Cornelius a Lapide
Índice
Sinopsis del Capítulo
Se prescribe la purificación y la ofrenda que debe hacer la parturienta: al cuadragésimo día desde el parto completo, si dio a luz un varón; al octogésimo día, si dio a luz una hembra: a saber, que ofrezca un cordero en holocausto, y un pichón o una tórtola por el pecado; pero si es pobre, que ofrezca dos pichones o dos tórtolas.
Texto de la Vulgata: Levítico 12:1-8
1. Y habló el Señor a Moisés, diciendo: 2. Habla a los hijos de Israel, y les dirás: Si una mujer, habiendo recibido simiente, diere a luz un varón, será inmunda por siete días, conforme a los días de separación de su menstruación. 3. Y al octavo día será circuncidado el niño; 4. mas ella permanecerá treinta y tres días en la sangre de su purificación. No tocará cosa santa, ni entrará en el Santuario, hasta que se cumplan los días de su purificación. 5. Mas si diere a luz una hembra, será inmunda por dos semanas, conforme al rito del flujo menstrual, y permanecerá sesenta y seis días en la sangre de su purificación. 6. Y cuando se hubieren cumplido los días de su purificación, por hijo o por hija, traerá un cordero de un año en holocausto, y un pichón o una tórtola por el pecado, a la puerta del tabernáculo del testimonio, y los entregará al sacerdote, 7. el cual los ofrecerá ante el Señor, y rogará por ella, y así será limpiada del flujo de su sangre: ésta es la ley de la que da a luz varón o hembra. 8. Mas si su mano no hallare, y no pudiere ofrecer un cordero, tomará dos tórtolas o dos pichones, uno en holocausto y otro por el pecado; y el sacerdote rogará por ella, y así será limpiada.
Versículo 2: Si una mujer, habiendo recibido simiente, diere a luz un varón, será inmunda por siete días
Por «habiendo recibido simiente», en hebreo se lee תזריע tazria, que Oleaster, Cayetano aquí, y Jansenio en su Concordancia Evangélica, capítulo X, traducen como «si hubiere hecho simiente», es decir, prole, esto es, si hubiere engendrado. Pues tazria está en la forma activa hiphil; y «simiente» se toma en todas partes de la Escritura por prole.
Pero que nuestro traductor lo vertió mejor como «de simiente recibida» es evidente, primero, por lo que sigue: «y diere a luz»; pues de esto se desprende que תזריע tazria, que precede, debe traducirse como «si hubiere recibido simiente», o «concebido», y formado un feto: pues de otro modo se diría lo mismo, y sería una tautología decir: si hubiere engendrado, y hubiere dado a luz.
Segundo, porque con nuestro traductor concuerdan los Setenta, que traducen «si hubiere recibido simiente»; y el Caldeo, «si hubiere concebido»; y los hebreos, Lirano y Vatablo, que traduce «si habiendo recibido simiente hubiere dado a luz un varón».
Tercero, porque el hebreo tazria significa propiamente «si hubiere seminificado», «si hubiere hecho y emitido simiente», esto es, del modo natural y ordinario, a saber, si habiendo recibido la simiente del varón y emitiendo también la suya propia, hubiere concebido. Pues la mujer en la concepción, al recibir la simiente del varón, emite también la suya propia en la matriz, «la cual pronto es retenida, coagulada y fortalecida por la simiente masculina, y así crece, y finalmente se eleva a miembros; y así se concibe un embrión, o infante», dicen los hebreos y Vatablo, quienes añaden: «De la simiente masculina se forman los nervios y los huesos, pero de la simiente de la mujer se producen la carne, la sangre y los cabellos del infante». Pero esto último lo niegan los médicos, aseverando que todos los miembros se forman conjuntamente de la simiente tanto de la mujer como del varón.
La Santísima Virgen y esta ley
De aquí la opinión común de los Padres y Doctores antiguos, con la sola excepción de Abulense, fue que la Santísima Virgen al dar a luz a Cristo no estaba comprendida por esta ley, porque ella no concibió por haber recibido la simiente de un varón y emitido la suya propia, sino por obra del Espíritu Santo —formando el Espíritu Santo con su providencia el cuerpo de Cristo de su sangre purísima—, concibió a Cristo, como si por una singular providencia del Espíritu Santo, que quiso eximir a esta Virgen, sucediera que Moisés en este pasaje no usara la palabra נהרה hara, que significa simplemente «concebir», sino tazria, que significa «emitir su propia simiente al recibir la simiente del varón», y así concebir. Así lo enseñan Orígenes, Ruperto y Radulfo aquí, así como Eusebio, Emiseno, San Ildefonso, San Eligio, Lorenzo Justiniano en su sermón Sobre la Purificación de la Santísima Virgen; San Bernardo, sermón 3 sobre la misma; Eutimio, Teofilacto, Anselmo, Beda sobre Lucas II, San Juan Crisóstomo, homilía Sobre el Encuentro del Señor; y muy gravemente San Cirilo de Alejandría, libro II De la Fe, dirigido a las Emperatrices, cerca del principio, confirma lo mismo contra los arrianos: «Es claramente evidente, dice, en cuán grande impiedad caen los arrianos, que aseveran que María, Madre de Dios, necesitó aquellos sacrificios que era costumbre ofrecer por las parturientas según la ley».
