar durante aquellos segundos cuarenta días en el monte. Y así Moisés aquí, según su costumbre, intercala en la conversación con Dios una nota histórica consonante con las palabras de Dios, a saber, lo que el pueblo dijo e hizo en respuesta a las palabras del Señor cuando las oyó. Esto aconteció no el mismo día en que el Señor había dicho estas cosas a Moisés, sino después de los cuarenta días de conversación entre Moisés y Dios en el Sinaí, es decir, cuando transcurridos aquellos días, Moisés descendió del monte y contó al pueblo lo que había tratado con el Señor y lo que Dios había dicho. Pues cuando oyeron estas cosas, el pueblo, reconociendo que Dios todavía estaba airado con ellos a causa del ídolo del becerro, se lamentó y depuso sus ornamentos; y, como traducen los Setenta, se lamentaron en vestiduras de luto, es decir, en ropas fúnebres. Hay, por tanto, aquí un hýsteron próteron (inversión del orden cronológico): pues Moisés permaneció en el monte con el Señor los cuarenta días completos y no descendió sino el día 39, para labrar las tablas de la ley; e inmediatamente el mismo día subió de nuevo al monte, y al día siguiente, el cuadragésimo, Dios inscribió el Decálogo en las tablas, como se mostrará en el capítulo siguiente. Así Abulense.
Versículo 5: Y el Señor dijo a Moisés
A saber, en la misma ocasión en que había hablado a Moisés en los versículos 1, 2 y 3; por lo cual Dios aquí repite e inculca las mismas cosas que allí había dicho, para inclinar más a los hebreos hacia la penitencia; esto es claro por lo dicho en el versículo 4.
Si yo subiera una sola vez, os destruiría. Esta es una severa reprensión, que significa: Si yo os atacara aunque fuera una sola vez, os destruiría por completo.
Ahora, pues, deponed vuestros ornamentos. De aquí se infiere que los hebreos no habían depuesto sus ornamentos poco antes en el versículo 4, sino que aquello se dice allí por anticipación; pues de otro modo no se les mandaría después en este versículo deponer sus ornamentos, si ya los hubieran depuesto. Estos ornamentos eran vestiduras limpias y festivas que se habían puesto cuando iban a recibir la ley en el Sinaí, capítulo 19, versículo 10, y que no habían depuesto hasta este momento, puesto que Dios todavía les estaba hablando por medio de Moisés. De donde los Setenta traducen: Quitaos las vestiduras de vuestra gloria. Así Oleaster y otros. El Caldeo, sin embargo, lo explica así: Depón tus ornamentos, es decir, tus armas de guerra.
Jerónimo Prado añade, en su comentario a Ezequiel 24, página 312, y otros —como señalé en el capítulo 32, versículo 25— que por «ornamentos» se entienden aquí guirnaldas de oro o de lino que los hebreos se habían colocado en el Sinaí, como símbolo de sus desposorios con Dios. De donde la palabra hebrea 'adi significa vestiduras, velos, mantos de seda, collares, coronas y adornos similares que se sujetan y aplican a las vestiduras, más que las vestiduras mismas, ya sean ornadas, es decir, elegantes, costosas y festivas.
Nótese: Así como un amo que ha decidido azotar a un siervo por su falta le ordena que se desnude, así también aquí Dios quiso que Israel se despojara, por así decirlo, y se presentara desnudo ante Dios para ser azotado con flagelos, a fin de que por este signo exterior de humildad y penitencia obtuviera el perdón. De modo semejante, los que antiguamente hacían penitencia pública en la Iglesia, habiendo depuesto sus adornos y vestidos de cilicio, se presentaban ante los sacerdotes como reos dispuestos al castigo y a la disciplina.
Para que yo sepa qué hacer con vosotros, es decir: Para que, viendo vuestra penitencia, determine qué clase de castigo, ya sea leve o más severo, debo infligiros todavía.
Versículo 6: Los hijos de Israel depusieron sus ornamentos
Tanto movidos por su espontáneo luto como impulsados por el mandato del Señor. Aquí de nuevo se interrumpe la conversación de Dios con Moisés con una narración histórica de lo que Dios había mandado; pues esta deposición de ornamentos ocurrió después de los cuarenta días, cuando Moisés regresó del monte y de Dios al pueblo.
Desde el monte Horeb, es decir, junto al monte Horeb (es un intercambio de preposiciones), a saber, mientras estaban acampados junto a Horeb, o Sinaí, donde Dios se mostró airado a causa del becerro.
Versículo 7: Moisés plantó el tabernáculo fuera del campamento
Nótese que estas cosas también, y lo que sigue hasta el versículo 12, se dicen por anticipación y deben, en su orden propio, insertarse después del capítulo 34. Que esto es así consta, primero, por el hecho de que estos sucesos se unen a la deposición de ornamentos precedente, como si hubieran acontecido al mismo tiempo; pero la deposición de ornamentos ocurrió después del día cuadragésimo, es decir, cuando Moisés ya había descendido del monte. Pues Moisés quiso narrar y unir estas cosas como signos de penitencia por los cuales el pueblo mostró que se arrepentía de su ídolo. Pues por el mismo hecho de que el tabernáculo fue plantado fuera del campamento, el campamento quedó despojado de su mayor ornamento y parecía, por así decirlo, estar excomulgado. Lo mismo se infiere, en segundo lugar, del hecho de que se dice aquí que en aquel tiempo este tabernáculo fue llamado Tabernáculo de la Alianza, a saber, por las segundas tablas de la ley, por las cuales la alianza fue establecida de nuevo, que Moisés depositó en este tabernáculo como morada de Dios. Pues es cierto que Moisés no recibió estas segundas tablas, que confirmaban la alianza, antes del mencionado día cuadragésimo. En tercer lugar, porque Moisés subió al monte por segunda vez en el capítulo precedente, versículo 31, y permaneció allí durante cuarenta días continuos, como consta del capítulo siguiente, versículo 28. Por lo tanto, los sucesos que se intercalan aquí ocurrieron después de estos cuarenta días, cuando Moisés ya había descendido del monte, a menos que se diga que estos cuarenta días fueron interrumpidos por un día en que Moisés descendió del monte y trató con el pueblo los asuntos relatados aquí desde el versículo 4 al 12. Pero esto no es probable, pues Moisés, en el capítulo siguiente, versículo 28, indica con bastante claridad que estuvo con Dios en el monte durante cuarenta días y noches continuos. Así Abulense.
