Cornelius a Lapide

Deuteronomio IV


Índice


Sinopsis del Capítulo

En este capítulo y los siguientes hasta el XII, Moisés, habiendo repetido el Decálogo y ciertas leyes, exhorta al pueblo a observarlos, especialmente recordando los beneficios que Dios les concedió; de donde, a lo largo de todo este capítulo, insiste en el beneficio de la ley dada en el Sinaí, con fuego y humo; luego en el versículo 41, designa tres ciudades de refugio para los homicidios accidentales e involuntarios.


Texto de la Vulgata: Deuteronomio 4:1-49

1. Y ahora, Israel, oye los preceptos y juicios que yo te enseño; para que, cumpliéndolos, vivas, y entrando poseas la tierra que el Señor Dios de vuestros padres os dará. 2. No añadiréis a la palabra que yo os hablo, ni quitaréis de ella: guardad los mandamientos del Señor vuestro Dios que yo os mando. 3. Vuestros ojos vieron todo lo que hizo el Señor contra Baal-Peor, cómo destruyó de en medio de vosotros a todos sus adoradores. 4. Pero vosotros, que os unisteis al Señor vuestro Dios, vivís todos hasta el día de hoy. 5. Sabéis que os he enseñado preceptos y ordenanzas, como el Señor mi Dios me mandó: así los cumpliréis en la tierra que estáis a punto de poseer, 6. y los observaréis y cumpliréis con obras. Porque ésta es vuestra sabiduría e inteligencia ante los pueblos, para que, oyendo todos estos preceptos, digan: He aquí un pueblo sabio e inteligente, una nación grande. 7. Ni hay otra nación tan grande que tenga dioses tan cercanos a ella, como nuestro Dios está presente a todas nuestras súplicas. 8. Pues ¿qué otra nación hay tan ilustre que tenga ceremonias y juicios justos, y toda la ley que yo pondré hoy ante vuestros ojos? 9. Guárdate, pues, a ti mismo y a tu alma cuidadosamente. No olvides las palabras que vieron tus ojos, y no se aparten de tu corazón todos los días de tu vida. Las enseñarás a tus hijos y nietos, 10. desde el día en que estuviste ante el Señor tu Dios en Horeb, cuando el Señor me habló diciendo: Reúneme al pueblo, para que oigan mis palabras, y aprendan a temerme todo el tiempo que vivan sobre la tierra, y enseñen a sus hijos. 11. Y os acercasteis al pie del monte, que ardía hasta el cielo, y había en él tinieblas, y nubes, y oscuridad espesa. 12. Y el Señor os habló de en medio del fuego. Oísteis la voz de sus palabras, pero no visteis forma alguna. 13. Y os mostró su alianza, que os mandó cumplir, y las diez palabras que escribió en dos tablas de piedra. 14. Y me mandó en aquel tiempo que os enseñara las ceremonias y juicios que debíais hacer en la tierra que estáis a punto de poseer. 15. Guardad, pues, cuidadosamente vuestras almas. No visteis semejanza alguna el día en que el Señor os habló en Horeb de en medio del fuego: 16. no sea que, engañados, hagáis para vosotros una semejanza esculpida, o imagen de varón o de mujer, 17. la semejanza de cualquier animal que hay sobre la tierra, o de aves que vuelan bajo el cielo, 18. o de reptiles que se mueven sobre la tierra, o de peces que moran en las aguas bajo la tierra: 19. no sea que, alzando los ojos al cielo, veas el sol y la luna y todas las estrellas del cielo, y engañado por el error las adores y les sirvas, las cuales el Señor tu Dios creó para servicio de todas las naciones que están bajo el cielo. 20. Pero el Señor os tomó y os sacó del horno de hierro de Egipto, para tener un pueblo de herencia, como es en este día. 21. Y el Señor se airó contra mí por causa vuestra, y juró que yo no cruzaría el Jordán ni entraría en la tierra excelente que os dará. 22. He aquí que muero en esta tierra; no cruzaré el Jordán: vosotros cruzaréis y poseeréis aquella noble tierra. 23. Guardaos de olvidar jamás la alianza del Señor vuestro Dios, que hizo con vosotros, y de haceros una semejanza esculpida de aquellas cosas que el Señor prohibió hacer: 24. porque el Señor tu Dios es fuego consumidor, Dios celoso. 