Cornelius a Lapide

Números XII


Índice


Sinopsis del Capítulo

María, a causa de su murmuración contra Moisés, es herida de lepra y expulsada del campamento; pero, gracias a la oración de Moisés en su favor, después de siete días es sanada y llamada de vuelta.


Texto de la Vulgata: Números 12:1-15

1. Y María y Aarón hablaron contra Moisés a causa de su esposa etíope, 2. y dijeron: ¿Acaso ha hablado el Señor solamente por medio de Moisés? ¿No nos ha hablado igualmente también a nosotros? Cuando el Señor hubo oído esto 3. (pues Moisés era el hombre más manso de todos los que moraban sobre la tierra), 4. al instante habló a él, y a Aarón y a María: Salid vosotros tres solos al tabernáculo de la alianza. Y cuando hubieron salido, 5. el Señor descendió en la columna de nube y se detuvo a la entrada del tabernáculo, llamando a Aarón y a María. Cuando ellos se hubieron adelantado, 6. les dijo: Oíd Mis palabras: Si hubiere entre vosotros un profeta del Señor, Yo le apareceré en visión o le hablaré en sueños. 7. Pero no así Mi siervo Moisés, que es fidelísimo en toda Mi casa: 8. pues Yo le hablo boca a boca y abiertamente, y no por enigmas y figuras ve al Señor. ¿Por qué, pues, no temisteis hablar contra Mi siervo Moisés? 9. Y estando airado contra ellos, se marchó; 10. también se retiró la nube que había estado sobre el tabernáculo; y he aquí que María apareció blanca de lepra como la nieve. Y cuando Aarón la miró y la vio cubierta de lepra, 11. dijo a Moisés: Te ruego, señor mío, no pongas sobre nosotros este pecado que neciamente hemos cometido, 12. que no sea ella como un muerto, y como un aborto que es arrojado del seno de su madre: he aquí que ya la mitad de su carne ha sido consumida por la lepra. 13. Y Moisés clamó al Señor, diciendo: Oh Dios, Te ruego, sánala. 14. Y el Señor le respondió: Si su padre le hubiera escupido en el rostro, ¿no debería haber estado cubierta de vergüenza al menos siete días? Sea separada siete días fuera del campamento, y después sea llamada de vuelta. 15. Así María fue excluida del campamento por siete días; y el pueblo no se movió de aquel lugar hasta que María fue llamada de vuelta.


Versículo 1: María y Aarón hablaron contra Moisés

Nota: En esta murmuración pecó más María, por ser mujer celosa de Séfora, y parece haber sido ella quien incitó a Aarón contra Séfora y Moisés; por lo cual solo ella fue castigada con lepra, no Aarón.


¿Quién era la esposa etíope?

1. Y MARÍA Y AARÓN HABLARON CONTRA MOISÉS, A CAUSA DE SU ESPOSA ETÍOPE. -- Preguntas: ¿quién era esta mujer etíope? Josefo, libro II de las Antigüedades x, y tras él Eusebio, Isidoro y otros refieren que Moisés, cuando aún vivía en la casa del padre del Faraón, hizo guerra por los egipcios contra los etíopes, y los sometió mediante la traición de Tarbis, hija del rey de los etíopes, con quien Moisés se casó en consecuencia, y que esta era la mujer etíope.

Pero la Escritura no hace mención alguna de esta guerra y victoria, ni de esta esposa de Moisés, sino únicamente de Séfora. Digo, pues, que Séfora es llamada aquí etíope porque era madianita. Pues los madianitas son llamados etíopes en la Escritura, como es claro por Habacuc capítulo III, versículo 7, y II Crónicas xiv, 10, 12. Porque hay una doble Etiopía en la Escritura, a saber: una occidental, más allá de Egipto, esto es Abisinia, donde ahora reina el Preste Juan, que es la única que hoy se llama Etiopía; la otra oriental, que es Arabia, en la que habitaban los ismaelitas, amalecitas, madianitas, etc.: estos, pues, son llamados etíopes. Así San Agustín aquí, Cuestión XX, Teodoreto, Cuestión XXII, Rábano, Ruperto, Lira, Abulense, Eugubino, Vatablo y Oleaster.


