Cornelius a Lapide

Levítico XX


Índice


Sinopsis del capítulo

Se decreta la pena de muerte, a saber la lapidación, para los idólatras, los que consultan magos, los que maldicen a sus padres y los culpables de lujuria incestuosa y contra naturaleza; estas leyes, por tanto, son judiciales y capitales.


Texto de la Vulgata: Levítico 20:1-27

1. Y habló el Señor a Moisés, diciendo: 2. Di estas cosas a los hijos de Israel: Cualquier hombre de los hijos de Israel, o de los extranjeros que moran en Israel, si diere de su descendencia al ídolo Moloc, muera de muerte; el pueblo de la tierra lo apedreará. 3. Y yo pondré mi rostro contra él, y lo extirparé de en medio de su pueblo, porque dio de su descendencia a Moloc, y contaminó mi santuario, y profanó mi santo nombre. 4. Mas si el pueblo de la tierra, siendo negligente y como menospreciando mi mandamiento, dejare ir al hombre que dio de su descendencia a Moloc, y no quisiere matarlo: 5. Yo pondré mi rostro contra aquel hombre y contra su parentela, y lo extirparé a él y a todos los que consintieron con él para fornicar con Moloc, de en medio de su pueblo. 6. El alma que se volviere a los magos y adivinos, y fornicare con ellos, pondré mi rostro contra aquella alma, y la destruiré de en medio de su pueblo. 7. Santificaos y sed santos, porque yo soy el Señor vuestro Dios. 8. Guardad mis preceptos y cumplidlos. Yo soy el Señor que os santifico. 9. El que maldijere a su padre o a su madre, muera de muerte: maldijo a su padre y a su madre, su sangre sea sobre él. 10. Si alguno cometiere adulterio con la mujer de otro, y cometiere adulterio con la mujer de su prójimo, mueran de muerte el adúltero y la adúltera. 11. El que yaciere con su madrastra, y descubriere la vergüenza de su padre, mueran ambos: su sangre sea sobre ellos. 12. Si alguno yaciere con su nuera, mueran ambos, porque cometieron un crimen: su sangre sea sobre ellos. 13. El que yaciere con varón como con mujer, ambos cometieron una abominación: mueran de muerte: su sangre sea sobre ellos. 14. El que, además de casarse con la hija, tomare también a su madre, cometió un crimen: será quemado vivo con ellas, ni permanecerá tan grande maldad en medio de vosotros. 15. El que copulare con cualquier bestia o ganado, muera de muerte: matad también a la bestia. 16. La mujer que yaciere con cualquier bestia, será matada juntamente con ella: su sangre sea sobre ellos. 17. El que tomare a su hermana, hija de su padre o hija de su madre, y viere la vergüenza de ella, y ella contemplare la deshonra de su hermano, cometieron cosa nefanda: serán muertos a la vista de su pueblo, porque mutuamente descubrieron su vergüenza, y llevarán su iniquidad. 18. El que yaciere con mujer durante su flujo menstrual, y descubriere su vergüenza, y ella abriere la fuente de su sangre, ambos serán exterminados de en medio de su pueblo. 19. No descubrirás la vergüenza de tu tía materna ni de tu tía paterna: el que esto hiciere, desnudó la vergüenza de su propia carne, ambos llevarán su iniquidad. 20. El que yaciere con la mujer de su tío paterno o materno, y descubriere la vergüenza de su parentela, ambos llevarán su pecado; morirán sin hijos. 21. El que tomare a la mujer de su hermano, hace cosa ilícita: descubrió la vergüenza de su hermano; estarán sin hijos. 22. Guardad mis leyes y mis juicios, y cumplidlos, para que no os vomite también la tierra en la que vais a entrar y habitar. 23. No andéis según las costumbres de las naciones que yo expulsaré delante de vosotros. Porque todas estas cosas hicieron, y las he aborrecido. 24. Mas a vosotros os digo: Poseed su tierra, que os daré en herencia, tierra que mana leche y miel; yo soy el Señor vuestro Dios, que os he separado de los demás pueblos. 25. Separad, pues, también vosotros la bestia limpia de la inmunda, y el ave limpia de la inmunda; no contaminéis vuestras almas con ganado, ni aves, ni cosa alguna que se mueva sobre la tierra, y que os he mostrado ser inmunda. 26. Seréis santos para mí, porque yo el Señor soy santo, y os he separado de los demás pueblos, para que seáis míos. 27. El hombre o la mujer en quienes hubiere espíritu pitónico o de adivinación, mueran de muerte: los apedrearán; su sangre sea sobre ellos.