25. Si engendráreis hijos y nietos, y habiendo morado en la tierra, engañados hiciéreis para vosotros cualquier semejanza, cometiendo el mal ante el Señor vuestro Dios, provocándole a ira: 26. pongo por testigos este día al cielo y a la tierra de que rápidamente pereceréis en la tierra que, cruzado el Jordán, vais a poseer; no moraréis en ella largo tiempo, sino que el Señor os destruirá, 27. y os dispersará entre todas las naciones, y quedaréis pocos en número entre las naciones adonde el Señor os conducirá. 28. Y allí serviréis a dioses hechos por manos de hombres, de madera y piedra, que ni ven, ni oyen, ni comen, ni huelen. 29. Y cuando busquéis allí al Señor vuestro Dios, lo hallaréis: si, no obstante, lo buscáis con todo vuestro corazón, y con toda la tribulación de vuestra alma. 30. Después que todas las cosas que han sido predichas hayan venido sobre ti, en el último tiempo volverás al Señor tu Dios, y oirás su voz. 31. Porque el Señor tu Dios es un Dios misericordioso: no te abandonará, ni te destruirá del todo, ni olvidará la alianza que juró a tus padres. 32. Pregunta por los días antiguos, que fueron antes de ti, desde el día en que Dios creó al hombre sobre la tierra, de un extremo del cielo al otro, si alguna vez se hizo tal cosa, o se ha sabido, 33. que un pueblo oyese la voz de Dios hablando de en medio del fuego, como tú oíste y viviste: 34. si Dios hizo tal cosa como entrar y tomar para sí una nación de en medio de las naciones, por pruebas, señales y prodigios, por combate, y mano fuerte, y brazo extendido, y visiones horribles, conforme a todo lo que el Señor tu Dios hizo por ti en Egipto ante tus ojos: 35. para que supieras que el Señor mismo es Dios, y no hay otro fuera de Él. 36. Desde el cielo te hizo oír su voz, para enseñarte, y en la tierra te mostró su fuego grandísimo, y oíste sus palabras de en medio del fuego; 37. porque amó a tus padres, y eligió a su descendencia después de ellos. Y te sacó, yendo delante de ti con su gran poder, de Egipto, 38. para destruir naciones muy grandes y más fuertes que tú a tu entrada; y para introducirte y darte su tierra en posesión, como se ve en este día presente. 39. Sabe, pues, en este día, y piensa en tu corazón, que el Señor mismo es Dios en el cielo arriba y en la tierra abajo, y no hay otro. 40. Guarda sus preceptos y mandamientos que yo te mando: para que te vaya bien a ti y a tus hijos después de ti, y permanezcas largo tiempo sobre la tierra que el Señor tu Dios te dará. 41. Entonces Moisés separó tres ciudades al otro lado del Jordán hacia el oriente, 42. para que se refugiase en ellas el que matare a su prójimo sin querer, y no fuese su enemigo uno o dos días antes, y huyendo a una de estas ciudades pudiese salvarse: 43. Béser en el desierto, que está situada en las llanuras de la tribu de Rubén; y Ramot en Galaad, que está en la tribu de Gad; y Golán en Basán, que está en la tribu de Manasés. 44. Ésta es la ley que Moisés puso ante los hijos de Israel. 45. Y éstos son los testimonios, y ceremonias, y juicios que habló a los hijos de Israel cuando salieron de Egipto, 46. al otro lado del Jordán, en el valle frente al santuario de Peor, en la tierra de Sijón, rey de los amorreos, que habitaba en Hesbón, a quien hirió Moisés. Y los hijos de Israel, habiendo salido de Egipto, 47. poseyeron su tierra y la tierra de Og, rey de Basán, los dos reyes de los amorreos, que estaban al otro lado del Jordán hacia la salida del sol. 48. Desde Aroer, que está situada sobre la ribera del torrente Arnón, hasta el monte Sión, que es también Hermón, 49. toda la llanura al otro lado del Jordán hacia el oriente, hasta el mar del desierto, y hasta el pie del monte Pisgá.


Versículo 1: Para que, cumpliéndolos, viváis

Versículo 1. PARA QUE, CUMPLIÉNDOLOS, VIVÁIS, — en la vida presente, larga y próspera. Véase lo dicho en Levítico XVIII, 5.


