Cornelius a Lapide
Índice
Sinopsis del Capítulo
A causa de las hijas de Salfaad, Dios da una ley para que, cuando falte descendencia masculina, las hijas sucedan a sus padres en la herencia. En segundo lugar, versículo 12, se ordena a Moisés contemplar Canaán desde el monte Abarím y designar a Josué como su sucesor en la jefatura del pueblo.
Texto de la Vulgata: Números 27:1-23
1. Se acercaron las hijas de Salfaad, hijo de Héfer, hijo de Galaad, hijo de Maquir, hijo de Manasés, que fue hijo de José; cuyos nombres son: Maalá, Noá, Heglá, Melcá y Tirsá. 2. Y se presentaron ante Moisés y Eleazar el sacerdote, y ante todos los príncipes del pueblo, a la entrada del tabernáculo de la alianza, y dijeron: 3. Nuestro padre murió en el desierto y no estuvo en la sedición que se levantó contra el Señor bajo Coré, sino que murió en su propio pecado; y no tuvo hijos varones. ¿Por qué ha de borrarse su nombre de su familia, porque no tuvo hijo? Dadnos una posesión entre los parientes de nuestro padre. 4. Moisés remitió su causa al juicio del Señor. 5. Y el Señor le dijo: 6. Las hijas de Salfaad piden una cosa justa; dales una posesión entre los parientes de su padre, y que le sucedan en la herencia. 7. Y a los hijos de Israel les dirás estas cosas: 8. Cuando un hombre muera sin hijo, la herencia pasará a su hija. 9. Si no tuviere hija, le sucederán sus hermanos. 10. Y si no tuviere hermanos, daréis la herencia a los hermanos de su padre. 11. Y si no tuviere tíos paternos, la herencia será dada a los más próximos en parentesco. Y esto será para los hijos de Israel una norma santa por ley perpetua, como el Señor mandó a Moisés. 12. Dijo también el Señor a Moisés: Sube a este monte Abarím, y contempla desde allí la tierra que daré a los hijos de Israel. 13. Y cuando la hayas visto, irás también tú a tu pueblo, como fue tu hermano Aarón. 14. Porque me ofendisteis en el desierto de Sin, en la contradicción de la multitud, y no quisisteis santificarme ante ella junto a las aguas. Éstas son las aguas de la contradicción en Cadés, en el desierto de Sin. 15. Y Moisés le respondió: 16. Provea el Señor, Dios de los espíritus de toda carne, un hombre que esté sobre esta multitud, 17. y que pueda salir y entrar delante de ellos, y conducirlos afuera o introducirlos, para que el pueblo del Señor no sea como ovejas sin pastor. 18. Y el Señor le dijo: Toma a Josué, hijo de Nun, hombre en quien está el Espíritu, y pon tu mano sobre él. 19. Y él estará delante de Eleazar el sacerdote y de toda la multitud; 20. y le darás preceptos a la vista de todos, y una parte de tu gloria, para que toda la congregación de los hijos de Israel le obedezca. 21. Si algo hubiere de hacerse, Eleazar el sacerdote consultará al Señor por él. A su palabra saldrá y a su palabra entrará, tanto él como todos los hijos de Israel con él, y el resto de la multitud. 22. Hizo Moisés como el Señor le había mandado. Y habiendo tomado a Josué, lo puso delante de Eleazar el sacerdote y de toda la asamblea del pueblo. 23. Y poniendo sus manos sobre la cabeza de él, repitió todo lo que el Señor había mandado.
Versículos 1-2: Las hijas de Salfaad
1 y 2. Se acercaron las hijas de Salfaad, etc., y se presentaron ante Moisés y Eleazar el sacerdote, y todos los príncipes del pueblo, a la entrada del tabernáculo. -- Porque junto a la entrada del tabernáculo estaba la tienda de Moisés, y a ella, o ciertamente al atrio vecino del tabernáculo, se reunían los ancianos del pueblo, convocados por Moisés para el consejo.