De donde incluso nuestros herejes Melanchthon, Artopeo, Sarcerio y otros, por lo demás injustos hacia la Santísima Virgen, confiesan lo mismo, como muestra Pedro Canisio en el libro IV de su obra mariana, capítulo XII. De modo similar, en Éxodo XIII, 2, mostré a partir de los Padres que Cristo no estaba comprendido por aquella ley de los primogénitos, porque Cristo no abrió el vientre de su madre, sino que nació de la Virgen con éste cerrado.
Objeción por el flujo de sangre
Se dirá: Esta ley de purificación se establece para las parturientas a causa del flujo de sangre, que les sobreviene naturalmente en el puerperio, como se dice en el versículo 4; pues por esto se consideraban inmundas las parturientas y debían purificarse. Mas este flujo también ocurrió en la Santísima Virgen: luego también ella estaba comprendida por esta ley y debía purificarse. Así argumenta Abulense.
Respondo que la premisa menor es falsa, y que va contra la opinión común de los Padres, quienes aseveran que el parto de la Santísima Virgen fue purísimo y libre de toda inmundicia y flujo de sangre. Así dice explícitamente Sofronio en el Sexto Concilio, sesión II: «El parto, dice, de la Virgen fue incorruptible, porque se realizó sin flujo de sangre ni sufrimiento semejante alguno». Así también Epifanio, libro III Contra las Herejías, al final; San Cipriano, sermón Sobre la Natividad de Cristo; San Agustín, libro Sobre las Cinco Herejías, herejía 3: «Neciamente, dice, ¿de dónde la inmundicia en una Madre Virgen, donde no hay relación carnal con padre humano? ¿De dónde la inmundicia en aquella que no sufrió concupiscencia al concebir ni dolor al dar a luz?» Así también el Concilio in Trullo de más de 200 Padres, Canon 79, definió que el parto de la Virgen fue sin secundinas (aunque otros traducen, sin dolor). El Espíritu Santo quiso, pues, indicar aquí la excelencia de la Virgen, para que tanto más resplandecieran su humildad y obediencia, ya que aunque no estaba sujeta a esta ley, sin embargo la cumplió como una más de las demás parturientas inmundas. «Sé, dice San Bernardo en el sermón 3 Sobre la Purificación, oh Virgen, entre las mujeres como una de ellas; pues también tu Hijo está en el número de los niños».
Esta ley de purificación ha sido abolida
Nótese: Esta ley de purificación ya ha sido abolida, como las demás leyes ceremoniales del Antiguo Testamento; nuestras parturientas, por tanto, no están obligadas por ella, y pueden entrar en la iglesia sin pecado inmediatamente después de dar a luz para dar gracias, como respondió Inocencio III en el capítulo único Sobre la Purificación después del Parto. Sin embargo, por veneración e imitación de la Santísima Virgen, muchas se abstienen de entrar en la iglesia durante 40 días después del parto, dice Radulfo, libro VIII, capítulo VI, al principio. De donde también Inocencio añade: «Si por devoción quisiere abstenerse por algún tiempo de la iglesia, no consideramos reprochable su devoción».
Objeción por la Misa de los etíopes
Se dirá: En la Misa de los etíopes se dice en la bendición de la parturienta: «Tú, oh Señor, enseñaste a Moisés la ordenanza pura, etc.: te rogamos, pues, por tu sierva que ha guardado tu ordenanza». Luego esta ordenanza de Moisés obliga también a las mujeres cristianas.
Respondo: «Que ha guardado tu ordenanza», entiéndase en cuanto a la ceremonia misma de la purificación, mas no en cuanto a la razón y obligación propiamente dicha de la ley, u ordenanza; pues nuestras parturientas se conforman a esta ordenanza no porque estén obligadas por ella, sino voluntariamente y por la devoción ya mencionada.
Tropología: La purificación como símbolo de la penitencia
Tropológicamente, esta purificación era símbolo de la penitencia, por la cual recuperamos la pureza del alma. Dice excelentemente el Nacianceno en la oración 6: Nada, dice, tiene Dios puro en tanto aprecio como la pureza, o la purificación. Y Barlaam, al morir, encomienda a su discípulo Josafat la pureza del alma como un tesoro de inmenso valor, según testimonia el Damasceno. De ahí que, para lavar las manchas de los pecados, Cristo nos preparó un baño de su propia sangre. Pues, como dice San Juan en el Apocalipsis I: «Nos lavó de nuestros pecados en su sangre». Y San Pablo en Tito II: «Se entregó a sí mismo por nuestros pecados, para redimirnos de toda iniquidad y limpiarnos para sí un pueblo agradable». Por lo cual Tertuliano, en su libro Sobre la Penitencia, enseña que se debe hacer penitencia inmediatamente, y muestra con el ejemplo de los animales brutos que el alma herida por el pecado debe ser sanada y purificada al instante. «Pues el ciervo, traspasado por una flecha, para expulsar el hierro y su irremovible demora de la herida, sabe que debe curarse con díctamo. La golondrina, si ha cegado a sus polluelos, sabe cómo restaurarles la vista con su propia celidonia. ¿Acaso el pecador, sabiendo que la confesión pública instituida por el Señor existe para su restauración, la pasará por alto?» Lo mismo dice Paciano en su Exhortación a la Penitencia; de donde Tertuliano añade: «La penitencia, oh pecador, acométela así, abrázala así, como un náufrago confía en alguna tabla: ésta te levantará cuando estés sumergido en las olas de los pecados, y te conducirá al puerto de la divina clemencia».