Versículo 2: No añadiréis a la palabra

Versículo 2. NO AÑADIRÉIS A LA PALABRA QUE YO OS HABLO, NI QUITARÉIS DE ELLA. — Los herejes toman estas palabras de modo rígido y absolutamente universal, y de ellas infieren que no se han de admitir tradiciones, ni cánones de los Papas, ni ceremonias de la Iglesia.

Pero dicen esto necia y absurdamente; pues primero, si esto es así, entonces Josué, los Profetas, Cristo y los Apóstoles pecaron contra esta ley, pues añadieron muchas cosas a Moisés y al Pentateuco.

Segundo, Moisés no dice «lo que escribo», sino «lo que hablo»: por tanto, los herejes tuercen perversamente esto hacia la palabra escrita de Dios, para excluir lo transmitido por la voz viva del que habla, es decir, por la tradición.

Tercero, si Moisés quiere decir lo que los herejes pretenden, entonces Moisés se contradice a sí mismo. Pues en el capítulo XVII, versículo 10, manda bajo pena de muerte que se obedezca el decreto del sacerdote y del pontífice.

Cuarto, de otro modo todos los Reyes, Emperadores, Príncipes y Magistrados pecarían contra esta ley de Dios; pues ellos mismos añadieron muchos edictos a estas leyes y juicios de Dios.

Quinto, Calvino admite que los Apóstoles añadieron ciertos ritos y ceremonias, y por tanto pueden añadirse nuevos; más aún, él mismo con los suyos instituyó una nueva forma de Iglesia, nuevos ritos, nuevos ministros, un nuevo modo de enseñar, predicar, orar, gobernar y administrar los sacramentos: así también sus Ministros cada año hacen e instituyen nuevas constituciones en sus Sínodos, las cuales ciertamente añaden a esta palabra de Dios.

Sexto, Moisés dijo estas palabras a los judíos, no a los cristianos, y les manda guardar la circuncisión y los demás ritos sagrados y Sacramentos de la ley antigua, y no añadir nada a ellos: por tanto, esta ley es propiamente ceremonial, y no obliga a los cristianos sino a los judíos; de otro modo los herejes tendrían que circuncidarse, comer la Pascua, llevar flecos, etc.: pues éstas son las palabras que Moisés aquí habla y manda.

Concedido, pues, que concedamos a los herejes que estas palabras han de entenderse como ellos quieren, nada concluirán de ellas en favor de su opinión: pues estas cosas fueron dichas al pueblo judío, que era pequeño y confinado a una pequeña región, y además rudo y tosco; de donde se le dio una ley tan distinguida por tantos y tan variados preceptos, que no parecían necesarios otros; distinto es el caso de la ley nueva, que debía extenderse por todo el mundo; de donde en ella Cristo, con razón, habiendo transmitido unos pocos preceptos universales, encomendó las demás cosas a los Pastores y Rectores de la Iglesia para que las ordenaran, como rectamente observa Gabriel Vásquez, I-II, Cuestión XCV, art. 1, disputa 152, capítulo IV.

Digo, pues: El sentido de este pasaje es, como si dijera: A mis preceptos, que yo en este capítulo y los siguientes voy a mandaros, oh judíos, no añadiréis nada, es decir, nada repugnante y contrario a ellos, especialmente lo que introdujera el culto y la religión de Baal-Peor, como sigue, o de cualquier otra nueva deidad o ídolo. Pues excluir estas nuevas deidades y nueva religión y rito de culto es la intención de Moisés a lo largo de todo este capítulo y en todas partes del Deuteronomio. Por tanto, añade algo a la ley de Dios —que manda que se adore al único Dios— quien enseña que se ha de adorar a Baal, Astarté, al sol, a la luna y a otros dioses. La partícula «a», pues, tiene el mismo significado que «contra»; pues así al, es decir «a», se toma por «contra», Salmo II, 2, Números XIV, 2. Así Pablo, Gálatas I, 8, pronuncia anatema contra quienes predican otro evangelio además del que él mismo predicó: «además», es decir, «contra»; pues habla de quienes querían añadir el judaísmo al cristianismo, y así estaban subvirtiendo el cristianismo. Con estas palabras, pues: «No añadiréis, ni quitaréis», Dios solamente manda que su ley se guarde íntegra, de modo que nada de ella, añadiendo o disminuyendo, se corrompa o mutile; sino que permanezca entera e íntegra y sea observada, lo cual con otra expresión, capítulo V, versículo 32, dice en otro lugar: «No os desviaréis a la derecha ni a la izquierda.» Sin embargo, no contradice esto quien además añade y observa las leyes de los padres o de los magistrados humanos; a no ser que los padres o magistrados mandaran algo contrario a la ley de Dios.