El matrimonio alegórico de Cristo con la Iglesia

En este matrimonio de Moisés con la mujer etíope, se prefiguraba alegóricamente el matrimonio de Cristo con la Iglesia de los Gentiles; tropológicamente, el matrimonio del Verbo con el alma pecadora, dice San Bernardo, sermón 39 sobre el Cantar de los Cantares.


¿Por qué María y Aarón se levantaron contra Moisés?

Preguntas en segundo lugar: ¿por qué María y Aarón se levantaron contra Moisés a causa de Séfora? Es verosímil, como dice Abulense, que Séfora, a la manera de las mujeres (pues este sexo, siendo de débil ingenio y juicio, es ambicioso y celoso de su propio honor), quiso anteponerse a María, porque era la esposa de Moisés, y había ensalzado con palabras a su Moisés como jefe del pueblo, y lo había puesto por encima de María y Aarón: con lo cual primero fue provocada María, luego Aarón, y comenzaron a enaltecerse, queriendo hacerse iguales no solo a Séfora sino también a Moisés, jactándose de que eran profetas tan nobles como lo era Moisés. Que fue así se deduce tanto del versículo siguiente como del versículo 6, donde Dios señala y corta esta causa de la murmuración, y les enseña que se equivocan en su ambición, porque Moisés es el Profeta más excelente, más fiel e íntimo de Dios, con quien ningún otro puede compararse.


¿Por qué Aarón no fue herido con lepra?

Añade Abulense que Aarón no fue herido de lepra porque era el sumo sacerdote, en quien se requería la mayor limpieza, autoridad y reverencia. Pues habría sido una grave deshonra en el culto de Dios si Su sumo sacerdote Aarón hubiera sido alguna vez leproso. Aprendan de aquí los Príncipes y Prelados a apartar toda deshonra de sus funcionarios y pastores, y a no promover ni poner al frente del pueblo a aquellos que en algún momento fueron manchados por la infamia, aunque ya se hayan enmendado: pues el pueblo despreciará a tales personas a causa de su pasada infamia, y de hecho se burlará de ellos.


Interpretación alegórica de San Ambrosio

Alegóricamente, San Ambrosio, libro X, epístola 82: «Esta murmuración de María,» dice, «pertenece al tipo de la Sinagoga, la cual, ignorando el misterio de la mujer etíope, es decir, de la Iglesia que habría de congregarse de entre los Gentiles, murmura con reproche cotidiano, y envidia a aquel pueblo por cuya fe también ella será despojada de la lepra de su propia infidelidad, al final de los tiempos.» Así también San Próspero, parte II Sobre las Predicciones, capítulo IX, Ruperto, y San Jerónimo a Fabiola, en la 14.ª Parada. Donde nota, según San Jerónimo, que esta murmuración ocurrió, y que esta lepra fue infligida a María en la decimocuarta parada, a saber, en Jaserot, como es claro por el capítulo precedente, último versículo.


Versículo 3: Moisés era el hombre más manso

3. PUES MOISÉS ERA UN HOMBRE MUY MANSO, POR ENCIMA DE TODOS LOS HOMBRES QUE MORABAN SOBRE LA TIERRA. -- Es decir, porque Moisés era el más manso de los hombres de aquella época, no respondió a María y Aarón cuando lo denigraban y discutían con él, y por eso Dios emprendió su defensa y respondió en su favor.

Nota: Moisés, orando e intercediendo por su hermana detractora a petición de Aarón, fue el más manso en el Antiguo Testamento; pero en el Nuevo, San Esteban fue más manso que él, dice Abulense, quien oró incluso por los que lo apedreaban y por Saulo, sin que nadie se lo pidiera; con lo cual obtuvo a Pablo para la Iglesia y transformó a Saulo en Pablo. Más aún, por esta mansedumbre Moisés mereció una conversación y familiaridad casi continua con Dios. Oye a San Dionisio, epístola 8 a Demófilo: «La historia de los hebreos relata que Moisés fue juzgado digno de la amistad y familiaridad divina en razón de su extraordinaria mansedumbre; y si alguna vez refiere que cayó de la visión divina, no fue que esto le aconteciese antes de haber caído de la mansedumbre. Pues era, dice, muy manso, y por eso se le llama siervo de Dios, y más digno que todos los Profetas, a quien Dios otorgaría la gracia de Su visión.»


