Cornelius a Lapide
Índice
Sinopsis del capítulo
Con ocasión de las hijas de Salfaad, se promulga una ley que establece que ellas y todas las demás mujeres que hereden la posesión de su padre deben casarse con hombres de su propia tribu.
Texto de la Vulgata: Números 36:1-13
1. Se acercaron también los jefes de las familias de Galaad, hijo de Maquir, hijo de Manasés, de la estirpe de los hijos de José, y hablaron a Moisés ante los jefes de Israel, y dijeron: 2. A ti, señor nuestro, te mandó el Señor que dividieras la tierra por suertes a los hijos de Israel, y que dieras a las hijas de Salfaad, nuestro hermano, la posesión debida a su padre: 3. si hombres de otra tribu las tomasen por esposas, su posesión las seguirá, y habiendo sido transferida a otra tribu, será disminuida de nuestra herencia, 4. y así sucederá que cuando llegue el jubileo, es decir, el año quincuagésimo de remisión, se confundirá la distribución de las suertes, y la posesión de unos pasará a otros. 5. Respondió Moisés a los hijos de Israel, y por mandato del Señor, dijo: La tribu de los hijos de José ha hablado rectamente, 6. y ésta es la ley promulgada por el Señor acerca de las hijas de Salfaad: Cásense con quienes quieran, con tal de que se casen con hombres de su propia tribu; 7. para que la posesión de los hijos de Israel no se mezcle de tribu en tribu. Pues todos los hombres tomarán esposas de su propia tribu y parentela: 8. y todas las mujeres tomarán maridos de la misma tribu, para que la herencia permanezca en las familias, 9. y las tribus no se mezclen unas con otras, sino que permanezcan 10. tal como fueron separadas por el Señor. E hicieron las hijas de Salfaad como se les había mandado: 11. y se casaron Maalá, Tersa, Jeglá, Melcá y Noá con los hijos del hermano de su padre, 12. de la familia de Manasés, que fue hijo de José: y la posesión que les había sido asignada permaneció en la tribu y familia de su padre. 13. Éstos son los mandamientos y juicios que el Señor ordenó por medio de Moisés a los hijos de Israel, en las llanuras de Moab junto al Jordán, frente a Jericó.
Versículo 2: La división de la tierra y las hijas de Salfaad
2. A ti, señor nuestro, te mandó el Señor que DIVIDIERAS LA TIERRA POR SUERTES, es decir, que ordenaras dividirla por medio de tus sucesores: pues Moisés, al morir, no dividió la tierra, sino que por mandato suyo la dividió Josué, que le sucedió.
Y QUE DIERAS A LAS HIJAS DE SALFAAD, NUESTRO HERMANO, LA POSESIÓN DEBIDA A SU PADRE. — Esto lo mandó el Señor en el capítulo 27, versículo 7.
Versículo 3: El riesgo de que la herencia pase a otra tribu
3. SI HOMBRES DE OTRA TRIBU LAS TOMASEN POR ESPOSAS, SU POSESIÓN LAS SEGUIRÁ, Y HABIENDO SIDO TRANSFERIDA A OTRA TRIBU, SERÁ DISMINUIDA DE NUESTRA HERENCIA, de modo que, a saber, no se llamaría herencia de la tribu de José, sino de la otra tribu a la que pertenecerían los futuros maridos de estas hijas de Salfaad. Pues aunque algún hijo debería haber sido subrogado en lugar del abuelo materno difunto, para suceder en su nombre y herencia, y ser llamado, por ejemplo, hijo de Salfaad, sin embargo, puesto que este hijo tenía padre y hermanos de otra tribu, fácilmente habría surgido de ahí confusión y mezcla de nombres, de modo que no sería llamado hijo o nieto de Salfaad, sino de su propio padre: de donde, con el transcurso del tiempo, en el jubileo, cuando habría de tratarse la cuestión de reclamar la herencia si hubiera sido enajenada, fácilmente habría surgido confusión y error, a saber, que la herencia de Salfaad pasaría a los yernos, a sus parientes y a su tribu. Además, fácilmente habría podido suceder que, borrada la memoria de la sucesión materna, la herencia fuera computada absolutamente por la tribu y el nombre del padre. Por esta razón, para que esto no sucediera, Dios decretó que estas hijas no se casaran fuera de su propia tribu, sino que tomaran maridos de su propia tribu.