Por tanto, con estas palabras, «no añadiréis», etc., no pretende decir: no observaréis nada más que lo que ahora mando; sino: en esto que mando no cambiaréis nada, añadiendo o disminuyendo, sino que lo haréis íntegramente, como yo mando, y no de otro modo. Así Belarmino y otros comúnmente.

Segundo, «no añadiréis a la palabra que yo os hablo» nada, a saber, como si fuera mío, o dicho o mandado por mí; pues a ningún hombre le es lícito hacer pasar sus propios escritos o preceptos como preceptos dictados por Dios, o como Sagradas Escrituras. Una frase similar se encuentra en Apocalipsis, último capítulo, versículo 18: «Doy testimonio», dice, «a todo el que oye las palabras de la profecía de este libro: si alguno añadiere a estas cosas, Dios añadirá sobre él las plagas escritas en este libro.» De otro modo, no sólo Cristo y los Profetas, sino los mismos judíos añadieron muchas cosas a la ley de Dios, como grabados y todos los ornamentos del templo, la fiesta de las suertes bajo Ester, la fiesta de la entrega del fuego, la fiesta de la dedicación, etc. Pues éstas fueron sancionadas e instituidas no por Dios sino por los judíos. Finalmente, éstas no son añadiduras sino más bien cosas incluidas en la ley de Dios, porque la ley de Dios manda obedecer a los padres, magistrados, pontífices y sus leyes.


Versículo 3: Vuestros ojos vieron todo lo que hizo el Señor contra Baal-Peor

Versículo 3. VUESTROS OJOS VIERON TODO LO QUE HIZO EL SEÑOR CONTRA BAAL-PEOR, — acerca de lo cual hablé en Números capítulo XXV.


Versículo 6: Ésta es vuestra sabiduría e inteligencia

Versículo 6. PORQUE ÉSTA ES VUESTRA SABIDURÍA E INTELIGENCIA. — Como si dijera: La observancia de estas leyes os mostrará como sabios y prudentes, y como instruidos sapientísima, santísima y purísimamente por el más sabio legislador, Dios, y por Él gobernados, escuchados y defendidos en todas las cosas.

«Sabio», dice San Bernardo, «es aquel a quien cada cosa le sabe tal como es», a saber, las divinas como divinas, las humanas como humanas, las eternas como eternas, las pasajeras como pasajeras.

Refiere Plutarco en el Banquete de los Siete Sabios que debatieron entre sí cuál pueblo y cuál república sería la mejor y más feliz. El primero, dice, Solón, respondió: Aquella en la que el autor de una injuria es llevado a juicio y castigado no menos por los no agraviados que por el agraviado. El segundo, Bías, dijo: Aquella en la que todos temen la ley como a un tirano. El tercero, Tales: Donde los ciudadanos no son ni demasiado ricos ni demasiado pobres. El cuarto, Anacarsis: Aquella en la que, mientras las demás cosas se estiman, sin embargo se otorga una condición superior a la virtud y una inferior al vicio. El quinto, Cleóbulo: Aquella en la que los ciudadanos temen más la reprensión que la ley. El sexto, Pítaco: Donde no se permite a los malvados desempeñar cargos, pero sí a los buenos. El séptimo, Quilón: Aquella en la que más se escuchan las leyes y menos los oradores. Estas cosas son verdaderas, pero más verdadera aún es la de Moisés aquí: «Aquella en la que el pueblo teme a Dios y obedece las leyes y la voluntad de Dios.» Ésta es, en verdad, la república más sabia y más bienaventurada.


