Cornelius a Lapide

Éxodo XXXVIII


Índice


Sinopsis del capítulo

Se fabrica el altar del holocausto; y en el versículo 8, la pila de bronce con los espejos de las mujeres; y en el versículo 9, el atrio con sus columnas y velos; finalmente, en el versículo 24, se enumeran los talentos de oro, plata y bronce ofrecidos y gastados en la construcción del tabernáculo.


Texto de la Vulgata: Éxodo 38:1-31

1. Hizo también el altar del holocausto de madera de setim, de cinco codos en cuadro y tres codos de altura; 2. de cuyos ángulos salían los cuernos, y lo cubrió con planchas de bronce. 3. Y para su servicio preparó diversos utensilios de bronce: calderos, tenazas, garfios, ganchos y braseros. 4. E hizo su rejilla de bronce en forma de red, y debajo de ella, en el medio del altar, una hornilla, 5. fundiendo cuatro anillos en las cuatro esquinas de la rejilla, para introducir las varas con que transportarlo, 6. las cuales hizo también de madera de setim y las cubrió con planchas de bronce: 7. y las introdujo en los anillos que sobresalían de los costados del altar. El altar mismo no era macizo, sino hueco, hecho de tablas y vacío por dentro. 8. Hizo también la pila de bronce con su basa, de los espejos de las mujeres que velaban a la entrada del tabernáculo. 9. Hizo también el atrio, en cuyo lado meridional había cortinas de lino fino retorcido, de cien codos de largo, 10. con veinte columnas de bronce y sus basas; los capiteles de las columnas y toda la obra de cincelado eran de plata. 11. Igualmente en el lado septentrional, las cortinas, columnas, basas y capiteles de las columnas eran de la misma medida, hechura y metal. 12. Y en el lado que mira al occidente había cortinas de cincuenta codos; diez columnas con sus basas de bronce, y los capiteles de las columnas y toda la obra de cincelado eran de plata. 13. Además, hacia el oriente, preparó cortinas de cincuenta codos, 14. de las cuales quince codos con tres columnas y sus basas ocupaban un lado; 15. y en el otro lado (porque había hecho la entrada del tabernáculo entre ambos) había igualmente cortinas de quince codos, con tres columnas y otras tantas basas. 16. Todas las cortinas del atrio estaban tejidas de lino fino retorcido. 17. Las basas de las columnas eran de bronce, pero sus capiteles con todos sus cincelados eran de plata; y también las columnas mismas del atrio las revistió de plata. 18. Y en su entrada hizo una cortina de obra de bordado con jacinto, púrpura, escarlata y lino fino retorcido, que tenía veinte codos de longitud; la altura era de cinco codos, conforme a la medida que tenían todas las cortinas del atrio. 19. Las columnas de la entrada eran cuatro, con basas de bronce, y sus capiteles y cincelados eran de plata. 20. Hizo también las estacas del tabernáculo y del atrio en derredor, de bronce. 21. Estos son los utensilios del tabernáculo del testimonio, que fueron enumerados según el mandato de Moisés para el servicio de los levitas, por mano de Itamar, hijo de Aarón, sacerdote; 22. los cuales Besalel, hijo de Urí, hijo de Jur, de la tribu de Judá, había completado por mandato del Señor dado a través de Moisés, 23. junto con su asociado Oholiab, hijo de Ajisamac, de la tribu de Dan, quien también era un excelente artesano en madera, tejedor y bordador en jacinto, púrpura, escarlata y lino fino. 24. Todo el oro que se gastó en la obra del Santuario, y que fue ofrecido en donativos, ascendió a veintinueve talentos y setecientos treinta siclos, según la medida del Santuario. 25. Y fue ofrecido por los que fueron contados desde los veinte años en adelante, de seiscientos tres mil quinientos cincuenta hombres armados. 26. Hubo además cien talentos de plata, de los cuales se fundieron las basas del Santuario y de la entrada donde cuelga el velo. 27. Se hicieron cien basas de cien talentos, contando un talento por cada basa. 28. Y de los mil setecientos setenta y cinco, hizo los capiteles de las columnas, a las cuales también revistió de plata. 29. También se ofrecieron de bronce setenta y dos mil talentos, y cuatrocientos siclos además, 30. de los cuales se fundieron las basas de la entrada del tabernáculo del testimonio, y el altar de bronce con su rejilla, y todos los utensilios pertenecientes a su uso; 31. y las basas del atrio, tanto alrededor de su circuito como en su entrada, y las estacas del tabernáculo y del atrio en derredor.


