Cornelius a Lapide

Doxología de Dios Guía y Señor, de los Hechos y Epítome de los Números


Grande es el Señor, y digno de toda alabanza: en la ciudad de nuestro Dios, en su santo monte.

¡Cuán hermosos son tus tabernáculos, oh Jacob, y tus tiendas, oh Israel! Como valles frondosos, como jardines junto a ríos caudalosos, como tabernáculos que el Señor ha plantado, como cedros junto a las aguas.

Estos son los campamentos de Dios: estas son las multitudes de Judá, estos los millares de Israel y de Leví.

Dios los sacó de Egipto: cuya fuerza es semejante a la del rinoceronte.

Por medio de ellos dispersará a las naciones, hasta los confines de la tierra: y quebrantará sus huesos.

Se recostó y durmió como un león, y como una leona: ¿quién lo despertará?

El Señor fue su guía: y el clamor de la victoria de un rey estaba en él.

¡Cuán amados son tus tabernáculos, oh Señor de los ejércitos! Mi alma anhela y desfallece por los atrios del Señor.

Donde fueron contados y sellados doce mil, de cada tribu de Israel, que estaban vestidos con túnicas blancas, y palmas en sus manos.

Quienes lavaron sus vestiduras, y las blanquearon en la sangre del Cordero.

Por eso están ante el trono de Dios, y le sirven día y noche en su templo: y el Cordero los conducirá a las fuentes de las aguas de la vida.

¡Cuán hermosos son sus nazareos! Más blancos que la nieve, más resplandecientes que la leche, más rosados que el marfil antiguo, más bellos que el zafiro.

Condujiste, oh Señor, a tu pueblo: como ovejas, por la mano de Moisés y de Aarón.

Fuiste para él cobertura de nube durante el día: y luz de estrellas durante la noche.

Confiesen al Señor sus misericordias: y sus maravillas a los hijos de los hombres.

Quien condujo a su pueblo por el desierto durante cuarenta años: porque su misericordia permanece para siempre.

Sus vestiduras no se desgastaron: no hubo débil alguno entre sus tribus.

Partieron del Sinaí en orden de batalla, con trompetas resonando, a través de sus campamentos.


Levántate, oh Señor, y sean dispersados tus enemigos: y huyan de tu presencia los que te odian.

Les diste pan del cielo: que contenía en sí todo deleite, y la suavidad de todo sabor.

Desearon con deseo en el desierto: las codornices subieron a ellos desde el mar.

Aún estaba el alimento en sus bocas: y la ira de Dios descendió sobre ellos.

El fuego devoró parte del campamento: fueron sepultados en los sepulcros de la concupiscencia.

El Señor llenó a setenta ancianos con su espíritu: para que gobernasen al pueblo junto con Moisés.

Los exploradores incitaron al pueblo a la murmuración: el Señor juró que abatiría a todos los murmuradores en el desierto.

Josué y Caleb siguieron al Poderoso: para apartar a la nación de los pecados, y para derribar el muro de la malicia.

Por eso solo ellos entraron en la tierra que mana leche y miel: y el Señor dio fortaleza al mismo Caleb; para que todos los hijos de Israel viesen que es bueno servir al Dios santo.

Añadió gloria a Aarón, y le dio sus víctimas y primicias: pues Él mismo es su porción y herencia.

Oh Señor, tú eres la porción de mi herencia, y de mi cáliz: tú eres quien me restituirá mi herencia.

Pues ¿qué tengo yo en el cielo: y qué he deseado sobre la tierra fuera de ti?

Dios de mi corazón: y Dios porción mía por siempre.

Coré, Datán y Abirón, envidiando, provocaron a Moisés en el campamento y a Aarón, el santo del Señor.

Se abrió la tierra y se tragó a Datán: y cubrió a la congregación de Abirón.

Y el fuego se encendió en su asamblea: la llama consumió a los pecadores.

La vara de Aarón floreció, y produjo almendras: para que Aarón, elegido por Dios, fuese manifestado como sacerdote eterno.

El Señor ordenó que el campamento fuese santo, y que los impuros fuesen expulsados y purificados.