Versículo 3: Dadnos una posesión
2 y 3. Y dijeron: Nuestro padre, etc., murió en su propio pecado -- a saber, a causa del pecado de murmuración en el tiempo de los exploradores, pecado que fue común a todo el pueblo. Pues todos los que tenían veinte años y más murieron en el desierto a causa de este pecado.
3. No tuvo hijos varones; ¿por qué ha de borrarse el nombre de nuestro padre de su familia, porque no tuvo hijo? Dadnos una posesión entre los parientes de nuestro padre -- es decir: Dadnos a nosotras, las hijas, una herencia en Canaán en lugar de nuestro padre, que murió sin descendencia masculina, para que mediante esta herencia nuestra permanezca el nombre y la familia de nuestro padre en Israel; pues así nuestros hijos, al menos algunos de ellos, serán llamados descendientes o la familia de Salfaad por esta herencia de Salfaad; porque algunos de nuestros hijos seguirán el nombre y la herencia de su padre, mientras que otros seguirán el nombre y la herencia de su madre, es decir, del abuelo materno, esto es, el nuestro y el de nuestro padre (pues entre los hebreos la herencia era inmueble y perpetua, y consecuentemente también la familia cuya herencia era y de la cual tomaba su nombre era perpetua). De lo contrario, si no se nos da ninguna herencia, nuestros hijos recibirán no el nombre de nuestro padre, sino el nombre y la herencia del marido con quien nos casemos; y así el nombre y la familia de nuestro padre perecerán. Así Abulense.
Sobre la ley de herencia hebrea
De este pasaje se deduce que entre los hebreos, si algún descendiente era varón, él era el heredero de todo, de modo que las hijas no podían recibir parte alguna de la herencia; la razón era que mediante los varones, no mediante las mujeres, las familias se nombran, se distinguen y se conservan. Y por providencia de Dios en el Antiguo Testamento hubo un cuidado tan grande por la conservación y distinción de las familias, tanto por los derechos de primogenitura como por la certeza de todas las familias según la sucesión de herencias, de modo que fuese cierto, cuando una familia se extinguía, cuál era la más cercana a ella por sangre para sucederla en la herencia; y también para que constase claramente que Cristo nació de los judíos y de Judá, como Dios había prometido a Jacob, Génesis XLIX, 10. Y ésta fue una entre otras razones por las cuales Dios quiso que la Santísima Virgen desposara a José, para que a los judíos, que pensaban que ella había concebido y engendrado a Cristo enteramente de José, pudiera probarse que Cristo descendía de David y de Judá. Pues todos los judíos sabían que José descendía de ellos.
Versículo 4: Moisés remitió su causa al Señor
4. Y Moisés remitió su causa al juicio del Señor -- es decir, Moisés consultó al Señor sobre esta cuestión, a la entrada del tabernáculo (pues allí hablaba Dios a través de la columna de nube), o en el propiciatorio del Santo de los Santos.
Versículos 5-6: Las hijas piden una cosa justa
5 y 6. Y Él (el Señor) le dijo (a Moisés): Las hijas de Salfaad piden una cosa justa; dales (manda que se les dé en Canaán. Pues Moisés no entró en Canaán y, consecuentemente, no podía dar a nadie una herencia en ella de hecho y en realidad) una posesión entre los parientes de su padre. -- Por tanto, estas hijas entraron en posesión no por derecho propio, sino por el de su padre; de ahí que se diga que suceden a su padre en la herencia, a saber, en aquella que el padre habría tenido en Canaán si hubiera vivido y hubiese entrado en ella; porque las mujeres hebreas no tenían derecho alguno a las herencias, excepto en este único caso, a saber, si su padre hubiera muerto sin descendencia masculina y por ello su nombre perecería; pues entonces las hijas sucedían al padre y eran preferidas a todos los demás parientes varones (como Dios decreta en el versículo siguiente), pero de modo que solo tuvieran una sola suerte de su padre, que se dividía igualmente entre todas las hijas del padre, mientras que los hijos varones individuales, desde los veinte años en adelante, por derecho propio entraban cada uno en posesiones individuales en Canaán y las repartían.
