Cornelius a Lapide
Índice
Sinopsis del capítulo
Se describen los signos y siete especies de lepra: la primera es la lepra blanca y brillante (v. 3); la segunda es la lepra recurrente (v. 7); la tercera es la lepra arraigada (v. 10); la cuarta es la lepra muy limpia (v. 13); la quinta es la lepra de la cabeza y la barba (v. 29); la sexta es la lepra en la calvicie (v. 42); la séptima es la lepra de las vestiduras (v. 47). Finalmente, en el versículo 44, cinco cosas se mandan al leproso: primero, que tenga vestiduras rasgadas; segundo, la cabeza descubierta; tercero, la boca cubierta; cuarto, que clame que está contaminado e inmundo; quinto, que habite solo fuera del campamento.
Texto de la Vulgata: Levítico 13:1-59
1. Y el Señor habló a Moisés y a Aarón, diciendo: 2. Si un hombre tuviere en la piel de su carne un color diferente, o una pústula, o algo como brillante — esto es, plaga de lepra — será llevado a Aarón el sacerdote, o a cualquiera de sus hijos. 3. Y cuando viere la lepra en la piel, y los pelos mudados a color blanco, y la apariencia de la lepra más hundida que la piel y el resto de la carne, es plaga de lepra, y a su juicio será separado. 4. Pero si hubiere blancura brillante en la piel, y no más hundida que el resto de la carne, y los pelos de su color anterior, el sacerdote lo encerrará por siete días, 5. y lo examinará el día séptimo; y si ciertamente la lepra no ha crecido más ni ha traspasado sus primeros límites en la piel, lo encerrará de nuevo por otros siete días, 6. y el día séptimo lo examinará: si la lepra fuere más oscura y no ha crecido en la piel, lo declarará limpio, porque es sarna; y el hombre lavará sus vestiduras y será limpio. 7. Pero si después de haber sido visto por el sacerdote y restituido a la limpieza, la lepra creciere de nuevo, será llevado ante él, 8. y será condenado de inmundicia. 9. Si la plaga de lepra estuviere en un hombre, será llevado al sacerdote, 10. y él lo examinará. Y cuando el color blanco estuviere en la piel, y hubiere cambiado el aspecto de los cabellos, y la misma carne viva apareciere: 11. será juzgada lepra muy antigua e inveterada en la piel. El sacerdote por tanto lo declarará inmundo y no lo encerrará, porque la inmundicia es manifiesta. 12. Pero si la lepra brotare extendiéndose por la piel, y cubriere toda la piel desde la cabeza hasta los pies, cuanto cayere bajo la vista de los ojos, 13. el sacerdote lo examinará y juzgará que tiene una lepra muy limpia: porque toda se ha vuelto blanca, y por ello el hombre será limpio. 14. Pero cuando la carne viva apareciere en él, 15. entonces por juicio del sacerdote será declarado inmundo y será contado entre los inmundos: pues la carne viva, si está salpicada de lepra, es inmunda. 16. Pero si de nuevo se volviere a blancura y cubriere a todo el hombre, 17. el sacerdote lo examinará y lo declarará limpio. 18. Pero la carne y la piel en la que una úlcera hubiere nacido y sanado, 19. y en el lugar de la úlcera apareciere una cicatriz blanca o rojiza, el hombre será llevado al sacerdote: 20. quien, cuando viere el lugar de la lepra más hundido que el resto de la carne, y los pelos vueltos a blancura, lo declarará inmundo: pues la plaga de lepra ha nacido en la úlcera. 21. Pero si el pelo fuere de su color anterior, y la cicatriz algo oscura, y no más hundida que la carne vecina, lo encerrará por siete días; 22. y si ciertamente hubiere crecido, lo adjudicará a la lepra. 23. Pero si se hubiere detenido en su lugar, es cicatriz de úlcera, y el hombre será limpio. 24. Pero la carne y la piel que el fuego hubiere quemado, y sanada tuviere una cicatriz blanca o roja, 25. el sacerdote la examinará, y he aquí que se ha vuelto a blancura, y su lugar es más hundido que el resto de la piel: lo declarará inmundo, porque la plaga de lepra ha nacido en la cicatriz. 26. Pero si el color de los pelos no se hubiere mudado, ni la plaga fuere más hundida que el resto de la carne, y la apariencia de la lepra misma fuere algo oscura, lo encerrará por siete días, 27. y el día séptimo lo examinará: si la lepra hubiere crecido en la piel, lo declarará inmundo; 28. pero si la blancura se hubiere detenido en su lugar, no suficientemente clara, es plaga de quemadura, y por ello será declarado limpio, porque es cicatriz de quemadura. 29. Un hombre o mujer en cuya cabeza o barba hubiere brotado lepra, el sacerdote los examinará, 30. y si ciertamente el lugar fuere más hundido que el resto de la carne, y el cabello amarillo y más delgado de lo acostumbrado, los declarará inmundos, porque es lepra de la cabeza y la barba. 31. Pero si viere el lugar de la mancha igual a la carne vecina, y el cabello negro, lo encerrará por siete días, 32. y el día séptimo lo examinará. Si la mancha no ha crecido, y el cabello es de su propio color, y el lugar de la plaga es igual al resto de la carne: 33. el hombre será rasurado excepto en el lugar de la mancha, y será encerrado por otros siete días. 34. Si el día séptimo la plaga parece haberse detenido en su lugar, y no más hundida que el resto de la carne, lo declarará limpio, y habiendo lavado sus vestiduras será limpio. 35. Pero si después de la purificación la mancha hubiere crecido de nuevo en la piel, 36. no inquirirá más si el cabello se ha mudado a color amarillo, porque manifiestamente es inmundo. 37. Además, si la mancha se hubiere detenido y los cabellos fueren negros, sepa que el hombre está sanado, y pronúncielo limpio con confianza. 38. Un hombre o mujer en cuya piel apareciere una blancura, 39. el sacerdote los examinará; si descubriere que una blancura algo oscura brilla en la piel, sepa que no es lepra sino mancha de color blanco, y el hombre es limpio. 40. Un hombre de cuya cabeza caen los cabellos es calvo y limpio; 41. y si los cabellos hubieren caído de la frente, tiene calvicie frontal y es limpio. 42. Pero si en la calvicie o en la calvicie frontal hubiere surgido un color blanco o rojo, 43. y el sacerdote lo hubiere visto, lo condenará sin duda de lepra que ha surgido en la calvicie. 44. Quienquiera, pues, que hubiere sido manchado de lepra y separado a juicio del sacerdote, 45. tendrá vestiduras rasgadas, la cabeza descubierta, la boca cubierta con vestidura, y clamará que está contaminado e inmundo. 46. Todo el tiempo que sea leproso e inmundo, habitará solo fuera del campamento. 47. Una vestidura de lana o de lino que tuviere lepra, 48. en la urdimbre y la trama, o ciertamente una piel, o cualquier cosa hecha de piel, 49. si estuviere infectada con una mancha blanca o roja, será tenida por lepra y será mostrada al sacerdote, 50. quien habiéndola examinado la encerrará por siete días; 51. y el día séptimo mirándola de nuevo, si descubriere que ha crecido, es lepra persistente: juzgará la vestidura contaminada, y todo aquello en que se hubiere hallado; 52. y por ello será quemada con llamas. 53. Pero si viere que no ha crecido, 54. mandará, y lavarán aquello en que está la lepra, y lo encerrará por otros siete días. 55. Y cuando viere que ciertamente no ha vuelto a su aspecto anterior, pero sin embargo la lepra no ha crecido, lo juzgará inmundo y lo quemará con fuego, porque la lepra se ha extendido por la superficie de la vestidura o por toda ella. 56. Pero si el lugar de la lepra fuere más oscuro después de lavada la vestidura, lo arrancará y lo separará de todo lo demás. 57. Pero si apareciere además en aquellos lugares que antes estaban sin mancha — lepra volátil y errante — deberá ser quemada con fuego; 58. si hubiere cesado, lavará con agua las partes que están limpias, una segunda vez, y serán limpias. 59. Esta es la ley de la lepra de vestidura de lana o de lino, de la urdimbre y la trama, y de todo artículo hecho de piel: cómo debe ser declarada limpia o inmunda.
Versículo 1: El Señor habló a Moisés y a Aarón
Se pregunta: ¿qué clase de lepra era esta lepra de los judíos?