Versículo 7: Ninguna otra nación tiene dioses tan cercanos

Versículo 7. NI HAY OTRA NACIÓN TAN GRANDE (tan distinguida, de tanta dignidad), QUE TENGA DIOSES TAN CERCANOS A ELLA, COMO NUESTRO DIOS ESTÁ PRESENTE A TODAS NUESTRAS SÚPLICAS. — Pues Dios parecía habitar con Moisés y los hebreos en el tabernáculo, conversar y hablar con ellos, resolver todas las dudas, ir delante de ellos en columna de nube, y dirigirlos y protegerlos en todas las cosas. Mucho más está Dios presente a los cristianos, especialmente en el Venerable Sacramento, en el cual habita con nosotros corporal, real y esencialmente — no un ángel, sino Cristo mismo, verdadero Dios y verdadero hombre.


Versículo 9: No olvidéis las palabras que vieron vuestros ojos

Versículo 9. NO OLVIDES LAS PALABRAS (es decir, las cosas y los prodigios) QUE VIERON TUS OJOS. — Así «palabra» se toma por «cosa», metonímicamente como el signo por la cosa significada, en el Salmo XC, 3: «Me libró del lazo de los cazadores, y de la palabra áspera», es decir, de la cosa áspera y amarga; y Lucas I, 37: «Ninguna palabra será imposible para Dios», es decir, ninguna cosa.


Versículo 11: El monte ardía hasta el cielo

Versículo 11. OS ACERCASTEIS AL PIE DEL MONTE (SINAÍ) QUE ARDÍA HASTA EL CIELO. — En hebreo, «hasta el corazón del cielo», es decir, hasta el centro del cielo, esto es, hasta el cielo mismo. Entiéndase aquí «cielo» no como el cielo estrellado, sino el aéreo o etéreo, en el que hay nubes. Por un hebraísmo semejante, se dice que Jonás, David y otros estuvieron en medio del mar, en medio de las olas, es decir, en el mar mismo muy grande y vasto, en las olas mismas inmensas.


Versículo 13: Os mostró su alianza

Versículo 13. OS MOSTRÓ SU ALIANZA, — es decir, la ley, que es la condición de la alianza establecida entre vosotros y Dios.

LAS DIEZ PALABRAS, — los diez preceptos, que fueron como las diez condiciones de la alianza. Los griegos llaman a estas diez palabras con la palabra compuesta dekalogon (Decálogo).


Versículo 15: Guardad cuidadosamente vuestras almas

Versículo 15. GUARDAD, PUES, CUIDADOSAMENTE VUESTRAS ALMAS. — El hebreo, con Vatablo, puede traducirse más expresivamente: «Tened cuidado, pues, en cuanto os es querida vuestra alma», es decir, para que no violéis la ley de Dios, sino que la guardéis: pues quien la guarda, guarda su alma.

NO VISTEIS SEMEJANZA ALGUNA, ETC., EN HOREB, — como si dijera: en el Sinaí oísteis a Dios hablar, pero no lo visteis por su esencia, ni por una imagen; por tanto no podéis imitar, representar ni expresar esa semejanza fabricando una estatua de varón, de mujer o de cualquier otra cosa, pensando o imaginando que Dios es tal como se muestra en esa estatua.

Lo mismo vieron algunos gentiles, entre los cuales Estacio canta así:

Ninguna efigie, ninguna forma de Dios confiada al metal: Se complace en habitar en las mentes y los corazones.

Agesilao, cuando le instaban a que oyera a cierto hombre que imitaba bellamente la voz del ruiseñor, respondió que había oído al ruiseñor mismo. Lo mismo debían decir los judíos a los gentiles que los invitaban a las imágenes de Dios, a saber, que habían oído al mismo Dios en el Sinaí.


Versículo 16: No hagáis imagen de varón o de mujer

Versículo 16. NO SEA QUE, ENGAÑADOS, HAGÁIS, ETC., IMAGEN DE VARÓN O DE MUJER, — como los gentiles tenían algunos dioses varones y otros hembras. Más aún, Trimegisto en el Poimandres, capítulos I, III, VII, llama a Dios varón-hembra; pues dice: «Dios, varón-hembra, siendo vida y luz, engendró al Verbo, que produce otra Mente (el Espíritu Santo).»