Versículo 8: Hizo también la pila de bronce con los espejos de las mujeres

8. HIZO TAMBIÉN LA PILA DE BRONCE CON SU BASA, DE LOS ESPEJOS DE LAS MUJERES. — En lugar de «de los espejos», el hebreo dice bemarot, es decir, «en visiones» o «en espejos», como si dijera: Hizo la pila tan pulida y tersa que servía de espejo, en el cual, naturalmente, las mujeres y otros que acudían al tabernáculo podían verse a sí mismos. Así lo dice Cayetano. Pero la letra hebrea beth, que significa «en», se toma frecuentemente por min, que significa «de» o «con». De ahí que otros generalmente traduzcan «de espejos», lo cual algunos explican primeramente no en el sentido de que la pila fuese hecha de espejos, sino que tenía espejos colgando alrededor, en los cuales los sacerdotes podían mirarse para ver si estaban manchados de defectos. Otros piensan que la pila fue hecha de espejos, esto es, de las cubiertas de bronce de los espejos. Así lo dice Abulense. Pero todo esto carece de fundamento, pues los Setenta traducen ek katoptron, y el Caldeo y otros generalmente entienden mar'it como espejos, y sostienen que esta pila de ablución fue propiamente hecha de ellos. Y no debe parecer sorprendente que estos espejos fuesen de bronce, pues Plinio, Libro XXXIII, capítulo ix, y Libro XXXIV, capítulo xvii, enseña que antiguamente los mejores espejos eran los de Brundisio, hechos de estaño y bronce pulidos y alisados con sumo esmero, pero que después se prefirieron los de plata. Algunos sostienen plausiblemente que estos espejos no componían la pila entera, sino que estaban hábilmente insertados alrededor de ella y, por así decir, entretejidos, lo cual parece bastante fácil de disponer y elegante, siempre que reconozcamos que la pila estaba compuesta de estos espejos y que no estaban simplemente colgados o sujetos a ella. Pues de manera semejante los cálices de oro se engastan con diamantes y otras gemas, con gran coste y con gran ornato y elegancia; y de ellos puede decirse con verdad que están hechos o constan de diamantes, aunque en su mayor parte consten de oro.

Nótese aquí la antigua devoción y costumbre por la cual las santas mujeres de antaño, especialmente cuando se consagraban enteramente al servicio de Dios, dedicaban a Dios sus espejos y adornos, con los que antes habían servido a la vanidad y al mundo, ahora convertidas y consagrando estas cosas junto consigo mismas a Dios.

Así Sofía, la suegra, y Constantina, esposa del emperador Mauricio, ofrecieron sus coronas en la iglesia de Dios. Así Santa Lutgardis, matrona santísima y castísima, además de su patrimonio, ofreció también a la iglesia toda su colección de adornos femeninos, que poseía en rica abundancia, para que con ello se promoviera el culto divino.

Así Pulqueria, hija de Arcadio, con su propio patrimonio edificó un noble templo a la Virgen Madre de Dios, en el cual procuró que las vestiduras de la Santísima Virgen fueran custodiadas con el más magnífico cuidado, y las adornó con gemas, collares e incluso con sus propias vestiduras; y así consagró tanto sus bienes como a sí misma, incluida su virginidad, a la Santísima Virgen, y llevó una vida religiosa en la corte con sus hermanas reinas y con su hermano el emperador Teodosio, y después con Marciano, su esposo y emperador, conservando siempre intacta su virginidad; y desde esa posición administró el imperio bajo ambos de la manera más piadosa y feliz, tal guía de tan gran empresa fue esta mujer: son testigos Cedreno y otros.

De la dama romana Paula, San Jerónimo escribe en su epitafio que, tan pronto como se consagró a Dios, trocó todos sus adornos, y en verdad toda su colección de galas femeninas, por ajuar sagrado. Lo mismo hizo Santa Isabel, hija de Andrés, rey de Hungría, y esposa del Landgrave de Turingia, matrona de admirable santidad, madre y sierva de los pobres, como puede verse en su Vida.