Versículo 2: Dar descendencia a Moloc

Un hombre de los hijos de Israel y de los extranjeros — es decir, de los gentiles convertidos al judaísmo y circuncidados: pues estos por la circuncisión habían pasado a la ley y a la Iglesia de los judíos, y en consecuencia estaban obligados por todos los preceptos ceremoniales y judiciales de los judíos. Así lo enseña Abulense.

El pueblo de la tierra (la plebe) lo apedreará.


Versículo 3: Lo extirparé

Y lo extirparé de en medio de su pueblo. — Si, es decir, los jueces hubieren descuidado castigarlo y apedrearlo (como sigue), entonces yo, como vengador vigilante, lo heriré con una muerte accidental y lo extirparé. Véanse las observaciones sobre el capítulo XVII, 10.

Porque dio de su descendencia a Moloc, y contaminó mi santuario (pues tal persona tuvo mi tabernáculo y mi templo como contaminados, y los despreció, e infligió una grave injuria y deshonra sobre ellos, cuando de ellos y de su culto se volvió a Moloc y a Tofet), y profanó mi santo nombre — dando el nombre de Dios al propio ídolo Moloc. Cuán grande pecado sea profanar el nombre de Dios, lo enseñan los hebreos con estos dos axiomas: Primero: «Quienquiera que viole el nombre de Dios en secreto, de él se exigirá castigo públicamente.» Segundo: «Los demás pecados y su castigo se suspenden mediante la penitencia y el día de la expiación; pero en quienquiera que se halle una violación del nombre divino, la penitencia, el día de la expiación y el castigo suspenden, mas solo la muerte purga.»


Versículo 4: Si el pueblo fuere negligente

Y si el pueblo de la tierra fuere negligente. — Repite, explica e inculca lo que dijo en el versículo precedente, como si dijera: Lo que dije, «lo extirparé», entiéndase si el pueblo hubiere descuidado castigarlo: pues entonces yo no lo descuidaré, sino que lo extirparé. Así lo enseña Vatablo.


Versículo 6: El alma que se vuelva a los magos

El alma (persona) que se volviere a los magos y adivinos — en hebreo, a los pitones y adivinos. Véanse las observaciones sobre el capítulo XIX, 31.

Y ha fornicado con ellos — es decir, se ha adherido a ellos, y en consecuencia al demonio, habiendo abandonado a Mí, el verdadero Dios y Esposo del alma.


Versículo 8: Yo soy el Señor que os santifico

Yo soy el Señor que os santifico — que manda y quiere que seáis santos: pues aquí se usa un verbo real por uno mental, según el Canon 11.


Versículo 9: El que maldijere a su padre

El que maldijere a su padre, su sangre sea sobre él. — «Sangre», es decir, la culpa y la pena de sangre, esto es, de la muerte que ha merecido, como si dijera: Por su propia culpa perezca, y sea castigado con la muerte por sentencia del juez.


Versículo 10: El adúltero y la adúltera

Mueran de muerte el adúltero y la adúltera. — Aquí se establece la pena de muerte para los adúlteros, a saber la lapidación, como se expresa en Deuteronomio XXII, 23 y 24. Pues la pena de lapidación que se sanciona contra los que dan su descendencia a Moloc en el versículo 2, al estar puesta en primer lugar, parece aplicarse a los demás casos siguientes, y en consecuencia a estos adúlteros, porque ninguna otra pena se añade o expresa después, como mostraré más claramente en el último versículo. Y esto es lo que los judíos dicen a Cristo acerca de la adúltera, Juan VIII, 5: «En la ley Moisés nos mandó apedrear a tales mujeres.» Lo mismo consta en Ezequiel XVI, 38, junto con el versículo 40. Y esto enseña expresamente Jerónimo Prado en el mismo lugar.


Versículo 11: El que duerma con su madrastra

El que durmiere con su madrastra, y descubriere la vergüenza de su padre. — Pues la vergüenza de la madrastra es la vergüenza del padre; pues por el matrimonio se han hecho como una sola carne. Véanse las observaciones sobre el capítulo XVIII, 8.

Su sangre — la pena de sangre, es decir, de muerte, como dije en el versículo 9.


Versículo 14: Quemado vivo

El que, además de su esposa la hija, hubiere desposado a su madre, cometió un crimen; será quemado vivo con ellas — es decir, con la hija y la madre que desposó, si en efecto ambas consintieron en que la otra fuese tomada como segunda esposa, o si se casaron con él al mismo tiempo: pues si la previamente casada se hubiese opuesto al segundo matrimonio contraído con la madre o la hija, era inocente y no podía ser castigada. La pena de la hoguera se establece para este incesto, mientras que para otros crímenes aún más graves solo se establece la pena de lapidación, porque los judíos eran más inclinados a este incesto: de ahí que debiera prohibírseles con una pena más severa.

