Cornelius a Lapide

Números XIII


Índice


Sinopsis del Capítulo

Moisés envía doce exploradores a Canaán: traen un racimo de uvas en un palo; pero al informar sobre la fortaleza de las ciudades y los habitantes, atemorizan a los hebreos, mientras Caleb se opone en vano.


Texto de la Vulgata: Números 13:1-34

1. Y el pueblo partió de Haserot, habiendo plantado sus tiendas en el desierto de Farán, 2. y allí habló el Señor a Moisés, diciendo: 3. Envía hombres que inspeccionen la tierra de Canaán, que voy a dar a los hijos de Israel, uno de cada tribu, de entre los principales. 4. Hizo Moisés lo que el Señor había mandado, enviando hombres principales desde el desierto de Farán, cuyos nombres son estos: 5. De la tribu de Rubén, Samúa hijo de Zecur. 6. De la tribu de Simeón, Safat hijo de Hurí. 7. De la tribu de Judá, Caleb hijo de Jefoné. 8. De la tribu de Isacar, Igal hijo de José. 9. De la tribu de Efraím, Oseas hijo de Nun. 10. De la tribu de Benjamín, Faltí hijo de Rafú. 11. De la tribu de Zabulón, Gediel hijo de Sodí. 12. De la tribu de José, del cetro de Manasés, Gadí hijo de Susí. 13. De la tribu de Dan, Amiel hijo de Gemalí. 14. De la tribu de Aser, Stur hijo de Miguel. 15. De la tribu de Neftalí, Nahabí hijo de Vapsí. 16. De la tribu de Gad, Guel hijo de Maquí. 17. Estos son los nombres de los hombres que Moisés envió a inspeccionar la tierra: y llamó a Oseas hijo de Nun, Josué. 18. Enviólos pues Moisés a inspeccionar la tierra de Canaán, y les dijo: Subid por la región del sur. Y cuando lleguéis a los montes, 19. examinad la tierra, cómo es; y el pueblo que la habita, si es fuerte o débil, si es poco en número o mucho; 20. la tierra misma, si es buena o mala; las ciudades, de qué clase, amuralladas o sin muros; 21. el suelo, si es fértil o estéril, con bosques o sin árboles. Tened ánimo, y traednos algunos de los frutos de la tierra. Era entonces la temporada en que ya se pueden comer las uvas tempranas. 22. Y habiendo subido, exploraron la tierra desde el desierto de Sin hasta Rojob, a la entrada de Emat. 23. Y subieron hacia el sur, y llegaron a Hebrón, donde estaban Ajimán, Sisaí y Tolmaí, hijos de Enac; pues Hebrón había sido fundada siete años antes que Tanis, ciudad de Egipto. 24. Y prosiguiendo hasta el Torrente del racimo, cortaron un sarmiento con su racimo de uvas, que dos hombres llevaron en un palo. También tomaron algunas granadas e higos de aquel lugar, 25. que fue llamado Nejelescol, esto es, el Torrente del racimo, porque los hijos de Israel habían llevado de allí un racimo de uvas. 26. Y los exploradores regresaron de inspeccionar la tierra después de cuarenta días, habiendo recorrido toda la región, 27. y vinieron a Moisés y a Aarón, y a toda la asamblea de los hijos de Israel en el desierto de Farán, que está en Cadés. Y les hablaron y a toda la multitud, y les mostraron los frutos de la tierra; 28. e informaron diciendo: Fuimos a la tierra a la que nos enviasteis, la cual verdaderamente mana leche y miel, como se puede conocer por estos frutos; 29. pero tiene habitantes muy fuertes, y ciudades grandes y amuralladas. Vimos allí la estirpe de Enac. 30. Amalec habita en el sur, el heteo, el jebuseo y el amorreo en los montes: y el cananeo habita junto al mar y cerca de las corrientes del Jordán. 31. Entretanto Caleb, conteniendo la murmuración del pueblo que se levantaba contra Moisés, dijo: Subamos y poseamos la tierra, porque podremos obtenerla. 32. Pero los demás, que habían estado con él, dijeron: De ningún modo podemos subir contra ese pueblo, porque es más fuerte que nosotros. 33. Y desacreditaron la tierra que habían inspeccionado ante los hijos de Israel, diciendo: La tierra que recorrimos devora a sus habitantes; el pueblo que contemplamos es de estatura elevada. 34. Allí vimos ciertos monstruos de los hijos de Enac, de la raza de los gigantes: en comparación con los cuales, parecíamos langostas.


Versículo 1: El pueblo partió de Haserot

1. Y EL PUEBLO PARTIÓ DE HASEROT (donde fue el decimocuarto campamento de los hebreos), HABIENDO PLANTADO SUS TIENDAS EN EL DESIERTO DE FARÁN, -- es decir, procediendo a acampar en aquel vasto desierto de Farán: pues en él siguieron los campamentos sucesivos, hasta el trigésimo tercero; además este decimoquinto campamento, al cual llegaron directamente desde Haserot, fue Retma, como es claro por Números XXXIII, 48.