San Efrén, en su libro Sobre el Día del Juicio: «La compunción, dice, es la salud del alma, es la iluminación de la mente; la compunción nos obtiene la remisión de los pecados». San Jerónimo en el epitafio de Fabiola, hablando de su contrición: «¿Qué pecados, dice, no purifica este llanto? ¿Qué manchas inveteradas no lavan estos lamentos?» Y más abajo: «¡Oh feliz penitencia, que atrae hacia sí los ojos de Dios!» San Ambrosio, libro II Sobre la Penitencia: «Muy claramente, dice, fue mandado por la predicación del Señor que incluso a los reos de gravísimo crimen, si de todo corazón y con abierta confesión de pecado hacen penitencia, se les ha de restituir la gracia del Sacramento celestial». San Juan Crisóstomo, sermón Sobre la Penitencia: «¡Oh penitencia, dice, que con la misericordia de Dios remites el pecado y abres el paraíso, que sanas al hombre quebrantado y alegras al triste, devuelves la vida de la destrucción, restauras el estado, renuevas el honor, das confianza, reformas las fuerzas, y derramas de vuelta una gracia más abundante! ¡Oh penitencia! ¿qué cosa nueva diré de ti? Todo lo atado, tú lo desatas; todo lo desatado, tú lo abres; todas las adversidades, tú las mitigas; todo lo quebrantado, tú lo sanas; todo lo confuso, tú lo iluminas; todo lo desesperado, tú lo reanimas. ¡Oh penitencia, más reluciente que el oro, más espléndida que el sol, a quien el pecado no vence, ni la defección subyuga, ni la desesperación destruye! La penitencia rechaza la avaricia, aborrece la lujuria, etc. ¡Oh penitencia, madre de la misericordia y maestra de las virtudes! Grandes son tus obras, por las cuales absuelves a los reos y restauras a los delincuentes, levantas a los caídos y reanimas a los desesperados. Por ti Cristo arrebató de repente al ladrón a su reino; por ti David, después de su crimen, felizmente recibió de nuevo el Espíritu Santo», etc.
Nuevamente San Ambrosio, libro II Sobre la Penitencia: «Más fácilmente, dice, he encontrado a quienes han conservado la inocencia que a quienes han hecho debidamente penitencia». Si preguntas: ¿Cuál es, pues, Ambrosio, la penitencia que llamas debida? responde en el mismo lugar: «Se debe renunciar al siglo; se debe conceder al sueño menos de lo que la naturaleza exige; se le debe interrumpir con gemidos, quebrantar con suspiros, posponer con oraciones. Se debe vivir de tal manera que muramos a este uso vital de la vida; el hombre debe negarse a sí mismo, y ser completamente transformado, tal como las historias cuentan de cierto joven que, tras amores con una cortesana, marchó al extranjero, y habiendo extinguido su amor, al regresar después se encontró con su antigua amada: cuando ella, maravillada de no haber sido saludada, supuso que no había sido reconocida, y encontrándose con él de nuevo le dijo: "Soy yo"; él respondió: "Pero yo no soy yo". Por lo cual rectamente dice el Señor: El que quiera venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame.» Habla Ambrosio de la penitencia exacta y perfecta, que pocos realizan: pues la penitencia común, que especialmente con el Sacramento de la Penitencia basta para la remisión de los pecados y para la salvación, muchos la abrazan y la practican.
Será inmunda por siete días
SERÁ INMUNDA POR SIETE DÍAS — de modo que a nadie, ni siquiera a su marido, le era lícito tratar con ella durante siete días. Luego, durante los restantes 33 días que quedan hasta el cuadragésimo, era ciertamente excluida del santuario, pero estaba permitido hablar, comer y tratar con ella (aunque no tener relaciones conyugales, dice Abulense: pues era considerada como menstruante). Por lo tanto, durante estos siete días era llamada «separada», y estos eran los días de separación; los restantes 33 eran los días de purificación.
CONFORME A LOS DÍAS DE SEPARACIÓN DE SU MENSTRUACIÓN — como si dijera: Durante estos siete días será tan inmunda como una mujer menstruante, y deberá comportarse como separada e inmunda del mismo modo que una menstruante, acerca de lo cual véase el capítulo XV, versículo 19.
Versículo 4: Permanecerá treinta y tres días en la sangre de su purificación
MAS ELLA PERMANECERÁ TREINTA Y TRES DÍAS EN LA SANGRE DE SU PURIFICACIÓN — es decir, en la sangre por la cual es continuamente purgada, dice Jansenio en el capítulo X de su Concordancia Evangélica. Segundo, por hipálage, como si dijera: Permanecerá en la purificación de su sangre, esto es, hasta que sea purgada del flujo de sangre, sobre lo cual véase más en el versículo 5. Una hipálage semejante se encuentra en Éxodo XII, 11, Jeremías XI, 19, y en otros lugares.
Tropología: Permanecer en la sangre de la purificación
Tropológicamente, permanecer en la sangre de la purificación es soportar la penalidad de la mortalidad, en la cual caímos al pecar, a través de la cual sin embargo somos purificados de lo que hemos cometido: para que en el cuadragésimo día de la resurrección comparezcamos ante el Señor en el templo celestial, inmortales y gloriosos. Así Radulfo.