El tabernáculo. Este tabernáculo no era aquel que el Señor mandó hacer en el capítulo 26, y que se narra como hecho y erigido después de estos acontecimientos en el capítulo 40, en el cual se depositaron la urna con el maná, el arca y los querubines; pues nada de esto había sido fabricado en este tiempo. Más bien, este tabernáculo era una tienda pequeña de Moisés, en cuanto él era el jefe del pueblo; por lo cual los ancianos solían reunirse allí para celebrar consejo con Moisés. La columna de nube también reposaba sobre este tabernáculo, que era la guía del camino. Finalmente, Dios a la entrada de este tabernáculo se mostraba para ser visto a través de la nube, y allí conversaba con Moisés mientras el pueblo observaba, y daba respuestas, como se dice aquí. Cuándo fue hecho este tabernáculo es incierto. Por lo dicho, es creíble que fue hecho aproximadamente en el mismo tiempo en que la columna de nube fue dada por Dios al campamento de los hebreos, capítulo 13, versículo 21. El uso de este tabernáculo cesó cuando fue construido aquel otro espléndido, que el Señor mandó hacer en el capítulo 26 y que fue hecho y erigido en el capítulo 40.
De donde el Caldeo llama a este tabernáculo la casa de la doctrina, porque en él Moisés era instruido por Dios acerca de los asuntos y causas sobre los que le consultaba.
Versículo 8: Cuando Moisés salía hacia el tabernáculo
Todo el pueblo se levantaba, como mostrando reverencia a Dios al levantarse y permanecer de pie, y a Moisés, que hacía las veces de Dios y era su cabeza y rector.
Versículo 9: Y habló con Moisés
A saber, la columna de nube que iba delante, es decir, el ángel que estaba cubierto por la columna de nube, y este ángel hacía las veces de Dios. De donde en el versículo 11 se dice que el Señor habló, a saber, no por sí mismo, sino por medio de este ángel que presidía la columna. Y esto se hacía para que el pueblo reverenciara a Moisés y supiera que él no promulgaba sus propios mandatos sino los de Dios.
Versículo 10: Adoraban a las puertas de sus tiendas
Es decir: Cada uno adoraba a Dios, de pie o más bien arrodillado a la puerta de su tienda, volviéndose hacia el tabernáculo de Moisés, en el cual el ángel, en lugar de Dios, hablaba con Moisés a través de la columna de nube.
Versículo 11: El Señor hablaba a Moisés cara a cara
El Caldeo traduce palabra por palabra; los Setenta lo rinden como enopios enopio, es decir, presente al presente, cara a cara. Por lo tanto es probable que este ángel se apareció a Moisés en forma corpórea y humana y conversó con él; sin embargo Moisés, reconociendo que no era un hombre sino un ángel que hacía las veces de Dios, lo escuchó y le respondió con la mayor humildad y reverencia.
Tropológicamente, San Jerónimo, sobre el Salmo 133, dice: El Señor Jesús tiene a quienes le sirven como en su presencia, a saber, los monjes y las vírgenes; tiene a otros que le sirven, por así decirlo, en los campos, a saber, los que viven en el mundo.
Su servidor Josué, hijo de Nun, un joven, no se apartaba del tabernáculo. Josué es llamado aquí «joven» (puer), no por razón de edad, pues ya había dirigido la batalla contra Amalec en el capítulo 17; sino por razón de obediencia, inocencia y disciplina, pues era discípulo de Moisés y estaba siendo formado por él como su futuro sucesor en el gobierno del pueblo. Así en toda la Escritura, los discípulos y servidores son llamados «muchachos» (pueri), porque son menores y subordinados a su maestro o señor; y a la inversa, los señores y maestros son llamados «padres». Así Eliseo llama a Elías «padre», diciendo: «Padre mío, carro de Israel y auriga suyo.» Así los siervos de Naamán lo llaman «padre», 2 Reyes 5:13. Así el siervo de Abrahán es llamado «muchacho», Génesis 18:7. Así Guejazí es llamado el «muchacho» de Eliseo. Así David habla a sus «muchachos», es decir, a sus siervos; y en todos los Libros de los Reyes, los siervos son llamados «muchachos».
Josué, por tanto, no se apartaba del tabernáculo, para custodiar el lugar sagrado, por así decirlo, en ausencia de Moisés, y para guardar las tablas de la ley; al mismo tiempo, se dedicaba a la oración y a la contemplación.
Para una interpretación tropológica de la salida de Moisés del tabernáculo al campamento, véase San Gregorio, Regla Pastoral, Parte II, capítulo 5: «Los que están puestos al frente de otros deben consultar frecuentemente al Señor, pero no deben buscar a Dios en la contemplación con tanto ahínco que dejen de descender también abajo, por compasión, hacia sus miembros.»
Versículo 12: Moisés dijo al Señor
La Escritura retorna a la narración interrumpida de la conversación del Señor con Moisés; por tanto estas palabras deben conectarse con el versículo 5.
Tú me mandas que saque a este pueblo, y no me indicas a quién enviarás conmigo. El Señor había dicho a Moisés: «Mi ángel irá delante de ti», pero no había designado a ninguno en particular. Pero Moisés, no contento con la guía y compañía de un ángel, quería que Dios mismo los acompañara y fuera el jefe del campamento. Esto es lo que Moisés pide aquí con modestia, y por eso de manera ambigua y en términos generales, diciendo: «No me indicas a quién enviarás.» Y con creciente audacia de palabra y de espíritu, lo explica más claramente cuando añade en el versículo 13: «Muéstrame tu rostro», es decir: Envía ese Rostro con nosotros; que tu rostro nos guíe y vaya delante de nosotros en el camino. Ruperto y Lipomano piensan que Moisés está pidiendo a Dios que envíe a Cristo, pues Él es el que había de ser enviado. Pero esto no es el sentido literal.