Digo en primer lugar que esta lepra era una enfermedad o defecto, a menudo natural, pero a menudo también enviada sobre los judíos por la especial providencia de Dios, especialmente para castigar sus pecados más graves: ya fuera de simonía, pues por esta causa Guejazí fue herido de lepra por Eliseo (4 Reyes 5:27); ya de sacrilegio, pues por esta causa el rey Ozías, usurpando el sacerdocio y queriendo quemar incienso, fue herido de lepra por Dios (2 Paralipómenos 26:21); ya de homicidio, pues por esta causa David imprecó la lepra sobre Joab, que mató a Abner (2 Reyes 3:29); ya de murmuración y rebelión, especialmente contra los sacerdotes, pues así María, hermana de Moisés, murmurando contra Moisés, fue atacada de lepra (Números 12:10).
Sobre esta materia, el pasaje de Deuteronomio 24:8 es notable, donde Dios expresamente amenaza con lepra a quienes se niegan a obedecer a los sacerdotes. «Cuidad», dice, «diligentemente de no incurrir en la plaga de lepra, sino (para evitarla) haréis cuanto os enseñen los sacerdotes de estirpe levítica, conforme a lo que les he mandado, y cumplidlo cuidadosamente. Recordad lo que el Señor vuestro Dios hizo a María.» Por tanto, esta lepra a menudo no fue tanto una enfermedad natural cuanto una plaga divina, como mostraré más ampliamente en el versículo 47.
Y esta fue la razón por la que Dios confió el juicio y la expiación de la lepra a los sacerdotes, y por la que quiso que los leprosos se presentasen y mostrasen ante los sacerdotes, para que fuesen declarados por ellos o limpios de lepra o todavía contaminados. A saber, para que se viesen obligados a humillarse ante los sacerdotes, contra quienes soberbiamente se habían levantado, y así expiasen la culpa y el castigo de su soberbia mediante esta humillación. Así María, levantándose contra Moisés, fue herida de lepra, de la cual no fue sanada sino por la ayuda y las oraciones de Moisés (Números 12:11). Hubo también otra razón, a saber, que los leprosos en la ley antigua eran como irregulares: pues eran inmundos no solo naturalmente sino también legalmente, de modo que estaban excluidos no solo del trato con los hombres sino también del templo y de los ritos sagrados. Ahora bien, esta irregularidad no podía ser removida por un médico, sino solo por un sacerdote. Por tanto, para que fuese removida, debían presentarse al sacerdote y suplicarle, quien los expiaba y los restituía a los ritos sagrados según el ritual que Dios prescribió en el capítulo 14.
Versículo 2: La naturaleza de la lepra de los judíos
Digo en segundo lugar: La lepra de los judíos era disímil y diferente de nuestra lepra, que es más propiamente elefantiasis que lepra. El Abulense lo niega y considera que nuestra lepra es la misma que la lepra de los judíos, pero ahora más corrosiva de lo que fue entonces. Pero que no era la misma queda claro: primero, porque, como diré pronto, la lepra de los judíos estaba casi enteramente en la piel; la nuestra, en cambio, devora carne y huesos. Segundo, la lepra de los judíos invadía también las vestiduras y los muros y las casas, como es claro por el versículo 29; pero no hay ahora lepra alguna que ataque a las vestiduras o casas. Tercero, nuestra lepra es incurable; pero la lepra de los judíos era curable y a menudo se curaba, como es claro por este capítulo y el siguiente. Ni debe esto parecer sorprendente: pues vemos que cada región y cada clima tiene sus propias cualidades y afecciones, y asimismo sus propias enfermedades; es más, una y la misma enfermedad en un clima diferente es diferente y tiene diferentes síntomas. Y esta fue la razón por la que en tiempo de la guerra santa (las Cruzadas), tantos belgas, franceses y alemanes que regresaban a casa desde Judea volvieron leprosos, y por tanto se erigieron en todas partes tantos hospitales de leprosos, que aún hoy subsisten pero sin ningún leproso.
Digo en tercer lugar: La lepra de los judíos era semejante a la antigua lepra de los griegos, de la cual Hipócrates en su libro Sobre las afecciones dice así: «La lepra, y el prurito, y la sarna, y el impétigo, y el vitíligo, y la alopecia nacen de la flema; son deformidades más que enfermedades.» La razón es la siguiente: pues la antigua lepra de los judíos, como dice San Agustín (Libro II de Cuestiones sobre los Evangelios, Cuestión 40), era a menudo más un defecto del color que de la salud o de la integridad de los sentidos y los miembros, y por esta razón se dice que los leprosos fueron no sanados sino limpiados por Cristo. Tal era la lepra de los griegos, o la lepra común: pues como rectamente prueba el insigne médico Juan Mainardo a partir de Galeno (Libro VI de sus Epístolas), la lepra es un defecto leve de la piel, tan semejante a la sarna que apenas puede distinguirse de ella. De igual modo, dice Cayetano, esta lepra de los judíos era una enfermedad, o más bien un defecto que residía en la piel más que en la carne, y este múltiple y variado; y así la misma sarna se llama aquí lepra, si es más grave y excede la clase común y simple. Por ello Francisco Valles, insigne médico, examinando cuidadosamente esta lepra en su libro De la Filosofía Sagrada (capítulo 19), sostiene que por esta lepra deben entenderse varios defectos de la piel y deformidades del cuerpo externo, de los cuales uno nace de otro, y esto por un exceso de flema o melancolía, mediante el aumento o disminución variable de una u otra. De ahí que él crea que en este capítulo, versículos 6 y 39, se describe el vitíligo; en los versículos 3 y 7, la sarna con escamas, que se llama liquen o impétigo; en el versículo 9, la elefantiasis o su comienzo; en el versículo 29, los acores (tiña); en el versículo 38, la alopecia u ofiasis — como explicaré más ampliamente a partir de él en cada versículo.
Digo en cuarto lugar que la lepra aquí no es una sola enfermedad, sino una variada y múltiple, que difiere no solo en especie sino también en género, y por ello se extiende analógicamente a defectos de las vestiduras y las casas. Pues estas formas de lepra descritas en este capítulo no son tanto enfermedades cuanto deformidades o cierta putrefacción de la piel, y estas variadas y múltiples. De ahí que no sea sorprendente que se apliquen no solo a cosas animadas sino también a inanimadas, especialmente cuando son producidas por alguna causa común y se propagan ampliamente: pues el aire, que solo puede ser la causa común de las enfermedades populares, toca y rodea las cosas inanimadas por todos lados tanto como las animadas — aunque las afecta de diverso modo, no solo las inanimadas sino también las mismas animadas. Pues hay diferencia entre la lepra de un hombre, un buey, una oveja y un cerdo. Sin embargo, la lepra de todos es la misma analógicamente, y todas estas formas de lepra están relacionadas y emparentadas entre sí, de modo que hay contagio mutuo, y las cosas animadas pueden transmitir la lepra a las inanimadas. Pues esta lepra, como dije, no es tanto una enfermedad cuanto una corrosión, corrupción y cierta putrefacción; pues todas las cosas pueden pudrirse excepto el fuego, pero solo las cosas vivas pueden enfermar. Hasta aquí Valles (capítulos 19 y 20). A lo cual, sin embargo, creo que debe añadirse que esta lepra de los judíos no era en todos los aspectos semejante a la lepra de los griegos, que comúnmente es llamada lepra por los médicos y reside en la piel; sino más bien era algo intermedio entre la lepra y la elefantiasis, y viciaba no solo la piel sino también el aliento y consecuentemente los órganos internos; por esta razón en el versículo 45 se ordena a los leprosos cubrirse la boca, para que no infecten a otros con su aliento fétido. Pues aunque esta ley es ceremonial, sin embargo ella, como las demás, se funda en la naturaleza y en esta causa natural. Además, que a menudo no fue tanto natural o nacida de causas naturales, sino especialmente infligida por Dios a los judíos como plaga — y por ello las causas y síntomas físicos y médicos de esta lepra no pueden ahora ser plenamente asignados por los médicos — lo mostré poco antes y lo mostraré más ampliamente en el versículo 47.