Oíd de doncellas gentiles que vengaron el incesto con parricidio: Plutarco relata la tragedia tomándola de Arístides en los Paralelos: «En Rovace, cuando se celebraban las Liberalias, Aruncio, que había sido abstemio desde su nacimiento, despreció el poder de Líber. Arrastrado por él a la embriaguez, arrebató por la fuerza la virginidad de su hija Medulina. Ella, reconociendo al violador por su anillo, meditando una hazaña mayor que su edad, emborrachó a su padre y lo coronó; y conduciéndolo al altar de Júpiter Fulminante, llorando dio muerte a aquel que había tramado asechanzas contra su virginidad.» Añade Plutarco una tragedia semejante, incluso doble: «Cianipo, un siracusano, estando ebrio violó a su hija Cíane. Cuando surgió una peste, y Apolo Pitio respondió que el hombre incestuoso debía ser sacrificado a los dioses que apartan los males, Cíane, percibiendo el sentido del oráculo que engañaba a los demás, arrastró a su padre por los cabellos y dio muerte a él y a sí misma.» Añade una tercera sobre Valerio, quien, habiendo tenido trato con su hija creyendo que era otra, cuando se descubrió el asunto, se arrojó de un precipicio de dolor. Asimismo una cuarta: «Papirio, dice, un romano, vencido por el amor dejó encinta a su hermana Canulia. Papirio Tolucer, el padre, cuando se descubrió el asunto, envió una espada a su hija; ella se apuñaló a sí misma, y el romano hizo lo mismo.» Del mismo modo: «Macareo, dice, mezcló su cuerpo con el de su hermana; cuando ella hubo dado a luz un niño, el padre le envió una espada para matar al niño: ella, juzgando esto impío, se mató a sí misma.»


Versículo 17: El que tomare a su hermana

El que tomare a su hermana (aun de un solo progenitor; pues esto es lo que sigue) hija de su padre, o hija de su madre, y viere la vergüenza de ella, etc., serán muertos — porque esta exhibición de estos miembros es sumamente deshonesta, y es preludio e incitación al coito.

En segundo lugar, San Agustín rectamente, en la Cuestión LXXII, explica «ha visto» por «ha tocado y yacido con ella». Pues precede: «El que hubiere tomado»; y sigue: «Porque mutuamente descubrieron su vergüenza»; cuya frase aquí y en el capítulo XVIII significa no solo la mirada, sino también el coito. Véanse las observaciones sobre Éxodo XX, 18.

Llevarán su iniquidad — la pena de su iniquidad, a saber la lapidación y la muerte.


Versículo 18: Coito durante la menstruación

El que yaciere con mujer durante su flujo menstrual, y ella abriere la fuente de su sangre (es decir, el miembro genital, por el cual fluye la sangre menstrual), ambos serán muertos — porque este coito es deshonesto y dañoso para la prole. Nótese: Tener trato con una mujer menstruante no parece, por el solo derecho natural, ser un mal y pecado tan grave, ni tan dañoso para la prole que haya de engendrarse, que deba castigarse con la muerte. De ahí que los teólogos más autorizados (aunque algunos sostengan lo contrario) enseñen que en la nueva ley no es pecado mortal si un marido tiene trato con su esposa durante su período menstrual. Así lo enseña Navarro, capítulo XVI del Enchiridion, número 32; lo mismo enseñan San Antonino, Paludano, Abulense, Soto, Cayetano y otros que cita y sigue Tomás Sánchez, libro IX Sobre el Matrimonio, disputa 21. De donde se sigue que el coito con mujer menstruante se prohíbe aquí a los judíos tan severamente, por una ley no tanto natural como positiva y ceremonial, del mismo modo que también les fue prohibido el consumo de grasa y sangre bajo pena de muerte, capítulo VII, 25 y 27. Por tanto, del mismo modo se amenaza aquí con la pena de muerte a la mujer menstruante y al que tiene trato con ella, no tanto por violación de la ley natural, como de la ley ceremonial que prohíbe tan rígidamente esta inmundicia, porque Dios quería que los judíos fuesen purísimos en el cuerpo.