Especialmente cuando has dicho: Te conozco por tu nombre. Los Setenta traducen: Te conozco por encima de todos los demás, es decir: Por encima de todos los demás te he elegido y te amo, y me eres agradable.
Versículo 13: Muéstrame tu rostro
En hebreo: Muéstrame tu camino, para que Tú mismo y tu rostro vayáis delante de nosotros y nos mostréis el camino; pues este es tu camino. De donde los Setenta traducen: Muéstrate a ti mismo manifiestamente, o, de modo reconocible. Por tanto Eugubino critica injustamente a los Setenta y a nuestro traductor aquí. De ahí queda claro que Moisés no estaba pidiendo aquí una visión de Dios o de la esencia divina, como parece sostener San Agustín en la Epístola 112 y en el Libro II de la Trinidad, capítulo 16, y San Gregorio en el Libro XVIII de los Morales, capítulo 36, y Santo Tomás sobre 2 Corintios 12; pues poco después Moisés pedirá una visión más clara de Dios, que Dios le negará, aunque concede estas peticiones anteriores suyas.
Para que te conozca, es decir: Para que te reconozca como apaciguado, propicio y presente a mí y al pueblo.
Versículo 14: Mi rostro irá delante de ti
Es decir: Yo mismo iré delante de ti; pues esto es lo que Moisés había pedido en el versículo 13, a saber, que no un ángel sino Dios mismo estuviese presente y fuese delante del campamento de los hebreos. Esto es lo que Dios aquí concede a Moisés; de donde el Caldeo traduce: Mi majestad irá delante de ti.
Por tanto es ajena al sentido de la Escritura la interpretación de Ruperto y Abulense, quienes por «rostro» entienden algún ángel principal que sería llamado el ángel del rostro porque está más cerca de Dios.
Ahora bien, Dios usa la palabra «rostro»; pues no dice «Yo» sino «Mi rostro irá delante de ti.» Primero, porque, como dice San Gregorio en el Libro 18 de los Morales, capítulo 2, por «rostro» se significa el conocimiento y la familiaridad, es decir: Yo con mi rostro iré delante de ti familiarmente y constantemente a través de toda dificultad, y mostraré el camino como fácil y abierto, por intransitable que parezca. Segundo, porque por la palabra «rostro» se significa la mirada de la gracia, que iba a conducir a los hebreos exitosamente a la tierra prometida.
Aquí, pues, Dios concede a Moisés lo que había pedido, y con ello muestra que está plenamente reconciliado con el pueblo, y otorga su anterior presencia para obtener ilustres victorias y para realizar obras magníficas, milagrosas y divinas a favor de los hebreos. Pero Dios realizó estas cosas no inmediatamente por sí mismo, sino por medio del ángel que presidía la columna y conducía el ejército de los hebreos, a quien delegó su oficio y a quien dotó de tal poder y autoridad que se dice y parece que no un ángel sino Dios va delante del campamento. Pues esto solo es lo que Moisés pidió, y esto es lo que obtuvo.
Y te daré descanso, para que, apoyándote en mi presencia en medio de tus enemigos, sostenido por signos y milagros, descanses seguro en mi ayuda, y finalmente llegues victorioso a la tierra prometida y la poseas en paz.
Versículo 15: Si Tú mismo no vas delante de nosotros
En lugar de «si Tú mismo no vas delante de nosotros», el hebreo, el Caldeo y los Setenta tienen: Si tu rostro no va delante de nosotros. De donde es claro que Moisés no estaba pidiendo aquí otra cosa que la confirmación de lo que el Señor ya había concedido; pero lo explica más amplia y urgentemente, en parte porque, atraído por la conversación divina, deseaba disfrutar de ella más tiempo (sobre lo cual véase San Ambrosio, Libro III, Epístola 11, a Ireneo, quien trata esto piadosa y bellamente); en parte porque le impulsaba a ello la vehemencia de su deseo por la salvación del pueblo, pues Moisés temía que el Señor, irritándose de nuevo de algún modo, negara y revocara lo que había prometido (de donde en el capítulo siguiente, versículo 9, hace de nuevo la misma petición); y en parte porque Moisés estaba preparando otra petición en el versículo 18, y para allanar el camino a ella, insiste más largamente en esta.
Versículo 16: ¿Cómo sabremos que hemos hallado gracia?
El Caldeo traduce: ¿Cómo sabremos que hemos hallado gracia ante Ti, si tu majestad no camina con nosotros, para que se hagan milagros por nosotros y seamos separados de todo pueblo de la tierra? Se ve aquí que Moisés, por «el rostro de Dios», no pedía otra cosa que ilustres milagros y obras de Dios; de donde se sigue:
Para que seamos glorificados por todos los pueblos. El hebreo niphlinu puede traducirse de tres maneras: primero, para que seamos glorificados; segundo, para que seamos separados; tercero, para que seamos hechos admirables. De donde el Caldeo traduce apta y bellamente: Para que se hagan milagros por nosotros. Pues a este fin Moisés buscaba no un ángel sino a Dios mismo como guía del camino; y Dios se lo concedió dándole un ángel que llevaría y ejercería no el nombre, la persona y el poder de un ángel, sino los de Dios.
Versículo 17: Esta palabra que has dicho, la haré
Es decir: Aquí confirmo más expresamente lo que tú más expresamente pedías y seguías pidiendo, aunque ya lo había concedido tácitamente antes, a saber, que os glorificaré mediante signos y milagros ante la vista de todas las naciones; y esto desde ahora, de modo que no partiréis de este lugar sino conmigo como guía, director y protector, aunque por medio de un ángel a quien delego mi oficio.
Moralmente, aprendan aquí los príncipes y prelados, y cada uno de los fieles, cuánto deben buscar la guía y dirección de Dios en todas las cosas, como hace aquí Moisés; pues así todo les prosperará. Así David ora, Salmo 118:133: «Dirige mis pasos según tu palabra»; y Salmo 24:4: «Muéstrame, Señor, tus caminos, y enséñame tus sendas.» De donde en 1 Reyes 18:14 se dice de él: «En todos sus caminos David obraba prudentemente, y el Señor estaba con él.» Y cuando Saúl lo perseguía, compuso muchos salmos en los que pide ser protegido y dirigido por Dios; y así escapó de las manos de Saúl, fue hecho rey, y venció muy exitosamente a los sirios, filisteos, amonitas y a todos sus enemigos.