Versículo 11: La herencia será dada al más próximo
11. La herencia será dada a los que son más cercanos a él -- a saber, varones. Pues la ley habla de la sucesión que tiene lugar por parte del padre. Pues si alguien hubiera sucedido en la herencia de su madre y abuelo materno y muriese sin hijos, le sucedían los parientes de la madre, no los del padre, porque esos bienes pertenecían a la familia de la madre o del abuelo materno (no del padre); de donde debían permanecer en esa familia y no podían transferirse a otra, a saber, la del padre, como enseña Abulense, Cuestión XXXIII, y esto para que no hubiera mezcla y confusión de familias y tribus. Pues a este fin mandó Dios que las herencias no se transfirieran de una familia o tribu a otra, para que por la herencia constase con certeza a qué familia o tribu pertenecía cada uno.
Versículo 12: Sube al monte Abarím
12. Dijo también el Señor a Moisés: Sube a este monte Abarím -- tanto para que desde él veas la tierra prometida, como para que mueras en él: esto es claro por lo que sigue. Este monte Abarím, al menos según sus diversas partes y crestas, tiene varios nombres. Pues se llama Pisgá, Peor, las alturas de Baal, Nebó; pues en Nebó se dice que murió Moisés, Deuteronomio, último capítulo, versículo 4. Dios quiso que Moisés muriera en el monte, no en el campamento, para que los hebreos, inclinados a la idolatría, no adoraran su cuerpo como a una divinidad.
Contempla desde allí la tierra que daré a los hijos de Israel -- para que al menos goces de algún placer con la vista de la tierra, que tan vehementemente pediste y deseaste entrar, como consta de Deuteronomio III, 24 y 25. Pues de ese pasaje consta que Moisés oró ardentísimamente a Dios para entrar en la tierra prometida; pero negándole Dios esto y mandándole callar, pidió que se le designara un sucesor, como consta de este capítulo, versículo 16.
Versículo 13: Irás a tu pueblo
13. Irás también tú a tu pueblo -- morirás, oh Moisés, en Moab, e irás al limbo de los padres, o al seno de Abrahán.
Versículos 16-17: Provea el Señor un hombre
16 y 17. Provea el Señor, Dios de los espíritus (es decir: Tú que eres el Dios de los espíritus, esto es, que solo Tú creas los espíritus y las almas -- pues de ahí que el Apóstol, Hebreos capítulo XII, 9, llame a Dios Padre de los espíritus, mientras que los padres son llamados padres de la carne -- y que conoces los espíritus y corazones de todos los hombres, y consecuentemente sabes mejor que nadie quién es el más apto para tan gran carga, a saber, sucederme en el gobierno de tan grande pueblo, provee y designa) un hombre que esté sobre esta multitud, y que pueda salir y entrar delante de ellos -- es decir, que pueda ser su guía y conductor en toda obra, tanto militar como civil. Pues esto es lo que significa esta metáfora en hebreo, tomada de los pastores que sacan a su rebaño; pues salen y entran delante de él, y así lo apacientan y gobiernan.
Versículo 18: Toma a Josué, hijo de Nun
18. Toma a Josué, hijo de Nun, hombre en quien está el espíritu de Dios. -- «Espíritu de Dios», es decir, prudencia, piedad, fortaleza y las demás virtudes necesarias para tal príncipe.
Y pon tu mano sobre él -- para que mediante esta ceremonia Josué sea establecido como tu sucesor y jefe del pueblo, y consecuentemente sea dotado por Mí de un espíritu mayor y de la gracia apropiada para ese oficio, como se dice en Deuteronomio, último capítulo, versículo 9. Acerca de esta ceremonia traté en 1 Timoteo IV, 14.