Versículos 2-3: Envía hombres que inspeccionen la tierra

2 y 3. Y ALLÍ HABLÓ EL SEÑOR A MOISÉS, DICIENDO: ENVÍA HOMBRES QUE INSPECCIONEN LA TIERRA DE CANAÁN. -- Dijo esto Dios después de que este pueblo, desconfiando de las promesas de Dios, había pedido que se enviaran exploradores a Canaán, que informaran cómo era la tierra, cuán fértil y cuán fortificada, como es claro por Deuteronomio 1, 22. Pues cuando el pueblo pidió esto, Moisés consultó al Señor, quien asintió a Moisés y le mandó hacer lo mismo que el pueblo pedía, como es claro por este pasaje. Pues «el mejor comandante es el que tiene el más completo conocimiento de los asuntos del enemigo», dice Cabrias; porque en las guerras el secreto tiene grandísimo valor. De ahí que Metelo, al ser preguntado por un centurión qué pretendía hacer, respondió: «Si supiera que mi túnica fuera cómplice de mi plan, inmediatamente la quemaría», dice Plutarco.


Uno de cada tribu, de entre los principales

3. UNO DE CADA TRIBU, DE ENTRE LOS PRINCIPALES, -- no de los primeros y más altos, es decir, de aquellos 12 hombres cada uno de los cuales presidía toda su tribu; pues esos eran llamados con otros nombres, como es claro por el capítulo X, versículo 14; sino de otros jefes menores, que estaban subordinados a aquellos primeros; y quizás de aquellos que habían sido nombrados por consejo de Jetró, Éxodo XVIII, 25.


Versículo 12: De la tribu de José, del cetro de Manasés

12. DE LA TRIBU DE JOSÉ, DEL CETRO DE MANASÉS, -- en hebreo, de la tribu de José de la tribu de Manasés, o en cuanto a la tribu de Manasés. Pues la tribu de José era doble, a saber, Efraím y Manasés: así que para designar una tribu específica, determina la tribu de José por la tribu de Manasés.


Versículo 17: Oseas renombrado Josué

Versículo 17. Y LLAMÓ A OSEAS HIJO DE NUN, JOSUÉ. -- Nótese: Por Nun, los Setenta y comúnmente los autores antiguos que los siguen, leen Navé, pero de modo corrupto; pues el hebreo, el caldeo y el latín tienen Nun, y Nun pudo fácilmente haberse corrompido al griego, de modo que en vez de Nun (como parecen haber traducido los Setenta) se introdujo Naví. A su vez, por Oseas, o como es en hebreo, Hoseas, los Setenta traducen Ausén, y así los antiguos que siguen a los Setenta a menudo llaman a Josué Ausem. Los Setenta por tanto parecen haber leído el nombre hebreo con diferentes puntos vocálicos, como si descendiera del imperativo pasivo nifal del verbo iasca, es decir, salvó; a saber, hosea, es decir, salvar, ser salvado: de donde por contracción se formó el nombre Ausé, que Moisés cambió al activo Jehoscúa, es decir, salvador, o el que salvará: a menos que uno sospeche un error antiguo con San Jerónimo, al comienzo del Comentario sobre Oseas, de modo que en vez de Ausé debiera leerse Ausem, con vav corrompido en mem, que es similar a él en forma. Pues nuestro Traductor y el Caldeo y otros generalmente traducen Oseas, no Ausé.


Por qué Moisés cambió el nombre a Josué

Pero Moisés cambió el nombre Hoseas a Jehoscúa, añadiendo y prefijando al nombre Oseas la letra yod, primero, para prometer más ciertamente al propio Josué, y por medio de él al pueblo, la salvación y la victoria sobre los cananeos, que comenzaba con esta exploración: pues Hoseas como verbo significa salva (de donde hosanna es lo mismo que salva, te lo ruego), mientras que Jehoscúa, al que Jehoscúa alude, significa el que salvará; segundo, para indicar que Dios le otorgaría muchos bienes, a cuyo nombre había añadido la primera letra de su nombre tetragramático, a saber, yod. San Jerónimo parece haber tenido esto en cuenta en su comentario sobre Ageo capítulo 1, y Eusebio, Demostración IV, último capítulo, diciendo: Jehoscúa es lo mismo que Jahó Jescúa, es decir, la salvación de Dios, o salvador, esto es, dado por Dios para la salvación del pueblo: pues él lee el nombre tetragramático con estos puntos vocálicos, de modo que suena Jahó; tercero y finalmente, porque por espíritu profético Moisés previó que Josué llevaría el tipo expreso de Jesucristo, tanto en nombre como en realidad, y en la beatísima conducción del pueblo elegido a la tierra prometida.


Josué como tipo de Jesucristo

De ahí que Eusebio, libro IV de la Demostración XXXVII, enseña que Aarón el sumo sacerdote fue llamado Cristo por Moisés, porque era tipo del sacerdocio de Cristo: mientras que Ausén (pues erróneamente se lee Nausén en Eusebio) fue llamado Josué por Moisés, porque habría de ser tipo de la realeza de Cristo; así también Teodoreto, Cuestión XXV, y Tertuliano Contra los judíos, y Clemente de Alejandría en el libro I del Pedagogo VII, San Justino Contra Trifón, página 84, Lactancio, libro IV Sobre la Verdadera Sabiduría, capítulo XVII, Próspero, parte II, Predicciones capítulo IV, Orígenes, homilía 1 sobre Josué, San Ambrosio sobre el Salmo XLVII, San Jerónimo a Paulino, San Agustín, libro XVI Contra Fausto, capítulo XVIII. Así Abram, que habría de ser padre de muchos pueblos, fue llamado Abrahán por Dios. El precursor de Cristo, que habría de ser el primer heraldo de la gracia y el Evangelio de Cristo, fue llamado Juan, es decir, gracioso.