Así Salomón pide ser dirigido por Dios: «Dame, Señor, la sabiduría que asiste a tu trono, pues soy tu siervo e hijo de tu esclava, hombre débil», etc., Sabiduría 9:4. Da el mismo consejo, diciendo: «En todos tus caminos piensa en Él (Dios), y Él dirigirá tus pasos», Proverbios 3:6; y capítulo 16, versículo 9: «El corazón del hombre traza su camino, pero del Señor es dirigir sus pasos.»
Así el rey Josafat, rodeado de enemigos, ora: «Puesto que no sabemos qué debemos hacer, esto solo nos queda: que dirijamos nuestros ojos hacia Ti.» Y así obtuvo de Dios una notable victoria, 2 Crónicas 20:12. Imitémosle cuando nos hallemos en peligros, estrecheces, dudas y perplejidades; acudamos con todo el corazón a Dios, y experimentaremos semejante ayuda, luz y dirección de Dios.
Por esta razón, Tobías enseña a su hijo, diciendo en el capítulo 4, versículo 20: «En todo tiempo bendice a Dios, y pídele que dirija tus caminos y que todos tus planes permanezcan en Él.» Y su hijo, haciéndolo así, obtuvo al ángel Rafael como guía del camino, a Sara como esposa, amplias riquezas y toda suerte de prosperidad; incluso devolvió la vista a su padre.
De ahí que también Casiano aconseje que antes de cada acción oremos: «Oh Dios, ven en mi auxilio; Señor, apresúrate a socorrerme.» De donde la Iglesia misma reza esta misma oración al inicio de cada una de las Horas canónicas; y cada mañana en Prima ora con David: «Sea el esplendor del Señor nuestro Dios sobre nosotros, y dirige las obras de nuestras manos sobre nosotros, y dirige la obra de nuestras manos.» Y en Prima, Tercia, Sexta y Nona, recita el Salmo 118, en el cual el salmista ora para que Dios dirija nuestros caminos en su ley.
La razón es, primero, porque, como dice Salomón, Sabiduría 9:14: «Los pensamientos de los mortales son temerosos, y nuestra previsión incierta.» Por tanto deben ser dirigidos por la suprema sabiduría de Dios, y su dirección debe ser buscada con ahínco.
Segundo, porque pertenece a la providencia de Dios dirigir las acciones de todas las criaturas, especialmente de los hombres; y este es su objeto propio. Por tanto invade el oficio de Dios y le hace una injusticia quien se arroga esto a sí mismo, como si pudiera ser sabio por sí solo sin Dios y pudiera dirigir sabiamente a sí mismo y sus propias acciones.
Tercero, porque sólo Dios conoce los eventos futuros, tanto absoluta como condicionalmente, a saber, qué sucederá si hago esto o aquello, o si no lo hago; qué haría yo en este o aquel asunto, en este o aquel lugar, tiempo, estado o condición; y especialmente si viviré bien y perseveraré y me salvaré, o viviré mal y seré condenado. Por tanto, el que sea sabio recurra a Dios y ore continuamente: Señor, que tienes presciencia y providencia de todas las cosas, dirígeme rectamente a la salvación, por aquellos caminos que no tengan ocasión de pecado, por aquellas sendas por las cuales prevés que ciertamente llegaré a la gloria para la cual me creaste; y aparta y aleja de mí aquellos caminos que, si los tomara, prevés que pecaré y seré condenado. Pues en esto gira el quicio de la salvación; de esto depende mi elección o reprobación, mi gloria o condenación.
Así fue dirigido por Dios el piadoso Abrahán, sano y salvo y feliz a través de todos los caminos de su peregrinación. Así fue dirigido Jacob, de quien el Sabio dice en el capítulo 10 de la Sabiduría: «Ella (la sabiduría de Dios) condujo al justo por caminos rectos, y le mostró el reino de Dios (en Betel), y le dio la ciencia de las cosas santas, y le enriqueció en sus trabajos, y colmó sus labores.» Así fue dirigido por Dios José, de quien se dice en el mismo capítulo: «Ella no abandonó al justo cuando fue vendido, etc., hasta que le trajo el cetro del reino, etc., y le dio gloria eterna.» Así fue dirigido Moisés con los hebreos a través del Mar Rojo, a través del desierto, con el ángel que presidía la columna como su guía durante cuarenta años, hasta que llegaron a la tierra prometida.
Así fue dirigido Josué en todas las guerras con las que destruyó a los cananeos. Así fue dirigido Judas Macabeo, luchando con pocos contra muchos y siempre venciendo, porque siempre imploraba la guía de Dios antes de la batalla, excepto en la última, en la que cayó. Así fue dirigido Gregorio Taumaturgo, quien, apoyándose en la fe en Dios, cumplía exitosamente todo lo que emprendía, y a menudo mediante milagros; y así, cuando llegó al episcopado de Neocesarea y encontró sólo 17 creyentes, al morir dejó sólo 17 incrédulos en la ciudad. Así fueron dirigidos Teodosio, Carlomagno, Carlos V y otros reyes y príncipes piadosos en las guerras que libraron muy exitosamente contra los enemigos de la Iglesia y los suyos propios.
Versículo 18: Muéstrame tu gloria
Moisés había pedido en el versículo 13, diciendo: «Muéstrame tu rostro.» Dios se lo concedió. Aquí va más lejos y pide, diciendo: «Muéstrame tu gloria.» Pero esto Dios lo rehúsa y declina.
Preguntarás: ¿Qué gloria de Dios pretende ver aquí Moisés?
Filón, en su obra Sobre la Monarquía, entiende por «gloria» las ideas y los poderes que están en Dios y en la mente de Dios.
En segundo lugar, Tertuliano entiende la gloria de la humanidad de Cristo, que Él mostró en la Transfiguración en el monte Tabor ante Moisés y Elías; sobre lo cual se dirá más en breve.