Oíd también de los paganos. Livia, esposa de Augusto, consagró en el Capitolio un cristal de cerca de 50 libras de peso: testigo es Plinio, Libro XXXVII, capítulo II. Cuando los romanos habían decretado enviar a Delfos una copa de oro como diezmo de su botín, y no tenían oro a mano, las matronas inmediatamente y por propia voluntad se quitaron los adornos de oro de sus cuerpos y los proporcionaron todos, con un peso de ocho talentos, para el obsequio. Y por ello el senado decretó que se pronunciase en su honor una oración fúnebre laudatoria; testigo es Plutarco en su Vida de Camilo.

QUE VELABAN A LA ENTRADA DEL TABERNÁCULO. — En lugar de «que velaban», los Setenta traducen «que ayunaban»; el Caldeo, «que oraban»; Cayetano lo traduce como «que se ejercitaban». El hebreo tsobeath significa propiamente «que servían en el ejército» o «que velaban». Había, pues, dice R. Abrahán, en Israel mujeres temerosas de Dios que, despreciando la vanidad del mundo y esforzándose por agradar a Dios solo, ofrecían sus espejos al Señor y acudían cada día a la entrada del tabernáculo para orar y escuchar los preceptos de Dios. Esta práctica fue aún más frecuente después de que se construyó este tabernáculo solemne, y especialmente después de edificado el templo: pues entonces se construyó una morada definida a la entrada o en el atrio del tabernáculo para tales mujeres piadosas, dedicadas a la oración, el ayuno y el servicio del tabernáculo. Tal fue Ana la profetisa, Lucas capítulo II, versículo 27; y de estas mujeres habla la Escritura en I Reyes capítulo II, versículo 22, y II Macabeos capítulo III, versículo 20. Entre ellas vivió y fue criada la Santísima Virgen, después de que fue presentada en el templo a la edad de tres años. Esta era, por así decir, una comunidad religiosa de mujeres devotas de aquel tiempo, que era tipo y sombra de nuestras Religiosas, las cuales con razón pueden remontar su origen y antigüedad a aquellas. Es más, también los paganos establecieron una comunidad semejante de vírgenes que velaban en los templos y guardaban el fuego sagrado de Vesta, de donde se las llamó Vestales.

Por tanto, la multitud de vírgenes religiosas que en conventos e iglesias, presentadas en la misma flor de su edad, siguen el estandarte de la Virgen Madre de Dios, es un ejército de soldados. Pues, como dice San Juan Crisóstomo en la Homilía 8 sobre Mateo, «La batalla contra el diablo es común a mujeres y varones, y a menudo en tal combate las mujeres han luchado con más bravura que los hombres y han brillado con insignes trofeos.» Y por no hablar de otras cosas, una mujer débil tiene dentro de sí un enemigo mayor —a saber, la inconstancia y el desenfreno tanto de la mente como de la carne— que un varón: por tanto, la victoria de una mujer es más noble que la de un varón. ¿Quién no admirará a Tecla, Inés, Catalina, Úrsula? «Este», dice San Ambrosio en el Libro I Sobre las Vírgenes, «es aquel ejército celestial que el coro de ángeles que alaba promete en la tierra. De ahí aquel pasaje del Cantar de los Cantares, capítulo VII: ¿Qué veréis en la Sulamita, sino los coros de los campamentos?» Las congregaciones de vírgenes son semejantes a campamentos porque hacen guerra contra el enemigo; a coros, porque cantan las divinas alabanzas, dice Teodosio. De donde San Ambrosio, en el mismo pasaje: «¿Qué diré», dice, «de las vírgenes de Bolonia, que, dejando la casa paterna, se extienden en los tabernáculos de Cristo como incansables soldados de la castidad: ora resuenan con cánticos espirituales, ora ganan su sustento con sus trabajos?»