De ahí nuevamente Lactancio, libro IV, capítulo XVII, Orígenes, homilía 11 sobre el Éxodo, y otros Padres griegos y latinos, que Serario cita en su prefacio a Josué, notan que Moisés le cambió el nombre, y lo llamó Josué en vez de Hoseas, en el momento en que fue nombrado comandante del ejército contra los amalecitas, y los venció. Pues Josué significa Salvador, el que como jefe del pueblo salvó a su pueblo: así como Jesús salvó a los hombres combatiendo y venciendo a los demonios, Colosenses II, 15. Un indicio de esto es que el nombre Josué se lee por primera vez en Éxodo XVII, 9, donde Josué es constituido por Moisés como comandante de la guerra contra Amalec.

Otros, sin embargo, piensan que el nombre Oseas fue cambiado a Josué en este momento, cuando fue designado como explorador de la tierra santa. Pues entonces, asumiendo la tarea arriesgada e incierta de explorar territorio enemigo, exponiéndose voluntariamente al peligro evidente de una muerte ignominiosa y amarga (para que no fuera torturado y despedazado por los cananeos como espía y traidor), se ofreció a sí mismo por el pueblo. Entonces pues apareció audaz, magnánimo e intrépido, y así digno de ser honrado con este nombre nuevo y augusto. Así piensan San Justino Contra Trifón, San Agustín, libro XVI Contra Fausto, capítulo XIX, Anastasio de Nicea, Cuestión LV, Abulense y Oleáster.

San Agustín añade que Josué entonces llevó el tipo de Jesucristo, quien, estando a punto de partir al cielo, dijo a sus discípulos: «Y si me fuere y os preparare lugar, vendré otra vez, y os tomaré a mí mismo», Juan XIV, 3.

Así Antíoco, el primero de este nombre, rey de Siria, a causa de la victoria obtenida sobre los gálatas, fue llamado Sóter, es decir, salvador: y en batalla llevaba en su estandarte la figura de un pentagrama, con la palabra hygiaia, es decir, salud, como se puede ver en las monedas; y usaba como contraseña militar la palabra sozantho, que significa salvarse; y dijo que Alejandro Magno le había ordenado en sueños adoptarla: como atestiguan Luciano, Apología sobre el error en el saludo, y Pierio, Jeroglíficos 47.


El nombre de Jesús: etimología y significado

De todo lo cual es claro que Jehoscúa, o por contracción Josué, es precisamente el mismo nombre que Jescúa, es decir, Jesús, y no uno diferente, como querrían Galatino, Pagnino y Jansenio, capítulo VII de la Concordancia. Y esto se demuestra por el hecho de que comúnmente los Setenta, Josefo y Filón, en el libro Sobre la Caridad, traducen el hebreo Jescúa, o Josué, como Iesoús, es decir, Jesús: pues Iesoús es trisílabo en griego, porque la iota entre ellos es una vocal, que en hebreo y latín es una consonante; luego convierten el punto vocálico tsere bajo yod en Jescúa en eta: pues eta antiguamente sonaba como e; y tercero, cambian la gutural ayin en sigma, para facilitar la pronunciación, del mismo modo que por Maschiach traducen Mesías.

Luego lo mismo es claro por Ageo, capítulo 1, versículos 1, 12, 14, y capítulo II, versículos 3, 5, y por Zacarías, capítulo III, versículos 1, 3, 8; pues estos dos llaman Jesús al sumo sacerdote, hijo de Josedec (quien también fue tipo de Cristo, en cuanto Él es el sumo Pontífice del Nuevo Testamento, como es claro por Zacarías III, en los versículos citados) Jesús, quien sin embargo por Esdras, libro I, capítulo III, 2, 8, 9, y capítulo IV, versículo 3, en el hebreo y nuestra versión, es llamado Jesué. Finalmente, las letras de ambos nombres en hebreo son las mismas, y la raíz es la misma, a saber, iasca, es decir, salvó; de donde Josué o Jesús es lo mismo que Salvador.

De ahí es claro primero, que yerran quienes derivan el nombre de Jesús del verbo griego iao, es decir, yo sano: o del siríaco asa, es decir, yo sano, como si Iesoús fuera lo mismo que iatros, es decir, médico; así Epifanio, herejía 29: «Jesús», dice, «en la lengua hebrea significa sanador, o médico y salvador.» Así también San Basilio en sus Ascéticas, y San Cirilo, Catequesis 10, cerca del final, derivan el nombre Iesoús del griego iao. Donde sin embargo nótese que, aunque esta no es la verdadera razón etimológica, es no obstante una adaptación y acomodación adecuada del nombre.


Cómo escribir Jesús en hebreo

Es claro segundo, que en hebreo debe escribirse Jescúa, de modo que la última letra sea ayin, y no Iesú, como escriben los judíos, ya sea por desprecio, ya sea por abreviatura siríaca; ni debe escribirse Jescúah, con he al final: porque esto significa salvación, mientras que Jesús significa Salvador.

Es claro tercero, que el nombre Jesús no es el mismo que el nombre tetragramático, ni difiere de él meramente por la inserción de la letra shin, como pensó cierta persona de la grey de los innovadores, a saber, Lucas Osiander en Mateo 1; y consecuentemente tampoco debe escribirse Jehescúh con he al final precedida de vav, como él pretendía, como si el nombre Jesús de Cristo el Señor fuera enteramente diferente de Josué o Jescúa. Pues esto ya ha sido refutado; y San Mateo, 1, 21, lo derriba abiertamente, quien dice de Cristo: Llamarás su nombre Jesús; porque Él salvará, etc. De donde es claro que el nombre Jesús es lo mismo que Jescúa, o Josué, es decir, salvador; ni debe escribirse Jehescúh en hebreo, sino Jescúa, porque Jehescúh no significa salvador, sino Jescúa sí; en efecto, Jehescúh es un nombre fabricado, y propiamente no tiene ninguna raíz hebrea. Finalmente, en el título de la cruz del Señor, que se conserva en Roma en la iglesia de la Santa Cruz, está escrito Jescúa, no Jehescúh, como nombre, según atestigua Pagnino como testigo ocular, en su interpretación de los nombres hebreos.