En tercer lugar, otros entienden por «gloria» la esencia divina, como si Moisés hubiera pedido verla. Así San Jerónimo, o quienquiera que sea el autor del Comentario al Evangelio de San Marcos, último capítulo; Ruperto, Lipomano y San Agustín, Libro XII de Sobre el Génesis en sentido literal, capítulo 27; y Suárez, Sobre Dios trino y uno, Libro II, capítulo 30, número 13. Es más, San Ambrosio, en su Sermón 8 sobre el Salmo 118, parece sostener que Moisés pidió ver la esencia de Dios con los ojos corporales: «El santo profeta del Señor sabía», dice, «que no podía ver al Dios invisible cara a cara; pero la santa devoción supera toda medida. Pensó, pues, que incluso esto era posible para Dios: que pudiera hacer que lo que es incorpóreo fuera percibido por los ojos corporales. Deseo grato e insaciable, que quería sostener a su Señor con su mano y verlo con la mirada de sus ojos.»
Pero San Ambrosio parece hablar de una visión de la esencia divina, no en sí misma, sino en alguna idea, especie o figura corpórea. Pues él mismo parece haber sostenido que la sustancia de Dios no puede ser vista por nadie, ni siquiera por los bienaventurados, inmediatamente tal como es en sí misma, sino sólo mediante alguna luz, sombra, velo o especie. Esto parece haber sido también la opinión de San Juan Crisóstomo en su obra Contra los anomeos, y de San Basilio en el Libro I Contra Eunomio; pues reprende a Eunomio por enseñar que la sustancia de Dios, tal como es en sí misma, puede ser vista por el hombre, aunque algunos limitan esto y añaden «por las fuerzas de la naturaleza y en esta vida». Pues esto es lo que Eunomio sostenía: que él y otros hombres sabios semejantes, por la agudeza de su intelecto y por sus propias fuerzas en esta vida, podían ver e incluso comprender a Dios tal como es en sí mismo; lo cual Santos Basilio, Crisóstomo y Ambrosio impugnan con razón.
Pero digo que Moisés aquí sólo pidió que el Señor —es decir, el ángel que llevaba la persona del Señor, que estaba hablando con él cubierto en oscuridad— removiera esa oscuridad para que pudiera ver claramente su gloria, es decir, la apariencia exterior de su gloria; y esto con el propósito de obtener de esta visión un conocimiento más claro de la majestad divina, y de poder referir y proclamar esta gloria de Dios al pueblo. Así vimos en el capítulo 3, versículo 13, que este mismo Moisés pidió a Dios que le revelara el nombre de Dios, para proponerlo al pueblo. Pues el Señor estaba hablando con Moisés con voz corpórea, pero no podía ser visto por él a causa de la oscuridad. Moisés, por tanto, deseaba ver la forma de aquel que hablaba con él. Que esto sólo es lo que Moisés pedía se desprende de la respuesta del Señor, que dijo: «No puedes ver mi rostro», es decir, mi gloria, que tan ardientemente, oh Moisés, pides ver. La «gloria», pues, es el rostro glorioso, o el cuerpo glorioso de Dios, que Moisés no pudo ver de frente, sino sólo por detrás, como explicaré en seguida. Así Abulense, Oleaster y otros.
Versículo 19: Yo te mostraré todo bien
En hebreo, mostraré mi bien. Muchos por este bien entienden la esencia divina (pues esta es todo bien), que creen que Moisés vio en esta vida. Así opinan San Agustín, Epístola 112, capítulos 12 y 13; Basilio, Homilía 4 sobre el Hexamerón, quien sin embargo retracta esto en el Libro I Contra Eunomio; Ambrosio, Libro I sobre el Hexamerón, capítulo 2; Lirano, Abulense, Beda, Hugo, Santo Tomás, II II, Cuestión 134, artículo 3; Durando, en IV, dist. 46, Cuestión 6; Sixto de Siena, Libro V, capítulo 41. Pero, como mostraré al final del capítulo, nada puede extraerse de este pasaje en favor de su opinión. De donde
Digo: Dios aquí concede a Moisés lo que él mismo había pedido, diciendo: «Muéstrame tu gloria.» Pues aquí lo llama el bien de Dios, o todo bien; bien, por tanto, aquí significa lo mismo que excelencia, eminencia y hermosura, es decir, la gloria de Dios que aparece en un cuerpo asumido, que de algún modo refleja la majestad de Dios, y que es tan grande cuanto el ojo mortal de Moisés podía recibir, como si dijera: Pides, oh Moisés, ver mi cuerpo glorioso; yo te lo mostraré, no de frente, sino por detrás. De ahí que el Caldeo traduzca: Yo haré pasar toda mi gloria ante tu rostro; el hebreo tiene: Yo haré pasar todo mi bien ante tu rostro, que sin duda no es otra cosa que lo que poco después se añade: «Cuando pase mi gloria, te pondré en la hendidura de la roca, y verás mis espaldas.» Así Abulense, Oleaster y Molina, quien lo explica así: «Te mostraré todo bien», es decir, algo perfectísimo y excelentísimo.
Y proclamaré el nombre del Señor. Algunos leen: y seré llamado, es decir, y haré que se me llame vuestro Dios y guía a causa de los milagros que haré por vosotros, dice Hugo. Pero el hebreo, el caldeo, los Setenta y el latín romano tienen: y proclamaré, y esta es la verdadera lectura, como si dijera: «Yo proclamaré el nombre del Señor», es decir, yo clamaré el nombre del Señor; cuando, a saber, pase ante ti mientras estás cubierto y oculto en la roca, clamaré, para que sepas que estoy pasando, y mires hacia atrás, y veas mis espaldas; clamaré, digo, los títulos del nombre de Dios, diciendo, como se dice en el capítulo 34, versículo 6: «Dominador, Dios misericordioso y clemente, paciente y veraz», etc., y esto para enseñarte el modo de invocarme y suplicarme, y de dirigirte a Mí con estos títulos. Esto es claro por los Setenta, que traducen: Proclamaré, el Señor ante ti; y por el capítulo 34, versículo 6, donde el Señor cumple para Moisés lo que aquí le promete, lo cual es clarísimo en el hebreo, en el que se encuentra la misma frase en ambos lugares: «Proclamaré, pues, el nombre del Señor», es decir, proclamaré y clamaré los títulos ya mencionados del nombre del Señor, y al proclamarlos, os enseñaré a ti y a los tuyos a invocar los mismos.