Versículo 20: Le darás preceptos
20. Le darás preceptos -- acerca del modo de gobernar al pueblo, especialmente para que lo conserve y promueva en la verdadera religión y ley del Dios único.
Una parte de tu gloria
Y una parte de tu gloria -- es decir: Comunica, oh Moisés, a Josué los cuernos, esto es, el esplendor y los rayos de tu rostro, como hace el sol con la luna, dice el Rabino Moisés. De donde el Caldeo traduce: Y le dará de su esplendor sobre él. De ahí también que los hebreos generalmente comparen a Moisés con el sol y a Josué con la luna, que recibe la luz del sol; pero en ningún lugar la Escritura ni los autores antiguos dan estos rayos a Josué; ni podía Moisés transmitírselos. Así Abulense, que refuta esto extensamente.
Otros entienden por «gloria» la mansedumbre y humildad de Moisés, que lo habían hecho maravillosamente amable y loable ante el pueblo; pues del hecho de que solía hablar con Dios como un amigo con un amigo, no se volvió en absoluto más soberbio y se mostraba piadoso y afable con todos. Pero tampoco podía Moisés transmitir esta mansedumbre suya a Josué.
Digo, por tanto: Da a Josué una parte de tu gloria, es decir, de tu honor y autoridad ante el pueblo, para que te dirijas a él respetuosamente como futuro jefe del pueblo, y lo propongas y recomiendes como tal ante todo el pueblo, para que el pueblo lo acepte en tu lugar como jefe y lo reverencie, como a quien ha visto honrado por ti y dotado de autoridad; de donde se sigue: «Para que toda la congregación de los hijos de Israel le obedezca.» Cayetano añade que aquí se manda a Moisés que comparta con Josué las insignias de su oficio y jefatura; por ejemplo, que le entregue su vara, que era como un cetro y por tanto emblema de jefatura; que le asigne una parte de sus servidores, que le dé el anillo de sellar, el manto militar, etc. Pues con estas insignias suele adornarse y como inaugurarse al nuevo magistrado y príncipe. Oleaster traduce de modo diferente, a saber: «Da a Josué una parte de tu abatimiento o humildad;» pues la raíz hoda significa arrojar, abatir, es decir: Enseña a Josué tu humildad y mansedumbre, para que ella lo haga aceptable al pueblo, así como a ti te hizo.
Este sentido no es incongruente; el primero, sin embargo, es más genuino, y es el de los Setenta, el Caldeo y otros en general.
Por qué los hijos de Moisés no le sucedieron
Por qué los hijos de Moisés no le sucedieron en la jefatura del pueblo -- esta razón la da el Autor de las Maravillas de la Sagrada Escritura, libro I, capítulo XXV, en San Agustín, tomo III: porque «ellos», dice, «fueron engendrados de madre gentil (de Séfora la madianita) durante la permanencia (exilio de Moisés) en el extranjero.» Por tanto, le sucedió Josué, que era hebreo tanto por parte materna como paterna. Añádase: esta jefatura del pueblo sacándolo de Egipto fue única y extraordinaria, no hereditaria; por elección de Dios, pues, fue conferida a Moisés y a su servidor Josué. Finalmente, los descendientes de Moisés fueron degenerados, Jueces XVIII, 30.
Versículo 21: Eleazar consultará al Señor
21. Por éste (por Josué), si algo hubiere de hacerse, Eleazar el sacerdote consultará al Señor. -- En hebreo: Eleazar preguntará por él, en el juicio del Urim ante el Señor, es decir: Eleazar, el sumo sacerdote, revestido del efod y el pectoral, en el cual está inscrito el Urim, y así presentándose con sus vestiduras pontificales y desempeñando como la función pontifical, preguntará al Señor sobre las cosas dudosas que se presenten a Josué, y así será instruido e informado por Él acerca de todas las cosas. Sobre este oráculo del Urim, véase lo dicho en Éxodo XXVIII, 30.