Propónganse, pues, las vírgenes otro espejo con el cual adornar su mente y sus costumbres por la imitación —a saber, la Santísima Virgen, en quien, como dice San Ambrosio en el Libro II Sobre las Vírgenes, «como en un espejo resplandece la hermosura de la castidad y la forma de la virtud.» Con verdad dice San Bernardo, Epístola 413: «Las hijas de Babilonia», dice, «se visten de púrpura y lino fino, pero su conciencia yace en harapos; brillan con collares, pero están sórdidas en sus costumbres. Por el contrario, tú, Sofía virgen, estás harapienta por fuera pero resplandeces de hermosura por dentro —pero para los ojos divinos, no los humanos: dentro está lo que deleita, porque dentro está Aquel a quien deleita.» Las imágenes de Sileno eran tales que, cerradas por fuera, mostraban la ridícula apariencia de un flautista, pero abiertas revelaban una divinidad. Tal fue Sócrates, dice Alcibíades. Y tal debe ser la virgen: vil por fuera, hermosa y divina por dentro.

De ahí que Santa Paula, como atestigua San Jerónimo, si veía a alguna virgen demasiado acicalada, reprendía a la que erraba con el ceño fruncido y expresión triste, diciendo: «La elegancia del cuerpo y del vestido es inmundicia del alma.»

Por tanto, las vírgenes y mujeres que se consagran a Dios desechen sus espejos que sirven a la frágil belleza de la carne, y conságrenlos como ofrendas sagradas a Dios. Con razón la virginidad, en el poema de Nacianceno, pinta así su propia apariencia:

«El cabello desaliñado es mi adorno, un manto vil mi vestido.»


Versículo 9: Cortinas

9. Cortinas. — Así llama aquí en todo lugar a los velos del atrio, en los versículos 10, 11, 12, 13, 15, 16, 18.


Versículo 17: Las basas de las columnas eran de bronce

17. LAS BASAS DE LAS COLUMNAS ERAN DE BRONCE, PERO SUS CAPITELES CON TODOS SUS CINCELADOS ERAN DE PLATA. — «Capiteles», con razón: pues Oleaster enseña bien a partir del capítulo XXVII, versículos 10 y 11, que esta palabra hebrea vav significa esto; pues allí todos traducen vavim como «capiteles». Pero como aquí se emplea en hebreo otra palabra que significa «cabeza», por eso los Setenta y los Caldeos traducen aquí vavim como «ganchos»: ambas versiones son correctas, pues vav significa un clavo y su cabeza —tal es la forma de la letra hebrea vav, que los Setenta y los Caldeos llaman gancho. Y es verosímil que los capiteles de las columnas fueran tales que, a modo de clavo, terminaban abajo en punta y arriba en un bulbo, el cual bulbo era la cabeza de estos capiteles, o la cabeza de los ganchos. Por tanto, puedes traducir el hebreo así: fijó los capiteles de plata de las columnas con sus cincelados, y la cubierta o bulbo de los capiteles, de plata. Entiéndase del mismo modo el versículo 19.


Versículo 21: Estos son los utensilios del tabernáculo

21. ESTOS SON LOS UTENSILIOS DEL TABERNÁCULO, etc. PARA LAS CEREMONIAS (esto es, para el servicio, como tienen el hebreo y los Setenta) DE LOS LEVITAS. — Pues los levitas servían en el desarme y transporte del tabernáculo cuando había que mover el campamento, y de nuevo en su rearme cuando había que asentar el campamento. Sobre ellos presidía Itamar, el hijo menor de Aarón, a quien por tanto había que rendir el recuento de cada uno de los utensilios del tabernáculo. Así como Eleazar, hermano de Itamar e hijo mayor, presidía sobre los otros levitas que transportaban los vasos y enseres propiamente dichos del tabernáculo, que eran solamente los caatitas, es decir, los descendientes de Caat, hijo de Leví. Sobre esto, véase más en Números IV.