Pero llama a Dios varón-hembra no porque verdaderamente tenga el sexo de varón y de mujer, sino porque al engendrar al Verbo hizo solo todo lo que en la generación humana hacen conjuntamente el varón y la mujer. Pues Dios Padre engendró su Verbo como padre, y al mismo tiempo concibió como madre: por lo demás, esta expresión es inusual y suena mal.


Versículo 19: No adoréis lo que Dios creó para servicio de las naciones

Versículo 19. NO ADORES AQUELLAS COSAS QUE DIOS CREÓ PARA SERVICIO DE TODAS LAS NACIONES. — Por «que Dios creó», el hebreo dice «que Dios dividió», para que por turnos y como en tiempo dividido sirvieran a cada nación y provincia y proporcionaran luz. Véase Génesis I, 14. Así Rábano. De ahí que los judíos fabulen que cada nación es gobernada por su propia estrella, pero ellos mismos por Dios.


Versículo 20: Os sacó del horno de hierro de Egipto

Versículo 20. PERO A VOSOTROS, ETC., OS SACÓ DEL HORNO DE HIERRO DE EGIPTO, — es decir, de la servidumbre más dura, que os afligió gravísimamente, y que como un horno os abrasó, y como hierro os encerró, de modo que ninguna salida ni escape estaba abierto. Así en Isaías XLVIII, 10, se dice: «Te elegí en el horno de la pobreza»; pues los pobres son afligidos y abrasados por la pobreza, como por un horno. Segundo, Moisés alude aquí a la cocción de ladrillos, que los hebreos fabricaban en Egipto y cocían en hornos de ladrillos, de los cuales Dios los liberó, sacándolos a Canaán.


Versículo 24: El Señor tu Dios es fuego consumidor

Versículo 24. PORQUE EL SEÑOR TU DIOS ES FUEGO CONSUMIDOR, — como si dijera: Dios es el vengador de la injuria hecha contra Él, y la castiga severísimamente, como un fuego que devasta todas las cosas. Véase lo dicho en Éxodo III, 2, y Hebreos XII, 29. Por lo cual los persas, considerando la fuerza, el terror y otras cualidades extraordinarias del fuego, lo adoraron como una divinidad. Oíd a Máximo de Tiro: «Los persas adoran su fuego diario, signo ciertamente de la divinidad, insaciable, voraz.» Cuando le sacrifican, ofreciéndole alimento, dicen: «Come, oh fuego, Señor.» Así el fuego era para ellos sagrado y eterno, y dondequiera que el rey conducía su ejército, lo llevaban delante de él como una gran divinidad, colocado sobre altares de plata. Así Pierio, Jeroglíficos 46, capítulo XXXVIII.

Simbólicamente, San Gregorio, homilía 5 sobre Ezequiel: «Dios», dice, «es fuego consumidor, porque la mente que llena, la purifica del orín de los pecados.»

Santa Sinclética en las Vidas de los Padres, Libro V, tratado Sobre la Compunción: «Hay trabajo», dice, «y un gran combate para los impíos que se convierten a Dios, y después gozo inefable. Pues así como los que quieren encender un fuego primero se llenan de humo, y por la molestia del humo lloran, y así obtienen lo que desean — pues está escrito: "Porque nuestro Dios es fuego consumidor" — así también nosotros debemos encender el fuego divino dentro de nosotros mismos, con lágrimas y trabajos.»

DIOS CELOSO, — como si dijera: Dios es celoso, no tolera rival, sino que solo Él quiere ser adorado supremamente: acerca de lo cual véase capítulo V, versículo 9.


Versículo 26: Pongo por testigos al cielo y a la tierra

Versículo 26. PONGO POR TESTIGOS ESTE DÍA AL CIELO Y A LA TIERRA DE QUE RÁPIDAMENTE PERECERÉIS. — Nótese: Moisés y los Profetas, mediante prosopopeya, atribuyen vida, sentido y testimonio a las criaturas irracionales, y las invocan como testigos o jueces para una adjuración solemnísima, con la cual conmover y traspasar al pueblo; especialmente al cielo y a la tierra, porque estas amenazas y castigos se extienden a todas las generaciones futuras: de donde Moisés, para memoria de esta predicción y amenaza, no quiso llamar a testigos mortales, sino al cielo y a la tierra, porque permanecen para siempre. Estos testigos son, pues, inmortales y eternos, que perseverarán por todos los tiempos futuros, y con voces mudas dirán a Dios que estas cosas son verdaderas, y de igual modo clamarán a los hombres (especialmente a quienes lean estas palabras de Moisés) estos preceptos y amenazas divinas.