Se dirá: Jescúa tampoco significa salvador, sino salvado, porque tiene la forma de un participio pasivo pual. Respondo que Jescúa no es una forma pual, sino que es un nombre que significa salvador, del mismo modo que Josué; pues los nombres difieren mucho de los participios tanto en sus puntos vocálicos como en su significado; pues Jescúa alude a ioschia, es decir, el que salvará, o ciertamente a jescúah, es decir, salvación, como si dijeras, la salvación misma, es decir, Salvador por esencia.


Jesús y Emmanuel

Se dirá segundo: en Isaías VII, 14, y Mateo 1, 23, se dice que Cristo ha de ser llamado Emmanuel, es decir, Dios con nosotros: pero esto es lo que significa Jehescúh, no Jescúa o Josué: pues Jehescúh contiene todas las letras del nombre tetragramático de Dios, con solo la letra shin insertada. Respondo: También Jehudá contiene todas las letras del nombre tetragramático, como también muchos otros nombres, pero no por eso significa lo mismo que el tetragrama. Segundo, aun si pretendieras que significa lo mismo que el nombre tetragramático, de ningún modo podría significar Dios con nosotros: porque el nombre tetragramático no significa esto, sino que simplemente significa Dios.

Añado que Jehoscúa, que es lo mismo que Jescúa, tiene todas las letras del nombre tetragramático, y estas juntas, no separadas, como en Jehescúh. En cuanto al pasaje de Isaías y San Mateo, responde San Justino en las Cuestiones a los Ortodoxos, Cuestión CXXXV; Tertuliano, libro Contra los judíos, capítulo IX; Lactancio, libro IV Sobre la Verdadera Sabiduría, capítulo XII; San Cirilo, libro Sobre la Encarnación del Unigénito, capítulo III, que y llamarán su nombre Emmanuel, no significa que Cristo habría de ser así nombrado (pues nunca leemos que el nombre Emmanuel le fuera dado, sino solo Jesús, y esto en la circuncisión), sino que sería Emmanuel, de modo que con razón pudiera ser llamado Emmanuel; pues ser llamado en la Escritura frecuentemente significa ser, como en Isaías IX, 6, Isaías LX, 14, Zacarías VIII, 3, Jeremías III, 17.

Luego, como rectamente dice Tertuliano arriba: Emmanuel y Jesús son lo mismo, no en sonido, sino en significado. Pues ser Dios con nosotros es ser el Salvador: pues nuestra salvación y redención fue realizada por el descenso de Dios hacia nosotros, y no hubiera podido realizarse de ningún otro modo.


El nombre de Josué y el tetragrama

Confieso, sin embargo, que así como Dios añadió la letra he de su nombre tetragramático a Abrahán y Sara, para significar que nacería como hombre de ellos: así también añadió la misma letra a Josué, de modo que Jehoscúa contuviera dentro de sí todas las letras del nombre tetragramático: porque por esto quiso significar que Jesucristo, cuyo tipo era Josué, sería Jehová, es decir, Dios.


Los Profetas y las Sibilas predijeron el nombre de Jesús

Por lo cual este nombre de Jesús fue revelado a los Profetas, quienes predijeron que el Mesías sería llamado con él, como es claro por Habacuc III, 18: «Me gozaré en Dios mi Jesús.» Isaías XLV, 8: «Ábrase la tierra y germine al Salvador», y en toda la versión de los Setenta. Los hebreos traducen el nombre masciach, es decir, Mesías, como soter, es decir, salvador.

De ahí que también los antiguos rabinos antes de los tiempos de Cristo predijeron que el nombre del Mesías sería Jesús, como Galatino enseña a partir del rabino Haceados, libro III, capítulo XX.

Las Sibilas profetizaron lo mismo, como enseña aquel acróstico de los versos de la Sibila Eritrea, cuyas primeras letras forman estas palabras: Jesús Cristo Hijo de Dios, Salvador, Cruz, que se encuentra al final de los Oráculos Sibilinos, tomo II de la Biblioteca de los Santos Padres, y Cicerón lo cita, libro II Sobre la Adivinación, y de él prueba que el poema de la Sibila no fue obra de una mente furiosa, sino de una mente atenta, y de arte y deliberación. El emperador Constantino también cita el mismo en Eusebio, al final de la Vida de este, y San Agustín extensamente, libro XVIII de la Ciudad de Dios, XXIII.


El número sibilino 888

La Sibila Cumana predijo lo mismo, pero enigmáticamente, quien, como refiere Sixto de Siena, libro II, bajo la entrada Sibila, vaticinó que el número de las letras del nombre del Mesías sería 888, cuando cantó así: Mas yo enseñaré cuál es la suma del número total: Pues ocho unidades, otras tantas decenas sobre estas, y ochocientas centenas, significarán el nombre a los hombres infieles: mas tú guárdalo en la mente.

Pues las cuatro letras griegas del nombre Jesús contienen este número, cuyo misterio numérico explica el Venerable Beda, en su comentario a Lucas capítulo II: «A saber, que por Jesús se significa la resurrección, y que el camino al cielo ha sido abierto. Pues el número ocho, ya sea simple, o multiplicado por diez, es decir ochenta, o por cien, es decir 800, significa el octavo día de la resurrección.»