La virtud de la mansedumbre

Ved lo que la mansedumbre obtiene de Dios, ved cuán grande virtud es, ved cuán magnánima es. Con razón dice Séneca del sabio: «El sentimiento del dolor,» dice, «es provocado por la bajeza del espíritu que se encoge ante una acción o palabra deshonrosa; pero el sabio no es despreciado por nadie, y conoce su propia grandeza. El fruto de la injuria reside en la indignación y en la percepción de quien la sufre;» y en su libro Sobre la ira: «Todo lo que es débil por naturaleza es quejumbroso; ni hay cosa grande que no sea al mismo tiempo apacible.»


Ejemplos de mansedumbre de los santos y los paganos

Ciertamente, esta ecuanimidad y mansedumbre en soportar las injurias es señal de un alma cristiana, verdaderamente sabia y grande. Oye de nuevo a Séneca, en su libro Sobre la ira: «Alguien golpeó a Marco Catón en el baño sin querer; después, cuando el hombre se disculpó, Catón dijo: No recuerdo haber sido golpeado; prefirió no reconocer la ofensa que perdonarla. Es propio de un alma grande despreciar las injurias: es propio de un hombre mezquino y miserable devolver el mordisco, como los ratones y las hormigas, que si les acercas la mano vuelven su boca hacia ella: los débiles piensan que son heridos si los tocan.» Y en su Consolación a Helvia: «Aristides era conducido a la ejecución en Atenas; todos los que lo encontraban gemían, no como si se hiciera contra un hombre justo, sino como si se hiciera contra la justicia misma; sin embargo, se halló alguien que le escupió en el rostro; pero él se limpió la cara y dijo con una sonrisa al magistrado que lo acompañaba: Advierte a ese individuo que no bostece tan groseramente en adelante.» De Julio César, dijo Cicerón «que no solía olvidar nada excepto las injurias,» como refiere San Agustín, epístola 5 a Marcelino. Oye a San Basilio, en su homilía Sobre la lectura de los libros paganos: «Un hombre en el foro cubría a Pericles de todo tipo de insultos; pero Pericles, aparentando no darse cuenta, lo soportó todo el día: luego, al anochecer, acompañó al hombre que partía hasta su casa con una antorcha. De nuevo, un hombre juró que mataría a Euclides: pero Euclides a su vez juró que lo soportaría pacientemente, y que se ganaría incluso a aquel hombre hostil. Un hombre golpeó el rostro de Sócrates con un violento golpe; Sócrates, sin perturbarse en absoluto, no hizo otra cosa que inscribir en su propia frente: Fulano hizo esto; tal como se inscribe el nombre del artista en una estatua.» Aristóteles, según refiere Eliano, aconsejó a Alejandro Magno, que era irascible por naturaleza, que considerándose superior a todos, despreciara los insultos. Estas cosas hicieron los paganos; ¿qué harán los cristianos? Pero mucho más sublime, más pura, más fuerte y más constante que todas estas fue la mansedumbre de Moisés, que toleró a un pueblo tan rebelde durante 40 años. Añadiré en breve algunos ejemplos de los fieles.


¿Quién escribió este elogio de Moisés?

Moisés escribió este elogio de sí mismo como instrumento del Espíritu Santo que lo impulsaba a escribirlo: así como San Juan escribió de sí mismo que era el discípulo a quien Jesús amaba. En segundo lugar, y más verdaderamente, estas palabras parecen haber sido añadidas e intercaladas después de Moisés por algún otro escritor sagrado que compiló sus memorias, como dije en la introducción al Génesis.