Pues todas las criaturas obedecen silenciosamente, consienten y atestiguan a favor de su Creador y de su ley y ordenación. De ahí que Baruc, capítulo III, versículo 34, diga: «Las estrellas dieron luz en sus vigilias y se alegraron; llamadas dijeron: Aquí estamos; y brillaron con gozo para Aquel que las hizo.» Consiguientemente, las mismas cosas aplaudían y atestiguaban silenciosamente, por así decirlo, estas palabras de Moisés; pues él era el heraldo de Dios Creador, como si dijera: Pongo al cielo y a la tierra por testigos, para que el cielo dándonos la luz, y la tierra sosteniéndonos, mientras yo hablo y proclamo estas cosas, sean en realidad testigos mudos de que yo os he predicho estas cosas. Además, para que cuando las plagas que aquí os predigo hayan sucedido, sean testigos de que esta predicción y estas amenazas mías fueron verdaderas, y al mismo tiempo sean vengadores y cooperadores de Dios, quien os infligirá estas plagas por medio del cielo y de la tierra. Pues, como dice el Sabio, capítulo V, 21: «El mundo entero combatirá con Él contra los insensatos.» De modo que si estos testigos tuvieran vida y voz, o si por milagro Dios les diera voz, como a veces lo hizo, todos clamarían a una voz y condenarían a los impíos; pero mientras no la tengan, clamarán silenciosamente y con voz muda, y condenarán a los impíos.

Así Isaías, capítulo I, versículo 1, cuando dice: «Oíd, cielos, y presta oído, tierra», usa la prosopopeya para las criaturas inanimadas, a fin de que el discurso sea más grave y lleno de indignación, y esto primero, para significar que los judíos recibieron todos sus bienes del cielo y de la tierra por medio de Dios. Segundo, porque los judíos adoraban al sol, la luna y las piedras, por eso ahora los invoca como sus jueces. Tercero y principalmente, porque, como ellos mismos no querían escuchar a Dios, invoca a las cosas inanimadas, que siempre obedecen a Dios, para que la queja y el reproche sean gravísimos; los invoca, digo, como testigos mudos, para que en algún momento sean vengadores de su Creador — para que el cielo, dice Ruperto, se muestre como bronce para los judíos, y la tierra se muestre como hierro, pero especialmente en el día del juicio, el cielo lance rayos contra ellos y la tierra se abra bajo ellos. Lo mismo hace Moisés aquí, y en Deuteronomio XXX, 19, y XXXI, 28, y XXXII, 1.

Segundo, cuando invoca al cielo y a la tierra como testigos, invoca a todas las cosas que están en el cielo y en la tierra, por metonimia, y especialmente a los ángeles y los hombres, que propiamente se llaman testigos. Así Teodoreto. Y así dice el Poeta:

A vosotros, fuegos eternos, y a vosotros, poder divino inviolable, Pongo por testigos.

Pues los platónicos creían que los fuegos celestes, es decir, las estrellas, estaban animados por sus inteligencias o ángeles presidentes, a quienes adoraban como dioses menores.

De modo semejante, cuando exorcizamos y conjuramos a las criaturas irracionales, la conjuración no se dirige a ellas, porque no la entienden, sino a la naturaleza racional que preside sobre ellas y puede moverlas, como dice Santo Tomás. Así se exorciza el agua, la sal y una casa: pues en parte se invoca el poder divino, para que asista en el uso de estas cosas y refrene el poder del diablo; en parte, por el poder divino, se manda al diablo que se aparte y no haga daño en estas cosas. Así se exorcizan langostas, ratones, ranas, granizos, tempestades, etc., para que Dios aparte sus daños y el diablo no haga daño a través de ellos. Véase Domingo de Soto, Libro VIII, Sobre la Justicia, Cuestión III, artículo 3.