Se dirá: Si esta ley es ceremonial, ¿por qué entonces se coloca aquí entre otros preceptos naturales? Respondo: Porque todas estas cosas atañen al coito y a la lujuria, y porque este coito con mujer menstruante es por ley natural malo y prohibido, y al menos pecado venial; pero con este precepto positivo de Dios añadido, era pecado mortal; ni es de admirar que un precepto natural se combine con uno positivo, para ser entremezclados: pues así se entremezclan estos preceptos en el capítulo precedente, Éxodo versículo 20, y en otros lugares.


Versículo 19: La vergüenza de su carne

Quien hizo esto descubrió la vergüenza de su carne (de su consanguínea, a saber, su tía materna o paterna, como consta por el hebreo y el caldeo).


Versículo 20: Morirán sin hijos

De su parentela — a saber, de su tío paterno o tío materno, como se dijo antes.

Morirán sin hijos. — En hebreo se dice, morirán sin descendencia, como si dijera: No se permitirá que estos incestuosos permanezcan en este crimen hasta que puedan tener hijos, sino que, tan pronto como se sepa, serán condenados a muerte por sentencia del juez. Pues esto es lo que significa «llevarán su iniquidad», es decir, la pena de su iniquidad, a saber, la muerte; lo cual en el versículo y caso siguiente, donde igualmente se dice «estarán sin hijos», debe repetirse del mismo modo; pues tanto para aquel incesto como para este se decreta la pena de muerte, y eso inmediatamente, de manera que no se permita concebir la prole que buscan de ello. Así Abulense. A lo cual añádase que Dios parece amenazar aquí particularmente a los incestuosos con la pena de esterilidad, como si Él mismo por su particular providencia hiciera que ninguna prole surgiera de tal incesto. Pues así observamos frecuentemente aun hoy que tales personas permanecen sin hijos, y San Gregorio afirma que él mismo experimentó lo mismo, en respuesta a la pregunta de San Agustín, Obispo de los ingleses, capítulo VI.

San Agustín, Radulfo y Cayetano explican «estarán sin hijos» de otro modo, como si dijera: Si les han nacido algunos hijos, sean considerados ilegítimos, no hijos, y no sucedan a su progenitor por ningún derecho.


Versículo 21: Cosa ilícita

Hace cosa ilícita. — En hebreo nidda, es decir, algo que debe ser rehuido, detestado, abominado.


Versículo 23: Las costumbres de las naciones

No andéis según las costumbres de las naciones (según el modo de vivir de los gentiles) que yo voy a expulsar delante de vosotros — delante de vosotros, cuando entréis en su tierra, a saber, Canaán.


Versículo 24: Tierra que mana leche y miel

Tierra que mana leche y miel — tierra fertilísima; es hipérbole.


Versículo 25: Separad lo limpio de lo inmundo

Separad, pues, también vosotros el animal (bestia o ganado; así el hebreo y el caldeo) limpio del inmundo. — Véase sobre esta distinción de animales lo dicho en el capítulo XI.

No contaminéis (en parte por desobediencia, en parte por irregularidad legal) vuestras almas — es decir, a vosotros mismos.


Versículo 26: Seréis santos para Mí

Seréis santos para Mí, porque Yo soy santo, el Señor. — Aquí Dios habla a todos los israelitas, no solo a los sacerdotes, sino también a los laicos. Adán Sasbout trata devotamente esta sentencia en las homilías 1 y 2, y la aplica en la primera a los laicos, en la segunda a los sacerdotes.

Nótese: «Santo» en hebreo se dice cados, es decir, separado de los usos profanos, y destinado y como consagrado al culto de Dios, quien por tanto debe ser puro de vicios, casto, incontaminado y limpio de inmundicia. En segundo lugar, «santo» en griego se dice agios, o osios. Orígenes piensa que agios se deriva como de a-ge, es decir, «sin tierra». Pero la a privativa, que significa «sin», carece de la aspiración que está en agios. Por ello otros derivan más correctamente agios de agauo, es decir, venero, como si dijeras: Digno de ser reverenciado y venerado a causa de la virtud y la pureza. En tercer lugar, los latinos derivan sanctum (santo) de sancio, que proviene de sanguis (sangre), porque los pactos solían confirmarse — es decir, ratificarse — con la sangre de víctimas inmoladas. De ahí que Servio, explicando aquel pasaje de la Eneida XII: «Escuche esto el Padre, que ratifica los pactos con Su rayo:» dice: «Se dice santo, como lo que está ratificado y consagrado por la sangre.» De ahí también que sanctio sea el nombre de una ley por la cual se prescribe una pena para los transgresores. Por esto, santo se dice de lo que es sagrado, de modo que no pueda ser violado. Santo, por tanto, se dice primeramente de lo que es puro e incontaminado. De ahí Virgilio, Eneida XII: «Alma santa e inocente de este crimen, descenderé a vosotros.» Y: «Y tú, oh santísima (es decir, purísima) esposa.» En segundo lugar, de lo que es sagrado y divino, y por tanto inviolable. En tercer lugar, de lo que es firme y perpetuo. Pues de ahí los pactos ratificados con sangre se tenían por santos, porque debían mantenerse firme e inviolablemente, incluso hasta la sangre y la muerte.