Versículo 3: La primera especie — lepra blanca y brillante
2. SI UN HOMBRE TUVIERE EN LA PIEL DE SU CARNE UN COLOR DIFERENTE, O UNA PÚSTULA, O ALGO COMO BRILLANTE, ESTO ES, PLAGA DE LEPRA — así también el caldeo. Pero en el hebreo el orden es diferente; pues leen así: «cuando hubiere una hinchazón o una pústula, o una mancha adherida a la carne» (lo que nuestro traductor vierte como «color diferente»), «o algo blanquecino, de modo que sea en su carne como plaga de lepra» — esto es, de modo que parezca ser lepra o suscite sospecha de lepra. Los Setenta traducen como «cicatriz de significación, o brillante». «De significación» — esto es, que significa que es lepra. Así Hesiquio. Nótese la palabra «brillante», a saber, de modo que parezcan como escamas o copos relucientes semejantes al salvado; pues estos pueden ser los comienzos de un defecto que se torna maligno y en alguna especie de lepra, dice Valles.
SERÁ LLEVADO A AARÓN EL SACERDOTE. — Porque pertenece al sacerdote juzgar si alguien es apto — esto es, limpio — de modo que le sea permitido entrar en el santuario, o inmundo e inepto, de modo que deba ser excluido de él; y consecuentemente le pertenece juzgar acerca de la lepra, si existe y de qué clase es. En segundo lugar, porque los antiguos sacerdotes que juzgaban entre lepra y lepra eran tipo de los sacerdotes de la nueva ley, a quienes Cristo comunicó la potestad de atar y desatar a los pecadores. Así San Jerónimo sobre Mateo 16, y San Juan Crisóstomo (Libro III, Sobre el sacerdocio).
3. CUANDO VIERE LA LEPRA EN LA PIEL Y LOS PELOS MUDADOS A COLOR BLANCO. — Pues la blancura de los pelos arguye corrupción y defecto de la carne de la que nacen. Pues la lepra, dice San Cirilo (Libro XV, Sobre la Adoración, folio 309), nace del hecho de que la carne muere: pues la úlcera inmediatamente se ahonda cuando la piel es consumida, y siempre se arrastra más profundamente; de donde sucede que el pelo que brota en aquellas partes, languideciendo, se vuelve blanco, y, como una planta, se corrompe junto con la tierra que está debajo.
Esta es la primera especie de lepra, que por los médicos, dice Valles (citado arriba), es llamada liquen, o impétigo, o lepra volátil, porque se arrastra y como que vuela por las partes; por los árabes es llamada barras o albarras (blanca), y se genera de la flema salada o la melancolía. Dos signos de ella se dan aquí: primero, que los pelos que nacen de la piel leprosa mudan a color blanco; segundo, que la lepra misma es más hundida que el resto de la piel. La razón de estos la da Valles del modo siguiente: «Pues puesto que,» dice, «aquellos líquenes malignos nacen de la flema salada, ya sola o mezclada con bilis negra, es necesario que, donde el temperamento de la parte ha sido grandemente debilitado y mudado como en la naturaleza del mismo excremento, la piel sea excesivamente salada, y por tanto seca y contraída, y más hundida que el resto de la piel que está sana.»
Asimismo: «Puesto que las cosas que nacen corresponden a las cosas de las que nacen, donde la piel, a causa de la flema, ha sido hecha tan blanca que ha mudado el modo mismo de su sustancia a uno más blanco, también hará blancos los pelos que de ella nacen.»
Y LA MISMA APARIENCIA DE LA LEPRA — En hebreo, «el aspecto de la plaga», esto es, la forma aparente de la lepra. Véase Canon 30.
MÁS HUNDIDA. — Pues la lepra consume tanto la piel como la carne.
Y A SU JUICIO SERÁ SEPARADO. — En hebreo: «y el sacerdote lo examinará y lo juzgará inmundo»; y consecuentemente debe ser separado y enviado fuera del campamento. En este capítulo se describen las marcas por las cuales puede discernirse quiénes están infectados con lepra grave y quiénes con leve; quiénes pueden curarse fácilmente y quiénes son incurables: de modo que los hallados con simple sarna fuesen juzgados limpios y despedidos; aquellos de quienes había esperanza de que pudiesen ser limpiados fuesen confinados; pero aquellos que pareciesen de limpieza desesperada fuesen completamente separados y arrojados fuera del campamento.
Versículo 4: Blancura brillante en la piel
4. PERO SI HUBIERE BLANCURA BRILLANTE EN LA PIEL. — «La blancura,» dice San Cirilo (Libro XV), «es una enfermedad de la carne (o más bien de la piel) muy semejante a la lepra, salvo que el mal no penetra en la profundidad, sino que brota en la superficie del cuerpo, ni muda el pelo a color blanco; ni se extiende tan ampliamente que no pueda ser contenida, sino que se cura con remedios leves.»
Versículo 5: Reclusión por una segunda semana
5. LO ENCERRARÁ POR OTROS SIETE DÍAS. — Dios aquí manda que el leproso sea confinado por una segunda semana; al final de la cual, si la lepra fuere más oscura y no hubiere crecido en la piel arrastrándose más profunda o ampliamente — esto es, si las manchas no se han extendido y los signos de lepra se han vuelto más oscuros, de modo que la blancura que suscitaba sospecha de lepra haya cambiado ahora a oscuridad o haya dejado de ser oscura — manda que sepan que no es verdadera lepra sino psora (sarna), y que el hombre sea despedido después de lavar sus vestiduras. Pues es limpio — esto es, no es leproso sino solo sarnoso; lo cual es leve y será remediado con el solo uso de vestiduras muy limpias de lino y lana, y una dieta saludable, precedida, si fuere necesario, de alguna evacuación del cuerpo. Así Valles.
Nótese que aquí y frecuentemente más abajo, se llama «lepra» a aquello que parecía serlo, o sobre lo cual había sospecha de que fuese lepra, aunque después se descubriese que no era lepra.
Versículo 6: Lo declarará limpio
6. LO DECLARARÁ LIMPIO — esto es, lo declarará y pronunciará limpio. Es similar en el versículo 34 y en Génesis 41:13, donde el copero dice: «Yo fui restituido a mi oficio, él (el panadero) fue colgado»; en lugar de lo cual en hebreo se lee: «me restituyó a mi oficio, lo colgó a él» — a saber, José, por su profecía.
Versículos 7-8: La segunda especie — lepra recurrente
7 y 8. PERO SI DESPUÉS DE HABER SIDO VISTO POR EL SACERDOTE Y RESTITUIDO A LA LIMPIEZA, LA LEPRA CRECIERE DE NUEVO, SERÁ LLEVADO ANTE ÉL Y SERÁ CONDENADO DE INMUNDICIA. — Esta es la segunda especie de lepra — la recurrente o que vuelve. Pues será condenado de tal lepra porque han aparecido en él signos de una lepra permanente y arraigada; pues una enfermedad repetida significa una gran disposición del cuerpo hacia ella y una propensión a la misma, y que en la naturaleza viciosa del cuerpo se esconde la raíz, por así decirlo, de la enfermedad. Pero una enfermedad hacia la cual el cuerpo está muy inclinado fácilmente se vuelve habitual; y así como el crecimiento de las manchas, también su recurrencia es un signo sospechoso y malo, y con razón se considera que una lepra que ha recurrido una vez recurrirá a menudo, y el hombre nunca estará seguro de la inmundicia: por ello será condenado de inmundicia. Así Valles.
Tropológicamente, la lepra es cualquier pecado, dice Teodoreto, y especialmente la herejía, dicen Ruperto y Beda (aunque la herejía es propiamente lepra de la cabeza, como diré en el versículo 29); la piel y su color es la apariencia visible de la conducta humana; la carne es la conciencia interna; los pelos son los pensamientos que se revelan. Cuando la lepra aparece en estos — a saber, la pérdida de su condición y color anteriores — o una pústula, esto es, una corrupción de la conciencia — o algo brillante, esto es, una culpa evidentemente reluciente — el sacerdote debe separarlo de la asamblea de los fieles por siete días, hasta que la lepra sea o plenamente diagnosticada o corregida. Si aparece más oscura y no ha crecido, es sarna, esto es, una falta más leve; pero si ha crecido de nuevo, es lepra, esto es, una deliberación viva y perseverante de pecar. Así Radulfo.
San Luis, rey de Francia, preguntó una vez al senescal de Champaña si preferiría ser infectado con lepra o con pecado. Y cuando este respondió «con pecado», el rey lo reprendió severamente: «Erráis por completo», dijo. «¿Qué lepra es más inmunda que el pecado, que aflige aun después de la muerte? Si, pues, me amáis, cambiad de parecer.» Así lo refiere Joinville en su Vida (capítulo 94).