La sangre y la inmundicia del parto: Simbolismo de la castidad
Asimismo, simbólica y propiamente, la sangre y la inmundicia del parto eran los efectos, el castigo y los indicadores de la concupiscencia que la mujer experimentó en la unión conyugal y en la concepción. Pues lo que se concibe con amor vergonzoso nace con dolor y se purga con hedor. Así fue ordenado por la justa y eterna ley de Dios. Quiso, pues, Dios significar con esta purificación que la castidad del matrimonio no se acerca a la del celibato, sino que es impura; y que los esposos en el matrimonio necesitan purificación. Con razón Casiano, Colación XXI, capítulo XXXIII: «En la ley, dice, en la que se conservan los derechos del matrimonio, aunque se restringe el vagabundeo de la lujuria, no obstante está esclavizada a una sola mujer. De ahí que los aguijones del deseo carnal no pueden de ningún modo dejar de estar activos, y es difícil que un fuego, al cual incluso diligentemente se le suministra combustible, sea encerrado dentro de límites fijos de tal manera que no queme también cuanto toca cuando se extravía más allá de ellos». La plena pureza, por tanto, consiste en la castidad y la continencia, cuyo esplendor, belleza y elogios describe así San Cipriano en su libro Sobre el Bien de la Modestia: «La modestia, dice, es el honor de los cuerpos, el ornamento de las costumbres, la santidad de los sexos, el vínculo del pudor, la fuente de la castidad, la paz del hogar, la cabeza de la concordia. La modestia no se preocupa de agradar sino a sí misma. La modestia siempre es pudorosa, pues es madre de la inocencia. La modestia siempre se adorna únicamente con el pudor, bien consciente entonces de su belleza, si desagrada a los malvados. La modestia no busca ornamento alguno; ella misma es su propio adorno. Ésta nos encomienda al Señor, nos une a Cristo; bienaventurada ella misma, y haciendo bienaventurados a todos aquellos con quienes se digna morar: a quienes nunca pueden acusar los que no la poseen, venerable incluso para sus enemigos, pues la admiran tanto más cuanto que no pueden conquistarla».
Elogios de la castidad
San Efrén, sermón Sobre la Castidad: «¡Oh castidad, madre del amor, y camino de la vida angélica! ¡Oh castidad, que eres de corazón puro, y de dulce garganta y alegre semblante! ¡Oh castidad, que haces a los hombres semejantes a los ángeles! ¡Oh castidad, que tanto exaltaste al amigo de Dios en tierra extranjera, que redimió incluso a quienes lo habían comprado! ¡Oh castidad, don de Dios, de bondad, de disciplina, y precio del conocimiento! ¡Oh castidad, puerto tranquilo, establecido en suprema paz y seguridad!», etc. Y el autor del libro Sobre la Singularidad de los Clérigos, atribuido a San Cipriano (pues que este libro no es de Cipriano es evidente por el estilo): «La castidad, dice, es la defensa invicta de la santidad y la fuerte conquista de la infamia: la firmeza de la fortaleza y la debilidad de la lasciva petulancia: el baluarte de la probidad y la destrucción de la maldad: la victoria del alma y el despojo del cuerpo: la abundancia de las glorias y la esterilidad de los crímenes: la dama de honor de la santidad y el repudio de la torpeza: la señal de la sinceridad y la abolición de los escándalos: el ejercicio de la continencia y el vaciamiento completo de la lujuria: la paz segura de las virtudes y la inquieta derrota de las guerras: la cumbre de la pureza y la cárcel de la concupiscencia: el puerto del honor y el naufragio de la ignominia, lugar de frugalidad: la madre de la virginidad y la enemiga de la inmundicia: la coraza del pudor y el despojo de la desvergüenza: la destrucción de la corrupción, el muro de la severidad y el derrocamiento de la vulgaridad: la espada de la rigidez, conquistadora y matadora de la disolución: la armadura de las fuerzas y el desarme de las debilidades: la dignidad de la integridad y la condenación de la fornicación: la cumbre de la gloria y el precipicio de la deshonra: la voluntad de las buenas obras y la aflicción de los vicios: el refrigerio de la castidad y el castigo de la petulancia: la adquisición de los triunfos y la pérdida de los crímenes: el descanso de la salvación y el destierro de la perdición: la vida del espíritu y la muerte de la carne: el estado de la cualidad angélica y el funeral de la sustancia humana. Por sus ataduras toda obscenidad es refrenada, y por sus grilletes los talones de la lujuria furiosa son inmovilizados».
San Efrén, sermón Sobre la Castidad: «¡Oh castidad, freno de los ojos, que trasladas todo el cuerpo de las tinieblas a la luz! ¡Oh castidad, que castigas la carne y la reduces a servidumbre, y con suma velocidad penetras las cosas celestiales! ¡Oh castidad, que alegras el corazón del que te posee, y unes alas al alma para las cosas celestiales! ¡Oh castidad, que produces el gozo espiritual y quitas la tristeza! ¡Oh castidad, que disminuyes las pasiones y libras la mente de las perturbaciones! ¡Oh castidad, que iluminas a los justos y derramas tinieblas sobre el diablo! ¡Oh castidad, que destierras la pereza y traes la paciencia! ¡Oh castidad, carro espiritual que elevas a las alturas a quien te posee! ¡Oh castidad, que como una rosa floreces en medio del alma y del cuerpo, y llenas toda la casa con la fragancia de tu aroma! ¡Oh castidad, precursora y compañera del Espíritu Santo!» Para alcanzar esta pureza, ciertos esposos ilustres conservaron la continencia en el matrimonio de mutuo acuerdo. Así lo hicieron San Amón con su esposa, Eufraxia, descendiente de la familia del Emperador Teodosio, con su esposo Antígono, Anastasio con Teognia, Eucaristo con María, Magna con su esposo, Olimpia con Nebridio, como consta de sus Vidas. Cité más en 1 Corintios, capítulo 7, versículo 6.