Así pues, los judíos, y mucho más los cristianos, deben ser santos ante Dios en todos sus actos y costumbres; santos, digo, según todas las etimologías y todos los modos recién mencionados. Pues tanto a los judíos por Moisés se les dice, Éxodo XIX, 6, como a los cristianos por San Pedro, 1 Pedro II, 9: «Vosotros sois linaje escogido, sacerdocio real, nación santa, pueblo de adquisición.» Así Cristo es el Santo de los Santos, Daniel IX, 14. Así santísima, es decir, purísima, fue la Bienaventurada Virgen Madre de Dios. Así dice David, Salmo LXXXV, 2: «Guarda mi alma, porque soy santo.» Así en Jeremías I, 5, se dice: «Antes que salieras del seno materno, te santifiqué.» Así San Juan Bautista fue santificado en el vientre, quien, para preservar inviolada esta santidad, se retiró al desierto, «para que ni con la más leve mancha pudiera mancillar su vida.» Así una virgen es santa, es decir, pura en cuerpo y espíritu, 1 Corintios VII, 34. Así santas, es decir, castas, fueron Santa Inés, Lucía, Águeda y otras santas vírgenes. En segundo lugar, santos, es decir, separados del mundo y devotos y consagrados a Dios, fueron los santos ermitaños, religiosos y sacerdotes. En tercer lugar, santos, es decir, venerables por su piedad y virtud, fueron los santos patriarcas, profetas y obispos. En cuarto lugar, santos, es decir, fieles a Dios hasta la muerte, fueron los apóstoles y mártires.


Versículo 27: Los apedrearán

Los abrumarán con piedras. — Abulense probablemente considera que esta pena de lapidación se extiende a todos los casos y crímenes de este capítulo (excepto el del incesto en el versículo 14, donde se asigna otra pena, a saber, el fuego), porque la lapidación se coloca y expresa aquí tanto al principio del capítulo como al final. De ahí que parezca abarcar a modo de resumen todos los demás casos intermedios (en los cuales, por tanto, no se expresa ningún género específico de castigo); y esto se confirma por el versículo 16, comparado con Juan VIII, 5, donde se dice que las adúlteras deben ser apedreadas según la ley de Moisés. Y esto no es de extrañar; pues todos estos casos son crímenes enormes, tales que merecen la severa pena de la lapidación.

Pues en los crímenes menores, el género común de castigo, donde no se expresa otro, era la horca o la cruz, según piensa Abulense, y esto se insinúa en Deuteronomio XXI, 22. Pero esta opinión es poco probable: pues la cruz parece haber sido castigo solo para crímenes enormes entre los judíos; pues en Deuteronomio XXI, 23, se dice que el que es colgado es maldito de Dios. De ahí que la cruz y los crucificados fueran supremamente execrables para los judíos; y por eso debían ser cubiertos de tierra y sepultados el mismo día. De ahí también que Cristo fuera crucificado, a causa del supremo tormento de la cruz, e igualmente de su infamia; pues esto es lo que los judíos dicen en Sabiduría II: «Condenémoslo a la muerte más vergonzosa.» Véase Jansenio en el capítulo CXLIII de la Concordancia Evangélica.

Más verdaderamente, pues, el castigo común para los crímenes menores era la espada o el hacha, aunque no encontramos esto expresado y decretado en ninguna parte de la ley antigua; pues este género de muerte es el más leve, y aceptado por el uso entre muchísimos pueblos: y así Juan el Bautista fue decapitado por Herodes. Finalmente, Carlos Sigonio señala, en el libro VI De la República de los Hebreos, último capítulo, que en la ley antigua se hallan decretados estos castigos: multa, talión, azotes, destierro, venta como esclavo y muerte; pero solo tres géneros de muerte, a saber, la lapidación aquí, la cremación en el versículo 14, y la crucifixión en Deuteronomio XXI. Así entre los romanos, Cicerón escribió que ocho géneros de penas están contenidos en las leyes, a saber: daño, cadenas, azotes, talión, ignominia, destierro, esclavitud y muerte, dice Isidoro, libro II de las Etimologías.