Tendré misericordia de quien quiera. El hebreo, los Setenta, y de ellos San Pablo, Romanos 9:15, tienen: «Tendré misericordia de quien tendré misericordia», es decir, tendré misericordia de quien quiera, de quienquiera que me plazca o convenga. Esto, primero, lo explican así Abulense, Vatablo y Lipomano, como si dijera: Te mostraré todo bien, no por tus méritos, sino por mi libre clemencia y misericordia. Segundo, San Juan Crisóstomo, Teofilacto, Teodoreto y Ecumenio sobre Romanos capítulo 9 lo explican así, como si dijera: Yo mataré por medio de los levitas o por mí mismo a los adoradores del becerro que quiera; pero a otros, a quienes quiera perdonar, les mostraré misericordia y los perdonaré.
Pero digo: el sentido genuino de este pasaje es este: Yo, Dios, pasando ante ti, oh Moisés, proclamaré y clamaré el nombre del Señor, diciendo: «Dominador, Señor», y otros títulos de Dios, pero especialmente este: «Tendré misericordia de quien quiera», es decir, soy tanto clemente como misericordioso, pero con la mayor libertad; pues tengo misericordia de quien quiero. Pues este título de clemencia se expresa en muchas palabras en este pasaje de Dios, capítulo 34, versículo 6, donde se narra esta declaración o proclamación de Dios; pues allí se cumple lo que aquí se promete: pues Dios quiere ante todo ser invocado por nosotros con este nombre de clemencia, y que nos apoyemos en ella, y no en nuestros propios méritos. Pues la clemencia especialmente conviene y adorna un espíritu principesco, real y divino. Por tanto, y tendré misericordia de quien quiera, y seré clemente con quien me plazca, debe tomarse de manera técnica o material: pues depende como objeto del verbo proclamaré.
Moralmente, nótese aquí que la clemencia es algo grande y divino. «A nadie le sienta mejor la clemencia que a un príncipe», dice Séneca, en su libro Sobre la Clemencia, donde encontrarás muchas cosas excelentes sobre este tema; y Cicerón, Libro I de Los Deberes: «Nada», dice, «es más digno de elogio, nada más propio de un hombre grande e ilustre que la placabilidad y la clemencia.» Y Ovidio, Libro III de las Tristes, elegía 5:
Cuanto más grande es un hombre, más aplacable es su ira,
Y un espíritu generoso acoge fácilmente los impulsos.
Al magnánimo león le basta haber derribado los cuerpos:
La lucha tiene su fin cuando el enemigo yace vencido.
Pero el lobo, y los torpes osos acosan a los moribundos,
Y toda fiera que es menor en nobleza.
Julio César mostró tanta clemencia hacia los enemigos y rebeldes que Mario dijo más de una vez: «César, los que se atreven a hablar ante ti no conocen tu grandeza; los que no se atreven, no conocen tu humanidad y clemencia.»
Augusto César, convocando a Cinna que maquinaba su asesinato: «Yo», dijo, «te salvé cuando fuiste hallado en el campamento enemigo, te concedí todo tu patrimonio, te honré con el sacerdocio: ¿por qué quisiste matarme?» Con Cinna confuso, terminó así su discurso: «Te doy la vida de nuevo, Cinna, antes a un enemigo, ahora a un conspirador y aspirante a parricida. Desde este día comience la amistad entre nosotros; compitamos a ver si yo te he dado la vida con mejor fe, o tú me la debes.» Y le ofreció el consulado. ¿Quieres saber el resultado? Tuvo a Cinna como amigo fidelísimo para siempre, y fue el único heredero de Cinna. Así Suetonio en su Vida de Augusto.
Alejandro Magno fue tan clemente vencedor como feroz guerrero, dice Plutarco.
El emperador Nerón al principio de su reinado fue tan clemente que cuando tuvo que firmar la sentencia de muerte de cierto condenado, exclamó: «¡Ojalá no supiera escribir!»
El emperador Tito no se vengó de su hermano Domiciano que maquinaba traiciones, sino que lo amonestó con estas palabras: «¿Qué necesidad hay de que busques por parricidio lo que ha de venir a ti por mi voluntad, o más bien lo que ya tienes, una parte del imperio?» ¿No dijo con razón Claudiano:
Puesto que somos superados en todo
don, ¿no es sólo la clemencia lo que nos iguala a los dioses?
El emperador Aureliano, según testimonia Vopisco, cuando había llegado a Tiana y la encontró cerrada contra él, dijo airado: «No dejaré un perro en esta ciudad.» Con estas palabras los soldados se animaron con la esperanza del saqueo; pero cuando la ciudad fue tomada, respondió a los soldados: «¡Ea! Dije que no dejaría un perro, matad a todos los perros», y así satisfizo su promesa, y trató a sus enemigos con clemencia.
Alguien había vendido gemas de vidrio como verdaderas a la esposa del emperador Galieno el Joven; cuando se descubrió el asunto, la mujer exigió venganza. El César ordenó que se apresara al hombre, como para arrojarlo a un león. Entonces en la arena, mientras el impostor y el pueblo esperaban un terrible león, saltó un chivo. Admirándose todos de cosa tan ridícula, ordenó que un heraldo proclamara: «Cometió un fraude, y ha sufrido por ello.» Con esta misma clemencia refutó al impostor y se burló de su esposa. Así Trebelio Polión.
El emperador Alejandro Severo, cuando su esposa Memia y su madre Mamea le objetaban «que su poder se envilecía por una clemencia excesiva», respondió: «Pero es más seguro y más duradero.» El mismo hizo a Ovimio Camilo, senador rebelde y aspirante a la tiranía, partícipe del imperio, y lo nombró César, dice Lampridio.
El emperador Rodolfo, cuando después de un cambio de carácter parecía más clemente de lo justo con sus súbditos, dijo: «A veces me he arrepentido de haber sido severo y duro, pero nunca de haber sido manso y aplacable.» Así Eneas Silvio, Libro II del Comentario sobre los hechos de Alfonso.