Versículos 7-8: Si la ley matrimonial se aplica a todos o solo a las herederas
7 y 8. PUES TODOS LOS HOMBRES TOMARÁN ESPOSAS DE SU PROPIA TRIBU Y PARENTELA: Y TODAS LAS MUJERES TOMARÁN MARIDOS DE LA MISMA TRIBU, PARA QUE LA HERENCIA PERMANEZCA EN LAS FAMILIAS. — Se plantea aquí la cuestión de si esta sentencia debe entenderse de absolutamente todos los hombres y mujeres, de modo que todos los varones hebreos estuvieran obligados a tomar esposas de su propia tribu, y viceversa, todas las mujeres hebreas estuvieran obligadas a casarse con maridos de su propia tribu, y no de otra.
Lira y Abulense lo afirman, y exceptúan de esta sentencia general solamente a los levitas, ya sea por la dignidad de la tribu de Leví, como sostiene Lira; ya porque la tribu de Leví no tenía posesión alguna en Canaán que pudiera dispersarse a otras tribus por medio de matrimonios, como sostiene Abulense. Las palabras del texto, que son claramente universales, favorecen esta opinión.
Pero digo que esta sentencia no debe entenderse de absolutamente todos, sino solamente de las mujeres que sucedían en la herencia de su padre, por falta de descendencia masculina, y recíprocamente de los hombres que se casaban con tales mujeres. Pues tales mujeres y hombres debían ser de la misma tribu; y solamente esto se manda aquí. Que esto es así se prueba, en primer lugar, por la cuestión propuesta en los versículos 2 y 3. Pues allí la única cuestión era cómo impedir que la herencia de las hijas de Salfaad se traspasara a otra tribu: a cuya cuestión responde Moisés, y sugiere el medio conveniente por el cual esto puede hacerse, diciendo: «Cásense con maridos de su propia tribu»; y luego, por decreto general, manda esto para todas las mujeres y hombres en la misma situación.
En segundo lugar, lo mismo se desprende del fin de la ley, que Moisés añade aquí diciendo: «Para que la herencia permanezca en las familias»; pero para esto basta que las mujeres que son herederas no se casen en otra tribu: es irrelevante extender la misma regla a todas las demás mujeres; pues las demás mujeres, al no tener herencia, de ningún modo la transferirían a otra tribu; y los hombres no pueden transferir su herencia a mujeres de otra tribu, y por consiguiente a otra tribu: pues los hijos siguen el nombre del padre, no el de la madre.
El testimonio hebreo en favor de las herederas solamente
En tercer lugar, lo mismo resulta clarísimo en el hebreo, pues dice así: y toda mujer que herede una herencia se casará con uno de su propia tribu. Así también el caldeo, los Setenta y todos los hebreos. Por tanto, esta ley debe entenderse únicamente de la mujer que hereda una herencia.
Nótese: Del hebreo se colige que las hijas que eran herederas, a falta de descendencia masculina, debían casarse no solo en la misma tribu, sino también en la misma familia más cercana, para que su herencia no pasara a familias ajenas, sino que permaneciera en la familia de los consanguíneos del padre, quienes tenían derecho a ella. Pues el hebreo dice así en el versículo 6: «Serán esposas de hombres de la familia de la tribu de su padre». Y en el versículo 8: «Toda hija que herede una herencia será esposa de uno de la familia de la tribu de su padre, para que los hijos de Israel hereden cada uno la herencia de sus padres».