Orígenes sobre la familia de los mansos

Moralmente, dice Orígenes: Hay, dice, una cierta familia de los mansos, sobre la cual preside Moisés; una cierta familia de los pacientes, sobre la cual preside Job; una cierta familia de los continentes, sobre la cual preside Daniel; y cada persona, al morir, será reunida con su propia familia: el manso con los mansos, la virgen con las vírgenes, el iracundo con los iracundos, el lujurioso con los lujuriosos, conforme a lo que se dice en Levítico xxv, 10: «Cada uno volverá a su antigua familia, porque es el jubileo.» Además, la virtud propia de los Santos es la mansedumbre: «Bienaventurados los mansos, porque ellos poseerán la tierra.» Oye al Sabio, Eclesiástico III, 19: «Hijo mío, realiza tus obras con mansedumbre, y serás amado más que la gloria de los hombres.» Oye a Cristo: «Aprended de Mí, que soy manso y humilde de corazón, y hallaréis descanso.»


Ejemplos de los Padres del Desierto

Aquel santo anciano en Casiano, hostigado por los alejandrinos incrédulos y preguntado qué cosas maravillosas había hecho Cristo por encima de la naturaleza, dijo: «Esto: que yo, provocado por vuestros insultos e injurias, no me muevo a indignación.»

Otro anciano en las Vidas de los Padres prescribió esta disciplina y camino hacia la perfección para su discípulo: primero, que durante tres años enteros soportase las cargas de los demás; segundo, que durante otros tres años pagase un salario a quienes lo asaltasen con insultos e injurias. El discípulo hizo lo que se le mandó; entonces el anciano dijo: Ven ahora, permíteme probar qué progreso has hecho. Conducido a Atenas, cuando fue asaltado con insultos a la puerta, el joven comenzó a reír. El otro, asombrado, dijo: ¿Qué es esto, que ríes cuando me burlo y me mofo de ti? ¿No habría de reír?, dijo el discípulo; durante tres años pagué un salario a quienes me cubrían de maldiciones; hoy soporto lo mismo de ti gratuitamente. El ateniense, atónito, dijo: Entra en la ciudad; eres digno de la compañía de los sabios.

Un tercero dijo: Enséñame, Padre, una sola cosa que pueda guardar, para que alcance el cielo. «¿Puedes,» dijo el anciano, «soportar insultos?» -- como si la clave de la salvación consistiera en la tolerancia mansa del desprecio y el desdén, y con razón, pues Cristo dice: «En vuestra paciencia poseeréis vuestras almas.»

Cuarto, Santa Amma, en un convento de vírgenes, tratada como si fuera necia, expuesta a las risas y burlas de todas, soportándolo con mansedumbre y alegría, fue declarada por San Pitirio, por inspiración divina, como la más sabia y santa de todo el monasterio, según refiere Paladio en la Historia Lausíaca, capítulo XLII.

Quinto, el Abad Pimenio en las Vidas de los Padres, libro VII, capítulo xxxvii: «Soportar la injuria,» dice, «y no devolver lo mismo, es dar la vida por el prójimo.»

Sexto, el Abad Macario, en el mismo lugar: «Es culpa,» dice, «del monje, si herido por sus hermanos, no se apresura primero con el corazón purificado por la caridad. Pues así como la sunamita recibió a Eliseo, porque no tenía disputa con nadie, así un alma tranquila recibe al Espíritu Santo, si no mantiene disputa ni ofensa con nadie.»

Séptimo, el Abad Juan, en la misma obra, libro VI, capítulo iv, n.º 12: «La puerta del cielo,» dice, «es la tolerancia de las injurias, y nuestros padres entraron por ella regocijándose en medio de muchas injurias.»


Versículo 6: Las cinco especies de profecía

6. SI HUBIERE ENTRE VOSOTROS UN PROFETA DEL SEÑOR, YO LE APARECERÉ EN VISIÓN O LE HABLARÉ EN SUEÑOS. -- «En visión,» es decir, en una representación imaginaria o intelectual y un éxtasis. Aquí Dios indica tácitamente que María y Aarón eran Profetas, y que habían recibido algunas visiones y revelaciones de Dios, pero no tantas ni de tal clase como las que Moisés recibía día tras día.