Del mismo sentir y opinión fue el otro San Luis, nacido de estirpe regia, que de franciscano llegó a ser obispo de Toulouse; pues solía decir: «Perezca primero para mí, no digo este reino perecedero, sino el mundo entero, antes que yo peque siquiera una vez contra mi Dios, cuyo honor sé que debe anteponerse a todas las cosas.» Así lo afirma su Vida (capítulo 10).
Versículos 10-11: La tercera especie — lepra arraigada
10 y 11. SI LA MISMA CARNE VIVA APARECIERE, SERÁ JUZGADA LEPRA MUY ANTIGUA. — Esta es la tercera especie de lepra, a saber, la lepra arraigada, que está en la carne viva, mientras que la anterior estaba en la piel y los pelos. Pues es menos grave que solo el color de la piel cambie, que también el de los pelos; pero más grave que ambas cosas es que la misma carne viva debajo de la piel esté salpicada de lepra, de modo que sea blanca y haya perdido el modo de la sustancia carnal. Pues esto es claramente la marca de una lepra muy antigua e inveterada en la piel, porque nace de la flema salada que, excretada por la fuerza expulsiva, ha invadido no solo la piel sino también la carne debajo de ella y la ha mudado en la naturaleza de humor viciado. Si esto es así — esto es, si la carne debajo es leprosa — los médicos lo comprueban mediante frotamiento y con aguja: pues si la carne frotada no enrojece, y si al ser pinchada con una aguja no produce sangre sino un humor lechoso o acuoso que ha aparecido en ella (habiendo sido consumida la piel), si produce humedad, es señal de que está infectada de lepra: esta lepra es elefantiasis, especialmente si se alimenta de la carne y la devora. Así lo explica Valles a partir de Galeno, Avicena y Pablo de Egina.
Tropológicamente, Radulfo dice: la lepra de la carne que no es viva es una mala deliberación que, aunque vive, es rápidamente mortificada; pero la lepra de la carne viva es aquella que, siendo obstinada, se arraiga más vehementemente, y no admite la clausura de la admonición sacerdotal: por ello, antes de que se arraigue y se extienda, que sea destruida por la confesión y la penitencia. Pues, como dice San Juan Crisóstomo, Homilía 36 al Pueblo, el diablo apremia fieramente, buscando ganar algún acceso: y si logra siquiera un breve respiro y dilación, induce un gran torpor. Y el rey Teodorico, en Casiodoro, Epístola 14, Libro III de las Varias: «El mal,» dice, «cuando persiste, aumenta; y el bien remedial contra el pecado es la corrección acelerada.»
11. EL SACERDOTE POR TANTO LO DECLARARÁ INMUNDO. — «Lo declarará inmundo», esto es, lo juzgará inmundo: así se entiende en todo este capítulo la expresión «lo declarará inmundo», en los versículos 11, 20, 23, 27, 30. Véase Canon 11.
Versículos 12-13: La cuarta especie — lepra muy limpia
12 y 13. PERO SI LA LEPRA BROTARE EXTENDIÉNDOSE POR LA PIEL, Y CUBRIERE TODA LA CARNE DESDE LA CABEZA HASTA LOS PIES, CUANTO CAYERE BAJO LA VISTA DE LOS OJOS, EL SACERDOTE LO EXAMINARÁ Y JUZGARÁ QUE TIENE UNA LEPRA MUY LIMPIA. — Esta es la cuarta especie de lepra, que se llama muy limpia, esto es, una enfermedad cutánea mínimamente contagiosa. De ahí que el hebreo, el caldeo y el griego tengan (lo que poco después sigue también en el latín), lo juzgará limpio de lepra, porque en efecto esta enfermedad cutánea que se extiende por todo el cuerpo es meramente una purgación de la naturaleza, que se purga vigorosamente por todos lados y expulsa los humores viciados: es diferente cuando se asienta en una parte, lo que indica un defecto interior de esa parte, o al menos una débil fuerza expulsiva. Pues en las disposiciones viciadas y los malos humores de los cuerpos, los médicos juzgan como lo mejor que broten abundantemente por medio de viruelas, sarna y otras excreciones: pues lo que no brota permanece adentro, y afecta e infecta el corazón y los demás órganos vitales. Así lo explica Valles a partir de Hipócrates.
Tropológicamente, la lepra que se extiende por la piel es la falsa infamia de crímenes con la que Cristo y los santos, especialmente en la Iglesia primitiva, fueron salpicados y por tanto afligidos: esta se extiende porque no halla lugar donde pueda establecerse verdaderamente; se vuelve blanca, esto es, se torna en alabanza cuando se conoce la verdad del asunto; y por ello se estima como lepra muy limpia, puesto que por ella el hombre más bien crece en paciencia, méritos y gloria, cuando padece la sospecha de un crimen sin haberlo cometido. Así Radulfo. De ahí que se diga de Cristo, Isaías 53:4: «Y nosotros lo tuvimos como leproso, y herido de Dios, y humillado.» Ved cómo esta lepra, a saber la infamia, realmente tocó y afligió la piel de Cristo.
Versículos 14-15: Aparición de carne viva
14 y 15. PERO CUANDO LA CARNE VIVA (salpicada de lepra) APARECIERE EN ÉL (habiendo sido consumida la piel), ENTONCES POR JUICIO DEL SACERDOTE SERÁ DECLARADO INMUNDO — será declarado contaminado. Véanse los versículos 6 y 11.
Versículos 16-17: Volver de nuevo a la blancura
16 y 17. PERO SI SE VOLVIERE DE NUEVO A BLANCURA Y CUBRIERE A TODO EL HOMBRE, EL SACERDOTE LO EXAMINARÁ Y LO DECLARARÁ LIMPIO — porque esto es señal de que la carne se está sanando y cubriéndose de nuevo de piel por todos lados.
Versículos 18-19: Lepra que surge en cicatrices de úlceras
18 y 19. PERO LA CARNE Y LA PIEL EN LA QUE UNA ÚLCERA HUBIERE NACIDO Y SANADO, Y EN EL LUGAR DE LA ÚLCERA UNA CICATRIZ BLANCA APARECIERE, O ALGO ROJIZA. — Nada más se dice aquí sino que la lepra ya descrita en el versículo 3 y siguientes puede desarrollarse en las úlceras (ya hayan surgido espontáneamente o hayan sido causadas por quemaduras), esto es, en cicatrices sanadas; ni esto es sorprendente, porque las úlceras surgen espontáneamente en las partes débiles, a causa de los malos humores enviados a ellas, y las partes que una vez fueron ulceradas, aunque se cubran con una cicatriz, permanecen sin embargo más débiles; por lo cual las mismas úlceras suelen renovarse a menudo en esas mismas partes, y la materia de la lepra emerge en la misma zona. Ahora bien, la lepra que surge aquí tiene las mismas señales que en las demás partes: a saber, su primera señal es una mancha que se extiende; segunda, un lugar más hundido que la piel circundante; tercera, pelos mudados a blanco: pues estas son las señales de la lepra verdadera y maligna; las contrarias son señales de una enfermedad cutánea limpia.
Nótese: «algo rojiza» significa algo roja; porque aunque la mancha de lepra en la piel circundante es blanca, en la cicatriz dejada por las úlceras a veces se vuelve algo roja, porque la sangre con que la parte se nutre se transforma mal debido a la debilidad de esa parte, lo cual es la causa de las manchas. Así Valles.
Versículo 23: La cicatriz permanece en su lugar
23. PERO SI SE HUBIERE DETENIDO EN SU LUGAR, ES CICATRIZ DE ÚLCERA, Y EL HOMBRE SERÁ LIMPIO — porque si fuese lepra, no se detendría sino que se extendería; por tanto, lo que aparece blanco o rojizo en tal cicatriz proviene de la úlcera precedente, y no es lepra.
Versículo 24: Manchas blancas o rojizas por quemaduras
24. BLANCA O ROJIZA — porque si fuese de una quemadura, sería negra; por tanto, puesto que es blanca o rojiza, hay sospecha de que sea lepra.