Y de ahí quizás el demonio, que es el mono de Dios y tan gran rival de nuestro Salvador, asumió entre los romanos y griegos las máscaras de Júpiter y Minerva Sóter, Júpiter Eleuterio, la diosa Salud, Minerva Sóspita, y similares disfraces divinos, sobre los cuales Giraldo escribe mucho en su libro Sobre los Dioses de las Naciones, sintagma I, p. 35, y sintagma II, pp. 406 y 407, y sintagma III, p. 121. Finalmente San Justino, Apología 1 por los Cristianos, cerca del final, escribe que los cristianos en su tiempo solían curar a los posesos y liberarlos de los demonios por la invocación del nombre de Jesús; véase Gretsero, libro III Sobre la Cruz, capítulo XXVII.


El nombre santísimo y augustísimo

Pues este nombre de Jesús es santísimo y augustísimo, y ciertamente más venerable que el nombre tetragramático, como rectamente prueba el Abulense, Cuestión VII, sobre el capítulo XX del Éxodo. Pues es el nombre propio del Verbo encarnado, como enseña San Agustín, tratado 3 sobre la primera epístola de San Juan, tomo IX, y por ello abraza dentro de sí todos los demás nombres de Cristo, que son muchos y excelentísimos, que la Escritura le atribuye. Pues significa toda la economía de la encarnación del Señor (en la cual, sobre todas las demás obras, resplandecen todos los atributos de Dios), y todos los bienes que de ella nos vienen, ya en el alma, ya en el cuerpo, tanto en esta vida como en la futura por toda la eternidad. Véase Orígenes, homilía 22 aquí, y homilía 1 sobre Josué, San Bernardo, sermón 15 sobre el Cantar, donde dice que los antiguos portadores del nombre Jesús se gloriaron en nombres vacíos; pues no proporcionaron la verdadera salvación, sino que la prefiguraron: pues solo nuestro Jesús la proporcionó.

Sobre el nombre de Jesús dije más en mi comentario a Filipenses II, 10.


Versículo 20: Ciudades amuralladas o campamentos

20. Qué clase de ciudades, amuralladas o sin muros. -- El Traductor vierte claramente el hebreo, que reza así: Si los habitantes viven en campamentos o en fortificaciones, es decir, lugares cerrados. Campamentos aquí se contraponen a lugares cerrados por muros: campamentos aquí son pues lugares abiertos, o municipios, en los que los habitantes viven agrupados; pues así los soldados en los campamentos no están encerrados por muros, sino que habitan en tiendas de campaña. Así Oleáster. Los lugares cerrados son lo que comúnmente llamamos burgos; de donde los borgoñones son así llamados, porque se mantenían en burgos, para estar a salvo del ataque enemigo.


Versículo 21: La temporada de las uvas tempranas

21. ERA ENTONCES LA TEMPORADA EN QUE YA SE PUEDEN COMER LAS UVAS TEMPRANAS (es decir, las que maduran primero), -- es decir, los exploradores enviados por Moisés exploraron Canaán cuando era la temporada de las primeras uvas allí: de donde también trajeron un racimo de uvas a los hebreos. Esta exploración tuvo lugar pues alrededor del comienzo de junio (pues en esa época en Palestina, siendo una región cálida, se encuentran uvas maduras en Canaán), en el segundo año después de la salida de Egipto, en el mes de junio. Pues ya había pasado un año y tres meses desde esta salida, y en ese punto, después de pocos días, los hebreos habrían entrado en Canaán si no hubieran murmurado. Pues esta murmuración retrasó su entrada por 38 años: así el Abulense.


Versículo 22: Desde el desierto de Sin hasta Rojob

Versículo 22. EXPLORARON LA TIERRA DESDE EL DESIERTO DE SIN, HASTA ROJOB, A LA ENTRADA DE EMAT, -- es decir, por el camino que conduce y entra en la región de Emat, en la cual había una ciudad poderosa, que después fue llamada Epifanía por Antíoco Epífanes, dice San Jerónimo sobre Amós VI; y estaba en los confines de Siria, marcando el límite septentrional de la tierra santa; de donde Emat es frecuentemente mencionada en la Escritura entre los límites de la tierra prometida. Había también otra Emat la Grande, que después fue llamada Antioquía, la más célebre ciudad de Siria.


Versículo 23: Los hijos de Enac y Hebrón

23. DONDE ESTABAN LOS HIJOS DE ENAC. -- «Hijos», es decir, nietos y descendientes de Enac el gigante: véase el versículo 30; de donde por este gigante Enac, los gigantes en la Escritura son llamados los hijos de Enaquín.


Hebrón y Tanis

PUES HEBRÓN FUE FUNDADA SIETE AÑOS ANTES QUE TANIS, CIUDAD DE EGIPTO. -- Todos concuerdan, dicen Adricómio, Cayetano y Oleáster, que Tanis es una noble ciudad de Egipto, situada no lejos de Menfis, que anteriormente se llamaba Titannis, construida por 10, o como dice Adricómio, 17 Titanes, hijos de Noé, pero con la primera sílaba cortada fue llamada Tanis, o la ciudad de Taneos, y es famosa en la Escritura, puesto que en ella Moisés realizó sus prodigios ante el Faraón e infligió las diez plagas a Egipto, como es claro por el Salmo LXXVII, 12, donde dice: «Obró maravillas en la tierra de Egipto, en el campo de Taneos»; y versículo 43: «Como puso en Egipto sus signos, y sus prodigios en el campo de Taneos.» De donde parece que Tanis era entonces la ciudad real de los reyes de Egipto; lo mismo se colige de Isaías XIX, 11. Estaba situada junto a una desembocadura del Nilo, que fue llamada Tanítica por ella, y está junto a la desembocadura Pelusiaca. A esta Tanis, tras el asesinato de Godolías, huyeron los judíos con el profeta Jeremías, y allí Jeremías fue apedreado por los judíos, cuya idolatría reprendía: de donde Tanis, o Tafnis, es frecuentemente mencionada en Jeremías, como en los capítulos II, XLIII, XLIV y XLVI.