La castidad como don de Dios
Por lo cual este gran don de la castidad no llega a nadie sin una gracia especial de Dios y mucha oración. San Agustín es testigo de sí mismo, libro X de las Confesiones, capítulo 19: «Toda mi esperanza, dice, consiste únicamente en tu grandísima misericordia. ¡Oh amor que siempre ardes y nunca te extingues, caridad, Dios mío, enciéndeme! Tú mandas la continencia; da lo que mandas, y manda lo que quieras». De ahí también que Dios acostumbre proteger a las vírgenes y a los castos, para que como el amianto sean inviolables por el fuego. Pues el fuego no encuentra en ellos materia viscosa o inmundicia que quemar. Así Santa Cunegunda, esposa del Emperador Enrique, para probar su virginidad a su esposo, caminó con los pies desnudos e ilesos sobre hierro candente. Así Teognia, por mandato de San Basilio, recibiendo carbones encendidos en su regazo, los llevó con el regazo ileso, porque conservaba la continencia en el matrimonio con su esposo Anastasio: testigo es Anfiloquio en la Vida de San Basilio. Igualmente el Abad que convirtió a la meretriz Porfiria, cuando cayó bajo sospecha
Versículo 5: Si diere a luz una hembra, será inmunda por dos semanas, y por sesenta y seis días permanecerá en la sangre de su purificación
De modo que, sumados los 14 días previos durante los cuales fue completamente separada, resultan 80 días de purificación, que son el doble de la purificación por un parto de varón: pues en ése solo se establecieron 40 días, versículo 4.
¿Por qué el doble de días para una hembra?
Se preguntará por qué en el parto de un varón se establecen solo 40 días de purificación, pero en el parto de una hembra, 80.
Responden Hesiquio y San Cirilo, libro XV Sobre la Adoración, y Maldonado en Lucas 11:22, que tantos días fueron establecidos oportunamente según la formación natural del varón y de la hembra: pues el varón se forma y se organiza perfectamente en 40 días, y por tanto es animado al cuadragésimo día. Pues tan pronto como el feto está perfectamente formado, es animado, como enseñan los médicos; pero la hembra se forma y organiza en 80 días, y esto por la debilidad del calor y de la virtud seminal. Ahora bien, esta formación del varón y de la hembra se produce a partir de la sangre menstrual: de donde la mujer encinta no sufre entonces la menstruación, por la cual habría sido inmunda según la ley de Números capítulo 15, 19; y por lo tanto, después del parto se la considera inmunda durante tantos días cuantos retuvo la menstruación y a partir de la sangre menstrual formó el feto, porque derramó estos menstruos por el parto.
La causa moral, sin embargo, es que durante tantos días como formó la prole, durante ese mismo número de días, como transmitió el pecado original a la misma; de donde debía purificarse durante el mismo número de días.
Pero los médicos contradicen esta opinión: pues Levino Lemnio, en su libro Sobre los Milagros Ocultos de la Naturaleza, capítulo 11, enseña que la formación del varón se completa unas veces al día 30, otras al 35, otras al 40, otras al 45; pero la de la hembra, unas veces al 35, otras al 40, otras al 45, otras al 50. Hipócrates, sin embargo, en su libro Sobre la Naturaleza del Feto, número 10, enseña que el varón se forma como máximo en 30 días; la hembra como máximo en 42: y lo prueba por la purgación, que después del parto de un varón dura 30 días, después del de una hembra 42 días, como mucho.
De ahí que, en segundo lugar, otros piensan que lo que aquí se considera no es el tiempo de la formación ni de la animación del feto, sino el movimiento por el cual el feto se manifiesta en el útero: pues, como enseña Aristóteles, libro VII de la Historia de los Animales, capítulo 3, los varones por lo general comienzan a moverse hacia el cuadragésimo día en el lado derecho del útero, pero las hembras hacia el nonagésimo día, y eso en el lado izquierdo de la matriz. Pero tampoco esto corresponde en todo a esta ley y a este plazo, ni es cierto o universalmente verdadero: pues Hipócrates, en su libro Sobre el Alimento, y otros enseñan que ni para la formación, ni para el movimiento, ni para el nacimiento humano hay un tiempo simple y común establecido para todos, sino uno variado y múltiple. Añádase que esta purgación debe considerarse no tanto desde la formación o el movimiento, cuanto desde la inmundicia del parto.
De donde, en tercer lugar, responde más probablemente Francisco Valles, médico del Rey Felipe II de España, en su libro De la Filosofía Sagrada, capítulo 18: «Debe notarse, dice, que una doble evacuación del útero ocurre después del parto: la primera de sangre fluyendo copiosamente, como suele acontecer a las mujeres cada mes; la segunda de otras excreciones, fluyendo gradualmente con una pequeña cantidad de sangre. Ambas son más breves para la que ha dado a luz un varón; pues siendo las hembras más húmedas y llenas de excreciones que los varones, es necesario que sus principios al nacer sean más húmedos que los de los varones. De donde la experiencia confirma que no los varones, sino las hembras son concebidas por aquellas mujeres que, o naturalmente son, o a quienes por accidente al tiempo de la concepción les sucedió ser, más llenas de excreciones; tales mujeres necesitarán, por tanto, una purgación más prolongada. Y aunque Hipócrates, en su libro Sobre la Generación, considera que la purgación más larga de la que ha dado a luz un varón es de 30 días, y de la que ha dado a luz una hembra 42 días, sin embargo de esta autoridad y ley de la Sagrada Escritura se infiere que la primera evacuación en los varones puede ocurrir en siete días, en las hembras en catorce; la segunda en los varones puede extenderse hasta 40 días, en las hembras hasta 80». Hasta aquí Valles.