Ejemplos de matrimonios entre tribus en la Escritura
En cuarto lugar, lo mismo se demuestra con ejemplos: pues David, que era de la tribu de Judá, se casó con Mical, hija de Saúl, que era de la tribu de Benjamín; es más, fuera de su propia tribu se casó con una gentil, a saber, la hija del rey de Guesur, 2 Reyes 3:3. Asimismo Majalón y Quelión, hijos de Elimélec, se casaron con mujeres moabitas, como consta de Rut 1:4. Igualmente Booz se casó con Rut la moabita, Rut capítulo 4, versículo 10. De ahí que también en Deuteronomio capítulo 21, versículo 11, se permite a los judíos casarse con vírgenes extranjeras capturadas en guerra, excepto las cananeas. Igualmente en Jueces, último capítulo, versículo 1, las demás tribus juran que no darán a sus hijas en matrimonio a los benjaminitas; luego anteriormente era tanto lícito como habitual hacerlo.
Se objetará: ¿Por qué entonces nuestro Traductor no lo expresó así, sino que tradujo de forma general: «Todos los hombres tomarán esposas de su propia tribu»; y viceversa: «Todas las mujeres tomarán maridos de la misma tribu»? Respondo: Porque presupuso, por la cuestión propuesta y por la respuesta del versículo 6, que aquí solo se trata de mujeres que heredan una posesión, y de hombres que toman a tales mujeres en matrimonio. De ahí que lo que nuestro Traductor vierte: «Todos los hombres tomarán esposas de su propia tribu», debe traducirse del hebreo con el caldeo y los Setenta así: cada uno se adherirá a la posesión de la tribu de sus padres, es decir, los hijos varones sucederán a sus padres; pero las mujeres, si son herederas, se casarán con alguien de su propia tribu, para que no haya ocasión alguna de que herencia alguna sea transferida de una tribu a otra. Así Burgense, Cayetano, Oleaster, Vatablo aquí, y Andrés Masio en Josué capítulo 17, versículo 4.
La genealogía de Cristo en Mateo y Lucas
Por esta razón las hijas de Salfaad se casaron dentro de la misma familia, a saber, con los hijos de los hermanos de su padre, es decir, con sus primos, como se dice en el versículo 11. Y así conciliamos la genealogía de Cristo en Mateo y Lucas, diciendo que ambos describen verdaderamente la genealogía de Cristo, porque la Santísima Virgen, siendo heredera, se casó con su primo, a saber, José: pues José era hijo de Jacob, y la Santísima Virgen era hija de Elí o Joaquín: y Jacob y Helí eran hermanos de padre y madre, a saber, hijos de Natán. Por tanto, la genealogía de Cristo en Mateo es verdadera desde Adán hasta Natán por la línea paterna, a saber, por los progenitores de Joaquín, que fue abuelo de Cristo: pero Lucas describe la misma, pero por la línea materna, a saber, por los progenitores de Santa Ana, madre de la Santísima Virgen. Pues habiendo sido ya descrita por Mateo la serie de todas las generaciones por la línea paterna, Lucas no quiso repetirla, sino que además quiso mostrar que Cristo y la Santísima Virgen también eran, por la línea materna, de la casa y familia de David. De ahí que cuando Lucas dice «que fue de Helí», nombra al abuelo de Cristo, y al primer progenitor masculino de Cristo, omitiendo a Santa Ana y a la Santísima Virgen, porque las mujeres no acostumbraban a entrar en las series genealógicas. A su vez, cuando Lucas dice de Helí «que fue de Matat», entiéndase no hijo, sino yerno: pues Matat fue padre no de Helí o Joaquín, sino de Santa Ana, esposa de Joaquín; y cuando luego dice de Matat «que fue de Leví, que fue de Melquí», etc., entiéndase siempre la palabra «hijo». Pues éstos son los verdaderos progenitores de Matat, cuya hija fue Santa Ana. Así, en esencia, Francisco Lucas en el mismo lugar.