Por tanto, la conjunción pues, que tiene nuestro Traductor en este versículo, indica que los hebreos habían visto también una raza de gigantes en Tanis, como si dijera: No es de admirar que haya gigantes en Hebrón, como los que visteis en Tanis, puesto que Hebrón es más antigua que la ciudad de Tanis, de modo que pudo haber sido habitada por los primeros gigantes, como dicen Lirano y el Abulense.


Versículo 24: El racimo de uvas en el palo

24. CORTARON UN SARMIENTO CON SUS UVAS. -- Filón también afirma expresamente que no hubo más que un racimo, sino uno solo. El hebreo y el caldeo tienen un sarmiento y un racimo de uvas, es decir, un sarmiento con un racimo; pero dice de uvas, porque también hay racimos de alheña y de otros frutos. Por lo cual es necesario decir que las uvas en Canaán eran excesivamente grandes: visto que un solo racimo necesitaba ser llevado en un palo por dos hombres, lo cual era indicio de que aquella tierra era fertilísima. Así Plinio, libro XIV, capítulo 1, dice que en el interior de Asia las uvas crecen hasta el tamaño de la ubre de una vaca, de una olla, e incluso de un niño.

Además, Éuforo y Metrófanes, según refiere Estéfano en su libro Sobre las Ciudades, relatan que en Eucarpia, una ciudad de Asia Menor, crecen racimos de uvas tan inmensos que cada uno es una carga completa para un carro, de modo que a veces un carro se ha derrumbado bajo el peso de un solo racimo, y que por esto la ciudad fue llamada Eucarpia, es decir, Fértil, y por ello los antiguos solían decir que esta ciudad había sido dada por Júpiter a Ceres y Baco para habitar; pero creo que este carro se derrumbó hace mucho bajo una carga más pesada de falsedad que de uvas, y se desvaneció. ¿Es esto sorprendente? La credibilidad de los griegos es bien conocida, y sabemos que los griegos acostumbraban hacer trapacerías griegas y urdir fábulas. Más creíblemente, Estrabón, libro II, menciona racimos de uvas que tienen cada uno dos pies de largo. El mismo autor, libros XI y XV, refiere que en Mauritania y Carmania crecen racimos que se extienden hasta dos codos de longitud.


Interpretación alegórica: Cristo en la cruz

Alegóricamente, así como la esposa dice a Cristo: «Mi amado es para mí un racimo de alheña en las viñas de Engadí», y esto a causa de la dulzura y la gloria de la resurrección de Cristo: así igualmente aquí la uva pendiente del palo es Cristo pendiente de la cruz: esta uva nació de la tierra prometida, es decir, la Bienaventurada Virgen, que Isaías prometió en el capítulo VII, versículo 14: «Los dos portadores son los dos testamentos: los judíos van delante, los cristianos siguen; el cristiano lleva la salvación ante su rostro, el judío a sus espaldas: el uno muestra obediencia, el otro desprecio. Laboremos pues, para que no depongamos de nuestros hombros tan santa carga.» Así San Agustín, sermón 100 Sobre los Tiempos; San Ambrosio, sermón 72 Sobre San Cipriano; San Jerónimo a Fabiola, sobre la decimoquinta estación; Próspero, parte II de las Predicciones, capítulo IX; Ruperto aquí, y San Bernardo, sermón 44 sobre el Cantar.

QUE DOS HOMBRES LLEVARON. -- San Ambrosio, en el lugar ya citado, dice que estos dos portadores del racimo fueron Josué y Caleb: lo cual es apoyado por el hecho de que estos dos solos encomendaron la tierra de Canaán a los hebreos, como es claro por el versículo 31, y el capítulo siguiente, versículo 6.


Versículo 26: Los exploradores regresaron después de cuarenta días

26. Y LOS EXPLORADORES DE LA TIERRA REGRESARON DESPUÉS DE CUARENTA DÍAS. -- Durante cuarenta días pues los exploradores inspeccionaron la tierra de Canaán, durante los cuales no comieron maná; pues el maná solo se encontraba en el campamento de los hebreos: sino que se alimentaron de los frutos de la tierra de Canaán, que o recogían en los campos, como aquí recogieron el racimo de uvas, o compraban de los cananeos en las aldeas. Así el Abulense.


Versículo 27: Cadés en el desierto de Farán

27. VINIERON A MOISÉS, etc., EN EL DESIERTO DE FARÁN, QUE ESTÁ EN CADÉS, -- es decir, los exploradores al regresar vinieron a los suyos en Cadés, o Cadés-Barné, que está en el desierto de Farán; es una hipálage.

Es dudoso si esta Cadés, desde la cual fueron enviados los exploradores, es la misma que Cadés, el trigésimo tercer campamento, sobre la cual véase Números XX, 1, y capítulo XXXIII, versículo 36.