Eugubino nota que aquí se distinguen cinco especies de profecía: la primera es la que ocurre bemaree, es decir, en visión; la segunda, en sueños; la tercera, en enigma, cuando se ve una cosa y se insinúa otra, como cuando Jeremías, capítulo I, vio una olla hirviente, cuando Ezequiel comió un libro, capítulo II, 8, y San Juan, Apocalipsis x, 10; la cuarta, por medio de figuras, cuando contemplamos imágenes de cosas, ejércitos, coros, procesiones y ciertos espectáculos ilustrísimos: estas cuatro ocurren mediante la abstracción de los sentidos, por la cual sucede que ni oímos ni tocamos, sino que toda la mente es arrebatada hacia estas visiones; la quinta es cuando, permaneciendo inalterado el sentido y el estado del cuerpo, se dirige un discurso divino a una persona: de este modo Dios se dirige a los ángeles, y se dirigió a Moisés y a unos pocos otros.


Cómo Moisés superó a los demás Profetas

En esto, pues, se dice aquí que Moisés superó a los Profetas de su tiempo, en que abiertamente y boca a boca, presente con el presente, conversaba en todas partes y familiarmente con Dios, y, como se desprende de este pasaje, incluso veía a Dios (es decir, al ángel que representaba a Dios) en forma corpórea, especialmente después de que vio Su gloria en el Sinaí, Éxodo xxxiv, 6; pero a los demás Profetas Dios les hablaba más raramente, y no familiarmente, ni por Sí mismo, sino a través de otras formas y figuras, que presentaba a los Profetas.


El credo judío sobre la preeminencia profética de Moisés

Los judíos, en su credo que Genebrardo publicó al final de su Cronología, última edición, afirman que Moisés superó a los demás Profetas en estos cuatro aspectos: primero, que Dios habló a Moisés por Sí mismo, pero a los otros por medio de un ángel; segundo, que habló a los otros de noche, pero a Moisés de día; tercero, que todos los demás, al oír al ángel, eran sacudidos de horror y temblor, de modo que casi desfallecían, como le sucedió a Daniel, capítulo x, versículo 8: Moisés no sufrió nada semejante; cuarto, que Moisés profetizaba cuando quería, pero los otros solo en el momento en que eran inspirados por el Espíritu de Dios: de donde cesaban frecuentemente durante muchos meses y años, porque no eran enseñados por el Espíritu. Pero estas afirmaciones son en parte falsas, en parte fútiles y judaizantes: algunas verdades, sin embargo, se hallan mezcladas como de costumbre.


Moisés no vio la esencia divina

De lo dicho queda claro que de este pasaje no puede extraerse argumento alguno en favor de la opinión de quienes afirman que Moisés vio aquí la esencia divina. Pues nada nuevo se dice aquí de Moisés, ni se presenta aquí visión alguna nueva de él, sino que su conversación habitual con Dios (que se describe en Éxodo xxxiv, 6, y con frecuencia en otros lugares) se repite aquí; véase lo dicho sobre Éxodo XXXIII y XXXIV.


Versículo 7: Fidelísimo en toda Mi casa

7. QUE ES FIDELÍSIMO EN TODA MI CASA. -- Es decir, en toda Mi Iglesia, esto es, en toda la asamblea de Israel, nadie es más fiel que Moisés; en hebreo es: fiel él mismo, donde la palabra «él mismo» tiene énfasis, como si dijera: Él es el Fiel por antonomasia.


Versículo 8: Ve al Señor por medio de figuras

8. Y VE AL SEÑOR POR MEDIO DE FIGURAS. -- Estas palabras en el hebreo son separadas por los estudiosos más recientes con un acento distintivo de las precedentes, y traducen: y él ve la semejanza del Señor, es decir, Moisés ve la forma corpórea de Dios, en la cual Dios se presenta para ser visto por él. Así también el Caldeo y los Setenta, que traducen: y vio la gloria del Señor, a saber, en Éxodo xxxiv, 6. Pero el hebreo no tiene el tiempo pasado, sino el futuro, que aquí, como frecuentemente en otros lugares, se toma por el presente. El sentido de todas las versiones, aunque difieran en las palabras, viene a ser el mismo.


Versículo 10: La nube se retiró

10. TAMBIÉN SE RETIRÓ LA NUBE, -- no avanzando y adelantándose: pues eso habría sido la señal de que el campamento debía moverse; sino ascendiendo por encima del tabernáculo: pues esa era la señal de Dios airado y apartándose de María y Aarón.