Versículo 28: La marca de una quemadura
28. PERO SI LA BLANCURA SE HUBIERE DETENIDO EN SU LUGAR Y NO FUERE MUY BRILLANTE (oscura, como dijo poco antes), ES MARCA DE QUEMADURA — infligida y dejada por una quemadura.
Tropológicamente, la úlcera significa la corrupción de los actos vergonzosos, por los cuales la apariencia de la honestidad humana es violada; la marca de la quemadura significa la ira y la envidia: si estas, habiendo sido sanadas, brotan de nuevo y muestran una mancha blanca, esto es, los halagos de los placeres, o rojiza, esto es, la apariencia sangrienta de las discordias, el sacerdote examinará como arriba, etc.: pues cualquiera de las dos manchas puede nacer de cualquiera de los dos vicios. Así Radulfo.
Versículo 29: La quinta especie — lepra de la cabeza y la barba
29. UN HOMBRE O MUJER, EN CUYA CABEZA O BARBA HUBIERE BROTADO LEPRA — de modo que la lepra de la piel y la carne se manifiesta en la barba o el cabello: pues que esta lepra está en la piel es claro por lo que sigue, a saber, que es más hundida que la carne circundante.
Esta es la quinta especie, no una especie formal sino material de lepra: a saber, la lepra de la barba y la cabeza, que es de la misma forma y naturaleza que la lepra de las otras partes. De ahí que sus signos son los mismos que los ya descritos para las otras, a saber: la lepra que es más hundida que la piel circundante, y muda el color del cabello, y se extiende y se arrastra, es maligna; o también la que, cuando parecía estar limpiada y curada, de nuevo emerge, vuelve y avanza; pero la que tiene lo contrario de estos signos no es maligna. La única diferencia es que en las otras partes la lepra muda los pelos a blancos, pero en la barba y la cabeza los muda a amarillos y delgados; la razón de esto es que en la lepra de la cabeza suelen desarrollarse los acores (comúnmente llamados tiña), esto es, ciertas pequeñas úlceras que manan y destilan un jugo semejante a miel líquida: lo cual indica claramente que la piel de la cabeza también está saturada de tal corrupción. Con razón, pues, de ahí nacen tales cabellos — delgados, digo, y amarillos — así como en las otras partes saturadas de flema salada, nacen pelos blancos. La causa de aquella corrupción es la mezcla de bilis amarilla tenue con flema salada. De ahí que en aquellas mujeres que padecen tiña, crezcan cabellos semejantes al oro. Así Valles.
Tropológicamente, las formas anteriores de lepra eran vicios de costumbres: pero esta concierne a la fe, y es la herejía, la cual como lepra y como cáncer se arrastra, del mismo modo que la sarna de una oveja mancha todo el rebaño; por tanto, esta debe ser inmediatamente removida y separada, como dice San Jerónimo sobre Gálatas capítulo 5: «La chispa debe extinguirse tan pronto como aparezca, y la levadura debe apartarse de la cercanía de la masa, la carne podrida debe cortarse, y el animal sarnoso debe expulsarse de los rediles de las ovejas: para que no ardan, se corrompan, se pudran y perezcan toda la casa, toda la masa, todo el cuerpo y todo el rebaño. Arrio en Alejandría fue una chispa, pero porque no fue inmediatamente sofocada, su llama devastó todo el mundo.»
Gregorio de Tours relata, en el Libro I de los Milagros de San Martín, capítulo 11, y de él Baronio en el año de Cristo 560, que el rey de Galicia, infectado junto con sus súbditos por la herejía arriana, fue castigado por Dios; pues aquella región fue golpeada con lepra, y su hijo Charrarico comenzó a enfermar gravemente, de modo que apenas respiraba. Por ello el padre envió votos y dones a San Martín, y abrazó su fe ortodoxa: entonces su hijo fue sanado, y la plaga de lepra cesó: «Ni jamás hasta ahora,» dice Gregorio, «ha aparecido la enfermedad de la lepra sobre alguien.»
La lepra en la cabeza, pues, es el error concerniente a la divinidad de Cristo; la lepra en la barba es la blasfemia contra la humanidad de Cristo y Sus Apóstoles o Profetas: pues por la barba se significan los hombres perfectos, que se adhieren a Cristo como cabeza como una barba, y reciben de modo más cercano Su influencia; de quienes se dice: «Como ungüento en la cabeza, que desciende sobre la barba, la barba de Aarón.» Un cabello amarillo y más delgado de lo acostumbrado es un pensamiento soberbio y la confianza en sí mismo: así como uno negro es la humildad y la obediencia; un lugar más hundido que la carne es un artículo erróneo de fe, que es muy inferior a la verdad de la Iglesia. Si la piel y el lugar son iguales, debe ser rasurado, esto es, debe quitársele la facultad de disputar, para que con un intelecto todavía débil no presuma discutir tan grandes misterios, habiendo ya reconocido la verdad de la Iglesia, en la cual debe reposar y a la cual debe someter su propio juicio. Pero se prohíbe rasurar el lugar de la mancha, para que quede al hombre la memoria de su error. Así Radulfo y Hesiquio.
Asimismo: La lepra en la cabeza es la arrogancia en la mente; pues este es el origen de la herejía. «De siete maneras,» dice San Bernardo, Sermón 3 Sobre la Resurrección del Señor, «la lepra de la soberbia nos ha tomado: primero, en la propiedad de las posesiones; segundo, en la gloria de las vestiduras; tercero, en el placer de los cuerpos: también en la boca de dos maneras, e igualmente en el corazón: en la boca, cuarto, cuando murmuramos en la adversidad; y quinto, cuando nos elogiamos arrogantemente en la prosperidad: en el corazón, sexto, la propia voluntad; y séptimo, el propio consejo» y juicio, que es el padre de la herejía. Además, esta lepra especialmente invade a los humildes y abyectos cuando son elevados a dignidades y altas posiciones, como la experiencia enseña. «He comprobado que los hombres más humildes, especialmente cuando han alcanzado altas posiciones, son inmoderados en soberbia y ambición. De ahí que Cayo Mario en la memoria de nuestros padres, de ahí que Diocleciano en nuestro propio tiempo, excedieron la condición común, porque un ánimo carente de poder, como alimentado por el ayuno, es insaciable,» dice Aurelio Víctor, Sobre los Césares. San Agustín dice brillantemente, en Sobre la catequesis de los rudos: «Grande,» dice, «es la miseria del hombre soberbio: pero mayor es la misericordia del Dios humilde.» Y en el Libro XIV de la Ciudad de Dios: «Me atrevo a decir,» dice, «que es útil para los soberbios caer en algún pecado abierto y manifiesto, para que se desagraden a sí mismos, los que ya habían caído por agradarse a sí mismos. Pues más saludablemente se desagradó Pedro a sí mismo cuando lloró, que se agradó a sí mismo cuando presumió. De ahí que diga el Salmista: Llena sus rostros de ignominia, y buscarán Tu nombre, Señor.» Y San Bernardo en una epístola: «La humildad,» dice, «hace a los hombres semejantes a los ángeles, y la soberbia hace demonios de los ángeles: y, para mostrarlo claramente, la soberbia misma es el principio, fin y causa de todos los pecados; porque no solo la soberbia misma es pecado, sino que ningún pecado jamás pudo, puede ni podrá existir sin soberbia.»
Versículo 33: Será rasurado
33. SERÁ RASURADO — para que aparezca más claramente después de siete días si la lepra se ha extendido.
Versículo 39: Vitíligo, no lepra
39. UN HOMBRE O MUJER, EN CUYA PIEL APARECIERE UNA MANCHA BLANCA. — Aquí se describe el vitíligo, esto es, una simple mancha de color blanco brillante en la piel, que no es lepra. De ahí que en hebreo se llame bohac, esto es, un lentigo o vitíligo que brota en la piel.
Versículos 40-41: La calvicie es limpia
40 y 41. UN HOMBRE DE CUYA CABEZA CAEN LOS CABELLOS ES CALVO Y LIMPIO: Y SI LOS CABELLOS HUBIEREN CAÍDO DE LA FRENTE, TIENE CALVICIE FRONTAL Y ES LIMPIO. — «Calvicie frontal» significa aquí aquel a quien los cabellos caen hacia la frente; «calvo» significa aquel cuya cabeza entera está desnuda, de modo que queda enteramente sin pelo por arriba. Así Hesiquio y Radulfo, y es claro por el versículo 55. Los caldeos y los Setenta también los distinguen y denominan así.