A su palabra saldrá y entrará, tanto él como todos los hijos de Israel. -- «Su», a saber, de Josué, dice Abulense. «Pues aquí», dice, «Josué es puesto por encima, porque era el príncipe secular, directamente por encima del sumo sacerdote, de modo que Eleazar estaba obligado a obedecer a Josué en todas las cosas que mandara, como el resto del pueblo; y así fue en tiempos de Moisés, porque él no era sacerdote; Aarón, sin embargo, porque era el sumo sacerdote, le obedecía, porque era el príncipe del pueblo, y así fue en el Antiguo Testamento, que los sumos sacerdotes estaban bajo los reyes; pero ahora es lo contrario, porque toda potestad secular obedece al Sumo Pontífice, que está entre todos los varones eclesiásticos, como el sumo sacerdote estaba entre todos los sacerdotes y levitas de los hebreos;» hasta aquí Abulense.
Pero que ese «su» no se refiere a Josué, sino a Eleazar, aparece claramente del hebreo. El sentido, por tanto, es: «a su palabra», es decir, según su oráculo, a saber, el de Eleazar, que fue mencionado antes, «entrará y saldrá», es decir, hará todo lo que haya de hacerse, tanto «él mismo», a saber Josué, como «todos los hijos de Israel.» Pues aunque Dios había elegido a Moisés por privilegio especial como Profeta, legislador y consagrador de sacerdotes, de modo que en Moisés residían ambas potestades, a saber, la civil y la sagrada o sacerdotal, y ello por eminencia y superintendencia -- pues Moisés era sumo sacerdote y pontífice, pero extraordinario; pues era más digno que Aarón, y en efecto estaba obligado a dirigir a Aarón, de donde se dice en el Salmo 98: «Moisés y Aarón entre sus sacerdotes» -- sin embargo, después Dios dividió estas potestades, de modo que a Moisés le sucedió Eleazar en el sacerdocio y Josué en la jefatura; y entonces dirigió a Josué y a los jefes civiles a través de los pontífices, y les mandó atenerse al oráculo y decisión de los pontífices, para significar la potestad eclesiástica de la nueva ley, que supera a la civil y no pocas veces debe dirigirla; y por esta razón el rey Saúl, porque fue desobediente a Samuel, levita y Profeta, perdió tanto su reino como su vida.
Sobre la concesión de oficios por mérito, no por parentesco
Aprendan aquí los príncipes y prelados a conferir oficios y beneficios no a hijos y parientes, sino a los más dignos. He aquí que Moisés resignó la jefatura por mandato de Dios en Josué, que provenía de otra tribu, a saber, Efraím; pero el pontificado lo resignó no en sus hijos, de los cuales tenía dos, sino en Aarón; y esto «para que aprendiéramos», dice San Jerónimo comentando el capítulo 1 de la carta a Tito, «que estas dignidades no deben conferirse por la sangre, sino por la vida. Pero ahora», dice, «vemos que muchos hacen de esto una cuestión de patronazgo, de modo que no buscan levantar como columnas en la Iglesia a aquellos que saben que más beneficiarán a la Iglesia, sino a aquellos a quienes ellos mismos aman, o por cuyos servicios han sido conquistados, o por quienes algún personaje importante ha intercedido; y -- para callar cosas peores -- a quienes obtuvieron el estado clerical mediante dádivas.» También Orígenes ponderó este punto, homilía 22 sobre Números: «Ninguna aclamación del pueblo», dice, «ninguna consideración de parentesco se tuvo aquí. Y ciertamente, ¿qué otra cosa es dirigir el pontificado al enriquecimiento de una familia, sino profanar completamente una cosa tan sagrada y tan divina, y aplicarla a un uso secular, como hizo aquel Baltasar en su banquete? Sacrilegio que ciertamente pagó caro, siendo despojado inmediatamente tanto del reino como de la vida.»