Pues esto es lo que implican las palabras de Moisés cuando dice: «Por sesenta y seis días permanecerá en la sangre de su purificación», aunque este pasaje no lo prueba claramente; pues podría decirse con Vatablo que la que da a luz una hembra se considera inmunda por 80 días, y se le manda permanecer en la sangre de su purificación, no porque la sangre fluya durante tanto tiempo después del parto, sino porque legalmente, por esta ley, es tenida por inmunda durante tanto tiempo, a causa del flujo de sangre que sufrió durante siete días desde el parto, y por tanto durante los 33 días siguientes todavía se la considera en el flujo de su sangre, y en su purificación legal, que se le manda realizar por esta ley.
Digo, pues: La causa propia y genuina de esta ordenanza y disparidad es la voluntad y el beneplácito de Dios, que en el parto de un varón estableció 40 días de purificación, en el de una hembra, 80; y esto oportunamente según la naturaleza, a saber, por el mayor flujo de humores en el parto de una hembra, y la corrupción de la sangre, y la mayor debilidad de la madre: pues, como enseña Teodoreto, las mujeres suelen trabajar más pesadamente cuando dan a luz una hembra que cuando dan a luz un varón. A esto añádase la congruencia de Valles ya mencionada, a saber, que el flujo de sangre en el parto de un varón puede durar hasta el cuadragésimo día, en el de una hembra hasta el 80, o más bien que nunca excede estos límites, de modo que estos límites definen, no tanto lo máximo o lo más que sucede, sino lo más y máximo que no excede, como dicen los filósofos naturales.
Tropología: Partos de varón y de hembra
Tropológicamente, la mujer que da a luz un varón es el alma perfecta, que cultiva virtudes perfectas; ésta es purificada por una Cuaresma, esto es, por la penitencia de esta vida antes de la muerte, de modo que inmediatamente después vuele al cielo; pero la que da a luz una hembra, es decir, la que es más laxa y no aspira a las cumbres de las virtudes, después de esta Cuaresma de penitencia, sufrirá otra en el Purgatorio. Así Radulfo.
Versículo 6: Y cuando se hubieren cumplido los días de su purificación, traerá un cordero y un pichón
La cuestión aquí es a qué debe referirse la frase «por hijo o por hija»: si a lo que sigue, «traerá un cordero en holocausto», o a lo que precede, «los días de purificación». Pues los días de purificación por el parto de una hija eran más y más largos que los del hijo. De esta cuestión depende y debe resolverse otra: si los sacrificios aquí prescritos se ofrecían por la prole, o solo por la madre parturienta, o por la madre y la prole conjuntamente. Diversas son aquí las opiniones de los intérpretes y Doctores.
¿Por quién se ofrecían estos sacrificios?
Muchos sostienen que estos sacrificios se ofrecían en holocausto y por el pecado, tanto por la madre como por la prole. Así San Agustín, Cuestión 40, Hugo, Ruperto aquí, Beda, y Eutimio sobre Lucas 2, Barradio, libro X, capítulos 4, 5, 6, y San Eligio, homilía Sobre la Purificación; pues aunque por el sacramento de la circuncisión el infante hubiera sido purgado del pecado original, sin embargo todavía era considerado legalmente inmundo junto con la madre: pues era aún, por así decirlo, uno con la madre. De ahí que junto con la madre fuera expiado y santificado más por este sacrificio, y fuera consagrado a Dios por esta ceremonia legal. Favorece esta opinión lo que la Iglesia canta en los Responsorios 2 y 3 del primer nocturno en la fiesta de la Purificación: «Ofrecieron por Él (el niño Jesús) un par de tórtolas, o dos pichones».
Pero más probablemente Jansenio, capítulo 10 de la Concordancia, Toleto y Maldonado en Lucas 2:22, y otros, sostienen que la parturienta ofrecía éstos para la purificación no de la prole, sino de sí sola; pues esto se dice expresamente en el versículo 7: «La ofrecerá (el sacerdote) ante el Señor, y rogará por ella (no por él, es decir, el niño), y así será limpiada del flujo de su sangre». Nuevamente, en el último versículo: «Y el sacerdote rogará por ella, y así será limpiada». Por lo tanto, lo que se canta en la fiesta de la Purificación, «Ofrecieron por Él», debe entenderse indirecta y concomitantemente, como si dijera: Ofrecieron por su parto, o porque la Santísima María lo dio a luz. La prole, pues, no fue purgada del pecado original por este sacrificio, sino por la circuncisión; luego, si era primogénita, era presentada al Señor y redimida por cinco siclos, como consta de Números 3:47, comparado con Éxodo 13:13; cuya ley de redención de la prole primogénita es diferente de esta ley de purificación: pues ésta concierne solo a la madre parturienta. De ahí que en el versículo 7 se diga: «Ésta es la ley de la que da a luz varón o hembra».