Versículos 42-43: La sexta especie — lepra en la calvicie
42 y 43. PERO SI EN LA CALVICIE O EN LA CALVICIE FRONTAL HUBIERE SURGIDO UN COLOR BLANCO O ROJIZO, Y EL SACERDOTE LO HUBIERE VISTO, LO CONDENARÁ SIN DUDA DE LEPRA. — Pues estas manchas blancas o rojizas significan humores malignos que corrompen las raíces del cabello, y tales condiciones a veces ocurren en la alopecia maligna, u ofiasis, esto es, una caída de cabello por abundancia de flema o melancolía. De ahí que esta alopecia maligna se cuente entre las especies de lepra. Así Valles.
Esta es la sexta especie de lepra, a saber, la que está en la calvicie.
Tropológicamente, los cabellos significan la sustancia terrenal. El calvo, pues, es aquel que la da enteramente a los pobres; el que tiene calvicie frontal es aquel que la retiene no por placer sino por necesidad: en estos puede surgir un color blanco, esto es, el deseo de gloria, o uno rojo, esto es, la crueldad del robo: pues esta lepra nace de las mismas virtudes, así como las anteriores nacían de los vicios. Así Radulfo.
Versículo 44: Cinco mandatos para el leproso
44. QUIENQUIERA, PUES, QUE HUBIERE SIDO MANCHADO DE LEPRA. — Cinco cosas se prescriben aquí al leproso, para que por ellas, como por signos, sea reconocido, y los demás se guarden de él para no ser infectados por él: primero, tendrá vestiduras rasgadas; segundo, la cabeza descubierta; tercero, la boca cubierta con un paño; cuarto, clamará que está contaminado e inmundo; quinto, habitará solo fuera del campamento.
Nótese: Algunas de estas cosas se prescriben por el bien del leproso, algunas por el de los demás, y algunas por el de ambos. Por el bien del leproso, que tenga vestiduras rasgadas y la cabeza descubierta y rasurada; para que por este medio los vapores pútridos de su cuerpo y cabeza puedan escapar. Por el bien de los demás, que tenga la boca cubierta y clame que es leproso: pues un hombre inmundo no puede infectar a otros con nada más que con el aliento y la exhalación que pasa por la boca. Por el bien de ambos, que habite fuera del campamento, solo ciertamente, para no dañar a otros; y al aire libre, para que sea reconfortado por él y gradualmente curado.
Vestiduras rasgadas
45. TENDRÁ VESTIDURAS RASGADAS. — De ahí que el Abulense piense que las vestiduras de los judíos estaban antiguamente cosidas por todos lados, de modo que se las ponían pasándolas por la cabeza a través del cuello; del mismo modo que el sumo sacerdote se ponía la túnica de jacinto, Éxodo 28:32; por esta razón se asigna aquí al leproso una vestidura rasgada, porque los sanos tenían vestiduras cosidas. Pero esta razón no es concluyente: pues los sanos podían haber tenido vestiduras cosidas por los lados pero abiertas en el pecho, y abrochadas con nudos, ganchos o cintas; mientras que los leprosos debían rasgarlas en varios lugares y por los lados.
La cabeza descubierta y la boca cubierta
LA CABEZA DESCUBIERTA. — De ahí que el Abulense piense que los judíos andaban con la cabeza cubierta incluso en el templo, y así oraban (de donde también el sumo sacerdote en el templo cubría su cabeza con un turbante), para que con la cabeza cubierta significasen su temor y sujeción a la ley, y que debían someter y envolver su cabeza, como con un gorro, bajo la ley. Por el contrario, en la nueva ley descubrimos nuestras cabezas, como signo de la libertad cristiana. De ahí que San Pablo, 1 Corintios 11:4: «Todo hombre,» dice, «que ora con la cabeza cubierta, deshonra su cabeza.»
LA BOCA CUBIERTA CON VESTIDURA. — El caldeo traduce: su boca será envuelta en un paño como la de un doliente, no cuando está solo, sino cuando se acerca a otros a quienes pudiera infectar con su aliento, y entonces, no en otros momentos, hará lo que sigue.
CLAMARÁ QUE ES INMUNDO. — El Abulense piensa que no se le manda clamar con su voz, sino por los cuatro signos ya dados. Pero esto no es propiamente clamar. De ahí que el caldeo expresamente traduce: clamará, No os contaminéis, ni seáis inmundos.
Habitar solo fuera del campamento
46. HABITARÁ SOLO FUERA DEL CAMPAMENTO — en el desierto, y fuera de las ciudades en Judea; entiéndase esto a menos que la persona sea muy eminente. Pues Ozías, herido de lepra, fue autorizado, como rey, a habitar en una casa separada aparte, 2 Reyes 15:5: pues esta casa suya estaba enteramente separada del pueblo, como se dice en 2 Crónicas 26:21. De ahí que era como si hubiese habitado fuera de la ciudad. Aunque San Juan Crisóstomo, Homilías 4 y 5 sobre Isaías 6, enseña que los judíos pecaron en que, por reverencia a la dignidad real, no expulsaron al rey Ozías lejos fuera de la ciudad: y por ello Dios les quitó la profecía y los profetas hasta la muerte de Ozías; pues entonces Isaías comenzó a profetizar: pues en el año en que murió el rey Ozías, Isaías vio aquella ilustre visión que describe en el capítulo 6, como es claro por el versículo 1 de allí. Pero de este asunto debe tratarse en Isaías.
De aquí es claro que es falso lo que escribe Manetón, y también otros historiadores de los gentiles, como atestigua Josefo, Libro III de las Antigüedades y Libro VII de las Guerras, que los hebreos eran una turba de sarnosos y leprosos, a quienes por tanto Moisés, habiendo sido expulsados de Egipto, condujo a Canaán, mandándoles que no se asociaran con extranjeros, para que por la misma razón no se hicieran odiosos a los cananeos. Pues si ellos mismos hubiesen sido meramente una turba de leprosos, ¿cómo habría mandado Dios que separasen a los leprosos de su comunidad?
Dios quiso que los leprosos viviesen fuera del campamento, tanto para que no infectasen a otros, como para que en esta soledad, destituidos de todas las cosas, aprendiesen a recurrir a Dios y le dijesen: «A Ti es dejado el pobre; Tú serás ayudador del huérfano.» Esto aprendió aquel santo abad en el desierto, quien, como leemos en las Vidas de los Padres, habiendo sido leproso durante sesenta años, y habiéndole sido traído dinero por alguien para sustentarse, lo rechazó diciendo: «¿Después de sesenta años venís a quitarme a mi sustentador? He aquí que, habiendo pasado tanto tiempo en mi enfermedad, de nada he carecido, proveyendo y alimentándome Dios.» Y de aquí tal vez haya provenido que los leprosos, aunque sean ricos, vivan no de su propio pan sino de pan mendigado, y entonces sean menos atormentados por su lepra (si es verdad lo que ellos mismos afirman). Pues el pan mendigado es pan de Dios y de los ángeles (como dice San Francisco), que impulsan a los caritativos a darlo y a los pobres a pedirlo.
Tropológicamente, Radulfo dice: El cuerpo de los leprosos es descubierto cuando su iniquidad es revelada; la cabeza es desnudada cuando el origen y la raíz de su perversidad es expuesto; claman que están contaminados, si no por su propia confesión, puesto que son obstinados, al menos por la confesión de sus obras; sus bocas son cerradas cuando, aborreciendo todos su conversación, se les quita la facultad de administrar veneno.
Estas cosas se aplican a todos los pecados, pero especialmente a la herejía. Pues un solo Lutero, un solo Calvino, porque no fue separado, ¿no infectó muchos reinos con su lepra y herejía? Así el fornicario, así el borracho, restriega su lepra y vicio sobre aquellos con quienes se asocia. «Quien toca la pez será manchado por ella; y quien se asocia con un soberbio se revestirá de soberbia,» dice el Eclesiástico, capítulo 13; y: «Quien camina con los sabios será sabio; el amigo de los necios se hará semejante a ellos.» Escuchad el notable consejo de Séneca, Epístola 104: «Si queréis,» dice, «despojaros de los vicios, debéis alejaros mucho de los ejemplos de vicios.» Asimismo: «Se os pegará la hinchazón mientras os asociéis con un soberbio; se os pegará la avaricia mientras viváis con un avaro; las compañías de los adúlteros inflamarán vuestras concupiscencias. Vivid con los Catones, con Sócrates, asociaos con Zenón.»