Celestino V, como narra Álvaro, cuando oyó que el hijo de su hermano había venido a la curia, inmediatamente ordenó que fuera expulsado, y cuando muchos Cardenales se interpusieron como intercesores, con mucho esfuerzo y súplicas obtuvieron a lo sumo esto: que se le concediera un beneficio simple y modesto; recibido el cual, fue inmediatamente devuelto a su casa. Así Álvaro, libro II Del Llanto de la Iglesia, capítulo XV, y Jerónimo Plato, De la Dignidad de los Cardenales, capítulo XXV.
Nada más ilustre en esta materia que Clemente IV, Sumo Pontífice, quien, elegido Pastor de la Iglesia en el año 1265, mantuvo admirablemente esta misma constancia. Pues consta que tenía dos hijas habidas en legítimo matrimonio, y para una de ellas, para ser colocada en un monasterio, mandó contar 30 libras turonenses; para la otra, para que se casara, trescientas, con la condición de que se casara con un hombre de igual rango. Además, teniendo un sobrino al que él mismo nunca le había dado nada, pero un prelado de Francia, en favor del Pontífice, le había conferido tres canonjías; cuando muchos pidieron entonces que honrase al sobrino con alguna dignidad, no solo nunca pudo ser inducido a hacerlo, sino que voluntariamente obligó al sobrino a retener de aquellos tres beneficios uno, el que prefiriera, y a renunciar a los demás. Así Plato en el mismo lugar.
Platina añade en su Vida de Clemente IV que a los amigos que intercedían por el mencionado sobrino les respondió con estas palabras: «Yo obedeceré a Dios, no a la carne y la sangre; Dios quiere que lo suyo sea empleado en causas piadosas. No es digno sucesor de Pedro quien da más al parentesco que a la piedad y a Cristo.» Además, una carta del propio Clemente sobre esta materia a uno de sus parientes la recogen Onufrio y Ciacconio en su relato de Clemente IV; la cual, por ser rara y dignísima de eterna memoria e imitación, pareció oportuno insertarla aquí; dice así: «Regocijándose muchos por nuestra promoción, solo nosotros somos los que experimentamos con más certeza la inmensidad de la carga, y por eso lo que a otros les da gozo a nosotros nos causa temor y angustia. Para que sepas cómo debes conducirte al oír esto, queremos que sepas que debes ser más humilde de lo habitual. Pues lo que tan grandemente nos humilla no debe exaltar a nuestros parientes, máxime cuando el honor de este siglo es momentáneo y pasa como el rocío de la mañana; ni queremos que tú, ni tu hermano, ni ninguno de los nuestros, venga a nosotros sin nuestro mandato especial, porque, frustrado en su esperanza, si presumiere venir de otro modo, tendría que volver confuso. Ni busques para tu hermana un matrimonio más elevado por causa nuestra, pues no nos hallarías favorables ni ayudadores en modo alguno. Si, sin embargo, la desposas con el hijo de un simple caballero, nos proponemos ayudarte con trescientas libras turonenses. Y si buscas cosas más altas, no esperes de nosotros ni un denario; y queremos que esto sea muy secreto y conocido solo de ti y de tu madre. Sabe también que no queremos que ningún hombre ni mujer de nuestra sangre se envanezca so pretexto de nuestra elevación; sino que queremos que tanto Mobilia como Cecilia tengan aquellos maridos que tendrían si estuviéramos en el simple clericato. Visita a Sibila y dile que no cambie de residencia, sino que permanezca en Susa, y que observe toda madurez y modestia de comportamiento, y que no presuma traernos peticiones a favor de nadie. Pues serían inútiles para aquel por quien se hicieran, y perjudiciales para quienes las pidieren. Y si acaso alguien le ofreciere regalos por esta causa, que los rechace, si quiere conservar nuestro favor. Saluda a nuestra madre y hermanos. Dada en Perugia, en la fiesta de las Santas Perpetua y Felicidad.»