Versículo 29: Lo hallaréis si lo buscáis con todo vuestro corazón

Versículo 29. Y CUANDO BUSQUÉIS ALLÍ AL SEÑOR VUESTRO DIOS, LO HALLARÉIS, SI, NO OBSTANTE, LO BUSCÁIS CON TODO VUESTRO CORAZÓN, Y CON TODA LA TRIBULACIÓN (es decir, en verdadera contrición y conversión) DE VUESTRA ALMA. — En hebreo es «con toda vuestra alma». Insinúa que la verdadera contrición, que reconcilia al pecador con Dios, debe proceder del amor de Dios sobre todas las cosas; pues esto es buscar a Dios con todo el corazón, y con toda la tribulación del alma. Así Suárez, Parte III, Cuestión LXXXV, artículo 1, disputa IV, sección 2.


Versículo 30: En el último tiempo volveréis al Señor

Versículo 30. DESPUÉS QUE TODAS LAS COSAS TE HAYAN HALLADO (alcanzado: es un hebraísmo).

EN EL ÚLTIMO TIEMPO, — es decir, al final del tiempo en que se completará el castigo infligido sobre ti por Dios, como si dijera: Después de las plagas enviadas por Dios, finalmente serás sabio y volverás a Él. Así Vatablo, Abulense y otros.


Versículo 31: No olvidará la alianza

Versículo 31. NI OLVIDARÁ LA ALIANZA EN LA QUE (es decir, «que»; así el hebreo, los Setenta y el Caldeo) JURÓ A TUS PADRES.


Versículo 32: Preguntad por los días antiguos

Versículo 32. PREGUNTA POR LOS DÍAS ANTIGUOS, — es decir, por los acontecimientos que ocurrieron en los días antiguos.

DE UN EXTREMO DEL CIELO AL OTRO. — En hebreo, «del extremo del cielo hasta su extremo», es decir, del oriente al occidente, como si dijera: Indaga sobre aquellas cosas que en todo el mundo alguna vez entre los hombres ocurrieron en algún lugar. Una frase semejante se encuentra en Mateo XXIV, 31. Así Vatablo.


Versículo 33: Como tú oíste y viviste

Versículo 33. COMO TÚ OÍSTE Y VIVISTE. — Así la Romana, la Hebrea, la Caldea y los Setenta. Por tanto, la edición Plantiniana lee incorrectamente «y viste», como si dijera: Fue como un milagro que oyeras la voz tan terrible de Dios desde el Sinaí y vivieras, acerca de lo cual véase de nuevo capítulo V, 21.


Versículo 34: Si Dios hizo tal cosa como entrar

Versículo 34. SI DIOS HIZO TAL COSA COMO ENTRAR; — no mudando de lugar, sino de operación, a saber, llamando, liberando y sacándote de Egipto.

Y VISIONES HORRIBLES, — porque en las tinieblas de tres días de Egipto, Dios presentó prodigiosos fantasmas a los egipcios y los hirió de terror, como dije en Éxodo X, 22 y siguientes.


Versículo 36: En la tierra te mostró su fuego grandísimo

Versículo 36. Y EN LA TIERRA TE MOSTRÓ SU FUEGO GRANDÍSIMO, — porque el fuego parecía salir del Sinaí; pero la voz sobre él parecía formarse y descender del cielo, es decir, del aire.


Versículo 37: Yendo delante con su poder

Versículo 37. YENDO DELANTE CON SU PODER, — por medio de su ángel, que iba delante del campamento en columna de nube, y que hirió y derribó a tus enemigos, Éxodo capítulo XXIII, versículo 20.


Versículo 42: El que matare sin querer

Versículo 42. EL QUE MATARE SIN QUERER, — es decir, sin saberlo, ignorantemente e inadvertidamente. Así el hebreo, el Caldeo, los Setenta.


Versículo 48: Hasta el monte Sión, que es también Hermón

Versículo 48. HASTA EL MONTE SIÓN, QUE ES TAMBIÉN HERMÓN. — Este Sión es, pues, distinto del Sión de Jerusalén y del templo; pues este Sión estaba al otro lado del Jordán, y en hebreo se escribe con shin: mientras que el Sión del templo se escribe con tsade; véase lo dicho sobre este Sión en el capítulo III, versículo 8.


Versículo 49: El mar del desierto

Versículo 49. EL MAR DEL DESIERTO, — el Mar Muerto, o Lago Asfaltites.