María blanca de lepra como la nieve

Y HE AQUÍ QUE MARÍA APARECIÓ BLANCA DE LEPRA COMO LA NIEVE. -- Ved aquí que la lepra es el castigo de quienes se rebelan y murmuran contra sus Prelados, como dije al comienzo de Levítico XIII. Además, este es un castigo apropiado para la murmuración; pues la murmuración, como la lepra, se arrastra y contagia todo el cuerpo, es decir, toda la congregación y asamblea. De ahí que, así como se ordena en Levítico XIII que los leprosos sean expulsados del campamento y habiten aparte fuera del campamento, así aquí María la murmuradora es expulsada del campamento, para que no contagie a los demás con su murmuración y su lepra.


Sobre el vicio de la detracción

Oye a San Efrén hablando sobre la enfermedad de la lengua: «De la lepra más inmunda de María la profetisa,» dice, «aprendemos cuán grave y detestable vicio es la detracción. El cuerpo, que se veía infectado de lepra, era como un espejo del alma, que no podía verse, cuya mancha revelaba. De aquella corrupción de la carne se hizo manifiesto cómo se corrompe la mente del detractor; pues así como ella se había apartado de su hermano, así también su propio cuerpo se apartó de ella, para que aprendiese la caridad por experiencia propia.» Véase Orígenes aquí, homilía 7, igualmente San Juan Crisóstomo, homilía sobre el Salmo 100, donde entre otras cosas dice: «La detracción es un mal grave, un demonio turbulento, que nunca hace pacífico a un hombre. De ella brotan odios, se encienden disputas, surgen disensiones, se engendran malas sospechas: sin causa alguna convierte en enemigo a quien poco antes era amigo; trastorna hogares enteros y mueve a guerra ciudades pacíficas; disuelve los lazos de la hermosa paz y rompe el nudo de la gran caridad. Quien se dedica a la detracción sirve al diablo: en cuanto ejecuta la obra de la calumnia. Por tanto, el detractor debe ser expulsado como mentiroso y ladrón.»

San Jerónimo a Rústico: «Nunca,» dice, «detraigas de nadie en absoluto, ni pretendas parecer digno de alabanza mediante la censura de otros; y aprende más bien a ordenar tu propia vida que a criticar la ajena.»

San Agustín, según testimonia Posidonio en su Vida, capítulo xxii, contra la pestilencia de la costumbre humana, inscribió este dístico en su mesa:

Quien ama roer con palabras la vida de los ausentes, sepa que esta mesa le está prohibida.

«De donde también reprendió algunas veces a ciertos obispos amigos suyos muy queridos, que habían olvidado aquella inscripción y hablaban en contra de ella, con tanta severidad que decía que o se borrasen aquellos versos de la mesa, o él se levantaría de en medio de la comida para retirarse a su habitación: lo cual yo y otros que estuvimos presentes en aquella mesa hemos experimentado.» Así Posidonio. Véase al mismo San Agustín contra los detractores, epístola 137, y sobre los Salmos LIV y XCII.

San Juan el Limosnero, Patriarca de Alejandría, prohibía censurar incluso a los pecadores públicos: «Porque es posible,» decía, «que hayan borrado su pecado con la penitencia. Pero es injusto que un hombre reproche con petulancia lo que Dios ha perdonado misericordiosamente.»

Verdaderamente el Sabio compara la lengua maldiciente a una serpiente: «Si la serpiente muerde en silencio,» dice, «no es mejor el que detrae en secreto,» Eclesiástico x.

«El detractor y el que escucha de buen grado, cada uno lleva al diablo en la lengua,» dice San Bernardo en un sermón. «Este es el oficio del demonio, que por eso se llama diablo, es decir, calumniador.»

El mismo autor: «La lengua del detractor,» dice, «es una víbora ferocísima; es una lanza que traspasa a tres de un solo golpe:» pues mata el alma, primero, del que habla; segundo, del que escucha; tercero, la fama de aquel de quien se detrae. Óyelo, en el sermón Sobre la triple custodia, de la mano, la lengua y el corazón: «¿No es esta lengua una víbora?» dice. «Ferocísima sin duda, puesto que tan letalmente infecta a tres con un solo aliento. ¿No es esta lengua una lanza? Ciertamente agudísima, que traspasa a tres de un solo golpe. Su lengua, dice, es una espada afilada. En verdad, la lengua del detractor es una espada de dos filos, más aún de tres filos: más aún, peor, dice, que la espada con que fue traspasado el costado del Señor. Una palabra es ciertamente cosa ligera, porque vuela ligeramente, pero hiere gravemente; pasa ligeramente, pero quema gravemente; penetra la mente ligeramente, pero no sale ligeramente.»