Versículos 25 y 26: Los que fueron contados desde los veinte años en adelante

25 y 26. Y FUE OFRECIDO POR LOS QUE FUERON CONTADOS (que fueron empadronados) DESDE LOS VEINTE AÑOS EN ADELANTE, DE SEISCIENTOS TRES MIL QUINIENTOS CINCUENTA HOMBRES ARMADOS; HUBO ADEMÁS CIEN TALENTOS DE PLATA. — «Fue ofrecido» — no el oro mencionado anteriormente, pues ya había dicho que fue recogido no del censo del pueblo sino de donativos voluntarios; sino lo que en el censo se mandó ofrecer conforme a la ley del capítulo XXX, 13, a saber, medio siclo de plata por cada individuo, de modo que se ofrecieron cien talentos y 1.775 siclos de plata por seiscientos tres mil quinientos cincuenta hebreos (pues tantos fueron censados y empadronados). Pero nuestro Traductor dejó que esto se entendiese a partir del capítulo XXX, 13; y para no repetir lo mismo demasiadas veces, lo omitió, como suele hacer, sobre todo porque sigue inmediatamente la distribución de la plata recogida mediante el censo. Por tanto, lo que traduce como «hubo además cien», etc., es lo mismo que si dijera «hubo por tanto», o «de donde hubo además» — es decir: En el censo, los seiscientos tres mil quinientos cincuenta ofrecieron la cantidad prescrita, a saber, medio siclo por cada cabeza; de donde resultó que «además», esto es, además de aquellos 29 talentos de oro mencionados en el versículo 24, se recogieron del censo del pueblo cien talentos de plata. Que esto es así, y que tal es el sentido, se ve claro por el hebreo, que dice textualmente: y la plata, a saber, el número y peso que fue ofrecido por los censados de la congregación, fue cien talentos, mil setecientos setenta y cinco siclos según el peso del santuario; medio siclo por cabeza, o de cada cabeza, fue ofrecido. Los Setenta y el Caldeo lo tienen del mismo modo, pero nuestro Traductor omitió mucho de ello por la razón ya dicha. Así dicen Abulense, Lipomano y los hebreos.

25. Hombres armados. — Esta palabra no está en el hebreo, sino que se sobreentiende: pues solo los aptos para la guerra y que podían portar armas eran censados, como dije en el capítulo XXXVIII, versículo 14.


Versículo 27: Cien basas

27. CIEN BASAS. — Pues había 40 al sur, 40 al norte, 16 en el lado occidental y 4 bajo las cuatro columnas que dividían el Lugar Santo del Santo de los Santos, como fue prescrito en el capítulo XXVI, versículos 19 y 32. Así dicen Abulense, Cayetano y otros.


Versículo 28: De los mil setecientos setenta y cinco

28. Y DE LOS MIL SETECIENTOS SETENTA Y CINCO. — Entiéndase, siclos, como expresan los Setenta y el Caldeo, y como es evidente por lo precedente. HIZO LOS CAPITELES DE LAS COLUMNAS, A LAS CUALES TAMBIÉN REVISTIÓ DE PLATA — es decir: Todo lo que restaba por encima de los 100 talentos de plata recogidos del censo, a saber, 1.775 siclos, Moisés lo gastó en los capiteles de las columnas y en revestir las columnas de plata. No es que estos 1.775 siclos fueran suficientes para ello, sino que fueron gastados con ese fin; y lo que faltaba fue suplido de otro dinero ofrecido voluntariamente por el pueblo, el cual no se cuenta aquí, pero del cual la Escritura hace mención en el capítulo XXXV, 24. Pues Moisés solo quiso consignar aquí el fin para el cual fue gastado el dinero recogido del censo.

Nota: En lugar de «hizo los capiteles», el hebreo dice «cubrió los capiteles», como si dijera: Hizo el bulbo de los capiteles de plata. Los Setenta traducen «adornó sus capiteles»; pero claramente parece que se deslizó un error en su texto, de modo que en lugar de katergyrosen (plateó), se introdujo el semejante katechryosen (doró). Pues que estos capiteles de las columnas fueron plateados, no dorados, lo enseñan el hebreo, el Caldeo y nuestro Traductor, y es evidente por el versículo 19.


Versículo 29: También se ofreció bronce

Versículo 29. TAMBIÉN SE OFRECIERON SETENTA TALENTOS DE BRONCE, DOS MIL, Y CUATROCIENTOS SICLOS ADEMÁS. — El hebreo y el Caldeo dicen así: el bronce ofrecido fue setenta talentos, y dos mil, y cuatrocientos siclos. Los Setenta, tal como los tenemos ahora, lo entienden de modo que los dos mil se refieren no a talentos sino a siclos; los siguen Cayetano, Lipomano, Vatablo y otros autores más recientes. Pero entonces se habrían ofrecido y gastado más talentos de plata que de bronce. Además, con tan poco bronce no habrían podido hacerse 60 columnas de bronce, de las que hablé en el capítulo 27, versículo 10, ni las basas, el altar, las ollas, las estacas, etc., puesto que las solas basas de plata de las tablas contenían cada una un talento, como vimos en el capítulo 27. Por tanto, todo concordará perfectamente si distingues y puntúas así: «Se ofrecieron de bronce setenta talentos, dos mil (suple: talentos, y no es de extrañar que aquí el número mayor se ponga después del menor, pues esto es habitual entre los hebreos) y cuatrocientos siclos»; de modo que hubo dos mil talentos de bronce, y 70 talentos, y 400 siclos además. Por lo demás, nadie desconoce que en los Setenta se han deslizado muchísimos errores en los números, como aquí se han introducido trescientos por encima de los otros números.