El Abulense piensa que es el mismo lugar, y el mismo campamento, y consecuentemente que los exploradores fueron enviados no desde el decimoquinto sino desde el trigésimo tercer campamento, y que en él, o cerca de él, los hebreos permanecieron 38 años, a saber, hasta la muerte de María, que murió en Cadés, al comienzo del año cuadragésimo después de la salida de Egipto, Números XX, 1. Lo prueba por Deuteronomio 1, 46, donde dice: «Permanecisteis pues en Cadés-Barné mucho tiempo.» El Abulense por tanto piensa que en el segundo año los hebreos pasaron muy rápidamente por todos los campamentos desde el Sinaí, que fue el duodécimo, hasta Cadés, que fue el trigésimo tercero, y que permanecieron en Cadés desde el segundo año hasta el cuadragésimo.

Pero no es verosímil que los hebreos permanecieran tanto tiempo en un solo campamento, especialmente puesto que la Escritura dice que vagaron en el desierto durante 40 años, versículo 33. Segundo, porque en Números XX, 1, se dice que finalmente llegaron a Cadés, el trigésimo tercer campamento; luego en este capítulo se trata de un campamento diferente. Tercero, porque en Deuteronomio II, 14, se dice que los hebreos caminaron 38 años por el desierto: luego no permanecieron en Cadés durante esos años.

Digo por tanto que este campamento es diferente del de los capítulos XX y XXXIII, y consecuentemente esta Cadés es diferente de aquella Cadés, como enseñan Zieglero, Wolfgango y Adricómio en la Descripción de la Tierra Santa. Si sin embargo quieres que sea la misma Cadés en ambos lugares, como quieren Cayetano, Oleáster y Andrés Masio en Josué capítulo XV, debe decirse que los hebreos llegaron a Cadés dos veces, a saber, primero aquí; segundo, en Números XX, 1. Pues los hebreos vagaban y eran conducidos en círculos por Dios, especialmente después de esta murmuración de los exploradores, por el desierto sin sendas en giros y meandros tortuosos. De ahí que no es sorprendente que regresaran de nuevo al lugar del que habían partido, a saber, a Cadés. De ahí también el Caldeo traduce ambas instancias de Cadés como Réquem, nombre con el que suele designar Petra, la famosa ciudad de Arabia, o al menos un lugar cercano a esa ciudad. Pero la primera opinión es más verdadera, como diré en el capítulo XX, versículo 1.

Estos exploradores fueron por tanto enviados desde el decimoquinto campamento, que estaba en Retma, Números XXXIII, 18; además Retma estaba cerca de la ciudad de Cadés: de donde se dice aquí que los exploradores regresaron a Cadés, o, como se dice en Josué XIV, 7, Deuteronomio 1, 20 y 22, a Cadés-Barné.


Versículo 28: Una tierra que mana leche y miel

28. QUE VERDADERAMENTE MANA LECHE Y MIEL, -- es decir, la tierra de Canaán es fertilísima; es una hipérbole.


Versículo 29: Habitantes fuertes y ciudades amuralladas

29. Ciudades grandes y amuralladas -- en exceso, como añaden el hebreo, el caldeo, el griego y Rábano. En Deuteronomio capítulo 1, 28, se dice que estaban fortificadas, es decir amuralladas, hasta el cielo, es decir, que tenían muros altísimos; es una hipérbole. Estos muros aterrorizaron a los pusilánimes hebreos: pues los magnánimos no se preocupan por los muros, sino por los guerreros y defensores valerosos.

De ahí que Agesilao el rey, cuando alguien le preguntó por qué Esparta carecía de muros, dijo: «Estos son los muros de Esparta», señalando a los ciudadanos armados. A otra persona que le preguntaba sobre lo mismo respondió: «Las ciudades no deben estar fortificadas con piedras y maderas, sino con el valor de sus habitantes.» Cuando alguien le mostró los muros muy fuertes de cierta ciudad y le preguntó si los juzgaba hermosos, respondió: «Ciertamente sí, pero no para que habiten hombres dentro, sino mujeres.» Así también Agis, rey de los mismos lacedemonios, paseando alrededor de los muros de Corinto, después de haberlos observado elevados y fuertes, dijo: «¿Qué mujeres habitan en este gineceo?» Así también Antálcidas solía decir que los muros de Esparta eran sus jóvenes, y sus fronteras las puntas de las lanzas.

Así también Escipión el Africano dijo a un soldado que levantaba una empalizada y se quejaba de que estaba muy presionado: «Con razón», dijo, «pues confías más en este madero que en tu espada.» A un joven que ostentaba un hermoso escudo, le dijo: «El escudo es ciertamente hermoso, joven, pero es más propio de un hombre romano poner su confianza en su mano derecha que en su izquierda.» De estas cosas da testimonio Plutarco en sus Vidas.


Versículo 30: Amalec habita en el sur

30. AMALEC HABITA EN EL SUR. -- Dicen esto los exploradores, no como si la tierra de los amalecitas perteneciera a la tierra prometida a los hebreos; sino porque era vecina a ella, de modo que los amalecitas podían fácilmente impedir la entrada de los hebreos en ella, y podían atacar y hostigar a los hebreos con guerras. Y lo habían intentado en Éxodo XVII. Pues los exploradores presentan al pueblo esta dificultad de enemigos poderosísimos que habitan en la tierra prometida y en sus cercanías, para disuadirlos de entrar en Canaán.