¡Bien hecho, Clemente! Con esta hazaña más que con mármol alguno has hecho eterno tu nombre; vivirá siempre la memoria grata y santa de ti; ninguna edad borrará este decreto tuyo; los siglos venideros hablarán de esta tu gloria, de esta tu fama; la posteridad alabará tu sabiduría; los habitantes del cielo celebrarán tu integridad ante Dios y ante el mundo entero, en aquel último y decisivo día del gran juicio, y desde entonces por toda la eternidad; mientras que si hubieras consignado bienes no tuyos sino de Cristo a herederos olvidadizos, pronto perecederos y a menudo ingratos, hace tiempo yacerías sin gloria e ignorado, sepultado con tu familia en perpetuo olvido (¡por no hablar de la ofensa a Dios y a los hombres!). Pues Dios no permite que las familias elevadas y exaltadas con bienes eclesiásticos perduren mucho tiempo, como la experiencia frecuente enseña. Di, pues, lo que dijiste cuando vivías y esperabas, pero ahora poseyendo y gozando dices: «El Señor es la porción de mi herencia y de mi cáliz; eres Tú quien me restituirá mi herencia.»
El Papa Marcelo, aunque ocupó el pontificado muy pocos días, sin embargo en ese breve tiempo dio prueba de la virtud que sin duda había resuelto mantener en adelante. Pues este Pontífice, una vez elegido, no permitió que ninguno de los suyos viniera a Roma, ni siquiera su hermano Alejandro, cuyos dos hijos también, a quienes él educaba en Roma, no permitió que fueran saludados por nadie, que aparecieran raramente en público, y apenas sino para asistir a Misa. Onufrio también refiere, que fue muy cercano a él y conocía sus consejos más íntimos, que era su intención deliberada y fija dar a su hermano y a los hijos de éste solo lo que convendría a un noble nacido en aquel lugar; pero no para que se elevaran más allá de una condición privada ni fueran promovidos a dignidad alguna. En efecto, había resuelto no dar ni un céntimo de los frutos de la Iglesia, sino por el juicio de todos los Cardenales. Así Plato, De la Dignidad de los Cardenales, capítulo XXV.
También existió en tiempos casi nuestros el memorable hecho de Adriano VI, de quien se dice que fue tan moderado con todos sus parientes que a algunos les pareció incluso demasiado severo. Pues al hijo de su primo, estudiante de letras en la Universidad de Siena, que había venido a Roma sin ser invitado, inmediatamente lo hizo montar en un caballo alquilado y lo envió de vuelta; y a otros estrechamente unidos por parentesco, que se habían apresurado a venir a él desde Alemania, después de dar a cada uno un manto de lana y un modesto viático, los mandó igualmente volver a pie, tal como habían venido. El mismo autor, en el mismo lugar.
San Ricardo, Obispo de Chichester, no quiso admitir a sus parientes a los beneficios eclesiásticos por motivo alguno, aunque fueran maduros y aptos, sabiendo que el Príncipe de los Pastores, nuestro Señor Jesucristo, había entregado las llaves del reino de los cielos no al Bienaventurado Juan Evangelista, su pariente, sino al Bienaventurado Pedro, que no estaba unido a Él por vínculo alguno de sangre. Así lo registra su Vida, en Surio, 3 de abril.
¡Oh, para cuántos hoy los beneficios son en realidad maleficios! ¡Cuántos tragan los oficios como si fueran bocados letales! Pues quienes los confieren a parientes o amigos ignorantes, impuros, viciosos e indignos, no les otorgan beneficios sino venenos, con los cuales matan sus propias almas y las de su familia, y las envían al infierno. Estos hombres juegan con el patrimonio de Cristo y de la república como si fuera su propia herencia ancestral, y no consideran que son solo sus dispensadores, no sus dueños; no consideran cuán estrictamente les exigirá Cristo cuenta de esta dispensación a ellos confiada; no consideran que ellos, como pastores, deben apacentar a toda la Iglesia de Dios, no a este o aquel pariente a tan gran costa de los muchos y del bien común. ¡Ay de los Prelados, ay de los Príncipes!
Versículo 23: Él mandó
23. Repitió -- relató, refirió: el hebreo dice, mandó.