El rey Alfonso, según atestigua el Panormitano, solía decir: «Prefiero salvar a muchos con mi clemencia que destruir a unos pocos con mi severidad.» Y a los más rígidos: «¿Queréis», dijo, «que gobiernen los leones y los osos?» El mismo decía: «Los malvados se reconducen más rápidamente al camino de la virtud por la benevolencia que por la severidad. Yo», decía, «soy grato a los buenos por la justicia, pero a los malvados por la clemencia.» El emperador Segismundo, según atestigua Eneas Silvio en su Vida, «solía decir que son bienaventurados aquellos reyes que, habiendo expulsado a los soberbios de la corte, toman para sí a los mansos».
Versículo 20: No puedes ver mi rostro
Pues ningún hombre me verá y vivirá. Habla de un rostro corpóreo y asumido (pues esto es lo que Moisés pedía ver, como he dicho), por el cual la majestad y gloria de Dios se representa y se exhibe en alguna medida para ser contemplada. Pues el discurso aquí trata de ese rostro, y no del rostro, es decir, de la esencia de la divinidad, como es claro por lo que sigue: «Verás mis espaldas, pero mi rostro no podrás ver.» El sentido, pues, es como si dijera: Deseas, oh Moisés, ver el resplandor de mi rostro, para que veas cara a cara a Aquel que habla contigo, y cuya voz escuchas; pero sabe que esto no puede ser: pues este resplandor de mi rostro, aunque corpóreo y asumido, porque sin embargo debe en alguna medida reflejar, representar y figurar el resplandor de mi esencia y majestad, es por eso de tal naturaleza y tan grande que un ojo mortal no puede soportarlo sin que la persona sea inmediatamente cegada por este resplandor, e incluso herida de muerte y muerta; pues esto es lo que dice: «Ningún hombre me verá y vivirá.» Así Abulense.
Simbólicamente, Gregorio de Nisa dice: «Ningún hombre me verá y vivirá», porque el conocimiento presente, dice, es finito, pero Dios es infinito.
Tropológicamente, San Gregorio, Libro XVIII de los Morales, capítulo 37: Nadie ve jamás a Dios espiritualmente y vive carnalmente en el mundo: pues no podemos gozar de Dios y del mundo al mismo tiempo. Sobre cómo Dios es visto por las mentes puras en esta vida, véase San Bernardo, Sermón 31 sobre el Cantar de los Cantares, y San Ambrosio, Libro Sobre el Bien de la Muerte, capítulo 11.
Versículos 21-23: Hay un lugar junto a Mí
Y te pondrás sobre la roca. Y cuando pase mi gloria, te pondré en la hendidura de la roca, y te protegeré con mi diestra, hasta que pase: y retiraré mi mano, y verás mis espaldas; pero mi rostro no podrás ver.
San Agustín, Cuestión 154 sobre el Éxodo, niega que aquí fuera prometida por Dios, o vista por Moisés, una apariencia corpórea de Dios o de un ángel, sino que fue una mera profecía, porque no leemos que Moisés después viera realmente a Dios corporalmente. Las espaldas de Dios vistas por Moisés, juzga que son los misterios de Cristo creídos por los judíos después de su ascensión. Pues cuando Pedro predicó, dijeron: ¿Qué debemos hacer? y fueron bautizados, y recibieron el Espíritu Santo, Hechos 2:37; y finalmente al fin del mundo todo Israel será salvo. Cayetano sigue a San Agustín, diciendo: Lo que se promete no es algo que deba realizarse en la realidad, sino que es una parábola: la roca significa la mente erecta y firme por la cual Moisés fue elevado para conocer a Dios inteligiblemente; la mano de Dios puesta sobre la roca significa que ciertos atributos le fueron velados, y sólo le fueron mostrados aquellos que Dios quiso demostrarle, como por una luz que brillara a través de su mano. Pero este es un sentido místico. Es cierto que literalmente se promete a Moisés una visión de Dios, es decir, del ángel vicario de Dios en un cuerpo asumido, y que esto realmente le aconteció será claro en el capítulo siguiente, versículos 5 y 6. Además, San Agustín, aquí en la Cuestión 154, juzga que esta roca era la misma de la cual Moisés por mandato de Dios extrajo agua para el pueblo, Éxodo 17:6, de modo que el agua de la roca en el Sinaí fluyó durante cuatro millas hasta Refidim, donde estaba el campamento de los hebreos. Fernandio opina lo mismo, visión 7, sección 2, quien añade también que la roca acompañó a los hebreos en el desierto durante cuarenta años, ya por sí misma, ya por el flujo de agua. Pero estas cosas son inciertas.
Alegóricamente, la roca es la solidez de la Iglesia y de la fe, sin la cual nadie puede conocer a Dios, de la cual Cristo dijo a Pedro, Mateo 16: «Tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia.» Así Teodoreto y San Gregorio, Libro 35 de los Morales, capítulo 6. Gregorio de Nisa dice: «Cristo es un lugar y un camino para los que corren, una piedra para los débiles, una morada para los que descansan.» Además, Santo Tomás, II II, Cuestión 171, artículo 2, piensa que la aplicación de la mano a la hendidura significa el modo en que la luz profética es comunicada a los Profetas, a saber, sólo tanto cuanto Dios quiere. De donde los Profetas dicen a menudo: La mano del Señor vino sobre mí; porque la luz profética no es permanente, ni plena, sino pasajera, y temperada por la mano de Dios. Esto es místico, como dije poco antes en la exposición de Cayetano, quien parece haberlo tomado de Santo Tomás. Los rabinos imaginan que en la espalda de Dios estaban escritos sus títulos: «Dominador, Señor Dios, misericordioso», etc., que se enumeran en el capítulo 34, versículo 6.
Dios, por tanto, dice: En el Sinaí hay una roca hueca, en cuya cavidad puedes esconderte, oh Moisés, y que puede ser cubierta por delante; te colocaré, pues, en ella, y te cubriré con una nube, hasta que pase mi rostro glorioso, y entonces removeré la nube, para que puedas ver mis espaldas, es decir, mi parte posterior; pues no puedes ver mi rostro sin ser inmediatamente herido de muerte por los resplandores de mi majestad que fulguran de él. Que esto se cumplió es claro por el capítulo 34, versículos 5 y 6.