Nota: Dos mil talentos con 70 talentos y 400 siclos hacen 258.766 libras; por tanto, todas estas cosas no podían transportarse en seis carretas, dadas a los gersonitas y meraritas para transportar los utensilios del tabernáculo, Números 7:3. Pues una carreta con dos bueyes no puede transportar tres mil libras, sino como mucho dos mil quinientas, como atestiguan los carreteros; por tanto, para transportar 258.766 libras se necesitaban cien carretas. Por consiguiente, lo que no podía cargarse en seis carretas fue en parte cargado en otras carretas, en parte transportado por los propios levitas, y finalmente la porción de bronce que no se empleó en los utensilios del tabernáculo sino que sobró, siendo profana, fue transportada no por los levitas sino por laicos de otras tribus en carros.

Nota en segundo lugar: En lugar de «revistió», en hebreo es chissac, es decir, rodeó, dio la vuelta, esto es, revistió alrededor y en circuito.


Sobre el talento hebreo y su valor

De aquí se infiere claramente (como bien observan Vilalpando y unos pocos más) que el talento hebreo contenía tres mil siclos. Lo demuestro del siguiente modo: pues el hebreo, el Caldeo y los Setenta dicen aquí, primero, que los que fueron censados aquí y ofrecieron el precio del censo fueron seiscientos tres mil con 550; y puesto que cada uno de ellos ofreció medio siclo, se sigue que el total ofrecido, o la suma de siclos, era la mitad del número de los oferentes, de modo que había tantos siclos enteros como oferentes divididos por la mitad. Por tanto, puesto que los que ofrecieron el medio siclo fueron seiscientos tres mil y 550, se sigue que los siclos enteros ofrecidos por ellos ascendieron a trescientos mil y 1.775. En segundo lugar, el hebreo, el Caldeo y los Setenta dicen que el total ofrecido por ellos fue 100 talentos y 1.775 siclos. Pero el total ofrecido fue, como he dicho, trescientos mil siclos y 1.775 siclos; por tanto, trescientos mil siclos y 1.775 siclos equivalen a 100 talentos y 1.775 siclos. Ahora elimínense los 1.775 siclos comunes a ambos lados; entonces quedan 100 talentos equivalentes a trescientos mil siclos. Divídanse, pues, trescientos mil siclos entre 100 talentos, y se obtendrán tres mil siclos por cada talento. Aquí, por tanto, mediante una clara demostración aritmética, se concluye que el talento hebreo contenía tres mil siclos — ya sean de plata, si era un talento de plata; ya de oro, si era un talento de oro.

Se objetará: Josefo asigna seis mil siclos al talento; pues en el Libro III, capítulo VII, dice que el candelabro (que fue hecho de un talento de oro) pesaba 100 minas; pero la mina tenía 60 siclos, como consta de Ezequiel XLV, 12, y de Josefo, Libro XIV de las Antigüedades, capítulo XII. Ahora multiplíquense cien minas por sesenta siclos, y se hallarán seis mil siclos por 100 minas, y consecuentemente por un talento. Algunos, como Arias Montano, Didaco, Covarrubias, Torniello, Roberto Cenal en su libro Sobre las Medidas, y otros, a causa de este argumento piensan que hubo un doble talento entre los hebreos — uno menor y común, ya mencionado, de tres mil siclos, y otro mayor y sagrado, de seis mil siclos, del cual se hizo el candelabro. Pero esta diversidad y variedad del talento no puede probarse por la Escritura, ni es verosímil que Moisés usara la palabra «talento» de manera equívoca y variable. Además, Moisés aquí ordenó que los siclos ofrecidos por el pueblo se pesaran según el siclo del santuario, Éxodo XXX, 24; por tanto, también pesa el talento según el talento del santuario. Pero el talento del santuario era grande, y según aquellos que postulan dos clases, era el mayor en comparación con el profano y común; por tanto, aquí debe tomarse el mayor, no el menor. Vilalpando demuestra esto más extensamente en su Aparato de la Ciudad y del Templo, Parte II, Libro II, Disputación IV, capítulo XXXIII, folio 409.