Oíd también a los paganos. Cicerón en Sobre los deberes: «Detraer de otro,» dice, «y acrecentar la propia ventaja a costa del perjuicio ajeno, es más contrario a la naturaleza que la muerte, que el dolor, que las demás cosas que pueden sobrevenir al cuerpo o a los bienes exteriores. Pues destruyen la convivencia y la sociedad de los hombres.»

Horacio en las Sátiras:

Quien roe a un amigo ausente, quien puede inventar cosas no vistas, quien no puede callar lo confiado; este hombre es negro; guárdate de él, romano.


Versículo 11: No pongas sobre nosotros este pecado

11. NO PONGAS SOBRE NOSOTROS ESTE PECADO, -- no nos imputes el pecado que hemos cometido, no te ofendas con nosotros, ni castigues, ni permitas o consientas que seamos castigados por Dios; sino perdona, ten misericordia e indulta, y ruega para que María sea sanada de la lepra, y para que su lepra no me invada y alcance a mí, como partícipe de su murmuración.


Versículo 12: Que no sea como un muerto

12. QUE NO SEA ELLA COMO UN MUERTO. -- Tanto porque la lepra que se arrastraba, consumiendo a María, la hacía gradualmente semejante a un muerto o a un aborto mutilado y deforme; como porque la lepra era una especie de muerte civil: pues separaba a la persona de la morada y compañía de los demás.


Versículo 14: Si su padre le hubiera escupido en el rostro

14. SI SU PADRE LE HUBIERA ESCUPIDO EN EL ROSTRO, etc., es decir, si el padre de María tu hermana, airado, le hubiera escupido en el rostro, ella por vergüenza y reverencia hacia su padre no osaría acercarse a su padre durante siete días; ¿cuánto más conviene que ella misma ahora, puesto que ha sido marcada por Mí con lepra a causa de su pecado, sea confundida y apartada del campamento, y no se acerque a Mí en el tabernáculo durante siete días?


Separada siete días fuera del campamento

SEA SEPARADA SIETE DÍAS FUERA DEL CAMPAMENTO, Y DESPUÉS SEA LLAMADA DE VUELTA. -- Y así, efectivamente, durante siete días María fue excluida del campamento como leprosa: transcurridos esos días fue sanada por Dios y llamada de vuelta. Nótese que en su reincorporación no se observaron las ceremonias y purificaciones prescritas para los leprosos en Levítico capítulo xiv. Pues la sanación milagrosa de María por Dios y su reincorporación fue en sí misma una purificación y expiación suficiente para ella, de modo que no necesitaba otra legal. Así Abulense.


El justo castigo de la arrogancia

Ved aquí el justo castigo de la arrogancia. María se había ensalzado soberbiamente por encima de su hermano Moisés, el jefe del campamento, y lo había despreciado: por tanto, justamente aquí es humillada, para que como infame e indigna, sea separada del campamento no solo de la vista de su hermano, sino también del pueblo.

Un ejemplo semejante, y mucho más admirable, relata nuestro Ráder del Praticón de los griegos, tratado Sobre la simplicidad, capítulo v, acerca del Estilita de Edesa, quien porque había juzgado como simple a su propio hermano, que despreciaba el oro, y lo había menospreciado, so pretexto de que él mismo había distribuido prudentemente (según le parecía) el mismo oro entre religiosos y pobres, fue reprendido por un ángel y separado de su propio hermano durante toda su vida, y se le ordenó permanecer sobre una columna durante 49 años; después de tan larga y dura penitencia, finalmente mereció el perdón en el año quincuagésimo, es decir, el jubileo: pues entonces un ángel que se le apareció le anunció que su pecado estaba perdonado y que había sido restituido a la gracia de Dios, y además lo colmó de una maravillosa consolación y de una nueva bendición de Dios.