Versículo 47: La séptima especie — lepra de las vestiduras
47. UNA VESTIDURA DE LANA O DE LINO QUE HUBIERE TENIDO LEPRA. — Esta es la séptima especie de lepra, pero una analógica, a saber, la lepra de una vestidura o de una casa, de lo cual trata el capítulo 14, versículo 35.
Se puede preguntar: ¿qué era esta lepra y de dónde surgía? Valles responde que la lepra es una enfermedad contagiosa, no menos que la peste; así como pues vemos que las semillas de la peste comúnmente se adhieren a las ropas, alcobas, casas, vasos y platos (pues por todas estas cosas suele propagarse la infección): así consta que la lepra también puede adherirse a una vestidura y una casa, y que una casa y una vestidura pueden ser, así como pueden ser pestilentes, también leprosas. Asimismo, así como una casa o vestidura se vuelve pestilente, también se vuelve leprosa de una de dos maneras. Primero, por la infección y corrupción del aire; pues así como las vestiduras contraen polilla del aire, cuando están cubiertas de moho y no ventiladas, así también la peste y la lepra. Del mismo modo vemos que las vestiduras, las maderas y los muros se pudren cuando sopla el viento del Sur, pero se libran de la podredumbre cuando sopla el viento del Norte; y por esta razón las mujeres acostumbran extender sus vestiduras colgadas al viento del Norte, para que se conserven incorruptas. Segundo, por el contacto o contagio de un leproso; ahora bien, todo contagio ocurre ya por el aliento, ya por la exhalación y evaporación de vapores pútridos, que sucede por los poros de todo el cuerpo, especialmente por el sudor. Así vemos que un espejo es manchado de color rojo sangre por una mujer menstruante, porque de sus ojos salen ciertos vapores, y con ellos humedades tenues sanguíneas, que se condensan en el espejo de modo que aparece en él un color rojo sangre.
Por estos medios, pues, los leprosos pueden infectar las vestiduras y las casas, y exhalar lepra sobre ellas. De ahí que les convendrá cambiar tanto sus vestiduras como sus casas, y vivir en aire puro y libre; pues aunque las cosas vivientes son de naturaleza y temperamento diferente de las inanimadas, sin embargo, por la naturaleza común por la cual ambas están sujetas a la putrefacción, pueden mutuamente comunicarse y transmitirse corrupciones no enteramente semejantes sino analógicas, a saber, ciertas cualidades corrosivas o putrefactivas, que corroen y corrompen una vestidura y una casa igual que lo hacen con un hombre.
Por tanto, el mejor remedio para sanar todas las enfermedades de la piel, dice Valles, es usar vestiduras nuevas, muy limpias o lavadas con frecuencia, hasta tal punto que la limpieza sola suele ser suficiente para la curación: de ahí que en el capítulo siguiente se prescriba lavado repetido en la purificación del leproso, versículos 8 y 9. Así como, por el contrario, quienes usan vestiduras ya sucias y podridas raramente están libres de sarna, prurito y piojos; pues así como una vestidura puede recibir infección de la piel, así la piel puede recibir infección de la vestidura, y cada una puede pudrirse por separado, y cuando ambas están sucias, se hacen pudrir mutuamente.
Finalmente, en las vestiduras de lana o de cuero hay cierta causa peculiar, por razón de las enfermedades de los animales de los cuales la lana o los cueros fueron tomados; pues es bien sabido que las vestiduras de lana de animales muertos crían piojos: del mismo modo producen también otras infecciones de enfermedades.
En segundo lugar, y mejor, otros con Teodoreto, Cuestión 17, piensan diferentemente acerca de esta lepra, a saber, que Dios antiguamente, cuando los judíos pecaban, solía infligir esta lepra sobre sus vestiduras o casas, para que por ella reclamase a los dueños a la salud de la mente; y por tanto esta lepra no era tanto natural cuanto una plaga enviada por Dios. Parece, pues, que esta lepra era una polilla, o cierta cualidad corrosiva (como la que hay en la sal, el nitro y el vitriolo, que corroen y perforan tanto las vestiduras como el estaño y el hierro), o una cualidad corrompedora y que avanzaba, infligida sobre las vestiduras y casas de los judíos por Dios, ya directamente o mediante causas secundarias, y por ello parece haber sido casi peculiar de Judea y de los judíos, y casi desconocida para las demás naciones. Que esto es así se prueba: primero, porque no conocemos ahora lepra alguna en casas o vestiduras; pues las casas y vestiduras no suelen ser infectadas naturalmente de lepra, y por tanto no son capaces de lepra. Segundo, porque observamos ahora que la lepra de un leproso no se extiende a sus vestiduras y casa; de lo contrario todas las vestiduras de los leprosos estarían infectadas, corroídas y podridas por la lepra, cuyo contrario vemos. Tercero, la peste no inhiere en ni infecta una vestidura o casa de modo que la mate y la consuma, como mata a un hombre; sino que solo se adhiere a la vestidura y la casa, y la hace pestilente para el hombre, de modo que el hombre contrae de ella los vapores pestilentes que se le adhieren, y es infectado y consumido por la peste; por tanto, igualmente la lepra no inhiere, sino que solo se adhiere a la vestidura o casa, y no la hace leprosa, sino que solo puede exhalar lepra sobre un hombre; pero antiguamente la lepra inhería en la casa y la vestidura, y verdaderamente la hacía leprosa: por tanto, por una razón se llamaba entonces la casa pestilente, y por otra leprosa; pues se llamaba pestilente causalmente, pero leprosa formalmente. Cuarto, porque en el capítulo siguiente, versículo 34, esta lepra de las casas se llama plaga, a saber, enviada por Dios: pues esto es lo que expresamente significan allí los hebreos, que leen así: si yo diere (a saber yo, Dios) la plaga de lepra.
Finalmente, aunque ahora experimentamos carcoma en madera, cal y piedras, sin embargo no reconocemos en ellas lepra alguna tal que también ataque, corroa y consuma incluso piedras nuevas y sólidas, como hacía esta lepra de los judíos, como es claro por el capítulo siguiente, versículo 44, donde se ordena que todas las piedras infectadas de lepra sean removidas de la casa y se sustituyan nuevas, y si estas son después halladas infectadas de lepra, se ordena demoler la casa.
¿De dónde esta infección de piedras nuevas? Ciertamente no del contacto de las viejas, que ya han sido removidas de todo alrededor; por tanto, de Dios y de la venganza divina; por tanto, esta lepra no fue tanto natural cuanto obra y plaga de Dios: confieso, sin embargo, que Dios pudo haber usado (según su costumbre) causas secundarias al infligir esta plaga, como el aire corrompido, el contacto con un leproso, y cosas semejantes, como explicó Valles poco antes; pero de tal modo que todas estas cosas no tenían la fuerza propia y adecuada para producir lepra en vestiduras y casas, a menos que Dios singularmente concurriera y obrara. Hablo de la lepra propia y perfecta; pues si por lepra se entiende meramente alguna polilla de vestiduras o carcoma de madera y piedras, sabemos que estas pueden provenir de causas puramente naturales; y esta misma lepra se entiende también aquí, y debía ser juzgada según los signos y marcas aquí prescritos. Pero la Escritura habla aquí más de la lepra perfecta, enviada por Dios, como he dicho.
Tropológicamente, una vestidura leprosa, esto es, un libro y escrito herético, debe ser quemado y destruido. Así Radulfo. En segundo lugar, más general y bellamente, el mismo Radulfo dice: Nuestra vestidura son las obras de justicia; de las cuales se dice en el Salmo 132:9: «Que Tus sacerdotes se revistan de justicia,» con las cuales el alma tanto adquiere una reputación honrosa exteriormente como nutre su conciencia interiormente ante Dios; y es doble: de lino, esto es, espiritual, como la meditación, la oración y la lectura; y de lana, esto es, corporal, como las obras de misericordia. La urdimbre de nuestra vestidura (acerca de la cual véase el último versículo y el versículo 55, según los Setenta) es la intención, que se mantiene firme cuando se dirige hacia Dios y las cosas celestiales. La trama es la perseverancia en las obras, que bajo esta intención se laboran en diferentes tiempos: pues esta, a la manera de la trama, sucesivamente busca diferentes lados, ahora trasladándose a la derecha de la contemplación, ahora a la izquierda de la acción. La piel es la mortificación de la carne. En todas estas puede surgir lepra blanca, esto es, la vanagloria; o lepra rojiza, esto es, la envidia maliciosa.