A Josefo respondo que o bien se deslizó un error en sus números aquí, como sucede a menudo en otros lugares, o que Josefo toma aquí la mina en un sentido menor, a saber, una que contenía no 60 sino solo 30 siclos: pues entonces 100 minas harían tres mil siclos. Puesto, pues, que el talento hebreo contenía tres mil siclos, y el siclo contenía 4 dracmas — es decir, pesaba tanto como 4 reales españoles, 5 estúferos en plata, y 4 coronados franceses en oro — se sigue que un talento de oro contenía y valía 12.000 coronados franceses; mientras que un talento de plata contenía y valía tres mil florines.

De aquí se sigue, primero, que el talento hebreo era mayor que el eubeo, que valía 400 áureos, y que el ático, que valía 600.

Se sigue, segundo, que el talento hebreo pesaba noventa y tres libras de oro y doce onzas — tomo aquí la libra como la mayor, de dieciséis onzas. Esto es claro, pues el siclo contenía cuatro dracmas, o media onza (pues ocho dracmas hacen una onza); por tanto, 32 siclos (que hacen 128 coronados franceses) hacen una libra de oro. Por tanto, por multiplicación, un talento que contiene tres mil siclos contenía 93 libras de oro y 12 onzas. Pero si se toma la libra menor o común de doce onzas, entonces el talento contenía 125 libras.

Se sigue, tercero, que de un talento, es decir, de 93 libras mayores, pudo fácilmente hacerse el candelabro del templo, Éxodo XXV, 39. Asimismo, que David no pudo llevar la corona de Milcom, que pesaba un talento, sino que solo de ella, es decir, de una parte de ella, se hizo una diadema, como se explica en I Paralipómenos XX, 2: pues no hubiera sido conveniente que el santo rey llevase la corona misma de un ídolo.

Se sigue, cuarto, que Guejazí con dos talentos de plata pudo fácilmente comprar campos, viñas, ganado y siervas, como se dice en IV Reyes capítulo V, 23 y 26; pues un talento de plata eran tres mil siclos de plata, esto es, tres mil florines. Por tanto, dos talentos de plata valían seis mil florines.

Se sigue, quinto, puesto que una mina contenía 60 siclos (Ezequiel XLV, 12), que un talento contenía 50 minas. Una mina, por tanto, contenía aproximadamente dos libras; en consecuencia, los escudos de 300 minas que hizo Salomón (III Reyes X, 17) pesaban cerca de seiscientas libras, y por tanto apenas podían ser portados por un solo hombre, y servían más para ostentación de magnificencia que para uso — de ahí que también hiciera otros escudos de 600 siclos.

Se sigue, sexto, puesto que David dejó a Salomón para el templo, según consta en I Paralipómenos XXII, 14, cien mil talentos de oro y un millón de talentos de plata, que le dejó dos mil cuatrocientos millones de áureos. Por millón entiendo diez veces cien mil áureos. Pues cien mil talentos de oro hacen mil doscientos millones de áureos; y exactamente la misma cantidad en oro producirían un millón de talentos de plata, pues la proporción de la plata con el oro es décupla: un siclo de oro valía 10 (y en esta época, 12) siclos de plata. Esta suma de oro apenas podría encontrarse ahora en toda Europa; por tanto, David la adquirió no tanto por su propia industria cuanto por la bendición de Dios, para que los reyes aprendan que si sirven a Dios serán gloriosos y ricos como David y Salomón. El modo de reunirla — de Ofir, de tributos, de guerras y botines, de regalos — lo recogen Vilalpando y Pizneda en su tratado Sobre Salomón. Dondequiera que la hubiera obtenido, es cierto por la Escritura que tuvo tanto oro y plata; de ahí que la Escritura diga que en tiempos de Salomón había tanta abundancia de oro en Jerusalén como de piedras, y que la plata no era ni siquiera estimada. Pero diré más sobre el talento y los pesos al final del Pentateuco.