Versículo 31: Caleb contiene la murmuración

31. ENTRETANTO CALEB, CONTENIENDO LA MURMURACIÓN DEL PUEBLO. -- Mientras Josué callaba, Caleb solo se opuso a todos e intentó acallar la murmuración: porque Caleb era más animoso y lleno de celo; de donde Dios admirablemente lo alaba a él solo por este acto heroico en el capítulo siguiente, versículo 24, diciendo: «A mi siervo Caleb, que, lleno de otro espíritu, me ha seguido, lo introduciré en esta tierra.» Por la misma razón Dios, por medio de Moisés, prometió al mismo Caleb bajo juramento una parte particular de la tierra de Canaán, a saber, los montes de Hebrón, donde estaban estos gigantes, y el propio Caleb la pidió a Josué y la obtuvo, como es claro por Josué XIV, 6, 9 y 12, y Josué XV, 13.

LA MURMURACIÓN QUE, -- es decir, la murmuración la cual: es una antíptosis.


Versículo 32: Los pecados de los exploradores

32. DE NINGÚN MODO PODEMOS SUBIR CONTRA ESTE PUEBLO. -- De aquí es claro que estos exploradores pecaron en su informe al pueblo, primero, disuadiendo y apartando al pueblo de la entrada en Canaán, y así resistiendo a las promesas y la voluntad de Dios, que quería introducir a los hebreos en ella. Hicieron esto por pusilanimidad y temor de las guerras con los cananeos, puesto que preferían llevar una vida tranquila, ociosa y lujuriosa en Egipto, aun bajo el yugo del Faraón; segundo, mintiendo, y esto en muchos aspectos:

Primero, porque afirmaron que los cananeos eran tan poderosos que los hebreos no podían prevalecer contra ellos; pues dicen: «De ningún modo podemos subir contra este pueblo, porque es más fuerte que nosotros.»

Segundo, imponiendo falsas acusaciones contra la tierra de Canaán, diciendo: «La tierra que recorrimos devora a sus habitantes.»

Tercero, amplificando más allá de la verdad las cosas que habían visto, como cuando dicen: «Allí vimos ciertos monstruos de los hijos de Enac, en comparación con los cuales parecíamos langostas.»

Cuarto, afirmando que todos los cananeos en todas partes eran de alta estatura en comparación con los hebreos: «El pueblo», dicen, «que contemplamos, es de estatura elevada», cuando en realidad los cananeos no eran ordinariamente más altos que los egipcios, hebreos y otros pueblos vecinos a ellos.

Quinto, porque suprimieron la verdad, como que solo habían visto tres gigantes en Canaán, y muchas otras cosas que habrían podido elevar la esperanza del pueblo de obtener Canaán y remover o disminuir su temor de los cananeos. Así el Abulense.


Versículo 33: La tierra devora a sus habitantes

33. LA TIERRA QUE RECORRIMOS DEVORA A SUS HABITANTES. -- Algunos entienden esto referido a la bondad de la tierra, como si dijeran: La tierra de Canaán es tan fértil que todos la codician, y sus poseedores a su vez se expulsan y matan unos a otros. Otros lo explican así, como si dijeran: La tierra de Canaán es tan buena que nadie desea salir de ella; de donde quien nace en ella, quiere vivir y morir allí; y así son, por así decirlo, devorados por su tierra. Pero esto no habría sido detracción, sino más bien alabanza de la tierra.

Digo por tanto: «La tierra devora a sus habitantes», es decir, la tierra de Canaán es insalubre por la inclemencia del clima, nociva y pestilente, de modo que engendra enfermedades y trae muerte temprana a sus habitantes. Dijeron esto, quizás porque mientras inspeccionaban la tierra, encontraron que una peste asolaba en ella en ese momento, y la atribuyeron a la condición y mala calidad de la tierra, cuando más bien debiera haberse atribuido a Dios, quien en Levítico capítulo XVIII, 24, había prometido a los hebreos que haría que la tierra misma vomitara a los cananeos a causa de sus crímenes. De ahí que ciertos hebreos relatan, cuya credibilidad se puede juzgar, que en aquel tiempo hubo tan gran plaga en Canaán, y tantos moribundos, que los cananeos, ocupados con los funerales de los suyos, aunque veían a estos exploradores, sin embargo no los capturaron, no los examinaron, y de hecho ni siquiera se preocuparon de ellos.


Versículo 34: Los nephilim y la comparación con las langostas

ALLÍ VIMOS MONSTRUOS. -- En hebreo, allí vimos nephilim, es decir, gigantes, que son llamados nephilim, es decir, los que caen, porque eran tan altos que cualquiera que los veía caía de terror: o más bien, los que hacen caer (tomando el qal por el hifil), derribando y matando a otros hombres por doquier; pues estos gigantes eran hombres fieros y salvajes tiranos. Es por tanto ridículo lo que dice el rabino Salomón, que estos gigantes son llamados nephilim, es decir, los que caen, porque, dice, los gigantes eran de la raza de dos ángeles que cayeron del cielo, a saber, Azá y Azael.

PARECÍAMOS LANGOSTAS. -- Esta es una hipérbole excesiva y mendaz, para disuadir al pueblo de entrar en Canaán. Josefo añade, por su propio ingenio y espíritu parafrástico, al parecer, con el cual suele embellecer y colorear los asuntos de su nación, que los exploradores dijeron que los hebreos no podían vencer a los cananeos equipados con riquezas y armas, a causa de su propia pobreza y carencia de armas y recursos, y que primero necesitarían cruzar ríos impracticables y montañas insuperables. Añade además que los hebreos fueron provocados a tan gran murmuración por estas palabras que quisieron matar a Moisés y a Aarón, y así regresar a Egipto.