Cómo la Santísima Virgen e Isabel eran parientes
Por este pasaje así explicado, resulta de nuevo claro cómo la Santísima Virgen, siendo de la tribu de Judá, podía tener como pariente a Isabel, que era de la tribu de Aarón y Leví. Pues la razón y fundamento de esto no era que solo los levitas pudieran tomar esposa de otra tribu, como muchos sostienen; sino que todas las mujeres podían casarse con maridos que fueran de otra tribu, si ellas mismas tenían hermanos, de modo que ellas mismas no fueran herederas de sus padres. Pues si ellas mismas fueran herederas, no podían casarse en otra tribu, y mucho menos podían casarse con levitas. Pues los levitas eran incapaces de herencia alguna, porque su herencia era el Señor; y por consiguiente, los hijos de los levitas no podían acceder ni a la herencia del padre ni a la de la madre.
Por tanto, aquí debe decirse una de dos cosas, a saber, que la madre o abuela de la Santísima Virgen era de la tribu de Leví (y era tía o prima de Isabel), con la cual, por no ser heredera, se casó el padre o abuelo de la Santísima Virgen, que era de la tribu de Judá; de modo que la Santísima Virgen según su linaje paterno era de Judá, según su linaje materno de Leví. O más bien, a la inversa, debe decirse que la madre o abuela de Santa Isabel era de la tribu de Judá (y era tía o pariente de la Santísima Virgen), con la cual, por no ser heredera, se casó el padre o abuelo de Santa Isabel, que era de la tribu de Leví; de modo que Isabel con respecto a su padre era de Leví, con respecto a su madre de Judá: pues así sucedió que la Santísima Virgen e Isabel eran hijas de dos hermanas, o de dos primas, y por tanto eran parientes, aunque tuviesen padres de diferentes tribus, y por consiguiente ellas mismas fueran de diferentes tribus: pues no de la madre, sino del padre, recibía cada persona la familia, la tribu y el nombre. De ahí que, conservada la distinción de las tribus, los reyes se casaban con hijas de pontífices, y los pontífices con hijas de reyes, según atestigua Josefo: y así Cristo, descendiendo de los reyes de Judá, por sus abuelas descendía también de Leví.
Versículo 7: Parentela, tribu y familia
7. «Y parentela». — Esta parentela es general, a saber, la que existe entre los miembros de la misma tribu. En realidad, por tanto, parentela, tribu y familia son aquí la misma cosa. Pues solo esto se manda aquí: que tomen esposas o maridos de la misma tribu; pero no que sean de la misma familia particular y más cercana.
Versículo 12: La herencia permaneció en Manasés
12. QUE LES HABÍA SIDO ASIGNADA. — Estas palabras no se encuentran en el hebreo, pero se sobreentienden: a saber, la posesión del padre Salfaad, que había sido asignada a estas sus hijas por Moisés, por este medio —es decir, por el matrimonio con hombres de su propia tribu— permaneció en su tribu, a saber, en Manasés; es decir, debía permanecer en ella y no podía ser transferida a otra tribu.
Meditación mística: Nuestra herencia eterna
Místicamente, nuestra posesión constante y perpetua, que nunca ha de ser enajenada, es el cielo y la gloria eterna de Dios. Mientras vivas, pues, mientras estés sano, oh hombre peregrino, considera que todas las cosas tienen su tiempo, y que todas pasan bajo el cielo en sus plazos señalados. ¡Ay, ay, los años fugaces se deslizan, Póstumo, Póstumo! Considera que todas las cosas bajo el sol son vanidad, vanidad de vanidades, y todo es vanidad. Considera que por todos los pensamientos, palabras y obras te llevará Dios a juicio. «Acuérdate, pues, de tu Creador en los días de tu juventud, antes que el polvo vuelva a su tierra de donde vino, y el espíritu retorne a Dios que lo dio: porque el hombre irá a la casa de SU ETERNIDAD». Considera que esta vida es la palestra de la ETERNIDAD. ¡Oh hijos de Adán!, ¿por qué perseguís lo perecedero? ¡Oh almas inclinadas hacia la tierra y vacías de las cosas celestiales!, ¿por qué seguís lo momentáneo y lo que pronto ha de perecer? ¡Ojalá fuesen sabios los hombres, ojalá entendieran, ojalá se proveyeran de una bienaventurada ETERNIDAD!