Finalmente, la lepra de la carne es la lujuria y la gula: el remedio para esta es la meditación sobre la muerte y el infierno, para que el hombre piense en aquella sentencia de San Agustín, Tratado Sobre la virtud de la mujer, capítulo 3: «Rápidamente pasa lo que deleita, y permanece sin fin lo que atormenta.» La lepra de la vestidura es el esplendor y el lujo de la vestimenta; pues en las vestiduras se debe buscar el calor, no el color; la necesidad, no el precio; la utilidad, no la sutileza: el remedio es considerar que el adorno del hombre consiste en las buenas costumbres y la modestia del vestido. De ahí que Clemente de Alejandría, de la Tabla de Cebes, Libro II, capítulo 10, pinta estas imágenes de la virtud y el vicio: representa a la virtud en pie con sencillez, vestida con una vestidura blanca y pura, adornada solo con la modestia. La maldad, por el contrario, la representa vestida con vestiduras superfluas y variadas, y exultando en color prestado. Alabo, dice Clemente, a los espartanos, que permitieron solo a las prostitutas llevar vestiduras floridas y adornos de oro, quitando a las mujeres virtuosas la búsqueda del adorno, puesto que concederían solo a las prostitutas el derecho de adornarse. La lepra de la casa son las malas costumbres de los hijos y sirvientes: estas deben ser contenidas por el padre de familia con disciplina, y la virtud debe ser introducida en la casa mediante una buena educación; pues, como dice San Cipriano, en el libro Sobre el vestido de las vírgenes: «La disciplina es la guardiana de la esperanza, el freno de la fe, la guía del camino de salvación, la llama y alimento de un buen carácter, la maestra de la virtud; ella hace que se permanezca siempre en Cristo y se viva continuamente para Dios.» Por el contrario, «cuando la disciplina es suprimida, la maldad se desata impunemente,» dice San Agustín, Sermón 15 Sobre las palabras del Señor.
SERÁ TENIDA POR LEPRA — si ha permanecido después de haber sido mostrada al sacerdote.
Versículo 55: El aspecto anterior
55. NO HA VUELTO A SU ASPECTO ANTERIOR. — «Anterior», que a saber tenía la vestidura antes de ser infectada de lepra; pues la marca que permanece en ella indica que es lepra, pues de lo contrario habría cambiado de color de algún modo. De ahí que siga:
PORQUE LA LEPRA SE HA EXTENDIDO POR LA SUPERFICIE DE LA VESTIDURA O POR TODA ELLA. — Lira piensa que nuestra versión está corrupta aquí: pues en lugar de «en la superficie, o por todo», el hebreo tiene «en la calvicie o la calvicie frontal». Pero digo que es una metáfora hebrea. Pues los hebreos atribuyen a una casa lo que pertenece a un hombre, a saber, manos, pies, cabeza, calvicie; así como llaman «calvicie» cuando toda la superficie de la cabeza está sin pelo, y «calvicie frontal» cuando solo la parte delantera cerca de la frente es calva, como es claro por el versículo 41: así también en las vestiduras, «calvicie frontal» significa su superficie exterior, pues esta es como su parte delantera; mientras que «calvicie» significa su superficie interior, que es como su parte trasera. De ahí que los Setenta traduzcan «en la urdimbre o la trama», como también tienen el hebreo, el latín y el caldeo, en el último versículo en la recapitulación de la lepra de las vestiduras: de ahí que Vatablo también traduzca «en la parte anterior o posterior de la vestidura»; y el caldeo, «en su parte vieja o nueva»: pues la parte delantera de la vestidura, porque se desgasta y maneja, se hace más vieja; mientras que la parte interior, porque no se toca ni se desgasta, permanece como nueva.
Versículo 56: Arrancar la parte leprosa
56. PERO SI EL LUGAR DE LA LEPRA SE HUBIERE OSCURECIDO (si la lepra en la casa parece estar oscureciéndose), LO ARRANCARÁ. — Así tropológicamente conviene que el hombre sea privado de aquel oficio por cuya causa la lepra de la soberbia se oscurece. De ahí que San Benito en su Regla ordene que, si un monje se ensoberbece por algún arte u oficio, sea arrancado de él y asignado a otro, dice Radulfo.
Versículo 57: La lepra que se extiende debe ser quemada
57. PERO SI APARECIERE MÁS, etc., LA LEPRA VOLÁTIL Y ERRANTE (semejante a la del hombre, de la cual trata el versículo 12) DEBE SER QUEMADA CON FUEGO. — Del sentido místico de este pasaje, Tertuliano, en el libro Sobre la pudicia, capítulo 21, intenta probar que los adúlteros reincidentes no deben ser readmitidos a la penitencia; pues esto es místicamente lo que se dice aquí, que una vestidura, si la lepra aparece en ella de nuevo, debe ser quemada, porque es señal de lepra persistente, esto es, de perseverancia en el pecado de adulterio: pues esto es lepra.
Pero de esto solo se puede inferir que el adúltero no debe ser recibido mientras la lepra, esto es, el adulterio, aparezca en él. Pues si esta es removida por el arrepentimiento, ya no habrá en él una lepra que quemar, sino que la pureza de su penitencia debe ser abrazada por la Iglesia.
Versículo 59: La ley de la lepra de las vestiduras
59. CÓMO DEBE SER DECLARADA LIMPIA O INMUNDA — esto es, cómo debe ser considerada y juzgada limpia o contaminada; pues estas dos palabras se entienden así en todo el capítulo.
Simbólico: La lepra como tipo de la Pasión de Cristo
Simbólicamente, la lepra descrita en este capítulo fue un tipo de la carne de Cristo, desgarrada y desfigurada por azotes y golpes. Pues Cristo tomó sobre sí nuestra lepra, esto es, nuestro pecado, para expiarlo, de donde en la cruz fue hecho como un leproso. Pues así dice Isaías, capítulo 53, versículo 4: «Nosotros lo tuvimos como leproso, y herido de Dios, y humillado,» y esto primero, porque así como un leproso, manchado de lepra por todo su cuerpo, causa horror en quienes lo contemplan: así Cristo, lívido de azotes y heridas por todo Su cuerpo, movía tanto horror como compasión en quienes lo contemplaban, de modo que Pilato con razón, presentándolo a los judíos, dijo: «He aquí el hombre.»
Segundo, el leproso tenía vestiduras rasgadas: así los soldados rasgaron las vestiduras, y aun la carne, de Cristo.
Tercero, el leproso tenía la cabeza descubierta: así Cristo tenía la cabeza descubierta, pero coronada con una corona de espinas.
Cuarto, el leproso tenía la boca cubierta con un paño; de Cristo dice Isaías: «Su rostro estaba como escondido»; y de nuevo: «Como cordero ante el que lo trasquila enmudecerá, y no abrirá Su boca.»
Quinto, el leproso debía clamar que era leproso e inmundo; Cristo, todo cubierto de sangre, ¿qué clama? Nada sino: «¡Oh, todos vosotros que pasáis por el camino, atended y ved si hay dolor semejante a mi dolor!»
Sexto, la carne del leproso era vilísima y abyectísima; Cristo dice: «Yo soy gusano y no hombre; oprobio de los hombres y desecho del pueblo.» Cristo fue semejante a San Job que, sentado en el muladar, no fue reconocido por sus amigos, porque «no había en Él hermosura,» y era despreciado, y el último de los hombres.
Séptimo, los soberbios solían ser castigados con lepra; y Cristo llevó la apariencia, por así decirlo, de la lepra de nuestra soberbia, y la curó con su abyección: pues por su llaga fue curada la herida de nuestra soberbia.
Octavo, los leprosos eran expulsados de la ciudad, nadie se dignaba concederles entrada, encuentro o conversación, todos los despreciaban y huían de ellos como de una peste: así Cristo, como leproso, fue arrojado fuera de la puerta y crucificado, Hebreos 13:12, y Salmo 38:12: «Mis amigos y mis vecinos se acercaron contra mí» (el hebreo lee: frente a mi llaga; San Jerónimo traduce: como si se pararon contra mi lepra), «y los que estaban cerca de mí se apartaron lejos.»