De donde se sigue que «por hijo o por hija» debe referirse, no a «traerá», sino a «los días de purificación», que eran diferentes en el parto de una hija, a saber 80, y diferentes en el parto de un hijo, a saber 40, a cumplirse antes de que la madre viniera al templo y allí se expiase por los sacrificios aquí prescritos. Esto lo indican más claramente el hebreo y los Setenta.
Traerá un cordero de un año en holocausto
Para dar gracias a Dios por haber escapado de los peligros del parto, y para ofrecer su prole junto con el cordero en holocausto a Dios, para que Él la bendiga, y le otorgue y conserve la inocencia del cordero.
Un pichón o una tórtola por el pecado
Es decir, para la remoción de la inmundicia e irregularidad legal contraída en el parto. Pues esta inmundicia se llama pecado, a saber, pecado legal; especialmente porque ella, nacida del pecado original, significa claramente nuestra estirpe viciada en Adán, como dicen Hesiquio y San Agustín. Así la inmundicia legal contraída por la lepra o la menstruación se llama pecado, capítulo 14:12 y capítulo 15:30. Segundo, la parturienta ofrecería éstos al mismo tiempo también por pecados propiamente dichos, si hubiera cometido alguno durante su puerperio o en otras ocasiones.
El simbolismo de la tórtola
Con acierto se prescribe la tórtola o paloma como víctima purificatoria para las mujeres casadas y parturientas; pues la tórtola, gimiente, es símbolo de duelo y penitencia. Pues como dice el Poeta:
Ni dejará la tórtola de gemir desde el alto olmo.
Así no deje de gemir la penitente hasta que sea purificada. La voz de la tórtola oída en nuestra tierra, por tanto, es la voz de Magdalena gimiendo.
Asimismo: «Los naturalistas, dice San Jerónimo, libro I Contra Joviniano, refieren que ésta es la naturaleza de la tórtola: que si ha perdido a su pareja, no se une a otra; y entendamos que las segundas nupcias son también rechazadas por muchas aves». Cristo, sin embargo, no reprueba las segundas nupcias, sino que les prefiere la viudez y la continencia.
El simbolismo de la paloma
Las palomas, por su parte, son símbolo de castidad y fidelidad conyugal. Pues como dice Plinio, libro X, capítulo 34: «La modestia es lo principal entre las palomas, y el adulterio es desconocido para ambos sexos; no violan la fidelidad del lecho nupcial, y guardan un hogar común; soportan a los machos imperiosos, e incluso a los injustos». Así sea la castidad lo principal para los casados como para las palomas, sea desconocido el adulterio para ambos, guarden la fidelidad del matrimonio y un hogar común, amen a sus hijos, y los instruyan en la ley de Dios; la esposa soporte la autoridad de su marido, aunque sea difícil.
Ejemplos de fidelidad entre los gentiles
Tales tórtolas y palomas existieron incluso entre los gentiles. Valeria, preguntada por qué, después de la muerte de su esposo Servio, rehusaba casarse de nuevo, dijo: «Porque mi Servio, aunque muerto para los demás, vive en mi corazón, y vivirá para siempre». Annia, floreciente en edad y belleza, aconsejada por amigos a tomar un segundo esposo después de la muerte del primero, tanto por la esperanza de prole como por el amor mutuo, respondió: «De ningún modo haré esto. Pues si me caso con un hombre bueno, no quiero temer en lo sucesivo perderlo; pero si con uno malo, ¿qué demencia me empujaría a admitir a tal después del mejor?» Marcia, hija de Catón, preguntada por qué después de la muerte de su esposo rehusaba casarse con otro, respondió: «Porque no encontraría fácilmente un hombre que me quisiera a mí más que a mis bienes»; y de nuevo: «Feliz, dijo, y casta es la matrona que se casa una sola vez». La misma, cuando llevaba largo tiempo de luto por su esposo, al ser preguntada qué día tendría como último de su duelo, respondió: «El mismo que el último día de mi vida».
Con razón dice Propercio, Epigrama 15:
Sean las palomas unidas tu ejemplo en el amor,
macho y hembra, la totalidad del matrimonio.
Historias de palomas y castidad
Finalmente San Ambrosio, libro V del Hexamerón, capítulo 19: «La ley de Dios, dice, escogió esta ave como don de una ofrenda casta; la cual fue ofrecida cuando el Señor fue presentado, porque está escrito en la ley del Señor que dieran un par de tórtolas, o dos pichones. Pues éste es el verdadero sacrificio de Cristo: la castidad corporal y la gracia espiritual: la castidad se refiere a la tórtola, la gracia a la paloma».
Pero escuchad una historia maravillosa, de la cual aprenderéis cuánto es la paloma símbolo de castidad y piedad. Gregorio de Tours narra el asunto en su libro Sobre la Gloria de los Confesores, capítulo 34, y de él Baronio, en el año de Cristo 480.
Hubo en Auvernia cierta joven devota, consagrada a Dios, que, morando en el campo para que, apartada de la multitud de la ciudad, pudiera más libremente ofrecer a Dios dignas ofrendas de alabanza, se entregaba diariamente a ayunos y oraciones. Sucedió, pues, que cuando partió de este mundo, fue llevada a la basílica del pueblo para ser sepultada. Mas cuando fue levantado el féretro y el cuerpo comenzó a ser transportado por el camino, llegó una gran bandada de palomas y comenzó a volar sobre ella, y revoloteando aquí y allá a seguirla adondequiera que era llevada por sus vecinos. Cuando fue introducida en la basílica, toda la bandada fue vista posarse sobre el techo de la misma iglesia; y una vez fue sepultada, las palomas volaron hacia los cielos. De ahí que no sin merecimiento fue llamada Georgia, quien de tal modo ejercitó su mente con el cultivo espiritual, que habiendo obtenido el fruto del sesenta por uno de la virginidad, al partir de este mundo fue honrada con exequias celestiales, dice San Gregorio.