Te protegeré con mi diestra, hasta que pase (versículo 22). Como si dijera: Con mi diestra pondré una nube, o algún otro cuerpo opaco, delante de la caverna en la que te esconderás, oh Moisés, y esto para que no veas la gloria de mi rostro cuando pase delante de ti, y mueras.
Y retiraré mi mano, y verás mis espaldas (versículo 23). Como si dijera: Cuando mi rostro haya pasado, removeré la nube que te cubre en la caverna, para que contemples mis espaldas. De aquí parece que este cuerpo en el que Dios se apareció a Moisés fue compuesto no por un ángel, sino sólo por Dios, y adornado por delante con tanta luz que superaba con mucho al sol: pero por detrás esta luz estaba tan temperada que la vista de Moisés podía soportarla, y era maravillosamente reconfortado por ella; sin embargo, el rostro de Moisés fue tan rociado y bañado con esta luz que a partir de ella comenzó a irradiar y a tener cuernos, como diré en el capítulo siguiente.
Digo que este cuerpo luminoso fue formado sólo por Dios, no por un ángel, porque no es verosímil que los ángeles puedan por sí mismos producir inmediatamente luz, o acumular tanta luz como para igualar al sol.
Nótese: Este cuerpo luminoso así compuesto por Dios fue penetrado y ocupado por un ángel, que lo movió de modo que pasara delante de la caverna en la que Moisés estaba escondido.
En segundo lugar, este ángel era el mismo que sacó a los hebreos de Egipto y fue delante de ellos en la columna de nube, y que entonces presidía al pueblo y a la Sinagoga, pero ahora preside a la Iglesia, a saber, San Miguel. Que este es el sentido literal de este pasaje, lo dice toda la secuencia del discurso; igualmente que en el capítulo siguiente, versículos 5 y 6, el Señor, cumpliendo lo que aquí promete a Moisés, verdadera y corporalmente pasa delante de Moisés, mostrándole sus espaldas. De un modo en cierta manera similar, San Pacomio vio la gloria del Señor con los ojos corporales, como refiere su Vida.
Alegóricamente, sin embargo, este sentido es más importante y más pretendido por el Espíritu Santo. De donde San Agustín, Cuestión 154, dice que aquí hay una profecía sobre Cristo: pues el rostro del Señor significa la divinidad de Cristo: los judíos no la vieron cuando crucificaron a Cristo, sino después de que Cristo pasó por la muerte y la resurrección al Padre; entonces muchos de ellos vieron, por así decirlo, sus espaldas, y creyeron.
Tropológicamente, Gregorio de Nisa dice: En esta vida no podemos ver a Dios; sin embargo, ve las espaldas de Dios quien se sitúa sobre la roca, es decir, Cristo, y quien siempre sigue a Dios con el corazón y la mente, adondequiera que conduzca, según las palabras del salmista: «Mi alma se ha adherido a Ti, tu diestra me ha sostenido»; y las palabras de Cristo: «Si alguno quiere venir en pos de Mí, niéguese a sí mismo.» Y de nuevo: «Ven, sígueme.» Pues seguir a Dios con la mente, la voluntad y la acción, siempre y en todas partes adondequiera que conduzca, es la esencia misma de ver a Dios.
Simbólicamente, las espaldas de Dios representan los efectos y las criaturas de Dios, a partir de los cuales únicamente nos es permitido a Moisés y a nosotros en esta vida contemplar a Dios. Así Filón, Anastasio en las Cuestiones de la Sagrada Escritura, Cuestión 23; Ireneo, Libro IV, capítulo 37; Hilario sobre el Salmo 113. «De la perpetuidad de las criaturas», dice San Agustín, «se entiende al Creador eterno; de su grandeza, al Omnipotente; de su orden y disposición, al Sabio; de su gobierno, al Bueno.»
Simbólicamente también, otros piensan que aquí fue prefigurada y prometida a Moisés la visión de la humanidad de Cristo en la Transfiguración, en el monte Tabor; pues la humanidad es la parte inferior y posterior de Cristo, mientras que la divinidad es la anterior y más excelente. Así Tertuliano, Libro IV Contra Marción, capítulo 22; Gregorio Nacianceno, Discurso 2 Sobre la Teología; Orígenes aquí, Homilía 12, y Homilía 7 sobre los Números: sobre lo cual véase San Agustín, Libro II Sobre la Trinidad, capítulo 17, y Bernardo, Sermón 61 sobre el Cantar de los Cantares.
Asimismo, San Ambrosio sobre el Salmo 43:24: Moisés, dice, vio las espaldas de Cristo; vio su esplendor como hombre, vio la gloria de su pasión, por la cual nos restauró el reino celestial. De donde Fernandio concluye, visión 7, sección 3, que Moisés vio a Cristo azotado con flagelos y coronado de espinas, tal como Pilato lo mostró al pueblo, diciendo: «He aquí al hombre»; igualmente que lo vio clavado en la cruz. De donde exclamó, capítulo 34, versículo 6: «Misericordioso, clemente, de gran misericordia», etc. Y que San Pedro aludió a esto, Epístola I, capítulo 1, versículo 11, cuando dijo que los Profetas predijeron por el Espíritu de Dios aquellas cosas «que son los sufrimientos de Cristo, y las glorias que los siguen», donde también significa, es decir, como si dijera: Los sufrimientos de Cristo son sus glorias posteriores, que, a saber, fueron mostradas a Moisés en la espalda gloriosa del Señor. Pero esto es simbólico y místico, no literal, y por tanto incierto y conjetural.
De lo dicho se desprende claramente que de ningún modo puede extraerse de este capítulo que Moisés viera la esencia divina; pues Moisés ni pidió esto, ni, si lo pidió, lo obtuvo. Pues el Señor expresamente le responde y dice: «No podrás ver mi rostro»; y esta es la opinión de casi todos los demás Padres, a quienes citan L. Molina, Valencia y otros, I Parte, Cuestión 12.