Adón refiere, y de él Baronio, en el año de Cristo 440, que la santa virgen y mártir Julia fue atormentada por el príncipe Félix, y finalmente crucificada, y de su boca salió una paloma y voló al cielo.
San Gregorio, libro IV de los Diálogos, en el capítulo sobre el Abad Spes mientras moría, escribe así: «Todos los hermanos vieron salir de su boca una paloma, que pronto, habiendo atravesado el techo abierto del oratorio, penetró en el cielo. Por lo tanto, debe creerse que su alma apareció en forma de paloma, para que Dios todopoderoso mostrara por esta misma forma con cuán simple corazón aquel hombre le había servido».
Versículo 7: Y así será limpiada del flujo de su sangre
Es decir, de la inmundicia legal que contrajo a causa del flujo de sangre del puerperio (es una metonimia o catacresis), para que en adelante pudiera acercarse al santuario, tocar cosas santas, ofrecer otras víctimas y participar de ellas.
Versículo 8: Mas si su mano no hallare, ni pudiere ofrecer un cordero
En hebreo: si su mano no hallare la suficiencia de un cordero, es decir, el precio que basta para comprar un cordero (así el Caldeo y los Setenta), a saber, si fuere más pobre, tomará dos tórtolas o dos pichones: uno en holocausto, y el otro por el pecado. Las parturientas ricas, por tanto, debían ofrecer un cordero en holocausto, y una tórtola o un pichón por el pecado; pero las pobres, solo dos tórtolas o dos pichones: uno en holocausto, el otro por el pecado, como hizo la Santísima Virgen, pobre tanto de espíritu como de bienes; aunque ella lo hizo, no porque fuera pobre de espíritu, es decir, porque amara la pobreza, como sostiene Abulense, sino porque verdaderamente era pobre y necesitada de bienes: pues de tales personas habla esta ley.
Lección moral: La generosidad de los pobres
Moralmente, aprended aquí lo que dice San Gregorio Nacianceno en su oración Sobre el Santo Bautismo: «Nada, dice, es altamente estimado ante Dios, que tampoco un pobre pueda dar». Pues Dios no pide tanto el don cuanto el afecto del donante; y, como dice San Gregorio, homilía 5 sobre el Evangelio, «ante los ojos de Dios nunca está vacía la mano de un don, si el arca del corazón está llena de buena voluntad: pues nada se ofrece a Dios más ricamente que la buena voluntad». De ahí que Juan Gerson, Canciller de París, diga: «Dios no busca sustantivos, sino adverbios», es decir, «no atiende a qué haces, sino a cómo lo haces», como dice San Bernardo.
De ahí que la viuda que ofreció solo dos pequeñas monedas agradó a Cristo más que todos los demás que ofrecían grandes cantidades. Si, pues, tienes mucho, da mucho; si poco, da poco, pero con una grande y liberal voluntad de dar más, si lo tuvieras; así la liberalidad de tu corazón provocará la liberalidad de Dios hacia ti para que recibas más: pues Dios no permite ser superado en liberalidad. Leoncio refiere algo maravilloso de San Juan el Limosnero, Patriarca de Alejandría: «Dios, dice, le envía muchas bendiciones, pero él no retiene nada que no dé inmediatamente a los pobres. Muchas veces algunas personas lo encontraron diciendo con exultación a Dios: "Así, así, o tú enviando, o yo distribuyendo, veremos quién vence. Pues es claro que tú eres rico, oh Señor, y el que tiene misericordia de nuestra vida"».
Nota sobre la ceremonia de la purificación
Nótese: Junto con la purificación de la parturienta, el infante también era ofrecido a Dios, si era primogénito, como consta de Lucas 2:22, y era redimido por cinco siclos, como consta de Números 18:16. Además, es verosímil que primero se purificaba la madre, y luego ofrecía a su infante, como sostiene Francisco Lucas en Lucas 2. Donde nótese: éste era el rito y el orden de ambas ceremonias.
Primero, la parturienta venía al atrio de los inmundos, y allí se detenía; pues no podía entrar en el atrio de los puros, siendo inmunda, antes de su purificación.
Segundo, ofrecía tórtolas o un pichón por el pecado: es verosímil que también fuera rociada con el agua de ceniza de la becerra roja; pues ésa era, por así decirlo, el agua lustral en toda purificación.
Tercero, ofrecía el infante a Dios, y lo redimía.
Cuarto, cumplido todo, como acción de gracias ofrecía a Dios un cordero o una tórtola, o un pichón en holocausto. Pero más sobre estas cosas en Lucas 2. Estos dos últimos actos los realizaba la parturienta (estando ya purificada) de pie en el atrio de los puros. Pues allí ofrecía al infante a la entrada del tabernáculo, y allí desde lejos contemplaba su holocausto, que era ofrecido en el atrio de los sacerdotes; pues entre el atrio de los sacerdotes y el de los laicos solo había un muro, o un tabique de tres pies de alto, de modo que los laicos desde su atrio podían contemplar las víctimas y demás cosas que se hacían en el atrio de los sacerdotes.